El ocaso de una Top Model- Parte 1

Tiempo de lectura aprox: 49 minutos, 41 segundos

Cuando Gisele entraba en una habitación, el tiempo se detenía. No era una exageración ni una frase hecha; era un hecho constatado por fotógrafos, diseñadores y asistentes que habían tenido el privilegio de trabajar con ella. Su presencia era magnética, casi irreal, como si los dioses del Olimpo hubieran decidido enviar a una de sus hijas a caminar entre mortales.

Medía exactamente 1.80 metros, una estatura que en cualquier otra mujer podría resultar imponente en exceso, pero en ella era perfecta. Sus piernas parecían interminables, esculpidas por la genética y mantenidas por una disciplina de ballet que había practicado en su infancia. Su cuerpo, delgado pero atlético, se mantenía en 58 kilos distribuidos con una armonía que hacía suspirar a los diseñadores cuando veían sus creaciones deslizarse sobre aquella figura de ensueño.

La piel de Gisele era blanca, pero no esa palidez enfermiza que a veces se ve en las modelos del norte de Europa. La suya tenía un matiz cálido, casi nacarado, que bajo los flashes se volvía luminiscente. Los fotógrafos adoraban esa cualidad; no necesitaban filtros ni retoques excesivos cuando ella estaba frente al lente. Su cabello, rubio como el trigo en verano, caía en ondas naturales hasta la mitad de la espalda, y sus ojos… esos ojos azules que habían hipnotizado al mundo desde la primera portada de Vogue que protagonizó a los diecinueve años.

Vestía talla 34 en ropa, aunque a veces, dependiendo del diseñador, podía usar 32. Sus medidas eran el secreto mejor guardado de la industria: 86-60-89, las proporciones exactas que los grandes modistos buscaban para sus colecciones de alta costura. Pero había una medida que Gisele prefería no mencionar, un número que la avergonzaba en secreto: calzaba un 40.

Sus pies eran, para ella, una contradicción viviente. Grandes, sí, pero perfectamente proporcionados a su altura. Tenían dedos largos y elegantes, uñas siempre impecablemente cuidadas, y unas plantas suaves y arqueadas que parecían talladas en mármol. Cuando caminaba descalza por su apartamento, lo hacía con la gracia de una bailarina, pero lo que nadie sabía era que esa gracia era en realidad una estrategia de supervivencia: cualquier superficie con textura, cualquier alfombra un poco áspera, cualquier arena de playa, le provocaba cosquillas insoportables.

Gisele no había nacido en la cuna de la moda. Su infancia transcurrió en una ciudad pequeña del interior, hija de un profesor de matemáticas y una ama de casa. Desde pequeña destacó por su altura, lo que la convertía en blanco de bromas en el colegio. «Jirafa», le decían, y ella encogía los hombros tratando de hacerse más pequeña, una misión imposible para alguien que ya con doce años medía 1.70.

Fue su madre quien la apuntó a clases de modelaje, más por darle confianza que por verdadera convicción. La dueña de la academia, una exmodelo retirada, vio en aquella adolescente de piernas interminables algo que las demás no veían: potencial. A los quince años, Gisele participó en un concurso regional y lo ganó. A los dieciséis, un cazatalentos de una importante agencia de São Paulo la descubrió en un centro comercial.

—Tienes algo especial —le dijo aquel hombre, un argentino de modales elegantes y ojos que evaluaban cada centímetro de su cuerpo—. Ven a la capital. Hablaremos.

Sus padres dudaron, pero finalmente aceptaron. Gisele terminó el instituto por correspondencia mientras su carrera despegaba como un cohete. A los dieciocho años ya había desfilado en São Paulo Fashion Week. A los diecinueve, Vogue Brasil la eligió para su portada de enero. A los veintiuno, voló a Milán.

El resto era historia conocida: campañas para las marcas más prestigiosas, portadas internacionales, desfiles en París, Milán y Nueva York, millones de dólares en el banco, y un nombre que resonaba en la industria como sinónimo de excelencia.

Pero toda diosa tiene su punto débil, y el de Gisele era tan absurdo como devastador. Las cosquillas.

No era una simple sensibilidad leve, de esas que hacen reír un momento y ya está. Era una hipersensibilidad casi patológica que convertía su cuerpo en un campo de minas. Cualquier roce inesperado, cualquier caricia en el lugar equivocado, y Gisele se transformaba. La modelo elegante y dueña de sí misma desaparecía, y en su lugar aparecía una versión infantil de ella misma, retorciéndose, riendo sin control, suplicando.

Sus axilas eran puntos críticos. Un dedo rozándolas y ella doblaba los brazos instintivamente, protegiéndose como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica. El cuello y las orejas le provocaban escalofríos que recorrían su columna vertebral, haciéndola encogerse. Los costados y la barriga eran territorio prohibido; un simple roce de tela podía hacerle contener la respiración. Las caderas y los muslos internos, especialmente sensibles, la convertían en un manojo de nervios.

Pero sus pies… oh, sus pies.

Las plantas de sus pies eran su perdición. Esas superficies suaves y arqueadas, de piel delicada y rosada, reaccionaban a la más mínima provocación. Un dedo recorriendo lentamente desde el talón hasta los dedos la hacía explotar en risas histéricas en cuestión de segundos. Las uñas arañando suavemente el arco la volvían loca, incapaz de articular palabra entre carcajadas. Y si alguien osaba hacerle cosquillas entre los dedos… Gisele perdía completamente el control, pataleando, retorciéndose, rogando entre risas que pararan, que no podía más, que iba a morirse de la risa.

El origen de esta tortura estaba en su infancia. Sus dos hermanos mayores, esos que deberían haberla protegido, descubrieron pronto su punto débil y lo explotaron sin piedad. La sujetaban entre los dos, uno inmovilizando sus brazos y el otro atacando sus pies descalzos. Gisele reía, reía hasta quedarse sin aire, reía hasta que las lágrimas rodaban por sus mejillas, reía hasta que el llanto se mezclaba con la risa y ya no sabía diferenciarlos. Y ellos seguían, implacables, hasta que ella prometía cualquier cosa, hasta que suplicaba de rodillas, hasta que su dignidad quedaba hecha trizas en el suelo.

Años después, ya convertida en la modelo más cotizada del momento, Gisele había aprendido a protegerse. Nadie tocaba sus pies. En las sesiones de pedicura, advertía seriamente a las esteticistas: «Solo las uñas, por favor. No toque la planta». En los masajes, dejaba claro que sus pies estaban prohibidos. En las playas, caminaba con pasos cuidadosos, evitando la arena más fina. En su casa, usaba siempre zapatillas o andaba descalza pero sobre superficies lisas, calculando cada paso.

Era un secreto que guardaba con celo. Nadie en la industria lo sabía. Sus asistentes, su representante, sus compañeras de pasarela… todos la veían como una mujer de acero, dueña de sí misma, imperturbable. Si alguien llegara a descubrir que la diosa Gisele podía reducirse a un ser indefenso con solo cosquillearle la planta del pie… no, no podía ni imaginarlo.

Por eso, cuando recibió aquella convocatoria, su instinto debería haberle dicho que algo olía mal. Un agente anónimo, un pago exorbitante, una mansión apartada, instrucciones de ir sola… todos los clichés del peligro estaban ahí, escritos en letras de fuego. Pero Gisele llevaba años moviéndose en un mundo de excentricidades millonarias, de coleccionistas que pagaban fortunas por tener una sesión privada con su modelo favorita, de proyectos confidenciales que requerían absoluta discreción. No era la primera vez que aceptaba algo así.

Además, el dinero era tentador. No es que lo necesitara, pero en su mundo, el dinero no se necesitaba: se acumulaba. Era la forma de medir el éxito, de mantener el estatus, de demostrar que seguías en la cima. Y cientos de miles de dólares por unas horas de trabajo… ¿quién podía rechazar eso?

Vistió su mejor vestido negro, ese que ceñía su figura como una segunda piel y dejaba sus hombros al descubierto. Se calzó sus tacones más altos, esos que hacían que sus piernas parecieran aún más largas y que realzaban la curva de sus pantorrillas. Se miró al espejo: perfecta, como siempre.

El viaje hasta las afueras fue largo. La mansión apareció entre la niebla como un sueño, enorme y silenciosa, rodeada de jardines que en otra época debieron ser espléndidos. Gisele aparcó su coche, caminó hacia la puerta principal, y llamó.

La puerta se abrió sola.

Detrás de ella, el cerrojo emitió un chasquido metálico que resonó en el silencio como una sentencia.

Gisele tragó saliva. Por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo.

El eco de sus tacones sobre el mármol del vestíbulo fue lo primero que Gisele notó. Un sonido nítido, elegante, que se multiplicaba en la inmensidad de aquel espacio. La entrada era imponente, con una escalera de caracol que ascendía hacia las sombras del piso superior y una lámpara de araña que colgaba del techo como una telaraña de cristal. Pero había algo extraño en la luz, un tono amarillento que no terminaba de iluminar del todo, como si la penumbra se resistiera a ser vencida.

—Buenas noches, señorita. Supongo que es usted Gisele.

La voz surgió de las sombras, y Gisele se giró instintivamente. Un hombre mayor, tal vez de unos setenta años, emergió de una puerta lateral. Vestía un traje negro impecable, de esos que parecen sacados de otra época, y sus manos enguantadas sostenían una bandeja de plata vacía. Tenía el pelo completamente blanco, peinado hacia atrás con fijador, y unos ojos oscuros que la observaban con una mezcla de cortesía y evaluación.

—Sí, soy yo —respondió Gisele, recuperando la compostura—. ¿El señor de la casa?

—Soy Ambrose, el mayordomo —el anciano hizo una leve inclinación de cabeza—. El señor me ha pedido que la reciba y la acomode. Si es tan amable de seguirme.

Gisele lo siguió escaleras arriba, observando los detalles mientras subían. Los peldaños eran de madera oscura, desgastados por el tiempo pero cuidadosamente encerados. Las paredes estaban cubiertas de cuadros, la mayoría retratos al óleo de personas que debían ser los antepasados del dueño. Hacía frío, un frío húmedo que calaba los huesos a pesar de la calefacción que se adivinaba en los radiadores de hierro.

—¿Hace mucho que trabaja aquí, Ambrose? —preguntó Gisele por romper el silencio.

—Muchos años, señorita. Muchos años.

La respuesta fue corta, pero no descortés. Simplemente, el mayordomo no parecía dispuesto a extender la conversación. Gisele decidió no insistir.

Llegaron al primer piso y recorrieron un pasillo interminable, flanqueado por puertas cerradas. Al final, Ambrose se detuvo ante una de ellas, la abrió con una llave que sacó de su bolsillo y se hizo a un lado para dejarla pasar.

—Esta será su habitación para cambiarse, señorita. El baño está al fondo, hay toallas limpias y albornoces. El señor la recibirá para la sesión dentro de una hora. Si necesita algo, hay un teléfono en la mesilla. Marque el cero y me localizará.

Gisele entró y recorrió la habitación con la mirada. Era amplia, de techos altos, con una cama enorme cubierta por un edredón de terciopelo granate. Había un tocador con espejo, un armario vacío, y una chimenea apagada. Las paredes estaban empapeladas con un diseño floral que debió ser hermoso décadas atrás y que ahora tenía un aire ligeramente lúgubre.

—¿Dónde está el señor? —preguntó Gisele—. ¿No va a recibirme personalmente?

—El señor prefiere mantener el misterio hasta el último momento —respondió Ambrose con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Dice que la expectación es parte del arte. Le ruego que se sienta cómoda. Si no necesita nada más, me retiro.

—No, está bien. Gracias, Ambrose.

El mayordomo se inclinó ligeramente y cerró la puerta al salir. Gisele escuchó sus pasos alejarse por el pasillo, y luego el silencio. Un silencio denso, profundo, que pesaba sobre los oídos como una manta de lana.

Se acercó a la ventana.

Lo que vio la dejó sin aliento, pero no por su belleza. La ventana daba a la parte trasera de la mansión, y más allá solo había bosque. Un bosque inmenso, negro, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los árboles se alzaban como centinelas, sus siluetas recortadas contra un cielo sin luna ni estrellas. No había luces, ni casas, ni caminos. Nada. Solo la masa oscura e impenetrable de la naturaleza salvaje.

Gisele apoyó las manos en el alféizar y pegó la cara al cristal, intentando distinguir algo más. Quizá un coche aparcado, un camino, una farola… cualquier señal de civilización. Pero no. La oscuridad era absoluta, como si la mansión estuviera en el centro de un vacío infinito.

Un escalofrío recorrió su espalda.

¿Dónde estaba? Había conducido durante casi una hora desde la carretera principal, pero no recordaba haber visto tanto bosque. La entrada a la propiedad era un camino flanqueado por árboles, sí, pero no imaginó que la casa estuviera tan aislada. Miró el reloj: las diez de la noche. En una hora, la sesión. Y después… ¿después qué? ¿Volver a conducir por esa carretera oscura, sola, en mitad de la nada?

Sacudió la cabeza, intentando tranquilizarse. Era una profesional. Había estado en situaciones mucho más extrañas. Una vez, en una sesión en el desierto de Marruecos, el fotógrafo la había dejado plantada y ella tuvo que volver caminando hasta el pueblo más cercano bajo un sol de justicia. Otra vez, en Milán, un diseñador la encerró en su estudio porque quería que probara vestidos hasta la madrugada. Esto no era diferente. Solo una mansión aislada, un mayordomo educado, y un cliente excéntrico. Nada del otro mundo.

Se apartó de la ventana y decidió explorar la habitación. El baño era lujoso, con una bañera de pies y grifos dorados. Las toallas eran suaves y olían a lavanda. En la mesilla, junto al teléfono, había una jarra de cristal con agua y un vaso. Gisele sirvió un poco y bebió, observando su reflejo en el espejo del tocador.

Estaba perfecta, como siempre. El vestido negro no tenía una sola arruga, su maquillaje seguía intacto, su cabello caía en ondas impecables. Pero sus ojos… sus ojos delataban algo que no podía controlar. Una chispa de inquietud.

—Vamos, Gisele —se dijo a sí misma en voz baja—. Eres la mejor. Esto es solo un trabajo más.

Dejó el vaso y se acercó al armario, abriéndolo por curiosidad. Estaba vacío, como esperaba, pero en el fondo había una percha con una prenda envuelta en plástico de tintorería. Gisele frunció el ceño y la sacó.

Era un vestido. Blanco, de seda, larguísimo, con un escote que dejaba la espalda al descubierto. Etiqueta de diseñador, italiano, carísimo. En el plástico, una nota escrita a mano: «Para Gisele. Póngaselo para la sesión.»

—Vaya —murmuró—. Parece que el misterioso señor ya tenía pensado qué quería que usara.

Colgó el vestido en la puerta del armario y dio un paso atrás para observarlo. Era precioso, sí, pero también era… revelador. Muy revelador. La seda caería sobre su cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva. Y la espalda al descubierto significaba que no podría usar sujetador. Tampoco parecía haber espacio para ropa interior debajo de esa caída tan ligera.

Gisele suspiró. En su profesión, estas cosas eran normales. Los diseñadores querían ver sus creaciones en todo su esplendor, sin que las prendas íntimas arruinaran la silueta. Ya había posado en situaciones mucho más comprometidas. Esto no era nada.

Pero algo en el aire de la habitación, en el silencio del bosque allá afuera, en la mirada inescrutable del mayordomo, le decía que esta vez era diferente. Que algo no encajaba.

Volvió a la ventana. La oscuridad seguía allí, inmutable, eterna.

—Una hora —susurró—. Solo una hora.

Y esperó, escuchando los latidos de su propio corazón en el silencio de la mansión.

El agua caliente fue un alivio para sus nervios. Gisele se sumergió en la bañera de pies, dejando que el vapor envolviera su cuerpo y relajara sus músculos. La espuma de jazmín perfumaba el ambiente, y por un momento, el silencio de la mansión dejó de ser amenazante para convertirse en algo casi acogedor. Cerró los ojos y se permitió flotar en esa burbuja de tranquilidad, alejando los pensamientos oscuros que la habían asaltado frente a la ventana.

Veinte minutos después, envuelta en un albornoz de felpa blanca, se sentó frente al tocador. Abrió su neceser de maquillaje y comenzó el ritual que conocía mejor que nadie. Base uniforme, corrector en las pequeñas ojeras que delataban su nerviosismo, polvos traslúcidos para fijar. Sombras en tonos tierra que hicieran resaltar el azul de sus ojos, delineador perfecto, rímel generoso. Los pómulos, siempre los pómulos: un toque de colorete y un iluminador sutil para que la luz jugara a su favor. Labios en un nude suave, casi imperceptible, porque el vestido blanco pedía protagonismo para sí mismo.

El cabello lo dejó suelto, tal como caía naturalmente. Las ondas rubias enmarcaban su rostro y caían sobre sus hombros desnudos. Se miró al espejo: perfecta. La diosa había vuelto.

Luego, la ropa interior. Gisele sacó de su bolso un conjunto de encaje negro que siempre llevaba en estos trabajos. Sujetador de balconette que realzaba sin marcar, y una braga de talle alto que estilizaba aún más su figura. Se vistió despacio, casi con ceremonia, consciente de que cada prenda la acercaba al momento de la verdad.

Por último, el vestido.

La seda blanca resbaló sobre su piel como una caricia. Era increíblemente suave, casi líquido, y se ajustaba a sus curvas con una precisión que parecía hecha a medida. Gisele se giró frente al espejo, observando cómo la tela caía desde sus hombros, dejando su espalda completamente al descubierto hasta el inicio de las nalgas. El escote era profundo, sí, pero elegante. Clásico. Lo que cualquier diseñador de alta costura elegiría para una sesión de arte.

Los tacones estaban junto a la cama, en una caja de seda. Eran unas sandalias de tiras finísimas, con la suela dorada y el tacón de aguja de doce centímetros. Gisele se los calzó con cuidado y se miró los pies. Las tiras cruzaban su empeine y se ataban al tobillo, dejando prácticamente todo el pie al descubierto. Los dedos asomaban elegantes, las uñas pintadas de un rosa pálido, la planta arqueada y perfectamente visible. Suspiró. Al menos, pensó, con estos tacones nadie podría hacerle cosquillas aunque quisiera. La planta no tocaba nada, suspendida en el aire por la altura del tacón.

En ese momento, un timbre sonó en la habitación. Un sonido suave, casi cortés, pero que la sobresaltó. Miró el reloj: justo una hora desde que Ambrose la había dejado allí. El mayordomo era puntual.

Gisele se acercó a la puerta y esperó. A los dos minutos exactos, dos golpes suaves resonaron en la madera.

—Señorita, soy Ambrose. ¿Puedo pasar?

—Adelante.

La puerta se abrió y el mayordomo apareció, impecable como siempre. Sus ojos recorrieron a Gisele de arriba abajo con una mirada profesional, evaluadora, pero sin asomo de deseo o impertinencia.

—El vestido le sienta perfectamente, señorita. El señor quedará complacido. ¿Me permite que la guíe hasta el estudio?

—Por supuesto, Ambrose.

Salieron al pasillo. La luz era aún más tenue que antes, como si hubieran apagado algunas lámparas. Las sombras se alargaban en las paredes, y los cuadros parecían observarlos con sus ojos de óleo. Gisele caminaba detrás del mayordomo, escuchando el taconeo de sus zapatos sobre la madera y sintiendo el fresco de la noche que se colaba por alguna rendija invisible.

El recorrido fue largo. Subieron una escalera, luego otra, y atravesaron corredores que parecían no llevar a ninguna parte. En algún momento, Gisele perdió la noción de dónde estaban. La mansión era un laberinto de habitaciones cerradas y pasillos que se bifurcaban, y la penumbra no ayudaba a orientarse.

—¿Falta mucho? —preguntó, rompiendo el silencio.

—Estamos llegando, señorita. La sala de sesiones está en el ala este. Es la habitación más grande de la propiedad.

Finalmente, Ambrose se detuvo ante una puerta doble, de esas que parecen esconder algo importante. Sacó un llavero, seleccionó una llave antigua, y la hizo girar en la cerradura con un chasquido seco. La puerta se abrió hacia dentro, revelando un espacio inmenso.

Gisele contuvo el aliento.

La habitación era enorme, de techos altísimos, iluminada por focos estratégicamente colocados que creaban un claroscuro dramático. En el centro, un decorado que heló la sangre en sus venas: una pared acolchada de cuero negro, como las que se ven en las películas de hospitales psiquiátricos o… en mazmorras. A los lados, argollas de hierro fijadas a la pared. En el suelo, más argollas. Y de las argollas, colgando, correas de cuero con hebillas metálicas.

Pero no solo eso. A un lado de la habitación, sobre trípodes, había cámaras fotográficas. Profesionales, de gran formato, con sus respectivos flashes y reflectores. Y junto a ellas, una mesa con ordenadores y monitores. También, en una esquina, lo que parecía una antigua rueda de tortura medieval, y una jaula de hierro lo bastante grande como para albergar a una persona.

Gisele se quedó paralizada en el umbral.

—¿Qué… qué es esto?

—La sala de sesiones, señorita —respondió Ambrose con toda naturalidad, como si estuviera mostrando un salón de té—. Por favor, sígame. El señor quiere comenzar puntualmente.

Gisele no se movió. Sus pies, dentro de las sandalias de tiras, parecían clavados al suelo. Una parte de su cerebro, la profesional, le decía que aquello podía ser arte. Arte provocador, arte extremo, el tipo de cosas que algunos coleccionistas excéntricos pagaban fortunas. Otra parte, la instintiva, le gritaba que saliera corriendo.

—Señorita —insistió Ambrose con una paciencia infinita—, el señor no espera. Sería una lástima que todo este viaje fuera en vano. Y el pago, por supuesto, solo se efectuará si la sesión se realiza.

El pago. Cientos de miles de dólares. Gisele respiró hondo y dio un paso adelante. Luego otro. Los tacones resonaban en el suelo de piedra de la enorme estancia, un eco que se multiplicaba en las paredes desnudas.

Ambrose la condujo hasta la pared acolchada. De cerca, el cuero olía a limpio, a producto de conservación. Las correas colgaban a los lados, cuatro en total: dos a la altura de los hombros, separadas entre sí, y dos más abajo, igualmente separadas. La disposición era clara: brazos en cruz hacia arriba, piernas abiertas.

—¿Tengo que…? —preguntó Gisele, señalando la pared.

—Sí, señorita. Si es tan amable de recostarse contra la pared y extender los brazos.

Gisele obedeció. La superficie acolchada era sorprendentemente cómoda, mullida, diseñada para estar así durante horas si era necesario. Extendió los brazos hacia arriba, en una V abierta, y las piernas hacia abajo, igualmente separadas. La postura era extrañamente parecida a algunas que había adoptado en sesiones de moda vanguardista. Se obligó a pensar en eso, en que era solo una pose, en que todo formaba parte del arte.

Ambrose se acercó primero a su muñeca derecha. Con movimientos precisos, profesionales, tomó la correa y la ajustó alrededor de su piel, pasando la hebilla por el orificio adecuado. No demasiado apretada, lo justo para inmovilizar sin cortar la circulación. Luego la izquierda. Luego el tobillo derecho. Luego el izquierdo.

El sonido de las hebillas al cerrarse resonó en el silencio como pequeños latigazos. Gisele sintió cómo el cuero ceñía sus extremidades, cómo la pared se convertía en el único punto de apoyo. Probó a mover los brazos: no podía. Las piernas: igual. Estaba completamente inmovilizada, abierta en X contra aquella pared, con el vestido blanco cayendo en pliegues de seda sobre su cuerpo y sus pies descalzos dentro de las sandalias, suspendidos en el aire, los dedos rozando apenas el suelo.

La respiración se le aceleró. No era miedo exactamente, sino una mezcla de adrenalina y vulnerabilidad. Nunca había estado tan expuesta, tan inmóvil, tan…

—Ambrose —su voz sonó más tranquila de lo que se sentía—. ¿Para qué es esto? ¿Por qué me ha atado?

El mayordomo terminó de ajustar la última hebilla, dio un paso atrás para contemplar su trabajo, y asintió para sí mismo con satisfacción. Luego se volvió hacia ella, con esa expresión neutra que no había abandonado en todo el tiempo.

—Esto, señorita, será parte de la sesión que realizará el señor.

Gisele parpadeó.

—¿El señor? ¿No va a venir un fotógrafo? ¿No hay un equipo?

—No, señorita. El señor prefiere la intimidad. Él mismo tomará las fotografías. Y la sesión… —hizo una pausa—, la sesión será muy especial. Le ruego que sea paciente. El señor no tardará en llegar.

Y dicho esto, Ambrose giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la puerta.

—¡Espere! —gritó Gisele, forcejeando instintivamente contra las correas—. ¡No puede dejarme aquí sola! ¡Esto no es lo que acordamos!

El mayordomo se detuvo en el umbral y volvió la cabeza, solo lo justo para que ella pudiera ver su perfil iluminado por las luces del estudio.

—Confíe en mí, señorita. El señor sabe exactamente lo que hace. Y usted… —su voz adquirió un matiz casi imperceptible de ironía—, usted está exactamente donde debe estar.

La puerta se cerró con un golpe sordo. La llave giró en la cerradura. Y Gisele se quedó sola, inmovilizada contra aquella pared, escuchando los latidos de su corazón en el silencio absoluto de la mansión.

Miró hacia las cámaras, hacia la jaula, hacia la rueda de tortura. El decorado de una pesadilla. Y entonces, del otro lado de la puerta, creyó escuchar algo: unos pasos. Lentos. Pausados. Que se acercaban.

El señor estaba llegando.

Los minutos se hicieron eternos. Gisele permanecía inmóvil contra la pared acolchada, sintiendo cómo el frío del cuero se filtraba a través de la fina seda del vestido. Sus brazos comenzaban a acusar la tensión de la postura, y los tobillos, dentro de las tiras de las sandalias, notaban el peso del cuerpo suspendido. No era dolor, no exactamente, sino una molestia creciente que le recordaba a cada segundo su vulnerabilidad.

Probó a forcejear de nuevo, solo para confirmar lo que ya sabía: las correas estaban firmes, las hebillas bien ajustadas. Ambrose sabía hacer bien su trabajo. Maldijo en silencio su propia estupidez por haber accedido a aquello, por no haber hecho caso a ese instinto que le decía que algo olía mal desde el principio.

Los pasos al otro lado de la puerta se detuvieron.

Luego, el sonido de una llave girando en la cerradura. El mismo chasquido seco de antes, pero esta vez sonó diferente. Definitivo.

La puerta se abrió lentamente, y una figura apareció en el umbral, recortada contra la penumbra del pasillo. Durante un instante, Gisele solo pudo distinguir una silueta: la de un hombre alto, de hombros anchos, que se apoyaba ligeramente en un bastón. Luego, la figura avanzó hacia la luz de los focos, y sus rasgos se hicieron visibles.

Tendría entre cincuenta y sesenta años, aunque era difícil precisarlo. Su rostro, surcado por arrugas que delataban una vida de experiencias intensas, conservaba sin embargo un aire juvenil en la mirada. El cabello, cano pero abundante, peinado hacia atrás con descuido calculado. Vestía un traje oscuro, impecable, sin corbata, con la camisa blanca abierta en el cuello. El bastón, de ébano con empuñadura de plata, no parecía un signo de debilidad sino un accesorio más, un objeto de poder.

Caminaba despacio, sí, pero con una autoridad que llenaba la habitación. Cada paso resonaba en el suelo de piedra, acercándolo un poco más a ella. Gisele sintió que el aire se volvía más denso.

—Buenas noches, Gisele.

La voz era grave, modulada, con un acento que podía ser europeo sin llegar a ser identificable. Francés, quizá, o italiano. No importaba. Lo que importaba era la calma con que la pronunció, como si estuvieran en un cóctel y no ella atada a una pared.

—¿Es usted… el señor? —preguntó Gisele, odiando el ligero temblor que se colaba en sus palabras.

El hombre sonrió. Una sonrisa amplia, sincera, que iluminó su rostro y le quitó años de encima.

—El señor —repitió, saboreando las palabras—. Así me llama Ambrose. Supongo que es la forma adecuada. Pero usted puede llamarme Viktor. Aunque, pensándolo bien… —se detuvo a dos metros de ella, apoyado en su bastón, observándola con una mezcla de admiración y algo más que Gisele no supo identificar—, prefiero que me siga llamando «el señor». Tiene un aire más… apropiado para la ocasión. ¿No le parece?

Gisele tragó saliva. Viktor, o como quiera que se llamase, no parecía amenazante en el sentido tradicional. No había agresividad en su postura, ni lujuria evidente en su mirada. Era más bien la actitud de un coleccionista ante una pieza única, de un entendido ante una obra de arte. Y eso, de alguna manera, era aún más inquietante.

—Señor —dijo Gisele, esforzándose por mantener la compostura—, ¿puede explicarme por qué estoy atada? Esto no es lo que acordamos. Yo vine para una sesión de fotos, no para…

—¿No para qué? —la interrumpió Viktor con suavidad—. ¿No para estar exactamente donde está? Gisele, Gisele… —negó con la cabeza, casi con ternura—. Usted acordó venir a una sesión de fotos exclusiva, privada, para un coleccionista de arte. Y eso es precisamente lo que va a hacer. La única diferencia es que yo, como coleccionista, tengo mis propias ideas sobre cómo debe ser el arte.

Dio un paso más, rodeándola lentamente. Gisele siguió su movimiento con la mirada, girando la cabeza tanto como podía, pero las correas le impedían verlo cuando se colocaba detrás.

—¿Y eso implica tenerme atada? —preguntó, sintiendo su presencia a su espalda.

—Implica, querida Gisele, que usted esté exactamente donde yo necesito que esté. Y, sobre todo, que no se mueva. —La voz de Viktor llegaba ahora desde detrás de ella, acompañada por el leve golpeteo del bastón contra el suelo—. Las sesiones fotográficas convencionales son tan… limitadas. La modelo posa, el fotógrafo dispara, y todos fingen que es arte. Pero el verdadero arte, el que yo colecciono, requiere algo más. Requiere entrega. Confianza. Vulnerabilidad.

Gisele sintió un escalofrío. No era miedo exactamente, sino una conciencia aguda de su propia indefensión. Allí estaba ella, una de las modelos más cotizadas del mundo, dueña de su imagen y de su carrera, reducida a una muñeca contra una pared.

—¿Y por qué iba a entregarme yo a alguien a quien no conozco? —preguntó, buscando recuperar algo de control—. ¿Por qué iba a confiar en usted?

Viktor volvió a aparecer frente a ella, deteniéndose justo donde la luz de los focos lo iluminaba por completo. Sus ojos, de un gris acerado, la miraban con una intensidad que resultaba hipnótica.

—Porque no tiene elección, Gisele. Pero también —su tono se suavizó— porque no voy a hacerle daño. Eso se lo prometo. No soy un monstruo, aunque el decorado pueda sugerir lo contrario. Esto —señaló con el bastón las paredes, las correas, las cámaras— es mi forma de crear arte. Mi forma de capturar la esencia de personas extraordinarias como usted.

Gisele parpadeó, confundida.

—¿Personas extraordinarias? ¿Yo?

—Usted, sí. Llevo años siguiendo su carrera, Gisele. Tengo todas sus portadas, todas sus campañas. He viajado a Milán, a París, a Nueva York solo para verla desfilar. Usted no es una modelo más. Usted es… —hizo una pausa, buscando la palabra exacta—. Usted es la encarnación de la belleza clásica en el mundo moderno. Y yo, como coleccionista, necesito tener una pieza única de usted. Algo que nadie más tenga.

La explicación, lejos de tranquilizarla, aumentó su inquietud. Un admirador obsesivo. Un acosador con dinero. El peor de los escenarios posibles.

—Señor —dijo, intentando que su voz sonara firme—, le agradezco sus palabras, de verdad. Pero esto no es así. Si quiere una sesión exclusiva, podemos hacerlo de otra forma. Sin ataduras. Sin todo esto. Soy profesional, puedo darle lo que busca sin necesidad de…

—¿Sin necesidad de esto? —Viktor rió suavemente, un sonido cálido que contrastaba con la frialdad de la estancia—. Gisele, Gisele… usted no entiende. Esto no es un capricho. Esto es la esencia de la obra. Mire a su alrededor.

Ella obedeció, recorriendo con la mirada la habitación: las cámaras, los focos, la jaula, la rueda, las paredes de piedra, las sombras bailando en los rincones.

—¿Qué ve? —preguntó Viktor.

—Una… una mazmorra —respondió Gisele—. Un lugar de tortura.

—Exacto. Y ahora mírese a usted misma.

Gisele bajó los ojos. El vestido blanco, impoluto, cayendo en pliegues de seda sobre su cuerpo. Sus brazos extendidos, sus piernas abiertas, sus pies apenas rozando el suelo dentro de las sandalias de tiras. La imagen de una princesa secuestrada, de una doncella indefensa, de una heroína de cuento gótico.

—La belleza y la vulnerabilidad —dijo Viktor, como si le leyera el pensamiento—. La luz y la oscuridad. La libertad y el cautiverio. Eso es lo que voy a fotografiar. Y para eso, Gisele, necesito que esté exactamente así. Inmovilizada. Entregada. Sin posibilidad de escapar ni de fingir. Porque solo así, cuando no queda más remedio que aceptar la propia vulnerabilidad, surge la verdadera esencia de una persona.

Gisele sintió que las palabras de Viktor, por perturbadoras que fueran, tenían una lógica retorcida. Era cierto que en sus sesiones más convencionales siempre había un elemento de actuación, de pose consciente. Pero allí, atada a esa pared, no podía actuar. Solo podía ser.

—¿Y si me niego? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Viktor sonrió con tristeza.

—No puede negarse, Gisele. Está atada. Pero también —levantó una mano, con la palma abierta en un gesto de paz—, también le ofrezco mi palabra de que no la lastimaré. Esto es arte, no tortura. Aunque —sus ojos recorrieron la estancia— el marco pueda sugerir lo contrario.

Se acercó un paso más, hasta quedar a menos de un metro de ella. Gisele pudo percibir su olor: un perfume caro, de esos que solo usan los hombres con verdadero estilo. Sándalo, quizá, y algo cítrico.

—Voy a tomar unas fotografías de prueba —anunció Viktor—. Para ajustar la luz. Luego, si todo sale bien, comenzaremos la sesión propiamente dicha. ¿Me permite?

No esperó respuesta. Se dirigió a las cámaras, seleccionó una, y comenzó a ajustar los parámetros con la soltura de un profesional. Gisele lo observaba en silencio, preguntándose qué demonios hacía allí, cómo había llegado a ese punto, y sobre todo, cómo iba a salir de él.

El primer flash la cegó por un instante.

—Perfecta —murmuró Viktor detrás de la cámara—. Sencillamente perfecta.

Y Gisele, inmovilizada contra la pared, solo pudo cerrar los ojos y desear que todo fuera una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.

El eco del flash aún vibraba en el aire cuando Viktor dejó la cámara sobre una de las mesas cercanas. Lo hizo con cuidado, casi con reverencia, como si depositara un objeto sagrado. Luego se giró hacia ella, y Gisele vio algo diferente en sus ojos. Una chispa de curiosidad, de experimentación, que no había estado allí antes.

—Las pruebas han quedado magníficas —dijo, mientras se acercaba lentamente—. La luz resbala sobre la seda de una manera… etérea. Pero hay algo que me preocupa.

Gisele lo vio aproximarse y sintió cómo su cuerpo se tensaba instintivamente. Viktor se detuvo a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo a través de la fina tela del vestido.

—¿Qué… qué le preocupa? —preguntó ella, odiando el temblor en su voz.

—La naturalidad, Gisele. En las fotografías, usted está perfecta, como siempre. Pero hay una rigidez en sus brazos, en sus hombros… una tensión que delata que no está cómoda. Y yo necesito que esté relajada para capturar su verdadera esencia.

—Es difícil relajarse cuando una está atada a una pared —respondió Gisele con un deje de ironía que la sorprendió a ella misma.

Viktor sonrió, pero no dijo nada. En lugar de eso, levantó lentamente las manos. Gisele siguió el movimiento con los ojos, hipnotizada. Las manos de Viktor eran grandes, de dedos largos y uñas cuidadas, las manos de un hombre que nunca había trabajado físicamente pero que sabía usar sus extremidades con precisión.

—Permítame —dijo, y antes de que Gisele pudiera reaccionar, sus dedos se posaron sobre sus brazos.

El contacto fue suave, casi terapéutico. Viktor deslizó las yemas desde la parte alta de los brazos, justo debajo de los hombros, descendiendo lentamente por la cara interna. La piel de Gisele se erizó instantáneamente, pero no por el frío. Era una sensación extraña, una mezcla de cosquilleo y alerta que la recorrió como una corriente eléctrica.

Los dedos continuaron su descenso, avanzando centímetro a centímetro por esa zona tan sensible de la parte interior del brazo. Gisele contuvo la respiración, intentando no reaccionar, intentando mantener la compostura que había perfeccionado durante años en las pasarelas. Podía hacerlo. Podía soportarlo. Solo era un roce, nada más.

Pero entonces los dedos de Viktor alcanzaron el final del recorrido, justo donde el brazo se une con el torso, en esa cavación suave y vulnerable que son las axilas.

El efecto fue inmediato e incontrolable.

Gisele se estremeció por completo, un espasmo que recorrió todo su cuerpo y la hizo arquearse contra las correas. De su boca escapó un sonido que nunca había querido que nadie escuchara: una risa ahogada, mezclada con un gemido de protesta.

—¡NOOO!

La palabra salió disparada, más aguda de lo que ella pretendía, mientras su cuerpo se retorcía inútilmente contra las ataduras. Viktor retiró las manos al instante, pero sus ojos se habían abierto con una mezcla de sorpresa y fascinación.

—¿Gisele? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Tiene cosquillas?

Ella jadeaba, intentando recuperar el control, sintiendo cómo las mejillas se le encendían de vergüenza. Allí estaba, la modelo más cotizada del mundo, reducida a un manojo de nervios por un simple roce. Maldijo su maldita sensibilidad, maldijo a sus hermanos por haberle hecho esto, maldijo a Viktor por haberlo descubierto.

—Soy… —comenzó, buscando las palabras adecuadas—. Soy muy sensible. En las axilas. Es algo que no puedo controlar, lo siento.

—¿Sensible? —repitió Viktor, saboreando la palabra—. ¿O cosquilluda?

Gisele cerró los ojos un momento, respirando hondo. No podía negarlo. Él lo había visto, lo había sentido bajo sus dedos.

—Las dos cosas —admitió en voz baja—. Tengo… tengo muchas cosquillas. En las axilas, sí. Y en otros sitios.

Hubo un silencio. Cuando Gisele abrió los ojos, Viktor la estaba mirando con una expresión que no supo interpretar. No era burla, no exactamente. Era más bien la mirada de alguien que acaba de encontrar un tesoro inesperado.

—Fascinante —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Simplemente fascinante.

Dio un paso atrás y volvió a observarla, pero ahora de una manera diferente. Sus ojos recorrieron su cuerpo con una nueva atención, deteniéndose en las zonas que ella había mencionado: las axilas, sí, pero también el cuello, los costados, las caderas, los pies.

—¿En otros sitios, dice? —preguntó con suavidad—. ¿Dónde más, Gisele?

Ella negó con la cabeza instintivamente.

—No, por favor. No es algo de lo que me guste hablar. Es… es privado.

—Todo lo que ocurre aquí es privado —respondió Viktor—. Ésa es la gracia del arte exclusivo. Pero también, querida Gisele, el arte consiste en explorar los límites. En descubrir lo que hay más allá de la superficie. Y usted acaba de mostrarme una superficie que no conocía. Una capa más profunda de su ser.

Se acercó de nuevo, pero esta vez sus manos no la tocaron. Simplemente se colocó frente a ella, a escasa distancia, obligándola a sostenerle la mirada.

—Dígame —pidió—. ¿Dónde más es sensible? No para hacerle daño, sino para entenderla. Para capturarla en toda su complejidad.

Gisele sintió que las lágrimas amenazaban con asomar a sus ojos. No de tristeza, sino de frustración. De rabia contenida. De vergüenza acumulada durante años.

—Es una tontería —susurró—. No tiene importancia.

—Todo lo que le ocurre a una obra de arte tiene importancia —replicó Viktor con firmeza—. Y usted, Gisele, es una obra de arte. La más perfecta que he tenido el privilegio de contemplar. Así que, por favor, confíe en mí. Cuénteme.

Ella lo miró a los ojos, buscando algún indicio de burla, de perversión, de algo que justificara su resistencia. Pero solo encontró curiosidad genuina. Y quizá, solo quizá, un atisbo de admiración.

—Las axilas —comenzó, con voz apenas audible—. El cuello. Las orejas. Los costados. La barriga. Las caderas. Los muslos, por la parte de dentro.

Hizo una pausa. Viktor esperó, sin apartar la mirada.

—Y los pies —concluyó Gisele, cerrando los ojos—. Sobre todo los pies.

El silencio que siguió fue tan profundo que podía oír su propio corazón latiendo. Cuando volvió a abrir los ojos, Viktor sonreía. Pero no era una sonrisa cruel. Era la sonrisa de un artista que acaba de encontrar el tema perfecto para su próxima obra maestra.

—Gracias —dijo simplemente—. Por confiar en mí. Ahora, si me permite, me gustaría hacerle unas preguntas más. Sobre sus pies, concretamente. ¿Son tan sensibles como sus axilas?

Gisele tragó saliva. La conversación estaba tomando un rumbo que no le gustaba nada, pero ¿qué podía hacer? Estaba atada, sola, a merced de aquel hombre que, hasta ahora, se había comportado con una corrección inquietante.

—Más —admitió en un susurro—. Mucho más.

Viktor asintió lentamente, y sus ojos se posaron en los pies de Gisele, en esas sandalias de tiras que dejaban sus plantas al descubierto, en esos dedos perfectamente pintados que asomaban entre las correas de cuero.

—Entonces —dijo con una calma que helaba la sangre—, creo que tenemos mucho trabajo por delante. Pero no se preocupe. Será… una sesión inolvidable.

Las palabras de Viktor quedaron flotando en el aire como una promesa ominosa. Gisele lo vio alejarse hacia las cámaras y por un momento pensó que todo volvería a la normalidad, que el anciano se limitaría a fotografiarla y todo quedaría en una anécdota extraña pero superable.

Pero Viktor no tomó la cámara.

En lugar de eso, pasó de largo junto a los trípodes y se dirigió a una pequeña mesa auxiliar que Gisele no había notado antes. Sobre ella había un objeto que su cerebro tardó unos segundos en procesar: un taburete. Viktor lo tomó con una mano, apoyándose en el bastón con la otra, y lo colocó deliberadamente frente a ella, a poco más de un metro de distancia.

Luego, con una lentitud que resultaba casi teatral, se sentó.

—Vamos a empezar —anunció, apoyando el bastón contra el suelo y juntando las manos sobre las rodillas—. Pero antes, quiero que entienda una cosa, Gisele. Esto no es un castigo. No es una tortura. Es una exploración. Una forma de conocerla mejor, de descubrir esas capas de su ser que normalmente permanecen ocultas.

Gisele negó con la cabeza, forcejeando instintivamente contra las correas.

—No, por favor… Viktor, escuche, podemos hablar de esto. Podemos llegar a un acuerdo. Le pagaré lo que sea, el doble de lo que usted me ofreció, solo…

—¿Pagar? —Viktor rió suavemente—. Querida Gisele, yo no necesito dinero. Tengo más del que podría gastar en varias vidas. Lo que necesito, lo que siempre he necesitado, es algo que el dinero no puede comprar: autenticidad. Y usted, ahora mismo, está siendo más auténtica que en cualquiera de sus portadas de Vogue.

Se levantó del taburete con un movimiento más ágil de lo que su edad sugería y dio un paso hacia ella. Gisele contuvo la respiración, observando cómo sus manos se acercaban lentamente a su cuerpo.

—Ha mencionado la barriga —dijo Viktor con tono casi académico—. Los costados. Las costillas. Vamos a empezar por ahí. Quiero ver cómo reacciona su cuerpo al estímulo. Quiero escuchar sus sonidos. Quiero, en definitiva, conocer a la Gisele real.

Sus dedos se posaron sobre el vestido blanco, justo en la zona del estómago. Gisele sintió el contacto a través de la fina seda y su cuerpo se tensó como una cuerda de violín.

—No… por favor, no…

—Shhh —susurró Viktor—. Solo déjese llevar.

Y comenzó.

Sus dedos se movieron sobre la tela con una ligereza engañosa, trazando círculos lentos alrededor de su ombligo. Gisele sintió cómo una corriente eléctrica recorría su abdomen, cómo los músculos se contraían involuntariamente, cómo una risa nerviosa pugnaba por escapar de su garganta.

—Ja… ja… no, por favor…

Viktor no se detuvo. Sus dedos descendieron ligeramente, atacando la zona justo debajo del ombligo, esa franja hipersensible que Gisele conocía bien. El efecto fue inmediato: una carcajada, auténtica, incontrolable, escapó de sus labios.

—¡JAJAJAJA! ¡No, no, no, ahí no!

—¿Ahí? —preguntó Viktor con inocencia fingida—. ¿Justo aquí?

Sus dedos se movieron hacia un lado, recorriendo la curva de su cintura. Gisele se retorció contra las correas, sus caderas moviéndose inútilmente tratando de escapar del contacto. Las sandalias de tiras golpeaban el aire con cada espasmo, sus pies desnudos pataleando sin rumbo.

—¡JAJAJAJA! ¡Por favor! ¡No puedo!

—Pero si apenas estoy empezando —dijo Viktor, y sus dedos subieron repentinamente hacia las costillas.

Fue como si una descarga eléctrica recorriera todo su cuerpo. Las costillas de Gisele eran una de sus zonas más sensibles, y los dedos de Viktor, hábiles y precisos, encontraron inmediatamente los puntos exactos donde la piel era más fina y los nervios más expuestos. Arañó suavemente, con las uñas, recorriendo los espacios intercostales.

—¡JAJAJAJA NOOO! ¡JAJAJAJA POR FAVOR!

Gisele reía a carcajadas, su cuerpo retorciéndose en todas direcciones, los brazos tensando las correas, las piernas intentando cerrarse inútilmente. El vestido blanco, antes impoluto, se arrugaba y se movía con cada espasmo. Sus ojos, aquellos ojos azules que habían hipnotizado al mundo, estaban llenos de lágrimas de risa.

—¡JAJAJAJA DETENTE! ¡JAJAJAJA NO PUEDO MÁS!

—¿No puedes más? —Viktor sonrió, deteniéndose un instante—. Pero si llevamos solo treinta segundos. Y tenemos toda la noche por delante.

Gisele jadeaba, colgando de las correas, su pecho subiendo y bajando frenéticamente. El maquillaje comenzaba a resbalar ligeramente por las lágrimas, pero no le importaba. Solo quería que parara, que la desatara, que la dejara ir.

—Por favor —suplicó entre jadeos—. Se lo ruego. Le pagaré lo que sea. Haré lo que sea. Pero no me haga más cosquillas, no soporto…

Viktor inclinó la cabeza, observándola con curiosidad.

—¿No soporta? Pero si se está riendo. La risa es placer, Gisele. Su cuerpo disfruta aunque su mente se resista.

—¡No es placer! —protestó ella—. ¡Es horror! ¡Es perder el control! ¡Es sentirse vulnerable! ¡Yo odio las cosquillas!

—Ya —Viktor asintió, como si comprendiera—. Pero eso es precisamente lo interesante. Que algo que debería ser placentero se haya convertido en una fuente de angustia. ¿De dónde viene eso, Gisele? ¿Quién le hizo esto?

Ella negó con la cabeza, las lágrimas mezclándose ahora con la risa residual que aún sacudía su cuerpo.

—Mis hermanos —susurró—. Cuando era niña. Me sujetaban y me hacían cosquillas hasta que lloraba. Hasta que rogaba. Hasta que prometía cualquier cosa. Y no paraban. Nunca paraban.

Viktor guardó silencio un momento. Luego, con una suavidad sorprendente, levantó una mano y secó una lágrima de su mejilla.

—Eso no fue justo —dijo—. Los niños pueden ser crueles sin entenderlo. Pero yo no soy un niño, Gisele. Y lo que voy a hacer aquí no es por crueldad. Es por arte. Y también, quizá, por ayudarla a recuperar algo.

—¿Recuperar qué? —preguntó ella con voz temblorosa.

—El control. Porque cuando algo te asusta, la única forma de superarlo es enfrentarlo. Y esta noche, aquí, va a enfrentarse a sus miedos. Conmigo.

Gisele lo miró, buscando en sus ojos alguna señal de que estaba bromeando. Pero no. Viktor parecía completamente sincero. Y eso, de alguna manera, era aún más aterrador.

—Ahora —dijo él, frotándose las manos—. ¿Dónde estábamos? Ah, sí. Las costillas, creo. Pero quizá deberíamos probar otra zona. ¿Qué me dice de las axilas? Hemos visto que reaccionan bien…

—¡NO! —gritó Gisele, retorciéndose instintivamente—. ¡Por favor, no las axilas!

—¿No? —Viktor sonrió—. Entonces, exactamente ahí.

Y sus dedos se hundieron en ambas axilas a la vez, y Gisele perdió por completo la noción de quién era, dónde estaba, y por qué demonios había aceptado aquella maldita invitación.

La mansión se llenó de sus carcajadas.

Los dedos de Viktor se hundieron en ambas axilas con precisión quirúrgica, encontrando inmediatamente ese punto exacto donde la piel es más fina, más vulnerable, más expuesta. Gisele sintió como si mil agujas de placer nervioso recorrieran todo su cuerpo, una explosión sensorial que anuló cualquier pensamiento racional y la sumergió en un océano de risas incontrolables.

—¡NOOOOO! ¡JAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJA!

Su cuerpo se arqueó contra las correas, los brazos tensándose inútilmente mientras intentaba, sin éxito, proteger esas zonas prohibidas. Pero las ataduras eran firmes, implacables, y sus axilas quedaban completamente expuestas al ataque de Viktor, que movía los dedos con una destreza que sugería años de práctica en este tipo de exploraciones.

—Fascinante —murmuró Viktor mientras sus dedos danzaban—. La respuesta es inmediata, total. Mire cómo se retuerce, cómo ríe sin poder evitarlo. Esto es autenticidad pura, Gisele. Esto es usted sin filtros.

—¡JAJAJAJA QUE PARE! ¡JAJAJAJA NO AGUANTO!

Pero Viktor no paraba. Sus dedos cambiaban de ritmo, a veces lentos y profundos, arañando suavemente la piel a través de la seda, otras veces rápidos y ligeros, como plumas electrónicas que la volvían loca. Gisele reía, reía sin control, las carcajadas escapando de su garganta en oleadas que la dejaban sin aliento.

—¡JAJAJAJA DETENTE! ¡JAJAJAJA TE LO RUEGO!

—¿Rogando ya? —Viktor fingió sorpresa—. Pero si apenas llevamos un minuto. Y sus axilas parecen tener mucho que ofrecer todavía. Mire, mire cómo se contraen cuando mis dedos se acercan…

Era cierto. Cada vez que los dedos de Viktor se retiraban ligeramente, simulando un alto, las axilas de Gisele se contraían instintivamente, como si quisieran protegerse del ataque inminente. Pero Viktor no daba tregua; volvía una y otra vez, explotando esa anticipación que hacía las cosquillas aún más insoportables.

—¡JAJAJAJA NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJA ME VOY A MORIR!

—No va a morirse —la tranquilizó Viktor con ironía—. Morirse de risa no es posible, aunque lo parezca. Pero reconozco que está dando un espectáculo magnífico. Sus piernas, mire cómo patalean. Sus pies, esos pies de los que tanto me ha hablado, golpeando el aire dentro de esas sandalias tan elegantes.

Gisele no podía verlo, pero sabía que era cierto. Sus piernas se movían frenéticamente, las sandalias de tiras golpeando el vacío, los dedos de sus pies flexionándose y extendiéndose en una danza involuntaria. Cada carcajada sacudía todo su cuerpo, haciendo que el vestido blanco ondeara como la vela de un barco en tempestad.

—¡JAJAJAJA BASTA! ¡JAJAJAJA TE LO SUPLICO!

Viktor detuvo sus dedos un instante, permitiendo que Gisele recuperara el aliento. Ella colgó de las correas, jadeando, el pecho subiendo y bajando frenéticamente, las mejillas encendidas y húmedas por las lágrimas de risa.

—¿Sabes qué es lo más interesante de todo esto? —preguntó Viktor, inclinándose ligeramente para mirarla a los ojos—. Que tú odias esto. Lo odias con todas tus fuerzas. Y sin embargo, tu cuerpo responde. Tu cuerpo ríe. Tu cuerpo disfruta, aunque tu mente se resista. ¿No es contradictorio?

Gisele negó con la cabeza, incapaz aún de hablar.

—Dime —insistió Viktor—. ¿Qué sientes ahora mismo, en este preciso instante?

—Odio —susurró ella entre jadeos—. Odio esto. Odio sentirme así. Odio no poder controlarlo.

—¿Y si dejaras de intentar controlarlo? —propuso Viktor—. ¿Y si te permitieras simplemente sentir, sin juzgar, sin resistirte? ¿Qué pasaría entonces?

Antes de que pudiera responder, sus dedos volvieron a las axilas. Pero esta vez el ataque fue diferente. Más lento, más deliberado, casi hipnótico. Viktor trazaba círculos lentos en esas cavidades sensibles, a veces deteniéndose para presionar suavemente con la yema de los dedos, otras arañando apenas con las uñas.

—¡NOOO! ¡JAJAJAJAJA! —Gisele se retorció de nuevo, pero la risa tenía un matiz diferente ahora. Seguía siendo incontrolable, seguía siendo desesperada, pero había algo más… algo que no podía identificar.

—Escúchate —susurró Viktor mientras sus dedos continuaban su danza—. Escucha cómo ríes. Es hermoso. Es libre. Es el sonido más auténtico que he escuchado en años.

—¡JAJAJAJA NO PUEDO! ¡JAJAJAJA POR FAVOR!

—Sí puedes —insistió Viktor—. Puedes reír, puedes sentir, puedes simplemente… estar. Déjate ir, Gisele. Deja de luchar.

Y ella, sin saber muy bien cómo ni por qué, sintió que algo cedía en su interior. La risa seguía siendo la misma, las carcajadas seguían escapando sin control, pero la resistencia… la resistencia disminuyó ligeramente. Como si una parte de ella, esa parte que siempre estaba alerta, siempre controlando, siempre protegiéndose, se tomara un descanso.

Viktor lo notó. Sus dedos se hicieron más suaves, más acariciadores, explorando ahora los bordes de las axilas, las zonas cercanas pero no el centro mismo del huracán.

—Así —murmuró—. Así está mejor. ¿Ves? No duele. Solo sientes. Solo ríes. Solo eres.

Gisele reía, sí, pero las lágrimas que rodaban por sus mejillas ya no eran solo de risa. Había algo más, algo que no sabía explicar. Una mezcla de vergüenza, de alivio, de rendición. De entrega.

—Ahora —dijo Viktor, deteniéndose de nuevo—. Vamos a probar otra zona. ¿Recuerdas que mencionaste los pies? Me muero de ganas por conocerlos.

Gisele sintió que el mundo se detenía.

—No —susurró—. Por favor. Cualquier cosa menos mis pies.

Viktor sonrió, y en sus ojos había una luz que Gisele no supo interpretar.

—Cualquier cosa, dices. Pero resulta que tus pies son exactamente lo que más curiosidad me da. Así que…

Se levantó del taburete y caminó lentamente hacia sus pies. Gisele sintió cómo el terror la invadía, un terror diferente al de antes. Más profundo. Más primitivo.

—No, Viktor, te lo ruego. Mis pies no. Mis pies son…

—Ya lo sé —la interrumpió con suavidad—. Son tu punto más débil. Tu talón de Aquiles. Y por eso mismo, son la llave.

—¿La llave de qué?

Viktor se arrodilló frente a ella, frente a esos pies perfectos enmarcados en las sandalias de tiras, y levantó la mirada hacia sus ojos azules, brillantes de lágrimas y miedo.

—La llave de tu libertad, Gisele. La libertad de dejar de temerle a algo que, en el fondo, es solo una sensación. Pero para eso, primero tienes que enfrentarlo. Conmigo.

Y sus manos se alzaron hacia las sandalias, hacia las tiras que las sujetaban a sus tobillos, hacia los pies que ella había protegido durante tanto, tanto tiempo.

—No —susurró Gisele—. No, por favor…

Pero Viktor ya estaba desatando la primera tira.

Viktor se sentó en el suelo con la parsimonia de quien tiene toda la noche por delante. A pesar de su edad y del bastón del que se ayudaba, sus movimientos eran precisos, deliberados, como los de un cirujano que se prepara para una intervención delicada. Gisele lo observaba desde arriba, colgando de las correas, sintiendo cómo cada segundo que pasaba aumentaba la tensión en su pecho.

—Por favor —susurró una vez más, aunque sabía que era inútil—. Viktor, se lo ruego. Cualquier cosa menos mis pies.

Él no respondió. Simplemente alzó la vista y le dedicó una sonrisa tranquila, casi paternal, mientras sus manos se acercaban al tobillo izquierdo. Con una delicadeza sorprendente para alguien de sus manos, comenzó a desatar las finas tiras de la sandalia.

El primer roce del cuero contra su piel hizo que Gisele contuviera la respiración. La tira se aflojó, luego la siguiente, y de repente sintió cómo el pie quedaba liberado del calzado. El aire fresco de la habitación acarició su empeine, sus dedos, la planta desnuda que ahora colgaba a escasos centímetros del suelo.

Viktor dejó la sandalia a un lado, con el mismo cuidado con que habría depositado una joya valiosa. Luego tomó el pie izquierdo de Gisele entre sus manos, sujetándolo con firmeza pero sin brusquedad. Ella sintió el calor de sus palmas contra la piel, la textura de sus dedos rodeando el empeine, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

—Qué pie tan perfecto —murmuró Viktor, casi para sí mismo—. Largo, elegante, proporcionado. Y esta planta… —deslizó un dedo suavemente por el arco, provocando una sacudida instantánea en Gisele—. Tan suave. Tan vulnerable. Tan… sensible.

—No —jadeó Gisele, intentando instintivamente retirar el pie, pero la correa del tobillo se lo impedía, manteniéndolo firmemente en su sitio—. Viktor, por favor, te lo suplico…

—Shhh —susurró él—. Solo vamos a empezar. Quiero conocerte, Gisele. Quiero conocer esta parte de ti que has escondido durante tanto tiempo.

Y entonces, sus dedos se hundieron en la planta.

No fue un roce tímido ni una caricia exploratoria. Fue un ataque directo, deliberado, implacable. Los dedos de Viktor se movieron sobre la piel hipersensible con una rapidez y precisión que sugerían que sabía exactamente lo que hacía. Comenzó por el talón, arañando suavemente con las uñas esa zona donde la piel es más gruesa pero no por ello menos sensible, y luego ascendió lentamente hacia el arco.

El efecto fue instantáneo y devastador.

—¡¡¡NOOOOO!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA!!! ¡¡¡POR FAVOR!!!

La carcajada de Gisele explotó en el silencio de la habitación como un trueno. Todo su cuerpo se arqueó contra las correas, los brazos tensándose, las piernas intentando cerrarse inútilmente. Pero Viktor sostenía su pie con firmeza, inmovilizándolo, y sus dedos continuaban su danza infernal sobre esa planta que nunca, jamás, debería haber quedado expuesta.

—¡JAJAJAJAJAJA NOOOO! ¡JAJAJAJAJA MIS PIES NO!

—Tus pies sí —corrigió Viktor con calma, sin detener el movimiento de sus dedos—. Precisamente tus pies. Mira cómo reaccionan. Mira cómo se contraen, cómo intentan escapar. Es fascinante.

Sus dedos se concentraron ahora en el arco, esa zona cóncava y supersensible que hacía que Gisele perdiera la cabeza. Trazó círculos lentos al principio, luego rápidos, a veces presionando, a veces arañando apenas con las uñas. Cada movimiento arrancaba una nueva explosión de risas histéricas de la garganta de la modelo.

—¡JAJAJAJAJAJA DETENTE! ¡JAJAJAJAJA NO PUEDO MÁS!

—¿No puedes más? —Viktor fingió sorpresa—. Pero si apenas estoy empezando. Mira, mira qué fácil es hacerte reír. Un simple roce aquí… —sus dedos acariciaron el borde externo del pie—. O aquí… —se deslizaron hacia el centro del arco—. O aquí…

Sus uñas recorrieron lentamente toda la longitud de la planta, desde el talón hasta la base de los dedos. Gisele chilló, rió, suplicó, todo al mismo tiempo, su cuerpo retorciéndose en espasmos incontrolables. Las lágrimas corrían por sus mejillas arruinando el maquillaje, su cabello rubio se había desprendido de las ondas perfectas y caía revuelto sobre sus hombros, el vestido blanco estaba completamente arrugado.

—¡JAJAJAJAJAJA TE LO RUEGO! ¡JAJAJAJAJA NO AGUANTO!

—Pero si estás aguantando perfectamente —señaló Viktor—. Mira, sigues riendo, sigues reaccionando. Tu cuerpo responde maravillosamente. Dime, Gisele, ¿siempre han sido así tus pies? ¿Tan sensibles que cualquier roce te vuelve loca?

—¡SÍ! ¡JAJAJAJAJAJA SÍ! ¡SIEMPRE!

—¿Y nunca has permitido que nadie los tocara?

—¡NO! ¡JAJAJAJAJAJA SOLO DE NIÑA MIS HERMANOS!

Viktor asintió, como si esa información confirmara algo que ya sospechaba. Sus dedos disminuyeron ligeramente la intensidad, pero no se detuvieron. Ahora trazaba espirales lentas en el centro de la planta, un tormento diferente pero igualmente efectivo.

—Tus hermanos —repitió—. Ellos te hacían esto, ¿verdad? Te sujetaban y te atacaban los pies hasta que llorabas.

—¡SÍ! ¡JAJAJAJAJAJA HASTA QUE ROGABA!

—Y ahora yo estoy haciendo lo mismo. Pero con una diferencia, Gisele.

Ella no podía responder, sumergida en un mar de risas y lágrimas, pero sus ojos interrogaban a Viktor a través de la cortina de cabello revuelto.

—Yo no quiero hacerte llorar de dolor o de humillación —explicó él, mientras sus dedos continuaban su lento tormento—. Yo quiero que descubras que esto, esto que tanto temes, puede ser otra cosa. Puede ser… placentero. Si te dejas llevar.

—¡NO ES PLACENTERO! ¡JAJAJAJAJAJA ES HORRIBLE!

—¿Segura? —Viktor sonrió, y sus dedos se detuvieron un instante—. Dime una cosa: ¿duele?

Gisele jadeó, recuperando el aliento entrecortadamente.

—¿Qué?

—¿Duele? —repitió Viktor—. Lo que sientes ahora mismo, en tus pies, en tu cuerpo… ¿duele?

Ella parpadeó, confundida. Las lágrimas seguían rodando, su pecho seguía agitado, pero… no, no dolía. Nunca había dolido. Esa era la cuestión. Las cosquillas no duelen. Simplemente… le hacían perder el control.

—No —admitió en un susurro—. No duele.

—Entonces —Viktor inclinó la cabeza—, ¿qué es lo que tanto temes? ¿La pérdida de control? ¿El sentirte vulnerable? ¿El que alguien vea esta parte de ti que escondes?

Antes de que pudiera responder, sus dedos volvieron a la carga. Pero esta vez con una intensidad renovada, atacando sin piedad toda la superficie de la planta. El talón, el arco, la zona bajo los dedos, los bordes… Viktor exploraba cada centímetro de ese pie hipersensible con la dedicación de un cartógrafo trazando un mapa desconocido.

—¡JAJAJAJAJAJA NOOOO OTRA VEZ NO! ¡JAJAJAJAJAJA POR FAVOR!

—Otra vez sí —confirmó Viktor—. Y otra, y otra. Hasta que entiendas, Gisele. Hasta que aceptes. Hasta que dejes de luchar.

Las carcajadas de Gisele llenaban la habitación, rebotando en las paredes de piedra, mezclándose con el sonido de sus propios sollozos de risa. Su pie izquierdo, prisionero de las manos de Viktor, se retorcía inútilmente, los dedos flexionándose y extendiéndose en espasmos involuntarios. La planta, esa superficie de pesadilla, recibía una y otra vez el ataque de aquellos dedos implacables que no daban tregua.

—¡JAJAJAJAJAJA ME RINDO! ¡JAJAJAJAJAJA TE LO SUPLICO!

—¿Te rindes? —Viktor sonrió—. Pero si aún no hemos terminado con este pie. Y luego, recuerda, queda el otro.

Gisele sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. El otro pie. El derecho. También descalzo, también vulnerable, también esperando su turno.

—No —gimió entre risas—. No, el otro no, por favor…

—Veremos —respondió Viktor, sin detener sus dedos ni un segundo—. Veremos cómo te portas con este.

Y continuó, implacable, mientras la noche se extendía interminable sobre la mansión en el bosque.

Gisele aún no se había recuperado del ataque al pie izquierdo cuando sintió que la mano de Viktor soltaba su tobillo. Por un instante, una chispa de esperanza se encendió en su pecho. ¿Había terminado? ¿Se apiadaría de ella?

Pero Viktor no se levantó. Simplemente desplazó su atención hacia el otro lado, hacia ese pie derecho que aún permanecía prisionero dentro de la sandalia de tiras, esperando su turno con la paciencia de una víctima que sabe su destino inevitable.

—No —gimió Gisele, su voz quebrada por las carcajadas residuales que aún sacudían su cuerpo—. No, Viktor, por favor… el otro no… no puedo…

—¿No puedes? —Viktor levantó la vista hacia ella, sus ojos grises brillando con una mezcla de curiosidad y determinación—. Pero si apenas hemos empezado a conocernos. Este pie izquierdo me ha contado ya algunas cosas sobre ti, pero estoy seguro de que el derecho tiene sus propios secretos.

Sus manos se cerraron alrededor del tobillo derecho, y Gisele sintió cómo el pánico se apoderaba de ella. Las tiras de la sandalia cedieron una a una con la misma delicadeza quirúrgica de antes. Primero la que rodeaba el tobillo, luego las que cruzaban el empeine, finalmente las que separaban los dedos. Cada tira que se soltaba era un latido más en la tormenta que se avecinaba.

—Por favor —suplicó Gisele, sus ojos azules empañados por las lágrimas—. Te daré lo que quieras. Dinero, joyas, lo que sea. Solo no hagas esto.

Viktor negó con la cabeza, casi con tristeza.

—Gisele, Gisele… ¿cuántas veces tendré que repetírtelo? No quiero tu dinero. No quiero tus joyas. Quiero esto. Quiero verte, conocerte, entenderte. Y para eso, necesito que confíes en mí.

—¡Pero no confío en ti! —explotó ella, un destello de su carácter habitual asomando entre la vulnerabilidad—. ¡Me tienes atada contra mi voluntad y me estás haciendo cosquillas en los pies! ¿Cómo voy a confiar en alguien que hace esto?

Viktor se tomó un momento para considerar la pregunta. La sandalia derecha cayó al suelo con un suave golpe, dejando el pie completamente desnudo y expuesto.

—Tienes razón —admitió—. No he hecho nada para ganarme tu confianza. Pero piensa en esto: podría haberte hecho daño. Podría haberte golpeado, humillado de otras formas. No lo he hecho. Solo te he hecho reír. Solo he explorado tu cuerpo con mis manos, sin causarte dolor. ¿Eso no cuenta para nada?

Gisele quiso responder, quiso gritarle que no, que lo que estaba haciendo era igual de malo, pero entonces sintió la mano de Viktor cerrarse alrededor de su pie derecho y todas las palabras se congelaron en su garganta.

—Ahora —dijo él con calma—, prestemos atención a este.

Sus dedos se posaron sobre la planta derecha con una suavidad engañosa. Gisele contuvo la respiración, cada músculo de su cuerpo tenso como una cuerda de violín. Viktor recorrió lentamente la superficie con la yema de los dedos, como si estuviera leyendo un mapa en Braille, explorando cada curva, cada pliegue, cada centímetro de esa piel hipersensible.

—Interesante —murmuró—. Parece igual de sensible que el izquierdo. Quizá incluso un poco más aquí, en el arco… ¿ves? Cuando toco justo aquí…

Sus dedos presionaron ligeramente el centro del arco, y Gisele sintió cómo una descarga eléctrica recorría todo su cuerpo. Una risa nerviosa escapó de sus labios, un presagio de lo que estaba por venir.

—No —susurró—. Por favor, no…

—Sí —respondió Viktor, y comenzó.

Esta vez no hubo exploración gradual ni caricias tentativas. Viktor atacó la planta derecha con la misma intensidad que había dedicado a la izquierda, pero con una ventaja adicional: ahora conocía mejor el terreno. Sus dedos se movieron con una precisión mortal, encontrando inmediatamente los puntos más sensibles, aquellos que hacían que Gisele perdiera por completo la compostura.

—¡¡¡NOOOO!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA!!! ¡¡¡OTRA VEZ NO!!!

La reacción fue instantánea y devastadora. El cuerpo de Gisele se arqueó contra las correas, sus brazos tensándose al máximo, sus piernas intentando cerrarse inútilmente. Pero Viktor sostenía su pie con firmeza, inmovilizándolo, y sus dedos no daban tregua.

—¡JAJAJAJAJAJA DETENTE! ¡JAJAJAJAJAJA NO PUEDO CON LOS DOS!

—No tienes que poder —señaló Viktor con calma mientras sus dedos arañaban el talón—. Solo tienes que sentir. Y estás sintiendo, ¿verdad? Estás sintiendo cada roce, cada caricia, cada pequeño movimiento de mis dedos sobre esta planta tan, tan sensible.

Como para demostrarlo, deslizó las uñas lentamente desde el talón hasta los dedos, un recorrido de infierno que arrancó un alarido de risa histérica de Gisele.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA AHHH!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA POR FAVOR!!!

—¿Por favor qué? —preguntó Viktor, sin detenerse—. ¿Por favor más rápido? ¿Por favor más lento? Dime, Gisele, ¿cómo quieres que te haga cosquillas?

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA QUE PARE!!!

—Eso no es una opción —respondió él con una sonrisa—. Pero puedes elegir cómo. ¿Quieres que me concentre en los dedos? ¿En el arco? ¿En el talón? Tú decides.

Gisele no podía decidir nada. Su cerebro era una sopa de carcajadas y desesperación, incapaz de formar un pensamiento coherente. Lo único que existía era la sensación de esos dedos implacables recorriendo su planta derecha, y el eco de su propia risa llenando la habitación.

Viktor, fiel a su palabra, comenzó a experimentar. Atacó los dedos uno por uno, rodeándolos con sus dedos y haciendo cosquillas entre ellos, esa zona que Gisele ni siquiera sabía que podía ser tan sensible hasta que sintió las carcajadas brotar aún más fuertes. Luego se concentró en el talón, arañando la piel más gruesa con las uñas, un tormento diferente pero igualmente efectivo. Después volvió al arco, al punto exacto que hacía que Gisele perdiera el control por completo.

—¡JAJAJAJAJAJA YA BASTA! ¡JAJAJAJAJAJA ME VOY A MORIR!

—No te vas a morir —la tranquilizó Viktor—. Pero mira qué bien ríes. Mira cómo tu cuerpo responde. ¿No es increíble? Todo este tiempo escondiendo estos pies, y resulta que son una fuente inagotable de… expresividad.

Gisele reía, reía sin parar, las lágrimas cayendo en cascada por sus mejillas, su cabello rubio completamente revuelto, el vestido blanco hecho un desastre. Colgaba de las correas como una muñeca rota, sus dos pies ahora prisioneros de las manos de Viktor, que alternaba entre el izquierdo y el derecho sin darle un segundo de tregua.

—Y pensar —continuó Viktor, casi conversacionalmente, mientras sus dedos no dejaban de moverse— que todo esto ha estado escondido durante años. Que en todas esas portadas de Vogue, en todas esas pasarelas de Milán y París, nadie sabía que bajo esas sandalias de diseño se escondía el secreto mejor guardado de la moda internacional.

—¡JAJAJAJAJAJA CÁLLATE! ¡JAJAJAJAJAJA NO PUEDO MÁS!

—¿Que me calle? —Viktor fingió sorpresa—. Pero si solo intento hacer la conversación más amena. Mira, te propongo un juego: por cada vez que me pidas que pare, haré cosquillas diez segundos más. ¿Qué te parece?

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA ERES UN MONSTRUO!!!

—Eso no es pedir que pare —señaló Viktor—. Pero si quieres, podemos contar las próximas como peticiones…

Y sus dedos redoblaron la intensidad, atacando ambas plantas simultáneamente, un tormento doble que sumió a Gisele en un océano de risas del que no había escapatoria posible.

Viktor había encontrado su paraíso particular.

Sentado en el suelo de aquella inmensa habitación, con la espalda apoyada contra el muro de piedra y los dos pies de Gisele prisioneros entre sus manos, ofrecía la imagen de un hombre completamente absorto en su tarea. Sus dedos, aquellos dedos largos y precisos de coleccionista de arte, se movían sobre las plantas de la modelo con la devoción de un pianista interpretando su obra favorita.

—Es increíble —murmuró, más para sí mismo que para ella—. La textura de tu piel, la forma en que cada centímetro responde de manera diferente… Esto es un mapa del tesoro, Gisele. Un mapa que estoy descubriendo palmo a palmo.

Gisele no podía responder. Sus carcajadas llenaban la estancia sin pausa, un torrente ininterrumpido de risas, gritos y súplicas que se mezclaban en una sinfonía de desesperación. Colgaba de las correas como una marioneta cuyas cuerdas hubieran sido sacudidas por un terremoto, su cuerpo moviéndose en espasmos continuos, sus brazos tensos, sus piernas intentando cerrarse inútilmente.

—¡JAJAJAJAJAJA NO PUEDO! ¡JAJAJAJAJAJA YA NO MÁS!

—¿Ya no más? —Viktor sonrió, deteniéndose apenas un instante—. Pero si apenas estamos conociéndonos. Déjame mostrarte algo.

Tomó el pie izquierdo con una mano y el derecho con la otra, y comenzó un movimiento sincronizado: sus pulgares trazaban círculos lentos en los centros de ambas plantas mientras los otros dedos acariciaban los bordes externos. El efecto fue inmediato y devastador.

—¡¡¡NOOOO!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA ASÍ NO!!!

—¿Así no? —Viktor fingió confusión—. ¿Prefieres así?

Cambió la técnica: ahora arañaba suavemente con las uñas desde los talones hasta los dedos, un movimiento lento y deliberado que hacía que Gisele contuviera la respiración anticipando el recorrido, para luego explotar en carcajadas cuando las uñas alcanzaban las zonas más sensibles.

—¡JAJAJAJAJAJA DETENTE! ¡JAJAJAJAJAJA ME VUELVES LOCA!

—Esa es la idea —respondió Viktor con satisfacción—. Volverte loca de risa. Descubrir hasta dónde puede llegar tu cuerpo. Mira, mira cómo se mueven tus dedos…

Era cierto. Los dedos de los pies de Gisele se flexionaban y extendían sin control, como pequeños animales intentando escapar del tormento. Viktor aprovechó para atrapar uno con sus dedos, el dedo gordo del pie izquierdo, y comenzó a masajearlo suavemente, rodeándolo, acariciando la base, deslizando la uña por el lateral.

El chillido de Gisele atravesó la habitación.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA ESO NO!!! ¡¡¡AHÍ TAMPOCO!!!

—¿Aquí también? —Viktor fingió sorpresa—. ¿Hasta los dedos individuales son sensibles? Pero esto es un descubrimiento arqueológico, Gisele. Una auténtica excavación de tesoros.

Soltó el dedo gordo y pasó al siguiente, el índice, repitiendo la operación. Luego al corazón, al anular, al meñique. Cada dedo recibía su dosis de cosquillas, cada uno arrancaba un nuevo torrente de risas descontroladas. Gisele reía, reía sin parar, las lágrimas formando ríos negros de rímel por sus mejillas, su cabello rubio pegado a la frente sudorosa.

—¡JAJAJAJAJAJA POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJA NO PUEDO CON TANTO!

—Pero si estás aguantando maravillosamente —la animó Viktor—. Mira qué bien respondes. Tus pies son una obra de arte viviente. Cada vez que los toco, crean música. Escucha… —deslizó las uñas rápidamente por ambas plantas—. Esa carcajada aguda… y ahora esta… —cambió a círculos lentos en los arcos—. Más grave, más profunda. Tu cuerpo es un instrumento, Gisele. Y yo estoy aprendiendo a tocarlo.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA NO SOY UN INSTRUMENTO!!!

—Todos lo somos —sentenció Viktor—. La cuestión es quién aprende a tocarnos y qué música saca de nosotros.

Cambió de nuevo la técnica. Ahora sus dedos se movían erráticamente, sin patrón fijo, saltando de un punto a otro de las plantas, impredecibles, imposibles de anticipar. Gisele no sabía dónde iba a atacar el siguiente segundo, y esa incertidumbre multiplicaba su desesperación.

—¡JAJAJAJAJAJA NO SEAS CRUEL! ¡JAJAJAJAJAJA ASÍ ES PEOR!

—¿Peor? ¿O mejor? —Viktor sonrió—. Desde mi punto de vista, es fascinante. Tu cuerpo intenta anticipar, pero no puede. Tus pies se retuercen buscando protegerse, pero no hay protección posible. Estás completamente expuesta, completamente vulnerable, completamente… viva.

Sus dedos se detuvieron un instante, permitiendo que Gisele recuperara el aliento entre jadeos. Pero no soltó los pies. Los mantuvo prisioneros, acariciándolos suavemente, casi con ternura, mientras ella intentaba recomponerse.

—Dime una cosa —preguntó Viktor, con auténtica curiosidad—. ¿Cuánto tiempo crees que podrías aguantar esto? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Toda la noche?

Gisele negó con la cabeza, incapaz de hablar.

—Porque yo —continuó él— tengo toda la noche. Y el día de mañana. Y el siguiente. No hay prisa, Gisele. Podemos tomarnos todo el tiempo que necesitemos para conocernos.

—Eres… —jadeó ella entre respiraciones entrecortadas—. Eres un monstruo.

—Ya me lo has dicho antes. Y sin embargo, aquí sigues, riendo. Aquí están tus pies, esperando más. ¿Ves? Tu cuerpo no cree que sea un monstruo. Tu cuerpo quiere más.

—¡NO QUIERE!

—¿Segura? —Viktor sonrió, y sus dedos comenzaron de nuevo, lentamente, acariciando apenas las plantas con las yemas—. Porque mira cómo reaccionan. Mira cómo se estremecen. Mira cómo esperan.

Gisele sintió que perdía la cabeza. La sensación de esas caricias suaves, casi inexistentes, era en cierto modo peor que los ataques directos. Era una promesa, una amenaza, un preludio de lo que estaba por venir. Sus pies se contraían intentando escapar, pero Viktor los sostenía con firmeza, obligándolos a recibir cada roce.

—Por favor —susurró—. No más suave. No soporto lo suave.

—¿Ah, no? —Viktor arqueó una ceja—. Entonces, ¿prefieres así?

Y sus dedos se volvieron implacables de nuevo, atacando sin piedad, arañando, pellizcando, masajeando, haciendo de todo y de nada al mismo tiempo. Las carcajadas de Gisele explotaron con renovada fuerza, llenando la habitación, rebotando en las paredes de piedra, creando una sinfonía de risas y súplicas que Viktor escuchaba con la satisfacción del artista que contempla su obra maestra.

—¡JAJAJAJAJAJA ME RINDO! ¡JAJAJAJAJAJA TE LO RUEGO!

—¿Te rindes? —Viktor negó con la cabeza—. Rendirse implica que hay una batalla. Pero esto no es una batalla, Gisele. Es una exploración. Es un descubrimiento. Es… un festín.

Y dicho esto, hundió sus dedos en ambas plantas con renovado entusiasmo, decidido a saborear cada instante de aquel banquete sensorial que los pies de Gisele le ofrecían.

Viktor dejó de hablar.

Simplemente se sumergió en su tarea con la concentración de un artesano entregado a su oficio. Sus dedos se movían sobre las plantas de Gisele con una velocidad y precisión que parecían imposibles para un hombre de su edad, como si años de contemplar arte desde la distancia hubieran acumulado en él una energía contenida que ahora, por fin, encontraba cauce.

Gisele sintió el cambio inmediatamente. Hasta ese momento, las pausas de Viktor para conversar habían sido pequeños oasis donde recuperar el aliento, instantes de tregua en medio del tormento. Pero ahora no había tregua. Ahora solo había dedos.

Muchos dedos.

Dedos que arañaban, que masajeaban, que trazaban círculos, que ascendían y descendían, que se detenían un instante para luego arremeter con más fuerza. Dedos que encontraban cada punto vulnerable y se ensañaban en él. Dedos que no daban respiro.

—¡JAJAJAJAJAJA NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJA YA BASTA!

Pero Viktor no respondía. Sus ojos grises, fijos en los pies de Gisele, brillaban con una luz que podía ser fascinación, obsesión o simplemente el placer del descubrimiento. Sus manos trabajaban sin descanso, alternando el pie izquierdo y el derecho, a veces atacando los dos a la vez, otras concentrándose en uno mientras el otro esperaba, temblando, el turno inevitable.

—¡JAJAJAJAJAJA POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJA NO PUEDO MÁS!

El silencio de Viktor era más aterrador que cualquier respuesta. Gisele reía, reía sin parar, las carcajadas brotando de su garganta en oleadas que la dejaban sin aliento. Sus pulmones ardían, sus mejillas estaban empapadas en lágrimas, su cabello rubio era una maraña pegada a la frente y el cuello. El vestido blanco, antes impoluto, era ahora un trapo arrugado y humedecido por el sudor.

Pero Viktor no paraba.

Sus dedos encontraron el punto exacto bajo los dedos del pie izquierdo, esa pequeña almohadilla de piel que en Gisele era un volcán de sensibilidad. Arañó allí una y otra vez, con las uñas, con las yemas, con los nudillos. Gisele chilló, un sonido agudo que no sabía que podía emitir, mezcla de risa histérica y súplica desesperada.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA AHHH!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA AHÍ NO!!!

Viktor, imperturbable, cambió al pie derecho. Esta vez atacó el arco, esa curva perfecta que hacía que Gisele perdiera la cabeza con solo un roce. Pero no fue un roce. Fue un masaje profundo, circular, implacable, que arrancó de ella un torrente de risas aún más intenso.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA DETENTE!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA ME VUELVES LOCA!!!

La locura. Sí, eso era lo que Gisele empezaba a sentir. Una sensación de que su mente se desdibujaba, de que los límites entre ella y el mundo exterior se difuminaban. Solo existían sus pies, y los dedos de Viktor, y la risa que brotaba de algún lugar profundo que no podía controlar.

Sus brazos, tensos contra las correas, comenzaron a temblar por el esfuerzo. Sus piernas, abiertas e inmóviles, solo podían moverse de cintura para abajo, y lo hacían sin control, intentando escapar de algo imposible de esquivar. Sus pies, aquellos pies malditos que habían sido su secreto mejor guardado, estaban completamente a merced de Viktor, y Viktor no mostraba piedad.

El tiempo perdió significado.

Gisele no sabía si llevaban minutos u horas. El mundo se había reducido a la sensación de esos dedos implacables recorriendo sus plantas una y otra vez, encontrando siempre nuevos puntos que atacar, nuevas formas de hacerla reír. Las carcajadas se habían vuelto un sonido continuo, un telón de fondo de su existencia, interrumpido solo por jadeos cuando Viktor cambiaba de pie y le concedía un segundo para respirar.

—¡JAJAJAJA… JAJAJAJA… JAJAJAJA…!

Ya no formaba palabras. Ya no podía suplicar. Solo reír, reír sin parar, mientras las lágrimas corrían y su cuerpo se retorcía en espasmos involuntarios. Sus dedos se flexionaban y extendían sin control, sus tobillos giraban intentando liberarse, todo su ser era un campo de batalla donde la risa había vencido.

Viktor, sentado en el suelo, observaba el espectáculo con una sonrisa de satisfacción. Sus manos no descansaban. Había encontrado un ritmo, una cadencia, una forma de atacar que maximizaba las reacciones de Gisele. Sabía cuándo presionar, cuándo arañar, cuándo acelerar, cuándo ralentizar para que la anticipación volviera aún más intenso el ataque.

Gisele sintió que algo dentro de ella se rompía. No dolorosamente, sino como una barrera que cede ante una presión insostenible. La risa se volvió más profunda, más primitiva, más inconsciente. Ya no era Gisele la modelo, la estrella, la mujer de hielo. Era solo un cuerpo que reía, unos pies que sufrían el delicioso tormento, una garganta que emitía sonidos sin control.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

El grito de risa se prolongó hasta quedarse sin aire. Gisele jadeó, intentando llenar los pulmones, pero Viktor no esperó. Sus dedos volvieron al ataque en cuanto ella inspiró, y la risa explotó de nuevo, más fuerte, más desesperada.

—¡JAJAJAJA… JAJAJAJA… NO… JAJAJAJA… MÁS…!

Las palabras, cuando lograba formarlas, eran fragmentos inconexos. Su cerebro solo podía procesar la sensación abrumadora de las cosquillas, la necesidad imposible de que pararan, la certeza igualmente imposible de que nunca lo harían.

Viktor sonrió y redobló el ataque. Ahora usaba ambas manos en el mismo pie, una sujetando el tobillo mientras la otra trabajaba la planta sin descanso. Luego cambiaba, dejando que el pie libre temblara en el aire anticipando su turno. Luego atacaba los dos a la vez, sincronizado, un tormento doble que hacía que Gisele perdiera completamente la noción de dónde terminaba un pie y empezaba el otro.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

La risa era ahora un continuum, un estado permanente. Gisele colgaba de las correas como un trapo, sus músculos tan agotados que apenas podía mantener la postura. Pero Viktor no necesitaba que ella hiciera nada. Solo necesitaba sus pies. Y sus pies seguían ahí, igual de sensibles, igual de vulnerables, igual de incapaces de escapar.

El sadismo de Viktor no era cruel en el sentido de causar dolor. Era cruel en su insistencia, en su negativa a conceder tregua, en su determinación de llevar a Gisele más allá de sus límites. Quería ver hasta dónde podía llegar, cuánta risa podía soportar su cuerpo antes de que la mente simplemente… se apagara.

Y Gisele, perdida en ese océano de cosquillas, comenzaba a sentirse cerca de ese punto. La risa seguía brotando, automática, incontrolable, pero su conciencia se volvía difusa, como si observara la escena desde fuera, como si no fuera a ella a quien esos dedos implacables estaban volviendo loca a base de cosquillas.

Viktor lo notó. Vio la mirada perdida de Gisele, la forma en que su cuerpo se abandonaba a las cosquillas sin ofrecer ya resistencia. Y sonrió.

—Ya casi —murmuró, aunque ella no podía oírle—. Ya casi llegamos.

Y siguió. Una y otra vez. Sin pausa. Sin piedad. Hasta que Gisele fue solo risa, solo pies, solo cosquillas. Hasta que no quedó nada más.

Viktor se puso en pie con la lentitud de quien ha pasado mucho tiempo en una posición incómoda. Sus rodillas crujieron ligeramente al enderezarse, y por un momento apoyó todo su peso en el bastón mientras recuperaba el equilibrio. Pero sus ojos, esos ojos grises que habían contemplado sin piedad el tormento de los pies de Gisele, seguían brillando con la misma intensidad.

Gisele colgaba de las correas, jadeando, su cuerpo sacudido aún por espasmos residuales de risa. Los pies, esos pobres pies que habían soportado el ataque implacable, colgaban inertes, los dedos aún temblorosos. Por un instante, ella creyó que había terminado. Que Viktor, satisfecho con su exploración, le concedería un respiro.

Pero Viktor se acercó a ella.

—Los pies —dijo, como si retomara una conversación interrumpida— son solo el principio. Tú misma lo admitiste: todo tu cuerpo es sensible. Y yo soy un coleccionista muy completo.

Gisele abrió los ojos, aquellos ojos azules enrojecidos por las lágrimas y enmarcados por un rímel corrido que la hacía parecer una muñeca rota. Quiso hablar, quiso suplicar, pero de su garganta solo salió un gemido ronco, el eco de tantas carcajadas.

Viktor se colocó a su lado, frente a su cadera izquierda. Levantó una mano y, con la delicadeza de quien acaricia una flor, posó los dedos sobre la tela del vestido, justo donde la curva de la cadera comenzaba a dibujarse.

—Aquí —murmuró—. Dijiste que las caderas eran sensibles. Vamos a comprobarlo.

Sus dedos se movieron.

El efecto fue inmediato. Gisele se estremeció como si una descarga eléctrica recorriera su cuerpo, y una risa nerviosa escapó de sus labios. Viktor, animado por esa primera reacción, profundizó el ataque. Sus dedos arañaron suavemente la tela, encontrando la piel debajo, explorando esa zona donde la cadera se une con la cintura, un punto que en Gisele era pura dinamita.

—¡NOOO! ¡JAJAJAJAJAJA OTRA VEZ NO!

—Otra vez sí —respondió Viktor con calma, sin detenerse—. Pero ahora en todo tu cuerpo. Vamos a conocer cada centímetro, Gisele. Cada rincón. Cada punto sensible.

Dejó las caderas y ascendió a la cintura. Sus dedos trazar círculos lentos alrededor de su ombligo, esa zona que ya había explorado antes y que sabía hipersensible. Gisele se retorció contra las correas, sus caderas moviéndose inútilmente, intentando escapar de un ataque que la seguía a todas partes.

—¡JAJAJAJAJAJA LA CINTURA NO! ¡JAJAJAJAJAJA AHÍ TAMPOCO!

—¿Aquí tampoco? —Viktor fingió sorpresa—. Entonces, ¿dónde sí? ¿Dónde puedo tocarte sin que te mueras de risa?

—¡EN NINGUNA PARTE! ¡JAJAJAJAJAJA EN NINGUNA!

—Eso imaginaba —sonrió Viktor, y sus dedos subieron a las costillas.

Las costillas de Gisele eran territorio prohibido. Viktor lo descubrió en el instante en que sus dedos rozaron los huesos cubiertos apenas por una fina capa de piel. La reacción fue explosiva: un alarido de risa, un arqueamiento desesperado de todo su cuerpo, un intento imposible de protegerse con unos brazos que no podían moverse.

—¡¡¡NOOOO!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA LAS COSTILLAS NO!!!

—Las costillas sí —confirmó Viktor, y sus dedos se volvieron locos sobre ellas, recorriendo los espacios intercostales, arañando, presionando, haciendo de cada centímetro un infierno de cosquillas.

Gisele reía, reía sin control, su cuerpo retorciéndose en todas direcciones. El vestido blanco, completamente arrugado, se había subido ligeramente dejando ver sus muslos. Su cabello rubio era una maraña pegada a la cara. Las lágrimas corrían mezcladas con el maquillaje, dibujando ríos negros en sus mejillas.

Pero Viktor no se detuvo. Dejó las costillas y subió a las axilas, esas axilas malditas que ya habían sufrido su ataque y que ahora, al sentir la cercanía de sus dedos, se contrajeron instintivamente en un intento inútil de protección.

—No, las axilas no, por favor, las axilas…

—Las axilas sí —la interrumpió Viktor, y hundió sus dedos en ellas.

El grito de Gisele atravesó la habitación. Era un sonido agudo, desesperado, mezcla de risa y súplica, que resonó en las paredes de piedra como el lamento de una criatura infernal. Sus brazos se tensaron contra las correas, sus manos se abrieron y cerraron espasmódicamente, todo su cuerpo se convirtió en un campo de batalla donde la risa ganaba por goleada.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA YA BASTA!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA NO PUEDO MÁS!!!

—¿No puedes más? —Viktor arqueó una ceja, sin detener sus dedos ni un segundo—. Pero si aún no hemos llegado al cuello. Y el cuello, según me dijiste, también es sensible.

Gisele negó con la cabeza, negó con todas sus fuerzas, pero Viktor ya estaba retirando los dedos de las axilas y ascendiendo hacia su garganta. El cuello. Esa zona vulnerable donde la piel es fina y los nervios están cerca de la superficie. Donde cualquier caricia se convierte en un tormento si quien la recibe es tan cosquilluda como ella.

—Por favor —susurró, con la voz quebrada—. El cuello no. El cuello es…

—¿El cuello es? —la animó Viktor, mientras sus dedos rodeaban su garganta sin tocarla todavía, simplemente amenazando.

—Es… es horrible —completó Gisele—. Me vuelve loca. No soporto que me toquen el cuello.

—Pues entonces —Viktor sonrió—, vamos a comprobarlo.

Sus dedos se posaron sobre la piel desnuda del cuello, justo donde late el pulso, donde la vida se siente más cercana a la superficie. La sensación fue tan intensa, tan abrumadora, que Gisele perdió por completo el control. Su cabeza se echó hacia atrás, su boca se abrió en una carcajada silenciosa que luego estalló en un torrente de risas histéricas.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA NOOOO!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA EL CUELLO NO!!!

—El cuello sí —repitió Viktor, y sus dedos se movieron, acariciando, arañando suavemente, trazando círculos en esa piel supersensible.

Gisele reía, reía sin parar, mientras Viktor alternaba el ataque: un rato en el cuello, luego volvía a las axilas, luego a las costillas, luego a la cintura, luego a las caderas. Un recorrido infinito por todo su cuerpo, una exploración sin pausa de cada punto sensible que ella había mencionado.

Y en medio de todo, sus pies, esos pobres pies olvidados por un momento, colgaban temblorosos, esperando, quizá, su turno de nuevo.

—Todo tu cuerpo —murmuró Viktor, mientras sus dedos danzaban sobre sus costillas—. Cada centímetro. Cada rincón. Vas a descubrir, Gisele, que no hay un solo lugar en ti que no responda a mis cosquillas.

—¡JAJAJAJAJAJA ERES UN MONSTRUO! ¡JAJAJAJAJAJA UN SÁDICO!

—Puede ser —admitió Viktor—. Pero soy un monstruo que te está haciendo reír. Y la risa, querida Gisele, es el sonido más hermoso que puede producir un ser humano.

Y siguió. Sin pausa. Sin piedad. Llevando a la top model una y otra vez al borde de la locura, mientras la noche se extendía interminable sobre la mansión en el bosque.

Continuará…

Original de Tickling Stories

About Author