Después del PhD – Parte 2

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Unos días después de aquella sesión con Diego decidí investigar cómo modular mi propia hipersensibilidad. Necesitaba control. O al menos, entender los hilos que movían mi cuerpo.

Internet fue un desierto para lo que buscaba. ¿Cómo disminuir la sensibilidad a las cosquillas? Cero resultados serios. Solo foros de fetichistas sugiriendo «entrenar con plumas diarias» (absurdo) o cremas anestésicas (que bloquean todo tacto, no solo el cosquilleo).

Pero para aumentarla… Ahí había un arsenal:

  • Aceite de menta: Potenciador tópico que enfría y excita terminaciones nerviosas.
  • Electroestimulación suave: Corrientes de baja frecuencia para «despertar» zonas dormidas.
  • Microdermabrasión: Exfoliación que elimina capas de piel muerta, dejando la viva al descubierto.

Era medianoche. Vestía solo una camiseta larga de algodón y unos shorts de pijama, el aire fresco rozaba mis tobillos. Frente al ordenador, las pestañas del navegador abiertas mostraban mi desesperación científica:

  • ¿Cómo reducir la sensibilidad a las cosquillas?
  • Métodos para desensibilizar plantas de pies.
  • Hiperreactividad nerviosa en pies: tratamiento.

Los resultados fueron un muro de silencio útil. Foros de medicina sugerían cremas anestésicas para neuralgias (que adormecerían todo, no solo el cosquilleo). Artículos de psicología hablaban de «terapia de exposición gradual» para fobias, nada concreto para pies sensibles. Y luego estaban ellos: los foros fetichistas.

«¡Potencia tus cosquillas con aceite de menta!»
«La exfoliación semanal aumenta la sensibilidad un 200%»
«Electroestimulación = ¡orgasmos de cosquillas garantizados!»

Cerré los ojos, frotándome el puente de la nariz. Mi doble rol era una maldición: como psicóloga, sabía que jugar con los límites nerviosos era peligroso; como mujer cosquilluda, la curiosidad picaba más fuerte que las uñas de Diego.

En un cajón de mi escritorio, guardaba una muestra de aceite esencial de menta que usaba para dolores de cabeza. Lo tomé. El frasco era pequeño, verde oscuro, con un gotero plateado. Al destaparlo, el olor a glaciares y frescura brutal invadió el aire.

Moje la yema del índice y tracé una línea desde el talón hasta el dedo gordo del pie derecho. La sensación fue inmediata:

—¡Hmmm!
Un frío intenso, casi eléctrico, seguido de un hormigueo que hizo que mis dedos se encogieran. No era dolor. Era… alerta.

Esperé cinco minutos. Luego, toqué la zona con la pluma de mi escritorio.

—¡JA!

Salté en la silla. El roce, que antes era cosquilla, ahora era una descarga. Una pluma suave se sentía como cerdas de alambre. Mis dedos se crisparon solos.

Me quedé inmóvil, la pluma suspendida sobre mi pie derecho, donde la línea de aceite de menta brillaba bajo la lámpara del escritorio. El contraste era fascinante: la piel rosada e hiper-alerta frente al blanco pálido del pie izquierdo.

—¿Hasta dónde llega esto? —murmuré para mí.

Con cuidado extremo, deslicé la punta de la pluma desde el talón hasta el arco.

—¡JAJA! ¡NO! —reí involuntariamente, retirando el pie al instante. No era dolor, era una cosquilla multiplicada por diez: eléctrica, profunda, como si mis nervios hubieran bebido café puro.

Tomé un pincel de pelo de camello que uso para limpiar el teclado. Su contacto normalmente era apenas perceptible.

En el pie izquierdo: Lo deslicé por el talón. Un cosquilleo suave, tolerable.

En el pie derecho: Apenas las cerdas rozaron la zona con menta…

—¡JAJAJAJAJA! —pataleé, soltando el pincel. La sensación fue incontrolable: mil patitas invisibles corriendo en círculos bajo mi piel. Mis dedos se cerraron como puños, el pie entero vibrando de puro cosquilleo.

Miré el frasco de aceite de menta. No era un potenciador cualquiera. Era una lupa sobre mi vulnerabilidad.

—Si esto es solo con un pincel… —pensé, frotándome el pie tratado— ¿qué pasaría con plumas? ¿Con cepillos? ¿Con dedos expertos?

Una parte de mí —la psicóloga— alertaba sobre los riesgos.
Pero la otra —la mujer que había reído hasta desmayarse en el sótano de «W»— sonreía ante el desafío.

Apagué la lámpara.

—Quizá no necesite disminuir nada —concluí, estirando los dedos—.
—Quizá solo deba aprender a navegar en esta tormenta más fuerte…

Un par de días después de aquellas pruebas en soledad —mis pies ya recuperando su tono habitual, aunque aún conscientes de cada roce del suelo— decidí entrar a FetLife y Tickling Forum, esos rincones oscuros de internet donde años atrás había reclutado participantes para mi tesis doctoral. Mi perfil, abandonado meses, tenía el icono de notificación en rojo: +27 mensajes.

Hice clic. La pantalla se llenó de sobres virtuales. Algunos databan de semanas; otros, frescos como de ayer. Leí con mirada clínica primero, luego con esa curiosidad que ya no era solo académica.

Uno de los mensajes incluía una foto: unas esposas de terciopelo rojo junto a un cepillo de cerdas de marta. Otro adjuntaba un audio de 3 segundos: una risa femenina ahogada, seguida de un «¡NO MÁS!» genuino.

Entre la avalancha de mensajes, uno destacó. Lo abrí y vi dos nombres: Gina y Andrea, ambas de 27 años. Su propuesta era clara y sorprendentemente tierna:

«¡Hola, Dunia! Somos pareja hace 3 años y para nuestro aniversario queremos darnos un regalo mutuo: una sesión de cosquillas contigo. Nos encantaría tenerte atada (suavemente, con esposas de terciopelo) mientras exploramos esos pies hipersensibles que describes. Somos cuidadosas, respetuosas, y nos derrite oír reír a carcajadas. ¿Te animarías?»

Adjuntaban una foto: dos sonrisas cómplices frente a un jardín, con manos entrelazadas. Nada de sótanos siniestros ni herramientas amenazantes. Solo ellas.

¿Cómo se sentiría? Nunca había sido el centro de dos pares de manos a la vez. Imagínate:

  • Cuatro manos rastreando mis costillas.
  • Ocho dedos deslizándose entre mis dedos de los pies.
  • Dos voces riendo mientras yo suplicaba entre carcajadas.

No era miedo lo que sentía… era fascinación. Como psicóloga, el contrapunto de dos técnicas de tortura lúdica era un campo inexplorado. Como mujer cosquilluda, la idea de rendirme a un dúo activaba algo profundo.

Tecleé con cuidado, recordando las reglas:

*«Hola Gina y Andrea. Su propuesta es intrigante. Acepto, bajo condiciones:

  1. Solo pies y costillas (nada de axilas o zonas íntimas).
  2. Ataduras suaves, de terciopelo como mencionan.
  3. Duración máxima: 1 hora.
    ¿Hablamos detalles?»*

Su respuesta llegó en minutos:

¡SÍ! Nosotras llevamos plumas, brochas de maquillaje nuevas. ¿Tu apartamento? Te aseguramos discreción.

—¿Estás lista para esto?
Me dije a mi misma, mientras mis dedos se encogieron solos, como si ya anticiparan el ataque coordinado de ocho manos.

Sabía en el fondo que, pese a las condiciones negociadas con Gina y Andrea, los fetichistas siempre cruzan líneas. La sesión con Diego lo demostró: el chico de 19 años prometió «solo pies» y terminó desatando un caos en mis costillas y axilas. Ahora, dos mujeres con plumas y sonrisas cómplices prometían respeto… pero ¿qué valía esa promesa ante la lógica del fetiche?

La tarde antes de su visita, reorganicé mi sala:

  • Retiré objetos personales.
  • Coloqué un sofá amplio frente a dos sillones bajos.
  • Aseguré que las ventanas estuvieran cerradas.

Mis pies descalzos pisaban la alfombra gruesa. Las plantas, pálidas ahora, recordaban solo el fantasma del aceite de menta. No lo usaría. No necesitaba potenciar lo que ya era un riesgo.

Gina y Andrea llegaron puntuales. Gina, morena y de manos grandes; Andrea, rubia y con uñas cortadas al ras. Traían una bolsa de lino:

—Solo trajimos esto —dijo Andrea mostrando dos pares de esposas de terciopelo rojo, plumas, cepillos de peinar, pinceles y cepillos de dientes.

Su actitud era cálida, profesional. Pero yo noté el brillo en sus ojos al mirar mis pies descalzos bajo las chanclas, al sentarme en el sofá. Vestía un short de mezclilla, camiseta holgada y las chanclas rojas que dejaban mis plantas completamente expuestas.

Nos acomodamos. Gina se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros fijos en mí:
—Antes de empezar… ¿puedo preguntar tu edad? Pareces muy joven para ser doctora.

—39 —respondí, ajustando las gafas que llevaba sobre mi cabello negro corto—. La piel blanca engaña.

Andrea rio suavemente, sus dedos acariciando el mango de una pluma:
—¡Vaya! Pensé que tendrías 30 máximo. Tus pies se ven… bien cuidados —dijo, disimulando mal su mirada hacia mis arcos desnudos.

Intenté mantener la charla profesional:
—En mi investigación, la edad no correlaciona con sensibilidad, pero sí la exposición previa a…

No terminé la frase. Gina, sin previo aviso, deslizó un dedo por el puente de mi pie izquierdo.

—¡AH! —salté, retirando el pie instintivamente—. Eso no estaba pactado.

—Perdona —sonrió, sin retirar su mano—. Es que con lo hipercosquilluda que dices ser… ¿realmente un dedo te hace saltar así?

Andrea aprovechó mi distracción:
—¿Y aquí? —sus dedos rozaron el borde externo de mi talón derecho, apenas un contacto.

—¡JA! No, por favor… —reí nerviosa, encogiendo los dedos ante el roce de Andrea en mi talón.

Gina no soltó mis tobillos. Su sonrisa era cálida pero firme:
—Sería más cómodo en tu cama, ¿no? Podemos atarte suavecito con las esposas… para que no te lastimes al retorcerte.

Andrea acarició el terciopelo rojo de las esposas:
—Prometemos no apretar. Solo inmovilizar esos pies inquietos.

La lógica era engañosa: ¿»No lastimarme»? Sabía que era un pretexto. Pero la curiosidad pudo más. Después de todo… ¿cómo se sentiría estar completamente a su merced?

—Solo pies —repetí, levantándome—. Nada de axilas o costillas.
—Palabra de mujer —dijo Gina, recogiendo la bolsa de lino.

Apenas entramos en mi habitación, el ambiente cambió. La luz suave de la lámpara de noche proyectaba sombras sobre las paredes, y el cubrecama gris parecía más grande, más expuesto. Me quité las chanclas, sintiendo el tacto de la alfombra bajo las plantas desnudas. Fue entonces cuando Andrea, mientras desplegaba las esposas de terciopelo sobre la cama, me miró con curiosidad genuina:

—¿Por qué te gusta esto, Dunia? —preguntó, sosteniendo una de las esposas—. Es decir… ¿qué se siente que te hagan cosquillas así?

Respiré hondo. La pregunta era inevitable.

—Hice mi doctorado estudiando fetiches —respondí, apoyándome en el marco de la puerta—. Las cosquillas eran un tema recurrente… la psicología del poder, la vulnerabilidad controlada. Pero al vivirlo en carne propia… —dudé, buscando las palabras exactas— descubrí que me fascinaba ser el objeto del juego.

Gina cruzó los brazos, una sonrisa intrigada en sus labios:
—¿Así que investigaste el monstruo… y terminaste abrazándolo?

—Algo así —admití, mirando mis pies sobre la alfombra—. No es dolor. Es esa risa imposible de contener, la pérdida de control… la entrega.

Andrea se acercó, las esposas rojas colgando de sus dedos:
—Entonces… ¿eres como una masoquista de las cosquillas?

La palabra resonó en el aire. Masoquista. Tan cruda, tan exacta.

—Algo así —repetí, sosteniendo su mirada—. Pero sin daño. Solo cosquillas. Solo risas que queman el aire.

Gina soltó una risa baja, casi admirativa:
—Vaya. Eso explica por qué tus pies piden guerra sin tregua.

En ese silencio cargado, Andrea señaló mi ropa:
—¿Te importaría quitarte el short y la camiseta? Entre mujeres es más cómodo… y tus puntos sensibles respirarán mejor.

No lo pensé dos veces. Entre ellas y yo había un pacto tácito de complicidad femenina.
—Claro —dije, y con movimientos lentos, me quité la camiseta holgada y el short de mezclilla. Quedé en sujetador negro y pantis de encaje negro, mi piel blanca contrastando con la tela oscura.

Andrea silbó suavemente:
—Vaya línea… ¿Seguro que tienes 39?
—Los genes y el yoga —sonreí, aunque un escalofrío recorrió mi espalda al sentir el aire frío en el estómago.

Fue entonces cuando Gina tomó mi mano con suavidad engañosa:
—Acuéstate en el centro de la cama. Boca arriba. Brazos y piernas abiertos… como una «X».

El término sonó inocente hasta que vi las correas de cuero suave con hebillas que Andrea sacó de la bolsa de lino, junto a las esposas de terciopelo.

—¿Correas? —pregunté, tratando de disimular el nudo en mi garganta—. Dijeron solo esposas.
—Son más cómodas para esta posición —explicó Andrea, extendiendo una sobre la almohada—. Prometemos no lastimarte.

Me acosté boca arriba. La tela fría del cubrecama rozó mi espalda desnuda. Gina comenzó por mi muñeca derecha:

—Levanta el brazo —indicó, pasando la correa alrededor de mi muñeca y atornillándola al poste de la cabecera con un mosquetón.
—¿Así de ajustada? —pregunté, probando el movimiento.
—Solo lo necesario para que no te hagas daño al retorcerte —respondió, repitiendo el proceso con mi brazo izquierdo.

Mis brazos quedaron extendidos en cruz, palmas hacia arriba. La siguiente fueron los tobillos. Andrea sujetó mi pierna derecha:

—¿Nerviosa? —preguntó mientras ajustaba la correa al piecerro de la cama.
—Soy psicóloga —respondí con voz más firme de lo que sentía—. Analizo los nervios, no los tengo.

Mentira. Cuando mi pierna izquierda quedó abierta y fija, completamente expuesta desde el muslo hasta los dedos del pie, el corazón me latió en el oído. Mi ropa interior negra —el único vestigio de protección— parecía ridícula ante tanta exposición.

Miré hacia abajo:

  • Pecho alto
  • Vientre plano
  • Piernas abiertas
  • Pies desnudos

Era un mapa de puntos sensibles, extendido como un sacrificio.

Gina se arrodilló entre mis piernas, sus manos posándose en mis pantorrillas:
—Respira hondo… ahora todo es consentido.

Andrea tomó posición junto a mi costado derecho, sus dedos rozando el borde de mi axila:
—¿Empezamos por donde más gritas?

—¡NO AHÍ! —supliqué antes de que tocara—. ¡Solo pies! ¡Lo pactado!

Pero Gina ya deslizaba un dedo por el arco de mi pie izquierdo, mientras Andrea soplaba levemente en mi ombligo.

—¡JAJAJA! ¡PAREN! —reí, tirando de las correas—. ¡ESTO NO ES JUSTO!

Andrea clavó una uña en el hueco de mi cintura derecha, ese punto escondido que ni yo conocía:
—La «X» no tiene reglas, cariño… solo cosquillas.

Gina respondió enterrando sus dedos en mis costillas flotantes izquierdas, usando movimientos rápidos de «pianista».

—¡¡BASTA!! —grité entre carcajadas, arqueándome—. ¡LOS HUESOS! ¡AHÍ DUEL— JAJAJAJAJA!
—¿Duelen o cosquillean? —preguntó Gina, sin detenerse—.
—¡JAJAJAJAJA!

Mis intentos de cerrar las piernas fueron inútiles. Las correas mordían la piel blanca de mis tobillos. Andrea aprovechó para mover sus uñas en la planta de mi pie derecho.

—¡¡NO!! —aullé, sintiendo pánico entre la risa—.
El cuerpo se me convulsionó: axilas, costillas, pies, oídos… todo ardía en cosquillas simultáneas. Las lágrimas nublaron mi visión.

—¡AAAAYYYYYY! —el chillido rasgó mi garganta—. ¡AHÍ NO! ¡POR PIEDAD!

Fue entonces que entendí:
Atada en «X», ya no era la doctora Dunia.
Era solo un cuerpo riendo hasta el colapso.

Gina y Andrea atacaron como un equipo sincronizado. Sus dedos no eran herramientas, eran armas diseñadas para mi cuerpo.

Gina se concentró en mis piernas:

  • Sus uñas cortas rastrearon el hueco tras mis rodillas, dibujando círculos rápidos que hicieron que mis músculos saltaran.
  • Sus pulgares presionaron el tendón de Aquiles, no con fuerza, sino con esa precisión que convertía un punto estable en zona de guerra.
  • Sus yemas subieron por mis pantorrillas, encontrando ese valle entre el gemelo y el hueso donde la piel es más fina.

—¡NO LAS PIERNAS! ¡JAJAJAJA! —grité, intentando cerrarlas contra las correas que las mantenían abiertas.

Andrea dominó mi torso:

  • Sus diez dedos caminaron por mis costillas como arañas ebrias, alternando entre caricias y pellizcos suaves.
  • Sus uñas encontraron los bordes inferiores de mi caja torácica, clavándose en el espacio intercostal.
  • Sus pulgares vibraron en mis axilas, no profundos, pero sí lo suficiente para activar cada nervio.

—¡BASTA! ¡ESTO ES… JAJAJAJA… TERRORISMO DE COSQUILLAS!

Fue cuando unieron fuerzas contra mis talones. Gina agarró mi pie izquierdo:

—¡Mira cómo arruga la planta cuando…! —dijo, mientras sus uñas trazaban líneas rectas desde el talón hasta los dedos.

—¡AAAAYYYY! ¡NO EL TALÓN! —aullé, sacudiendo la cabeza—. ¡PARA, GINA! JAJAJAJAJA

Andrea respondió enterrando sus dedos índice y medio en el arco del pie derecho, retorciéndolos como si amasaran pan.

—¡SOCORRO! ¡ESE PUNTO MATA! —supliqué, las lágrimas mezclándose con el sudor en el cuello—. ¡JAJAJAJAJA!

Mis súplicas eran combustible para ellas. Andrea escaló a mis hombros, sus dedos acariciando el hueco entre el cuello y la clavícula.

—¡AHÍ NO! —grité, encogiéndome—. ¡NO SABÍA QUE ESO ERA SENSIBLE! JAJAJAJA

Gina contraatacó pellizcando la piel interna de mis muslos, justo donde la pierna se une a la cadera.

—¡¡DIOS, ESO ES INJUSTO!! —arqué la espalda, tirando de las correas hasta que las muñecas enrojecieron—. ¡JAJAJAJAJA!

Mis fuerzas se agotaron. Ya no maldecía. No suplicaba con palabras. Solo reía. Un sonido ronco, gutural, que salía de mi garganta como un manantial roto.

Gina lo notó. Sus manos se cerraron en mis costillas como garras, los dedos bailando entre los huesos.

—…ja…ja…ja… —salía entre jadeos, sin aire, sin control.

Andrea respondió clavando sus uñas en los arcos de mis pies, ahora rojos como cerezas.

—…no… más… —logré rasgar, pero sonó como un susurro ahogado por otra carcajada.

Fue el gemido lo que las detuvo. Un sonido animal, de agotamiento extremo.

—¿Respiras? —preguntó Gina, retirando sus manos de mis costillas.
Asentí, tragando aire con avidez. Mis abdominales ardían.

—Tus pies… —murmuró Andrea, admirando las plantas hinchadas y rosadas—. Parecen mapas de guerra.

Andrea aún admiraba mis pies cuando Gina asintió con complicidad. Sin una palabra, ambas se movieron con sincronía letal:

  1. Gina se montó sobre mi muslo izquierdo, su peso anclándome a la cama.
  2. Andrea hizo lo mismo con mi pierna derecha, las caderas aprisionando mis pantorrillas.
  3. Cuatro manos agarraron mis tobillos.
  4. Diez dedos descendieron sobre las plantas.

—¡NO! ¡ESPERA—!
Demasiado tarde.

Sus manos eran máquinas de guerra nerviosa:

  • Gina (pie izquierdo): Uñas rascando en círculos concéntricos desde el talón, pulgar vibrando en el punto omega bajo los dedos.
  • Andrea (pie derecho): Dedos índice y medio «caminando» rápido por el arco, meñique clavado entre el cuarto y quinto dedo.

—¡JAJAJAJAJA! ¡PAREN! ¡NO PUEDO RESPIRAR!

Mis carcajadas eran ya sonidos rotos, desgarrados. Cada intento de retorcer los pies solo conseguía que sus dedos se movieran más rápido, encontrando nuevos rincones de tortura.

—¡Mira cómo se arruga! —gritó Andrea, sus uñas rascando sin piedad el centro de mi planta derecha.
—¡JAJAJAJA! —aullé, arqueando la espalda contra las correas hasta que los huesos crujieron.

Gina respondió deslizando sus uñas como cuchillas romas entre mis dedos izquierdos, abriéndolos a la fuerza.
—¡¡LOS DEDOS NOOO!! —chillé, sintiendo el cosquilleo subir por las pantorrillas como lava—. ¡ESTO ES UNA TORTURA! JAJAJAJA

De repente, ambas soltaron mis pies. Por un segundo, creí en la tregua. Error.

Gina y Andrea buscaron en su bolso de lino y sacaron dos cepillos de peinar de madera, de cerdas medianas y redondeadas. El brillo en sus ojos era puro «esto será épico».

—¿Probamos texturas nuevas? —preguntó Andrea, acercando las cerdas a la luz.
—¡NO ESO! —supliqué, reconociendo el peligro—. ¡LOS CEPILLOS SON DEMASIADO—!

Demasiado tarde.

Gina presionó su cepillo contra el talón izquierdo.
Andrea deslizó el suyo desde los dedos hasta el arco derecho.

—¡AAAAAAAAHHHHH! ¡JAJAJAJAJA! —mis carcajadas explotaron en un grito animal.
Las cerdas no rascaban, no lastimaban… rastreaban. Cada puntita redonda era un detonante de nervios, multiplicando el cosquilleo por diez.

—¡PAREN! ¡NO AGUANTO! —grité, pero mis palabras se ahogaron en hipos de risa.
Mis pies se convulsionaron:

  • Los dedos se encogieron hasta blancos, luego se estiraron violentamente.
  • Las plantas se arrugaron como papel de seda mojado, los arcos temblando bajo el ataque.

Gina usó el cepillo en movimientos circulares rápidos sobre el punto omega, mientras Andrea trazaba líneas rectas desde el talón hasta los dedos, una y otra vez.

Gina y Andrea movían los cepillos con furia controlada. Las cerdas redondeadas barrieron mis plantas en todas direcciones: círculos caóticos, zigzags frenéticos, líneas rectas que iban de talón a dedos y vuelta al inicio.

—¡JAJAJAJAJA! ¡ES DEMASIADO! —grité, arqueando la espalda hasta levantar las caderas de la cama—.
Mis pies intentaban huir, pero sus manos los aplastaban contra los cepillos.

Gina y Andrea soltaron los cepillos al unísono. No hubo tregua. En menos de un segundo, sus veinte uñas descendieron sobre mis plantas como lluvia ácida.

—¡NO! ¡LAS UÑAS NO—!
Mi grito fue inútil.

Gina (pie izquierdo):

  • Uñas índice y medio: Rascando círculos rápidos en el talón.
  • Pulgar: Clavado en el punto omega, girando como un taladro.
  • Anular y meñique: Pellizcando los bordes del arco.

Andrea (pie derecho):

  • Las cinco uñas: «Caminando» de dedo a dedo, abriéndolos a la fuerza.
  • Pulgar: Presionando el centro de la planta hasta hundir la piel.
  • Índices: Rastreando los surcos interdigitales con precisión quirúrgica.

—¡JAJAJAJAJA! ¡PAREN! ¡ESTO ES UNA EJECUCIÓN! —aullé, retorciéndome—.
Mis pies pataleaban frenéticos:

  • Golpeaban los muslos de Gina (sin hacer daño).
  • Rozaban el vientre de Andrea.
  • Se cruzaban, se estiraban, se encogían.

Pero ellas no soltaban. Sus manos eran pinzas de acero.

Intenté retorcer los tobillos en espirales:
—¡SUELTEN! —grité, usando todas mis fuerzas.

Gina respondió clavando sus uñas en los tendones del tobillo.
—¿Huír? —rio—. Tus pies son nuestros ahora.

Andrea enterró sus uñas entre el cuarto y quinto dedo del pie derecho:
—¡AAAAYYYY! ¡AHÍ NO! —chillé, sintiendo el cosquilleo subir por la espinilla—. ¡JAJAJAJA! ¡ES INJUSTO!

Observé sus manos trabajar.

—¡MIRA CÓMO SE RETUERCE! —exclamó Andrea, trazando una uña de talón a dedo gordo—.
—¡ESTO… JAJAJA… NO ES CIENCIA… ES SADISMO! —jadeé, la saliva cayendo de mi barbilla—.

Mis fuerzas se agotaron. Los pies ya no pateaban: solo temblaban, los dedos permanentemente abiertos por sus dedos invasores. Las carcajadas eran ahora hipidos roncos, sin aire.

Gina cruzó las uñas. Andrea imitó el movimiento en espejo.

—¡¡BASTAAAA!! —el grito salió como un susurro roto—.
—¿En serio? —preguntó Gina, deteniéndose.
Asentí, las lágrimas secándose en mis sienes.

Ellas soltaron mis tobillos. Mis pies cayeron sobre la cama como dos peces moribundos.

Gina acarició un tobillo:
—Los pies más valientes que he torturado.

Intenté hablar. Solo salió un jadeo ronco, seguido de un hipo espasmódico que sacudió mi pecho. Las lágrimas secas pegaban mis pestañas.

Andrea fue la primera en romper el silencio:
—¿Respiras bien? —preguntó, desabrochando suavemente la correa de mi muñeca derecha.
Asentí.

Gina trabajó en la izquierda, sus dedos expertos masajeando la marca roja que la hebilla había dejado:
—Tus pies son legendarios, Dunia.

Las correas de los tobillos cayeron. Sentí el alivio fresco de la sangre circulando libre. Tragué saliva, la garganta rasposa, y logré articular:
—G… gra… cias.

La palabra sonó débil, rota, pero sincera. Gina sonrió, recogiendo los cepillos del suelo:
—El agradecimiento es nuestro. Esa risa… —sacudió la cabeza—. Es adictiva.

Andrea ayudó a sentarme. El mundo giró un instante. Mis pies, al tocar la alfombra, desencadenaron una oleada de hormigueo residual.

—Fue… —busqué aire— la primera vez. Con dos.
—¿Sí? —Andrea arqueó una ceja, intrigada—. ¿Y?

Sonreí sin querer. El gesto tiró de los músculos faciales adoloridos.
—Veinte uñas son… un ejército.

Recogieron sus cosas en silencio. Las esposas de terciopelo, las correas, los cepillos… todo volvió a la bolsa de lino. Gina dejó un sobre grueso en mi mesita de noche.

—Para fisioterapia abdominal —bromeó, pero su tono era serio—. Reír tanto deja marcas.

En la puerta, Andrea se volvió:
—Si alguna vez quieres repetir… sabes que dos manos no bastan para pies como los tuyos.

Cerraron la puerta. El silencio del apartamento fue un manto pesado.

Me deslicé al suelo, las plantas de los pies rozando la lana gruesa. Cada fibra se sentía como una pluma borracha. Miré mis pies.

Toqué el punto omega izquierdo con un dedo.
—¡JA!
Una risita débil, involuntaria, escapó. El cuerpo recordaba.

Apoyé la cabeza contra la cama. Cerré los ojos. No era dolor. No era arrepentimiento. Era la huella eléctrica de veinte uñas bailando en mi piel.

—¿Cuántos nervios hay en una planta de pie?
—¿Cuántos megabites de risa caben en una hora?
—¿Cómo se documenta esto sin traicionar lo que se siente?

Sonreí en la penumbra.
—Doctora Dunia, tienes trabajo por hacer.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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