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A la mañana siguiente, Carlos se despertó temprano. No había dormido bien, pero la emoción por lo que vendría lo mantenía alerta. Se vistió rápido, revisó su mochila y salió de la casa sin hacer ruido. Patricia no estaba. Por supuesto que no. Estaba en la bodega.
Tomó la moto y fue directo al apartamento de Felipe. Lo encontró esperando en la entrada, con una mochila colgada al hombro y una expresión seria que Carlos no terminó de descifrar.
—¿Listo? —preguntó Carlos, deteniendo la moto frente a él.
Felipe asintió sin decir palabra y se subió. El trayecto hasta la bodega fue silencioso, solo el ruido del motor y el viento golpeando sus rostros. Carlos notó que Felipe estaba más callado que de costumbre, pero no le dio importancia. Atribuyó su silencio a los nervios, a la emoción del plan.
Llegaron a la bodega. Carlos bajó de la moto, sacó las llaves y abrió la puerta metálica. La luz del sol de la mañana se filtró por la entrada, iluminando parcialmente el espacio oscuro y polvoriento.
Patricia seguía allí. Aún sentada en la silla, las manos atadas a la espalda, los pies aún atrapados en el cepo. El cabello rubio completamente desordenado, la camisa de seda blanca arrugada y sucia, las medias veladas negras rotas y rasgadas por el roce de las ataduras y los cepillos de la noche anterior. Su cabeza colgaba hacia un lado, y su respiración era lenta, profunda. Estaba dormida.
Felipe entró detrás de Carlos y se quedó mirando la escena. La imagen de Patricia, tan vulnerable, tan indefensa, le revolvió el estómago. Pero no dijo nada.
Carlos se acercó a la silla, dio una vuelta alrededor de su madre y la observó con satisfacción. Luego se giró hacia Felipe.
—¿Cuál es el paso a seguir? —preguntó Felipe, con voz baja.
Carlos sonrió debajo de su máscara de Spider-Man. Aunque Felipe no podía ver su sonrisa, notó el brillo en sus ojos a través de los agujeros de tela.
—Pues a lo que vinimos —dijo Carlos, con un tono despreocupado—. Continuar haciéndole cosquillas.
Se acercó a los pies de Patricia y los examinó. Las medias veladas estaban rotas, casi rasgadas por completo, y la piel de sus plantas se veía pálida y sensible.
—Hoy le romperemos las medias del todo —dijo Carlos, señalándolas—. Le haremos cosquillas con los pies desnudos.
Felipe sintió que la sangre se le helaba. Sabía que eso era parte del plan, pero escucharlo en voz alta, con esa frialdad, le parecía diferente. Peor.
Carlos se giró para mirarlo directamente.
—Yo sé que a ti te gusta mucho hacerle cosquillas a mi mamá en los pies —dijo, con un tono que no admitía discusión—. No me lo puedes negar.
Felipe abrió la boca para decir algo, pero las palabras no salieron. Se quedó en silencio, sintiendo el peso de la mirada de Carlos sobre él. Quería negarlo. Quería decir que no, que eso había quedado atrás, que él ya no era el mismo. Pero no pudo. En el fondo, sabía que era verdad. Siempre le había gustado hacerle cosquillas a Patricia en los pies. Y eso, de alguna manera, lo hacía cómplice de todo.
Solo asintió. Un gesto pequeño, casi imperceptible, pero que Carlos interpretó como confirmación.
—Además —continuó Carlos, con un tono más alegre—, además de hacerle cosquillas en los pies desnudos, la torturaremos usando la frase «cuchi cuchi coo» mientras le hacemos cosquillas. Para que se desespere. ¿Te parece?
Felipe sintió que el mundo se le venía encima. Esa frase, «cuchi cuchi coo», era algo que Carlos y él usaban cuando eran niños, una tontería que decían mientras jugaban. Pero ahora, usarla en este contexto, en esta situación, le parecía retorcido. Pero no pudo decir nada. Solo asintió de nuevo.
Los dos jóvenes entraron por completo a la bodega y la puerta metálica se cerró detrás de ellos, sumiéndolos en la penumbra.
El ruido de la puerta al cerrarse hizo que Patricia se moviera. Sus ojos se abrieron lentamente, confundidos, y al ver las dos figuras encapuchadas frente a ella, el pánico regresó de golpe.
—¡No! —gritó, forcejeando contra las ataduras—. ¡Por favor, suélteme! ¡Ya fue suficiente! ¡No sé de qué me hablan!
Carlos se acercó a ella, inclinándose hasta quedar a la altura de su rostro. Su voz grave y metálica atravesó el aire.
—Sabemos que transporta altas sumas de dinero —dijo, con una calma aterradora—. Así que denos la combinación de las cuentas y la dejaremos ir. O de lo contrario, seguiremos torturándola.
Patricia negó con la cabeza, con lágrimas rodando por sus mejillas.
—No sé de qué me hablan —repitió, con la voz rota—. ¡No sé nada!
Carlos se enderezó y caminó hacia sus pies, seguido por Felipe. Ambos se arrodillaron frente al cepo. Patricia sintió que el pánico la envolvía por completo cuando vio las manos de los encapuchados acercándose a sus medias rotas.
—No, por favor —suplicó—. No hagan esto. No puedo más.
Carlos la ignoró. Con un movimiento rápido y preciso, tomó el borde de la media derecha y la rasgó por completo, dejando el pie desnudo. Felipe hizo lo mismo con la izquierda. El contacto del aire frío de la bodega sobre la piel desnuda de las plantas de Patricia la hizo estremecerse. Sus pies, expuestos toda la noche al frío, estaban hipersensibles, cada terminación nerviosa alerta y vibrante.
—Última oportunidad —dijo Carlos, con su voz metálica.
Patricia lo miró con los ojos llenos de miedo.
—Es que no lo sé —dijo, con un susurro casi inaudible—. No lo sé.
Carlos hizo un movimiento con la cabeza. Una señal.
La tortura comenzó.
Los dedos de ambos jóvenes se deslizaron sobre las plantas desnudas de Patricia con una velocidad y precisión sádicas. El contacto directo de la piel con la piel era mucho más intenso que a través de las medias, y Patricia sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
Las carcajadas brotaron de inmediato, fuertes y descontroladas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —gritó, mientras su cuerpo se retorcía en la silla—. ¡NOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Carlos y Felipe no se detuvieron. Sus dedos recorrían las plantas de Patricia de arriba abajo, dibujando círculos en los arcos, deslizándose por los costados, explorando cada rincón de la piel desnuda y sensible. Y mientras lo hacían, comenzaron a decir la frase.
—Cuchi cuchi coo —dijo Carlos, con su voz grave y metálica, mientras sus dedos bailaban sobre el pie derecho.
—Cuchi cuchi coo —repitió Felipe, con la misma voz distorsionada, mientras atacaba el izquierdo.
La combinación de las cosquillas implacables y la frase infantil y absurda, dicha con esas voces graves y amenazantes, sumió a Patricia en un caos mental que no podía procesar. Las carcajadas se mezclaban con gritos, con jadeos, con súplicas ininteligibles que se perdían en el ruido de su propia voz.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Cuchi… ¡NO! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Sus pies se retorcían en el cepo, pero no había manera de escapar. Cada vez que lograba moverlos un poco, los dedos de sus torturadores encontraban un nuevo punto sensible para atacar, un nuevo rincón que la hacía estallar en carcajadas aún más fuertes.
Carlos sonreía bajo su máscara. Felipe, en cambio, sentía que algo dentro de él se rompía. Pero sus dedos no se detenían. No podía detenerlos.
Y las risas de Patricia seguían llenando la bodega, sin tregua, sin piedad, sin final a la vista.
La tortura continuaba sin tregua. Los dedos de Carlos y Felipe se movían sobre las plantas desnudas de Patricia con una sincronía que parecía ensayada, como si hubieran estado practicando ese momento durante semanas. Cada movimiento, cada roce, cada presión estaba calculado para maximizar el tormento, para llevar a Patricia al límite y más allá.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —las carcajadas de Patricia ya no eran risas normales. Eran gritos desgarrados, entrecortados, que salían de lo más profundo de su ser, mezclándose con gemidos y jadeos que apenas le permitían respirar—. ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡YA NO PUEDO MÁS!
Pero Carlos y Felipe no mostraban señales de cansancio. Al contrario, cada súplica parecía darles más energía, más determinación. Sus dedos seguían deslizándose por las plantas de Patricia, recorriendo los arcos, los talones, la base de los dedos, los costados. No dejaban ningún rincón sin explorar, ninguna curva sin tocar.
Carlos se concentró en el pie derecho, usando la yema de los dedos para trazar círculos lentos y profundos en el arco, esa zona que sabía que volvía loca a su madre. Patricia sintió que el cosquilleo se intensificaba, que se volvía más profundo, más desesperante.
—¡NOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡AHÍ NO! —gritó Patricia, arqueando la espalda en la silla—. ¡POR FAVOR, AHÍ NO!
Pero Carlos no se detuvo. Siguió trazando círculos en el arco, cada vez más lentos, más profundos, mientras su otra mano sujetaba el tobillo de Patricia con firmeza para evitar que se zafara.
Felipe, por su parte, había encontrado un punto particularmente sensible en la base de los dedos del pie izquierdo. Usaba sus dedos para frotar suavemente, casi con cariño, pero con una intensidad que hacía que Patricia sintiera que el suelo se abría bajo ella. Los dedos de Patricia se abrían y cerraban involuntariamente, tratando de escapar de esa caricia que la volvía loca, pero era inútil.
—¡Cuchi cuchi coo! —dijo Carlos, con su voz grave y metálica, mientras seguía atacando el arco del pie derecho.
—¡Cuchi cuchi coo! —repitió Felipe, mientras frotaba la base de los dedos del pie izquierdo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —las carcajadas de Patricia se volvieron aún más fuertes, más desesperadas, mientras la frase infantil resonaba en sus oídos—. ¡NOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO ME DIGAN ESO!
Pero ellos no paraban. Seguían diciendo la frase, una y otra vez, mientras sus dedos seguían bailando sobre las plantas desnudas y sensibles de Patricia. El contraste entre la inocencia de las palabras y la brutalidad de las cosquillas era casi tan tortuoso como el contacto físico, y Patricia sentía que su mente se desmoronaba junto con su cuerpo.
Los dedos de Carlos se deslizaron desde el arco hasta el talón, y luego de vuelta al arco, en un movimiento continuo que no le daba tiempo a Patricia para recuperarse. Cada pasada era una nueva oleada de cosquillas que la hacían retorcerse en la silla, tirando de las ataduras con todas sus fuerzas.
Felipe cambió de táctica y comenzó a usar las uñas, ligeramente, para raspar la piel de la planta del pie izquierdo. El roce de las uñas sobre la piel sensible era una tortura que Patricia no había experimentado antes, y el nuevo estímulo la llevó a un nivel de risa que no sabía que existía.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO! ¡ESO NO! —gritó Patricia, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR, NO USEN LAS UÑAS!
Carlos rió bajo su máscara.
—¿No le gustan las uñas, señora? —preguntó, mientras sus dedos seguían atacando el pie derecho—. ¿Prefiere esto?
Sus dedos se movieron más rápido, más ligeros, como si estuviera tocando un instrumento invisible. El cosquilleo se intensificó, y Patricia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —las carcajadas se volvieron un único sonido continuo, una nota que no parecía tener fin—. ¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡YA NO PUEDO!
Felipe se detuvo por un segundo, solo para tomar aire, pero Carlos aprovechó ese momento para redoblar su ataque en el pie derecho. Sus dedos se movían ahora en líneas rectas, de talón a dedos, de dedos a talón, cada vez más rápido, más implacable.
—¡Cuchi cuchi coo! —dijo Carlos, mientras sus dedos seguían su danza sobre la planta de Patricia.
—¡Cuchi cuchi coo! —repitió Felipe, uniéndose de nuevo al ataque.
Patricia ya no podía hablar. Solo reía. Reía y reía, mientras los dedos de los dos hombres seguían explorando sus pies desnudos, sus plantas hipercosquilludas, sus talones sensibles, cada rincón de su piel que estaba a merced de ellos. Las lágrimas corrían por sus mejillas, el sudor empapaba su cuerpo, y su voz se quebraba en un grito continuo, desesperado, que parecía no tener fin.
Y los dedos de Carlos y Felipe seguían moviéndose. Sin piedad. Sin descanso. Sin fin.
Carlos se detuvo por un momento. Sus dedos, que habían estado bailando sin descanso sobre la planta del pie derecho de Patricia, se congelaron en el aire. Patricia sintió un segundo de alivio, apenas un instante para tomar aire, para intentar recuperar el aliento perdido.
Pero ese alivio duró menos de un segundo.
Carlos se levantó lentamente, con una parsimonia que resultaba más aterradora que la prisa. Caminó alrededor de la silla, sus pasos resonando en el piso de cemento, hasta que quedó justo detrás de Patricia. Ella sintió su presencia, sintió el calor de su cuerpo cerca de su espalda, y el miedo se apoderó de ella con una fuerza renovada.
—No —susurró Patricia, con la voz aún temblorosa por las carcajadas—. No, por favor…
Pero Carlos no escuchó. O quizás sí, y eso lo impulsaba a continuar.
Levantó ambas manos, abrió los dedos como garras, y las clavó en las costillas de Patricia. No fue un contacto suave, no fue un roce ligero. Fue un ataque directo, firme, con las diez puntas de los dedos presionando la piel a través de la camisa de seda arrugada, moviéndose en círculos rápidos y precisos.
El grito que salió de Patricia fue desgarrador.
—¡AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH! —y luego, inmediatamente, una carcajada que no tenía nada de alegre—. ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Su cuerpo se arqueó hacia adelante, tratando de escapar de esas manos que la atacaban por detrás, pero las ataduras en sus muñecas se lo impedían. Solo podía retorcerse en la silla, moverse de un lado a otro, mientras los dedos de Carlos exploraban cada centímetro de sus costillas con una precisión sádica.
Pero la tortura no se detuvo allí. Felipe, que había permanecido frente a ella, no perdió el ritmo. Sus dedos seguían deslizándose sobre las plantas desnudas de Patricia, atacando el arco del pie izquierdo con movimientos rápidos y ligeros, mientras su otra mano sujetaba el tobillo para evitar que se zafara.
La sincronización era perfecta. Carlos atacaba las costillas de Patricia desde atrás, sus diez dedos moviéndose en círculos y líneas que la hacían retorcerse en todas direcciones. Felipe atacaba los pies desde adelante, sus dedos recorriendo las plantas hipersensibles sin darle tregua. Y ambos, al unísono, comenzaron de nuevo con la frase.
—¡Cuchi cuchi coo! —dijo Carlos, con su voz grave y metálica, justo detrás de la oreja de Patricia.
—¡Cuchi cuchi coo! —repitió Felipe, sin dejar de cosquillear sus pies.
Patricia sintió que el mundo se desmoronaba. La risa que salía de su boca ya no era una risa humana. Era una mezcla de gritos, de gemidos, de alaridos, de carcajadas que no parecían tener fin. Su cuerpo se sacudía en la silla, tirando de las ataduras con una fuerza que no sabía que tenía.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —su voz se quebraba, se rompía, se perdía en el eco de sus propios gritos—. ¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR, NO! ¡NO, NO, NO, NO, NO!
Pero Carlos y Felipe no se detenían. Los dedos de Carlos seguían explorando sus costillas, encontrando cada punto sensible, cada espacio donde la piel era más fina, cada curva que la hacía estallar en carcajadas. Los dedos de Felipe seguían bailando sobre sus plantas, recorriendo los arcos, los talones, la base de los dedos, sin dejar ningún rincón sin tocar.
Patricia sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. La risa la había poseído por completo. No podía pensar, no podía razonar, no podía hacer nada más que reír y reír y reír mientras las manos de sus torturadores la llevaban al límite y más allá, sin piedad, sin compasión, sin final a la vista.
Y en medio de todo ese caos, las voces de Carlos y Felipe seguían repitiendo la frase, una y otra vez, como un mantra retorcido que solo servía para intensificar su desesperación.
—Cuchi cuchi coo.
—Cuchi cuchi coo.
—Cuchi cuchi coo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —era la única respuesta que Patricia podía dar, un sonido que ya no era risa ni grito, sino algo entre ambos, algo que había dejado de ser humano.
Finalmente, Patricia sucumbió.
Su cuerpo, que había estado retorciéndose y sacudiéndose sin control, se quedó inmóvil. La cabeza le cayó hacia un lado, el cabello rubio cubriéndole parte del rostro, y los ojos se le cerraron. Su respiración, aún agitada, comenzó a hacerse más lenta, más profunda, mientras el agotamiento la vencía y la sumía en un sueño profundo.
Carlos se detuvo, retirando sus dedos de las costillas de su madre. Dio la vuelta a la silla y la observó un momento: su rostro sudoroso, la camisa blanca de seda completamente arrugada y manchada, el maquillaje corrido por las lágrimas. Estaba desmayada.
—Bien —dijo Carlos, con su voz grave y metálica—. Ahora podemos preparar la siguiente fase.
Felipe también se detuvo, retirando sus dedos de los pies de Patricia. Se levantó, sintiendo que las piernas le temblaban ligeramente. Miró a Patricia, inmóvil en la silla, y sintió un nudo en el estómago.
—Carlos —dijo, con la voz apenas audible—. Ya fue suficiente. Deberíamos soltarla.
Carlos se giró hacia él, y aunque la máscara de Spider-Man ocultaba su rostro, la rigidez de su postura era inconfundible.
—Te voy a decir algo —dijo, con un tono que no admitía réplica—. Hace tiempo descubrí que mi mamá se ve con alguien en esta ciudad para ser sometida con cosquillas.
Felipe sintió que el corazón se le detenía por un segundo. La sangre se le heló en las venas. No dijo nada, solo escuchó, mientras las palabras de Carlos caían como golpes sobre su conciencia.
—Así que me ayudas a torturarla hasta que no pueda más —continuó Carlos, con una calma que era más aterradora que un grito—. ¿O te vas? ¿Está claro?
Felipe sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras de Carlos resonaron en su cabeza como un eco infinito: «Me ayudas a torturarla hasta que no pueda más… o te vas.»
Podía irse. Podía salir de esa bodega, subirse a la moto y desaparecer. Podía dejar a Carlos con su locura y fingir que todo aquello nunca había pasado. Pero si se iba, ¿qué pasaría con Patricia? ¿Quién la protegería de su propio hijo?
Y, más importante aún: ¿sabía Carlos que él era el hombre con el que Patricia se veía? ¿Lo sabía todo? ¿O solo sospechaba, solo intuía, sin tener certezas?
Felipe tragó saliva y tomó una decisión.
—¿Cuál es el paso a seguir? —preguntó, con la voz más firme de la que se sentía capaz.
Carlos lo miró por un momento, evaluando su respuesta. Luego, sin decir palabra, caminó hacia la mesa de metal que había preparado junto a la pared. Estiró el brazo y, con un movimiento amplio, dejó al descubierto el arsenal que había reunido.
Pinceles de todos los tamaños. Cepillos de cerdas suaves y rígidas. Plumas de diferentes tipos, desde las más gruesas hasta las más finas. Un par de plumas de paloma, con las puntas delicadas y suaves, perfectas para cosquillear sin lastimar. Y otros objetos que Felipe no alcanzó a identificar, pero que imaginaba que tendrían el mismo propósito.
—Tomemos cada uno un par de plumas finas —dijo Carlos, señalando las plumas de paloma—. Las de las alas, las que tienen las puntas más suaves. Esas producen muchas cosquillas.
Felipe asintió y tomó un par de plumas. Las sostuvo entre sus dedos, sintiendo la ligereza del plumón, la suavidad de las puntas. Sabía, por experiencia propia, lo efectivas que eran esas plumas para torturar a Patricia. Las había usado antes, en otras ocasiones, en otros juegos. Pero nunca en un contexto como este.
Carlos tomó las suyas y caminó hacia Patricia, que seguía desmayada en la silla. Se detuvo frente a ella, sacó un pequeño frasco de su bolsillo y lo abrió. Colocó el frasco bajo la nariz de Patricia, dejando que el olor de las sales aromáticas penetrara en sus fosas nasales.
Patricia tosió. Movió la cabeza de un lado a otro, y poco a poco, sus ojos comenzaron a abrirse. La luz tenue de la bodega la deslumbró por un momento, y tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Cuando lo hizo, el pánico regresó de inmediato.
Al ver a los dos encapuchados frente a ella, con las plumas en las manos, Patricia sintió que el miedo le recorría todo el cuerpo.
—¡No! —gritó, forcejeando contra las ataduras—. ¡Por favor, no otra vez!
Carlos se inclinó hasta quedar a la altura de su rostro.
—Señora —dijo, con su voz grave y metálica—. Las combinaciones. Esta es su última oportunidad.
Patricia negó con la cabeza, con lágrimas rodando por sus mejillas.
—No sé de qué me hablan —dijo, con la voz rota—. ¡No sé nada!
Carlos se enderezó y miró a Felipe. Ambos se colocaron frente a los pies desnudos de Patricia, cada uno sosteniendo su par de plumas. Las puntas suaves de las plumas de paloma se movían ligeramente en el aire, listas para comenzar su trabajo.
—Muy bien —dijo Carlos, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Empecemos.
Y al unísono, comenzaron a deslizar suave y delicadamente las plumas por las hipercosquilludas plantas de Patricia.
El contacto de las plumas sobre la piel desnuda y sensible fue como un susurro de fuego. Las puntas suaves se deslizaban sin esfuerzo, recorriendo cada centímetro de las plantas, cada curva, cada arruga. No era una tortura brutal, era una tortura delicada, casi tierna, que resultaba mil veces peor que cualquier ataque violento.
Patricia sintió que el caos se apoderaba de ella de nuevo. Las carcajadas brotaron de inmediato, fuertes y descontroladas, mientras su cuerpo se retorcía en la silla.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO! ¡LAS PLUMAS NO! —gritó entre risas—. ¡POR FAVOR, LAS PLUMAS NO!
Pero ellos no se detuvieron. Las plumas seguían deslizándose sobre sus plantas, trazando líneas suaves y precisas que la volvían loca. Los dedos de Patricia se abrían y cerraban involuntariamente, tratando de escapar de ese cosquilleo que parecía no tener fin, pero era inútil.
—¡Cuchi cuchi coo! —dijo Carlos, mientras su pluma seguía su danza sobre la planta del pie derecho.
—¡Cuchi cuchi coo! —repitió Felipe, mientras su pluma recorría el pie izquierdo.
—¡NOOOOO! —gritó Patricia, con lágrimas de desesperación—. ¡LAS PLUMAS, POR FAVOR! ¡LAS PLUMAS NO! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO MÁS!
Pero las plumas seguían moviéndose. Suaves, precisas, implacables. Y la risa de Patricia llenaba la bodega una vez más, mientras la tortura continuaba sin piedad.
Las puntas suaves de las plumas se deslizaban por la piel hipersensible de las plantas de Patricia con una lentitud deliberada. Cada trazo era una caricia que se convertía en tormento, un roce que desataba oleadas de cosquillas imposibles de contener. No había prisa en los movimientos de Carlos y Felipe. No había necesidad. El tiempo parecía haberse detenido en esa bodega, y ellos eran los dueños absolutos de ese instante.
Las plumas de paloma, con sus puntas finas y delicadas, recorrían desde los talones hasta los dedos, desde los arcos hasta los costados, sin dejar un solo centímetro de piel sin explorar. Cada trazo era un latigazo de cosquillas que hacía que los pies de Patricia se retorcieran en el cepo, buscando inútilmente una escapatoria.
Patricia ya no podía hablar. Las palabras se le habían escapado hacía rato, ahogadas por la risa incontrolable que brotaba de su garganta sin permiso. Su boca estaba abierta en una carcajada continua, los ojos llenos de lágrimas que no cesaban de correr, y su cuerpo se sacudía en la silla como si estuviera poseído por un espíritu que solo el cosquilleo podía invocar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —era el único sonido que salía de ella. Una risa desgarrada, profunda, que parecía venir de un lugar donde el control ya no existía.
Y en medio de ese caos, Carlos y Felipe permanecían en silencio. No decían nada. No pronunciaban la frase. Solo movían las plumas, sincronizados, con una precisión que parecía ensayada. La única voz que se escuchaba era la de Patricia, sus carcajadas que se elevaban hasta el techo de la bodega y rebotaban en las paredes de bloque gris, multiplicándose en el eco vacío.
Las plumas se deslizaban más despacio ahora, como si quisieran prolongar cada segundo de tormento. Los dedos de Patricia se abrían y cerraban en espasmos, los pies intentaban retorcerse, pero el cepo los mantenía firmes, expuestos, vulnerables. Las plantas desnudas de sus pies, sudadas y sensibles, eran el lienzo perfecto para esa tortura silenciosa.
Carlos, bajo la máscara de Spider-Man, observaba cada reacción de su madre. Veía cómo sus dedos se crispaban, cómo sus talones se elevaban, cómo su cuerpo entero se estremecía con cada roce de las plumas. No decía nada, solo seguía moviendo su pluma, trazando líneas que la llevaban al límite una y otra vez.
Felipe, bajo la máscara de Venom, sentía que su corazón latía con fuerza en el pecho. Veía a Patricia, la mujer con la que había compartido tantos momentos íntimos, reducida a un montón de carcajadas y lágrimas. Sabía que esto era diferente. Sabía que esto no era un juego. Pero las plumas seguían moviéndose, y él no podía detenerse.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia se elevó un tono más, mientras las plumas se concentraban en el arco de sus pies, esa zona que siempre la volvía loca. Sus hombros se sacudieron, su cabeza cayó hacia atrás, y por un momento pareció que iba a desmayarse de nuevo.
Pero no se desmayó. Siguió riendo. Riendo y riendo, mientras las plumas seguían deslizándose sobre sus plantas, trazando círculos y líneas y espirales que la llevaban cada vez más lejos, más adentro del caos, más allá de cualquier límite que alguna vez hubiera conocido.
Ni Carlos ni Felipe decían una palabra. No hacía falta. La risa de Patricia era la única música que necesitaban.
Y la tortura continuaba. Lenta, suave, implacable, sin fin.
La risa de Patricia se había vuelto ronca. Ya no era la carcajada limpia y fuerte de antes, sino un sonido rasposo, entrecortado, que salía de su garganta como si cada carcajada le costara un esfuerzo inmenso. Los ojos se le habían enrojecido, las lágrimas le corrían por las mejillas mezcladas con el sudor, y su cuerpo ya no se retorcía con la misma energía de antes. Ahora solo temblaba, sacudido por espasmos que parecían venir de un lugar más profundo que sus músculos.
Carlos detuvo el movimiento de su pluma. Se quedó quieto, observando a su madre un momento. Su pecho subía y bajaba con dificultad, los jadeos se mezclaban con los sollozos que aún escapaban de sus labios. Parecía que en cualquier momento iba a desmayarse de nuevo.
Hizo una señal a Felipe y ambos se retiraron hacia un costado de la bodega, dejando a Patricia sola en la silla. Ella no levantó la cabeza, no dijo nada. Solo seguía jadeando, con los ojos cerrados, tratando de recuperar algo de aliento.
Felipe se quitó la máscara de Venom por un momento, dejándola colgando de su cuello. El sudor le corría por la frente. Respiró hondo y miró a Carlos.
—Quizás ya es suficiente —dijo Felipe, con voz baja—. Mira cómo está. Ya no puede más.
Carlos también se quitó la máscara, dejando al descubierto su rostro. Tenía una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—¿Estás disfrutando? —preguntó, sin rodeos.
Felipe dudó un segundo. Pero no podía mentir. No del todo.
—Sí —admitió—. Pero la noto al borde del colapso, Carlos. En serio, mira cómo está. Ya no puede más.
Carlos volteó a mirar a su madre. Patricia seguía en la silla, con la cabeza gacha, el cabello rubio cubriéndole el rostro, los pies aún expuestos en el cepo. Los dedos se le movían ligeramente, como si aún sintiera el cosquilleo de las plumas en su piel.
—Aún falta un poco más —dijo Carlos, con una calma que resultaba inquietante—. Está cerca, pero aún no ha llegado. Quiero verla romperse del todo, Felipe. Quiero que no pueda ni siquiera recordar su nombre.
Felipe sintió que un escalofrío le recorrió la espalda. No dijo nada, solo asintió y volvió a colocarse la máscara sobre el rostro.
Carlos hizo lo mismo, ajustando la de Spider-Man sobre su cabeza, y caminaron de vuelta hacia la silla donde Patricia seguía jadeando, ajena a lo que estaba por venir.
Mientras Carlos y Felipe se preparaban para regresar a la silla donde Patricia seguía jadeando, sin fuerzas para levantar la cabeza, ninguno de los dos podía imaginar lo que estaba ocurriendo en el mundo exterior.
La realidad, como suele suceder, seguía su curso sin importar los juegos oscuros que se tejían en esa bodega olvidada.
Patricia había salido de su oficina a las cuatro de la tarde, como hacía siempre los viernes. Pero esa vez no había ido a una reunión normal. Esa vez llevaba en el maletero de su Audi una maleta ejecutiva con casi un millón de dólares en efectivo. Era el pago final a un proveedor internacional que había estado trabajando con su empresa durante meses, un trato que solo ella y su cliente directo conocían.
Esa maleta seguía en el auto de Patricia, estacionado dentro de la bodega a unos metros de donde ella estaba sentada. El dinero seguía allí, intacto, esperando ser entregado.
Pero el proveedor nunca llegó.
La reunión estaba pactada para las seis de la tarde en un lugar discreto, un café cerca del aeropuerto. A las seis y diez, el proveedor llamó al número de Patricia. No contestó. A las seis y veinte, volvió a llamar. Nada.
A las siete, el proveedor empezó a preocuparse. Patricia no era una mujer que faltara a sus compromisos. Siempre puntual, siempre profesional, siempre confiable. Algo no estaba bien.
El proveedor llamó a la oficina de Patricia. Contestó su secretaria, que también estaba preocupada porque Patricia no había vuelto y no contestaba el teléfono.
A las ocho, la policía tenía una denuncia por desaparición.
A las nueve, un equipo de investigadores ya estaba revisando las cámaras de seguridad de las calles cercanas a la oficina de Patricia. Descubrieron que su Audi había pasado por una calle desierta a las cinco y media, pero no habían visto el vehículo salir por el otro lado. Hicieron un rastreo más detallado y encontraron el momento exacto en que el Audi se detenía, dos figuras encapuchadas bajaban del vehículo y una mujer era metida en el maletero.
Para las diez de la noche, la policía ya tenía imágenes de los dos sospechosos y un número de placa parcial del vehículo que se había llevado a Patricia.
Para la medianoche, un testigo en las afueras de la ciudad recordaba haber visto un Audi negro entrando por un camino de tierra que llevaba a un grupo de bodegas abandonadas.
Para las dos de la madrugada, un equipo de investigación estaba revisando los registros de alquiler de esas bodegas. Encontraron uno que había sido alquilado hacía pocos días por un joven, pago en efectivo, sin identificación clara.
Para las cinco de la mañana, los investigadores ya estaban cerca. Muy cerca.
Pero en la bodega, Carlos y Felipe no sabían nada de eso.
No sabían que el dinero que Patricia transportaba no era dinero cualquiera, sino dinero de una operación que involucraba a personas con conexiones peligrosas. No sabían que el proveedor ya había alertado a sus propios contactos, y que esos contactos no iban a quedarse de brazos cruzados esperando que la policía resolviera el caso.
No sabían que, en ese mismo momento, fuera de la bodega, el mundo se estaba moviendo rápido para encontrarlos.
Y Patricia, sentada en la silla, con la ropa arrugada y las lágrimas en el rostro, era la única que sabía que la maleta con el dinero seguía en su auto. Era la única que sabía que no solo estaba en peligro por lo que Carlos y Felipe le estaban haciendo, sino por lo que significaba ese dinero en el mundo real.
Pero no podía hablar. No podía decir nada. Solo podía reír y llorar y esperar que alguien, en algún lugar, llegara a tiempo.
Carlos se ajustó la máscara de Spider-Man y caminó hacia la puerta metálica de la bodega.
—Espérame aquí —dijo, sin girarse—. Tengo que revisar algo afuera. Vuelvo en unos minutos.
Felipe asintió sin decir palabra. Escuchó el ruido de la puerta al abrirse y luego al cerrarse, el sonido de los pasos de Carlos alejándose sobre la tierra, y finalmente el silencio.
Se quedó solo en la bodega.
La luz tenue del bombillo iluminaba apenas el espacio. Patricia seguía sentada en la silla, con la cabeza gacha, el cabello rubio cubriéndole el rostro. Su respiración era entrecortada, pero ya no reía. Solo respiraba, con un ritmo irregular, como si cada inhalación le costara un esfuerzo inmenso. Las ataduras seguían firmes en sus muñecas, y sus pies desnudos seguían atrapados en el cepo, las plantas aún enrojecidas por la tortura de las plumas.
Felipe se quedó de pie junto a la mesa de metal, donde el arsenal de herramientas seguía extendido. Las plumas, los cepillos, los pinceles. Todo estaba ahí, esperando ser usado de nuevo.
Miró a Patricia y sintió que el pecho se le oprimía.
Quería acercarse. Quería arrodillarse frente a ella y pedirle perdón. Quería decirle que no sabía que iba a ser así, que no sabía que Carlos se había vuelto tan cruel, que él solo había aceptado porque tenía miedo de que su amigo descubriera la verdad sobre ellos.
Pero no pudo.
Sus pies no se movían. Sus manos no respondían. Se quedó allí, paralizado, viendo a Patricia desde lejos, sin atreverse a dar un solo paso hacia ella.
Patricia levantó la cabeza un momento, apenas lo suficiente para ver la figura encapuchada que seguía allí, inmóvil. Sus ojos estaban hinchados, rojos, llenos de lágrimas. No dijo nada. Solo lo miró, como si estuviera tratando de reconocerlo a través de la máscara, de encontrar alguna pista que le dijera quién era realmente.
Felipe sostuvo su mirada por un segundo. Luego apartó los ojos, sintiendo que la vergüenza le quemaba el pecho.
Se quedó allí, solo, en la bodega, sin poder acercarse, sin poder hacer nada, esperando a que Carlos regresara.
Casi una hora pasó antes de que la puerta metálica de la bodega se abriera de nuevo.
Felipe había permanecido en silencio todo ese tiempo, de pie junto a la mesa de metal, sin atreverse a moverse, sin atreverse a mirar a Patricia. Ella seguía en la silla, con la cabeza gacha, la respiración aún entrecortada pero más regular que antes. No había dicho nada. No había pedido ayuda. Solo respiraba, esperando lo que viniera.
Cuando la puerta se abrió, Felipe levantó la vista y sintió que el corazón se le detenía.
Carlos entró arrastrando dos perros grandes con correas. Eran pastores alemanes, de esos de pelo corto y mirada intensa, con las orejas erguidas y los músculos tensos bajo el pelaje. Tiraban con fuerza de las correas, resoplando y moviendo la cola, como si estuvieran emocionados por estar en un lugar nuevo. Carlos los sujetaba con dificultad, los brazos tensos, los pies firmes contra el piso de cemento.
Felipe dio un paso atrás, instintivamente.
—¿De dónde sacaste esos perros? —preguntó, con la voz alterada—. ¿Y qué piensas hacer con ellos?
Carlos sonrió bajo la máscara de Spider-Man. Con un tirón firme, logró que los perros se sentaran a sus pies. Ambos obedecieron, pero sus ojos seguían moviéndose, explorando el espacio, olfateando el aire.
—Es la cereza del pastel —dijo Carlos, con su voz grave y metálica—. Tengo esto.
Dejó las correas un momento, lo justo para abrir la mochila que llevaba colgada al hombro. Sacó un frasco pequeño y lo sostuvo en alto bajo la luz tenue. Era un frasco de comida húmeda para perros, de esos que venden en las tiendas de mascotas, con una etiqueta que mostraba un perro feliz y una descripción en letras pequeñas.
Felipe sintió que el mundo se le venía encima.
—Voy a untar esto —dijo Carlos, agitando el frasco— en las plantas de los pies de mi mamá. Y luego voy a dejar que los perros lo laman. ¿Te imaginas cómo va a reaccionar? Sus pies hipercosquilludos, las lenguas de los perros recorriéndolos…
Felipe sintió que la sangre se le helaba en las venas. Miró a Patricia, que seguía con la cabeza gacha, sin saber lo que se estaba planeando. Miró los perros, que movían la cola con ansias, como si intuyeran que algo iba a pasar. Miró a Carlos, y en ese momento se dio cuenta de algo que había estado tratando de ignorar desde que comenzó todo.
Carlos ya no era su amigo de la infancia. Ya no era el niño que jugaba videojuegos y hacía travesuras inocentes. El Carlos que tenía delante era un depredador. Un fetichista obsesionado con los pies y las cosquillas que había cruzado todas las líneas y estaba dispuesto a torturar a su propia madre sin piedad.
Felipe sintió que el miedo le subía por la espalda. No era miedo a los perros, no era miedo a lo que pudiera pasar. Era miedo a Carlos. A lo que se había convertido. A lo que era capaz de hacer.
Y mientras Carlos se agachaba para abrir el frasco y comenzar a untar el alimento en las plantas de Patricia, ninguno de los dos jóvenes sabía que, a pocos kilómetros de distancia, una patrulla de investigadores avanzaba con las luces apagadas, siguiendo el rastro del Audi negro que había sido visto entrando por el camino de tierra.
Estaban muy cerca. Muy, muy cerca.
Carlos se arrodilló frente al cepo, con el frasco de alimento húmedo en una mano y una pequeña espátula de plástico en la otra. Abrió el frasco con un movimiento seco, y el olor a carne procesada llenó el aire de la bodega, mezclándose con el sudor y el polvo. Los perros, sentados detrás de él, comenzaron a agitarse, moviendo las colas y resoplando con más fuerza. Los ojos se les iluminaron, y sus lenguas asomaron entre los dientes, ansiosos por alcanzar ese olor.
Patricia levantó la cabeza con esfuerzo. Al ver a Carlos arrodillado frente a sus pies, al ver el frasco en su mano, sintió que el pánico se apoderaba de ella.
—No —susurró, con la voz ronca y quebrada—. Por favor, no.
Pero Carlos no escuchó. O quizás sí, y eso lo impulsaba a continuar.
Tomó la espátula y la sumergió en el frasco, sacando una cantidad generosa de la pasta marrón y pegajosa. Con movimientos lentos y meticulosos, comenzó a untarla sobre los pies desnudos de Patricia.
Empezó por la planta del pie derecho. Extendió el alimento desde el talón hasta el arco, cubriendo cada centímetro de piel con una capa gruesa y uniforme. La textura era fría y pegajosa, y Patricia sintió que un escalofrío le recorría la espalda al sentir el contacto sobre su piel ya sensible.
—Por favor —volvió a decir, con la voz entrecortada—. No hagas esto.
Carlos no respondió. Siguió untando, ahora en el talón, asegurándose de que cada pliegue de la piel quedara cubierto. Luego pasó al arco, donde la piel es más suave y más sensible, y extendió el alimento con movimientos circulares, como si estuviera masajeando la planta de su madre.
—No, no, no —susurraba Patricia, mientras sentía cómo el alimento se extendía sobre sus pies, cómo la textura pegajosa se adhería a su piel—. Por favor, detente.
Cuando terminó con el pie derecho, Carlos pasó al izquierdo. Repitió el proceso: desde el talón hasta el arco, cubriendo cada curva y pliegue de la piel. Luego untó los dedos de ambos pies, asegurándose de que cada uno quedara bien cubierto. Deslizó la espátula entre los dedos, separándolos suavemente para que el alimento llegara a todos los rincones. Finalmente, cubrió los empeines, la parte superior de los pies, donde la piel también era sensible.
Patricia estaba temblando. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, y su cuerpo se sacudía en espasmos mientras sentía el alimento frío y pegajoso cubriendo sus pies. Jadeaba, suplicaba, pero las palabras apenas le salían.
—Ya terminé —dijo Carlos, dejando el frasco vacío a un lado y limpiándose las manos en un trapo—. Ahora viene la parte divertida.
Se levantó y tomó las correas de los perros. Ambos animales tiraban con fuerza, desesperados por alcanzar el olor que llenaba sus narices. Sus lenguas colgaban y sus patas arañaban el piso de cemento mientras intentaban acercarse a los pies de Patricia.
—Felipe —dijo Carlos, con voz firme—. Amarra cada correa a los costados del cepo. Bien fuerte.
Felipe dudó un segundo. Miró a Patricia, que tenía los ojos abiertos de par en par, el rostro cubierto de lágrimas y miedo. Luego miró a Carlos, que sostenía las correas con firmeza, los brazos tensos por el esfuerzo de contener a los perros.
Se acercó lentamente, tomó una de las correas y la amarró al costado izquierdo del cepo, haciendo un nudo firme. Luego tomó la otra y la amarró al costado derecho. Los perros tiraban con tanta fuerza que el cepo crujió bajo la presión, pero las ataduras resistieron.
Al terminar, Felipe se inclinó ligeramente hacia Patricia. Su voz apenas era un susurro, casi inaudible bajo el resoplar de los perros y el jadeo de la mujer atada.
—Lo siento —dijo.
Patricia alcanzó a escuchar la frase. Su mente aturdida, nublada por el miedo y el cansancio, trató de procesar esas palabras. Lo siento. ¿Quién era el encapuchado que le pedía perdón? ¿Por qué le pedía perdón? Algo en la voz, en la forma de decirlo, le resultaba familiar. Muy familiar. Pero estaba tan agotada, tan confundida, que no logró enlazar las piezas.
Antes de que pudiera pensar más, Carlos soltó las correas.
Los perros se lanzaron hacia adelante como dos flechas, cada uno dirigiéndose a un pie con una precisión que parecía ensayada. Sus lenguas rosadas y ásperas salieron de entre sus fauces, ansiosas por alcanzar el alimento que cubría las plantas de Patricia. Los hocicos húmedos chocaron contra su piel, y un instante después, las lenguas comenzaron a lamerr y morder con una voracidad que no conocía de piedad.
La sensación fue indescriptible.
No era como las cosquillas de los dedos. No era como las plumas. Era algo completamente nuevo, algo que Patricia nunca había experimentado. Las lenguas ásperas de los perros se deslizaban sobre sus plantas, sobre los arcos, entre los dedos, sobre los talones. Masticaban y lamían al mismo tiempo, moviéndose con una velocidad y una intensidad que volvían loca a la mujer atada.
Patricia sintió que su cerebro se desconectaba. La risa brotó de su garganta como un torrente imparable, mezclada con gritos y alaridos que no podía controlar. Su cuerpo se arqueaba en la silla, tirando de las ataduras con una fuerza desesperada, mientras los perros seguían su festín sobre sus pies.
—¡AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH! —gritó, mientras las carcajadas se apoderaban de ella—. ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Los perros no se detenían. Cada lengua era un latigazo de cosquillas, cada mordisco suave un nuevo estímulo que la llevaba al límite. Las plantas de sus pies, cubiertas de alimento pegajoso, eran un festín para los animales, que no dejaban de lamer y morder con una intensidad que parecía no tener fin.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO MÁS! —suplicaba Patricia, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR, NO MÁS! ¡YA NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Carlos observaba la escena con una sonrisa sádica bajo su máscara de Spider-Man. Veía a su madre retorcerse y reír, veía los perros lamer y morder sin piedad, veía el caos total apoderarse de la bodega. Era exactamente lo que había querido.
Felipe, en cambio, sentía que el suelo se abría bajo sus pies. Miraba a Patricia, escuchaba sus gritos mezclados con carcajadas, veía los perros devorando el alimento sobre sus pies, y sentía que algo dentro de él se rompía. Quería detenerlo. Quería gritarles a los perros que se fueran. Pero no podía. No podía moverse, no podía hablar, solo podía mirar.
Y mientras tanto, Patricia seguía riendo. Riendo y gritando, suplicando y alaridando, mientras las lenguas de los perros seguían su danza sobre sus pies hipersensibles, llevándola a un lugar del que sabía que no había retorno.
Cada lenguetazo de los perros sobre las plantas de Patricia era una explosión de caos. Las lenguas ásperas, rugosas como papel de lija, se deslizaban sobre la piel hipersensible con una velocidad y una intensidad que no conocían de pausa. Recorrían los arcos, los talones, los costados, las curvas más profundas de sus plantas, y luego se deslizaban entre los dedos de sus pies, separándolos con una facilidad que hacía que Patricia sintiera que su mente se desmoronaba.
La sensación era indescriptible. No era dolor, no era placer, era algo que no tenía nombre. Una mezcla de cosquillas, de picazón, de algo que la hacía retorcerse y reír al mismo tiempo, sin poder controlar ninguna de las dos reacciones. Las lenguas de los pastores alemanes no solo lamían, también mordían suavemente, exploraban, se hundían en los espacios entre los dedos, y cada nuevo movimiento era un latigazo de cosquillas que la llevaba más lejos, más adentro del caos.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —era el único sonido que salía de Patricia. Ya no había súplicas, ya no había palabras, solo carcajadas. Carcajadas que salían de lo más profundo de su ser, que llenaban la bodega y rebotaban en las paredes de bloque gris, multiplicándose en el eco vacío. Su cuerpo se arqueaba y se retorcía en la silla, las ataduras crujían bajo la tensión, y los pies, atrapados en el cepo, se movían frenéticamente de un lado a otro, tratando de escapar de esas lenguas implacables.
Carlos observaba la escena con los ojos brillantes bajo la máscara de Spider-Man. Sentía que cada carcajada de su madre era una victoria, cada lenguetazo un paso más hacia el objetivo que se había propuesto. No decía nada. No hacía falta. La risa de Patricia era la única música que necesitaba.
Felipe, a su lado, tampoco decía nada. Pero su silencio era diferente. Sus ojos, bajo la máscara de Venom, seguían cada movimiento de los perros, cada espasmo de Patricia, cada carcajada que escapaba de sus labios. Y en el fondo de su mente, una voz le susurraba que aquello estaba mal, que debía detenerlo, que ya habían ido demasiado lejos. Pero no podía moverse. No podía hablar. Solo podía mirar, mientras los perros seguían su festín sobre las plantas de Patricia.
Las lenguas de los perros se deslizaban ahora entre los dedos de los pies de Patricia, separándolos con una precisión que parecía deliberada, hundiéndose en los espacios que antes habían estado protegidos. Patricia sintió que una nueva ola de cosquillas la envolvía, más intensa que las anteriores, y su risa se elevó un tono más, convirtiéndose en un alarido de carcajadas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —los dedos de Patricia se abrían y cerraban involuntariamente, tratando de atrapar las lenguas de los perros, pero era inútil. Los animales seguían su ritmo, imperturbables, lamendo y mordiendo con una voracidad que parecía no tener fin.
Y en medio de todo ese caos, los tres permanecían en silencio. Carlos y Felipe no decían nada. Patricia no suplicaba, no pedía piedad, solo reía. Reía y reía, mientras las lenguas de los perros seguían su danza sobre sus pies hipercosquilludos, llevándola cada vez más lejos, cada vez más adentro, cada vez más cerca del abismo.
Mientras la tortura continuaba llevando a Patricia al borde del abismo de la locura, el mundo exterior seguía su curso sin que ella ni sus captores tuvieran la menor idea.
A pocos kilómetros de distancia, en la comisaría central de la ciudad, un equipo de investigadores trabajaba contra el reloj. El caso de Patricia ya no era solo una desaparición más. Había recibido prioridad máxima desde que se confirmó el vínculo con el maletín de dinero que ella transportaba.
El proveedor internacional, un hombre de negocios con conexiones en varios países, había hecho llamadas a personas que no debía contactar. El dinero que Patricia llevaba no era cualquier dinero. Era el pago final de una operación que involucraba a varias empresas y a personas con influencia suficiente para mover los hilos de la ciudad. Si ese dinero desaparecía, no solo sería un golpe económico: sería un problema de seguridad para todos los involucrados.
Los investigadores habían revisado cada cámara de seguridad de la zona. Habían rastreado el Audi negro hasta el camino de tierra que llevaba a las bodegas abandonadas. Habían identificado la bodega que Carlos había alquilado hacía pocos días, aunque el nombre registrado en el contrato era falso y el pago se había hecho en efectivo.
Pero eso no los detenía. Estaban cerca. Muy cerca.
Ya tenían un equipo de intervención preparado. Estaban esperando la orden final para moverse sobre la bodega. Querían asegurarse de que Patricia estuviera con vida y de que el dinero no hubiera sido movido de lugar. No podían permitirse errores.
En la bodega, Carlos y Felipe seguían sin saber nada de eso.
Para ellos, aquello seguía siendo una travesura, como cuando eran niños. Una travesura que se había salido de control, pero que en sus mentes aún tenía la forma de un juego. Carlos veía a su madre retorcerse y reír, y sentía que estaba recuperando el tiempo perdido, que estaba vengándose de todos los años en los que ella había estado ausente, ocupada con su vida y sus secretos.
Felipe, por su parte, seguía atrapado entre el deseo de detenerlo todo y el miedo a que Carlos descubriera la verdad. No podía arriesgarse a que su amigo supiera que él era el hombre con el que Patricia se veía. No podía arriesgarse a que todo se derrumbara.
Así que seguían ahí, en la bodega, sin saber que los investigadores ya estaban trazando el plan final para entrar. Sin saber que Patricia era el centro de una operación que iba mucho más allá de sus juegos de cosquillas. Sin saber que el maletín con el dinero estaba en el auto estacionado a unos metros de ellos, y que el dueño de ese dinero no iba a detenerse hasta recuperarlo.
Patricia, agotada y confundida, seguía atada a la silla, con las lenguas de los perros aún recorriendo sus pies. No sabía que la estaban buscando. No sabía que su vida dependía de que alguien llegara a tiempo. Solo sentía el cosquilleo, solo escuchaba el eco de sus propias carcajadas, solo esperaba que todo terminara pronto.
La noche cayó sobre la bodega como un manto pesado y silencioso.
La luz tenue del bombillo seguía iluminando apenas el espacio, creando sombras alargadas en las paredes de bloque gris. El olor a sudor, a alimento húmedo para perros, a polvo y a cansancio flotaba en el aire como un testimonio de lo que había ocurrido allí durante todo el día.
Carlos se levantó lentamente. Estiró los brazos por encima de la cabeza y soltó un bostezo que apenas se escuchó bajo la máscara de Spider-Man. Miró a su madre, que seguía sentada en la silla, con la cabeza gacha, el cabello rubio pegado a la frente sudorosa. Sus pies seguían expuestos en el cepo, las plantas enrojecidas y sensibles, con restos del alimento pegajoso aún adheridos a la piel.
—Ya es suficiente por hoy —dijo Carlos, con su voz grave y metálica—. Vámonos.
Felipe soltó un suspiro que apenas notó. Había estado esperando esas palabras desde hacía horas. Se levantó de la mesa de metal donde había estado apoyado, sintiendo que las piernas le temblaban ligeramente.
—¿Vamos a dejarla aquí otra vez? —preguntó, con voz baja.
Carlos se encogió de hombros.
—No va a ir a ninguna parte. Las ataduras están firmes y nadie sabe que está aquí.
Caminó hacia los perros, que estaban tumbados en el piso, agotados después de horas de lamer los pies de Patricia. Los tomó por las correas y los levantó con un tirón firme, obligándolos a ponerse de pie.
—Ven —dijo Carlos, mirando a Felipe—. Mañana será otro día.
Felipe asintió sin decir palabra. Antes de seguir a Carlos, volteó a mirar a Patricia. Ella seguía inmóvil, apenas consciente de lo que pasaba a su alrededor. Los ojos le brillaban bajo la luz tenue, pero no había en ellos ni súplica ni esperanza. Solo vacío.
Felipe sintió que algo se le rompía dentro. Quería acercarse, quería decirle algo, quería pedirle perdón otra vez. Pero Carlos ya estaba en la puerta, tirando de los perros, esperándolo.
—¿Vienes o te quedas? —preguntó Carlos, con un tono que no admitía discusión.
Felipe dio un paso atrás, alejándose de Patricia, y siguió a su amigo hacia la salida.
La puerta metálica se cerró detrás de ellos con un ruido sordo que resonó en el silencio de la bodega. El sonido de la llave girando en la cerradura fue el último eco que Patricia escuchó antes de que todo quedara en silencio.
Se quedó sola.
Atada a la silla. Los pies desnudos y sensibles aún atrapados en el cepo. El cuerpo agotado, la garganta seca, la mente nublada por horas de tortura. La luz tenue del bombillo parpadeó un momento, como si también estuviera cansada, y luego se estabilizó de nuevo.
Patricia no lloró. No pidió ayuda. No dijo nada. Solo se quedó allí, con la cabeza gacha, respirando lentamente, esperando que el tiempo pasara.
Afuera, el motor de la moto de Carlos se encendió y se fue alejando, hasta que el sonido se perdió en la distancia.
La noche se cerró sobre la bodega. Y Patricia quedó sola, a su suerte, en medio del silencio y la oscuridad.
El sol de la mañana se filtró por las rendijas de la bodega, apenas iluminando el espacio polvoriento. Patricia abrió los ojos lentamente, con el cuerpo pesado, la garganta seca y la mente nublada. No sabía qué hora era. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Carlos y Felipe se habían ido. Solo sabía que seguía atada a la silla, que sus pies seguían atrapados en el cepo, y que el silencio era absoluto.
Su cuerpo le dolía. Cada músculo, cada articulación, cada centímetro de piel. Los pies le ardían, las plantas enrojecidas y sensibles, la piel aún pegajosa por los restos del alimento que los perros habían lamido. La camisa de seda blanca estaba arrugada y sucia, el pantalón de seda también, y el cabello rubio le caía sobre el rostro en mechones enredados.
Patricia intentó moverse, pero las ataduras seguían firmes. Las cuerdas en sus muñecas no se habían aflojado, y el cepo seguía sujetando sus pies. No había manera de escapar.
Respiró hondo, sintiendo que el aire frío de la mañana le llenaba los pulmones. Trató de recordar lo que había pasado. Las plumas, los cepillos, los perros. Las carcajadas, los gritos, las súplicas. Todo se mezclaba en su mente como un sueño borroso, una pesadilla que no terminaba de desvanecerse.
Pero en algún lugar de su conciencia, sabía que no podía quedarse ahí. Sabía que necesitaba encontrar una manera de salir, de pedir ayuda, de regresar a su vida. Aunque el miedo y el agotamiento la envolvían como una manta pesada, algo dentro de ella se negaba a rendirse.
Afuera, en la ciudad, los investigadores ya estaban en movimiento.
Habían pasado toda la noche revisando los datos, afinando los detalles del operativo. Tenían la ubicación exacta de la bodega, tenían las imágenes de los dos sospechosos, tenían la certeza de que Patricia seguía viva. La orden de intervención estaba lista, solo esperando la señal para ejecutarse.
Carlos, en su casa, se despertó tarde. Se estiró en la cama, bostezó y miró el techo sin prisa. No tenía idea de que, a pocas cuadras de distancia, un equipo de investigadores estaba ultimando los detalles del operativo. No tenía idea de que el plan que había tejido con tanto cuidado estaba a punto de desmoronarse.
Felipe, en su apartamento, también se despertó. Se sentó en el borde de la cama, frotándose la cara con las manos. Tampoco tenía idea. Solo sentía un peso en el pecho que no lograba sacudirse.
Y en la bodega, Patricia comenzaba a despertar del todo. Sus ojos se abrieron un poco más, y por primera vez en horas, su mente empezó a procesar lo que tenía que hacer.
Eran las siete de la mañana cuando la puerta metálica de la bodega se abrió con un chirrido que rasgó el silencio.
Carlos y Felipe entraron, con las máscaras ya puestas, con la determinación de quien sabe lo que quiere y no tiene dudas. La luz del sol de la mañana se filtró por la abertura un instante antes de que la puerta se cerrara detrás de ellos, sumiendo el espacio de nuevo en la penumbra amarillenta del bombillo.
Patricia levantó la cabeza con esfuerzo. Sus ojos, hinchados y rojos, vieron las dos figuras encapuchadas y sintió que el miedo la recorría entera. Llevaba toda la noche atada a la silla, con los pies aún atrapados en el cepo, sin poder moverse, sin poder descansar. Su cuerpo estaba agotado, pero no había dormido. No había podido.
Felipe se detuvo un momento frente a ella. Ya no había duda en sus ojos. Ya no había esa vacilación de los primeros dos días. Su mirada bajo la máscara de Venom era fría, decidida. Había dejado atrás la piedad, el remordimiento, cualquier atisbo de compasión. Ahora solo quedaba el deseo de continuar, de ver hasta dónde podía llegar, de llevar a Patricia al límite y más allá.
Carlos, a su lado, ya estaba en su elemento. Desde el primer día había sido el más sádico, el más despiadado, y esa mañana no era diferente. Mientras caminaba hacia la mesa de metal donde estaba el arsenal de herramientas, sus ojos no se apartaban de su madre, como si estuviera evaluando cuál sería el mejor punto de ataque, la manera más efectiva de romperla.
—Buenos días, señora —dijo Carlos, con su voz grave y metálica—. Espero que haya descansado bien.
Patricia no respondió. No podía. Las palabras se le atragantaban en la garganta, atrapadas entre el miedo y el cansancio.
Carlos tomó un par de cepillos de cerdas redondas y le pasó uno a Felipe. Ambos se colocaron frente al cepo, arrodillándose sobre el piso de cemento. Los pies de Patricia seguían desnudos, las plantas aún enrojecidas por el ataque del día anterior, los dedos ligeramente separados, la piel sensible y expuesta.
—¿Listo? —preguntó Carlos, mirando a Felipe.
Felipe asintió sin decir palabra.
El ataque comenzó.
Los cepillos se deslizaron sobre las plantas de Patricia con una velocidad y una intensidad que no dejaban espacio para la tregua. Las cerdas redondas se hundían en la piel, recorriendo los arcos, los talones, los costados, desde los dedos hasta los talones y de vuelta. Cada movimiento era un latigazo de cosquillas, una explosión de sensaciones que Patricia no podía controlar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —las carcajadas brotaron de inmediato, fuertes y desgarradoras—. ¡NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Pero esta vez no había súplicas. No había palabras. Solo risas y gritos, mezclados en un sonido continuo que llenaba la bodega y rebotaba en las paredes de cemento.
Carlos y Felipe no decían nada. No pronunciaban la frase, no hacían comentarios. Solo seguían moviendo los cepillos, sincronizados, implacables, llevando a Patricia cada vez más lejos, cada vez más cerca del abismo.
Las cerdas de los cepillos se deslizaban sobre las plantas hipersensibles, explorando cada curva, cada pliegue, cada rincón de piel. Los dedos de Patricia se abrían y cerraban involuntariamente, tratando de escapar, pero era inútil. Los cepillos seguían su ritmo, sin pausa, sin piedad.
La risa de Patricia se volvió más aguda, más desesperada. Su cuerpo se arqueaba en la silla, tirando de las ataduras, moviéndose de un lado a otro en un intento desesperado por liberarse. Pero las cuerdas seguían firmes, el cepo seguía sujetando sus pies, y los cepillos seguían su danza sádica sobre sus plantas.
Y mientras la tortura continuaba, los dos jóvenes no tenían idea de que, afuera de la bodega, algo se estaba moviendo.
No sabían que los investigadores ya los habían visto entrar. No sabían que un equipo de intervención había rodeado el perímetro, esperando la orden final para avanzar. No sabían que sus nombres, sus rostros, sus movimientos ya estaban siendo registrados y analizados.
Solo sabían que estaban allí, en ese momento, haciendo cosquillas a Patricia, llevándola al borde del abismo sin saber que, muy pronto, todo estaba a punto de cambiar.
El caos estalló en segundos.
El equipo de intervención, con los rostros cubiertos y las armas preparadas, avanzó hacia la puerta metálica de la bodega como una sola unidad. El oficial al mando levantó la mano, hizo una señal, y el soldado de asalto colocó una granada de aturdimiento contra la chapa. La orden llegó por el auricular: «Adelante. Repito: adelante.»
La puerta voló hacia adentro con un estruendo metálico. La granada de aturdimiento rodó por el piso de cemento y explotó en un fogonazo de luz blanca y un ruido ensordecedor que llenó cada rincón del espacio. El destello cegó a los ocupantes, el estruendo desorientó sus sentidos, y el humo se extendió como una nube rápida.
Dentro de la bodega, todo fue confusión.
Carlos y Felipe, aún con los cepillos en las manos, se giraron hacia la puerta. Las máscaras de Spider-Man y Venom apenas dejaban ver sus ojos, pero la sorpresa en sus rostros era evidente. No alcanzaron a procesar lo que ocurría cuando la luz blanca los envolvió, cuando el ruido los golpeó como un mazo, cuando las figuras armadas irrumpieron en el espacio.
—¡Manos arriba, ahora! —gritó un oficial, pero los chicos no oyeron nada. El aturdimiento los había dejado ciegos y sordos por un instante.
Al ver los cepillos en sus manos, los oficiales creyeron que eran armas. Fue un error en fracciones de segundo, un reflejo entrenado para responder ante cualquier objeto que pudiera ser una amenaza.
Varios disparos sonaron, secos, precisos, cortando el aire como látigos de metal.
Felipe cayó hacia atrás. Su cuerpo golpeó el piso de cemento con un golpe sordo que resonó en el silencio que siguió a los disparos. La máscara de Venom se le había corrido hacia un lado, dejando ver su rostro, sus ojos abiertos que ya no veían nada. El cepillo rodó de su mano y quedó a unos centímetros de sus dedos inertes.
Carlos, al lado, sintió el impacto antes de entender lo que había pasado. No era un disparo, era el aturdimiento y el caos. Cayó de rodillas, con las manos sobre los oídos, sin poder procesar que su amigo yacía muerto a su lado. Antes de que pudiera reaccionar, varios oficiales lo sujetaron, lo levantaron del piso y lo condujeron hacia la salida, mientras otros aseguraban la escena.
El grito de Patricia se perdió en el ruido, en el estruendo, en el caos. No entendía lo que pasaba. Solo veía figuras armadas moverse a su alrededor, solo escuchaba órdenes que no podía procesar, solo sentía que algo se rompía dentro de ella, pero no sabía qué.
—¡Desátenla! —ordenó el oficial al mando—. ¡Llamen a una ambulancia, ahora!
Dos oficiales se arrodillaron junto a Patricia, cortando las cuerdas que sujetaban sus muñecas con un cuchillo táctico, liberando sus pies del cepo con movimientos rápidos y precisos. Patricia cayó hacia adelante, pero los oficiales la sujetaron antes de que golpeara el piso. La levantaron con cuidado, la llevaron hacia la entrada, donde la luz del sol de la mañana la cegó por un momento.
—¿Está herida? —preguntó uno de ellos.
—No tiene heridas visibles —respondió otro—. Pero está en estado de shock. Llamen a la ambulancia.
La ambulancia llegó minutos después. Patricia fue colocada en una camilla, cubierta con una manta térmica, mientras los paramédicos le tomaban el pulso y le colocaban una vía intravenosa. Ella no decía nada. Solo miraba el techo de la ambulancia mientras las puertas se cerraban y el vehículo comenzaba a moverse.
El cuerpo de Felipe fue cubierto con una sábana blanca y conducido a la morgue. Los oficiales aseguraron la escena, recogieron los cepillos, las plumas, los frascos de alimento para perros, las cuerdas, todo lo que había sido usado para torturar a Patricia. También aseguraron el Audi negro, estacionado dentro de la bodega, y el maletín con el dinero que seguía en el maletero.
El dinero fue tomado como evidencia. El vehículo también. Todo sería analizado, documentado, guardado en algún almacén policial.
En el hospital, Patricia fue ingresada a una habitación privada. Los médicos la examinaron, le hicieron pruebas, le dieron medicamentos para el dolor y el agotamiento. Su cuerpo estaba golpeado, pero no tenía heridas graves. Solo el agotamiento extremo, la deshidratación y el estado de shock que la mantenía en silencio, con la mirada perdida, apenas consciente de lo que la rodeaba.
Horas después, la habitación comenzó a llenarse de gente.
Su abogada llegó primero, una mujer de traje oscuro y mirada seria que se sentó junto a la cama y tomó su mano.
—Patricia —dijo, en voz baja—. Estoy aquí. No tienes que hablar si no quieres.
Después llegaron los fiscales, dos hombres de traje que llevaban carpetas y grabadoras. Necesitaban su declaración, pero los médicos les dijeron que esperaran, que Patricia no estaba en condiciones de hablar.
Luego llegó la policía, con preguntas sobre lo que había pasado, sobre quiénes eran sus captores, sobre el dinero que transportaba. Patricia los miraba sin verlos, sin entender del todo lo que preguntaban.
Más tarde llegó su asistente personal, su mano derecha, una mujer joven con el rostro preocupado que se acercó a la cama y le dijo con voz temblorosa:
—Patricia, no sabes lo preocupados que estábamos. Todos te buscábamos. Gracias a Dios estás viva.
Patricia abrió los ojos y la miró un momento. Trató de decir algo, pero su voz apenas era un susurro.
—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz rota—. ¿Quiénes eran?
La asistente negó con la cabeza.
—La policía está investigando. Dicen que encontraron a los responsables. Pero no sabemos más.
Patricia cerró los ojos. En su mente, las imágenes de los dos encapuchados seguían presentes, pero sus rostros seguían siendo un borrón, una sombra que no lograba identificar. No tenía idea de que uno de ellos era su propio hijo. No tenía idea de que el otro era el hombre con el que había compartido tantos momentos íntimos.
Solo sabía que estaba viva. Que el dolor en su cuerpo era real. Y que el eco de las carcajadas seguía resonando en su cabeza, como un recuerdo que no podía borrar.
Casi una semana después, Patricia salió del hospital.
El sol de la mañana le dio en el rostro cuando cruzó las puertas principales, y tuvo que entrecerrar los ojos, acostumbrada ya a la luz tenue de la habitación del hospital. Su cuerpo aún se sentía débil, los músculos le dolían, y la piel de sus pies seguía sensible, aunque los médicos le habían asegurado que no había daños permanentes.
Su asistente personal la esperaba con el auto en la entrada. Su abogada, la mujer de traje oscuro y mirada seria, estaba a su lado, con una carpeta bajo el brazo y el teléfono en la mano, como si no pudiera desconectarse del trabajo ni un segundo.
—Vamos a casa —dijo la asistente, abriendo la puerta trasera del vehículo—. Te llevamos.
Patricia asintió sin decir palabra y se subió. Durante todo el trayecto, miró por la ventana sin ver realmente lo que pasaba afuera. Los edificios, los autos, la gente caminando por las aceras. Todo parecía igual que antes, pero ella sentía que el mundo había cambiado. Que ella había cambiado.
Llegaron a la casa. La misma casa donde había vivido tantos años, donde había criado a su hijo, donde había compartido tantos momentos. Pero ahora todo se veía diferente. Las paredes parecían más frías, los muebles más distantes, el silencio más pesado.
Entró, se sentó en el sofá de la sala, y su abogada y su asistente se sentaron frente a ella. Hubo un momento de silencio, como si ambas esperaran a que Patricia hablara primero.
—¿Dónde está Carlos? —preguntó Patricia, con voz baja y apenas audible.
Su abogada intercambió una mirada con la asistente. Luego se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Patricia —dijo, con un tono suave pero firme—. Tengo que decirte algo. Y no va a ser fácil de escuchar.
Patricia la miró sin parpadear.
—Carlos estuvo detrás de todo esto —continuó la abogada—. Al parecer, se enteró de que transportabas una suma importante de dinero y planeó robártelo. Él y su cómplice…
—¿Su cómplice? —interrumpió Patricia.
—Sí —dijo la abogada—. Un joven llamado Felipe. El amigo de Carlos, el que… bueno, el que también participó en la tortura.
Patricia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las palabras de su abogada caían como golpes, una tras otra, sin darle tiempo a procesarlas.
—No —susurró—. Carlos no haría eso. Él es mi hijo. Él…
—Lo sé, Patricia —dijo la abogada, tomándole la mano—. Lo sé. Pero las evidencias son claras. Ambos fueron vistos en las cámaras de seguridad. Ambos fueron identificados por los investigadores. Carlos está detenido desde el día del rescate.
Patricia apartó la mirada. Sentía que la cabeza le daba vueltas, que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Y Felipe? —preguntó, con voz temblorosa.
La abogada hizo una pausa antes de responder.
—Felipe murió durante el operativo de rescate. Los oficiales… bueno, hubo un malentendido. Dispararon. Felipe cayó.
Patricia cerró los ojos. Las imágenes de los dos encapuchados regresaron a su mente, pero esta vez trató de recordar más allá de las máscaras, más allá de las voces graves y metálicas. Y por primera vez, algo empezó a encajar. La forma de moverse de uno de ellos. La manera en que el otro se detenía a veces, como si dudara. La voz que había susurrado «lo siento» en la bodega.
Felipe. Era Felipe. El chico al que había visto crecer. El amigo de su hijo. El hombre con el que había compartido tantos momentos íntimos, tantos juegos de cosquillas, tantas noches de complicidad. Había estado allí, en la bodega, torturándola junto a Carlos. Y ahora yacía en la morgue, muerto.
—Necesito verlo —dijo Patricia, abriendo los ojos—. Necesito ver el cuerpo.
La abogada asintió lentamente.
—Puedo arreglarlo. Pero tienes que estar preparada. No va a ser fácil.
Patricia no respondió. Solo se levantó del sofá y caminó hacia la puerta.
—Vamos —dijo—. Ahora.
El trayecto hacia la morgue fue silencioso. Patricia iba en el asiento trasero del auto, con su abogada a un lado y su asistente al otro. Ninguna de las dos dijo palabra. Sabían que no había nada que pudiera decir para prepararla para lo que iba a ver.
Llegaron a la morgue. El edificio era gris y frío, con un olor a desinfectante que se pegaba en la ropa y en la piel. Patricia caminó por los pasillos con pasos firmes, aunque por dentro temblaba. Su abogada habló con el encargado, mostró los documentos necesarios, y después de varios trámites, finalmente le permitieron el acceso.
La sala era pequeña, con paredes blancas y una iluminación fría. En el centro, una camilla metálica cubierta con una sábana blanca. Patricia se acercó lentamente, sintiendo que cada paso le costaba un esfuerzo inmenso.
El encargado levantó la sábana con cuidado, dejando al descubierto el rostro de Felipe.
Patricia lo reconoció de inmediato. A pesar de la palidez, a pesar de la rigidez, era él. El chico que había conocido cuando era un adolescente. El amigo de su hijo. El hombre que había compartido con ella tantos secretos. Ahora yacía allí, inmóvil, con los ojos cerrados, como si estuviera dormido.
Patricia sintió que las lágrimas le brotaban sin control. No era solo tristeza. Era confusión, rabia, dolor. No entendía cómo había llegado a eso. No entendía cómo el chico que había visto crecer, el hombre con el que había compartido su vulnerabilidad, había terminado en una camilla de la morgue.
—Felipe —susurró, con la voz quebrada—. ¿Por qué?
No hubo respuesta. Solo el silencio frío de la sala y el eco de sus propias palabras.
Patricia dio media vuelta y salió de la sala sin mirar atrás. Su abogada y su asistente la esperaban en el pasillo, y la acompañaron de vuelta al auto sin hacer preguntas.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de procedimientos legales, declaraciones y juicios. Patricia no pudo ver a Carlos hasta después de que fuera juzgado. El proceso fue rápido, casi brutal. Las evidencias eran abrumadoras: las imágenes de las cámaras, los testimonios de los investigadores, el arsenal de herramientas encontrado en la bodega, el maletín con el dinero. Todo apuntaba a Carlos y a Felipe como responsables de la tortura y el intento de robo.
Carlos fue condenado a veinte años de prisión por tentativa de feminicidio, tortura agravada, tentativa de robo de alta suma de dinero, y otros delitos que los fiscales sumaron a la acusación. Fue enviado a una prisión de máxima seguridad, lejos de la ciudad, lejos de todo lo que conocía.
Patricia no asistió al juicio. No pudo. Su abogada la representó, y ella recibió las noticias a través de llamadas y documentos. Cuando la sentencia fue confirmada, Patricia sintió que una parte de ella se rompía para siempre.
Pasaron casi dos meses desde que Carlos fue enviado a prisión. Patricia había vuelto a su rutina, o al menos a lo que intentaba que fuera una rutina. Se levantaba temprano, iba a la oficina, atendía reuniones, firmaba documentos. Pero todo era diferente. El vacío que Carlos había dejado en su vida era demasiado grande para llenarlo con trabajo.
Una tarde, sentada en su oficina, Patricia tomó el teléfono y llamó a su abogada.
—Quiero ver a Carlos —dijo, con voz firme—. Necesito una cita.
Su abogada hizo una pausa.
—Patricia, no estoy segura de que sea buena idea. No sé si estás preparada para…
—Lo sé —interrumpió Patricia—. Pero necesito verlo. Necesito hablar con él.
Hubo un silencio del otro lado de la línea.
—De acuerdo —dijo la abogada—. Voy a gestionar la visita. Pero tienes que prometerme que vas a mantener la calma.
—Lo prometo —dijo Patricia.
Colgó el teléfono y se quedó mirando por la ventana de su oficina. El sol de la tarde se reflejaba en los vidrios de los edificios vecinos, y la ciudad seguía su ritmo indiferente. Patricia sabía que lo que iba a hacer no iba a ser fácil. Sabía que ver a su hijo tras los barrotes, después de todo lo que había pasado, iba a ser uno de los momentos más difíciles de su vida.
Pero necesitaba hacerlo. Necesitaba mirarlo a los ojos y preguntarle por qué. Necesitaba entender cómo su hijo, el niño que había criado, el hombre en el que se había convertido, había llegado a ese punto.
Y necesitaba, aunque fuera difícil, empezar a sanar.
Llegó el día de la cita.
Patricia se levantó temprano, como siempre, pero esa mañana algo era diferente. La rutina que había construido para mantenerse en pie se sentía frágil, como un castillo de naipes a punto de derrumbarse. Se miró en el espejo mientras se arreglaba, y apenas reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Los ojos cansados, las ojeras marcadas, la piel pálida. Había perdido peso en los últimos meses, y su ropa le colgaba un poco más de lo normal.
Se puso un traje oscuro, sencillo, sin adornos. No quería llamar la atención. No quería que nada distrajera del motivo de su visita. Tomó su bolso, sus llaves, y salió de la casa sin mirar atrás.
Su abogada la esperaba en el auto, estacionado frente a la entrada. No intercambiaron muchas palabras durante el trayecto. Patricia miraba por la ventana, viendo cómo la ciudad cambiaba a medida que se alejaban del centro, cómo los edificios se volvían más bajos y las calles más desoladas.
Llegaron a la prisión.
Era un edificio gris, imponente, rodeado de muros altos y alambre de púas. Patricia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones al verlo. Había visto prisiones en películas, en noticias, pero nunca había estado en una. Nunca había imaginado que visitaría a su propio hijo entre esos muros.
Entraron. La requisaron, revisaron su bolso, le hicieron pasar por un detector de metales. Todo el proceso fue frío y mecánico, como si la hubieran despojado de su identidad y la hubieran convertido en un número más en el sistema. Una guardia la condujo por un pasillo largo, con paredes de concreto y puertas metálicas que se cerraban detrás de ellas con un ruido sordo.
Finalmente, llegaron a la sala de visitas.
Patricia la reconoció de inmediato por las películas: un espacio dividido por un vidrio de seguridad, con teléfonos a ambos lados para comunicarse. Al otro lado del vidrio, en una silla metálica fijada al suelo, estaba Carlos.
Vestía el uniforme naranja de los reclusos. El cabello, que antes llevaba desordenado y juvenil, ahora estaba corto y peinado hacia atrás. La cara se le veía más delgada, más pálida, y los ojos, esos ojos que Patricia había conocido desde que era un niño, ahora miraban con una frialdad que le heló la sangre.
Patricia sintió que las piernas le flaqueaban. Su abogada la sujetó del brazo, guiándola hacia la silla frente al vidrio. Patricia se sentó lentamente, sin apartar la mirada de Carlos. Él también estaba sentado, esperando, con una mano apoyada en la superficie metálica frente a él.
Ambos descolgaron los teléfonos al mismo tiempo.
Patricia abrió la boca, pero las palabras no salían. Sentía que la garganta se le cerraba, que el aire no le llegaba a los pulmones. Finalmente, logró articular una sola palabra, la única que tenía sentido en ese momento:
—¿Por qué?
Carlos la miró fijamente. No había remordimiento en sus ojos. No había culpa. Solo una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito.
—Tú sabes por qué —dijo, con una voz que ya no era la del niño que había crecido en su casa, sino la de un hombre que había cruzado una línea de la que no había retorno—. Y yo lo supe desde que me fui a vivir a otro país con papá.
Patricia sintió que la sangre se le helaba en las venas. Las palabras de Carlos caían como golpes, y ella no sabía cómo responder. Su mente intentaba procesar lo que acababa de escuchar, pero no lograba encontrarle sentido.
—No entiendo —dijo Patricia, con la voz quebrada—. ¿Qué es lo que sabías?
Carlos inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera evaluándola.
—Ambos sabemos que esto aún no ha terminado —dijo, con una calma que resultaba escalofriante.
Patricia abrió la boca para preguntar algo más, para exigirle una explicación, pero Carlos ya había colgado el teléfono. Se levantó de la silla, llamó al guardia con un gesto, y se giró para caminar hacia la puerta que llevaba a los pasillos interiores de la prisión.
No miró atrás.
Patricia se quedó sentada, con el teléfono aún en la mano, escuchando el tono de la línea muerta. No podía moverse. No podía hablar. Solo podía mirar la silla vacía al otro lado del vidrio, donde su hijo había estado sentado hacía apenas unos segundos.
—Patricia —dijo su abogada, tocándole el hombro—. Vámonos. Ya terminó.
Patricia no respondió. Colgó el teléfono con movimientos lentos, mecánicos, y se levantó de la silla sintiendo que el peso del mundo caía sobre sus hombros. No sabía lo que Carlos había querido decir con esas palabras. No sabía si había sido una amenaza, una advertencia, o simplemente una forma de lastimarla.
Solo sabía que, mientras caminaba hacia la salida de la prisión, una voz en su interior le susurraba que Carlos tenía razón.
Esto no había terminado.
Salió de la prisión con pasos firmes, pero por dentro se desmoronaba. Subió al auto donde su abogada la esperaba, y durante todo el trayecto de regreso a casa, no dijo una sola palabra. Solo miraba por la ventana, viendo cómo el paisaje cambiaba, preguntándose si alguna vez volvería a sentirse completa.
Fin
Original de Tickling Stories
