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El aire frío de la noche capitalina cortaba como una navaja, pero Samuel lo prefería así. Las calles estaban más despejadas, la gente se movía con prisa hacia la calidez de sus hogares, y la oscuridad ofrecía un manto de intimidad perfecto para sus observaciones. Se refugiaba en el quicio de una puerta, las manos enterradas en los bolsillos de su abrigo, cuando la luz cálida del salón de belleza «Belleza Nocturna» se cortó y una mujer salió.
Era una mujer con un aire sereno, de cabello castaño que le caía sobre los hombros. Llevaba un elegante abrigo, pero lo que captó la atención de Samuel de inmediato fueron sus zapatos. Eran sandalias abiertas, a pesar del frío, como si no pudiera soportar la idea de ocultar el recién estrenado trabajo en sus pies. La luz del farol iluminó sus uñas, pintadas con un esmalte rojo intenso y perfectamente cuidadas. El pedicure era impecable.
Samuel sonrió para sí. Aquello era un regalo. Un lienzo recién preparado, sensible y vulnerable. Esperó a que ella comenzara a caminar, con esa seguridad de quien cree que la noche ya no le depara sorpresas, y entonces se despegó de la sombra.
Caminó a un ritmo que le permitió alcanzarla sin parecer que la perseguía.
—Disculpe —dijo, con una voz calmada que sonó genuinamente preocupada—. Hace mucho frío para ir con los pies tan expuestos. ¿No teme resfriarse?
La mujer se volvió, un poco sorprendida, pero al ver a un hombre con una sonrisa amable y las manos a la vista, su defensa inicial se suavizó.
—Es un poco tonto, lo sé —confesó con una risa suave—. Pero acabo de salir del salón y no quería estropear el esmalte metiéndome en unos zapatos cerrados tan pronto. Vivo cerca.
—Por suerte —comentó Samuel, caminando a su lado—. Aunque cerca a veces puede sentirse muy lejos en una noche como esta. ¿Me permite acompañarla? Me llamo Samuel.
Ella lo miró, evaluándolo. Su instinto le decía que no había peligro, solo un extraño amable en la noche fría.
—Mónica —se presentó—. Y bueno, si va en la misma dirección, no me molesta la compañía.
Caminaron hablando de trivialidades. Samuel era encantador, un buen oyente. Comentó lo inteligente que era arriesgarse al frío por lucir unos pies tan bien cuidados, y Mónica, halagada, se rio.
—Mi hermana dice que es una locura, pero es mi pequeño lujo semanal.
Pronto, se adentraron en una calle más estrecha y mal iluminada que conducía a su edificio. Era el lugar perfecto: silencioso, con varios portales profundos que se tragaban la luz.
—Es por aquí —dijo Mónica, señalando hacia adelante—. Gracias por la compañía, Samuel.
—El placer fue mío, Mónica —respondió él, deteniéndose—. Pero antes de que te vayas, tengo que confesarte algo.
Ella se detuvo, curiosa.
—¿Oh? ¿Qué es?
—Tengo una debilidad —dijo, con un tono juguetón que no delataba sus intenciones—. Una especie de… fascinación. Y ver unos pies tan perfectos y, según dijiste, tan sensibles por el reciente cuidado, es una tentación demasiado grande.
Mónica arqueó una ceja, confundida entre la diversión y un primer atisbo de alarma.
—¿Una fascinación? ¿Qué quieres decir?
En lugar de responder, Samuel, con una fluidez sorprendente, la guió suavemente hacia el hueco de un portal cercano, donde la oscuridad era casi absoluta.
—Quiero decir —susurró él, mientras la hacía sentar en el pequeño escalón de entrada—, que no puedo irme sin comprobar una teoría.
Antes de que Mónica pudiera reaccionar o protestar, Samuel se arrodilló frente a ella. Con un movimiento rápido pero delicado, tomó uno de sus tobillos y levantó su pie, descalzándolo de la sandalia. El pie, pálido y perfectamente arreglado en la penumbra, parecía brillar. El esmalte rojo era un punto de intenso color.
—Samuel, ¿qué haces? —preguntó Mónica, con una voz que ahora sí temblaba, tratando de retirar el pie.
—Solo un experimento —murmuró él, y sin más preámbulo, deslizó la yema de sus dedos con suavidad por la planta de su pie.
La reacción fue instantánea y eléctrica. Mónica soltó un chillido ahogado y un torrente de risa nerviosa.
—¡Ah! ¡No, para! —su cuerpo se estremeció, intentando encogerse.
—Vaya, vaya —dijo Samuel, con una sonrisa amplia que ella no podía ver, pero podía sentir en su voz—. El pedicure no solo los dejó bonitos, sino que los ha vuelto hipersensibles. Es fascinante.
Sus dedos comenzaron a moverse con más propósito. Trazó círculos lentos en el centro de la planta, presionó suavemente la almohadilla justo debajo de los dedos y luego se deslizó hacia el sensible arco. Las carcajadas de Mónica, que habían empezado como risas de sorpresa, se convirtieron en un jadeo descontrolado.
—¡JAJAJAJA! ¡Por favor, Samuel, basta! ¡Es demasiado! ¡JAJAJAJA! —Su cuerpo se retorcía, pero él sostenía su tobillo con firmeza, sin hacerle daño, pero impidiendo cualquier escape.
—Tienes una risa preciosa, Mónica —comentó él, cambiando al otro pie y repitiendo el proceso—. Y estos piececitos… son increíblemente elocuentes.
Centró su ataque en los dedos de los pies, pasando la uña ligeramente entre ellos y pellizcando suavemente las yemas, justo bajo el esmalte fresco. Mónica gritó de risa, una risa alta y desesperada que resonó en la calle vacía.
—¡NOOO! ¡AHÍ NO, POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡ME VA A DAR UN CALAMBRE DE TANTO REÍR!
Samuel se deleitaba en cada vibración, en cada contracción de sus pies. Era una tortura juguetona, un juego de poder donde la única arma era el cosquilleo incesante. Se inclinó y sopló suavemente sobre la planta sudorosa, provocando un nuevo espasmo de risa histérica y un intento frenético de Mónica por liberarse.
—¡Te dije… JAJAJA… que era una locura! —logró articular entre carcajadas, refiriéndose a sus sandalias—. ¡Pero no por esto!
—Fue una decisión arriesgada —coincidió Samuel, deteniéndose por un momento, permitiendo que Mónica jadeara, con el pecho subiendo y bajando rápidamente—. Pero muy generosa por tu parte.
Al ver que recuperaba el aliento, sus dedos volvieron al ataque, esta vez en ambos pies a la vez, rascando y trazando patrones rápidos sobre toda la superficie. Mónica se desplomó hacia atrás, apoyada en los codos, completamente vencida por la risa, con lágrimas rodando por sus mejillas.
—¡BASTA! ¡TE LO SUPLICO! ¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS! ¡ME RINDO!
Samuel, satisfecho, soltó sus tobillos. Los pies de Mónica cayeron al suelo, y ella los retiró de inmediato, encogiéndose como un erizo, todavía jadeando y con espasmos residuales de risa.
Permaneció allí un minuto, recuperándose, mientras Samuel se ponía de pie y se sacudía el polvo de los pantalones.
—Eres… un demonio —dijo Mónica, sin poder evitar una sonrisa de incredulidad y agotamiento.
—Lo sé —respondió Samuel con una leve inclinación de cabeza—. Cuida esos pies, Mónica. Las noches en la ciudad están llenas de sorpresas.
Y, dándole la espalda, se perdió de nuevo en la sombra de la calle, dejando a Mónica sentada en el frío escalón, con el corazón aún acelerado, los pies hormigueantes y la certeza de que, a partir de ahora, reconsideraría seriamente la sabiduría de un pedicure nocturno.
Continuará…
Original de Tickling Stories
