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Las semanas transcurren con la calma del otoño. Las hojas comienzan a teñirse de tonos ocres y dorados, y Andrea, envuelta en su rutina, siente cómo los días se deslizan con una serenidad casi hipnótica.
Cada mañana se levanta temprano, prepara el desayuno, ayuda a su pequeño hijo a vestirse, y lo acompaña hasta la escuela. Luego vuelve a su apartamento, enciende su MacBook Air, y se sumerge en el trabajo: revisa correos, responde mensajes de clientes y da forma a los nuevos proyectos que le llegan como freelance.
De vez en cuando, la rutina se interrumpe por un breve encuentro en el ascensor o en el pasillo del edificio con Miguel Ángel. Un saludo, una sonrisa, a veces una frase corta que deja en el aire cierta complicidad, una chispa que ambos parecen reconocer sin decirlo abiertamente. Pero más allá de esas miradas, la vida sigue con normalidad.
Una tarde, mientras Andrea preparaba una merienda, su pequeño hijo la observaba con la seriedad de quien planea algo importante.
—Mami —dijo finalmente, rompiendo el silencio—, quiero tener una mascota.
Andrea levantó la vista, sorprendida por la petición.
—¿Una mascota? —repitió con una sonrisa curiosa—. ¿Y qué tipo de mascota quieres tener?
El niño pensó unos segundos, moviendo los pies con entusiasmo.
—Un perrito —dijo al fin, con una mezcla de ilusión y decisión.
Andrea no pudo evitar reír suavemente.
—¿Un perrito, eh? ¿Y quién lo va a sacar a pasear, a darle de comer y a bañarlo? —preguntó, alzando una ceja.
El pequeño se encogió de hombros, pero su sonrisa no se borró.
—Yo te ayudo, mami, lo prometo. Solo quiero un amigo peludo.
Andrea lo miró un instante, enternecida. La idea no le resultaba del todo descabellada. Su hijo era responsable para su edad, y quizás una mascota le haría bien a ambos, llenando el hogar de un poco más de alegría y compañía.
—Bueno —dijo al fin, con una sonrisa—, lo pensaré. Pero si lo hacemos, los dos seremos responsables. ¿Trato hecho?
El niño asintió con entusiasmo, extendiendo la mano para sellar el acuerdo.
—¡Trato hecho!
Andrea estrechó su pequeña mano, riendo. El otoño seguía su curso, y con él, la promesa de un nuevo comienzo para ambos.
A Andrea no terminaba de convencerle del todo la idea de tener un perro en casa. Sabía que implicaba trabajo, cuidados, paseos, y que probablemente le tocaría a ella encargarse de la mayor parte de eso. Pero ver la ilusión de su hijo cada vez que mencionaba la palabra mascota le hacía imposible negarse.
Así que, una tarde fresca de octubre, después de recogerlo en la escuela, decidió cumplirle el deseo. Con el pequeño sentado en el asiento trasero, lleno de emoción, condujeron hasta una tienda de mascotas del barrio.
El lugar tenía ese aroma dulce y limpio de los espacios donde todo parece nuevo: jaulitas relucientes, juguetes colgados en los estantes, y el ladrido suave de varios cachorros que buscaban atención.
Apenas entraron, el niño se detuvo frente a una jaula donde un pequeño cocker spaniel color miel los observaba con curiosidad. Tenía las orejas largas, los ojos brillantes y una energía que parecía contagiosa.
—¡Mami, mira! ¡Ese! ¡Ese quiero! —exclamó el niño, señalando al cachorro con un entusiasmo que hizo sonreír incluso a la dependienta.
Andrea se inclinó un poco para mirarlo mejor. El cachorro movía la cola sin parar, como si ya los hubiera elegido a ellos.
—Bueno, parece que él también te quiere a ti —dijo Andrea, sonriendo.
La empleada les explicó que el perrito ya estaba desparasitado y con sus primeras vacunas. Andrea firmó algunos documentos, recibió una pequeña bolsa con instrucciones y comida especial, y poco después, salieron de la tienda con el nuevo miembro de la familia en brazos.
En el auto, mientras el cachorro descansaba en el regazo del niño, Andrea preguntó:
—¿Y cómo lo vas a llamar?
El pequeño se quedó pensativo unos segundos, acariciando las orejas suaves del cocker.
—Docker —dijo al fin, con una sonrisa llena de orgullo—. Se llama Docker.
Andrea rió, divertida por el ingenio del nombre.
—Docker… suena bien. Bienvenido a la familia, pequeño.
El cachorro levantó la cabeza, moviendo la cola con fuerza, como si entendiera que acababa de ser adoptado oficialmente. Andrea miró por el retrovisor a su hijo, que no podía dejar de sonreír, y sintió una calidez nueva en el pecho. Quizás, pensó, no era tan mala idea después de todo.
Las semanas fueron pasando casi sin que Andrea se diera cuenta. El otoño comenzaba a despedirse con sus últimos vientos fríos, y poco a poco el invierno se asomaba en el horizonte. Las mañanas eran más oscuras, el aire más helado, y el aroma a café recién hecho se convertía en su mejor compañía al empezar el día.
Como siempre, Andrea se levantaba temprano, preparaba el desayuno y llevaba a su pequeño hijo a la escuela. Luego regresaba a su apartamento, encendía su portátil y comenzaba su jornada como freelance. Pero ahora, ya no trabajaba sola.
En la alfombra, junto a su escritorio, se había instalado su nuevo compañero: Docker, el pequeño cocker spaniel color miel. Era un torbellino de energía, cariñoso y divertido, aunque también un pequeño desastre con patas.
Andrea lo adoraba, pero pronto descubrió una manía que la tenía al borde de la desesperación: Docker parecía tener una fascinación absoluta por su calzado.
No importaba si eran chanclas, tacones o tenis; el cachorro siempre encontraba una manera de robar uno y llevárselo corriendo por todo el apartamento como si fuera su trofeo. Y no solo los zapatos… también sus medias.
A veces, Andrea se quitaba las medias después de un largo día, las dejaba dentro de sus zapatos o al pie de la cama, y al volver minutos después las encontraba en el pasillo, arrugadas y baboseadas por su pequeño ladrón.
—¡Docker! —gritaba entre risas y frustración—, ¡deja mis medias!
El cachorro solo la miraba, moviendo la cola con alegría, como si todo fuera un juego.
Una mañana, mientras intentaba rescatar uno de sus tacones, Andrea decidió que tenía que entender qué pasaba con su travieso amigo. Abrió su laptop, buscó en internet y comenzó a leer artículos de adiestramiento y comportamiento canino.
Descubrió que muchos cachorros se obsesionaban con los zapatos y la ropa por el olor: las prendas conservaban el aroma de su dueño, y eso los tranquilizaba o los hacía sentir más cerca. En el caso de Docker, parecía que adoraba el olor de Andrea tanto como su compañía.
Andrea siguió leyendo los artículos con curiosidad. Cuanto más aprendía, más sentido tenía todo: los perros buscaban el olor de su dueño porque era una forma de sentirse acompañados y seguros. Pero en uno de los foros que consultaba, un comentario la hizo arquear una ceja.
«Algunos cachorros no solo toman los zapatos o las medias de su dueño —decía un usuario—, también pueden intentar lamerles los pies, porque el olor es familiar y reconfortante para ellos.»
Andrea se quedó mirando la pantalla unos segundos, entre divertida y preocupada.
—Oh, no… —murmuró con una sonrisa nerviosa—. Eso sí que no.
Con solo imaginar al pequeño Docker acercándose a sus pies con esa lengua curiosa, le recorrió un escalofrío acompañado de una carcajada contenida. Ella sabía mejor que nadie que sus pies eran su punto débil.
—Definitivamente, eso no sería buena idea —dijo para sí misma, moviendo la cabeza y sonriendo.
El cachorro, que dormía hecho un ovillo junto a su escritorio, movió una oreja al escuchar su voz. Andrea lo miró con ternura y un poco de prevención.
—Tú ni lo pienses, pequeño travieso —le advirtió en tono juguetón—. Con lo cosquilluda que soy, no quiero descubrir lo que pasaría si intentas algo así.
Docker soltó un pequeño ladrido, como si le respondiera, y volvió a acomodarse en el suelo. Andrea rió suavemente, girando en su silla y retomando el trabajo, aunque en el fondo no podía evitar imaginar la escena por un instante.
—Ay, Andrea… —se dijo entre risas—, mejor escondes tus medias y tus pies también.
El día continuó con la misma mezcla de ternura y travesuras, el tipo de calma divertida que solo un cachorro y un hogar lleno de vida podían traer.
Andrea terminó de leer el artículo, negó con la cabeza y volvió a concentrarse en la pantalla de su MacBook. El sonido de las teclas volvió a llenar el apartamento, acompañado de los correteos de Docker que iba y venía con alguna media entre los dientes.
Trabajar desde casa se había convertido en una rutina cómoda: pantalón de mezclilla, camiseta suelta y pies descalzos. Su hijo estaba en la escuela, y el silencio del lugar solo era interrumpido por el golpeteo suave de las patas del cachorro y algún ladrido juguetón.
Una alerta en su calendario parpadeó repentinamente:
“Reunión con clientes – 10:30 a.m.”
—¡Ay, no! —exclamó, mirando la hora.
Se apresuró a prepararse, ajustó la cámara y el micrófono, se sentó en su silla ergonómica y entró en la videollamada justo a tiempo. En la pantalla aparecieron tres rostros sonrientes que la saludaron cordialmente. Nadie imaginaba que, fuera de cámara, ella seguía sin zapatos.
Mientras explicaba una parte del proyecto y compartía su pantalla, Docker, aburrido de sus juguetes, comenzó a olfatear el estudio. Se acercó a una esquina, luego a otra, y finalmente pareció detenerse junto a la silla de Andrea.
Ella lo notó solo cuando lo sintió moverse entre sus pies.
Docker, satisfecho de haber encontrado su lugar favorito, empezó a jugar bajo el escritorio. Andrea, concentrada en la reunión, sentía cómo algo se movía entre sus pies.
—Docker, no empieces ahora… —susurró con una sonrisa tensa, intentando que sus compañeros de llamada no notaran nada.
El cachorro, ajeno a la importancia del momento, comenzó a empujar suavemente con su hocico y a juguetear con el bajo del pantalón de Andrea. Ella se estremeció un poco, intentando mantener el tono profesional mientras seguía explicando unas gráficas.
—Como pueden ver en este apartado… —dijo con voz entrecortada, mientras hacía un gesto disimulado con el pie para apartarlo.
Docker lo tomó como un nuevo juego: se movió de un lado a otro bajo la silla, feliz, haciendo ruiditos suaves con las patas contra el suelo. Andrea mordió su labio para no reírse.
Uno de sus clientes la miró curioso desde la pantalla.
—¿Todo bien, Andrea? —preguntó amablemente.
—Sí, sí, perfecto —respondió con una risita nerviosa—. Es que… tengo a mi asistente personal un poco inquieto.
El grupo rió sin entender muy bien a qué se refería, mientras Docker seguía feliz bajo la silla, creyendo que estaba ganando el juego.
Andrea trató de mantener la compostura, pero el cachorro seguía insistente, tirando del dobladillo de su pantalón y moviéndose sin parar entre sus piernas.
—¡Docker, basta! —susurró, disimulando su voz detrás de una sonrisa tensa.
Él, encantado con la atención, decidió redoblar sus esfuerzos: empezó a mordisquear el borde del pantalón y a saltar juguetonamente cerca de sus pies. Andrea se removía en la silla, haciendo malabares entre el teclado, la cámara y el cachorro revoltoso que no entendía de reuniones.
—Como les decía… —intentó continuar, pero una risita la traicionó.
El perro, creyendo que era una señal de aprobación, se lanzó de nuevo al ataque, y Andrea tuvo que contener la risa mordiéndose el labio.
Finalmente, la situación se volvió insostenible. Entre el ruido, el movimiento y las ganas de reír, no tuvo más remedio que apagar la cámara y el micrófono.
Apenas lo hizo, estalló en carcajadas.
—¡Eres un demonio con orejas largas! —dijo entre risas mientras trataba de agarrar al cachorro que saltaba feliz a su alrededor.
Docker movía la cola sin parar, orgulloso de haber ganado aquella “batalla de oficina”. Andrea, ya más tranquila, lo miró resignada.
—Voy a tener que ponerte un horario, pequeño —le dijo entre risas—. No se puede trabajar contigo cerca.
El perro respondió con un ladrido corto, como si estuviera de acuerdo.
Andrea miró al cachorro que la observaba con esos ojos brillantes llenos de energía y travesura. Sonrió, se agachó frente a él y dijo en tono desafiante, casi como si hablara con un niño pequeño:
—A ver, Docker, ¿qué vas a hacer con mis pies ahora, eh?
El perro ladeó la cabeza, curioso, y dio un pequeño salto hacia adelante. Andrea soltó una risita nerviosa cuando el cachorro empezó a olfatear con insistencia, metiendo el hocico entre sus pies descalzos.
—¡Ay, Docker! —rió, encogiéndose de hombros—. ¡No, eso hace cosquillas!
El perro se movía sin parar, emocionado por el juego, mientras Andrea reía a carcajadas, intentando apartarlo sin mucho éxito.
—¡Ya, ya, basta! —decía entre risas, mientras el cachorro insistía en seguir explorando.
Al final, se dejó caer en el sofá, sin poder contener la risa. Docker se sentó frente a ella, moviendo la cola como si esperara una nueva ronda.
—Eres un caso perdido, pequeño —dijo Andrea, aún riendo—. Entre tú y las reuniones, me van a tener que dar un aumento solo por aguantar el caos.
El cachorro respondió con un suave ladrido, y ella no pudo evitar sonreírle con ternura.
La escena era tan absurda como encantadora: ella, una profesional trabajando desde casa, y su nuevo “ayudante” peludo que convertía cada jornada en un pequeño espectáculo.
Esa tarde, Andrea decidió salir a recoger a su hijo. Tomó su bolso, echó una última mirada al pequeño Docker, que estaba echado en su cama, aparentemente tranquilo, y dijo con tono de advertencia cariñosa:
—Pórtate bien, ¿sí? No toques nada.
El cachorro respondió con un leve gemido y una mirada inocente que parecía prometer obediencia. Andrea sonrió, cerró la puerta y se marchó.
Media hora más tarde, cuando regresó con su hijo, lo primero que sintió al abrir la puerta fue ese silencio sospechoso.
—¿Docker? —llamó, dejando las llaves sobre la mesa.
El cachorro apareció corriendo desde la sala, moviendo la cola con entusiasmo, pero Andrea pronto entendió el motivo de su felicidad: junto al sofá, sus tacones rojos favoritos estaban irreconocibles. Uno de ellos tenía la correa completamente destrozada y el otro mostraba marcas de dientes por todas partes.
—¡No puede ser! —exclamó llevándose las manos a la cabeza.
Su hijo, que apenas alcanzaba a entender lo que pasaba, soltó una risita.
—Mamá, creo que Docker quería probar tus zapatos nuevos.
Andrea no pudo evitar reír también, a pesar del desastre.
—Sí, y parece que le encantaron —respondió con ironía, mirando al cachorro que ahora la observaba con esa mezcla de culpa y ternura imposible de resistir.
El perro se acercó despacio, con las orejas hacia atrás, como si supiera que había hecho algo mal. Andrea suspiró, se agachó y le acarició la cabeza.
—Bueno, pequeño destructor… a partir de ahora los zapatos van a vivir en el armario.
Su hijo rió mientras Docker movía la cola con energía, feliz de que su travesura no hubiera tenido mayores consecuencias. Andrea negó con la cabeza, sonriendo con resignación.
—Entre tú y él —dijo mirando al niño y al perro— no sé quién me va a volver loca primero.
Andrea había dejado atrás el susto de los tacones destruidos. Después de un largo día, decidió relajarse un poco y comenzar a preparar la cena. En su habitación, se quitó los tenis y las medias, dejando que sus pies respiraran un poco. Le gustaba andar descalza por el apartamento cuando llegaba el final de la tarde.
Su hijo jugaba con Docker en su habitación, entre risas, juguetes y ladridos. Andrea sonrió al escucharlos mientras cortaba verduras en la cocina.
—¡Nada de desorden, por favor! —gritó desde allí, con el tono de una madre que ya sospechaba que su petición sería ignorada.
Unos segundos después, escuchó pasos diminutos corriendo por el pasillo. Docker apareció, ladrando emocionado, como si estuviera anunciando algo importante.
—¿Qué pasa, travieso? —le dijo Andrea sin dejar de picar cebolla—. Anda, vuelve con tu compañero de juegos.
El cachorro, por un momento, pareció obedecer. Dio media vuelta, pero luego, con la curiosidad típica de su edad, se acercó sigilosamente hasta los pies descalzos de Andrea.
Ella estaba tan concentrada en la receta que no lo notó hasta que sintió una lengua húmeda recorrerle el talón.
—¡Ah! —gritó dando un pequeño salto, soltando una carcajada inmediata—. ¡Docker, no!
Desde la habitación, su hijo oyó el alboroto.
—¿Qué pasa, mami?
—¡Tu perro! ¡Ven a buscarlo, que me está lamiendo los pies! —dijo entre risas, intentando alejarlo con el pie sin lastimarlo.
El niño apareció en la puerta, riendo al ver la escena: su madre tratando de cocinar mientras el cachorro insistía en jugarle a los pies.
—Mami —dijo divertido—, parece que Docker te hace cosquillas.
Andrea no pudo contener la risa.
—¡Sí, ya lo noté! ¡Ven, llévatelo antes de que se coma mis pies también!
El pequeño se lanzó al suelo, abrazó al cachorro y lo cargó de vuelta a la habitación, mientras Andrea sacudía la cabeza y seguía riendo.
—Definitivamente, este perro tiene una fijación conmigo —murmuró, sonriendo, antes de volver a la estufa.
La cena transcurría entre risas y anécdotas del día. Andrea sirvió pasta con salsa y colocó un tazón de agua para Docker cerca de la mesa, esperando que eso lo mantuviera entretenido. Su hijo hablaba sin parar de lo que había hecho en la escuela, mientras ella lo escuchaba con atención, feliz de verlo tan animado.
Todo parecía tranquilo… hasta que Docker desapareció de su vista. Andrea no le dio importancia al principio, pensando que estaba buscando algún juguete. Pero segundos después sintió algo familiar: una lengua húmeda rozándole los dedos del pie.
—Ay no… —susurró, conteniendo la risa—. No otra vez…
El cachorro, travieso, se había metido bajo la mesa, y esta vez no solo lamía; también daba pequeñas mordidas juguetonas a sus dedos. Andrea apretó los labios, intentando mantener la compostura, pero una risita se le escapó sin remedio.
—¿De qué te ríes, mami? —preguntó su hijo, con la boca llena de pasta.
Andrea negó con la cabeza, riendo más fuerte al sentir otro lametón.
—Nada, nada… es que Docker no me deja tranquila.
—¿Qué hace?
Ella soltó una carcajada más abierta.
—Me está haciendo cosquillas en los pies.
El niño, curioso, se inclinó para mirar bajo la mesa y vio al cachorro feliz, moviendo la cola mientras lamía y mordisqueaba los dedos de su madre.
—¡Docker! —exclamó divertido—. ¡Deja a mi mamá en paz!
Andrea no podía dejar de reír.
—Tráelo para acá, antes de que me haga tirar el plato —dijo entre risas, moviendo los pies para que el cachorro saliera.
El pequeño lo agarró en brazos y lo llevó a su cama improvisada junto a la pared. Docker gimió un poco, pero se quedó quieto al recibir una caricia en la cabeza.
—Mami, creo que Docker te quiere mucho —comentó el niño con una sonrisa inocente.
Andrea le devolvió la sonrisa, aún con las mejillas sonrojadas por la risa.
—Sí, creo que demasiado —respondió, riendo mientras le daba un sorbo a su jugo—. Aunque voy a tener que ponerle límites… antes de que empiece a pensar que mis pies son su juguete favorito.
Su hijo soltó una carcajada, y Docker, desde su rincón, movió la cola como si estuviera de acuerdo.
La cena terminó entre risas y platos vacíos. Andrea recogió la mesa mientras su hijo, ya somnoliento, bostezaba sentado en su silla.
—Vamos, campeón, hora de dormir —le dijo con voz suave.
El niño asintió, medio adormilado, y fue hacia su habitación acompañado por Docker, que lo seguía como su sombra. Andrea los observó con una sonrisa mientras apagaba las luces del comedor.
—Buenas noches, mamá —dijo el pequeño, ya metido en la cama.
—Buenas noches, mi amor —respondió Andrea, dándole un beso en la frente.
El cachorro, en cambio, ya había saltado sobre la alfombra del niño, enrollándose para dormir también.
—Y tú, Docker, ni se te ocurra escaparte esta noche —añadió en tono divertido.
Cerró la puerta despacio y caminó hasta su habitación. El apartamento estaba tibio gracias a la calefacción, y un silencio agradable llenaba el espacio. Se cambió la ropa del día por su pijama favorita: una de algodón suave, de pantalón largo y camiseta de manga larga.
Se cepilló el cabello frente al espejo, luego se metió en la cama, acomodándose bajo las sábanas. El cuerpo le pedía descanso, y la calidez del cuarto la envolvía como un abrazo.
Andrea tiró del cobertor hasta cubrirse de pies a cabeza, dejando apenas su rostro visible. Afuera, el viento golpeaba suavemente las ventanas, recordándole que el invierno ya había comenzado.
Sonrió con satisfacción, cerrando los ojos mientras pensaba en su hijo dormido, en el cachorro travieso que ahora descansaba —esperaba que en su sitio—, y en cómo su vida, aunque algo caótica a veces, tenía una dulzura sencilla que la hacía sentirse afortunada.
El zumbido de la calefacción y el calor de las mantas la fueron llevando lentamente al sueño.
La noche avanzaba tranquila. Andrea dormía profundamente, envuelta en el silencio del apartamento. Solo el murmullo constante de la calefacción llenaba el aire con un rumor bajo y agradable.
En algún momento de la madrugada, el calor bajo las cobijas empezó a incomodarla. Medio dormida, estiró una pierna y dejó que sus pies asomaran por fuera del edredón, buscando un poco de aire fresco. El contacto con el aire frío fue un alivio inmediato.
Lo que Andrea no sabía era que Docker se había despertado. El cachorro, inquieto, había salido de la habitación del niño y deambulaba por el pasillo en busca de compañía. Al pasar frente al cuarto de Andrea, empujó la puerta con el hocico y entró en silencio, moviendo la cola.
Olió la habitación, reconoció el aroma familiar de su dueña y, sin pensarlo, dio un salto torpe hasta la cama. El colchón se movió un poco, y Andrea, aún con los ojos cerrados, murmuró para sí misma:
—Lo que faltaba… este perro ahora también se sube a mi cama.
Sintió su pequeño cuerpo acomodarse junto a sus pies, acurrucándose como una bolita de pelo tibio. Iba a volver a dormirse cuando algo húmedo rozó la planta de su pie.
—¡Ay, no, Docker…! —susurró, intentando no reír.
Pero el cachorro, creyendo que era un juego, insistió. Su lengua curiosa volvió a recorrerle los dedos, provocándole unas cosquillas imposibles de ignorar. Andrea se tapó la cara con la almohada para ahogar las carcajadas.
—Ssshhh… —intentó decir entre risas—. ¡Vas a despertar al niño!
Movía los pies, tratando de apartarlo, pero el cachorro se escurría entre las sábanas, feliz con su descubrimiento. Andrea no podía más: reía bajito, en silencio, apretando las piernas para contener las cosquillas.
—Eres un caso perdido —murmuró divertida, girándose para tratar de sacarlo con el talón, pero Docker seguía allí, lamiendo y moviendo la cola, convencido de que estaba jugando con ella.
Después de unos minutos, agotado, el cachorro finalmente se acurrucó junto a sus pies y cerró los ojos. Andrea, todavía sonriendo, suspiró con alivio y volvió a acomodarse bajo las sábanas.
—Definitivamente, este perro tiene un problema con mis pies —susurró entre risas, antes de quedarse dormida otra vez.
La luz de la mañana entraba tenue por las cortinas. Andrea se estiró en la cama, todavía medio dormida, y notó que Docker seguía allí, enroscado al pie del colchón. Soltó una risa suave.
—Vaya, por lo visto te gustó dormir aquí, ¿eh? —le dijo con voz ronca.
El cachorro levantó la cabeza y le lamió la mano en respuesta. Andrea se levantó, se duchó con agua tibia y, ya más despierta, eligió unos jeans, un suéter de lana y unos tenis cómodos. En la cocina, el aroma del café comenzó a llenar el apartamento mientras preparaba el desayuno.
—¡Arriba, dormilón! —llamó a su hijo—. ¡Desayuno listo!
En pocos minutos, los tres estaban en movimiento: ella cerrando la mochila del niño, el pequeño poniéndose el abrigo, y Docker corriendo en círculos emocionado por salir.
—Sí, sí, tú también vienes —le dijo Andrea riendo, mientras le colocaba su pequeño arnés.
El aire frío del invierno los recibió en cuanto salieron del edificio. Andrea sintió cómo la nieve crujía bajo sus pasos mientras caminaban hasta la escuela. El niño entró corriendo, saludando a sus amigos, y ella lo despidió con un beso rápido.
—Pórtate bien, ¿sí?
De regreso al apartamento, Docker caminaba feliz a su lado, dejando huellitas diminutas sobre el pavimento. Al llegar, Andrea abrió la puerta y el cachorro entró primero, sacudiéndose la nieve con entusiasmo justo en la entrada.
—¡Ay, no! —exclamó Andrea, entre risas—. ¡Ahora tendré que volver a trapear!
Mientras el cachorro daba vueltas buscando algo que morder, Andrea dejó el abrigo en el perchero y encendió su laptop. Tenía curiosidad desde hacía días y decidió resolverla: ¿por qué Docker estaba tan obsesionado con sus pies?
Escribió en el buscador: “mi cachorro no deja de lamerme los pies”.
En cuestión de segundos, aparecieron decenas de resultados: foros, artículos de veterinarios, blogs de dueños de perros. Andrea fue leyendo con atención mientras bebía su café.
Descubrió que no era la única. Muchos contaban experiencias parecidas: los perros, al parecer, se sentían atraídos por el olor natural de la piel de sus dueños; era una forma de reconocimiento, de afecto o simplemente de curiosidad. Algunos incluso mencionaban que las glándulas del sudor emitían feromonas que los perros asociaban con calma y cercanía.
Andrea suspiró, divertida.
—Así que no es locura mía —murmuró, mirando a Docker, que estaba ahora acostado junto a sus pies, mordiéndose una pata con total tranquilidad—. Aunque podrías elegir otra forma de demostrar cariño, ¿no te parece?
El cachorro levantó la mirada como si la hubiera entendido y movió la cola, feliz. Andrea negó con la cabeza, riendo, antes de girarse hacia su computadora para comenzar la jornada laboral.
Andrea escribió con cierto pudor en el buscador: “mi perro le encanta lamerme los dedos y las plantas de los pies pero eso me produce cosquillas extremas”.
Mientras veía aparecer los resultados, se llevó una mano a la frente y soltó una risita.
—Si alguien ve mi historial, no me lo va a creer… —murmuró.
Los primeros enlaces eran foros de dueños de perros contando experiencias parecidas, algunos con títulos tan curiosos como “¿Por qué mi cachorro no deja de lamer mis pies?” o “Mi perro cree que mis dedos son juguetes”. Andrea hizo clic en uno.
Leyó en voz baja mientras movía el cursor:
“Algunos perros muestran este comportamiento por afecto o juego. Les atrae el olor de su dueño y, en algunos casos, simplemente disfrutan de la sal que queda en la piel. No es agresivo ni raro, pero puede ser molesto o dar cosquillas.”
Andrea soltó una carcajada, recordando la escena de la noche anterior.
—Sí, molesto no… pero vaya si da cosquillas —dijo para sí misma, mientras se echaba hacia atrás en la silla.
Siguió leyendo los comentarios. Uno decía:
“Mi perrita hace lo mismo. Yo solo me río y la aparto con suavidad, pero a veces insiste tanto que parece una broma sin fin.”
Andrea sonrió, asintiendo mentalmente.
—Exactamente eso. Docker parece que compite por ver cuánto aguanto sin reírme —comentó, mientras el cachorro, ajeno a todo, estaba en la alfombra mordiendo su juguete de cuerda.
Decidió entonces cerrar el portátil y se inclinó para acariciarlo.
—Bueno, pequeño travieso… al menos ya sé que no estás loco, solo muy cariñoso. Pero de ahora en adelante, las lamidas, lejos de mis pies, ¿sí?
El cachorro ladeó la cabeza, moviendo la cola, como si la invitara a volver a jugar. Andrea sonrió resignada.
—Definitivamente, contigo no hay día aburrido.
Andrea decidió tomarse un descanso del trabajo y jugar un rato con Docker.
—A ver, travieso, ¿quieres gastar energía? —dijo riendo mientras tomaba una pelota y la lanzaba por el pasillo.
El cachorro salió disparado, resbalando en el piso, y la devolvió orgulloso, moviendo la cola como si esperara un premio. Andrea la tomó y comenzó a correr por el apartamento, perseguida por el pequeño torbellino dorado que no paraba de ladrar alegremente.
—¡Docker, suéltame el pantalón! —reía ella mientras el cachorro se colgaba del borde de su jean, tirando con fuerza.
Finalmente, Andrea se dejó caer sobre la alfombra riendo, adoptando sin darse cuenta una postura de yoga, encorvada y tratando de recuperar el aliento. Docker aprovechó el momento para lanzarse sobre ella, dándole empujoncitos con el hocico, intentando lamerle la cara mientras ella se protegía entre risas.
—¡No, no en la cara, payaso! —decía entre carcajadas, rodando por el suelo mientras el perro insistía en seguir el juego.
Después de unos minutos, ambos quedaron rendidos. Andrea se tumbó boca arriba mirando el techo, con el cachorro echado a su lado, respirando agitado pero feliz.
—Definitivamente —dijo sonriendo— eres pura energía.
El pequeño ladró una sola vez, como si confirmara su declaración. Andrea soltó otra risita y se levantó para ir por agua.
—Vamos, campeón. Hora de descansar un poco antes de que me dejes sin pantalones —dijo, guiñándole un ojo.
De vuelta frente a su laptop, Andrea abrió su programa de diseño… pero no podía concentrarse del todo.
El recuerdo de la búsqueda anterior y la curiosidad que seguía rondándole la cabeza le ganaron la batalla.
—A ver, a ver… “cosquillas y perros” —tecleó, con una mezcla de risa y pudor.
En segundos, la pantalla se llenó de resultados: artículos sobre el comportamiento animal, anécdotas de dueños con historias parecidas, y hasta foros donde la gente compartía lo mucho que reía con las travesuras de sus mascotas. Pero también aparecieron cosas inesperadas.
Andrea arqueó las cejas.
—¿Qué es esto? —murmuró, divertida y un poco desconcertada al ver que, entre los resultados, aparecían anuncios extraños que hablaban de “sesiones de cosquillas” o personas que parecían tomarse el tema mucho más en serio que ella.
Se llevó una mano a la frente y soltó una pequeña carcajada.
—Internet nunca decepciona —dijo entre risas—. Uno busca una cosa y termina encontrando de todo menos lo que quería.
Con una sonrisa divertida, cerró las pestañas más raras y se quedó un instante mirando al cachorro dormido a sus pies.
—Tú tienes la culpa, ¿sabías? —le dijo en voz baja, antes de volver a enfocarse en su trabajo, todavía sonriendo por la ocurrencia.
Andrea hizo clic en el enlace más por curiosidad que por otra cosa. No imaginó que, apenas quince minutos después, recibiría una respuesta tan rápida.
El asunto del correo decía: “Gracias por tu interés en nuestras sesiones de risoterapia y cosquillas”.
Abrió el mensaje con una mezcla de sorpresa y risa contenida. El correo comenzaba con un tono amable:
Hola, Andrea. Gracias por escribirnos. Para poder ofrecerte una experiencia adecuada, necesitamos conocer un poco más sobre ti.
Le pedían datos como su edad, estatura, ocupación y, curiosamente, su estado civil. Hasta ahí todo parecía normal. Pero luego, leyó la siguiente parte y no pudo evitar soltar una carcajada.
¿Podrías contarnos en qué partes del cuerpo eres más sensible a las cosquillas y cómo reaccionas a ellas?
—¡Pero esto parece un cuestionario de revista! —dijo riendo mientras se recostaba en su silla.
Se quedó un momento mirando la pantalla, divertida. Parte de ella pensó en lo absurdo de la situación… y otra parte, más curiosa, se preguntaba cómo sería eso de una “sesión de cosquillas profesional”.
Abrió una nueva pestaña, dispuesta a seguir con su trabajo, pero su mente seguía regresando al correo.
—Qué locura… —murmuró entre sonrisas—. Aunque, admitámoslo, suena divertido.
Abrió una nueva respuesta y comenzó a escribir.
Hola, gracias por responder tan rápido. Me llamo Andrea, tengo 33 años, soy diseñadora freelance y trabajo desde casa. Vivo con mi hijo y un cachorro que es un verdadero terremoto.
Sonrió al escribir eso último, pensando en Docker mordisqueando sus zapatillas.
Siguió completando los datos: su estatura, su ciudad, su rutina diaria. Todo sonaba bastante normal hasta que llegó a la parte final del cuestionario.
¿Cómo reacciones ante las cosquillas? ¿Podrías describirte en una palabra?
Andrea soltó una risita, se llevó una mano al rostro y pensó:
—En una palabra… vulnerable, supongo.
Terminó su correo con un toque de humor:
Si de verdad hay gente que puede soportar una sesión completa de cosquillas, merecen una medalla. Yo no duraría ni cinco segundos sin reírme como una loca.
Antes de enviar el mensaje, buscó una foto reciente. Escogió una donde salía de pie, sonriendo, con un atuendo casual. No era una foto posada, sino una imagen natural, sacada en una salida de fin de semana con su hijo.
Tomó aire, revisó todo una última vez, y con una mezcla de curiosidad y cosquilleo en el estómago, presionó “Enviar”.
—Bueno… a ver en qué me metí ahora —dijo en voz baja, riendo para sí misma mientras volvía a su trabajo.
Andrea vuelve a oír el sonido del correo entrante. Suelta un suspiro divertido antes de abrirlo, con la taza de café todavía en la mano.
Gracias por tu pronta respuesta, Andrea. Solo una pregunta más, algo ligera: ¿dirías que tienes cosquillas en los pies?
Andrea arquea una ceja, reprimiendo una risa.
—Vaya, son muy insistentes con las cosquillas —dice, riendo para sí.
Apoya el café en la mesa y empieza a teclear su respuesta, divertida por lo absurdo de la situación.
Demasiadas, la verdad. No puedo ni siquiera esconderlo. Siempre me han dicho que tengo “risa fácil”, pero cuando se trata de cosquillas… no hay escapatoria.
Añade un emoji de carcajada al final, como si quisiera suavizar la confesión con humor.
Al enviar el mensaje, se recuesta en la silla, dejando que la curiosidad le gane la batalla. No sabe si alguien realmente leerá esas respuestas con seriedad o si todo es una simple broma de internet, pero no puede evitar reírse de sí misma por haber participado.
—Bueno, Andrea… ya estás oficialmente en el club de las personas con cosquillas documentadas —se dice, negando con la cabeza y soltando una carcajada.
La carcajada aún resonaba levemente en el silencio del apartamento cuando una nueva notificación apareció en la esquina de su pantalla. No era un correo esta vez, sino una solicitud de videollamada de la misma dirección con la que había estado intercambiando mensajes.
Andrea contuvo la respiración por un segundo. Su pulso se aceleró ligeramente. ¿Una videollamada? No se lo esperaba. Miró rápidamente a su alrededor: el apartamento estaba en orden, ella vestía una camiseta limpia y unos jeans. Docker dormía plácidamente en su cama, ajeno al mundo.
Con un mezcla de nerviosismo y esa curiosidad que la había metido en esto, aceptó la llamada.
La pantalla se iluminó mostrando a una mujer de quizás cuarenta y tantos años, con el cabello recogido en un moño y gafas de lectura. Tenía una sonrisa amable pero profesional.
—Hola, Andrea. Soy Elena. Gracias por aceptar la llamada —dijo con una voz serena—. Espero no interrumpir tu trabajo.
—Hola, Elena. No, para nada —respondió Andrea, ajustándose inconscientemente un mechón de cabello—. Es un buen momento para una pausa.
—Me alegra. Tus respuestas en el cuestionario fueron muy… vívidas. Pareces tener una relación muy especial con las cosquillas —comentó Elena, con un tono de curiosidad genuina.
Andrea se rió suavemente, sintiéndose un poco más relajada.
—Bueno, no sé si “especial” es la palabra correcta. Diría que es una relación… constante. A veces involuntaria.
—Cuéntame un poco más sobre eso —invitó Elena, reclinándose en su silla.
Andrea respiró hondo y comenzó a hablar, encontrando fluidez en el relato.
—Pues mira, creo que siempre he sido así. Incluso cuando era más joven, recién graduada y cuidaba niños para ganar un extra, los pequeños siempre descubrían mi punto débil. Recuerdo veces en mi propio apartamento, con mi hijo y un par de sus amiguitos, que terminaban todos intentando atraparme en el sofá. Era un caos, pero un caos feliz, lleno de risas.
Elena asintió, escuchando con atención.
—Y en tu vida actual, ¿ha cambiado esa sensibilidad?
—No mucho —confesó Andrea con una sonrisa—. Mi vecino, Miguel Ángel, es un buen amigo y a veces, en broma, si estoy descalza y paso cerca, hace como que va a agarrarme el pie. Yo salto como un resorte, es automático. Y ahora, con Docker… —su mirada se dirigió hacia el cachorro dormido—. Bueno, él es el último y más insistente miembro del club. Parece creer que mis pies son su juguete personal.
—Suena a que tus pies son el epicentro de todas estas… experiencias —observó Elena, con una leve sonrisa.
—Así es —admitió Andrea, riendo—. Definitivamente, son mi talón de Aquiles, nunca mejor dicho.
Hubo una pausa breve. Elena ajustó sus gafas.
—Andrea, para nuestra investigación, a veces es útil tener una referencia visual. ¿Te importaría mostrarme tus pies en cámara? Solo por un momento, para entender mejor el contexto de lo que describes.
La petición tomó a Andrea por sorpresa. Un leve rubor le subió por las mejillas. Era una petición inusual, sin duda. Pero, en el contexto de la conversación y la supuesta «investigación», no pareció malintencionada. Además, estaba en su casa, a salvo, y era solo una videollamada.
—Eh… sí, claro —dijo, con un tono un poco titubeante—. Supongo que si es para el estudio…
Movió la silla hacia atrás y, con un movimiento un tanto torpe, giró la cámara web de su MacBook hacia sus pies descalzos, que reposaban sobre la alfombra. Sus uñas, pintadas de ese rojo intenso que tanto le gustaba, destacaban contra el color neutro de la piel.
—Ahí están —dijo, sintiendo una extraña mezcla de ridículo y complicidad—. Los responsables de la mayoría de mis risas y algún que otro susto.
Desde la pantalla, la voz de Elena sonó calmada, pero con una claridad que no admitía ambigüedades.
—Gracias, Andrea. Para que la referencia visual sea completa, ¿podrías levantar los pies y mostrarme las plantas? Solo un momento. Quiero apreciar bien la contextura.
La solicitud hizo que Andrea contuviera la respiración por una fracción de segundo. Mostrar las plantas era aún más íntimo, más directo. Una oleada de calor le subió por el cuello, una mezcla de vergüenza y esa extraña complicidad que había empezado a sentir.
—¿Las plantas? —repitió, casi por inercia, mientras su mente procesaba la petición.
—Sí, por favor —insistió Elena con su tono profesional—. Es donde suele concentrarse la sensibilidad, según muchos de nuestros estudios.
Andrea dudó. Su mirada recorrió rápidamente la pantalla, la imagen serena de Elena, y luego bajó a sus propios pies. Se sentía ridícula, pero también había llegado muy lejos para echarse atrás. Con un movimiento un tanto forzado, apoyó los talones en el borde de la silla y giró los pies hacia la cámara, exponiendo las plantas. La piel, más pálida y suave en esa zona, contrastaba con el rojo vibrante de sus uñas. Se sintió extrañamente vulnerable, como si hubiera traspasado un límite que no sabía que existía.
—Ahí están —dijo, intentando que su voz sonara natural—. Espero que sea lo que necesitabas.
Los mantuvo en esa posición incómoda durante lo que parecieron unos segundos eternos, sintiendo el aire fresco sobre la piel sensible.
—Perfecto, Andrea. Muchas gracias —dijo finalmente Elena, y su voz sonó satisfecha—. Eso es todo. Puedes volver a acomodarte.
Andrea bajó los pies de inmediato, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus tobillos. Ajustó la cámara hacia su rostro, notando que sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Intentó recomponer su expresión profesional.
—Ha sido… una experiencia diferente —comentó Andrea, buscando las palabras adecuadas mientras se acomodaba el flequillo con los dedos.
—Tu colaboración es muy valiosa —repitió Elena, tomando nota en algo que Andrea no podía ver—. Con esto, tenemos un perfil mucho más claro. Te contactaremos si necesitamos algo más.
La videollamada terminó con la misma formalidad con la que comenzó. La pantalla de Andrea volvió a mostrar su escritorio de trabajo.
Un suspiro profundo escapó de sus labios. Se quedó mirando la pantalla negra por un momento, procesando lo ocurrido. La situación había sido mucho más intrusiva de lo que había anticipado. Sin embargo, en la tranquilidad de su apartamento, con Docker roncando suavemente a sus pies, la incomodidad inicial comenzó a ceder, reemplazada por una especie de asombro incómodo.
—Bueno, Docker —susurró, mirando al cachorro dormido—, creo que acabo de mostrar mis pies a una completa extraña en otro lado de la ciudad. ¿A qué clase de curiosidad me ha arrastrado tu obsesión?
El perro, en sueños, movió una pata como si estuviera corriendo. Andrea no pudo evitar una sonrisa trémula. Se frotó inconscientemente la planta del pie contra el borde de la alfombra, sintiendo un cosquilleo residual, una memoria física de la vulnerabilidad momentánea que acababa de experimentar.
Claro, aquí tienes la continuación.
—
El zumbido de la calefacción y el silencio tras la peculiar llamada se rompieron de golpe. Docker se estiró en su cama, bostezó exageradamente y, de repente, como si alguien hubiera accionado un interruptor, sus ojos se abrieron llenos de una energía renovada. Se sacudió entero, desde el hocico hasta la cola, y salió disparado de su cama como un cohete.
Andrea, que aún procesaba la extraña situación, lo miró con una sonrisa resignada. «Ahí vamos otra vez», pensó, poniéndose en guardia. Estaba aprendiendo a leer las señales.
El cachorro comenzó a dar vueltas como un torbellino dorado alrededor del sillón, persiguiendo su propia cola. De repente, se escabulló hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones. Andrea no lo perdió de vista. Sabía lo que eso significaba.
—¡Oye, tú! ¡Esa no es tu habitación! —gritó jugueteando, levantándose de la silla.
Pero ya era tarde. Docker reapareció trotando con aire triunfal, con uno de sus tacones rojos favoritos —el del par que había logrado salvar milagrosamente de la última destrucción— firmemente sujeto en su boca. La mirada del cachorro era un desafío puro.
—¡Docker, no! ¡Ese no! —exclamó Andrea, y la persecución comenzó.
Descalza, sintiendo la textura de la alfombra y luego el frío de la madera del piso, Andrea corrió detrás del pequeño fugitivo. Docker, encantado con el nuevo juego, esquivaba muebles con la agilidad de un corredor de obstáculos, zigzagueando entre las patas de la mesa del comedor y refugiándose bajo la misma.
—Sal de ahí, pillo —dijo Andrea, agachándose para intentar alcanzarlo, pero el cachorro retrocedía más, moviendo la cola con furia y emitiendo un gruñido juguetón alrededor del tacón.
Cuando ella se acercaba por un lado, él salía disparado por el otro, pasando rozando sus piernas y dirigiéndose hacia la sala. Andrea corría detrás, riendo a pesar de todo.
—¡Te voy a atrapar! ¡Y cuando lo haga, no habrá galletas para ti! —amenazaba, sin ninguna convicción real en la voz.
La carrera fue una vuelta completa al apartamento. Docker, con el zapato como trofeo, parecía disfrutar cada segundo de la atención. Finalmente, cerca del sofá, Andrea logró cortarle el paso. Se lanzó en un movimiento suave, no para atraparlo a él, sino para agarrar con cuidado la punta del tacón.
—Lo tengo —dijo, jadeando y sonriendo.
Por un instante, hubo un pequeño tira y afloja. Docker gruñó juguetonamente, pero al final, con un último movimiento de cabeza, soltó el preciado botín.
Andrea recogió el zapato, revisándolo con alivio. Solo un poco de babita. Nada nuevo. Docker se sentó frente a ella, con la lengua afuera, jadeando feliz, como si esperara una felicitación por lo emocionante de la persecución.
—Eres incorregible —le dijo Andrea, acercándose para acariciarle las orejas—. Un pequeño demonio con patas de terciopelo.
El cachorro lamió su mano en respuesta. Andrea suspiró, mirando el tacón en una mano y acariciando al responsable con la otra. Su vida ahora era esto: reuniones de trabajo, videollamadas extrañas y carreras descalzas tras un cachorro que creía que el mundo era su juguete. Y, aunque era un caos, era un caos que, de alguna manera, llenaba cada rincón de su hogar de una vitalidad que no cambiaría por nada.
Con el tacón izquierdo a salvo en su propio pie, Andrea sintió una momentánea sensación de victoria. «Ahora verás cómo no puedes conmigo», pensó, con una sonrisa de suficiencia, mientras se acomodaba nuevamente frente a la pantalla. Su pie derecho seguía descalzo, disfrutando de la libertad, mientras el izquierdo lucía el zapato rojo como una fortaleza inexpugnable.
La victoria le duró muy poco.
Docker, al ver que su preciado tesoro ahora formaba parte de su ser querida, no se rindió. Solo cambió de estrategia. En lugar de robar el zapato, decidió que podría recuperarlo directamente de la fuente. Se acercó con determinación y, sin mediar aviso, clavó sus pequeños dientes de leche en la punta del tacón, justo donde los dedos de Andrea se curvaban dentro del zapato.
—¡Ay, Docker! ¡Eso no se hace! —exclamó Andrea, dando un pequeño respingo y retirando el pie al instante.
Pero el cachorro era persistente. Interpretó el movimiento como el inicio de un nuevo y fascinante juego. Cada vez que Andrea apoyaba el pie izquierdo en el suelo para concentrarse en su trabajo, Docker volvía al ataque. Tironeaba del tacón, mordisqueaba el material e incluso intentaba meter el hocico por la abertura del talón.
—¡Basta, ya! —reía Andrea, intentando apartarlo con el pie descalzo derecho—. ¡Es mi zapato, no tu juguete!
Era una escena cómica. Andrea tecleaba con una mano mientras con la otra empujaba suavemente al cachorro, que insistía en convertir su pie calzado en su obsesión personal. Las risas escapaban de ella sin control, rompiendo la seriedad de su jornada laboral.
—No, mira, así no puedo trabajar —le dijo al cachorro, que la miraba con la cabeza ladeada, jadeando y con la cola moviéndose como un ventilador—. Eres más terco que una mula.
Finalmente, con un suspiro de rendimiento, Andrea se agachó y desabrochó el tacón. Se lo quitó y se lo mostró a Docker.
—Toma, tú ganas. Pero este se queda en el armario, ¿entendido?
Pero antes de que pudiera guardarlo, Docker, veloz como un rayo, lo tomó suavemente de sus manos con su boca y se acostó en la alfombra, justo al lado de su silla, con el preciado botín entre sus patas delanteras.
Andrea iba a regañarlo, pero se detuvo al ver lo que hacía. El cachorro, en vez de morder el zapato como era su costumbre, comenzó a lamer con curiosidad el interior del tacón, específicamente la zona donde se apoyaba la planta del pie. Lo hacía con una concentración inusual, como si estuviera saboreando algo.
La escena era tan peculiar que a Andrea se le escapó una risa. Se apoyó en el brazo de la silla y miró a Docker con una sonrisa cómplice.
—Oye, tú —le dijo en tono juguetón—, ¿a qué te sabe? ¿A mis pies?
Docker dejó de lamer un instante, levantó la mirada hacia ella y movió la cola, golpeándola contra la alfombra con un suave ruido. Luego, como si le hubieran dado su aprobación, volvió a su tarea, lamiendo con dedicación el forro del zapato.
Andrea no pudo evitar reír con más ganas, sintiendo cómo el estrés de la persecución y la rareza de la videollamada se disipaban ante la simpleza y ternura del momento.
—Eres un caso perdido, Docker —susurró, llena de cariño—. Un caso perdido con un gusto muy particular.
Dejó que el cachorro disfrutara de su extraño festín por unos minutos más, observando con curiosidad y diversión cómo aquel pequeño animal encontraba tanto consuelo en algo tan sencillo como el olor que había dejado su pie en el zapato. Al final, con suavidad, logró rescatar el tacón y, como había prometido, lo guardó en el armario. Docker, esta vez, no protestó. Parecía satisfecho, y se quedó dormido al poco rato, probablemente soñando con pies, zapatos y divertidas persecuciones por el apartamento.
Continuará…
Original de Tickling Stories
