Tiempo de lectura aprox: 34 minutos, 32 segundos
Un par de días después, con la rutina reinstalada en su hogar —trabajo, paseos con Docker, risas con su hijo—, Andrea recibió un nuevo correo de Elena. El asunto era claro: «Invitación a sesión presencial de investigación».
Al abrirlo, Andrea leyó con una mezcla de curiosidad y nerviosismo que le revolvió el estómago. Elena le proponía una cita para una sesión presencial en su consultorio, un lugar que, según describía, era «acogedor y discreto». La invitación explicaba que sería una sesión dedicada a observar y registrar sus reacciones a estímulos ligeros en los pies, todo como parte de un «estudio sobre sensibilidad y respuestas lúdicas en adultos».
Andrea dejó la taza de café sobre el escritorio. Una sesión. De cosquillas. En un lugar específico, con una persona que apenas conocía. La idea le pareció tan absurda como fascinante. Su mente viajó rápidamente: siempre había sido cosquillosa, pero eso había sido un juego entre su hijo, alguna que otra broma de Miguel Ángel y, ahora, las travesuras de Docker. Esto era diferente. Iba a ser deliberado, con alguien cuyo interés parecía… profesional.
—¿Una sesión de cosquillas? —murmuró para sí, como si al decirlo en voz alta pudiera medir el grado de locura de la propuesta.
Se reclinó en la silla, mirando hacia la ventana. Por un lado, sentía un picor de curiosidad. ¿Cómo sería? ¿Qué pretendían documentar realmente? Por otro, la prudencia de madre y mujer adulta le recordaba que se trataba de una situación inusual.
Con un movimiento práctico, abrió la aplicación de calendario en su MacBook. Su agenda, llena de bloques de colores para los proyectos de diseño, reuniones virtuales y las actividades de su hijo, era el ancla a su realidad. Deslizó el dedo sobre la pantalla, revisando los horarios. El miércoles próximo por la tarde tenía un hueco después de recoger a su hijo del colegio. Podría pedirle a Miguel Ángel, quien a veces la ayudaba con pequeños favores, que lo cuidara un rato.
—Bueno, Andrea —susurró, con una sonrisa nerviosa—. Si vas a hacer una locura, al menos que quede bien registrada en la agenda.
Después de un momento de duda final, sus dedos volaron sobre el teclado. Su respuesta fue breve y profesional, como si estuviera confirmando una reunión de trabajo cualquiera:
«Gracias por la invitación, Elena. Revisando mi agenda, puedo asistir el miércoles 15 a las 4:00 p.m. a la dirección que me indicó. Quedo atenta a la confirmación. Saludos, Andrea.»
Al presionar «Enviar», sintió una descarga de adrenalina. Una parte de ella no podía creer lo que acababa de hacer. La otra parte, la que se reía de las travesuras de Docker y que aún guardaba un espacio para lo espontáneo, sonreía ante la perspectiva de vivir una experiencia completamente nueva. Una experiencia que, sin duda, comenzaba y terminaba en sus hipercosquilludos pies.
Casi de inmediato, como si Elena hubiera estado esperando al otro lado de la pantalla, llegó la confirmación junto con un documento adjunto titulado «Protocolo de Preparación Sensorial».
Andrea lo abrió con curiosidad. Sus ojos se abrieron gradualmente mientras leía las indicaciones. Era una lista detallada de productos y rutinas que debía aplicar en sus pies durante toda la semana previa a la sesión. Crema suavizante de urea por las noches, aceite de almendras dulces después de la ducha, una crema con mentol para «estimular la reactividad cutánea» y hasta un exfoliante suave para eliminar asperezas.
—Pero, ¿qué es esto? —murmuró para sí, desplazándose por la lista—. Crema mentolada… aceite de almendras…
Una sonrisa incrédula se dibujó en su rostro. Se bajó de la silla y se miró los pies, que descansaban inocentes sobre la alfombra. Los movió, como si ya pudiera sentir una sensación diferente.
—Pero si mis pies ya son terriblemente cosquilludos por naturaleza —le confesó en tono jocoso a Docker, que levantó la cabeza al escuchar su voz—. Si aplico todo esto que me dice… ¿no será demasiado?
Se imaginó a sí misma, con los pies hiper-sensibilizados, intentando aguantar las risas en el consultorio de Elena. La sola idea le provocó un cosquilleo anticipado en la planta de los pies y un acceso de risa nerviosa.
—Dios mío —suspiró, llevándose una mano a la mejilla, que ya estaba caliente por la vergüenza divertida—. Esto va a ser una locura total. Voy a terminar convertida en un manojo de nervios y risas.
A pesar de sus dudas, una parte de ella, la misma que había enviado el correo aceptando, sintió que la curiosidad era más fuerte. Era un experimento, algo totalmente fuera de lo común en su vida de madre y freelance.
—Bueno —dijo, decidida, guardando el documento en una carpeta de su ordenador—. Si voy a hacerlo, lo haré bien. Pero te advierto, Elena, no sé si estás preparada para el resultado.
Esa misma noche, después de arropar a su hijo y asegurarse de que Docker estaba profundamente dormido, Andrea sacó los productos que había comprado siguiendo las instrucciones. Se sentó en el borde de la cama y comenzó a aplicar la crema suavizante con un masaje lento en sus pies. La sensación era agradable, pero no pudo evitar reírse suavemente al pensar en el porqué de esta nueva y peculiar rutina.
—Definitivamente, Andrea —se dijo a sí misma, sacudiendo la cabeza—, tu vida dio un giro muy extraño. De perseguir cachorros a preparar mis pies para una sesión de… cosquillas profesionales.
Y entre la incredulidad y una pizca de emoción, continuó con el protocolo, preguntándose qué diablos pasaría cuando esos pies, ahora deliberadamente sensibles, se encontraran con el objetivo para el que estaban siendo tan cuidadosamente preparados.
Los días previos a la sesión transcurrían entre la rutina habitual y la peculiar preparación de sus pies. Entre entregas de proyectos, paseos con Docker y llevar a su hijo al colegio, Andrea dedicaba las noches a aplicar las cremas y aceites, notando con una mezcla de preocupación y risa cómo su piel se volvía más suave y, sin duda, más sensible al menor roce.
Tres días antes de la cita, mientras trabajaba enfundada en unos jeans y un suéter cálido, con un par de medias de algodón que le cubrían hasta el tobillo —el frío invernal obligaba—, llamaron a su puerta. Al asomarse por la mirilla, una sonrisa se dibujó en su rostro al ver a Miguel Ángel sosteniendo una pequeña caja de cartón y con su sonrisa habitual.
—Hola, vecina —saludó él—. Pasé por esa pastelería nueva del centro y me tenté con estas trufas. Pensé que tal vez te gustaría probarlas con un té.
—¡Qué amable! Pasa, por favor —respondió Andrea, abriendo la puerta de par en par—. Justo estaba necesitando una pausa.
Mientras preparaba el agua caliente, Miguel Ángel se acomodó en el sillón de la sala. Sus ojos, curiosos, recorrieron el apartamento con naturalidad, pero con una intención sutil que Andrea no alcanzaba a percibir. Él sabía, por comentarios casuales anteriores, lo cosquilluda que era ella, especialmente en los pies. Y aunque no podía verlos —ocultos bajo las medias—, la idea de provocar esa risa nerviosa que tanto le gustaba lo había impulsado a visitarla.
—¿Y ese cachorro? —preguntó, viendo a Docker mordisquear tranquilamente un juguete en su cama.
—Hoy está de suerte, por ahora no ha robado ningún zapato —respondió Andrea sirviendo el té en las tazas—. Aunque con él, uno nunca sabe.
Miguel Ángel sonrió, tomando la taza. Su mirada bajó discretamente hacia los pies de Andrea, pero al verlas cubiertas por las medias, no había mucho que hacer. Sin embargo, no podía resistir la tentación de insinuar su juego favorito.
—Oye, con este frío, se agradece andar bien abrigado —comentó, con un guiño juguetón—. Aunque seguro hasta con medias puestas saltarías si alguien te tocara el pie.
Andrea se rio, llevando instintivamente un pie sobre el otro, como protegiéndose.
—Ni se te ocurra probar, Miguel Ángel. Con lo que he estado usando en mis pies esta semana, creo que hasta el viento me haría cosquillas.
—¿Ah, sí? ¿Y qué les estás aplicando? —preguntó él, con genuina curiosidad esta vez.
—Oh, cosas para suavizar… —respondió ella de forma evasiva, sonrojándose ligeramente al recordar el verdadero propósito—. Nada fuera de lo normal.
La conversación continuó entre anécdotas del edificio y planes para el invierno, con Miguel Ángel buscando, sin éxito, una oportunidad para un acercamiento más juguetón. Andrea, entretenida con la compañía y las trufas, no sospechaba que detrás de esa visita amable su vecino escondía las ganas de verla reír de manera desprevenida.
Fue cuando Andrea se inclinó para dejar su taza vacía en la mesa de centro que Miguel Ángel vio su oportunidad. Con una rapidez sorprendente, sus manos se cerraron suavemente pero con firmeza alrededor de sus tobillos.
—¡Miguel Ángel, no! —protestó Andrea entre risas nerviosas, sintiendo cómo el pánico divertido la invadía al instante. Ya sabía lo que venía.
—Es que no he podido resistirme —confesó él con una sonrisa pícara mientras, con destreza, le quitaba ambas medias.
Lo que sucedió después superó todas sus expectativas. Los productos que Andrea había estado aplicando religiosamente durante días habían elevado la sensibilidad de sus plantas a un nivel que ella misma no hubiera podido imaginar. Al primer contacto de sus dedos con esa piel ahora hipersensible, Andrea estalló en carcajadas inmediatas, intensas e incontrolables.
—¡No, para, por favor! —suplicaba entre gritos y risas agudas, retorciéndose sin poder escapar—. ¡Es que no aguanto!
Miguel Ángel, asombrado por la reacción exagerada pero divertido, no cedía. Sus dedos diestros recorrían las plantas de sus pies con movimientos rápidos y precisos, aprovechando que conocía muy bien su punto más débil. Las yemas de sus dedos y el leve roce de sus uñas sobre esa piel ahora delicadísima desataban una tormenta de cosquillas que hacía a Andrea perderse en risas y súplicas.
—¡Alto, te lo ruego! —gritaba, con lágrimas de risa recorriéndole las mejillas—. ¡Docker, ayúdame!
Pero el cachorro, lejos de ayudarla, observaba la escena moviendo la cola, como si fuera el espectador de un juego especialmente entretenido.
Miguel Ángel, entre risas y sin detenerse, comentó:
—Parece que hoy estás mucho más sensible que de costumbre, ¿qué has hecho en estos días?
Andrea no podía ni responder, sumida en un mar de cosquillas que la dejaban sin aliento.
Sus intentos por formar palabras se convertían en carcajadas explosivas e incontrolables.
—¡JAAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS! —gritaba, retorciéndose en el sillón mientras sus pies se movían frenéticamente en el aire, como si bailaran solos—. ¡AHAHAHAHAHAHA! ¡PARA, POR FAVOR!
Cada vez que los dedos de Miguel Ángel encontraban el arco de sus plantas, ahora hipersensibles por los cuidados especiales, Andrea reaccionaba con una intensidad que ni ella misma reconocía.
—¡JAAJJAJAJAJAJAA! ¡ES QUE… AHAHAHA… ME VUELVO LOCOOOA! —sus piernas se sacudían, intentando en vano escapar de aquella tortura divertida—. ¡NO AGUANTO… JAAJAJAJA!
Miguel Ángel, divertido por la reacción exagerada, probaba diferentes técnicas: dedos que corrían como arañitas desde el talón hasta los dedos, círculos suaves en el centro de la planta que hacían a Andrea arquearse completa.
—¡AHAAAAA! ¡ESE LUGAR NOOO! —suplicaba entre lágrimas de risa, llevándose las manos a la cara sin saber si reír o pedir auxilio—. ¡JAAJAJAJAJA! ¡BASTA, MIGUEL, TE LO RUEGO!
Pero Miguel Ángel, encantado con la reacción exagerada que provocaba en los pies ahora hipersensibles de Andrea, no tenía la menor intención de detenerse. Sus dedos seguían recorriendo las plantas de sus pies con una dedicación que solo alguien que disfrutaba genuinamente de esas reacciones podría tener.
—¡JAAJAJAJA NO! ¡POR FAVOR! —gritaba Andrea, retorciéndose tanto que casi se caía del sillón—. ¡AHAHAHAHA NO PUEDO MÁS!
Cada nuevo ataque a sus puntos más sensibles – el arco, la base de los dedos, el talón – desencadenaba nuevas explosiones de risa. Andrea movía los pies con desesperación, pero Miguel Ángel, con la práctica que le daban sus anteriores «ataques», seguía encontrando el modo de alcanzar su objetivo.
—¡PARA! ¡TE LO… JAAJAJA… SUPLICO! —decía, sin poder casi formar las palabras entre tantas carcajadas.
Sus intentos por defenderse eran inútiles; entre la sensibilidad extrema de sus pies y la habilidad de Miguel Ángel para evitarlos, Andrea solo podía reír y reír, cada vez más débil, más sin aliento, más llevada al borde del colapso por la tormenta de cosquillas.
En medio del caos, Docker se acercó curioso, atraído por los movimientos frenéticos y las carcajadas de su dueña. Al ver aquellos pies que tanto le gustaban moviéndose de manera tan divertida, no pudo resistir la tentación de unirse al juego.
Fue entonces cuando a Miguel Ángel se le ocurrió una idea. Aprovechando que Andrea movía los pies sin control, bajó ligeramente uno de ellos hacia el hocico del cachorro. El movimiento rápido hizo que el pie rozara la nariz de Docker, quien, sorprendido y juguetón, reaccionó como solía hacerlo con sus juguetes: comenzó a mordisquear la planta desnuda con sus pequeños dientes.
—¡AAAAY! ¡NO! ¡JAAJAJAJA! —gritó Andrea, sintiendo cómo los suaves mordiscos del cachorro en sus plantas hipersensibles creaban un nuevo tipo de cosquilla, intensa y completamente inesperada—. ¡DOCKER, NO! ¡AHAHAHAHA!
La combinación era demasiado para ella. Por un lado, la sensación de los dientecitos juguetones recorriendo su piel, y por otro, Miguel Ángel sosteniendo firmemente sus tobillos para que no pudiera escapar. Las carcajadas se mezclaban con gritos agudos y súplicas desesperadas.
—¡PAREN! ¡LOS DOS! ¡JAAJAJA NO PUEDO MÁS! —suplicaba, retorciéndose con una fuerza que ni ella sabía que tenía.
Miguel Ángel, disfrutando del espectáculo, sostenía los pies con firmeza mientras animaba al cachorro con risas. Docker, creyendo que era el mejor juego del mundo, redoblaba sus esfuerzos, mordisqueando y lamiendo las plantas que se retorcían bajo su hocico.
Miguel Ángel, disfrutando del espectáculo, sostenía los pies con firmeza mientras animaba al cachorro con risas. Docker, creyendo que era el mejor juego del mundo, redoblaba sus esfuerzos, mordisqueando y lamiendo las plantas que se retorcían bajo su hocico.
La escena era caótica y divertida. Docker, con esa «furia» juguetona típica de los cachorros, perseguía con entusiasmo cada movimiento de los pies de Andrea. Sus pequeños dientes recorrían sin piedad cada centímetro de esas plantas que ahora parecían haber alcanzado un nivel de sensibilidad extrema. Cuando mordisqueaba cerca del arco, Andrea soltaba carcajadas agudas; cuando alcanzaba la base de los dedos, sus risas se volvían casi histéricas.
—¡NO PUEDO MÁS! ¡SE LOS JURO! —gritaba entre lágrimas y risas convulsivas, intentando en vano retirar los pies—. ¡DOCKER, POR FAVOR! ¡AHAHAHAHA!
Cada nuevo mordisco del cachorro provocaba un nuevo espasmo de cosquillas intensas que recorrían todo su cuerpo. Andrea se retorcía en el sillón, con el cabello pegado al rostro por las lágrimas de risa, mientras Miguel Ángel mantenía su agarre firme pero cuidadoso.
—Parece que te ha tomado gusto a tus pies —comentó Miguel Ángel entre risas, disfrutando del singular espectáculo—. ¡Y vaya que sabe elegir sus blancos!
Cada nuevo mordisco del cachorro provocaba un nuevo espasmo de cosquillas intensas que recorrían todo su cuerpo. Andrea se retorcía en el sillón, con el cabello pegado al rostro por las lágrimas de risa, mientras Miguel Ángel mantenía su agarre firme pero cuidadoso.
—¡JAAJAJA NO! ¡EN SERIO! —gritaba Andrea, sintiendo cómo los dientecitos de Docker encontraban nuevos puntos sensibles—. ¡ME VA A DAR UN ATAQUE DE RISA!
Miguel Ángel, divertido por la reacción, ajustaba su agarre para presentar mejor las plantas de los pies al cachorro. —Así, Docker, justo ahí —indicaba entre risas, guiando sutilmente los pies para que el cachorro alcanzara las zonas más sensibles.
Docker, estimulado por el juego, alternaba entre mordisquear el arco plantar—lo que hacía a Andrea arquearse completamente—y lanzarse hacia los dedos, mordiendo suavemente las yemas y los espacios entre ellos. Cada vez que alcanzaba los talones, Andrea respondía con carcajadas aún más agudas, pataleando con fuerza.
—¡AHÍ NO! ¡POR FAVOR! —suplicaba, sin poder controlar los espasmos que le recorrían las piernas—. ¡ES DEMASIADO! ¡AHAHAHAHA!
La escena se volvía cada vez más caótica. Docker, en su frenesí juguetón, gruñía suavemente mientras «atacaba» esos pies que se movían sin cesar. Miguel Ángel solo intervenía para recolocar los pies cuando Andrea lograba, por un segundo, apartarlos del alcance del cachorro, asegurándose de que el «suplicio» cosquilloso continuara.
—¡NO PUEDO MÁS! ¡SE LOS JURO! —gritaba Andrea, con la respiración entrecortada y el rostro completamente sonrojado—. ¡ME VAN A MATAR DE LA RISA!
Pero ni Miguel Ángel ni Docker parecían dispuestos a detenerse. La combinación de la sensibilidad extrema de sus pies, la determinación juguetona del cachorro y la complicidad de su vecino creaban una tormenta perfecta de cosquillas que llevaba a Andrea al borde del colapso, sumida en un mar de risas incontrolables y movimientos frenéticos.
La situación había alcanzado un nuevo nivel de caos. Los pies de Andrea, antes pálidos, ahora brillaban húmedos por la baba del cachorro y mostraban un ligero enrojecimiento por los constantes mordiscos juguetones. Docker seguía atacando con entusiasmo las plantas, mientras Andrea, exhausta, ya no podía formar palabras coherentes entre sus carcajadas incontrolables.
—¡JAAJAJAJA! ¡NO… AHAHAHA! —era lo único que lograba gritar, con el rostro bañado en lágrimas de risa.
Miguel Ángel, buscando intensificar la experiencia, decidió cambiar de estrategia. Con cuidado pero con firmeza, colocó una de sus piernas sobre las dos de Andrea, inmovilizándola contra el sofá. Así aseguraba que Docker pudiera seguir con su «trabajo» en los pies sin interferencias.
—Ahora probemos aquí —dijo con tono juguetón, mientras sus dedos encontraban la cintura de Andrea.
El efecto fue instantáneo. Andrea saltó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Los dedos de Miguel Ángel dibujaban círculos rápidos en sus costados, mientras Docker continuaba su asalto a las plantas de sus pies. La sensación era abrumadora: cosquillas en dos frentes al mismo tiempo, cada una intensificando a la otra.
—¡JAAJAJA! ¡ESTO ES… AHAHAHA… IMPOSIBLE! —gritaba, arqueándose y retorciéndose bajo la pierna de Miguel Ángel—. ¡NO PUEDO… NO PUEDO MÁS!
Sus risas se volvieron más agudas, casi sin aire, mientras Docker mordisqueaba con especial entusiasmo el arco de su pie derecho. Miguel Ángel alternaba entre atacar su cintura y acariciar levemente sus rodillas, encontrando nuevos puntos sensibles que hacían a Andrea convulsionar de risa.
—¡POR… AHAHAHA… COMPASIÓN! —logró articular entre espasmos, aunque sabía que su suplica caía en oídos sordos.
La escena continuaba así, con Andrea completamente rendida al torrente de sensaciones, mientras Miguel Ángel disfrutaba del espectáculo de su risa incontenible y Docker, feliz, jugaba con lo que consideraba sus juguetes favoritos.
Finalmente, cuando vio que Andrea realmente comenzaba a quedarse sin aire, Miguel Ángel se detuvo. Con un movimiento suave, apartó a Docker de los pies de Andrea y liberó sus piernas.
—Tranquilo, pequeño —le dijo al cachorro, que ladró protestando por el juego interrumpido.
Andrea quedó tendida en el sofá, jadeando y con el rostro completamente sonrojado. Su cabello estaba despeinado y su respiración entrecortada. Mientras masajeaba sus costados y sus pies, que aún sentían el cosquilleo residual, logró articular entre respiros:
—Miguel Ángel… de ángel no tienes nada… —dijo, intentando mantener la seriedad pero con una sonrisa que se le escapaba—. Eres… un perfecto demonio.
Miguel Ángel se rió suavemente, sentándose en el borde del sillón.
—Solo era un juego, Andrea. Además, parecía que lo estabas disfrutando —respondió con picardía.
—¡Disfrutar! —exclamó ella, tratando de recuperar el aliento—. ¡Creo que casi me da un paro cardíaco de tantas risas! —Aunque en el fondo, no podía negar que había sido divertido.
Mientras Andrea se incorporaba poco a poco, frotándose las plantas de los pies que aún sentían los efectos de la baba de Docker y los mordiscos, Miguel Ángel le alcanzó un vaso de agua.
—Toma, para que te recuperes.
Ella aceptó el vaso con las manos aún temblorosas, bebiendo un sorbo mientras miraba a Miguel Ángel con una mezcla de reproche y complicidad. Docker, al ver la calma, se acercó y se recostó sobre los pies de Andrea, como si nada hubiera pasado.
—Y tú —le dijo Andrea al cachorro—, eres su cómplice. Un demonio con patas de terciopelo.
Miguel Ángel sonrió al ver la escena.
—Bueno, creo que es hora de irme. Descansa esos pies… aunque con lo sensibles que están, hasta las sábanas te harán cosquillas esta noche.
Andrea no pudo evitar reírse, negando con la cabeza mientras lo acompañaba a la puerta. Aunque no lo admitiría abiertamente, esa tarde caótica había sido un divertido recordatorio de que, a veces, dejarse llevar por la risa y el juego podía ser maravilloso.
Los días transcurrieron con esa mezcla de rutina y anticipación que solo un secreto bien guardado puede provocar. Llegó por fin el miércoles, y con él, esa sensación de nervios que le revolvía el estómago a Andrea desde que abrió los ojos.
Mientras preparaba el desayuno para su hijo, notaba cómo un cosquilleo constante, más mental que físico, la recorría de pies a cabeza. Cada vez que se movía, consciente de la cita que tendría esa tarde, una sonrisa nerviosa se dibujaba en su rostro.
—Hoy tienes algo, mami —comentó el niño entre mouthfuls de cereal.
—¿Yo? No, nada —respondió demasiado rápido, arreglándole el cuello de la camisa—. Solo… un día ocupado, como siempre.
Al dejar a su hijo en el colegio, el trayecto de vuelta a casa se sintió diferente. Cada paso le recordaba la sensibilidad que había estado cultivando en sus pies durante toda la semana. Al recoger a Docker de su paseo matutino, incluso el tirón de la correa le pareció cargado de significado.
De vuelta en el apartamento, mientras encendía su computadora para la jornada laboral, no podía concentrarse. Las horas pasaban lentamente, y ese cosquilleo interno no cesaba. A veces, sin razón aparente, se reía suavemente para sí misma, imaginando lo que podría esperarle en el consultorio de Elena.
Durante una videollamada de trabajo, notó que jugueteaba inconscientemente con una pluma sobre la mesa, trazando círculos que le recordaban… otras cosas. Tuvo que esforzarse para mantener la compostura profesional.
Cuando el reloj marcó las tres de la tarde, supo que era hora de prepararse. Al cerrar su laptop, sus manos estaban ligeramente sudorosas. Al caminar hacia su habitación para cambiarse, sintió ese hormigueo familiar en las plantas de los pies, como si ya estuvieran anticipando lo que vendría.
—Tranquila, Andrea —se dijo frente al espejo—. Es solo… una experiencia nueva.
Pero al decir «experiencia nueva», no pudo evitar que una sonrisa nerviosa asomara de nuevo. Los nervios y las cosquillas imaginarias la acompañarían durante todo el trayecto, eso lo sabía. Y aunque no podía predecir qué pasaría en esa sesión, una parte de ella, la misma que había reído tanto con Miguel Ángel y Docker, sentía curiosidad por descubrirlo.
La puerta del apartamento se cerró suavemente. Andrea se apoyó contra la madera por un momento, sintiendo cómo la familiaridad de su hogar la envolvía. Con un suspiro, se descalzó, dejando los tenis junto a la entrada. Sus pies, ahora enfundados en unas suaves medias de algodón, se hundieron en la alfombra con alivio.
—Bueno, Docker —murmuró, mientras caminaba hacia el estudio—, mamá tiene que trabajar un rato.
Pero Docker tenía otros planes. Emocionado por su regreso, se pegó a sus talones como una sombra peluda. Con persistencia encantadora, comenzó a morder suavemente la «bota» de su jean, justo por encima del tobillo, mientras emitía pequeños gruñidos juguetones.
—Ay, Docker, no —protestó Andrea sin convicción, sintiendo cómo los pequeños tirones en la tela le producían una sonrisa—. Déjame caminar, pequeño monstruo.
Cada paso hacia su escritorio se convirtió en un pequeño tira y afloja. Docker tiraba del jean hacia atrás, obligándola a arrastrarlo consigo. Aunque era un obstáculo, Andrea no podía evitar reírse bajito. Esa terquedad canina era, en el fondo, una forma más de cariño.
Finalmente llegó a su silla, y con un último tirón, Docker soltó el jean. Se sentó frente a ella, moviendo la cola con orgullo, como si hubiera cumplido una misión importante.
—Eres un loco —le dijo Andrea, acariciándole las orejas—. Un loco muy querido.
Mientras encendía su computadora, no pudo evitar frotar un pie contra el otro, sintiendo a través de la media la suavidad que los productos habían logrado. Los nervios del día se mezclaban con la ternura del momento, creando una extraña calma antes de lo que sería, sin duda, una experiencia única. Docker, al percibir su quietud, se acostó sobre sus pies, convirtiéndose en un peso cálido y familiar que la anclaba al presente.
La tregua duró poco. Mientras Andrea intentaba concentrarse en su pantalla, Docker comenzó su asalto particular. Esta vez, no se conformaba con el jean. Sus dientecitos se cerraron suavemente alrededor del talón de su media, tirando con determinación.
—¡Docker, basta! —protestó Andrea entre risas, intentando sacudir el pie con suavidad.
Pero el cachorro, lejos de soltar, redobló sus esfuerzos. Se aferró a la tela con terquedad, moviendo la cabeza de un lado a otro como si intentara desprenderla. Cada tirón le provocaba a Andrea un cosquilleo irresistible en el talón y la planta del pie.
—¡Jajaja! ¡Para! ¡Eso hace cosquillas! —gritó, retorciéndose en la silla sin poder evitarlo.
Docker respondió con un gruñido juguetón, como si entendiera perfectamente el efecto que causaba. Andrea intentó por todos los medios liberar su pie, pero el cachorro seguía aferrado, convertido en un peso peludo y obstinado.
Finalmente, rendida ante la evidencia, Andrea se rió con resignación.
—Está bien, está bien. Toma, si es lo que quieres.
Con movimientos rápidos, se quitó ambas medias y se las lanzó suavemente al cachorro. Docker las recibió con euforia, ladrando feliz antes de salir corriendo con su nuevo botín, arrastrando las medias por todo el apartamento como trofeos de guerra.
Andrea se quedó con los pies descalzos, aún sintiendo el cosquilleo residual. Miró cómo Docker jugaba frenéticamente con las medias, enrollándose en ellas y mordisqueándolas con devoción.
—Qué obsesión más particular tienes —le dijo, sacudiendo la cabeza—. Con mis zapatos, con mis pies, y ahora con mis medias. Eres un caso perdido.
Aunque no podía negar que, en el fondo, encontraba adorable esa fijación. Mientras Docker se entretenía con su nuevo juguete, Andrea aprovechó para sumergirse en su trabajo, con la tranquila certeza de que, al menos por un rato, sus pies estarían a salvo… aunque completamente descubiertos y aún sensibles por los cuidados especiales de la semana.
Con Docker entretenido con sus medias, Andrea volvió a su investigación online. La curiosidad era más fuerte que la concentración en su trabajo. En la barra de búsqueda escribió: «cosquillas extremas en los pies», y entre los resultados, un video de YouTube llamó su atención: «Perro lame pies de mujer con mantequilla de maní».
No pudo evitar hacer clic. El video mostraba a una mujer sentada en el suelo, riendo a carcajadas mientras su perro lamía con entusiasmo la planta de sus pies, untados con mantequilla de maní. La mujer se retorcía, gritando entre risas, sin poder evitar los espasmos de cosquillas.
Andrea se rió sola, imaginando la escena. Pero luego, casi de inmediato, una idea loca cruzó por su mente: ¿y si probaba eso con Docker? Después de todo, su cachorro ya estaba obsesionado con sus pies. Si le untaba mantequilla de maní… la reacción sería indescriptible.
—Ay, no —murmuró, llevándose una mano a la boca para contener la risa—. Sería una locura total.
Se imaginó a sí misma en el suelo, con las plantas cubiertas de mantequilla de maní, y a Docker lamiéndolas sin parar. Sabía que no aguantaría ni diez segundos sin reír a gritos. La sensibilidad de sus pies, potenciada por los productos de la semana, haría que las cosquillas fueran insoportables… y divertidísimas.
—Pero no —se dijo, sacudiendo la cabeza—. Hoy tengo la sesión con Elena. No puedo llegar con los pies llenos de babas y mantequilla de maní.
Aunque la tentación era fuerte, la prudencia ganó. Guardó el video en «Ver más tarde» y cerró YouTube. Sin embargo, la imagen de esa posibilidad quedó grabada en su mente, añadiendo una capa más de anticipación y nerviosismo a lo que ya sentía.
Miró el reloj. Faltaban pocas horas para su cita. Docker, habiendo abandonado las medias en un rincón, volvió a acostarse sobre sus pies descalzos, como si supiera que, de alguna manera, eran el centro de todo. Andrea sonrió, acariciándolo con el otro pie mientras pensaba: «Quizás después de la sesión… si sobrevivo».
La curiosidad pudo más que la prudencia. Andrea se levantó de su silla y caminó descalza hasta la cocina. Abrió la nevera y, tras mover algunos frascos, encontró lo que buscaba: un tarro de mantequilla de maní. Luego, tomó una cuchara de la alacena y regresó al estudio, donde Docker la esperaba con la cabeza ladeada.
—Esto es una locura —murmuró para sí, sin poder contener una sonrisa nerviosa—. Debo estar completamente loca para hacer esto.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá. Con movimientos decididos, untó generosas porciones de mantequilla de maní en ambas plantas, asegurándose de cubrir desde el talón hasta los dedos. La textura fría y pegajosa le provocó un pequeño escalofrío.
—Ven aquí, Docker —llamó, extendiendo los pies hacia el cachorro.
Al percibir el aroma familiar, Docker se acercó de inmediato. Al ver las plantas cubiertas de su delicia favorita, no dudó ni un segundo. Comenzó a lamer con entusiasmo, concentrado en limpiar cada centímetro de la cremosa sustancia.
El efecto fue instantáneo. Andrea estalló en carcajadas, retorciéndose en la silla.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —reía sin poder contenerse, mientras la lengua áspera del cachorro recorría cada milímetro de sus plantas—. ¡AY, NO! ¡JAJAJAJA… ES MUCHO!
A pesar de la intensidad de las cosquillas, Andrea no retiraba los pies. Al contrario, los mantenía firmes mientras Docker continuaba su festín. Cada lamida en el arco plantar le provocaba espasmos incontrolables, y cuando el cachorro se concentraba en los dedos, sus risas se volvían aún más agudas.
—¡JAJAJA… DOCKER… AHAHAHA…! —gritaba, con lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡PARA… PERO NO PARES! ¡JAJAJA!
Era una contradicción divertida: su cuerpo se retorcía y sus pulmones parecían a punto de explotar, pero algo en esa sensación extrema la mantenía pegada al suelo, entregada a la experiencia. Docker, por su parte, parecía encantado con su nuevo juego, moviendo la cola con energía mientras limpiaba meticulosamente entre los dedos de Andrea.
—¡NO AGUANTO… JAJAJA… PERO SIGUE! —suplicaba entre carcajadas, sintiendo cómo las cosquillas se intensificaban con cada nuevo intento del cachorro por alcanzar los últimos restos de mantequilla—. ¡ES QUE… JAJAJA… ES DEMASIADO BUENO!
Finalmente, cuando Docker dio por terminado su banquete y se recostó satisfecho, Andrea quedó tendida en la alfombra, jadeando y con el rostro sonrojado. Sus pies aún sentían el cosquilleo residual de la lengua del cachorro, y no podía dejar de reír entrecortadamente.
—Vaya —logró decir entre respiros—. Si así reacciono con Docker… ¿qué me esperará en la sesión de esta tarde?
Se masajeó suavemente las plantas, notando cómo la sensibilidad había llegado a su punto máximo. Aunque estaba nerviosa, no podía evitar sentirse emocionada por lo que vendría.
Entre jadeos y risas residuales, Andrea logró incorporarse del suelo. Sus pies estaban pegajosos y brillantes, cubiertos de baba canina y los últimos restos de mantequilla de maní. El cosquilleo persistía como un eco divertido en cada paso que daba hacia el baño.
—Uy, qué desastre —murmuró riendo al ver sus plantas en el espejo del pasillo—. Parecen dos lunas llenas de babas.
Al entrar al baño, apoyó las manos en el lavamanos y levantó un pie hacia la ducha. El agua tibia cayó primero sobre sus dedos, y no pudo evitar una risita nerviosa al sentir cómo el contacto del agua activaba de nuevo esa sensibilidad extrema.
—Ajá —soltó entre dientes, mordiéndose el labio—. Hasta el agua me hace cosquillas ahora.
Con cuidado, comenzó a enjabonar sus pies con un gel suave de lavanda. Sus dedos trazaron círculos de espuma sobre los arcos plantares, y aunque intentaba ser rápida, cada roce le provocaba pequeños escalofríos y contracciones involuntarias.
—Sería cómico —pensó en voz baja— que después de aguantar al cachorro, me derritiera lavándome los pies.
Al enfocar la ducha en la planta del pie izquierdo, el chorro directo le hizo contener la respiración por un segundo. No era doloroso, sino una sensación extrañamente placentera y, sí, tremendamente cosquillosa. Tuvo que apoyar una mano en la pared para mantener el equilibrio.
—Definitivamente —susurró entre risas—, estos pies no son normales.
Cuando por fin terminó de enjuagarse, se secó con una toalla suave, notando cómo su piel, ahora limpia y fresca, parecía aún más receptiva al menor contacto. Al salir del baño, Docker la esperaba en la puerta, moviendo la cola como si preguntara por su festín.
—No, pequeño —le dijo Andrea, secándose el cabello con otra toalla—. Ya fue suficiente por hoy. Ahora toca prepararse para lo que sigue.
Y aunque intentaba mantener la compostura, no pudo evitar frotar un pie contra el otro, sintiendo ese hormigueo familiar que ahora conocía demasiado bien. La sesión con Elena se acercaba, y sus pies, limpios, suaves e hipersensibles, estaban listos para lo que fuera.
Andrea se detuvo frente al espejo de su habitación. Con un movimiento rápido, aplicó un poco de spray refrescante en sus pies, sintiendo el leve hormigueo del mentol sobre su piel ya de por sí sensible. Luego, con cuidado, se colocó unos elegantes tacones negros de tacón medio —los había elegido pensando en mantener cierta profesionalidad ante Elena—.
Al cerrar la puerta de su apartamento, sintió cómo los tacones cambiaban su postura y cómo la presión en la planta de sus pies se hacía más evidente. Cada paso por el pasillo hacia el ascensor le recordaba lo consciente que estaba de esa parte de su cuerpo.
Al salir a la calle, el aire frío de la tarde le rozó los tobillos. Mientras caminaba hacia la parada del autobús, no podía evitar sonreír al pensar en la situación. Allí iba ella, una madre y profesional seria, camino a una «sesión de cosquillas» como si fuera la cita más normal del mundo.
—Miguel Ángel, gracias nuevamente por recogerlo —había dicho por teléfono minutos antes.
—No hay problema, Andrea. ¿Una reunión de trabajo en horario inusual? —preguntó él con curiosidad.
—Algo así —respondió ella, evitando dar detalles—. Un proyecto especial.
Mientras el autobús avanzaba por la ciudad, Andrea miraba por la ventana. Sus pies, ahora dentro de los tacones, parecían tener vida propia. Cada vibración del vehículo, cada pequeño ajuste de posición, le recordaba la sensibilidad que había cultivado durante toda la semana.
«¿En qué me he metido?» pensó, pero no con angustia, sino con esa mezcla de nervios y anticipación que ya le resultaba familiar. Sus uñas rojas asomaban discretamente entre la punta abierta de los tacones, un detalle de normalidad en una situación tan fuera de lo común.
Al bajarse del autobús y caminar hacia la dirección que Elena le había proporcionado, sus tacones repiquetearon sobre la acera con un ritmo decidido. Por fuera, parecía una mujer cualquiera yendo a una cita de trabajo. Por dentro, era un torbellino de cosquillas anticipadas y curiosidad por descubrir qué significaba realmente ser «modelo de cosquillas» en una sesión formal.
Andrea llegó a la dirección indicada, un edificio discreto en una calle tranquila. Al timbrar, la puerta fue abierta por Elena, una mujer alta y de cabello pelirrojo recogido en un moño impecable, que vestía una bata clínica blanca sobre su ropa formal.
—Andrea, me alegra que hayas llegado puntual —la saludó con una sonrisa profesional—. Pasa, por favor.
El estudio era un espacio minimalista, con luces suaves y una silla ergonómica ubicada en el centro. Sobre el escritorio, Andrea notó un extraño dispositivo de madera con dos aberturas circulares.
—Siéntate aquí —indicó Elena señalando la silla—. Y si no te molesta, coloca los pies sobre el escritorio.
Con cierta timidez, Andrea se sentó y levantó los pies, todavía calzados con sus tacones negros. Con movimientos precisos, Elena colocó el dispositivo de madera —que ahora Andrea identificó como una especie de cepo— bajo sus pies.
—Este instrumento nos ayudará a mantener la posición correcta durante el estudio —explicó Elena mientras ajustaba las dos mitades del cepo alrededor de sus tobillos, inmovilizando sus pies con una presión firme pero no dolorosa.
Luego, con la misma eficiencia, tomó unas suaves correas de tela y aseguró las muñecas de Andrea a los reposabrazos de la silla.
—Es solo un protocolo de seguridad —aclaró al notar la expresión ligeramente nerviosa de Andrea—. Para evitar movimientos bruscos.
Cuando Andrea estuvo completamente situada, Elena tomó asiento frente a ella, cruzó las piernas y apoyó su tablet sobre las rodillas.
—Comencemos con unas preguntas básicas —dijo en tono amable pero profesional—. ¿Podrías confirmarme tu edad?
—Treinta y dos años —respondió Andrea, sintiendo cómo el latido de su corazón aceleraba levemente.
—Ocupación…
—Soy diseñadora gráfica freelance. Trabajo desde casa.
—Estatura…
—Un metro sesenta y seis.
Elena asentía, tomando notas en su tablet. Luego hizo una pausa y miró directamente a los ojos de Andrea.
—Y ahora, cuéntame sobre tus cosquillas. ¿Desde cuándo recuerdas ser tan sensible?
Andrea soltó una risita nerviosa, sintiéndose expuesta pero al mismo tiempo intrigada.
—Desde siempre, la verdad. Mis pies siempre han sido… mi punto débil. Pero últimamente —agregó, bajando la voz como confesando un secreto— la sensibilidad ha aumentado bastante.
Elena esbozó una sonrisa comprensiva mientras sus dedos trazaban suaves círculos en el aire, como si ya estuviera imaginando el procedimiento.
—Perfecto. Esa información es muy valiosa para nuestra sesión.
Andrea respiró hondo, sintiendo la suave presión del cepo en sus tobillos y anticipando, con una mezcla de nerviosismo y curiosidad, lo que vendría a continuación.
