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Mira, yo creo que hay cosas en la vida que no eliges. No elegiste tus padres, no elegiste tu altura, y desde luego yo no elegí tener demasiadas cosquillas en los pies, sobre todo en las plantas.
Para que me entiendas bien, te pongo en situación. Soy Olga, tengo 52 años, mido 1,65 metros y soy de contextura delgada. Tengo la piel blanca, el cabello negro y los ojos color miel. Siempre he procurado cuidarme: voy al gimnasio tres veces por semana, como bien, y procuro mantenerme en forma. No tengo hijos, soy divorciada desde hace unos años, y vivo sola en un apartamento que he decorado a mi gusto. Mi vida es ordenada, tranquila y predecible.
Pero hay algo que rompe esa tranquilidad, y son mis pies. Calzo un 38, los tengo bien cuidados, pero son mi punto débil. Y no me refiero a que me duelan o que se me cansen. Me refiero a que son terriblemente, increíblemente, absurdamente sensibles a las cosquillas.
Y no es solo en los pies. Tengo cosquillas en todo el cuerpo, eso sí. Si me tocan la cintura, me retuerso. Si me rozan el cuello, me pongo nerviosa. Si me agarran las costillas, ya no puedo ni respirar. Pero el verdadero problema, el que me persigue a todas partes, el que me ha hecho pasar vergüenzas delante de desconocidos y familiares por igual, son las plantas de los pies. Ahí es donde el demonio de las cosquillas se instala y no se va.
Soy ingeniera, tengo 52 años, llevo veinte años dirigiendo equipos y he dado charlas frente a cien personas sin inmutarme. Soy una mujer seria, resolutiva, de las que toman decisiones difíciles y no se achican ante un problema. Pero ponme un dedo en la planta del pie y pierdo el control por completo. Mi cuerpo se olvida de que soy ingeniera, de que dirijo personas, de que he dado charlas importantes. Mi cuerpo se convierte en una masa de nervios que solo sabe reírse, retorcerse y pedir clemencia.
Y créanm cuando les digo que he intentado de todo. He probado a relajarme, a pensar en otras cosas, a morderme el labio para aguantar. No funciona. He intentado convencerme de que es solo una sensación, que está en mi cabeza. No funciona. Las cosquillas en mis plantas son más fuertes que mi voluntad, que mi disciplina, que mi orgullo. Y lo he aprendido a aceptar.
Pero eso no significa que sea fácil. Porque las cosquillas no avisan. No preguntan. Aparecen en el momento menos pensado, en la situación más inapropiada, y te desarman delante de quien menos quieres que te vea así.
Y hoy les voy a contar tres de esas situaciones. Tres momentos en los que mis pies me traicionaron, en los que mi punto débil quedó expuesto, y en los que aprendí que, por mucho que intente controlarlo, las cosquillas siempre, siempre, ganan.
El otro día fui a comprar unos zapatos para la boda de la hija de mi prima. No era una boda cualquiera, era una boda importante. Mi prima siempre ha sido muy especial para mí, y su hija, la que se casaba, era como una sobrina para mí. Así que quería ir perfecta. Vestido bonito, peinado impecable, y unos zapatos elegantes que combinaran con todo.
El problema es que yo no soy de comprar zapatos. No me gusta. No es que no me guste el calzado, es que ir a probármelos siempre es una experiencia que me pone nerviosa. Pero esa vez no había excusa. Necesitaba unos zapatos nuevos y no podía dejar pasar más tiempo porque la boda era en dos semanas.
Salí de la oficina directamente. Llevaba todo el día con mis tacones negros de trabajo, de esos que son cómodos pero que después de ocho horas te piden a gritos que los quites. Pero no me los quité. Llegué a la zona comercial, estacioné el coche y caminé un par de cuadras hasta la zapatería. Con los tacones puestos, porque no iba a andar descalza por la calle.
Entré en una tienda que parecía seria. No era de esas tiendas grandes con cien modelos apilados. Era una zapatería de barrio, de las de antes, con zapatos en vitrinas y una dependienta que te atendía personalmente. La señora era una mujer mayor, muy amable, de esas que te tratan como si fueras su nieta. Me sonrió en cuanto entré.
—¿Qué busca, señora? —me preguntó con una voz cálida.
—Necesito unos zapatos elegantes para una boda —le dije—. Algo cómodo pero que se vea bien. Tengo un vestido azul marino.
Ella asintió y empezó a sacar modelos. Tacones de distintos estilos, colores, alturas. Yo los miraba, los tocaba, pero ninguno me convencía del todo. Hasta que sacó uno. Un par de zapatos de tacón medio, de piel negra, con un detalle discreto en el empeine. Eran preciosos. Justo lo que necesitaba.
—Estos son perfectos —dije—. ¿Los puedo probar?
—Claro que sí, siéntese aquí —me dijo, señalando un sillón acolchado.
Me senté. Y ahí empezó el problema. Porque para probarte un zapato de vestir, te lo tienes que poner bien. Y para ponerlo bien, necesitas que alguien te ayude a meter el pie. O al menos, esa señora era de las que ayudaban.
Yo ya la veía venir. Me quité el tacón derecho, dejando mi pie descalzo. Estaba cansada, sudoroso por el día, pero no me importaba. Lo que me importaba era que mis pies estaban desnudos, expuestos, vulnerables.
Estiré la pierna. La señora se arrodilló delante de mí para ayudarme a meter el pie. Yo pensé: ‘tranquila, Olga, ella solo va a deslizar el zapato, no te va a tocar, aguanta tres segundos’.
Pero no. La señora, con toda la buena intención del mundo, metió su mano por detrás de mi talón para guiar mi pie hacia dentro. Y en ese movimiento, sus dedos rozaron toda mi planta. Pero no un roce ligero. Un roce firme, de profesional, que recorrió desde el arco hasta los dedos. Un roce que sabía exactamente lo que hacía, aunque ella no tuviera ni idea de lo que estaba provocando.
Y yo sentí ese cosquilleo que conozco tan bien. Ese aviso de que mi cuerpo iba a traicionarme. Intenté controlarlo. De verdad que lo intenté. Apreté los puños, mordí el labio, respiré hondo. Pero no sirvió de nada.
¿Qué hice yo? Pues no me preguntes cómo, porque ni yo misma lo sé, pero en menos de un segundo pegué un respingo tan fuerte que casi le doy una patada en la barbilla a la pobre mujer. Mi pie salió disparado del zapato como si hubiera tocado fuego. Solté un ‘¡AY!’ que no era de dolor, era de puro reflejo, y me reí sin poder controlarme. No pude evitarlo. Fue más fuerte que yo.
La dependienta se quedó con el zapato en una mano, mirándome sin saber qué había pasado. Su cara era un poema. No sabía si había hecho algo mal, si me había hecho daño, o si me había vuelto loca de repente.
—¿Le ha hecho daño, señora? —me preguntó, preocupadísima.
Y yo, con la cara colorada, intentando recuperar mi pose de ingeniera seria, le dije:
—No, no, para nada. Es que… tengo muchísimas cosquillas en los pies. Me ha dado justo en la planta y ha sido un reflejo. ¿Puedo probármelo yo sola, por favor?
Ella me miró con una sonrisa de esas que dicen ‘ya te he descubierto’, pero asintió con educación. Me probé el zapato sola, con cuidado de no rozarme demasiado, y lo compré sin ni siquiera mirar si me quedaba bien. Pagué y salí de esa tienda como si me persiguiera un perro.
Pero lo peor no fue la vergüenza. Lo peor fue que dos semanas después, el día antes de la boda, me probé los zapatos en casa y me hacían daño en el dedo meñique. No había manera de que me quedaran bien. Los había comprado sin probármelos bien, sin caminar con ellos, sin asegurarme de que eran los adecuados. Y ahora estaba a un día de la boda sin zapatos.
No me quedó más remedio que ir a devolverlos. Y cuando entré en la zapatería, la misma dependienta me vio y me dijo con una sonrisa pícara:
—Ah, la señora de las cosquillas. Pase, pase, que hoy no la toco, se lo prometo.
Y allí estaba yo, otra vez, con mi punto débil expuesto delante de una desconocida. Porque eso es lo peor de tener cosquillas en los pies: no puedes esconderlo. Siempre, en el momento menos pensado, tu propio cuerpo te traiciona. Y aunque intentes controlarlo, aunque intentes apretar los puños y morderte el labio, las cosquillas siempre, siempre, ganan.
Y luego está mi sobrino Diego. Tiene quince años, está en el colegio, y es hiperactivo desde que nació. Yo lo conozco desde que era un bebé, he visto cómo crecía, y siempre ha sido igual: inquieto, travieso, y con una capacidad innata para encontrar el punto débil de la gente. Y el mío, lamentablemente, lo descubrió cuando tenía seis años.
Recuerdo aquel día como si fuera ayer. Estaba en casa de mi hermana, sentada en el suelo, y Diego, que entonces era un niño pequeño, se acercó a mis pies descalzos y empezó a tocarlos. Yo, sin pensar, solté una risa nerviosa. Él lo vio, repitió el gesto, y yo volví a reírme. Y ahí lo entendió todo. Desde ese momento, supo que tenía un arma secreta contra su tía.
El otro día llegó a casa después del colegio. Su madre, mi hermana, tenía una reunión de última hora y me pidió que lo recogiera y le diera de comer hasta que ella volviera. No podía decirle que no. Era mi hermana, y además, Diego es mi sobrino. Pero sabía lo que significaba tenerlo en mi casa una tarde entera. Significaba que mis pies iban a sufrir.
Yo estaba en el sofá, recién llegada del trabajo. Había estado todo el día con tacones, corriendo de una reunión a otra, y mis pies pedían a gritos un descanso. Me los había quitado nada más entrar por la puerta. Los tenía descalzos, apoyados en el reposabrazos del sofá, estirando las piernas. Cerré los ojos y casi me estaba quedando dormida. El silencio de la casa era perfecto. Hasta que escuché la puerta abrirse.
—¡Tía! ¡Ya llegué! —gritó Diego desde la entrada.
Y antes de que pudiera reaccionar, ya había tirado la mochila en el suelo y estaba encima del sofá. Se tiró sobre mis piernas sin pedir permiso, sin avisar, y me agarró los pies con las dos manos. Sus dedos estaban fríos, y sentí el cosquilleo antes de que empezara.
—Diego, no… —alcancé a decir.
Pero ya era tarde. Sus dedos comenzaron a moverse por mis plantas. Y no era un roce suave. Era fuerte, rápido, sin piedad. Recorriendo toda la planta, desde el talón hasta los dedos, una y otra vez. Sus dedos presionaban el arco, se deslizaban por el centro, masajeaban el talón. Y yo, desde el primer segundo, ya estaba perdida.
Empecé a reírme a carcajadas. No podía parar. Intentaba decirle algo, pero las palabras no salían. Mi cuerpo se retorcía en el sofá, intentando escapar, pero él me sujetaba fuerte.
—¡Diego! ¡Para! ¡Ya! —alcancé a decir entre risas, mientras intentaba apartarlo con las manos.
Pero él no paraba. Al contrario, se reía y seguía.
—¡Tía, si que eres muy cosquilluda en los pies! —decía mientras sus dedos no dejaban de moverse en mis plantas—. ¿Cómo puedes ser tan sensible? No tienes remedio.
—¡Diego, te lo pido! —grité entre carcajadas—. ¡No puedo más!
Pero él seguía. Sus dedos recorriendo una y otra vez toda la planta. El arco, el talón, los dedos. Una y otra vez.
—¡Tía, no sabes lo divertido que es hacerte esto! —decía mientras reía—. Eres mi persona favorita para hacer cosquillas.
Yo ya no podía más. Estaba riendo tan fuerte que me dolían los abdominales. Las lágrimas empezaban a salirme. Mi cuerpo se retorcía sin control, pero él era más fuerte y no soltaba mis pies.
—¡Diego! —grité—. ¡Te lo pido! ¡Ya no puedo! ¡Por favor!
Y Diego no paraba. Sus dedos seguían moviéndose por mis plantas. El arco, el talón, los dedos. Una y otra vez. Rápido, fuerte, sin piedad. Y yo reía. Reía sin control, sin poder parar. Las carcajadas salían de mi pecho sin que pudiera hacer nada para detenerlas.
Mis pies intentaban escapar, pero él los sujetaba con fuerza. Mis manos intentaban apartarlo, pero él era más fuerte. Mi cuerpo se retorcía en el sofá, intentando encontrar una posición que me librara de sus dedos, pero era imposible. Él sabía exactamente dónde tocarme. Conocía cada centímetro de mis plantas, cada punto sensible. Y los atacaba todos sin descanso.
El arco. El talón. La zona justo debajo de los dedos. El centro de la planta. Todas esas zonas que me vuelven loca, todas esas zonas que me hacen reír sin control. Sus dedos las recorrían una y otra vez, sin parar, sin dar tregua.
Yo reía. Reía a carcajadas. Las lágrimas empezaban a salirme de los ojos. Los abdominales me dolían de tanto reír. Intentaba respirar entre carcajada y carcajada, pero no podía. El aire no me llegaba. Solo risa. Risa continua, incontrolable, infinita.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —era lo único que salía de mi boca.
Mis pies se movían solos, intentando escapar, pero él no soltaba. Sus dedos seguían moviéndose por mis plantas. Rápidos. Fuertes. Sin piedad.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja!
No podía hablar. No podía pedirle que parara. Solo podía reír. Reír sin control. Las lágrimas corrían por mis mejillas. Mi cuerpo se retorcía. Mis manos golpeaban el sofá sin fuerzas.
Y él seguía. Sus dedos recorriendo mis plantas una y otra vez. El arco. El talón. Los dedos. El centro de la planta. Sin parar.
Yo ya no podía más. Mi pecho ardía. Mis abdominales dolían. Las lágrimas no paraban de salir. Y la risa no se detenía. No podía detenerla.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!
Y entonces, de repente, lo soltó. Sus dedos dejaron de moverse. Mis plantas quedaron libres. Pero mi cuerpo seguía temblando. Mi pecho seguía subiendo y bajando. Mi cara estaba colorada, mojada por las lágrimas. Mis pies aún se movían solos, como si recordaran el cosquilleo.
Me quedé allí, en el sofá, sin aliento, con el corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. La risa se fue convirtiendo en respiraciones profundas, en intentos de recuperar el aire que había perdido durante esos minutos interminables.
Y Diego, sentado a mi lado, se partía de risa.
Yo no podía ni mirarlo. Solo respiraba. Intentaba recuperarme. Mis pies seguían temblando. Mis abdominales dolían. Y él, el muy demonio, se reía a carcajadas de verme así.
—Tía, eres la mejor. Nunca cambies —dijo, levantándose y yendo a la cocina como si nada.
Yo me quedé allí, en el sofá, sin fuerzas para moverme. La respiración aún entrecortada. Los pies aún temblorosos. Y la risa, esa risa interminable, aún resonando en mi cabeza.
Y así es Olga. Ingeniera, seria, responsable, con su piel blanca, su cabello negro y sus ojos color miel. Una mujer de 52 años, divorciada, sin hijos, que vive sola y tiene su vida perfectamente organizada. Una mujer que da charlas frente a cien personas sin inmutarse, que toma decisiones difíciles en el trabajo, que resuelve problemas en minutos.
Pero también es la misma mujer que, si le rozan la planta del pie, se convierte en un manojo de nervios que no puede parar de reír. La misma mujer que su sobrino ataca cada vez que tiene oportunidad. La misma mujer que las pedicuristas ya conocen como «la señora de las cosquillas».
Y lo mejor de todo es que ella se ríe de ello. Ha aprendido a vivir con su condición, como ella misma dice. Sabe que sus pies son su punto débil, que siempre estarán ahí para traicionarla en el momento menos pensado. Pero también sabe que forma parte de quien es. Que no tiene nada de malo reírse a carcajadas cuando alguien toca sus plantas. Que es solo una parte de ella, como su altura, como su profesión, como su historia.
Olga ha aceptado sus cosquillas. Y ahora, cuando va a la zapatería, avisa antes de probarse los zapatos. Cuando va a la pedicura, pide que no le hagan masaje. Y cuando ve a su sobrino acercarse con esa sonrisa pícara, ya sabe lo que viene. Pero se ríe. Siempre se ríe. Porque al final, las cosquillas son eso: un momento de risa, de vulnerabilidad, de conexión con los demás.
Y aunque a veces la pase mal, aunque a veces sienta vergüenza, sabe que esas historias son las que la hacen humana. Las que la acercan a los demás. Las que la hacen recordar que, por mucho que intente controlarlo todo, hay cosas que escapan a su voluntad.
Como las cosquillas en sus plantas. Esas siempre, siempre, ganan.
Original de Tickling Stories
