De vuelta a Montreal

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Me llamo Adriana, tengo 34 años y soy madre de dos hijos, un niño de 6 años y una niña de 4. Soy profesional en Finanzas, aunque solo ejercí en mi campo un par de años antes de mudarme a Canadá, donde conocí a mi esposo, con quien llevo casada 8 años. Vivo en Ottawa con mi familia y, aunque mi vida ha sido estable, hace unos meses decidí buscar una fuente de ingresos extra.

Desde que tengo memoria, siempre he sido extremadamente cosquillosa. Literalmente, cada rincón de mi cuerpo es sensible a las cosquillas. Si me tocan el cuello, las axilas, las costillas, la cintura o la barriga, estallo en carcajadas incontrolables. Mis piernas, muslos, rodillas y pantorrillas tampoco se salvan. Pero lo peor de todo son mis pies. No soporto el pedicure ni los masajes, y cualquier contacto en mis plantas me hace perder el control por completo.

La primera vez que participé en una sesión de cosquillas fue por pura necesidad económica. Encontré un anuncio en internet donde ofrecían dinero a mujeres dispuestas a participar en estas sesiones. Contacté al organizador y, tras acordar los términos, conduje dos horas hasta Montreal. Allí, en un estudio bien acondicionado, me ataron en forma de X y me hicieron cosquillas con diferentes herramientas durante casi dos horas. Fue una locura total. La palabra de seguridad que me dieron fue «azul» en inglés, pero cada vez que la decía demasiado rápido, el tickler me castigaba con más cosquillas sin descanso. Utilizaron plumas, pinceles, cepillos eléctricos y hasta sus propios dedos. En un momento, sentí que ya no podía más, pero la experiencia fue tan intensa y divertida que acepté volver.

En enero, me contactaron nuevamente para otra sesión. Esta vez, la oferta era aún más tentadora: mil dólares por una sesión más larga y con un nivel de dificultad mayor. Las condiciones eran claras: estaría atada de pies y manos, no habría palabra de seguridad y, además, incluirían perros en la dinámica. El pago fue por adelantado, pero hubo una sorpresa: el tickler me ofreció 200 dólares adicionales si realizaba la sesión en ropa interior. En un inicio, protesté porque no me había mencionado ese detalle en nuestra llamada, pero cuando sacó el billete de 200 dólares y me lo entregó, accedí.

La temperatura afuera marcaba -10 grados centígrados, así que me había vestido con una chaqueta térmica, un jean grueso, botas térmicas y medias altas hasta las rodillas. Al llegar al estudio y sentir el cambio de temperatura con la calefacción a 20 grados, poco a poco fui quitándome las capas de ropa. Sabía que lo que estaba por vivir sería aún más intenso que la vez anterior, y en el fondo, no podía evitar sentirme nerviosa y expectante.

Cuando ya quedé en ropa interior, el chico me condujo a una habitación donde había una colchoneta con espaldar en el suelo y unas tablas en el espaldar para levantar mis brazos. Me pidió que me sentara y levantara los brazos para atarlos con correas en los extremos. Luego, introdujo mis pies en un cepo de manera meticulosa. Mientras terminaba de colocarme las correas en las muñecas, no pudo evitar deslizar sus dedos por mis axilas vulnerables, lo que me hizo soltar una carcajada y moverme. Como mis pies aún no estaban inmovilizados, pude patalear. Sin decir una sola palabra, el chico se dirigió a mis pies para asegurarlos en el cepo y, apenas estuvieron bien sujetos, hizo lo mismo en mis plantas: deslizó sus dedos suavemente, provocando otra carcajada incontrolable.

Apenas estuve atada de pies y manos, el chico trajo una caja de vidrio donde había roedores, algo que no me había dicho. Me miró con una sonrisa traviesa y me anunció que introduciría mis pies dentro de la caja. Mi corazón se aceleró de inmediato.

—¿¡Qué!? ¡No, no, espera! —exclamé, forcejeando en vano con las ataduras.

Pero él, con mucho cuidado, deslizó mis pies a través de unos orificios en la caja de cristal. Miré con terror el interior de la caja: había ratones y ratas moviéndose inquietos. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Yo tenía miedo a los roedores, y ese día, atada de pies y manos, enfrentaría mi mayor miedo de la forma más inesperada.

El chico tomó un frasco con algo y comenzó a rociarlo sobre mis pies. En cuestión de segundos, los roedores se acercaron, atraídos por el olor, y empezaron a lamer y mordisquear suavemente mis plantas y dedos.

—¡AAAAAHAHAHAHAHAHAHA NOOOO! ¡SÁCALOS, SÁCALOS! —grité entre carcajadas explosivas.

La sensación era indescriptible. Los hocicos húmedos y las lenguas rasposas recorriendo mis pies eran insoportablemente cosquillosos. Intenté moverlos, sacudirlos, pero era imposible.

—¡NO PUEDO, NO PUEDO, POR FAVOHAHAHAHAHAHAH! —suplicaba entre risas descontroladas.

Nunca pensé que los ratones y ratas pudieran hacerme cosquillas de esa manera. Sus pequeñas patas caminando sobre mi piel, sus colas rozando mis tobillos, sus dientecitos apenas tocándome… ¡era una locura! Me retorcía con todas mis fuerzas, pero mis pies estaban atrapados en la caja, totalmente vulnerables.

Los roedores mordían mis pies en todos lados: en los dedos, los talones, las plantas, los empeines… No dejaban ni un solo rincón sin explorar. Sentía sus pequeños dientes presionando mi piel, sus diminutas garras moviéndose frenéticamente sobre mis plantas hipersensibles, y sus hocicos húmedos y temblorosos recorriendo cada centímetro de mis pies atrapados. Era un caos total.

—¡AHAHAHAHAHAHAHAHAHA NOO POR FAVOR, POR FAVOHOHOHOHOHOR! —suplicaba entre carcajadas descontroladas.

Intentaba sacudir los pies, moverlos de un lado a otro, pero era imposible escapar. No había forma de evitar la tortura de cosquillas. Cada vez que lograba levantar un poco un pie, los roedores se aferraban a él, como si estuvieran decididos a no darme ni un segundo de tregua.

Las cosquillas eran tan intensas que sentía que iba a perder la razón. Mis carcajadas se volvieron gritos ahogados, mis piernas temblaban por el esfuerzo de intentar zafarme, y mis dedos de los pies se abrían y cerraban sin control, tratando en vano de defenderse de esos diminutos torturadores.

—¡NOOOO AHAHAHAHAHA! ¡LOS ODIO, LOS ODIOOOO! —gritaba entre risas desesperadas, con lágrimas formándose en mis ojos.

El chico me observaba divertido, disfrutando cada reacción mía. Sabía que me tenía completamente a su merced. Y yo… yo no podía hacer nada más que reír, reír y seguir suplicando mientras los roedores convertían mis pies en su pequeño parque de juegos cosquillosos.

Mientras los roedores seguían torturando mis pies sin descanso, el chico se acercó a mí con una sonrisa maliciosa y un frasco en la mano. Apenas lo abrió, reconocí el olor inconfundible: mantequilla de maní.

—No… no, no, no, no, ¿qué vas a hacer? —pregunté entre risas nerviosas, aún retorciéndome por la cosquilla en mis pies.

Pero él no respondió. En su lugar, comenzó a untar la mantequilla de maní en mis axilas, mis costillas, mis muslos, mi barriga, mis caderas, mi cintura… prácticamente en todo mi cuerpo. Cada vez que pasaba sus dedos por mi piel, me hacía soltar un pequeño respingo, ya que su toque ya de por sí me provocaba cosquillas. Pero lo peor estaba por venir.

—Creo que alguien tiene hambre —dijo con diversión antes de abrir la puerta y llamar a sus dos perros.

Entraron dos enormes gran daneses, moviendo la cola con entusiasmo, sus hocicos húmedos y sus lenguas listas para lo que les esperaba.

—¡NOOOO AHAHAHAHAHA POR FAVOR, NOOOO! —grité cuando el primero acercó su lengua a mi costado y comenzó a lamer.

El segundo no tardó en unirse, enfocándose en mis muslos y mi barriga. Sus lenguas eran ásperas, húmedas y rápidas, arrastrándose por mi piel con una precisión que parecía diseñada para volverme loca. Mis carcajadas explotaron sin control.

—¡AHAHAHAHAHAHAHAHAHA! ¡NO PUEDO, NO PUEDO, NO PUEDOOOOO!

Si ya con los roedores mordisqueando mis pies era un caos, la combinación con las lenguas de los perros recorriendo el resto de mi cuerpo era simplemente insoportable. Me arqueaba, me estremecía, intentaba encogerme, pero no podía moverme ni un centímetro.

Uno de los perros se enfocó en mis axilas, lamiendo con entusiasmo, mientras que el otro pasaba de mi barriga a mis costillas y luego a mis caderas. La sensación de su lengua húmeda y áspera deslizándose por mis puntos más sensibles me sacaba carcajadas agudas y sin respiro.

—¡AHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA! ¡NOOO, QUITEN ESOOOO! ¡POR FAVOHOHOHOHOR!

Mis piernas temblaban de tanto esfuerzo, mis costillas se sacudían con cada ataque, y mis pies no dejaban de moverse en el cepo, aunque los roedores seguían aferrados a ellos, con sus diminutas patitas haciéndome perder la razón.

El chico se cruzó de brazos, observándome con diversión.

—No tienes palabra de seguridad, ¿recuerdas?

Mis ojos se abrieron de par en par entre carcajadas incontrolables.

—¡AHAHAHAHAHAHAHAHA NOOOO, NO ME DIGAS EHEHEHEHEESO!

Cada vez que sentía que los roedores comenzaban a disminuir su frenesí en mis pies, pensaba, por un segundo, que quizá la tortura estaba llegando a su fin. Pero entonces, el chico se acercaba con una sonrisa perversa y, sin decir una sola palabra, volvía a verter más alimento en mis pies.

—¡NOOOO! ¡AHAHAHAHAHAHA POR FAVOR, YA NO MÁS! —supliqué entre carcajadas, sintiendo cómo los ratones y ratas se lanzaban de nuevo sobre mis plantas, mis dedos, mis talones y mis empeines, mordisqueando y moviendo sus diminutas patas sin descanso.

Intentaba encoger los dedos, pero era inútil. El cepo me mantenía completamente atrapada y la sensación de tantas pequeñas boquitas mordisqueando mis pies me hacía gritar de risa.

—¡AHHAHAHAHAHA NOOOO, MIS PIES, MIS PIEEEHEHEHES!

Pero no había descanso. Como si estuviera cronometrado, apenas la mantequilla de maní en mi cuerpo comenzaba a desaparecer bajo las lenguas incansables de los gran daneses, el chico reaparecía con más.

—Parece que necesitan otra dosis —dijo con diversión mientras tomaba un poco más de mantequilla de maní con sus manos y comenzaba a untarla de nuevo en mis axilas, costillas, muslos, barriga y caderas.

—¡NOOOO AHAHAHAHAHA YA NO PUEDO, NO PUEDOOOOOO!

Mis carcajadas explotaban con cada pasada de su mano, porque su simple toque ya era una tortura. Y cuando los perros volvían a atacar con más energía, hambrientos por el nuevo manjar en mi piel, la risa se me escapaba de manera descontrolada.

—¡AHAHAHAHAHAHA NO MÁS, NO MÁS! ¡ME VUELVO LOCAAAA!

Las lenguas ásperas, cálidas y húmedas de los perros se deslizaban sin piedad por mis costados, mi cintura y mis muslos, mientras mis pies seguían atrapados en un infierno de mordisquitos y patitas inquietas.

No había escapatoria. El chico se aseguraba de que la tortura nunca parara.

Finalmente, el chico decidió apartar a los perros, sacándolos de la habitación. Sentí un pequeño alivio cuando sus lenguas desaparecieron de mi piel, pero ese respiro duró apenas un par de segundos.

Los roedores seguían ahí.

Todavía había rastros de alimento en mis pies, y esas pequeñas criaturas no pensaban desaprovechar ni una sola migaja. A esas alturas de la sesión, mis plantas estaban hipersensibles. Cualquier roce, cualquier mínimo contacto, se sentía como una descarga de cosquillas insoportables.

—¡AHAHAHAHAHA NOOOO, YA NO PUEDO, YA NO PUEDOOOO! —grité, sacudiendo mis pies dentro de la caja de vidrio, pero sin ninguna posibilidad de escaparme.

Las diminutas patas correteaban sin parar sobre mi piel, sus hocicos y bigotes rozaban cada centímetro de mis plantas, y cuando mordisqueaban mis dedos, la risa me explotaba sin control.

—¡MIS PIEEHEHEHEHEHES! ¡AHHAHAHAHAHAHAHA POR FAVOR, YA BASTA, YA BASTAAAAA!

Pero el chico solo observaba, disfrutando mi desesperación mientras los roedores se daban un festín con lo último que quedaba en mis pies.

Cuando ya no quedaba nada en mis pies, el chico finalmente retiró la caja con los roedores. Sentí un enorme alivio al ver que esas pequeñas criaturas eran alejadas de mí. Mis pies quedaron al aire, todavía temblando de la hipersensibilidad extrema a la que habían sido sometidos.

El chico aseguró la caja con los roedores y luego tomó una manguera con agua tibia.

—Vamos a limpiarte —dijo con una sonrisa mientras abría el chorro y dejaba que el agua recorriera mi piel.

Al sentir el agua caliente deslizándose por mi cuerpo, suspiré de alivio. Sin embargo, la sensación duró poco, porque el chico tomó una esponja y empezó a frotar mi piel para retirar los restos de mantequilla de maní.

—N-no, espera… ¡HAHAHAHAHAHA! —solté de inmediato cuando la esponja recorrió mis costillas y mi barriga.

Intenté aguantar, pero era imposible. El movimiento de la esponja sobre mi piel me producía cosquillas involuntarias, especialmente en las axilas, la cintura y, por supuesto, en mis ya torturados pies.

—¡HAHAHAHAHAHA NOO, ESPERA, ME DÁÁÁ COSQUILLAAAHAHAHAHAHA!

El chico sonrió, divertido con mi reacción, y continuó con la tarea de limpiarme, deslizándola con cuidado pero sin detenerse.

—Tranquila, solo estoy asegurándome de que no quede nada —dijo, mientras pasaba la esponja con suavidad por mis muslos.

Pero para mí, cada roce era un nuevo tormento de cosquillas.

—¡HAHAHAHAHAHA NO PUEDO, NO PUEDOOOOOO! ¡HAHAHAHAHAHAHAHA! —me sacudía tanto como las ataduras me lo permitían, mientras la risa me explotaba sin control.

Yo me encontraba completamente mojada, con mi ropa interior empapada, pegándose a mi piel. Apenas podía recuperar el aliento después de esa tortura inesperada con la esponja, cuando el chico decidió que no había terminado conmigo.

Se colocó justo en frente mío, con esa mirada traviesa que ya conocía. Antes de que pudiera protestar o suplicar, sus manos se lanzaron sobre mí.

—¡NOOOO, ESPERAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Sus dedos atacaron sin piedad mis axilas primero, deslizándose rápidamente de un lado a otro. Mi reacción fue inmediata: me sacudí con todas mis fuerzas, pero no podía escapar.

—¡HAHAHAHAHAHAHA POOOR FAVOR, NOOOO HAHAHAHAHAHAHA!

Después de unos segundos que parecieron eternos, bajó sus manos hasta mis costillas y mi cintura, presionando y pellizcando suavemente la piel.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHA NOOO, AHÍ NOOO, ME MUERO, ME MUERO HAHAHAHAHAHAHA!

Cada toque era una explosión de sensaciones insoportables. Me retorcía como podía, pero mis ataduras solo permitían que me estremeciera sin escapatoria. Luego, sus dedos recorrieron mi barriga y mi ombligo, trazando círculos y dibujando líneas invisibles sobre mi piel húmeda.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA BASTAAAAA, ME VOY A VOLVER LOCAAAA!

Las cosquillas en mi ombligo me hicieron tirar la cabeza hacia atrás, mis carcajadas resonaban por toda la habitación. Pero él no paró. De pronto, sentí sus manos en mis muslos, apretando y recorriendo la piel con rapidez.

—¡HAHAHAHAHAHAHA NOOOO, NO LOS MUSLOS, NOOOO HAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Cuando llegó a mis rodillas, el ataque se volvió doblemente desesperante. Me pateaba involuntariamente, pero con los pies aún hipersensibles y sin poder moverlos demasiado, solo podía llorar de la risa.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHA YA NO PUEDE SER, NOOOO MÁS! ¡HAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Yo era un mar de carcajadas, sin aire, sin control, sin escapatoria. Y lo peor… sabía que aún no había terminado conmigo.

El chico seguía con su implacable ataque sin decir una sola palabra. No necesitaba hablar; sus manos lo decían todo. Su concentración era absoluta mientras recorría cada punto cosquilloso de mi cuerpo con precisión, como si supiera exactamente dónde y cómo hacerme reír más.

Mis carcajadas resonaban en toda la habitación, mi cuerpo se sacudía, mi cabeza se movía de un lado a otro en un intento inútil de escapar.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHA POOOOR FAVOR, NOOOO HAHAHAHAHAHAHAHA!

Sus dedos seguían danzando sobre mi barriga y mi cintura, presionando y deslizándose sin descanso. Luego, subieron de nuevo a mis costillas, explorando cada espacio entre ellas.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA ME VUELVO LOCAAAAAA!

Intenté retorcerme, pero mis ataduras me mantenían completamente expuesta a su merced. Cuando pasó a mis axilas, el aire me faltó por completo.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHA NOOOOOOO, NOOOO MÁS HAHAHAHAHAHAHAHA!

Pero no había piedad. Bajó nuevamente por mis costados hasta mis muslos, pellizcando y recorriendo con rapidez, desatando en mí nuevas olas de carcajadas desenfrenadas.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA LOS MUSLOS NOOOO!

Luego, sus manos descendieron hasta mis rodillas, acariciando y presionando justo en los puntos que me hacían gritar de risa.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAA POR FAVOR, YA NOOO!

Y cuando pensé que no podía ser peor, sus dedos se deslizaron hasta mi ombligo, trazando pequeños círculos alrededor y dentro de él.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA ME MUERO, ME MUERO HAHAHAHAHAHAHAHA!

De repente, sentí sus dedos subiendo por mi cuello, rozando suavemente la piel con movimientos lentos y calculados. Mi risa se volvió más frenética, más aguda.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA NOOOO, NO EL CUELLOOO HAHAHAHAHAHAHAHA!

No podía hacer nada, solo reír y reír sin control, atrapada en un torbellino de cosquillas interminables. Y él… él solo seguía, sin pronunciar una palabra, disfrutando de cada reacción, de cada carcajada desesperada que escapaba de mis labios.

El chico finalmente se movió hacia mis pies, como si hubiera estado guardando lo mejor para el final. Yo ya estaba completamente exhausta, con la respiración agitada y el cuerpo temblando por todo lo que había soportado. Apenas podía formar palabras coherentes, pero logré suplicar con un hilo de voz:

—P-por favor… ya… no más…

Pero apenas sus dedos hicieron contacto con mis plantas hipersensibles, un grito desgarrador salió de mi garganta:

—¡OH NOOOOOOOO! ¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Era una sensación indescriptible. Mis pies, después de haber sido torturados por los roedores, estaban en un estado de sensibilidad extrema. Cada roce, cada caricia, cada movimiento de sus dedos era una explosión de cosquillas multiplicada por diez.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA NOOOO, NO PUEDO MÁS, MIS PIEEEEEES HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Intenté moverlos, sacudirlos, hacer cualquier cosa para escapar, pero el cepo los mantenía completamente atrapados. Era imposible huir, imposible defenderme.

El chico no tenía piedad. Sus dedos se deslizaron lentamente por mis talones, luego trazaron líneas ascendentes hasta el centro de mis plantas, haciendo pequeños círculos que me arrancaban carcajadas desgarradoras. Luego, con más rapidez, atacó la base de mis dedos, lo que me hizo explotar en risas histéricas.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA MIS DEDOOOOOS! ¡NOOOO, HAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Mis pies se retorcían instintivamente dentro del cepo, pero nada podía salvarme de la implacable tortura. Luego sentí cómo sus uñas rascaban suavemente mis arcos, el punto donde más cosquillas tenía.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA NOOOOO, NO MÁS AHI, HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Las lágrimas caían por mis mejillas, mi cabeza se sacudía de un lado a otro, completamente sumida en el caos de la desesperación.

Y él… él solo sonreía en silencio, disfrutando cada segundo de mi sufrimiento cosquilloso.

Mientras el chico continuaba satisfaciendo su fetiche sin descanso, yo seguía sumida en un mar de carcajadas incontrolables. Mi cuerpo temblaba, mi respiración era errática y mis pies, completamente hipersensibles, no dejaban de retorcerse en el cepo, aunque no sirviera de nada.

—¡HAHAHAHAHAHAHA POR FAVOR, HAHAHAHAHA, MIS PIEEEES, NOOOO!

Cada roce, cada arañazo con sus uñas, cada suave pero despiadada caricia en mis plantas era suficiente para llevarme al borde de la locura. Y mientras tanto, en lo más profundo de mi mente, un pensamiento cruzó fugazmente entre la avalancha de sensaciones: ¿Qué diría mi esposo si se enterara de esto?

Sabía perfectamente que para él esto no era normal. De hecho, lo veía como algo raro, algo incomprensible. Si supiera que mis viajes a Montreal no son simplemente por trabajos de consultorías, sino para ser inmovilizada y torturada con cosquillas hasta quedar sin fuerzas, ¿cómo reaccionaría?

Pero antes de poder seguir con ese pensamiento, un nuevo ataque en mis arcos y la base de mis dedos me arrancó de mi breve reflexión.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA! ¡YA, YA, YA, NO MÁS! ¡HAHAHAHAHAHAHAHA!

Pero, por supuesto, no había escapatoria. Mi risa desesperada llenaba la habitación mientras el chico continuaba con su implacable tortura, deleitándose con cada convulsión, con cada carcajada desgarrada que brotaba de mí sin control.

Las cosquillas en mis pies se volvieron insoportables. Mis carcajadas ya no eran solo risas, sino alaridos de desesperación. Me retorcía con todas mis fuerzas dentro de mis ataduras, pero era inútil. Mis pies, hipersensibles después de la tortura con los roedores, estaban completamente a su merced, y el chico lo sabía.

—¡HAHAHAHAHAHAHA! ¡NOOOO, POR FAVOR! ¡HAHAHAHAHAHAHA!

Mi cuerpo estaba exhausto, mi respiración entrecortada, pero eso no parecía importarle. Sus dedos seguían recorriendo cada centímetro de mis plantas, desde mis talones hasta la base de mis dedos, deteniéndose especialmente en mis arcos, donde mis carcajadas se convertían en chillidos incontrolables.

—¡HAHAHAHAHAHAHAHAHA! ¡MIS PIEEEES! ¡HAHAHAHAHA, YA NOOOO!

Pero no había respuesta, solo más cosquillas, más desesperación, más risa forzada saliendo de mi boca sin que pudiera detenerla. Miré al chico con los ojos vidriosos, suplicando con la mirada, pero su rostro mostraba pura satisfacción. No tenía idea de cuánto tiempo más seguiría, solo sabía que no veía el final en el horizonte.

El chico ignoraba por completo mis súplicas. Para él, lo único importante era verme retorcerme en carcajadas incontrolables, ver cómo mi cuerpo se agitaba sin poder escapar y, sobre todo, cómo mis pies «libres» se retorcían como locos ante la insoportable tortura de cosquillas.

—¡HAHAHAHAHAHAHA! ¡MIS PIES, MIS PIES! ¡HAHAHAHAHAHAHA, POR FAVOR, NOOOO!

Mi desesperación solo parecía incentivarlo más. Sus dedos se movían con precisión, explorando cada rincón de mis plantas sin darme un solo respiro. Cada vez que pensaba que iba a detenerse, cambiaba de técnica: ahora usaba solo las puntas de sus dedos, ahora rascaba con más intensidad, ahora se concentraba en la base de mis dedos…

No podía más. Mi cuerpo estaba sin fuerzas, apenas podía seguir riéndome, pero él no paraba. No había escapatoria, no había palabra de seguridad, no había esperanza. Solo quedaba seguir riendo hasta que él decidiera cuándo terminar.

De un momento a otro, cuando pensaba que ya no quedaba un solo rincón en mis pies sin experimentar cosquillas extremas, el chico encontró algo inesperado: un punto que ni siquiera yo sabía que existía.

Sus uñas rascaron justo donde termina la bola del pie y comienza el arco, un lugar que, hasta ese instante, jamás había sentido tan terriblemente cosquilloso. Apenas hizo contacto con esa área, mi cuerpo reaccionó de inmediato con un espasmo violento, seguido de un grito que se mezcló con carcajadas desgarradoras.

—¡AAAAAAAHHHHHH! ¡HAHAHAHAHAHAHA NOOOOOO!

Fue un reflejo automático, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Mi espalda se arqueó, mis manos se cerraron en puños, y mis pies intentaron escapar desesperadamente de su agarre, pero era inútil. Las correas que me mantenían atrapada en el cepo eran inquebrantables, y lo peor de todo es que él se dio cuenta de lo que acababa de descubrir.

—Ohhh, pero mira lo que encontré —dijo con tono burlón, observando mi reacción con fascinación.

Mis ojos se abrieron de par en par. No, no, no. Esto no podía estar pasando. Sabía perfectamente lo que venía a continuación.

—Por favor, ahí no, ahí no, por favooo— ¡AAAAAAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Antes de que pudiera terminar mi súplica, el chico ya había clavado sus uñas en esa zona, rascándola con absoluta precisión y rapidez. El efecto fue instantáneo. Mi risa explotó como una bomba, mis gritos se hicieron más agudos, mi cuerpo se sacudió sin control, y mis pies se retorcieron con una desesperación que nunca antes había sentido.

—Oh, creo que aquí es donde te haré aún más cosquillas —dijo con satisfacción.

Y lo hizo. Sin piedad. Sin descanso. Sin la menor intención de detenerse.

Sus uñas se deslizaron una y otra vez por ese punto maldito, arañando, rascando, presionando justo donde mi sensibilidad estaba al máximo. Yo estaba enloqueciendo. Cada carcajada mía se volvía más desesperada, más desgarradora, más frenética.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHA NOOOO, NO MÁS, NO MÁS, AHI NOOOOOO HAHAHAHAHAHAHAHAHAAA POR FAVOR, ME VOY A VOLVER LOCAAAAAAAA HAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Mi cabeza se sacudía de un lado a otro, mis manos tiraban de las correas con todas sus fuerzas, pero nada me ayudaba. Sentía cómo las lágrimas de risa comenzaban a acumularse en mis ojos, mi cara estaba roja, mi cuerpo estaba sin energías, pero las cosquillas en esa parte de mis pies eran tan insoportables que me hacían gritar y retorcerme como si tuviera fuerzas de sobra.

Y él lo sabía.

—No puedes con esto, ¿verdad? —dijo, disfrutando de mi agonía.

—HAHAHAHAHAHAHA NOOOOOOO NO PUEDO, NO PUEDO MÁS HAHAHAHAHAHAHAHA TE LO SUPLICO HAHAHAHAHAHAHAHA ME ESTÁS MATANDO HAHAHAHAHAHAHAHA

Mis carcajadas eran tan intensas que sentía que apenas podía respirar. La sensación en mis pies era indescriptible. Era como si esa zona estuviera conectada directamente con mis terminaciones nerviosas más sensibles, enviando una corriente de cosquillas insoportables a todo mi cuerpo.

—Vamos a ver cuánto más puedes soportar —susurró mientras intensificaba el castigo.

Mis ojos se llenaron de terror, mi voz se quebró en carcajadas estridentes, y mi mente se nubló por completo. Todo mi mundo se redujo a ese punto en mis pies y a las infernales cosquillas que me estaban haciendo perder la razón.

Solo por un instante el chico se detuvo. Mi pecho subía y bajaba descontroladamente, tratando de recuperar el aliento, con los ojos llenos de lágrimas y mi cuerpo todavía temblando por la intensidad de la tortura. Mi mente apenas podía procesar lo que acababa de vivir.

Pero ese respiro fue una ilusión.

Lo vi moverse con calma, como si estuviera disfrutando cada segundo de mi desesperación. Se alejó por un momento, dándome la falsa esperanza de que tal vez, solo tal vez, la sesión estaba por terminar. Pero cuando regresó, en sus manos traía algo pequeño, algo que me hizo abrir los ojos con terror.

Eran dos cepillos. No cualquier tipo de cepillos, sino aquellos diminutos que suelen venir con muñecas de juguete. Eran pequeños, pero las cerdas eran firmes y compactas, diseñadas para peinar cabello sintético, y en mis pies hipersensibles, solo podían significar una cosa: el infierno estaba a punto de empeorar.

—Creo que con esto vamos a divertirnos aún más —dijo con una sonrisa maliciosa.

—N-No, no, no, espera, por favor, no más ahí, NO MÁS AHÍ, TE LO SUPLICOOOO—

Pero mis súplicas no tenían ningún efecto en él.

Se acomodó justo frente a mis pies y, sin darme un solo segundo para prepararme, presionó los pequeños cepillos justo en la zona que había descubierto: ese punto infernal donde terminaba la bola del pie e iniciaba el arco.

La reacción fue inmediata.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAAAAAAAAAAA NOOOOOOOO HAHAHAHAHAHAHAHA POR FAVOOOOOR HAHAHAHAHAHAHAAAAAA

La sensación era mil veces peor de lo que imaginé.

Las pequeñas cerdas se movían con precisión diabólica sobre mi piel hipersensible, rastrillando cada fibra nerviosa sin piedad. No solo era el punto en sí, sino la forma en que los cepillos se deslizaban en movimientos circulares, abarcando un área aún más grande, extendiendo el tormento hasta el borde de mis pies y los lados del arco.

Intenté mover mis pies, pero era inútil. Él los mantenía bien sujetos, asegurándose de que no pudiera escapar ni un milímetro.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA NOOOO, NO MÁS HAHAHAHAHAHA ME VOY A MORIR HAHAHAHAHAHAHAHA

Mi risa había cruzado todos los límites. Ya no era solo desesperación, era histeria absoluta. Las carcajadas eran tan intensas que apenas podía respirar, mi cabeza giraba de un lado a otro y mis piernas temblaban sin control.

—Vaya, sí que eres extremadamente cosquillosa aquí… —murmuró, aumentando la velocidad de los cepillos.

El ritmo con el que pasaba las cerdas por mi piel me volvía loca. A veces frotaba suavemente, provocando cosquillas agudas y cortantes, otras veces presionaba más fuerte, enviando ondas de desesperación a través de todo mi cuerpo.

Era una sensación insoportable.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA, POR FAVOOOOOOR, NOOOOO MÁS HAHAHAHAHAHAHAHA, ME RINDOOOOO HAHAHAHAHAHAHA

Pero él no tenía intención de parar.

—¿Te rindes? Pero si apenas estamos empezando con los cepillos… —dijo, disfrutando cada segundo de mi agonía.

Movía los cepillos en sincronía, uno en cada pie, jugando con la presión y la velocidad. A veces frotaba rápido y ligero, otras veces lo hacía más lento y profundo, asegurándose de que cada segundo fuera una tortura para mí.

El aire me faltaba. Mi estómago dolía. Mis pies ardían con una sensibilidad extrema.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA—

Ni siquiera podía formar palabras. Todo lo que salía de mí eran carcajadas frenéticas y gemidos de desesperación.

Mi cuerpo se sacudía violentamente, pero mis pies no podían escapar. Estaban atrapados en una tortura interminable, con esas pequeñas cerdas recorriendo mi piel sin piedad, despertando cada nervio de una forma insoportablemente intensa.

Yo sabía que no resistiría mucho más.

El chico movía rápidamente esos cepillos, diseñados únicamente para peinar el pelo sintético de las muñecas, pero ahora convertidos en instrumentos de tortura sobre mi hipersensible mundo: mis pies. La sensación era insoportable, como si cada nervio de mis plantas estuviera expuesto y vibrando con cada pasada de las cerdas.

Mi risa estaba completamente descontrolada, una mezcla de carcajadas, gritos y jadeos entrecortados. Mi cuerpo entero temblaba, mis manos intentaban aferrarse a algo—lo que fuera—pero no había escape. No podía hacer más que retorcerme y reír sin parar, mientras la tortura continuaba sin piedad.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAA ¡NO MÁS! ¡NO MÁS! ¡POR FAVOR, ME VOY A VOLVER LOOOCAAAAA! HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA—

Pero al chico no le importaban mis súplicas.

Mi mente era un torbellino de sensaciones. Ya no sabía cuánto tiempo había pasado desde que todo comenzó. ¿Cinco minutos? ¿Diez? ¿Una hora? ¿Más? Había perdido completamente la noción del tiempo. Solo existía la desesperación, las cosquillas en mis pies, y las carcajadas imparables que brotaban de mi garganta como si mi propio cuerpo me hubiera traicionado.

Mis pies se movían frenéticamente, intentaban escapar de los cepillos, pero el chico los mantenía bien atrapados, asegurándose de que cada centímetro de mis plantas recibiera la atención necesaria.

—Te estás volviendo loca, ¿cierto? —preguntó con una sonrisa divertida, sin detener ni un solo segundo el tormento.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHA ¡SÍIIIIIIIIII! HAHAHAHAHAHAHA ¡POR FAVOR, NO MÁAAAAAS! HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA

Mis pies ya no respondían a mis órdenes, solo se retorcían como locos cada vez que el cepillo pasaba sobre la bola del pie, los arcos y los talones. La piel estaba tan sensible que cada roce se sentía como una descarga eléctrica recorriendo todo mi cuerpo.

De repente, el chico cambió la técnica. En lugar de frotar los cepillos de un lado a otro, comenzó a girarlos en pequeños círculos, concentrándose exactamente en esos puntos donde más me había hecho gritar.

—HAHAHAHAHAHAHAHAHA NOOOOOOOOOO—

El cambio de técnica me hizo pegar un alarido.

Era una tortura completamente nueva, peor que antes, peor que todo lo que había soportado hasta ahora. La desesperación me hizo tirar la cabeza hacia atrás, con lágrimas en los ojos, el aire faltándome y mi cuerpo convulsionando de risa incontrolable.

Mi resistencia estaba completamente rota.

Justo en ese momento, cuando sentía que no podía soportar ni un segundo más, el chico suspendió la tortura. Con una calma que contrastaba con mi estado de absoluto caos, soltó mis pies y luego mis muñecas.

Mi cuerpo, completamente agotado, cayó sobre la colchoneta sin fuerzas. Mis pulmones trataban desesperadamente de recuperar el aire, pero mis sollozos entrecortados y la risa residual lo hacían casi imposible. Lágrimas rodaban por mis mejillas, producto del agotamiento y la intensidad de la sesión.

Sentía todo mi cuerpo temblar. Cada músculo estaba adolorido, como si hubiera corrido un maratón. Mis pies aún palpitaban, una sensación de hormigueo recorriéndolos después de haber sido sometidos a semejante tortura.

Me quedé ahí, boca arriba, mirando al techo, intentando recuperar el aliento. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, tratando de procesar lo que acababa de vivir. No podía moverme, ni siquiera tenía fuerzas para hablar. Solo podía escuchar mi propia respiración entrecortada y el eco de mis carcajadas aún resonando en mis oídos.

El chico me observó en silencio, satisfecho con su obra. Se quedó de pie junto a mí, sin decir una palabra, mientras yo intentaba recomponerme de la sesión más extrema que jamás había vivido.

Después de varios minutos intentando recuperar el aliento, finalmente logré incorporarme. Mi cuerpo aún temblaba por la intensidad de la sesión, pero al menos ya podía moverme. Fue entonces cuando el chico, con una expresión que mezclaba satisfacción y admiración, sacó un fajo de billetes y me extendió mil dólares adicionales.

—Te los ganaste —dijo con una leve sonrisa.

Lo miré sorprendida. No esperaba un extra, pero después de lo que había soportado, era más que merecido. Tomé el dinero con manos aún algo temblorosas y esbocé una sonrisa cansada.

—Gracias… creo —respondí con una leve risa nerviosa.

El chico me señaló el baño y me indicó que podía usarlo. No lo dudé ni un segundo. Caminé con pasos torpes hasta allí y me despojé de mi ropa interior completamente empapada. Abrí la regadera y dejé que el agua caliente cayera sobre mi piel, relajando mis músculos agotados. Sentía aún un leve hormigueo en mis pies, como si mi cuerpo siguiera reviviendo la sesión.

Después de la ducha, me cambié con la ropa limpia que había traído en mi bolso. Me miré en el espejo un instante antes de salir, notando que aún tenía los ojos ligeramente hinchados por las lágrimas de tanto reír. Suspiré y salí del baño lista para marcharme.

Nos despedimos con un simple asentimiento de cabeza. No hubo necesidad de palabras. Luego, me dirigí a mi auto y me preparé para el camino de regreso. Antes de encender el motor, revisé la hora. Apenas habían pasado dos horas y media desde que todo había comenzado. Se sintió como una eternidad.

Miré el dinero en mi bolso. Dos mil quinientos dólares en efectivo. Todo por haber soportado una de las sesiones más extremas de mi vida.

Encendí el auto, aún procesando lo ocurrido, y emprendí el regreso a casa.

Adriana

Original de Tickling Stories

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