Tickling Stories

Historias de Cosquillas, basadas en hechos reales.

Interrogatorio madre e hija (fanfiction)

Pasar vacaciones en su natal México siempre fue uno de los momentos favoritos del año para Silvia; representaba el mayor momento de relajación en todo el año y tras la muerte de su esposo ya hace algunos años, era el único punto donde ella y su hija, María José, tenían posibilidad de compartir con más familiares, sin duda esas dos semanas significaban un gran anhelo para ambas, que siempre disfrutaron de convivir con la cultura que las vio nacer, tras estar alejadas luego del octavo cumpleaños del María.

A sus 20 años, muchos podrían mencionar que María José ya era una mujer hecha, el cambio que significaba emigrar a un nuevo lugar y la posterior perdida de su padre, por supuesto que habían causado estragos en ella, haciéndola un poco callada, tímida, pero sorpresivamente amable con aquel que se quisiera tomar el tiempo de hablar con ella. La etapa de la adolescencia, cuando más complicado suelen ser los cambios en alguien, pudo subsistirla gracias a sus incursiones de lleno al estudio y la eventual falta de amistades solía ser reemplazada con sus participaciones en el equipo de atletismo de la escuela.

Actualmente todas las vivencias se habían consolidado para convertirla en una chica madura, estudiante universitaria, si bien tímida, con más amistades a medida que fue pasando el tiempo desde aquellos días de la secundaria. Cualquiera que la viera, podría quedar admirado también de su belleza: era una chica esbelta, piernas fortalecidas gracias a los años dedicados al deporte, una tez morena, cabello castaño, cejas gruesas y una sonrisa bastante agradable, tan características de la mujer latinoamericana y correspondiente a la genética de su madre, de quien varios comentaban, era una viva imagen.

El peso de criar una hija sola, tras haber sufrido una de las perdidas más dolorosas de su vida, estando en un país nuevo y enorme, como Estados Unidos, con todos los daños emocionales que los estereotipos durante los primeros años, la nostalgia y el constante estrés de criar a una adolecente le podían causar, se mantuvo firme hasta conseguir ser el soporte emocional de su pequeña familia, lograr convertirse en trabajadora de confianza en una empresa de seguros y conseguir un cierto nivel de estabilidad en una vida que jamás pensó tener.

Una peculiaridad de ella era su caminado, lento y ladeado, la razón había sido un accidente de auto a sus 24 años, mismo que significó daños en la cadera, mismo del cual, pese a los fierros y tornillos que tuvieron que meter en su cuerpo, no lograron corregir del todo. Ahora era una vivencia que le motivaba a aprovechar el resto de su vida.

Pese a todos los elogios que llegaban de familiares para su primogénita, nadie negaba que, a sus 40 años, Silvia seguía teniendo un físico que provocaba envidia en muchas mujeres; su abdomen, aunque ya flojo en algunas zonas por la falta de ejercicio, delataba todavía la figura esbelta de su juventud, un par de piernas todavía torneadas, pese a los desperfectos naturales por su edad y un par de pechos que todavía robaban miradas al lucir escotes. Todo como consecuencia de su pasado como bailarina, mismo que terminó tras el fatídico choque.

Las desventuras de una madre e hija luchando en un país con un ritmo de vida estresante, hacían que el viaje de visita a México fuera el momento ideal para tomar un respiro, realmente les gustaba bastante, trataban de disfrutarlo al máximo porque sabían que una vez terminado el periodo de vacaciones venía la parte mala, el regreso.

No odiaban vivir en suelo americano, ni tampoco se les hacían completamente insoportables las problemáticas sociales, en realidad, el gran enfado de volver era pasar por los filtros de seguridad, no es necesario decir que para ellas era entendible, pero pasar horas por situaciones tan inocentes ya se había vuelto rutina; comenzaba con el detector de metales que sonaba por los fragmentos en la cadera de Silvia y tras revisar detalladamente, se encontraban con que María José compartía nombre con una traficante buscada en algunos condados, por lo que era necesario explicar cada una de sus situaciones y cada vez era más tardado a medida que María crecía, puesto que la edad iba haciendo más verosímil la posibilidad de que se tratara de la criminal en cuestión.

Ese día, sin embargo, todo fue a peor. La navidad había dejado recuerdos gratos en ambas como en cada visita, en el camino a carretera y posteriormente en el avión, ambas se preparaban para lo que sucedería al momento de llegar; hablaban sobre la mirada que les pondrían encima desde que el detector de metales sonara y todo lo que vendría a posteriori. Hacían bromas y recordaban las veces anteriores, reían mientras Silvia contaba la cara de los oficiales las primeras veces cuando ella les cuestionaba por creer que una niña pequeña sería una mente maestra delictiva, hasta que llegaron a su destino.

Desde la entrada pudieron notar que todo era muy diferente, aparentemente con los temores de una infiltración enemiga, la nación de las barras y las estrellas mandó reforzar los filtros. Pasó lo que ambas ya sabían, solo que la atención personalizada fue diferente, las separaron a ambas vendándoles los ojos ante el terror de súbito de las dos, y fueron internadas en un vehículo, donde posteriormente, ambas quedarían dormidas a manos de un extraño olor.

En un silencio aterrador, con los ojos apenas reincorporándose ante una luz fluorescente blanca de una habitación negra, que solamente contaba con una puerta, Silvia yacía sentada en una silla de metal, sus brazos esposados a los reposos de los costados y sus atrapadas en un cepo elevado a un metro de altura. Todavía llevaba puesto el vestido azul marino con el que llegó al filtro, pero sus pies ya no tenían calzado, estaban casi tan expuestos como sus bragas con la elevación de sus piernas. La posición le resultaba algo incomoda a su cadera, pero la molestia física no era comparable con la rabia y curiosidad de ese momento.

– ¿Dónde diablos estoy? ¿Qué le hicieron a mi hija? Son unos cobardes los voy a demandar a todos.

– Oh veo que despertaste de malas, tranquila me presentó –dijo una mujer al entrar en la habitación, su cara estaba cubierta por una máscara negra, portaba un sobrero del mismo color, un pantalón azul y en la parte de arriba solamente un saco, sin camisa y sus pechos parecían quererse asomar con cada movida.

– Soy la teniente Sarah Davies y me especializo en sacar información a mujeres mentirosas, como tú.

Los esfuerzos de Silvia para liberarse de sus ataduras fueron inútiles y desesperados, una vez que Sarah se acercó y comenzó a pasear las largas uñas de su mano derecha por la planta desnuda de sus pies.

– Ahhhhg! ¡Espera no!

– Sé que tú y esa chica están ocultando algo y me encargaré de que lo revelen –Sarah comenzaba a aumentar el ritmo, de las cosquillas, añadiendo también su mano izquierda.

– Jajajajaja espera, por favor no hagas eso, jajajajaja enserio no sé de qué, de qué rayos me estás… hablando jajajaja no, me duele.

– Tienes oportunidad de confesar todavía, antes de que comience a ponerme ruda.

– Jajajajajaja de verdad no tengo idea jajajaja ay ay.

Del sacó salió una botella pequeña con un líquido transparente, que fue vertido con gracia por ese bello par de plantas. A la distancia Silvia pudo leer que se trataba de aceite de bebé y todas sus dudas quedaron disipadas luego de que un cepillo eléctrico comenzara a pasearse traviesamente por la superficie de sus pies y por en medio de los dedos, mientras que, con la otra mano, Sarah tentaba la parte trasera de las pantorrillas, rodillas y muslos de su víctima, buscando más reacciones.

– Jajajajaa ¡noooooo! Te voy… te voy a matar jajajaja te voy a matar deja de hacerme eso – la latina madura movía las piernas y brazos en un desesperado e inútil esfuerzo de ser libre.

– Veamos si tienes por aquí, ¿aquí arribita de la rodilla? O tal vez detrás de los muslos, ¿no? Mira qué piel tan suave, debes estar sintiendo muchas cosquillas verdad.

Pasaron unos cuantos minutos que para la mujer en la silla fueron horas, hasta que todo frenó en seco. Un aire de desesperanza le hacía tener la certeza de que no era una buena noticia del todo y vaya que no lo fue; Sarah se acercó peligrosamente, casi a la distancia para darle un beso, pero lo que sintió en ese momento fue como sus manos iba directo a la cadera y comenzaron a apretar por los costados.

El terror que sintió porque pudiera resultar lastimada debido a las consecuencias de aquella complicada operación, fue solo superado por la desesperación de darse cuenta lo sensible que esa zona se había vuelto con el paso de los años, producto posiblemente del mismo mal:

– JAJAJAJAJAJAJAJA NOOOOOOO, PARA PARA TE LO SUPLICO, TE LO… TE LO SUPLICO.

– Bien creo que acabo de dar en el blanco, entonces, ¿no tienes alguna confesión qué hacer? ¿Qué es lo que tienes planeado con esa fugitiva?

– JAJAJAJAJAJAJA QUUU, ¿QUÉ LE HICIERON A MI HIJA? JAJAJAJAJA AY AY NOOO jajaja.

– Ah cierto, tal vez tu cómplice quiera hablar.

Las manos de Sarah se alejaron de las caderas de Silvia (lo que para ella fue un inmenso alivio), para dar un par de aplausos, tras los cuales una de las paredes del cuarto se abrió para dar paso a una mesa bastante curiosa, sobre la cual María José se encontraba atada boca arriba, con su cuerpo en ropa interior, formando una “X” con sus brazos y piernas separadas. Llevaba unas bragas y un top en color negro, que moldeaban su cuerpo, aunque no era un detalle relevante en ese contexto, ni más preocupante que la venda sobre sus ojos.

La mesa fue llevada y sujeta contra el duelo por tres mujeres que también portaban mascaras similares a la de Sarah, pero vistiendo vestidos en color negro, lo suficientemente transparentes para dejar ver que no portaban prendas interiores debajo. Apenas pudieron compartir palabras madre e hija, igual de perturbadas las dos por lo que sucedía, una seña de Sarah provocó que las tres mujeres comenzaran a hacer cosquillas sobre el semi desnudo cuerpo de la chica de 20 años. Una paseaba sus uñas por las axilas y cuello, la segunda se concentró sobre los costados y el obligo, mientras que la tercera hizo lo propio en los pies, utilizando otro cepillo eléctrico en una mano y en la otra un peine.

– Jajajajajajaja ay no jajajajaja, ¿Quiénes son ustedes? Jajajajaja déjenme ir por favor.

– Espero que tú seas más cooperativa, porque tu compañera es un hueso algo más duro.

Silvia sintió indignación y un profundo odio por todo lo englobado en la escena, a diferencia de Sarah, quien por debajo de la máscara alcanzaba a denotar cierto placer. Las axilas perfectamente depiladas comenzaban a ganar un tono rojizo al igual que el cuello, los pies bien sujetos, atados por los dedos a una estructura de metal añadida a la mesa, no podían más que recibir cada caricia forzosa de la torturadora y la única parte del cuerpo que podía mover en una medida un poco más elevada, el torso, tampoco podía evitar los dedos que se metían en el obligo y que posteriormente apretaban sus costados.

A medida que pasaron los minutos la risa se iba haciendo cada vez más cansada y apagada, acompañada de un sinfín de suplicas por parte de María, que más de una vez pidió piedad y cualquier favor que pudiera compensar el no ser la persona que ellas pensaban que era, Silvia tampoco perdió oportunidad para pedirle que dejaran en paz a su hija, que todo era un gran error.

Una ligera pausa se hizo por un par de segundos y con una sonrisa de quien está por hacer algo indebido, la chica que atormentaba al cuello y axilas, prestó su atención para bajar el top de la esbelta chica, dejando al aire un par de pechos pequeños, pero que debieron ser extremadamente sensibles, puesto que, al comenzar a describir pequeños halos con su lengua sobre la superficie del pezón, y con las manos hacer pequeñas hormiguitas en el otro pecho, las risas exhaustas y débiles por el tiempo, se hicieron más enérgicas que nunca, constantes y salidas de la nada.

– JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA AHHHHHHH NOOOOOOO JAJAJAJAJAJA MAMAAAAAAAÁ JAJAJA HAZ… HAZ… HAZ QUE PAREN JAJAJAJAJAJA POR DIOOOOS JAJAJAJAJAJA.

Las otras dos chicas no se quedaron atrás; una de ellas comenzó a besar y hacer bombas en el abdomen plano de la señorita, mientras que la que estaba en los pies comenzó a atacar los moldeados muslos mientras que sobre el área del bikini paseo el cepillo electico.

La risa era tan fuerte para ese punto que cualquiera pensaría, podría ser escuchada fuera de donde sea que estuvieran encerradas, pero la escena era bastante dura de asimilar para Silvia; María José movía lo que podía en un débil intento de ser libre, su risa no bajaba la intensidad, su cara yacía enrojecida, con una vena marcada en el costado del cuello y otra por la mitad de la frente. Ya estaba rendida, al punto en que, si realmente hubiese un secreto por guardar, sería cuestión de tiempo para que ella lo revelara. Por un momento, realmente pensó en aceptar la falsa acusación con tal de que terminara. Lo que la detuvo fue el súbito odio que sentía por esas mujeres, que le llevó a lanzar un escupitajo y un insulto para Sarah, quien casi babeaba al ver el tormento a esa pobre y sensual chica.

Contrario a todos los panoramas previstos por la molesta madre, Sarah apenas se inmutó, solo la vio tiernamente por unos cuantos minutos y con un par de señas, las chicas dejaron de hacerle cosquillas a la desgastada y jadeante María José, para postrarse sobre Silvia, quien sintió miedo y a la vez se preparó lo mejor que pudo para afrontar lo que le venía encima.

Al unísono todas comenzaron s trabajar sobre la nueva víctima, una de ellas se posicionó por detrás, colocando su cabeza a la par de la de Silvia, dándole ligeros besos en el cuello y soplando sobre sus oídos mientras sus manos se paseaban sobre sus costillas, la segunda se sentó, quedando por debajo de las piernas de Silvia, como si de un parto se tratara y trabajó sobre la parte trasera de sus muslos y lo que pusiera alcanzar por debajo del vestido, la tercera hizo uso de sus confiables herramientas para comenzar con los pies, por entre los dedos y en las plantas, mientras que Sarah la veía a los ojos desafiante, repitiendo la dosis sobre la lastimada y a la vez sensible cadera.

– JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA JAJAJA YAAAAAA JAJAJAJAJA SÍ SÍ JAJAJAJA ESTÁ ESTÁ BIEN ME LA GANÉ, JAJAJAJAJA POR FAVOR NO SIGAN JAJAJAJAJA AU AU JAJAJAJAJA AAAAY NO ESPERA POR AHÍ NO JAJAJAJAJA.

– Vaya, debo reconocer que son huesos duros de roer, otros ya hubieran hablado con esta tortura.

– JAJAJAJAJAJAJAJAJA NOOOOOO POR LO QUE MÁS QUIERAS JAJAJAJA NO SOMOS QUIENES PIENSAN JAJAJAJA, PERO PODEMOS DECIR QUE SÍ JAJAJAJA POR FAVOR TEN PIEDAD.

– Oh vas a comenzar a decir la verdad en cualquier momento.

De otro lado del saco salieron unas tijeras, que fueron llevadas hacía el vestido con una clara intención de cortarlo para exponer su cuerpo y mientras la tortura continuaba comenzó con el corte, llegando hasta exponer sus pechos, apenas protegidos por el sostén y Silvia pensando en todas las posibilidades que su cuerpo desnudo significaría para ellas, se sobre puso al dolor por el esfuerzo de reír tanto a su edad y pidió clemencia.

– JAJAJAJAJAJAJA ESPERA, ESO NO, JAJAJAJA ESO NO, POR FA, POR FAVOOOOOR.

El corte llegó hasta descubrirle el obligo, perteneciente a un flácido, pero todavía sensual abdomen, hasta que el sonido de una puerta abriéndose de par en par interrumpió. Un grupo de policías entró y tomo por presas a las cuatro chicas. El alivio solamente le permitió a Silvia hablar con su hija, ambas alegradas de que todo por fin había terminado.

Unas horas después, en la delegación les explicaron sobre Lisa Strong, verdadera identidad de Sarah, quien era perteneciente a un grupo extremista ligado a la policía estadounidense, pero que enfrentaban problemas desde algunos estados por sus métodos para hacer que las mujeres confiesen crímenes que no es seguro hayan cometido, solo para forjar su reputación, además de su cuestionable método de utilizar las cosquillas como tortura en todos los casos, sin embargo, ya habría sido programada para pasar un tiempo en un instituto especializado para corregir comportamientos conflictivos.

Todo pasó. Al cabo de algunos días todo volvió a la normalidad, María José siguió con su vida universitaria sin mayores conflictos, con altos y bajos en la confianza, pero sorpresivamente no con tanta aversión hacía la gente que llegaba a hacerle cosquillas como juego o para llamar su atención, incluso ya optaba más por prendas que dejaran apreciar sus piernas y su abdomen. Por parte de su madre, también pudo sobreponerse al momento, tejió de forma efectiva el vestido, dejando incluso espacio para un llamativo escote, no habría madre e hija que llamaran más la atención cuando iba juntas por la calle.

Sin embargo, para Silvia no fue felicitad todo después y en el fondo sabía que para su hija tampoco. Cada que sentía dolores de cadera en época de frío, recordaba ese día y aunque ya incluso se les fue otorgada un acta para no ser detenidas en ningún aeropuerto tras el penoso incidente, no se sentía confirme del todo, sabía que ir a una institución mental o hacer servicio comunitario no sería el castigo justo, cada noche antes de dormir, se imagina en la posición contraria, haciéndola sufrir de la manera que la justicia poética exigía: con cosquillas.

Tomado de Internet

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