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Sebastián Mora llevaba meses obsesionado con Megan Fox. No era como las otras. No era una estrella de telenovelas ni una cantante pop. Era algo más. Era un icono de la belleza moderna, una mujer que había sido etiquetada como la más sexy del mundo, pero que siempre había mostrado una vulnerabilidad oculta tras su mirada intensa y sus tatuajes.
Sebastián la había seguido durante años. Había visto todas sus películas, leído todas sus entrevistas, estudiado cada fotografía. Y había encontrado lo que buscaba: en una antigua entrevista, Megan había confesado con una sonrisa tímida que era «terriblemente cosquillosa» y que sus pies eran su punto débil.
«Si alguien me toca los pies, pierdo el control por completo», había dicho, riendo. «Es mi talón de Aquiles.»
Para Sebastián, esa confesión era una invitación. No era una debilidad inofensiva; era un arma que él podía usar. Y Megan Fox, con su belleza de otro mundo y su vulnerabilidad escondida, se había convertido en su obsesión más profunda.
El problema era cómo acceder a ella. Megan no era como las otras famosas que había cazado. Tenía un equipo de seguridad, una vida privada muy protegida y una desconfianza natural hacia los extraños. Pero Sebastián era paciente. Había esperado meses para encontrar la oportunidad perfecta.
Y finalmente, llegó.
Megan estaba en Miami para el rodaje de una película. Se alojaba en una villa privada en las afueras de la ciudad, con un equipo reducido. Sebastián había investigado cada detalle: las rutinas de seguridad, los horarios, las debilidades en el sistema. Sabía que Megan tenía una costumbre que la hacía vulnerable: le gustaba caminar descalza por el jardín de la villa al atardecer, cuando el calor del día disminuía.
Esa noche, Sebastián esperó en las sombras. Había estudiado el perímetro de la villa durante semanas y sabía exactamente dónde estaban las cámaras y los puntos ciegos. Cuando Megan salió al jardín, con sus pies descalzos sobre el césped, Sebastián sintió un cosquilleo en la nuca. Era el momento.
Se movió rápido y en silencio. Antes de que Megan pudiera reaccionar, una mano cubrió su boca y un brazo la rodeó por la cintura. Un pañuelo empapado en cloroformo presionó suavemente su nariz. Megan forcejeó unos segundos, pero sus ojos se cerraron rápidamente y su cuerpo se fue quedando inerte.
Sebastián la cargó hasta su furgoneta, la colocó en el asiento trasero y la ató con cuidado. La llevó a un lugar que había preparado durante semanas: un sótano insonorizado en una casa abandonada a las afueras de la ciudad. Allí, Megan Fox despertaría en un mundo completamente diferente.
Megan abrió los ojos lentamente. Su cabeza palpitaba y su boca estaba seca. Intentó moverse y sintió la presión de correas alrededor de sus muñecas y tobillos. Estaba tendida en una camilla, completamente desnuda, con los brazos extendidos y las piernas ligeramente separadas.
Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. La luz era tenue, proveniente de una lámpara en la esquina de la habitación. Las paredes eran de hormigón, sin ventanas. El aire era frío y olía a humedad.
—¿Hola? —dijo, con voz temblorosa. —¿Hay alguien aquí?
—Estoy aquí, Megan.
La voz provenía de una esquina oscura. Un hombre salió de la sombra y se acercó lentamente. Llevaba una camisa negra y pantalones oscuros. Su rostro era agradable, casi amable, pero sus ojos brillaban con una intensidad que hizo que Megan sintiera un escalofrío.
—¿Quién eres? —preguntó, intentando mantener la calma. —¿Qué quieres?
—Mi nombre es Sebastián. Y lo que quiero es muy simple, Megan. Quiero oírte reír. Quiero ver cómo esa belleza perfecta se desmorona bajo mis dedos.
—No sé de qué estás hablando…
—Sí, lo sabes. —Sebastián se acercó más, sus ojos recorriendo el cuerpo desnudo de Megan sin prisa. —Eres extremadamente cosquillosa, ¿verdad? Lo confesaste en una entrevista hace años. Dijiste que tus pies son tu punto débil. Que pierdes el control cuando alguien los toca.
Megan sintió un nudo en el estómago. Recordaba esa entrevista. La había dicho sin pensar, riendo, sin imaginar que alguien la usaría en su contra.
—Eso… eso no es cierto —mintió.
—No mientas, Megan. —Sebastián sonrió, una sonrisa fría y calculadora. —He investigado todo sobre ti. He visto todas tus entrevistas, todas tus fotos. Sé que eres una mujer fuerte, pero todos tenemos debilidades. Y la tuya es una de las más hermosas que he encontrado.
Se sentó en un taburete junto a la camilla y tomó el pie derecho de Megan con una mano. Ella tensó todo el cuerpo.
—No… por favor, no…
—¿No qué, Megan? —preguntó Sebastián, con voz suave. —¿No quieres que te haga cosquillas? ¿Es eso?
Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas.
—Entonces me lo vas a pedir. Me vas a suplicar que te haga cosquillas. Pero antes… —pasó un dedo lentamente por la planta del pie de Megan, y ella contuvo el aliento—…quiero oírte.
Sebastián pasó el dedo por la planta del pie de Megan, con una lentitud deliberada. Ella contuvo la respiración, su cuerpo tenso como una cuerda. Pero cuando el dedo llegó al arco, no pudo evitarlo: una risita escapó de sus labios.
—Ah, qué bonito sonido —dijo Sebastián. —Pero no es suficiente. Quiero más.
Empezó a mover el dedo en círculos en el centro de la planta, y Megan soltó una carcajada involuntaria.
—¡Ja… jajaja… no… para!
—¿Para? Pero si apenas estoy empezando.
Sebastián comenzó a usar ambos dedos, uno en cada pie, trazando líneas lentas y suaves sobre las plantas. Megan se retorcía en la camilla, su risa se volvió más intensa.
—¡Jajajaja! ¡No! ¡Por favor! ¡Eso… jajaja… es demasiado!
—Demasiado rápido o demasiado lento, Megan. —Sebastián redujo la velocidad, haciendo que cada movimiento fuera más tortuoso. —Dime qué prefieres.
—¡Rápido! —gritó ella entre risas. —¡Rápido!
Sebastián obedeció, moviendo los dedos con rapidez sobre las plantas, y la risa de Megan se volvió histérica. Su cabeza se movía de un lado a otro, su cabello oscuro se pegaba a su frente sudorosa.
—¡Jajajaja! ¡No puedo! ¡Por favor, para!
Pero Sebastián no se detuvo. Disfrutaba cada segundo de aquel espectáculo. Megan Fox, la mujer que había sido considerada la más sexy del mundo, estaba completamente a su merced, reducida a un manojo de risas y súplicas.
Después de varios minutos, Sebastián se detuvo. Megan jadeaba, tratando de recuperar el aliento. Tenía lágrimas en los ojos y una sonrisa nerviosa en el rostro.
—¿Por qué… por qué haces esto? —preguntó, con voz entrecortada.
—Porque puedo —respondió Sebastián, con una sonrisa fría. —Porque he esperado mucho tiempo para tenerte aquí. Y porque quiero ver hasta dónde puedes llegar.
Sebastián se levantó y fue a una mesa en la esquina de la habitación. Sobre ella había una variedad de herramientas: plumas, cepillos, un vibrador pequeño, y un par de guantes con cerdas en las puntas de los dedos.
—Elige, Megan —dijo, mostrándole los objetos. —¿Con qué quieres que continúe?
Megan miró las herramientas con horror. —Ninguna… por favor, ninguna.
—Tienes que elegir. Es parte del juego.
—La pluma… la pluma —susurró, con la voz temblorosa.
—Buena elección. —Sebastián tomó la pluma, una larga y suave pluma negra. —Pero tienes que saber una cosa: esto no va a ser fácil. Voy a hacerte cosquillas hasta que ya no puedas respirar. Y cuando creas que no puedes más, voy a seguir.
Se sentó junto a sus pies y empezó a pasar la pluma por la planta del pie derecho. La sensación era completamente diferente a sus dedos: más ligera, más impredecible. La risa de Megan se volvió aguda, casi histérica.
—¡Jajajaja! ¡No! ¡Eso… jajaja… es peor!
—¿Peor? —Sebastián sonrió. —Me alegra que lo digas.
Pasó la pluma por el arco, luego por los dedos, luego entre ellos. La risa de Megan se intensificó, su cuerpo se retorcía con violencia.
—¡Ja… jajaja… no puedo… respirar…!
Sebastián se detuvo un momento, dándole un respiro. Luego, tomó la pluma y la pasó por el otro pie. La reacción fue la misma: risa desesperada, súplicas, lágrimas.
Durante más de una hora, Sebastián experimentó con la pluma. Descubrió que el arco era la zona más sensible, especialmente la parte justo debajo de los dedos. También descubrió que Megan era sensible en las costillas y las axilas, pero nada se comparaba con sus pies.
Cuando finalmente se detuvo, Megan estaba exhausta. Su cuerpo temblaba y su respiración era irregular.
—Bien, por hoy es suficiente —dijo Sebastián, levantándose. —Pero esto no ha terminado. Tengo toda una semana para divertirme contigo, Megan. Y voy a usar cada segundo.
Al día siguiente, Megan despertó atada a la misma camilla. Sebastián ya estaba allí, sentado junto a ella con una taza de café.
—Buenos días, Megan. Dormiste bien.
—Por favor… —susurró ella, su voz ronca. —Déjame ir. No le diré nada a nadie. Nunca.
—No puedo hacer eso, Megan. Aún no he terminado contigo. Hoy vamos a probar algo nuevo.
Sebastián sacó un par de cepillos de cerdas suaves y se sentó a sus pies. —Estos cepillos son especiales. Las cerdas son de nylon, lo que las hace perfectas para hacer cosquillas en los pies.
Comenzó a pasar el cepillo por el pie derecho de Megan, con movimientos lentos y largos. La sensación era completamente diferente a la pluma: más intensa, más abrumadora. La risa de Megan estalló en segundos.
—¡Jajajaja! ¡No! ¡No! ¡Jajajaja!
Sebastián continuó, alternando entre ambos pies, utilizando diferentes velocidades y presiones. Megan se retorcía y gritaba entre risas, su cuerpo sudoroso brillaba bajo la luz tenue.
Después de un rato, Sebastián colocó ambos cepillos sobre sus pies y los ató con vendas. Megan sintió cómo las cerdas se movían con cada pequeño movimiento de sus pies, produciendo una cosquilla constante e implacable.
—Voy a salir un rato, Megan —dijo Sebastián, dirigiéndose a la puerta. —Disfruta de tu tiempo a solas con los cepillos.
Megan gritó y suplicó mientras Sebastián salía de la habitación. Durante las siguientes tres horas, estuvo atrapada con los cepillos en sus pies, riendo sin parar, incapaz de hacer nada más. Cuando Sebastián regresó, ella ya no podía hablar. Solo reía, lloraba y temblaba.
Al tercer día, Sebastián tenía algo nuevo para Megan. Un vibrador pequeño con una punta redonda y suave.
—Esto no parece peligroso —dijo ella, con voz temblorosa.
—Oh, pero lo es, Megan. Coloca la punta en cualquier parte de tus pies y sentirás una sensación de cosquilleo que te volverá loca.
Sin esperar más, Sebastián encendió el vibrador y lo acercó a su talón derecho. El cosquilleo era intenso, diferente a todo lo que había sentido antes. Megan reía con desesperación, su cabeza moviéndose de un lado a otro.
—¡Ja… jajaja… es diferente! ¡Es más intenso!
—Lo sé, Megan. —Sebastián movió el vibrador lentamente por su arco, hacia los dedos. —Por eso me gusta tanto.
Pasó el vibrador por la base de sus dedos, y la reacción de Megan fue explosiva. Su risa se volvió aguda y descontrolada, sus pies se movían frenéticamente intentando escapar.
Cuando Sebastián se detuvo, Megan estaba sin aliento, apenas consciente.
—¿Qué hora es? —preguntó, con voz débil.
—Apenas las once. Tenemos todo el día.
Megan cerró los ojos, aceptando su destino.
Los días siguientes fueron un infierno para Megan. Sebastián utilizó cada herramienta disponible: plumas, cepillos, vibradores, sus propias manos. Descubrió que era sensible en todas partes: el cuello, las costillas, las axilas, el interior de los muslos. Pero siempre volvía a sus pies, su verdadera obsesión.
La cuarta noche, Sebastián se sentó junto a Megan y le habló con voz calmada.
—Megan, has sido una víctima increíble. Tu risa es lo más hermoso que he escuchado en mi vida. Pero esto no puede durar para siempre.
—¿Me vas a liberar? —preguntó ella, con esperanza en sus ojos.
—Sí. Pero antes, quiero que sepas algo. Esto no ha sido un secuestro, ni una tortura. Esto ha sido… un regalo. Te he mostrado lo vulnerable que puedes ser. Te he mostrado que, por debajo de esa fachada de mujer perfecta, hay una persona que puede reír y llorar como cualquier otra.
Megan no dijo nada, pero sus ojos reflejaban una mezcla de confusión y gratitud.
Sebastián la liberó y la ayudó a vestirse. La llevó de vuelta a Miami en su furgoneta, y la dejó frente a su hotel.
Antes de irse, se inclinó y le susurró al oído: «No intentes encontrarme, Megan. Pero si alguna vez sientes la necesidad de reír… ya sabes dónde estoy».
Una semana después, Megan Fox estaba de vuelta en Los Ángeles. La policía había investigado su desaparición, pero no encontraron pistas. Megan no dijo nada. No podía. Sabía que nadie la creería.
Pero todas las noches, cuando se quitaba los zapatos y miraba sus pies, sentía un cosquilleo en la nuca y recordaba la risa. La suya. La que había compartido con su captor.
Fin
Original de Tickling Stories
