Diario de un adicto a las cosquillas – Parte 9

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Hoy fue un día que no esperaba. Había ido al centro comercial con una misión clara: encontrar una camiseta del FC Barcelona para mi colección. La temporada había empezado fuerte, y quería la nueva equipación, esa con los detalles en dorado que había visto en las redes sociales. Sabía que en la tienda oficial no tenían stock, pero alguien me había dicho que en un almacén de ropa deportiva del segundo piso podía tener suerte.

Llegué alrededor de las once de la mañana. El centro comercial ya estaba animado, con familias paseando y gente aprovechando el domingo para hacer compras. Subí las escaleras mecánicas con cierta prisa, emocionado por encontrar la camiseta. La tienda se llamaba «Sport Zone», un local amplio con luces blancas y paredes llenas de equipaciones de fútbol, ropa de running y accesorios de gimnasio.

Al entrar, me recibió un aroma mezcla de tela nueva y caucho. Había varios clientes, pero mi atención se centró inmediatamente en una chica que estaba doblando camisetas en una mesa cerca de la entrada. Llevaba el uniforme de la tienda: un pantalón corto negro de deporte y una camiseta roja con el logo de la marca. Su cabello, negro como el carbón, estaba recogido en una cola de caballo alta que se movía con cada uno de sus movimientos. Su piel era blanca, casi pálida, y contrastaba de manera llamativa con el rojo de su uniforme.

Pero lo que realmente me detuvo fueron sus ojos. Cuando levantó la vista al escuchar el timbre de la puerta, me encontré con unos ojos verdes tan intensos que parecían esmeraldas brillando bajo la luz del local. Era una mirada penetrante, curiosa, que me recorrió de arriba abajo en una fracción de segundo. Luego sonrió, una sonrisa profesional pero genuina, y dijo:

—Buenos días. ¿Puedo ayudarte en algo?

Me acerqué a la mesa donde estaba doblando camisetas. Su cuerpo, visiblemente atlético, denotaba horas de gimnasio. Brazos tonificados, hombros definidos, y unas piernas que el pantalón corto no lograba ocultar. Debía medir alrededor de 1.65 metros, y su complexión era la de alguien que cuidaba su alimentación y su entrenamiento.

—Hola, sí —respondí, sonriendo—. Estoy buscando la nueva camiseta del Barça, la de esta temporada. La que tiene los detalles dorados.

Ella asintió, dejando la camiseta que estaba doblando sobre la mesa.

—La temporada pasada se nos agotó muy rápido —dijo, caminando hacia el fondo de la tienda—. Esta temporada pedimos más unidades. Creo que nos quedan algunas en la parte de atrás. Sígueme.

La seguí entre los estantes. Mientras caminaba, noté su andar seguro, su cola de caballo balanceándose rítmicamente. En la parte trasera de la tienda, junto al probador, había una caja con varias camisetas dobladas.

—Aquí tienes —dijo, sacando una y extendiéndomela—. Tenemos tallas M, L y XL. ¿Cuál usas?

—XL —respondí, tomando la camiseta—. Me gusta que me queden holgadas.

Ella sonrió, y por un momento sus ojos verdes se encontraron con los míos.

—Buena elección. La tela es muy cómoda, y el diseño está genial. Yo también soy del Barça, así que entiendo la emoción.

—¿Ah, sí? —pregunté, sintiendo que la conversación se extendía más allá de lo puramente comercial—. ¿Desde cuándo?

—Toda la vida —respondió, inclinando la cabeza con una sonrisa—. Mi papá me llevaba al Camp Nou cuando era niña. Aunque ahora vivo aquí, sigo viendo todos los partidos.

Intercambiamos algunas palabras sobre el equipo, sobre la temporada, sobre el próximo partido. Hablaba con pasión, moviendo las manos mientras describía las jugadas. En un momento, sin darme cuenta, me di cuenta de que estaba disfrutando más de la conversación que de la búsqueda de la camiseta.

—Soy Marcela, por cierto —dijo, extendiendo la mano.

—Mucho gusto, Marcela —respondí, estrechándola. Su mano era firme, con un apretón seguro—. Soy… bueno, un coleccionista.

Ella rio suavemente, y el sonido era ligero y genuino.

—¿Coleccionista de camisetas?

—De fútbol en general —respondí—. Tengo algunas de equipos locales, de selecciones, de jugadores históricos. Esta del Barça será una buena adición.

—Es una bonita afición —dijo, asintiendo—. ¿Vives por aquí?

—Sí, a unas cuadras. Vengo seguido a este centro comercial.

—Yo estoy aquí casi todos los días —dijo, señalando el uniforme—. Trabajo en la tienda desde hace dos años. Es un buen lugar, la verdad. La gente es amable, y me gusta el ambiente deportivo.

Mientras hablábamos, noté sus pies. Llevaba un par de tenis deportivos blancos, con cordones ajustados y una pulsera en el tobillo izquierdo. Nada fuera de lo común, pero por alguna razón mi mirada se detuvo ahí por un instante. Sus pies calzaban una talla que calculé alrededor de la 38, proporcionados, bien cuidados. Rápidamente desvié la mirada, sintiendo que me estaba fijando demasiado.

—Bueno —dije, tomando la camiseta—. Me la llevo. Gracias por la ayuda.

—De nada —respondió ella, sonriendo—. Si necesitas algo más, aquí estoy.

Fui al mostrador a pagar, y ella me acompañó. Mientras la cajera procesaba el pago, Marcela se quedó cerca, como si no quisiera que la conversación terminara aún.

—¿Vas a algún partido pronto? —preguntó.

—No sé, tal vez. ¿Tú?

—El próximo fin de semana voy al bar a verlo —dijo, encogiéndose de hombros—. Siempre voy con unos amigos. Es un buen plan.

No sé por qué, pero en ese momento sentí que debía aprovechar la oportunidad.

—¿Tal vez podría unirme? —pregunté, sintiendo que me arriesgaba—. Quiero decir, no tengo muchos amigos que vean fútbol, y siempre es mejor verlo acompañado.

Ella me miró, sus ojos verdes brillando con sorpresa. Por un momento pensé que había sido demasiado directo, pero luego su sonrisa se amplió.

—Claro, ¿por qué no? —dijo—. Te paso mi número, y te aviso dónde queda el bar.

Intercambiamos números de teléfono. Mientras ella lo guardaba en su celular, noté que sus dedos eran largos y esbeltos, con las uñas pintadas de un color nude que no llamaba la atención pero que combinaba perfectamente con su tono de piel.

—Espero que no sea demasiado atrevido —dije—. Pero tienes una energía muy agradable, Marcela. Me dio gusto conocerte.

Ella rio, un poco más tímida esta vez.

—No, no es atrevido. Es lindo. Y la verdad, yo también me alegré de conocerte. No todos los días viene un coleccionista de camisetas del Barça.

Nos despedimos con una sonrisa, y mientras salía de la tienda, no pude evitar mirar atrás. Ella ya estaba de vuelta en su puesto, doblando camisetas, pero levantó la vista y me dedicó un último gesto con la mano.

Anoche no pude dormir bien. Mi mente no dejaba de repasar el encuentro con Marcela en la tienda de deportes. Sus ojos verdes, su sonrisa, la forma en que movía las manos mientras hablaba de fútbol. Pero también había algo más, algo que no podía ignorar y que me acompañaba desde que tengo memoria.

Creo que debería escribir sobre eso. Sobre mi… gusto particular.

No sé exactamente cuándo empezó todo. Tal vez fue en la infancia, cuando jugaba con mis primas y descubría que sus carcajadas eran más fuertes si les hacía cosquillas en los pies. Recuerdo una tarde de verano, tendría unos siete u ocho años, cuando una de ellas se quedó dormida en el sofá después de comer. Sus pies descalzos sobresalían del borde, y yo, con esa curiosidad inocente de los niños, me acerqué y comencé a pasar los dedos por sus plantas.

Su reacción fue inmediata. Se despertó riendo a carcajadas, pataleando, intentando escapar. Pero yo no podía parar. Había algo hipnótico en ver cómo sus pies se retorcían, cómo sus dedos se curvaban y se estiraban tratando de evadir mis manos. Fue un momento de poder y diversión que quedó grabado en mi memoria.

Con los años, ese interés no desapareció. Al contrario, se fue haciendo más consciente, más específico. Me di cuenta de que no me gustaban las cosquillas en general, sino las cosquillas en los pies. Y no cualquier tipo de cosquillas, sino aquellas que provocaban una reacción intensa, descontrolada. Esa mezcla de risa y desesperación, de placer y tortura, me fascinaba.

Ver cómo una mujer se retuerce mientras le hago cosquillas en las plantas, cómo su cuerpo entero se convulsiona, cómo sus pies intentan escapar pero no pueden, cómo su risa se convierte en algo casi primitivo… eso es para mí una de las experiencias más intensas que existen. Es como si, por unos momentos, tuviera el control absoluto de su placer y su dolor, y ella, a su vez, se entregara completamente a esa sensación.

He tenido algunas experiencias a lo largo de los años. Algunas fueron breves, encuentros casuales donde el juego surgía de manera espontánea. Otras fueron más planeadas, como lo que pasó con Natalia. Pero todas compartían algo en común: la emoción de ver a una mujer rendirse ante las cosquillas en sus pies.

Y ahora, con Marcela, siento que esa emoción vuelve a despertar. No sé si ella es tan cosquilluda. No sé si sus pies son sensibles. No sé si algún día podré descubrirlo. Pero hay algo en ella, en su forma de moverse, en su energía, que me hace pensar que tal vez…

No, no debería adelantarme. Apenas la conozco. Apenas intercambiamos números. Pero no puedo negar que, cuando la vi en la tienda, mi mirada se detuvo unos segundos más en sus pies. En sus tenis blancos, en la pulsera de su tobillo, en la forma en que se movían mientras caminaba.

Tal vez sea solo mi imaginación. Tal vez sea mi deseo buscando señales donde no las hay. Pero hay algo en Marcela que me hace querer saber más. Querer descubrir si, como yo, guarda secretos que aún no ha compartido.

Al día siguiente, no pude resistirme. Inventé una excusa para pasar por el centro comercial, algo sobre devolver unos audífonos que había comprado la semana anterior. Pero en realidad, mi destino estaba claro: la tienda de deportes. Quería verla de nuevo, aunque fuera solo para intercambiar unas palabras.

Cuando entré, el timbre de la puerta sonó y ella levantó la vista desde el mostrador. Estaba organizando unos papeles, y al verme, dio un pequeño salto hacia atrás, como si no esperara a nadie tan temprano.

—¡Uy! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. No te había visto llegar.

—Perdón, no fue mi intención asustarte —dije, sonriendo—. ¿Abren temprano?

—Sí, hace unos minutos —respondió, recuperando la compostura—. Pero no esperaba visitas tan pronto. ¿Qué te trae por aquí?

—Pasaba cerca y quise saludar —dije, acercándome al mostrador—. Además, quería agradecerte de nuevo por la ayuda con la camiseta.

—No fue nada —dijo, sonriendo—. Para eso estoy.

Mientras conversábamos, ella se apoyó en el mostrador y yo noté que sus pies, dentro de los tenis blancos, se movían ligeramente, como si estuviera inquieta. Hablamos del partido del fin de semana, de sus entrenamientos, de cómo iba el día. En un momento, mencionó algo que me llamó la atención.

—La verdad es que esto es mío —dijo, señalando el local con un gesto amplio—. La tienda. Soy la propietaria.

—¿En serio? —pregunté, genuinamente sorprendido—. No sabía. Pensé que trabajabas aquí, pero no que eras la dueña.

—Sí, hace un par de años que la compré —respondió, con un tono de orgullo—. Siempre quise tener mi propio negocio, y esto era lo que más me gustaba. Ropa deportiva, artículos para entrenar… es mi mundo.

Esa información cambió algo en mí. No sé si fue la certeza de que ella estaba allí todos los días, o la sensación de que tenía un espacio propio, un territorio donde podía sentirme más cómodo para avanzar. Pero algo en mi interior me impulsó a ir más allá.

La miré fijamente a los ojos, y sin pensarlo demasiado, dejé caer la pregunta:

—Oye, Marcela, una cosa. ¿Tú eres cosquillosa?

Ella arqueó una ceja, con una expresión de incredulidad mezclada con algo que podría haber sido curiosidad, o tal vez morbo.

—¿Cómo así? —preguntó, inclinando la cabeza.

—Cosquillas —repetí, manteniendo el tono ligero—. De esas que te tocan en una parte del cuerpo y no puedes evitar reírte.

Por un momento, ella no respondió. Sus ojos verdes me escudriñaron, como si estuviera evaluando la intención detrás de la pregunta. Luego, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

—La verdad es que sí —dijo, con un tono que mezclaba confesión y complicidad—. Soy muy cosquillosa.

—¿En serio? —pregunté, manteniendo una sonrisa que esperaba no fuera demasiado evidente—. ¿En todo el cuerpo?

—Sí, en todo —respondió ella, riéndose suavemente—. Soy terriblemente cosquilluda. Desde chiquita. Mi mamá siempre decía que era mi «defecto».

—No creo que sea un defecto —dije, inclinándome ligeramente sobre el mostrador—. Más bien parece una cualidad interesante.

Ella me miró con curiosidad, y por un momento vi algo en sus ojos, una mezcla de intriga y diversión.

—Oye, pero ¿por qué me preguntas todo esto? —dijo, entre risas—. Es un poco raro, ¿no?

Me encogí de hombros, intentando parecer despreocupado.

—Curiosidad. Nada más. Es que hay personas que son más sensibles que otras, y siempre me ha parecido interesante.

Ella asintió, como si aceptara mi explicación, pero su sonrisa seguía ahí, cómplice.

—Bueno, ya que preguntas —dijo, apoyando los codos en el mostrador y acercándose un poco más—, te confieso que mi punto más cosquilludo son los pies.

—¿Los pies? —repetí, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba ligeramente—. ¿Todo el pie o alguna parte en especial?

Ella soltó una risa nerviosa, como si hablar de eso la hiciera sentir vulnerable.

—Las plantas —dijo, bajando la voz un poco—. Sobre todo en la parte del arco, ahí donde la piel es más suave. No sé por qué, pero cuando alguien me toca ahí… uf, es imposible no reírme. Y pataleo, claro. No puedo evitarlo.

—¿Pataleas? —pregunté, sintiendo cómo mi mente comenzaba a imaginar la escena.

—Sí, pataleo sin control —dijo, riéndose de sí misma—. Es una reacción automática. Mis pies se mueven solos, como si quisieran escapar. Y mientras tanto, no paro de reír. Es una tortura, pero también es divertido.

—¿Y no te pasa que cuando te hacen masajes o vas a la pedicura también te dan cosquillas? —pregunté, con tono casual.

—¡Ay, no me digas! —exclamó, llevándose una mano al rostro—. Eso es lo peor. Cada vez que voy a hacerme la pedicura o me dan un masaje en los pies, no puedo evitar reírme. La chica que me atiende siempre se ríe de mí porque me retuerzo en la silla. Es terrible, pero no lo puedo controlar.

—¿Y te da vergüenza?

—Un poco —admitió, sonriendo—. Pero ya me conocen, saben que soy así. A veces hasta bromean con que soy su clienta favorita porque siempre me ven reír.

Seguí escuchándola, asintiendo, mientras mi mente registraba cada palabra. La forma en que describía sus reacciones, la manera en que se reía al contarlo, la intimidad con la que compartía esa información… todo encajaba perfectamente.

—Es curioso —dije, con tono pensativo—. Hay personas que odian que les hagan cosquillas, y otras que lo disfrutan. ¿Tú de qué lado estás?

Ella dudó por un momento, como si realmente estuviera evaluando la pregunta.

Ella me miró fijamente, sus ojos verdes escudriñándome como si intentara leer mis intenciones más profundas. Por un momento, el silencio se extendió entre nosotros, solo roto por el zumbido de los aires acondicionados.

—¿Por qué? —preguntó finalmente, con un tono que mezclaba curiosidad y cautela—. ¿Por qué quieres hacerme cosquillas?

Tomé aire. Era el momento de ser honesto, al menos en parte.

—Me gusta mucho hacer cosquillas a las mujeres —dije, manteniendo la mirada fija en la suya—. Desde que tengo memoria, es algo que me fascina. Ver cómo se retuercen, cómo ríen sin control, cómo sus pies intentan escapar… no sé explicarlo, pero es algo que me atrae profundamente.

Ella no dijo nada, pero su expresión cambió. Ya no era solo curiosidad; ahora había algo más, una especie de intriga mezclada con morbo.

—Y desde el día que te vi —continué—, cuando vine a comprar la camiseta, no pude evitar preguntarme si eras cosquilluda. Algo en tu forma de moverte, en tu energía… no sé. Y ahora que me confirmas que lo eres, y que tus pies son tu punto más sensible, no puedo evitar querer comprobarlo.

Marcela me observó en silencio. Su respiración parecía haberse vuelto un poco más profunda. Luego, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

—¿Y cuándo sería eso? —preguntó, con un tono que ya no era de duda, sino de complicidad.

El corazón me dio un vuelco. No esperaba que fuera tan directa.

—Tú dime —respondí, tratando de mantener la calma—. Cuando puedas, cuando tengas tiempo…

Ella miró el reloj de pared detrás del mostrador. Eran las diez y media de la mañana.

—Pues si quieres —dijo, con una naturalidad que me sorprendió—, cierro la tienda un rato y vamos atrás. A la bodega. Ahí hay espacio, y nadie nos va a molestar. Me haces cosquillas allí dentro.

Me quedé sin palabras por un momento. No esperaba que ella misma propusiera el lugar y el momento. Mi mente procesaba rápidamente la situación, buscando algún indicio de que se estuviera burlando, pero su mirada era seria, aunque con ese brillo de complicidad.

—¿Estás segura? —pregunté—. ¿De acuerdo?

Ella asintió, con una sonrisa que ya no ocultaba nada.

—Es la única oportunidad —dijo—. Si no es ahora, no sé cuándo será. Así que, ¿qué dices?

—Listo —respondí, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a recorrer mi cuerpo—. Vamos.

Marcela salió del mostrador, caminó hacia la puerta principal y giró el cartel de «Abierto» para mostrar el de «Cerrado por almuerzo». Echó el cerrojo y se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada.

—Por aquí —dijo, señalando el pasillo que llevaba al fondo de la tienda.

La seguí entre los estantes, pasando junto a los maniquíes vestidos con ropa deportiva y las pilas de camisetas dobladas. Al final del pasillo, una puerta metálica daba paso a la bodega. Ella la abrió y encendió la luz.

El espacio era amplio, con estanterías llenas de cajas de zapatos, balones y ropa empaquetada. Había una mesa plegable en el centro, algunas sillas apiladas en una esquina y el suelo de cemento limpio. La luz fluorescente iluminaba el lugar con una claridad fría.

Marcela cerró la puerta detrás de nosotros.

El sonido del cerrojo al cerrarse fue como una señal. No pude contenerlo. Era más fuerte que yo.

Apenas Marcela giró para enfrentarme, ya estaba sobre ella. Mis manos encontraron su cintura con una precisión que ni yo mismo esperaba, y comencé a mover los dedos con rapidez sobre esa zona tan sensible. Su reacción fue inmediata: un grito ahogado que se transformó en una carcajada explosiva.

—¡Ah! ¡No! —exclamó, retorciéndose para escapar—. ¡Jajajaja! ¡Espera!

Pero no esperé. Subí mis dedos hacia sus costillas, apretando suavemente pero con firmeza, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba bajo mis manos. Marcela intentó alejarse, pero la bodega era pequeña y yo ya la tenía acorralada. Sus carcajadas se intensificaron, llenando el espacio con un sonido agudo y contagioso.

—¡Ahí no! ¡Jajajaja! —gritó, intentando cubrirse con los brazos—. ¡Eso es demasiado!

No cedí. Moví mis manos hacia sus axilas, y fue entonces cuando perdió el equilibrio. Marcela cayó al suelo, aún riendo, pataleando y retorciéndose sin control. Sus pies golpeaban el cemento mientras intentaba, sin éxito, alejarse de mí.

Yo, arrodillado a su lado, no detuve el ataque. Bajé mis manos hacia sus caderas, apretando con movimientos rápidos que la hacían saltar sobre el suelo frío. Su cuerpo se movía como un pez fuera del agua, una mezcla de espasmos y carcajadas que la dejaban sin aliento.

—¡No! ¡Jajajaja! ¡Para! —suplicaba, aunque sus palabras se ahogaban entre risas—. ¡Es demasiado! ¡No puedo!

Pero la escena era hipnótica. Verla retorcerse en el suelo, su cabello negro esparcido sobre el cemento, sus ojos verdes llenos de lágrimas de risa, su cuerpo atlético convulsionándose bajo mis dedos… era exactamente lo que había imaginado desde el momento en que la vi en la tienda.

—¿Demasiado? —pregunté, bajando la voz con un tono burlón—. Pero si apenas estamos empezando.

Y seguí, moviendo mis manos por todo su torso, explorando cada zona sensible que podía encontrar, mientras Marcela se retorcía y reía sin control en el suelo de la bodega.

Marcela seguía retorciéndose en el suelo, sus carcajadas resonando en la bodega como un eco interminable. Sus manos intentaban apartar las mías, pero yo era más rápido, más decidido. La tenía exactamente donde quería.

En un movimiento rápido, bajé mis manos hacia sus piernas. Mis dedos encontraron el borde de sus tenis blancos y, con un tirón firme, los deslicé de sus pies. Las medias siguieron el mismo destino, arrancadas con una facilidad que sorprendió incluso a mí.

Sus pies quedaron al descubierto. Blancos, delicados, con las uñas pintadas de un rojo intenso que contrastaba con su piel pálida. La planta de sus pies era suave, con ese arco pronunciado que ella misma había descrito como su punto más débil. No perdí tiempo en admirarlos. Mis dedos se abalanzaron sobre ambas plantas al mismo tiempo.

—¡JAJAJAJAJA! —gritó Marcela, su cuerpo arqueándose sobre el suelo de cemento—. ¡PARAAAA! ¡JAJAJAJAJA! ¡PARAAAA!

Pero no paré. Mis dedos se movían con velocidad, trazando espirales, líneas y círculos sobre sus plantas desnudas. Sus pies se retorcían, sus dedos se curvaban y se estiraban en un intento desesperado por escapar, pero yo los tenía firmemente sujetos.

—¡NOOO! ¡JAJAJAJAJA! —aulló, pataleando sin control—. ¡AGUANTOOO! ¡JAJAJAJAJAJA!

Sus carcajadas eran desesperadas, histéricas, llenando cada rincón de la bodega. Su cuerpo se convulsionaba en el suelo, sus piernas intentando cerrarse, pero yo mantenía sus tobillos separados, exponiendo sus plantas sensibles a mis dedos implacables.

—¿No aguantas? —pregunté, con un tono de falsa compasión—. Pero si apenas estoy empezando.

Bajé mis dedos hacia la parte del arco, justo donde ella había dicho que era más sensible. La reacción fue inmediata. Marcela estalló en una carcajada aún más intensa, casi inhumana, mientras su cuerpo se retorcía en espasmos incontrolables.

—¡AHÍ NO! ¡JAJAJAJAJA! ¡AHÍ NO, POR FAVOR! —suplicó, sus ojos verdes llenos de lágrimas—. ¡TE LO RUEGO! ¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!

Marcela seguía retorciéndose en el suelo de cemento, su cuerpo arqueándose y contrayéndose bajo mis dedos. Sus pies, ahora completamente desnudos, se movían en todas direcciones, pero yo los mantenía firmemente sujetos, mis dedos danzando sobre sus plantas sin descanso.

—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJA! —su risa era continua, ininterrumpida, una cascada de sonidos que llenaba la bodega—. ¡JAJAJAJAJA!

Sus manos golpeaban el suelo, sus piernas se sacudían, pero ya no suplicaba. Su cuerpo se había rendido a la sensación, entregado por completo a la tortura de las cosquillas. Sus ojos verdes estaban cerrados con fuerza, lágrimas corriendo por sus mejillas, pero su boca seguía abierta en esa carcajada interminable.

—¡JAJAJAJAJA! —gritaba, sin palabras, solo el sonido puro de la risa descontrolada.

Mis dedos se movían con precisión, alternando entre movimientos rápidos y rasguños lentos. Recorría cada centímetro de sus plantas, desde el talón hasta la base de sus dedos, deteniéndome especialmente en ese arco que ella había descrito como su punto más débil. Cada vez que mis dedos encontraban esa zona, su cuerpo reaccionaba con un espasmo más violento, sus pies intentando cerrarse como puños, pero yo los mantenía abiertos con mis pulgares.

—¡JAJAJAJAJA! —su risa se volvía más aguda, más desesperada, pero ya no había ruegos en ella. Solo la entrega total a la sensación.

Sus dedos se flexionaban y estiraban rítmicamente, como si bailaran al compás de mis movimientos. Sus talones golpeaban el cemento una y otra vez, pero no lograban escapar de mi agarre. La piel de sus plantas comenzaba a enrojecerse, sensible por la fricción constante, pero eso solo me impulsaba a continuar.

—Mira cómo se mueven tus pies —dije, con un tono de admiración fingida—. Parece que están bailando solos.

Ella no pudo responder. Su risa era demasiado intensa, demasiado abrumadora. Su pecho subía y bajaba con dificultad, pero sus pies seguían danzando bajo mis dedos, atrapados en ese ciclo interminable de cosquillas.

Y yo no tenía intención de parar.

Sus plantas eran increíblemente suaves. La piel blanca y tersa, sin callos ni asperezas, se deslizaba bajo mis dedos como seda. Y cada vez que mis yemas rozaban esa superficie perfecta, Marcela respondía con un espasmo más violento, una carcajada más desesperada. Era hipnótico.

—¡JAJAJAJAJA! —seguía riendo, sin control, su cuerpo retorciéndose en el suelo como si estuviera poseída.

Sus pies eran una obra de arte de la sensibilidad. El arco, especialmente, era una zona de pura vulnerabilidad. Cuando mis dedos se deslizaban por esa curva perfecta, sus pies se arqueaban hacia atrás, sus dedos se abrían como abanicos y una sacudida recorría todo su cuerpo. Era hermoso ver cómo sus pies reaccionaban, cómo cada centímetro de sus plantas era un campo minado de cosquillas esperando ser explotado.

Disfrutaba cada segundo de esa tortura. Verla retorcerse, ver cómo sus pies intentaban escapar pero no podían, ver cómo su risa se volvía más aguda, más desesperada, más rendida. Había algo profundamente satisfactorio en tener ese control, en saber que cada movimiento de mis dedos provocaba una reacción inmediata en su cuerpo.

—¿Sabes qué me encanta de esto? —dije, bajando la voz mientras mis dedos seguían bailando sobre sus plantas—. Ver cómo tus pies se mueven solos. Cómo intentan cerrarse pero no pueden. Cómo cada cosquilla que hago aquí…

Mis dedos se detuvieron en el centro de su arco, presionando suavemente.

—…te hace retorcerte de esa manera.

—¡JAJAJAJAJA! —gritó, su cuerpo arqueándose—. ¡JAJAJAJAJA!

Y yo seguía, implacable. Mis dedos se movían con precisión, alternando entre movimientos rápidos que la hacían patalear y rasguños lentos que la hacían temblar. Sus pies ya estaban rojos, sensibles, pero eso solo me impulsaba a continuar. Quería ver hasta dónde podía llegar, cuánto podía soportar antes de quebrarse por completo.

Pero Marcela no se quebraba. Seguía riendo, su cuerpo convulsionándose, sus pies retorciéndose bajo mis dedos. Y en el fondo, en algún lugar detrás de esa risa desesperada, creía ver un destello de placer. Una entrega que iba más allá de la mera reacción física.

Tal vez, solo tal vez, ella también estaba disfrutando de la tortura.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, me detuve. Mis dedos se separaron de sus plantas enrojecidas, y el silencio invadió la bodega, roto solo por el jadeo profundo de Marcela. Su pecho subía y bajaba con dificultad, y su cuerpo, aún tembloroso, permanecía extendido sobre el suelo de cemento.

Sus pies, ahora inmóviles, descansaban sobre mis muslos. Las plantas estaban rojas, brillantes por el sudor y la fricción, y sus dedos se movían ligeramente, como si aún sintieran el eco de mis caricias. Sus ojos verdes estaban entreabiertos, y las lágrimas de risa habían dejado rastros en sus mejillas.

Durante unos segundos, solo se escuchó su respiración irregular. Luego, con voz entrecortada, aún jadeando, Marcela habló:

—¿Por… qué paraste?

La pregunta me tomó por sorpresa. La miré, buscando en su rostro algún indicio de lo que realmente sentía. Su expresión era una mezcla de agotamiento y algo más, algo que no podía identificar con claridad.

—Noté que ya no podías más —respondí, con un tono que pretendía ser neutral—. Tu cuerpo estaba al límite. Pensé que necesitabas descansar.

Ella soltó una risa débil, aún sin recuperar el aliento por completo. Sus dedos se movieron, rozando el suelo de cemento como si buscaran algún punto de apoyo.

—No… no era eso —dijo, con un hilo de voz—. Solo… solo fue un momento.

Su mirada se encontró con la mía, y en ella vi algo que no esperaba. No era resentimiento ni enojo. Era curiosidad. Y tal vez, solo tal vez, un deseo de que continuara.

Finalmente, me detuve.

Mis dedos, aún temblorosos por la intensidad del ataque, se alejaron de sus plantas enrojecidas y sudorosas. El silencio que siguió fue casi tan abrumador como las carcajadas que habían llenado la bodega durante los últimos minutos.

Marcela quedó tendida en el suelo, su pecho subiendo y bajando con dificultad, intentando recuperar el aliento. Su cabello negro estaba desordenado, pegado a su frente por el sudor. Sus ojos verdes, todavía brillantes por las lágrimas de la risa, miraban al techo mientras su respiración se estabilizaba lentamente.

Sus pies, aún enrojecidos y sensibles, descansaban sobre mis muslos sin fuerzas para moverse. Los dedos de sus pies se relajaban lentamente, liberando la tensión acumulada.

Por un momento, solo se escuchaba su respiración entrecortada.

Luego, con voz ronca y jadeante, Marcela habló:

—¿Por qué… por qué paraste?

La pregunta me tomó por sorpresa. La miré, viendo cómo sus ojos verdes se encontraban con los míos, buscando una respuesta.

—Noté que ya no podías más —respondí, con un tono que intentaba ser suave—. Llegaste a tu límite.

Ella no respondió de inmediato. Solo me miró, su pecho aún subiendo y bajando, sus pies descansando inertes sobre mis piernas.

Sus palabras flotaron en el aire de la bodega, cargadas de una provocación que apenas necesitaba ser descifrada. Me miró, sus ojos verdes aún brillantes por las lágrimas de la risa reciente, y en su expresión había algo que iba más allá de la simple aceptación.

—¿Quieres que te haga más cosquillas? —pregunté, manteniendo el tono sereno, aunque por dentro la emoción comenzaba a crecer.

Ella tardó unos segundos en responder, como si estuviera sopesando sus propias palabras.

—Creo que puedes hacerme un poco más —dijo, con una voz que aún temblaba ligeramente—. Las mañanas no hay mucho tráfico de clientes en la tienda. Tengo tiempo.

No necesité escuchar más.

Sin previo aviso, mis manos volvieron a apoderarse de sus pies. Mis dedos encontraron sus plantas desnudas y se hundieron en esa piel blanca y suave con una ferocidad que sorprendió incluso a mí mismo. Comencé a cosquillear sin piedad, atacando cada centímetro de sus hipercosquilludos pies.

—¡JAJAJAJAJA! —estalló Marcela, su cuerpo arqueándose de inmediato—. ¡JAJAJAJAJA!

Sus pies se retorcieron violentamente, sus dedos curvándose y estirándose en un intento desesperado por escapar. Pero yo los mantenía firmemente sujetos, mis dedos moviéndose con rapidez sobre sus plantas enrojecidas, trazando espirales, líneas, círculos que la hacían saltar sobre el cemento.

—¡JAJAJAJAJA! —gritaba, sin control, sus manos golpeando el suelo—. ¡JAJAJAJAJA!

Mis dedos encontraron el arco de su pie izquierdo y se ensañaron con esa zona especialmente sensible. La reacción fue inmediata y devastadora. Marcela se retorció como si una corriente eléctrica recorriera su cuerpo, sus carcajadas volviéndose más agudas, más desesperadas.

—¡AHÍ NO! ¡JAJAJAJAJA! —aulló, aunque ya no había palabras coherentes, solo el sonido puro de la risa descontrolada.

Y yo seguí, implacable, disfrutando cada segundo de su tortura. Sus pies se movían como dos criaturas salvajes atrapadas entre mis manos, intentando huir sin éxito. El sudor comenzaba a cubrir sus plantas, haciendo que mis dedos resbalaran ligeramente, lo que añadía una nueva capa de sensación a la tortura.

Marcela reía sin parar, su cuerpo convulsionándose en el suelo de la bodega mientras yo continuaba mi ataque sin piedad.

Finalmente, cuando sus carcajadas comenzaron a volverse roncas, cuando su cuerpo ya no podía retorcerse con la misma intensidad, me detuve.

Solté sus pies lentamente, dejándolos caer sobre el suelo de cemento. Marcela quedó tendida, completamente extendida, su pecho subiendo y bajando en un ritmo agitado. Sus ojos estaban cerrados, sus mejillas húmedas por las lágrimas, su cabello negro esparcido alrededor de su cabeza como un abanico oscuro sobre el suelo gris.

Por un largo momento, solo se escuchó su respiración. Jadeos profundos, entrecortados, que poco a poco comenzaban a regularse. Sus manos, que habían estado golpeando el suelo, ahora descansaban inertes a los costados de su cuerpo. Sus pies, aún enrojecidos y brillantes por el sudor, temblaban ligeramente con espasmos residuales.

Abrí los ojos lentamente, parpadeando varias veces como si intentara enfocar la realidad. Me miró desde el suelo, y por un instante vi en sus ojos verdes una mezcla de agotamiento y algo más, algo que no podía identificar con claridad.

—¿Estás bien? —pregunté, con un tono que intentaba ser neutral.

Ella asintió débilmente, sin fuerzas para hablar. Su garganta parecía seca, sus cuerdas vocales exhaustas después de tanto reír. Tomó aire profundamente varias veces, llenando sus pulmones como si hubiera estado mucho tiempo sin oxígeno.

Sus dedos de los pies se movieron lentamente, como si estuvieran despertando después de una larga siesta. Sus plantas, aún sensibles, rozaban el suelo de cemento con cada pequeño movimiento.

Pasaron varios minutos antes de que pudiera incorporarse ligeramente, apoyándose en sus codos. Su respiración ya era más regular, aunque todavía entrecortada.

—Eso fue… —comenzó a decir, pero su voz se quebró.

Tosió suavemente, aclarando su garganta.

—Eso fue intenso —logró decir finalmente, con una sonrisa débil pero genuina.

La ayudé a levantarse del suelo. Sus piernas aún temblaban ligeramente mientras se incorporaba, apoyándose en mi brazo para no perder el equilibrio. Sus pies descalzos se movieron sobre el cemento frío mientras se sostenía, y pude sentir cómo sus plantas aún sensibles buscaban apoyo.

—Toma —dije, recogiendo sus medias y tenis del suelo—. Será mejor que te vistas antes de que alguien nos vea.

Ella asintió, tomando las medias con manos temblorosas. Se sentó en una caja apilada cerca de la pared y comenzó a ponérselas con movimientos lentos, casi ceremoniosos. Primero la media izquierda, deslizándola sobre su pie aún enrojecido. Luego la derecha. El roce de la tela contra su piel sensible la hizo estremecerse ligeramente.

Luego, los tenis. Se los calzó con cuidado, atándose los cordones con dedos que todavía no recuperaban toda su destreza. Se levantó, probó su peso sobre ambos pies, y pareció satisfecha de que aún pudiera mantenerse en pie.

Se acercó a un pequeño espejo que colgaba en la pared de la bodega y comenzó a arreglarse. Pasó los dedos por su cabello negro, recomponiendo la cola de caballo que se había desordenado durante la sesión. Sacó un pequeño estuche de maquillaje de su bolsillo y retocó ligeramente sus ojos y labios, borrando las huellas de lágrimas y esfuerzo.

—Listo —dijo, guardando el estuche—. Ya puedo abrir.

Salimos de la bodega y regresamos a la tienda. Ella caminó detrás del mostrador, colocándose en su lugar habitual mientras yo me detenía al otro lado. El cartel seguía en «Cerrado por almuerzo». Ella lo giró, mostrando nuevamente el «Abierto», y el timbre de la puerta sonó como si el mundo exterior volviera a existir.

La miré. Sus ojos verdes se encontraron con los míos, y había en ellos una mezcla de agotamiento y complicidad.

—¿Y bien? —pregunté, con una sonrisa que intentaba ser neutral.

Ella soltó una risa suave, casi tímida.

—Fue intenso —dijo, negando con la cabeza—. Nunca me habían hecho tantas cosquillas de esa manera. Ni siquiera sabía que podía reír tanto.

—¿Lo disfrutaste? —pregunté, manteniendo la mirada fija en la suya.

Marcela dudó por un momento, como si estuviera procesando la pregunta. Luego, una sonrisa genuina se dibujó en sus labios.

—Sí —respondió, con una voz que apenas era un susurro—. Lo disfruté. Y curiosamente… me excitó mucho.

Mi corazón dio un vuelco. Su honestidad me tomó por sorpresa, pero también confirmaba lo que había sospechado.

—¿Y tú? —preguntó, inclinando la cabeza—. ¿Realmente disfrutas hacer esto?

—Mucho —respondí, sin titubear—. Disfruto mucho hacerle cosquillas a mujeres cosquillosas. Ver cómo se retuercen, cómo ríen sin control, cómo sus pies intentan escapar… es algo que me fascina desde siempre.

Ella me observó, como si estuviera evaluando mis palabras.

—¿Te excita? —preguntó directamente, sus ojos verdes fijos en los míos.

—Sí —respondí, sin apartar la mirada—. Me excita.

El silencio se extendió entre nosotros, pero no era incómodo. Era un silencio cargado de entendimiento.

—Bueno —dijo finalmente, rompiendo el momento—. Supongo que deberías irte. Tengo una tienda que atender.

—Claro —respondí, asintiendo—. Pero… ¿podríamos seguir en contacto?

Ella sonrió, sacando su teléfono del bolsillo.

—Claro —dijo, y sus dedos se movieron sobre la pantalla—. Dame el tuyo.

Intercambiamos números. Guardé el suyo con cuidado, sabiendo que esa no sería la última vez que nos veríamos.

—Cuídate, Marcela —dije, caminando hacia la puerta.

—Tú también —respondió ella, su voz llevando un tono de complicidad que no necesitaba más palabras.

Salí de la tienda, y el aire fresco del centro comercial me golpeó el rostro. Caminé hacia el estacionamiento con una sonrisa que no podía ocultar.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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