El ocaso de una Top Model- Parte 2

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La noche se había convertido en una eternidad de risas y súplicas. Gisele colgaba de las correas, su cuerpo completamente entregado a los espasmos involuntarios que aún recorrían cada músculo después del ataque implacable de Viktor. Sus costillas ardían, sus axilas palpitaban, su cuello conservaba el recuerdo eléctrico de aquellos dedos implacables. Respiraba entrecortadamente, los ojos cerrados, las lágrimas secándose en sus mejillas.

Viktor se detuvo.

Dio un paso atrás y contempló su obra con la satisfacción del artista que observa el lienzo terminado. Gisele, la diosa de las pasarelas, la modelo más cotizada del mundo, era ahora un manojo de nervios temblorosos, una muñeca rota colgando de sus ataduras, su vestido blanco convertido en un trapo arrugado, su cabello rubio en una maraña salvaje, su maquillaje en un recuerdo borroso.

—Hermoso —murmuró Viktor—. Sencillamente hermoso.

Luego, sin decir palabra, se giró y caminó lentamente hacia un extremo de la habitación. Gisele abrió los ojos, confundida. ¿Se iba? ¿Había terminado? Una chispa de esperanza se encendió en su pecho, mezclada con el temor de que fuera solo una pausa más.

Viktor se detuvo junto a la pared, allí donde las sombras eran más densas. Gisele no había notado antes lo que había en ese rincón: un pequeño panel de madera, casi invisible, con un solo botón incrustado. Viktor levantó su mano enguantada y presionó.

Un mecanismo oculto cobró vida. Un zumbido suave, apenas perceptible, recorrió la pared contra la que Gisele estaba inmovilizada. Ella sintió la vibración a través de la espalda, un cosquilleo mecánico que la hizo estremecerse. Y entonces, lentamente, la pared comenzó a moverse.

No era una pared. Era un mecanismo, una estructura diseñada para transformarse. La superficie acolchada contra la que Gisele había estado apoyada durante lo que parecía una eternidad comenzó a inclinarse hacia atrás, descendiendo suavemente mientras las correas de sus muñecas y tobillos se deslizaban por unos raíles invisibles. Gisele sintió cómo su postura cambiaba, cómo pasaba de estar vertical a horizontal, cómo el peso de su cuerpo se redistribuía.

En cuestión de segundos, la pared se había convertido en una especie de cama acolchada, amplia, mullida, forrada del mismo cuero negro que antes la había sostenido de pie. Gisele yacía ahora sobre ella, boca arriba, con los brazos extendidos hacia los lados y las piernas abiertas, las correas aún sujetando firmemente sus muñecas y tobillos a los extremos del lecho.

Estaba más vulnerable que nunca.

Acostada, inmovilizada, expuesta. El vestido blanco se había arrugado aún más con el movimiento, subiéndose casi hasta la mitad de los muslos. Sus pies, aquellos pies malditos, quedaban ahora completamente accesibles, separados, las plantas vueltas hacia arriba, ofreciéndose al ataque como una invitación silenciosa.

Viktor se acercó lentamente.

El bastón golpeaba el suelo con cada paso, un metrónomo siniestro que marcaba el avance de la tortura. Gisele lo vio aproximarse, vio sus ojos grises fijos en sus pies, y supo lo que iba a pasar. Quiso gritar, quiso suplicar, pero de su garganta solo salió un gemido ronco, la sombra de lo que había sido su voz.

Viktor se detuvo junto a la cama, justo donde sus pies esperaban. Miró hacia abajo, contemplando esas plantas arqueadas, suaves, hipersensibles, que ya habían sufrido su ataque pero que ahora, frescas tras el descanso, estaban listas para más.

No dijo nada.

Simplemente se sentó en el borde del lecho, apoyó el bastón a un lado, y levantó el pie izquierdo de Gisele con una mano mientras con la otra lo sujetaba por el tobillo. La correa mantenía la pierna extendida, pero Viktor podía girar el pie ligeramente, exponerlo mejor, prepararlo para lo que venía.

Gisele sintió el calor de su mano en el tobillo. Sintió la anticipación en cada nervio de su planta. Sintió el terror y, en algún lugar muy profundo, algo que no quería reconocer.

Viktor la miró a los ojos.

Ella negó con la cabeza, una negativa silenciosa, desesperada.

Él sonrió.

Y sus dedos se hundieron en la planta del pie izquierdo.

—¡¡¡NOOOO!!! ¡¡¡JAJAJAJAJAJA OTRA VEZ NO!!!

La risa explotó de nuevo, más intensa incluso que antes. Porque ahora Gisele estaba acostada, ahora no tenía ningún punto de apoyo, ahora su cuerpo entero se retorcía sobre la superficie acolchada sin encontrar resistencia. Sus caderas se movían, sus hombros se tensaban, su cabeza giraba de un lado a otro mientras las carcajadas brotaban incontenibles.

—¡JAJAJAJAJAJA NO PUEDO! ¡JAJAJAJAJAJA YA NO MÁS!

Viktor no respondía. Sus dedos trabajaban la planta izquierda con una dedicación absoluta, encontrando cada punto sensible, cada recoveco, cada milímetro de piel que hiciera reír a Gisele más fuerte. El talón, el arco, la zona bajo los dedos, los bordes… nada escapaba a su exploración implacable.

Cuando el pie izquierdo llevaba un minuto de tormento, Viktor lo soltó y tomó el derecho. Gisele apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento; un segundo de pausa, una bocanada de aire, y los dedos volvieron a atacar.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJA NO!!! ¡¡¡EL OTRO NO!!!

El otro sí. El otro siempre sí. Los dedos de Viktor se movían sobre la planta derecha con la misma precisión, la misma intensidad, la misma ausencia de piedad. Gisele reía, reía sin parar, su cuerpo retorciéndose sobre el lecho de cuero, sus brazos tirando inútilmente de las correas, sus piernas intentando cerrarse sin éxito.

—¡JAJAJAJAJAJA DETENTE! ¡JAJAJAJAJAJA TE LO RUEGO!

Viktor alternaba los pies ahora: izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. No concedía tregua. Cada vez que cambiaba, Gisele sentía cómo la anticipación aumentaba la sensibilidad, cómo el pie que esperaba su turno temblaba sabiendo lo que iba a sufrir.

Y Viktor seguía. Sin palabras. Sin explicaciones. Solo sus dedos y los pies de Gisele, en una danza infinita de cosquillas y risas.

La locura regresó, más intensa que antes. Porque ahora Gisele estaba acostada, ahora no había pared que la sostuviera, ahora era solo un cuerpo que se retorcía sobre una cama mientras unos dedos implacables la volvían loca a base de cosquillas. Sus gritos de risa llenaban la habitación, rebotaban en las paredes de piedra, se mezclaban con el sonido de sus propios sollozos.

—¡JAJAJAJAJAJA ME RINDO! ¡JAJAJAJAJAJA ME RINDO!

Pero Viktor no quería su rendición. Quería más risas. Más retorcimientos. Más locura.

Y siguió. Una y otra vez. Sin pausa. Sin piedad. Hasta que Gisele fue solo pies, solo cosquillas, solo risa. Hasta que no quedó nada más.

Viktor encontró el ritmo perfecto.

No fue algo planeado, sino una especie de intuición que surgió de la observación atenta. Sus dedos habían pasado horas explorando aquellos pies hipersensibles, y ahora conocían cada centímetro, cada curva, cada punto exacto donde la reacción de Gisele se volvía más intensa. Era como si hubiera memorizado un mapa y ahora pudiera recorrerlo con los ojos cerrados.

La técnica era simple pero devastadora: movimientos continuos, sin pausa, sin cambios de ritmo que permitieran a Gisele anticipar o recuperarse. Un flujo constante de cosquillas que recorría una y otra vez la misma ruta: talón, arco, almohadilla bajo los dedos, bordes laterales, y vuelta a empezar. Como un río que nunca deja de fluir, como una máquina que nunca se detiene.

Gisele sintió cómo su capacidad para formar palabras se desvanecía.

Al principio, entre carcajada y carcajada, lograba articular súplicas: «Por favor», «Detente», «No puedo más». Pero a medida que Viktor mantenía aquel ritmo implacable, las palabras se volvieron más difíciles, más entrecortadas, hasta que simplemente… dejaron de existir.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Era el único sonido que salía de su boca. Una risa continua, ininterrumpida, que llenaba la habitación con su desesperación. Sus pulmones ardían, su garganta estaba en carne viva, pero la risa no cesaba porque los dedos de Viktor no cesaban.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Viktor sonrió al notar el cambio. Ahora sí. Ahora Gisele había dejado de resistirse incluso mentalmente. Ahora solo existían sus pies y sus dedos y la risa que brotaba sin control. Era exactamente lo que había buscado desde el principio: la rendición total, la entrega absoluta, la autenticidad pura.

Sus dedos se movían sobre la planta izquierda con la precisión de un reloj suizo. Talón: círculos lentos con la yema. Arco: arañazos rápidos con las uñas. Almohadilla: presión rítmica con los nudillos. Bordes: caricias laterales que hacían cosquillas de forma diferente. Y vuelta a empezar. Una y otra vez. Sin pausa. Sin piedad.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El pie derecho esperaba su turno, temblando, los dedos flexionándose y extendiéndose en espasmos involuntarios. Sabía lo que iba a pasar, lo anticipaba con cada fibra de su ser, y esa anticipación era casi tan terrible como el ataque mismo.

Cuando Viktor cambió al pie derecho, Gisele sintió que perdía contacto con la realidad.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Ya no sabía dónde terminaba ella y empezaban las cosquillas. Ya no sabía si había un mundo más allá de esa habitación, de esa cama, de esos dedos implacables. Solo existía la sensación abrumadora en sus plantas, solo la risa que brotaba sin que pudiera hacer nada por detenerla.

Sus ojos, aquellos ojos azules que habían hipnotizado al mundo, estaban abiertos pero no veían nada. Las lágrimas corrían por sus mejillas en un torrente continuo, mezcladas con el sudor y los restos de maquillaje. Su cabello rubio era una maraña pegada a la frente y al cuello. El vestido blanco, antes impoluto, era ahora un trapo arrugado y húmedo que apenas cubría su cuerpo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Viktor alternaba los pies sin descanso. Diez segundos en el izquierdo, diez en el derecho, y vuelta a empezar. No había tregua, no había pausa, no había respiro. Cada vez que cambiaba, Gisele sentía cómo el pie que quedaba libre temblaba en el aire, esperando su turno, sabiendo que en apenas unos segundos volvería a ser víctima de aquel tormento.

La locura se apoderó de ella.

No una locura violenta o agresiva, sino una disolución de la conciencia, una pérdida de los límites del yo. Gisele flotaba en un mar de sensaciones donde lo único real era el cosquilleo en sus pies y la risa que llenaba sus oídos. Viktor, la habitación, las correas, todo se volvió borroso, secundario, casi inexistente.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Viktor lo notó. Vio cómo la mirada de Gisele se perdía, cómo su cuerpo dejaba de resistirse y simplemente recibía las cosquillas, cómo la risa se volvía mecánica, inconsciente. Había traspasado una barrera, había llevado a la top model más allá de donde nadie la había llevado antes.

Y siguió.

Porque podía. Porque quería ver hasta dónde llegaba aquello. Porque los pies de Gisele, aquellos pies malditos e hipersensibles, eran una fuente inagotable de risas y retorcimientos, y él era un coleccionista insaciable.

Sus dedos se movían ahora sobre ambos pies a la vez, un desafío logístico que requirió que se sentara más cerca, que inclinara el cuerpo sobre ellos, que encontrara una postura que le permitiera atacar las dos plantas simultáneamente. Lo consiguió, y el efecto fue devastador.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

El doble de estímulo, el doble de sensación, el doble de locura. Gisele arqueó la espalda sobre la cama, su cuerpo formando un puente imposible mientras la risa la sacudía por dentro y por fuera. Sus brazos tiraban de las correas con una fuerza que no sabía que tenía, sus piernas intentaban cerrarse inútilmente, todo su ser era una contradicción de movimientos y espasmos.

Viktor mantuvo el ataque doble durante lo que pareció una eternidad. Sus dedos no descansaban, no aflojaban, no cedían. Talones, arcos, almohadillas, bordes. Talones, arcos, almohadillas, bordes. Un bucle infinito de cosquillas del que no había escapatoria.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Las carcajadas de Gisele se volvieron más agudas, más desesperadas, más cercanas al llanto sin dejar de ser risa. Sus pulmones pedían aire que no podían obtener porque cada intento de inspiración era interrumpido por una nueva oleada de cosquillas. El mundo se estrechaba, se reducía, se convertía en un punto de luz en medio de la oscuridad.

Y Viktor seguía.

Sin palabras. Sin explicaciones. Solo sus dedos y los pies de Gisele, en una danza infinita de cosquillas y risas que parecía no tener fin.

La noche era joven todavía.

Los pies de Gisele intentaban escapar.

No era una decisión consciente, sino un instinto primitivo, una orden que viajaba desde el cerebro a los músculos sin pasar por el filtro de la razón. Cada vez que los dedos de Viktor se deslizaban por la piel hipersensible de sus plantas, sus pies se contraían, se torcían, intentaban encontrar algún ángulo imposible que los alejara de aquel tormento.

Pero no había ángulo imposible.

Viktor los sostenía con firmeza, sus manos grandes y expertas inmovilizando los tobillos mientras los dedos bailaban sobre las plantas. Y las correas, esas malditas correas de cuero que sujetaban sus piernas a los extremos de la cama, impedían cualquier movimiento realmente evasivo. Gisele podía retorcer los pies, podía flexionar los dedos, podía girar los tobillos dentro del límite que las ataduras permitían, pero no podía, no podía, NO PODÍA escapar.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Cada deslizamiento de los dedos de Viktor sobre su piel era un corrientazo. Literalmente. Una descarga eléctrica que nacía en la planta, recorría el empeine, subía por el tobillo, ascendía por la pierna, atravesaba la cadera, trepaba por la columna vertebral y explotaba en su cerebro como un fuego artificial de locura.

Y entonces la risa. Siempre la risa. Incontrolable, incontenible, incesante.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Viktor observaba fascinado cómo los pies de Gisele luchaban contra lo imposible. Los dedos de ella se flexionaban y extendían sin cesar, como pequeños tentáculos que intentaran agarrarse a algo, a cualquier cosa, que los salvara del ataque. Las plantas se arrugaban formando pliegues momentáneos que Viktor reía, porque cada pliegue era un nuevo recoveco que explorar, una nueva superficie sensible que atacar.

—Qué lucha tan hermosa —murmuró Viktor, aunque Gisele ya no podía oírle—. Tu cuerpo se resiste, pero no puede ganar. Tus pies quieren huir, pero no tienen a dónde ir. Estás atrapada, Gisele. Atrapada en tus propias cosquillas.

Ella no respondió. No podía. Las palabras hacía tiempo que habían abandonado su repertorio. Solo existían las carcajadas, los jadeos, los gemidos de risa que se mezclaban en una sinfonía de desesperación.

Los dedos de Viktor atacaron el arco del pie izquierdo con renovada intensidad. Ese punto exacto, esa curva perfecta que en Gisele era la puerta del infierno. Sus uñas arañaron suavemente la piel, trazando líneas invisibles que quemaban como fuego. El pie de Gisele se contrajo violentamente, los dedos curvándose hacia abajo en un espasmo, el talón presionando contra la mano de Viktor como si intentara clavarse en ella para detener el avance.

Pero Viktor conocía ese truco. Había visto a muchos pies intentarlo. Simplemente esperó a que el espasmo pasara, y cuando el pie se relajó ligeramente, sus dedos volvieron al ataque con más fuerza.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

El corrientazo fue más intenso esta vez. Gisele sintió cómo la electricidad de las cosquillas recorría su cuerpo a la velocidad de la luz, cómo activaba cada neurona, cada fibra muscular, cada rincón de su ser. Su espalda se arqueó sobre la cama, su cabeza presionó contra el acolchado, sus brazos tiraron de las correas con tal fuerza que las muñecas enrojecieron.

Y Viktor siguió.

Cambió al pie derecho, pero no soltó el izquierdo. Ahora acariciaba suavemente la planta izquierda con una mano mientras la derecha atacaba sin piedad la derecha. El contraste era devastador: el pie izquierdo recibía caricias suaves, casi tiernas, que mantenían viva la sensación sin llegar a desencadenar la risa máxima; el pie derecho soportaba el ataque directo, el torrente de cosquillas que hacía que Gisele perdiera la cabeza.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA… JAJAJAJAJA… JAJAJAJA…!

Su risa se volvía entrecortada, irregular, como si le faltara el aire. Y le faltaba, ciertamente. Cada carcajada era una exhalación forzada, cada inhalación un intento desesperado de llenar unos pulmones que nunca tenían suficiente oxígeno.

Viktor alternó de nuevo: ahora el izquierdo recibía el ataque fuerte mientras el derecho era acariciado suavemente. El cerebro de Gisele no podía procesar la diferencia. Solo sabía que había cosquillas, muchas cosquillas, demasiadas cosquillas, y que sus pies intentaban huir sin éxito.

Los dedos de los pies de Gisele se movían frenéticamente, como si quisieran despegarse de las plantas y salir volando. Se flexionaban hacia abajo, hacia arriba, se separaban unos de otros, se juntaban en un haz apretado… cualquier movimiento, cualquier gesto, cualquier intento de escapar de aquella sensación abrumadora.

Pero Viktor estaba en todas partes.

Sus dedos encontraban cada hueco, cada espacio entre los dedos, cada pliegue de la piel. Nada quedaba sin explorar, nada quedaba sin atacar. Las plantas de Gisele eran un territorio conquistado, y Viktor era el conquistador implacable que no dejaba rincón sin hollar.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El corrientazo permanente. La electricidad continua. La locura instalada en su cerebro como una inquilina permanente. Gisele ya no sabía quién era, dónde estaba, por qué reía. Solo sabía que había unos dedos en sus pies, y que esos dedos la estaban volviendo loca.

Sus ojos, abiertos pero ciegos, miraban el techo sin verlo. Las lágrimas corrían por sus mejillas en ríos negros de rímel. Su boca, abierta en una mueca de risa perpetua, dejaba escapar carcajadas que ya ni siquiera reconocía como suyas.

Viktor sonrió.

—Creo —dijo en voz baja— que estamos llegando a algún sitio.

Y sus dedos redoblaron el ataque, llevando a Gisele un poco más allá, un poco más hondo, un poco más cerca del abismo.

Viktor se detuvo.

Simplemente, sin previo aviso, sus dedos dejaron de moverse sobre las plantas de Gisele. El silencio que siguió fue tan abrupto, tan absoluto, que resultó más desconcertante que el propio ataque. Durante un instante, Gisele siguió riendo por inercia, su cuerpo aún sacudido por espasmos residuales, su mente atrapada en el bucle de las cosquillas.

Luego, poco a poco, la risa se fue apagando.

Se convirtió en jadeos, en respiraciones entrecortadas, en el sonido áspero del aire entrando y saliendo de unos pulmones castigados. Gisele yacía sobre la cama acolchada, sus brazos y piernas aún extendidos, las correas sujetándola firmemente. Sus pies, aquellos pobres pies martirizados, colgaban inertes, los dedos temblorosos, las plantas enrojecidas por la fricción constante.

Viktor se puso en pie con la lentitud de siempre, apoyándose en el bastón. Durante un largo momento, contempló su obra: la top model destrozada, el vestido blanco convertido en harapos, el cabello rubio en una maraña imposible, el maquillaje corrido en ríos negros por las mejillas. Asintió para sí mismo, satisfecho, y sin decir una sola palabra, se giró y caminó hacia la puerta.

Gisele quiso hablar, quiso preguntar, quiso suplicar. Pero de su garganta solo salió un gemido ronco, ininteligible. Sus ojos siguieron la figura de Viktor mientras atravesaba la habitación, abría la pesada puerta y desaparecía al otro lado.

El eco del cerrojo al cerrarse resonó como una sentencia.

Ella se quedó sola.

Sola con sus jadeos, con el latido frenético de su corazón, con el recuerdo de aquellos dedos implacables en sus pies. La habitación, antes llena de sus carcajadas, era ahora una tumba silenciosa. Gisele respiró hondo, intentando recuperar algo de compostura, intentando pensar con claridad.

¿Qué significaba aquello? ¿Había terminado? ¿La dejaría ir?

En algún lugar, muy lejano, una pequeña chispa de esperanza se encendió en su pecho.

En el pasillo, fuera de la habitación, Viktor se apoyó en su bastón y respiró profundamente. El esfuerzo había sido considerable, incluso para alguien de su resistencia. Pero valió la pena. Oh, sí, valió la pena.

Ambrose estaba allí, como siempre, inmóvil como una estatua, con las manos enguantadas cruzadas frente a él.

—Señor —dijo el mayordomo con su voz neutra—. ¿Ha terminado la sesión?

Viktor negó con la cabeza, una sonrisa juguetona asomando a sus labios.

—¿Terminado? Ambrose, querido Ambrose, esto apenas comienza. Lo que has visto hasta ahora ha sido solo la fase uno. La exploración inicial. El reconocimiento del terreno.

Ambrose inclinó ligeramente la cabeza.

—Entiendo, señor. ¿Debo preparar algo para la fase dos?

—Sí —Viktor se irguió, recuperando toda su autoridad—. Necesito que traigas a los osos.

El mayordomo parpadeó. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero en alguien tan controlado como Ambrose equivalía a una exclamación de sorpresa.

—¿Los osos, señor?

—Los osos —confirmó Viktor—. Los cachorros. Los que llegaron la semana pasada. Y también miel. Buena miel, de la que guardamos en la despensa. Y un par de cepillos suaves, de esos que usamos para acicalarlos.

Ambrose asintió lentamente, procesando la información.

—¿Algo más, señor?

—No. Con eso será suficiente. Ah, y espera fuera. Esto va a ser… entretenido.

El mayordomo se inclinó y desapareció pasillo abajo con su paso silencioso. Viktor se quedó solo un momento, apoyado en su bastón, saboreando la anticipación. Luego, con una sonrisa que helaría la sangre a cualquiera que la viera, volvió a entrar en la habitación.

Gisele lo vio aparecer en el umbral y su corazón dio un vuelco. Pero no venía solo. Detrás de él, Ambrose cargaba algo que ella no podía ver bien. Luego, dos bultos peludos entraron trotando en la habitación.

Osos.

Dos cachorros de oso pardo, cada uno del tamaño de un perro grande, de pelaje marrón y ojos brillantes. Entraron curiosos, olfateando el aire, moviendo sus cabezas de un lado a otro. Detrás de ellos, Ambrose llevaba un tarro de cristal y un par de cepillos suaves.

Gisele sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué…? —logró articular, su voz apenas un susurro ronco—. ¿Qué es eso?

Viktor se acercó lentamente, mientras los cachorros exploraban la habitación con la curiosidad inocente de los animales jóvenes.

—Esto, querida Gisele —dijo con una sonrisa—, son Misha y Yuri. Mis pequeños compañeros. Y esto —señaló el tarro que Ambrose colocó en una mesita cercana— es miel. De la mejor calidad, directamente de los bosques de Siberia.

Gisele negó con la cabeza, sin comprender. Pero Viktor se acercó a ella, se inclinó sobre su oído y susurró:

—Tus pies, Gisele, han demostrado ser increíblemente sensibles a mis dedos. Pero me pregunto… ¿cómo reaccionarán a las lenguas de unos cachorros hambrientos? Porque, verás, a los osos les encanta la miel. Y si unte tus pies con ella…

Gisele sintió que el terror helaba su sangre.

—No —susurró—. No, por favor, no puedes hacer eso…

—¿Que no puedo? —Viktor se incorporó y sonrió—. Querida Gisele, en esta casa puedo hacer lo que quiera. Y lo que quiero ahora es ver cómo esos piececitos tan sensibles reaccionan a algo completamente nuevo.

Hizo una seña a Ambrose. El mayordomo se acercó con el tarro de miel y los cepillos.

La fase dos estaba a punto de comenzar.

Viktor tomó el tarro de cristal que Ambrose le ofrecía y lo sostuvo en alto, dejando que la luz de los focos bailara a través de la miel dorada. Era un líquido espeso, casi translúcido, que brillaba como ámbar líquido. Gisele lo miró hipnotizada, sus ojos azules todavía húmedos por las lágrimas, su pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas.

—Miel de Siberia —anunció Viktor con orgullo—. Recolectada en los bosques más profundos, donde las abejas trabajan entre flores silvestres que no existen en ningún otro lugar del mundo. Tiene un aroma… —acercó el tarro a su nariz y aspiró—. Un aroma que volvería loco a cualquier oso.

Gisele negó con la cabeza, un movimiento débil, casi imperceptible.

—No —susurró—. Por favor, no…

Viktor ignoró la súplica. Se acercó al borde de la cama, justo donde los pies de Gisele descansaban, aún temblorosos, las plantas vueltas hacia arriba en una ofrenda involuntaria. Inclinó el tarro y la miel comenzó a caer.

El líquido dorado descendió lentamente, un hilo viscoso que parecía moverse a cámara lenta. Gisele sintió el primer contacto en el talón del pie izquierdo: una sensación cálida, pegajosa, extrañamente agradable. Pero luego la miel siguió cayendo, extendiéndose, deslizándose por la curva del arco, filtrándose entre los dedos, cubriendo cada centímetro de piel con su capa dulce y pegajosa.

—No… no… no… —gemía Gisele, mientras Viktor movía el tarro para asegurarse de que ningún rincón quedaba sin untar.

El pie derecho recibió el mismo tratamiento. La miel caía, se extendía, envolvía. Gisele sentía cómo el líquido viscoso se deslizaba lentamente por sus plantas, una caricia pegajosa que era casi una cosquilla en sí misma. Sus dedos se flexionaban instintivamente, intentando liberarse de aquella sensación, pero solo conseguían embarrarse más.

Cuando ambos pies estuvieron completamente cubiertos de miel, Viktor dejó el tarro vacío sobre la mesita. Brillaban bajo la luz, dorados, pegajosos, irresistibles. Los dedos de Gisele se movían inquietos, las plantas reflejaban la luz como espejos de caramelo.

—Perfecto —murmuró Viktor.

Luego se acercó a los dos cachorros, que habían estado observando todo el proceso con sus brillantes ojos oscuros, sus narices húmedas moviéndose sin cesar, atrapando el aroma dulce que inundaba la habitación. Misha y Yuri. Dos bolas de pelaje marrón, cada una del tamaño de un perro grande, con sus garras todavía pequeñas y sus lenguas rosadas asomando entre los belfos.

Viktor tomó las cadenas que colgaban de sus collares y las ató a los extremos del mesón donde Gisele yacía. Los cachorros quedaron así, uno a cada lado de la cama, sus cabezas justo a la altura de los pies de la modelo.

—Chicos —dijo Viktor con una sonrisa—. Mirad lo que tengo para vosotros.

Los osos olfatearon el aire. Sus narices se movieron frenéticamente. El aroma de la miel era abrumador, irresistible, un llamado primitivo que despertaba algo muy profundo en sus cerebros animales. Ambos se giraron hacia los pies de Gisele, sus ojos fijos en esas plantas doradas y pegajosas.

Gisele los miró, hipnotizada por el terror.

—No —susurró—. No, no, no…

El primer contacto llegó del pie izquierdo. Misha, el más atrevido de los dos, acercó su hocico y extendió la lengua. Era una lengua áspera, cálida, húmeda, que se deslizó lentamente desde el talón hasta el arco, recogiendo miel a su paso.

El efecto fue instantáneo y apocalíptico.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

El cuerpo de Gisele se arqueó violentamente sobre la cama, sus brazos tensando las correas, sus piernas intentando cerrarse con una fuerza que hizo crujir las ataduras. Pero los osos estaban sujetos por las cadenas, y sus pies no podían escapar.

Yuri, al oír las carcajadas de Gisele, se asustó un momento y retrocedió. Pero el olor de la miel era demasiado tentador. Pronto se unió a su hermano, su lengua atacando el pie derecho con el mismo entusiasmo.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

Dos lenguas ásperas, cálidas, implacables, recorrían ahora sus plantas una y otra vez. Los cachorros lamían con avidez, sus lenguas atrapando cada gota de miel, cada recoveco, cada espacio entre los dedos. La textura áspera contra la piel hipersensible era una sensación completamente nueva, diferente a los dedos de Viktor, más intensa en algunos aspectos, más extraña en otros.

Gisele reía, reía sin parar, sin poder formar palabra alguna. Su cuerpo se retorcía en espasmos continuos, sus caderas moviéndose frenéticamente sobre la cama, su cabeza girando de un lado a otro. Las lágrimas volvían a correr, mezclándose con el sudor, con los restos de maquillaje, con la saliva de los osos que salpicaba mientras lamían.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Misha descubrió que los espacios entre los dedos del pie izquierdo estaban especialmente llenos de miel. Introdujo su lengua allí, una y otra vez, lamiendo con fruición. Gisele sintió cómo aquella lengua áspera se deslizaba entre sus dedos, y la sensación fue tan abrumadora que por un momento creyó que iba a desmayarse.

Pero no se desmayó. Siguió riendo.

Yuri, mientras tanto, se había concentrado en el arco del pie derecho, lamiendo una y otra vez la misma zona, esa curva hipersensible que los dedos de Viktor ya habían martirizado. La lengua áspera del oso cachorro recorría el arco una y otra vez, y cada pasada arrancaba una nueva explosión de carcajadas de la garganta de Gisele.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Viktor observaba la escena con una sonrisa beatífica, apoyado en su bastón, disfrutando del espectáculo. Ambrose, discretamente colocado junto a la puerta, mantenía su expresión impasible, aunque sus ojos seguían el movimiento de las lenguas de los osos con fascinación.

—Fascinante —murmuró Viktor—. Los cachorros no tienen prisa. Lamerán hasta que no quede ni rastro de miel. Y luego, quizá, les guste tanto el sabor de sus pies que quieran seguir lamiendo un rato más.

Gisele lo oyó, oyó sus palabras a través del velo de sus propias carcajadas, y el horror se sumó a la locura. ¿Seguir lamiendo? ¿Cuánto tiempo? ¿Hasta cuándo?

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Misha y Yuri lamían sin descanso, sus lenguas incansables, sus apetitos insaciables. La miel parecía no acabarse nunca, o quizá era que sus lenguas seguían encontrando restos en cada pliegue, en cada recoveco, en cada espacio entre los dedos. Gisele sentía cómo la textura áspera recorría una y otra vez sus plantas, cómo la sensación se acumulaba, cómo la risa se volvía un estado permanente.

Ya no había pensamiento. Ya no había resistencia. Solo lenguas, pies y risas. Solo locura.

Viktor se sentó en una silla que Ambrose acercó, cruzó las piernas y se dispuso a disfrutar del espectáculo. La noche era larga, los osos tenían hambre, y Gisele tenía mucha, mucha miel en los pies.

La habitación se había convertido en un universo paralelo donde solo existían tres elementos: las lenguas de los osos, los pies de Gisele, y la risa interminable que llenaba cada rincón.

Misha y Yuri lamían con la dedicación incansable de los animales jóvenes. Sus lenguas rosadas, ásperas como lija fina, recorrían una y otra vez la superficie de aquellas plantas hipersensibles, buscando cada resto de miel, cada gota dorada escondida en los pliegues de la piel.

Gisele yacía inmóvil sobre la cama acolchada, inmovilizada por las correas que sujetaban sus muñecas y tobillos. Pero inmóvil solo en el sentido de que no podía ir a ningún lado. Su cuerpo, en realidad, no dejaba de moverse: se retorcía, se arqueaba, temblaba, se sacudía en espasmos continuos que la hacían parecer una marioneta cuyas cuerdas fueran agitadas por un titiritero loco.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La risa brotaba de su garganta en un torrente ininterrumpido. Ya no había palabras, ya no había súplicas, ya no había pensamiento coherente. Solo esa carcajada perpetua que resonaba en las paredes de piedra como el eco de una condena eterna.

Misha se había especializado en el pie izquierdo. Su lengua recorría metódicamente cada centímetro: comenzaba en el talón, lamía lentamente hacia arriba, atravesaba el arco con especial dedicación, llegaba a la almohadilla bajo los dedos, y luego se introducía entre ellos, uno por uno, buscando la miel acumulada en esos pequeños valles de piel hipersensible.

Cada vez que su lengua se deslizaba entre los dedos del pie izquierdo, Gisele emitía un sonido diferente, un agudo chillido de risa que se superponía a las carcajadas base. Era demasiado. Demasiada sensación. Demasiada estimulación. Su cerebro intentaba procesar la información pero colapsaba una y otra vez, reiniciándose solo para volver a colapsar con la siguiente pasada de lengua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Yuri, mientras tanto, había desarrollado su propia técnica en el pie derecho. A él le gustaba concentrarse en el arco, esa curva perfecta que en Gisele era el epicentro de la hipersensibilidad. Su lengua áspera recorría el arco una y otra vez, trazando círculos, líneas, espirales, cualquier patrón que le permitiera extraer cada molécula de miel de esa zona tan vulnerable.

Pero Yuri también era curioso. De vez en cuando, interrumpía su metódico lamido del arco para pasar la lengua por toda la planta, desde el talón hasta los dedos, un recorrido completo que arrancaba de Gisele un torrente de risa aún más intenso, si eso era posible.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Los pies de Gisele brillaban bajo la luz, cubiertos no solo de miel sino también de la saliva de los osos, que se mezclaba con el dorado líquido creando una capa brillante y húmeda que los cachorros lamían con renovado entusiasmo. Cada lamida limpiaba un poco de miel, pero también humedecía la piel, haciendo que la siguiente lamida fuera aún más sensible, aún más eléctrica, aún más devastadora.

Gisele sentía que su conciencia se desdibujaba. Los límites entre ella y el mundo exterior se difuminaban. Solo existía la sensación de esas lenguas en sus pies, solo existía la risa que brotaba sin control. Viktor, la habitación, las correas, todo se volvía borroso, secundario, casi irreal.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Misha encontró un punto especialmente sensible justo en la base del dedo gordo del pie izquierdo. Allí, donde el dedo se une con el resto del pie, había un pequeño pliegue de piel que había acumulado una cantidad generosa de miel. El oso cachorro introdujo su lengua allí, una y otra vez, lamiendo con fruición, y Gisele sintió como si un rayo recorriera todo su cuerpo.

Su espalda se arqueó violentamente, sus caderas se levantaron de la cama, sus brazos tensaron las correas hasta el límite. Por un momento, todo su cuerpo fue un arco tenso, una cuerda de violín vibrando al límite de la rotura. Luego cayó de nuevo sobre la cama, sacudida por espasmos, la risa brotando en oleadas que la dejaban sin aliento.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Yuri, como si hubiera entendido que su hermano había encontrado algo interesante, buscó un punto similar en el pie derecho. Lo encontró en la base del dedo pequeño, otro pliegue de piel hipersensible donde la miel se había acumulado. Su lengua se concentró allí, lamiendo sin descanso, y Gisele sintió cómo otro rayo recorría su cuerpo, sumándose al primero, multiplicando la sensación.

Dos rayos. Dos puntos de locura. Dos lenguas implacables que no daban tregua.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

La risa se volvió más aguda, más desesperada, más cercana al límite de lo soportable. Los pulmones de Gisele ardían, su garganta estaba en carne viva, las lágrimas corrían en ríos negros por sus mejillas. Pero los osos no paraban. Los osos seguían lamiendo, sus lenguas incansables, sus apetitos insaciables.

Viktor observaba desde su silla, una sonrisa de satisfacción en los labios. De vez en cuando, hacía un comentario en voz baja a Ambrose, que permanecía impasible junto a la puerta.

—Observa la resistencia —dijo Viktor—. La mayoría de la gente habría perdido el conocimiento hace rato. Pero ella sigue riendo. Sigue sintiendo. Es extraordinaria.

—Sí, señor —respondió Ambrose con su voz neutra.

Misha y Yuri continuaban su festín. La miel empezaba a escasear, pero ellos no parecían dispuestos a detenerse. Sus lenguas seguían lamiendo, ahora quizás buscando restos, quizás simplemente disfrutando de la sensación de aquella piel hipersensible bajo sus lenguas. O quizás, simplemente, les gustaba hacer reír a Gisele.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El tiempo perdió todo significado. Minutos, horas, quizás días. Gisele flotaba en un océano de sensaciones donde lo único real era la textura áspera de las lenguas en sus plantas, el cosquilleo eléctrico que subía desde sus pies hasta su cerebro, y la risa que llenaba cada segundo de su existencia.

Viktor se levantó lentamente y se acercó a la cama. Observó los pies de Gisele, ahora casi limpios de miel, pero aún húmedos por la saliva de los osos. Los cachorros seguían lamiendo, aunque con menos intensidad, como si estuvieran saboreando el postre después del banquete.

—Creo —dijo Viktor, con una sonrisa— que los chicos se han encariñado contigo. Quizás deberíamos repetir esto alguna noche.

Gisele lo oyó, oyó sus palabras a través de la niebla de su propia risa, y el horror se mezcló con la locura. ¿Repetir? ¿Otra noche? ¿Otra vez esto?

Pero no podía pensar en eso ahora. Ahora solo podía reír, mientras las lenguas de los osos recorrían una y otra vez sus hipercosquilludos pies, llevándola una y otra vez al borde del abismo.

Viktor observó cómo las lenguas de los osos se ralentizaban. La miel se había acabado casi por completo, y Misha y Yuri, aunque todavía lamían con cierto entusiasmo los pies de Gisele, comenzaban a mostrar signos de perder interés. Sus lenguas se movían más lentas, sus hocicos dejaban de olfatear con la misma intensidad.

—Oh, no, no, no —murmuró Viktor—. Esto no puede terminar tan pronto.

Tomó el tarro de cristal, ahora casi vacío, y comprobó su contenido. Quedaba un poco de miel en el fondo, la suficiente para una última capa. Con una sonrisa maliciosa, se acercó a los pies de Gisele e inclinó el recipiente.

El líquido dorado cayó lentamente, formando hilos viscosos que se deslizaron sobre las plantas ya húmedas por la saliva de los osos. Gisele sintió el nuevo contacto cálido y pegajoso y, a través de la niebla de su risa continua, comprendió lo que significaba: más. Más lenguas. Más cosquillas. Más locura.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Los osos, al sentir el renovado aroma de la miel, volvieron a la carga con entusiasmo renovado. Sus lenguas se lanzaron sobre los pies de Gisele, lamiendo con avidez el nuevo manjar que Viktor les ofrecía. La miel fresca se mezclaba con la saliva, creando una capa brillante que los cachorros devoraban con fruición.

Pero algo había cambiado.

Quizás era el hambre creciente de los osos, quizás su naturaleza salvaje asomando entre la domesticidad, quizás simplemente el instinto. El caso es que, de vez en cuando, Misha o Yuri dejaban de lamer y, casi sin querer, mordisqueaban suavemente los pies de Gisele.

No eran mordiscos fuertes, nada que pudiera hacer daño. Eran pequeños pellizcos con sus dientes aún de leche, suaves, casi juguetones. Pero en las plantas hipersensibles de Gisele, aquellos mordiscos se convirtieron en una sensación completamente nueva.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

La risa que brotó de su garganta fue diferente. Más aguda, más desesperada, más cercana al límite de lo soportable. Los mordiscos de los osos producían un cosquilleo diferente al de las lenguas, más punzante, más impredecible, más… devastador.

Viktor arqueó una ceja, fascinado por el nuevo desarrollo.

—¿Mordiscos? —murmuró—. Interesante. Muy interesante.

Misha, el más travieso de los dos, descubrió que si mordisqueaba suavemente el borde externo del pie izquierdo, Gisele reía de una forma especialmente aguda. Repitió el movimiento varias veces, sus pequeños dientes presionando apenas la piel, y cada vez obtenía la misma respuesta: un chillido de risa que se superponía al torrente de carcajadas.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA… AYYYY! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Yuri, no queriendo ser menos, experimentó con el talón del pie derecho. Sus mordiscos eran aún más suaves, casi caricias con los dientes, pero en esa zona donde la piel es más gruesa pero no menos sensible, el efecto era igualmente demoledor. Gisele sintió cómo aquellos pequeños pellizcos activaban terminaciones nerviosas que ni siquiera sabía que existían.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Los osos alternaban ahora lametones y mordiscos. Primero una lengua áspera recorría la planta, luego unos dientes diminutos pellizcaban suavemente un dedo, después otra lengua, luego otro mordisco en el arco. Era una sinfonía de sensaciones nuevas, un ataque combinado para el que Gisele no tenía defensa posible.

Viktor se acercó aún más, observando con atención científica.

—Los dientes —dijo en voz baja—. Claro. Las terminaciones nerviosas responden de manera diferente a la presión de los dientes que a la textura de la lengua. Es un estímulo complementario. Fascinante.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Gisele ya no era consciente de nada. Flotaba en un mar de sensaciones donde las lenguas y los dientes de los osos se turnaban para volverla loca. Sus pies, aquellos pies malditos e hipersensibles, eran el centro del universo, el origen y el final de toda existencia. El resto del mundo había desaparecido.

Misha encontró un punto especialmente sensible justo en la base del dedo gordo, donde la piel forma un pequeño pliegue al unirse con el pie. Mordisqueó allí suavemente, una y otra vez, y Gisele sintió cómo un relámpago de cosquillas recorría todo su cuerpo, concentrándose en algún lugar indeterminado de su cerebro que explotaba en fuegos artificiales de risa.

—¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

Yuri, mientras tanto, había descubierto los espacios entre los dedos. No solo los lamía, sino que introducía su hocico suavemente y mordisqueaba la piel entre ellos, esos pequeños valles de hipersensibilidad que ningún ser humano debería tener que experimentar. Cada mordisco allí era un terremoto, cada presión de sus dientes de leche un cataclismo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Viktor rió suavemente, disfrutando del espectáculo.

—Parece que han encontrado su ritmo —comentó a Ambrose—. Los osos y Gisele. Una combinación perfecta.

—Sí, señor —respondió el mayordomo con su impasibilidad habitual.

Los minutos se alargaron en horas, o quizás fueron horas las que pasaron como minutos. Gisele perdió toda noción del tiempo. Solo existían las lenguas y los dientes, los lametones y los mordiscos, la risa perpetua que brotaba de su garganta sin que pudiera hacer nada por detenerla.

En algún momento, Misha y Yuri parecieron cansarse. Sus lenguas se movían más lentas, sus mordiscos eran menos frecuentes. Pero Viktor no permitió que se detuvieran. Con un gesto a Ambrose, el mayordomo trajo otro tarro de miel, y Viktor volvió a untar los pies de Gisele, una y otra vez, prolongando el festín, alargando la tortura, llevando a la top model una y otra vez al borde de la locura.

—No te preocupes, Gisele —susurró Viktor, aunque ella ya no podía oírle—. Tenemos toda la noche. Y varios tarros más.

La risa de Gisele llenaba la habitación, un eco infinito de cosquillas y desesperación.

La risa de Gisele se había convertido en un sonido continuo, casi mecánico, que llenaba la habitación sin pausa. Sus ojos estaban abiertos pero no veían nada, sus pupilas dilatadas perdidas en algún punto del techo. Los osos seguían lamiendo y mordisqueando sus pies, sus lenguas incansables, sus dientes de leche explorando cada rincón hipersensible de aquellas plantas enrojecidas.

Viktor observaba con atención. Sabía reconocer los signos.

—Creo —murmuró— que estamos llegando al límite.

En ese momento, los ojos de Gisele se cerraron lentamente. Su cuerpo, que había estado tenso y retorciéndose durante horas, se relajó de repente. La risa cesó. Un silencio profundo, casi sagrado, llenó la habitación.

Viktor se levantó con rapidez inusual para su edad y se acercó a los osos. Con un par de órdenes firmes en ruso, los cachorros soltaron los pies de Gisele y retrocedieron, sus lenguas aún relamiéndose, sus ojos brillantes mirando a su amo en busca de aprobación.

—Buenos chicos —dijo Viktor, acariciando sus cabezas—. Muy buenos chicos. Ambrose, llévatelos y dales su recompensa.

El mayordomo se acercó y tomó las cadenas de los osos, conduciéndolos suavemente fuera de la habitación. Los cachorros trotaron obedientes, sus garras haciendo un suave clic contra el suelo de piedra.

Viktor se quedó solo con Gisele.

La top model yacía inmóvil sobre la cama acolchada, sus brazos y piernas aún extendidos, las correas sujetándola firmemente. Su pecho subía y bajaba con respiración suave, regular. Dormía. O había perdido el conocimiento. En ese momento, daba igual.

Viktor se acercó a ella y, con una delicadeza sorprendente, le apartó un mechón de cabello rubio de la frente. Su rostro, a pesar del maquillaje corrido y las marcas de lágrimas, seguía siendo hermoso. Quizás incluso más hermoso ahora, despojado de toda la artificiosidad de las pasarelas.

—Has sido magnífica —susurró—. Una obra de arte viviente.

Luego se giró hacia la puerta y alzó la voz:

—¡Ambrose! ¡Marie! ¡Vengan!

Dos sirvientes aparecieron casi instantáneamente. Además de Ambrose, una mujer de mediana edad, vestida con uniforme gris, esperaba instrucciones.

—Desátenla—ordenó Viktor—. Con cuidado. Llévenla al baño, limpiadla, vestidla con ropa cómoda. Luego, Ambrose, quiero que la lleves en su propio coche de vuelta a su residencia en París. Asegúrate de que nadie la vea. Y deja esto en su mesita de noche.

Entregó al mayordomo un sobre grueso y un sobre más pequeño, junto con un sobre de fotografías.

—El dinero, como acordamos. La nota, firmada por mí. Y las fotos… —sonrió—. Las fotos son el seguro.

Ambrose inclinó la cabeza.

—Se hará como usted dice, señor.

A la mañana siguiente

La luz del sol entraba suavemente por las ventanas del apartamento, filtrándose a través de las cortinas de seda y dibujando patrones dorados en la colcha de la cama. Gisele abrió los ojos lentamente, parpadeando contra el resplandor matinal.

Su dormitorio. Su cama. Su apartamento en París.

Se incorporó con dificultad, sintiendo un ligero mareo. Su cuerpo… su cuerpo estaba extraño. Una especie de cansancio profundo en todos los músculos, como si hubiera hecho un ejercicio extremo. Y sus pies… sus pies le dolían. No un dolor agudo, sino una sensación de quemazón suave, como si los hubiera tenido demasiado tiempo al sol.

—¿Qué…? —murmuró, llevándose una mano a la cabeza.

Su mente era un borrón. Intentó recordar, intentó reconstruir el día anterior, pero todo era confuso. Recordaba… ¿una invitación? ¿Una mansión? ¿Un mayordomo? Luego, nada. Un vacío oscuro, un agujero en su memoria.

Miró hacia un lado y entonces lo vio.

Sobre su mesita de noche, perfectamente colocados, había un sobre grueso, un sobre más pequeño y un paquete de fotografías. Junto a ellos, una nota manuscrita en papel caro.

Con manos temblorosas, Gisele tomó la nota.

«Querida Gisele,

Ha sido un verdadero placer conocerte en profundidad. Has demostrado ser tan extraordinaria como siempre imaginé. Espero que la experiencia te haya resultado… inolvidable.

Adjunto encontrarás el pago acordado. Es más de lo que prometí inicialmente, porque te lo has ganado.

Las fotografías son para recordarte lo que ocurrió anoche. También son, permíteme ser franco, un seguro. Unas imágenes tan… reveladoras no deberían ver la luz pública. Estoy seguro de que estaremos de acuerdo en que es mejor que permanezcan en mi colección privada.

Si en algún momento alguien llegara a saber lo que ocurrió en mi mansión, o si tú misma decidieras contarlo, esas fotografías encontrarían su camino hacia las redacciones de los periódicos, las webs de cotilleo, y por supuesto, las oficinas de todas las marcas con las que trabajas. Victoria’s Secret, Chanel, Vogue… imagínate sus caras al verte en esas posturas, con esas expresiones.

Pero no tiene por qué ser así. Tú sigue con tu vida, sigue siendo la diosa de las pasarelas, y este secreto morirá con nosotros dos.

Con cariño,
Viktor.»

Gisele dejó la nota a un lado, sus manos temblando ahora visiblemente. Tomó el sobre de las fotografías y lo abrió. Las imágenes cayeron sobre la cama.

Ella. Era ella, sin duda. Atada a una pared con los brazos en cruz. Acostada en una cama con las piernas abiertas. Su rostro contraído en carcajadas, lágrimas corriendo por sus mejillas, la boca abierta en gritos de risa. Sus pies, siempre sus pies, siendo atacados por dedos, por lenguas de osos, por cepillos. La vulnerabilidad hecha imagen.

Gisele sintió que el estómago se le revolvía. Dejó las fotos, apartó la mirada, respiró hondo varias veces.

El otro sobre contenía dinero. Mucho dinero. Una fortuna.

Se quedó mirando todo, intentando procesar, intentando recordar. Pero no podía. La última noche era un agujero negro en su memoria. Solo tenía esas fotos, esa nota, ese dinero, y una sensación extraña en los pies.

Se levantó de la cama y caminó hacia el espejo. Estaba vestida con un pijama cómodo, limpio, que no recordaba haberse puesto. Su cabello estaba lavado, su piel limpia. Alguien la había cuidado, la había traído a casa, la había metido en la cama.

Miró sus pies. Estaban ligeramente enrojecidos, las plantas especialmente sensibles al tacto. Se tocó suavemente el arco y un escalofrío recorrió su cuerpo. Un eco. Un recuerdo que no era recuerdo.

Se sentó en el borde de la cama y miró las fotografías de nuevo. Una a una. Su propia cara de locura, su propio cuerpo retorciéndose, sus propios pies siendo torturados. Y supo, con una certeza absoluta, que aquello era real. Que había ocurrido. Y que no podía contárselo a nadie.

Nunca.

Tomó la nota de Viktor, la leyó de nuevo, y luego la rompió en pedazos pequeños. Hizo lo mismo con las fotografías, arrancándolas una por una, viendo su propio rostro desfigurarse entre sus dedos. Llevó los pedazos al baño y los quemó en el lavabo, viendo cómo las llamas consumían la evidencia de su humillación.

Cuando todo fue ceniza, dejó correr el agua y vio cómo desaparecía por el desagüe.

Luego volvió a la cama, se sentó, y miró el sobre del dinero. Lo abrió, contó los billetes. Más de lo que había ganado en algunos desfiles completos.

Sonrió con amargura.

Al menos, pensó, había sido bien pagada.

Pero en el fondo de su mente, una pequeña vocecilla le recordaba que aquello no había terminado. Viktor tenía más fotografías. Viktor tenía su secreto. Y Viktor, estaba segura, volvería a llamar.

La pregunta era: ¿cuándo?

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses.

Gisele volvió a las pasarelas como si nada hubiera ocurrido. París, Milán, Nueva York. Los flashes la cegaban, los diseñadores la adoraban, las revistas la perseguían. Era otra vez la diosa de hielo, la modelo inalcanzable, la mujer que caminaba por la vida con la seguridad de quien lo tiene todo.

Pero por las noches, a veces, se despertaba sobresaltada.

Soñaba con lenguas ásperas recorriendo sus pies. Con dedos implacables atacando sus axilas. Con risas que no podía controlar. Con una mansión en medio de un bosque oscuro y un anciano de ojos grises que la miraba como si fuera una obra de arte.

Se levantaba, iba al baño, se miraba al espejo. Su vida seguía. Sus pies seguían siendo su secreto. Nadie sabía. Nadie sabría jamás.

Había quemado las fotos, sí, pero eso no significaba nada. Viktor tenía los negativos, las copias digitales, quién sabe cuántas más. Su secreto estaba a salvo solo mientras él quisiera mantenerlo así.

Y eso, pensaba a menudo, era lo peor de todo.

Ocho meses después, en una tarde lluviosa de otoño, Gisele estaba en su apartamento de París repasando su agenda. La semana siguiente viajaría a Milán para una campaña de Armani, luego a Nueva York para la MET Gala, luego…

El teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje. Número desconocido.

Gisele lo abrió distraídamente, esperando algún spam o alguna propuesta comercial sin importancia.

«Querida Gisele,

Espero que este mensaje te encuentre bien. He seguido tu carrera estos meses con admiración. La portada de Vogue del mes pasado estaba especialmente magnífica.

Te escribo porque tengo una nueva propuesta para ti. No es un trabajo cualquiera. Es algo similar a lo que compartimos aquella noche inolvidable en mi mansión. Pero en esta ocasión, no seré yo el coleccionista. Tengo un amigo, un cliente similar, con gustos igualmente… exquisitos. Le he hablado de ti y está muy interesado.

Las condiciones serían las mismas: absoluta privacidad, una noche de sesión, y una compensación generosa. El triple de lo que recibiste la última vez.

Si aceptas, en los próximos días recibirás un boleto de avión a una ciudad europea. Allí te recogerán y te llevarán al lugar acordado.

Necesito tu confirmación antes de 48 horas. Solo tienes que responder «sí» a este mensaje.

Espero tu respuesta.

VK»

Gisele sintió que el mundo se detenía.

VK.

Viktor.

Dos letras que bastaron para que todo volviera. El terror, la risa, la vulnerabilidad, la humillación. Y también, en algún rincón oscuro de su mente que no quería reconocer, esa pequeña chispa de algo que no sabía definir.

Sus manos temblaban sujetando el teléfono. Leyó el mensaje una vez, dos veces, tres veces. Intentó procesar lo que significaba.

Viktor quería que volviera. Pero no con él. Con otro. Con un amigo de gustos similares.

El triple de dinero.

Otra noche de cosquillas. Otra noche de tortura. Otra noche de perder el control.

Gisele dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó. Caminó hacia la ventana y miró la lluvia caer sobre París. Sus pies, descalzos sobre el suelo de madera, notaban cada pequeña irregularidad, cada mínimo cambio de temperatura. Todavía. Siempre.

Recordó las fotos. Las que había quemado. Pero Viktor no lo sabía. Viktor creía que ella las conservaba, que vivía con el miedo constante de que fueran reveladas.

Y quizás, pensó, ese miedo era suficiente. Quizás Viktor confiaba en que ella aceptaría por miedo, por dinero, por lo que fuera.

Pero también recordó algo más. Recordó la sensación de volar, de perderse a sí misma, de dejar de ser Gisele la modelo para ser solo un cuerpo que sentía y reía. Recordó, con horror y con algo que no quería admitir, que en algún momento de aquella noche había dejado de luchar.

Volvió a la mesa y tomó el teléfono. Sus dedos vacilaron sobre la pantalla.

Podía borrar el mensaje. Podía ignorarlo. Podía fingir que nunca había llegado. Seguir con su vida, con sus pasarelas, con sus portadas. Olvidar que Viktor existía.

Pero Viktor no la olvidaría a ella. Viktor tenía las fotos. Viktor podía destruir su carrera en un instante.

Y además… estaba esa otra cosa. Esa pequeña voz interior que susurraba que quizás, solo quizás, una parte de ella quería volver.

Gisele respiró hondo y comenzó a escribir.

Un solo carácter.

«Sí».

Presionó enviar antes de que el miedo pudiera detenerla.

El mensaje voló a través de la red, hacia algún lugar desconocido, hacia Viktor, hacia su destino.

Luego dejó el teléfono y se sentó en el suelo, abrazándose las rodillas, mirando la lluvia caer.

Había dicho sí.

Y no sabía si eso la convertía en la mujer más valiente o en la más estúpida del mundo.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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