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Erin tiene cuarenta años, aunque no los aparenta. Mide un metro setenta y cinco, piel blanca que no necesita sol para verse bien, cabello negro liso hasta media espalda y ojos verdes grandes. Su cuerpo es el resultado de años de gimnasio bien llevados: espalda definida, cintura estrecha, piernas largas. Es fiscal. Abogada de carrera, pero ejerce desde la fiscalía. Le gusta su trabajo porque le da peso. Porque cuando Erin Reagan entra a una sala, la gente se pone seria.
También es coqueta, aunque no al estilo de las que buscan atención. Le gustan los vestidos de lino en verano, los cardigans de cachemira en invierno, los zapatos con taco justo y los esmaltes de uñas tonos vino. Especialmente en los pies. Se hace la pedicura cada quince días y nunca sale de su casa con los pies descuidados. Eso, combinado con su altura y su forma de caminar, le da un aire de mujer que controla todo.
Pero hay algo que Erin no controla. Algo que le da vergüenza desde chica y que nunca logró cambiar: es terriblemente cosquilluda. No una cosquilla normal. Una de esas que la dejan sin aire, sin dignidad y con ganas de llorar de la risa. El peor punto son las plantas de los pies. Basta con que alguien pase un dedo por su arco plantar para que Erin pegue un salto como si hubiera pisado fuego. Sus amigas más cercanas lo saben y a veces se lo recuerdan para molestarla. Ella se ríe con incomodidad y cambia de tema.
No hay una gran historia detrás de eso. Nunca sufrió un trauma ni vivió un momento definitorio. Simplemente es así desde que tiene memoria. Y le molesta porque en su vida profesional controla todo: los argumentos, los tiempos, los gestos, la voz. Pero una cosquilla en el pie la desarma en un segundo. Eso le da rabia.
Erin creció en una familia de clase media. Su papá era contador, su mamá profesora de matemáticas. Nadie en su casa había estudiado derecho. Ella eligió esa carrera porque en el colegio le gustaba debatir. No hubo una vocación divina ni una tragedia familiar. Solo una decisión práctica tomada a los diecisiete años.
En la universidad descubrió que se le daba bien armar casos. No por memoria, sino por orden. Veía los hechos, los ordenaba en una línea de tiempo, y encontraba los vacíos. Un profesor le dijo una vez que tenía «cabeza de fiscal». Ella no entendió bien qué significaba hasta que empezó a trabajar en una fiscalía local como ayudante.
El primer caso que manejó sola fue un robo con intimidación. La prueba era débil, el imputado tenía un buen abogado, y el juez no parecía convencido. Erin pasó tres noches sin dormir. En la audiencia, logró que el abogado contrario se contradijera dos veces. El juez dictó condena. Tenía veintiséis años.
Ascendió por antigüedad y por resultados. Cuando conoció a Fernando, ella ya era fiscal adjunta. Él era arquitecto. Decía admirar su «fuerza». Después, con las infidelidades, Erin entendió que a Fernando no le gustaba su fuerza. Le gustaba su imagen. La fiscal exitosa. La mujer que controla todo. Hasta que se aburrió.
Las infidelidades no fueron una sola. Fueron muchas. Erin las fue descubriendo de a poco, como quien pela una cebolla: una capa tras otra. La primera fue con una compañera de trabajo de Fernando. La segunda con una amiga de la universidad que reapareció en una fiesta. La tercera con una clienta que le pidió un presupuesto para una casa en la playa. Erin dejó de contarlas después de la quinta.
Cada vez que ella enfrentaba a Fernando con una prueba, él no negaba. Eso era lo peor. No decía «no es cierto» ni «estás exagerando». Suspiraba, bajaba la cabeza, y después de unos segundos de silencio se acercaba a ella con una sonrisa que Erin aprendió a odiar.
«Vamos, mi amor», le decía. «No te enojes. Déjame hacerte reír.»
Y entonces Fernando se agachaba, le quitaba los zapatos a Erin así ella dijera que no, y le hacía cosquillas en los pies. No por unos segundos. Por minutos enteros. Usaba los dedos, las uñas, a veces un cepillo de cerdas suaves que guardaba en su mesita de noche. Erin se reía por reflejo. El cuerpo le respondía aunque la mente estuviera furiosa. Y mientras ella reía sin poder controlarse, Fernando le decía cosas como «ves, reír es mejor que pelear» o «así me gustas, relajada».
Ella odiaba esa sensación. Odiaba reírse cuando quería gritar. Odiaba que su propio cuerpo la traicionara. Y odiaba que Fernando usara sus cosquillas como si fuera un truco de magia para borrar lo que había hecho.
Con el tiempo, Erin asoció las cosquillas en los pies con la humillación. No con el juego, no con el cariño. Con la sumisión. Con la excusa barata de un hombre que no quería asumir sus culpas. Cada ataque de cosquillas que Fernando le propinaba después de una infidelidad se sumaba a la cuenta final.
Cuando Erin finalmente pidió el divorcio, no lo hizo solo por las engañadas. Lo hizo también por las noches en que se rió a la fuerza mientras él le masajeaba las plantas de los pies con falsa ternura. Por las veces que quiso patearlo y no pudo porque las cosquillas la dejaban sin fuerza. Por la rabia de haber reído cuando lo que quería era llorar.
El divorcio fue un proceso largo, pero no complicado. Fernando no se opuso. Tal vez por ego, tal vez porque ya tenía a otra esperando, o tal vez porque nunca imaginó que Erin se atrevería a dar el paso. Firmó los papeles sin hacer berrinche.
Los bienes eran muchos. Cuatro propiedades: el apartamento en el centro, la casa en la playa, un local comercial en una zona cara y un terreno en las afueras que nunca desarrollaron. También dos vehículos: dos Audi últimos modelos, uno gris y uno negro. Erin se quedó con el gris. Fernando con el negro. Eso fue lo único que no discutieron.
El juez ordenó vender las cuatro propiedades y dividir el dinero en partes iguales. No hubo sorpresas. Cada uno contrató su tasador, los números coincidieron, y en menos de seis meses todo estaba vendido. Erin recibió su parte y miró el saldo en la cuenta bancaria con una sensación rara. No era felicidad. No era tristeza. Era un alivio frío, como sacarse una astilla después de años de tenerla clavada.
Lo que nadie esperaba era lo que hizo después.
Erin renunció a su cargo en la fiscalía. Sus compañeros creyeron que era un chiste. La fiscal Erin Reagan, la mujer que controlaba cada argumento, cada gesto, cada audiencia, dejando todo para irse a vivir a una casa abandonada en las afueras. Le preguntaron si estaba segura. Dijo que sí. Le preguntaron si tenía otro trabajo. Dijo que no. Le preguntaron si estaba bien. Dijo que por primera vez en años, no lo sabía.
La casa la encontró por un anuncio pegado en una taberna del pueblo. Papel amarillo, letra manuscrita, sin fotos. «Casa antigua en venta. Patio grande. Nadie cerca.» Erin llamó por teléfono, fue a verla al día siguiente y supo en cinco minutos que era ahí.
La casa estaba en ruinas. No ruinas falsas de esas que salen en revistas de decoración. Ruinas de verdad: paredes con humedad, ventanas que no cerraban bien, piso de madera carcomido en algunas partes, un baño que necesitaba ser arrancado por completo. Pero el jardín trasero era enorme. Y no había un solo vecino a la redonda. Solo pinos, tierra y aire.
Erin pagó al contado con parte de lo que le quedó del divorcio. Firmó la escritura en una notaría pequeña, con un escribano que la miró como si estuviera loca. Ella no explicó nada. No tenía que hacerlo.
Los primeros meses los dedicó a arreglar lo esencial. Baño nuevo, cocina funcional, una cama grande en la habitación principal. El resto podía esperar. No tenía apuro. Por primera vez en su vida, no tenía plazos, ni audiencias, ni fiscales generales a los que rendir cuentas. Solo el ruido del viento en los pinos y la tierra bajo sus zapatos.
El jardín lo dejó para el final. No porque no le importara, sino porque le daba pereza. Las plantas estaban crecidas, las macetas rotas, el pasto alto. Pero Erin no tenía prisa. Lo arreglaría de a poco. Como su vida.
Fue en la primera recorrida completa del patio trasero cuando los vio.
La casa quedaba en medio de la nada. Para llegar había que tomar una carretera secundaria, luego desviarse por un camino de tierra, y luego seguir otros dos kilómetros entre pinos antes de ver el portón oxidado. No había vecinos. No había luces de otras casas en la noche. Solo el bosque, denso y oscuro, rodeando la propiedad por todos lados. El patio trasero colindaba directamente con ese bosque. Sin cerca. Sin muro. Solo un montículo de tierra y pasto, y después los árboles.
La noche en ese lugar era cerrada. Sin luna, no se veía ni la mano extendida. A Erin eso no le molestaba. Después de años de ruido de ciudad, el silencio absoluto le parecía un lujo.
Esa primera tarde que recorrió el patio, el sol todavía estaba alto. Caminó entre la maleza, apartando ramas con los pies, haciendo planes mentales de lo que quería podar y lo que quería arrancar. Y entonces los encontró.
Doce. Una docena exacta de gnomos de barro pintado.
No estaban tirados al azar, ni rotos, ni olvidados en un rincón. Estaban alineados. En fila. Como si estuvieran haciendo guardia. Erin se detuvo en seco y los miró con los brazos cruzados.
Todos tenían el mismo tamaño, unos treinta centímetros de alto. Gorros rojos puntiagudos, barbas de yeso blanqueado, mejillas rosadas pintadas con una brocha gorda. Y esa sonrisa. Esa maldita sonrisa idiota que Erin ya empezaba a detestar.
Lo extraño no era que hubiera gnomos. Lo extraño era que alguien los hubiera puesto ahí, en fila, mirando todos hacia el mismo punto: la puerta trasera de la casa. Como si vigilaran.
Erin se quedó mirándolos un rato. No los tocó. No supo por qué. Tal vez porque le parecieron inquietantes. Tal vez porque, en el fondo, algo le dijo que no debía hacerlo. Dio media vuelta y volvió a entrar a la casa.
Los días siguientes, Erin se puso a trabajar en el jardín. Salía cada mañana con shorts deportivos, una camiseta vieja y sus Converse sin medias. Los tenis negros, desgastados, con la plantilla marcada por sus pies. Le gustaba sentir el roce de la lona contra la piel. Nunca usaba medias con esos zapatos.
Arrancaba maleza, podaba arbustos, barría las hojas secas. Poco a poco el patio fue tomando forma. Pero nunca tocaba los gnomos. Pasaba cerca de ellos, caminaba a su lado, incluso a veces tenía que agacharse para recoger una rama que había caído justo frente a uno. Pero no los tocaba. No los movía. No los limpiaba. No les daba la espalda por mucho tiempo.
No sabía explicar por qué. No era miedo, exactamente. Era algo más parecido al respeto. O a la intuición. O a esa voz interna que a veces susurra «no te metas con eso».
Lo que sí notaba, y no podía evitar, era la mirada.
Cada vez que Erin volteaba a verlos, le parecía que los gnomos la estaban mirando. No era una impresión. Era una certeza incómoda, como cuando alguien te observa desde una ventana y tú lo sientes sin necesidad de verlo. Los ojitos azules pintados parecían seguirla. Movía la cabeza a un lado, y los ojos de los gnomos parecían moverse con ella. Se agachaba a arrancar una maleza, y sentía doce pares de ojos clavados en su espalda. Se paraba a descansar con las manos en las caderas, y ellos seguían ahí, en fila, imperturbables, mirando.
«Estás perdiendo la cabeza», se decía a sí misma. «Son figuritas de barro. No te pueden ver.»
Pero igual sentía que la observaban.
Pasaron los días. Erin siguió trabajando en el jardín, siempre sin tocar a los gnomos, siempre sintiendo esa sensación incómoda de ser vigilada. Pero la vida seguía. La maleza disminuía, el pasto empezaba a verse más parejo, y las macetas rotas desaparecieron en bolsas de basura. El jardín, lentamente, recuperaba la forma.
Una noche, después de una ducha larga y una cena simple, Erin se acostó temprano. El sueño le llegó rápido. No soñó con nada. Solo oscuridad y silencio, igual que afuera.
Cuando despertó al otro día, la luz del sol entraba por la ventana. Se estiró, bostezó, y fue a buscar sus zapatos.
No estaban.
Erin se quedó parada frente al clóset, con los ojos entrecerrados. Ella siempre dejaba sus zapatos ordenados ahí, en la parte de abajo, alineados por pares. Los Converse negros, los zapatos de taco que usaba para salir, los tenis blancos para hacer ejercicio, unas sandalias de cuero. Todo había desaparecido.
Revisó debajo de la cama. Nada. Revisó en el baño. Nada. Revisó en la sala. Nada. Caminó descalza por toda la casa, abriendo puertas, mirando rincones, como si alguien hubiera entrado en la noche y se hubiera llevado solo sus zapatos. No había señales de forcejeo. Ninguna ventana rota. Ninguna puerta abierta.
Lo único que encontró, al pasar por la cocina, fue un par de chanclas viejas apoyadas junto a la puerta que daba al jardín. Las chanclas eran suyas, las que usaba para salir al patio rápido, sin importarle ensuciarse. Las recordaba dejadas en la entrada de la casa, no en la cocina. Pero ahí estaban.
Erin suspiró, se las puso, y abrió la puerta del patio trasero.
El sol ya calentaba. El jardín se veía igual que el día anterior. La maleza seguía donde la había dejado. Los arbustos podados. El pasto verde.
Pero algo faltaba.
Erin recorrió el patio con la mirada. Los gnomos. Los doce gnomos que siempre estaban en fila, como haciendo guardia, ya no estaban. Miró a un lado y al otro. Miró detrás de los rosales, entre las hortensias, junto al galpón. Nada. Habían desaparecido completamente.
Se quedó quieta en medio del jardín, con las chanclas puestas, sintiendo el sol en la cara y un hormigueo raro en la nuca.
«Son figuritas de barro», se repitió. Pero esta vez la frase sonó más falsa que nunca.
Alguien, o algo, había entrado a su casa en la noche. Le habían robado los zapatos. Y los doce gnomos del jardín se habían esfumado.
Erin tragó saliva, dio media vuelta y volvió a entrar a la casa. Cerró la puerta con seguro. Se quedó apoyada contra la madera, respirando hondo.
No sabía qué pensar. Pero algo le decía que las cosas no iban a volver a la normalidad.
Lo que Erin no podía saber es que, mientras ella dormía esa noche, los doce gnomos que había estado evitando durante días habían cobrado vida. No de golpe, no con luces ni truenos. Simplemente, en algún momento de la madrugada, el barro se volvió piel, las barbas pintadas se volvieron pelo de verdad, y los ojos azules dejaron de ser vidrio para convertirse en ojos que veían.
Se movieron en silencio. Caminaron sobre el pasto sin hacer ruido, subieron los tres escalones del porche y forzaron la puerta trasera con una destreza que parecía ensayada. No rompieron nada. No dejaron marcas. Entraron a la cocina como si fuera suya.
Ahí estaba Erin, durmiendo en su cama, con la puerta de la habitación entreabierta. Los gnomos se asomaron. La vieron respirar, vieron cómo el pijama gris se le subía un poco con cada movimiento, vieron sus pies descalzos asomando por debajo de la sábana.
Se sintieron apenados. No era rabia lo que sentían, ni deseo de venganza. Era una pena rara, como la que da ver a alguien que llegó a un lugar sin saber las reglas. Erin los había evitado, no los había tocado, no les había faltado el respeto. Pero también los había mirado con desprecio. Esa mueca de disgusto cada vez que pasaba cerca. Eso sí lo sintieron.
Por eso decidieron entrar. No para asustarla. Para verla de cerca. Para saber quién era esa mujer que ahora vivía en su jardín.
Revisaron la casa con calma. Abrieron cajones, miraron libros, olieron la ropa. Y cuando pasaron por el clóset de la habitación, vieron los zapatos. Todos ordenados, limpios, alineados. Los Converse sin medias, los tacones rojos, los tenis blancos, las sandalias de cuero.
A los gnomos les pareció divertido. Ella no los había tocado a ellos. Ellos no la tocarían a ella. Pero los zapatos… los zapatos no eran ella.
Tomaron cada par. Los cargaron entre varios, haciendo equilibrio, caminando de puntillas para no hacer ruido. Salieron de la casa por la misma puerta trasera. Pero en la oscuridad de la cocina, uno de los gnomos tropezó con una silla y se le cayeron las chanclas viejas que llevaba encima. No hubo tiempo de recogerlas. Los otros lo apuraron con silbidos bajos. Salieron al jardín, cruzaron el pasto y se metieron en el bosque, justo antes de que el sol empezara a iluminar el horizonte.
Cuando el día llegó, los gnomos ya no eran figuras de barro. Eran seres vivos, pequeños, ágiles, con los gorros rojos ladeados y las barbas sucias de tierra. Y decidieron algo: Erin no los vería. Ellos la verían a ella, pero ella no los vería a ellos. No hasta que ellos decidieran.
Por eso, durante los días siguientes, Erin sintió esa mirada. No era su imaginación. Era real. Los gnomos la observaban desde la maleza que ella iba retirando poco a poco. Cuando ella podaba un arbusto, ellos se movían al arbusto de atrás. Cuando ella barría hojas, ellos se escondían detrás del galpón. Y cuando ella avanzaba hacia el fondo del jardín, ellos retrocedían hacia el borde del bosque, siempre a la misma distancia, siempre mirando.
Erin no veía nada. Pero lo sentía.
Una tarde, después de tres días sin zapatos, Erin se hartó. No soportaba andar en chanclas todo el día. El jardín estaba casi limpio, y el bosque la llamaba con esa curiosidad torpe que a veces tienen las personas cuando no encuentran una explicación.
Se puso las chanclas, cruzó el patio y llegó al límite donde terminaba el pasto y empezaban los pinos. El bosque se veía oscuro, fresco, lleno de ramas en el suelo. Erin respiró hondo y entró.
Caminó despacio, apartando ramas con los pies, agachándose para pasar por debajo de las ramas bajas. No sabía qué buscaba. Quizás una señal. Quizás una respuesta.
A unos veinte metros del borde, entre un montículo de hojas secas y musgo, encontró algo.
Un Converse negro. Sucio, lleno de tierra, con el cordón desatado. Lo reconoció al instante. Era uno de los suyos. Lo levantó con dos dedos, lo sacudió, y vio que era el zapato izquierdo.
Siguió caminando. Unos pasos más allá, apoyado contra la raíz de un pino, encontró el tacón rojo. También el izquierdo. También sucio. También lleno de tierra.
Erin se quedó mirando los dos zapatos en sus manos. El Converse y el tacón. Ambos del pie izquierdo. Ambos abandonados en medio del bosque como si alguien los hubiera dejado caer al correr.
Un animal, pensó. Un perro, un zorro, algo que se llevó los zapatos y los fue dejando por el camino.
Pero mientras pensaba eso, sintió otra vez la mirada. Más cerca que nunca. Dio media vuelta rápido.
No vio nada. Solo árboles, sombras y silencio.
Pero detrás de un tronco, a unos pocos metros, los doce gnomos estaban agachados, conteniendo la respiración, con los ojos muy abiertos. La habían visto encontrar los zapatos. Y habían visto cómo ella, por un segundo, había mirado directamente hacia donde ellos estaban escondidos.
Erin guardó los dos zapatos bajo el brazo. Sin saber por qué, habló en voz alta.
—Si alguien está ahí… devuélvame el resto.
El bosque no respondió.
Erin suspiró, dio media vuelta y volvió a la casa con los zapatos en la mano. No sabía que, a sus espaldas, doce pequeñas figuras salieron de entre los árboles y la miraron caminar hasta la puerta.
Y sonrieron. Por primera vez, no era la sonrisa idiota pintada. Era una sonrisa de verdad.
Mientras Erin caminaba de regreso a la casa, los pies se le levantaban dentro de las chanclas viejas con cada paso. Las chanclas eran grandes, gastadas, de esas que se aflojan con el uso. Sus pies se deslizaban hacia adelante y hacia atrás con cada movimiento, dejando al descubierto los talones redondos y los arcos pronunciados. La piel era blanca, suave, bien cuidada. Las uñas pintadas de un color vino oscuro, recién hechas.
Los gnomos la siguieron desde el borde del bosque, agachados entre las ramas bajas, sin hacer ruido. No podían dejar de mirar sus pies. El movimiento de los talones al apoyarse en el suelo, la forma en que los dedos se agarraban a la chancla para no perderla, la manera como el arco se estiraba y se contraía con cada pisada.
Uno de ellos, el más joven, el de la barba partida, susurró sin mover los labios:
—Miren esos pies. Qué bien los cuida.
Otro, más viejo, con la barba llena de tierra seca, respondió en el mismo tono bajo:
—Parecen suaves. Como de algodón.
—¿Será cosquilluda? —preguntó un tercero, ajustándose el gorro rojo que se le había ladeado.
Nadie supo responder. Los gnomos se miraron entre ellos, encogiendo los hombros. No tenían forma de saberlo. Erin nunca se había reído frente a ellos. Nunca había saltado ni había hecho un gesto que delatara su punto débil. Caminaba seria, concentrada, con esa cara de fiscal que había usado durante años en los tribunales.
Pero si hubieran sabido. Si hubieran tenido idea.
Erin no era una mujer normal en cuanto a las cosquillas. Era extremadamente, casi ridículamente, hipercosquilluda. Y el peor punto, el que la hacía perder el control en cuestión de segundos, eran las plantas de los pies. No soportaba que nadie las tocara. Ni un dedo, ni una pluma, ni un roce accidental. La sensación le recorría todo el cuerpo como una descarga eléctrica, la obligaba a reír sin freno, y la dejaba sin fuerzas, sin aire, sin dignidad.
Fernando lo sabía. Por eso las usaba como arma. Por eso ella las odiaba con tanta intensidad.
Los gnomos no sabían nada de eso. Solo veían unos pies bonitos, bien cuidados, con las uñas pintadas de vino, moviéndose dentro de unas chanclas viejas mientras su dueña se alejaba hacia la casa.
—Algún día lo descubriremos —dijo el gnomo de la barba partida.
Los otros asintieron en silencio.
Erin llegó a la puerta trasera, entró a la cocina y cerró con seguro. Dejó los dos zapatos sobre la mesa. El Converse y el tacón rojo, ambos del pie izquierdo, sucios, llenos de tierra. Los miró un rato, sin entender.
—Mañana vuelvo al bosque —murmuró para sí misma.
Se quitó las chanclas, las dejó junto a la puerta y se fue a la ducha. El agua caliente le corrió por los pies, y sintió un alivio inmediato. Cerró los ojos y apoyó la frente contra la pared de azulejos.
No vio la sombra pequeña que pasó por detrás de la ventana del baño.
No escuchó la risa baja que vino desde el jardín.
Pero los gnomos sí la escucharon. Y esa noche, reunidos en círculo debajo del pino más grande, hicieron un plan.
No era un plan de venganza. No era un plan de odio. Era un plan de curiosidad. Querían saber si esos pies tan cuidados, tan suaves, tan blancos, eran tan sensibles como aparentaban. Querían oírla reír. Querían ver si la fiscal que miraba con desprecio los gnomos de su jardín era capaz de perder el control con algo tan simple como una pluma y un poco de paciencia.
El gnomo de la barba partida, el que parecía llevar la voz principal, levantó la mano para pedir silencio.
—No la vamos a lastimar —dijo—. Solo vamos a jugar un poco. Como ella juega con sus plantas, moviéndonos de un lado a otro sin pedir permiso.
Los otros asintieron.
—Pero primero —continuó—, tenemos que recuperar el resto de los zapatos. Los escondimos muy bien. Tal vez demasiado bien.
Los gnomos rieron bajito, con esa risa seca que sonaba a castañuelas de madera. Después se fueron desapareciendo entre los árboles, uno por uno, hasta que solo quedó el círculo de pasto aplastado bajo el pino.
Adentro de la casa, Erin se secó el pelo con una toalla, se puso el pijama gris y se acostó. Miró la ventana. La cortina estaba abierta. Alcanzó a ver la oscuridad del jardín y más allá, el bosque negro.
Cerró la cortina. Apagó la luz.
En la oscuridad, sin que ella lo supiera, doce pares de ojos grises la miraban desde el otro lado del vidrio.
Pasaron las horas. La noche se volvió profunda, de esas que solo se dan en medio del bosque, sin luces de ciudad, sin ruido de carros, sin nada más que el viento moviendo las ramas de los pinos.
Erin durmió profundo. La cobija la cubría por completo, subida hasta la barbilla, de modo que solo se le veía la cabeza apoyada en la almohada. El cabello negro extendido sobre la funda blanca. La respiración lenta y pareja.
Los doce gnomos entraron a la habitación por la ventana. No hicieron ruido. No necesitaban hacerlo. Sus pies pequeños y duros apenas rozaban el piso de madera. Se movieron entre las sombras como si hubieran nacido en ellas.
Se reunieron alrededor de la cama, justo donde la luz de la luna no llegaba. Desde ahí podían ver la cabeza de Erin, pero nada más. El resto del cuerpo desaparecía bajo la cobija.
—Está toda tapada —susurró uno de los más jóvenes, con un hilo de voz tan agudo que solo otro gnomo podía escucharlo.
—No se le ven los pies —dijo otro.
—¿Cómo vamos a saber si es cosquilluda si no podemos verlos?
Los gnomos se miraron entre ellos. Algunos se rascaron la barba. Otros se ajustaron los gorros rojos, pensativos. El problema era claro: no podían verificar nada si Erin seguía arropada.
Fue entonces cuando habló el más viejo. No era el de la barba partida. Era otro, más pequeño en tamaño pero con una barba larga y blanca que le llegaba hasta la cintura. Sus ojos grises tenían un brillo distinto, más calmado, más antiguo. Los demás gnometes se callaron cuando él abrió la boca.
—Hay que destaparla —dijo, con la misma voz aguda pero firme—. Solo los pies. No hace falta más.
—¿Y si se despierta? —preguntó uno.
—No se va a despertar. Duerme hondo. Además…
El gnomo viejo hizo una pausa. Sacó de entre sus ropas un hilo brillante, casi invisible, que parecía hecho de telaraña y luz de luna. Lo mostró a los demás.
—…vamos a usar esto.
Los otros gnomos abrieron los ojos. Alguno silbó bajito. Reconocieron el nudo mágico. Era un tejido que ellos mismos habían aprendido a hacer generaciones atrás, un amarre invisible que solo ellos podían ver y deshacer. No dolía. No dejaba marca. Pero era más fuerte que cualquier cuerda, y quien lo llevaba puesto no podía moverse hasta que ellos decidieran lo contrario.
Uno a uno, los gnomos subieron a la cama. Caminaron sobre la cobija con pasos diminutos, sintiendo el calor del cuerpo de Erin por debajo de la tela. Llegaron hasta la parte baja de la cama, justo donde terminaba la cobija.
Con cuidado, moviendo la tela milímetro a milímetro, fueron destapando los pies de Erin.
Aparecieron primero los dedos. Después el empeine. Después el arco. Después el talón.
Ahí estaban. Completos. Suaves. Vulnerables.
Los pies de Erin descansaban uno junto al otro, relajados, con las uñas pintadas de vino brillando tenuemente bajo la luz de la luna. La piel blanca se veía aún más blanca en contraste con las sábanas grises.
Los gnomos se quedaron mirando en silencio. Alguno tragó saliva. Otro sonrió.
El gnomo viejo se arrodilló sobre la cobija, tomó el hilo invisible con sus dedos pequeños y comenzó a atar. Pasó el hilo alrededor del tobillo derecho, una vez, dos veces, tres. Hizo un nudo que brilló un instante y luego desapareció. Repitió la operación con el tobillo izquierdo.
Cuando terminó, los pies de Erin estaban amarrados a la cama. Ella no sentía nada. No veía nada. No sabía que algo la sujetaba. Pero si intentaba mover los pies en ese momento, no podría.
Los gnomos se apartaron un paso para admirar su trabajo. Los dos pies, ahora inmóviles, esperando. Sin que Erin tuviera la menor idea de lo que acababa de pasar.
—Ahora —susurró el gnomo viejo—. Ahora solo nos queda esperar a que despierte.
Los once asintieron en la oscuridad. Y se sentaron en círculo alrededor de los pies de Erin, en silencio, mirando, esperando.
Ella seguía durmiendo. Profundo. Sin saber lo que sus pequeños visitantes le habían preparado.
Pero los más jóvenes no pudieron esperar.
Eran tres, tal vez cuatro, los que llevaban minutos mirando fijo las plantas de esos pies blancos y suaves. Los dedos de los gnomos se movían solos, como si ya estuvieran practicando en el aire. La excitación les hormigueaba en las puntas de las manos.
—Solo un poquito —susurró uno.
—Mientras duerme —dijo otro.
—No va a despertarse —agregó un tercero.
El gnomo viejo los miró con severidad, pero no dijo que no. Tal vez él también sentía curiosidad. Tal vez quería ver qué pasaba.
El más joven de todos, el de la barba recién asomando, fue el primero. Se acercó de rodillas sobre la cama, estiró sus dos manitas y posó los dedos sobre la planta del pie derecho de Erin.
Empezó a moverlos. Rápido. Muy rápido. Sus dedos pequeños, duros, llenos de callos de tierra, bailaron sobre la piel blanca como si estuvieran tocando un piano invisible.
El pie de Erin reaccionó al instante. Los dedos del pie se apretaron, se encogieron, y la planta se arrugó intentando escapar del cosquilleo. Pero el nudo mágico sujetaba el tobillo. El pie no podía irse a ningún lado. Solo retorcerse en el mismo lugar.
Los otros jóvenes no pudieron contenerse. Dos más se acercaron al pie izquierdo. Uno comenzó con movimientos circulares en el talón. El otro atacó el arco con movimientos rápidos de arriba abajo.
Las plantas de Erin se movían sin parar. Los dedos de los pies se abrían y se cerraban como si estuvieran agarrando algo invisible. Los arcos se estiraban y se arrugaban alternativamente, tratando de protegerse. Los talones giraban hacia los lados.
Los gnomos más viejos vieron la escena y se miraron entre ellos. Uno alzó una ceja. Otro sonrió por debajo de la barba. Y sin decir una palabra, se unieron.
Primero el de la barba partida, que se puso de rodillas junto al pie derecho y agregó sus diez dedos al ataque. Luego el de la barba larga, que se ubicó en los dedos del pie izquierdo. Después el de la barba sucia, y el del gorro rojo descosido, y el del ojo más pequeño.
En menos de un minuto, los doce gnomos estaban sobre los pies de Erin. Cada uno con sus diez dedos pequeños y rápidos. Ciento veinte dedos diminutos moviéndose al mismo tiempo sobre las dos plantas de los pies.
El cosquilleo era masivo, constante, imposible de ignorar.
Los pies de Erin se movían como si tuvieran vida propia. Se retorcían hacia la izquierda y hacia la derecha. Los dedos se apretaban con fuerza y después se abrían de golpe. Las plantas se arrugaban formando pliegues profundos y luego se estiraban completamente lisas. Era un baile involuntario, un espasmo continuo, una huida imposible.
Pero Erin no despertaba.
Su cabeza seguía apoyada en la almohada. Los ojos cerrados. La respiración, antes lenta y pareja, ahora era más rápida, entrecortada. Sus labios se movían un poco, como si estuviera murmurando algo en sueños. Tenía las manos cerradas sobre la cobija, apretando la tela.
Los gnomos la miraban mientras sus dedos no paraban. Veían cómo su cara se contraía ligeramente. Cómo fruncía el ceño. Cómo una pequeña sonrisa nerviosa aparecía y desaparecía de sus labios.
—Está soñando —susurró uno de los gnomos jóvenes, sin dejar de mover los dedos sobre el talón izquierdo.
—Sí —respondió el viejo—. Sueña que le hacen cosquillas en los pies.
—¿Y no se despierta?
—Todavía no.
Los dedos siguieron moviéndose. Ciento veinte puntos de cosquillas recorriendo cada centímetro de las plantas. Los pies de Erin seguían retorciéndose, apretándose, huyendo sin moverse del lugar.
Ella siguió durmiendo.
Soñaba que estaba en un campo de flores, descalza, y que la tierra bajo sus pies se movía sola, haciendo cosquillas, mientras ella reía sin poder parar. En el sueño, Fernando no estaba. Los gnomos tampoco. Solo ella, el campo, y una risa que no podía controlar.
En la vida real, sus pies seguían retorciéndose bajo los dedos de los doce pequeños visitantes. Y los gnomos, por primera vez, supieron algo que antes solo sospechaban.
Los pies de Erin eran cosquilludos. Mucho más de lo que habían imaginado.
Los doce gnomos siguieron moviendo sus dedos sobre las plantas de los pies por un largo rato. Ciento veinte dedos diminutos no se cansaban. Rotaban posiciones, cambiaban la velocidad, alternaban entre movimientos circulares y líneas rectas. Los pies de Erin seguían retorciéndose en su prisión invisible, apretando y estirando los dedos, arrugando y alisando las plantas.
Pero ella seguía dormida.
Uno de los gnomos más jóvenes, el de la barba recién asomando, levantó la vista hacia el gnomo viejo.
—¿Podemos hacer que despierte? —preguntó en voz baja, casi tímido.
El gnomo viejo dejó de mover los dedos por un momento. Miró a Erin. Su cara en el sueño seguía tensa, con esa sonrisa nerviosa que aparecía y desaparecía. La respiración ya no era pareja. Estaba al borde.
—Sí —respondió el viejo—. Podemos.
Los otros gnomos disminuyeron la velocidad de sus dedos, solo un poco, para escuchar.
—Yo puedo hacer que despierte —continuó el viejo—. Solo con chasquear los dedos. Es un truco viejo. Rompe el trance en el que está. Pero cuando despierte…
Hizo una pausa. Sus ojos grises brillaron.
—Cuando despierte, va a sentir todo. Todo lo que hemos estado haciendo. En tiempo real. Sin el sueño que la amortiguaba. Y probablemente… va a estallar en carcajadas.
Los gnomos jóvenes abrieron los ojos. Alguno sonrió. Otro se lamió los labios sin darse cuenta.
—¿Qué esperamos? —dijo el de la barba partida.
—Hazlo —agregó otro.
—Hazlo —dijo un tercero.
Pronto todos los gnomos, uno tras otro, repitieron la misma palabra en un susurro agudo que apenas se escuchaba.
—Hazlo. Hazlo. Hazlo.
El gnomo viejo levantó una mano para pedir silencio. Los once se callaron al instante.
Se incorporó sobre la cama, se puso de rodillas frente a la cabeza de Erin, y levantó su mano derecha. Los dedos pequeños y arrugados por los años se juntaron en un pellizco.
Chasqueó.
El sonido fue seco, corto, como una ramita que se quiebra en el bosque. Pero tuvo algo distinto. Algo que no era solo ruido. Era como si una pequeña onda de aire se expandiera desde sus dedos y cruzara la habitación.
Los ojos de Erin se abrieron.
Despertó por completo. No poco a poco, no con esa lentitud de quien sale de un sueño profundo. Despertó de golpe, como si alguien la hubiera sacudido.
Y entonces sintió todo.
El cosquilleo masivo, constante, implacable en las plantas de sus pies. Los dedos pequeños moviéndose rápidamente sobre cada centímetro de su piel. El talón, el arco, el empeine, justo debajo de los dedos. Todo al mismo tiempo.
Erin soltó una carcajada. No una risa contenida, no una sonrisa nerviosa. Una carcajada verdadera, de esas que salen del pecho sin permiso y no se pueden detener.
—¡No! —alcanzó a decir entre risas—. ¿Qué…?
Bajó la mirada hacia sus pies. Los vio moviéndose solos. Los dedos se apretaban y se abrían. Las plantas se arrugaban y se estiraban. Los talones giraban hacia los lados como si intentaran escapar de algo.
Pero no veía nada. No veía las manos pequeñas, no veía los dedos, no veía a los gnomos. Solo veía sus propios pies retorciéndose sin control sobre la cama.
Intentó levantarse. Puso las manos sobre la cama para incorporarse, pero algo la sujetaba. Algo invisible pero firme la mantenía inmovilizada. No podía juntar las piernas. No podía llevar los pies hacia su cuerpo. No podía hacer nada más que reír.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó entre carcajadas.
Los gnomos no respondieron. No podían. Estaban demasiado concentrados en su tarea. Ciento veinte dedos seguían moviéndose sobre sus pies, y ahora que Erin estaba despierta, ahora que podía oírla reír, los gnomos se sintieron más animados que nunca.
El de la barba partida sonrió mientras sus dedos atacaban el arco del pie izquierdo.
El más joven movía sus manos como un loco sobre el talón derecho.
El gnomo viejo, desde su posición junto a la cabecera, observaba todo en silencio. No necesitaba tocar. Su trabajo ya estaba hecho.
Erin reía sin parar. Las carcajadas le salían una tras otra, sin tiempo para respirar entre medio. Tenía los ojos llorosos. La cara roja. La cobija se le había resbalado hasta la cintura y el pijama gris se le había torcido con los movimientos.
—¡Por favor! —gritó riendo—. ¡No puedo más!
Pero no sabía a quién le estaba pidiendo. No veía a nadie. Solo sentía.
Los gnomos siguieron. No pararon.
Y Erin siguió riendo, atada sin saberlo, con los pies bailando solos bajo el ataque de ciento veinte dedos invisibles.
El ataque no se detuvo.
Los doce gnomos seguían moviendo sus dedos sobre las plantas de Erin como si fueran músicos tocando una sinfonía que solo ellos podían escuchar. Los más jóvenes habían aumentado la velocidad. Los más viejos habían encontrado ritmos que hacían reír aún más fuerte. El arco, el talón, el empeine, justo debajo de los dedos, los costados de los pies. Cada centímetro de piel era atacado sin piedad.
Erin reía.
No una risa educada. No una risa de compromiso. Una risa enorme, descontrolada, de esas que duelen en el estómago y dejan sin aire. Las carcajadas salían de su pecho una tras otra, sin descanso, sin permiso.
—¡JAJAJAJAJA! —reía, con la boca abierta, los ojos cerrados a la fuerza—. ¡NO PUEDO! ¡JAJAJAJAJA!
Los pies se le movían como locos. Los dedos se apretaban con tanta fuerza que las uñas pintadas de vino brillaban bajo la luz de la luna. Las plantas se arrugaban formando pliegues profundos y después se estiraban por completo, pero los dedos de los gnomos seguían ahí, siempre ahí, encontrando cada espacio, cada pliegue, cada rincón sensible.
Erin intentó sentarse otra vez. Quería agarrar sus pies con las manos, quería protegerse, quería hacer que parara. Pero no podía. El nudo mágico la mantenía inmovilizada. Sus piernas no respondían. Sus brazos la sostenían a medias, temblando por la risa.
—¡JAJAJAJAJAJA! —reía, y su voz se escuchaba en toda la casa.
Pero la casa estaba en medio de la nada. No había vecinos. No había transeúntes. No había nadie que pudiera escucharla. Solo el bosque, los pinos, la tierra y la noche oscura que rodeaba la propiedad.
Erin reía sola. Rodeada de seres que no podía ver. En una casa aislada, lejos de la ciudad, lejos de todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJA!
Los gnomos se miraban entre ellos mientras seguían atacando. Alguno sonreía. Otro movía la cabeza al ritmo de las carcajadas. El más joven no podía contener la emoción y movía sus dedos aún más rápido, como si cada risa de Erin fuera un premio.
El gnomo viejo observaba desde la cabecera. No reía. No sonreía. Solo miraba. Y pensaba.
Ella no sabe que somos nosotros, se dijo. No nos ve. No sabe qué le está pasando. Solo siente las cosquillas y ríe.
Erin arqueó la espalda sobre la cama. Las carcajadas se le estaban volviendo más agudas, más entrecortadas. Le faltaba el aire. Pero los gnomos no paraban.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —reía ella, y las lágrimas ya le corrían por las mejillas.
La noche seguía oscura afuera. La luna se escondió detrás de una nube. La casa quedó a oscuras.
Solo se escuchaba la risa de Erin.
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
Y así como empezó, se acabó.
Sin aviso. Sin una última carcajada que sirviera de cierre. Simplemente, el cosquilleo cesó.
Erin sintió cómo los dedos diminutos dejaban de tocar sus pies. Todos al mismo tiempo. Como si un interruptor se hubiera apagado.
El gnomo viejo había levantado la mano. Los once gnomos detuvieron sus dedos al instante. No hicieron ruido al retirarse. No hablaron. No se despidieron.
El que estaba en los talones soltó el pie derecho. El del arco izquierdo retiró sus manos. Los jóvenes, a pesar de las ganas de seguir, obedecieron sin chistar. En menos de diez segundos, los doce gnomos habían saltado de la cama y cruzado la habitación en silencio. El gnomo viejo, el último en irse, chasqueó los dedos nuevamente sobre los tobillos de Erin. El nudo mágico se deshizo. Invisible, suave, sin dejar rastro.
Desaparecieron por la ventana como sombras.
Erin se quedó tendida en la cama, respirando con dificultad. Las carcajadas se fueron convirtiendo en jadeos, los jadeos en suspiros profundos, los suspiros en un silencio tembloroso. Tenía la cara mojada por las lágrimas. La remera del pijama empapada en sudor. El cabello pegado a las mejillas.
Sus pies aún hormigueaban. Las plantas le ardían como si hubiera caminado descalza sobre arena caliente.
Movió un dedo. Luego otro. Luego dobló una rodilla. El nudo ya no estaba. Podía moverse.
Erin se sentó en la cama de golpe, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Miró sus pies. Estaban rojos, ligeramente inflamados en los talones, con las marcas de los dedos que no había visto. Los movió. No sentía dolor. Solo ese hormigueo raro, como si la piel todavía recordara el cosquilleo.
Se levantó. Las piernas le temblaban un poco. Caminó hasta el interruptor de la luz y lo encendió.
La habitación se iluminó. Vacía. No había nadie. Solo ella, la cama revuelta, y la cobija tirada en el suelo.
Erin salió al pasillo. Prendió la luz del baño. Vacío. Prendió la luz de la sala. Vacío. Bajó las escaleras descalza, sintiendo cada escalón frío bajo sus plantas sensibles. Llegó al primer piso y comenzó a encender todas las luces una por una. La cocina. El comedor. La despensa. El cuarto de lavado. La entrada.
Toda la casa quedó iluminada como si fueran las doce del mediodía.
Erin se detuvo en medio de la sala, con los brazos caídos a los lados, la respiración aún agitada. Miró el reloj de pared que había dejado el dueño anterior. Las manecillas marcaban las 4:30 de la mañana.
Afuera, el cielo empezaba a cambiar. El negro profundo se volvía azul oscuro en el horizonte. Y entre los pinos, las primeras aves del día comenzaron a cantar. Un trino lejano, luego otro más cerca, luego varios al mismo tiempo. El bosque despertaba.
Erin caminó hasta la puerta trasera. Revisó el seguro. Estaba puesto. Fue a la puerta principal. Seguro puesto. Revisó las ventanas de la sala. Todas cerradas con seguro. La ventana de la cocina. Seguro puesto. La del baño. Seguro.
Todas las puertas. Todas las ventanas. Cerraron desde adentro.
Nadie había entrado.
Nadie había salido.
Y sin embargo, alguien o algo le había hecho cosquillas en los pies durante quién sabe cuánto tiempo. Alguien o algo la había inmovilizado. Alguien o algo la había hecho reír hasta llorar.
Erin se apoyó contra la pared de la cocina, sintiendo el frío de los azulejos en la espalda. Miró sus pies otra vez. Las uñas pintadas de vino seguían perfectas. Los dedos ya no temblaban. Pero las plantas… las plantas aún recordaban.
Apoyó un pie sobre el empeine del otro, como si quisiera protegerlo.
—¿Qué pasó anoche? —dijo en voz alta.
La casa no respondió.
Pero en el jardín, detrás de la puerta trasera, doce pequeñas figuras sentadas en círculo debajo del pino más grande también miraban el amanecer.
El gnomo viejo habló primero.
—Ya lo sabemos.
Los otros asintieron.
—Es cosquilluda —dijo el de la barba partida.
—Muy cosquilluda —agregó el más joven.
El gnomo viejo miró hacia la casa. Vio una luz encenderse en la cocina. Vio la silueta de Erin a través de la ventana, apoyada contra la pared, mirando sus pies.
—Mañana —dijo el viejo— la visitamos otra vez.
Los once asintieron en silencio.
Y esperaron.
La mañana llegó con un sol claro que entraba por todas las ventanas. Erin se despertó en el sillón de la sala, donde se había quedado dormida después de revisar cada rincón de la casa. El cuello le dolía por la mala posición. Los pies aún le hormigueaban.
Se levantó, estiró los brazos y miró el reloj. Las 7:30. Afuera los pájaros cantaban sin preocuparse por lo que había pasado esa noche.
Erin decidió no pensar en eso. No podía explicarlo, así que lo mejor era seguir con su rutina. Eso hacían los fiscales cuando no tenían pruebas: seguir con lo que sí podían controlar.
Entre las 8 y las 10 de la mañana hizo sus labores de la casa. Barrió la cocina, limpió el polvo de los muebles, ordenó la ropa que había dejado sobre la silla. Nada fuera de lo normal. La casa empezaba a sentirse como suya.
A eso de las 10:30, con las tareas hechas, sintió calor. El sol ya pegaba fuerte en el patio trasero. Se fue a la cocina, sacó una jarra de vidrio, exprimió varios limones, agregó agua, azúcar y una ramita de hierbabuena que había crecido sola junto a la puerta. Revolvió bien, probó, y asintió satisfecha.
Se cambió para salir al jardín. Shorts deportivos negros, una camisilla tipo esqueleto de manga ancha que dejaba los hombros y los brazos al aire. Y las chanclas de tres puntas, esas que solo tienen una tira fina que pasa entre los dedos y deja el pie completamente al descubierto. Talón, arco, empeine, dedos. Todo visible. Todo vulnerable.
Erin no pensó en eso. Solo quería estar cómoda.
Cargó la jarra de limonada, un vaso y una silla plegable. Salió al patio trasero y colocó la silla en el lugar donde el sol pegaba mejor pero con un poco de sombra. Se sentó, se sirvió un vaso de limonada y estiró las piernas. Las chanclas dejaban ver sus pies completos. Las uñas pintadas de vino brillaban bajo el sol. Los arcos se marcaban al descansar los pies en el suelo.
Cerró los ojos y tomó su bebida. El viento movía las ramas de los pinos.
Lo que Erin no sabía era que, desde el borde del bosque, tres gnomos jóvenes la estaban mirando.
Eran los más inquietos de los doce, los que menos podían dormir durante el día. Mientras los gnomos más viejos descansaban en una madriguera improvisada bajo las raíces del pino más grande, preparando la faena para esa noche, estos tres se habían escapado a observar.
Se habían escondido detrás de un tronco caído, justo donde la sombra del bosque se encontraba con el pasto del jardín. Desde ahí tenían una vista perfecta de Erin.
—Mira —susurró el más joven—. Se puso las chanclas esas.
—Se le ven todos los pies —dijo otro.
—Tal como anoche. Pero con sol.
Los tres se quedaron callados un momento, viendo cómo Erin movía los pies al ritmo de la música imaginaria que solo ella escuchaba en su cabeza. Los dedos se movían un poco. Los talones se levantaban y apoyaban. Las plantas se estiraban.
—¿Creen que sepa que estamos aquí? —preguntó uno.
—No —respondió el más joven—. Nos ve, pero no nos ve. No sabe que existimos de verdad.
—El viejo dijo que esta noche volvemos —recordó otro.
—Lo sé. Pero yo quería verla antes.
Los tres asintieron, como si eso fuera razón suficiente. Se acomodaron mejor detrás del tronco, apoyaron sus barbillas en la madera podrida, y siguieron mirando.
Erin tomó otro sorbo de limonada. Cruzó un pie sobre la rodilla contraria y empezó a revisarse las uñas. Pasó un dedo por el borde de una, la alisó, la miró contra el sol.
Los gnomos jóvenes contuvieron la respiración. Veían sus dedos de cerca, aunque estaban a varios metros de distancia. La piel blanca. Las uñas brillantes. La forma en que arqueaba el pie al estirar los dedos.
Uno de ellos, el más inquieto, movió sus propias manos como si ya estuviera practicando.
—Esta noche —susurró.
—Esta noche —repitieron los otros dos.
Y siguieron mirando, invisibles, mientras Erin bebía su limonada sin saber que tres pares de ojos grises no la perdían de vista ni un segundo.
Pasó media hora. El sol subió un poco más. Erin terminó su primer vaso de limonada y se sirvió otro. Los pies seguían al aire, moviéndose de vez en cuando, cruzando una pierna, estirando la otra.
Dos de los tres gnomos jóvenes se aburrieron de mirar. El sueño de la mañana les pesaba en los párpados. Recordaron que los viejos estaban descansando en la madriguera bajo el pino, preparándose para la noche.
—Me voy a dormir —dijo uno, bostezando con la boca chica.
—Yo también —dijo el otro—. El viejo dijo que había que descansar para esta noche.
Se levantaron de detrás del tronco, dieron media vuelta y empezaron a caminar hacia el bosque. Pero al girar para ver si su compañero los seguía, se dieron cuenta de que no.
El más travieso de los tres seguía ahí. Agachado. Mirando hacia la silla de Erin.
—¿Vienes? —preguntó uno en voz baja.
El gnomo travieso negó con la cabeza. No dijo nada. Solo movió los labios en un gesto que sus compañeros conocían bien: ese gesto de «yo sé lo que hago».
Los otros dos se miraron entre ellos. Uno encogió los hombros. El otro puso los ojos en blanco. No valía la pena discutir. El travieso siempre hacía lo que quería.
—Allá tú —susurró uno.
—No te vayan a ver —agregó el otro.
Y se metieron en el bosque, hacia la madriguera, dejando a su amigo solo.
El gnomo travieso esperó unos segundos. Miró hacia la casa. Miró hacia el bosque. Miró hacia Erin.
Ella estaba recostada en la silla plegable, con los ojos entrecerrados, disfrutando el sol en la cara. Tenía el vaso de limonada apoyado en el brazo de la silla. Los pies descansaban en el suelo, separados, estables.
El gnomo tragó saliva. Agachó la cabeza y caminó rápido, en silencio, con pasos cortos y firmes. Cruzó el pasto. Pasó por un lado de las macetas. Llegó hasta la silla.
Se metió debajo.
El espacio era justo. La silla plegable tenía un armazón de metal con una lona tensada. Debajo, apenas había unos quince centímetros de altura. El gnomo se acurrucó, dobló las rodillas contra el pecho, y se quedó completamente inmóvil. Desde fuera, nadie podía verlo. El sol proyectaba sombras que lo ocultaban aún más.
Erin no notó nada. Siguió bebiendo su limonada.
Pero el gnomo, sin querer, al acomodarse bajo la silla, movió la cabeza. La punta de su gorro rojo, larga y terminada en un borlón, se deslizó hacia arriba. Justo donde la lona de la silla se encontraba con el asiento.
El borlón del gorro tocó a Erin.
No en los pies. No en los tobillos. Sino en el trasero, justo donde el short deportivo se ajustaba a la curva de la silla. Un roce suave, mínimo, casi imperceptible.
Pero suficiente.
Erin soltó un grito. No fue un grito de dolor. Fue un grito corto, agudo, seguido inmediatamente de una carcajada involuntaria. El roce en esa zona, aunque no fuera una zona típica de cosquillas, la había tomado por sorpresa.
—¡Ah! —exclamó, riendo—. ¿Qué…?
Se levantó de la silla de un salto. El vaso de limonada cayó al suelo. La jarra tambaleó pero no se volcó. Erin se puso de pie, con los brazos pegados al cuerpo, mirando hacia abajo, hacia la silla, hacia el pasto.
No vio nada.
El gnomo travieso se había acurrucado aún más, si eso era posible. Tenía los ojos cerrados con fuerza y las manos apretadas contra la boca para no hacer ruido. Su corazón pequeño latía tan rápido que él mismo podía sentirlo en las puntas de los dedos. Pensó que lo iban a descubrir. Pensó que Erin iba a levantar la silla y verlo ahí, acurrucado, con la punta del gorro todavía húmeda del roce.
Pero Erin no levantó la silla. Solo se quedó parada, respirando rápido, pasándose una mano por el short como si hubiera sentido un insecto.
—¿Una abeja? —se preguntó en voz alta—. ¿Una rama?
Miró alrededor. No había nada.
Mientras tanto, los dos gnomos jóvenes que se habían ido hacia el bosque escucharon el grito desde la distancia. Se detuvieron en seco. Giraron la cabeza.
—Lo van a descubrir —dijo uno.
—Debemos volver —dijo el otro.
Pero no volvieron. El miedo los mantuvo paralizados en el borde del bosque, mirando hacia la silla, esperando ver a su amigo salir corriendo o a Erin agachándose para atraparlo.
Erin se agachó. Ellos contuvieron la respiración.
Erin recogió el vaso del suelo. Lo apoyó en la silla. Miró debajo de la silla de reojo.
No vio nada.
El gnomo travieso estaba pegado al suelo, plano como una hoja, con el gorro aplastado contra la tierra. No se movió ni un milímetro.
—Raro —murmuró Erin.
Se sentó de nuevo en la silla. Esta vez más tiesa, más alerta. Los pies ya no los apoyó en el suelo. Los cruzó debajo de la silla, levantados, sin tocar el pasto.
El gnomo travieso, desde su escondite, veía ahora los pies de Erin suspendidos en el aire a centímetros de su cara. Los talones, los arcos, los dedos con las uñas pintadas de vino. Tan cerca que podía ver las líneas de la piel, la textura de los empeines, la suavidad de los talones.
Abrió los ojos. Movió los labios en una sonrisa silenciosa.
No lo habían descubierto. Aún.
Los otros dos gnomos, desde el borde del bosque, vieron que Erin volvía a sentarse y que su amigo no salía corriendo. Se relajaron un poco. Uno le hizo una seña al otro y señaló hacia la madriguera. Era mejor ir a dormir. Lo que pasara después, ya no era asunto suyo.
Se metieron en el bosque y desaparecieron entre los pinos.
Bajo la silla, el gnomo travieso se quedó solo. Mirando los pies de Erin. Esperando.
El gnomo travieso no era el más fuerte ni el más grande. Tampoco el que tenía la barba más larga o la voz más grave. Pero tenía algo que los otros no tenían: una obsesión por entender cómo funcionaban las cosas.
Había visto al gnomo viejo hacer el nudo mágico esa noche en la habitación. Había observado cada movimiento de sus dedos arrugados, cada giro de la muñeca, cada vez que el hilo invisible brillaba antes de desaparecer. Los otros gnomos jóvenes solo habían visto el resultado. Él había visto el proceso.
Y lo había descifrado.
Bajo la silla, mientras Erin se recostaba otra vez con los pies cruzados en el aire, el gnomo travieso sacó de entre sus ropas un pedazo de hilo brillante. No era tan largo como el del viejo, ni tan grueso. Pero servía. Había estado guardándolo durante días, esperando el momento.
No esperó más.
Con movimientos lentos y precisos, el gnomo travieso estiró el hilo alrededor del tobillo derecho de Erin. Dio dos vueltas. Una tercera. Luego un nudo que brilló un instante y desapareció. Repitió la operación en el tobillo izquierdo. Luego pasó el hilo por las patas de la silla, una vez, dos veces, asegurando.
El nudo estaba hecho.
Erin no sintió nada. Siguió con los pies en el aire, moviendo los dedos distraídamente, pensando en qué iba a almorzar.
Quince minutos después, decidió estirar las piernas. Quería apoyar los pies en el suelo, recostarse bien, quizás cerrar los ojos un rato.
Empujó los pies hacia adelante.
No se movieron.
Empujó más fuerte. Nada. Los tobillos no respondían. Las piernas se estiraban, pero los pies se quedaban donde estaban, como si estuvieran pegados a algo.
Erin frunció el ceño. Miró hacia abajo. Vio sus pies suspendidos en el aire. No vio nada que los sujetara. No había cuerdas, no había cintas, no había manos visibles. Pero no podía moverlos.
—¿Qué…? —murmuró.
Intentó otra vez. Movió todo el cuerpo hacia adelante, tirando con fuerza. La silla crujió, pero los pies no se movieron ni un milímetro.
Erin sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Recordó la noche anterior. Los pies inmovilizados. Las cosquillas. La risa.
—No —dijo en voz baja—. No otra vez.
Debajo de la silla, el gnomo travieso sonrió. Había logrado. El nudo funcionaba. Era más débil que el del viejo, pero funcionaba.
Erin empezó a moverse inquieta en la silla, tratando de soltarse, de encontrar una posición que le diera ventaja. Pero el nudo era invisible. No podía verlo, no podía tocarlo, no podía deshacerlo.
El gnomo travieso no esperó más.
Estiró sus dos manitas. Sus dedos pequeños, rápidos, llenos de energía contenida durante horas de espera. Los posó sobre la planta del pie derecho de Erin.
Y comenzó.
Movió los dedos sobre el arco con una velocidad que ni él mismo sabía que tenía. Arriba y abajo. Circulitos en el talón. Rayitas en el empeine. Cambiaba de ritmo, cambiaba de zona, cambiaba de presión.
Errin sintió el contacto y supo. No había duda. Las cosquillas habían vuelto.
—¡NO! —alcanzó a gritar—. ¡OTRA VEZ NO!
Pero fue lo último que dijo con claridad.
Porque inmediatamente después, las carcajadas estallaron desde lo más profundo de su pecho. Una risa enorme, descontrolada, idéntica a la de la noche anterior. Los brazos se le fueron hacia los lados. La cabeza se le echó hacia atrás. La boca se le abrió y de ahí no pararon de salir carcajadas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El gnomo travieso no se detuvo. Movía los dedos sobre el pie derecho con una ferocidad juguetona, explorando cada centímetro de la planta. El arco, el talón, justo debajo de los dedos, los costados del pie. Todo era territorio de cosquillas.
Erin se retorcía en la silla. Intentaba juntar los pies, pero el nudo los mantenía separados. Intentaba agarrar algo con las manos, pero solo alcanzaba el aire. Intentaba pedir ayuda, pero la risa no la dejaba formar palabras completas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El gnomo travieso, emocionado, agregó la otra mano. Ahora los diez deditos atacaban el mismo pie. El pie derecho. El que tenía el arco más pronunciado, el talón más suave, los dedos más sensibles.
Las carcajadas de Erin se volvieron más agudas, más entrecortadas. Las lágrimas ya le corrían por las mejillas. El short se le había torcido. La camisilla tipo esqueleto se le había subido un poco por la cintura. No le importaba. Solo podía reír.
El patio se llenó de su risa. Era un sonido fuerte, claro, inconfundible. Subía por las paredes de la casa, rebotaba en los árboles, se metía por las ventanas abiertas.
Y siguió avanzando. Cruzó el límite del jardín, pasó por encima de la maleza, entró al bosque. Entre los pinos, el eco de las carcajadas de Erin se colaba como un viento caliente.
Dentro de la madriguera bajo el pino más grande, los gnomos viejos abrieron los ojos. Escucharon. Reconocieron esa risa.
El gnomo de la barba partida levantó la cabeza.
—¿Esa no es…?
—Sí —dijo el gnomo viejo, sin moverse de donde estaba acostado—. Es ella.
—¿Pero cómo? Si estamos todos aquí.
El gnomo viejo no respondió. Cerró los ojos. Pero una pequeña sonrisa se asomó por debajo de su barba blanca.
En otro rincón de la madriguera, los dos gnomos jóvenes que habían vuelto al bosque se miraron entre ellos. Sabían quién faltaba. Sabían quién era el único capaz de hacer algo así a plena luz del día.
El más travieso.
Afuera, en el patio, bajo la silla, el gnomo travieso seguía moviendo los dedos sin parar. Y Erin seguía riendo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La risa se metió más adentro del bosque. Llegó a los troncos más profundos, a las raíces más viejas, a los lugares donde la luz del sol no llegaba nunca. El bosque entero escuchó a Erin reír.
Y el gnomo travieso, por primera vez en su vida, se sintió orgulloso.
El gnomo travieso no se conformó con atacar desde abajo. Quería más. Quería tener acceso completo a esos pies que había estado mirando durante horas.
Salió de debajo de la silla, rodeó las patas metálicas y se subió a los pies de Erin. Se sentó sobre el empeine derecho, con las piernas cruzadas, como si fuera un jinete en un caballo diminuto. Desde ahí podía alcanzar cada rincón: los dedos, los espacios entre ellos, la unión de los dedos con la planta, el arco completo, el talón, los costados del pie. Nada quedaba fuera de su alcance.
Sus dedos se movían como un enjambre. Rápidos, insistentes, juguetones.
Erin reía sin control. Las carcajadas salían de ella en oleadas que parecían no tener fin. Pero la sensación cambió. No era más intensa, no. Era más amplia. El gnomo travieso era bueno, pero era uno solo.
Hasta que escuchó pasos diminutos corriendo sobre el pasto.
Los gnomos viejos habían salido de la madriguera. El gnomo de la barba partida venía al frente. Detrás de él, los demás. El gnomo viejo caminaba al final, con calma, como quien ya sabe lo que va a encontrar.
—Corran —dijo el gnomo viejo con voz tranquila—. Únanse al travieso.
No hicieron falta más palabras. Los once gnomos cruzaron el jardín a toda velocidad. Subieron a los pies de Erin como si fueran una montaña diminuta. Se posicionaron en cada zona: dos en cada talón, tres en los arcos, dos en los empeines, dos en los dedos, uno en los costados.
Los doce gnomos estaban ahí. A plena luz del día. Sobre los pies de Erin. Ciento veinte dedos moviéndose al mismo tiempo.
El ataque se volvió masivo.
Erin sintió cosquillas en cada centímetro de sus pies. Al mismo tiempo. Sin pausa. Sin respiro. Los dedos de los gnomos no se detenían. Había unos que hacían círculos, otros que garabateaban líneas rectas, otros que alternaban entre rápidos y lentos, otros que atacaban los mismos puntos una y otra vez.
Las piernas de Erin se sacudían. Los pies intentaban huir, pero el nudo mágico los mantenía firmes. La silla crujía con cada movimiento brusco. La jarra de limonada, que estaba apoyada en el brazo de la silla, empezó a tambalearse.
Erin no podía hacer nada. Solo reír. Las carcajadas eran tan fuertes que ya no parecían humanas. Eran un torrente continuo de sonido que salía de su garganta sin que ella pudiera controlarlo.
La jarra se cayó.
El vidrio no se rompió porque el pasto era blando. Pero la limonada sí se derramó por completo. El líquido dorado, fresco, con gotas de hierbabuena, se esparció por el suelo. Algunas salpicaduras alcanzaron a los pies de Erin. Otras alcanzaron a los gnomos.
El gnomo de la barba partida sintió el líquido tibio en su espalda. Otro gnomo recibió un chorro en el gorro. El más joven se limpió la cara con el dorso de la mano, saboreando el dulce sin querer.
Y entonces pasó.
Erin, entre carcajada y carcajada, bajó la mirada hacia sus pies. No podía dejar de reír, pero sus ojos vieron algo que no había visto antes.
Los gnomos. Los doce gnomos.
Los vio a todos. A cada uno. Sus gorros rojos, sus barbas de verdad, sus manos pequeñas moviéndose sobre sus plantas. Los vio claramente, iluminados por el sol de la mañana, manchados de limonada.
Los vio.
Por primera vez.
Sus ojos se abrieron más de lo que ya estaban. La risa no cesó, pero en su mirada apareció algo nuevo. No era miedo. Era sorpresa. Era incredulidad. Era el entendimiento de que lo que había pasado esa noche, y lo que estaba pasando ahora, no era un sueño ni una broma de mal gusto.
—¡Ustedes! —alcanzó a decir entre carcajadas—. ¡Los gnomos! ¡Son… son…!
No pudo terminar la frase. Las cosquillas la interrumpieron con una oleada nueva.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡NO SIGAN! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Los gnomos no pararon. Algunos ni siquiera habían notado que ella los veía. Seguían concentrados en su tarea, moviendo los dedos, explorando las plantas hipercosquilludas.
—¡HAGAMOS UNA TREGUA! —gritó Erin entre carcajadas—. ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Uno de los gnomos jóvenes levantó la vista. Vio los ojos de Erin fijos en él. Vio que ella no miraba al vacío, como había hecho hasta ahora. Lo miraba a él. Directamente a él.
El gnomo joven dejó de mover los dedos por un segundo. Tocó el hombro del gnomo de al lado.
—Nos ve —dijo con voz aguda, casi un susurro.
El otro gnomo también levantó la vista. Luego otro. Luego varios. Pronto todos los gnomos, uno tras uno, se dieron cuenta de que Erin los estaba mirando. Realmente mirando.
El gnomo viejo, que estaba sentado en el talón izquierdo sin moverse, solo dirigiendo la operación, alzó la mirada. Sus ojos grises se encontraron con los ojos verdes de Erin.
Ella seguía riendo. No podía parar. Pero lo miraba fijo.
El gnomo viejo inclinó ligeramente la cabeza. No sonrió. No se asustó. Miró hacia el suelo, donde el charco de limonada brillaba bajo el sol. Miró a los otros gnomos, algunos con las barbas pegajosas, otros con los gorros manchados.
—Sí —dijo el gnomo viejo, con voz calmada—. Es por el limón.
Los otros gnomos se miraron entre ellos. Alguno se rió bajito. Otro se encogió de hombros. Pero ninguno detuvo sus dedos.
Erin los veía. Los veía a todos. Y seguía riendo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Por primera vez, el gnomo viejo levantó la mano. No con violencia. Con autoridad.
—Deténganse.
Los once gnomos obedecieron al instante. Los dedos dejaron de moverse. Las manos pequeñas se retiraron. El cosquilleo cesó por completo.
El gnomo viejo chasqueó los dedos dos veces. El nudo mágico se deshizo. Los pies de Erin quedaron libres.
Erin se quedó sentada en la silla un momento, respirando con dificultad. Tenía la cara roja, los ojos llorosos, la camisilla pegada al cuerpo por el sudor. Las piernas le temblaban.
Se levantó de la silla con un movimiento torpe, casi cayéndose. Se sostuvo del brazo metálico, se afirmó, y se quedó de pie sobre el pasto. Las plantas de los pies le ardían. Cada pisada era un recuerdo.
Se giró lentamente. Los gnomos estaban ahí. Los doce. Parados en el suelo, sobre la silla, sobre la jarra caída. La miraban. Por primera vez, ella los miraba de vuelta.
No eran figuras de barro. Eran seres pequeños, vivos, con barbas de verdad, gorros rojos manchados de tierra y limonada, ojos grises que parpadeaban.
Erin parpadeó también. Varias veces.
—No estoy loca —dijo, con la voz aún temblorosa por la risa—. Los veo.
Los gnomos asintieron. El más joven dijo:
—Sí.
—¿Por qué me hacen esto? —preguntó Erin, señalando sus pies con un movimiento de cabeza.
El gnomo viejo dio un paso adelante. La miró a los ojos.
—¿Cosquillas?
—Sí. ¿Por qué me hacen cosquillas?
El gnomo viejo se ajustó la barba con una mano pequeña.
—Porque decidimos darte un susto para que te fueras. Esta es nuestra casa. Siempre lo ha sido. Mucho antes de que llegaras, mucho antes de que construyeran esta casa, mucho antes de que nacieran los abuelos de los que te vendieron la propiedad. Nosotros estábamos aquí.
Erin lo miró fijo. El gnomo no bajó la mirada.
—Pero yo la compré —dijo Erin—. Pagué por ella. Es mía legalmente.
El gnomo viejo sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, arrugada, que asomó por debajo de la barba blanca.
—Legalmente para los humanos. Nosotros no firmamos papeles.
Erin suspiró. Miró al resto de los gnomos. Algunos la miraban con curiosidad. Otros con desconfianza. El travieso, el que había empezado todo, la miraba con una sonrisa amplia y los dedos todavía moviéndose en el aire, como si estuviera practicando.
Erin tuvo una idea.
—Podríamos compartirla —dijo—. La casa es grande. El jardín es enorme. Ustedes pueden quedarse. Yo también. No tenemos que pelear.
Los gnomos se miraron entre ellos. Alguno susurró algo. Otro movió la cabeza. El travieso dio un paso al frente.
—Está bien —dijo el travieso, con voz chillona pero firme—. Podemos compartir. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Erin, aunque ya se lo imaginaba.
El gnomo travieso señaló los pies de Erin con ambas manos.
—Debes dejar que te hagamos muchas cosquillas. Muchas. Sobre todo en los pies.
Erin cerró los ojos un segundo. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró sin emitir sonido. Miró al gnomo viejo.
—Me están chantajeando.
El gnomo viejo asintió con calma.
—Es una tregua. Te dejamos compartir la casa con nosotros, pero tú nos debes permitir hacerte cosquillas. Cuando queramos. Donde queramos. Siempre en los pies, eso lo respetaremos. Pero sin límite de tiempo.
Erin cruzó los brazos. Los pies todavía le hormigueaban. Las plantas le recordaban cada segundo de lo que acababa de vivir.
—¿Y mis zapatos? —preguntó—. Ustedes los tomaron, ¿no?
El gnomo viejo inclinó la cabeza.
—Sí. Esta noche te los devolvemos. Todos. Hasta el último par.
Erin lo pensó. Realmente lo pensó. Podía pelear. Podía intentar deshacerse de ellos. Podía mudarse otra vez. Pero la casa le gustaba. El jardín le gustaba. La soledad le gustaba. Y esos seres pequeños, aunque la habían torturado con cosquillas, no le habían hecho daño real. No la habían lastimado. No la habían violado. Solo la habían hecho reír. A la fuerza, pero reír al fin.
No le quedaba más remedio.
—Acepto —dijo Erin—. Pero voy a poner condiciones.
El gnomo viejo levantó una ceja.
—Habla.
—Primero: no me hagan cosquillas mientras como. Segundo: no me hagan cosquillas mientras duermo, a menos que acordemos algo antes. Tercero: si tengo visitas, nada de cosquillas. Cuarto: ustedes no entran a mi habitación sin tocar la puerta. O sin hacer algún sonido. Algo que me avise.
El gnomo viejo escuchó en silencio. Cuando Erin terminó, se quedó mirándola varios segundos.
—Acepto —dijo.
El gnomo travieso abrió la boca para protestar, pero el viejo lo calló con una mirada.
—Acepto —repitió—. Pero nosotros también pondremos una condición adicional.
—¿Cuál? —preguntó Erin.
El gnomo viejo sonrió otra vez. Esa sonrisa arrugada que asomaba por debajo de la barba.
—Cuando te hagamos cosquillas… no te quejes. Disfruta.
Erin soltó una risa corta, casi un bufido. Negó con la cabeza.
—Eso no lo puedo prometer. Las cosquillas no se disfrutan. Se sufren.
—Ya veremos —dijo el gnomo viejo.
Y tendió su mano pequeña hacia arriba.
Erin se agachó. Con la punta de los dedos, tocó la mano diminuta. Era áspera, caliente, llena de callos.
—Tregua —dijo Erin.
—Tregua —dijo el gnomo viejo.
Los otros once gnomos repitieron en coro, con sus voces agudas:
—Tregua.
El gnomo travieso fue el último. Dijo la palabra con una sonrisa enorme, moviendo los dedos detrás de su espalda.
Erin lo vio. Pero no dijo nada.
Se incorporó, miró el sol alto en el cielo, y caminó hacia la casa con las chanclas viejas. Cada paso le recordaba que ahora compartía su hogar con doce pequeños seres a los que les encantaba hacer cosquillas.
No sabía si había ganado o perdido.
Pero por primera vez en mucho tiempo, mientras cerraba la puerta trasera y se apoyaba contra ella, Erin sonrió.
Una sonrisa verdadera.
Continuará…
Original de Tickling Stories
