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Jorge se levantó de la cama y estiró los brazos, mirando el reloj. Faltaba tiempo para la siguiente sesión.
—Voy a comprar unas cosas —dijo, tomando su chaqueta—. Agua, algo de comer. ¿Necesitas algo?
Verónica aún estaba sentada en el borde de la cama, recuperándose lentamente.
—Voy a darme una ducha —respondió, con voz aún rasposa—. Para estar lista para los siguientes.
Jorge asintió.
—¿Te sientes bien? ¿Puedes sola?
Ella soltó una risa corta.
—Estoy agotada, no inválida. Anda, yo me arreglo.
Jorge sonrió, se ajustó la chaqueta y salió. La puerta se cerró con un golpe suave.
Verónica se quedó un momento en silencio, escuchando cómo los pasos de Jorge se alejaban por el camino de tierra. Luego se levantó lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar. Las piernas le temblaban ligeramente, los pies aún conservaban ese cosquilleo fantasma después de dos horas de estimulación constante.
Caminó hacia el baño, apoyándose en las paredes cuando fue necesario. Abrió la ducha y dejó que el agua caliente comenzara a correr. Mientras esperaba que alcanzara la temperatura, se miró al espejo.
Su reflejo le devolvió la imagen de una mujer exhausta pero radiante. El cabello revuelto, las mejillas aún sonrojadas, los ojos brillantes. Las marcas de las cuerdas en sus muñecas y tobillos comenzaban a desaparecer. Se tocó el cuello, todavía sensible, y sonrió.
Se quitó la camiseta blanca, arrugada y húmeda de sudor. Los leggings cayeron al suelo. Entró a la ducha y sintió el agua caliente recorrer su cuerpo, relajando los músculos tensos, llevándose el sudor y la tensión acumulada.
Cerró los ojos y dejó que el agua cayera sobre su rostro. Las imágenes de la sesión pasaban por su mente: las manos de Daniel en su torso, las cosquillas en sus axilas, el descubrimiento de su cuello sensible, el cepillo en sus plantas. Cada imagen la hacía sonreír.
Salió de la ducha, se secó con una toalla suave y se envolvió en ella. Se acercó de nuevo al espejo, esta vez con el cabello mojado y la piel limpia. Treinta y seis años. Y se sentía más viva que nunca.
Abrió su bolso y sacó la ropa que había preparado para la siguiente sesión: otro conjunto, similar al anterior. Jeans ajustados, camiseta negra esta vez. Y un par de sandalias para darles descanso a sus pies después de dos horas encerrados en los Converse.
Se vistió lentamente, disfrutando cada movimiento. Se sentó en el borde de la cama a ponerse las sandalias cuando escuchó un golpe en la puerta. Miró el reloj. Aún faltaba una hora para la sesión de la pareja.
Se levantó, caminó hacia la puerta y abrió.
Era Jorge, con una bolsa de supermercado en cada mano.
—Llegué rápido —dijo, entrando—. Compré agua, fruta, algo de pan. ¿Duchada ya?
Verónica asintió, cerró la puerta y lo siguió hacia la pequeña cocina.
—Lista para la siguiente.
Jorge dejó las bolsas en la mesa y la miró. Vestía jeans ajustados, camiseta negra, sandalias que dejaban sus pies al descubierto. El cabello aún húmedo caía sobre sus hombros.
—¿Segura? Puedes cancelar si estás muy cansada.
Verónica negó con la cabeza, con una sonrisa firme.
—Segura. Esto es lo que quiero.
Jorge la miró un momento, luego sonrió y comenzó a sacar las cosas de las bolsas.
—Entonces comamos algo. En una hora llega la pareja.
Se sentaron en la pequeña mesa de la cocina, compartiendo unas frutas y pan que Jorge había traído. Verónica se había vuelto a poner las medias tobilleras y los tenis Converse, completando el mismo look de la mañana. La luz de la tarde comenzaba a entrar por la ventana, anunciando que la segunda sesión se acercaba.
Jorge le alcanzó una botella de agua y ella bebió un largo trago. Aún sentía el cuerpo cansado, pero la ducha la había revitalizado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él, partiendo una manzana—. En serio. Siendo modelo de cosquillas, quiero decir.
Verónica se quedó pensando un momento, mordiendo un trozo de pan.
—Nunca en mi vida me habría imaginado trabajando así —dijo, con una sonrisa que mezclaba incredulidad y aceptación—. Sabiendo que los clientes son tan sádicos, que van dispuestos a verme sufrir con las cosquillas sin piedad. Y lo peor es que yo también lo disfruto.
Jorge la miró fijamente.
—Eso es lo importante. Que lo disfrutes.
—Es extraño —continuó ella—. Llevo años siendo modelo de pies, publicando fotos, recibiendo halagos. Pero esto es diferente. Es entregarse por completo, saber que están ahí para quebrarte con cosquillas, para verte reír sin control, para llevarte al límite. Y yo… yo quiero que me lleven.
Jorge asintió lentamente.
—Y lo que falta —dijo en voz baja.
Verónica frunció el ceño.
—¿Lo que falta? ¿Hay cosas peores?
Jorge la miró con una expresión que ella no supo descifrar del todo.
—No sabes cuánto.
Hubo un silencio. Verónica sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de anticipación.
—¿Qué quieres decir con eso?
Jorge se encogió de hombros, tomando un sorbo de agua.
—Hoy tuviste a Daniel. Un chico de dieciocho años con un fetiche. Pero hay clientes que buscan cosas más extremas. Sesiones más largas, ataduras más complejas, vendar los ojos, cosquillas con plumas, con hielo, con vibradores, con cepillos eléctricos. Algunos quieren grabarlo todo. Otros quieren traer a más personas. Hay un mundo entero ahí fuera, Verónica. Y tú apenas estás empezando.
Ella lo miró, procesando sus palabras. La idea de que había más allá de lo que ya había experimentado despertaba algo en su interior. Una mezcla de curiosidad y temor.
—¿Y yo voy a hacer todo eso?
Jorge sonrió.
—Eso depende de ti. Pero si algo he aprendido en estos años es que la gente siempre quiere más. Y tú tienes algo especial. No solo tus pies, que ya son increíbles. Es tu forma de entregarte, de reaccionar, de aguantar. Eso es lo que vuelve locos a los clientes.
Verónica se quedó en silencio, sintiendo el peso de sus palabras. En algún lugar de su interior, sabía que tenía razón.
Se levantó de la silla, ajustándose los tenis. Miró el reloj. Faltaban quince minutos para la sesión de la pareja.
—Entonces —dijo, con voz firme—. Vamos a darles lo que quieren.
Pasaron unos quince minutos. Verónica había terminado de comer, se había vuelto a atar los cordones de los Converse y estaba repasando mentalmente lo que Jorge le había dicho. El cuerpo aún le recordaba la sesión con Daniel, pero ya no era cansancio lo que sentía, sino una extraña mezcla de calma y anticipación.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Jorge se levantó, se asomó por la ventana y vio un auto estacionado justo detrás del Porsche de Verónica. Una pareja bajaba del vehículo: hombre y mujer, ambos de unos treinta y tantos años, vestidos de forma casual pero arreglada.
—Ellos son —dijo Jorge, y se dirigió a la puerta.
Verónica se levantó también, acomodándose la camiseta negra y los jeans. Sintió un pequeño nerviosismo, pero lo controló.
Jorge abrió la puerta con una sonrisa profesional.
—Hola, bienvenidos. ¿Son los que acordaron la sesión?
—Sí, nosotros —respondió la mujer, con una voz cálida y segura—. Somos Laura y Carlos.
—Pasen, por favor. Yo soy Jorge, el acompañante de Verónica. Ella está aquí adentro.
La pareja entró. Laura era una mujer de cabello oscuro recogido en una coleta, ojos expresivos, una sonrisa amplia. Carlos, su esposo, era más alto, de complexión robusta, con una barba cuidada y una mirada curiosa que recorrió el espacio con interés.
Verónica se acercó a ellos con una sonrisa.
—Hola, soy Verónica. Mucho gusto.
—El gusto es nuestro —dijo Laura, extendiendo la mano—. Encantados de conocerte en persona. Hemos visto tu perfil en la plataforma y quedamos fascinados.
—Sí —añadió Carlos, estrechando la mano de Verónica con firmeza pero suavidad—. Tus fotos y videos son impresionantes. Pero queríamos vivir la experiencia en persona.
Jorge señaló las sillas alrededor de la mesa.
—Siéntense, podemos conversar un poco antes de comenzar. Así nos conocemos mejor y acordamos los últimos detalles.
Los cuatro tomaron asiento. La pequeña casa se sintió llena pero acogedora. Laura se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, y miró a Verónica con genuino interés.
—Queremos preguntarte, si no te molesta —dijo Laura—. ¿Cómo te sientes siendo modelo de fetiches? Sobre todo de cosquillas. Es algo muy íntimo, supongo.
Verónica sonrió. La pregunta no la incomodó. Después de todo lo que había vivido ese día, ya nada la incomodaba.
—Nunca me lo habría imaginado —respondió con sinceridad—. Comencé con fotos de pies, como un ingreso extra. Pero esto… esto es diferente. Es entregarse por completo, confiar en que la otra persona va a respetar los límites. Y al mismo tiempo, hay algo liberador en dejarse llevar. En rendirse a las cosquillas.
Laura asintió, fascinada.
—Es curioso —dijo—. Yo no podría hacer lo que tú haces. Soy extremadamente cosquilluda. Sobre todo en los pies.
Verónica levantó una ceja.
—¿En serio?
—Demasiado —intervino Carlos, con una sonrisa cómplice—. En casa es una tortura. Apenas le rozas la planta y ya está pidiendo clemencia.
Laura rió, dándole un pequeño golpe en el brazo.
—Por eso prefiero estar del otro lado. Me encanta hacer cosquillas. Especialmente en los pies. Ver cómo la persona se retuerce, cómo ríe sin control, cómo se entrega… es adictivo.
—A mí me gusta más el torso —dijo Carlos—. Las costillas, las axilas, el cuello. Esas zonas donde las cosquillas son más íntimas. Donde la persona no puede esconderse.
Verónica sintió un escalofrío. Estos dos sabían exactamente lo que buscaban.
—Nosotros hemos hecho esto antes —explicó Laura—. Hemos tenido sesiones con otras modelos. Pero cuando vimos tu perfil, supimos que tenías algo especial. No es solo que seas cosquilluda. Es cómo reaccionas. Cómo te entregas. Eso es difícil de encontrar.
Carlos asintió.
—Por eso quisimos venir. Ambos disfrutamos mucho haciendo cosquillas. Es nuestro fetiche compartido. Y cuando encontramos a alguien que realmente lo disfruta, la experiencia es inolvidable.
Jorge, que había estado en silencio, intervino.
—Para dejar claro: ¿ambos participarán en la sesión? ¿O uno de ustedes observa mientras el otro actúa?
Laura y Carlos se miraron y sonrieron.
—Los dos —dijo Laura—. Al mismo tiempo. Esa es la idea.
Carlos asintió.
—Tú en los pies, yo en el torso. Así la experiencia es completa. Sin pausa, sin descanso. Dos horas como acordamos. Sin palabra de seguridad.
Verónica sintió que el corazón se le aceleraba. Dos frentes al mismo tiempo. Otra vez. Pero esta vez, con dos personas que sabían exactamente lo que hacían.
—¿Te parece bien? —preguntó Laura, mirándola directamente—. Si algo no te gusta, lo podemos ajustar.
Verónica respiró hondo, sintiendo la mirada de los tres puesta en ella. Luego sonrió.
—Me parece perfecto.
Jorge miró el reloj y asintió.
—Bueno, basta de charlas. El tiempo va a comenzar a correr. Verónica, si puedes alistarte.
Ella se levantó de la silla con una calma que sorprendió hasta a ella misma. Caminó hacia el baño con pasos firmes, cerrando la puerta detrás de sí. Adentro, se miró al espejo un momento. Su reflejo le devolvió la imagen de una mujer decidida. Se quitó la camiseta negra y los jeans, dejándolos sobre el lavabo. Se quedó solo con su ropa interior: un conjunto sencillo, negro, funcional. Nada de sedas ni encajes. Solo lo necesario.
Respiró hondo y salió.
Laura y Carlos la observaron caminar hacia la cama. Había algo en su forma de moverse, en la manera en que aceptaba su vulnerabilidad, que los impresionó. Verónica se recostó boca arriba en el centro de la cama, estiró los brazos a los lados y juntó los tobillos. Esperó.
Jorge se acercó con las correas y cuerdas. Carlos y Laura se acercaron también, curiosos por ver el proceso. Jorge comenzó por las muñecas, ajustando las esposas de felpa que había comprado. Suaves, acolchadas, imposibles de lastimar. Luego aseguró las correas a los lados de la cama. Verónica tiró suavemente, probando. No había espacio.
Carlos ayudó con los tobillos. Tomó las correas que Jorge le alcanzó y sujetó las piernas de Verónica, una a una, dejándolas ligeramente separadas. No demasiado, solo lo suficiente para dar acceso. Cuando terminó, Verónica intentó mover las piernas. Nada.
Jorge revisó cada atadura, cada nudo, cada correa. Tiró de las muñecas, de los tobillos. Todo firme. Verónica no podría moverse más que unos centímetros. Suficiente para retorcerse, no suficiente para escapar.
—Listo —dijo, y se sentó en la silla de observador.
Laura y Carlos se quedaron de pie junto a la cama, mirando el cuerpo inmovilizado de Verónica. Sus brazos extendidos, sus piernas ligeramente abiertas, su torso expuesto, sus pies descalzos con las medias tobilleras blancas que aún conservaba. Esperaban.
Jorge puso a correr el tiempo.
—Pueden iniciar —dijo en voz alta.
Laura y Carlos no necesitaron más.
Laura se posicionó en los pies, justo al final de la cama. Sus manos encontraron las plantas de Verónica a través de las medias y comenzaron a moverse con una velocidad y precisión que demostraban años de práctica. Sus dedos recorrían arcos, talones, la base de los dedos, sin descanso.
Carlos se ubicó en el costado de la cama, junto al torso. Sus manos, más grandes que las de su esposa, encontraron las costillas de Verónica y comenzaron a trabajar. Subía a las axilas, bajaba a la cintura, volvía a las costillas. Alternaba ritmos, presiones, técnicas.
El efecto fue inmediato y devastador.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡AAAAHHH!! ¡¡JAJAJAJA!!
Verónica arqueó la espalda con una fuerza que sorprendió a todos. Su cuerpo se retorcía en la cama, los brazos tiraban de las correas, las piernas intentaban moverse inútilmente. Las carcajadas brotaban de su garganta sin control, un torrente ininterrumpido de risa desesperada.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡NOOOO!! ¡¡JAJAJAJA!!
Laura y Carlos no se miraban, no coordinaban. Cada uno estaba concentrado en su zona, pero el efecto combinado era una tormenta perfecta. Los pies de Verónica, a través de las medias, recibían una dosis constante de cosquillas mientras su torso era atacado desde las axilas hasta la cintura.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡AAAAYYY!! ¡¡JAJAJA!!
Verónica se retorcía como una posesa. Su cuerpo daba pequeños saltos en la cama, su cabeza giraba de un lado a otro, su cabello se pegaba a la frente sudorosa. Las lágrimas comenzaban a asomar en sus ojos mientras las carcajadas se volvían más agudas, más desesperadas.
Laura sonrió, satisfecha. Sentir esos pies moviéndose bajo sus manos, esa desesperación por escapar, era exactamente lo que había venido a buscar.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡AAAAHHH!! ¡¡JAJAJA!!
Carlos, por su parte, disfrutaba cada segundo. Sus dedos encontraban las costillas, las axilas, la cintura, y Verónica respondía con espasmos, con arqueos, con esa risa incontenible.
Jorge observaba desde la silla, en silencio. Verla así, completamente entregada, atacada por dos frentes al mismo tiempo, era un espectáculo fascinante. Y sabía que esto era solo el comienzo.
La sesión continuaba.
Laura, mientras sus dedos seguían moviéndose sobre las plantas cubiertas por las medias, sonrió. No era suficiente. Quería más. Quería sentir la piel directamente.
Sin detener del todo el ataque, comenzó a deslizar las medias de Verónica. Primero la derecha: sus dedos se engancharon en el borde de algodón y comenzaron a bajarla lentamente. El tobillo quedó al descubierto, luego el talón, luego el arco. Verónica sintió la tela deslizándose y supo lo que venía.
—¡¡NOOOO!! ¡¡JAJAJAJAJA!!
Laura dejó la media a un lado y pasó al pie izquierdo. Mismo proceso: borde de algodón, bajarla lentamente, dejar el pie desnudo. Verónica se retorcía, sus pies intentaban escapar, pero las correas en sus tobillos lo impedían. Cuando ambas medias cayeron al suelo, sus plantas quedaron completamente expuestas, vulnerables, listas.
Laura levantó las manos un momento y las observó. Sus uñas eran largas, cuidadas, afiladas en las puntas. Las había preparado especialmente para esta sesión. Sabía que un cosquilleo con uñas era diferente, más intenso, más preciso.
Bajó las manos y las uñas encontraron las plantas de Verónica.
—¡¡AAAAAAHHHH!! ¡¡JAJAJAJAJAJA!!
El efecto fue inmediato. Las uñas de Laura recorrían los arcos con una precisión que los dedos no podían igualar. Trazaban líneas finas, círculos exactos, espirales perfectas. Cada uña era un punto de cosquillas independiente, y había diez de ellas trabajando al mismo tiempo.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡NOOOO!! ¡¡JAJAJAJA!!
Verónica arqueó la espalda con una violencia nueva. Sus pies intentaban cerrarse, los dedos se contraían para protegerse, pero Laura era más rápida. Sus uñas encontraban los espacios entre los dedos, los bordes de las plantas, los puntos exactos donde la sensibilidad era máxima.
Carlos, arriba, no daba tregua. Sus manos seguían en las axilas de Verónica, en su cuello, en sus costillas. Aumentó la intensidad al escuchar los alaridos de su esposa, disfrutando el efecto combinado.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡AAAAHHH!! ¡¡JAJAJA!!
Las uñas de Laura encontraron el lunar en el arco derecho y se detuvieron allí un momento, trazando círculos alrededor. Verónica perdió el poco control que le quedaba. Su cuerpo se arqueó, sus brazos tiraron de las correas con toda su fuerza, su cabeza giró de un lado a otro buscando un alivio que no existía.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡AAAAYYY!! ¡¡JAJAJA!!
Laura pasó al pie izquierdo. Encontró su propio lunar en el arco y repitió la operación. Círculos alrededor, círculos encima, líneas que subían y bajaban. Verónica sentía que su cerebro se desconectaba, que solo existían esas uñas en sus plantas y esas manos en su torso.
Jorge, desde la silla, observaba fascinado. Las uñas de Laura recorrían las plantas de Verónica con una precisión quirúrgica. Cada movimiento provocaba un espasmo, un alarido, una nueva oleada de carcajadas. Era un espectáculo hipnótico.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡NO PUEDO!! ¡¡JAJAJA!!
Pero Laura no se detenía. Sus uñas subían a los dedos, bajaban a los talones, volvían a los arcos. Alternaba ritmos, velocidades, intensidades. Mantenía a Verónica en un estado constante de cosquillas agudas.
Carlos, arriba, seguía su propio ritmo. Sus manos ahora se concentraban en el cuello de Verónica, esa zona que ella misma había descubierto sensible horas antes. Sus dedos trazaban círculos, arañazos suaves, presiones.
El ataque combinado era total. Verónica no tenía un solo centímetro de su cuerpo que no estuviera siendo estimulado. Los pies, las axilas, el cuello, las costillas, las plantas, todo al mismo tiempo, sin descanso, sin piedad.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡AAAAHHH!! ¡¡JAJAJA!!
Las lágrimas corrían por sus mejillas. Su cabello era una maraña pegada a la frente. Su cuerpo era un mapa de cosquillas, cada zona explotada al máximo.
Jorge sonreía desde la silla. Verónica estaba exactamente donde quería estar.
Jorge estaba tan absorto observando cómo las uñas de Laura recorrían las plantas de Verónica que casi no escuchó cuando ella le habló. El espectáculo era hipnótico: las uñas largas y afiladas trazando líneas perfectas sobre esa piel enrojecida, cada movimiento provocando un espasmo, un alarido, una nueva oleada de carcajadas.
—Jorge —dijo Laura, sin dejar de atacar—. ¿Por qué no te unes?
Él levantó la vista, sorprendido.
—¿Qué?
—Ven acá —insistió ella—. Ayúdame a agarrar los pies. Así yo puedo concentrarme mejor en las cosquillas.
Jorge dudó un segundo. Su lugar era la silla, el rol de observador, de cuidador. Pero la invitación estaba ahí, y Verónica no mostraba señales de querer que se detuviera nada. Al contrario, sus carcajadas eran más desesperadas que nunca.
Se levantó.
Caminó hacia los pies de Verónica y se arrodilló junto a Laura. Sus manos encontraron los tobillos de Verónica, sujetándolos con firmeza para que ella no pudiera moverlos. Desde esa posición, tenía una vista privilegiada de las plantas expuestas, de las uñas de Laura trabajando sobre esa piel hipersensible.
—Gracias —dijo Laura, y siguió atacando con renovada energía.
Carlos, arriba, seguía en su propio éxtasis. Ver la cara de Verónica deformarse por las carcajadas desesperadas era exactamente lo que había venido a buscar. Sus manos seguían en sus axilas, en su cuello, en sus costillas. Alternaba zonas, ritmos, intensidades. Cada vez que Verónica parecía acostumbrarse a una sensación, él cambiaba.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡AAAAHHH!! ¡¡JAJAJA!!
Laura, mientras sus uñas recorrían las plantas de Verónica sin descanso, miró a Jorge con curiosidad.
—Dime una cosa —dijo, manteniendo el ritmo—. ¿Tú qué eres de Verónica? ¿Su hijo? ¿Su pareja?
Jorge sostuvo los tobillos con más firmeza mientras Verónica intentaba moverse.
—Soy el amigo de su hijo —respondió—. Un día descubrí su secreto. Que era Miel_40.
Laura levantó una ceja, interesada.
—¿En serio? ¿Y qué pasó?
—Decidí no decir nada en ese momento. Esperé. Hablamos mucho. Y al final, le propuse trabajar juntos. Yo consigo los clientes, cuido las sesiones. Ella es la modelo.
—¿Y a ti te gusta hacer cosquillas? —preguntó Laura, con una sonrisa cómplice.
Jorge sonrió.
—Me encanta.
—¿Le has hecho cosquillas a Verónica alguna vez?
—Sí —respondió, sin dudar—. La semana pasada. Fue la primera sesión que hicimos juntos.
Laura rió suavemente, mientras sus uñas encontraban el lunar en el arco derecho de Verónica y se ensañaban allí.
—Entonces ya sabes lo que se siente tener estos pies bajo tus manos. Son especiales, ¿verdad?
—Muy especiales —confirmó Jorge, sintiendo cómo los tobillos de Verónica temblaban bajo sus manos.
Carlos, desde arriba, escuchaba la conversación mientras sus dedos se movían en el cuello de Verónica.
—Es una mujer increíble —dijo—. Muy pocas aguantan tanto como ella.
Verónica, en medio del caos, escuchaba fragmentos de la conversación pero no podía procesarlos. Solo sabía que había más manos en su cuerpo, más cosquillas, más desesperación. Las uñas de Laura en sus plantas, las manos de Carlos en su cuello, y ahora Jorge sujetando sus tobillos, impidiéndole cualquier intento de escape.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡NOOOO!! ¡¡JAJAJA!!
Laura intensificó el ataque, sus uñas ahora recorriendo los dedos de los pies, encontrando los espacios entre ellos.
—Me encanta cómo se retuerce —dijo, casi para sí misma—. Es perfecta.
Jorge observaba las plantas de Verónica bajo las uñas de Laura, enrojecidas, temblorosas, completamente vulnerables. Y en el fondo, una parte de él deseaba estar en el lugar de Laura, ser él quien atacara esos pies hipersensibles. Pero por ahora, sujetarlos era suficiente.
La sesión continuaba, y Verónica seguía riendo, sin poder hacer nada más que entregarse a las manos que la torturaban sin piedad.
Laura seguía atacando las plantas de Verónica con sus uñas largas, manteniendo un ritmo implacable que mantenía a Verónica en ese estado de carcajadas desesperadas. Jorge sostenía los tobillos firmemente, sintiendo cómo se tensaban y relajaban con cada espasmo.
Carlos, arriba, estaba concentrado en el cuello y las axilas de Verónica, ajeno a la conversación que se susurraba en los pies.
Jorge se inclinó ligeramente hacia Laura, bajando la voz para que solo ella lo escuchara.
—Oye, una pregunta —dijo—. ¿Tú no quisieras estar en esa situación?
Laura levantó una ceja, sin dejar de mover las uñas.
—¿En cuál situación?
—En la de ella —Jorge señaló con la cabeza a Verónica, que se retorcía en la cama—. Recibiendo las cosquillas.
Laura sonrió, pero su mirada se volvió más cautelosa. Bajó también la voz, asegurándose de que Carlos no la escuchara.
—La verdad es que sí. Algún día me gustaría experimentar eso.
—¿Y no lo has hecho?
—No —respondió Laura, sus uñas trazando círculos en los arcos de Verónica—. Es que soy muy cosquilluda. Demasiado. Y con Carlos tenemos un pacto. Él no me hace cosquillas a mí. Ambos vamos a hacerle cosquillas a otras mujeres. Así funciona entre nosotros.
Jorge asintió, procesando.
—¿Y si quisieras probar? Quiero decir, estar del otro lado.
Laura lo miró con curiosidad.
—¿A qué te refieres?
—Con nosotros —dijo Jorge, señalándose a sí mismo y a Verónica con un gesto sutil—. Tú recibiendo las cosquillas. Verónica y yo haciéndolas.
Laura se quedó en silencio un momento. Sus uñas seguían moviéndose sobre las plantas de Verónica, pero su mente estaba en otra parte.
—¿Dónde sería eso? —preguntó, con la voz apenas un susurro.
—Acá mismo —respondió Jorge—. En esta casa. Es privada, tranquila. El dueño vive lejos, los vecinos están separados. Nadie preguntaría nada.
Laura mordió su labio inferior, pensando. Sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y nerviosismo.
—¿Y Carlos? Él no sabe que he pensado en esto.
—Eso lo manejas tú —dijo Jorge—. Cuando estés lista, me escribes por WhatsApp, como hiciste para concretar esta cita. Nos ponemos de acuerdo y listo.
Laura lo miró largamente. Luego sonrió.
—Me gusta la idea.
Jorge le devolvió la sonrisa.
—Entonces solo escríbeme cuando quieras.
Laura asintió y volvió a concentrarse en las plantas de Verónica, pero ahora sus uñas se movían con una energía renovada, como si estuviera proyectando en ese ataque lo que algún día recibiría.
Verónica, ajena a la conversación, seguía riendo sin control, sus pies retorciéndose bajo las uñas implacables de Laura, sus axilas y cuello bajo las manos de Carlos.
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡AAAAHHH!! ¡¡JAJAJA!!
Carlos, desde arriba, notó que su esposa sonreía de una forma distinta, pero no preguntó. Solo siguió con su ataque, disfrutando cada carcajada de Verónica.
Jorge, sujetando los tobillos, pensó en lo que acababa de acordar con Laura. Una nueva sesión, una nueva dinámica. Y Verónica estaría del otro lado, haciendo las cosquillas.
Sonrió. Las cosas estaban cambiando.
Finalmente, después de dos horas y diez minutos, Jorge miró su reloj y levantó la mano.
—Se acabó el tiempo.
Laura retiró sus manos de los pies de Verónica de inmediato. Carlos hizo lo mismo con el torso. Verónica quedó tendida en la cama, jadeando, con el pecho subiendo y bajando a gran velocidad. Los ojos cerrados, la boca abierta, el cabello pegado a la frente sudorosa. Sus pies, completamente enrojecidos, aún temblaban con espasmos residuales.
Jorge se acercó y comenzó a desatar las correas de sus muñecas con cuidado. Carlos hizo lo mismo con los tobillos. Laura se quedó a un lado, observando a Verónica con una mezcla de admiración y envidia.
Cuando las últimas correas cayeron al suelo, Verónica dejó caer los brazos a los lados de su cuerpo, inmóvil. Apenas podía mover los dedos de las manos. Sus piernas, liberadas, quedaron estiradas en la cama sin fuerzas para moverse.
Laura se acercó y se sentó en el borde de la cama, junto a Verónica.
—De verdad te admiro —dijo con sinceridad—. Soportar tantas cosquillas así… yo en tu lugar habría enloquecido desde el primer minuto.
Verónica abrió los ojos lentamente, aún recuperando el aliento. Miró a Laura con una sonrisa cansada.
—Gracias —logró articular con voz rasposa.
—Es un miedo que no he podido dominar —continuó Laura—. Las cosquillas en mí son demasiado intensas. No sé cómo haces.
Verónica sonrió débilmente y cerró los ojos de nuevo, disfrutando el silencio después de la tormenta.
Mientras tanto, Jorge y Carlos terminaban de recoger las correas y cuerdas. En un momento, Jorge levantó la vista y se encontró con la mirada de Carlos. El esposo de Laura miraba a su mujer con una expresión que Jorge supo interpretar de inmediato. Era la misma mirada que él había tenido antes, cuando veía a Verónica siendo atacada por otros. Era deseo. Curiosidad. La fantasía de tener a esa mujer, su esposa, bajo sus manos, retorciéndose de cosquillas.
Pero Carlos no dijo nada. Solo bajó la mirada y siguió recogiendo las cosas.
Jorge no hizo comentarios. Guardó las correas en su mochila y ayudó a Verónica a incorporarse lentamente. Ella se sentó en el borde de la cama, aún tambaleándose, mientras Laura le alcanzaba un vaso de agua.
—Gracias —dijo Verónica, bebiendo lentamente.
—Gracias a ti —respondió Laura—. Fue una experiencia increíble.
Carlos se acercó y puso una mano en el hombro de su esposa.
—Deberíamos irnos —dijo con voz neutra—. Ya es tarde.
Laura asintió, se despidió de Verónica con un abrazo suave y le susurró al oído:
—Te escribiré.
Verónica no entendió del todo el significado, pero asintió.
La pareja salió de la casa. Jorge los acompañó hasta la puerta, los despidió con un gesto y cerró. Cuando volvió a la habitación, Verónica seguía sentada en la cama, con el vaso de agua en las manos, mirando al vacío.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Jorge.
Ella levantó la vista, sus ojos miel brillando con una mezcla de agotamiento y satisfacción.
—Destruida —respondió con una sonrisa—. Pero feliz.
Jorge se sentó a su lado.
—Laura me dijo que te escribiría. ¿Para qué?
Verónica lo miró confundida.
—No sé. No me dijo nada.
Jorge sonrió, recordando la conversación que había tenido con Laura mientras sus uñas recorrían las plantas de Verónica.
—Ya te enterarás.
Verónica levantó una ceja, pero no preguntó más. Estaba demasiado cansada para indagar.
—¿Qué sigue? —preguntó en lugar de eso.
Jorge miró por la ventana. El sol comenzaba a ocultarse, pintando el cielo de tonos anaranjados.
—Mañana descansamos —dijo—. Y luego, veremos qué clientes nuevos aparecen.
Verónica asintió y dejó caer la cabeza sobre el hombro de Jorge.
—Suena bien.
Y se quedaron en silencio, disfrutando la calma después del caos.
Jorge guardó las últimas cosas en su mochila y se puso la chaqueta. Verónica aún estaba sentada en el borde de la cama, recuperándose lentamente, con el vaso de agua todavía en las manos.
—¿Te vas ya? —preguntó ella.
—Sí, ya es tarde. Necesitas descansar.
Verónica asintió y se levantó con cuidado, sintiendo las piernas aún temblorosas. Lo acompañó a la puerta. Afuera, el sol ya se había ocultado por completo y el cielo era una mezcla de azul oscuro y violeta. La moto de Jorge estaba estacionada junto a su auto.
—¿Llegarás bien? —preguntó ella.
—Sí, no te preocupes. Descansa.
Jorge se puso el casco, montó en la moto y encendió el motor. Antes de partir, se giró hacia ella.
—Hoy fue un buen día —dijo—. El primero de muchos.
Verónica sonrió.
—Cuídate.
Jorge asintió, aceleró y la moto se alejó por el camino de tierra, las luces rojas de atrás haciéndose más pequeñas hasta desaparecer en la oscuridad.
Verónica se quedó un momento en la puerta, escuchando el silencio. No había pájaros cantando, solo el viento moviendo los árboles del bosque cercano. Cerró la puerta con seguro y caminó hacia el baño.
El agua caliente cayó sobre su cuerpo mientras recordaba las horas pasadas. Las manos de Laura en sus pies, las uñas largas recorriendo sus plantas hipersensibles. Las manos de Carlos en su torso, en su cuello, en sus axilas. Las carcajadas, los gritos, la desesperación. Todo se mezclaba en su memoria como un sueño extraño pero real.
Salió de la ducha, se secó y se vistió con la ropa que había traído de repuesto: unos leggings cómodos y una sudadera holgada. Apagó las luces una por una, revisó que las ventanas estuvieran bien cerradas, aseguró la puerta principal con llave.
Afuera, la noche estaba completamente oscura. Subió a su auto, encendió el motor y tomó el camino de regreso a la ciudad. Las luces del tablero iluminaban su rostro cansado pero satisfecho.
Cuando llegó a su casa, estacionó en la entrada y se quedó un momento mirando la fachada. Todo estaba en orden, como lo había dejado por la mañana. Bajó del auto, abrió la puerta y entró.
El silencio de la casa vacía la envolvió. Dejó las llaves en la mesa de la entrada y sacó el teléfono. La pantalla se iluminó con decenas de notificaciones.
Mateo: «Mamá, llegamos bien. La tía nos hizo de comer.»
Mateo: «¿Mamá?»
Mateo: «Contesta, por favor.»
Simón: «Mami, fuimos a la piscina del condominio. Está gigante.»
Simón: «Foto adjunta»
Mateo: «¿Mamá estás bien?»
Hermana: «Vero, los chicos me dicen que no les contestas. ¿Estás bien? Avísame.»
Mateo: «Ya hablamos con la tía. Nos dijo que no te preocupemos. Contesta cuando puedas.»
Simón: «Te quiero, mami. Buenas noches.»
Mateo: «Buenas noches, mamá.»
Verónica sonrió al leer los mensajes. Se sentó en el sofá y comenzó a responder.
Verónica: «Hola, mis amores. Disculpen, me quedé dormida temprano, estaba agotada. Me alegra que estén bien. Las fotos de la piscina están preciosas. Los quiero mucho.»
Luego llamó a su hermana. El teléfono sonó dos veces antes de que contestaran.
—¿Vero? Por fin. Me tenías preocupada.
—Lo sé, lo sé. Perdón. Me quedé dormida y desconectada del mundo. No vi los mensajes hasta ahora.
—¿Estás bien? Te noto… no sé, rara.
Verónica se recostó en el sofá, sintiendo el cansancio en cada músculo.
—Estoy bien, de verdad. Solo descansada. Ha sido un día largo pero tranquilo.
—¿Segura?
—Segura. Ya voy a dormir. Quiero salir a trotar temprano en la mañana.
—Bueno, si lo dices… Los chicos están bien, no te preocupes. Están disfrutando mucho. Simón no se quiere bajar de la piscina.
Verónica rió suavemente.
—Me lo imagino. Cuídamelos.
—Siempre. Descansa.
—Tú también. Buenas noches.
—Buenas noches, Vero.
Colgaron. Verónica dejó el teléfono en la mesa y se quedó un momento en el sofá, mirando el techo. El silencio de la casa era profundo. Cerró los ojos y las imágenes del día volvieron: Daniel, Laura, Carlos, las manos, las uñas, las risas.
Abrió los ojos y se levantó con esfuerzo. Subió las escaleras, se metió en la cama y apagó la luz. En la oscuridad, sintió aún el cosquilleo fantasma en sus pies, en sus costillas, en su cuello.
Sonrió y cerró los ojos. Mañana sería otro día. Pero esa noche, solo quería dormir.
Verónica se levantó en medio de la noche con la vejiga llena. La casa estaba en penumbra, apenas iluminada por la luz tenue que entraba por las ventanas desde la calle. Caminó descalza hacia el baño en su pijama tipo babydoll, una prenda corta y ligera que usaba para dormir cuando hacía calor.
Al pasar por la habitación de Mateo, la puerta estaba entreabierta como siempre. Sin pensar, desvió la mirada hacia el rincón donde él tenía su pecera con los roedores. Hizo una pausa. El vidrio estaba vacío. No vio movimiento, no vio sombras. Frunció el ceño, tratando de recordar si él se los había llevado o si había algo que ella hubiera olvidado. No estaba segura de si eran ratas o ratones, pequeños, blancos, inquietos. Mateo los cuidaba con esmero.
—Mañana los busco —murmuró para sí misma—. Seguro están por ahí.
Siguió al baño, hizo lo que tenía que hacer y regresó a su habitación con pasos lentos. Se metió en la cama, estiró las piernas bajo las sábanas y cerró los ojos. El cansancio del día la venció en segundos.
Pasó cerca de una hora. El sueño era profundo, pesado, lleno de imágenes difusas de la sesión con Laura y Carlos. En algún momento, entre el sueño y la vigilia, sintió algo. Un roce. Un cosquilleo. Algo que caminaba sobre la planta de su pie derecho.
—Mmm —gimió entre sueños—. No más…
Pensó que estaba soñando. Que Jorge o Laura o Carlos seguían haciéndole cosquillas. Sonrió dormida, dejándose llevar por esa sensación que conocía tan bien. Pero el roce no se detenía. Subió por su tobillo, por su pantorrilla. Un cosquilleo suave, diminuto, persistente.
—No… ya… —murmuró, revolviéndose ligeramente.
La sensación llegó a su rodilla, luego a su muslo. Verónica abrió los ojos lentamente, todavía aturdida. La habitación estaba oscura. Algo se movía bajo la sábana. Sintió un peso pequeño sobre su barriga, luego sobre su costado. Otro roce en su pie izquierdo.
—¿Qué…?
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Las cosquillas eran reales. Demasiado reales. Pequeñas patitas caminaban sobre su piel, subían por su pierna, bajaban por su brazo. Una carcajada nerviosa escapó de su garganta mientras se incorporaba de golpe.
—¡¡JAJAJA!! ¿Qué es esto? ¡JAJAJA!
Encendió la lámpara de la mesilla de un manotazo. La luz inundó la habitación y levantó la sábana de un tirón. Allí estaban. Las dos ratas blancas de Mateo, pequeñas y nerviosas, correteaban sobre la cama, asustadas por el movimiento brusco. Sus ojitos rojos brillaban en la luz mientras intentaban esconderse entre las almohadas.
—¡Ustedes otra vez! —exclamó Verónica, riendo y asustada al mismo tiempo.
Las atrapó con rapidez, una en cada mano. Las ratitas chillaron suavemente mientras ella las sostenía con cuidado, sintiendo sus patitas moviéndose contra sus palmas.
—¿Cómo se escaparon? —preguntó en voz alta, como si esperara una respuesta.
Salió de la habitación con paso rápido y entró a la habitación de Mateo. La pecera seguía vacía en el rincón, la tapa apoyada a un lado. Verónica colocó a las dos ratas dentro con cuidado, luego aseguró la tapa firmemente.
—No se vuelvan a escapar —les dijo, con el dedo levantado en advertencia—. O mañana les pongo candado.
Las ratas se movían inquietas dentro de su hábitat, ajenas al sermón.
Verónica salió de la habitación de su hijo Mateo, entró nuevamente en su habitación de ella, se metió en la cama y apagó la luz. Esta vez se aseguró de que las sábanas estuvieran bien metidas por todos los lados. Cerró los ojos, pero el cosquilleo de las patitas aún lo sentía en su piel, aunque ya no había nada.
Sonrió en la oscuridad.
—Ni descansando me dejan en paz —murmuró para sí misma.
Y se durmió.
Continuará…
Original de Tickling Stories
