Tickling Stories

Historias de Cosquillas, basadas en hechos reales.

Del infierno al paraíso (fanfiction)

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PARTE 1: El infierno

—¿Estás bien? ¿No estás lastimada?
—Estoy bien, mamá. Simplemente necesito entrar en calma —le dijo la asustada y confundida joven a su preocupada madre, entre suspiros y lágrimas.
—Menos mal, hijita. Estoy hace horas preocupadísima. No lo pude creer cuando me enteré; agradezco a Dios que no te haya pasado nada.

En ese momento, la puerta sonó impetuosamente. La madre de Luciana corrió a abrir, para recibir al padre.

—¿Dónde está? —preguntó exaltado.
—En su habitación. Está bien, solamente tiene un shock leve.

El padre corrió hacia su habitación y, al llegar, vio en su interior a su hija, sentada en su cama, confundida, mirando al vacío, con lágrimas brotando de los ojos. Luciana había pasado larguísimos minutos dándole declaraciones a la policía. Su madre bajó a preparar una infusión tranquilizante, mientras el padre se quedó con Luciana, tratando de hacerla volver en sí.

Tras un largo rato, Luciana soltó su primer diálogo activo.

—Papá, ¿por qué no me dieron la oportunidad de que me acompañes en la declaración? —preguntó, con inocente tristeza.
—Mi amor: lamentablemente, así funciona la ley. El departamento de policía no tenía obligación de llamarme a mí o a tu madre porque hace apenas unos pocos días cumpliste tus 18 años. Tu mayoría de edad, como ya sabés, los exime de ese retraso para ellos.

Luciana no parecía muy convencida. Había pasado un momento espantoso. Su padre leyó en sus ojos el dolor y la sensibilidad que siempre había caracterizado a su delicada hija, y no pudo evitar preguntarle:

—Lucy, decime la verdad: ¿pasó algo indebido en la comisaría? —le preguntó, inseguro y con el corazón lleno de sospechas.
—No, papá. Te juro que no pasó nada.
—Perdoname, Lucy. No puedo soportar la idea de que corrompan tu inocencia. Muchos años has sufrido bullying en la escuela, y siempre nos ha quedado muy claro a tu madre y a mí que sos una mujer muy especial y muy sensible. Me hierve la sangre pensar que alguien como vos tenga que vivir en este mundo tan hostil.

En ese momento la madre intervino, dándole a Luciana la infusión que le había preparado:

—Lucy, ¿nos podés contar qué pasó durante el asalto?

Lucy, tras unos segundos de silencio, entre titubeos y tartamudeos, contestó.

—Entré al local porque quería comprarles a mis amigas unos regalos de joyería. Vi que atrás de mí caminaba una mujer. Robusta, aunque de menor estatura que yo. Apenas la podía percibir, pues no me despertó mucho interés; pero se la veía muy interesada en ocultarse de la vista detrás de mí. Ni bien entré al local, me quedé mirando los precios de unos artículos que estaban muy cerca de la puerta de entrada. Al mismo tiempo, esta mujer abandonó sus intenciones de ocultarse tras de mí y avanzó con paso firme hacia el centro del local. Allí, mientras yo estaba concentrada en analizar aquellos artículos cercanos a la entrada, tuve una espasmódica reacción al escuchar disparos al techo. Inmediatamente, la mujer que había estado detrás de mí lanzó gritos amenazantes y le ordenó al hombre encargado de cobrar que llenara su cartera de dinero, apuntándole con un arma de fuego. Todos nos tiramos al suelo, pues ella había amenazado con disparar a muerte a quien intentara escapar. Tras unos segundos de violencia y agravios, esta mujer encaró su regreso a la salida, amenazando a todos con disparar si intentaban algo. Yo no sé qué estaba pensando cuando, casi inconscientemente y en razón de que estaba cerca de la salida, coloqué mis tobillos en su camino para hacerle una zancadilla. Como consecuencia, ella cayó al suelo, su arma de fuego fue lanzada lejos de ella, y todo el dinero que había robado se desparramó sobre el suelo. Al instante vi cómo dos hombres se le lanzaron encima a esta mujer para neutralizarla y así poder llamar a la policía.

Sus padres escucharon, conmocionados. Pasaron varios minutos de silencio antes de que, atónita, su madre le dijo:

—Lucy, nunca más vuelvas a hacer eso. Pusiste en peligro tu vida muy innecesariamente.
—Lo sé —dijo Luciana, derramando otra lágrima.

El padre intervino inmediatamente.

—¿El interrogatorio policial consistió en eso? ¿Les contaste a los oficiales lo mismo que nos contaste a nosotros?
—Sí, papá. Pero ellos fueron más meticulosos a la hora de hacerme preguntas. Me preguntaron demasiados detalles que yo no pude responder adecuadamente, me puse demasiado nerviosa. Estaba triste, asustada y quería estar con ustedes.

Su padre la abrazó y le besó la frente.

—Ya estás bien, hija. Ahora estás con nosotros. Y te prometemos que mañana te acompañamos a hacer el reconocimiento facial.

Tras los forcejeos en el local de joyas, la mujer delincuente había podido escapar de quienes la habían neutralizado, pero la policía ya había sido avisada y posteriormente detuvo a varias sospechosas. Lucy, pues, debía presentarse en la comisaría para señalar a la culpable en caso de reconocerla.

Luciana no estaba para nada feliz de tener que involucrarse en estas cosas.

—Pero, papá… Yo les dije a los de la comisaría que esta mujer llevaba una máscara. Solamente pude ver su cara en un momento muy particular, que apenas guardo en mi memoria por el pánico que me dio…

Así había sido. Tras la caída propiciada a la mujer criminal, su máscara también había salido disparada. Fue entonces cuando, estando en el suelo, la criminal volteó la cabeza y clavó sus ojos en Luciana con la mayor mirada punzante de odio que Luciana había experimentado en su vida. Esta era la principal razón por la que Luciana estaba tan traumatizada. El fragmento de segundo en que hizo contacto visual con la persona que le mostró la mayor ira que había visto en su vida fue suficiente para romperla completamente por dentro y sumergirla en el miedo y la locura.

Fue apenas una fracción de segundo, pues poco tardaron dos hombres en atacar a esta mujer y neutralizarla mientras se llamaba a la policía. Y Luciana, ahora mismo estaba confundida. No podía recordar el rostro de la criminal, pues estaba nublada por el pánico destructivo que esos ojos llenos de odio le habían infundido.

—Entiendo tu situación, Luciana. Pero vos sos prácticamente la única persona que pudo verla a la cara. Me temo que no tenemos opción. Y esa mujer tiene que pagar por sus aberrantes delitos —le contestó su padre.

Así fue que, al día siguiente, Luciana iba con sus padres a hacer el reconocimiento facial. En la comisaría, frente a un vidrio blindado, se le pusieron en frente muchas mujeres. La pregunta no se hizo esperar:

—Señora Luciana. ¿Reconoce usted a alguna de estas mujeres como la autora del asalto? —le preguntó amablemente un oficial.

Luciana miró confundida. Eran unas cuatro o cinco mujeres, pero sus recuerdos estaban cada vez más nublados. Empezó a recordar la situación, a revivir el recuerdo en su mente. Esos recuerdos le significaron un golpe duro por dentro, y más cuando trató de recordar la cara de la criminal y tuvo que recrear aquella espantosa situación de contacto visual. Tuvo un pequeño mareo, se sentó y se llevó la palma a la frente, suspirando.

—Disculpe, Luciana. Entiendo que es una situación difícil —le dijo el oficial—. Si usted lo desea, podemos comenzar descartando a quienes esté usted segura que no estuvo involucrada. ¿Lo considera pertinente?

Luciana atinó simplemente a asentir tímidamente con la cabeza. Retomó lentamente su posición, suspirando con temor, y volvió a levantar la vista. Allí seguían las sospechosas. Luciana puso sus ojos en una de ellas: era extremadamente joven, rubia, de piel blanca muy cuidada, cuerpo atlético muy bien trabajado, casi como de modelo de belleza. Luciana levantó con inseguridad su mano y la señaló.

—¿Quién es ella? —le preguntó al oficial.

—Se llama Sofía, tiene 22 años. Me temo que no estoy autorizado para darle más información sobre nuestros sospechosos. ¿Por qué lo pregunta? ¿Es ella quien asaltó el local?

—No, señor —respondió, perdiendo la voz y suspirando—. Al contrario. Estoy segura de que ella no fue. La asaltante tenía libres los brazos y tenía piel muy oscura, además de tener una tonalidad oscura de piel. Esta chica es rubia, muy blanca, de ojos azules. No puede ser ella.

—¿Tiene usted buenos recuerdos del color de piel de la asaltante?

—Sí, señor —respondió Lucy.

En ese momento, el oficial sacó un documento con varias tonalidades de piel. Y se lo mostró a Luciana.

—¿Conoce usted esto? —le preguntó.

—No, señor.

—Esto es lo que se conoce como Escala Fitzpatrick. Aquí hay una discretización del espectro de tonalidades de piel, que nos permite ofrecer una clasificación estimativa de las tonalidades. La sospechosa que usted señala, por ejemplo, es una albina que en esta escala se nota con el Tipo I. Usted puede ver aquí las distintas tonalidades. ¿En qué tonalidad de piel ubicaría a la asaltante?

Luciana observó las nomenclaturas y sus ilustraciones. A partir del Tipo I, con piel blanca, la tonalidad iba oscureciéndose hasta el Tipo VI, con una tonalidad muy oscura. Tras meditar un rato y reflexionar sobre sus recuerdos, logró emitir una respuesta.

—Tipo… Creo que era de Tipo V.

El oficial cerró el documento con seguridad y satisfacción.

—Le agradezco su cooperación, señora Luciana. No requerimos más de su ayuda.

El padre, confundido, intervino y le dijo al oficial:

—¿A qué se refiere, oficial? ¿Cómo que ya no se necesitan sus servicios? —preguntó con un poco más ímpetu del necesario.

—Me refiero a que ya tenemos toda la información para inculpar a una sospechosa —le dijo el oficial, manteniendo el buen trato y el respeto—. Teníamos varias sospechosas en nuestro poder, su hija las iba a ir viendo en grupos sucesivamente. Pero ocurre que solamente una de nuestras sospechosas es de Tipo V en su tonalidad de piel según la Escala Fitzpatrick. Precisamente, es la que más coincidía con otras descripciones y las cámaras captaron su presencia precisamente en los momentos y lugares en que esperaríamos encontrarla según las declaraciones de otras personas que estaban en el local. No hay duda alguna: su hija nos ha confirmado nuestra conjetura.

El padre de Luciana se calmó y de repente se lo notó aliviado y satisfecho. El oficial se alejó y habló por radio.

—Aquí el Oficial n° 321 desde la Comisaría 47. Tenemos a nuestra sospechosa para el asalto de ayer; se trata de Jennifer González, la chica de 27 años proveniente de la villa más cercana al local del asalto. Por otra parte, podemos descartar a la sospechosa Sofía Fernández, de la cual ya carecemos completamente de sospechas debido a un reciente reconocimiento facial de nuestra principal testigo.

En ese momento, las sospechosas que estaban del otro lado del vidrio fueron obligadas a retirarse. Solamente Sofía, la chica albina que Luciana había descartado, caminó lentamente y miró hacia atrás, clavando su mirada en Luciana. No era una mirada de odio, tampoco de agradecimiento. Era una mirada totalmente neutra, que generó confusión y temor en Luciana. Encandilada ante el cruce de vistas entre Luciana y Sofía, la primera no notó que su madre le estaba hablando hasta que la agarró del hombro. Luciana abandonó su trance y dirigió su mirada hacia su madre, quien le dijo:

—He conseguido una muy buena psicóloga que hace terapia cognitiva. Creo que deberías iniciar un tratamiento para recuperarte de todo esto.

Ese fue el inicio de varios meses de terapia en los que Luciana trabajó en reparar el horrible trauma que toda esa experiencia le había dejado. En cuatro meses de terapia psicológica, Luciana había estado trabajando en superar, al menos parcialmente, la peor crisis emocional que había sufrido en sus 18 años de vida.

Luciana jamás había tenido una vida sencilla. Siempre había sido una chica sensible y delicada, muy susceptible a los ataques y siempre rodeada de un entorno hostil que no dudó en aprovechar su debilidad en beneficio de intereses egoístas y malintencionados. A sus cortos años de vida había padecido traiciones, engaños, decepciones y un sinfín de problemas a nivel social. Su psicóloga fue capaz de detectar todo esto desde el principio y dar lo mejor de sí para reparar una vida tan complicada. Y, tras cuatro meses de ardua labor, Luciana pudo volver a niveles aceptables de normalidad, aunque sin abandonar su terapia.

Lamentablemente, la normalidad nunca es estable. Y menos en un entorno tan hostil como el de Luciana, donde además la ley nunca funcionaba como debía. Jamás se volvió a saber de Jennifer, la delincuente que había entrado armada al local de joyas usando a Luciana como escudo visual. El padre de Luciana había hecho hasta lo imposible por informarse sobre el caso, pero se le negó el derecho en defensa a la privacidad de Jennifer. Nunca se supo si la causa se demoró o qué pasó con la misma, pero muy en lo profundo de sus corazones la familia de Luciana conocía la realidad: como siempre, Jennifer debía haber sido liberada. Porque la ley estaba corrupta, y la policía también estaba corrupta. Los delincuentes tenían muy barato el acto de salir a delinquir, y por eso el delito y el crimen se retroalimentaba a sí mismo en este sistema estructuralmente dañado en corrupción e inmoralidad. Caminar en las calles nunca era seguro.

Pero la vida ha de seguir, y las obligaciones y responsabilidades deben continuar. Un día, Luciana se había reunido con su mejor amiga, que vivía a algunas cuadras de su casa, para estudiar matemáticas en razón de un próximo examen. Estuvieron todo el día estudiando hasta que, por haberse hecho tan tarde, su amiga le sugirió que se quedase a cenar. Fue así que Luciana recibió la hospitalidad de la familia de su amiga y cenó con ellos, antes de retirarse de la casa para volver a la suya, a eso de las 10:30 p. m.

La calle estaba oscura, y el sistema de alumbrado estaba roto desde hacía años. Aquella era una zona abandonada por los gobernantes, con calles y veredas en mal estado, y con una villa a unos pocos kilómetros. Luciana había olvidado cuánto le temía a la oscuridad, y el miedo que siempre le dio caminar sola de noche. Años llevaba sintiendo la omnipresente paranoia de caminar en las sombrías calles de un pueblo silencioso y oscuro, sin jamás dejar de pensar que la estaban siguiendo.

Pero hay algo peor que no tener paranoia, y es haberse acostumbrado tanto a ella que, por la costumbre, se haya aprendido a ignorarla o darla por sentada. Y fue por eso que, tras haber creído escuchar «Sí, es ella» en un susurro lejano, Luciana no salió corriendo a pesar de haber sentido un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

No alcanzó a distinguir aquel murmullo; de hecho, no estuvo segura de no haber malinterpretado lo que en realidad podría haber sido una mera ventisca pequeña. Hacía un calor sofocante a pesar de ser de noche, y Luciana llevaba remera y pantalón muy cortos, y unas sandalias livianas en los pies.

Intentó no pensar en eso, y trató de calmarse recordando lo que había pasado ese día. Recordó cómo su amiga, que siempre había estado para ella y siempre la había acompañado, le dio un cariño muy especial ese día. Meses habían pasado desde aquella espantosa experiencia en el local, pero su amiga a veces lograba detectar el dolor de esa experiencia en los ojos de Luciana. Ese afecto es el que hacía que Luciana encontrara la calma en medio de aquella noche por medio del recuerdo del buen trato de su querida amiga. Tras haber estudiado intensamente, habían hecho una pequeña parada para descansar, y su amiga le había ofrecido un cálido y relajante masaje en los pies.

Luciana siempre había sido tímida, pero la calidez y afecto de su amiga le había dado la suficiente confianza como para deshacerse de sus sandalias y permitir que, con cremas y habilidad casi profesional, su amiga tomara sus pies descalzos y le aplicara uno de los mejores masajes de su vida.

—Me gustan tus pies. Tienen una forma realmente elegante, y unas curvas realmente perfectas. ¡Me muero de envidia! Si yo fuera vos, me haría un buen pedicure. Creo que te quedaría hermoso un rojo brillante.

—No lo sé… nunca me hice uno —le había dicho Luciana con la timidez e inseguridad que siempre la caracterizaron.

—¡No te preocupes! Yo te lo hago —le había dicho su amiga, tras pararse e ir a buscar el esmalte y todo lo necesario.

Caminando por esa calle oscura, Luciana sonrió al rememorar ese recuerdo de hacía apenas unas horas. Bajó su mirada a sus pies caminando, y vio su nuevo pedicure. Sí, estaba enamorada de lo que su amiga había hecho con sus dedos. El color rojo brillante le quedaba hermoso, sin lugar a dudas.

Fue durante ese momento de sonrisa y buenos recuerdos que, de repente, en un santiamén, toda su vista se oscureció por completo. La luz de la luna ya no alumbraba, el viento caliente ya no acariciaba sus mejillas, y el aire se hacía difícil de respirar. De un momento a otro, Luciana había perdido la vista y tenía dificultades para oxigenarse, y algo estaba rodeando su cabeza. Inmediatamente después, sintió cómo cuatro manos la tomaban, forcejeando, atándola de muñecas y tobillos, y cargándola en un automóvil. Luciana, de repente, estaba con las muñecas juntas y atadas a su espalda, y sus tobillos rodeados de soga también, dejándola imposibilitada para escapar. Su cara estaba cubierta con una bolsa negra, que asordinaba sus gritos de espanto, y pronto sintió cómo la puerta de un baúl se cerró bruscamente encima de ella; para, segundos después, sentir el sonido y movimientos de un motor que se encendía y un automóvil que comenzaba a rodar.

La luna, desde el cielo despejado, fue testigo de cómo Luciana había sido secuestrada y era llevada a un lugar que desconocía. Un largo rato estuvo atada en el baúl del automóvil, llorando, asustada y en pánico, sin saber a dónde la estaban llevando, y con qué intenciones se había orquestado este secuestro. Y no fue sino hasta una eterna hora de viaje que sintió que, tras una parada, el motor se apagó. Sintió dos voces murmurando intensamente, y tras unos segundos de silencio, sintió pasos cerca de ella y, en un santiamén, el baúl se abrió. Dos manos la tomaron bruscamente. Luciana empezó a hiperventilarse del miedo, estaba asustada y muerta de calor.

—Dale, pelotuda. Apurate porque sino te mato acá mismo —sintió que le dijo una voz femenina, mientras trataban de acomodarla tras haberle desatado los tobillos (pero no las muñecas) y la hicieron caminar, no sabía Luciana a dónde—. No hagas esto más difícil de lo que ya es.

Luciana sintió que la llevaban por un suelo con muchas piedras, césped irregular y ramas por todos lados. Intentaba gritar, pero la bolsa que le cubría la cara asordinaba cualquier sonido. Le costaba pisar dada la irregularidad del relieve del suelo por donde caminaban. Además, no seguían una trayectoria recta, sino una muy sinuosa, como si estuvieran permanentemente intentando esquivar obstáculos.

Cerca de 25 minutos estuvieron caminando, adentrándose en una zona que Luciana no podía comprender, hasta que se detuvieron bruscamente.

—Esta es una buena zona. Acá no nos va a encontrar nadie, y ese árbol parece perfecto —dijo la misma voz que hacía un rato la había amenazado de muerte.

Luciana suspiraba hiperventilada, con un ritmo cardíaco acelerado, a punto de colapsar por el pánico. De repente sintió cómo su remera fue levantada y se le puso, a un lado de su ombligo, un objeto muy frío y afilado.

—Llegás a hacer algún escándalo o forcejeo y te juro que te destripo ahora mismo, ¿me escuchaste?

Luciana no respondió, su miedo era implacable. Pero la voz femenina, impaciente, apretó el filo del objeto afilado contra su vientre y le gritó al oído:

—¡¿Me escuchaste?!

Luciana suspiró, perdió un poco la respiración, y apenas atinó a asentir levemente con la cabeza.

—Muy bien. Sofía, tu turno —dijo la voz femenina hostil.

En ese momento, Luciana sintió cómo, desde atrás, unas manos entraban en contacto con sus muñecas y, tras unos segundos, sintió que las sogas que inmovilizaban sus muñecas y las mantenían juntas en su espalda se aflojaron. Poco menos de un minuto después, sus manos estaban liberadas, y el cuchillo que tenía Luciana en su vientre se presionó más, en un intento de recordarle que tenía prohibido intentar algo.

Desde atrás sintió cómo su mano derecha fue tomada y levantada hacia arriba en posición diagonal, formando un ángulo de 45 grados con su cuello. Luego sintió cómo unos grilletes metálicos le apretaron la muñeca, y sintió cómo otros grilletes eran ajustados en otro lugar. Inmediatamente después, dejó de sentir el contacto de las manos por detrás. Sentía su brazo derecho muy bien sujeto a algo que lo mantenía en esa posición inclinada hacia arriba, a 45 grados del cuello.

El cese del contacto apenas duró, pues pronto el proceso se repitió con su brazo izquierdo. Luciana estaba en posición de Y, con los brazos sujetos con grilletes en esa posición, obligándola a pararse ligeramente de puntas de pie para no perder el equilibrio, pues estaba sujeta a cierta altura que hacía inestable su movimiento y dificultaba el contacto entre sus pies y el suelo.

—Listo, Jenny. Ahora dejame hacer una última verificación; quiero asegurarme de que tenemos a la persona correcta —dijo una voz suave y más aniñada desde atrás, correspondiente a quien la voz hostil había referido como Sofía.

—Está bien. Que sea rápido —dijo la voz hostil que tenía en frente, a quien la otra voz había llamado Jenny.

Pronto Luciana sintió pasos a su alrededor y detectó que ambas mujeres cambiaron de lugar. Sintió una presencia distinta en frente de ella, y luego vio cómo la bolsa era retirada de su cabeza. Luciana tenía sus ojos cerrados, por el miedo. Cuando sintió la brisa sobre su cara, los abrió lentamente y observó a su alrededor. Estaba lleno de árboles en todas las direcciones, en una gran extensión de espacio, que impedía vislumbrar otra cosa que no fuera el enorme bosque oscuro y sombrío a donde la habían llevado. Dirigió su mirada hacia el cielo despejado, con la luna siendo testigo de toda esta situación. Luego miró sus brazos y vio que estaban sujetos con esposas a una rama horizontal muy gruesa y estable que emanaba de un árbol a su derecha. A Luciana le costaba mantener el equilibrio y el contacto con el suelo, pues se la mantenía sujeta un poco más arriba de lo que estaba acostumbrada, y por eso su talón apenas hacía contacto con la suela de sus sandalias.

Miró a la persona que tenía en frente y reconoció en ella a la mujer albina y rubia que había descartado inicialmente aquella mañana incómoda en el proceso de reconocimiento facial. Por Luciana brotó una lágrima, pues todos los dolores, recuerdos y traumas de aquellos horrorosos eventos de hacía varios meses ahora volvían a rebrotar y a lastimarla por dentro como en aquel día.

—Sí, definitivamente es ella. Su piel blanca, su pelo negro y ojos marrones son inconfundibles —dijo Sofía—. Pero supongo que vos vas a poder reconocerla mejor. Como sea, ahora hacé lo que viniste a hacer.

Sofía se dirigió hacia atrás de Luciana. Sintió como se alejaba a sus espaldas para, probablemente, sentarse a cierta distancia para observar lo que sea que harían con ella, lo cual tenía a Luciana extremadamente asustada y confundida.

A los pocos segundos, una silueta oscura apareció por uno de sus lados y se le puso en frente. Era una mujer robusta, de menor estatura que ella, de piel oscura y rastas en el pelo. Pero lo que Luciana no pudo ignorar fueron sus ojos. Desde el momento en que hizo contacto visual con sus ojos, el mundo se le vino completamente abajo. Volvió a sentir ese puñal que sintió cuando, en aquel asalto a la joyería, una mirada de odio enfermizo se clavó sobre ella. Estaba reconociendo algo que creía haber olvidado, y reviviendo un trauma que tomaba por superado.

Los ojos de esta mujer, sin pestañear, la miraban fijamente. Luciana comenzó a derramar lágrimas, evitando llorar. Jennifer, la delincuente, no le quitaba su mirada de encima, y así estuvo clavándole una mirada destructiva durante largos y tortuosos segundos, destruyendo psicológicamente a Luciana. Tras un extendido rato, Jennifer pestañeó. Pero al volver a abrir sus ojos, su mirada ya no denotaba odio, sino satisfacción.

—Vos sabés quién soy yo, ¿verdad? —le dijo a Luciana, quien comenzaba a tener más problemas respiratorios.

Jennifer se acercó y la empujó bruscamente, buscando hacerle daño.

—¿Vos sos consciente de lo que tuve que vivir por tu culpa? ¿Vos te hacés cargo de lo que hiciste? —le dijo Jennifer, e inmediatamente largó una intensa cachetada contra Luciana, que le hizo girar su cabeza hacia la derecha muy bruscamente. Al regresar a su posición inicial, Luciana derramaba caudalosamente lágrimas de desconsuelo. Miraba con ojos llorosos a su atacante.

—No sé si te enteraste, pero por tu culpa estuve tres semanas pudriéndome en esa comisaría de mierda. Pero te tengo que agradecer por haber liberado a mi amiga Sofía, porque gracias a ella conseguí el trato para salir de ese infierno —le dijo, indignada—. No te creas que fue color de rosas. Tuve que consentir que esa caterva de hijos de mil puta que ustedes llaman policías me violaran para otorgarme la libertad. ¿Y todo para qué? ¿Para tener que ver cómo una niñita consentida lloriquea por sus traumas mientras en mi familia no sabemos si vamos a comer todos los días?

Jennifer sacó un celular de su bolsillo y le mostró a Luciana una imagen. En ella se veía a un niño en estado de desnutrición y muy enfermo.

—Ese que ves ahí era mi hermanito, de apenas un año y medio. Con el dinero que estaba robando en esa joyería iba a pagarle un tratamiento médico y comprarle sus medicamentos, además de comprarle comida para que pueda comer mientras se recuperaba. Como te imaginarás, mi hermanito no recibió atención médica ni medicamentos. Hace una semana se murió de inanición. Puedo asegurarte que, desde el preciso instante en que perdí a mi hermanito, no pasa un segundo en que no piense en vos, en tenerte así, como te tengo ahora.

—P… Perdón… —dijo Luciana, sin poder emitir más que un murmullo sin vos, pues estaba destrozada. Tenía miedo y las palabras de Jennifer la aterraban.

Jennifer miró hacia atrás de Luciana un segundo, y luego volvió su mirada a ella.

—Sofía era mi cómplice en el asalto. Le iba a dar todo a ella y nadie iba a sospechar debido a que su color de piel no iba a coincidir con el que todos dirían que era el mío. Por eso tenía libres mis brazos en el asalto, para que el color de piel reportado funcionase de coartada. Lamentablemente Sofía estaba en el momento y lugar equivocados y también fue capturada. Te juro que cada vez que pienso en los policías abusando sexualmente de mí solamente pienso en tu cara, y desde ese momento he querido tenerte en frente.

Luciana comenzó a tener espasmos de llanto y respiraciones aceleradas.

—Me tenés harta… Ustedes los chetos son todos iguales —dijo Jennifer.

Inmediatamente, le propinó un puñetazo en el pecho. Luciana comenzó a aumentar su ritmo cardíaco.

—Gritá todo lo que quieras, acá nadie te va a escuchar. Quiero escucharte llorar y gritar, hija de puta —dijo Jennifer, acercándose violentamente a ella y tirándole del pelo, inclinando su cabeza a la izquierda, casi haciendo que su oreja izquierda toque su hombro izquierdo.

En esa posición, con el pelo siendo tironeado y su cabeza inclinada hacia la izquierda, Jennifer la soltó y rápidamente inclinó su cabeza hacia el otro lado de un cachetazo. A continuación, se acercó y le propinó un golpe de rodilla en la pierna.

Luciana no tenía energías para gritar, pero sufría los ataques y sus ojos derramaban lágrimas acaudaladamente. Jennifer la miró de frente, mientras Luciana estaba cabizbaja, mirando hacia el suelo.

Jennifer la tomó del pelo, levantó su cabeza, la miró a los ojos y con la otra mano le propinó un puñetazo en la barriga. Luciana comenzó a toser y a tener dificultades para respirar.

—Qué sensibles que son los chetos. Nunca estuvieron en una batalla callejera. Nunca van a entender lo que es enfrentarse a la vida. Me dan asco —dijo Jennifer, notablemente aburrida ante la fácil sumisión y rápido desarme de Luciana.

Luciana vio cómo Jennifer se volteó y se alejó de ella, dándole la espalda. Jennifer miraba hacia el horizonte, notablemente decepcionada.

—Estas chetitas no sirven para nada. Se rompen muy fácilmente. Y luego debemos andar batallando contra el estereotipo de mujer débil, porque estas ridículas dejan mal parado a todo el sexo femenino —dijo, con un aire de superioridad y odio muy venenoso—. Cuánto asco me da verlas llorar por tan poco…

Luciana sintió movimientos desde atrás, pero los golpes que había recibido y el trauma psicológico del momento le impedía razonar correctamente y analizar su situación. Le costaba distinguir entre lo relevante y lo irrelevante, y no notó cómo Sofía, desde atrás, se dirigía hacia ella.

Luciana solamente miraba a Jennifer, que estaba de espaldas frente a ella, mirando a la nada, tomando su celular de a ratos, emitiendo suspiros de odio e ira. Luciana no podía concentrarse en otra cosa, además de su dificultad para respirar y su llanto desconsolado, que de a poco se había estado apagando en estos segundos de pasividad.

Pero la situación no duró eternamente, pues Luciana nuevamente comenzó a ser atacada. Tenía a Jennifer en frente, quien seguía de espaldas, y desde atrás recibió nuevos estímulos agresivos. Luciana abrió sus ojos como platos, horrorizada, desesperada por si situación de inmovilidad y vulnerabilidad, y alzó su mirada hacia la luna. Sus ojos reflejaron el brillo de este brillante astro, refractado por el líquido lagrimal que recubría sus globos oculares, y Luciana con esa mirada suplicaba por piedad a la luna. Pero el ataque había comenzado, y difícilmente se detendría.

—¡Jajajajajajajajajajajajajajajajaja!

Cuando Jennifer escuchó esas carcajadas descontroladas a sus espaldas, se volteó con una cara de confusión completa. Apenas se volteó, vio cómo Sofía, desde atrás, le estaba haciendo cosquillas en las axilas a Luciana, aprovechando su apertura de brazos y su equilibrio inestable, que le impedía bloquear el ataque.

—¿Qué estás haciendo, Sofía? —le dice Jennifer.

Sofía detuvo sus cosquillas. La cabeza de Luciana, que estuvo unos segundos largando carcajadas al cielo, cayó desplomada hacia abajo, con Luciana jadeando.

—Vos misma dijiste que odiabas verlas llorar. Te la estoy alegrando —dijo Sofía, con un aire de perversión y maldad que no eran de este mundo.

Luciana no se había terminado de recuperar del jadeo, cuando Sofía reanudó sus cosquillas a Luciana. El forcejeo por parte de Luciana no solamente era inútil, sino también improductivo. Apenas manteniendo el contacto con el suelo, era difícil hacer movimientos valiéndose de la aplicación de fuerza sobre el suelo, y no tenía fuerza tampoco para vencer el peso de su propio cuerpo. Por eso los dedos de Sofía tenían vía libre para un ataque intenso y despiadado de cosquillas, con el que Luciana podía hacer poco más que reír a carcajadas implorando a Dios y a la luna que la horrorosa y tortuosa situación se detenga.

—¡Jajajajajajajajajajajajajajajajajaja!

Jennifer miró confundida, y se acercó. Le mostró la palma a Sofía, señalándole que se detenga. Nuevamente la cara de Luciana, que lanzaba carcajadas al cielo, se desplomó hacia abajo ni bien Sofía cesó su ataque de cosquillas.

Jennifer se acercó a Luciana, quien patéticamente jadeaba cabizbaja. Le levantó el mentón a Luciana para verla a los ojos y la observó, lagrimeando y jadeando.

—¿Tenés cosquillitas, rata inmunda? —le dijo, en tono de odio.

Le soltó el mentón y la cabeza de Luciana cayó por su propio peso. Jennifer, sin salirse de en frente ni abandonar su posición erguida y de superioridad, le dijo:

—Yo pasé una situación horrible dejándome violar por los agentes de policía, pero vos te rompés con unas simples cosquillitas… ¿Tan patética podés ser?

Luciana no podía responder, pues jadeaba demasiado. Jennifer tomó su cuchillo y lo puso frente a los ojos de Luciana.

—Vos deberías sufrir lo mismo que sufrí yo al dejarme violar por la policía. Pero, aunque en tu cosmovisión cheta de mente cerrada no quepa, te cuento que personas de la villa como yo sí tenemos valores. Y yo nunca en mi vida voy a violar a una mujer. Pero vos te lo tenés tan bien merecido, que quizá deba buscar algo similar para que te quede claro el mensaje —dijo Jennifer, tomando su cuchillo y cortando su remera mientras se lo decía. Poco a poco Luciana comenzó a sentir la brisa recorriendo su torso, y al cabo de varios segundos su remera cayó despedazada al suelo. Jennifer la pateó y la alejó. Luciana se encontraba con el torso desnudo frente a su agresora, con nada más que un corpiño para tapar sus senos, y unas axilas expuestas—. Veamos cómo resistís a esto.

Jennifer se alejó, y Sofía comprendió que debía reanudar sus ataques. Dirigió sus manos hacia las axilas ahora desnudas de Luciana y enterró sus dedos en la sensible y delicada piel de las mismas, comenzando un severo e inhumano ataque de cosquillas que volvió a levantar la cabeza de Luciana en risas estrepitosas con las que suplicaba al cielo que el tormento finalizase.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Luciana forcejeaba y tenía dificultades para mantener el equilibrio. Le dolían las muñecas cuando las mismas debían soportar el peso de su cuerpo, por eso procuraba no despegar la punta de sus pies del suelo. Sus sandalias pronto comenzaron a ceder ante esta situación de movimientos inestables, y su talón abandonó el resguardo de sus sandalias, dejando a Luciana tocando sus sandalias solamente con la punta de sus pies, pero con el talón desnudo y fuera del alcance de los abrojos.

Luciana reía a carcajadas y lloraba; tosía y forcejeaba, mientras Sofía, sin detener un segundo su despiadado ataque, la torturaba a cosquillas sin el menor escrúpulo. Jennifer miraba de frente, viendo cómo Luciana, a quien tanto odiaba, se desplomaba en carcajadas ante las cosquillas de Sofía, no sin que le diera cierta sensación de ridículo ver cómo se le podía hacer tanto daño a una persona con unas inocentes cosquillas.

—¿Te das cuenta? Estás llorando y sufriendo solamente por unas pequeñas presiones y caricias en tus axilas. Ahora imaginate a varios hombres violando tu intimidad con perversión y violencia. Te puedo asegurar que no se sintió como cosquillas —le dijo Jennifer a Luciana, desacreditando y ridiculizando su sufrimiento.

Jennifer ahora se dirigió a Sofía:

—Bien, dejala. Quiero hablar con ella.

Las cosquillas se detuvieron, y Jennifer volvió a acercarse a Luciana. Luciana tenía la mirada perdida, sin poder fijarla en ningún lugar. Jadeaba exaltadamente, y le costaba mantener firme su cabeza. Jennifer volvió a levantarla por el mentón, pero ya no podía distinguir si Luciana la miraba. Estaba cansada y destruida, sin energías, y totalmente desplomada.

—¿Vos sos consciente del ridículo que estás haciendo? Te lo pregunto en serio. Si yo te estuviera haciendo todas las cosas que tenía planeado hacerte ya estarías muerta, si con unas cosquillitas ridículas de Sofía te podés quebrar así. ¿En serio alguien como vos me pudo meter en la cárcel? No puedo creer que pude caer tan bajo…

Jennifer cerró los ojos y frunció el ceño. En su cara se veía un rebrote de odio e ira insaciable. Por su cuerpo comenzó a nacer una llama de furia violenta e irreflexiva. Apretó sus dientes y no lo pudo soportar más.

Agarró a Luciana de los pelos, le levantó la cara, la puso en frente de sí y le gritó:

—¡Sos una asquerosa y una puta de mierda! ¡¡Me das asco!! ¡¿En serio te vas a quedar ahí, toda desplomada, sometida como una rata aplastada?! ¡¿Tan poca dignidad podés tener?!

Luciana solamente la miró, sin poder hacer otra cosa que respirar casi asfixiada, con cara de derrotada, mirada perdida y músculos de la cara totalmente relajados ante la ausencia absoluta de energía. Jennifer, como era de esperar, no obtuvo respuesta por parte de Luciana, y eso solamente alimentó más su odio.

—¡¡Me tenés harta!! ¡Ya no te soporto! Sofía, agarrale los tobillos y flexionale las rodillas. Que quede colgando. De esta hija de puta me encargo yo ahora.

Sofía, sin entender del todo bien lo que sucedía, le hizo caso y la tomó de los tobillos. Luego los subió en direción a ella misma, para flexionar sus rodillas. Como consecuencia, Luciana ya no hacía contacto con el suelo y se mantenía erguida exclusivamente por la fuerza de los grilletes que la mantenían atada a la rama horizontal del árbol a su derecha. Sus brazos ahora estaban tirantes y soportando su peso, sostenido por firmes grilletes. Y, como consecuencia de haber movido sus tobillos y el hecho de que su talón ya se había liberado de las sandalias, las sandalias quedaron en el suelo y Luciana quedó completamente descalza, con la planta de sus pies apuntando hacia Sofía, quien había subido sus tobillos poniendo los talones cercanos a los muslos.

Luciana ahora colgaba, y Jennifer, ardiendo de odio y furia, tomó sus senos y se los apretó con rabia. Lucy apenas podía emitir gemidos de dolor, además de ver el odio insano que brotaba por los ojos furiosos de Jennifer, quien además apretaba con fuerza sus dientes en el ataque de furia que tenía.

—¡¡¿Qué vas a hacer ahora?!! ¡¡¿Qué vas a hacer?!! —dijo Jennifer, burlándose de Luciana e insultándola, tratando de manifestar el odio que tenía—. ¡¡RATA INMUNDA!! —le dijo, para posteriormente soltar sus senos y comenzar a hacerle cosquillas despiadadamente, rajuñando y apretando con una fuerza e intensidad brutales que Luciana no había sufrido con Sofía.

Jennifer estaba sufriendo un brote de ira brutal, y le hacía cosquillas a Luciana de forma despiadada e inhumana. No controlaba sus impulsos y le apretaba y rajuñaba, aunque sin herirle la piel, desde las axilas hasta el abdomen, subiendo y bajando entre caricias intensas y apretones fuertes, lo cual hizo que Luciana estallara en locura y gritos desesperados que no había tenido la energía de emitir antes.

—¡¡¡JAAAAAAAAAAAAAAAAA JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAAAAAAAA!!!

Sofía estaba teniendo dificultades para sostener a una frenética y espasmódica Luciana en esta situación, que colgaba con las muñecas soportando su peso y su torso recibiendo el más brutal, inhumano y horroroso ataque de cosquillas que había recibido en su vida.

Jennifer no podía parar de descargar todo su odio, y en su mirada de ira miraba a Luciana con desprecio y furia enfermiza.

—¡¡¿¿TE GUSTA, HIJA DE PUTA??!! ¡¡¿¿TE GUSTA??!! ¡¡AHORA SÍ ME ESTÁS CONOCIENDO, PUTA ASQUEROSA!!

—¡¡¡JAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAAAAAAAA!!! —sufría Luciana.

Las cosquillas de Jennifer eran muchísimo más agresivas y despiadadas que las de Sofía, lo cual se explicaba pues Jennifer estaba llena de odio con Luciana, pues por ella había sufrido todo lo que había sufrido en la cárcel tras haber sido frustrado su intento ilegítimo de hurtar dinero para salvar a su hermano menor. Luciana se estaba desplomando en risas descontroladas, pero por dentro sentía cómo poco a poco se iba rompiendo por completo.

—¡¡¡¿¿¿VOS ME VAS A DEVOLVER A MI HERMANO, PERRA PUTA???!!! —dijo Jennifer, para inmediatamente después cesar las cosquillas y largarle un cachetazo tan fuerte que quebró la rama que la sostenía; generando que, como consecuencia de estar colgada al tener sus piernas flexionadas a causa de Sofía, Luciana cayera al suelo. Ni bien la rama se quebró, Sofía se alejó asustada y vio cómo Luciana caía al suelo.

Jennifer vio la patética situación y solamente pudo esbozar un comentario de resignación.

—Sos un caso totalmente perdido… —le dijo, alejándose y sentándose, viendo la situación desde lejos.

Sofía, un tanto desconcertada, miró a Luciana, que yacía frente a sí tirada en el suelo. No estaba inconsciente, pero definitivamente estaba sin fuerzas para intentar nada. Descalza, sobre el césped, con los brazos todavía atados a una rama gruesa y pesada, se la veía imposibilitada de hacer absolutamente nada; ya sea para escapar o para pelear.

Jennifer tomó su celular y dejó de mirar la situación. Se arrinconó y quedó inmersa en la pantalla de su celular. Entonces Sofía se acercó y vio más de cerca a Luciana. Volteó hacia Jennifer, quien estaba bastante alejada y ensimismada con el celular, luego volvió la mirada hacia Luciana y se agachó hacia ella, para murmurarle.

—Llevo más de diez años de conocerla, y nunca la vi así de indignada y enojada —le dijo Sofía a Luciana, quien por su parte no hizo más que mantener el silencio, mientras recuperaba su aire—. No te confundas, no digo que no te merezcas lo que te hizo. Porque sí te lo merecés. Incluso, ha hecho cosas peores a chicas de la villa. Por eso me sorprende que, conociendo lo sádica que es, a vos no te haya hecho las cosas que sí les ha hecho a las otras, teniendo en cuenta lo que le hiciste y el odio que le generaste.

Luciana, tras un leve gemido, pudo girar un poco la cabeza y miró a Sofía. Sofía le devolvió la mirada.

—Realmente te metiste con quien no tenías que meterte. Nunca nadie llegó a tal punto de causarle algo tan grave como la muerte de su hermano. Está enferma de odio, y tiene razón en estarlo. No tenías por qué hacer lo que hiciste —le dijo Sofía.

Fue entonces que Luciana, con una voz débil y apagada, le dirigió la palabra a Sofía, por primera vez.

—Cuándo… ¿Cuándo va a terminar esto? ¿Me va a matar?

Sofía, viéndola con una mirada seria y pensativa, le respondió.

—No, no te va a matar. No hace esas cosas. Convengamos que también tiene razón en que no te ha hecho más que golpearte un poco y hacerte unas cosquillitas. Yo también me sorprendí de que seas tan sensible —le dijo, para detenerse y pensar un poco y luego continuar—. Pero… lo pienso y es cierto que gracias a vos me liberé de la comisaría y no tuve que liberarme yo sola haciendo favores sexuales. Supongo que te debo una, ¿no? —le dijo, volteando de reojo para ver a Jennifer, quien seguía ensimismada en su celular—. Muy bien, te pongo al tanto. No sé cuánto le puede durar el morbo a Jennifer; pero, por lo general, cuando termina de desquitarse con una persona con la que quiere rendir cuentas, la vuelve a dejar en el mismo lugar que donde la encontró. Yo puedo tratar de arreglar para que vos te vayas conmigo ahora, y con eso te evito el mal momento de tener que volver a soportar los eventuales ataques de Jennifer.

Luciana volteó su mirada a su posición inicial, dejando descansar su cabeza. Cerró sus ojos, suspiró y, tras meditar con inseguridad y sin tener completa certeza de lo que estaba haciendo, asintió con la cabeza. Tuvo que tomar, en esos pocos segundos, la horrible decisión de confiar en quien había sido cómplice de su agresora en su secuestro. Pero no tenía más opciones. Sofía, entonces, le murmuró al oído.

—Ahora vas a tener que confiar en mí. Relajate y cooperá pasivamente con todo lo que voy a hacer, ¿okey?

—Okey… —le dijo Luciana, casi sin voz, y sin terminar de comprender lo que estaba haciendo.

Sofía se paró, tomó su celular, lo ojeó un rato (aunque no de modo tan convincente para Luciana) y luego se dirigió hacia Jennifer.

—Jenny, te tengo que comentar algo.

—¿Qué querés? —le dijo en tono hostil, expresando toda la indignación que tenía.

—Te aviso que me llegan mensajes de que hay policías recorriendo el bosque. Probablemente la familia de esta piba la esté buscando. De hecho, parece que andan buscando a dos mujeres, y si nos ven a nosotras seguramente van a hilar cabos y encontrar el vínculo que tenemos con ella a razón del asalto de hace meses.

—¿Me estás hablando en serio? —dijo, marcadamente sorprendida, lo cual le hizo considerar a Sofía que podría no haber sonado del todo convincente—. Bueno, si es así, hay que irnos de forma urgente. Dejemos a esta rata en cualquier lugar y vayámonos ya.

—No; no nos pueden ver juntas. Mucho menos con ella. Y te conozco, no vas a querer dejarla ahí donde está —dijo Sofía, intentando hacer trucos psicológicos para justificar una excusa de llevarse a Luciana.

—¿Y qué hacemos entonces?

—Lo mejor que podemos hacer es separarnos. Me llevo el automóvil, que es mío, y me la llevo a ella. Vos andate caminando, total sabés muy bien cómo volverte desde acá. Nos vemos mañana a la noche en el bar de la villa. Acordate de cambiarte la ropa —le dijo Sofía, viendo cómo su engaño surtía efecto.

Así fue como, tal y como planeó Sofía, Jennifer se fue corriendo y Sofía se quedó con Luciana, desatándola y ayudándola a recomponerse.

—Estás descalza. ¿Tenés frío? —le preguntó Sofía.

Luciana negó con la cabeza. Eran días de demasiado calor.

—Creo que tus sandalias quedaron en algún lugar, voy a buscarlas así te calzás.

Dicho esto, Sofía recorrió sus alrededores con la mirada y no tardó mucho en dar con las sandalias que habían abandonado los pies de Luciana como consecuencia de la violenta situación a la que había sido sometida. Enseguida las tomó y se las acercó a Luciana. Pero Luciana seguía desplomada en el suelo, casi sin fuerzas. Sofía dejó las sandalias a un lado y destrabó los grilletes de Luciana. La ayudó a recomponerse, la sentó, y luego Sofía, gentilmente, tomó las sandalias y se puso frente a Luciana.

—Acercame tus pies —le dijo a Luciana, que estaba envuelta en humillación y vergüenza, y se había puesto en posición fetal—. Yo te ayudo.

Con timidez, inseguridad y mucha desconfianza, Luciana acercó uno de sus pies a Sofía. Notó en Sofía una actitud particularmente extraña, y más cuando extendió sus brazos y tomó sus pies, agarrándola por la planta con una sutileza y delicadeza de lo más tierna que había sentido en su vida. Sofía la tocó con ternura y dulzura, y lentamente le colocó sus sandalias. Luciana tuvo unos leves espasmos porque Sofía le hizo cosquillas accidentalmente en más de una ocasión. Pero, independientemente de eso, no terminaba de entender esa actitud de Sofía, quien parecía expresar una ternura apasionada al tener sus pies en las manos y colocarle las sandalias.

Ni bien Luciana quedó calzada, Sofía ajustó sus abrojos; pero, tras finalizar, tardó un rato en soltarlos una vez ajustados. La situación era confusa para Luciana. Sofía se quedó helada mirando los pies de Luciana, como si estuviera en un trance.

Pero a los segundos volvió, levantó la mirada con un poco de brusquedad, y extendió la mano a Luciana.

—Vámonos.

Luciana la tomó de la mano y Sofía la ayudó a levantarse. Tomó la remera destrozada que había quedado en el suelo y se fueron juntas hacia el automóvil de Sofía.

Ahora Luciana podía ver todo el lugar por donde la habían llevado. Se trataba de un bosque tan perdido en el medio de la nada que, efectivamente y tal y como había dicho Jennifer, gritar de nada serviría para conseguir ayuda.

Tras llegar al automóvil, Sofía arrancó y partieron camino. ¿A dónde la estaba llevando? Luciana no lo sabía, pero se sintió tan aliviada que se quedó profundamente dormida en el auto, sumergiéndose en un igualmente profundo sueño.

PARTE 2: El paraíso

Luciana estaba en el bosque, colgando de una rama en posición de Y a la que estaba sujetada con grilletes, pero no sentía incomodidad alguna. A su alrededor no había más que una persona: Sofía, quien se veía particularmente hermosa. El mismo escenario en el que había sufrido uno de los peores tormentos a manos de Jennifer, la mostraba ahora a ella frente a Sofía, sin las incomodidades físicas que había tenido al estar con grilletes. La posición era cómoda, y hasta reconfortante. Sofía se acercaba, sonriente, y le acariciaba el torso desnudo. Le hacía cosquillas en las axilas, y Luciana reía. Pero lo disfrutaba: era tierno, agradable, estimulante. Luciana reía dulcemente y Sofía sonreía, y de a ratos se detenía para abrazarla o acariciarle los brazos con delicadeza. Luego usaba dos de sus dedos para acariciarle el hombro, el cuello, el pecho y los senos. Luciana se relajaba, disfrutaba, se estimulaba intensamente, a medida que los dedos traviesos de Sofía bajaban por su cuerpo y la inundaban de sensaciones. Y en el cúlmine de esas sensaciones, de repente hubo una oscuridad completa, y todo aquello desapareció de un segundo a otro.

—Llegamos —le dijo Sofía, apagando el automóvil.

Luciana miró a su alrededor. Estaba en el auto, sin reconocer la zona a donde Sofía la había llevado.

—Estuviste durmiendo durante todo el viaje. ¿Te diste cuenta?

Luciana, confundida, movió sus brazos, los cuales ya no estaban atados. En su sueño, los había tenido inmovilizados, e inconscientemente había naturalizado esa situación. Se tocó el torso, que seguía semidesnudo, solamente con corpiño. Notó que sus senos estaban endurecidos. ¿Cuál había sido el significado de ese sueño?

Sofía se bajó, le abrió la puerta, la acompañó hasta una entrada de casa y la hizo pasar.

—Esta es mi casa —le dijo Sofía.

Luciana veía a Sofía más grande que ella. De hecho, recordaba que en la comisaría le habían dicho que tenía 22 años. Aun así, le parecía poca edad para vivir sola, y por eso no pudo evitar preguntar:

—¿TU casa? ¿No están tus padres?

Sofía cerró la puerta lentamente, cerrando un poco los ojos.

—No, no están —dijo, en tono sombrío. Luciana comprendió al instante el desafortunado comentario que había emitido.

—Lo siento, realmente —expresó, tratando de retirar el error que había cometido.

Sofía hizo una leve sonrisa de triste resignación.

—Está bien, no te preocupes. Los secuestraron unos narcotraficantes con los cuales se vieron en la necesidad de involucrarse porque ya no sabían cómo lidiar con sus deudas. Hace años que no sé si están vivos o muertos. Fui su única hija. Y todo lo que me queda de ellos es esta casa. Al menos hasta que alguien del gobierno o la policía se entere de que no tengo los papeles de esta casa, y me dejen en la calle. Pero nadie se preocupa por la situación de la gente en la villa de todas formas, con lo cual es probable que no la pierda.

Luciana no sabía cómo responder ante una historia tan trágica. Sabía que ninguna palabra de consuelo podría apaciguar el dolor de tener que contar tan triste historia. Por eso quedó atrapada en un silencio del que no sabía cómo escapar.

Sofía levantó la mirada, tratando de calmar a Luciana y eliminar el momento incómodo.

—Sonó tu celular hace diez minutos, mientras dormías. Quizá tu familia esté preocupada por vos.

Luciana tomó su celular instantáneamente y vio un mensaje de su madre: «¿Qué pasa que no has vuelto? ¿Te quedás a dormir en lo de tu amiga?». Luciana pensó en responderle pidiéndole que llame a la policía y la fueran a buscar, pero luego recordó la historia de Sofía. Si la policía llegase aquí, sabrían de la ilegalidad de esta casa, y Sofía probablemente se quedaría sin lo único que le quedaba de sus padres. Al fin y al cabo, era Sofía la que la había liberado de Jennifer, a pesar de haber sido su cómplice en primer lugar.

Entonces Luciana comenzó un debate interno, reflexionando profundamente sobre la responsabilidad moral de la decisión que debía tomar. Y en el medio de su introspección, recordó el momento en que Sofía la ayudó a calzarse sus sandalias, y una sensación intensa le estrujó el pecho por dentro. Sin tener muy en claro por qué, ese recuerdo le hizo convencerse de responderle a su madre: «Sí. Nos vemos a la tarde».

—¿Cómo te sentís? —le dijo Sofía a Luciana. Luciana, que acababa de enviar su mensaje, sin todavía comprender la decisión que había tomado y sus razones, tardó un rato en levantar reactivamente la cabeza, abandonando la imagen de su celular y mirándola a ella para darle una respuesta.

—Eh… mmm… bien, supongo que estoy bien.

Sofía se acercó, levantó su brazo izquierdo, la miró de cuerpo completo. Luciana sintió un leve sonrojo ante este acercamiento y este contacto.

—Tenés algunos moretones y probablemente te duelan algunos músculos. Sentate ahí, te voy a preparar una infusión que hacía mi abuela.

Luciana, sin entender del todo qué estaba haciendo, hizo caso y dejó a Sofía irse a otra habitación de la casa. Nuevamente se empezó a debatir a sí misma si debía llamar a la policía, pero la historia de Sofía seguía carcomiéndole la conciencia. Por otra parte, tenía interés en entender qué había significado el sueño que tuvo, y se sentía confundida.

Miró la casa en donde estaba. Era razonablemente grande, muy distinto al prejuicio que siempre le habían inculcado sobre las villas. Era cálida y reconfortante, y no parecía tener una estructura inestable.

En medio de esas introspecciones que duraron varios minutos, Sofía volvió con dos tazas llenas de una infusión caliente.

—Tomá. Vas a ver cómo con esto te vas a sentir mucho mejor.

Ambas se sentaron en las sillas frente a la mesa, y bebieron juntas el extraño brebaje de la abuela de Sofía. Los efectos fueron casi instantáneos: Luciana ahora se sentía relajada, sus dolores gradualmente se aliviaban, y su nerviosismo se reducía a su mínima expresión. Luciana se sentía bien, cómoda, a gusto, y comenzaba a sentir un poco de afecto por Sofía.

Sofía había terminado su infusión hacía algunos minutos cuando Luciana bebió el último sorbo. Se sentía casi totalmente renovada. Estaba en silencio, pensando y reflexionando. Sofía la miraba.

Luciana apoyó la taza vacía sobre la mesa y levantó su mirada hacia Sofía. Sus miradas se cruzaron. Sofía le sonrió amigablemente.

—Veo que transpiraste demasiado en el bosque, y trajiste varias ramitas y pedazos de césped pegados en tu cuerpo.

Luciana no supo qué responder. Le dio vergüenza escuchar eso, y bajó su mirada. Sofía se levantó de su silla y se puso frente a ella. Luciana estuvo varios segundos sin levantar su mirada, teniendo a Sofía al lado, hasta que levantó sus ojos y la vio, extendiéndole la mano.

—Vení conmigo. Vamos a bañarte.

Luciana abrió sus ojos, impactada ante la propuesta. Jamás le habían pedido algo así, y no sabía cómo responder. Se quedó helada, sin emitir respuesta, sorprendida, y simplemente viendo a Sofía sin poder emitir respuesta alguna.

Sofía le guiñó el ojo en señal de complicidad y camaradería.

—Tranquila, está todo bien conmigo. Vamos, vení.

Luciana, lentamente, temblando y dubitando ante lo que hacía, extendió su mano, tomó la de Sofía y esta la dirigió hacia su cuarto de baño, donde había una bañadera. Con cuidado y delicadeza, Sofía comenzó a desnudar a Luciana, quien seguía sin entender lo que estaba haciendo. Sofía le quitó su corpiño, dejando los senos de Luciana a la vista, y Luciana tuvo uno de sus mayores sonrojos en la vida, mientras el cálido aire de la casa entraba en contacto con sus senos.

Sofía procedió a quitarle sus sandalias, nuevamente con una ternura apasionada como la que había expresado cuando la había calzado en el bosque. Luciana pudo recrear la confusión que le producía esta extraña actitud de Sofía.

Sofía le quitó su pantalón y su ropa interior, y la acompañó dentro de la bañera. Activó el agua caliente asegurándose de dejar la tapa para llenar la bañera, y colocó algunos jabones espumantes.

—Te confieso que estos jabones los robé hace un par de semanas en una tienda —dijo Sofía, tratando de darle una conversación amigable, aunque sin obtener respuesta por parte de Luciana—. Esperame un ratito, que luego estoy con vos —dijo Sofía, cerrando la cortina de la bañera y dejando a Luciana sola, desconcertada pero relajándose ante un agua caliente y espumada que la estaba purificando de toda sus ansiedades remanentes. Luciana solamente podía ver la silueta que la sombra de Sofía dibujaba en la cortina, gracias a la cual Luciana veía claramente que Sofía se estaba desnudando también.

Luciana, recostada boca arriba sobre la bañera, miró hacia adelante. Vio sus pies, que todavía tenían el bellísimo pedicure que muchas horas antes le había hecho su mejor amiga. Pronto el agua espumante se elevó por encima de sus pies y los mismos se perdieron entre la blancura de la espuma. A los pocos segundos, Sofía abrió la cortina y se mostró ante Luciana.

Luciana quedó impactada ante la belleza colosal de Sofía. El cuerpo atlético que había visto en aquella comisaría ahora se lisonjeaba en un soberbio deleite de curvas perfectas y senos firmes y hermosos. No se había equivocado Luciana cuando pensó que Sofía tenía cuerpo de modelo aquella primera vez que la vio en el proceso de reconocimiento facial.

Sofía avanzó sobre la bañera, poniendo uno de sus pies descalzos dentro del agua y luego el otro. Se puso bajo la ducha, se remojó entera, y apoyó sus manos sobre los hombros de Luciana, haciéndole tiernos masajes mientras esperaban a que la bañera terminase de llenarse.

Lo cual no tardó en ocurrir, y entonces Sofía apagó el agua. Tomó una esponja y, sentándose por detrás de Luciana, comenzó a refregarla por todo su cuerpo. Comenzó por el cuello y los hombros, y bajó por toda la espalda. Luciana había empezado a sumergirse en un paraíso de sensaciones, disfrutando cada segundo del tacto suave y tierno que Sofía le daba con la esponja.

Luego Sofía se acercó más a Luciana, la cual sintió los pechos de Sofía apoyándose sobre su espalda. Vio frente a sí cómo los brazos de Sofía se asomaron por debajo de los suyos y comenzaron a fregar delicada y suavemente su pecho, su barriga y sus senos. Luciana echó hacia atrás su cabeza, apoyándola sobre el hombro izquierdo de Sofía, y cerró los ojos, entregándose completamente al delicioso cúmulo de sensaciones estimulantes en el que Sofía la estaba sumergiendo. Por detrás de ella, Sofía sonreía con ternura, mientras pasaba a sus brazos, sus manos, sus axilas, y el inicio de las piernas, fregando con delicadeza y purificando por completo el cuerpo y el alma de Luciana.

—¿Cómo se siente? —le susurró Sofía al oído.

—Como el cielo… —dijo Luciana, sin poder expresar de otra forma el océano de bellísimas estimulaciones intensas que estaba recibiendo.

Sofía volvió a sonreír y le besó dulcemente el cuello. Luego le susurró:

—Date vuelta.

Luciana abrió sus ojos y levantó su cabeza del cuello de Sofía. Haciendo caso a Sofía, se volteó. Ahora estaban una frente a la otra. Sofía se acercó a ella, mirándola con ternura, y le tomó la pierna derecha. La levantó, y de la espuma surgió el pie descalzo que había quedado oculto sumergido en la espumante y blanca agua. De la espuma volvieron a surgir esos elegantes pies con un bellísimo pedicure rojo brillante, y con la planta de los pies apuntando directamente a los ojos de Sofía.

Luciana veía cómo, desde su perspectiva, estaba entregándole toda su pierna a Sofía, apuntándole directamente a la cara con la planta de su pie, mientras ella veía con claridad el rojo de sus uñas desde su propia perspectiva. Sofía tomó su esponja, y se extendió, inclinándose hacia adelante, para alcanzar la zona pélvica y comenzar a fregar con la esponja desde el inicio de la pierna. En aquel proceso, el pie derecho de Luciana pasó por el costado de la cara de Sofía a apenas unos milímetros de distancia; y Luciana no pudo evitar notar, en ese preciso momento, cómo Sofía cerró los ojos y emitió un suspiro intenso que intentó ocultar. Parecía que había pestañeado muy lentamente. Luciana nuevamente percibió en Sofía la sensación de dulzura apasionada que había notado horas antes en el bosque cuando la calzó, y minutos atrás cuando la descalzó.

Cuando Sofía presionó su pelvis con la esponja, Luciana se recostó hacia atrás, cerrando los ojos y entregándose, nuevamente, a todos los estímulos que Sofía le regalaba tan generosamente. Poco a poco Sofía fue bajando por la pierna: hacia la rodilla, hacia los gemelos, hacia el tobillo, fregando con cariño la delicada y suave piel de Luciana. Y, eventualmente, llegó al talón, el empeine, la planta del pie y sus dedos.

Luciana, en ese preciso momento, entró de lleno al paraíso. Sintió cómo las manos de Sofía apretaban la esponja contra sus pies, despidiendo acaudaladas espumas de jabón, y estimulando a Luciana de formas en que nunca había sido estimulada. Sofía, por su parte, desplegaba en sus movimientos una pasión dulce y sofisticada que no había mostrado en el resto del cuerpo de Luciana. En estos momentos, Luciana no podía razonar, sino simplemente disfrutar de cada segundo. Sofía ponía fragmentos de la esponja entre sus dedos, por el empeine; llenaba de jabón su planta y su empeine, y rodeaba la planta describiendo una exquisita trayectoria desde el arco, pasando por detrás del talón y retornando por el otro lado. Luciana no podía creer lo que estaba sintiendo, le recorrían escalofríos electrificantes por todo el cuerpo, su circulación se reactivaba y ella, con sus ojos cerrados, podía sentir el paraíso rodeándola.

Muchos y largos minutos estuvo Sofía dándole ese amor y cariño al pie derecho de Luciana; y, tras terminar, comenzó con la pierna izquierda. Recorrió con ternura y delicadeza cada zona de su pierna izquierda hasta llegar nuevamente a su pie izquierdo, al cual le dio un tratamiento idéntico al derecho, y le dio a Luciana el complemento estimulante que necesitaba para sentirse, oficialmente, como una diosa que es apasionadamente adorada.

Las sensaciones de Luciana no solamente eran maravillosas por el excelente trato que estaba recibiendo por parte de Sofía, sino también por el contraste con el espantoso tormento al cual Jennifer la había sometido hacía ya varias horas. Tormento que ya había desaparecido de la mente de Luciana por el momento, quien estaba segura de estar viviendo la mejor noche de su vida. Por su parte, Sofía trataba con una habilidad soberbia el pie izquierdo de Luciana, además de impregnar en cada movimiento una auténtica coreografía poética de amor y dulzura, brindándole a Luciana estímulos que la llevaban más allá del placer de los dioses.

No tardó Sofía en tomar nuevamente el pie derecho de Luciana, recuperándolo de donde lo había dejado hacía alrededor de 20 minutos, para unir ambos pies y darles afecto y amor con la esponja al mismo tiempo. Luciana podía sentir los suspiros que Sofía trataba de ocultar, pero no procesaba su significado y los ignoraba, pues estaba más enfocada en recibir de Sofía este bello y confortante tratamiento. Cuando Sofía juntó ambos pies y tenía sus plantas apuntando directamente a su cara, tomó su esponja y la apoyó tiernamente sobre esas delicadas y suaves plantas. En ese preciso momento, Luciana tuvo un leve y diminuto gemido, abriendo de golpe sus ojos y teniendo una repentina reacción nerviosa de echar sus pies hacia atrás, alejándolos un par de centímetros de la esponja que Sofía acababa de apoyar sobre sus plantas.

—¿Cosquillas? —preguntó Sofía.

Luciana se ruborizó, mirando hacia abajo. Sofía vio cómo las mejillas de Luciana adquirieron un fuerte color rojo, y aquello dulcificó su alma. Volvió a tomar los pies de Luciana, sin oposición por parte de ella, y apoyó sus plantas sobre su pecho, presionando sus senos, abrazando con ternura los pies y fregando sus empeines con una esponja que expulsaba cada vez más espuma, dibujando en ese sensible empeine poéticos círculos de espuma blanca.

Luciana volvió a desplegarse hacia atrás, cerrando sus ojos y entregándose en cuerpo y alma a las magias que Sofía podía inducir en sus pies. Sofía miraba los pies de Luciana apoyados sobre su pecho, dándole una perspectiva directa a sus ojos del exquisito pedicure que llevaba Lucy en sus dedos… Cada tanto esa vista la superaba y era Sofía quien cerraba los ojos, emitía un suspiro y continuaba regalándole a los pies de Luciana las mejores y más deliciosas estimulaciones que jamás habían recibido.

Aquel baño fue para Luciana el punto final de la renovación que había iniciado con la infusión que Sofía le había preparado. Luciana estaba donde quería estar, y como quería estar. Fue la noche de su vida.

Tras un extenso intervalo de tiempo en el que Sofía hizo magia en los pies de Luciana, el baño llegó a su fin y, minutos después, Sofía y Luciana estaban ambas recién bañadas y desnudas en la cama matrimonial de los padres de Sofía; juntas, y felices. La luz era débil, pero Luciana no necesitaba más. Veía en frente de sí a la mujer más hermosa que había visto en su vida, y había recibido de ella un trato exquisito y confortador que jamás pensó que una mujer podría ofrecerle. Luciana se había extendido de brazos y acostado boca arriba, mientras Luciana estaba, a su derecha, recostada sobre su lado derecho, mirándola a ella y acariciando su pecho.

—¿Te sentís mejor? —le dijo Sofía, con dulzura.

Luciana, con los ojos cerrados, tratando de experimentar la situación hermosa, el clima agradable, la suavidad de la cama y la hermosa estimulación que recibía de los dedos de Sofía, dejó que las palabras fluyeran de su alma.

—Nunca me sentí mejor en mi vida —dijo, con voz apasionada.

Luciana abrió los ojos y la vio. Ahí seguía Sofía: viéndola a los ojos, acariciando su pecho, y regalándole una sonrisa de afecto que pocas veces le habían dirigido antes.

—¿A qué se deben estas atenciones para conmigo? —le preguntó Luciana.

—Supongo que es lo menos que puedo darte, después de tu pequeña historia con Jennifer.

Luciana, sonriente y entre risas, le dijo:

—Supongo que tenés razón. En cualquier caso, muchas gracias.

Sofía, en tono pícaro, le dijo:

—Aún así, convengamos que unas cosquillas no matan a nadie.

Luciana volvió a sonreír, pero esta vez fue una sonrisa apasionada, pues recordó el sueño que tuvo mientras viajaba con Sofía. Entonces no pudo evitar recordar que no había sido Jennifer la única que le hizo cosquillas. Y el recuerdo de las cosquillas de Sofía le indujo una sensación que recorrió su cuerpo desde el pecho hasta la punta de los dedos de sus pies, muy extrañamente agradable. Y sumergida en esa sensación, le dijo:

—Tenés razón. Aunque sus cosquillas eran realmente sádicas. Las tuyas eran más dulces.

Sofía emitió un suspiro de risa, sonriendo con los ojos cerrados. Al abrirlos, se puso por encima de Luciana, apoyando una rodilla a cada lado de su cuerpo, y le dijo, en tono juguetón:

—¿Ah, sí? ¿Y cómo eran? ¿ASÍ de dulces? —le dijo, mientras empezó a hacerle cosquillas en la barriga, rasqueteando tiernamente y generando reacciones impulsivas en Luciana.

—¡Jajajajajajajajajajajajajajaja! —ahora Luciana reía, pero no reía con sufrimiento. En el bosque había reído suplicando piedad, implorando que se detenga la tortura. Ahora recibía las cosquillas de Sofía con alegría y cariño, y lo disfrutaba—. O quizás, ¿así? —dijo Sofía, tras abandonar la barriga y dirigirse hacia los senos de Luciana, los cuales acarició y estimuló a base de cosquillas, infundiendo más risas en Luciana, quien forcejeaba juguetonamente y reía a carcajadas.

—¡Jajajajajaja! ¡Jajajajajajaja! ¡Por Dios, jajajajajajaja!

En ese momento Sofía se detuvo. Luciana había estado riendo con los ojos cerrados, tratando de soltarse (aunque, en el fondo, sin querer soltarse) de las tiernas y cariñosas cosquillas de Sofía. Abrió sus ojos y allí vio a Sofía. Esa mujer cuya belleza la había encandilado. La veía y todo un mundo de sensaciones le recorría su cuerpo. Sus senos se habían endurecido, y se sentía totalmente entregada. Vio brillo en los ojos de Sofía, y en ese momento ambas entendieron que no había vuelta atrás: algo muy poderoso había dado inicio.

Como si fuera por una coordinación milagrosa, ambas cerraron al mismo tiempo sus ojos lentamente; Luciana abrazó a Sofía, quien bajó hacia ella y le entregó un vehemente beso en sus labios. Luciana recorría la espalda de Sofía con sus dedos, apretando y acariciando, mientras Sofía le daba a Luciana el más exquisito y profundo beso de toda su vida. Luciana había conocido a una mujer fascinante, y hoy su noche era con ella y solamente con ella. Nunca en su vida estuvo tan feliz de haberles mentido a sus padres.

Luciana, teniendo a Sofía encima de sí, la tomó de la cintura. Sin parar de besarla acarició su cintura, su abdomen, los costados de sus senos y su cuello. Y entonces ambas entraron a amarse apasionadamente, la una para la otra, en una noche mágica que nunca olvidarían.

Estuvieron un larguísimo rato besándose, dándose amor la una a la otra, tratando de transmitir todo lo que la otra les generaba. Y, ni bien el beso terminó y ambas separaron levemente sus caras, abriendo sus ojos y mirándose fijamente la una a la otra, Luciana emitió la mayor sonrisa de toda su vida. Había encontrado la felicidad que hasta hace tan poco creía imposible.

—Sos una mujer maravillosa, Sofía.

Sofía le devolvió una sonrisa cómplice.

—Vos me volvés así, Lucy. Con vos saco lo mejor de mí.

Luciana, que seguía boca arriba debajo de Sofía, la abrazó y la rodeó con brazos y piernas. Seguidamente, usó la planta de sus pies para acariciar a Sofía en la entrepierna. Y entonces Luciana notó un cambio brutalmente brusco en la cara de Sofía.

Sofía borró su sonrisa, cerró los ojos y comenzó a suspirar de placer. Luciana entendió que aquello que le estaba haciendo encendía las llamas de Sofía, y no cesó pues en darle amor a su entrepierna acariciándola con la dulce y suave piel de la planta de sus pies. La respiración de Sofía aumentaba, y Luciana sabía que Sofía estaba siendo fuertemente estimulada por lo que ella le hacía.

Luciana no se detuvo, y llevó a Sofía a un estado de excitación tan fuerte que, cuando no lo pudo contener más, Sofía saltó y se recompuso en su posición, arrodillada con una rodilla a cada lado del cuerpo de Luciana, abriendo repentinamente los ojos y emitiendo un fuerte jadeo. Tras abrir sus ojos miró a Luciana, que seguía recostada boca arriba, mirándola. Luciana le devolvió una sonrisa llena de amor.

Sofía volvió a agacharse y besó a Luciana entre los senos. En la fracción de segundo que duró ese beso, Luciana cerró sus ojos y se entregó a la bella sensación que los labios de Sofía produjeron en sus senos. Luego Sofía volvió a pararse, esta vez de pie, y se acostó al lado derecho de Luciana. Se acostó, pero en sentido opuesto, con su cabeza del lado de los pies de Luciana.

Allí tenía Sofía los pies de Luciana: a apenas unos centímetros de sus ojos, con esa exquisita y soberbia elegancia que jamás había visto en los pies de una mujer. Aquello era un espectáculo para sus ojos. Curvas perfectas, formas magistrales que parecían esculpidas por acto divino en el cuerpo de una diosa. Dedos con una forma majestuosa e inmarcesible, acompañando al arco más sensual que había visto en su vida, junto a un empeine tierno al tacto y una planta de pies suave, lisa, perfectamente blanca y sin la menor irregularidad o imperfección. Aquello era una fuente explosiva de sensualidad penetrante para Sofía. Tenía frente a sí los pies que la habían enamorado perdidamente desde que los sostuvo en sus manos en el bosque por órdenes de Jennifer, con esas exquisitas plantas apuntando hacia su cara, mientras Luciana recibía las cosquillas de Jennifer. Nunca se hubiera imaginado Sofía que se enamoraría tan perdidamente tras toparse en su vida con los más bellos pies que había visto jamás.

Rodeó los pies de Luciana con sus brazos, haciendo que sus plantas se apoyen sobre su axila derecha, y acariciando su empeine con las uñas de sus manos. Luciana agradeció ese gesto, pues nuevamente tenía las habilidosas manos de Sofía estimulando sus pies, como tanto le gustaba, y se preparó para recibir ese amor de Sofía que tanto disfrutaba recibir en sus pies.

Luciana, por supuesto, entregó por completo su cuerpo a los deseos de Sofía, para recibir la exquisita calidez que le proporcionaban los estímulos de Sofía. Sofía, por su parte, mientras acariciaba el empeine de los pies de Luciana, los miraba de arriba a abajo, hipnotizada, en trance, sin poderse explicar cómo podía existir algo tan hermoso en este mundo. El pedicure rojo brillante en los dedos de Luciana le producía explosiones vehementes en todo su ser, y poco a poco fue entendiendo que no podría soportar mucho más sin darle a esos pies el amor y la adoración que ameritaba la brutal excitación que le producían en cada molécula de su cuerpo.

Luciana pudo observar la pasión con la que Sofía acariciaba y miraba sus pies. Aquello la hacía enamorarse cada vez más de Sofía, pues veía en Sofía a una persona capaz de encender todos los fuegos de su pasión con ella, y aquello le fascinaba. Volteó a su derecha y vio los pies descalzos de Sofía a su lado. Eran bellísimos, como todo en Sofía, y pensó que sería un buen acto de amor acariciar su empeine, tal y como ella estaba haciendo.

Sofía rompió su trance y volteó hacia Luciana, quien había comenzado a acariciar y masajear sus pies.

—Te amo tanto… —le dijo Luciana.

Sofía, sin poder emitir respuesta, se volvió hacia los pies de Luciana. Aquello era más de lo que podía soportar. Cada milímetro cuadrado de la exquisita piel de esos pies era poesía para sus ojos, y el pedicure en sus preciosos dedos era un mimo a toda su alma. La imagen de esos pies se impregnó en todo su ser y, poco a poco y sin darse cuenta, Sofía acercaba su cara a los pies de Luciana cada vez más.

Luciana veía la situación, sonriendo y continuando las caricias y masajes a los pies de Sofía. Había agarrado con un dedo índice y pulgar el dedo pequeño del pie izquierdo de Sofía, y lo estaba apretando y rozando suave y tiernamente.

Sofía apenas tenía los ojos abiertos, pero su excitación le impedía ver nada. Tenía la boca parcialmente abierta, y su cara se acercaba cada vez más, gradual e inconscientemente, sin que Sofía pudiera hacer más que tener su vista nublada y acariciar el empeine de los pies de Luciana. Y fue en esa situación que, muy levemente, hubo un breve contacto, de apenas un rozamiento, entre los labios de Sofía y los dedos de los pies de Luciana.

Aquello hizo que Sofía estallara en llamas y, sin poder controlar su impulso, lentamente puso sus labios frente a la planta de los pies de Luciana, y la besó dulcemente por debajo de los dedos del pie derecho de Luciana. Como consecuencia de este beso, Luciana extendió sus dedos como reacción a la sensación exquisita que los labios de Sofía le generaron al besar sus pies, y de Luciana brotó un espontáneo suspiro apasionado de placer. Soltó los pies de Sofía, pues aquello había sido una explosión en todo su cuerpo: el beso de Sofía indujo una onda expansiva que la hizo estremecerse hasta los huesos y músculos del torso.

Sofía, tras besarle el pie derecho a Luciana, no pudo despegar de allí los labios. Allí se quedó, con los labios haciendo contacto con esa exquisita piel, con sus ojos cerrados, aspirando la esencia de los que, para ella, eran entonces los más bellos pies del mundo entero. Ahora Luciana disfrutaba cada segundo del aliento cálido que sobre sus pies generaba la suave respiración de la apasionada Sofía. Aquello era una mezcla de sensaciones más que maravillosa: Luciana se sentía la reina de la casa.

Tras largos segundos en esa posición, Sofía ofreció un segundo beso. Posteriormente, otro beso. Y así, con ternura, dulzura y delicadeza, besó con efervescencia los pies de Luciana, que ahora había perdido el sentido de la orientación y se encontraba sumergida en un océano de estimulaciones y exquisitas sensaciones. El único deseo de Luciana era que aquello no terminara nunca.

Luciana pronto empezó a sentir cómo la boca de Sofía abarcaba zonas más amplias al besar, generando en Luciana mayores ondas expansivas de estimulación, y no tardó mucho en empezar a sentir cómo la lengua de Sofía comenzaba a tomar protagonismo en este espectáculo de estímulos. A partir de ese momento, Luciana comenzó a emitir gemidos continuamente.

Mientras más intentaba Sofía transmitirle a los pies de Luciana toda la pasión que le despertaban, más lejos se sentía de conseguirlo. Ahora Sofía lamía cada rincón de los pies de Luciana: su talón, su arco, el empeine… E introducía la lengua entre sus dedos. Luciana ya no se sentía en el paraíso; se sentía auténticamente en la plenitud de la delicia manifestada en goce. Entre gemidos y fuertes suspiros de placer, la lengua de Sofía se abrió lugar en cada rincón de los pies de Luciana.

Pero los pies de Luciana eran más hermosos de lo que Sofía podía soportar, y aquello superaba en creces sus más ambiciosas fantasías sexuales. El pedicure de sus dedos estimulaba tanto su imaginación que no pudo resistirse, e introdujo varios dedos de Luciana en su boca, cubriéndolos con sus labios, besando su piel y envolviendo los dedos con la lengua dentro de su boca. Y fue ahí cuando Luciana, en el cúlmine de sus sensaciones, emitió un larguísimo y muy profundo suspiro orgásmico, seguido de un gemido muy fuerte que resonó en toda la habitación.

Al instante, ambas detuvieron sus actos. Luciana acababa de tener una de las mayores estimulaciones de su vida, y estaba jadeando. Sofía la miró, y Luciana, tras varios segundos de recuperación de aire, le devolvió la mirada.

—Me hacés sentir como una diosa… —le dijo, sin poder creer las bellas estimulaciones que Sofía le había hecho vivir. Sofía no pudo resistirse, y tuvo que manifestarle lo que sentía por ella.

—Tus pies me tienen perdidamente enamorada. Son los más bellos que he visto en mi vida.

Luciana la miró, un poco confundida pues jamás había tenido la experiencia de atraer sexualmente a una pareja con los pies, y muchísimo menos a una mujer. Pero luego le sonrió tiernamente, y levantó uno de sus pies hacia la altura de su cara, pues Sofía se encontraba arrodillada al lado de los pies de Luciana.

—Por favor, seguime mostrando cuánto te enamoran —le dijo, poniendo su planta frente a ella y moviendo suave y tiernamente sus dedos buscando seducir sus impulsos.

Sofía no pudo soportar esa seducción y se lanzó violentamente hacia ese pie, tomándolo con ambas manos y chupando apasionadamente sus dedos. Cubrió varios dedos con la boca, los envolvió con la lengua, y luego los besó desenfrenadamente. Los lamió, los besó, les dio caricias labiales, respiró junto a ellos, y les dio un amor infinito. Luciana nunca en su vida se sintió tan bien. Era, sin lugar a dudas, la más maravillosa noche de toda su vida.

Sofía, en su excitación desenfrenada, tocó accidentalmente con sus dientes los pies de Luciana; la cual, como consecuencia de la intensísima sensación de cosquillas que le produjo, emitió un grito agudo y quitó los pies de la boca de Sofía.

—¿Cosquillas de nuevo? —le preguntó Sofía, de forma pícara.

—Je, je… Sí, perdón.

Hubo un minuto de silencio, pero Luciana no podía guardarse más lo que realmente sentía, y le dijo a Sofía:

—Aunque… me fascinan tus cosquillas —dijo, no pudiendo evitar sonrojarse como nunca en su vida.

—¿De verdad? —dijo Sofía, de forma juguetona y acostándose al lado de los tobillos de Luciana, rodeándolos entre brazos y sujetándolos bien fuerte—. ¡Pues ahí van esas cosquillas! —dijo, acariciando dulcemente la planta de los pies de Luciana con el dedo índice de su mano derecha.

—¡Jajajajajaja! ¡Jajajajajajajaja! —emitía Luciana, forcejeando por la intensa situación de cosquillas, pero amando cada segundo en que Sofía la sometía a aquellas deliciosas sensaciones.

—¡Aquí tiene sus cosquillitas, mi diosa! —se burlaba Sofía, incorporando el resto de los dedos y haciéndole unas insoportables cosquillas a Luciana que, pese a reír a carcajadas y reaccionar espasmódicamente, y forcejear como si no hubiera un mañana, estaba disfrutando deliciosamente del momento. Y la exquisitez y dulzura de su risa era prueba de ello.

—¡Jijijijijiji! ¡Jajajajajajajaja! ¡AY, ay! ¡Jajajajajajajajaja!

Sofía de a ratos le daba mordiscos a los pies de Luciana, generando reacciones todavía más violentas. Sofía estaba perdidamente enamorada de esos pies, y la risa de Luciana la enamoraba todavía más. Amaba a Luciana, amaba sus pies, amaba su sensibilidad… Amaba estar ahí con ella. Su risa era una poesía, un canto a la vida, una razón que hacía valer la pena estar viva.

Luciana, en un intento desesperado por detener la brutal sensación de cosquillas (aunque las estaba disfrutando como nunca), inconscientemente tomó uno de los pies de Sofía y le acarició la planta con el dedo meñique de su mano. Al instante, las cosquillas cesaron, como así también el secuestro de los tobillos de Luciana. Los pies de Sofía, apenas entraron en contacto con el meñique de Luciana, se alejaron de esa posición al instante y, de un golpe y tras un breve pero intenso grito por las cosquillas, Sofía saltó y quedó de pie. Se miraron a los ojos, ambas conteniendo la risa.

—No sabía que unos pies podían hacer semejante magia —dijo Luciana.

—¿Los tuyos o los míos? —dijo Sofía.

—Bueno, me refería a los míos, pues nunca pensé que a través de ellos podría llegar a alguien como vos y que me pudieras hacer sentir como me hacés sentir al amarlos. Pero, ahora que lo considero, en vistas a tu reacción de recién, creo que también los tuyos pueden hacer magia, ¡jijiji! —dijo Luciana, burlándose tiernamente de la reacción de Sofía.

Sofía, respondiendo a la provocación y con cara juguetona y perversa, le dijo:

—¿Ah, sí? ¿Querés ver la magia que hacen mis pies? —le dijo, mientras puso su pie derecho sobre el torso de Luciana y movió sus dedos para hacerle más cosquillas. Luciana seguía recostada mientras, de pie, Sofía le hacía cosquillas con su pie derecho.

—¡Jajajajajajajaja! ¡Por Dios, jajajajajaja! —reía Luciana, volteándose para un lado y para el otro, intentando escapar del hábil e invasivo pie de Sofía—. ¡Jajajajajajajaja!

Sofía se sentó e incorporó su otro pie al ataque de cosquillas. Ahora eran los dos pies de Sofía quienes sometían a Luciana a un intenso y demoledor ataque de cosquillas. Luciana no podía parar de reír, de revolcarse y forcejear, y en su mente solamente cabía un deseo: que aquella noche fuese eterna.

—¡Jajajajajajajajajajaja! —dijo, durante largos minutos, hasta que Sofía se apiadó de ella y la dejó en paz.

Luciana había quedado de espaldas a Sofía. Cuando las cosquillas cesaron, Luciana se volvió hacia Sofía, y ambas se miraron nuevamente a los ojos durante un largo rato. Al cabo de unos minutos, ambas se estaban besando nuevamente con la vehemencia apasionada de aquella noche de amor.

Largos minutos estuvieron besándose, y luego ambas estaban acostadas sobre la cama, acariciándose la una a la otra, y manifestando cuánto se amaban.

Sofía, todavía, quería poder llegar a la cima del placer, y la situación con Luciana no pudo esperar más.

—Lucy, hay una magia que pueden hacer mis pies que no te mostré…

—Que me lo digas así me prende fuego, Sofi. Por favor, no hables más y mostrame esa magia.

Sofía besó sus labios nuevamente, y se puso de pie en la cama. Se dirigió hacia los pies de Luciana, y se sentó frente a ellos. Los tomó y la abrió de piernas, exhibiendo su conducto vaginal en todo su esplendor. Luciana volvió a sonrojarse, mientras Sofía extendía su pie derecho por entre las piernas de Luciana.

Al mismo tiempo, agarraba los pies de Luciana y se los ponía cerca de su cara, para besarlos y darles caricias labiales, como muestra del amor desenfrenado que sentía hacia ellos. Y mientras Luciana nuevamente se inundaba de sensaciones y estímulos exquisitos generados por los labios y la lengua de Sofía sobre sus pies, el pie derecho de Sofía se abrió paso entre las piernas de Luciana y comenzó a estimular su conducto vaginal.

De un instante a otro, Luciana gemía como nunca en su vida. Sofía amaba sus pies, introducía sus dedos en su boca, envolvía los dedos con la lengua, algo que Luciana tanto disfrutaba… La besaba, la acariciaba, y con sus pies le amaba el conducto vaginal, penetrando en su intimidad y generándole la mayor excitación de toda su vida.

Al mismo tiempo, mientras Sofía sostenía los pies de Luciana con una mano, se estimulaba a sí misma con la otra, mientras su boca adoraba los pies de Luciana como si no hubiera un mañana. En ese momento, dos eran las reinas de la casa. En ese momento, ambas habían subido al paraíso.

La situación fue gradualmente aumentando su intensidad. Ambas gemían como nunca en su vida, suspirando de placer, amando y sintiéndose amadas. Cada vez más, cada vez con mayor intensidad, cada vez con más pasión, vehemencia, efervescencia y amor desenfrenado e impetuoso. En ese contexto de continuo crecimiento de excitación y afecto, ambas llegaron a un potente pico de excitación, alcanzando el clímax.

Hasta el día de hoy, ninguna de las dos ha vuelto a tener un orgasmo tan maravilloso.

Tomado de Internet

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