Stripper – Parte 1

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Damian tenia treinta y cinco años, media uno ochenta y pesaba ochenta y tres kilos. No era un hombre que llamara la atencion al entrar a una habitacion, pero tampoco pasaba desapercibido. Tenia el cabello castano oscuro, siempre corto pero no rapado, la mandibula definida y unos ojos verdes que la gente solia decir que eran «intensos» sin saber muy bien por que. Su cuerpo no era el de un culturista ni el de un modelo de revista, pero se notaba que hacia ejercicio con regularidad: hombros anchos, brazos marcados, las manos grandes y con los dedos largos. Unas manos que cuidaba con obsesion. Cuticulas siempre limpias, unas cortas y redondeadas, la piel hidratada. Nunca una mancha ni una una rota.

Llevaba tres meses sin trabajo.

Habia sido agente de bienes raices en Manhattan, una oficina pequena en el bajo Broadway, vendiendo apartamentos a gente con mas dinero que criterio. Le iba bien, no espectacular, pero suficiente para pagar su estudio en Astoria y salir a cenar dos veces por semana. Hasta que la oficina cerro de la noche a la manana. El dueno, un señor mayor que ya no queria seguir, vendio la cartera de clientes a una firma grande y Damian se quedo en la calle con un cheque de liquidacion que ya llevaba dos meses gastado.

Habia mandado curriculos a veintisiete agencias inmobiliarias. Lo habian llamado de tres. En ninguna pasó la segunda entrevista. «Buscamos alguien con mas experiencia en ventas de lujo», le decian. O «tu perfil es bueno, pero estamos en una pausa de contrataciones». Mentiras educadas. Damian las reconocia porque el mismo las habia usado antes.

Se estaba quedando sin ahorros.

Esa manana de martes, sentado en la unica silla comoda de su estudio, con una taza de cafe que ya estaba fria, Damian repasaba sus opciones. Podia pedirle dinero a su madre en la Florida, pero ella ya le habia prestado el ano anterior para el deposito del apartamento. Podia conseguir un trabajo de mesero, pero tenia treinta y cinco anos y la espalda le dolia despues de ocho horas de pie. Podia vender el carro, pero sin carro no podia hacer entrevistas en Long Island o Westchester.

O podia hacer lo que llevaba semanas dandole vueltas en la cabeza.

Un amigo de un amigo, un tal Mauricio que trabajaba en una agencia de entretenimiento para adultos, le habia contado que los strippers hombres estaban ganando hasta quinientos dolares por noche en despedidas de soltera. «Solo tienes que bailar un rato, quitarte la camisa, ser amable y cobrar», le dijo Mauricio por telefono mientras Damian fingia interes. «No es para cualquiera, pero si eres profesional y no te pones intenso, las mujeres te recomiendan y nunca te falta trabajo.»

Damian habia colgado sin comprometerse. La idea le parecia ridicula al principio. El nunca se habia visto como un «showman». No sabia bailar bien, no tenia un cuerpo de infomercial, y la sola idea de pararse frente a un grupo de mujeres borrachas moviendo la cadera le daba una verguenza que no sabia que todavia podia sentir.

Pero llevaba tres meses sin trabajo. Y el dinero se estaba acabando.

Ademas, habia otra razon. Una que nunca le contaria a Mauricio ni a nadie.

Damian tenia un fetiche. Lo sabia desde los dieciseis anos, desde aquella tarde en la casa de su vecina cuando ella le hizo cosquillas en las costillas jugando y el sintio algo que no supo explicar. Con los anos fue entendiendolo. No era solo que le gustaran las cosquillas. Era que le gustaba hacerlas. Le gustaba el control. Le gustaba ver a una mujer retorcerse, reirse sin poder parar, suplicar entre carcajadas. Le gustaban los pies sobre todo. Las plantas desnudas, los dedos arqueandose cuando la uña pasaba por el arco, los talones sensibles que hacian que la mujer saltara con solo un roce.

Cuando caminaba por la calle, cuando iba al supermercado, cuando se sentaba en el metro, Damian miraba a las mujeres y pensaba en eso. No en acostarse con ellas. En hacerles cosquillas. En atarlas a una cama y torturar sus pies durante horas. En escucharlas reir hasta quedarse sin aire, hasta llorar, hasta rogarle que parara. Y luego seguir un poco mas.

Sabia que sonaba mal. Por eso nunca se lo habia contado a nadie. Ni a sus novias. Ni a sus amigos. Ni a su terapeuta, cuando iba a terapia. Era su secreto, uno que guardaba con cuidado porque sabia que la gente no lo entenderia. Dirian que era un enfermo, un acosador, un peligro. Pero Damian no queria hacerle daño a nadie. No queria violencia ni sangre ni dolor. Queria risas. Queria ver a una mujer perder el control mientras el lo tenia todo.

Y en los ultimos tres meses, sin trabajo y con demasiado tiempo para pensar, ese deseo se habia vuelto mas intenso. Pasaba horas viendo videos de cosquillas en sitios web que nadie conocia. Se masturbaba pensando en escenarios que jamas se atreveria a proponer en la vida real. Y luego se sentia vacio y un poco asqueroso, como despues de una borrachera.

Pero la necesidad seguia ahi.

Una noche, dando vueltas en la cama sin poder dormir, la idea le llego como un golpe en el pecho. Los strippers de despedidas de soltera trabajaban en privado. Entraban a apartamentos y casas llenas de mujeres que ya habian bebido, que ya estaban excitadas por la ocasion, que ya buscaban una aventura de una noche antes del matrimonio. El ambiente era perfecto. Las mujeres estaban abiertas a lo inusual, a lo prohibido, a lo que no le contarian a sus novios. Si el hacia bien su trabajo, si ganaba su confianza, si esperaba el momento adecuado…

Podria ofrecerles algo diferente.

No en el show publico, claro. Eso seria una locura. Pero al final de la noche, cuando las amigas se habian ido y la novia se quedaba sola esperando un taxi, Damian podia quedarse tambien. Podia hablar con ella. Podia tantear el terreno. Y si veia la oportunidad, podia confesarle su secreto. No como un depredador, sino como un hombre con una fantasia inusual. Muchas mujeres de treinta y tantos anos, a punto de casarse, aburridas de la rutina, decian que si a cosas que nunca habrian considerado cuando eran mas jovenes. Damian lo habia visto en sus anos de bienes raices: las clientas casadas que coqueteaban en las visitas a los apartamentos, las mujeres que pedian su numero «por si tenian preguntas» y luego le enviaban mensajes a medianoche.

Las mujeres eran mas aventureras de lo que la gente creia. Solo necesitaban la excusa correcta.

Damian se sento en la cama y empezo a tomar notas en su telefono. No era solo una idea para sobrevivir economicamente. Era una oportunidad para vivir su fetiche de una manera que nunca habia imaginado. Podria conocer a una mujer diferente cada semana. Podria pasar horas con ella, a solas, haciendole cosquillas en los pies hasta que no pudiera mas. Y al dia siguiente, cada una seguiria con su vida, se casaria con su novio, y Damian seria solo un recuerdo borroso de su despedida de soltera.

Nadie saldria lastimada. Nadie se enteraria. Nadie lo denunciaria porque todas habrian dicho que si.

Necesitaba un metodo. Necesitaba disciplina. Necesitaba asegurarse de que nunca, bajo ninguna circunstancia, una mujer se sintiera presionada o en peligro. El consentimiento tenia que ser claro, explicito, y dado en pleno uso de sus facultades. Nada de alcohol de por medio. Nada de sorpresas. Nada de «ya que estas aqui».

Damian paso dos semanas planeando. Busco tutoriales de baile en YouTube. Compro ropa que no le avergonzara quitarse: jeans negros ajustados, camisetas de algodon suave que se desabotonaban facil, un cinturon de cuero que le marcaba la cintura. Se afeito el pecho, cosa que nunca habia hecho, y descubrio que le gustaba como se veia. Practico su «mirada de stripper» frente al espejo: medio sonrisa, ojos entrecerrados, la cabeza ladeada. Se sintio ridiculo las primeras cien veces. La ciento una ya no tanto.

Tambien preparo su discurso privado. El que usaria cuando estuviera a solas con la novia. No seria una confesion dramatica ni un discurso ensayado. Tenia que sonar natural, casi timido, como si fuera la primera vez que se lo contaba a alguien. Tenia que hacer que la mujer se sintiera especial, elegida, la unica en el mundo que conocia su secreto.

«Me gustan las cosquillas», diria, bajando la mirada. «Se que suena extrano. Pero me excita mucho ver como alguien se ríe sin poder parar. Sobre todo los pies. No se por que. Nunca he podido explicarlo bien.»

Y luego callaria. Dejaria que ella procesara. Dejaria que ella preguntara. Dejaria que ella decidiera si queria seguir hablando del tema o preferia cambiar de conversacion.

Si ella se reia, pero con respeto, sin burla, podia seguir. Si ella mostraba curiosidad, podia ofrecerle una demostracion. Si ella decia que no, el aceptaria sin presion, se despediria cortesmente y se iria. Siempre habria otra despedida de soltera la semana siguiente.

Damian sabia que lo que estaba planeando estaba en un area gris. No era ilegal. Dos adultos consintiendo una actividad privada en la privacidad de un apartamento. Pero tampoco era algo de lo que pudiera presumir en una cena familiar. Por eso decidio que tendria reglas estrictas. Reglas que nunca romperia, sin importar que tan tentador fuera.

Regla uno: nunca con una mujer que hubiera bebido mas de dos copas. El alcohol nublaba el juicio y el consentimiento no era real si ella estaba borracha.

Regla dos: palabra de seguridad. Siempre. «Rojo» significaba parar inmediatamente. Sin preguntas, sin discusiones, sin «solo un minuto mas».

Regla tres: nada de ataduras la primera vez. Las manos libres, para que ella pudiera empujarlo si queria que parara. La confianza se construia, no se imponia.

Regla cuatro: nunca hablar del tema con nadie. Ni con otras strippers, ni con amigos, ni con futuras clientas. Su fetiche era un secreto que moriria con el.

Regla cinco: si alguna mujer le decian que no, el aceptaria con una sonrisa y cambiaria de tema. Y al irse, la tacharia de su lista mental. Nunca volveria a intentarlo con la misma persona.

Con las reglas claras, Damian tomo el telefono y llamo a Mauricio.

«Oye, lo estuve pensando. Lo de las despedidas de soltera. Me interesa.»

Mauricio se rio del otro lado de la linea. «Hola Damian. Excelente escuchar eso. Te tengo una para este sabado. Un grupo de mujeres en el Upper East Side. La novia se llama Marta. Treinta y tres anos. Me dijeron que buscan alguien discreto y profesional. Nada de locuras. Quinientos dolares mas propina.»

Damian anoto todo en una libreta que habia comprado esa misma semana. «Marta. Treinta y tres. Upper East Side. Sabado.»

«Te envío la direccion por texto. Llega puntual, vistete bien, no hables mucho y sonrie. A las mujeres les gusta que las miren a los ojos, no al escote. Aunque todas van a tener el escote al aire.»

«Entendido.»

«Y Damian…»

«Dime.»

«Si alguna se pone intensa, no te vayas con ella a un cuarto privado. Eso es un riesgo que no corremos en la agencia. Haces tu show, cobras y te vas. Nada de aventuras.»

Damian sintio un nudo en el estomago. «Claro. Nada de aventuras.»

Damian colgo el telefono y se quedo en silencio unos segundos. Quinientos dolares mas propina. Era mas de lo que ganaba en una semana vendiendo apartamentos en sus mejores momentos. Pero no era todo para el.

Mauricio se llevaba el veinte por ciento. Cien dolares de los quinientos, mas un porcentaje de la propina si esta superaba los cien. Llamarlo «proxeneta» era fuerte porque Damian no iba a vender sexo, pero en el fondo sabia que la palabra aplicaba. Mauricio conseguia los contratos, filtraba a los clientes, cobraba por adelantado y luego le pagaba a Damian en efectivo despues del show. Sin Mauricio, Damian no tenia acceso a ese mundo. Asi que pagaba.

Cuatrocientos dolares netos, mas lo que le sobrara de la propina. No era una fortuna, pero si lograba dos o tres shows por semana, podia cubrir el alquiler de mil ochocientos de su estudio en Astoria, pagar la comida, el carro, el seguro, y tal vez sobrarle algo para ahorrar.

Damian abrio la aplicacion del banco en el telefono. Le quedaban cuatrocientos veinte dolares. Suficiente para dos semanas si no gastaba en nada que no fuera estrictamente necesario. Necesitaba que esto funcionara.

Penso en ahorrar los cuatrocientos del primer show. Meterlos en una cuenta y no tocarlos. Pero tambien penso en comprarse unas esposas de cuero acolchadas, de esas que no lastiman la piel pero no se pueden soltar. Las habia visto en una pagina web especializada en articulos para fetichistas. Costaban ochenta dolares. Tambien necesitaba un aceite para masajes que no fuera pegajoso, porque pensaba empezar siempre con un masaje en los pies antes de pasar a las cosquillas. Eso ayudaba a relajar a la mujer y a generar confianza. El aceite bueno costaba veinticinco dolares.

Decidio que esperaria. Primero tenia que hacer bien el primer show. Si funcionaba, si Marta de verdad decia que si y la experiencia era positiva para ambos, entonces invertiria en mejores herramientas. Por ahora, usaria lo que tenia: sus manos, su paciencia, y una bufanda de seda que habia guardado de un antiguo regalo de una exnovia. La bufanda no servia para atar, pero podia usarla para vendarle los ojos si la mujer queria. A algunas les gustaba no ver lo que venia.

Pero antes de pensar en eso, necesitaba saber con quien iba a tratar.

Damian se sento en el computador y empezo a investigar. Mauricio le habia enviado por texto el nombre de la clienta que hacia el pago. Se llamaba Sandra, tenia treinta y cuatro años, y era la organizadora de la despedida de soltera. Mauricio tambien le paso el nombre completo de la novia: Marta Elena Valencia, treinta y tres años. Damian las busco en redes sociales.

Encontró a Sandra primero. Trabajaba en una firma de abogados en el bajo Manhattan, vestia trajes oscuros en todas sus fotos, tenia el pelo recogido en un moño apretado y sonreia con los labios cerrados. Subia fotos de sus vacaciones en la playa, de sus amigos tomando vino en azoteas, de su gato naranja llamado Miso. No tenia novio en las fotos, o al menos no habia ninguna foto con un hombre que se repitiera. Sandra parecia el tipo de mujer que organizaba todo, que controlaba todo, que no dejaba nada al azar. Damian anoto mentalmente: con Sandra no iba a tener problemas. Ella pagaba, el bailaba, y al final ella se iria con las otras amigas a tomar el ultimo tren. No era una amenaza ni una oportunidad.

Luego busco a Marta.

Marta Valencia tenia un perfil publico pero no muy activo. Unas cien fotos en total, la mayoria de paisajes y comidas. Habia pocas fotos de ella sola. Damian tuvo que entrar a las fotos etiquetadas por otras personas para encontrar imagenes claras de su rostro y su cuerpo.

Marta era bonita de una manera normal. No era una modelo ni pretendia serlo. Tenia el cabello largo y ondulado, castaño claro, casi siempre suelto. La cara redonda, la nariz pequena, los labios delgados. En las fotos mas recientes se veia un poco mas llena que en las de hace dos años, como si hubiera subido unos kilos de los felices, esos que se ganan cuando una relacion es estable y se come en casa. Damian penso que le gustaba. No solo por su fisico, sino por algo en sus ojos. Marta tenia una mirada que parecia decir «se lo que estas pensando» pero sin malicia, con curiosidad.

Habia fotos de ella con su novio. Un hombre llamado Andres, treinta y cinco años, ingeniero segun su perfil. Moreno, alto, con una barba cuidada. En las fotos mas antiguas, Marta y Andres se miraban como si estuvieran recien enamorados. En las mas recientes, se miraban como si ya llevaran ocho años juntos, que era justo lo que llevaban. Las sonrisas seguian ahi, pero los ojos ya no brillaban igual. Damian conocia esa mirada. La habia visto en cientos de clientas casadas que entraban a ver apartamentos solas y se quedaban quince minutos extra hablando de nada.

Marta trabajaba en marketing digital para una empresa de moda sostenible. Eso explicaba por que no subia muchas fotos de ella misma: su trabajo era vender una imagen etica y consciente, no su rostro. Damian busco su perfil profesional en LinkedIn. Habia estudiado comunicacion en una universidad publica de Nueva Jersey, habia trabajado en tres agencias antes de llegar a la empresa actual, y tenia recomendaciones de companeros que decian que era «creativa», «proactiva» y «un placer trabajar con ella».

Todo muy normal. Muy aburrido. Muy perfecto.

Damian bajo la pantalla y se quedo pensando. Marta parecia una mujer inteligente, estable, con una vida resuelta. Iba a casarse en un mes. Iba a jurar amor eterno delante de su familia y sus amigos. Pero habia algo en sus fotos, en la forma en que inclinaba la cabeza cuando se reia, en como siempre tenia los pies descalzos en las fotos de la playa o de su sala, que le decia a Damian que ella no era tan aburrida como aparentaba.

Las mujeres que mantienen los pies descalzos en las fotos suelen ser cosquilludas. Damian no tenia pruebas cientificas de eso, pero llevaba mas de veinte años observando y habia notado el patron. Las mujeres que esconden los pies en zapatos cerrados en cada foto suelen tener poca sensibilidad o mucho complejo. Las que los muestran descalzos, con los dedos separados y las plantas al aire, suelen ser mas sensibles y tambien mas conscientes de esa sensibilidad. No les da verguenza. Les gusta, aunque no sepan por que.

Marta tenia catorce fotos con los pies descalzos.

Damian empezo a revisar las fotos de las amigas. No todas las etiquetas estaban visibles, pero en las fotos de grupo de Sandra y Marta pudo identificar al menos a seis mujeres que aparecian con frecuencia. Las fue nombrando mentalmente mientras las miraba.

Cristina, treinta y seis años, la mayor del grupo. En las fotos siempre aparecia con dos ninas pequenas, sus hijas. Tenia el cuerpo de una madre que habia tenido dos embarazos y no le importaba que se notara. En las fotos de despedidas anteriores, Cristina era la primera que aparecia con una copa de vino y la primera que desaparecia cuando el reloj marcaba la una. Damian anoto: poco interesante para sus planes. Una mujer con hijos no se arriesga a quedarse sola hasta tarde con un desconocido. Tiene que volver a casa.

Paula, treinta y dos años. En las fotos siempre estaba abrazando a alguien o levantando una copa. Tenia el pelo corto y teñido de rosa, muchos tatuajes en los brazos, y una sonrisa ancha que enseñaba los dientes. En varias fotos aparecia con una mujer de su misma edad, besandola en la mejilla o en la boca. Su novia, penso Damian. Paula era lesbiana, o bisexual, pero claramente no estaba interesada en hombres. En las despedidas de soltera de amigas heterosexuales, las mujeres como Paula solian beber mas de la cuenta y besar a la novia «para que no se olvide de donde vino». No representaban un problema ni una oportunidad. Damian las ignoraba.

Lorena, treinta y uno. Esta le llamo la atención. En las fotos, Lorena casi nunca miraba a la camara. Aparecia de perfil, o mirando hacia abajo, o con los brazos cruzados. Tenia el pelo negro y lacio, los ojos grandes y oscuros, y una expresion que oscilaba entre el aburrimiento y la tristeza. Damian busco su perfil. Lorena trabajaba en una libreria del East Village. No tenia fotos con pareja. Subia poemas de autores muertos y fotos de su gato. En una foto reciente, estaba sola en un bar, con una copa de vino tinto y una mirada que decia «no me preguntes como estoy porque no quiero mentir». Damian sintio algo parecido a la empatia, pero la aparto. Lorena no era su objetivo. Una mujer que parece triste no va a querer jugar a las cosquillas con un desconocido. Va a querer irse a casa y llorar en silencio.

Begoña, veintinueve, la mas joven. Era prima de Marta, segun habia leido en un comentario. Begoña tenia la energia de alguien que todavia no sabe que hacer con su vida. Subia muchas historias, muchas selfies, muchos videos bailando en la cocina. Tenia el cuerpo delgado y atletico, el pelo rubio oxigenado, y una sonrisa que parecia pintada. Damian penso que Begoña era bonita, pero tambien penso que era el tipo de mujer que hablaba demasiado. Una mujer que habla demasiado es un riesgo. Si algo pasaba entre el y Marta, Begoña podria notarlo, o podria inventarlo, o podria contarlo. Las mujeres como Begoña no guardan secretos porque los secretos no les dan likes.

Y luego estaba la sexta. Una mujer cuyo nombre Damian no pudo encontrar en ninguna etiqueta. Aparecia en tres fotos del grupo, siempre al fondo, siempre con una sonrisa pequena y medida. Tenia el pelo rizado y oscuro, la piel canela, y unos brazos fuertes que se notaban incluso debajo de la ropa holgada. No tenia perfil publico, o al menos no uno que Damian pudiera encontrar con el nombre que aparecia en los comentarios: «Vale». Solo un nombre. Sin apellido. Sin fotos. Sin rastro.

Esa le incomodo. No sabia por que.

Damian cerro el computador y se reclino en la silla. Tenia los nombres, las caras, las historias. Seis mujeres alrededor de Marta. Seis amigas que estarian en el apartamento el sabado, bebiendo, riendo, mirandolo a el bailar. Ninguna de ellas parecia el tipo de persona que sospechara algo raro en el stripper. Eran mujeres normales, con vidas normales, con problemas normales. Cristina queria volver a casa con sus hijas. Paula queria emborracharse y besar a su novia. Lorena queria que la noche terminara rapido. Begoña queria tener algo que publicar en redes sociales. Sandra queria que todo saliera perfecto porque ella lo habia organizado.

Y Vale. Vale queria pasar desapercibida. Y lo estaba logrando.

Damian se quedo mirando el techo. En su cabeza empezo a imaginar escenarios. No con Marta, no aun. Con las amigas. Con Cristina, a la que no podria tocar porque se iria temprano. Con Paula, que no lo miraria ni por error porque le gustaban las mujeres. Con Lorena, que lo miraria pero con desprecio o con lastima. Con Begoña, que lo miraria como si fuera un objeto y luego lo olvidaria al dia siguiente.

Y con Vale.

Damian no sabia nada de Vale. No sabia si tenia novio, si le gustaban los hombres, si era cosquilluda, si bebia, si se reia fuerte o si se reia callado. Solo sabia que aparecia en las fotos con los brazos cruzados, con una postura cerrada, como si estuviera cuidando algo. O cuidandose de algo.

Quizas Vale era lesbiana como Paula. Quizas Vale estaba casada y por eso no tenia redes sociales. Quizas Vale simplemente odiaba las fotos.

O quizas Vale era como el. Alguien que observaba mas de lo que hablaba.

Damian aparto el pensamiento. No le servia distraerse con las amigas. Su objetivo era Marta. Solo Marta. La novia. La homenajeada. La mujer que, si todo salia bien, terminaria la noche riendo sin control mientras el le hacia cosquillas en los pies hasta que dijera «rojo».

Pero mientras se levantaba para prepararse un cafe, una parte de su cerebro, esa parte que llevaba anos imaginando torturas de cosquillas en cada mujer que veia, empezo a hacer una lista mental.

Cristina: pies anchos, talones secos. Poca sensibilidad. No valia la pena.

Paula: pies pequenos, dedos largos. Los tatuajes llegaban hasta los tobillos. Sensibilidad media, pero inaccesible.

Lorena: pies delgados, arco alto, uñas pintadas de negro. Sensibilidad alta. Pero la tristeza la hacia impredecible.

Begoña: pies cuidados, cuticulas perfectas, esmalte permanente. Sensibilidad baja. Las que se cuidan tanto los pies suelen tener poca sensibilidad porque se acostumbran al tacto.

Vale: no habia fotos de sus pies.

Damian sonrio mientras el cafe se filtraba. Era un juego mental, nada mas. No iba a tocar a ninguna de las amigas. No iba a proponerles nada. Iba a hacer su show, iba a cobrar, iba a esperar a que todas se fueran, y luego iba a hablar con Marta. Si Marta decia que no, el se iria y buscaria otro contrato la semana siguiente.

Pero mientras tanto, podia imaginar.

Cerró los ojos y se vio a si mismo en un apartamento desconocido, con una mujer desconocida atada a una cama, sus pies en sus manos, sus dedos recorriendo las plantas mientras ella se reia y se reia y se reia. No sabia quien era esa mujer. Podria ser Marta. Podria ser Vale. Podria ser una que aun no habia conocido.

El cafe empezo a hervir. Damian abrio los ojos, apago la cocina, y sirvio la taza.

Faltaban cuatro dias para el sabado.

Damian tomo el cafe sentado en la misma silla de siempre, con el computador abierto en la mesa del comedor que tambien le servia como escritorio. Faltaban cuatro dias y necesitaba un plan. No solo el plan general de quedarse al final con Marta, sino un plan para el show en si. Mauricio le habia dicho que hiciera un show normal: bailar, quitarse la camisa, dejarse tocar un poco pero sin pasarse. Eso era lo que las mujeres esperaban. Pero Damian sabia que si se limitaba a eso, seria un stripper mas entre cientos. No destacaria. No le recomendarian. Y lo que realmente queria, lo que necesitaba para sentirse vivo, no pasaria si las mujeres lo recordaban como «el chico que bailo y ya».

Necesitaba algo diferente. Algo que las hiciera reir de verdad, no solo sonreir con educacion. Algo que rompiera el hielo de una manera que no pareciera forzada ni rara. Algo que involucrara cosquillas, pero sin que nadie sospechara que para el eso era mucho mas que un juego.

La idea le llego mientras lavaba la taza.

Un juego. Un juego de despedida de soltera, de esos que hacen siempre en ese tipo de fiestas. La novia tiene que hacer algo, o las amigas tienen que competir, o el que pierde bebe. Eran mecanicas simples y a nadie le parecian extranas porque todas las despedidas tenian juegos absurdos. El podia proponer uno. Uno que involucrara cosquillas. Un minuto de cosquillas en alguna parte del cuerpo, y si la persona no aguantaba sin reirse, o sin moverse, o sin decir una palabra clave, tenia que beberse un shot.

No seria raro. Seria divertido. Las mujeres borrachas y emocionadas amaban ese tipo de retos. Y lo mejor de todo es que el no tendria que pedir permiso para tocar a nadie. Ellas mismas le pedirian que fuera el juez, que fuera el que hiciera las cosquillas, porque era el hombre de la noche y porque «quien mejor que el para animar la fiesta».

Damian sonrio y empezo a anotar en su libreta.

Primero, necesitaba que el juego pareciera improvisado. No podia llegar con un cartel que dijera «hora de las cosquillas». Tenia que surgir de forma natural, como si se le hubiera ocurrido en el momento. Para eso necesitaba un detonante. Algo que pasara durante el baile, alguna reaccion de una de las mujeres, una risa especialmente fuerte, un «ay no me hagas eso» dicho en tono de broma. El podria agarrar esa reaccion y convertirla en juego.

«Viste como se rio», diria, senalando a la mujer que habia reaccionado. «Apuesto a que no aguanta ni diez segundos sin reirse si le hago cosquillas en las costillas.»

Las otras se reirian. La mujer negaria con la cabeza. Alguien diria «apuesto a que si». Alguien mas diria «que ponga algo, un shot». Y el juego empezaria.

Damian penso en las zonas del cuerpo que usaria. Tenia que ser cuidadoso. Nada que pudiera interpretarse como acoso. Nada que una mujer normal considerara demasiado intimo. Las costillas estaban bien, porque era un lugar que la gente suele tocar en confianza. Las axilas tambien, aunque requeria que la mujer levantara los brazos, lo cual podia ser un poco mas intimo pero seguia siendo aceptable en un contexto de juego. Los muslos no, porque quedaban demasiado cerca de zonas que no debia tocar. La cintura podia ser, pero con cuidado. Y los pies, claro. Los pies eran perfectos. En una despedida de soltera, que un stripper le haga cosquillas en los pies a una mujer no era raro. Era incluso tierno, de cierta manera. Una mujer podia quitarse los zapatos, estirar las piernas, y dejar que el le hiciera cosquillas en las plantas mientras las amigas contaban los segundos y gritaban. Nadie pensaria mal de eso.

Damian diseno el juego mentalmente.

Habria niveles. Porque un solo minuto era aburrido. El podia proponer una competencia. Cada mujer elegia una parte de su cuerpo donde se consideraba «poco cosquilluda». El tenia un minuto para hacerle cosquillas ahi. Si ella se reia, perdia. Si aguantaba sin reirse, ganaba. La ganadora no bebia. Las perdedoras bebian un shot. Pero el podia sugerir que la novia, Marta, tuviera un reto especial. Por ejemplo, aguantar cosquillas en los pies durante dos minutos. O tres. O cinco. Y si aguantaba, las amigas bebian todas. Si no aguantaba, ella bebia sola.

Eso pondria a Marta en el centro de atencion, que era exactamente donde debia estar en su despedida de soltera. Y tambien le permitiria a Damian tocarla, explorar su sensibilidad, ver como reaccionaba a sus dedos en sus plantas. Todo delante de las amigas, todo en publico, todo con la excusa del juego. Nadie sospecharia nada porque seria solo un juego mas de una noche de fiesta.

Pero Damian queria mas. Queria tocar a todas. Queria sentirlas reirse bajo sus dedos. Queria ver sus pies, sus costillas, sus axilas. Queria saber cuales eran cosquilludas y cuales no. Porque eso, pensaba mientras escribia, era informacion valiosa para futuros encuentros. No con esas mujeres, porque probablemente nunca las volveria a ver. Pero con otras. Con las que vendrian despues. Cada mujer que tocaba le enseñaba algo nuevo: una tecnica, una zona sensible, una forma de presionar los dedos que hacia que la risa fuera mas intensa. Era como estudiar. Cada juego era una clase.

Asi que el juego tendria que involucrar a todas. Propuso en su libreta un formato de «todos contra todos». Cada mujer poneria un shot en el centro de la mesa. Luego, una por una, se sentaria en una silla frente a el. El tendria un minuto para hacerle cosquillas en la zona que ella eligiera. Las reglas serian simples: ella podia reirse, pero no podia apartar las manos de el. Si apartaba las manos, perdia automaticamente. Si aguantaba el minuto sin apartarlas, ganaba y todas las demas bebian su shot. Si perdia, ella bebia todos los shots.

Eso hacia que el juego fuera emocionante. Porque si una mujer perdia, tenia que beberse seis o siete shots de una vez. Eso era una locura. Ese era exactamente el tipo de locura que las mujeres querian en una despedida de soltera. Algo de lo que pudieran reirse al dia siguiente, cuando estuvieran resacosas y dijeran «nunca mas tomo asi».

Damian imagino la escena.

El sentado en una silla baja, o en el borde del sofa. La mujer enfrente, con los pies apoyados en sus muslos si habian elegido esa zona, o con los brazos levantados si habian elegido las axilas, o con la camiseta levantada hasta el sostén si habian elegido las costillas. El empezaria despacio, con caricias suaves, solo con la punta de los dedos. Luego iria aumentando la intensidad. Un minuto era poco tiempo, pero para una mujer cosquilluda un minuto podia ser una eternidad.

Las amigas alrededor, gritando, contando los segundos, riendose de las que perdian. «Diez, nueve, ocho…» y la mujer retorciendose, mordiendose los labios para no reirse, los ojos humedos, las mejillas coloradas. «Tres, dos, uno…» y ella soltando el aire que habia estado conteniendo, riendose al fin, derrotada pero feliz.

Damian sentia como se le aceleraba el corazon solo de pensarlo.

Luego penso en Marta. En el reto especial que le propondria al final del juego, cuando las amigas ya estuvieran borrachas y distraidas. El diria algo como «bueno, y ahora el reto de la novia. Si aguanta dos minutos de cosquillas en los pies sin decir ‘ya’, todas las amigas beben dos shots. Si no aguanta, ella bebe sola.» Las amigas gritarian de emocion. Marta se reiria nerviosa. Y el, con las manos temblorosas de la adrenalina, empezaria a acariciar sus plantas.

Dos minutos. Ciento veinte segundos. El podria hacer muchas cosas en ciento veinte segundos. Podria usar solo un dedo, despacio, subiendo y bajando por el arco del pie. Podria usar los diez dedos, rapido, en los talones y en los empeines. Podria detenerse justo antes de que ella gritara, y luego empezar de nuevo en otra zona. Podria mirarla a los ojos mientras ella se reia, y ver ahi, en sus ojos, si queria que parara o si queria que siguiera.

Esa mirada era lo que mas le gustaba. La mirada de una mujer que esta riendo sin control pero que no quiere que pares. Que te odia un poco por hacerle eso, pero que te necesita un poco mas. Esa mezcla de rendicion y deseo. Eso era lo que Damian buscaba desde los dieciseis anos.

Bajó la mirada a su libreta y siguio escribiendo. Anoto los materiales que necesitaria para el juego. Un cronometro, aunque podia usar el telefono. Una silla baja, que ya habria en el apartamento. Shots preparados, pero eso lo pondrian las mujeres. El solo llevaria sus manos. Nada mas.

Luego penso en los limites. Tenia que ser cuidadoso. Si alguna mujer se veia realmente incomoda, si su risa cambiaba de tono y se volvia un «para en serio», el tenia que parar inmediatamente. No podia permitirse que alguien se sintiera acosada. No solo porque era un mal negocio, sino porque el no era eso. El no queria hacer daño. Queria que las mujeres rieran porque era divertido, no porque tenian miedo.

Asi que establecio una regla mental: durante el juego, cualquier mujer podia decir «stop» en cualquier momento y el pararia al segundo. Sin preguntas, sin miradas de decepcion. Solo un «okay» y seguiria con la siguiente. Eso mantendria el ambiente seguro y las mujeres se sentirian en control, aunque el fuera el que tocaba.

Damian cerro la libreta y se estiro en la silla. El sabado se acercaba. Tenia la ropa lista, el discurso ensayado, el juego disenado. Solo necesitaba que las mujeres cooperaran. Que bebieran lo suficiente para estar alegres pero no borrachas. Que rieran sus chistes. Que aceptaran sus propuestas. Que Marta, al final de la noche, se quedara sola con el.

Y que cuando el le dijera «me gustan las cosquillas», ella no se levantara a correr.

Sonrio y miro sus manos. Las manos grandes, de dedos largos, con las unas cortas y limpias. Las manos que en tres dias tocarian los pies de seis mujeres. Las manos que sentiran la piel suave de las plantas, los arcos tensos, los dedos que se encogen al primer roce. Las manos que harian reir a mujeres que nunca volveria a ver.

Faltaban tres dias.

Damian guardo la libreta en el cajon de la mesa y salio a caminar. Necesitaba despejar la mente. El aire frio de Nueva York le golpeo la cara al salir del edificio. Camino hacia el parque, las manos en los bolsillos, la cabeza baja. En el camino se cruzo con decenas de mujeres. Jovenes, mayores, altas, bajas, con botas o con zapatillas. Damian las miro sin querer mirarlas. Sus pies. Todas llevaban zapatos cerrados por el frio. No podia ver nada. Pero imaginaba.

Imaginaba los pies de Marta. Los habia visto en las fotos, pero las fotos no mostraban la textura de la piel, la temperatura, la forma en que los dedos se moverian cuando el pasara la uña por la planta. Eso lo sabria el sabado. Eso lo sentiria en sus manos.

Y mientras caminaba, una parte de el, la parte mas oscura que nunca le contaba a nadie, empezo a hacer una lista de todas las mujeres que se cruzaban en su camino. No para hacerles nada. Solo para imaginar. Solo para pasar el tiempo.

«Ella», penso al ver a una mujer con botas altas, «debe tener los pies frios. Los frios son menos sensibles. Perderia en el juego.»

«Ella», otra, con zapatillas de tela, «usa zapatillas delgadas. No le importa que le toquen los pies. Ganaria.»

«Ella», una tercera, con tacones altos a pesar del frio, «sus pies estan destrozados. Los tacones las endurecen. No sentira nada. Perderia por falta de sensibilidad, no por aguante.»

Siguio caminando hasta que el parque quedo atras y dio la vuelta para regresar a casa. El frio le habia entumecido las orejas. Subio las escaleras de su edificio, abrio la puerta del estudio, y se tiro en la cama sin quitarse los zapatos.

Faltaban tres dias y Damian decidio que no podia llegar a su primer show con la piel palida de quien lleva tres meses encerrado en un estudio sin ver el sol. No era que las mujeres fueran a fijarse en el tono de su piel, pero el se fijaba. Y si el no se sentia bien con su propio cuerpo, no podria bailar con la confianza que necesitaba para que el plan funcionara.

Bajo al supermercado de la esquina y compro la crema de bronceado mas cara que encontro. Veintitres dolares. Le dolio gastar ese dinero, pero se dijo que era una inversion. La crema prometia un tono dorado natural en tres aplicaciones, sin rayas, sin manchas, sin olor quimico. Damian leyo las instrucciones tres veces antes de abrir el tubo.

Se puso frente al espejo del baño, desnudo de la cintura para arriba, y empezo a extender la crema con movimientos circulares. El pecho primero, luego los hombros, luego los brazos. La crema era fria y un poco pegajosa. Damian masajeo hasta que se absorbió. Luego se lavo las manos con cuidado, porque no queria que las palmas quedaran anaranjadas. Sus manos eran su herramienta principal. Tenian que verse limpias, cuidadas, normales.

Mientras la crema se secaba, Damian se miro en el espejo. No era un hombre feo, eso lo sabia. Pero tampoco era el tipo de hombre que las mujeres miran dos veces en la calle. Tenia el rostro simetrico, los ojos verdes, la mandibula marcada. Pero habia algo en su expresion que la gente interpretaba como seriedad o distancia. No era un hombre de sonrisa facil. Cuando sonreia, parecia que estaba pensando en otra cosa. Y casi siempre era verdad.

Se paso una mano por el pecho. El vello habia empezado a crecer de nuevo desde que se afeito la semana anterior. Decidio que se volveria a afeitar la noche antes del show. Le gustaba la sensacion de la piel lisa bajo sus propios dedos. Imaginaba que a las mujeres tambien les gustaria. Nadie quiere hacerle cosquillas a un pecho con vello áspero, penso. Y aunque el era el que hacia las cosquillas, no la que las recibia, queria que todo en el fuera suave. Las manos suaves, la piel suave, la voz suave. Un hombre suave que hacia cosas que no eran tan suaves.

Se rio de si mismo en el espejo. Estaba pensando demasiado.

Se vistio y volvio a la sala. La crema de bronceado tenia que actuar por veinte minutos antes de retirar el exceso con agua tibia. Puso un temporizador en el telefono y se sento a esperar. Aprovecho para revisar de nuevo el perfil de Marta. Habia subido una historia nueva: un video de ella misma en un gimnasio, haciendo ejercicio en una maquina que no supo identificar. Llevaba puestos unos leggins negros y tenis blancos. Los pies se movian al ritmo de la maquina. Damian miro sus tobillos, la forma en que se flexionaban, la piel que se veia por encima del teni. No se veia mucho, pero era suficiente para mantener viva la imagen.

Luego reviso el perfil de Sandra. Nada nuevo. El de Cristina. Una foto de sus hijas comiendo helado. El de Paula. Un video de ella bailando en una terraza con su novia. El de Lorena. Una frase de un libro que Damian no reconocio. El de Begoña. Una selfie con filtro de orejas de conejo.

El de Vale seguia sin aparecer. Ninguna publicacion nueva. Ninguna historia. Ninguna interaccion en las publicaciones de las otras. Vale era un fantasma digital. Damian penso que eso podia ser bueno o malo. Una mujer sin redes sociales podia ser una mujer muy privada, o una mujer que escondia algo. En cualquiera de los dos casos, no era una mujer que llamara la atencion sobre si misma. Y eso, para los planes de Damian, era perfecto. Las mujeres que no llaman la atencion son las que menos problemas dan.

El temporizador sonó. Damian volvio al baño y se enjuago el cuerpo con agua tibia. La piel le quedo ligeramente mas oscura, de un tono que no parecia artificial. Se miro de nuevo al espejo y asintio. Iba a funcionar.

Aplico la crema tambien en los pies. No porque alguien fuera a ver sus pies durante el show, sino porque el era obsesivo con el cuidado de su cuerpo. Si iba a tocar los pies de otras personas, los suyos tenian que estar igual de cuidados. Se puso crema entre los dedos, en los talones, en los empeines. Luego se puso unos calcetines de algodon para que la crema se absorbiera mejor y se acosto en la cama a mirar el techo.

Faltaban tres dias y ya tenia la piel mas oscura. Faltaban tres dias y ya tenia el juego preparado. Faltaban tres dias y ya habia ensayado el baile frente al espejo al menos veinte veces. La musica la eligio una cancion de pop latino que sonaba en todas las fiestas, un ritmo pegajoso que no requeria movimientos complicados. Damian habia practicado girar las caderas, desabotonarse la camisa lentamente, lanzarla al suelo sin mirar donde caia. Habia practicado tambien la mirada. Esa mirada que tenia que ser segura pero no arrogante, intensa pero no amenazante.

Lo mas dificil habia sido practicar el momento en que se quitaba el pantalon. No el pantalon de jeans, sino el short que llevaria debajo. En los shows de strippers hombres, lo habitual era quedarse en boxers o en un tanga. Damian habia comprado un boxer de lycra negra, ajustado pero no ridiculo, que le marcaba lo necesario sin enseñar de mas. No queria que las mujeres se fijaran en su entrepierna. Queria que se fijaran en sus manos. Pero sabia que en una despedida de soltera, las mujeres esperaban ver algo de carne. Asi que les daria eso. Un cuerpo bronceado, un boxer negro, y unas manos que no paraban de moverse.

El sabado por la noche, despues de la segunda aplicacion de crema de bronceado, Damian recibio un mensaje de Mauricio.

«Confirma para manana. Lugar: apartamento en el Upper East Side, calle 74 entre Madison y Park. Hora: 9 PM. Llega a las 8:45 para que te conozcan antes. No lleves alcohol, ellas ya tienen todo. Vistete casual pero elegante: jeans negros, camisa blanca, zapatos limpios. Nada de locuras. La organizadora se llama Sandra. Ella te dara las instrucciones. Me pagas despues del show, por Zelle. Suerte, hermano.»

Damian leyo el mensaje tres veces. Luego busco la direccion en Google Maps. El apartamento estaba en una de las zonas mas caras de Manhattan. Quienquiera que fuera Sandra, tenia dinero. O al menos tenia una amiga con dinero. Eso explicaba los quinientos dolares mas propina.

Guardo el telefono y se aplico la tercera capa de crema de bronceado. Esta seria la ultima antes del show. Queria llegar con la piel en su punto exacto: dorada, brillante, suave al tacto. Se miro en el espejo y por un momento no se reconocio. El hombre que lo miraba parecia mas joven, mas seguro, mas atractivo. Era el mismo Damian de siempre, pero con un filtro encima. Un filtro que habia pagado veintitres dolares.

Se rio otra vez.

Despues de enjuagarse, se puso la ropa que llevaria al dia siguiente. Queria ver como se veia todo junto. Los jeans negros le quedaban justos pero no apretados. La camisa blanca era de algodon suave, con botones de plastico blanco. Se la abrocho hasta el cuello y luego desabotono los dos primeros botones, para que se viera un poco de pecho. Los zapatos eran unos botines negros que no usaba desde hacia un ano, cuando aun trabajaba en bienes raices. Los limpio con un trapo humedo hasta que brillaron.

Camino frente al espejo del pasillo. Se veia bien. No espectacular, pero bien. Suficiente para que seis mujeres de treinta y tantos anos, despues de unas copas de vino, lo miraran con interes.

Se quito la ropa y la colgo en una percha. No queria que se arrugara. Luego se acosto en la cama y trato de dormir, pero el cerebro no le paraba de dar vueltas. Pensaba en Marta. Pensaba en sus pies. Pensaba en el juego de las cosquillas. Pensaba en la palabra «rojo». Pensaba en lo que pasaria si todo salia mal. Si Marta se asustaba. Si alguna amiga se quedaba mas tiempo del debido. Si el no lograba quedarse a solas con ella.

Tardo casi dos horas en dormirse.

El domingo amanecio gris, como casi todos los dias de marzo en Nueva York. Damian se desperto antes de que sonara la alarma. Las ocho de la manana. Trece horas para el show. Se levanto, preparo cafe, y se sento frente a la ventana a mirar la calle. La gente caminaba apurada, con los abrigos subidos hasta la nariz, las manos en los bolsillos. Damian penso que en unas horas estaria en un apartamento caliente, con mujeres en ropa interior o en pijamas de seda, riendo y bebiendo y pidiendole que bailara.

La diferencia entre su mundo y el de ellas era enorme. Ellas vivian en el Upper East Side, tomaban vinos que costaban cien dolares la botella, planeaban bodas con presupuestos de decenas de miles de dolares. El vivia en Astoria, en un estudio de cuarenta metros cuadrados, y habia gastado sus ultimos ahorros en una crema de bronceado y un boxer de lycra.

Pero esa noche, por unas horas, el tendria el poder. Ellas le pagarian por mirarlo. El decidiria como se movia, cuando se detenia, a quien tocaba. Y al final de la noche, si todo salia bien, el tendria a Marta sola, en un cuarto, con los pies desnudos y las manos atadas con una bufanda de seda.

O no. Tal vez todo saldria mal y Damian volveria a su estudio con cuatrocientos dolares en el bolsillo y las manos vacias.

Pero habria otros shows. Otras Martas. Otras despedidas. El solo necesitaba una oportunidad. Una sola mujer que dijera que si. Y luego otra. Y otra. Y mientras tanto, podia jugar. Podia hacer el juego de las cosquillas con todas, tocarlas, reirse con ellas, verlas retorcerse en la silla mientras el cronometro corriendo.

Bebio el cafe de un trago y fue a la ducha. Se afeito el pecho con cuidado, sin cortarse. Se lavó el pelo con un champu que olia a coco. Se aplicó crema hidratante en todo el cuerpo, prestando especial atencion a las manos y los pies. Luego se vistio con la ropa que tenia preparada: los jeans negros, la camisa blanca, los botines. No se puso la chaqueta porque la chaqueta era vieja y no queria que las mujeres lo vieran con algo que pareciera pobre.

Revisó el telefono. Mauricio le habia enviado un mensaje de confirmacion: «Todo en orden. Sandra dice que te esperan. No la cagues.»

Damian no respondió. Guardó el telefono en el bolsillo trasero del jean, cogió las llaves del apartamento y salió.

Afuera hacia frio. Camino hasta la estacion del metro, compro un boleto con la tarjeta que apenas tenia saldo, y se subio al tren con destino a Manhattan. El viaje duro treinta minutos. Durante todo ese tiempo, Damian no dejo de mover los dedos de las manos. Los estiraba, los encogia, los frotaba entre si. Queria que estuvieran sueltos, calientes, listos.

El tren se fue llenando de gente. Damian se quedo de pie, agarrado a la barra, mirando por la ventana los tuneles oscuros. A su lado, una mujer joven con audifonos y una chaqueta de cuero lo miro un momento. Damian le devolvio la mirada. La mujer bajo la vista a sus manos. Damian sonrio. La mujer se dio la vuelta.

El llego a la calle 74 veinte minutos antes de la hora acordada. No queria llegar demasiado temprano porque eso se veia desesperado. Dio una vuelta a la manzana, miro los edificios altos, los arboles sin hojas, los carros estacionados que costaban mas de lo que el habia ganado en toda su vida. Encontró un banco vacío y se sentó a esperar.

Las manos le temblaban un poco. No de nervios, penso, sino de adrenalina. Llevaba tres meses sin trabajo, tres meses imaginando este momento, tres meses planeando cada detalle. Y ahora faltaban quince minutos para que todo empezara.

Sacó el telefono y revisó una última vez el perfil de Marta. No habia nada nuevo. Luego reviso el de Vale. Tampoco.

Guardó el telefono, se levanto del banco, y camino hacia la direccion que le habia dado Mauricio. El edificio era uno de esos de ladrillo rojo con entrada de cristal y portero uniformado. Damian abrio la puerta, se acerco al portero, y dijo:

«Vengo a ver a Sandra. Apartamento 4B.»

El portero miro una lista, asintio, y le indicó el ascensor. Damian se subió, presionó el boton del cuarto piso, y durante los segundos que duro el ascenso, se miro en el espejo interior. Se veía bien. La piel bronceada, la camisa blanca, la sonrisa ensayada.

Las puertas se abrieron.

El pasillo olia a cera y a flores. Damian camino hasta la puerta del 4B, levanto la mano, y llamó.

Dentro se escuchaban risas. Muchas risas. Y una mujer gritando: «Ya llegó, ya llegó, callense todas.»

La puerta se abrió.

Sandra estaba frente a el. Tenia el pelo recogido en un moño, llevaba un vestido negro corto y unos tacones altos. Lo miro de arriba abajo, asintió, y dijo:

«Eres Damian, cierto. Pasa. Estamos casi listas.»

Damian entro.

El apartamento era enorme. Una sala abierta con ventanales que daban a la calle, un sofa blanco en forma de L, una mesa de centro llena de botellas y vasos, y en el suelo, globos plateados que decían «FELIZ DESPEDIDA». En la esquina, un equipo de sonido portatil sonaba musica a volumen moderado.

Y mujeres. Seis mujeres, exactamente las que Damian habia investigado.

Marta estaba sentada en el sofa, con una tiara de novia en la cabeza y un velo corto sujeto con horquillas. Llevaba un conjunto de pijama de seda color rosa, pantalon ancho y camisa con botones. Estaba descalza.

Damian la miro un segundo de mas, solo uno, y luego desvio la mirada hacia las demas.

Cristina, con una copa de vino en la mano. Paula, abrazada a su novia. Lorena, en un rincon, mirando el telefono. Begoña, con una bandana que decia «BRIDE SQUAD». Y Vale.

Vale estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, vestida de negro de pies a cabeza. Tenia el pelo rizado suelto, y miraba a Damian con una expresion que el no supo descifrar. No era curiosidad. No era desprecio. Era algo mas parecido a la observacion. Como si estuviera leyendo algo en el que nadie mas se habia fijado.

Damian le sonrió. Vale no le devolvió la sonrisa.

Sandra lo tomo del brazo y lo llevo hacia la cocina.

«El show empieza en veinte minutos», le dijo en voz baja. «Haces lo que acordamos. Bailas tres canciones. Te puedes quitar la camisa, pero los pantalones te los dejas puestos. Nada de sexo explicito. Si alguna se pone muy intensa, me avisas y yo la calmo. Al final, cobras y te vas. Sin historias.»

«Sin historias», repitió Damian.

Sandra le sonrió y volvió con las amigas.

Damian se quedo en la cocina un momento, solo, mirando sus manos. Las palmas le sudaban. Las limpió en el jean, despacio, sin que nadie lo viera. Luego levanto la vista y miro hacia la sala.

Marta estaba riendo con Begoña. Tenia los pies apoyados en la mesa de centro. Los dedos largos, las unas pintadas de un rosa claro, los tobillos delgados. Damian los miro y sintió un cosquilleo en las manos. Un cosquilleo que conocía bien.

Faltaban veinte minutos para el baile.

Y después del baile, vendría el juego.

Damian salio de la cocina y se ubico en la esquina de la sala que Sandra le habia señalado. Alli habia una silla vacia, la que usaria para el show. Las mujeres ya estaban sentadas en el sofa y en unas sillas plegables que habian colocado alrededor. Sandra controlaba la musica desde su telefono.

—Listo? —pregunto Sandra levantando la voz.

Damian asintio. Se quito los botines y los dejo a un lado. Queria estar descalzo para el baile. Sentir el suelo bajo sus pies le daba estabilidad. Ademas, penso, si el estaba descalzo, las mujeres se fijarian menos en que Marta tambien lo estaba. Pequenos detalles.

La primera cancion empezo. Era un reggaeton lento, con un bajo que vibraba en el pecho. Damian cerro los ojos un segundo, respiro hondo, y cuando los abrio ya estaba en personaje. El personaje se llamaba Damian tambien, pero era un Damian mas suelto, mas seguro, mas sonriente. Un Damian que no pensaba en alquileres ni en facturas. Un Damian que solo existia para hacer que esas seis mujeres olvidaran por unos minutos que estaban en una despedida de soltera y sintieran que estaban en un club privado solo para ellas.

Empezo caminando hacia el centro de la sala, moviendo las caderas al ritmo de la musica. No era un bailarin profesional, pero habia practicado lo suficiente para que los movimientos no se vieran forzados. Levanto los brazos por encima de la cabeza y los dejo caer lentamente mientras giraba sobre si mismo. La camisa blanca se le salio del pantalon por un lado. No lo hizo a proposito, pero cuando sintio el aire frio en la cintura, decidio que parecia intencional.

Las mujeres reaccionaron de inmediato.

Begoña fue la primera en gritar. Un grito agudo, de esos que se dan en los conciertos o en las montanas rusas.

—Ahi viene, ahi viene —grito, senalando con el dedo.

Paula silbo. Un silbido largo y agudo que hizo reir a su novia. Cristina aplaudio con las manos, la copa de vino equilibrada en el apoyabrazos del sofa. Lorena levanto la mirada del telefono por primera vez en toda la noche y observo sin expresion. Sandra sonreia con los brazos cruzados, como una directora de orquesta satisfecha con su trabajo.

Marta se llevo las manos a la cara y nego con la cabeza, riendo.

—No puedo creer que hicieron esto —dijo, pero su tono era de emocion, no de queja.

Vale seguia de pie junto a la ventana, los brazos cruzados. No aplaudio. No silbo. Solo miro.

Damian se acerco al sofa. La musica cambio a un beat mas rapido, mas agresivo. Empezo a moverse frente a Marta primero, porque era la novia y era a quien debia cortejar. Se agacho frente a ella, la miro a los ojos, y movio las caderas en circulos lentos. Marta se rio y aparto la mirada, avergonzada pero feliz. Sus manos temblaban un poco sobre las rodillas.

—Tocalo, tocalo —grito Begoña desde atras.

Marta extendio una mano y toco el hombro de Damian. Solo un segundo, solo con la punta de los dedos. Damian sintio el contacto y sonrio. Luego se levanto y se movio hacia el centro de la sala otra vez.

La camisa ya estaba completamente desabotonada. No recordaba haberse desabotonado los ultimos botones, pero de repente la tela le colgaba abierta mostrando el pecho bronceado y sin vello. Las mujeres gritaron otra vez. Begoña tiro un billete de veinte dolares al suelo, cerca de sus pies. Luego otro. Paula saco un billete de diez del bolsillo de su jean y lo lanzo como si fuera confeti.

Damian bajo la mirada a los billetes. Habia olvidado esa parte. En los shows de strippers, las mujeres ponian dinero en los bolsillos o en la ropa interior del bailarin. Mauricio le habia advertido: «Deja que te pongan los billetes. No los recojas tu. Ellas quieren tocarte mientras lo hacen. Dejalas.»

Asi que Damian siguio bailando. Se acerco a Begoña primero, porque ella era la que mas billetes habia tirado. Begoña tenia los ojos brillantes por el alcohol y la emocion. Cuando Damian se paro frente a ella, ella metio la mano en el bolsillo delantero de sus jeans y deslizo un billete de veinte. Sus dedos rozaron la tela y tambien rozaron el muslo de Damian por encima del pantalon. Fue rapido, casi sin querer, pero Damian sintio el calor de sus dedos.

Luego fue Paula. Paula no le puso el billete en el bolsillo, sino en la cintura del pantalon, metiendo el borde del billete entre la tela y su piel. Sus dedos fueron mas atrevidos que los de Begoña, pero aun asi respetuosos. Toqueteaban el elastico de su boxer, visible por encima del jean.

—Asi se hace —dijo Paula, y le dio una palmada en la nalga.

Damian sonrio y siguio bailando. La segunda cancion habia empezado sin que el se diera cuenta. Era una cancion mas lenta, mas sensual. Aprovecho para desabotonarse la camisa por completo y dejarla caer al suelo. Se quedo en torso desnudo, con los jeans negros y el boxer asomando por arriba. Las mujeres aplaudieron. Cristina silbo esta vez. Hasta Lorena solto una pequena sonrisa.

Sandra se acerco con un monton de billetes en la mano. No eran grandes, la mayoria de a cinco y diez dolares, pero habia muchos. Los fue metiendo en los bolsillos traseros del jean de Damian mientras el seguia moviendose. Sus manos fueron mas lentas que las de las otras, mas calculadas. No toqueteo. Solo puso los billetes y retiro las manos.

Damian se acerco a Marta otra vez. Esta vez se arrodillo frente a ella y tomo sus manos. Las levanto y las puso sobre su pecho. Marta abrio los ojos como si hubiera tocado fuego.

—Dios mio —susurro, pero no retiro las manos.

—Dejalas ahi —dijo Damian con voz baja, solo para ella—. Siente la musica.

Marta dejo las manos sobre su pecho mientras el seguia moviendose de rodillas. Sus dedos se movieron un poco, acariciando la piel sin querer. Damian sintio un escalofrio que no tenia nada que ver con el frio. No era excitacion sexual, al menos no principalmente. Era la cercania. Era tener a Marta a unos centímetros de distancia, con los pies descalzos a un lado del sofa, tan cerca que podia oler el jabon de su piel.

Lorena se levanto del rincon y se acerco. Tenia un billete de veinte en la mano, doblado en cuatro. Sin decir nada, lo metio en el bolsillo delantero del jean de Damian. Sus dedos se demoraron un segundo de mas. Damian la miro. Lorena lo miro de vuelta. Hubo algo en esa mirada que Damian no supo interpretar, pero lo guardo en la memoria para pensar despues.

La tercera cancion empezo. Esta era la ultima. Damian sabia que tenia que terminar con algo que recordaran. Se puso de pie, se dio la vuelta y empezo a moverse de espaldas a las mujeres. Bajo los jeans hasta la mitad de los muslos, mostrando el boxer de lycra negra. Las mujeres gritaron. Begoña tiro otro billete. Paula grito «quitatelo todo». Sandra nego con la cabeza, sonriendo, y le hizo una senal a Damian de que no bajara mas los pantalones.

Damian obedecio. Subio los jeans de nuevo y se dio la vuelta. Ahora tenia billetes asomando por todos los bolsillos, algunos medio caidos, otros bien metidos. El boxer tambien tenia billetes, metidos por la cintura por mujeres que habian aprovechado cualquier descuido para acercarse mas.

La cancion termino. Damian se quedo quieto en el centro de la sala, respirando un poco agitado. Las mujeres aplaudieron y gritaron. Sandra se acerco y le puso una mano en el hombro.

—Muy bien —dijo en voz baja—. Toma, bebe algo. —Le ofrecio una botella de agua.

Damian bebió. El agua estaba fria y le supo mejor que cualquier bebida cara que hubiera probado en su vida.

—Ahora el juego —dijo Sandra, ya en voz alta para que todas la escucharan—. Damian nos va a proponer algo. Ustedes pongan atencion.

Las mujeres se miraron entre si, curiosas. Damian dejo la botella de agua en la mesa y se limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano. Las palmas le sudaban otra vez, pero esta vez no era nervios. Era anticipacion.

—Alguien tiene un cronometro? —pregunto, con una sonrisa que queria parecer juguetona.

—Yo uso el telefono —dijo Begoña, levantando su celular.

—Perfecto. —Damian se sentó en la silla que estaba en el centro, la misma que habia usado para empezar el baile. Ahora la usaría para algo diferente.— Les propongo un juego. Un minuto de cosquillas. La que aguante sin reirse no bebe. La que se ria, bebe un shot. Pero si aparta las manos de mi cuerpo, bebe el shot de todas las demas.

Las mujeres rieron. Paula dio una palmada.

—Eso esta bueno —dijo.

—Yo no soy cosquilluda —dijo Cristina, con tono de desafio.

—Eso dice todo el mundo —respondió Damian—. Hasta que llega el minuto.

Marta se reia nerviosa, mirando sus propios pies descalzos sobre la alfombra. Begoña ya estaba preparando los shots en la mesa de la cocina. Lorena volvio a sentarse en su rincon, pero esta vez sin el telefono en la mano. Vale siguio de pie junto a la ventana, los brazos aun cruzados.

—Quien empieza? —pregunto Damian.

—Yo —dijo Paula, desprendiendose de su novia con un beso en la mejilla—. Pero te advierto, me voy a reir desde el segundo uno. Asi que prepara mi shot.

Se sentó frente a Damian, en el borde del sofa, y extendió los brazos. «Hagamos axilas», dijo. «Es mi punto debil.»

Damian asintió. Levantó las manos y las posó sobre las axilas de Paula. Las mujeres alrededor empezaron a contar.

—Tres, dos, uno… ya.

Damian movio los dedos. Suaves al principio, solo un roce. Paula se rio al instante, una risa aguda y sincera. Sus brazos se cerraron por reflejo, pero los volvió a abrir.

—Aguanta, aguanta —gritó Begoña.

Damian aumento la intensidad. Sus dedos se movieron mas rapido, mas profundos, encontrando los puntos exactos donde la piel era mas sensible. Paula se retorció en el sofa, mordiendose el labio, pero la risa se le escapaba entre dientes.

—Diez segundos —grito Begoña mirando el telefono.

—No voy a aguantar —dijo Paula entre risas.

—Cinco…

—Cuatro…

—Tres…

—Dos…

—Uno.

Damian retiro las manos. Paula exhaló y se dejo caer hacia atras en el sofa, riendo todavia.

—Bebe —dijo Sandra, señalando los shots.

Paula tomo uno de la mesa y se lo bebió de un trago. Las otras aplaudieron.

—Siguiente —dijo Damian, y sintió como la sala entera vibraba con la energia del juego.

Sus manos estaban calientes. Sus dedos listos. Y aun no habia tocado a Marta.

El juego seguia y la energia en el apartamento era cada vez mas alta. Paula ya habia bebido su shot y se habia reunido con su novia, que le paso un brazo por los hombros y le susurro algo al oido. Paula se rio y nego con la cabeza, pero sus mejillas estaban coloradas no solo por el alcohol.

—Quien sigue? —pregunto Damian, moviendo los dedos en el aire como si estuviera calentando para un concierto.

—Yo —dijo Cristina, dejando la copa de vino en la mesa con decision.

Cristina se levanto del sofa y se sentó frente a Damian. Tenia treinta y seis años, dos hijas, y una actitud que decia «a mi no me impresiona nada». Pero Damian noto que sus manos temblaban un poco cuando las puso sobre sus propias rodillas.

—Que zona eliges? —pregunto Damian.

—Las costillas —dijo Cristina, levantandose la blusa hasta justo debajo del sostén—. Pero no vas a lograr nada. Yo no soy cosquilluda. Mis hijas lo intentaron todo cuando eran pequenas y jamas lograron sacarme una risa.

—Eso dice todo el mundo —repitió Damian la misma frase de antes, pero esta vez con una sonrisa mas amplia.

Las mujeres alrededor empezaron a contar. Begoña con el telefono en alto, Sandra con los brazos cruzados pero una sonrisa que no podia ocultar, Paula y su novia abrazadas en el sofa, Lorena observando desde su rincon, Vale todavia de pie junto a la ventana. Y Marta, en el centro del sofa, con los pies descalzos recogidos debajo de ella, mirando como si el juego fuera lo mas emocionante que le habia pasado en meses.

—Tres, dos, uno… ya.

Damian acerco las manos a las costillas de Cristina. Empezo con los dedos extendidos, rozando suavemente la piel justo donde terminaban las costillas y empezaba la cintura. Cristina frunció el ceño, pero no se rio.

—Ves? —dijo, con tono de triunfo—. Te dije que no…

No termino la frase. Damian cambio de tecnica. En lugar de rozar, empezo a presionar con las yemas de los dedos en circulos pequenos y rapidos, justo en los espacios entre las costillas. Cristina abrio la boca. Salio un sonido que no era risa ni queja, algo a medio camino.

—Eso no es… —intento decir, pero una carcajada le interrumpio.

Fue una risa corta, casi un ladrido, pero fue real. Las amigas gritaron emocionadas.

—Se rio, se rio —grito Begoña.

—No fue una risa —dijo Cristina, pero ya estaba sonriendo, y sus manos se habian movido hacia las de Damian para apartarlas.

—Cuidado —dijo Damian, retirando las manos un momento—. Si me apartas las manos, bebes todos los shots.

Cristina bajo las manos y las puso sobre sus propios muslos, apretando los puños. «Esta bien. Sigue. Pero no voy a…»

Damian volvio a las costillas, esta vez con ambas manos al mismo tiempo, los dedos moviendose como pianista sobre una partitura rapida. Cristina empezo a reirse. No fue una risa educada ni contenida. Fue una risa franca, ruidosa, de esas que salen del estomago. Se retorció en la silla, arqueando la espalda para alejar las costillas de los dedos de Damian, pero el la seguía.

—Diez segundos —grito Begoña.

—No puedo… no puedo… —dijo Cristina entre risas.

—Cinco…

—Cuatro…

—Tres…

—Dos…

—Uno.

Damian retiro las manos. Cristina se doblo hacia adelante, con las manos en la cara, riendo todavia. Cuando levanto la mirada, tenia los ojos humedos y las mejillas coloradas.

—Eres un maldito —dijo, pero estaba sonriendo.

—Bebe —dijo Sandra, señalando los shots.

Cristina tomo un shot de la mesa y se lo bebió. Luego otro, porque habia intentado apartar las manos, aunque no lo habia logrado del todo. Las reglas eran las reglas. Dos shots. Los bebió sin hacer gestos, como si fuera agua.

—Quien sigue? —pregunto Damian otra vez.

—Yo —dijo Lorena.

Todos se giraron a mirarla. Lorena se habia levantado de su rincon y caminaba hacia la silla con paso lento, casi perezoso. Tenia el pelo negro y lacio cayendo sobre los hombros, los ojos oscuros fijos en Damian. Se sentó frente a el sin decir palabra.

—Que zona? —pregunto Damian.

Lorena pensó un momento. Luego se quito los zapatos. Eran unos botines negros de tacon bajo. Los dejo a un lado y estiró las piernas, mostrando los pies enfundados en calcetines negros de algodon.

—Los pies —dijo—. Pero con los calcetines puestos. Los pies con calcetines no sienten nada.

—Eso crees —dijo Damian, y esta vez no pudo evitar que su voz sonara un poco diferente. Un poco mas grave. Un poco mas intimo.

Lorena lo miró, y por un segundo Damian pensó que ella habia notado algo. Pero no dijo nada. Solo apoyo los talones en el borde de la silla y dejo los pies en el aire.

Las mujeres empezaron a contar otra vez. Damian tomo el pie izquierdo de Lorena con una mano y con la otra empezo a hacer cosquillas en la planta, por encima del calcetin. Lorena no se rio. Ni siquiera sonrió. Solo miro a Damian con esos ojos oscuros que parecian decir «ya te dije».

Pero Damian sabia algo que Lorena no. Los calcetines de algodon no protegen del todo. La presion adecuada, el movimiento adecuado, y la tela se convierte en un conductor, no en un escudo.

Cambió de tactica. En lugar de rozar, empezo a presionar con la punta de los dedos en el arco del pie, haciendo circulos pequeños y profundos. La presion atravesaba el calcetin y llegaba directo a las terminaciones nerviosas. Lorena frunció el ceño. Movio el pie, intentando apartarlo, pero Damian sujetaba firme.

—No te muevas —dijo Damian en tono de juego.

Lorena apretó los labios. Damian aumento la velocidad. Sus dedos volaron sobre la planta del pie, subiendo y bajando desde el talon hasta los dedos. Lorena empezo a respirar mas rapido. Sus manos se aferraron a los brazos de la silla. Los nudillos se le pusieron blancos.

Y entonces se rio.

No fue una risa fuerte como la de Cristina. Fue una risa baja, casi un susurro, que salia de alguna parte profunda. Pero era risa. Damian la escuchó y sintio algo en el pecho. Una chispa. Lorena era cosquilluda. Muy cosquilluda. Solo que lo disimulaba mejor que las otras.

—Se esta riendo —dijo Begoña, sorprendida.

—No me estoy riendo —dijo Lorena, pero otra carcajada le salio justo al terminar la frase.

Damian no paraba. Sus dedos encontraron el punto justo entre los dedos del pie, ese lugar que hace saltar a cualquier persona por mas dura que sea. Lorena arqueó la espalda y soltó una risa mas fuerte, mas libre. Sus pies intentaron escaparse, pero Damian los sujetaba con firmeza suave, sin hacer daño.

—Diez segundos —anuncio Begoña.

—Ya, ya, ya —dijo Lorena, pero no dijo la palabra de seguridad porque no la habian establecido para el juego. Solo para despues. Solo para el plan secreto de Damian.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno.

Damian soltó los pies. Lorena los retiró rapidamente y se los llevó al pecho, abrazándolos como si quisiera protegerlos. Estaba riendo todavia, pero tambien estaba sonriendo. Una sonrisa genuina, de esas que Damian no habia visto en ninguna de sus fotos.

—Bebo —dijo Lorena, y tomo un shot de la mesa sin que nadie tuviera que decírselo.

Paula aplaudio. Cristina le paso una servilleta para que se secara los ojos, porque las lagrimas le habian borrado un poco el delineador.

—Quien falta? —pregunto Damian, aunque sabia perfectamente quienes faltaban.

Faltaban Begoña, Sandra, Vale y Marta. Cuatro mujeres. Cuatro pares de pies. Cuatro oportunidades de tocar, de sentir, de aprender.

Begoña se lanzo a la silla antes de que nadie pudiera reclamar su turno.

—Yo, yo, yo —dijo, casi saltando—. Hagamos las axilas tambien. Yo soy re cosquilluda de las axilas.

Se sentó frente a Damian y levanto los brazos como si estuviera rindiendose ante la policia. Llevaba una blusa sin mangas, asi que las axilas quedaban completamente expuestas. Damian vio la piel lisa, recien afeitada, con una pequena mancha de desodorante. Acercó las manos.

—Tres, dos, uno…

No necesitó ni un segundo. Begoña empezo a reirse en el mismo instante en que los dedos de Damian tocaron su piel. Era una risa contagiosa, aguda, llena de dientes y de aire. Se retorció en la silla como si tuviera hormigas en el cuerpo, pero no apartó las manos. No podia. Las tenia levantadas y Damian se aseguraba de que sus dedos siguieran moviendose.

—Ya no puedo, ya no puedo —grito entre carcajadas.

—Faltan cuarenta segundos —dijo Begoña ella misma, mirando el telefono que aun tenia en la otra mano.

—Como que cuarenta? —grito ella—. Han pasado como cinco minutos.

—Solo quince segundos —dijo Sandra, corrigiendo.

Begoña empezo a patear el aire con las piernas, pero sus brazos seguian arriba, prisioneros de su propio compromiso con el juego. Damian aprobechó para explorar. Las axilas de Begoña eran sensibles no solo en el centro, sino tambien en los bordes, donde la piel del brazo se encuentra con la del torso. Aplicó presion ahi y Begoña grito de risa.

—Para, para, te lo ruego.

—Todavia no —dijo Damian, y siguio.

Cuando el minuto termino, Begoña estaba llorando de risa. Tenia el rimel corrido y la bandana de «BRIDE SQUAD» torcida sobre la frente. Tomo dos shots seguidos sin respirar entre uno y otro.

Sandra fue la siguiente. La organizadora, la controladora, la que habia puesto las reglas. Se sentó en la silla con la espalda recta y las manos en las rodillas.

—Las palmas de las manos —dijo—. Nadie me hace cosquillas ahi porque nadie sabe que ahi soy sensible.

Damian levanto las cejas. Las palmas de las manos era una zona inusual. La mayoria de la gente no es particularmente cosquilluda ahi. Pero si Sandra lo decia, el le creia.

Tomo sus manos y las puso con las palmas hacia arriba sobre sus propios muslos. Empezo con un dedo, trazando lineas desde la base de los dedos hasta la muñeca. Sandra frunció el ceño, pero no se rio.

—Mas rapido —dijo Sandra.

Damian obedeció. Movio los dedos como si estuviera escribiendo a maquina en sus palmas. Sandra empezo a reirse. Era una risa baja, controlada, pero real. Sus dedos se encogieron instintivamente, tratando de atrapar los dedos de Damian, pero el era mas rapido.

—Treinta segundos —anuncio Begoña, que ya habia recuperado el telefono.

Sandra se mordió el labio. Damian sintió que ella estaba haciendo un esfuerzo consciente por no reirse, por mantener la compostura. Pero sus manos traicionaban su control. Los dedos se movian solos, temblaban, intentaban cerrarse.

Damian cambio a la otra mano y uso dos dedos en lugar de uno. Sandra soltó una carcajada y luego otra, y luego una tercera. Su espalda recta se curveó hacia adelante. Su cabeza se inclinó.

—Diez segundos.

—No voy a… lograrlo… —dijo Sandra entre risas.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno.

Sandra retiró las manos rapidamente y se las frotó contra los muslos, como si quisiera borrar la sensación. Estaba sonriendo, algo que Damian no le habia visto hacer en toda la noche. No solo una sonrisa de cortesia, sino una sonrisa genuina de alguien que acaba de descubrir algo nuevo sobre si misma.

—Bebo —dijo, y tomo su shot.

Ahora solo quedaban dos. Vale y Marta.

Vale seguia de pie junto a la ventana. No se habia movido en todo el juego. Damian la miro y ella lo miro de vuelta. Los brazos seguian cruzados. La expresion seguia siendo ilegible.

—Te toca —le dijo Damian.

Vale nego con la cabeza. «Yo no juego.»

—Vamos, Vale —dijo Marta desde el sofa—. Solo un minuto.

—No me gustan las cosquillas —dijo Vale. Su voz era firme, pero no agresiva.

—Por eso mismo —dijo Damian—. Porque no te gustan, eres la mas sensible. Eso hace que el juego sea mas interesante.

Vale lo miro un momento largo. Damian sintio que ella estaba evaluando algo. No sabia que. Pero despues de unos segundos, Vale descruzó los brazos y camino hacia la silla. Se sentó frente a Damian sin decir palabra.

—Que zona? —pregunto Damian.

Vale pensó. Luego dijo: «El cuello.»

Damian parpadeó. El cuello era una zona intima. No tanto como otras, pero mas intima que las costillas o las palmas de las manos. Que Vale hubiera elegido esa zona le dijo algo. Le dijo que ella confiaba en el, o que queria ponerlo a prueba, o que simplemente no le importaba.

Acercó las manos al cuello de Vale. Ella tenia el pelo rizado recogido en una cola baja, asi que el cuello quedaba completamente expuesto. Damian vio la piel canela, las venas sutiles bajo la superficie, el latido de su pulso en la base de la garganta.

—Tres, dos, uno…

Empezo con un solo dedo, recorriendo la nuca de Vale de arriba abajo. Vale no se rio. Pero Damian sintio algo en sus dedos. Una tension. Los musculos del cuello de Vale se pusieron duros como el acero. Estaba aguantando. Estaba peleando.

Damian uso los cinco dedos, moviendolos en todas direcciones. Vale apretó los dientes. Una pequena risa se le escapó, pero la ahogó inmediatamente.

—Se esta riendo —dijo Begoña.

—No me estoy riendo —dijo Vale, pero su voz temblaba.

Damian encontro un punto justo detras de la oreja, donde la mandibula se une al craneo. Presiono ahi y Vale se rio. No fue una risa pequena. Fue una carcajada que la sacudió entera. Sus manos subieron para apartar las de Damian, pero el se retiró justo antes de que ella lo tocara.

—No apartaste las manos —dijo Damian—. Pero te reiste. Bebe un shot.

Vale tomo el shot de la mesa y se lo bebió sin dejar de mirar a Damian. En sus ojos habia algo nuevo. No era enojo. No era incomodidad. Era curiosidad. La misma curiosidad que Damian habia visto en las fotos de Marta, pero mas oscura, mas contenida.

Se levanto de la silla y volvio a la ventana, pero esta vez no cruzo los brazos. Los dejo caer a los lados.

Y entonces quedo Marta.

Marta seguía en el sofa, con los pies descalzos recogidos debajo de ella, la tiara de novia un poco ladeada. Las amigas la miraron. Sandra le hizo una senal con la cabeza. «Te toca, novia.»

Marta se levanto y camino hacia la silla. Sus pies desnudos hacían un sonido suave contra la madera del piso. Se sentó frente a Damian y lo miro a los ojos.

—Los pies —dijo en voz baja, solo para el—. Pero quiero que sea en serio. Nada de juegos.

Damian sintio que el corazon le daba un vuelco. Marta no sabia lo que le estaba pidiendo. O tal vez si. Tal vez sabia exactamente lo que le estaba pidiendo y por eso lo decia.

—En serio —repitió Damian—. Palabra de seguridad?

—Rojo —dijo Marta, y sus labios sonrieron.

Damian tomo el pie izquierdo de Marta con ambas manos. La piel era suave, tibia, ligeramente humeda por el calor del apartamento. Los dedos eran largos y delgados, las unas pintadas de rosa claro. El arco del pie era alto, lo que significaba que la planta estaba mas tensa, mas expuesta.

Las mujeres alrededor empezaron a contar. Damian no las escucho. Solo veia los pies de Marta. Solo sentia la piel bajo sus dedos.

Empezo despacio. Un solo dedo, recorriendo el arco del pie desde el talon hasta los dedos. Marta se rio inmediatamente. Una risa suave, casi timida.

—Eso no es nada —dijo Damian.

Aumento la velocidad. Dos dedos, tres, cuatro. Toda la mano moviendose sobre la planta del pie como si estuviera limpiando un vidrio. La risa de Marta se hizo mas fuerte, mas descontrolada. Sus dedos se encogieron y se estiraron alternativamente. Sus manos se aferraron a los brazos de la silla.

—Treinta segundos —grito Begoña.

Damian cambio al otro pie. Queria que ambos recibieran el mismo trato. Queria que Marta supiera que el era justo, incluso en esto. Sus dedos encontraron el centro de la planta, justo donde la piel es mas fina, y presionaron ahi en circulos rapidos.

Marta grito de risa. Fue un grito agudo, casi un alarido, que se convirtio en carcajadas. Su cuerpo se retorció en la silla. Sus pies intentaron escaparse, pero Damian los sujetaba con firmeza.

—Veinte segundos.

—Ro… —empezo a decir Marta, pero no termino la palabra.

Damian aflojó un poco la presion. No queria que dijera rojo. No en el juego. No delante de todas. El rojo era para despues, en privado, cuando estuvieran solos y el pudiera mostrarle lo que realmente sabia hacer.

—Diez segundos.

Marta ya no podia hablar. Solo reia. Una risa que venia de tan adentro que parecia que le doliera. Las lagrimas le corrian por las mejillas. Su tiara se cayo al suelo.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno.

Damian soltó los pies. Marta se desplomó hacia adelante, con la cabeza entre las manos, los hombros sacudidos por las ultimas risas. Las amigas aplaudieron y gritaron. Sandra le paso un vaso de agua.

Marta levanto la mirada. Tenia los ojos rojos, las mejillas mojadas, el rimel corrido. Pero estaba sonriendo. Una sonrisa enorme, como de nina despues de un dia entero en el parque.

—Bebo —dijo Marta, y tomo su shot.

Las otras tambien bebieron, porque la regla del reto especial de la novia decia que si Marta aguantaba dos minutos, todas las demas pagaban. Y Marta habia aguantado. Apenas, pero habia aguantado.

Damian se reclinó en la silla y miro a las seis mujeres. Todas estaban coloradas, todas habian reido, todas habian bebido. Todas habian sido cosquilludas. Hasta Lorena, hasta Vale. Hasta Sandra, la organizadora controladora, habia soltado carcajadas.

Sus dedos aun recordaban la sensacion de cada piel. Las axilas de Begoña, las costillas de Cristina, las palmas de Sandra, los pies de Lorena con los calcetines negros, el cuello de Vale con su pulso acelerado. Y los pies de Marta. Sobre todo los pies de Marta.

Las risas se fueron apagando como se apagan las luces de una fiesta cuando la gente empieza a irse. Cristina fue la primera, como Damian habia anticipado. Se despidio de Marta con un abrazo largo y un beso en la mejilla, y le susurro algo al oido que hizo sonreir a la novia. Luego se puso el abrigo, llamo un taxi desde el telefono, y salio.

Lorena se fue poco despues, sin hacer ruido, casi como si nunca hubiera estado ahi. Solo dijo «nos vemos en la boda» y cerro la puerta detrás de si. Begoña y Paula se fueron juntas, con la novia de Paula manejando porque Paula ya no podia ni caminar en linea recta. Se llevaron tres globos plateados y media botella de vodka que sobro.

Sandra fue la ultima en irse de las amigas. Antes de salir, miro a Damian con una expresion que el no supo leer del todo. «Hiciste un buen trabajo», le dijo. «Te voy a recomendar con otras amigas.» Damian asintio. Sandra lo miro un segundo mas, como si quisiera decir algo mas, pero al final solo tomo su bolso y salio.

La puerta se cerro.

Y entonces quedaron solos.

Damian se quedo de pie en medio de la sala, mirando el desorden. Vasos por todas partes, botellas vacias, serpentinas en el suelo, los globos que no se habian llevado flotando perezosamente cerca del techo. Y Marta, en el sofa, con la tiara en el suelo y el velo desprendido, los pies aun descalzos, los ojos brillantes y perdidos.

—Bueno —dijo Damian, metiendo las manos en los bolsillos—. Me voy. Fue un placer.

Se dio la vuelta y camino hacia la puerta. Recordaba las palabras de Mauricio. «Nada de aventuras.» Recordaba las palabras de Sandra. «Cobras y te vas.» Recordaba sus propias reglas. No presionar. No forzar. Dejar que las cosas pasaran solas, o no pasar.

Pero antes de que pudiera abrir la puerta, escucho la voz de Marta.

—No te vayas todavia.

Damian se detuvo. Volvio la cabeza.

Marta estaba sentada en el sofa, con las piernas recogidas, los brazos rodeando las rodillas. Parecía mas pequena de lo que era. Parecía una nina en un cuerpo de treinta y tres años.

—No quiero quedarme sola ahorita —dijo, y su voz sonaba diferente. No era la voz de la novia feliz ni de la mujer que se habia reido durante el juego. Era la voz de alguien que necesita hablar con otro ser humano porque si no, se va a tragar todo lo que no ha dicho en meses—. Solo un rato. Una copa mas. Luego te vas. Te lo prometo.

Damian pensó. Mauricio no estaba ahi. Sandra no estaba ahi. Sus reglas eran suyas, y podia doblarlas si queria. No iba a pasar nada malo por tomar una copa con una mujer borracha en su apartamento. O tal vez si. Pero la curiosidad pudo mas que la prudencia.

—Esta bien —dijo, y volvio a la sala—. Una copa.

Marta sonrió y se levanto del sofa. Caminó hacia la cocina tambaleandose un poco. Damian la siguio con la mirada. Sus pies descalzos hacían el mismo sonido suave contra la madera. Cuando ella abrio la despensa, Damian vio que tenia que apoyarse en la puerta para no caerse.

—Estas muy borracha —dijo Damian.

—Estoy en mi despedida de soltera —respondió Marta, como si eso explicara todo—. Es mi obligacion legal estar borracha.

Encontró una botella de vino tinto, de esas que cuestan cuarenta dolares, y la destapo con la habilidad de alguien que ha abierto muchas botellas en su vida. Sacó dos copas de un armario y las lleno hasta la mitad. Una se la dio a Damian y la otra se la llevo a los labios antes de volver al sofa.

Damian la siguio con su copa. Se sentó en el extremo opuesto del sofa, dejando espacio de por medio. Queria que Marta se sintiera segura, no acorralada.

—Salud —dijo Marta, levantando su copa.

—Salud —respondio Damian, y bebieron.

El vino era bueno, aunque Damian no era un experto. Sabia a frutas oscuras y a algo que no supo identificar. Lo bebió despacio, mientras Marta vaciaba la suya en tres tragos y servia otra.

—Te dije una copa —dijo Damian.

—Me menti —respondió Marta, y se rio sola.

El silencio se instalo entre ellos, pero no era incomodo. Era el silencio de dos desconocidos que saben que no volveran a verse, y que por eso pueden decirse cualquier cosa.

Damian decidió que era el momento de tantear el terreno. No con el juego de las cosquillas, no aun. Primero tenia que conocerla. Tenia que saber quien era Marta cuando no habia nadie mirando.

—A que te dedicas? —preguntó, como quien pregunta la hora.

—Marketing digital —dijo Marta, mirando el techo—. Trabajo para una marca de moda sostenible. Sueno mas interesante de lo que es. La mayor parte del tiempo estoy en reuniones de Zoom viendo a gente que no me importa.

—Donde estudiaste?

—Comunicacion. En Rutgers. Estuve cuatro años en Nueva Jersey y jure que nunca volveria a ese estado. Pero aqui estoy, a treinta minutos en tren.

—Y tu novio… como se llama?

—Andres. —Marta dijo el nombre como quien dice «el pan» o «el agua». Sin emocion, sin cariño, sin nada—. Llevamos ocho años.

—Ocho años es mucho tiempo.

—Demasiado, tal vez. —Marta bebió otro trago de vino—. Nos conocimos en la universidad. El estudiaba ingenieria. Yo estudiaba comunicacion. Parecia una historia de esas de pelicula. El chico serio y la chica creativa. Pero las peliculas terminan a los noventa minutos. Esto lleva ocho años.

Damian no pregunto mas. Dejo que Marta siguiera sola, y ella lo hizo.

—Nos comprometimos hace un año —dijo—. Fue en una cena en un restaurante caro. El se arrodillo y todo. Yo dije que si porque era lo que se suponia que debia decir. Pero esa noche, cuando llegamos a casa, no pude dormir. Me quede mirando el techo pensando en si esto era realmente lo que queria.

—Y que concluiste?

—Que no lo se. Que aun no lo se. —Marta se llevó la mano a la frente, como si le doliera algo—. Andres es un buen hombre. Es estable, es trabajador, me respeta. No me pega, no me miente, no me engaña. Eso es mas de lo que pueden decir muchas de mis amigas. Pero…

—Pero?

—Pero no siento mariposas. Nunca las senti. Con el todo fue… comodo. Y lo comodo es bueno, no me malinterpretes. Pero a veces pienso que me voy a casar con el y voy a pasar el resto de mi vida sintiendome comoda, y nada mas. Como un sofa viejo. Cumple su funcion, pero no te emociona.

Damian asintio. Entendia mas de lo que Marta creia.

—Quieres tener hijos? —pregunto.

—Si. Creo que si. —Marta miro su copa vacia y la volvio a llenar—. Pero no se si con el. O no se si con nadie. Tal vez quiero tener hijos porque es lo que se supone que quiero a los treinta y tres. Mis amigas ya tienen dos. Mi madre me pregunta en cada llamada. Andres ya eligio nombres.

—Que nombres?

—Si es nino, Andres junior. Si es nina, Elena. Por la abuela de el. Ni siquiera me preguntaron que nombres me gustan a mi.

El vino se le derramo un poco por el borde de la copa. Marta no lo notó. O no le importo.

Damian sintió que el terreno ya estaba lo suficientemente blando. Habia escuchado. Habia mostrado interes. Ahora podia empezar a cavar en la direccion que realmente le interesaba.

—Y las cosquillas? —pregunto, con un tono casual, como si fuera una pregunta mas en la lista.

Marta parpadeó. «Las cosquillas?»

—Si. En el juego de hoy, todas resultaron ser cosquilludas. Tu tambien. Me llamo la atencion.

—Ah, eso. —Marta se rio, pero no era una risa nerviosa. Era la risa de alguien que ya esta demasiado borracha para tener filtro—. Si, soy cosquilluda. Mucho. Desde pequeña. Mi madre me perseguia por la casa con las manos extendidas y yo ya empezaba a reirme antes de que me tocara.

—Donde tienes cosquillas? —pregunto Damian, moviendose un poco mas cerca en el sofa, solo unos centimetros.

—En todas partes, creo. En las costillas, en el cuello, en las axilas… —Marta se toco cada lugar mientras los nombraba—. Pero donde soy mas cosquilluda es en los pies.

Damian sintió un escalofrio. Lo mantuvo oculto.

—En los pies?

—Si. Desde chica. No soporto que me los toquen. Cuando voy a la pedicurista, tengo que morderme la mano para no reirme. Es horrible. Y tambien es… no se. —Marta hizo una pausa, como si estuviera decidiendo si decir lo siguiente—. Tambien es un poco rico. No se como explicarlo.

—Intentalo.

—Es como una descarga electrica. Algo que no puedes controlar. Te obliga a reir aunque no quieras. Y hay algo… liberador en eso. Como si por un segundo dejaras de ser quien eres y solo fueras risa. —Marta bebió otro trago—. Sueno idiota, verdad?

—No. No suenas idiota.

Damian se acerco un poco mas. Ahora estaban a menos de medio metro. Podia oler el vino en el aliento de Marta, y debajo de eso, el jabon de su piel.

—Cual es tu punto debil? —pregunto—. En los pies, digo. Donde eres mas cosquilluda?

Marta se quedo callada un momento. Sus ojos, vidriosos por el alcohol, lo miraron sin miedo.

—El arco —dijo finalmente—. Justo en medio. Cuando alguien pasa el dedo por ahi, despacio, se me doblan los dedos solos. Y en los talones tambien. Pero el arco es lo peor. O lo mejor. No se.

—Y los dedos?

—Los dedos tambien. Sobre todo el dedo de al lado del gordo. Ese… —Marta se rio sola—. Ese es un traidor.

Damian guardo cada palabra en su memoria. Las archivó como un mapa. El arco. Los talones. El dedo de al lado del gordo. Todo eso lo usaria si llegaba el momento.

—Alguna vez alguien te ha hecho cosquillas en serio? —pregunto—. No de juego, no de broma. En serio.

Marta lo miro. El alcohol le habia borrado la timidez, pero no la inteligencia. Sabia lo que Damian estaba preguntando, aunque no supiera por que.

—No —dijo—. Nunca. Nadie se ha tomado el tiempo.

—Y te gustaria?

El silencio se hizo denso. Tan denso que Damian pudo oir el reloj de la cocina marcando los segundos. Marta bajo la mirada a sus propios pies, desnudos sobre la alfombra, y luego la subio de nuevo a los ojos de Damian.

—Tal vez —dijo en un susurro—. Pero estoy muy borracha para decidir.

—Lo se —dijo Damian—. Por eso no te voy a proponer nada hoy.

Marta pareció sorprendida. «No?»

Marta parpadeó, confundida. El alcohol le nublaba los pensamientos, pero las palabras de Damian habian entrado en su cerebro como cuchillos calientes en mantequilla. No. No le iba a proponer nada hoy. Eso habia dicho. Y ella, sin saber por que, sintió una punzada de decepción.

—Por que no? —pregunto Marta, con la voz un poco mas aguda de lo normal—. Es mi ultima noche como soltera.

—Lo se.

—En dos dias me caso, Damian. Dos dias. —Marta levanto dos dedos temblorosos frente a su cara, como si necesitara verlos para creerlo—. El lunes por la manana voy a la oficina del registro civil con un vestido blanco y un ramo de flores que va a costar mas que tu alquiler, y voy a firmar un papel que dice que le pertenezco a Andres hasta que la muerte nos separe.

—No le perteneces a nadie.

—Legalmente, si. Pero no es de eso de lo que estoy hablando. —Marta se paso una mano por el pelo, despeinandose mas de lo que ya estaba—. Estoy hablando de que despues del lunes, ya no voy a poder hacer lo que se me de la gana. Ya no voy a poder quedarme hasta tarde tomando vino con un extraño en mi apartamento. Ya no voy a poder… no voy a poder…

—Que? —pregunto Damian en voz baja.

—No voy a poder experimentar. —Marta dijo la palabra como si fuera un secreto que habia guardado por años—. No quiero llegar a los cuarenta años y mirar atras y pensar «que hubiera pasado si». No quiero ser la mujer que siempre hizo lo correcto, la que nunca se salto las reglas, la que se caso con el chico bueno y tuvo los hijos bonitos y vivio en la casa ordenada y se murió sin haber sentido nunca nada realmente intenso.

Damian se quedo callado. La escuchaba. La observaba. Marta no era solo una mujer borracha diciendo tonterías. Era una mujer que llevaba años queriendo decir esas palabras y que recién ahora, con el vino y la noche y la presencia de un desconocido que no la juzgaria, se atrevia a soltarlas.

—No quiero dejar pasar nada —continuo Marta, con la voz quebrada—. Quiero hacer lo que sea antes de casarme. Lo que sea.

Damian sintió que el corazon le latia mas rapido. Pero mantuvo la calma. Habia esperado tanto tiempo para escuchar esas palabras que ahora que las tenia delante, casi no las podia creer.

—Lo que sea? —repitió—. Hasta ser torturada con cosquillas?

Marta lo miro fijamente. En sus ojos vidriosos habia algo nuevo. No era miedo. No era duda. Era desafío.

—Hasta ser cosquilleada sin piedad —dijo, articulando cada palabra con cuidado, como si estuviera firmando un contrato—. Quiero reirme. Quiero revolcarme como loca. Quiero suplicar piedad. Quiero divertirme al cien por ciento. No quiero quedarme con las ganas de nada. Nada, Damian. Nada.

Damian se acerco un poco mas. Ahora estaban tan cerca que podia sentir el calor del cuerpo de Marta. Sus rodillas casi se tocaban.

—Marta —dijo, con una voz que no era la del stripper ni la del vendedor de bienes raices, sino una tercera voz, una que solo salia cuando estaba a punto de hacer algo de lo que sabia que no podria volver atras—. Te aseguro que si iniciamos, no habra vuelta atras.

—Que significa eso?

—Significa que no va a ser como el juego de antes. No va a haber un cronometro. No van a estar tus amigas alrededor animando. No va a ser un minuto y luego un shot y luego a dormir. Va a ser… —Damian busco las palabras—. Va a ser intenso. Y largo. Y no voy a parar hasta que digas la palabra. Y cuando digas la palabra, voy a parar. Pero mientras no la digas, voy a seguir. Y no voy a tener piedad.

—Piedad es lo que no quiero —respondió Marta, y sus labios se curvaban en una sonrisa temblorosa—. Quiero que me hagas reir hasta que me duela el estomago. Quiero que me hagas retorcerme en el suelo. Quiero que me hagas olvidar que me llamo Marta y que me caso el lunes y que mi vida es una larga lista de cosas que debo hacer. Quiero solo ser risa. Como dije antes. Solo risa.

Damian la miro a los ojos. Buscaba señales de duda, de miedo, de arrepentimiento anticipado. No encontró ninguna. Solo encontro una mujer que habia decidido, tal vez por primera vez en su vida, hacer algo solo porque queria hacerlo.

—Tienes palabra de seguridad —dijo Damian—. Rojo. Lo dices y todo se detiene al segundo. Sin preguntas. Sin vueltas atras. Sin pero.

—Rojo —repitió Marta, como si estuviera aprendiendo una palabra nueva en un idioma extranjero—. Rojo para parar.

—Y verde para seguir.

—Verde para seguir. —Marta asintió—. Esta bien. Verde para seguir.

Damian se levanto del sofa. Marta lo miro con confusión.

—A donde vas?

—A buscar algo para atarte.

—Atarme? —La voz de Marta se hizo mas aguda otra vez, pero no era miedo. Era sorpresa. Y debajo de la sorpresa, algo que podria ser emoción.

—No quieres que te ate? —pregunto Damian, con un tono que no era provocador sino informativo, como quien pregunta si quieres azucar en el cafe.

Marta pensó. Sus cejas se juntaron. Su boca se torció hacia un lado. Luego, lentamente, asintió.

—Si —dijo—. Atame. Pero no quiero que me duela.

—No te va a doler. Te lo prometo. —Damian camino hacia el dormitorio de Marta, que quedaba al fondo del pasillo. No pidió permiso. En ese momento, ya no estaban en el territorio de la cortesía. Estaban en otro lugar—. Busco algo suave. Una bufanda. Una corbata. Algo que no lastime las muñecas.

—En el cajón de la mesita de noche —grito Marta desde la sala—. Hay unas pañoletas de seda. Las uso para el pelo.

Damian entro al dormitorio. Era una habitacion ordenada, de paredes blancas, con una cama grande cubierta por una colcha gris. En la mesita de noche, habia una lampara pequeña, un cargador de telefono, y tres pañoletas de seda dobladas en una pila ordenada. Las tomo. Eran suaves, casi liquidas entre sus dedos. Perfectas.

Volvió a la sala con las pañoletas en la mano. Marta seguía en el sofa, pero se habia movido. Ahora estaba recostada, con la cabeza apoyada en el brazo del sofa y los pies aun en el suelo. Lo miro llegar con una expresion que Damian no supo descifrar. Podia ser miedo. Podia ser deseo. Podia ser las dos cosas al mismo tiempo.

—Donde quieres que te ate? —pregunto Damian, mostrando las pañoletas.

—En la cama —dijo Marta sin dudar—. Si me vas a torturar con cosquillas, que sea en mi cama. Al menos voy a estar comoda.

Damian sonrió. A pesar de todo, a pesar de la gravedad del momento, Marta conservaba un sentido del humor que le gusto.

Se levantaron y caminaron hacia el dormitorio. Marta iba delante, descalza, tambaleandose un poco. Damian iba detrás, con las pañoletas en una mano y el corazon en un puño. Cuando llegaron a la cama, Marta se sentó en el borde. Damian se arrodilló frente a ella.

—Ultima oportunidad —dijo, mirandola a los ojos—. Puedes decir que no ahora mismo. Te vas a dormir. Mañana no recordaras nada de esto. O recordaras muy poco. Y yo me ire y nunca volvere a hablar del tema.

—No quiero olvidar —dijo Marta—. Quiero recordar. Quiero saber lo que se siente.

—Esta bien. —Damian tomo una de las pañoletas y se la mostro—. Vas a poner los brazos sobre la cabecera de la cama. Voy a atarte las muñecas a los barrotes. No van a quedar apretadas, solo lo suficiente para que no puedas bajar las manos.

—Y si quiero decir rojo?

—Dices rojo y te desato en cinco segundos. Pero mientras no digas rojo, las manos quedan arriba. Aunque te retuerzas. Aunque lo pidas. Aunque llores de risa. Las manos arriba.

Marta trago saliva.  Luego se levanto, se subió a la cama, y estiró los brazos hacia la cabecera.

Damian la ató. Las pañoletas de seda sujetaban sus muñecas a los barrotes de madera con un nudo que no apretaba pero que no se soltaria con tirones. Marta movio los brazos para probar la resistencia. No podia bajar las manos mas alla de la altura de su cabeza.

—Quedaste bien? —pregunto Damian.

—Si. No aprieta.

—Bueno. —Damian se apartó un momento para observar la escena.

Marta estaba ahí, sobre la colcha gris, con el conjunto de pijama de seda rosa, la camisa desabotonada mostrando el borde del sostén, el pantalon ancho subido hasta las rodillas. Los pies descalzos, con las plantas limpias y los dedos largos, descansaban sobre la colcha.

Marta quedo atada a la cabecera de la cama, las manos sujetas por las pañoletas de seda, los brazos estirados hacia arriba. Su cuerpo quedaba completamente expuesto, desde las axilas hasta las caderas, desde el cuello hasta la cintura. La camisa de seda rosa se habia abierto mas durante el proceso de atarla, dejando ver no solo el borde del sostén sino tambien una buena parte de su vientre. El pantalon ancho se habia subido hasta los muslos, mostrando las piernas.

Damian se quedo mirandola un segundo. Solo un segundo. Era la imagen que habia imaginado tantas veces en su estudio de Astoria, en las noches sin dormir, en los momentos de soledad. Una mujer atada a una cama, esperando. Pero no cualquier mujer. Marta. Con su piel calida y sus pies descalzos y sus ojos verdes brillantes por el alcohol y la anticipacion.

No espero mas.

Se abalanzo sobre ella como un felino sobre su presa, pero sin violencia. Fue un movimiento rapido pero controlado, calculado. Sus manos encontraron las axilas de Marta antes de que ella pudiera prepararse.

Marta grito. No de dolor, sino de sorpresa. Y luego empezo a reirse.

—Jajajajaja no, ahi no, ahi es muy sensible —dijo entre carcajadas.

Damian no le hizo caso. Sus dedos se movieron en las axilas de Marta con una precision que habia perfeccionado durante años de practica en su propia imaginacion. No era solo rascar o hacer cosquillas de manera aleatoria. Era un patron. Circulos pequeños alrededor del borde de la axila, luego lineas rectas desde el centro hacia afuera, luego un movimiento de pinza con los dedos pulgar e indice que atrapaba la piel sensible y la estiraba suavemente.

Marta se retorcia en la cama. Las ataduras de seda crujian contra los barrotes de la cabecera. Sus pies, que habian estado quietos un momento antes, ahora se movian sin control, golpeando la colcha una y otra vez.

—Jajajajajajajajaja para, para, no puedo —grito Marta.

—No has dicho rojo —recordó Damian, sin dejar de mover los dedos.

—No voy a decir rojo —respondio Marta entre risas—. Pero jajajajajaja es que es demasiado.

—Demasiado que?

—Demasiado rico —admitio Marta, y se rio aun mas fuerte.

Damian bajo las manos de las axilas a las costillas. Ahi cambio la tecnica. En lugar de circulos, uso los dedos como si estuviera tocando un piano, moviéndolos rapidamente sobre cada costilla una por una. Desde las mas altas, justo debajo de las axilas, hasta las mas bajas, cerca de la cintura.

Marta perdio la capacidad de hablar. Solo reia. Una risa ininterrumpida, sin aire, que le salia de alguna parte muy profunda. Las carcajadas llenaban la habitacion, rebotaban en las paredes blancas, se filtraban por la puerta entreabierta hacia el pasillo vacio.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA —reia Marta—. JAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJA JAJAJAJA.

Damian se detuvo un momento. Solo para escuchar. Solo para saborear el sonido. La risa de Marta era contagiosa, musical, llena de vida. No era una risa fingida ni educada. Era la risa de alguien que se habia olvidado de todo lo demas. Del trabajo, de la boda, de Andres, de las dudas, de los miedos. Solo existia ella, la cama, y los dedos de Damian en sus costillas.

—Sigues sin decir rojo —dijo Damian.

—No voy a decirlo —respondio Marta, recuperando el aliento por un segundo—. Esto es lo que queria. Esto es exactamente lo que queria.

—Apenas he empezado.

—Entonces sigue.

Damian siguio.

Bajo a la cintura. Marta era sensible ahi tambien, mucho mas de lo que el habia imaginado. Cuando sus dedos rozaron la piel justo encima del hueso de la cadera, ella arqueo la espalda y grito de risa. No una risa normal. Una risa aguda, casi un chillido, que se convirtio en una carcajada enorme.

—JAJAJAJAJAJA AHI NO —grito—. AHI ES LO PEOR.

—El arco de los pies era lo peor hace un momento —dijo Damian, sonriendo.

—AHORA AHI ES LO PEOR —insistio Marta—. JAJAJAJAJAJA POR FAVOR.

Damian no paro. Sus dedos encontraron el punto exacto en la cadera de Marta, ese pequeño hueco donde la piel es mas fina y los nervios estan mas cerca de la superficie. Presiono ahi con las yemas de los dedos, haciendo movimientos circulares, y Marta perdio el control por completo.

Se retorcia de un lado a otro, pero las ataduras no la dejaban moverse mas de unos centímetros. Sus pies golpeaban la cama. Sus dedos de las manos se abrian y cerraban como si estuviera tocando un acordeon invisible. Su boca estaba abierta en una sonrisa enorme, mostrando los dientes, las mejillas coloradas, los ojos llorosos.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —reia sin parar—. JAJAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJA JAJAJA.

Damian cambio a la barriga. Ahi era diferente. La barriga de Marta era suave, ligeramente redonda, sin marcas de ejercicio excesivo. Cuando el paso los dedos por ahi, ella contrajo los musculos del estomago por reflejo, intentando protegerse. Pero no podia. Las manos atadas no le permitian bajar los brazos para cubrirse.

—Eso hace cosquillas solo de verlo —dijo Marta, mirando hacia abajo mientras los dedos de Damian se acercaban a su ombligo.

—Esto tambien hace cosquillas —dijo Damian, y metio un dedo dentro del ombligo de Marta.

Ella grito. Un grito agudo que se convirtio en una carcajada tan fuerte que por un momento no salio aire. Su boca estaba abierta pero no salia sonido. Solo despues, cuando logro respirar, volvio la risa.

—JAJAJAJAJAJA ESO ES UNA GUERRA SUCIA —grito.

—No hay reglas —dijo Damian—. Solo la palabra roja.

—VERDE —grito Marta—. VERDE VERDE VERDE.

Damian la torturo en el ombligo durante un minuto entero. Dedo adentro, dedo afuera, movimientos circulares, movimientos de vaiven. Marta se reia tanto que las lagrimas le corrian por las sienes y se perdian en el pelo. La almohada debajo de su cabeza estaba mojada.

Cuando por fin saco el dedo, Marta jadeo como si hubiera corrido una maraton. Sus ojos estaban rojos. Su nariz goteaba. Su pijama de seda rosa estaba completamente arrugado y desordenado.

—Descanso —dijo Damian—. Treinta segundos.

—No quiero descanso —dijo Marta, pero no protesto cuando Damian se aparto un poco.

Aprovecho los treinta segundos para respirar. Para tragar saliva. Para mirar a Damian con una expresion que mezclaba admiracion y terror. Nadie le habia hecho eso nunca. Nadie la habia conocido tan bien en tan poco tiempo. Nadie habia encontrado cada punto debil de su cuerpo como si hubiera estado estudiando un mapa.

—Como sabes —pregunto Marta, aun jadeando—. Como sabes donde tengo cosquillas?

—Me lo dijiste.

—No te dije todo. No te dije lo de las caderas. No te dije lo del ombligo.

—No necesite que me lo dijeras. —Damian levanto las manos y las miro, como si estuviera revisando un instrumento musical—. Las manos saben. Solo hay que escucharlas.

Marta lo miro con los ojos entrecerrados. El alcohol aun estaba en su sistema, pero no tanto como al principio. La risa la habia despejado un poco. O tal vez solo la habia cansado.

—Eres raro —dijo otra vez.

—Lo se.

—Eres raro y me gustas.

Damian sintio algo en el pecho. No lo analizo. Lo guardo para pensarlo despues, cuando estuviera solo en su estudio.

—Los treinta segundos terminaron —dijo.

—No conte.

—Yo si.

Y volvio a abalanzarse sobre ella.

Esta vez fue a las caderas otra vez, pero con mas intensidad. Uso las dos manos, una en cada cadera, y sus dedos se movieron tan rapido que se volvieron un borron. Marta empezo a reirse antes de que los dedos la tocaran, solo de verlos acercarse.

—JAJAJAJAJAJAJA NO PUEDO MAS —grito.

—Si puedes.

—NO PUEDO.

—Rojo?

—NO.

—Entonces si puedes.

Damian bajo a los muslos. Marta tenia las piernas cubiertas por el pantalon ancho, pero la tela era delgada y los dedos de Damian encontraban la piel debajo. Los muslos internos de Marta eran increiblemente sensibles. Cuando los rozo por primera vez, ella dio un salto en la cama que hizo crujir los barrotes.

—JAJAJAJAJAJA AHI TAMBIEN NO.

—Ahi tambien si.

—ES QUE SOY COSQUILLUDA EN TODAS PARTES —admitio Marta, riendo—. EN TODAS.

—Lo se.

—COMO LO SABES?

—Por que te conozco. —Damian no explico mas. No dijo que la habia investigado. No dijo que habia visto sus fotos, sus pies descalzos, sus sonrisas. Eso lo guardaria para siempre.

Siguio con los muslos un rato, luego volvio a las axilas, luego a las costillas, luego a la cintura. Marta ya no intentaba hablar. Solo reia. Una risa continua, ininterrumpida, que a veces subia de volumen y a veces bajaba, pero nunca se detenia del todo.

Damian la miro mientras sus dedos trabajaban. Marta tenia los ojos cerrados. Las lagrimas seguian cayendo. Su boca estaba abierta en una sonrisa que parecia permanente. Parecia feliz. Parecia libre.

Nunca habia visto a nadie tan feliz mientras era torturada con cosquillas.

Y eso lo hizo sentir algo que no habia sentido en años. Algo que no sabia como llamar.

Siguio moviendo los dedos. No queria que esta noche terminara. No queria que Marta dijera rojo. No queria volver a su estudio vacio en Astoria. Queria quedarse ahi, en esa cama, con esa mujer, escuchando su risa para siempre.

Pero sabia que no podia. Sabia que en algun momento Marta se cansaria, o se dormiria, o diria la palabra. Y entonces el tendria que irse. Y probablemente nunca volveria a verla.

Pero mientras tanto, mientras ella siguiera riendo, el seguiria moviendo los dedos.

—JAJAJAJAJAJAJAJA —reia Marta—. JAJAJAJAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJAJAJA.

Y Damian sonrio. Una sonrisa real. La primera en mucho tiempo.

Damian se aparto un momento de las costillas y la cintura de Marta. Ella aprovecho para respirar, para toser un poco, para limpiarse las lagrimas con los hombros porque las manos seguian atadas a la cabecera. Sus mejillas estaban encendidas, rojas como si hubiera estado al sol durante horas. El pijama de seda rosa estaba completamente arrugado y subido hasta casi el pecho, mostrando la barriga que aun se movia al ritmo de su respiracion agitada.

—Descanso? —pregunto Marta, con la voz ronca de tanto reir.

—No —dijo Damian.

Bajo la mirada al final de la cama. Los pies de Marta seguian ahi, descalzos, quietos por un momento. Los dedos largos y delgados, las unas pintadas de rosa claro, los tobillos delgados. Damian los habia estado esperando desde que comenzo la noche. Desde que vio a Marta sentada en el sofa con los pies apoyados en la mesa de centro. Desde que la vio caminar descalza por el apartamento. Desde que sintio la piel de sus plantas durante el juego del minuto.

Ahora era el momento.

Se movio hacia los pies de Marta con la lentitud de quien no quiere asustar a su presa. Se sento en la cama, justo donde terminaban las piernas de ella, y levanto sus pies con cuidado. Los apoyo sobre sus propios muslos. Marta lo miro con los ojos abiertos, anticipando.

—Que vas a hacer? —pregunto, aunque sabia la respuesta.

—Lo que te dije desde el principio —respondio Damian—. Tus pies.

—Mis pies son muy sensibles —dijo Marta, y ya habia una risa nerviosa en su voz, anticipada.

—Lo se. Me lo dijiste.

—Te dije que era mi punto debil.

—Lo se tambien.

Damian tomo el tobillo izquierdo de Marta con su brazo izquierdo, rodeandolo con firmeza pero sin apretar. Luego hizo lo mismo con el tobillo derecho, cruzando los pies de Marta de manera que las plantas quedaran una frente a la otra, casi juntas. Era una llave suave, una que no lastimaba pero que impedía que ella separara los pies o los retirara. Quedaban atrapados entre su brazo y su cuerpo.

Marta tiro de las ataduras de las munecas, probando si podia liberarse para protegerse los pies. No pudo. Las pañoletas de seda sujetaban firme.

—No vas a poder escapar —dijo Damian.

—No quiero escapar —respondio Marta—. Pero me da cosa.

—Que cosa?

—No se. Es como… cuando estas en una montana rusa y ya subiste lo mas alto y sabes que vas a caer. Ese momento antes de la caida. Eso es lo que siento ahora.

—Ya caiste —dijo Damian—. Solo que aun no tocas el suelo.

Y entonces, con la mano derecha, empezo a hacer cosquillas en las dos plantas de los pies de Marta al mismo tiempo.

Uso todos los dedos. Los cinco. Los movia rapidamente sobre las plantas juntas, de arriba abajo, del talon a los dedos y de los dedos al talon. No habia un patron especifico. Era un movimiento caotico, impredecible, que cubria cada centimetro de piel expuesta.

Marta exploto.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —grito, y su cuerpo se arqueo en la cama como si hubiera recibido una descarga electrica—. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJAJAJA.

Sus pies intentaron huir. Damian los sintió retorcerse entre su brazo y su costado, empujando, girando, tratando de encontrar un angulo donde los dedos de Damian no alcanzaran. Pero no habia tal angulo. Los pies de Marta estaban atrapados, y los dedos de Damian los perseguian a donde fueran.

—JAJAJAJAJAJA NO PUEDO —grito Marta, tirando de las ataduras con tanta fuerza que los barrotes de la cabecera crujieron.

—Si puedes —dijo Damian, sin dejar de mover la mano.

—NO PUEDO CON LOS DOS PIES A LA VEZ.

—Por eso es mas divertido.

Damian sentia las plantas de los pies de Marta contra sus dedos. Eran suaves, calientes, ligeramente humedas por el calor del apartamento. La piel se movia bajo sus dedos, intentando escapar, pero sus dedos eran mas rapidos. Cada vez que los pies de Marta se retorcian para un lado, el los seguia. Cada vez que intentaban separarse, el brazo de Damian los mantenia juntos.

Y Marta reia. Reia como no habia reido en toda la noche. No era la risa del juego del minuto, que tenia algo de competencia y algo de actuacion. Era una risa descontrolada, primal, que salia de un lugar tan profundo que parecia dolerle.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —reia—. JAJAJAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJAJA.

—Tienes unos pies muy cosquilludos —dijo Damian, en un tono casual, como si estuviera comentando el clima.

Marta no pudo responder. Solo rio mas fuerte.

—Y bonitos —agrego Damian—. Muy bonitos, de hecho.

—JAJAJAJAJAJA NO ME DIGAS ESO MIENTRAS ME HACES COSQUILLAS —logro decir Marta entre carcajadas.

—Por que no?

—PORQUE JAJAJAJAJAJA NO SE.

—Porque te da verguenza?

—NO ME DA VERGUENZA.

—Entonces por que?

—PORQUE JAJAJAJAJAJA NO PUEDO PENSAR MIENTRAS HACES ESO.

Damian sonrio. Le gustaba que Marta no pudiera pensar. Le gustaba que sus palabras se perdieran entre las carcajadas. Le gustaba sentir sus pies retorciendose contra su brazo, intentando huir de una tortura que ella misma habia pedido.

Aumento la velocidad. Sus dedos se movian tan rapido que empezaron a dolerle un poco, pero no le importaba. Queria ver hasta donde podia llegar. Queria escuchar esa risa hasta que se le quedara grabada en la memoria para siempre.

Marta empezo a patear. No era un movimiento coordinado ni consciente. Eran espasmos, sacudidas, intentos desesperados de sus pies por liberarse de los dedos que los atormentaban. Damian tuvo que apretar un poco mas el brazo para mantenerlos sujetos.

—JAJAJAJAJAJAJAJA ME VOY A HACER PIS ENCIMA —grito Marta.

—No creo —dijo Damian.

—EN SERIO.

—Entonces di rojo.

—NO.

—Entonces aguanta.

—NO PUEDO.

—Si puedes. Llevas toda la noche pudiendo.

Marta cerro los ojos y apretó los puños. Sus manos, atadas a la cabecera, se abrian y cerraban al ritmo de sus carcajadas. Los nudillos se le pusieron blancos de tanto apretar. Las venas de sus antebrazos se marcaron bajo la piel.

Damian bajo la mirada a los pies de Marta. Los dedos de ella se movian sin control, abriendose y cerrándose como las manos de un bebe. El dedo de al lado del gordo, ese que ella habia llamado «traidor», se curvaba hacia abajo cada vez que los dedos de Damian pasaban por debajo de el.

—Ese dedo te delata —dijo Damian.

—CUAL? —grito Marta.

—El que me dijiste. El traidor.

—JAJAJAJAJAJA ESE ES EL PEOR.

—Lo se. Por eso le estoy prestando atencion especial.

Damian concentro sus dedos en el area justo debajo de los dedos de los pies de Marta, donde la piel es mas fina y los nervios estan mas expuestos. Movio la punta de los dedos ahi, en circulos pequeños y rapidos, y Marta perdio la capacidad de articular palabra.

Solo reia. Una risa que ya no era ni siquiera carcajadas. Era un sonido continuo, ininterrumpido, que salia de su garganta como el aire de un globo que se desinfla. Tenia los ojos tan abiertos que Damian podia ver el blanco alrededor de sus iris. Las lagrimas no paraban de correr.

Damian decidio que habia sido suficiente. Por ahora.

Paro.

Marta siguio riendo unos segundos mas, como si el cuerpo no hubiera recibido la orden de detenerse. Luego, poco a poco, la risa se convirtio en jadeos, y los jadeos en respiraciones profundas, y las respiraciones profundas en un suspiro largo que parecia salirle de los huesos.

—Eso… —dijo Marta, con la voz destrozada—. Eso fue…

—Que? —pregunto Damian, aun con los pies de Marta sujetos contra su costado.

—No se como se llama eso. Pero quiero mas.

Damian la miro. Marta tenia los ojos todavia cerrados, la respiracion agitada, el pijama de seda rosa subido hasta las axilas. Parecia un desastre. Parecia la mujer mas feliz del mundo.

—Mas? —pregunto Damian.

—Mas —confirmo Marta—. Pero no en los pies. Al menos no por ahora. Los pies necesitan un descanso.

—Donde entonces?

Marta abrio los ojos y lo miro. Sus pupilas estaban dilatadas, negras, enormes. El verde de sus iris apenas se veia.

—En las axilas otra vez —dijo—. Pero esta vez quiero que uses los dedos de las dos manos. Y no quiero que pares hasta que yo diga rojo.

—Y cuando vas a decir rojo?

—Cuando ya no pueda mas.

—Y cuando es eso?

—No lo se. Por eso quiero hacerlo.

Damian soltó los pies de Marta. Ella los retiró rapidamente y los escondio bajo el pantalon, como si quisiera protegerlos de futuros ataques. Pero sus axilas estaban expuestas, los brazos aun atados a la cabecera, completamente indefensas.

Damian se movio hacia arriba en la cama, hasta quedar a la altura de su pecho. Levanto las dos manos, los dedos extendidos, y las dejo flotando sobre las axilas de Marta sin tocarlas.

—Ultima oportunidad —dijo.

—Verde —susurro Marta.

Damian hundio los dedos de las dos manos en las axilas de Marta y ella perdio el control en menos de un segundo. No hubo ese momento de transicion en el que la risa empieza pequena y luego crece. Fue directo a la carcajada. Directo a ese lugar donde ya no se puede pensar, solo reaccionar.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA —grito Marta, arqueando la espalda.

Damian no se quedo quieto. Sus manos comenzaron a viajar. Salieron de las axilas y bajaron por los brazos de Marta, rozando la piel delgada de la parte interna de los codos. Marta se rio mas fuerte. Luego subieron al cuello, donde la piel es mas fina y las terminaciones nerviosas estan mas cerca de la superficie. Damian uso solo las puntas de los dedos ahi, movimientos suaves como plumas, y Marta giro la cabeza de un lado a otro intentando escapar.

—JAJAJAJAJAJA AHI TAMBIEN —grito.

—Ahi tambien —confirmo Damian, y siguio.

Bajo al pecho, evitando las zonas que no debia tocar, concentrandose en el esternon y en las costillas superiores. Marta tenia una sensibilidad increible en esa area. Cada vez que los dedos de Damian pasaban por ahi, ella daba un pequeño salto en la cama, como si la estuvieran despertando de una siesta profunda.

Luego a la barriga. Damian uso los dedos de una mano para recorrer toda la superficie de su vientre, desde el borde inferior de las costillas hasta la cintura del pantalon. Marta contrajo los musculos del estomago por reflejo, pero no podia hacer nada para detener los dedos. La risa se le salia en espasmos, entrecortada, casi como hipo.

—JAJAJAJA… NO PUEDO… JAJAJAJA… RESPIRAR… —dijo.

—Si puedes —respondio Damian, y bajo una mano a la cintura de Marta, justo donde la cadera forma un angulo.

Marta grito. No de dolor, sino de una sensacion tan intensa que no sabia como expresarla. Sus pies golpearon la cama. Sus manos tiraron de las ataduras. Su cabeza se hundio en la almohada.

Damian no se detuvo. Sus dedos encontraron el punto exacto en la cadera, ese lugar que habia descubierto antes, y se quedaron ahi un momento, moviendose en circulos lentos pero profundos. Marta reia tanto que ya no salia sonido. Solo abria la boca y temblaba, y de vez en cuando un grito de risa se escapaba como un sollozo al reves.

—Eso es muy cruel —logro decir.

—Tu lo pediste —dijo Damian.

—LO SE.

—Te arrepientes?

—NO.

—Entonces sigue.

Damian bajo a los muslos. Marta los tenia cubiertos por el pantalon ancho de seda, pero la tela era tan delgada que apenas ofrecia proteccion. Sus dedos recorrieron la parte interna de los muslos, donde la piel es mas suave y mas sensible. Marta cerro los muslos instintivamente, atrapando las manos de Damian entre ellos.

—No hagas eso —dijo Damian.

—MI CUERPO LO HACE SOLO —respondio Marta entre risas.

—Abre.

Marta abrio los muslos. Le costo. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para separar las piernas y dejar las manos de Damian donde estaban. Era como ir contra todos sus instintos de autoproteccion. Pero lo hizo. Porque habia dicho que queria esto. Porque no queria arrepentirse de nada.

Damian siguio explorando. Subio a las rodillas. Las rodillas de Marta eran sorprendentemente sensibles. Cuando las rozo, ella pego un grito agudo y sus piernas se sacudieron como si hubieran recibido una descarga.

—LAS RODILLAS NO —grito.

—LAS RODILLAS SI —dijo Damian, y le hizo cosquillas ahi durante varios segundos solo para verla retorcerse.

Bajo a las espinillas. Las espinillas no suelen ser un punto sensible para la mayoria de las personas, pero Marta era una excepcion. Tenia la piel fina y los huesos cerca de la superficie, y cuando los dedos de Damian pasaban por ahi, ella sentia una cosquilla que le subia por toda la pierna.

—COMO SABES —pregunto Marta—. COMO SABES TODOS MIS PUNTOS.

—Te dije —respondio Damian—. Las manos saben.

Llego a los tobillos. Los tobillos de Marta eran delgados, casi fragiles. Damian los rodeo con los dedos y les hizo cosquillas en la parte de atras, donde el tendon de aquiles se une al hueso. Marta tiro de las ataduras con tanta fuerza que las pañoletas de seda se estiraron.

—AHI NO, AHI ES MUY SENSIBLE.

—Ya se.

—COMO SABES.

—Ya te dije.

Damian la soltó los tobillos y volvio a los pies. Los pies de Marta estaban descansando desde la ultima vez, pero no lo suficiente. Cuando los dedos de Damian tocaron las plantas otra vez, ella volvio a reirse como si no hubiera parado nunca.

—JAJAJAJAJAJA OTRA VEZ NO.

—Otra vez si.

—MIS PIES YA ESTAN CANSADOS.

—Tus pies no se cansan de reirse.

—NO SABES LO QUE DICES.

—Se lo que digo.

Damian tomo el pie izquierdo de Marta con una mano y el derecho con la otra. No los junto esta vez. Los trato por separado, para que cada planta recibiera atencion individual. Sus dedos se movieron sobre los arcos, sobre los talones, sobre los dedos. El dedo traidor. Ese recibio un trato especial. Damian paso su dedo indice por debajo de el una y otra vez, y cada vez Marta reia mas fuerte.

—ESE DEDO ME VA A MATAR —grito.

—No te va a matar.

—ME VA A HACER REIR HASTA MORIR.

—Esa no es una mala muerte.

Marta no pudo responder. La risa le ocupaba toda la boca, toda la garganta, todo el pecho. No quedaba espacio para palabras.

Damian la soltó los pies y volvio a subir. Todo el cuerpo. De los pies a los tobillos, de los tobillos a las espinillas, de las espinillas a las rodillas, de las rodillas a los muslos, de los muslos a las caderas, de las caderas a la cintura, de la cintura a la barriga, de la barriga al pecho, del pecho a las axilas, de las axilas al cuello, del cuello a la cara.

Cuando llego a la cara, se detuvo.

—La cara no —dijo—. La cara no se toca. Es una regla.

Marta abrio los ojos. Tenia las mejillas mojadas, el pelo pegado a la frente, los ojos rojos y brillantes. Pero estaba sonriendo. Una sonrisa enorme, de oreja a oreja.

—Gracias —dijo, con la voz rota.

—Por que me das las gracias?

—Por respetar la regla. Y por no respetar las otras.

Damian bajo las manos. Las dejo descansar sobre la colcha, a los costados del cuerpo de Marta. Ella respiraba hondo, profundo, como si estuviera aprendiendo a respirar de nuevo.

—Como te sientes? —pregunto Damian.

Marta pensó. Sus ojos se movieron hacia el techo, hacia la lampara, hacia la ventana cerrada. Luego volvieron a Damian.

—Libre —dijo—. Me siento libre. Nunca me habia sentido asi.

—Libre de que?

—De todo. De las dudas, de los miedos, de las expectativas. De la boda, de Andres, de mi madre, de mi trabajo. De todo. Por un rato, fui solo risa. Como queria.

Damian asintio. Entendia. No completamente, porque el no era como Marta. El no necesitaba liberarse de nada. El necesitaba atrapar. Pero entendia la sensacion de ser solo una cosa, una sola, sin capas ni mascaras.

—Te desato? —pregunto.

—Todavia no —dijo Marta—. Un minuto mas. Quiero quedarme asi un minuto mas. Atada. Sintiendo lo que siento.

Damian se aparto un poco, se recosto en la cama junto a ella, sin tocarla. Miraron el techo juntos. El reloj de la cocina marcaba las tres de la manana.

—Damian? —dijo Marta.

—Dime.

—Esto no se lo voy a contar a nadie.

—Lo se.

—No porque me de verguenza. Sino porque es mio. Solo mio. No quiero compartirlo con nadie.

—Esta bien.

—Y tu? —pregunto Marta, girando la cabeza para mirarlo—. Tu con quien compartes esto?

Damian tardo en responder. Nunca nadie le habia hecho esa pregunta. Nunca nadie le habia preguntado con quien compartia su fetiche, su obsesion, su forma de ver el mundo.

—Con nadie —dijo finalmente—. Solo con las mujeres que me contratan. Y con ellas solo una noche.

—Eso suena solitario.

—Lo es.

Marta se quedo callada un momento. Luego dijo: «No tienes que irte aun. Puedes quedarte un rato mas. No para hacer cosquillas. Solo para estar.»

Damian la miro. Marta tenia los ojos cerrados otra vez, la respiracion mas lenta, el cuerpo relajado por primera vez en toda la noche.

—Esta bien —dijo—. Un rato mas.

Se quedo ahi, recostado en la cama de una desconocida, mirando el techo, escuchando su respiracion. Sus manos descansaban sobre la colcha. Sus dedos aun temblaban un poco por el esfuerzo.

No habia nada mas que quisiera hacer en ese momento. Nada mas que necesitara. Solo estar ahi, en silencio, con una mujer que acababa de confiarle algo que nunca le habia confiado a nadie.

El reloj siguio marcando los minutos. La noche se hizo mas profunda. Y en algun momento, sin que ninguno de los dos supiera como ni cuando, Marta se durmio. Damian espero unos minutos para asegurarse de que estaba profundamente dormida. Luego, con cuidado, desato las pañoletas de seda de sus munecas. Las dejo sobre la mesita de noche.

Se levanto de la cama, busco sus botines, y salio del dormitorio sin hacer ruido. En la sala, aun estaban los vasos y las botellas. Las luces seguian encendidas. Damian las apago una por una.

En la puerta, antes de salir, miro hacia atras. El apartamento estaba oscuro y silencioso. Del dormitorio no se escuchaba nada. Solo la respiracion profunda de Marta durmiendo.

Salio. Cerró la puerta. Bajo las escaleras.

En la calle, el aire frio de la madrugada le golpeo la cara. Metió las manos en los bolsillos y camino hacia la estacion del metro. Sus dedos aun recordaban la sensacion de la piel de Marta. Los arcos de sus pies. El hueco de sus caderas. La curva de su cuello.

Nunca volveria a verla. Lo sabia. Las mujeres como Marta no repetian. Tenian su noche de locura, se casaban, tenian hijos, y el quedaba como un recuerdo borroso, algo de lo que reirse en una cena con amigas años despues.

Pero esa noche, por unas horas, habia sido suyo. Y el habia sido de ella.

Damian se subió al tren vacío y se sentó junto a la ventana. El viaje de regreso a Astoria duro media hora. Durante ese tiempo, no dejo de mover los dedos. No porque necesitara calentarlos. Sino porque no podia dejar de recordar.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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