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El jueves de la segunda semana, el apartamento amaneció con un orden que no había tenido en años. Pilar lo notó en cuanto bajó las escaleras: la sala sin una sola cosa fuera de lugar, los cojines del sofá acomodados con una simetría casi obsesiva, la mesa del comedor despejada y brillante. Incluso las cortinas, que solía correr con prisas, estaban abiertas con una pulcritud que delataba una mano distinta a la suya.
Ana estaba en la cocina, pero no preparando el desayuno como hacía siempre. Estaba de espaldas a la entrada, revisando algo en su libreta, con el teléfono apoyado contra la jarra del café. Llevaba puesta una camisa de manga larga color azul claro, de esas que solo usaba para exposiciones importantes en la universidad, y el cabello recogido en una cola alta que le dejaba el rostro completamente despejado.
—Buenos días —dijo Pilar, entrando con pasos que intentaban ser casuales pero que delataban curiosidad.
Ana se volteó. En su rostro había una expresión que Pilar conocía bien: era la misma que ponía antes de un examen difícil, cuando había estudiado todo lo que podía y solo quedaba esperar.
—Buenos días —respondió—. ¿Dormiste bien?
—Sí. Tú también, parece. Estás despierta desde hace rato.
Ana sonrió, pero no era una sonrisa relajada. Era más bien la sonrisa de alguien que ha estado dando vueltas en la cama desde las cinco de la mañana repasando mentalmente una lista de cosas por hacer.
—Desde las seis —admitió—. Quería tener todo listo antes de que llegaran.
Pilar se sirvió un café y se sentó en una de las sillas de la cocina, con las dos manos alrededor de la taza. Observó a su hija con atención: la camisa impecable, la libreta en la mano, el teléfono cargando en el mesón. Todo en ella parecía preparado para algo.
—¿Llegaran quiénes? —preguntó, aunque ya lo sabía.
Ana dejó la libreta sobre la mesa y se sentó frente a su madre. Por un momento, sus ojos se encontraron, y Pilar vio en ellos esa mezcla de nervios y determinación que había estado viendo cada vez más seguido.
—Hoy tengo las primeras entrevistas —dijo—. De las chicas de la universidad.
—¿Las de la lista?
—Algunas. Confirmaron cuatro para hoy. La primera llega en una hora.
Pilar sintió que el café se le atragantaba un poco. Tragó despacio, con cuidado, y dejó la taza sobre la mesa.
—¿En una hora?
—Sí. Por eso quería tener todo listo desde temprano. El sótano está limpio, las fundas de la camilla están lavadas, los materiales de limpieza están a mano. Solo falta que lleguen.
—¿Y tú cómo estás?
Ana se quedó un momento en silencio, como si la pregunta fuera más compleja de lo que parecía. Luego, con una honestidad que Pilar agradeció, respondió:
—Nerviosa. Pero no de la forma en que pensaba. No es miedo. Es como cuando vas a dar una exposición y sabes que te la sabes toda, pero igual el corazón se te acelera antes de empezar.
Pilar asintió. Entendía esa sensación mejor de lo que Ana imaginaba.
—¿Quieres que esté ahí? —preguntó—. Cuando llegue la primera, quiero decir.
Ana negó con la cabeza, pero no de inmediato. Primero se quedó un momento mirando sus propias manos sobre la mesa, como si estuviera sopesando la oferta.
—No —dijo al fin—. Creo que es mejor que empiece yo sola. Para que vean que esto es serio, que no es solo un juego entre nosotras. Si estás tú desde el principio, quizás piensen que todavía estamos improvisando.
—¿Y si necesitas ayuda?
—Por eso vas a estar arriba. Si pasa algo, te llamo. Pero mientras todo esté bien, prefiero hacerlo yo.
Pilar se recostó en la silla y la miró largamente. En el rostro de su hija no vio inseguridad, ni esa falsa confianza que a veces se usa para disimular el miedo. Vio algo más sólido, algo que había estado construyendo desde aquella noche en que vaciaron los sobres sobre la mesa.
—Está bien —dijo—. Me quedo arriba. Pero quiero que me cuentes todo después. Cada detalle.
—Te voy a contar cada cosa —prometió Ana, y esta vez su sonrisa fue más auténtica, menos tensa—. Desde que toquen el timbre hasta que salgan por la puerta.
Pilar tomó su taza otra vez, pero no bebió. La sostuvo entre las manos, sintiendo el calor que empezaba a disiparse.
—¿Y las otras tres? —preguntó—. Dijiste que eran cuatro hoy.
—Sí. La primera es a las diez. La segunda a las doce. La tercera a las tres. La cuarta a las cinco.
—¿Una cada dos horas?
—Quiero tener tiempo para escribir notas después de cada una. Para que no se me mezclen los perfiles, las reacciones, lo que me dicen. Si las junto muy cerca, empiezo a confundir quién dijo qué.
Pilar sonrió. Esa organización meticulosa era tan de Ana que casi le daba ternura.
—¿Y todas son cosquilludas en los pies? —preguntó, recordando la conversación que habían tenido días atrás.
Ana tomó su libreta y la abrió en la página donde tenía las tablas actualizadas. Pasó el dedo por las filas, como si estuviera repasando una lista mental.
—Las cuatro dicen que sí. Pero en distintos niveles. Una dice que es moderada, dos dicen que son muy sensibles, y una… una dice que no puede ni con que le rocen los pies sin perder el control.
—¿Esa es la de las cinco?
—Esa es la de las cinco. La dejé para el final porque calculo que va a ser la que más tiempo necesite. Si es tan sensible como dice, la prueba puede extenderse más de lo normal.
Pilar asintió, pero su mente ya estaba en otra parte. En la conversación que había tenido con Ana días atrás, cuando hablaron de las mujeres de su edad. En los nombres que había ido acumulando en su propia libreta, la que tenía escondida en el cajón de su mesita de noche.
—Hablando de eso —dijo, con un tono que intentaba ser casual pero que no lo era del todo—, yo también tengo novedades.
Ana levantó la mirada de la libreta con una rapidez que delataba su interés.
—¿Sí?
—Sí. Ayer hablé con Patricia en el gimnasio. La que te mencioné.
—¿La de los pies sensibles?
—Esa misma. No le dije nada del proyecto todavía, pero la invité a tomar café mañana en la tarde. Le dije que quería conversar con ella sobre algo, que podía ser interesante para las dos.
—¿Y ella qué dijo?
—Dijo que sí. Que justo mañana no trabaja y que le vendría bien distraerse un rato.
Ana se quedó un momento en silencio, procesando. Luego, con una calma que no lograba ocultar del todo su curiosidad, preguntó:
—¿Y cómo piensas abordarlo? ¿Le vas a decir directamente?
Pilar se encogió de hombros, pero en el gesto había algo estudiado, algo que había estado ensayando en su cabeza durante los últimos días.
—No voy a llegar con la propuesta de inmediato. Primero quiero escucharla, saber cómo está, qué necesita. Si la situación es tan difícil como parece, ella misma va a estar buscando opciones. En algún momento, cuando la conversación esté fluyendo, le voy a decir que tengo una oportunidad de trabajo para alguien como ella. Algo distinto, bien pagado, que requiere cierta… disposición.
—¿Disposición?
—Ser cosquillosa. Sobre todo en los pies.
Ana sonrió. Era una sonrisa que tenía algo de nervio, pero también de emoción.
—¿Y si se asusta?
—No creo que se asuste. Es una mujer práctica. Lleva meses sobreviviendo con trabajos que no le gustan. Si le ofrezco algo que pague bien y no le quite demasiado tiempo, por lo menos va a escuchar.
—¿Y la otra? Dijiste que tenías dos.
—Clara. La del consultorio dental. Con ella va a ser distinto. No la conozco tan bien, pero tenemos una amiga en común. Pensé que podríamos las tres tomar algo un día de estos, y en esa conversación, si se da, puedo soltar el tema.
—¿Y si no se da?
—Entonces lo dejo para otra ocasión. No voy a forzar nada. Con las mujeres de nuestra edad, la confianza es lo primero. Si sienten que las estás presionando, se cierran y no hay manera de volver a abrirlas.
Ana asintió lentamente. En su cabeza, estaba comparando su propia estrategia con la de su madre, y encontraba diferencias que le parecían fascinantes.
—Es curioso —dijo, después de un momento—. Con las de mi edad, el mensaje directo funciona mejor. Les dices «esto es lo que hay, esto es lo que se paga», y si les interesa, te responden. Con las de tu edad, hay que ir con más cuidado.
—Son formas distintas —respondió Pilar—. Pero al final, todas buscan lo mismo. Salir adelante. Reírse un rato. Sentir que todavía hay algo por lo que valga la pena levantarse en la mañana.
Ana la miró con una expresión que Pilar no supo interpretar del todo. No era sorpresa, ni admiración. Era algo más parecido al reconocimiento, como si acabara de ver en su madre algo que siempre había estado ahí pero que nunca había mirado con atención.
—Mamá —dijo, y la palabra salió con una suavidad que contrastaba con la urgencia de la mañana—, ¿tú te arrepientes de haberme metido en esto?
Pilar se quedó un momento en silencio. La pregunta era más grande de lo que parecía, y sabía que cualquier respuesta apresurada podía sonar a excusa o a justificación.
—No —dijo al fin—. Me arrepiento de cómo lo hice. De la máscara, del engaño, de haberte hecho reír sin que supieras que era yo. Eso no se lo perdono a nadie, y menos a mí misma. Pero de haberte metido en esto… no. Porque si no te hubiera metido, no estaríamos aquí. No habríamos construido esto. Y esto… esto es nuestro.
Ana bajó la mirada hacia sus manos, que descansaban sobre la libreta abierta. Cuando la levantó otra vez, en sus ojos había algo que Pilar no recordaba haber visto antes: no era perdón, porque tal vez no había nada que perdonar. Era algo más parecido a la paz.
—Gracias —dijo Ana—. Por decirlo.
Pilar no respondió. No hacía falta.
El teléfono de Ana vibró sobre la mesa, interrumpiendo el momento. Lo tomó, leyó el mensaje, y su expresión cambió de inmediato. La calma de hacía un segundo se transformó en algo más alerta, más presente.
—Esa es Valentina —dijo, levantándose de la silla—. Llega en veinte minutos. Voy a bajar al sótano a revisar todo una última vez.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Tú quédate aquí. Cuando llegue, la recibo yo y la bajo. Si necesito algo, te aviso.
Pilar asintió. Ana ya estaba en la puerta de la cocina, con la libreta bajo el brazo y el teléfono en la mano, cuando se detuvo un momento.
—Mamá —dijo, sin voltearse.
—¿Sí?
—Mañana, cuando vayas a ver a Patricia, quiero que me cuentes todo. Como te voy a contar yo hoy.
—Te voy a contar cada cosa —respondió Pilar, repitiendo las palabras que Ana le había dicho minutos antes.
Ana sonrió, aunque Pilar no podía verla, y bajó las escaleras hacia el sótano con pasos que ya no eran de nervios, sino de alguien que está a punto de empezar algo que ha estado preparando durante mucho tiempo.
Pilar se quedó en la cocina, con el café frío en la taza y la mirada puesta en la puerta que daba al pasillo. Escuchó los pasos de Ana en las escaleras, luego el sonido de la puerta del sótano abriéndose, luego el silencio.
Tomó su taza, la llevó al lavaplatos, y cuando la dejó en el escurridor se dio cuenta de que sus manos no temblaban. No había nada que temer, se dijo. Su hija estaba lista. El espacio estaba listo. Las candidatas estaban listas.
Y ella, que había pasado tanto tiempo sintiendo que el mundo se le escapaba entre los dedos, ahora tenía una tarea propia para el día siguiente. Dos mujeres de su edad, con pies sensibles, con vidas complicadas, con la necesidad de encontrar algo que las sacara del lugar donde estaban.
Mañana, pensó mientras subía a la sala para esperar a que sonara el timbre. Mañana le tocaba a ella.
El timbre sonó exactamente a las diez de la mañana. Ana estaba en la sala, con la libreta bajo el brazo y los pies descalzos sobre la baldosa fría. Había estado repasando mentalmente las preguntas durante los últimos diez minutos, pero cuando escuchó el sonido se dio cuenta de que no había ensayado lo suficiente. El corazón le dio un salto que intentó disimular con una respiración profunda.
Caminó hacia la puerta con pasos que quiso que parecieran seguros, aunque por dentro sentía ese cosquilleo en el estómago que le había estado acompañando desde que se despertó. Abrió la puerta y se encontró con una mujer joven que estaba de pie en el umbral, con una mochila negra colgando de un hombro y las manos metidas en los bolsillos de un buso gris.
—¿Valentina? —preguntó Ana, con una sonrisa que salió más natural de lo que esperaba.
—Sí. ¿Ana?
—Pasa, por favor.
Valentina entró con pasos cuidadosos, como si no estuviera segura de estar pisando el lugar correcto. Ana la observó mientras cerraba la puerta, tomando nota mental de los detalles que no estaban en los mensajes de texto.
Valentina era más baja de lo que había imaginado. Medía alrededor de un metro sesenta, con una complexión delgada pero no frágil. Su piel era clara, con ese tono que en su universidad llamaban «de biblioteca», porque pasaba más tiempo entre libros que bajo el sol. El cabello era castaño oscuro, casi negro, recogido en una cola baja que dejaba al descubierto un rostro de facciones suaves y una expresión que intentaba ser seria pero que delataba nervios. Sus ojos, de un color avellana que cambiaba con la luz, recorrían la sala con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿Cómo estuvo el camino? —preguntó Ana, señalándole el sofá, aunque no con la intención de que se sentara.
—Bien. En bus, rápido. Queda más cerca de lo que pensaba.
—Me alegra. ¿Quieres tomar algo antes de empezar? Agua, café, algo frío.
Valentina negó con la cabeza, pero en el gesto había una vacilación que delataba que la oferta le había parecido amable.
—Gracias. Tal vez después.
—Está bien. Entonces, si no tienes problema, vamos directo al estudio. Es abajo, en el sótano. Lo acondicionamos hace poco para esto.
Valentina asintió y siguió a Ana hacia la puerta que daba a las escaleras. Ana notó que sus pasos se hicieron más lentos cuando vieron la escalera que bajaba hacia el sótano, pero no dijo nada. Abrió la puerta y encendió la luz, dejando que la claridad del espacio recién pintado fuera lo primero que Valentina viera.
—Baja con cuidado —dijo Ana, bajando primero—. Las escaleras son un poco empinadas, pero ya estamos pensando en ponerles una baranda más firme.
El sótano recibió a Valentina con su blancura impecable, los paneles acústicos grises en la pared izquierda, las ventanas cubiertas con papel espejo que dejaban entrar una luz suave pero no permitían ver hacia afuera. En el centro, la camilla ajustable esperaba con sus fundas recién lavadas, las correas acolchadas colgando a los lados como brazos en reposo.
—Siéntate donde te sientas más cómoda —dijo Ana, señalando una silla plegable que había colocado junto a la camilla, aunque también había un banco bajo y una banqueta.
Valentina eligió la silla, pero no se sentó de inmediato. Se quedó un momento mirando el espacio, con la mochila todavía colgando del hombro, como si no quisiera soltar del todo sus pertenencias.
—Está… bonito —dijo, y la palabra salió con una vacilación que hacía pensar que no era lo que había esperado encontrar.
—Gracias. Lo hicimos nosotras con mi mamá. Queríamos que fuera un espacio donde la gente se sintiera segura. No es una oficina fría, no es un lugar improvisado. Es nuestro.
Valentina asintió. Poco a poco, fue bajando la mochila y la dejó en el piso, junto a la silla. Se sentó, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas, y por primera vez desde que entró, su mirada se encontró con la de Ana con una franqueza que no había mostrado antes.
—Listo —dijo, con una voz que intentaba ser firme—. Empecemos.
Ana tomó su libreta y se sentó en el banco bajo, frente a Valentina. No quería que hubiera una mesa de por medio, ni ninguna barrera que hiciera que la conversación se sintiera como un interrogatorio.
—Antes de empezar con las preguntas —dijo Ana—, quiero que sepas algo. Todo lo que me digas se queda aquí. Nadie más va a saberlo sin tu permiso. Ni mi mamá, ni las clientes, ni nadie. La información que me des es para construir un perfil que te represente bien, no para exponerte.
Valentina la miró un momento, como si estuviera evaluando la sinceridad de esas palabras. Luego asintió.
—Entiendo.
—Bien. Entonces empecemos. Dime tu nombre completo.
—Valentina Ríos Morales.
—Edad?
—Veinte. Cumplí en marzo.
—Estado civil?
—Soltera.
—¿En qué semestre vas?
—Tercero. Psicología.
Ana anotó en su libreta, con la letra menuda que usaba para todo. Luego levantó la mirada otra vez.
—Ahora necesito que me des algunos datos físicos. Es para el perfil, para que cuando las clientes busquen alguien con ciertas características, podamos encontrar a la persona indicada. ¿Te parece?
—Sí.
—Estatura?
—Un metro sesenta.
—Peso?
—Cincuenta y dos kilos. Más o menos. A veces bajo un poco cuando hay mucho trabajo en la universidad.
—¿Talla de ropa?
—Normalmente S. A veces M, depende de la marca.
—¿Talla de calzado?
Valentina bajó la mirada hacia sus propios pies, que estaban cubiertos por unos tenis blancos con cordones rosados.
—Treinta y seis. A veces treinta y cinco y medio, pero es más difícil de conseguir.
Ana anotó todo con rapidez, sintiendo cómo la información iba llenando los espacios en blanco de su tabla. Cuando terminó, dejó el lápiz sobre la libreta y se recostó ligeramente hacia atrás.
—Ahora viene la parte importante —dijo, con una voz que intentaba ser cálida pero profesional—. La que tiene que ver con las cosquillas.
Valentina enderezó la espalda, pero no pareció incomodarse. Al contrario, había en su expresión algo que se parecía a la anticipación, como si hubiera estado esperando ese momento desde que recibió el mensaje.
—Te voy a hacer algunas preguntas. Quiero que respondas con la mayor honestidad posible. No hay respuestas correctas o incorrectas. Solo lo que es cierto para ti.
—Está bien.
—¿Sabes si eres cosquillosa?
Valentina soltó una risa corta, de esas que salen sin querer.
—Sí. Mucho. Desde que tengo memoria.
—¿En qué partes de tu cuerpo?
—En casi todo, pero hay lugares donde es peor.
—¿Cuáles?
—Las costillas, la cintura, las axilas… y los pies.
Cuando dijo lo de los pies, su voz cambió apenas. No era miedo, pero había algo en la forma en que pronunció la palabra que delataba que era consciente de lo que significaba.
—¿Los pies? —preguntó Ana, con un tono que invitaba a seguir.
—Sí. Sobre todo las plantas. Desde que era niña. Mi mamá me hacía cosquillas ahí cuando me bañaba y yo no podía ni pararme.
—¿Y ahora? ¿Sigue igual?
—Peor. No sé si es porque me he vuelto más consciente o porque… no sé. Pero si alguien me toca los pies sin avisar, me muero.
Ana anotó con cuidado. En la página de Valentina, bajo la categoría de sensibilidad, escribió: pies: extremo. costillas y cintura: alto. axilas: moderado-alto.
—¿Cuánto tiempo crees que podrías soportar una sesión de cosquillas? —preguntó, con la misma naturalidad con la que preguntaría por la disponibilidad horaria.
Valentina se quedó un momento en silencio. Parecía estar calculando, midiendo sus propios límites con una honestidad que Ana apreció.
—Depende de dónde —respondió al fin—. Si es en las costillas o la cintura, quizás varios minutos. Pero si es en los pies… no sé. Tal vez un par de minutos antes de empezar a perder el control.
—¿Perder el control en qué sentido?
—En que me da risa incontrolable. No puedo parar. Me duele la panza de reírme y sigo riéndome. Una vez unos amigos me hicieron cosquillas en los pies en una fiesta y terminé en el piso, sin poder levantarme.
Ana sonrió. No era una sonrisa burlona, sino de reconocimiento.
—Eso está bien —dijo—. Eso es justo lo que buscan las clientes.
Valentina la miró con una expresión que mezclaba curiosidad y una ligera aprensión.
—¿De verdad? ¿Hay gente que paga por ver a alguien reírse así?
—Sí. Más de la que imaginas. Y no es solo por ver. Es por la sensación de tener el control, de escuchar la risa, de saber que están haciendo que alguien pierda el control con algo tan simple como los dedos en los pies.
Valentina asintió lentamente, como si estuviera procesando una información que ya había intuido pero que nunca había escuchado dicha en voz alta.
—Ahora —dijo Ana, dejando la libreta a un lado—, necesito que hagamos una prueba.
—¿Una prueba?
—Sí. Para confirmar lo que me has dicho. No me tomo tu palabra porque desconfíe de ti. Es porque las clientes van a querer saber exactamente qué están comprando. Y yo necesito poder decirles: «es nivel tres en pies, nivel dos en costillas, aguanta tanto tiempo». Para eso necesito verlo.
Valentina se quedó un momento en silencio. Sus manos, que habían estado quietas sobre las rodillas, se apretaron un poco.
—¿Cómo funciona la prueba?
—Te acuestas en la camilla. Te voy a hacer cosquillas en las zonas que mencionaste, para confirmar la sensibilidad. Empezamos suave, vamos aumentando según cómo reacciones. Si en algún momento sientes que ya no puedes más, dices «basta» y paramos de inmediato. Sin preguntas, sin insistir. ¿Te parece?
Valentina miró la camilla, luego a Ana, luego otra vez la camilla. Por un momento, Ana pensó que iba a decir que no, que prefería seguir con las preguntas o que necesitaba más tiempo. Pero Valentina se levantó de la silla, caminó hacia la camilla, y se acostó sobre ella con una decisión que contrastaba con los nervios de hacía unos minutos.
—Está bien —dijo, con la mirada puesta en el techo blanco—. Empecemos.
Ana se acercó a la camilla, ajustó la altura para que quedara a la posición más cómoda para trabajar, y verificó que las correas estuvieran a los lados, listas pero sin usar. No las iba a poner. No en esta prueba. Quería que Valentina sintiera que podía irse cuando quisiera, que no había trampa.
—Voy a empezar con las costillas —dijo Ana, colocándose a un costado de la camilla—. Avisame si algo te incomoda.
Ana apoyó las manos suavemente sobre las costillas de Valentina, sintiendo a través de la tela del buso gris la textura de la tela y la forma de los huesos. Empezó con movimientos lentos, apenas rozando, observando la reacción.
Valentina se retorció de inmediato. No era una risa fuerte, pero su cuerpo se movió hacia un lado, como si quisiera apartarse de las manos de Ana.
—¿Ahí? —preguntó Ana, moviendo los dedos un poco más rápido.
—¡Sí! —exclamó Valentina, entre risas contenidas—. Ahí es.
Ana mantuvo el ritmo unos segundos más, luego subió las manos hacia las axilas. Valentina soltó una carcajada más fuerte, llevando los brazos hacia abajo para protegerse.
—Ahí también —dijo, con la voz entrecortada—. Pero no tanto como en las costillas.
Ana anotó mentalmente la diferencia. Bajó las manos hacia la cintura, justo donde el hueso de la cadera se une con el torso, y Valentina reaccionó con una risa que ya no era contenida. Su cuerpo se arqueó sobre la camilla, y por un momento sus manos buscaron las de Ana para detenerlas, pero no lo hicieron. Solo se quedaron flotando en el aire, dudando.
—¿Hasta aquí? —preguntó Ana, deteniéndose.
—Sí —respondió Valentina, recuperando el aliento—. Ahí también es fuerte.
—Bien. Ahora vamos con los pies.
Ana vio cómo el cuerpo de Valentina se tensó de inmediato. No era miedo, pero era algo parecido. Era el conocimiento de lo que estaba por venir.
—¿Te puedo pedir que te quites los tenis y las medias?
Valentina se incorporó sobre los codos, miró a Ana un momento, y luego bajó la mirada hacia sus propios pies. Con movimientos lentos, se desató los cordones de los tenis, se los quitó con cuidado, y luego deslizó las medias hacia abajo, primero una, luego la otra. Los dejó a un lado de la camilla y volvió a acostarse.
Sus pies quedaron expuestos bajo la luz del sótano. Eran pequeños, delgados, con los dedos alineados y las uñas pintadas de un rojo oscuro que contrastaba con la palidez de su piel. Las plantas, visibles desde donde estaba Ana, mostraban un arco pronunciado y una piel que parecía suave, casi frágil.
Ana se agachó al pie de la camilla. Sin preguntar, tomó ambos tobillos de Valentina con una firmeza suave, asegurándose de que no pudiera retirar los pies con facilidad, pero sin apretar demasiado.
—Voy a empezar suave —dijo—. Dime cuando sea suficiente.
Ana apoyó las yemas de los dedos sobre las plantas de los pies de Valentina. No hizo movimientos, solo dejó que el contacto se estableciera, que la piel sintiera la presencia de sus dedos.
La reacción fue inmediata. Valentina soltó una risa que no era la misma de antes. Era más aguda, más descontrolada, como si el solo contacto hubiera activado algo que no podía controlar.
—¡Ya! —exclamó, riendo—. ¡Solo con que los toques!
—¿Así? —preguntó Ana, y empezó a mover los dedos en círculos pequeños sobre las plantas.
Lo que siguió fue una explosión. Valentina se retorció sobre la camilla, su risa llenó el sótano con un sonido que rebotaba en las paredes recubiertas de espuma acústica. Sus manos aporreaban la superficie a los costados, sus piernas intentaban cerrarse, pero Ana mantenía los tobillos sujetos con una firmeza que no permitía escape.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —gritaba Valentina, con la voz quebrada—. ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Ana no se detuvo. Movió los dedos por toda la superficie de las plantas, recorriendo los talones, los arcos, la base de los dedos. Encontró un punto justo en el centro del arco que hizo que Valentina soltara un grito que se convirtió en risa antes de terminar.
—¡Ahí! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Ahí no!
—¿Ahí? —preguntó Ana, concentrándose en ese punto con movimientos rápidos y cortos.
—¡Sí! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Por favor! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Ana mantuvo el ritmo unos segundos más, observando cómo el cuerpo de Valentina se sacudía, cómo sus dedos se flexionaban y se extendían sin control, cómo las lágrimas empezaban a asomarse en sus ojos. Cuando sintió que la risa empezaba a convertirse en algo más parecido a un sollozo entrecortado, retiró las manos.
Valentina quedó tendida sobre la camilla, con el pecho subiendo y bajando con cada respiración, los pies todavía temblando ligeramente, las mejillas húmedas.
—¿Estás bien? —preguntó Ana, soltando los tobillos con cuidado.
Valentina asintió, pero no podía hablar todavía. Se llevó las manos al rostro, se frotó los ojos, y se quedó así un momento, dejando que la risa se disipara por completo.
—¿Cuánto tiempo fue? —preguntó, con la voz ronca.
—Menos de un minuto —respondió Ana, con honestidad.
Valentina soltó una risa débil, de esas que salen cuando ya no queda fuerza para otra cosa.
—¿Tan poco?
—Suficiente para saber lo que necesitaba.
Ana volvió a sentarse en el banco bajo, tomó su libreta y escribió con letra clara: Valentina Ríos. Sensibilidad en pies: nivel extremo. Zonas secundarias: costillas y cintura (alto), axilas (moderado-alto). Tiempo estimado de resistencia en pies: menos de un minuto antes de perder el control total.
Cuando terminó, levantó la mirada hacia Valentina, que ya se había incorporado y estaba sentada en el borde de la camilla, con los pies colgando, todavía descalzos.
—Bienvenida —dijo Ana, con una sonrisa que era pura cordialidad—. Eres exactamente lo que buscamos.
Valentina la miró con una expresión que mezclaba alivio y curiosidad.
—¿En serio?
—En serio. Los pies son lo más buscado. Los clientes, en su mayoría, quieren mujeres muy cosquilludas en los pies. Eso es lo que más valor tiene en este mercado. Y tú lo tienes.
Valentina bajó la mirada hacia sus pies descalzos, como si los estuviera viendo por primera vez.
—Nunca pensé que ser tan cosquillosa fuera una ventaja.
—Pues lo es —dijo Ana, cerrando la libreta—. Pero ahora necesito que me ayudes con una cosa más.
—¿Qué cosa?
—Es para el registro. Necesito que me envíes una foto de cuerpo entero, descalza. Si puedes en traje de baño, mejor. Y también fotos de tus pies: una desde arriba y otra de las plantas. Es para incluirla en tu carpeta, para que las clientes puedan ver quién eres antes de elegir.
Valentina se quedó un momento en silencio, procesando. Luego, con una honestidad que Ana apreció, preguntó:
—¿Eso es normal?
—Es normal en este tipo de trabajos. No es diferente a que en una agencia de modelos te pidan fotos para mostrar a los clientes. La diferencia es que aquí lo que mostramos son los pies, no el rostro si no quieres. Podemos editar las fotos para que no se vea tu cara.
Valentina asintió, con una lentitud que mostraba que estaba pensando en los detalles.
—¿Y si no quiero que se vea mi cara?
—Entonces no se ve. Tú decides hasta dónde quieres exponerte. Eso también es parte de las condiciones claras.
Valentina se quedó un momento más, con la mirada puesta en sus pies, los dedos moviéndose apenas sobre el borde de la camilla. Luego levantó la cabeza y miró a Ana con una determinación que no había mostrado antes.
—Está bien. Te mando las fotos esta noche.
Ana sonrió. Era una sonrisa de satisfacción, pero también de algo más: de haber encontrado a alguien que entendía las reglas y estaba dispuesta a jugar.
—Perfecto. Entonces, ¿te parece si coordinamos tu primera sesión oficial para la próxima semana? Necesito definir el calendario con las otras chicas que están entrando, pero te aviso con tiempo.
—De acuerdo.
—Y cualquier cosa que necesites, cualquier pregunta que te surja, me escribes. No importa la hora. Este es un trabajo, pero también es una relación de confianza. Si en algún momento sientes que algo no está bien, me dices.
Valentina se levantó de la camilla, se puso las medias y los tenis con movimientos que ya no eran nerviosos, sino más bien automáticos, como si estuviera procesando todo lo que había pasado. Cuando estuvo lista, tomó su mochila del piso y se la colgó al hombro.
—Ana —dijo, antes de subir las escaleras—. ¿Tú también pasaste por esto? ¿La prueba, las preguntas, todo?
Ana la miró un momento. En el rostro de Valentina no había juicio, solo curiosidad.
—Sí —respondió—. Y mucho más. Pero eso es historia para otra conversación.
Valentina asintió. Subió las escaleras con pasos más firmes que cuando había bajado, y en la puerta de la calle se despidió con un gesto que era casi una sonrisa.
Cuando la puerta se cerró, Ana se apoyó contra la pared de la entrada y soltó un suspiro largo. Sacó la libreta, revisó las notas que había tomado, y sonrió para sí misma.
En la página de Valentina, junto a las categorías de sensibilidad, escribió con letra más grande: Prioridad alta. Disponible para sesiones intensivas en pies.
Y entonces, antes de subir a preparar todo para la siguiente entrevista, tomó su teléfono y le escribió un mensaje a su madre, que estaba en la cocina:
«La primera pasó la prueba. Es de las nuestras. Subo en un momento a contarte.»
La respuesta llegó antes de que guardara el teléfono:
«Te preparo café. Cuéntame todo.»
El sonido de la puerta de la calle cerrándose llegó hasta la habitación donde Pilar estaba sentada en el borde de la cama, con las manos sobre las rodillas y la libreta escondida en el cajón de la mesita de noche. Había estado esperando ese sonido desde que escuchó los pasos de Valentina bajando las escaleras del sótano, desde que oyó las risas filtrándose a través del piso, desde que supo que su hija estaba haciendo sola algo que hasta hace unas semanas habría parecido imposible.
Salió al pasillo con pasos rápidos, bajó las escaleras y encontró a Ana en la sala, apoyada contra la pared con la libreta en la mano y una expresión que era pura satisfacción contenida.
—¿Cómo te fue? —preguntó Pilar, aunque ya lo sabía por la forma en que Ana había subido las escaleras.
—Bien. Muy bien. Pasó la prueba sin problema. Es de las que no pueden ni con que le toquen los pies.
Pilar sintió que algo se le aflojaba en el pecho. No era alivio, porque no había estado preocupada. Era más bien la confirmación de que lo que estaban haciendo tenía sentido.
—¿Y ella cómo quedó?
Ana cerró la libreta y se dejó caer en el sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo.
—Contentas. Dijo que nunca pensó que ser tan cosquillosa fuera una ventaja. Se fue con una sonrisa que no le había visto cuando llegó.
Pilar se sentó a su lado, con el cuerpo inclinado hacia ella, como si quisiera absorber cada detalle.
—Cuéntame todo. Desde que llegó.
Ana iba a hablar, pero el teléfono de Pilar vibró en el bolsillo de su pantalón antes de que pudiera decir una palabra. Lo sacó, leyó el mensaje, y su expresión cambió de la curiosidad a algo más urgente.
—¿Qué pasa? —preguntó Ana.
—Es Patricia —dijo Pilar, con la mirada fija en la pantalla—. Dice que si nos podemos reunir hoy. En su casa o en la nuestra, pero hoy.
—¿Hoy? Pero tenías planeado para mañana.
—Lo sé. Pero dice que le surgió un compromiso para mañana y que si no es hoy, va a tener que aplazar hasta la próxima semana. Y no quiero que se enfríe.
Ana se incorporó en el sofá, dejando la libreta a un lado. En su cabeza, el calendario de entrevistas que había planeado con tanto cuidado empezaba a reacomodarse.
—¿A qué hora quiere venir?
—Dice que esta tarde. Como a las tres.
Ana miró el reloj de la sala. Eran las once y media. Tenía tiempo.
—La entrevista de las doce la puedo pasar para más tarde. La chica de las doce me confirmó que tenía disponibilidad toda la tarde. La de las tres la puedo mover para mañana. Y la de las cinco la dejo donde está.
—¿Seguro?
—Seguro. Patricia es prioridad. Tú llevas días preparando esto.
Pilar dejó el teléfono sobre la mesa, pero no apartó la mirada de él, como si temiera que fuera a desaparecer.
—¿Quieres estar presente? —preguntó, con una voz que intentaba ser casual pero que delataba que la respuesta le importaba.
Ana se quedó un momento en silencio, evaluando la pregunta.
—¿Tú quieres que esté?
—Sí —respondió Pilar, sin vacilar—. Pero no quiero que te sientas obligada. Tienes tus propias entrevistas, tu propio calendario. Si prefieres hacer lo tuyo y dejarme esto a mí, lo entiendo.
—No es eso —dijo Ana, con una lentitud que mostraba que estaba pensando en voz alta—. Es que si estoy, quiero participar. No solo estar sentada mirando.
—¿Participar cómo?
Ana la miró con una expresión que Pilar conocía bien. Era la misma que ponía cuando estaba a punto de proponer algo que ya había decidido.
—Quiero hacerle cosquillas. En los pies.
Pilar se quedó un momento en silencio. En su cabeza, la imagen de Patricia en la camilla, con los pies descalzos, y Ana a un lado, moviendo los dedos sobre sus plantas, se formó con una claridad que la sorprendió.
—¿Crees que ella va a aceptar que las dos le hagamos la prueba?
—Por eso vas a estar tú. Ella confía en ti. Si tú le explicas que es parte del proceso, que es normal que haya más de una persona en la sesión de prueba, probablemente no tenga problema. Además, si es tan cosquilluda como dices, va a estar tan ocupada riéndose que no va a importarle quién le está haciendo cosquillas.
Pilar sonrió. Era una sonrisa que tenía algo de nervio, pero también de emoción.
—Está bien. Le escribo que sí, que venga hoy a las tres. Y le digo que mi hija estará presente, que es parte del equipo.
Tomó el teléfono y escribió el mensaje con dedos que no temblaban, pero que tampoco estaban del todo quietos. La respuesta llegó antes de un minuto.
—Dice que sí —anunció Pilar, con una voz que intentaba ser calmada pero que delataba un entusiasmo contenido—. Que a las tres está aquí.
Ana se levantó del sofá y tomó su libreta.
—Entonces tengo que reorganizar las entrevistas. Voy a llamar a la chica de las doce para pasarla para más tarde. Tú asegúrate de que el sótano esté listo. Las fundas de la camilla están limpias, pero quizás quieras ponerle las que son de un color más neutro. Las blancas.
—¿Por qué las blancas?
—Porque dan más sensación de limpieza. De profesionalismo. Y Patricia es mayor que las chicas de la universidad. Hay que tratarla con un tono distinto.
Pilar asintió, con una mezcla de admiración y algo que no sabía si era orgullo o simple asombro.
—Está bien. Bajó ahora mismo a revisar todo.
Ana ya estaba en la cocina, con el teléfono en la mano, marcando el número de la chica que había confirmado para las doce. Pilar se quedó un momento en la sala, escuchando la voz de su hija mientras explicaba con calma que había tenido un imprevisto y que podían mover la entrevista para más tarde sin problema.
Luego bajó al sótano.
El espacio estaba en orden. La camilla con las fundas que Ana había usado en la mañana, las sillas plegables en su lugar, el banco bajo junto al pie de la camilla, los paneles acústicos grises en la pared. Pilar cambió las fundas por las blancas, las que habían comprado en la tienda donde también consiguieron la camilla, y las ajustó con cuidado, alisando cada pliegue.
Revisó las correas, las limpió con un paño húmedo, las dejó colgando a los lados. Colocó una botella de agua en una mesita auxiliar que habían subido del garaje, junto con un paquete de toallas pequeñas y un gel antibacterial que Ana había insistido en tener siempre a mano.
Cuando terminó, se quedó en medio del sótano, con las manos en las caderas, evaluando el espacio como si fuera la primera vez que lo veía. La luz entraba suave por las ventanas cubiertas de papel espejo, y las paredes blancas reflejaban esa luz con una limpieza que daba una sensación de calma.
—Está listo —dijo en voz alta, para nadie.
Las tres de la tarde llegaron con la lentitud de las horas que se esperan. Pilar había cambiado de ropa dos veces: primero un pantalón de vestir negro con una blusa de manga larga, luego un jean más cómodo con una camiseta de cuello alto. Terminó quedándose con el jean y la camiseta, y se puso unos zapatos de estar en casa que podía quitarse con facilidad.
Ana, en cambio, no había cambiado nada. Seguía con la camisa azul claro y el cabello recogido, la misma ropa que había usado en la entrevista de la mañana. Sobre la mesa de la sala, su libreta estaba abierta en una página nueva, con el nombre de Patricia escrito en la parte superior.
—¿Nerviosa? —preguntó Ana, mientras revisaba sus notas.
—Un poco —admitió Pilar—. No es lo mismo hablar con alguien que conoces del gimnasio que con una chica que te responde un mensaje por WhatsApp.
—Pero la conoces. Eso es una ventaja. Confía en ti.
—Eso espero.
El timbre sonó a las tres en punto. Pilar sintió que el corazón le daba un salto, pero se levantó del sofá con una calma que no reflejaba lo que sentía por dentro. Ana se quedó en la sala, con la libreta en la mano, esperando.
Pilar abrió la puerta y se encontró con Patricia en el umbral. Llevaba un vestido largo de algodón color marfil, sandalias de cuero marrón, y un bolso de tela colgando del hombro. Su cabello rubio, corto hasta la altura de la mandíbula, estaba peinado con una sencillez que le daba un aire desenfadado. Sus ojos verdes, intensos bajo la luz de la tarde, recorrían la fachada de la casa con una curiosidad que no ocultaba del todo.
—Pilar, qué gusto verte —dijo Patricia, con una voz que sonaba más grave de lo que Pilar recordaba—. Gracias por recibirme tan pronto.
—Pasa, por favor —respondió Pilar, abriendo la puerta de par en par—. Te presento a mi hija, Ana.
Patricia entró con pasos largos que delataban su estatura. Medía al menos un metro setenta y cinco, Pilar calculó, con una complexión delgada pero firme. Su piel era blanca, de ese tono que en el gimnasio llamaban «de porcelana», y sus brazos, que asomaban por debajo de las mangas del vestido, mostraban una musculatura que hablaba de años de ejercicio constante. Su peso rondaba los cincuenta y seis kilos, aunque no parecía haberse subido a una báscula en mucho tiempo.
Ana se levantó del sofá y extendió la mano con una sonrisa que era pura cordialidad.
—Mucho gusto, Patricia. Mamá me ha hablado mucho de usted.
Patricia tomó su mano con firmeza y la sostuvo un momento más de lo necesario, como si estuviera evaluando a la hija a través del apretón.
—El gusto es mío. Tu madre dice que eres estudiante de Psicología.
—Sí, tercer semestre.
—Qué bien. Yo estudié Administración, hace años. Pero terminé trabajando en otra cosa.
—¿En qué trabaja? —preguntó Ana, con una naturalidad que Pilar agradeció.
Patricia soltó una risa corta, de esas que se usan para disimular algo que no se quiere decir del todo.
—De todo un poco. En este momento, clases particulares de matemáticas. No es lo que soñaba, pero paga las cuentas. O al menos algunas.
Pilar intervino, señalando el sofá.
—Siéntate, por favor. ¿Quieres algo de tomar? Agua, café, té.
—Agua, gracias.
Mientras Pilar iba a la cocina por el agua, Ana se sentó en el sillón frente a Patricia, con la libreta apoyada en el brazo del mueble, sin esconderla pero sin mostrarla con insistencia.
—Mamá me dijo que usted y ella se conocen en el gimnasio —dijo Ana, manteniendo la conversación en un terreno neutral.
—Sí. Hace como un año. Nos tocó juntas en una clase de estiramiento y desde ahí nos saludamos.
—¿Y le gusta el gimnasio?
Patricia se recostó en el sofá, con las manos sobre las rodillas, y por primera vez desde que entró, su expresión se suavizó.
—Me gusta. Es el único momento del día en que no estoy pensando en clases, en deudas, en cómo voy a llegar a fin de mes. Me pongo los audífonos, hago mi rutina, y por una hora el mundo se olvida de mí.
Pilar regresó con una jarra de agua fría y tres vasos. Sirvió para las tres y se sentó en el otro sillón, dejando que Ana llevara la conversación.
—Patricia —dijo Ana, con una voz que era suave pero firme—, mamá me contó que usted está buscando opciones para mejorar sus ingresos. Por eso le propuso reunirse.
Patricia tomó un sorbo de agua y dejó el vaso sobre la mesa. Sus ojos verdes se fijaron en Ana con una intensidad que Pilar reconoció como la misma que ella había usado cuando aceptó el primer experimento.
—Sí. Me dijo que tenía una oportunidad de trabajo. Algo distinto, bien pagado, que requería cierta… disposición. No me dio más detalles, dijo que era mejor conversarlo en persona.
—Así es —dijo Ana, dejando la libreta sobre la mesa, abierta en la página de Patricia—. Lo que voy a contarle es algo que puede sonar extraño al principio. Pero quiero que sepa que es real, que es seguro, y que hay otras personas que ya están participando.
Patricia asintió, con una calma que Pilar encontró sorprendente para alguien que no sabía lo que iba a escuchar.
—Le voy a ser honesta —continuó Ana—. Lo que ofrecemos es participar en sesiones de cosquillas. Son sesiones privadas, en un espacio adecuado que tenemos en el sótano, donde personas pagan por hacerle cosquillas a otras personas. Es un servicio que existe, que tiene su mercado, y que paga muy bien.
Patricia se quedó un momento en silencio. Pilar observó sus manos sobre las rodillas, esperando un gesto de rechazo, de incomodidad, de levantarse y decir que se iba. Pero Patricia no se movió. Solo parpadeó dos veces, despacio, como si estuviera procesando.
—¿Cosquillas? —repitió, con una voz que no era de incredulidad, sino más bien de confirmación.
—Cosquillas —respondió Ana—. Específicamente, necesitamos mujeres que sean muy cosquilludas. Sobre todo en los pies. Mi mamá me dijo que usted podría serlo.
Patricia bajó la mirada hacia sus sandalias, hacia sus pies descalzos dentro de ellas, y por un momento Pilar vio algo en su expresión que no supo interpretar. No era vergüenza. Era algo más parecido a la memoria.
—En los pies —dijo Patricia, casi para sí misma—. Sí. Soy muy cosquilluda en los pies. Desde que tengo uso de razón. Mi mamá decía que era mi perdición.
—¿Y en otras partes? —preguntó Ana, con la misma naturalidad con la que preguntaría por un horario.
—En las costillas también. Y en la cintura. Pero los pies son los peores. No puedo con eso.
Ana tomó la libreta y escribió con rapidez. Luego levantó la mirada otra vez.
—Antes de seguir, necesito hacerle algunas preguntas. Son para el perfil, para que las clientes sepan exactamente qué están buscando cuando eligen a alguien. ¿Le parece?
—Adelante.
—Nombre completo.
—Patricia Fernández Londoño.
—Edad.
—Cuarenta y nueve.
—Estado civil.
—Divorciada. Hace tres años.
—Profesión.
—Administradora de empresas. Pero trabajo dando clases particulares de matemáticas desde que me quedé sin empleo.
—Estatura.
—Un metro setenta y cinco.
—Peso.
Patricia hizo una pausa, como si estuviera calculando.
—Unos cincuenta y seis kilos. A veces bajo un poco cuando hay mucho trabajo.
—Talla de calzado.
—Cuarenta. A veces cuarenta y uno, depende de la marca.
Ana anotó todo con la misma meticulosidad que había usado con Valentina. Cuando terminó, dejó el lápiz sobre la libreta y se recostó en el sillón.
—Ahora viene la parte de la prueba —dijo, con una voz que no dejaba espacio para la duda—. Para confirmar lo que me ha dicho sobre las cosquillas, necesitamos hacer una sesión corta. Es para ver sus niveles de sensibilidad, para poder clasificarla bien y ofrecerle sesiones que se ajusten a lo que busca el mercado.
Patricia la miró un momento. Luego desvió la mirada hacia Pilar, que había estado en silencio desde que empezó la conversación.
—¿Tú también participas en esto? —preguntó Patricia.
Pilar sintió el peso de la pregunta, pero no vaciló.
—Sí. Mi hija y yo estamos juntas en esto. Ella hace las entrevistas y las pruebas con las chicas de la universidad. Yo me encargo de las mujeres de nuestra edad. Las dos trabajamos el espacio.
Patricia asintió, con una lentitud que parecía deliberada.
—¿Y la prueba? —preguntó—. ¿Cómo funciona?
—Es sencillo —dijo Ana, levantándose del sillón—. Bajamos al sótano, usted se acuesta en la camilla, y le hacemos cosquillas en las zonas que mencionó. Empezamos suave, vamos aumentando según cómo reaccione. Si en algún momento siente que ya no puede más, dice «basta» y paramos de inmediato. Sin preguntas, sin insistir.
—¿Y quién me va a hacer las cosquillas?
—Las dos —respondió Ana, con una naturalidad que hizo que Pilar sintiera un escalofrío—. Mi mamá y yo. Es parte del proceso.
Patricia se quedó un momento en silencio. Luego, con una calma que Pilar encontró admirable, se quitó las sandalias con los pies y las dejó a un lado de la silla.
—Está bien —dijo, levantándose—. Vamos.
Bajaron las escaleras en fila, primero Ana, luego Patricia, luego Pilar. El sótano las recibió con su blancura y su luz tenue, y Patricia se detuvo un momento en el centro del espacio, mirando los paneles acústicos, las ventanas cubiertas de espejo, la camilla blanca con sus fundas recién lavadas.
—Está bonito —dijo, con la misma palabra que había usado Valentina horas antes—. No me imaginaba algo así.
—Gracias —respondió Ana, señalando la camilla—. Si quiere, puede acostarse.
Patricia se acercó a la camilla, la tocó con la punta de los dedos, sintiendo la textura de la funda, y luego se acostó sobre ella con una decisión que no dejaba lugar a dudas. Sus pies, grandes y delgados, quedaron al borde de la camilla, los dedos apenas rozando el aire. Pilar observó sus plantas, blancas, con un arco pronunciado y una piel que parecía suave, casi translúcida.
Ana se colocó a un lado de la camilla, junto a las costillas de Patricia. Pilar se ubicó al pie, junto a los pies.
—Vamos a empezar con las costillas y la cintura —dijo Ana—. Mamá, espera un momento antes de tocar los pies. Quiero ver cómo reacciona primero en el torso.
Pilar asintió. Observó mientras Ana apoyaba las manos sobre las costillas de Patricia, con movimientos lentos al principio, apenas rozando.
La reacción fue inmediata. Patricia se retorció sobre la camilla, llevando los brazos hacia abajo para protegerse, pero Ana ya había subido hacia las axilas, moviendo los dedos con una rapidez que hizo que Patricia soltara una carcajada fuerte, abierta, sin ninguna contención.
—¡Ahí! —exclamó Patricia entre risas—. Ahí también.
Ana bajó hacia la cintura, justo donde el hueso de la cadera se une con el torso, y Patricia se arqueó sobre la camilla, sus manos aporreando la superficie a los costados.
—Bien —dijo Ana, retirando las manos—. Ahora vamos con los pies.
Pilar sintió que algo se activaba en su interior. Se agachó junto a los pies de Patricia y, sin preguntar, tomó un tobillo con cada mano. Los pies de Patricia eran grandes, de una contextura delgada que contrastaba con su estatura, y las plantas mostraban una palidez que hacía que las venas azules se vieran con claridad bajo la piel.
Ana se agachó al otro lado y también tomó los pies, de modo que cada una sostenía un tobillo con una mano y con la otra libre para hacer las cosquillas.
—¿Lista? —preguntó Ana, mirando a Patricia a los ojos.
Patricia asintió, pero en su expresión había algo que no era solo aceptación. Era anticipación. Era el conocimiento de lo que estaba por venir.
Pilar apoyó las yemas de los dedos en la planta del pie izquierdo de Patricia, justo en el arco. Al mismo tiempo, Ana hizo lo mismo con el pie derecho. Y entonces empezaron.
Las dos movieron los dedos al mismo ritmo, recorriendo las plantas desde el talón hasta los dedos con movimientos circulares que se fueron haciendo más rápidos a medida que avanzaban. La reacción de Patricia fue instantánea y violenta. Su risa estalló en el sótano con una fuerza que hizo que los paneles acústicos parecieran insuficientes.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —gritaba Patricia, retorciéndose sobre la camilla, sus manos aferrándose a los bordes—. ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Pilar no se detuvo. Movía los dedos con una precisión que había aprendido en sus propias sesiones, encontrando los puntos donde la piel era más fina, donde los nervios estaban más expuestos. El arco, el talón, la base de los dedos. Cada zona hacía que Patricia se sacudiera con una fuerza que Pilar apenas podía contener con la mano que sostenía el tobillo.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Por favor! —suplicaba Patricia, con la voz entrecortada—. ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Ana, al otro lado, no era menos implacable. Sus dedos recorrían la planta del pie derecho con una velocidad que hacía que las uñas rozaran la piel con una intensidad que convertía cada centímetro en una zona de combate. Patricia movía la cabeza de un lado a otro, las lágrimas empezaban a formarse en el borde de sus ojos, y su risa se había convertido en algo más parecido a un grito que se deshacía en carcajadas antes de terminar.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Ya! ¡No más! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Pilar y Ana se miraron por encima de los pies de Patricia. En los ojos de su hija, Pilar vio la misma satisfacción que había sentido ella cuando, días atrás, habían sometido a Priscila a la misma tortura. Era el reconocimiento de que habían encontrado a alguien que valía la pena.
—Sigue —dijo Ana, con una voz que era apenas un susurro, pero que Pilar entendió.
Las dos bajaron las manos hacia los dedos de los pies, donde la piel se vuelve más fina, donde las terminaciones nerviosas están más cerca de la superficie. Patricia perdió la capacidad de formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, jadeos, el sonido de alguien que ha perdido todo control.
Pilar sostuvo el pie izquierdo con ambas manos, apretando los dedos contra las plantas con un movimiento que era mitad cosquillas, mitad presión. Patricia se retorció tanto que por un momento Pilar temió que se fuera a caer de la camilla, pero Ana estaba ahí, sosteniendo el otro pie, manteniendo el cuerpo en su lugar.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —era todo lo que Patricia podía decir.
Pilar sintió cómo los dedos de Patricia se flexionaban y extendían bajo sus manos, buscando un agarre que no encontraban. Cada vez que sus uñas recorrían el arco del pie izquierdo, el cuerpo de Patricia se arqueaba sobre la camilla con una fuerza que hacía crujir la estructura metálica.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa de Patricia se rompía en jadeos que volvían a elevarse antes de que pudiera recuperar el aliento—. ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Ana, al otro lado, había encontrado el punto exacto en la planta del pie derecho, justo donde la piel se vuelve más fina antes del talón. Movía los dedos con movimientos cortos y rápidos, como si estuviera tocando un instrumento que conocía de memoria, y cada presión provocaba una sacudida que hacía temblar toda la pierna de Patricia.
—Mira cómo se mueve —dijo Ana, con una voz que era apenas un susurro, pero que Pilar escuchó con claridad—. No puede con esto.
Pilar sonrió. Era una sonrisa que no necesitaba palabras. Mantuvo el ritmo con la mano izquierda mientras con la derecha exploraba la base de los dedos, esa zona que ella misma conocía como el punto de no retorno. Patricia soltó un grito que se convirtió en risa antes de terminar.
—¡Ahí! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Ahí no!
—¿Aquí? —preguntó Pilar, insistiendo en ese punto con movimientos circulares.
—¡Sí! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Por favor! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Las dos mujeres se movían al mismo ritmo, como si hubieran ensayado esto antes, aunque era la primera vez que lo hacían juntas. Pilar sostenía el pie izquierdo con la firmeza de quien sabe que un pie que se escapa es un placer que se interrumpe. Ana, más joven, más rápida, recorría la planta derecha con una velocidad que hacía que los dedos de Patricia se abrieran y cerraran sin control.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia movía la cabeza de un lado a otro, el cabello rubio desordenándose sobre la funda blanca—. ¡Se van a cansar! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
—¿Cansarnos? —dijo Ana, sin detener las manos—. Apenas estamos empezando.
Pilar bajó las manos hacia los dedos de los pies, tomando cada uno entre sus dedos y presionando suavemente la base, donde la piel es más fina, donde los nervios están más cerca de la superficie. Patricia perdió la capacidad de formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, mezcladas con algo que sonaba como un sollozo de placer.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡AJAJAJAJAJAJA!
Ana imitó el movimiento en el pie derecho, y las dos trabajaron al unísono, subiendo desde los dedos hacia el arco, bajando hacia el talón, subiendo otra vez. Patricia se retorcía sobre la camilla como si quisiera escaparse, pero sus manos no empujaban las de ellas. Se aferraban a los bordes de la camilla, abiertas, inútiles.
—¿Te gusta? —preguntó Pilar, con una voz que era mitad curiosidad, mitad provocación.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia no podía responder, pero su cuerpo decía que sí de una forma que no dejaba dudas.
Ana y Pilar intercambiaron una mirada por encima de los pies de Patricia. En los ojos de su hija, Pilar vio la misma satisfacción que sentía ella: el placer de encontrar a alguien que no solo soportaba la tortura, sino que la disfrutaba de una forma que iba más allá de la risa.
—Vamos a subirle un poco —dijo Ana, y no era una pregunta.
Pilar asintió. Cambió el ritmo de sus manos, pasando de los movimientos circulares a unas caricias largas y rápidas que recorrían toda la planta de arriba abajo, sin dejar un solo centímetro sin explorar. Ana hizo lo mismo, y las dos manos se movieron al unísono, como si estuvieran siguiendo la misma partitura.
Patricia perdió el último resto de control. Su risa se convirtió en algo más parecido a un grito que se rompía en carcajadas antes de terminar. Las lágrimas le corrían por las sienes, mezclándose con el sudor que empezaba a perlarse en su frente.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡No más! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡No puedo!
—Un poco más —dijo Pilar, con una voz que era suave pero firme.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Pilar, por favor! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Pilar sintió que algo se le ablandaba en el pecho al escuchar su nombre entre las risas de Patricia, pero no se detuvo. Bajó las manos hacia el arco otra vez, ese punto que había hecho que Patricia gritara antes, y se quedó ahí, moviendo los dedos con una lentitud que convertía cada segundo en una eternidad.
Ana, al otro lado, siguió el movimiento. Las dos presionaban los arcos de los pies con la misma intensidad, con el mismo ritmo, y Patricia se arqueó sobre la camilla con una fuerza que levantó sus caderas unos centímetros.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Se acabó! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Ya no aguanto!
Pilar sintió que los músculos de las piernas de Patricia empezaban a tensarse de una forma que no era resistencia, era entrega. Su cuerpo ya no intentaba escaparse. Se quedaba en la camilla, temblando, recibiendo cada caricia como si fuera la última.
Ana también lo sintió. Miró a Pilar y asintió.
Retiraron las manos al mismo tiempo.
Patricia cayó sobre la camilla como si le hubieran quitado un peso que sostenía todo su cuerpo. Jadeaba, con los brazos extendidos a los costados, los pies todavía temblando, las mejillas húmedas de lágrimas y sudor. Pilar soltó los tobillos con cuidado, dejando que las piernas cayeran a los lados.
—¿Estás bien? —preguntó Pilar, acercándose a la cabecera de la camilla.
Patricia asintió, pero no podía hablar. Se llevó las manos al rostro, se frotó los ojos, y se quedó así un momento, dejando que la risa se disipara en respiraciones profundas. Cuando bajó las manos, sus ojos verdes estaban rojos, pero en ellos había algo que no era cansancio. Era una luz que Pilar no recordaba haberle visto antes.
—Nunca —dijo, con la voz ronca—. Nunca me habían hecho cosquillas así.
—¿Fue demasiado? —preguntó Ana, desde el pie de la camilla.
Patricia negó con la cabeza. El gesto era débil, pero firme.
—No. Fue… no sé cómo decirlo. Fue como si mi cuerpo hubiera estado esperando eso sin saberlo.
Pilar sintió que algo se le soltaba en el pecho. No era lástima, ni compasión. Era el reconocimiento de que Patricia, como ella, pertenecía a ese grupo de mujeres para las que los pies no eran solo una extremidad, sino un territorio de entrega.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Patricia, con una voz que todavía temblaba un poco.
—Claro —dijo Pilar, ayudándola a incorporarse.
Patricia se sentó en el borde de la camilla, con los pies colgando, todavía descalzos. Se quedó un momento mirándolos, moviendo los dedos apenas, como si estuviera reconociéndolos después de algo.
—Mis pies —dijo, casi para sí misma—. Toda la vida diciendo que eran mi perdición.
—Y lo son —dijo Ana, sentándose en el banco bajo frente a ella, con la libreta abierta sobre las rodillas—. Por eso estamos aquí.
Patricia levantó la mirada hacia ella. En sus ojos verdes ya no había rastro de la risa descontrolada de hacía un minuto. Había algo más tranquilo, más presente.
—¿De verdad hay gente que paga por esto? —preguntó, con una curiosidad que no era escepticismo, sino asombro.
—Sí —respondió Ana, con la misma naturalidad con la que explicaría un concepto en clase—. Más de la que imagina. Y lo que más buscan son mujeres con pies muy sensibles. Como usted. Como nosotras.
Patricia bajó la mirada hacia sus pies otra vez. Eran grandes, de una contextura delgada que contrastaba con su estatura, con un arco pronunciado que la luz del sótano marcaba con sombras suaves. Las plantas, todavía un poco enrojecidas por las cosquillas, mostraban una piel que parecía suave, casi frágil.
—¿Y ustedes dos? —preguntó, mirando a Pilar—. ¿También hacen esto con otras personas?
Pilar se sentó en la silla plegable que estaba junto a la camilla, frente a Patricia.
—Sí. Mi hija se encarga de las chicas de la universidad. Yo me encargo de las mujeres de nuestra edad. Las dos trabajamos el espacio, las dos hacemos las entrevistas, las dos participamos en las sesiones cuando hace falta.
—¿Y no es raro? —preguntó Patricia, con una honestidad que Pilar agradeció—. Quiero decir, tú y yo nos conocemos del gimnasio. Hemos tomado café, hemos hablado de cosas normales. Y ahora…
—¿Y ahora qué? —preguntó Pilar, con una sonrisa que no era defensiva, sino abierta.
—Y ahora me hiciste cosquillas en los pies como si fuera lo más natural del mundo.
Pilar se quedó un momento en silencio, pensando en cómo responder. A su lado, Ana observaba con atención, pero no intervenía.
—¿Sabes qué? —dijo Pilar al fin—. En este momento, después de todo lo que hemos pasado en las últimas semanas, hacerte cosquillas en los pies me pareció lo más natural del mundo.
Patricia soltó una risa corta, de esas que salen cuando algo te sorprende por verdadero.
—¿En serio?
—En serio. No es solo el dinero, Patricia. Es esto. Es saber que hay personas que necesitan lo que tenemos. Y que nosotras podemos dárselo.
Patricia la miró largamente. En sus ojos, Pilar vio algo que reconoció: la misma mezcla de miedo y deseo que había sentido ella cuando aceptó el primer experimento, cuando se dejó atar a la camilla, cuando sintió los dedos de Priscila en sus plantas.
—¿Y cómo funciona? —preguntó Patricia, con una voz que ya no temblaba—. Las sesiones, los pagos, todo.
Ana tomó la palabra, con la misma calma profesional que había usado con Valentina horas antes.
—Funciona así: las clientes nos contactan, nos dicen qué buscan, y nosotras les ofrecemos perfiles que se ajustan a lo que necesitan. Si un cliente quiere una mujer de su edad, con pies muy sensibles, capaz de aguantar una sesión de cierta duración, nosotras le mostramos su perfil. Sin su cara si no quiere, solo sus medidas, sus zonas sensibles, su nivel de resistencia. Si ese cliente la elige, coordinamos una sesión aquí, en el sótano.
—¿Y cuánto pagan?
—Depende de la duración, de la intensidad, de lo que la clienta busque. Pero le puedo decir que, en promedio, una sesión de una hora puede pagar lo que usted gana en una semana de clases particulares.
Patricia se quedó un momento en silencio, procesando. Sus manos descansaban sobre sus muslos, y de vez en cuando sus dedos se movían, como si estuvieran haciendo un cálculo mental.
—¿Y las fotos? —preguntó—. Las que me pidieron.
—Las fotos son para el perfil —respondió Ana—. Una de cuerpo entero, descalza. Si puede en traje de baño, mejor, porque muestra la silueta sin ropa que pueda interferir. Y fotos de los pies: una desde arriba y otra de las plantas. Eso es lo que más van a mirar las clientes.
Patricia miró sus pies otra vez. Los movió, los observó desde distintos ángulos, como si estuviera viéndolos por primera vez.
—¿Y mi cara? —preguntó.
—Eso lo decide usted. Podemos editar las fotos para que no se vea su rostro. Algunas de las chicas más jóvenes prefieren mostrarlo porque piensan que es parte de lo que ofrecen. Otras no. No hay regla fija.
Patricia asintió lentamente. Se quedó un momento más en el borde de la camilla, con los pies colgando, y luego se bajó con un movimiento que ya no era vacilante. Buscó sus sandalias con los pies, se las puso, y se ajustó el vestido con un gesto que parecía devolverle la compostura.
—Está bien —dijo, levantándose—. Les mando las fotos esta noche.
—Perfecto —respondió Ana, cerrando la libreta—. Entonces, ¿le parece si coordinamos su primera sesión para la próxima semana? Necesito definir el calendario con las otras personas que están entrando, pero le aviso con tiempo.
—De acuerdo.
Patricia se quedó de pie en medio del sótano un momento más, mirando la camilla, las paredes blancas, las ventanas cubiertas de espejo. Luego volteó hacia Pilar.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?
—¿Qué?
—Que después de tantos años de pensar que mis pies eran un problema, resulta que pueden ser la solución.
Pilar sintió que algo se le cerraba en la garganta, pero no era tristeza. Era el peso de los años de angustia, de las facturas impagas, de las noches en vela, encontrando por fin un lugar donde apoyarse.
—Bienvenida —dijo Pilar, con una voz que salió más firme de lo que esperaba—. Esto es solo el comienzo.
Patricia sonrió. Era una sonrisa que Pilar no le había visto antes, más abierta, más liviana, como si se hubiera quitado un peso que llevaba cargando sin saberlo.
—El comienzo —repitió.
Subieron las escaleras en el mismo orden que habían bajado. En la sala, Patricia tomó su bolso, se lo colgó al hombro, y en la puerta se detuvo un momento.
—Pilar —dijo, sin voltearse—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por pensarme. Por creer que podía hacer esto. Por las cosquillas.
Pilar se quedó un momento en silencio, con la mano en el picaporte, sintiendo el metal frío contra la piel.
—Gracias a ti —respondió—. Por venir. Por confiar.
Patricia asintió, salió a la calle, y la puerta se cerró detrás de ella con un sonido suave.
Pilar se quedó en la entrada, con la mano todavía en el picaporte, escuchando los pasos de Patricia alejándose por la acera. Ana se acercó por detrás y se apoyó contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados.
—¿Estás bien? —preguntó Ana.
—Sí —respondió Pilar, soltando la manija—. Solo que nunca pensé que iba a hacerle cosquillas en los pies a Patricia en el sótano de mi casa.
—¿Te arrepientes?
Pilar se volteó hacia su hija. En el rostro de Ana había una sonrisa que era pura ternura y pura picardía al mismo tiempo.
—No —dijo Pilar—. No me arrepiento.
Ana tomó su libreta de la mesa de la sala, escribió algo más en la página de Patricia, y cuando terminó la cerró con un gesto que sonaba a misión cumplida.
—Una más para el registro —dijo, dejando la libreta sobre la mesa—. Y todavía tengo que hacer las otras dos entrevistas de la tarde.
—¿Quieres que te ayude?
—No. Tú descansa. Te mereces este momento.
Pilar se dejó caer en el sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo, y miró a su hija que ya estaba revisando su teléfono, reorganizando el calendario, preparándose para la siguiente.
—Ana —dijo, antes de que su hija se fuera a la cocina.
—¿Sí?
—¿Crees que Patricia va a mandar las fotos?
Ana sonrió. Era una sonrisa de esas que ya no tenían nada de nervios.
—Va a mandarlas. Hoy mismo. Y cuando las mande, vamos a tener a nuestra primera candidata de tu grupo.
Pilar sintió que algo se le desprendía en el pecho. No era miedo. Era la certeza de que lo que estaban construyendo, ladrillo sobre ladrillo, entrevista sobre entrevista, cosquilla sobre cosquilla, era real.
Y esa noche, cuando las dos últimas chicas de la universidad pasaron sus pruebas en el sótano, cuando Ana cerró la libreta con el registro completo de cuatro candidatas para su grupo y una para el de Pilar, cuando el teléfono de Pilar vibró con un mensaje de Patricia que decía «Aquí están las fotos. Como acordamos», madre e hija se sentaron en la sala con dos tazas de té y la libreta abierta sobre la mesa, y por primera vez desde que empezó todo, sintieron que el proyecto no solo era posible, sino inevitable.
Continuará…
Original de Tickling Stories
