El blog de Felipe – Parte 5

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Las clases habían seguido su curso con normalidad durante las semanas siguientes, pero algo no dejaba de rondarme en la cabeza: María Angélica. Desde aquella noche de risas y cosquillas, no había vuelto a aparecer en nuestras clases nocturnas. Al principio pensé que quizás era algo pasajero: compromisos, cansancio, o incluso una simple gripe. Pero pasaban los días y su silla seguía vacía.

Recordé que en una de nuestras conversaciones casuales me había mencionado que por las mañanas solía estar sola en su casa, ya que su esposo trabajaba fuera de la ciudad entre semana. Así que, un lunes por la mañana, decidí darme una vuelta por su casa para averiguar si estaba bien.

Tomé el autobús y caminé hasta su vecindario, un lugar tranquilo de casas medianas con jardines modestos. Su casa era la tercera en la fila, con una pequeña reja blanca al frente y una bugambilia floreciendo en la entrada. Toqué el timbre con cierta expectativa, esperando que estuviera en casa y, más aún, que no le pareciera invasiva mi visita.

Unos segundos después, escuché pasos acercándose desde dentro. La puerta se entreabrió y apareció María Angélica, con el cabello recogido en una coleta informal, vestida con un short cómodo y una camiseta gris clara, sin maquillaje y descalza, con unas medias blancas deportivas algo arrugadas en los tobillos. Se notaba sorprendida, pero no incómoda.

—¡Felipe! —exclamó con una mezcla de sorpresa y sonrisa—. ¡Qué haces aquí tan temprano?

—Hola, María —respondí, algo apenado—. Disculpa que venga sin avisar, pero me preocupé un poco. No has vuelto a clase y pensé… bueno, tal vez necesitabas algo o simplemente quería saber si estabas bien.

Su expresión se suavizó de inmediato, y abrió un poco más la puerta.

—Ay, qué lindo que viniste. Pasa, no hay problema. Justo estaba haciendo café.

Entré despacio, cruzando el umbral mientras ella cerraba la puerta detrás de mí. El aroma del café recién hecho llenaba el aire, mezclado con ese toque cálido y casero que tenía su sala: cojines desordenados, una manta doblada sobre el sofá y luz natural entrando por la ventana del comedor.

María Angélica caminó descalza por el piso de cerámica, sus medias blancas arrugadas a la altura de los tobillos, mientras se dirigía a la cocina abierta. Me senté en una de las sillas del comedor, observando cómo servía las tazas con tranquilidad.

—¿Y entonces? —dije, rompiendo el silencio con suavidad—. ¿De verdad estás bien? Más allá del resfriado… me refiero a ti, cómo te has sentido estos días.

Ella se giró lentamente con las dos tazas en la mano, una leve sonrisa en los labios, pero con una mirada que decía más de lo que su voz podía expresar.

—Sí… o sea, físicamente estoy bien —respondió, dejando las tazas sobre la mesa y sentándose frente a mí—. Pero… no sé. A veces me canso. Del trabajo, de la rutina. Y cuando pasó lo de aquella noche, fue como un pequeño respiro, ¿sabes? Me hizo sentir distinta… como más viva.

La sinceridad en su voz me conmovió. No era común ver ese lado de María Angélica. Siempre tan formal, tan enfocada… verla ahora así, descalza, relajada y honesta, creaba un espacio íntimo entre los dos que no necesitaba explicaciones.

Lo noté mientras ella acomodaba sus piernas en el sofá, con una naturalidad que contrastaba con el detalle que de pronto captó mi atención. En su brazo izquierdo, cerca del codo, había un moretón. No parecía reciente del todo, pero era evidente. Un tono violáceo que asomaba por debajo de la manga corta de su camiseta.

Mi expresión cambió sin querer, y ella lo notó enseguida.

—¿Eso…? —pregunté, señalando con suavidad el brazo—. ¿Qué te pasó ahí?

María Angélica bajó la mirada hacia el moretón, como si recién recordara que lo tenía. Lo cubrió con la mano de forma casi automática, y su sonrisa titubeó un segundo.

—Ah… eso —respondió, en un tono más bajo—. No es nada. Me golpeé con una repisa buscando unos papeles… soy torpe a veces.

La respuesta sonaba ensayada. No necesariamente falsa, pero no del todo completa. Había algo en su forma de evitar mi mirada que me dejó una inquietud instalada en el pecho.

—¿Estás segura? —insistí con cuidado, sin presionarla—. No quiero invadir ni incomodar… solo que me preocupo.

Ella respiró hondo y luego me sonrió, esta vez con algo más de calidez, como si agradeciera que me hubiera dado cuenta.

—Gracias, Felipe. De verdad. No te preocupes, en serio. No es algo grave. Solo ha sido una semana rara.

Me limité a asentir, respetando su espacio, pero sin dejar de observar su lenguaje corporal. A veces, las palabras dicen poco. Pero los gestos… los gestos lo cuentan todo.

Tomó un sorbo largo de café y luego, como para aligerar el ambiente, me miró con picardía.

—Aunque admito que esa noche en tu apartamento… fue como una terapia inesperada. Entre risas y cosquillas, me olvidé del mundo por un rato.

—Pues cuando necesites repetirla —le dije, relajando también el tono—, ya sabes que mi consulta está abierta.

—¿Consulta? ¿Ahora eres terapeuta de pies cosquilludos?

—Digamos que tengo una especialización muy específica —bromeé, haciéndola reír de nuevo.

Lo que vino después me tomó completamente por sorpresa. María Angélica se acomodó en el sofá, apoyando su taza en la mesa de centro con cuidado. Luego me miró con una ceja ligeramente alzada y una sonrisa pícara en los labios.

—Tú lo que quieres es hacerme cosquillas nuevamente —dijo, cruzando los brazos con aire juguetón—. Desde que supiste lo cosquilludos que son mis pies, estás esperando la oportunidad para repetirlo, ¿cierto?

Me congelé por un instante, atrapado entre su mirada directa y el calor que subía por mi rostro. Era como si hubiera leído cada uno de mis pensamientos.

—Yo… —intenté decir, pero no terminé la frase. Me encogí de hombros con una media sonrisa, sin encontrar una respuesta inmediata.

—Ajá —asintió ella, como si acabara de ganar un juego—. Sabía que no te ibas a defender.

—No es que no quiera defenderme… —dije al fin—. Es que… bueno, ¿cómo se supone que uno responda a eso sin quedar totalmente en evidencia?

María Angélica soltó una carcajada genuina y, por primera vez en toda la conversación, pareció completamente relajada.

—La verdad, Felipe… fue divertido. Esa noche, no solo me reí como hace años no lo hacía, sino que me hizo bien. Y si… —hizo una pausa, mirándome con más dulzura que ironía— si quieres repetirlo… quizás lo considere. Pero bajo mis condiciones.

—¿Condiciones? —pregunté, entre curioso y divertido.

—Ajá. Que no me tomes por sorpresa esta vez —dijo señalándome con el dedo—. Que no se te ocurra atacarme en mitad de una conversación seria.

—Entonces… ¿debo enviarte una invitación formal?

—Algo así. Tal vez un café, una charla tranquila… y, si la situación lo permite… bueno, ya sabes.

En el instante en que María Angélica posó la taza sobre la mesa de centro, mi instinto juguetón afloró de nuevo. Con un movimiento ágil, casi felino, me incliné hacia adelante, tomé ambos pies por los tobillos—todavía con esas medias blancas deportivas tobilleras puestas—y, sin más aviso, comencé a deslizar mis dedos por las plantas.

—¡JAJAJAJAJA! —exclamó ella al instante, las carcajadas brotando sin remedio—. ¡No otra vez!

Sus pies pataleaban con fuerza, pero mis manos la atraparon con suavidad: alterné roces rápidos sobre el arco con ligeros pellizquitos entre los dedos, cada toque despertando una nueva ráfaga de risas.

—¡Para, Felipe! ¡Esto es trampa! —gritó entre risas, arqueando la espalda sobre el sofá.

—¿Trampa? —respondí, jugueteando por unos segundos más—. Pero… prometiste que bajo “tus condiciones”.

Ella soltó otra carcajada, resignada y divertida a la vez:

—¡Ja! ¡Eso no cuenta! ¡Tus “condiciones” no incluían esto!

Yo sonreí, sabiendo que había ganado la partida de la sorpresa. Marí­a Angélica, entre carcajadas y súplicas amistosas, se dejó llevar por ese estallido de risa que sabía tanto a complicidad como a liberación.

En cuanto sus carcajadas comenzaron a amainar, di un par de golpecitos suaves en sus tobillos y, con cuidado, deslicé las medias blancas hasta exponer por completo sus pies. Ella intentó reacomodarse, pero la risa aún temblaba en su voz.

—¡Ahora sí que vas a pagar cada “condición”! —canturreó, medio riendo, mientras sus plantas quedaban al descubierto.

Sin perder un segundo, posé mis dedos en la base de su arco derecho y comencé a deslizar movimientos rápidos, recorriendo cada hilo de piel sensible. María Angélica pegó un brinco leve en el sofá y soltó una carcajada renovada:

—¡JAJAJAJA! ¡Nooo! ¡Mis pies! ¡Para, por favor!

La veía revolverse con gracia, sus dedos de los pies estirándose y encogiéndose en un vaivén alocado, y yo alternaba entre toques ligeros y pequeños pellizquitos juguetones. Cada zona del arco, cada pliegue entre los dedos, provocaba un nuevo estallido de risa.

—¡Nooo, sin medias nooo! —gritó María Angélica entre carcajadas, mientras sus manos intentaban inútilmente cubrir sus pies desnudos.

Yo sonreí, divertidísimo con su reacción, y aflojé el “ataque” un instante para que pudiera retomar el aliento.

—¿Ves? —le dije, juguetón—. Te dije que el contacto directo era otro nivel.

Ella se frotó las plantas con ambas manos, recuperándose con respiraciones profundas y risitas nerviosas.

En cuanto vi que María Angélica comenzaba a recuperar el aliento, mi lado más travieso volvió a activarse. Sin darle oportunidad a reaccionar, me incliné de nuevo y sujeté ambos pies por los tobillos.

—¡Ups, me olvidé! —dije en tono burlón—. ¡Aún te debo esa revancha!

Con mis uñas, rasqué simultáneamente las plantas de sus pies, recorriendo de un lado a otro con movimientos rápidos y juguetones. María Angélica estalló de nuevo en carcajadas, sus pies pataleando sin control.

—¡JAJAJAJAJA! ¡E-esto… no vale! —gritó entre risas, intentando arquear la espalda para alejarse—. ¡Déjalo ya!

Pero mis manos no cedieron: cada roce despertaba otra ráfaga de risas, y sus pies cosquilludos se movían como locos, buscando escapar del torbellino de cosquillas.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Eres imposible, Felipe! —decía, mientras su cuerpo entero vibraba de la risa.

Finalmente, y con una amplia sonrisa, relajé mis manos y la dejé recuperar el aliento por segunda vez. María Angélica, aún con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, respiró hondo y soltó una carcajada quedita.

—…Creo que hoy ya cumplí con mi sesión de risas —murmuró, frotándose las plantas—. Pero admito que no hay nada como un verdadero “ataque exprés”.

Nos quedamos sonrientes, compartiendo esa complicidad juguetona que había convertido una simple visita de cortesía en una mañana llena de carcajadas espontáneas.

—Oye, María Angélica… ¿qué tal si lo llevamos un paso más allá? —dije al fin, con el tono juguetón de siempre—. Podríamos probar algo más intenso: atarte de pies y manos y ver tu nivel de resistencia.

Ella me miró sorprendida, pero con curiosidad:

—¿Cómo así? —preguntó, apoyando un codo en el brazo del sofá.

—Una sesión de cosquillas profesional —expliqué con una sonrisa traviesa—. Te ato en tu cama, boca arriba, para que estés cómoda, y te doy un par de minutos de “tratamiento intensivo”. ¿Te animas?

María Angélica se quedó pensativa unos instantes, recordando mis “habilidades”, y luego asintió:

—Bueno… sólo unos cuantos minutos —dijo—. Pero sólo si es en mi cama.

—Perfecto —respondí—. No hay problema.

Saqué de mi maleta un pequeño rollo de cuerdas suaves, especialmente preparadas para no dañar la piel, y ella soltó una carcajada al verlo:

—¿Así que tú siempre vienes preparado para esto? —bromeó—.

—Claro —contesté con un guiño—. Uno nunca sabe cuándo se presenta una sesión intensa de cosquillas.

Nos levantamos, y juntos subimos a su habitación. Allí, colocamos las cuerdas bajo sus sábanas y, con cuidado, aseguré sus muñecas al cabecero y sus tobillos a los pies de la cama. María Angélica se acomodó boca arriba, respirando hondo y sonriendo con nerviosismo.

—Está bien… —murmuró—. Si alguna vez digo “basta”, me sueltas de inmediato, ¿vale?

—Por supuesto —aseguré—. Confianza total.

Me quedé a su lado, listo para comenzar otra ronda de risas, sabiendo que aquel experimento nos llevaría, una vez más, a un territorio de complicidad y carcajadas inolvidables.

Con cuidado y asegurándome de mantener el máximo respeto, procedí a atar a María Angélica en posición de “T” sobre su cama:

  1. Brazos
    Coloqué suavemente sus muñecas a ambos lados, justo al nivel de los hombros, y até cada una al cabecero con un lazo firme pero cómodo, cuidando que no restringiera la circulación.

  2. Piernas
    Junté sus tobillos y los até al pie de la cama, dejando sus plantas totalmente expuestas y desnudas, listas para la siguiente etapa.

  3. Comprobación de comodidad
    Me aseguré de que pudiera moverse apenas lo suficiente para no sentir tensión excesiva. María Angélica, tumbada boca arriba, respiró profundo y me regaló una sonrisa confiada.

—Listo —le dije en voz baja—. ¿Te sientes cómoda?

—Sí, tranquilo —respondió ella, con esa mezcla de nervios y emoción que tanto me gustaba—. Adelante cuando quieras.

Con todo en su lugar, las plantas de sus pies al descubierto y los brazos abiertos, la escena quedaba lista para nuestra sesión especial: un nuevo experimento de risas, confianza y complicidad.

En cuanto María Angélica asintió con un leve movimiento de cabeza, su voz aún temblando de anticipación, mis dedos cobraron vida.

Me incliné sobre la cama y, sin darle tiempo a reaccionar, posé mis yemas contra sus costillas. Con suaves caricias en zig-zag, encendí la chispa de la risa en su cuerpo:

—¡JAJAJAJA! —explotó ella, arqueando el torso bajo el tirón de mis dedos—. ¡Noooo, en las costillas noooo!

Sin pausa, deslicé mis manos hacia sus axilas y las jugué con delicadeza elevada a la máxima potencia de cosquillas:

—¡JAJAJAJAJA! —sus hombros se sacudían, sus respiraciones saltaban de risa en risa—. ¡Esto es… demasiado!

Luego, mis dedos buscaron el punto exacto en su cintura, justo donde el pantalón se hunde un poco, y allí presioné con pequeños pellizquitos juguetones:

—¡Ahhh, no…! —chilló, revolcándose como un resorte en las sábanas—. ¡JAJAJAJAJA, estoy atrapada!

Su cuerpo entero vibraba en un frenesí de carcajadas; los brazos, inmovilizados en forma de “T”, se alzaban y caían al compás de su risa; sus piernas, unidas en los tobillos, temblaban en un intento desesperado de zafarse, pero era inútil: cada ángulo de su cintura, costillas y axilas había sido descubierto.

La sesión acababa de comenzar, pero ya sentía el latido de su complicidad. Sus carcajadas eran mi guía: cuanto más intensa la risa, más sabía que estaba dándole justo lo que había pedido.

Mis manos no cesaron ni un segundo. Con movimientos rítmicos y juguetones, alternaba caricias en su cintura, zig-zags veloces por sus costillas y presioncitas puntuales en sus axilas. María Angélica estallaba en carcajadas una y otra vez, su cuerpo arqueándose y sacudiéndose bajo mis dedos.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Paraaaa… paraaaaa…! —gritaba entre bocanadas de aire, cada risa más intensa que la anterior.

Sus manos, inmovilizadas, golpeaban el colchón en un intento de apartar mis dedos, pero sus piernas unidas en los tobillos tan solo la hacían rebotar en la cama, produciendo un vaivén que amplificaba la sensación de cosquillas.

—¡Ay, Dios…! ¡Las axilas… costillas… todo! —se retorcía, los hombros subiendo y bajando al ritmo de su risa.

Yo me movía con cuidado de no lastimarla, cambiando de zona cada pocos segundos para mantener la sorpresa: un pellizquito en la cintura, un trazo rápido en las costillas, un ligero barrido en cada axila. Cada nuevo contacto despertaba en ella una explosión de risas, y sus carcajadas llenaban la habitación con una alegría contagiosa.

La veía entreabierta de ojos, el rostro sonrojado, el cabello desperdigado sobre la almohada, completamente entregada al juego. Y yo, disfrutando de su sonrisa y de la complicidad que nos unía en cada carcajada, sabía que aquel experimento, una vez más, había fortalecido nuestra amistad de la manera más divertida.

Con una sonrisa cómplice, empecé a descender por su cuerpo. Dejé las axilas atrás y cuidadosamente llevé mis manos hasta sus muslos. Deslicé mis dedos sobre la tela suave del pantalón y luego, con más confianza, contacté directamente la piel, alternando roces ligeros y pequeños pellizquitos circulares.

—¡No… los muslos tampoco! —exclamó María Angélica, arqueando la espalda en un vaivén frenético mientras sus risas retumbaban en la habitación—. ¡JAJAJAJAJA!

Sin detenerme, avancé hacia las rodillas, donde descubría otro punto vulnerable: una caricia rápida en el hueco tras la rótula bastaba para desatar otro estallido de risa.

—¡Ay… ay… ay! —jadeó entre carcajadas—.

Sus piernas pataleaban bajo mi toque, la posición de “T” acentuaba su entrega al juego. Cada muslo, cada curva tras la rodilla reaccionaba como si tuviera vida propia, impulsándola a reír sin control. Yo, sentado entre sus piernas, alternaba ritmos y ángulos, explorando cada centímetro de su piel hipersensible.

Sus piernas pataleaban bajo mi toque, la posición de “T” acentuaba su entrega al juego. Cada muslo, cada curva tras la rodilla reaccionaba como si tuviera vida propia, impulsándola a reír sin control. Yo, sentado entre sus piernas, alternaba ritmos y ángulos, explorando cada centímetro de su piel hipersensible.

—¡Eres un… un… maestro de la tortura de risas! —gritó ella, ya sin fuerzas para luchar contra las oleadas de cosquillas.

Finalmente, y con una última caricia suave, relajé mis manos y me aparté un poco, permitiéndole recuperar el aire. María Angélica, exhausta pero radiante, se quedó allí, respirando profundamente y acariciando sus muslos con una sonrisa agradecida.

—Uf… —susurró, aún titubeando entre risas residuales—. Creo que… creo que ya cumplí mi cuota de risas por hoy.

—¿Cuota de risas? —pregunté con una sonrisa pícara—. Aún no hemos terminado.

Sin darle tiempo a recuperarse, me coloqué sobre sus piernas, posicionándome para llegar a sus pies expuestos. Con mis dedos listos en el arco de su pie derecho, hice un barrido rápido seguido de pellizcos juguetones entre los dedos.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NOOO, MIS PIES! —gritó María Angélica, la risa hundiéndose en un alarido desesperado—. ¡Eso sí que no lo esperaba!

Alterné mis caricias entre ambos pies, recorriendo las plantas con toques precisos que provocaban sacudidas involuntarias. Sus pies pataleaban con fuerza mientras mi ritmo se volvía casi imparable.

—¡JAJAJAJA! ¡Me rend… JAJAJA! —trataba de decir, pero su voz se ahogaba en carcajadas.

La veía revolverse bajo mí, sus manos intentando controlar el ataque sin éxito, y su rostro iluminado por la risa ciudad de la entrega completa al juego.

—¡Para… por favor… JAJAJA! —imploraba, sin poder evitar otro estallido de risas.

Yo no aflojé, convencido de que la verdadera magia estaba en prolongar ese instante juguetón. Con ambas manos sujeté firmemente el tobillo de María Angélica y volví a concentrar mis dedos en la planta de su pie derecho.

El roce fue inmediato: mis uñas dibujaban líneas rápidas y precisas, mientras mis yemas ejercían presión intermitente en los puntos más sensibles. Ella estalló de nuevo:

—¡JAJAJAJAJA! ¡No… no lo soportooo! —gritaba, clavando sus uñas en el colchón en un intento desesperado de anclarse, pero sus pies se sacudían como si estuvieran en una pista de baile frenética.

La planta de su pie izquierdo no quiso quedar fuera de la fiesta. Con un movimiento de “transferencia exprés”, cambié mi mano derecha a ese pie y comencé a trazar círculos concéntricos alrededor de su arco, luego subí lentamente hacia los dedos, donde cada pliegue provocaba otro estallido de risa:

—¡Mis dedos… JAJAJA! ¡Eres un monstruo de las cosquillas! —jadeó ella, su voz entrecortada por los sollozos de hilaridad.

Sentí el leve sudor en su piel, la calidez que se intensificaba con cada ataque, y el modo en que sus pies parecían cobrar vida para intentar huir. Pero mi agarre, firme pero cuidadoso, impedía cualquier escapatoria.

—Veo que no hay escapatoria —susurré con tono juguetón—. Estos pies son tuyos… y míos, por un rato.

Ella intentó arquear la espalda para presionar mis manos, pero sus brazos inmovilizados le impedían moverse libremente. En su lugar, soltó una carcajada aún más intensa, que hizo vibrar todo el cabecero:

—¡Ja… ja… ja! ¡Me vas a volver loca! —exclamó, sacudiendo los pies—. ¡JAJAJAJA!

Para mantener la variedad, ejecuté una serie de “golpecitos suaves” con las puntas de mis dedos en el talón, provocando que su risa mutara a un tono casi campanilleante por la sorpresa:

—¡Eso… eso duele de risa! —gritó entre jadeos.

Luego, sin previo aviso, uní mis manos para hacer una ligera “pinza” imaginaria en cada uno de sus dedos gordos, soltando enseguida para que el cosquilleo hiciera estragos:

—¡Mis… mis deditos! ¡JAJAJAJA! —casi no podía seguir hablando.

Consciente de que cada técnica aumentaba su risa, di un pequeño descanso estratégico y la miré a los ojos. Sus mejillas estaban sonrojadas, su respiración acelerada, y sin embargo, una chispa de emoción brillaba en ellos.

—¿Sigues viva? —pregunté en voz baja, solapado a la hora de recuperar el aire—. Porque tus pies parecen querer hacerme huir a mí.

María Angélica inhaló profunda, recobró un poco la compostura y me dirigió una mirada que mezclaba furia fingida con satisfacción.

—¡Eres… malvado! —dijo por fin, apoyándose de nuevo contra las sábanas, su voz quedita y todavía cargada de carcajadas—. Pero… te odio… en el buen sentido.

En medio de sus risas, sonó el teléfono sobre la mesita de noche, rompiendo el ritmo de mi “ataque”. María Angélica se tensó un segundo y después preguntó entre risas:

—¿Quién será ahora?

Miré la pantalla: el nombre de quien la llamaba aparecía como “Amor”. Alcé la mirada y ella asintió con resignación juguetona:

—Es mi esposo… ¿puedes contestar y acercármelo al oído, por favor?

Le pasé el teléfono y, sin pausa, apoyé el auricular en su oreja derecha. De inmediato escuché la voz de fondo:

—Hola, mi vida… ¿estás haciendo ejercicio?

Ella respondió en tono más sosegado, aunque con la risa aún temblando en la voz:

—Sí, cariño, estoy haciendo mis ejercicios matutinos… todo bien—

Aprovechando la distracción, con mi otra mano volví al ataque y deslicé mis dedos por sus costillas, justo debajo del borde de la camiseta.

—¡JAJAJAJAJA! —explotó ella en carcajadas—. ¡Nooo, aquí tampocooo!

Intentó mantener la conversación con su esposo, diciendo cosas como “sí, todo tranquilo” y “te veo luego en casa”, mientras sus risas se colaban en cada frase. Sus hombros se sacudían, sus manos sujetaban el teléfono con cierta torpeza, y su cuerpo entero vibraba entre la llamada y mi continua incursión de cosquillas.

Cuando por fin colgó, me tendió el celular sobre la mesa con una sonrisa y un suspiro:

—Creo que esto no estaba en el plan de ejercicios… —murmuró.

Apenas vi que María Angélica colgaba el teléfono, mis dedos ya buscaban su costado pusilánime. Con un movimiento rápido, dejé el móvil sobre la mesita y me lancé de nuevo al ataque, recorriendo con mis uñas cada rincón de su cuerpo:

—¡No… no otra vez! —gritó ella, intentando incorporarse, pero los lazos la mantenían firme—. ¡JAJAJAJAJA! ¡Piedad, piedad!

Mis manos descendieron desde su cintura hasta las costillas, subieron por sus hombros hacia las axilas, y volvieron a bajar a su barriga y muslos, generando un torbellino de cosquillas ininterrumpidas. En cada punto sensible, sus carcajadas reventaban como fuegos artificiales:

—¡Ja-ja-ja! ¡Eso pasa por contestar llamadas en medio de las cosquillas! —le dije, entre risas.

Ella solo podía retorcerse, con la mirada nublada de diversión y súplicas amistosas:

—¡FELIPEEEE… JAJAJA! ¡Aquí… aquí noooo…!

Con la complicidad intacta, aproveché para descender a sus rodillas y luego a sus tobillos, trazando líneas rápidas bajo la tela de las medias que aún se aferraban a sus piernas. Cada roce en los huecos tras las rodillas y los tobillos enviaba nuevas oleadas de carcajadas:

—¡JAJAJAJA! ¡No aguanto más!

La habitación se llenó de su risa, y aunque el “tratamiento intensivo” proseguía, en sus ojos vi esa chispa agradecida que me recordaba por qué cada sesión valía la pena: en medio del caos de risas y súplicas, estábamos reforzando un lazo de confianza y complicidad que iba mucho más allá de unas simples cosquillas.

Con la energía a tope, reubicándome con cuidado, me deslicé hacia sus pies y, sin dudarlo, lancé mis dedos a sus plantas. Primero un barrido rápido de la base al talón, luego círculos veloces alrededor del arco, terminando en pequeños pellizcos entre cada dedo.

—¡JAJAJAJA! ¡No… los pies… por favor! —gritó María Angélica, su voz destrozada por la risa, mientras sus manos intentaban inútilmente alejar mis manos.

Sus plantas se arrugaban con cada toque, como si quisieran encogerse para escapar del cosquilleo. Sus pies pataleaban en el aire, describiendo arcos caóticos contra las sábanas:

—¡Para… JAJAJA! ¡No aguanto más! —imploraba entre carcajadas, cada palabra un soplo de alegría desesperada.

Yo mantenía un ritmo juguetón, alternando movimientos rápidos y leves presiones con las uñas, explorando cada pliegue de su piel hipersensible. La veía revolcarse, sus rodillas subiendo y bajando, mientras sus pies buscaban huir infructuosamente:

—¡JAJAJAJA! ¡Tus dedos son tortura! —exclamó, los ojos brillando con carcajadas—. ¡Piedad, Felipe, piedad!

Yo no estaba ni cerca de detenerme. Con renovada energía, mis dedos volvieron a posarse en la planta de su pie derecho, esta vez recorriendo la piel de forma más lenta, casi provocativa, para luego acelerar en ráfagas frenéticas.

—¡Felipe… JAJAJAJA… para ya! —clamó ella, sus rodillas se encogían contra el colchón y su cuerpo temblaba de la mezcla de risa y retortijón—. ¡No sé si poder con tanto!

Pero mi mano izquierda ya se había deslizado al pie izquierdo, atrapándolo con suavidad para impedir que escapara, mientras mi mano derecha continuaba explorando cada pliegue del arco derecho.

Sentí el ligero sudor de su piel, el calor que subía desde sus plantas y la forma en que los hilos de nylon que quedaban en su tobillo le daban un matiz extra al toque. Sus dedos se estiraban y encogían en intentos desesperados de huir, pero siempre volvían al mismo punto: mis uñas danzando sobre la parte más sensible.

—Esto… es… —jadeó entre risas—. ¡Toda una experiencia! ¡JAJAJAJA!

Pensé en lo impredecible que había sido su primera reacción a mis técnicas, y en lo divertido que era descubrir hasta dónde podía llegar su tolerancia.

Con movimientos alternos—uno rápido, otro lento, uno profundo, otro superficial—mantuve el ataque, sabiendo que cada nueva combinación prolongaría su carcajada. María Angélica ya no suplicaba tan alto; su risa se había transformado en una melodía ininterrumpida, un canto de liberación que inundaba el cuarto.

—No… sé cuándo volverás a… —logró articular, pero su voz se quebró en otra ola de “JAJAJAJAJA”.

Y en ese instante comprendí que el próximo capítulo de nuestra historia quedaría guardado en esa forma de reírse sin barreras, en esa promesa tácita de que, cuando la confianza y el juego se encuentran, cualquier momento puede convertirse en una sesión intensa de cosquillas… y en un recuerdo inolvidable.

Continuará…
Original de Tickling Stories

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