Cosquillas Desesperadas – Parte 7

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El té se había enfriado en las tazas mientras revisaban las fotos. Patricia había cumplido su palabra: el mensaje llegó con tres archivos adjuntos, uno tras otro, y Pilar los había abierto con una mezcla de curiosidad y nervios que no lograba disimular.

La primera foto era de cuerpo entero. Patricia estaba de pie frente a un espejo grande, probablemente en su habitación, con un traje de baño negro de una pieza que dejaba ver sus piernas largas y su figura esbelta. Estaba descalza, con los pies apoyados sobre una alfombra clara que contrastaba con la palidez de su piel. Su rostro no se veía: había usado el teléfono para cubrirlo, un gesto que Pilar encontró inteligente y que mostraba que Patricia había entendido las reglas desde el principio.

La segunda foto era de sus pies vistos desde arriba. Estaba sentada en el borde de una cama, con las piernas extendidas y los talones apoyados en el colchón. Los dedos, largos y bien alineados, descansaban sobre la sábana blanca, y el arco pronunciado creaba una sombra suave que marcaba la forma del pie. Las uñas, pintadas de un color rosado claro, brillaban bajo la luz de la foto.

La tercera era de las plantas. Patricia había tomado la foto desde abajo, con el teléfono apuntando hacia la parte inferior de sus pies mientras los sostenía con las manos. Las plantas eran anchas en el antepié y se estrechaban hacia el talón, con una piel que parecía suave y sin callosidades. El arco era profundo, marcado, y la luz de la foto hacía que las venas azules se vieran con claridad bajo la piel blanca.

—Son buenas fotos —dijo Ana, dejando el teléfono sobre la mesa—. Muestran lo que necesitan mostrar sin mostrarlo todo.

—¿Crees que están bien? —preguntó Pilar, con una inseguridad que no había mostrado durante la entrevista.

—Están perfectas. La clienta va a ver esto y va a saber exactamente lo que está buscando.

Pilar tomó el teléfono otra vez y pasó las fotos una por una, deteniéndose en los detalles que antes no había notado: la forma en que Patricia apoyaba los dedos sobre la sábana, la manera en que sostenía el pie con las manos para la foto de las plantas, la luz que entraba por una ventana y marcaba el contorno de su silueta.

—Ahora qué sigue —preguntó, dejando el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Ana tomó la libreta y la abrió en la página donde había escrito el perfil de Patricia. En la parte superior, junto al nombre, había un espacio en blanco que no había llenado.

—El paso a seguir es citarla a una sesión de prueba. O casting, como le llamamos en el medio.

—¿Una sesión de prueba? ¿No hicimos eso hoy?

Ana negó con la cabeza, con una paciencia que no era impaciencia.

—Lo de hoy fue la entrevista. La prueba de sensibilidad. Eso nos sirvió a nosotras para saber que es apta. La sesión de prueba es otra cosa. Ahí vamos a ver cómo se desempeña en una situación real: con las condiciones que tendría una sesión normal, con el tiempo estipulado, con la camilla en la posición en que se va a usar. Ahí ella va a experimentar lo que es una sesión completa. Y nosotras vamos a ver cómo responde al ritmo, a la duración, a la intensidad que ofrecemos.

—¿Y si no le gusta?

—Entonces no sigue. Pero por lo que vi hoy, le va a gustar.

Pilar se quedó un momento en silencio, con la mirada puesta en la libreta abierta. Luego levantó el teléfono y lo sostuvo en la mano, como si el peso de la pantalla fuera el peso de lo que estaban a punto de hacer.

—¿Le escribo ahora?

—Ahora. No hay que esperar. Mientras está fresca la experiencia.

Pilar abrió el chat con Patricia y se quedó un momento mirando el cursor parpadeando en la pantalla. La conversación anterior consistía en el intercambio de fotos y un breve «Gracias» de su parte. Ahora tenía que escribir algo que no fuera ni demasiado formal ni demasiado informal, algo que mantuviera la calidez de la entrevista pero que transmitiera la seriedad del siguiente paso.

—¿Qué le pongo? —preguntó, levantando la mirada hacia su hija.

Ana se acercó y leyó el chat por encima del hombro de su madre.

—Dile algo sencillo. Que las fotos están perfectas, que ya las incluimos en su carpeta, y que el siguiente paso es agendar la sesión de prueba para mañana. Pregúntale si tiene disponibilidad en la mañana o en la tarde.

Pilar empezó a escribir, borró, escribió de nuevo. Sus dedos se movían con una lentitud que contrastaba con la urgencia del momento.

—¿Así está bien? —preguntó, mostrándole el mensaje a Ana.

Hola, Patricia. Las fotos están perfectas, ya las incluimos en tu carpeta. El siguiente paso es una sesión de prueba para ver cómo te desempeñas en el espacio y en las condiciones que usamos. ¿Tienes disponibilidad mañana? Podemos hacerlo en la mañana o en la tarde, como prefieras.

—Está perfecto —dijo Ana—. Envíalo.

Pilar presionó enviar y dejó el teléfono sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba, como si quisiera ver el momento exacto en que llegaba la respuesta. Los segundos se estiraron como chicles, y por un momento Pilar sintió que el silencio de la sala se volvía demasiado denso.

—¿Cuánto crees que demore en responder? —preguntó, con una voz que intentaba ser casual pero que no lo era del todo.

—No sé —respondió Ana, sentándose en el sillón frente a ella—. Pero si va a responder, lo hará pronto. No es de las que dejan las cosas para después.

Pilar asintió, pero no apartó la mirada del teléfono. El cursor seguía parpadeando en la pantalla de la conversación, esperando. Pasó un minuto. Luego dos. Pilar sintió que el silencio empezaba a pesarle.

—¿Crees que no le gustó la idea? —preguntó, sin mirar a su hija.

—Mamá —dijo Ana, con una voz que era suave pero firme—. Tranquila. La entrevista fue hoy. La sesión de prueba es mañana. Hay tiempo.

—Lo sé, pero…

Pilar no terminó la frase. El teléfono vibró sobre la mesa, el sonido cortó el silencio como un cuchillo. Ambas miraron la pantalla al mismo tiempo.

Patricia: Confirmo asistencia. ¿A qué hora?

Pilar sintió que el aire se le escapaba de los pulmones en un suspiro que no sabía que había estado conteniendo. Tomó el teléfono con manos que no temblaban, pero que tampoco estaban del todo quietas.

—Dijo que sí —anunció, con una voz que sonaba más aliviada de lo que pretendía.

—Claro que dijo que sí —respondió Ana, con una sonrisa que era pura confianza—. ¿Qué hora le pones?

Pilar miró el teléfono otra vez, como si la respuesta pudiera aparecer por sí sola en la pantalla. Luego levantó la mirada hacia su hija.

—¿Mañana a las diez? —preguntó, con un tono que era más consulta que afirmación.

—Diez está bien. Así tenemos tiempo de preparar todo por la mañana y ella no tiene que esperar hasta la tarde.

Pilar escribió la respuesta con una seguridad que no había tenido en el primer mensaje:

Mañana a las 10 am. Te esperamos.

La respuesta llegó antes de que pudiera dejar el teléfono sobre la mesa.

Patricia: Perfecto. Allí estaré.

Pilar leyó el mensaje tres veces. Cada vez le sonaba más a una promesa. Dejó el teléfono sobre la mesa y se recostó en el respaldo del sillón, con los brazos extendidos a los costados.

—Mañana —dijo, con una voz que era apenas un susurro—. Mañana viene.

Ana cerró la libreta y la dejó a un lado.

—Mañana tenemos nuestra primera sesión de prueba con alguien de tu grupo. Y mañana mismo vamos a saber si esto funciona como pensamos.

Pilar sintió que la noche se le venía encima con una mezcla de cansancio y anticipación. En su cabeza, las imágenes del día se mezclaban: las risas de Valentina en el sótano, las plantas de los pies de Patricia bajo sus manos, las fotos que acababa de recibir, el mensaje de confirmación que aún tenía abierto en la pantalla.

—Ana —dijo, sin mirar a su hija—. ¿Crees que esto va a funcionar?

—Mamá —respondió Ana, con una voz que no tenía ninguna duda—. Ya está funcionando.

La noche cayó sobre la casa con la suavidad de quien sabe que ha tenido un día largo. Madre e hija subieron las escaleras con pasos cansados pero satisfechos, cada una llevando consigo el peso de lo que habían construido en las últimas horas. Pilar se detuvo en el rellano, apoyó la mano en la barandilla y miró a su hija que seguía subiendo hacia su habitación.

—¿Crees que Patricia va a venir mañana? —preguntó Pilar, con una voz que ya no tenía la urgencia de antes, solo la curiosidad de quien quiere confirmar lo que ya sabe.

—Va a venir —respondió Ana, desde el pasillo—. Confirmó. Y si viene, vamos a tener una sesión de prueba con alguien de tu grupo. Eso es más de lo que teníamos hace una semana.

Pilar asintió. No dijo más. Se despidió con un gesto de la mano y entró a su habitación, cerrando la puerta con un clic suave que resonó en el silencio de la noche.

Se sentó en el borde de la cama un momento, con las manos sobre las rodillas, sintiendo el cansancio en los hombros y en la espalda. Había sido un día intenso: la entrevista de Valentina, la llamada de Patricia, la sesión en el sótano, las fotos, el mensaje de confirmación. Todo había pasado tan rápido que apenas había tenido tiempo de procesarlo.

Se levantó, se puso el pijama, apagó la luz y se acostó. El techo de su habitación, que había visto tantas noches de insomnio, esta vez se veía distinto. Las sombras de los árboles se movían con la brisa nocturna, y el silencio de la casa era un silencio que no pesaba, que no apretaba.

Cerró los ojos. El sueño llegó sin avisar.

La media noche se filtró por las rendijas de las cortinas con una luz tenue que apenas iluminaba el pasillo. Ana despertó sin saber por qué. Se quedó un momento en la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando el silencio de la casa. Pero no era silencio. Era algo que no podía identificar al principio, un sonido que llegaba desde abajo, desde algún lugar que no era su habitación ni el pasillo.

Se incorporó lentamente, con el corazón comenzando a latir más rápido. El sonido se repetía, intermitente, como una risa que se ahogaba antes de nacer. Ana se levantó de la cama, puso los pies descalzos sobre el piso frío y caminó hacia la puerta de su habitación. La abrió con cuidado, sin hacer ruido, y salió al pasillo.

La puerta de la habitación de su madre estaba entreabierta. Ana se asomó y vio que la cama estaba vacía, las cobijas revueltas como si alguien se hubiera levantado de prisa. El sonido que la había despertado venía de abajo, del sótano.

Ana sintió que el estómago se le encogía. Bajó las escaleras con pasos que apenas rozaban los escalones, sin hacer ruido, con el cuerpo pegado a la pared. La puerta del sótano estaba abierta, y la luz que salía de adentro era más tenue que la luz que usaban durante las sesiones, como si alguien hubiera querido crear un ambiente distinto.

Se asomó desde el umbral, sin atreverse a entrar del todo. Lo que vio la dejó paralizada.

Su madre estaba en la camilla, pero no como en las sesiones de prueba. Estaba atada de pies y manos, con las correas acolchadas que ellas mismas habían instalado, pero ahora estaban ajustadas con una firmeza que no dejaba espacio para el movimiento. Y sus pies, sus pies descalzos, estaban sujetos en un cepo que no había visto antes, un dispositivo de madera que mantenía sus plantas completamente expuestas.

Un hombre estaba sentado al pie de la camilla. Era alto, de complexión robusta, vestido con pantalones oscuros y una camisa de manga larga que se había remangado hasta los codos. Su cabello era canoso en las sienes, y sus manos, grandes y con dedos largos, se movían sobre las plantas de los pies de Pilar con una precisión que parecía ensayada.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Pilar llenaba el sótano, rebotando en los paneles acústicos—. ¡Por favor! ¡No puedo más! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre no respondía. Sus dedos recorrían el arco del pie izquierdo con movimientos circulares que hacían que Pilar se retorciera en la camilla, tirando de las correas que sujetaban sus muñecas y tobillos. Sus pies, atrapados en el cepo, intentaban moverse, pero el dispositivo las mantenía fijas, expuestas.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Pilar movía la cabeza de un lado a otro, el cabello revuelto sobre la funda blanca—. ¡Ya no aguanto! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre se detuvo un momento, solo para cambiar de posición. Ahora estaba de pie, inclinado sobre los pies de Pilar, con las dos manos libres para explorar cada centímetro de sus plantas. Ana vio cómo sus dedos se movían sobre la piel blanca, encontrando los puntos donde Pilar reaccionaba con más fuerza, y se concentraba en ellos con una paciencia que era casi cruel.

—¿Aquí? —preguntó el hombre, con una voz que era grave y suave al mismo tiempo—. ¿Aquí es donde más tienes cosquillas?

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Pilar no podía responder con palabras. Solo reía, reía y reía, con una risa que ya no era controlada, que era pura entrega.

El hombre movió los dedos sobre el arco del pie derecho, y Pilar soltó un grito que se convirtió en risa antes de terminar. Ana veía cómo las plantas de los pies de su madre se enrojecían bajo las manos del hombre, cómo la piel se marcaba con el roce constante de los dedos, cómo los dedos de Pilar se flexionaban y se extendían sin control dentro del cepo.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Pilar tiraba de las correas, pero no podía soltarse. Las correas aguantaban, los nudillos de sus manos se marcaban bajo la tensión—. ¡Por favor! ¡No puedo más! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre parecía disfrutar de cada súplica. Ana vio cómo sus labios se curvaban en una sonrisa que no era de burla, sino de satisfacción. Disfrutaba escuchando la risa de Pilar, disfrutaba viendo cómo su cuerpo se retorcía sin poder escapar, disfrutaba sintiendo la hipercosquillosidad de sus plantas bajo los dedos.

—¿Eso es todo? —preguntó el hombre, bajando las manos hacia los dedos de los pies—. ¿Ya no aguantas?

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Pilar negaba con la cabeza, pero no podía decir que sí. Solo reía, reía con una intensidad que Ana nunca le había visto, ni siquiera en las sesiones con Priscila—. ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Sí! ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre movió los dedos sobre la base de los dedos de Pilar, esa zona fina donde la piel se vuelve casi translúcida, y Pilar perdió la capacidad de formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, mezcladas con algo que sonaba como un sollozo.

Ana seguía en el umbral, sin moverse, sin hacer ruido. Sus pies descalzos estaban clavados en el piso, sus manos a los costados, su respiración contenida. Podía ver todo desde ahí: el rostro de su madre, las lágrimas que le corrían por las sienes, la forma en que su cuerpo se arqueaba sobre la camilla cada vez que el hombre encontraba un punto sensible, la manera en que sus pies se movían dentro del cepo como si quisieran escaparse pero no pudieran.

El hombre no se detenía. Bajó las manos hacia los talones de Pilar, presionando con la yema de los dedos en esa zona donde la piel es más gruesa pero igualmente sensible, y Pilar soltó una risa que era más grito que risa, más súplica que carcajada.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Pilar tiraba de las correas con una fuerza que hacía crujir la estructura de la camilla—. ¡Ya! ¡No más! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre se rió. Era una risa baja, apenas audible, pero Ana la escuchó. Era la risa de alguien que está exactamente donde quiere estar, haciendo exactamente lo que quiere hacer.

—Un poco más —dijo el hombre, y sus manos volvieron a los arcos de los pies de Pilar, moviéndose con una rapidez que hacía que las uñas rozaran la piel con una intensidad que convertía cada centímetro en una zona de combate.

Pilar no pudo más. Su cuerpo se tensó sobre la camilla, los dedos de los pies se flexionaron hasta el límite, y su risa se convirtió en algo que no era risa ni grito, sino las dos cosas al mismo tiempo.

—¡AAAAHHHHHH! ¡JAJAJAJAJAJAJA! —su voz se quebraba, se rompía, se rehacía—. ¡Ya no puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡No puedo más! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre no se detuvo. Sus dedos seguían moviéndose sobre las plantas de Pilar, incansables, implacables, encontrando cada punto de sensibilidad con la precisión de quien ha hecho esto muchas veces antes. Pilar reía, reía sin control, con una risa que ya no era suya, que era pura entrega, pura rendición.

Ana seguía en el umbral. No se había movido. No había hecho ruido. Solo observaba, con la mirada fija en los pies de su madre, en las manos del hombre, en el cepo que mantenía las plantas expuestas, en la forma en que Pilar se retorcía sin poder escapar.

El hombre se detuvo al fin. Sus manos quedaron quietas sobre los pies de Pilar, apenas apoyadas, y por un momento el sótano se quedó en silencio, roto solo por la respiración entrecortada de Pilar.

—¿Ves? —dijo el hombre, con una voz que era suave pero firme—. Sabía que eras tan cosquilluda como decías. Sabía que valías la pena.

Pilar no podía responder. Jadeaba, con los ojos cerrados, las mejillas húmedas, el cuerpo temblando. Sus pies, aún dentro del cepo, se movían apenas, como si estuvieran recordando la tortura que acababan de soportar. La risa se había disipado en respiraciones profundas, y por un momento el sótano se quedó en un silencio que solo era roto por el jadeo de Pilar recuperando el aliento.

El hombre observaba sus pies dentro del cepo con una satisfacción que no necesitaba palabras. Sus dedos se movían lentamente sobre el borde de madera, rozando apenas la piel de los tobillos de Pilar, como si estuviera saboreando el momento antes de volver a empezar.

Pilar abrió los ojos cuando sintió el roce. Vio las manos del hombre sobre el cepo, vio la sonrisa que se formaba en sus labios, y supo lo que venía antes de que empezara.

—Oh no —alcazó a decir, con la voz todavía ronca por la risa.

El hombre no esperó. Sus dedos se clavaron en las plantas de los pies de Pilar con una velocidad que no dejó tiempo para la resistencia. Movía las manos sobre los arcos, los talones, la base de los dedos, con una precisión que parecía encontrar cada punto sensible sin necesidad de buscar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Pilar estalló en el sótano con una fuerza que hizo que los paneles acústicos vibraran—. ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Otra vez! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre no respondía. Solo movía los dedos, incansable, implacable, disfrutando cada segundo de la tortura que estaba infligiendo. Pilar se retorcía en la camilla, tirando de las correas que sujetaban sus muñecas y tobillos, pero no podía escapar. Sus pies estaban atrapados en el cepo, expuestos, vulnerables, a merced de las manos del hombre.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Pilar movía la cabeza de un lado a otro, las lágrimas le corrían por las sienes—. ¡Ya no puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre se detuvo un momento, solo para cambiar el ritmo. Ahora sus dedos se movían con una lentitud que convertía cada caricia en una eternidad, recorriendo cada centímetro de las plantas con una paciencia que era casi cruel. Pilar sintió cada roce, cada presión, cada movimiento, y su risa se volvió más desesperada, más incontrolable.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su voz se quebraba, se rompía—. ¡Por favor! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Ana, que seguía en el umbral, sintió que algo se movía en su interior. No era miedo. No era sorpresa. Era algo más parecido a la necesidad de saber, de entender lo que estaba pasando. Sin pensar, sin medir las consecuencias, empujó la puerta del sótano.

La puerta se abrió con un crujido que resonó en el silencio entre las risas de Pilar. El hombre levantó la mirada de inmediato, sus manos se detuvieron sobre los pies de Pilar, y sus ojos se fijaron en la figura que estaba en el umbral.

—Tú quién eres —preguntó, con una voz que no era amenazante, pero tampoco era amable. Era la voz de alguien que no esperaba ser interrumpido y que estaba evaluando al intruso.

Pilar, todavía jadeando, con el cuerpo temblando y los pies aún dentro del cepo, alcanzó a decir entre respiraciones entrecortadas:

—Mi hija.

El hombre la miró un momento, como si estuviera procesando la información. Sus ojos recorrieron a Ana de arriba abajo, deteniéndose en sus pies descalzos, en sus manos a los costados, en la expresión de su rostro que era una mezcla de curiosidad y algo más.

—¿Ella también es cosquilluda como tú? —preguntó, sin apartar la mirada de Ana.

Ana sintió que el corazón se le aceleraba, pero no dio un paso atrás. Se quedó en el umbral, con la espalda recta, los pies firmes en el piso.

—Sí —respondió, con una voz que salió más firme de lo que esperaba—. Soy cosquilluda como mi mamá.

El hombre sonrió. No era una sonrisa amplia, pero tenía algo que Ana no supo interpretar. Era la sonrisa de alguien que acaba de recibir un regalo inesperado.

—Qué bien —dijo, levantándose del cepo de Pilar y caminando hacia un rincón del sótano donde Ana no había visto un segundo cepo, idéntico al primero.

Lo tomó con ambas manos, lo llevó hasta la camilla y lo colocó justo al lado del cepo donde los pies de Pilar seguían atrapados. Luego se volvió hacia Ana.

—Ven —dijo, con una voz que era suave pero firme—. Siéntate en la camilla y mete los pies en el cepo.

Ana sintió que algo se le encogía en el pecho. Miró a su madre, que seguía jadeando en la camilla, con los ojos todavía húmedos y la respiración entrecortada. Pilar la miró también, y en sus ojos Ana vio algo que no supo interpretar. No era miedo. No era advertencia. Era otra cosa.

Ana caminó hacia la camilla con pasos que no eran vacilantes, sino cautelosos. Se sentó en el borde, junto a los pies de su madre, y metió los pies descalzos en los orificios del cepo. La madera era fría contra su piel, y el espacio justo para que sus pies quedaran firmemente sujetos.

El hombre se acercó, se agachó frente a ella y cerró el cepo con un clic que resonó en el sótano. Luego tomó las correas que colgaban a los costados de la camilla y ató sus muñecas, estirándolas hacia arriba por encima de su cabeza, dejando su torso completamente expuesto.

—Ahora sí —dijo el hombre, ajustando las correas con una firmeza que no dejaba espacio para el movimiento—. Ahora las dos están listas.

Ana sintió cómo las correas se tensaban contra sus muñecas, cómo sus pies quedaban firmemente atrapados en el cepo, cómo su cuerpo quedaba extendido sobre la camilla sin posibilidad de escape. A su lado, Pilar seguía atada, sus pies aún en el cepo, sus manos sujetas por las correas.

El hombre se levantó, caminó hacia la puerta del sótano y la cerró. El clic del cerrojo al encajar fue un sonido que selló algo. Luego regresó al centro del sótano, se sentó en un banco bajo frente a los dos cepos, y observó los cuatro pies que tenía frente a él: los de Pilar, blancos y temblorosos, y los de Ana, más jóvenes, con las uñas pintadas de un rojo oscuro que brillaba bajo la luz tenue.

—Las dos tienen pies muy bonitos —dijo, con una voz que era casi un susurro—. Y muy cosquilludos.

Pilar, que había estado observando todo en silencio, alcanzó a decir:

—Por favor…

Pero no terminó la frase. El hombre ya había bajado las manos.

Las dos manos del hombre se movieron al mismo tiempo, una sobre los pies de Pilar y la otra sobre los pies de Ana, y las cuatro plantas quedaron bajo su dominio. Sus dedos se movían con una rapidez que hacía que las uñas rozaran la piel con una intensidad que convertía cada centímetro en una zona de combate. Recorrían los arcos, los talones, la base de los dedos, sin dejar un solo espacio sin explorar.

La risa de Pilar y Ana se mezcló en una sola carcajada que llenó el sótano. Las dos se retorcían en sus respectivas camillas, tirando de las correas que sujetaban sus muñecas y tobillos, pero no podían escapar. Sus pies estaban atrapados en los cepos, expuestos, vulnerables, a merced de las manos del hombre.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —gritaba Pilar, moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Ana, a su lado, no podía formar palabras. Su risa era un torrente que no se detenía, que se desbordaba sin control—. ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre movía las manos con una precisión que parecía ensayada, alternando entre los arcos y los talones, entre los dedos y las plantas completas. Cada vez que encontraba un punto especialmente sensible, se detenía allí un momento, moviendo los dedos en círculos pequeños, haciendo que la risa se intensificara hasta el punto de la desesperación.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Pilar ya no podía decir nada más. Solo reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega.

Ana, a su lado, sentía que la risa se le atragantaba en la garganta, que no podía respirar entre carcajada y carcajada. Sus pies se movían dentro del cepo, buscando un escape que no existía, y sus manos tiraban de las correas con una fuerza que hacía crujir la estructura de la camilla.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Ana se mezclaba con la de su madre, creando un coro de desesperación que el hombre parecía saborear.

El hombre no se detenía. Sus dedos seguían moviéndose, incansables, implacables, encontrando cada punto de sensibilidad con la precisión de quien ha hecho esto muchas veces antes. Disfrutaba de cada sonido que salía de las bocas de las dos mujeres, disfrutaba de ver cómo se retorcían sin poder escapar, disfrutaba de sentir la hipercosquillosidad de sus plantas bajo sus dedos.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Pilar había perdido la capacidad de formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, mezcladas con algo que sonaba como un sollozo de placer.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Ana, a su lado, estaba en el mismo estado. Su cuerpo se arqueaba sobre la camilla, sus pies se movían dentro del cepo, sus manos tiraban de las correas con una desesperación que era puro instinto.

El hombre cambió el ritmo. Ahora movía los dedos con una lentitud que convertía cada caricia en una eternidad, recorriendo cada centímetro de las plantas con una paciencia que era casi cruel. Pilar y Ana sintieron cada roce, cada presión, cada movimiento, y su risa se volvió más desesperada, más incontrolable.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —las dos gritaban al mismo tiempo, sus voces mezclándose en una sola carcajada que llenaba el sótano.

El hombre sonrió. Era una sonrisa que no necesitaba palabras. Sus dedos seguían moviéndose sobre los cuatro pies, encontrando cada punto de sensibilidad con una precisión que parecía sobrenatural. Disfrutaba de cada sonido que salía de las bocas de las dos mujeres, disfrutaba de ver cómo se retorcían sin poder escapar, disfrutaba de sentir la hipercosquillosidad de sus plantas bajo sus dedos.

—Esto es solo el comienzo —dijo el hombre, con una voz que era apenas un susurro.

Y sus manos, incansables, implacables, siguieron moviéndose sobre los pies de madre e hija, llevándolas a un lugar donde la risa y la desesperación se confundían, donde el tiempo se estiraba y se rompía, donde lo único que existía eran las manos del hombre y los pies que no podían escapar.

El hombre se detuvo de repente. Sus manos quedaron quietas sobre las plantas de los pies de Pilar, y por un momento el sótano se quedó en un silencio que solo era roto por las respiraciones entrecortadas de las dos mujeres. Pilar aprovechó para tomar aire, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, los ojos todavía húmedos, el cuerpo temblando.

Ana, a su lado, también intentaba recuperar el aliento. Sus pies seguían atrapados en el cepo, las plantas aún sensibles por la tortura que acababan de soportar. Miró hacia su madre, buscando alguna señal, algún gesto que le dijera qué iba a pasar.

El hombre se levantó del banco. Caminó lentamente alrededor de la camilla, observando a las dos mujeres con una calma que era más inquietante que la prisa. Sus pasos resonaban en el piso de cemento, y el sonido parecía llenar todo el espacio.

Se detuvo frente a Ana.

—Tú —dijo, con una voz que era suave pero firme—. Ahora te toca a ti sola.

Ana sintió que algo se le encogía en el estómago. Sus pies se movieron dentro del cepo, como si intentaran anticiparse a lo que venía. A su lado, Pilar abrió la boca para decir algo, pero el hombre levantó una mano sin mirarla, y ella se calló.

—He estado viendo cómo reaccionas —continuó el hombre, agachándose frente al cepo donde los pies de Ana estaban atrapados—. Y me parece que eres incluso más sensible que tu madre.

Ana no respondió. No podía. La voz se le había quedado atrapada en la garganta.

El hombre apoyó las manos sobre los tobillos de Ana, justo donde el cepo sujetaba sus pies. La madera era fría, y el contacto de sus dedos contra su piel hizo que Ana sintiera un escalofrío que le recorrió la espalda.

—Vamos a ver cuánto aguantas —dijo.

Y entonces empezó.

Sus dedos se movieron sobre las plantas de Ana con una rapidez que no dejaba tiempo para la anticipación. Recorrían los arcos con movimientos cortos y rápidos, subían hacia la base de los dedos, bajaban hacia los talones, y volvían a subir. Cada caricia era una explosión de sensaciones que hacía que el cuerpo de Ana se sacudiera sobre la camilla.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Ana estalló con una fuerza que parecía sacudir todo su cuerpo—. ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre no se detenía. Sus dedos se movían con una precisión que parecía encontrar cada punto de sensibilidad sin necesidad de buscar. El arco, el talón, la base de los dedos. Cada zona era un territorio que exploraba con una paciencia que convertía la tortura en algo más intenso.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Ana tiraba de las correas que sujetaban sus muñecas, pero no podía soltarse. Sus pies se movían dentro del cepo, buscando un escape que no existía—. ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre bajó las manos hacia los dedos de los pies, tomando cada uno entre sus dedos y presionando suavemente la base, donde la piel es más fina. Ana soltó un grito que se convirtió en risa antes de terminar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su cuerpo se arqueaba sobre la camilla, las lágrimas le corrían por las sienes—. ¡Por favor! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Pilar observaba desde la camilla de al lado, con los ojos todavía húmedos, la respiración entrecortada. Veía cómo las manos del hombre se movían sobre los pies de su hija, cómo los dedos de Ana se flexionaban y se extendían sin control, cómo su cuerpo se retorcía sin poder escapar. Quería decir algo, quería intervenir, pero las palabras no le salían. Solo podía mirar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Ana había perdido la capacidad de formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, mezcladas con algo que sonaba como un sollozo.

El hombre no se detenía. Movía las manos sobre las plantas de Ana con una velocidad que hacía que las uñas rozaran la piel con una intensidad que convertía cada centímetro en una zona de combate. El arco, el talón, la base de los dedos. Cada zona era un territorio que exploraba con una paciencia que convertía la tortura en algo más intenso.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Ana movía la cabeza de un lado a otro, el cabello pegado a la frente por el sudor—. ¡No puedo más! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre se detuvo un momento, solo para cambiar de técnica. Ahora sus dedos se movían con una lentitud que convertía cada caricia en una eternidad, recorriendo cada centímetro de las plantas con una paciencia que era casi cruel. Ana sintió cada roce, cada presión, cada movimiento, y su risa se volvió más desesperada, más incontrolable.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su voz se quebraba, se rompía, se rehacía—. ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

El hombre siguió moviendo los dedos sobre las plantas de Ana, sin apresurarse, sin detenerse. La tortura se extendía en el tiempo como una cuerda que se estira sin romperse, y Ana sentía que la risa la estaba consumiendo por dentro, que no podía respirar entre carcajada y carcajada.

Pilar miraba desde su camilla, con los pies aún atrapados en su propio cepo, las manos sujetas por las correas. Veía a su hija retorcerse, reír, llorar, y no podía hacer nada. Solo podía observar, con la respiración entrecortada, el cuerpo todavía temblando por la tortura que ella misma había soportado.

El hombre no mostraba señales de cansancio. Sus dedos seguían moviéndose sobre los pies de Ana, encontrando cada punto de sensibilidad, llevándola a un lugar donde la risa y la desesperación se confundían. Y en el sótano, el sonido de las carcajadas de Ana rebotaba en las paredes recubiertas de espuma acústica, creando un eco que parecía no tener fin.

El hombre movió las manos sobre los pies de madre e hija durante lo que pareció una eternidad. Las risas de Pilar y Ana se mezclaban en el sótano, creando un sonido que rebotaba en los paneles acústicos y se perdía en la oscuridad de la noche. Ambas mujeres tiraban de las correas, movían los pies dentro de los cepos, pero no podían escapar.

De repente, el hombre se detuvo. Sus manos quedaron quietas sobre las plantas enrojecidas de Ana y Pilar, y por un momento el único sonido en el sótano fue el de las respiraciones entrecortadas de las dos mujeres.

El hombre se levantó del banco y miró su reloj. Sus ojos se entrecerraron al leer la hora.

—Casi las tres de la mañana —dijo, con una voz que era apenas un susurro—. Se me pasó el tiempo.

Caminó hacia la cabecera de la camilla de Pilar y comenzó a desatar las correas que sujetaban sus muñecas. Luego bajó hacia el cepo y lo abrió con un clic que resonó en el silencio. Los pies de Pilar quedaron libres, y ella los movió con una lentitud que delataba el cansancio y la sensibilidad.

El hombre se acercó a la camilla de Ana y repitió el proceso. Desató las correas de sus muñecas, abrió el cepo que sujetaba sus pies, y sus pies quedaron libres. Ana los movió apenas, sintiendo el alivio de la piel que dejaba de estar atrapada.

—Gracias —dijo el hombre, con una voz que era suave pero firme—. A las dos, sobre todo a ti, Pilar, por atenderme a esta hora de la noche. No fue planeado, pero valió la pena.

Pilar se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la camilla con los pies colgando. Sus piernas temblaban apenas, y sus manos descansaban sobre sus muslos. Ana, a su lado, hizo lo mismo, con los ojos todavía húmedos y la respiración entrecortada.

El hombre sacó un sobre de su bolsillo interior y lo dejó sobre la camilla de Pilar.

—Esto es lo acordado —dijo, señalando el sobre con la barbilla—. Una buena suma, como hablamos. Y si todo sigue bien, habrá más sesiones.

Pilar tomó el sobre con manos que todavía temblaban un poco. No lo abrió. Solo lo sostuvo, sintiendo el peso del dinero dentro.

—Gracias —dijo, con una voz que era apenas un susurro.

—Gracias a ti —respondió el hombre, ajustándose las mangas de la camisa—. Y a tu hija también. No esperaba tener dos, pero fue un placer inesperado.

Se despidió con un gesto de la cabeza, caminó hacia la puerta del sótano, la abrió y subió las escaleras con pasos firmes. Pilar y Ana escucharon sus pasos en el piso de arriba, luego el sonido de la puerta de la calle abriéndose y cerrándose, luego el motor de un vehículo encendiéndose y alejándose en la noche.

El silencio que quedó en el sótano era distinto al que había antes. Era un silencio cargado, pesado, como si las risas aún flotaran en el aire sin saber a dónde ir.

Pilar se levantó lentamente, con los pies descalzos tocando el piso frío. Caminó hacia la escalera y subió los primeros escalones, luego se detuvo y volteó hacia Ana.

—Vamos arriba —dijo, con una voz que todavía estaba ronca—. Te preparo un té.

Ana asintió y la siguió. Subieron las escaleras en silencio, dejando el sótano vacío detrás de ellas, con las camillas aún desordenadas y los cepos abiertos esperando la próxima vez.

En la cocina, Pilar puso agua a calentar mientras Ana se sentaba en una de las sillas de la mesa, con los brazos apoyados sobre la superficie. Sus pies descalzos descansaban sobre el piso de baldosa, y de vez en cuando los movía, como si aún sintieran el recuerdo de las manos del hombre.

—¿Estás bien? —preguntó Pilar, mientras ponía las bolsitas de té de yerbabuena en dos tazas.

—No sé —respondió Ana, con honestidad—. No sé cómo estoy.

Pilar sirvió el agua caliente en las tazas y dejó que las bolsitas reposaran un momento. Luego llevó una taza frente a Ana y se sentó frente a ella con la otra.

—Yo tampoco sé —dijo Pilar, tomando un sorbo de té que aún estaba muy caliente—. Fue… mucho.

—Mucho —repitió Ana—. Pero no fue malo.

Pilar levantó la mirada hacia su hija. En sus ojos, aún rojos por las lágrimas y la risa, había algo que no supo interpretar.

—¿No fue malo? —preguntó.

Ana tomó su taza y la sostuvo entre las manos, sintiendo el calor a través de la cerámica.

—No —dijo, con una lentitud que mostraba que estaba pensando en voz alta—. Fue intenso. Fue raro. Pero no fue malo. No sé si quiero que vuelva a pasar, pero tampoco sé si no quiero.

Pilar se quedó un momento en silencio, procesando las palabras de su hija. El té humeaba entre ellas, y el olor a yerbabuena llenaba la cocina.

—Eso es lo que me preocupa —dijo Pilar al fin—. Que no sepamos si queremos o no queremos.

Ana levantó la mirada y la sostuvo.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Quieres que vuelva a pasar?

Pilar bajó la mirada hacia su taza. Sus dedos recorrían el borde de la cerámica con movimientos lentos.

—No lo sé —admitió—. Pero sí sé que cuando me estaba haciendo cosquillas, por un momento no pensé en las facturas, ni en la universidad, ni en nada de eso. Solo pensé en los pies, en las manos, en la risa. Y eso… no sé. Hacía mucho que no pensaba solo en eso.

Ana asintió. No dijo nada más.

Se quedaron un rato en silencio, bebiendo el té lentamente, sintiendo cómo el calor iba calmando sus cuerpos. La cocina estaba en penumbras, iluminada solo por la luz tenue de la lámpara sobre la estufa.

—¿A qué hora viene Patricia? —preguntó Ana, cuando las tazas estaban casi vacías.

—A las diez —respondió Pilar—. Y ya casi son las cuatro.

Ana miró el reloj de la cocina. Las manecillas marcaban las tres y cincuenta y dos.

—Todavía podemos dormir un par de horas —dijo, levantándose con la taza vacía en la mano.

Pilar también se levantó. Dejó su taza en el lavaplatos y, cuando se volteó, vio a su hija de pie en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que era difícil de leer.

—Mamá —dijo Ana—. ¿Crees que Patricia va a pasar la prueba?

—Sí —respondió Pilar, sin dudar—. Y si no, tendremos que buscar a otra. Pero Patricia va a pasar.

Ana asintió. No dijo más. Subió las escaleras con pasos que ya no temblaban, y Pilar la siguió un momento después, apagando la luz de la cocina antes de subir.

En su habitación, Pilar se sentó en el borde de la cama un momento, con los pies descalzos tocando el piso. El sobre de dinero seguía en su mano, y lo dejó sobre la mesita de noche sin abrirlo. Se acostó, y el sueño llegó sin avisar, mezclado con el eco lejano de las risas que aún resonaban en sus oídos.

En la habitación de al lado, Ana también se acostó. Cerró los ojos, pero no se durmió de inmediato. Se quedó un momento escuchando el silencio de la casa, el sonido de los árboles moviéndose con la brisa nocturna, el latido de su propio corazón.

Y entonces, lentamente, el sueño llegó también para ella.

El sol de la mañana se filtró por las cortinas de la habitación de Ana cuando ella abrió los ojos. Parpadeó varias veces, tratando de recordar dónde estaba, qué había pasado la noche anterior. El sótano, los cepos, las manos del hombre, las risas. Todo volvió a su mente como una ola que no podía detener.

Se sentó en la cama y miró el reloj: las ocho y cuarto. Tenía tiempo.

Bajó a la cocina y encontró a Pilar ya despierta, con el café preparado y la mesa puesta. Llevaba puesto un jean cómodo y una camiseta blanca, el cabello recogido en una cola baja, los pies descalzos sobre el piso de baldosa.

—Buenos días —dijo Pilar, con una voz que sonaba más descansada de lo que Ana esperaba—. Dormí bien, ¿y tú?

—Bien —respondió Ana, sentándose frente a ella—. Me dormí tarde, pero dormí.

—Bien. Patricia llega en un par de horas. Hay que preparar el sótano.

Ana tomó la taza de café que su madre le había servido y la sostuvo entre las manos. El calor le llegó a los dedos, y por un momento se quedó mirando el vapor que subía.

—Mamá —dijo, sin levantar la mirada—. ¿Crees que deberíamos decirle a Patricia lo que pasó anoche?

Pilar se quedó un momento en silencio. Luego, con una voz que era suave pero firme, respondió:

—No. No es necesario. Lo de anoche fue una sesión aparte. Patricia viene para su prueba. Son cosas diferentes.

Ana asintió. Tomó un sorbo de café, y el sabor amargo le despejó la mente.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Crees que puedas hacer la sesión de Patricia después de lo de anoche?

Pilar la miró largamente. En sus ojos, Ana vio algo que no había visto la noche anterior. No era miedo. Era otra cosa. Era la certeza de que lo que habían hecho no era un error, sino parte de algo que aún no entendían del todo.

—Sí —respondió Pilar—. Y también quiero que estés tú.

Ana sintió que algo se le aflojaba en el pecho.

—¿Quieres que esté?

—Sí. Tú eres parte de esto. Y Patricia va a querer verte también.

Ana no dijo nada más. Tomó otro sorbo de café, y el sol de la mañana se fue haciendo más fuerte, iluminando la cocina, la mesa, los rostros de madre e hija.

Afuera, el día empezaba. Y en dos horas, Patricia llegaría para la sesión de prueba que cambiaría el rumbo de todo lo que estaban construyendo.

El café se estaba enfriando en la taza de Pilar cuando el teléfono vibró sobre la mesa. El sonido, agudo en el silencio de la cocina, hizo que las dos levantaran la mirada al mismo tiempo. Pilar tomó el teléfono y leyó el mensaje en la pantalla, frunciendo el ceño mientras sus ojos recorrían las palabras.

—¿Quién es? —preguntó Ana, dejando su taza sobre la mesa.

—No reconozco el número —respondió Pilar, con una voz que mezclaba curiosidad y cautela—. Pero dice que se llama Teresa.

—¿Teresa?

—Sí. Dice que está interesada en participar. Que quiere poder torturar con muchas cosquillas a una mujer hipercosquilluda.

Ana se enderezó en la silla. Algo en su interior se activó con esas palabras. No era la primera vez que recibían un mensaje así, pero hasta ahora todos los contactos habían sido de mujeres que querían ser cosquilleadas, no de alguien que quisiera hacerlo. Era diferente.

—¿Qué más dice? —preguntó.

Pilar desplazó el mensaje hacia abajo y lo leyó en voz alta:

«Hola, buenos días. Me llamo Teresa. Me enteré de que están organizando sesiones de cosquillas y me gustaría participar, pero no como modelo. Quiero estar del otro lado. Quiero hacer cosquillas a alguien que sea muy sensible, sobre todo en los pies. ¿Tienen disponibilidad? Puedo pagar bien.»

Pilar levantó la mirada de la pantalla y encontró los ojos de su hija. La misma idea parecía estar formándose en la cabeza de las dos al mismo tiempo.

—Patricia —dijo Ana, con una voz que era apenas un susurro.

—Patricia —repitió Pilar, como si confirmara una sospecha que ya tenía.

Ana se levantó de la silla y caminó hacia la ventana de la cocina, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el jardín.

—Patricia viene a las diez para su sesión de prueba. Es hipercosquilluda en los pies, eso ya lo confirmamos. Y Teresa quiere torturar a alguien con muchas cosquillas. ¿Qué mejor oportunidad?

—Pero no sabíamos que esto iba a pasar —dijo Pilar, dejando el teléfono sobre la mesa—. La sesión de Patricia era para probarla a ella, para ver cómo se desempeñaba. No habíamos planeado tener a alguien del otro lado.

—¿Y por qué no? —preguntó Ana, volteándose hacia su madre—. Eso es lo que ofrecemos. Eso es lo que construimos. La sesión de prueba de Patricia puede ser también la primera sesión real con una cliente que quiere hacer cosquillas. Es matar dos pájaros de un tiro.

Pilar se quedó un momento en silencio, con la mirada puesta en el teléfono oscuro sobre la mesa. Podía sentir el peso de lo que estaban a punto de hacer, la decisión que tenían que tomar en pocos minutos.

—¿Y si Patricia no quiere? —preguntó—. ¿Si llega y espera que solo sea una prueba con nosotras, y se encuentra con una desconocida que va a hacerle cosquillas?

—Entonces le explicamos —respondió Ana, con una calma que era casi profesional—. Le decimos que surgió una oportunidad, que podemos hacer su prueba y también una sesión real al mismo tiempo. Que no tiene que hacer nada que no quiera, pero que si acepta, puede ganar más dinero del que habíamos acordado.

Pilar tomó el teléfono y lo sostuvo en la mano, sintiendo el peso de la decisión. Miró a su hija, que la observaba desde la ventana con una paciencia que no era impaciencia.

—¿Crees que deberíamos preguntarle a Patricia antes? —preguntó Pilar.

—No —respondió Ana, con firmeza—. Si le preguntamos, va a tener tiempo para pensar, para dudar. Si le presentamos la situación cuando llegue, cuando ya esté aquí, va a ser más fácil que acepte. Además, si Teresa está dispuesta a pagar bien, podemos ofrecerle a Patricia un porcentaje mayor.

Pilar asintió lentamente. Tomó el teléfono y empezó a escribir un mensaje para Teresa.

«Hola, Teresa. Gracias por tu mensaje. Sí, tenemos disponibilidad. De hecho, tenemos una sesión programada para las 10 de la mañana de hoy con una modelo nueva. Es hipercosquilluda en los pies, justo como mencionas. Si te interesa esa hora, podrías venir.»

Dejó el teléfono sobre la mesa y las dos se quedaron mirando la pantalla, esperando. Los segundos se estiraban como chicles, y el silencio de la cocina se volvía más denso con cada tic del reloj.

El teléfono vibró. Las dos leyeron el mensaje al mismo tiempo.

Teresa: Confirmo. Estaré ahí a las 10. Gracias.

Pilar soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo. Ana, a su lado, sonrió con una sonrisa que era pura anticipación.

—Bueno —dijo Pilar, levantándose de la silla—. Entonces tenemos que preparar el sótano. Y también tenemos que preparar a Patricia.

Ana tomó su taza y la llevó al lavaplatos.

—Patricia va a estar bien —dijo, con una seguridad que no necesitaba gritar para ser firme—. Es hipercosquilluda en los pies. Va a dar exactamente lo que Teresa busca.

Pilar se quedó un momento en medio de la cocina, sintiendo el peso de lo que estaban a punto de hacer. No era un juego. No era una prueba. Era una sesión real, con una cliente real, con una modelo real que había accedido a ser torturada con cosquillas.

—Mamá —dijo Ana, desde la puerta que daba al pasillo—. Esto es lo que queríamos. Esto es lo que construimos.

Pilar la miró. En los ojos de su hija, vio la misma determinación que había visto aquella noche en que vaciaron los sobres sobre la mesa, la misma certeza de que lo que estaban haciendo tenía sentido.

—Lo sé —respondió Pilar—. Vamos.

Y las dos bajaron al sótano, con el tiempo corriendo en su contra y la primera cliente real esperando al otro lado de la puerta de la calle.

El timbre sonó a las nueve y cincuenta. Ana fue a abrir la puerta y se encontró con Patricia en el umbral, con una presencia que era difícil de ignorar. Llevaba un jean ajustado que le marcaba las piernas largas, unas botas negras de cuero que le llegaban hasta las rodillas, y una chaqueta de cuero del mismo color sobre una camiseta blanca sencilla. El cabello rubio, suelto, caía sobre sus hombros en ondas que la luz de la mañana hacía brillar. Unas gafas oscuras cubrían sus ojos, pero cuando las bajó para saludar, sus ojos verdes se encontraron con los de Ana con esa franqueza que ya empezaban a conocer.

—Hola —dijo Patricia, con una sonrisa que era cálida pero contenida—. Llegué puntual.

—Pasa —respondió Ana, abriendo la puerta de par en par—. Mi mamá está abajo preparando todo.

Patricia entró con pasos seguros que hacían sonar sus botas en el piso de la entrada. Llevaba un bolso grande de tela colgado del hombro, y por la forma en que lo sostenía, Ana supuso que traía lo que habían acordado.

Pilar apareció desde el pasillo que daba al sótano, con las manos aún ligeramente húmedas de haber lavado las fundas de la camilla por última vez.

—Patricia, qué bueno verte —dijo, acercándose con una sonrisa—. ¿Cómo estás?

—Bien, bien —respondió Patricia, devolviendo la sonrisa—. Un poco nerviosa, pero bien.

—Es normal —dijo Pilar, con una calma que era contagiosa—. Vamos para abajo. Te enseñamos todo.

Las tres bajaron las escaleras hacia el sótano. El espacio las recibió con su blancura y su luz tenue, con los paneles acústicos grises en la pared y la camilla en el centro, con sus fundas recién lavadas y las correas colgando a los lados. Los dos cepos que el hombre había usado la noche anterior ya no estaban; en su lugar, había uno solo, el que habían comprado para las sesiones regulares, colocado al pie de la camilla.

—El baño está ahí —dijo Ana, señalando una puerta pequeña en la esquina del sótano—. Puedes cambiarte allí. Tómate el tiempo que necesites.

Patricia asintió y entró al baño con su bolso. Ana y Pilar se quedaron en el sótano, ajustando los últimos detalles: la camilla en la posición correcta, las correas sueltas pero listas, una botella de agua en la mesita auxiliar.

—¿Crees que esté nerviosa? —preguntó Ana, en voz baja.

—Un poco —respondió Pilar—. Pero es normal. Yo también lo estaría si fuera la primera vez.

—La primera vez —repitió Ana, y en su voz había algo que Pilar no supo interpretar.

El baño se abrió y Patricia salió. Se había quitado el jean, las botas, la chaqueta y la camiseta, y ahora llevaba puesto un bikini de dos piezas, color azul marino, que contrastaba con la palidez de su piel. Sus piernas largas, su torso delgado, sus brazos firmes quedaban expuestos bajo la luz del sótano. Y sus pies, sus pies descalzos, pisaban el piso de cemento con una naturalidad que contrastaba con la vulnerabilidad de estar casi completamente desnuda.

—¿Así está bien? —preguntó Patricia, con una voz que intentaba sonar segura.

—Perfecto —respondió Pilar, señalando la camilla—. Si quieres, puedes acostarte.

Patricia caminó hacia la camilla, subió con un movimiento que era ágil y elegante, y se acostó sobre ella, con la espalda apoyada en la funda blanca y la cabeza descansando sobre la superficie acolchada. Sus pies, grandes y delgados, quedaron al borde de la camilla, las plantas mirando hacia arriba.

Pilar se acercó a la cabecera y tomó las correas.

—Voy a atarte las muñecas —dijo, con una voz que era suave pero firme—. Estíralas hacia arriba, por encima de tu cabeza.

Patricia obedeció. Sus brazos se estiraron, y Pilar ató las correas con una firmeza que no dejaba espacio para el movimiento, pero que no apretaba demasiado. El cuero acolchado se ajustó a sus muñecas, y Patricia sintió cómo sus brazos quedaban fijos en esa posición.

Ana se acercó al pie de la camilla y tomó los tobillos de Patricia, uno con cada mano.

—Ahora vamos con los pies —dijo, con una voz que era tranquila pero profesional—. Voy a meterlos en el cepo.

Patricia sintió cómo sus pies eran guiados hacia los orificios del cepo, cómo la madera fría envolvía sus tobillos, cómo el dispositivo se cerraba con un clic que resonó en el sótano. Sus plantas quedaron completamente expuestas, vulnerables, a merced de lo que viniera.

—¿Lista? —preguntó Pilar, desde la cabecera de la camilla.

—Lista —respondió Patricia, con una voz que apenas era un susurro.

Las tres mujeres se quedaron un momento en silencio, sintiendo el peso de lo que estaban a punto de hacer. La luz del sótano caía sobre Patricia, sobre su cuerpo en bikini, sobre sus pies atrapados en el cepo, sobre sus manos atadas hacia arriba.

Y entonces, el timbre sonó.

Ana sintió que el corazón le daba un salto. Miró a su madre, que asintió con un gesto que era pura determinación.

—Voy yo —dijo Ana, y subió las escaleras con pasos rápidos.

Abrió la puerta y se encontró con una mujer de unos treinta y cinco años, de estatura media, con el cabello castaño recogido en un moño bajo y una expresión que era seria pero curiosa. Llevaba un vestido sencillo de color gris y zapatos planos que apenas hacían ruido al caminar.

—¿Teresa? —preguntó Ana.

—Sí —respondió la mujer, con una voz que era suave pero firme—. Soy yo.

—Pasa, por favor. Todo está listo.

Teresa entró con pasos que no eran vacilantes, sino cautelosos. Ana la condujo hacia las escaleras que bajaban al sótano, y mientras bajaban, Teresa miró a su alrededor con una curiosidad que no ocultaba del todo.

El sótano se abrió ante ellas con su blancura y su luz tenue. Pilar estaba de pie junto a la camilla, con las manos a los costados y una expresión que era profesional pero cálida. Patricia, acostada en la camilla, con los brazos atados hacia arriba y los pies en el cepo, no podía moverse.

Teresa se detuvo un momento en el umbral, observando la escena. Sus ojos recorrieron el espacio, los paneles acústicos, las ventanas cubiertas de papel espejo, y finalmente se posaron sobre Patricia, sobre su cuerpo en bikini, sobre sus pies atrapados en el cepo.

—¿Puedo hacerle muchas cosquillas? —preguntó Teresa, con una voz que era apenas un susurro, pero que resonó en el sótano.

Pilar sonrió. Era una sonrisa que no necesitaba palabras.

—Las que quieras —respondió.

Patricia abrió la boca para decir algo, pero no le dio tiempo. Teresa ya estaba frente a la camilla, sus manos se movían con una rapidez que no dejaba espacio para la anticipación. Los dedos de Teresa encontraron las costillas de Patricia con una precisión que parecía ensayada, moviéndose con movimientos cortos y rápidos que hacían que Patricia estallara en carcajadas inmediatas.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia llenó el sótano con una fuerza que hizo que los paneles acústicos vibraran—. ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa no se detenía. Sus manos se movían sobre las costillas de Patricia con una velocidad que convertía cada caricia en una explosión de sensaciones. Las uñas de Teresa rozaban la piel con una intensidad que hacía que Patricia se retorciera sobre la camilla, pero sus brazos estaban atados, sus pies atrapados en el cepo, y no podía escapar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia movía la cabeza de un lado a otro, el cabello rubio se desordenaba sobre la funda blanca—. ¡Por favor! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa bajó las manos hacia la barriga de Patricia, moviendo los dedos en círculos sobre la piel desnuda. La risa de Patricia se intensificó, se volvió más desesperada, más incontrolable.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia tiraba de las correas que sujetaban sus muñecas, pero no podía soltarse—. ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa no mostró piedad. Sus manos se movieron hacia la cintura de Patricia, hacia esa zona donde el hueso de la cadera se une con el torso, y Patricia soltó un grito que se convirtió en risa antes de terminar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su cuerpo se arqueaba sobre la camilla, los pies se movían dentro del cepo buscando un alivio que no llegaba—. ¡Ahí no! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa sonrió. Era una sonrisa que no necesitaba palabras. Sus manos se movieron hacia las caderas de Patricia, explorando cada centímetro con una precisión que parecía encontrar cada punto de sensibilidad. Patricia reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia ya no podía formar palabras. Solo reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega—. ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa subió las manos hacia las axilas de Patricia, moviendo los dedos con una rapidez que hacía que las uñas rozaran la piel con una intensidad que convertía cada centímetro en una zona de combate. Patricia perdió la capacidad de formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, mezcladas con algo que sonaba como un sollozo de placer.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia era un torrente que no se detenía, que se desbordaba sin control—. ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa movía las manos con una precisión que parecía ensayada, alternando entre las costillas, la barriga, la cintura, las caderas y las axilas. Cada zona era un territorio que exploraba con una paciencia que convertía la tortura en algo más intenso. Patricia reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega, pura rendición.

Ana y Pilar observaban desde un costado, en silencio. Veían cómo Patricia se retorcía bajo las manos de Teresa, cómo su cuerpo respondía a cada caricia con una risa que era cada vez más desesperada, cómo sus pies se movían dentro del cepo sin poder encontrar el escape que no existía.

Y en el sótano, el sonido de las carcajadas de Patricia rebotaba en las paredes recubiertas de espuma acústica, creando un eco que parecía no tener fin.

Teresa estaba sumida en un estado que era difícil de describir con palabras. Sus dedos se movían sobre el cuerpo de Patricia con una energía que parecía no agotarse, recorriendo cada centímetro de su torso con una precisión que convertía cada caricia en una explosión de risas. Patricia reía sin control, su cuerpo se retorcía sobre la camilla, los brazos tiraban de las correas sin poder soltarse, los pies se movían dentro del cepo buscando un alivio que no llegaba.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia llenaba el sótano, rebotando en los paneles acústicos—. ¡No puedo más! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa no respondía. Sus manos seguían moviéndose sobre las costillas, la barriga, la cintura, las caderas, las axilas, explorando cada zona con una paciencia que era casi cruel. Disfrutaba de cada sonido que salía de la boca de Patricia, disfrutaba de ver cómo su cuerpo se retorcía sin poder escapar, disfrutaba de sentir la hipercosquillosidad de su piel bajo sus dedos.

Pero entonces, algo cambió en su expresión. Como si hubiera recordado algo que tenía pendiente, algo que había estado esperando desde que llegó. Sus manos se detuvieron sobre las costillas de Patricia, y por un momento el sótano se quedó en un silencio que solo era roto por la respiración entrecortada de Patricia.

—Los pies —dijo Teresa, con una voz que era apenas un susurro, pero que resonó en el sótano—. Siempre son los pies.

Sin esperar respuesta, Teresa se levantó de la posición en la que estaba y caminó hacia el pie de la camilla. Sus pasos eran lentos, deliberados, como si estuviera saboreando el momento. Patricia, que apenas podía recuperar el aliento, sintió que algo se le encogía en el pecho cuando vio a Teresa agacharse frente al cepo donde sus pies estaban atrapados.

—No —alcanzó a decir Patricia, con una voz que era apenas un susurro—. Por favor, no ahí.

Teresa la miró. En sus ojos había una sonrisa que no necesitaba palabras.

—Ahí sí —respondió.

Y entonces, Teresa bajó las manos hacia las plantas de los pies de Patricia. Sus uñas, largas y cuidadosamente mantenidas, encontraron la piel blanca y sensible con una precisión que parecía ensayada. Comenzó a moverse con una lentitud que convertía cada caricia en una eternidad, recorriendo cada centímetro de las plantas con una paciencia que era casi cruel.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia estalló con una fuerza que parecía sacudir todo su cuerpo—. ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa no se detenía. Sus uñas recorrían el arco del pie izquierdo con movimientos circulares, encontrando cada punto de sensibilidad con una precisión que hacía que Patricia se retorciera sobre la camilla. Luego cambiaba al pie derecho, recorriendo el talón, la base de los dedos, el centro del arco, sin dejar un solo espacio sin explorar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia tiraba de las correas con una fuerza que hacía crujir la estructura de la camilla—. ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa movía las uñas con una velocidad que hacía que la piel de Patricia se enrojeciera bajo el roce constante. Sus dedos se movían en todas direcciones, encontrando cada punto de sensibilidad con una precisión que parecía sobrenatural. Patricia reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su voz se quebraba, se rompía, se rehacía—. ¡Aaaaaahhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa se detuvo un momento, solo para cambiar de técnica. Ahora sus uñas se movían con movimientos rápidos y cortos sobre el arco del pie izquierdo, justo en el punto donde Patricia había reaccionado con más fuerza antes. Patricia soltó un grito que se convirtió en risa antes de terminar.

—¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA! —su cuerpo se arqueaba sobre la camilla, los dedos de los pies se flexionaban y extendían sin control—. ¡No puedo más! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa no mostraba señales de cansancio. Movía las uñas sobre las plantas de Patricia con una intensidad que convertía cada caricia en una tormenta de sensaciones. El arco, el talón, la base de los dedos. Cada zona era un territorio que exploraba con una paciencia que era casi cruel.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia ya no podía formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, mezcladas con alaridos que se rompían en risas antes de terminar—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa bajó las uñas hacia los dedos de los pies de Patricia, tomando cada uno entre sus dedos y presionando suavemente la base, donde la piel es más fina, donde los nervios están más cerca de la superficie. Patricia perdió el último resto de control.

—¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA! —su risa se convirtió en algo más parecido a un grito que se deshacía en carcajadas antes de terminar—. ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Aaaaaaahhhh!

Teresa siguió moviendo las uñas sobre las plantas de Patricia, sin apresurarse, sin detenerse. La tortura se extendía en el tiempo como una cuerda que se estira sin romperse, y Patricia sentía que la risa la estaba consumiendo por dentro, que no podía respirar entre carcajada y carcajada, que su cuerpo ya no le pertenecía.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia movía la cabeza de un lado a otro, el cabello pegado a la frente por el sudor, las lágrimas le corrían por las sienes—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Ana y Pilar observaban desde un costado, en silencio. Veían cómo Patricia se retorcía bajo las uñas de Teresa, cómo su cuerpo respondía a cada caricia con una risa que era cada vez más desesperada, cómo sus pies se movían dentro del cepo sin poder encontrar el escape que no existía.

Teresa, sumida en su propio éxtasis, seguía moviendo las uñas sobre las plantas de Patricia sin piedad, disfrutando de cada sonido, cada movimiento, cada espasmo. Sus uñas largas recorrían las plantas con una velocidad que hacía que la piel se marcara con el roce constante, y Patricia reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia era un torrente que no se detenía, que se desbordaba sin control—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

En el sótano, el sonido de las carcajadas de Patricia rebotaba en las paredes recubiertas de espuma acústica, creando un eco que parecía no tener fin.

Teresa había encontrado su ritmo. Sus dedos se movían sobre las plantas de Patricia con una sincronía que parecía mecánica, como si sus manos hubieran estado esperando ese momento toda su vida. Las uñas, largas y cuidadas, recorrían cada centímetro de piel con una precisión que hacía que Patricia se retorciera sin poder encontrar un momento de alivio.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia era un torrente que no se detenía, que se desbordaba sin control—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa no respondía. Sus ojos estaban fijos en los pies de Patricia, en las plantas enrojecidas que se movían dentro del cepo buscando un escape que no existía. Sus dedos se movían con una velocidad que hacía que las uñas rozaran la piel con una intensidad que convertía cada caricia en una explosión de sensaciones. El arco, el talón, la base de los dedos. Cada zona era un territorio que exploraba con una paciencia que era casi hipnótica.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia tiraba de las correas que sujetaban sus muñecas, pero no podía soltarse. Sus brazos estaban extendidos por encima de su cabeza, y cada vez que se retorcía, las correas se tensaban y la mantenían en su lugar—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa bajó las uñas hacia los dedos de los pies de Patricia, tomando cada uno entre sus dedos y presionando suavemente la base, donde la piel es más fina, donde los nervios están más cerca de la superficie. Patricia soltó un alarido que se convirtió en risa antes de terminar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su cuerpo se arqueaba sobre la camilla, los dedos de los pies se flexionaban y extendían sin control—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa movía las uñas con una intensidad que hacía que la piel de Patricia se marcara con el roce constante. El arco, el talón, la base de los dedos. Cada zona era un territorio que exploraba con una paciencia que era casi hipnótica. Patricia reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega, pura rendición.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su voz se quebraba, se rompía, se rehacía—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa se detuvo un momento, solo para cambiar el ritmo. Ahora sus uñas se movían con movimientos circulares sobre el arco del pie derecho, justo en el punto donde Patricia había reaccionado con más fuerza antes. Patricia soltó un alarido que se convirtió en risa antes de terminar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su cuerpo se sacudía sobre la camilla, los pies se movían dentro del cepo con una desesperación que era puro instinto—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa no mostraba señales de cansancio. Sus ojos estaban fijos en las plantas de Patricia, en la forma en que la piel se enrojecía bajo sus uñas, en la manera en que los dedos se flexionaban y extendían sin control. Movía las uñas sobre los arcos con una velocidad que hacía que Patricia perdiera la capacidad de formar palabras.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia era un torrente que no se detenía, que se desbordaba sin control—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa bajó las uñas hacia los talones de Patricia, presionando con la yema de los dedos en esa zona donde la piel es más gruesa pero igualmente sensible. Patricia soltó un alarido que se mezcló con su risa, creando un sonido que era pura desesperación.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su cuerpo se arqueaba sobre la camilla, los pies se movían dentro del cepo con una energía que parecía no agotarse—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa seguía moviendo las uñas sobre las plantas de Patricia, sin apresurarse, sin detenerse. La tortura se extendía en el tiempo como una cuerda que se estira sin romperse, y Patricia sentía que la risa la estaba consumiendo por dentro, que no podía respirar entre carcajada y carcajada, que su cuerpo ya no le pertenecía.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia movía la cabeza de un lado a otro, el cabello pegado a la frente por el sudor, las lágrimas le corrían por las sienes—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Ana y Pilar observaban desde un costado, en silencio. Veían cómo Patricia se retorcía bajo las uñas de Teresa, cómo su cuerpo respondía a cada caricia con una risa que era cada vez más desesperada, cómo sus pies se movían dentro del cepo sin poder encontrar el escape que no existía.

Teresa, sumida en su propio trance, seguía moviendo las uñas sobre las plantas de Patricia sin piedad, disfrutando de cada sonido, cada movimiento, cada espasmo. Sus uñas largas recorrían las plantas con una velocidad que hacía que la piel se marcara con el roce constante, y Patricia reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia era un torrente que no se detenía, que se desbordaba sin control—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

En el sótano, el sonido de las carcajadas de Patricia y los alaridos que se mezclaban con ellas rebotaba en las paredes recubiertas de espuma acústica, creando un eco que parecía no tener fin. Teresa seguía moviendo las uñas sobre las plantas, sin apresurarse, sin detenerse, disfrutando cada segundo de la tortura que estaba infligiendo.

Pilar observó la escena durante unos minutos más, viendo cómo Teresa se movía sobre los pies de Patricia con una energía que parecía no agotarse. Las uñas de Teresa recorrían las plantas de Patricia con una precisión que convertía cada caricia en una explosión de risas y alaridos, y Patricia, atada a la camilla, no podía hacer nada más que reír, reír sin control, con una risa que era pura entrega.

Pero Pilar sabía que había algo más. Algo que podía llevar la experiencia a un nivel distinto. Sin decir una palabra, se alejó del lugar donde estaba y caminó hacia un rincón del sótano donde habían colocado una mesa plegable, la misma que habían usado para pintar las paredes. Sobre ella, había una caja de madera que Ana había preparado con cuidado, una caja que contenía lo que habían estado reuniendo durante los últimos días.

Pilar tomó la caja con ambas manos y la llevó hasta donde Teresa estaba, colocándola a su lado con un gesto que era silencioso pero significativo. Teresa levantó la mirada de los pies de Patricia y sus ojos se posaron sobre la caja, sobre los objetos que asomaban por los bordes.

—Pensé que quizás querías probar algo más —dijo Pilar, con una voz que era suave pero firme.

Teresa dejó de moverse. Sus manos quedaron quietas sobre las plantas de Patricia, y por un momento el único sonido en el sótano fue la respiración entrecortada de Patricia, que aprovechaba el descanso para recuperar el aliento. Teresa se incorporó lentamente y se acercó a la mesa, observando los objetos con una mezcla de curiosidad y anticipación.

Sobre la mesa había un cepillo de peinar de cerdas firmes, un cepillo de dientes eléctrico que vibraba suavemente, un masajeador de cabeza con alambres que brillaban bajo la luz, un peine de púas finas, pinceles de distintos tamaños, plumas de colores, y otros objetos que Teresa no reconoció de inmediato.

—Todo esto —dijo Pilar, señalando los objetos con un gesto de la mano—. Todo esto es para ti.

Teresa extendió la mano y tomó el cepillo de peinar. Lo sostuvo un momento, sintiendo el peso en la palma, las cerdas firmes que sobresalían del mango de madera. Luego se volvió hacia los pies de Patricia, que seguían atrapados en el cepo, las plantas todavía enrojecidas por las uñas de Teresa.

—¿Con esto? —preguntó Teresa, con una voz que era apenas un susurro.

—Con esto y con todo lo demás —respondió Pilar.

Teresa sonrió. Era una sonrisa que no necesitaba palabras. Se agachó frente al cepo y, sin previo aviso, pasó el cepillo de peinar por la planta del pie izquierdo de Patricia.

Las cerdas firmes encontraron la piel sensible y Patricia estalló en carcajadas que eran más agudas, más desesperadas que las que había tenido antes. El cepillo recorría el arco, el talón, la base de los dedos, con movimientos rápidos que hacían que Patricia perdiera el control de inmediato.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —gritaba Patricia, retorciéndose sobre la camilla—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa no se detuvo. Pasó el cepillo por el otro pie, repitiendo el movimiento con la misma intensidad, disfrutando de cómo Patricia se sacudía sin poder escapar. Luego dejó el cepillo a un lado y tomó el cepillo de dientes eléctrico.

Lo encendió con un clic, y el zumbido llenó el sótano. Teresa lo acercó a la planta del pie de Patricia, y el roce de las cerdas vibrantes contra la piel sensible hizo que Patricia soltara un alarido que se convirtió en risa antes de terminar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia movía la cabeza de un lado a otro, el cabello pegado a la frente por el sudor—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa movía el cepillo eléctrico sobre el arco del pie, sobre el talón, sobre la base de los dedos, explorando cada centímetro con una paciencia que era casi hipnótica. La vibración del cepillo hacía que la piel de Patricia se estremeciera bajo el roce, y su risa se volvía más desesperada, más incontrolable.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su voz se quebraba, se rompía, se rehacía—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa dejó el cepillo eléctrico a un lado y tomó el masajeador de cabeza de alambres. Los alambres finos se movían con cada gesto, creando un sonido metálico que parecía anticipar lo que vendría. Teresa lo pasó suavemente por las plantas de Patricia, y los alambres encontraron la piel con una intensidad que era distinta a todo lo que había probado antes.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia era un torrente que no se detenía, que se desbordaba sin control—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa movía el masajeador sobre los arcos, los talones, la base de los dedos, explorando cada zona con una paciencia que convertía la tortura en algo más intenso. Los alambres rozaban la piel, encontrando los puntos de sensibilidad con una precisión que parecía ensayada.

Luego tomó el peine de púas finas. Lo pasó por las plantas de Patricia con movimientos que eran mitad cosquillas, mitad presión, y Patricia perdió la capacidad de formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, mezcladas con alaridos que se rompían en risas antes de terminar.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su cuerpo se arqueaba sobre la camilla, los pies se movían dentro del cepo con una energía que parecía no agotarse—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa alternaba entre los objetos, pasando de uno a otro sin darle a Patricia un momento de respiro. El cepillo de peinar, el cepillo eléctrico, el masajeador de alambres, el peine de púas finas. Cada objeto ofrecía una sensación distinta, y Patricia respondía a cada uno con una risa que era cada vez más desesperada.

Teresa tomó un pincel de cerdas suaves y lo pasó sobre las plantas de Patricia con movimientos que eran apenas un roce. La sensación era distinta, más ligera, pero igualmente intensa, y Patricia soltó una risa que era más aguda, más desesperada.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia ya no podía decir nada más. Solo reía, reía sin control, con una risa que era pura entrega—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa dejó el pincel y tomó una pluma de colores, una pluma larga y suave que parecía flotar en el aire. La pasó sobre las plantas de Patricia con una lentitud que convertía cada caricia en una eternidad, recorriendo cada centímetro con una paciencia que era casi cruel. Patricia sintió cada roce, cada movimiento, y su risa se volvió más desesperada, más incontrolable.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —su cuerpo se sacudía sobre la camilla, los pies se movían dentro del cepo con una desesperación que era puro instinto—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Teresa seguía moviendo los objetos sobre los pies de Patricia, sin apresurarse, sin detenerse. La tortura se extendía en el tiempo como una cuerda que se estira sin romperse, y Patricia sentía que la risa la estaba consumiendo por dentro, que no podía respirar entre carcajada y carcajada, que su cuerpo ya no le pertenecía.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia era un torrente que no se detenía, que se desbordaba sin control—. ¡Aaaaaaahhhh! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Ana y Pilar observaban desde un costado, en silencio. Veían cómo Patricia se retorcía bajo los objetos que Teresa usaba, cómo su cuerpo respondía a cada caricia con una risa que era cada vez más desesperada, cómo sus pies se movían dentro del cepo sin poder encontrar el escape que no existía.

Teresa, sumida en su propio trance, seguía alternando entre los objetos, disfrutando de cada sonido, cada movimiento, cada espasmo. En el sótano, el sonido de las carcajadas de Patricia y los alaridos que se mezclaban con ellas rebotaba en las paredes recubiertas de espuma acústica, creando un eco que parecía no tener fin.

El sótano había estado lleno de risas y alaridos durante casi dos horas. Teresa había alternado entre los objetos de la mesa con una energía que parecía no agotarse, moviendo los cepillos, los pinceles, las plumas y los masajeadores sobre las plantas de Patricia con una intensidad que había llevado a la mujer al borde de la locura. Pero ahora, algo había cambiado.

Teresa notó que la risa de Patricia ya no era la misma. Los alaridos se habían vuelto más débiles, las carcajadas más entrecortadas, y el cuerpo de Patricia, que antes se retorcía con energía, ahora se movía con una lentitud que delataba el agotamiento. Sus ojos estaban vidriosos, las lágrimas le corrían por las sienes, y su respiración era un jadeo constante que no lograba regularse.

Teresa se detuvo. Sus manos quedaron quietas sobre las plantas de Patricia, y por un momento el sótano se quedó en un silencio que solo era roto por la respiración entrecortada de la mujer atada a la camilla.

—Ya está —dijo Teresa, con una voz que era suave pero firme—. Ya no más.

Se levantó lentamente, como si estuviera saliendo de un trance, y dio un paso atrás. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Patricia, los pies enrojecidos dentro del cepo, las muñecas atadas hacia arriba, el pecho subiendo y bajando con cada respiración difícil.

—La quebré —dijo Teresa, casi para sí misma, y en su voz había una mezcla de satisfacción y algo que se parecía al asombro.

Ana y Pilar se acercaron a la camilla. Pilar desató las correas de las muñecas de Patricia con movimientos rápidos y cuidadosos, mientras Ana abría el cepo que sujetaba sus pies. Patricia no se movió. Quedó tendida sobre la camilla, con los brazos cayendo a los costados, los pies todavía temblando, la respiración entrecortada.

—Patricia —dijo Pilar, con una voz que era suave pero firme—. ¿Estás bien?

Patricia asintió, pero no podía hablar. Se llevó las manos al rostro, se frotó los ojos, y se quedó así un momento, dejando que la risa se disipara por completo en respiraciones profundas.

—Ayúdenme a incorporarme —logró decir, con una voz que era apenas un susurro.

Ana y Pilar la tomaron de los brazos y la ayudaron a sentarse en el borde de la camilla. Sus pies, todavía sensibles, tocaron el piso con una lentitud que delataba el cansancio. Pilar le pasó un brazo por la espalda y la guió hacia el baño.

—Ve a arreglarte —dijo Pilar, abriendo la puerta del baño—. Tómate el tiempo que necesites.

Patricia entró y cerró la puerta detrás de ella. El sonido del agua corriendo se escuchó un momento después, mezclado con el silencio que había quedado en el sótano.

Teresa, Ana y Pilar subieron las escaleras en silencio, dejando atrás la camilla y los objetos esparcidos sobre la mesa. En la cocina, el sol de media mañana entraba por la ventana, iluminando la mesa donde aún estaban las tazas de café de la mañana.

—Siéntate —dijo Pilar, señalando una silla—. Te voy a preparar un té.

Teresa se sentó, y Ana la imitó. Pilar puso agua a calentar y, mientras esperaba, se apoyó contra el mesón, observando a la mujer que acababa de pasar dos horas torturando a Patricia con cosquillas.

—Eso fue impresionante —dijo Pilar, con una honestidad que no necesitaba adornos—. No había visto a alguien tan entregado.

Teresa sonrió. Era una sonrisa que era difícil de leer, mezcla de satisfacción y algo más que no terminaba de definirse.

—Tiene pies muy sensibles —dijo Teresa—. No me equivoqué al venir.

—No, no te equivocaste.

Ana, que había estado en silencio, tomó la palabra.

—¿Cómo encontraste el espacio? —preguntó, con una curiosidad que era genuina—. No hemos hecho mucha publicidad.

Teresa se encogió de hombros.

—Me enteré por una amiga de una amiga. Alguien que había escuchado que estaban organizando esto. No supe más detalles, pero cuando me contactaron y me dijeron que tenían una modelo nueva, no lo dudé.

Pilar sirvió el agua caliente en tres tazas y las llevó a la mesa. El olor a té de hierbas llenó la cocina, mezclándose con el aroma del café que aún flotaba en el aire.

—Y el negocio —dijo Teresa, tomando la taza entre las manos—. Es buen negocio. Lo que tienen acá es un espacio con condiciones, modelos dispuestas… y clientes como yo, que buscan esto.

—Gracias —respondió Pilar—. Estamos empezando, pero estamos construyendo algo serio.

Teresa tomó un sorbo de té y dejó la taza sobre la mesa. Sus ojos se posaron en Ana, luego en Pilar, con una curiosidad que era difícil de ocultar.

—¿Y ustedes? —preguntó, con una voz que era suave pero directa—. ¿También se dejan hacer cosquillas?

El silencio que siguió fue breve, pero cargado. Pilar y Ana intercambiaron una mirada, un gesto que era casi imperceptible, pero que Teresa captó de inmediato.

—Sí —respondió Pilar, con una honestidad que no necesitaba adornos—. Las dos.

Teresa sonrió. Era una sonrisa que tenía algo de anticipación, algo de deseo contenido.

—¿Qué les parece si ahorita hacemos una sesión con cada una? —preguntó, con una voz que era apenas un susurro—. Tengo el día disponible. Puedo pagar.

Pilar sintió que algo se movía en su interior. No era miedo. Era otra cosa. Era el reconocimiento de que Teresa no solo había venido por Patricia, sino que había visto algo más en el espacio que habían construido.

—Subamos a la cocina a tomar un té —dijo Pilar, levantándose—. Ana, quédate con Teresa un momento. Voy a hablar con Patricia.

Ana asintió y se quedó en la mesa, mientras Pilar bajaba al sótano. El baño estaba abierto, y Patricia salía justo en ese momento, con el cabello peinado y el rostro maquillado nuevamente, vestida con su jean, su camiseta, su chaqueta de cuero y sus botas hasta las rodillas. Sus pies estaban cubiertos otra vez, pero Pilar sabía que debajo de las botas, las plantas seguían sensibles, enrojecidas, recordando cada caricia de Teresa.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Pilar, con una voz que era suave pero firme.

Patricia se detuvo un momento, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.

—Nunca —dijo, con una lentitud que mostraba que estaba pensando en voz alta—. Nunca me habían torturado con cosquillas de esa manera.

—¿Fue demasiado?

Patricia negó con la cabeza. El gesto era débil, pero firme.

—No. Fue intenso. Fue raro. Pero no fue demasiado.

Pilar asintió, con una expresión que era difícil de leer. Luego, de su bolsillo, sacó un sobre color amarillo, de los que usaban para los pagos, y lo extendió hacia Patricia.

—Esta fue tu primera sesión —dijo Pilar—. Lo que acordamos.

Patricia tomó el sobre y lo sostuvo en la mano un momento, sintiendo el peso del dinero dentro. Luego lo guardó en el bolsillo de su chaqueta sin abrirlo.

—Gracias —dijo Patricia, con una voz que era apenas un susurro.

—Gracias a ti —respondió Pilar—. Por venir. Por confiar. Por aguantar.

Patricia sonrió. Era una sonrisa que Pilar no le había visto antes, más abierta, más liviana, como si se hubiera quitado un peso que llevaba cargando sin saberlo.

—¿Cuándo será la siguiente? —preguntó Patricia, con una curiosidad que era genuina.

—Pronto —respondió Pilar—. No te preocupes. Te vamos a llamar.

Patricia asintió. Caminó hacia las escaleras, y en el último escalón se detuvo un momento y se volteó.

—Pilar —dijo—. Dile a Teresa que… no sé. Que estuvo bien. Que no me arrepiento.

—Se lo diré.

Patricia subió los escalones restantes y salió a la calle. Pilar la siguió con la mirada, viendo cómo se alejaba con sus botas resonando en el pavimento, cómo se subía a su vehículo y se marchaba sin mirar atrás.

Cuando se quedó sola en la entrada, Pilar se apoyó contra el marco de la puerta y soltó un suspiro largo. El sol de media mañana calentaba su rostro, y por un momento se quedó ahí, sintiendo el calor en la piel, el peso de la mañana sobre los hombros.

Luego subió a la cocina. Ana y Teresa la esperaban, las dos tazas de té aún humeando sobre la mesa.

—Patricia se fue —dijo Pilar, sentándose frente a ellas—. Dijo que no se arrepiente.

—Me alegra —respondió Teresa—. Es una buena modelo.

—Lo es.

El silencio que siguió fue breve, pero cargado de posibilidades. Teresa tomó su taza, bebió un sorbo, y la dejó sobre la mesa.

—Entonces —dijo Teresa, con una voz que era suave pero firme—. ¿Cuál de las dos va primero?

Continuará…

Original de Tickling Stories

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