El negocio del foot fetish – Parte 1

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Verónica tenía lo que su abuela llamaba «una presencia serena». A sus 34 años, su figura delgada, de 57 kilos distribuidos en 1,72 metros de estatura, se movía con una elegancia práctica por la cocina de su departamento. Su piel blanca, que requería un buen bloqueador solar en verano, contrastaba con la calidez de sus ojos color miel y la sencillez de su cabello castaño, que solía recoger en una coleta alta mientras hacía las tareas del hogar.

Su vida, como la de muchas amas de casa, era una coreografía de rutinas: preparar el desayuno, revisar mochilas, ir al supermercado, pagar facturas, limpiar, cocinar. Pero esta coreografía había perdido a su compañero de baile hacía dos años. Su ex-esposo, un hombre de negocios siempre con un pie en el extranjero, encontró en un viaje a Panamá la excusa perfecta para no volver. Un «te llamo luego» por WhatsApp fue su epitafio matrimonial. El «luego» nunca llegó, y el país se lo tragó a él y a la pensión alimenticia que prometió.

Desde entonces, Verónica era el pilar único de su pequeño y ruidoso mundo: su hogar y sus dos hijos, Mateo de 15 años y Simón de 12. La ausencia de su padre los había vuelto más unidos, formando un equipo de tres contra las adversidades económicas. Y aunque eran unos adolescentes que empezaban a oler a cancha y desodorante, conservaban un rasgo de su infancia: conocían a la perfección la única y gran vulnerabilidad de su madre.

Verónica era, sin exagerar, un hervidero de nervios a flor de piel. Sufría de lo que se podría denominar cosquillitis crónica aguda. Cualquier roce inesperado en su cuello mientras cocinaba, un dedo que se deslizaba por su costilla al pasar detrás de ella en el pasillo, o el simple hecho de que Simón le hiciera «cariñitos» en la palma de la mano, la hacían estremecerse, reírse y retorcerse como una anguila. Pero su verdadero talón de Aquiles, su punto cero, eran sus pies.

Los pies de Verónica eran grandes para una mujer de su complexión, un 40, que siempre le había dado cierta vergüenza. «Parecen barcos», solía decir. Pero eran unos pies bien cuidados, de dedos largos y proporcionados, con uñas siempre pintadas de colores discretos (rosas polvos, rojos vino) y la piel suave, casi sin callosidades, gracias a las cremas que aplicaba cada noche.

Sus hijos lo sabían. Para ellos, los pies de su mamá eran un «botón de pánico» biológico. Las peleas por la televisión solían terminar con Mateo sujetándole los brazos mientras Simón, con una sonrisa de oreja a oreja, le hacía cosquillas en las plantas. Verónica pataleaba, se retorcía, lanzaba risas ahogadas y súplicas entrecortadas: «¡No, no, por favor! ¡Ya, ya, se les va a acabar la Xbox! ¡JAJAJA, Simón, te lo juro… JAJAJA, nooooo!». Eran torturas amorosas, la moneda de cambio en un reino de adolescentes, y aunque se quejaba, en el fondo le recordaban que, a pesar de todo, su hogar aún estaba lleno de risas.

Pero la risa no pagaba las cuentas. El recibo de la luz, la cuota del colegio, el mercado mensual… los números en su libreta (una libreta física, de las de toda la vida) eran cada vez más rojos. Había enviado currículums a tiendas, oficinas, cafeterías, pero sus horarios para recoger a los niños chocaban con la mayoría de las jornadas laborales.

Fue en una de esas noches de insomnio, mirando tutoriales en internet sobre cómo hacer rendir el dinero, cuando un anunció parpadeó en la pantalla: «¿Pies bonitos? Gana dinero desde casa con fotos y videos». Al principio se rió. Ella, Verónica, la ama de casa de 34 años, ¿modelo de pies? Pero cuanto más lo pensaba, más sentido le encontraba. Era un mundo anónimo, digital, que podía hacer desde su sala cuando los chicos estaban en el colegio. No tenía que mostrar su rostro. No tenía que lidiar con horarios de oficina. Solo sus pies.

Con el corazón latiéndole a mil, investigó, leyó foros, miró videos de otras «foot models». Aprendió sobre la iluminación, los ángulos, los fondos. Una tarde, con la casa vacía y los nervios desbocados, se sentó en el sillón, apoyó sus pies descalzos sobre la mesa de centro y tomó su primera foto. Le pareció ridículo, casi absurdo, pero también extrañamente liberador. Esa noche, creó un perfil en una plataforma, sin foto de rostro, con el nombre de usuaria «Miel_40». Subió tres fotos: una de sus pies juntos sobre el piso de madera, otra de perfil mostrando el arco, y una tercera con los dedos ligeramente pintados de un rosa pálido.

No esperaba nada. Quizá una o dos visitas.

Al día siguiente, al abrir la plataforma, se quedó sin aire. Tenía decenas de visualizaciones, «me gusta» y una bandeja de entrada llena de mensajes. Hombres y mujeres, de todas partes, alabando la belleza de sus pies, pidiendo fotos más específicas, con diferentes calcetines, sandalias, descalzos en la tierra… Estaban dispuestos a pagar.

Verónica parpadeó, incrédula, ante la pantalla de su celular. Cincuenta y siete notificaciones. Cincuenta y siete. Le dio un vuelco el corazón, esa mezcla de vértigo y emoción que no sentía desde sus años mozos. Fue leyendo los mensajes uno por uno, con las mejillas ardiendo:

«Preciosos tus pies, ¿tienes más?»
«Me encantaría verte con sandalias de tacón…»
«¿Aceptas pedidos personalizados? Te puedo pagar bien.»
«Hermosa Miel_40, ¿tienes Telegram?»

Su primera reacción fue instintiva: soltar el teléfono sobre la mesa como si quemara. Luego, con la respiración entrecortada, lo recogió y volvió a mirar. Gente de verdad, en lugares remotos, ofreciendo dinero real por ver sus pies. No era una broma. No era un error.

Esa misma tarde, mientras los chicos estaban en el colegio y ella revolvía distraída una olla de arroz, recibió una notificación de la propia plataforma. Era un mensaje automático, pero con un tono sorprendentemente cálido: «¡Felicidades, Miel_40! Tu perfil está teniendo una gran acogida. Como creadora destacada, ya puedes activar dos formas de monetización: 1) Programa de recompensas por interacción (ganarás una pequeña cantidad por cada ‘me gusta’ que recibas en tus publicaciones públicas). 2) Contenido Premium (configura publicaciones exclusivas con acceso de pago o acepta propinas personalizadas de tus seguidores)».

Se quedó mirando la pantalla, inmóvil. El arroz empezó a pegarse en el fondo de la olla. ¿Dinero por «me gusta»? ¿Gente pagando por ver lo que ella ya había subido gratis? ¿Y contenido exclusivo… aún más íntimo?

Apagó la hornilla y se sentó en la pequeña mesa del comedor con el celular en la mano, como si sostuviera un objeto sagrado. Por supuesto, aceptó. Activar ambas opciones le tomó treinta segundos y un par de clics. Pero lo que vino después fue lo que realmente cambió las cosas: la plataforma le abrió una pestaña con «Consejos para creadoras exitosas» y «Guía de cuidado para modelos de pies».

Y Verónica, la misma que se había pasado los últimos dos años haciendo malabares con las facturas, la misma que compraba la crema corporal más barata del supermercado, se encontró sumergida en un mundo completamente nuevo. Leyó sobre la importancia de la hidratación profunda, los exfoliantes naturales, los masajes para mantener la piel tersa, los aceites esenciales que dejaban un brillo saludable. Incluso había un apartado sobre uñas: cortes recomendados, colores que «vendían» más, la frecuencia ideal para retocar el esmalte.

Sonrió. Era absurdo, maravillosamente absurdo. Su cuerpo, que durante años había sido una herramienta práctica para correr detrás de sus hijos, cargar bolsas del mercado y limpiar la casa, ahora tenía una parte que podía generar ingresos. Una parte que, además, siempre le había dado vergüenza por ser «demasiado grande».

Esa noche, después de acostar a Simón (que pidió, como siempre, que le rasguñara la espalda hasta quedarse dormido), Verónica se encerró en el baño. Se sentó en el borde de la bañera, llenó una palangana con agua tibia y sales, y sumergió los pies. Cerró los ojos y sintió el calor relajante subir por sus tobillos. Luego, siguiendo al pie de la letra los consejos de la plataforma, los secó suavemente con una toalla limpia, aplicó un exfoliante casero de azúcar y aceite de oliva que encontró en Internet, y finalmente los embadurnó con una crema hidratante espesa que había comprado en la farmacia esa misma tarde, un pequeño lujo que se había negado a sí misma durante meses.

Mientras masajeaba sus pies, dedo por dedo, empeine, planta, talón, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: estaba invirtiendo en sí misma. No en la mamá, no en la esposa abandonada, no en la mujer que lucha. En ella, Verónica, con sus pies de talla 40 y sus uñas recién pintadas de un rojo vino intenso.

Al día siguiente, cuando los chicos se fueron al colegio, se convirtió en Miel_40. Extendió una manta suave en el suelo, junto a la ventana por donde entraba la luz más favorecedora. Se sentó, estiró las piernas, y comenzó a tomar fotos. Primero, las que llamaba «de rutina»: pies descalzos sobre la madera, con los dedos ligeramente separados. Luego se atrevió con un par de sandalias de tacón bajo que tenía olvidadas en el armario, esas que usaba solo para bodas. El resultado era elegante, casi artístico.

Pero su mayor logro llegó con los videos. Recordó que en los foros recomendaban «dar vida» a los pies, mostrar movimiento. Se grabó caminando descalza sobre la manta, luego deteniéndose, levantando un pie y girando el tobillo lentamente. En otro, simplemente dejó la cámara fija mientras ella, sentada en una silla, se aplicaba crema con movimientos suaves y pausados, dedicando unos segundos extra a cada dedo, tal como le habían enseñado los tutoriales.

Cuando subió el primer video, sintió vergüenza. Se sentía ridícula, casi exhibicionista. Pero cuando vio las primeras visualizaciones, los primeros «me gusta» que se traducían en pequeños ingresos en su cuenta virtual, la vergüenza se transformó en algo más. Era orgullo, sí, pero también una chispa de empoderamiento silencioso.

A los pocos días, ya tenía una rutina establecida. Sus mañanas, después del desayuno y antes de recoger a los chicos, tenían un nuevo propósito. Se convirtió en una experta en buscar la luz perfecta, en combinar colores de esmalte con la estación, en posar sus pies de manera que lucieran su arco natural y la forma armoniosa de sus dedos.

Y mientras tanto, la cuenta bancaria que usaba para sus ahorros personales comenzó a crecer. Algo pequeño, sí, pero más de lo que jamás habría imaginado. La primera vez que transfirió dinero de esa cuenta para pagar la factura de la luz, sintió una satisfacción tan profunda que le humedeció los ojos. Ella lo había logrado. Con sus pies. Con su esfuerzo. Con su vulnerabilidad convertida en virtud.

Sus hijos, ajenos a todo, seguían con sus vidas. Mateo llegaba del colegio y se tiraba en el sofá con el celular. Simón pedía merienda y contaba sus batallas de fútbol. Algunas tardes, cuando Verónica se sentaba a revisar su perfil, Simón se le acercaba por detrás y, jugando, le rozaba la nuca con los dedos. Ella pegaba un brinco, se reía nerviosa y le decía: «¡Simón, ya sabes que no!». Él se alejaba riendo, con las manos en alto como si se rindiera. Ella sonreía, pero guardaba sus pies bajo la mesa, instintivamente. No por ellos, sino porque esa parte de su cuerpo, antes objeto de torturas amorosas, ahora era también su herramienta de trabajo. Su pequeño tesoro.

Las semanas pasaron. Su perfil crecía. Aprendió a distinguir a los seguidores respetuosos de los que pedían cosas incómodas, y aprendió a ignorar a estos últimos sin culpa. Descubrió que había un arte en esto, una satisfacción inesperada en crear contenido bello, en recibir halagos (siempre sobre sus pies, nunca sobre ella), en ver cómo su esfuerzo se traducía en números verdes en su cuenta.

Una tarde, mientras sus hijos hacían tareas en sus habitaciones y ella preparaba la cena, recibió un mensaje. No era de un seguidor, sino directamente de la plataforma. Era una invitación: «Querida Miel_40, hemos visto tu crecimiento y la calidad de tu contenido. Queremos invitarte a formar parte de nuestro programa de creadoras destacadas. Esto te dará mayor visibilidad y acceso a colaboraciones especiales con otros perfiles verificados. ¿Aceptas?»

Verónica dejó el cuchillo con el que picaba tomates y se limpió las manos en el delantal. Aceptó, por supuesto. Y al hacerlo, abrió una puerta que la llevaría un paso más allá en este mundo insospechado. Un mundo donde, sin saberlo aún, sus propias cosquillas, ese rasgo suyo tan íntimo y familiar, pronto se convertirían en el centro de atención.

Pero eso… eso vendría después.

Fue en una de esas sesiones matutinas, mientras se aplicaba crema con la cámara grabando, cuando Verónica notó algo que siempre había estado ahí pero a lo que nunca había prestado atención. Al estirar el pie izquierdo hacia el lente, el encuadre capturó con nitidez un pequeño lunar justo en la base del dedo pulgar, ese punto donde el dedo se une con la planta. Era diminuto, de un tono marrón claro, casi imperceptible si no se miraba con atención.

Luego, al cambiar de posición y mostrar el arco del pie derecho, apareció el otro: un lunar ligeramente más grande, ubicado justo en la mitad del arco, como una pequeña isla en medio de esa curva suave que tantos halagos recibía en los comentarios.

Verónica detuvo la grabación y se quedó mirando sus plantas, girando los pies para observarlos desde distintos ángulos. Siempo había sabido que estaban ahí, claro. Los había visto miles de veces al secarse después de la ducha, al ponerse crema, al recostarse en el sofá con las piernas estiradas. Pero eran simplemente… ella. Dos pequeñas marcas sin importancia, como las pecas que le salían en los brazos en verano o esa pequeña cicatriz en la rodilla derecha de cuando se cayó de la bicicleta a los doce años.

No les dio mayor importancia. Subió el video tal cual, con los lunares apareciendo naturalmente en el metraje, y se fue a hacer el resto de sus tareas domésticas.

Horas después, al revisar las notificaciones mientras los chicos almorzaban, se encontró con algo inesperado. Varios mensajes mencionaban sus «marcas especiales».

«Me encanta ese lunar en tu arco, es muy sexy.»
«El lunar en tu dedo es adorable, como un pequeño secreto.»
«Tus pies son perfectos, pero esas marcas los hacen únicos.»

Verónica sonrió, mordiéndose el labio mientras leía. Le parecía curioso, casi cómico, que algo que para ella era tan insignificante pudiera resultar tan atractivo para otros. Pero también le gustó. Le gustaba la idea de que sus pies no fueran unos pies genéricos, perfectos y anónimos, sino que tuvieran esas pequeñas imperfecciones que los hacían reconocibles. Únicos. Suyos.

Simón, con la boca llena de arroz, levantó la vista y la vio sonreírle al teléfono.

—¿Con quién hablas, ma? —preguntó con la inocencia curiosa de sus doce años.

—Nadie, mi amor —respondió ella, guardando el celular rápidamente—. Solo estaba viendo… recetas. Para la cena.

—Ah. ¿Y por qué te ríes sola de las recetas?

—Porque encontré una de pastel de chocolate, que es tu favorito —mintió con soltura, revolviéndole el cabello.

Mateo, desde su silencio adolescente, la observó por encima del teléfono sin decir nada. Tenía esa mirada perceptiva que a veces la inquietaba, como si supiera más de lo que dejaba ver. Pero no preguntó, y Verónica respiró aliviada.

Esa noche, mientras revisaba su perfil antes de dormir, notó que algunos seguidores comenzaban a pedir fotos donde se vieran «claramente los lunares». «Enfoca bien el del arco», decían. «Quiero ver ese lunar del dedo desde cerca», pedían otros. Ella accedía, sin darle mayor importancia. Para ella seguían siendo solo dos marcas sin historia, dos detalles mínimos en medio de la rutina.

Lo que Verónica no podía imaginar, mientras aceptaba esos pedidos con la misma naturalidad con la que elegía el color del esmalte de la semana, era que esos dos pequeños lunares se estaban convirtiendo, sin ella saberlo, en una firma. Una marca de agua única, imposible de falsificar. Algo que, en el vasto y anónimo mundo de internet, algún día podría ser reconocido por alguien mucho más cercano de lo que jamás habría sospechado.

Pero eso… eso era una historia para después.

Por ahora, Verónica solo sonreía ante el cariño de sus seguidores, apagaba la luz de su habitación y se dormía con la satisfacción tranquila de quien, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba construyendo algo propio.

Era una mañana de jueves, de esas en que la luz entraba limpia por la ventana de la sala y Verónica aprovechaba para crear contenido antes de que el ruido de la ciudad se intensificara. Tenía los pies recién exfoliados, las uñas pintadas de un coral suave que combinaba perfectamente con la manta beige que usaba de fondo, y estaba revisando el ángulo de una foto cuando el celular vibró con una notificación.

Era un mensaje directo. Ella sonrió, como siempre, esperando otro pedido de fotos con sandalias o algún halago sobre sus arcos. Pero al abrirlo, se encontró con algo diferente.

Usuario: anon1867 (el distintivo gris de «no verificado» al lado, ese numerito anónimo que la plataforma asignaba por defecto).

«Hola Miel_40. He visto tu perfil y me encanta la naturalidad de tus pies. Pero tengo una propuesta diferente, algo más… especial. ¿Has oído hablar del mundo del tickling? Si te interesa, puedo explicarte más. Es algo que pocas modelos hacen, pero tiene muy buen mercado. Un saludo.»

Verónica frunció el ceño. Tickling. La palabra le sonaba, quizá de haberla visto de pasada en alguna categoría de la plataforma, pero nunca se había detenido a pensar qué significaba realmente. Su inglés era básico, el justo para defenderse en conversaciones sencillas, así que su mente tradujo automáticamente: tickling… algo con cosquillas, ¿no?

Se quedó mirando el mensaje un momento. Luego, sin saber muy bien por qué, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era desagradable. Era más bien como esa sensación que se tiene al asomarse a un lugar oscuro: un poco de miedo, pero también una curiosidad extraña.

Dejó el celular a un lado y volvió a sus fotos. Pero el mensaje no se iba de su cabeza. Terminó la sesión, guardó las imágenes en su carpeta de «pendientes», y cuando se sentó a desayunar un café con tostadas, el teléfono seguía ahí, mirándola desde la mesa.

Tickling.

Abrió la plataforma y, en lugar de responder, fue directo al buscador de categorías. Allí estaban las que ya conocía: «pies descalzos», «sandalias», «medias», «pedicura», «desde abajo»… Y más abajo, en una sección que siempre había ignorado, apareció: Tickling.

Respiró hondo y tocó la categoría.

La pantalla se llenó de videos y perfiles. Miniaturas de mujeres, casi siempre mostrando los pies, pero en contextos muy diferentes a los suyos. Había pies sujetos con suavidad por manos que se acercaban a las plantas. Deditos que recorrían arcos, talones, la base de los dedos. Mujeres que reían, que se retorcían, que suplicaban entre risas mientras unas manos hábiles exploraban cada rincón sensible de sus cuerpos, especialmente los pies.

Verónica sintió que el corazón le latía más fuerte. Sus propias manos, apoyadas sobre la mesa, recordaron de repente la sensación de los dedos de Simón recorriéndole la nuca, las emboscadas de Mateo sujetándole los brazos mientras su hermano menor le atacaba las plantas. Recordó su propia risa incontenible, sus súplicas, ese cosquilleo que recorría su cuerpo y la hacía retorcerse sin poder evitarlo.

Vio un video donde una modelo reía descontroladamente mientras le hacían cosquillas en los pies con un cepillo suave. En otro, unas manos recorrían lentamente las costillas de una chica, que se retorcía entre risas y gritos. En otro más, los pies eran el centro absoluto: dedos que se deslizaban por las plantas una y otra vez, sin pausa, hasta que la modelo casi no podía respirar de tanto reír.

Verónica tragó saliva. Sus mejillas ardían.

Algo dentro de ella, algo que no podía identificar, le decía que siguiera mirando. Que bajara más, que viera otros videos, que entendiera de qué iba realmente esto. No era solo morbo, aunque algo de eso había. Era algo más íntimo, más personal. Era como si, de repente, hubiera encontrado un lugar donde su propia vulnerabilidad, esa que sus hijos explotaban sin piedad, fuera no solo aceptada sino celebrada. Donde las cosquillas no eran una tortura infantil sino… un espectáculo. Un arte. Una forma de conexión.

Vio un video particularmente largo: una mujer de unos treinta años, tendida boca arriba, con los pies en el regazo de otra persona que no salía en cámara. La mujer reía, pataleaba suavemente, decía «no más, por favor» entre risas, pero no parecía querer que pararan realmente. Había algo en su expresión, en la forma en que cerraba los ojos y reía, que Verónica reconoció. Era la misma rendición que ella sentía cuando sus hijos la inmovilizaban en el sofá. Ese estado extraño donde la risa y la súplica se mezclaban, donde el cuerpo dejaba de obedecer y solo quedaba la sensación pura, intensa, abrumadora.

Salió del video de golpe, como si la hubieran sorprendido haciendo algo prohibido. Se levantó de la mesa, llevó su taza vacía al fregadero y se quedó mirando por la ventana. Afuera, el mundo seguía igual: un vecino paseaba su perro, un niño pasaba en bicicleta, las hojas de los árboles se movían con la brisa. Nada había cambiado.

Pero dentro de ella, algo sí.

Volvió a la mesa, tomó el celular y reabrió el mensaje de anon1867. Sus dedos dudaron sobre la pantalla. ¿Qué le diría? ¿Que sí sabía lo que era el tickling? ¿Que no? ¿Que le interesaba? ¿Que le aterraba?

Escribió y borró tres veces. Finalmente, optó por algo sencillo, neutral, que no la comprometiera a nada:

«Hola. Acabo de investigar un poco sobre el tickling. No sabía bien de qué se trataba. Es interesante. ¿Qué tipo de propuesta tenías exactamente?»

Envió el mensaje y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera escapar de lo que acababa de hacer. Pero no podía escapar de sí misma, de la curiosidad que le quemaba por dentro, de ese escalofrío que aún recorría su espalda cada vez que recordaba las imágenes que había visto.

Mientras recogía la cocina, no dejaba de pensar en lo absurdo de la situación. Ella, Verónica, ama de casa, madre de dos adolescentes, que apenas unas semanas atrás ni siquiera sabía que existía un mercado para fotos de pies, estaba ahora considerando la posibilidad de… ¿qué? ¿Dejarse hacer cosquillas frente a una cámara?

La idea le pareció ridícula. Y aterradora. Y, en el fondo, extrañamente emocionante.

El teléfono vibró. Ella lo miró desde el fregadero, con las manos mojadas y el corazón latiendo con fuerza. No fue a mirarlo de inmediato. Se secó las manos lentamente, dobló el trapo, lo colocó en su sitio. Solo entonces, como quien se acerca a un animal que puede morder, recogió el celular y miró la pantalla.

Era anon1867.

«Me alegra que hayas mirado. El tickling es un mundo fascinante. Y tú, Miel_40, tienes algo especial. No solo tus pies, que son preciosos. Hay algo en tu forma de ser, en la naturalidad de tus fotos, que me hace pensar que podrías tener mucho éxito en esto. Si te interesa, podríamos hablar por un canal más privado. Sin compromiso. Solo conversar, que conozcas más, y si no te llama la atención, no pasa nada.»

Verónica se sentó. La cocina, con su luz de media mañana, de repente le pareció un escenario extraño, irreal. Ella estaba ahí, con su delantal de flores, su café frío, las facturas pegadas con un imán a la nevera, y un desconocido le estaba hablando de un mundo donde sus cosquillas, esa parte tan íntima de su vida familiar, podían ser algo más.

Algo dentro de ella, esa voz silenciosa que la había empujado a investigar, le susurró que no cerrara la puerta. Que respondiera. Que viera hasta dónde llegaba esto.

Con manos temblorosas, escribió:

«Podemos hablar, sí. Pero sin prisas. Necesito entender bien esto. Dame tu contacto y te escribo cuando pueda.»

Envió el mensaje y, por segunda vez en la mañana, dejó el teléfono boca abajo. Pero esta vez sonrió. Una sonrisa pequeña, nerviosa, cómplice consigo misma.

No sabía a dónde la llevaría esto. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba a punto de descubrir algo nuevo sobre sí misma. Algo que ni siquiera ella conocía.

Los días siguientes fueron extraños para Verónica. No en un mal sentido, sino como cuando algo nuevo se instala en tu cabeza y no te abandona, un pensamiento recurrente que aparece en los momentos más inesperados: mientras doblas ropa, mientras esperas que el agua hierva, mientras miras por la ventana esperando que los niños lleguen del colegio.

anon1867 se había convertido en ese pensamiento.

No habían vuelto a hablar desde aquel primer intercambio. Ella había dado su brazo a torcer al aceptar la posibilidad de una conversación más privada, pero aún no se decidía a dar el paso. Le daba vueltas, como a una moneda entre los dedos. ¿De verdad quería entrar en eso? ¿De verdad quería saber más?

Pero el jueves siguiente, mientras tomaba café después de dejar a los chicos en el colegio, el celular vibró. Era un mensaje directo en la plataforma. De él.

anon1867: «Hola Miel_40. ¿Cómo estás? No quería presionarte, solo pasar a saludar. Espero que hayas tenido una buena semana.»

Verónica sonrió. Era un mensaje sencillo, educado, sin ninguna exigencia. Le gustó ese tacto.

Miel_40: «Hola. Bien, gracias. Una semana normal, entre colegio, casa y fotos. ¿Tú bien?»

anon1867: «Sí, bien también. Me alegra que respondas. ¿Has pensado en lo del tickling? No para decidir nada, solo curiosidad. A veces uno necesita tiempo para procesar las ideas nuevas.»

Eso era cierto. Ella necesitaba tiempo.

Miel_40: «He pensado, sí. Sigo sin saber muy bien qué pensar. Es todo muy nuevo para mí.»

anon1867: «Es normal. Es un mundo distinto. Pero tiene algo bonito: la conexión con el cuerpo, con la sensibilidad de cada persona. No es solo cosquillas por cosquillas. Hay algo más.»

Verónica se mordió el labio. Eso que él describía, esa «conexión con el cuerpo», le resonaba de alguna manera. Recordaba los videos que había visto, la forma en que las modelos reían, esa mezcla de vulnerabilidad y entrega.

Miel_40: «¿Tú haces esto? ¿Eres modelo o…?»

anon1867: «No, no soy modelo. Soy más bien… conocedor. Llevo años en esta comunidad, viendo, aprendiendo, conociendo gente. Y a veces, cuando encuentro a alguien con potencial, me gusta tender un puente. Sin malicia. Solo mostrar que hay un mundo que quizá le interesaría explorar.»

Potencial. Ella tenía «potencial». La palabra le gustó.

anon1867: «¿Puedo hacerte unas preguntas? Nada íntimo ni incómodo. Solo para conocerte un poco mejor, entender tu perfil. Si no quieres responder, no pasa nada.»

Verónica dudó un segundo. Luego escribió:

Miel_40: «Depende las preguntas.»

anon1867: «Claro. Primero, lo básico que cualquier seguidor querría saber: ¿cuántos años tienes? En la comunidad del tickling, la edad importa menos que la actitud, pero ayuda a contextualizar.»

Miel_40: «34.»

Lo escribió sin pensarlo demasiado. No era un secreto.

anon1867: «Buena edad. Ni muy joven, ni muy mayor. La edad perfecta para saber lo que quieres. ¿Y tu talla de calzado? Por tus fotas parecen grandes, pero no sé decir.»

Verónica sonrió. Siempre le había dado vergüenza su talla 40, pero en la plataforma era un rasgo que muchos celebraban.

Miel_40: «40. Siempre me pareció grande para mi cuerpo.»

anon1867: «No es grande. Es proporcionada. Y además, en el mundo de los pies, las tallas grandes tienen mucho público. Son más… imponentes, más vistosas. ¿Y estatura?»

Miel_40: «1,72. ¿También importa?»

anon1867: «Todo importa, pero no para juzgar, sino para entender. Una mujer alta, de pies grandes, tiene una presencia especial. ¿Y las cosquillas? ¿Eres cosquilluda?»

Ahí estaba. La pregunta que Verónica esperaba y temía a partes iguales.

Sus dedos dudaron sobre la pantalla. Podía mentir. Podía decir que no, que nada de eso, y cerrar el tema para siempre. Pero algo dentro de ella, esa misma voz que la había empujado a investigar, le decía que no mintiera. Que fuera honesta, al menos con ella misma.

Miel_40: «Sí. Mucho.»

Envió el mensaje y sintió un escalofrío. Era la primera vez que lo admitía abiertamente, fuera del círculo de sus hijos.

anon1867: «Me lo imaginaba. Hay algo en la forma de mover los pies en tus videos, en cómo los estiras y contraes, que delata sensibilidad. ¿En qué partes del cuerpo tienes más cosquillas?»

Verónica se rió sola en la cocina. Parecía un interrogatorio médico, pero con un tono tan amable que no podía sentirse incómoda.

Miel_40: «En casi todo, la verdad. Pero más en los pies, las costillas, el cuello, detrás de las rodillas…»

anon1867: «Un cuerpo sensible. Eso es maravilloso para el tickling. ¿Y el punto débil? Ese lugar donde si te tocan, pierdes el control por completo.»

Verónica cerró los ojos. Recordó todas las veces que sus hijos la habían inmovilizado, todas las risas incontenibles, todas las súplicas. Recordó la sensación de los dedos de Simón en sus plantas, ese cosquilleo insoportable que la hacía retorcerse sin piedad.

Miel_40: «Las plantas de los pies. Ahí soy muy… vulnerable.»

anon1867: «El punto cero. El lugar donde el tickling se vuelve arte. ¿Y cómo reaccionas? ¿Ríes fuerte? ¿Te retuerces? ¿Suplicas?»

Verónica sintió las mejillas ardiendo. Nadie, fuera de su familia, le había preguntado algo así.

Miel_40: «Las tres cosas, supongo. Río sin control, no puedo parar de moverme, y termino pidiendo que paren aunque en el fondo… no sé si quiero que paren.»

Lo había escrito. Estaba ahí, en la pantalla. Su confesión.

anon1867: «Eso es exactamente el tickling. Ese punto donde la risa y la súplica se mezclan, donde el cuerpo ya no obedece. Suenas como una candidata perfecta, Miel_40.»

Perfecta. Ella, que siempre se había sentido una ama de casa común, una madre divorciada con dificultades económicas, de repente era «perfecta» para algo. Era una sensación extraña, pero no desagradable.

anon1867: «No quiero que te sientas presionada. Solo quería conocerte un poco más. El tickling no es para todos, y está bien. Pero si algún día decides explorarlo, creo que podrías llegar muy lejos. Tienes el cuerpo, la sensibilidad y, sobre todo, esa naturalidad que no se finge.»

Miel_40: «Gracias. De verdad. Necesito pensarlo más, pero te agradezco que seas tan respetuoso.»

anon1867: «Siempre. El respeto es lo más importante en esto. Cuando quieras, aquí estoy. Y si no quieres, también está bien. Que tengas lindo día, Miel_40.»

Verónica dejó el teléfono y se quedó mirando por la ventana. La mañana seguía su curso, el mundo seguía girando, pero ella sentía que algo había cambiado. Había puesto en palabras algo que siempre había sabido de sí misma pero que nunca había compartido. Y quien lo había recibido no se había burlado, no había sido vulgar. Había sido casi… tierno.

Esa noche, mientras cenaban, Simón le rozó el pie por debajo de la mesa sin querer. Verónica pegó un salto en la silla, derramando un poco de agua.

—¿Qué te pasa, ma? —preguntó Mateo, levantando una ceja.

—Nada, nada —respondió ella, sonrojada—. Un calambre.

Los chicos se miraron, encogiéndose de hombros, y siguieron comiendo.

Pero Verónica, por dentro, sonreía. Había mentido, claro. No era un calambre. Era esa conciencia nueva de su propio cuerpo, de su propia sensibilidad. Era saber que ahí, en esa vulnerabilidad que siempre había considerado un defecto, quizá había una oportunidad.

Una oportunidad que aún no sabía si iba a tomar, pero que por primera vez, estaba considerando de verdad.

La cena había terminado como siempre: entre risas, migas sobre el mantel y algún resto de comida que Simón dejaba estratégicamente en el plato con la esperanza de que su madre no notara que no se había comido las verduras. Verónica, fiel a su rutina, les dio un beso en la frente a cada uno y los envió a sus habitaciones con el ritual de siempre:

—Dientes lavados, piyamas puestos y en diez minutos quiero silencio absoluto. ¿Oíste, Simón? Silencio. Absoluto.

—Sí, ma —respondió él con esa sonrisa que Verónica conocía demasiado bien, esa que precedía a alguna travesura.

Ella negó con la cabeza, sonriendo, y se quedó en la cocina recogiendo la mesa. El agua corriendo, el jabón haciendo espuma, el ritual mecánico de fregar platos que siempre le servía para ordenar sus pensamientos. Y esa noche, sus pensamientos estaban más desordenados que nunca.

anon1867. El tickling. Las plantas de sus pies como punto débil. Esa conversación que había revisado tres veces antes de cenar, como si quisiera asegurarse de que no había sido un sueño.

Terminó de lavar, secó sus manos, subió las escaleras lentamente. La casa estaba en silencio, apenas un rumor de música lejana desde la habitación de Mateo y el sonido inconfundible de Simón viendo videos en su tableta con el volumen demasiado bajo para que ella pudiera reclamarle.

Entró a su habitación, cerró la puerta sin pestillo (nunca ponía pestillo, qué iba a pensar, eran sus hijos) y se cambió. El pijama de siempre: un short deportivo holgado, de esos que había comprado en oferta, y una camisilla blanca de algodón, fresca, sin nada especial. Se miró al espejo un momento. Su reflejo le devolvió la imagen de siempre: Verónica, 34 años, dos hijos, exesposo desaparecido, modelo de pies por accidente. Nada especial.

Pero algo dentro de ella sabía que no era cierto. Algo había cambiado.

Se tiró en la cama boca arriba, estirando los brazos por encima de la cabeza, dejando que el cuerpo se relajara después del largo día. Los pies descalzos, apoyados sobre la colcha, uno sobre el otro. Cerró los ojos y dejó que la mente vagara.

No supo cuánto tiempo pasó. Quizá segundos, quizá minutos. Hasta que la puerta se abrió de golpe.

—¡Ataque de cosquillas!

La voz de Mateo, grave y juguetona, retumbó en la habitación. Verónica abrió los ojos de par en par, pero ya era demasiado tarde. Simón, con la agilidad de sus doce años y la malicia de quien ha perfeccionado esta táctica desde la infancia, saltó sobre la cama y se lanzó directamente sobre su torso.

—¡Noooo! ¡Simón, no! ¡Bájate ahora mismo! —gritó Verónica, pero ya las manos de su hijo menor estaban en su barriga, aquellos dedos pequeños pero increíblemente hábiles que conocían cada centímetro de su piel sensible.

—¡Ja! ¡Atrapada! —celebró Simón, hundiendo los dedos en su vientre con movimientos rápidos y erráticos, esos que ella misma le había enseñado sin querer con años de rendición.

Y entonces, antes de que pudiera procesar el ataque de Simón, sintió un peso diferente en sus piernas. Mateo, con sus quince años y su cuerpo ya casi de hombre, se había tirado sobre sus muslos, inmovilizándolas contra el colchón. Verónica intentó patear, intentó liberarse, pero era imposible.

—Mateo, por favor, tú ya estás grande para estas cosas… ¡JAJAJAJA!

No pudo terminar la frase. Las manos de Simón encontraron sus costillas y el mundo se desintegró en risa.

—¿Grande? —rió Mateo, y entonces Verónica sintió algo que la paralizó por un instante antes de sumergirla en el caos más absoluto.

Las manos de su hijo mayor, esas manos que ya no eran de niño sino de adolescente, grandes y firmes, se cerraron suavemente alrededor de su tobillo derecho. Y luego, con una precisión que heló la sangre de Verónica (y al mismo tiempo encendió algo en ella), los dedos de Mateo comenzaron a recorrer la planta de su pie izquierdo.

El izquierdo. El del lunar en la base del dedo pulgar.

—¡NOOOOO! ¡AHÍ NO! ¡MATEO, POR FAVOR, AHÍ NO! —gritó Verónica entre carcajadas incontenibles, retorciendo el pie con desesperación, pero Mateo lo sujetaba con fuerza, sin ceder.

—¿Aquí? —preguntó Mateo con falsa inocencia, deslizando un dedo lentamente por el arco del pie—. ¿O aquí? —y atacó la zona justo debajo de los dedos, ese punto donde la piel es más suave y los nervios más sensibles.

Verónica perdió toda capacidad de articular palabra. Su cuerpo se arqueó sobre la cama, la risa brotando de su garganta en oleadas incontenibles, mezcladas con súplicas, con gemidos, con intentos fallidos de formar frases coherentes. Simón, arriba, no daba tregua: sus dedos bailaban en sus axilas, en su cuello, bajaban de nuevo a las costillas, subían a la barriga.

—¡Mami está perdiendo el control! —anunció Simón con alegría malvada.

—Siempre la pierde —respondió Mateo, y sus dedos se volvieron más rápidos, más precisos, trazando círculos en el centro de la planta, subiendo y bajando por los laterales, deteniéndose en el talón solo para volver a atacar los dedos.

Verónica reía como no recordaba haber reído en mucho tiempo. Una risa que era a la vez tortura y liberación. Sus pies, esos pies que habían sido fotografiados, admirados, deseados por desconocidos en internet, estaban ahora completamente indefensos bajo el ataque de su propio hijo. Y él no sabía, no podía saber, que cada vez que sus dedos rozaban ese lunar en el pulgar, un escalofrío distinto recorría el cuerpo de su madre.

—¡YA! ¡YA! ¡POR FAVOR! ¡SE LOS RUEGO! —logró articular entre carcajadas histéricas, con lágrimas asomando en sus ojos miel.

—¿Prometes no castigarnos si llegamos tarde el sábado? —negoció Mateo sin detener el ataque.

—¡SÍ! ¡SÍ! ¡LO QUE SEA!

—¿Y comprar pizza mañana? —agregó Simón, atacando sus axilas con renovada energía.

—¡SÍ! ¡SÍ! ¡PIZZA! ¡LO QUE QUIERAN! ¡PAREN!

Los dedos se detuvieron. Verónica quedó tendida en la cama, jadeando, con el cuerpo tembloroso y las mejillas ardiendo. El short se le había subido un poco, la camisilla estaba desacomodada mostrando un hombro, el cabello revuelto sobre la almohada. Sus pies, liberados, descansaban inertes sobre la colcha, aún con el cosquilleo residual de los dedos de Mateo.

Simón se incorporó, victorioso, y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Te quiero, ma. Buenas noches.

Salió corriendo antes de que ella pudiera reaccionar. Mateo, más lento, se levantó de la cama y la miró un momento con esa expresión suya que a veces parecía de adulto.

—¿Estás bien? ¿No nos pasamos? —preguntó, con un atisbo de preocupación genuina.

Verónica, aún recuperando el aliento, logró sonreír.

—Estoy bien. Anda a dormir.

Mateo asintió y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Silencio.

Verónica se quedó inmóvil, mirando el techo, sintiendo aún las reverberaciones de la risa en su pecho, el cosquilleo fantasma en sus plantas, la humedad de las lágrimas en sus mejillas. Llevó una mano a su pecho, sintiendo su corazón latir acelerado.

Y entonces, en la penumbra de su habitación, sonrió.

Había sido exactamente como en los videos. La risa incontrolable, las súplicas, la rendición total. Ellos no lo sabían, pero le habían mostrado, sin querer, lo que significaba ser el centro de una sesión de cosquillas. Lo que se sentía cuando alguien conocía tus puntos débiles y los explotaba sin piedad.

Sus pies, especialmente el izquierdo, aún hormigueaban.

Se levantó lentamente, fue al baño, se miró al espejo. Su reflejo estaba despeinado, sonrojado, con los ojos brillantes. Parecía otra. Parecía la mujer de los videos que había visto. Parecía una modelo de tickling.

Volvió a la cama, tomó el celular. Había un mensaje de anon1867. No lo abrió de inmediato. Se quedó mirando la notificación, con el corazón latiendo aún acelerado.

Luego, con una mezcla de curiosidad y algo más que no quería nombrar, abrió el mensaje.

anon1867: «Espero que hayas tenido un lindo día, Miel_40. Por aquí sigo, por si quieres charlar. Sin prisas.»

Verónica sonrió. Escribió una respuesta corta, casi instintiva:

Miel_40: «Hoy descubrí algo sobre mí. No sé explicarlo bien. Pero creo que empiezo a entender esto del tickling.»

Envió el mensaje y apagó la luz. En la oscuridad, aún sentía el cosquilleo en sus plantas. Y por primera vez, no quería que desapareciera.

La habitación aún conservaba el desorden de la batalla: la colcha arrugada, una almohada en el suelo, el cabello de Verónica hecho un nido. Ella seguía boca arriba, con el celular en la mano, mirando la pantalla brillar en la penumbra. El mensaje enviado a anon1867 flotaba en la conversación como una confesión íntima.

«Hoy descubrí algo sobre mí. No sé explicarlo bien. Pero creo que empiezo a entender esto del tickling.»

Pasaron cinco minutos. Quizá seis. El tiempo suficiente para que Verónica se preguntara si había sido demasiado sincera, si aquel desconocido pensaría que estaba loca o peor aún, que estaba coqueteando. Iba a escribir algo más, matizar, retirarse, cuando el teléfono vibró en su mano.

anon1867: «Me alegra mucho que me cuentes eso. ¿Te pasó algo hoy? ¿Alguien te hizo cosquillas?»

Verónica sonrió en la oscuridad. La pregunta era tan directa y tan simple que no daba espacio para la vergüenza. Era como si él supiera exactamente qué preguntar.

Miel_40: «Sí. Mis hijos. Esta noche, después de cenar. Me atraparon en la cama y no tuve escapatoria.»

Lo escribió y sintió un calorcillo en el pecho. Era extraño contarle esto a un desconocido, pero también liberador.

anon1867: «¿Y cómo fue? Cuéntame.»

Miel_40: «Fue una locura. El menor se me tiró encima y me atacó la barriga y las costillas. Y el mayor… el mayor me sujetó las piernas y me hizo cosquillas en los pies.»

anon1867: «¿En los pies? Tu punto débil.»

Miel_40: «Sí. Y lo saben. Siempre lo han sabido. Pero esta vez… no sé, fue diferente.»

anon1867: «¿Diferente en qué sentido?»

Verónica se mordió el labio. ¿Cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo poner en palabras esa mezcla de tortura y revelación?

Miel_40: «En que por primera vez fui consciente de lo que pasaba. Mientras reía sin control, mientras les suplicaba que pararan, había una parte de mí que observaba todo desde fuera. Que sentía cada roce, cada dedo en mis plantas, y pensaba… esto es exactamente lo que vi en esos videos.»

anon1867: «Eso es muy poderoso, Miel_40. Ser consciente de tu propia reacción mientras ocurre. No todo el mundo puede hacer eso.»

anon1867: «¿Me puedes contar más? ¿En qué partes del cuerpo te hicieron cosquillas exactamente?»

Verónica respiró hondo. Las preguntas eran precisas pero no se sentían invasivas. Era como si él estuviera tomando notas, sí, pero también como si realmente quisiera entender su experiencia.

Miel_40: «Pues… Simón, el pequeño, me atacó la barriga, las costillas y las axilas. Es muy rápido con los dedos. Y Mateo, el mayor, solo se centró en mis pies.»

anon1867: «¿Ambos pies?»

Miel_40: «Sí. Pero creo que más el izquierdo. No sé, Mateo lo sujetaba con fuerza y… uff, no paraba.»

anon1867: «El izquierdo es el del lunar en el dedo, ¿verdad?»

Verónica se quedó mirando la pantalla. Él recordaba eso. Recordaba el lunar.

Miel_40: «Sí. Ese mismo.»

anon1867: «Debe ser un punto muy sensible.»

Miel_40: «Lo es. Cuando me rozó ahí… sentí que perdía el control por completo.»

anon1867: «¿Y cuánto tiempo duró?»

Miel_40: «No sé… unos minutos. Pero parecieron horas. Cuando pararon, estaba temblando, sin aliento, con lágrimas en los ojos.»

anon1867: «Lágrimas de risa.»

Miel_40: «Sí. De risa. Pero también de… no sé. De algo más.»

Hubo una pausa. Verónica pensó que quizá había ido demasiado lejos, que aquel desconocido no necesitaba saber todo eso. Pero entonces llegó el siguiente mensaje:

anon1867: «¿Te importa si te pregunto las edades de tus hijos? Para entender mejor la dinámica.»

Verónica dudó un segundo. ¿Era relevante? Quizá no, pero él había sido tan respetuoso hasta ahora que no sintió amenaza.

Miel_40: «Mateo tiene 15. Simón 12.»

anon1867: «Buena edad. El mayor ya tiene fuerza de hombre, pero aún conserva la picardía de niño para hacer cosquillas. Y el pequeño está en esa edad donde los dedos son rápidos y juguetones. Deben ser un equipo letal.»

Verónica sonrió. Era exactamente eso.

Miel_40: «Lo son. Siempre lo han sido. Desde que eran pequeños me hacen esto. Es como su juego favorito.»

anon1867: «Y el tuyo también, aunque no lo admitas.»

Verónica se quedó mirando la frase. ¿Su juego favorito? ¿Disfrutaba realmente que la torturaran así? Recordó la sensación de los dedos de Mateo en sus plantas, el cosquilleo que aún persistía, la forma en que su cuerpo había reaccionado.

Miel_40: «Quizá tienes razón.»

anon1867: «No es malo, Miel_40. Disfrutar de las cosquillas es humano. Es una de las sensaciones más primitivas que existen. Y compartirlas con tus hijos, en un contexto de juego y cariño, es hermoso.»

Miel_40: «Nunca lo había visto así.»

anon1867: «Por eso estoy aquí. Para mostrarte otras perspectivas. ¿Te importa si te hago otra pregunta?»

Miel_40: «Dime.»

anon1867: «Cuando te hacían cosquillas en los pies, ¿intentabas huir o, en el fondo, deseabas que siguieran?»

El teléfono tembló en sus manos. Era una pregunta que ella misma se había hecho esa noche, mientras reía sin control. ¿Quería que pararan? Les suplicaba que pararan. Pero cuando pararon, sintió un vacío. Una pequeña decepción.

Miel_40: «Les suplicaba que pararan. Pero cuando lo hicieron… quería más.»

anon1867: «Eso es el tickling, Miel_40. Eso es exactamente lo que busca la gente en esta comunidad. Esa dualidad. Ese deseo contradictorio. La rendición voluntaria.»

Verónica dejó el teléfono un momento, mirando el techo. La palabra «rendición voluntaria» resonaba en su cabeza. ¿Eso era lo que había sentido? ¿Una rendición en la que, en el fondo, había elegido quedarse?

Tomó el teléfono de nuevo.

Miel_40: «Nunca lo había pensado así. Gracias.»

anon1867: «Gracias a ti por compartirlo. Es un placer hablar con alguien tan honesta. Que descanses, Miel_40. Y sueña con cosquillas.»

Verónica sonrió. Escribió un último mensaje:

Miel_40: «Tú también. Buenas noches.»

Apagó la pantalla y dejó el teléfono en la mesilla. En la oscuridad, llevó sus pies juntos y los rozó suavemente, uno contra el otro. El izquierdo aún recordaba los dedos de Mateo. El derecho, algo celoso, esperaba su turno.

Cerró los ojos y, efectivamente, soñó con cosquillas.

La semana pasó con la lentitud de los días que antes volaban. Verónica cumplió con su rutina: dejar a los chicos en el colegio, limpiar la casa, hacer mercado, y en los ratos libres, convertirse en Miel_40.

Subió contenido nuevo. Un video caminando descalza sobre el césped del pequeño jardín trasero, con los dedos manchados de tierra. Una foto de sus pies recién salidos de la ducha, aún con gotas de agua resbalando por los arcos. Otra con sandalias de tacón, esas que alguna vez usó en una cita con su exesposo y que ahora tenían una segunda vida digital.

Los likes llegaban. Los comentarios también.

«Qué arco tan perfecto.»
«Ese lunar en el dedo me vuelve loco.»
«¿Más videos caminando, por favor?»

Era el mismo cariño de siempre, el mismo flujo constante de halagos que ya empezaba a sentir como parte de su nueva normalidad. Pero faltaba algo. Alguien.

anon1867 no respondía.

El primer mensaje que ella le envió fue al día siguiente de aquella conversación nocturna. Un mensaje sencillo, casi tímido:

Miel_40: «Hola. ¿Cómo estás? Soñé con cosquillas, como dijiste.»

Nada. El mensje quedó en «visto» al cabo de unas horas, pero sin respuesta.

Dos días después, mientras tomaba café, intentó de nuevo:

Miel_40: «Subí un video nuevo hoy. Caminando en el pasto. Por si quieres verlo.»

Visto. Silencio.

Para el jueves, ella ya revisaba su teléfono con una frecuencia que intentaba disimular incluso ante sí misma. Cada notificación la hacía girar la cabeza con una rapidez que delataba una esperanza que no quería admitir. Pero no era él. Nunca era él.

—¿Mamá? —la voz de Simón la sacó de su ensimismamiento—. ¿Me firmas la libreta de comunicaciones?

—Sí, mi amor, dame —respondió, tomando la libreta sin dejar de mirar el teléfono un segundo más.

—¿Estás esperando algo? —preguntó Simón con esa curiosidad infantil que todo lo percibe.

—No, nada. Un mensaje de una amiga —mintió Verónica, firmando rápido y devolviendo la libreta.

Simón la miró un momento, encogió los hombros y se fue.

Esa noche, ya en la cama, con la casa en silencio, Verónica se permitió pensar en lo absurdo de la situación. Extrañaba a un desconocido. A alguien de quien solo conocía un nombre de usuario y una voz interior amable que le había hecho preguntas que nadie más le había hecho.

Extrañaba esa sensación de ser vista. No sus pies, no su cuerpo, sino ella. Su experiencia. Su vulnerabilidad. Ese espacio donde podía decir «me hicieron cosquillas y me gustó» sin sentirse juzgada.

Abrió la conversación y leyó los últimos mensajes de él, aquellos donde le explicaba lo del tickling, donde le decía que era hermoso compartir las cosquillas con sus hijos. Llevó el dedo a la pantalla y escribió, sabiendo ya que probablemente no obtendría respuesta:

Miel_40: «Hola. Sé que no has respondido y respeto tu silencio. Solo quería decirte que hablé con mis hijos hoy, sin querer, sobre las cosquillas. Bueno, en realidad Simón me preguntó si me había gustado el otro día y yo le dije que sí, que me encanta reírme con ellos. Se rió y dijo ‘lo sabía’. No sé por qué te cuento esto. Supongo que porque eres la única persona con la que puedo hablar de esto. Buenas noches.»

Envió el mensaje y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesilla, como hacía siempre cuando se sentía expuesta. Apagó la luz y se quedó mirando el techo.

Sus pies, juntos bajo las sábanas, rozaron suavemente el empeine del otro. Ese contacto mínimo, casi inconsciente, le recordó la sensación de los dedos de Mateo. El cosquilleo fantasma que aún la visitaba algunas noches.

Cerró los ojos y, sin quererlo, imaginó que no era Mateo quien le hacía cosquillas, sino alguien más. Alguien con manos expertas que conocían cada punto sensible. Alguien como… no. No quería ponerle rostro. No quería ponerle nombre.

Pero el pensamiento ya estaba ahí, instalado.

Los días pasaron. El viernes, Verónica recibió un mensaje de la plataforma: había alcanzado una nueva meta de seguidores y podía acceder a herramientas premium para creadoras. Lo celebró con un café y una foto de sus pies con un esmalte nuevo, un rosa palo muy suave que combinaba con la luz de la tarde.

Los likes llegaron. Los comentarios también.

Pero el silencio de anon1867 pesaba más que todos los halagos juntos.

Esa noche, mientras cenaban, Mateo la miró con esa expresión suya de perceptivo silencio.

—Mamá, ¿estás bien? Te noto distraída estos días.

Verónica levantó la vista del plato, sorprendida.

—¿Yo? Sí, claro. Bien. Ocupada, nada más.

—¿Ocupada con qué? —preguntó Simón con la boca llena—. Siempre estás en el teléfono.

—Cosas de la casa, Simón. No todo es fútbol y videojuegos.

Los chicos se miraron, encogieron los hombros y siguieron comiendo.

Pero Verónica supo, en ese momento, que algo había cambiado. Su secreto, ese pequeño mundo virtual donde era Miel_40, empezaba a filtrarse en su vida real. Y la ausencia de un desconocido empezaba a doler como la de un amigo.

Esa noche, antes de dormir, escribió un último mensaje. Sin esperar respuesta, solo por el alivio de decirlo:

Miel_40: «Hoy mis hijos notaron que estoy distraída. No saben que es porque extraño hablar con alguien a quien nunca he visto. Qué ridículo, ¿no? Extrañar a un fantasma. Pero bueno. Si algún día vuelves, aquí estaré. Y si no, gracias por lo que me enseñaste. M.»

Envió el mensaje y apagó el teléfono. Esta vez no lo dejó boca abajo. Lo puso a cargar, con la pantalla hacia arriba, como esperando que la luz del amanecer trajera una respuesta que quizá nunca llegaría.

Pero en el fondo, una pequeña parte de ella sabía que no sería la última vez que escribía. Porque aquel desconocido, sin saberlo, se había convertido en su confidente. Y los confidentes, aunque desaparezcan, dejan una huella que no se borra fácilmente.

La casa estaba en silencio. Ese silencio profundo de la madrugada que solo se rompe con algún crujido de la madera o el paso lejano de un auto en la calle. Simón llevaba horas dormido, vencido por el sueño después de su partido de fútbol vespertino. Verónica había revisado por última vez su celular antes de dormir, como hacía cada noche, y lo había dejado a un lado, aún con la pantalla encendida mostrando la galería de fotos que había estado revisando.

Fotos de pies. Los suyos, sí, pero también algunas que había guardado de la categoría de tickling de la plataforma. Imágenes de referencia, se decía a sí misma, para entender mejor los ángulos, las posturas, la forma en que otras modelos mostraban sus plantas. Videos de sesiones donde las risas llenaban el ambiente.

Había visto uno particularmente largo antes de quedarse adormilada. Una modelo recibiendo cosquillas en los pies durante varios minutos, su risa incontrolable, sus súplicas, esa mezcla de tortura y éxtasis que a Verónica empezaba a resultarle hipnótica.

Se había quedado dormida de lado, con la espalda hacia la puerta, las piernas ligeramente flexionadas, los pies descalzos asomando por debajo de las sábanas en una posición vulnerable. El izquierdo, con su lunar en el dedo, descansaba sobre el derecho, las plantas expuestas hacia quien quisiera verlas.

No escuchó la puerta abrirse.

Mateo había despertado para ir al baño y, al pasar por la habitación de su madre, notó un resplandor tenue. La puerta estaba entreabierta, como siempre. Asomó la cabeza y vio a su madre dormida, el celular aún encendido en la cama junto a ella, la galería de fotos visible.

Se acercó despacio, sin hacer ruido. Sus pies descalzos no emitían ni un suspiro sobre la madera. Primero miró a su madre, dormida plácidamente, con ese aire de paz que solo tienen los cuerpos vencidos por el sueño. Luego miró el celular.

Las imágenes tardaron un par de segundos en procesarse en su cerebro adolescente. Pies. Muchos pies. Pero no solo los de ella. Otras mujeres. Y videos con títulos que no entendió del todo, pero donde las palabras «tickling» y «cosquillas» aparecían una y otra vez.

Vio una miniatura: una mujer riendo mientras unas manos le hacían cosquillas en las plantas.

Mateo sintió un vuelco en el estómago. No era asco, no era incomodidad. Era algo más difícil de nombrar: la certeza de que su madre, su mamá, la que los llevaba al colegio y les preparaba la cena, tenía una vida secreta. Un mundo en ese teléfono que ellos no conocían.

Pero no dijo nada.

En lugar de eso, su mirada se desvió hacia los pies de su madre. Esos pies que asomaban vulnerables bajo la sábana. Esos pies que él mismo había atacado noches atrás, haciendo reír a su mamá hasta las lágrimas.

Y entonces, sin pensar, sin planearlo, simplemente obedeciendo a un impulso que no supo explicar, Mateo se movió.

En un segundo estaba sobre la cama, sus manos sujetando los tobillos de su madre con una fuerza que ya tenía de hombre. En otro segundo, tenía las piernas de ella atrapadas en una llave que inmovilizaba cualquier intento de fuga.

—¡¿Qué?! ¡Mateo! —alcanzó a decir Verónica, despertando sobresaltada, pero ya era tarde.

Los dedos de su hijo encontraron sus plantas desprotegidas y comenzaron el ataque.

—¡NOOOOO! ¡MATEO, POR FAVOR, ESPERA! ¡JAJAJAJAJA!

No hubo espera. No hubo piedad. Los dedos de Mateo, esos dedos largos y hábiles que había heredado de ella, recorrieron sus plantas sin descanso. Subían y bajaban por los arcos, trazaban círculos en los talones, se deslizaban por la base de los dedos, volvían una y otra vez al centro sensible de cada pie.

Verónica se retorcía, pataleaba, intentaba liberarse, pero la llave de Mateo era firme. Su risa llenaba la habitación, un torrente incontenible que amenazaba con despertar a toda la casa, aunque Simón, por algún milagro, seguía profundamente dormido en su habitación.

—¡JAJAJAJA! ¡MATEO! ¡YA! ¡POR FAVOR! ¡TE LO RUEGO! —suplicaba entre carcajadas, las lágrimas brotando de sus ojos miel, el cabello revuelto sobre la almohada.

Pero Mateo no hablaba. No decía nada sobre lo que había visto en el celular. No preguntaba. No acusaba. Simplemente seguía, obsesivo, concentrado en esa misión silenciosa de hacer reír a su madre hasta que perdiera el aliento.

Sus dedos encontraron ese punto justo debajo de los dedos, donde la piel es más suave y los nervios más sensibles, y se ensañaron allí con una crueldad amorosa. Verónica arqueó la espalda, su risa volviéndose casi un llanto, un sonido entrecortado que era pura rendición.

—¡NO MÁS! ¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJA! ¡POR LO QUE MÁS QUIERAS!

Mateo sonrió, una sonrisa que ella no podía ver pero que estaba ahí, mezcla de complicidad y venganza infantil. Siguió unos segundos más, quizá un minuto, hasta que sintió que el cuerpo de su madre se rendía por completo, abandonando incluso el intento de huir.

Entonces, lentamente, soltó sus tobillos.

Verónica quedó inmóvil, jadeando, con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad. Sus pies, liberados, temblaban ligeramente sobre la cama. No dijo nada. No podía. Apenas podía respirar.

Mateo se incorporó, la miró un momento desde la oscuridad, y con una tranquilidad absoluta, dijo solo:

—Buenas noches, ma.

Y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad, como si nada hubiera pasado.

Verónica se quedó sola, aturdida, con el eco de su propia risa aún resonando en sus oídos. El corazón le latía con fuerza, el cosquilleo en sus plantas negándose a desaparecer. Poco a poco, fue recuperando el aliento, la conciencia, la capacidad de pensar.

Y entonces recordó.

El celular.

Giró la cabeza lentamente hacia el lado donde había estado durmiendo. La pantalla seguía encendida, mostrando todavía la galería de fotos. Las imágenes de pies. Los videos de tickling.

Su sangre se heló.

Mateo había estado allí. Había visto. Había entrado en silencio, la había visto dormida, y había visto la pantalla. ¿Cuánto tiempo había mirado? ¿Qué había alcanzado a ver lo suficiente?

Pero no había dicho nada. Ni una palabra. Solo la había atacado con cosquillas, con más intensidad que nunca, y se había ido como si nada.

¿Era su forma de decir «sé algo»? ¿Era su forma de castigarla? ¿O era simplemente su hijo siendo su hijo, aprovechando la vulnerabilidad de su madre sin importar el contexto?

Verónica no lo sabía. Y esa incertidumbre, mezclada con el cosquilleo residual en sus pies y la vergüenza de haber sido descubierta, la mantuvo despierta mucho tiempo.

Cuando finalmente logró dormirse, ya empezaba a clarear. Y en sus sueños, confusos y agitados, los dedos de Mateo se mezclaban con los de un desconocido, y su risa no sabía a quién pertenecía.

El despertador sonó y Verónica ya estaba despierta. No había pegado un ojo en horas. La imagen de Mateo frente a la pantalla de su celular, sus dedos en sus plantas, su silencio al irse… todo daba vueltas en su cabeza como un carrusel del que no podía bajarse.

Se levantó, se miró al espejo del baño. Ojeras. Unas buenas ojeras. Se mojó la cara, respiró hondo y se dijo a sí misma: «Tranquila. Quizá no vio nada. Quizá solo fueron segundos. Quizá solo vio pies y ya.»

Pero ella sabía que los videos de tickling estaban ahí. Y que su hijo no era tonto.

Bajó a la cocina y preparó el desayuno con manos mecánicas. Los panes en la tostadora, la leche en el microondas, los platos en la mesa. El ritual de siempre, pero hoy cada movimiento le parecía observado por fantasmas.

—¡Chicos, ya es hora! —llamó, con una voz que intentó sonar normal.

Simón bajó primero, arrastrando los pies, todavía medio dormido. Se sentó a la mesa y comenzó a comer sin decir palabra, como un pequeño zombie mañanero. Luego bajó Mateo. Verónica sintió un vuelco en el estómago cuando lo vio aparecer por la escalera.

Mateo se sentó, sirvió su leche, agarró un pan con mantequilla y comenzó a desayunar como si nada. Como si la noche anterior no hubiera pasado. Como si no hubiera visto nada. Como si no hubiera atacado a su madre con una saña cosquillera inédita.

—¿Qué tal durmieron? —preguntó Verónica, intentando sonar casual.

—Bien —respondió Simón con la boca llena.

—Bien —respondió Mateo, sin levantar la vista del plato.

Silencio. El tic-tac del reloj de la cocina. El sonido de las cucharas contra los platos.

Verónica no podía soportarlo. Necesitaba hacer algo, decir algo, comprobar de algún modo si su secreto estaba a salvo. Pero no podía preguntar directamente: «Oye, ¿viste porno de cosquillas en mi celular anoche?». Así que hizo lo único que se le ocurrió en el momento.

Mientras recogía los platos, sacó unos billetes de su bolsillo.

—Toma, Mateo —dijo, alargándole un par de billetes de veinte—. Para que compres algo en el recreo esta semana. O para lo que quieras.

Mateo levantó la vista, sorprendido. Veinte dólares era más de lo que solía darle. Mucho más.

—¿Por qué? —preguntó, con esa mirada escrutadora que a veces ponía.

—Porque sí. Porque eres un buen hijo. Toma, no le des tantas vueltas.

Mateo tomó el dinero, lo guardó en el bolsillo de su mochila sin comentar nada más, y siguió preparándose para salir.

Verónica sintió una mezcla de alivio y vergüenza. Alivio porque él no había preguntado, no había dicho nada, había aceptado el dinero como si fuera normal. Vergüenza porque sabía, en el fondo, que eso era exactamente lo que parecía: un soborno. Un «no digas nada, aquí tienes tu recompensa».

Pero ¿soborno para qué? ¿Para que no dijera qué? ¿Acaso él sabía algo que callar?

La incertidumbre la carcomía.

—Vámonos, que llegamos tarde —dijo Mateo, cargando su mochila.

Simón terminó su leche de un trago y salió corriendo detrás de su hermano. Verónica los siguió, los subió al auto y los llevó al colegio como cada mañana. En el camino, Mateo iba con los auriculares puestos, mirando por la ventana, ajeno al mundo. Simón hablaba sin parar de un partido de fútbol. Todo normal.

Pero nada era normal.

Los días siguientes transcurrieron en esa misma tónica. Verónica hacía su rutina, sus sesiones de fotos, sus tratamientos de pies, y en cada momento libre su mente volvía a esa noche. Mateo, por su parte, actuaba con una naturalidad absoluta. Llegaba del colegio, hacía sus tareas, cenaba, se iba a su habitación. A veces la miraba de una forma que a ella le parecía más larga de lo normal, pero quizá era solo su imaginación.

El dinero extra había funcionado, al menos en apariencia. No hubo preguntas incómodas. No hubo comentarios sobre lo que había visto. No hubo nada.

Y Verónica, poco a poco, fue recuperando la calma. O al menos, la calma superficial que le permitía seguir con su vida.

Porque su vida seguía. Y su carrera como Miel_40, lejos de detenerse, comenzaba a florecer de formas que nunca imaginó.

Las mañanas, después de dejar a los chicos, se convirtieron en un ritual de autocuidado que jamás habría imaginado para sí misma. Se sentaba en el borde de la bañera con una palangana de agua tibia y sales, y sumergía los pies durante veinte minutos mientras leía mensajes de sus seguidores o planeaba el contenido del día.

Descubrió que a su audiencia le encantaba ver los tratamientos. Los videos aplicándose crema eran de los más vistos. Así que comenzó a experimentar.

Un día fue miel. Miel de verdad, de la que usaba para endulzar el té. Se untó las plantas con una capa generosa, dejó que la cámara captara cada detalle, cada gota resbalando por sus arcos, y luego se masajeó lentamente hasta absorberla por completo. El video tuvo miles de visualizaciones en dos días.

Otro día fue jalea de fresa. El contraste del rojo brillante sobre su piel blanca era hipnótico, y los comentarios lo reflejaban. «Quién fuera esa jalea», decían algunos. «Qué ganas de lamer», decían otros, más atrevidos. Ella se reía, sonrojada, y seguía.

El chocolate fue todo un evento. Compró una tableta, la derritió al baño maría, y se pintó las plantas con un pincel. El video la mostraba extendiendo el chocolate tibio, dejando que se secara un poco, y luego retirándolo lentamente con una espátula mientras la piel quedaba suave y brillante. Fue su contenido más exitoso hasta la fecha.

Entre sesión y sesión, seguía las rutinas de cuidado que había aprendido en los foros: exfoliación con azúcar y aceite de oliva, hidratación profunda con cremas de manteca de karité, masajes con rodillos de jade para activar la circulación. Sus pies, que siempre habían sido solo una parte funcional de su cuerpo, se habían convertido en su obra de arte. Los cuidaba como a un tesoro, porque lo eran.

Y mientras tanto, el silencio de anon1867 se había convertido en un rumor de fondo. Ya no revisaba el teléfono esperando su mensaje. Ya no escribía en la madrugada confesiones íntimas. Pero sí, de vez en cuando, cuando aplicaba crema en sus plantas o veía algún video de tickling en la plataforma, lo recordaba. Recordaba sus preguntas. Su forma de hacerla sentir vista.

Pero la vida seguía. Los chicos crecían, las facturas se pagaban, y sus pies, cada día más bellos, más cuidados, más deseados, le abrían puertas que ni siquiera sabía que existían.

Una tarde, mientras preparaba la cena, recibió una notificación de la plataforma. No era un mensaje, era una invitación oficial: había sido seleccionada para aparecer en la página principal como «Creadora destacada de la semana».

Verónica dejó el cuchillo sobre la tabla y se quedó mirando la pantalla, incrédula. Luego, una sonrisa lenta, enorme, le iluminó el rostro.

Su foto, una de ella con los pies recién pintados de un rojo intenso sobre un fondo negro, aparecería en la portada de la plataforma. Miles, quizá millones de personas la verían.

Y en algún lugar, quizá, también la vería él.

Pero eso, por ahora, era solo un pensamiento fugaz. Lo importante era que Miel_40, la ama de casa divorciada de 34 años, estaba triunfando.

Eran casi las cuatro de la tarde cuando Verónica estacionó el auto frente a la salida del colegio. Los chicos subieron como siempre: Simón con la mochila colgando de un hombro y Mateo con los auriculares puestos, mirando el teléfono.

—¿Qué tal el día? —preguntó ella, mientras retomaba la marcha.

—Bien —respondieron al unísono, sin mucho entusiasmo.

Silencio habitual. Verónica ya estaba acostumbrada a esos monosílabos adolescentes. Conducía mirando al frente cuando Mateo se quitó un auricular y dijo:

—Oye, mamá. Hoy voy a hacer unos trabajos en casa de Jorge. ¿Puedo quedarme allá un rato?

—¿Jorge? ¿El del equipo de fútbol?

—Sí, ese. Vivimos cerca. Terminamos y me vengo.

Verónica dudó un segundo. Jorge le caía bien, un muchacho educado que había ido a casa un par de veces. Pero siempre estaba esa pequeña preocupación materna.

—Está bien —accedió—. Pero avísame cuando termines para ir por ti. ¿Tienes el teléfono con batería?

—Sí, mamá —respondió Mateo, volviéndose a colocar el auricular.

Media hora después, Verónica dejó a Mateo en la entrada de la casa de Jorge, un barrio residencial de calles arboladas muy parecido al suyo. Simón ya iba distraído con su tableta en el asiento de atrás.

—Te recojo cuando me llames —dijo ella.

—Sí, mamá. Chao.

Mateo tocó el timbre y salió Jorge, un muchacho de su misma estatura, con el pelo revuelto y una sonrisa amplia.

—Pasá, pasá. Mi mamá dejó pizza.

Subieron a la habitación de Jorge, un desorden típico de adolescente con ropa en las sillas, consola de videojuegos y un escritorio lleno de apuntes. Estuvieron un rato haciendo la tarea de ciencias, entre risas y comentarios sobre profesores, hasta que terminaron y Jorge sacó su teléfono.

—Ya está, misión cumplida —dijo Jorge, recostándose en la cama—. Ahora sí, tiempo libre.

Mateo se sentó en el suelo, apoyado contra la pared, y sacó también su teléfono. Estuvieron un rato en silencio, cada uno en lo suyo, hasta que Jorge soltó:

—Oye, Mateo. ¿Tú tienes algún fetiche?

Mateo levantó la vista, sorprendido por la pregunta directa.

—¿Cómo así?

—Pues eso. Algún gusto especial. Ya sabes, cosas que te llamen la atención. Todos tenemos algo.

Mateo se encogió de hombros, incómodo.

—No sé. No creo.

Mentira. En su cabeza apareció la imagen de su madre riendo a carcajadas mientras él le hacía cosquillas en los pies. Esa mezcla de vulnerabilidad y risa que lo atraía de una forma que no sabía explicar. Pero eso no se lo iba a contar a nadie. Ni a su mejor amigo.

—Yo sí tengo —dijo Jorge, con naturalidad—. Me gustan los pies.

Mateo lo miró, sin saber bien qué cara poner.

—¿Los pies?

—Sí, los pies de las mujeres. No sé, me parecen bonitos. Hay algo en ellos… Es raro de explicar. Pero no es solo verlos. También me gusta la idea de hacerles cosquillas.

Mateo sintió un vuelco en el estómago. Las palabras de Jorge resonaban demasiado cerca de sus propios pensamientos secretos.

—¿Cosquillas? —preguntó, intentando sonar casual.

—Sí. Hay un montón de páginas de eso. El otro día encontré una con un montón de contenido gratis. Modelos de pies, videos de cosquillas, de todo. Y hay una modelo que me encanta. Se hace llamar Miel_40.

El nombre golpeó a Mateo como un puñetazo. Miel_40. Las letras bailaron frente a sus ojos un instante. ¿Casualidad? Tenía que ser casualidad. Había miles de modelos en internet.

—Enséñame —dijo, con una voz que logró mantener firme.

Jorge se incorporó, buscó en su teléfono y se lo pasó. Mateo miró la pantalla.

Y allí estaban.

Los pies. Los arcos perfectos, la piel blanca, los dedos largos y proporcionados. Las uñas pintadas de un rojo intenso en algunas fotos, de colores suaves en otras. Fotos con sandalias, con medias, descalzos sobre madera, sobre césped, sobre mármol.

Pero lo que heló la sangre de Mateo fueron las marcas.

En el pie izquierdo, justo en la base del dedo pulgar, un pequeño lunar. En el derecho, en la mitad del arco, otro lunar, ligeramente más grande.

Los mismos lunares que había visto toda su vida cada vez que su madre se sentaba en el sofá con los pies sobre la mesa. Los mismos lunares que había tenido bajo sus dedos la noche que la atacó sin piedad. Los mismos lunares que su hermano pequeño usaba a veces para molestarla.

Miel_40 era su mamá.

Mateo sintió que el aire se volvía espeso. El teléfono tembló ligeramente en sus manos, pero logró controlarse. No podía delatarse. No podía.

—¿Ves? —dijo Jorge, ajeno a la tormenta interior de su amigo—. Son hermosos, ¿no? Sobre ese lunar en el arco… no sé, me vuelve loco.

—Sí —alcanzó a decir Mateo, devolviéndole el teléfono con manos que rogó que no temblaran—. Están… bien.

—¿Solo bien? —rió Jorge—. Hermano, tienes que aprender a apreciar. Mira, esta modelo además es súper natural. No como otras que posan muy producidas. Esta se ve real, como una mujer común. Me encanta imaginarme haciéndole cosquillas en esas plantas…

Jorge hizo un gesto con los dedos, como si arañara el aire.

—¿Tú le has hecho cosquillas a tu mamá alguna vez? —preguntó Jorge, cambiando de tema con la naturalidad de quien no sabe que está pisando terreno minado.

Mateo parpadeó. La pregunta lo atrapó en un callejón sin salida. Podía mentir. Podía decir que no y cambiar de tema. Pero algo dentro de él, quizá la necesidad de compartir ese secreto con alguien, quizá el vértigo de saber que el secreto de su madre era aún más grande que el suyo, lo empujó a responder.

—Sí —dijo, con voz baja—. Mi mamá es muy cosquilluda.

Jorge abrió los ojos con interés genuino.

—¿En serio? ¿En los pies también?

—Sobre todo en los pies.

—¡No jodas! La mía igual. Es impresionante lo cosquilluda que es. Una vez, sin querer, le rozé la planta con el pie debajo de la mesa y casi tira la sopa encima de todos. Mi papá se cagó de la risa.

Mateo sonrió, una sonrisa forzada que esperó pareciera natural. Su cabeza era un torbellino. Su mejor amigo tenía un fetiche por los pies. Su mejor amigo seguía a su madre en una página de contenido para adultos. Y él acababa de admitir que le hacía cosquillas a su mamá sin saber que eso también era parte de ese mundo.

—¿Y tú qué sientes cuando le haces cosquillas? —preguntó Jorge—. O sea, ¿te gusta?

—No sé —respondió Mateo, sincerándose más de lo que planeaba—. Es raro. Me gusta verla reír. Se ríe tan fuerte que a veces parece que va a llorar. Y se retuerce, intenta escapar pero no puede. Es como… no sé, como si en ese momento yo tuviera el control de algo.

Jorge asintió, comprendiendo.

—Exacto. Eso es. El control. Y esa risa que no pueden evitar. Es adictivo, ¿no?

Mateo asintió sin palabras.

Afuera, la tarde comenzaba a caer. Las sombras se alargaban en la habitación de Jorge mientras los dos adolescentes hablaban de algo que ninguno compartiría jamás con el mundo. Uno sabiendo que la modelo que admiraba era la madre de su amigo. El otro sabiendo que el secreto de su madre estaba ahora en manos de alguien más.

Pero ninguno dijo nada. Algunos secretos son demasiado grandes para ser compartidos.

El teléfono de Mateo vibró. Un mensaje de su mamá: «¿Ya casi terminas? Voy en quince minutos».

—Ya me voy —dijo Mateo, levantándose—. Mi mamá viene por mí.

—Dale, hermano. Hablamos mañana.

Mateo salió de la habitación, bajó las escaleras, atravesó la sala. La mamá de Jorge lo saludó desde la cocina y él respondió con un saludo automático. Afuera, en la acera, respiró hondo. El aire fresco de la tarde le hizo bien.

Cuando el auto de su madre dobló la esquina y se detuvo frente a él, Mateo subió sin mirarla. Se puso los auriculares de inmediato, un gesto automático que Verónica ya ni cuestionaba.

—¿Qué tal te fue? —preguntó ella mientras retomaba la marcha.

—Bien —respondió él, mirando por la ventana.

Verónica sonrió, ajena a todo. En la radio sonaba una canción suave. Simón iba dormido en el asiento trasero.

Ninguno de los dos habló durante el trayecto. Mateo, tras sus auriculares, no escuchaba música. Solo dejaba que el ruido blanco llenara su cabeza mientras intentaba procesar lo que acababa de descubrir.

Miel_40. Su mamá. Los lunares. Las fotos. Los videos.

Y Jorge, su mejor amigo, admirando esos pies sin saber que eran los de la mamá de su amigo.

El mundo de repente se sentía demasiado pequeño.

El auto avanzaba por las calles del barrio mientras el atardecer pintaba el cielo de tonos naranjas. Simón iba dormido en el asiento trasero, vencido por el cansancio después del colegio. Verónica conducía con una mano, revisando distraídamente el retrovisor de vez en cuando.

Mateo iba en el asiento del acompañante, con los auriculares puestos y la mirada perdida por la ventana. Llevaba así todo el trayecto, en silencio, y aunque eso no era raro en él, algo en su actitud le pareció diferente a Verónica. Más callado de lo habitual. Más pensativo.

—¿Cómo te fue con Jorge? —preguntó, elevando un poco la voz para que se escuchara por encima de la música imaginaria de los auriculares.

Mateo se giró lentamente, como si tardara en procesar la pregunta. Se quitó un audífono.

—Bien —respondió, con esa voz plana que usaba cuando no quería extender la conversación.

Verónica asintió y volvió la mirada a la carretera. Pero entonces, después de unos segundos de silencio, Mateo habló de nuevo.

—Mamá…

—¿Mmm?

—¿Qué son los fetiches?

Verónica sintió que el volante se volvía de hielo bajo sus manos. Por un instante, el mundo exterior se desdibujó. El semáforo en rojo frente a ella, las casas alineadas en la calle, el cuerpo dormido de Simón en el asiento trasero… todo se volvió borroso excepto esa palabra resonando en su cabeza.

Fetiches.

Respiró hondo. Intentó mantener la calma. Era una pregunta normal, pensó. Los adolescentes preguntan esas cosas. No significaba nada. No tenía por qué significar nada.

—¿Por qué preguntas eso? —dijo, con una voz que esperó sonara casual.

Mateo se encogió de hombros, todavía mirando por la ventana.

—Porque Jorge me dijo que tenía uno. Dijo que le gustan los pies de las mujeres y las cosquillas. No entendí bien qué era eso.

El semáforo cambió a verde. Verónica aceleró, pero su mente iba a toda velocidad en dirección contraria. Jorge. El amigo de Mateo. Hablando de pies y cosquillas. Las casualidades existían, claro que existían, pero esto era demasiado.

—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó, tratando de mantener el tono ligero.

—Nada. Solo le pregunté qué era un fetiche y no supo explicarme bien. Por eso te pregunto a ti.

Verónica dudó. Podía cambiar de tema, decir que era algo de lo que hablarían otro día, pero algo en la mirada de su hijo, en esa curiosidad genuina que a veces asomaba detrás de su coraza adolescente, la hizo sentir que debía responder. Era su responsabilidad como madre, después de todo.

—Un fetiche es… —comenzó, buscando las palabras adecuadas— es cuando alguien siente una atracción muy fuerte por algo específico. Puede ser una parte del cuerpo, como los pies, o un objeto, o una situación. No es malo, siempre que sea algo entre personas que están de acuerdo y se respetan.

Mateo asintió lentamente, procesando la información.

—¿Como que les guste hacer cosquillas?

—Sí —respondió Verónica, sintiendo que cada palabra le costaba un pequeño esfuerzo—. Eso también puede ser un fetiche. Hay personas que disfrutan mucho las cosquillas, tanto hacerlas como recibirlas.

—Ah.

Silencio. El auto avanzaba por calles cada vez más familiares, acercándose a casa. Verónica aprovechó para observar a su hijo por el retrovisor. Mateo había vuelto a mirar por la ventana, pero su expresión era diferente. Pensativa, sí, pero no sorprendida ni escandalizada. Simplemente… curiosa.

—¿Y a ti te parece raro? —preguntó él de repente.

—¿El qué?

—Lo de Jorge. Que le gusten los pies y las cosquillas.

Verónica tardó un par de segundos en responder.

—No. No me parece raro. Cada persona tiene sus gustos. Lo importante es que sea algo sano, sin molestar a nadie que no quiera participar.

Mateo asintió de nuevo, y por un momento Verónica creyó que la conversación terminaba ahí. Pero entonces él la miró directamente, con esos ojos que a veces parecían ver más de lo que ella quería mostrar.

—¿Tú tienes algún fetiche, mamá?

El corazón de Verónica dio un vuelco. Las manos sudaron ligeramente sobre el volante.

—¿Yo? —rió, un poco nerviosa—. No sé. Quizá… no lo he pensado mucho.

Mentira. Había pensado mucho últimamente. Había visto muchos videos. Había sentido muchas cosas. Pero eso no era algo que pudiera compartir con su hijo de quince años.

Mateo la sostuvo la mirada un par de segundos más. Luego se encogió de hombros y volvió a mirar por la ventana.

—Jorge dice que la mamá de él es muy cosquilluda. Que una vez casi tira la sopa por un roce en el pie.

Verónica sonrió, aliviada por el cambio de tema.

—¿Sí? Bueno, hay personas muy sensibles a las cosquillas.

—Como tú —dijo Mateo, con una media sonrisa.

—Como yo —admitió ella, sonriendo también—. Ya sabes que eso corre en la familia.

Mateo se rió suavemente, y por un instante todo fue normal. Madre e hijo compartiendo un momento ligero después de una conversación incómoda. El auto dobló la última esquina y se detuvo frente a la casa.

—Ya llegamos —dijo Verónica, apagando el motor—. Despierta a tu hermano, por favor.

Mateo asintió, se bajó del auto y abrió la puerta trasera para sacudir a Simón suavemente. El menor protestó, se frotó los ojos y bajó del auto con pasos torpes.

Mientras Verónica cerraba el auto y caminaba hacia la puerta de la casa, observó a sus hijos subiendo las escaleras de la entrada. Mateo iba delante, con su mochila colgando de un hombro, y por un momento ella sintió que algo había cambiado entre ellos. No sabía qué, no sabía si era bueno o malo, pero algo.

Tal vez era solo su imaginación. Tal vez era la culpa. Tal vez era el miedo a ser descubierta.

O tal vez, solo tal vez, era que su hijo estaba creciendo y empezando a ver el mundo con ojos más complejos. Un mundo donde los fetiches existían, donde los pies podían ser objeto de deseo y donde las cosquillas eran algo más que un juego infantil.

Esa noche, mientras preparaba la cena, Verónica no pudo dejar de pensar en la conversación. En la casualidad de que Jorge, justo Jorge, tuviera ese fetiche. En la naturalidad con que Mateo había preguntado. En su propia mentira, pequeña pero mentira al fin, cuando dijo que no sabía si tenía algún fetiche.

Miró sus pies, apoyados sobre el frío suelo de la cocina mientras picaba verduras. Sus pies, que eran su sustento, su secreto, su doble vida.

Y por primera vez, se preguntó si algún día sus hijos descubrirían la verdad. Y si lo hacían, qué pasaría entonces.

Pero por ahora, solo quedaba seguir. Seguir picando verduras, seguir cuidando a sus hijos, seguir siendo Miel_40 en los ratos libres. Seguir viviendo esa doble vida que ya no sabía muy bien si era una carga o un regalo.

—Mamá, ¿la cena va a tardar mucho? —gritó Simón desde el salón.

—Ya casi, mi amor —respondió ella, volviendo a la realidad.

La vida seguía. Y con ella, sus secretos.

La cocina estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la campana extractora y el pequeño flexo que Verónica encendía siempre para lavar los platos. El agua corría caliente, el jabón hacía espuma, y sus manos se movían en el ritual automático de siempre mientras su mente seguía dando vueltas a la conversación en el auto.

Arriba, Simón se había desplomado en la cama nada más terminar la cena. El fútbol lo dejaba agotado, y Verónica sabía que no volvería a saber de él hasta la mañana siguiente.

Pero Mateo no.

Mateo estaba en su habitación, tumbado boca arriba, mirando el techo. Los auriculares colgaban de su cuello sin música, y su cabeza era un torbellino de imágenes y pensamientos que no lo dejaban en paz.

Los pies de su madre en el teléfono de Jorge. El nombre Miel_40. Los lunares. Las fotos. Los videos de cosquillas. Y la conversación en el auto, donde ella le había explicado qué eran los fetiches con una naturalidad que ahora le parecía sospechosa.

Demasiado natural. Demasiado informada.

Necesitaba saber más.

Se levantó, bajó las escaleras en silencio, y apareció en la cocina como una sombra. Verónica no lo oyó llegar hasta que sintió su presencia detrás de ella.

—Mamá.

Ella se sobresaltó ligeramente, girando la cabeza.

—Ay, Mateo, no hagas eso. Casi me da un infarto.

—Perdón —dijo él, y se dirigió a la nevera con una naturalidad estudiada.

Abrió la puerta, sacó una lata de refresco, la abrió y bebió un trago largo. Luego, como si acabara de ocurrírsele, preguntó:

—¿Quieres algo?

—No, gracias, mi amor. Ya casi termino.

Mateo asintió, pero no se fue. Se quedó apoyado contra la encimera, mirando a su madre lavar los platos. El silencio se alargó unos segundos, incómodo, hasta que él habló de nuevo.

—Mamá, ¿puedo preguntarte algo?

Verónica sintió un pequeño vuelco, pero mantuvo la calma.

—Claro. Pregunta.

Mateo respiró hondo. Había ensayado esto en su cabeza varias veces, pero ahora que estaba frente a ella, las palabras le salieron más directas de lo que planeaba.

—¿Qué sientes cuando Simón y yo te hacemos cosquillas?

Verónica se quedó inmóvil. Sus manos, dentro del agua jabonosa, dejaron de moverse. Por un instante, el único sonido en la cocina fue el goteo del grifo.

—¿Por qué preguntas eso? —dijo, sin volverse.

—Porque quiero saber —respondió Mateo, con una calma que sorprendió incluso a él mismo—. Sobre todo las dos últimas veces. Cuando te hice cosquillas en los pies.

El mundo se detuvo para Verónica. Las palabras de su hijo resonaron en su cabeza como campanadas. Las dos últimas veces. La de la cama, cuando Simón la atacó primero y él se sumó después. Y la de la otra noche, cuando entró sigilosamente y la atacó sin piedad.

Su hijo quería saber qué sentía.

No cómo reaccionaba, no si le molestaba. Qué sentía.

Ella seguía de espaldas, con las manos dentro del agua, y supo que no podía darse la vuelta todavía. Necesitaba un momento para controlar su expresión, para encontrar las palabras adecuadas.

—¿Por qué es importante para ti? —preguntó, ganando tiempo.

Mateo bebió otro trago de refresco.

—No lo sé. Solo quiero entender. Cuando le hago cosquillas a alguien, quiero saber qué pasa del otro lado.

Era una respuesta honesta. Más honesta de lo que Verónica esperaba.

Ella soltó lentamente el estropajo, se secó las manos en el paño que colgaba junto al fregadero, y finalmente se giró para enfrentar a su hijo.

Mateo estaba apoyado contra la encimera, el refresco en una mano, la mirada fija en ella. No había acusación en sus ojos. Solo curiosidad. Una curiosidad profunda, casi científica.

Verónica respiró hondo.

—Es difícil de explicar —comenzó—. Cuando alguien me hace cosquillas, sobre todo en los pies, pierdo el control. Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda decidir nada. Me río, me retuerzo, suplico que paren…

—¿Y quieres que paren? —interrumpió Mateo.

Esa pregunta. Otra vez esa pregunta.

—En el momento, sí —admitió Verónica—. O al menos eso creo. Pero cuando terminan…

—¿Qué?

—Cuando terminan, hay como un vacío. Como si algo faltara.

Mateo asintió lentamente, procesando.

—¿Es como cuando uno ve una película de miedo? —preguntó—. Como que quieres que termine porque estás asustado, pero cuando termina quieres ver más.

Verónica sonrió, a pesar de todo.

—Algo así. Sí.

—Entonces no es solo que te moleste. Es que hay algo en esa sensación que te gusta.

No era una pregunta. Era una afirmación.

Verónica sostuvo la mirada de su hijo. Podía mentir, podía desviar el tema, podía decirle que eran cosas de adultos que no entendería. Pero algo en la forma en que él preguntaba, en esa búsqueda genuina de comprensión, la hizo sentir que merecía una respuesta honesta.

—Sí —dijo en voz baja—. Hay algo que me gusta. No sé explicar bien qué es. Pero sí.

Mateo asintió, y por un momento Verónica creyó ver algo parecido a la comprensión en sus ojos. Luego, él apartó la mirada y bebió otro trago de refresco.

—Gracias por decírmelo —dijo—. Me ayudó a entender.

—¿Entender qué?

—Cosas.

Verónica quiso preguntar más, quiso saber qué cosas, quiso entender por qué su hijo de quince años estaba tan interesado en las cosquillas de su madre. Pero algo en la expresión de Mateo le dijo que no debía presionar. Que él ya había compartido suficiente por ahora.

—Bueno —dijo Mateo, enderezándose—. Me voy a dormir. Buenas noches, mamá.

—Buenas noches, mi amor.

Mateo caminó hacia la puerta de la cocina, pero se detuvo en el umbral. Sin volverse, dijo:

—Mamá.

—¿Mmm?

—Si alguna vez quieres que paremos de verdad, solo dilo. Lo entenderemos.

Y desapareció escaleras arriba antes de que Verónica pudiera responder.

Ella se quedó sola en la cocina, con el agua aún goteando del grifo y las manos temblorosas. Su hijo acababa de darle permiso para pedir que pararan. Como si supiera que a veces, en el fondo, no quería que lo hicieran.

O como si supiera mucho más de lo que estaba diciendo.

Verónica se apoyó contra el fregadero y cerró los ojos. El corazón le latía con fuerza. La conversación había sido demasiado cerca, demasiado profunda, demasiado honesta.

Y lo peor de todo era que no sabía si Mateo había hecho esas preguntas por simple curiosidad adolescente o porque había descubierto algo.

Pero en el fondo, una pequeña parte de ella sospechaba que era lo segundo.

La casa estaba en silencio. Desde la habitación de Simón llegaba su respiración profunda y regular, el sueño pesado del que ha gastado toda su energía durante el día. Verónica se había metido en la cama hacía un rato, pero no podía dormir. La conversación en la cocina le daba vueltas en la cabeza.

Mateo había sido tan directo. Tan profundo. Y ella se había abierto como nunca antes lo había hecho con nadie sobre ese tema.

Estaba casi dormida cuando escuchó los pasos en el pasillo. Luego, un golpe suave en la puerta.

—¿Mamá? ¿Estás despierta?

Verónica se incorporó ligeramente, el corazón latiendo un poco más rápido.

—Sí, pasa.

La puerta se abrió con cuidado y la figura de Mateo apareció en el umbral. Ella encendió la lámpara de la mesilla de noche, bañando la habitación en una luz cálida y tenue.

—¿Qué pasa, mi amor? ¿Te sientes bien?

Mateo asintió, entró y cerró la puerta detrás de él. Se quedó de pie junto a la cama, con los brazos cruzados, esa postura suya de cuando estaba nervioso o pensativo.

—No puedo dormir —dijo—. Sigo dándole vueltas al tema.

—¿Al tema de las cosquillas?

—Sí. Sobre todo lo de los pies.

Verónica sintió un cosquilleo extraño recorrerle la espalda. Señaló el borde de la cama.

—Siéntate.

Mateo obedeció. Se sentó en el borde, de espaldas a ella, mirando hacia la puerta. Hubo un silencio incómodo, como si ninguno de los dos supiera cómo continuar.

Finalmente, Verónica habló.

—¿Te gusta hacerme cosquillas en los pies, Mateo?

La pregunta flotó en el aire. Mateo tardó unos segundos en responder.

—Sí —dijo, en voz baja—. Me gusta.

—¿Por qué?

Él se giró ligeramente para mirarla, aunque sus ojos evitaban encontrarse directamente con los de ella.

—Es divertido verte reaccionar. Te retuerces, te ríes sin control, intentas escapar pero no puedes. Es como si por un rato tú perdieras el control y yo… no sé. Lo tuviera yo.

Verónica sintió que las mejillas le ardían. Las palabras de su hijo, dichas con esa honestidad tan cruda, la hacían sentirse expuesta de una forma que no había anticipado.

—¿Te molesta que te diga eso? —preguntó Mateo, notando quizá su sonrojo.

—No —respondió ella rápido—. No me molesta. Solo es… extraño escucharlo. Nadie me había preguntado antes cómo me siento yo cuando me hacen cosquillas.

Mateo asintió, procesando.

—Por eso quería preguntarte algo más.

—Dime.

Él giró completamente el cuerpo para mirarla, sentado ahora de frente a ella.

—¿En qué partes de los pies tienes más cosquillas? Siempre te ataco en el arco porque sé que ahí te da mucho. Pero quiero saber más.

Verónica parpadeó. La pregunta era tan específica, tan detallada, que por un momento olvidó que quien la hacía era su hijo de quince años.

—¿Para qué quieres saber eso?

Mateo se encogió de hombros.

—Para entender. Para saber qué sientes en cada parte. Dijiste que cuando te hacen cosquillas hay algo que te gusta, aunque en el momento quieras que paren. Quiero entender qué es eso. Y para entenderlo necesito saber más.

Era una lógica extraña, pero tenía sentido. Verónica se recostó un poco sobre la almohada, mirando el techo mientras pensaba.

—El arco es el punto más fuerte, sí —comenzó—. Pero no es el único. La base de los dedos también es muy sensible. Justo donde empiezan, esa parte blanda.

Mateo asintió, como si estuviera tomando notas mentales.

—¿Y los dedos mismos?

—Los dedos también. Sobre todo si los separan un poco y pasan un dedo entre ellos. Eso… eso es mucho.

—¿El talón?

—El talón no tanto. Casi nada, la verdad. Pero la parte de afuera del pie, el borde, ese también es sensible. Y el empeine, aunque es diferente. No es cosquillas de reírse tanto, es más como… no sé, un cosquilleo diferente.

Mateo escuchaba con atención, asimilando cada palabra.

—¿Y el lunar? —preguntó.

Verónica se quedó en silencio. El lunar. Ese pequeño lunar en el pie izquierdo que sus seguidores adoraban. Que Jorge, sin saberlo, había elogiado frente a Mateo.

—Ese es especial —admitió en voz baja—. No sé por qué, pero cuando alguien roza justo ahí… es como si todo el cuerpo reaccionara.

Mateo asintió lentamente. Hubo un largo silencio.

—Gracias por decírmelo —dijo al fin.

—¿Para qué quieres saber todo esto, Mateo? —preguntó Verónica, con una mezcla de curiosidad y cierto temor.

Él la miró directamente a los ojos.

—Porque quiero aprender. Quiero entender bien lo que hago. No solo hacer cosquillas porque sí. Quiero saber qué siente la otra persona, dónde, cómo. Para hacerlo mejor.

Verónica no supo qué decir. Su hijo, su hijo mayor, estaba hablando de hacerle cosquillas como si fuera un arte, una técnica que quería perfeccionar. Y lo más extraño era que no sentía que fuera algo malo. Era simplemente… honesto.

—¿Y piensas practicar? —preguntó, con una media sonrisa nerviosa.

Mateo sonrió también, una sonrisa pequeña, casi tímida.

—Si tú me dejas.

El corazón de Verónica dio un vuelco. La habitación, bañada en esa luz tenue, se sintió de repente más íntima que nunca. Su hijo, pidiendo permiso para hacerle cosquillas. Para «practicar». Para entender mejor.

—Mateo, esto es un poco… no sé —dijo ella, sin saber bien cómo articular lo que sentía.

—¿Raro? —completó él.

—Sí. Un poco raro.

—Lo sé. Pero también es honesto. Prefiero preguntar y que me digas que sí o que no, a hacerlo sin saber si te gusta o te molesta.

Verónica lo miró largamente. Su hijo, a sus quince años, mostrando una madurez que no esperaba. Poniendo límites donde ella no los había puesto. Preguntando lo que otros simplemente hacían.

—¿Y qué harías con esa información? —preguntó—. Si te dijera que sí, quiero decir.

Mateo pensó un momento.

—Practicar. Hacerlo mejor. Aprender a leer tus reacciones. Saber cuándo seguir y cuándo parar. Tú misma dijiste que hay veces que quieres que paren pero en el fondo no. Si aprendo a entender mejor eso, quizá pueda… no sé. Darle eso que quieres sin necesidad de que supliques.

Verónica sintió un nudo en la garganta. Era demasiado. Demasiado profundo, demasiado cercano, demasiado todo.

—Necesito pensar —dijo, con voz temblorosa—. Esto es mucho, Mateo.

Él asintió, comprensivo.

—Está bien. Tómate tu tiempo. Solo quería que supieras lo que pienso. Y que no es solo un juego para mí. Es algo más.

Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió una vez más.

—Buenas noches, mamá.

—Buenas noches, mi amor.

La puerta se cerró con suavidad. Verónica se quedó inmóvil, mirando el techo, con el corazón latiendo con fuerza y la mente hecha un torbellino.

Su hijo quería aprender a hacerle cosquillas. Quería entender sus reacciones, sus puntos débiles, sus límites. Hablaba de ello con la seriedad de un estudiante ante su materia favorita.

Y lo más aterrador de todo era que una parte de ella, esa parte que había descubierto en los videos de tickling, esa parte que extrañaba las conversaciones con anon1867, esa parte que se sonrojaba ante la idea de ser el centro de atención… esa parte quería decir que sí.

Pero por ahora, solo podía quedarse allí, en la penumbra, sintiendo el cosquilleo fantasma en sus plantas y preguntándose en qué momento su vida se había vuelto tan extraña.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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