Tickling Stories

Historias de Cosquillas, basadas en hechos reales.

El manicomio (fanfiction)

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Adaptación libre del relato de Max Speer
Tina se despertó sobresaltada. Tan pronto como abrió los ojos entró en pánico y empezó a hiperventilar.
—¿Dónde estoy? Pensé que todo era una horrible pesadilla.
Observó el catre donde estaba acostada, un mueble apestoso y hecho jirones. La habitación tenía las paredes llenas de grietas y habían sido pintadas de un color gris claro (probablemente hace un millón de años) y había una claraboya en el techo. Hacía mucho frío.
—¿Dónde estoy?
Entonces empezó a recordar. Hubo una discusión. Había estado lloviendo y conducía a casa desde su trabajo. Acababa de comprar unos billetes para las Bahamas, donde ella y su esposo planeaban pasar las vacaciones. En la oscuridad se percató de unos faros con una luz muy intensa siguiéndola incluso cuando cambiaba de carril. Estaba aterrorizada.
—Desearía que Bill estuviera aquí —pensó recordando que su esposo era el dueño de la autopista que recorría.
Entonces llegó a la conclusión de que ya era suficiente y decidió detenerse a un lado de la carretera. El vehículo que la seguía frenó detrás también, a unos diez metros de distancia. Tina salió del coche y se quedó al lado de pie, mirando hacia los focos que la deslumbraban. Ni siquiera podía distinguir qué marca de coche era, ni mucho menos quién o quienes estaban en él.
Súbitamente la silueta de una mujer apareció a través de la luz. Recordaba que tenía una figura increíble, delgada y con curvas. Oía como le hablaba mientras se aproximaba, aunque no recordaba el contenido de sus palabras. La mujer alzó la mano (¿tenía algún tipo de arma?) para bajarla rápidamente. A continuación vio un destello de blanco y sintió un zumbido a la vez que caía al asfalto mojado. Antes de perder el conocimiento, observó aproximarse una segunda silueta a través de la luz de los faros.
De repente un grito devolvió a Tina a su celda oscura. Se levantó bruscamente, pero se sintió débil así que tuvo que sentarse en el borde del catre y poner la cabeza entre las piernas. Fue entonces cuando notó que le habían quitado la ropa y llevaba puesta una bata de hospital, nada más debajo. La parte trasera estaba abierta exponiendo su desnudez. Se sentía horrorizada. Encontró una manta vieja, la rasgó y ató una tira alrededor de su cintura.
De nuevo intentó levantarse, esta vez fue capaz de encontrar el equilibrio. El grito sonó de nuevo, sin embargo ahora seguido de jadeos cortos que casi sonaban como risas. Era un sonido espeluznante y le puso la carne de gallina desde los brazos hasta la nuca.
La puerta de la celda parecía que no estaba cerrada. Tina la abrió levemente y descubrió una gran habitación llena de gente vestida de la misma manera. Entonces se dio cuenta.
—¡Dios mío! ¡Estoy en un manicomio!
Tina caminó entre un gran número de personas las cuales muchas eran mayores. La mayoría caminaban muy lentamente, de forma hipnótica. Pasó al lado de un hombre que aparentaba tener unos veinte años el cual se quedó mirando embobado a la pobre muchacha asustada.
Tina era una bella mujer que medía poco más de 1.60 metros, su pelo era rubio y le caía sobre la espalda en rizos sueltos. Sus amigos siempre le habían dicho que con su aspecto podría ser modelo, pero ella sabía que no era lo suficientemente alta. En un rincón de la habitación estaba sentada una chica que parecía también atemorizada, por su aspecto no podía tener más de 19 años. Se acercó a ella y la joven miró a Tina con unos grandes ojos azules. Estaba temblando.
—Sabes —comenzó a decir la chica con un nudo en la garganta— , te hacen cosquillas aquí.
—¿Qué? —respondió Tina agachándose para escuchar mejor a la chica que se acurrucaba en el suelo mientras agarraba sus rodillas, no sabía si le había entendido bien. Sus pies descalzos estaban sucios y había un toque de esmalte de uñas rojo en los dedos que movía mientras hablaba.
—Te hacen cosquillas aquí. —Volvió a repetir la muchacha.
—¿Qué significa eso de que te hacen cosquillas?
—Significa que te hacen cosquillas como castigo. Lo llaman «terapia», pero todos sabemos lo que es. ¡Es una tortura!
Tina quería replicarle. Después de todo, si por error la habían llevado a un manicomio en vez de a un hospital no la torturarían. Creía que su presencia ahí era un terrible error y que en cuanto encontrara a las personas adecuadas saldría muy pronto.
Entonces un pensamiento terrible se apoderó de ella: tal vez no fue un error, tal vez estaba en apuros, quizás ella también sería torturada. Desde que tenía uso de razón siempre había sido terriblemente cosquillosa. Cuando era pequeña a sus primos y hermanos les encantaba sujetarla y hacerle cosquillas sin piedad en los pies, las costillas y las axilas. Por lo general gritaba tan fuerte que su madre venía y los detenía, pero unas cuantas veces sus hermanos le pusieron las manos en la boca y continuaban haciéndole cosquillas. Eran los recuerdos más aterradores de su vida. Estaba totalmente a su merced mientras unos dedos se deslizaban por todo su cuerpo, encontrando los puntos más sensibles que la hacían retorcerse y gritar. Los chicos hacían apuestas sobre quién podría hacerla gritar más. Algunos de ellos trataban de arañarle las plantas de los pies, y cuando se daban cuenta de que sus uñas eran demasiado cortas buscaban peines, tenedores, lápices y todo lo que podían encontrar para torturar de forma más eficiente a la pobre niña indefensa.
A medida que cumplía años las cosquillas se convirtieron en casi una fobia para ella. Solo la idea de que se las hicieran la asustaba. En el instituto cuando tenía alguna cita y le hacían cosquillas, salía corriendo de donde se encontrara. Sería la última vez que ese chico tuviera noticias suyas, ni siquiera le devolvería las llamadas por mucho que insistiera.
Tina era la ejecutiva del departamento de publicidad de una pequeña empresa. Una vez después de una reunión, un compañero de trabajo le hizo un comentario que provocó una respuesta tan desproporcionada que nunca volvió a dirigirle la palabra. Estaban relajados y ella se había quitado un zapato para frotarse la media ya que se encontraba exhausta después de una jornada en la empresa especialmente estresante. Una compañera de trabajo comentó que tenía unos pies preciosos, y ella comenzó a enfadarse por razones que no podía explicar en ese momento. Entonces el hombre preguntó si podía tocarle el pie.
—No lo creo. —dijo Tina enfadándose más por momentos.
—¿Por qué? —insistió el hombre— ¿Tienes cosquillas?
A continuación Tina amenazó al hombre con interponer una denuncia por acoso sexual y salió furiosa de la habitación. Todos estaban estupefactos.
—Te hacen cosquillas aquí —volvió a decir la chica, casi llorando.
—¿Qué quieres decir con «te hacen cosquillas»? ¿Quién lo hace? ¿Qué hacen exactamente? —Tina se había inclinado muy cerca de la chica, había despertado su interés.
La chica levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.
—Te atan a esa horrible mesa y la gente te hace cosquillas. Hacen cosquillas, cosquillas, cosquillas y cosquillas y no se detienen. Nunca se detienen —en ese momento la chica empezó a llorar.
—¡Los insectos! ¡Los insectos! —gritaba mientras se ponía de pie y empezaba a golpear con los puños las suaves paredes. Sus desvaríos alteraron a las demás personas que se encontraban en la habitación y todos comenzaron a llorar, gritar o reír histéricamente. Tina contemplaba la escena horrorizada mientras un grupo de hombres entraba a la habitación y se llevaban a la chica.
—¡No, nooooooo! —gritó intentando agarrarse a Tina para que la salvara, pero se la llevaron en un instante.
Tina se sentó en el suelo mientras miles de pensamientos inundaban su cabeza. De repente se vio sorprendida por el suave y relajante sonido de la voz de una mujer.
—¿Tina?
—¿Eh? —respondió ella dándose la vuelta para encontrar el origen de la voz. Provenía de una joven morena muy hermosa, elegantemente vestida con un sobrio traje de negocios y una gran sonrisa.
—Tina, ven conmigo.
Tina empezó a levantarse pensativa y la mujer le ofreció su mano, que rehusó aceptar. Empezaron a caminar juntas.
—¿Sabes por qué te trajeron aquí?
—No —respondió ella con un tono de preocupación.
—Tuviste un accidente. No hubo heridos pero te pusiste violenta cuando los médicos te sacaron del coche siniestrado. Golpeaste a uno de ellos y apuñalaste al otro con un instrumento que le quitaste de la mano.
—¿Que lo apuñalé? —dijo Tina en estado de shock.
—Sí, estabas fuera de control. Como no parecías haber sufrido ninguna herida, el agente de policía que acudió al accidente nos pidió que te trajéramos para hacerte algunas pruebas, pero sólo por tu seguridad. No sabían si estabas drogada o loca. ¿Entiendes ahora por qué estás aquí?
—Sí —dijo Tina—, pero no recuerdo ningún accidente. Me aparté a un lado de la carretera y…
—El doctor te evaluará ahora, responderá a todas tus preguntas.
—¿De qué hablaba la chica de antes? ¿Cosquillas?
—La chica estaba delirando, simplemente eso. Es una loca.
Tina no se sentía mejor con esa pobre explicación. Pensaba que el uso del término «loca» no era profesional y estaba fuera de lugar. Pero ella siguió a la joven morena que la condujo hasta una oficina. El despacho tenía un aspecto más cuidado, relajante y profesional. Sentado detrás de un escritorio estaba un hombre que parecía tener sesenta años. Llevaba un traje que parecía caro y sonrió mientras Tina se aproximaba. Inmediatamente se fijó en su cinturón improvisado.
—Muy lista —dijo el hombre con una sonrisa—. Tiene pudor, una buena señal. Relájese señorita Anderson, en cuanto hablemos podré determinar qué haremos con usted.
Tina se sentó en una silla muy acolchada y se apartó su largo pelo de los ojos. El doctor sonrió y la miró fijamente mientras realizaba el movimiento, parecía que estaba absorto.
—Doctor, no recuerdo nada de un accidente. Me atacó una mujer que me estaba siguiendo por la autopista. Me golpeó y después me desperté aquí.
—Con un trauma como el que usted experimentó —comenzó a decir el médico—, no es raro que la mente cree un escenario más cómodo y conveniente que la realidad. Le haré una serie de preguntas, por favor, conteste lo más honesta y rápidamente que pueda.
Tina miró al médico, confundida.
—¿Ha tenido algún trauma grave cuando era niña?
—No —respondió ella. Entonces la idea de que sus primos le taparan la boca con la mano mientras le hacían cosquillas surgió en su mente. Sintió un escalofrío.
—No —repitió.
—¿Dirías que eres una mujer muy cosquillosa?
De repente, Tina lo miró sobresaltada, la pregunta formulada estaba fuera de lugar. ¿Por qué quería saber algo así?
—Ya está bien, ahora quiero irme —dijo Tina levantándose.
Unas manos aparecieron sobre sus hombros y la hicieron pegar un pequeño grito del susto. Se esforzó por mirar quién la estaba agarrando, pero sólo podía ver un uniforme blanco detrás de ella. Otro hombre también uniformado vino rápidamente por detrás y se arrodilló a sus pies, sujetándole los tobillos con fuerza. Tina temblaba de miedo y empezó a decir el nombre de su marido.
—¡Bill, Bill, por favor ayúdame!
La morena se acercó por detrás de la temblorosa Tina. Miró al médico que contestó asintiendo con la cabeza. A continuación clavó un dedo en las costillas de Tina. La sensación de cosquillas hizo gritar a la asustada muchacha. La morena dio la rodeó y tocó su otro costado, la sensación provocada por un solo dedo le hizo unas cosquillas agonizantes. Tina se revolvía locamente contra los hombres que la tenían atrapada.
—Es buena —dijo la morena al doctor—. Muy buena.
Tina luchó desesperadamente, estaba en un estado de pánico intenso. De repente la habitación daba vueltas y sintió que se caía. Se había desmayado.
Cuando despertó sintió un picor en la nariz e intentó rascarse, pero no pudo. Tenía las muñecas atadas firmemente por encima de su cabeza. Una sensación de terror volvió a invadir a la pobre muchacha mientras intentaba utilizar las piernas y se daba cuenta de que sus tobillos también estaban atados. Estaba acostada en una especie de mesa de hospital y le habían quitado la ropa dejándola completamente desnuda. Tuvo una horrible y vergonzosa sensación al verse tan expuesta e indefensa.
—Hacen cosquillas —oía la voz de la chica que repicaba en lo profundo de su mente —. Hacen cosquillas, cosquillas y cosquillas… —resonaba en su cerebro mientras el miedo comenzaba a aumentar.
Un sonido la trajo momentáneamente de vuelta a la realidad. Eran el doctor y la morena entrando en la habitación cuya puerta se cerró de golpe.
—Bueno, ¿cómo estamos ahora? —dijo el doctor con una sonrisa.
—Por favor, dejadme ir —sollozó Tina—. No me hagáis esto.
—Ah, pero debemos hacerlo, debe ser curada —le respondió el doctor.
—Por favor, estoy bien, te lo juro. ¡Esto es una tortura!
—Es por tu propio bien, querida —dijo la morena sonriendo—. Todos hemos pasado por esto. Dios sabe que sí, y nadie es más cosquillosa que yo.
—No me hagas cosquillas —dijo Tina, y empezó a llorar.
—Tiene una piel maravillosa, ¿verdad? —observó el doctor.
—Perfecta —contestó la morena pasando los dedos por el estómago desnudo de Tina —. Muy suave y delicada —la piel de Tina se contrajo y ella comenzó a retorcerse en la mesa.
La morena posó ligeramente los dedos sobre la muñeca derecha de Tina y los deslizó lentamente por el interior del brazo. Inmediatamente Tina comenzó a agitar su brazo, tratando de liberarse de la tortuosa sensación de cosquilleo. La morena se detuvo justo por encima de la axila de Tina y levantó un poco los dedos. Luego los movió lentamente y los dejó caer sobre la piel tersa dentro de ese escondite tan cosquilloso.
Tina gritó instantáneamente mientras una fuerte sensación la atravesaba. En su axila tenía unas cosquillas intensas y empezó a chillar. La morena siguió cosquilleando la suave y limpia axila, aumentando la velocidad de sus dedos. Tina cerró los ojos y abrió la boca, pero no emitió ningún sonido hasta varios segundos después. La risa brotó en un estallido, era como un rugido y pronto un torrente melódico de carcajadas resonaron por toda la habitación. La morena comenzó a reírse junto con el doctor, estaban disfrutando del momento inmensamente.
La morena cesó el tormento y Tina continuó riéndose durante unos cuantos segundos más. Luego su sonriente y dulce cara dibujó una mueca de preocupación y seriedad.
—Por favor, te lo ruego, no me hagas cosquillas. Por favor, moriré.
—No morirás —dijo el doctor—. Nos aseguraremos de que estés muy consciente durante todo el proceso.
La morena se puso detrás de su víctima y colocó ambas manos en las muñecas de Tina. Luego las condujo hacia abajo cosquilleando levemente mientras recorría el suave y sensible interior de los brazos desnudos de la muchacha. Tina comenzó a retorcerse salvajemente y su risa surgió de nuevo como un torrente. Ahora la morena llevó los dedos hasta los dos huecos de las delicadas axilas de Tina y comenzó a hacerle cosquillas exactamente en esos dos puntos.
Tina gritó y se revolvió todo lo que pudo, suplicó, rogando para que la liberaran. Apenas podía articular las palabras.
—¡¡¡¡¡¡¡Paaaaaaa–ja ja ja ja ja —-raaaaa No no no no no noooooo!!!!!!!
La morena continuó atacando salvajemente las axilas extraordinariamente sensibles de Tina, sonriendo y notando como conforme iba martirizando a su víctima se ponía más cachonda. Luego empezó a mover los dedos como las patas de una araña sobre los pechos de Tina, concentrándose en sus pezones. Tina gritaba de forma incontrolada. Sus pechos temblaban salvajemente mientras la pobre muchacha intentaba inútilmente huir de esas arañas que le hacían cosquillas, y los pezones empezaron a ponerse duros en medio de la tortura.
—Oh, vaya, vaya…. —dijo seductoramente la morena—, ¿te estás poniendo un poco caliente con todo esto, verdad?
—Y tú también —apostilló el doctor, mirando hacia la blusa de seda que vestía la morena, la cual no lograba disimular unos pezones erectos en su interior.
—¡Por favor, por favor! —comenzó Tina, intentando contener la risa, pero no sirvió de nada —. ¡No me hagas más cosquillas! ¡Ay! ¡Detente! ¡¡¡¡¡Ja ja ja ja ja ja ja ja ja!!!!!
La morena desplazó sus dedos por las líneas de los senos hasta la barriga desnuda de la joven. Los jadeos de Tina hacía que su vientre se levantara y cayera. La morena estaba saboreando la situación e hizo que sus manos se movieran con mucha calma. Sus dedos se detuvieron a la altura del ombligo de Tina y allí le hizo cosquillas salvajemente, moviendo los dedos como si estuviera tocando un piano. Tina estaba absolutamente histérica mientras gritaba, reía y tosía.
La joven estaba en un estado de hipersensibilidad total, no podía pensar más que el momento en que cesara la tortura. No podía soportarlo, pero los dedos se quedaron en ese zona y no pararon su cruel ataque. Mientras, un sentimiento de total desolación se apoderó de ella y todo lo que podía hacer era luchar vanamente por liberarse.
—Ve a por sus costillas —ordenó el médico a la vez que comenzaba a frotarse los pantalones debajo de los cuales la morena advirtió un creciente bulto.
La morena sonrió y permitió que sus dedos acariciaran la piel formidablemente suave que cubría la caja torácica de Tina. El cuerpo de la joven se agitaba de un lado a otro mientras los dedos de su sádica torturadora alternaban entre un costado y otro.
—¡Paraaaaaaaaajajajajaja! ¡Basta ya! ¡Basta! ¡Jee je je je je je je je! ¡No, no, no, no, no! ¡Ja ja ja ja ja ja ja ja ja! ¡Mis costillas noooooo jee jee jee jee jee jee jee jee!!
La morena aumentó la presión explorando la sensible y delicada caja torácica. Notaba como los pulmones de Tina se expandían y contraían rápidamente, eso la excitó mucho. Formó una garra con sus dedos y los clavó en sus costillas inferiores, haciéndolos vibrar a la vez que arañaba. Tina gritó y lanzó una risa casi muda mientras tiraba tan salvajemente de sus ataduras que sus dos verdugos estaban convencidos de que podía llegar a soltarse.
La morena condujo sus garras hacia arriba, en dirección a las axilas de Tina. Cuanto más subían sus dedos, haciendo cosquillas y escarbando entre la piel, más alto era el tono de la impotente risa de Tina. Las carcajadas eran tan intensas que no podía hablar. La morena se concentraba ahora en sus costillas superiores, dejando que un solo dedo jugara independiente y tocara la superficie lisa de las axilas expuestas de Tina. Finalmente la muchacha se desmayó.
—Es hora de la fase dos —dijo el doctor.
Cuando Tina despertó estaba sentada en una silla. Sus brazos se encontraban atados a su espalda y los pies también atados frente a ella. Entonces notó algo que la hizo empezar a revolverse con terror. Sus tobillos habían sido puestos juntos y los dedos de los pies estaban individualmente sujetos hacia atrás con una cuerda que una vez tensada, fue asegurada a sus tobillos. No podía flexionar los dedos de los pies, pero el intento no le causó ningún tipo de dolor. La cuerda era lo suficientemente suave y gruesa. Se retorció en su asiento, tratando de encontrar dónde estaban los nudos en la muñeca para poder desatarse. La ligera brisa que entraba en la habitación colisionaba contra sus suaves suelas. ¡Hasta podía sentir eso! Tina sabía que estaba en graves apuros.
El sonido de la puerta abriéndose la asustó y su respiración se aceleraba mientras llenaba sus pulmones de aire. El doctor entró seguido de la morena, que sujetaba algo en las manos. Tina no podía distinguir lo que era, pero parecía una caja con una pantalla en la parte superior, como un contenedor diseñado para guardar algún tipo de animal dentro.
—¿Cómoda? —preguntó el doctor.
Tina comenzó a decir con tanta sobriedad forzada como pudo reunir.
—Por favor, dejadme ir. No puedo soportar esto. ¡Me volveré loca!
—Está aquí porque está loca —replicó el médico—. Solamente la estamos curando.
La morena se acercó delante de la indefensa muchacha y se sentó en el suelo. Tina notó que al subir la falda corta que llevaba para poder sentarse se veían las bragas de la mujer fácilmente. A ella no parecía importarle, después de todo Tina estaba totalmente desnuda. No había lugar para la timidez en un momento como éste.
—Eres la mujer más cosquillosa que he conocido —dijo la morena—. ¡Tus costillas y tu barriguita tienen una sensibilidad asombrosa, pero tus axilas aún así las superan!
Tina se estremeció.
—Veamos cómo son tus pies.
—Por favor, señora, no me haga cosquillas en los pies. ¡Por favor! ¡Moriré!
La morena se inclinó hacia delante y olfateó las suelas desnudas de Tina mientras ella temblaba.
—Mmm… —suspiró la mujer—. Te los lavamos bien mientras tú estabas… eh… durmiendo. Huelen a rosas.
Luego se acercó y besó la suave planta del pie derecho de Tina. El cosquilleo llegó instantáneamente y Tina lanzó su cabeza hacia atrás.
—¡Ni siquiera te he hecho cosquillas todavía, Jesús! —dijo la morena. Luego levantó esos dedos tan delgados y cosquilleó el aire a un centímetro de la suela derecha de su víctima. Tina se mordió el labio y miró la fijamente abriendo los ojos todo lo que pudo. Su respiración se aceleró aún más. La morena acercó la mano y pronto sus dedos alcanzaron la piel rosada, suave y sensible de la suela desnuda de Tina.
El efecto fue como si la electrocutaran. Sintió como las sensaciones se disparaban y su cuerpo se volvía rígido. La morena comenzó a mover los dedos hacia arriba y abajo a lo largo de la planta descalza de Tina haciéndole cosquillas por todo el arco hasta el talón. Se maravilló ante la suavidad del diminuto pie de Tina, que probablemente apenas llegaba a la talla treinta y ocho.
Tina intentó gritar y cuando abrió la boca una risa muda le desencajaba la cara. La morena cosquilleaba ahora más rápido y pronto la carcajada estalló como un trueno que resonó en toda la habitación.
—¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Aaaaaaaahhhhhh ja ja ja ja ja ja ja ja!!!!!!!!!!!!!! ¡No no no no nooooooo! ¡Jee jee jee jee jee jee jee jee jee jee jee!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡Ay, no me hagas cosquillas no no no no no no noooooo!!!!!!!!!!
La morena clavó sus expertas uñas en los dedos de los pies de Tina y le hizo cosquillas a lo largo de ellos, arriba y abajo. La pobre muchacha estaba ahora gritando y agitándose, haciendo que las piernas de la silla se levantaran levemente. Entonces la morena con la otra mano y tocó la suela izquierda de Tina, que emitía el aroma de las rosas cuando llega la primavera. Acarició con la yema la planta del pie, y luego volvió a hacerlo con la parte posterior de la uña. Repetía esto de forma seguida; arriba y abajo, abajo y arriba, con un solo dedo.
Tina aullaba y su risa era el sonido agónico de una mujer que luchaba desesperadamente por sobrevivir. No era la risita de la joven Tina, a la que sus hermanos le hacían cosquillas. Era el alarido de una mujer al borde de la locura.
La morena dejó que sus otros dedos entraran en juego y los puso tenuemente sobre las sensitivas plantas. Entonces empezó a atacar una zona muy pequeña pero arañando ambos pies que se habían vuelto ya terriblemente hipersensibles.
—Recuerda, Tina —escuchó en algún lugar de su cabeza en medio de las carcajadas—, esto es por tu propio bien —era la voz del doctor.
Los dedos nerviosos de la morena se movían hacia arriba y hacia abajo por las suelas de la pobre muchacha hasta que se detuvieron para concentrarse en la base de los dedos de los pies. Tina emitió un grito de desesperación mientras la morena le clavaba las uñas y las rastrillaba hasta los talones. La mujer deslizaba la parte externa de sus uñas hasta los dedos de los pies y volvía a arañar hasta el talón.
Tina estaba desvaneciéndose y a punto de desmayarse de nuevo cuando el médico le dijo a la morena que se detuviera. Percibió que estaba a punto de perder otra vez a su «paciente» y no iba a permitirlo.
—Detente un momento, Gail —escuchó mientras estaba semi-inconsciente. ¿Gail? ¿Dónde había oído ese nombre antes?
La morena se levantó temblorosa, era evidente que estaba visiblemente excitada. Se alejó de la indefensa mujer que intentaba recuperarse. Se quedó junto a la ventana a contraluz de la puesta de sol y Tina miró horrorizada la silueta de esa mujer que ahora le era familiar. ¡La mujer de las luces deslumbrantes!
Entonces miró al médico. No, no era la silueta del hombre que estaba junto a la mujer, ese hombre era más joven. Los recuerdos comenzaron a salir a la luz y en su mente fue capaz de identificar a ese hombre. Era su compañero de trabajo, el que le había pedido tocarle el pie. ¿Pero por qué? Todo empezó a tomar sentido rápidamente. ¿Gail? Bill, su marido, le habló de Gail. Trabajaba con ella. Pasaba muchas horas después del trabajo reuniéndose con Gail.
La puerta se abrió repentinamente y Tina jadeó, intentando girar su cabeza hacia las figuras que entraban en la habitación. Allí, parados frente a ella estaban Bill y Colin, su compañero de trabajo.
—¿Bill? Cariño —Tina se ahogó. No contestó. En vez de eso se acercó a Gail, la abrazó y luego le dio un beso en la mejilla.
—¿Cómo está nuestra paciente? —preguntó Bill sobriamente.
—Muy bien —respondió el doctor—. Está lista para la fase final.
—¿F-fase fi-nal? —Tina gimió—. Bill, por favor, diles que se detengan. Me volveré loca.
—Eh, cariño —Bill dijo como si estuviera hablando con una niña pequeña. —Esto es por tu propio bien, ya sabes que no había forma de conseguir el dinero de tu papá mientras estuvieras cerca. No soy un criminal, así que nunca podría vivir conmigo mismo si algo realmente malo te pasara. Pero si a ti se te fuera… digamos… la cabeza, podría heredar todos esos millones. Colin me dio la idea. Siempre supe lo terriblemente cosquillosa que eras. Ahora, cuando el doctor termine con esta fase final, Gail y yo podremos irnos por un tiempo… a… tal vez… ¿las Bahamas?
—¡No! —Tina empezó a llorar.
El médico fue hacia la mesa y cogió la caja. Se giró hacia Tina y ella observó dos aberturas. El médico sacudió la caja para que lo que estuviera cerca de las aberturas se alejara de ellas. Luego metió los pies descalzos de la víctima en esas aberturas y aseguró la caja a sus pies con una gruesa cinta negra. Algo en su interior empezó a vibrar y a emitir un zumbido.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Tina aterrorizada.
—Cucarachas gigantes de Madagascar —dijo el doctor con calma—. Son muy raras y se sienten atraídas por el aroma de las rosas. Tienen unas patas excepcionalmente puntiagudas.
No terminó de escucharle. Tina comenzó a sentir un cosquilleo horrible, la sensación punzante de cientos de insectos que le hacían cosquillas en las suelas de sus indefensos pies. Subían y bajaban a lo largo de ellos, deslizándose abajo y arriba repetidamente. Se colaban entre sus dedos y empezaban a zumbar con sus pequeñas antenas lo que provocaba unas cosquillas inhumanas. Tina gritó horrorizada por esta nueva tortura en sus indefensos pies descalzos.
—Oh, debo añadir —dijo el doctor—. A medida que tengan más hambre empezarán a picar un poco, no lo suficiente para atravesar la piel, pero seguro que te hará cosquillas. Sí, a medida que se vuelven más hambrientas muerden cada vez más, más, más y más… —se burlaba.
Tina chillaba y aullaba, la tortura se volvía cada vez más intensa. Se agitaba salvajemente. Gail se acercó a ella y puso la cara muy cerca de Tina.
—Y hay muchas más de donde sacamos estas. De hecho, tenemos suficientes para mantener tu tratamiento durante mucho tiempo.
Las cucarachas se movían y zumbaban, trepando por los pies, haciendo cosquillas y trepando… y mordisqueando. Torturaban a la pobre Tina, la volvían loca… loca… loca…

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