Reescribiendo mi anuncio en Internet – Parte 3

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Mario tiene 18 años, recién cumplidos. Está en primer semestre de universidad, vive con sus padres Claudia y Roberto en una casa de clase media-alta en el norte de la ciudad. Es un chico delgado, de estatura media, con el cabello oscuro ligeramente desordenado y una mirada curiosa que a veces se queda fija en los pies de las mujeres sin que él pueda evitarlo.

No es un chico raro ni solitario. Tiene amigos, juega videojuegos, va al gimnasio dos veces por semana. Pero desde los 14 años sabe que las cosquillas —especialmente en los pies femeninos— le producen una excitación que no entiende del todo. Al principio fue solo curiosidad: videos en YouTube de «tickling challenges», luego páginas más explícitas, luego foros donde otros hombres compartían su mismo fetiche.

Ahora, a los 18, decidió que quiere vivirlo en persona. Ha ahorrado dinero de sus mesadas y de un pequeño trabajo de medio tiempo en una biblioteca universitaria. Su plan es simple: contratar a una mujer madura (40 años o más), pagarle bien, y pasar al menos dos horas haciendo cosquillas en sus plantas de los pies. Sin sexo. Sin violencia. Solo cosquillas. Muchas cosquillas. Hasta que ella suplique. Hasta que él se sienta satisfecho.

Ha leído sobre consentimiento, palabras de seguridad y límites. No porque sea un experto, sino porque los foros que frecuenta insisten en eso: «Sin respeto, no hay juego». Mario se toma eso en serio. No quiere lastimar a nadie. Solo quiere escuchar esa risa desesperada mientras sus dedos recorren unas plantas sensibles.

Mario está acostado en su cama, en la habitación que aún tiene pósters de bandas de rock que ya no escucha. Son las once de la noche, un martes cualquiera. Debió estar estudiando cálculo diferencial, pero en lugar de eso lleva una hora navegando en el celular, pasando de una pestaña a otra con la lentitud de quien no busca nada en particular hasta que encuentra lo que no sabía que buscaba.

La página de clasificados es fea. Letras negras sobre fondo blanco, anuncios sin fotos, publicidad de préstamos gota a gota y cursos de inglés. Mario la conoce porque la usa para comprar videojuegos usados. Nunca pensó que la usaría para esto.

Pero esta noche sí. Esta noche escribió en el buscador: «masajes cosquillas». No esperaba encontrar nada. Tal vez un anuncio falso, tal vez una broma. Pero apareció.

«Masajista profesional. 15 años de experiencia. Masajes relajantes, terapéuticos y sesiones especiales con cosquillas. Estudio privado en la zona central. Atención seria y discreta. Mujeres y hombres bienvenidos.»

Mario lo lee tres veces. No hay fotos. Solo un número de teléfono y un nombre: Silvia.

No sabe por qué, pero el nombre le suena. Lo deja pasar. Tal vez es solo un nombre común.

Guarda el número en el celular. No escribe de inmediato. Apaga la pantalla y la enciende otra vez. Piensa en qué escribir. Quiere sonar normal. No quiere sonar como un loco. Porque no es un loco. Solo es un chico de dieciocho años que desde los catorce sabe que las cosquillas en los pies de las mujeres le producen algo que no puede explicar y que durante cuatro años ha visto en videos y ahora quiere probar en persona.

Escribe un mensaje. Lo borra. Escribe otro. Lo borra también.

Al final manda algo simple, casi aburrido:

«Hola, vi tu anuncio. Me interesan las sesiones de cosquillas. ¿Podrías darme más información?»

Pulsa enviar antes de arrepentirse.

El celular vibra a los dos minutos. Mario casi lo tira al suelo.

«Hola. Claro. La tarifa es $100 la hora. Trabajo en mi estudio. Solo horario diurno o temprano en la noche. Si te interesa, dime qué día y cuadramos.»

Mario sonríe. No sabe por qué. Es solo un mensaje de texto. Pero siente que cruzó una puerta que había estado mirando durante años.

«¿Puedo pedir un enfoque especial en los pies?» escribe.

«Sí. Cada sesión se adapta a lo que busques. Siempre con límites claros.»

«Claro. ¿Este sábado en la tarde?»

«Sí. Te mando la dirección.»

Mario recibe el mensaje con la ubicación. Una calle cualquiera, un número cualquiera. La guarda en el mapa. No sabe que esa dirección está a quince minutos de la casa de su mamá Claudia. No sabe que Silvia es la mujer que aparece abrazando a su madre en las fotos del cumpleaños del año pasado, la de la playa, la de la reunión de fin de año.

Solo sabe que el sábado va a cumplir un fetiche que ha escondido durante cuatro años.

Apaga la luz. Se duerme pensando en plantas de pies.

Al día siguiente, Mario está en la biblioteca de la universidad. Debería estar leyendo un texto de introducción a la sociología, pero en lugar de eso tiene el celular escondido entre las páginas, mirando la conversación con Silvia.

Escribe. Borra. Escribe otra vez.

«Oye, una cosa. En el anuncio no hay fotos. Me gustaría saber cómo eres. No sé, para hacerme una idea.»

Suena tonto. Lo sabe. Pero también es honesto. Ha pasado cuatro años viendo videos de mujeres anónimas. Esta vez quiere saber quién está del otro lado.

El celular vibra unos minutos después.

«Soy una mujer normal. 45 años. Pelo largo oscuro. Ojos marrones. Complexión media. Nada del otro mundo.»

Mario sonríe. Le gusta que sea directa.

«¿Podría verte? Así sea rápido. Para saber si me gustas.»

Se arriesga. No sabe si ella se va a ofender. Pero Silvia responde con un mensaje que lo sorprende:

«Te entiendo. Yo también prefiero que no haya sorpresas desagradables. Dame un segundo.»

Llega una foto. Silvia está de pie en lo que parece su estudio. Viste ropa cómoda: jean oscuro, blusa negra de manga larga. Tiene puesto un par de lentes oscuros que le cubren medio rostro. No se ve su sonrisa del todo, pero se adivina. Su postura es relajada, un pie ligeramente adelantado, las manos en los bolsillos.

Mario la mira. No la reconoce. Los lentes oscuros ayudan. Pero además, las fotos que ha visto de ella con su mamá Claudia son de reuniones sociales: Silvia con vestido, con maquillaje, el pelo recogido. Esta Silvia es otra. Más íntima. Más real.

«Está bien. Me gusta.» escribe Mario. Y luego, con el pulso un poco más acelerado: «Y los pies. ¿Cómo son?»

Silvia tarda un poco más en responder.

«Uy, directo al grano. Está bien. Calzo 37. Mis pies no son grandes ni pequeños. Los tengo cuidados porque es parte de mi trabajo. Uñas pintadas de rojo oscuro ahora.»

Mario siente la boca seca. Sabe que está cruzando una línea, pero ella sigue respondiendo.

«¿Las plantas? ¿Cómo las tienes?»

«Suaves. Me gusta mantenerlas hidratadas. Nunca he tenido callos ni durezas.»

«¿Me mandas una foto?»

Hay un silencio de varios minutos. Mario piensa que se fue muy lejos. Pero el celular vibra.

Dos fotos. Una de la parte superior: pies delgados, dedos alineados, uñas perfectas con ese rojo oscuro que parece vino. Otra de las plantas: la piel se ve suave, sin una sola marca, los arcos marcados, los dedos ligeramente separados. Son pies de mujer que se cuida, pero también de mujer que camina descalza por su casa.

Mario las mira demasiado tiempo. Siente que debería decir algo normal.

«Están bonitos. Gracias por mandarlas.»

«De nada. Como te digo, prefiero que no haya sorpresas.»

Mario se arriesga una última vez. Sabe que es una pregunta directa, pero también siente que ella no es de las que se asustan fácil.

«¿Y son cosquilludos? Pregunto porque el anuncio habla de sesiones con cosquillas, pero no sé si tú eres la que las hace o las recibe.»

La respuesta de Silvia llega rápido.

«Depende de la sesión. A veces hago yo. A veces recibo. En tu caso, por lo que me preguntas, asumo que quieres que yo reciba. ¿No?»

«Sí.»

«Entonces sí. Mis pies son extremadamente cosquilludos. Hipersensibles. No exagero si te digo que las cosquillas en las plantas me vuelven loca. Es mi punto débil. Siempre lo ha sido. Así que si lo que buscas es alguien que se retuerza y se ría sin control, has encontrado a la indicada.»

Mario lee el mensaje tres veces. Siente que alguien le hubiera dado permiso para desear lo que ha deseado durante años.

«Perfecto. Entonces el sábado nos vemos.»

«El sábado. Te mando la dirección otra vez por si acaso.»

Mario guarda el celular. Mira el texto de sociología. No lee ni una línea.

Los días hasta el sábado se arrastran para los dos, aunque por razones muy distintas.

Mario no puede concentrarse en la universidad. El miércoles, en medio de una clase de introducción al cálculo, abre el celular debajo del pupitre y escribe en el buscador: «tickling feet women». No es la primera vez. Pero esta vez siente que está estudiando para un examen. Quiere prepararse. Quiere saber técnicas, ritmos, zonas exactas. Ve un video donde un hombre usa un cepillo en las plantas de una mujer atada de pies y manos. Ella ríe tanto que le cuesta respirar. Mario se da cuenta de que está sonriendo como un idiota y cierra la pantalla rápido, mirando a los costados. Nadie lo vio.

Esa noche, en su habitación, ve más. No solo videos. Entra a un foro donde los hombres comparten experiencias. Uno escribe: «Lo mejor es empezar suave, con las yemas de los dedos. Cuando ella se ríe y se retuerce, ahí aumentas la velocidad. El arco es lo más efectivo. Y entre los dedos, si quieres volverla loca.» Mario guarda el consejo en la memoria. Otro usuario comenta: «Usa las uñas, pero suave al principio. El contraste entre suave y rápido es lo que las desespera.» Mario anota mentalmente.

El jueves, después de clases, pasa por una farmacia. Compra un cepillo de cerdas suaves. La cajera no le pregunta nada. Él guarda el cepillo en la mochila como si fuera un objeto prohibido. En la casa, lo saca y lo mira. Pasa la palma de su mano por las cerdas. Son suaves, pero firmes. Se imagina pasándolas por las plantas de Silvia. Se imagina la foto que ella le mandó: esos pies de uñas rojas, esa piel suave. Siente un cosquilleo en el estómago que no es nervios. Es anticipación.

El viernes en la noche, Mario está solo. Sus padres salieron a cenar con unos amigos. Él se queda en el sofá de la sala, con el celular en la mano, viendo otro video. Esta vez es una mujer mayor, unos cuarenta y tantos, igual que Silvia. El hombre le hace cosquillas en los pies durante quince minutos. Ella se retuerce, se ríe, suplica. Mario mira las plantas de esa mujer y piensa en las de Silvia. «Extremadamente hipercosquilludos», escribió ella. «Las cosquillas en las plantas me vuelven loca.» Mario apaga el celular y se queda mirando el techo. Todavía no sabe que Silvia es la amiga de su mamá.

Mientras Mario pasa sus días entre clases, videos y el cepillo escondido en la mochila, Silvia vive su semana normal. O lo más normal que puede ser su vida después de reescribir ese anuncio.

El martes atiende a una clienta de masajes: una señora de sesenta años con problemas de espalda. Le aplica presión en los hombros, usa aceite de lavanda, hablan del clima y de las dificultades de encontrar un buen fisioterapeuta. Nada de cosquillas. Nada de juegos. La señora paga, se va, y Silvia limpia la camilla.

El miércoles cuida a un niño de siete años mientras su madre va al médico. No es Juan. Es un niño tranquilo que se entretiene solo con sus muñecos. Silvia le da la merienda, lo ayuda con la tarea del colegio, y cuando la madre regresa le paga cincuenta dólares por tres horas. No es mucho, pero es seguro. Es el tipo de trabajo que Silvia solía hacer siempre, antes del anuncio.

Pero cada noche, antes de dormir, Silvia revisa el anuncio. Abre la página de clasificados, busca su propio nombre, y mira. No sabe bien qué espera ver. Tal vez más mensajes. Tal vez algún comentario. Tal vez nada.

El martes el anuncio tiene cuarenta y tres visitas. Un mensaje nuevo de un hombre preguntando por masajes terapéuticos, nada de cosquillas. Silvia responde con su tarifa y se olvida.

El miércoles el anuncio sube a sesenta y dos visitas. Dos mensajes: uno de una mujer preguntando por el servicio de niñera (Silvia responde que sí, que tiene disponibilidad los fines de semana), y otro de un número desconocido que solo dice: «¿Haces sesiones en pareja?» Silvia no responde. No sabe qué contestar.

El jueves el anuncio llega a ochenta y una visitas. Silvia se sorprende. No esperaba tanto movimiento. Piensa que tal vez debería publicitarlo más, tal vez en otras páginas, tal vez en redes sociales. Pero luego recuerda lo que pasó la noche del Señor T y se le pasa la euforia. No quiere más clientes como él. O tal vez sí. Porque ese cliente le pagó mil seiscientos dólares y esa mañana, cuando contó los billetes en la cocina, se sintió viva.

El viernes Silvia se prepara para el sábado. No específicamente para Mario. Para cualquier cliente que llegue. Lava las sábanas de la camilla, limpia el estudio, pone música relajante para probar el ambiente. Se mira al espejo y se pregunta si debería pintarse las uñas otra vez. Ya las tiene rojas, pero el rojo se está despintando en los bordes. Se sienta en el borde de la bañera, con un algodón y quitaesmalte, y se pinta las uñas de los pies de nuevo. Mismo rojo oscuro. Le gusta cómo se ven. Piensa en la foto que le mandó a Mario. Piensa en lo que le dijo: «Mis pies son extremadamente cosquilludos. Las cosquillas en las plantas me vuelven loca.» Fue honesta. Pero también fue un poco actriz. Porque sabía que eso era lo que él quería escuchar. Y ella quería que él la contratara.

El viernes en la noche, Silvia revisa el anuncio una última vez antes de dormir. Ciento dos visitas. Tres mensajes nuevos. Uno es de Mario: «Mañana a las 4. ¿Sigue en pie?» Silvia responde: «Sí. Te espero.»

Apaga el celular. Se acuesta. Piensa en la semana que pasó: masajes, niños, un anuncio que no para de crecer, y un chico de dieciocho años que quiere hacerle cosquillas en los pies durante dos horas. «Dos horas», piensa. «Eso es mucho tiempo para las cosquillas.» Pero no cancela. Necesita el dinero. Y además, una parte de ella —esa parte que no le gusta reconocer— siente curiosidad. Quiere saber cómo será. Quiere saber si ella también disfruta. Quiere saber hasta dónde puede llegar sin romperse.

El sábado amanece soleado. Mario se despierta antes de la alarma. Se ducha, se viste con jeans y una camiseta negra. Guarda el cepillo en la mochila. Lo saca. Lo vuelve a guardar. Su mamá Claudia está en la cocina, desayunando.

—¿Vas a salir? —pregunta ella, sin mirarlo, leyendo el celular.

—Sí. A ver a unos amigos.

—¿Llegas tarde?

—No sé. Tal vez.

Claudia asiente y vuelve al celular. Mario la mira un segundo. Piensa en lo mucho que se parece a Silvia. No físicamente, sino en la forma de sentarse, en la forma de sostener el celular. Son amigas, piensa. Se conocen desde hace años. Claudia tiene una foto con Silvia en la playa, las dos con traje de baño, abrazadas, riendo. Mario la ha visto mil veces. Nunca le prestó atención. Ahora no puede dejar de pensar en esa foto.

«Qué raro», piensa. Y sale de la casa.

El sábado, cuatro de la tarde.

Mario sale de su casa con la mochila puesta y el sol dándole en la nuca. No vive lejos de la dirección que Silvia le mandó, pero igual toma el bus. No quiere llegar sudado ni con las piernas cansadas. Quiere estar tranquilo. Quiere que todo salga bien.

El bus va lleno, como siempre los sábados. Mario se sienta al fondo, junto a la ventana. Pasa las manos por los jeans, secándose los nervios. Lleva el cepillo en la mochila. También lleva doscientos dólares en efectivo, doblados en la bolsa de atrás. Ahorró durante meses. No es rico. Pero para esto sí quería tener suficiente.

Mira por la ventana cómo la ciudad cambia. Los edificios se vuelven más viejos, las calles más angostas. La dirección que Silvia le dio queda en un barrio residencial de clase media, no tan distinto al suyo pero con menos jardines y más rejas. El bus lo deja en una esquina. Camina dos cuadras. Llega.

El edificio es de esos que han visto mejores décadas. La fachada es blanca, pero la pintura se está cayendo en las esquinas. Hay macetas con plantas secas en la entrada. El citófono tiene los números borrosos, apenas se leen. Mario busca el departamento que Silvia le indicó: 4B. Tercer piso, anota mentalmente. Aprieta el botón.

El timbre suena feo, como si el parlante estuviera roto. Pero al poco tiempo se escucha una voz al otro lado. No se entiende bien lo que dice, pero el zumbido de la puerta se activa. Mario empuja el portón de metal. Adentro hay un pasillo largo, con olor a viejo y a comida recién hecha. Alguien está friendo algo en algún lado.

Empieza a subir las escaleras. No hay ascensor. Las gradas son de cemento, gastadas en el centro por tantos años de pisadas. Mario sube despacio, contando los pisos. Primero. Segundo. Tercero. Llega a un pasillo angosto con tres puertas. La del fondo dice 4B en un número metálico despegado. Respira hondo. Toca.

La puerta se abre casi de inmediato.

Silvia está ahí, en la entrada. Tiene puesta ropa casual pero arreglada: unos jeans negros ajustados, una blusa de manga larga color vino tinto, el pelo suelto sobre los hombros. No trae los lentes oscuros de la foto. Sus ojos marrones lo miran con curiosidad, sin desconfianza, como quien recibe a un cliente nuevo. Tiene una sonrisa pequeña, profesional pero no falsa. Es una mujer que sabe cómo poner cómoda a la gente.

—Hola, ¿Mario? —pregunta, como si ya lo supiera pero igual necesita confirmar.

—Sí. Hola —responde él, metiendo las manos a los bolsillos para que no se le noten los nervios.

—Pasa, pasa. Estaba terminando de ordenar unas cosas.

Mario entra. El departamento es pequeño pero acogedor. La sala tiene un sofá de dos plazas, una mesa ratona con revistas, una lámpara de pie que da luz cálida. Al fondo se ve un pasillo que debe llevar a las habitaciones. A la derecha, una puerta entreabierta deja ver lo que supone es el estudio: se alcanza a distinguir una camilla, una silla, una ventana con cortinas claras.

Silvia cierra la puerta y lo guía hacia el sofá.

—Siéntate tranquilo —dice, sentándose en el otro extremo, dejando espacio entre ellos—. ¿Quieres algo de tomar? Agua, té, algo fresco.

—Agua está bien. Gracias.

Silvia se levanta, va a la cocina que queda pegada a la sala, y regresa con dos vasos de agua. Mario aprovecha ese momento para mirar el lugar con más calma. Es un espacio de mujer sola, piensa. Hay plantas pequeñas en las ventanas, una manta tejida sobre el respaldo del sofá, una estantería con libros viejos y algunas velas. Nada lujoso. Pero limpio. Cuidado.

Silvia se sienta otra vez, esta vez más cerca. Le alcanza el vaso. Mario lo recibe con las dos manos, como si fuera un niño, y toma un sorbo largo.

—¿Encontraste bien la dirección? —pregunta ella, con ese tono de conversación casual que usan las personas que están acostumbradas a recibir extraños en su casa.

—Sí. El bus me dejó cerca. El edificio está un poco escondido, pero llegué.

—Sí, no es la zona más bonita, pero es tranquila. Llevo cinco años aquí y nunca he tenido problemas.

Mario asiente. Siente que debería decir algo más, pero no sabe qué. Silvia tampoco parece tener prisa. Se recuesta en el sofá, cruza una pierna sobre la otra, y lo mira con esa calma que él no logra imitar.

—Bueno —dice ella, rompiendo el silencio—. Cuéntame un poco de ti. Esto es lo primero que hablamos en persona, ¿no? Prefiero siempre conversar un rato antes de empezar. Para conocernos. Para que no haya malos entendidos.

Mario asiente otra vez. Traga saliva.

—Sí, claro. Yo… estudio en la universidad. Primero semestre. Vivo con mis papás todavía. No sé qué más decir.

—¿Y qué estudias?

—Algo aburrido. Administración. Mi papá quiere que saque la carrera rápido.

—¿Y tú qué quieres?

Mario se queda callado un segundo. Nadie le había preguntado eso.

—No sé. Terminar el semestre, supongo.

Silvia sonríe. No es una sonrisa de burla. Es una sonrisa de quien entiende que a los dieciocho años nadie sabe lo que quiere.

—Está bien —dice—. No tienes que saberlo todo ahora.

El silencio vuelve, pero esta vez menos incómodo. Mario mira sus propias manos. Luego mira a Silvia. Ella tiene el rostro relajado, la mirada fija en él, esperando. No lo presiona. No le hace preguntas raras. Solo está ahí, disponible.

Y entonces Mario la ve. No como a una mujer que va a torturar con cosquillas en los pies. La ve como la ha visto antes, en otro lugar. En una foto. Una foto de su mamá Claudia.

La memoria le llega sin avisar: la playa, el sol, las dos mujeres abrazadas, los bikinis, las sonrisas. Su mamá Claudia y una amiga. Esa amiga se parece demasiado a la mujer que está sentada frente a él. El mismo pelo oscuro. Los mismos ojos. La misma sonrisa pequeña.

Mario siente que el vaso de agua está a punto de caerse de sus manos. Lo apoya en la mesa ratona con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo más que el vidrio.

Silvia nota el cambio. Frunce un poco el ceño.

—¿Estás bien?

—Sí —miente Mario—. Sí, todo bien.

Pero no está bien. Porque ahora sabe. O cree saber. No está seguro todavía. Pero la foto de la playa está ahí, en su cabeza, y no se va.

Necesita confirmarlo.

—Disculpe —dice, con una voz que intenta sonar calmada pero le sale ronca—. ¿Usted… su apellido es Perez, verdad?

Silvia se queda quieta. Parpadea dos veces. No esperaba esa pregunta.

—Sí —responde despacio, como si midiera cada letra—. ¿Por qué lo preguntas?

Mario respira hondo. El corazón le late en la garganta.

—Porque mi mamá tiene fotos con usted. En Facebook. Claudia. Claudia Ortega. ¿La conoce?

El silencio que sigue es el más largo que Mario ha vivido en sus dieciocho años.

Silvia no se mueve. Su rostro pasa por varias cosas en cuestión de segundos: sorpresa, confusión, un destello de algo que podría ser miedo, y luego una calma forzada, aprendida después de años de lidiar con situaciones incómodas.

Se lleva una mano al cuello, como si le costara respirar.

—¿Claudia es tu mamá? —pregunta, aunque ya sabe la respuesta.

—Sí.

—¿Y tú… tú sabías? ¿Desde cuándo?

—No sabía. Lo juro. No me di cuenta hasta ahora, cuando lo vi. Usted se parece a la foto. La de la playa.

Silvia cierra los ojos un segundo. Abre la boca, la cierra. Parece estar armando una frase en su cabeza, desarmándola, volviéndola a armar.

—Mario —dice al final, con una voz baja, casi íntima—. Tú no le puedes decir nada a tu mamá. ¿Me entiendes? Nada de esto. Ni que viniste, ni lo que íbamos a hacer, ni mi anuncio, ni nada.

Mario la mira. Ve miedo en sus ojos. Miedo real. No de ella hacia él, sino de lo que su mamá pensaría. De lo que su amiga de años diría si supiera que su hijo menor de edad —bueno, ya no, pero casi— contactó a su amiga para hacerle cosquillas en los pies.

—No voy a decir nada —dice Mario, y lo dice en serio—. Pero tengo una condición.

Silvia aprieta los labios. Ya sabe lo que viene.

—Dime.

—Usted no se va a quejar hoy. No hay palabra de seguridad. No hay límite de tiempo. Yo decido cuándo paramos. Usted se aguanta las cosquillas todo lo que yo quiera. Sin límites. Y si llora de la risa o si suplica, no voy a parar hasta que yo esté satisfecho.

El silencio vuelve. Pero este es diferente. Este es el silencio de alguien que está calculando.

Silvia baja la mirada. Mira sus propias manos. Sus uñas rojas. Sus dedos. Piensa en Claudia. Piensa en los años de amistad. Piensa en lo que pasaría si se llega a saber. Piensa en el dinero, claro. Pero también piensa en algo más: en que este chico de dieciocho años, el hijo de su amiga, la tiene agarrada por un secreto que ella no puede pagar.

—Está bien —dice al final, sin levantar la vista—. Pero nada de sexo. Nada de desnudos. Solo cosquillas.

—Solo cosquillas —confirma Mario.

Silvia levanta la cabeza. Lo mira. Sus ojos ya no tienen miedo. Tienen algo más parecido a la resignación. O a la aceptación. O a las dos cosas.

—¿Dónde quieres hacerlo? —pregunta.

Mario señala la puerta entreabierta del estudio.

—Ahí.

Silvia se levanta. Camina hacia el estudio. Mario la sigue.

Ninguno de los dos sabe lo que va a pasar en las próximas horas. Pero los dos saben que nada va a volver a ser igual.

El estudio es más pequeño de lo que Mario imaginaba. Hay una camilla en el centro, de esas que parecen de spa o de consultorio médico, tapizada en un cuero sintético negro que ya tiene señales de uso. A los lados tiene correas negras ajustables, cuatro en total: dos en la cabecera, dos en los pies. Hay una ventana con cortinas blancas que dejan pasar la luz de la tarde, un mueble bajo con toallas dobladas, aceites y un parlante pequeño. El piso es de madera vieja, cruje en algunos sitios.

Mario cierra la puerta detrás de él. Silvia se queda de pie junto a la camilla, con los brazos cruzados sobre el pecho. No es que tenga frío. Es que se está protegiendo sin darse cuenta.

—Allí es donde trabajo —dice ella, señalando la camilla, como si necesitara decir algo para romper el hielo.

—Sí, ya veo —responde Mario, recorriendo con la mirada las correas. Le gusta lo que ve. Son resistentes. No va a tener problemas.

Silvia se muerde el labio. Quiere decir algo, pero no encuentra las palabras. Mario se da cuenta. La mira fijo.

—Acuéstese —dice. No es una orden. Tampoco es una pregunta. Es algo en el medio, como quien expresa un hecho inevitable.

Silvia lo mira. Suelta los brazos.

—¿Cómo quiere que me acueste? ¿Boca arriba o boca abajo?

—Boca arriba —responde Mario sin dudar—. Brazos estirados hacia arriba, piernas estiradas hacia abajo. Como una estrella.

Silvia asiente. Es una posición que conoce. No es la primera vez que la amarran. Pero esta vez es diferente. Esta vez la está amarrando el hijo de su amiga. Y esta vez no hay palabra de seguridad.

Se acerca a la camilla. Mira las correas. Mira a Mario. Él la observa sin decir nada, con los brazos cruzados, esperando.

Silvia se sienta en el borde de la camilla. Se inclina para quitarse los tenis. Pero antes de que pueda desatar los cordones, Mario habla.

—No se preocupe por eso. Yo se los quito cuando usted ya esté amarrada.

Silvia levanta la vista. Lo mira extrañada.

—¿Por qué?

—Porque quiero hacerlo yo. Es parte de… no sé. Es parte de lo que me gusta.

Silvia no dice nada. Solo asiente. Ya no va a pelear por cosas pequeñas. Ya aceptó lo principal.

Pero entonces Mario añade algo que ella no esperaba.

—Y quítese la blusa.

Silvia se queda quieta. Parpadea.

—¿Qué?

—La blusa. Quítese la blusa. Quiero que quede en brasier.

Silvia niega con la cabeza. No es una negación fuerte, pero es firme.

—Eso no fue lo que acordamos. Dijiste solo cosquillas. Nada de desnudos.

—Y no va a haber desnudos. El brasier la cubre. No es desnudo.

—Mario…

—Las reglas cambian —dice él, con una voz que intenta ser firme pero le tiembla un poco—. Usted no tiene palabra de seguridad, ¿recuerda? Y si no hace lo que le digo, yo le cuento a mi mamá. Todo. El anuncio, los mensajes, la foto que me mandó de sus pies. Todo.

Silvia cierra los ojos. Siente un nudo en la garganta. No es miedo. Es rabia. Pero también es conciencia de que tiene las manos atadas antes de que las correas toquen sus muñecas.

Abre los ojos. Mira a Mario. Él está serio, pero no cruel. No disfruta amenazarla. O tal vez sí. Tal vez esa es la parte que nunca había podido explorar.

Silvia se levanta de la camilla. Con movimientos lentos, casi mecánicos, agarra el borde de la blusa vino tinto y la sube por encima de su cabeza. La dobla con cuidado, como si ese gesto pudiera devolverle algo de dignidad, y la deja sobre la silla que está en la esquina. Se queda en brasier. Es negro, sencillo, sin mucho adorno. Sus brazos quedan al descubierto, sus hombros, parte de su pecho. Siente el aire de la tarde en la piel. Siente los ojos de Mario recorriéndola. No es una mirada lasciva. Es una mirada de quien está verificando que todo esté en orden.

—Bien —dice Mario, con la voz un poco más ronca—. Ahora acuéstese.

Silvia vuelve a sentarse en la camilla. Luego se recuesta despacio. La superficie es firme, tapizada, pero no incómoda. Estira los brazos hacia arriba, por encima de su cabeza, hasta que las manos quedan cerca del borde superior de la camilla. Estira las piernas hacia abajo, separadas apenas lo necesario para que los tobillos queden alineados con las correas de los pies.

Mario se acerca a la cabecera. Toma la correa izquierda. La pasa por la muñeca de Silvia, ajusta, cierra. No está demasiado apretada, pero tampoco tiene holgura. Silvia tira suavemente para probar. La muñeca no se mueve. Mario hace lo mismo con la derecha. La otra correa. La otra muñeca. Ajusta. Cierra.

Silvia ahora tiene los dos brazos fijos por encima de la cabeza. Las correas crujen un poco cuando ella intenta moverlos. No hay manera de soltarse.

Mario baja hacia los pies. Se arrodilla al final de la camilla. Mira los tenis de Silvia. Son blancos, de tela, un poco gastados en los bordes. Los toma con cuidado y empieza a desatar los cordones. Lo hace despacio, casi con ceremonia. No tiene prisa. Quiere disfrutar cada segundo.

Saca el primer tenis. Luego el segundo. Los deja en el suelo, ordenados, uno al lado del otro. Silvia tiene medias blancas, de algodón, esas que se usan para estar en casa. Mario pasa los dedos por encima de ellas, apenas rozando. Silvia no siente cosquillas todavía. Pero siente el roce. Y siente que su cuerpo ya se está poniendo alerta.

Mario toma el borde de la media izquierda y la enrolla hacia abajo. Aparece el pie. Los dedos pintados de rojo oscuro, la planta suave, el arco marcado. Mario se queda mirando un segundo más de lo necesario. Luego repite con la derecha. La otra media. El otro pie. Los dedos rojos. Las plantas igual de suaves.

Las deja descalzas sobre la camilla.

Toma la correa del tobillo izquierdo. La pasa por encima, la ajusta, la cierra. Hace lo mismo con el derecho. Aprieta lo suficiente para que no se salga, pero sin lastimar. Silvia mueve los pies de un lado a otro. Las correas sostienen. No hay fuga.

Mario se pone de pie. Se aleja un paso. Mira el conjunto: Silvia acostada, brazos arriba, piernas abajo, atada de muñecas y tobillos, en brasier, descalza, con los pies expuestos.

—Intente soltarse —dice Mario.

Silvia tira de los brazos. Las muñecas presionan contra las correas. Nada. Levanta la cabeza para mirar sus pies. Mueve los tobillos de un lado a otro. Las correas sujetan firmes. Tira con más fuerza. Los pies no se mueven más de un par de centímetros. Vuelve a intentar con los brazos. Mismo resultado.

—No puedo —dice, con una voz que ya no es la de la mujer profesional que recibió a Mario en la sala. Es la voz de alguien que acaba de darse cuenta de que realmente no puede escapar.

—Lo sé —responde Mario.

Se acerca otra vez a los pies. Se arrodilla. Mira las plantas de Silvia desde cerca. La piel es suave, sin callos, sin durezas. Los dedos están ligeramente separados. Las uñas rojas brillan con la luz de la tarde que entra por la ventana.

Mario pasa un dedo por la planta izquierda. Muy suave. Apenas un roce.

El cuerpo de Silvia reacciona antes de que su cerebro pueda procesarlo. Un espasmo recorre su pierna. Sus dedos se encogen. Y suelta una risa corta, nerviosa, casi un ladrido.

—¡Ah!

Mario sonríe. No se burla. Sonríe porque es real. Porque no es un video. Porque está ahí, con la mujer de la foto de su mamá, atada en su propia camilla, riendo antes de que él siquiera empiece.

—¿Ya empezó? —pregunta Silvia, con un hilo de voz.

—Apenas estoy calentando —responde Mario.

Y baja los dedos otra vez a las plantas.

Mario no espera más. Ya no hay dedos suaves deslizándose con calma. Ahora son las dos manos, los diez dedos, moviéndose rápidos, firmes, sin piedad, sobre las dos plantas al mismo tiempo. Suben y bajan por los arcos, se hunden en la carne blanda del talón, suben otra vez hasta la base de los dedos, todo en un movimiento continuo, rítmico, implacable.

Silvia no puede prepararse. No hay manera de prepararse para esto.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! —la carcajada le estalla desde el pecho como un disparo. Su cabeza se hunde en la camilla, los brazos tiran de las correas con una fuerza que no sabía que tenía, las piernas se sacuden, las caderas se levantan. Pero lo que más se mueve son los pies. Los pies intentan huir. Se doblan hacia los lados, los dedos se encogen, las plantas se arrugan tratando de esconderse, pero no hay dónde esconderse. Están atados. Expuestos. Totalmente vulnerables.

—¡JAJAJAJAJAJAJA NOOOO! —grita Silvia entre carcajadas, y ya no es la mujer profesional que recibió a Mario en la sala. Ya no es la masajista de 45 años que ha atendido cientos de clientes. Es solo una mujer atada, riendo sin control, mientras un chico de dieciocho años la tortura con cosquillas en las plantas de los pies.

Mario no habla. Está concentrado. Sus dedos se mueven con una precisión que él mismo no sabía que tenía. Ha visto tantos videos, ha leído tantos consejos en foros, ha imaginado este momento tantas veces, que ahora su cuerpo sabe qué hacer sin que su cerebro tenga que pensar. Los dedos recorren los arcos en espiral, bajan hasta los talones, suben otra vez. Cambia el ritmo. A veces rápido, a veces más lento, solo para sentir cómo la risa de Silvia cambia de tono, se vuelve más aguda cuando él disminuye la velocidad, más desesperada cuando él acelera.

Los pies de Silvia se mueven como si tuvieran vida propia. Se retuercen, se estiran, los dedos se abren y se cierran como si estuvieran haciendo un ejercicio que nadie les enseñó. Las plantas, esas plantas hipersuaves que siempre han sido su maldición, ahora son su peor enemigo. Cada roce de los dedos de Mario es una explosión de cosquillas que recorre sus piernas, su espalda, su cuello, hasta que todo su cuerpo es una sola carcajada.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡NO PUEDO MÁS! —grita, pero Mario no para. No va a parar. No hasta que él decida.

El sonido de las carcajadas llena el estudio. La camilla cruje con cada sacudida de Silvia. Las correas tensas sujetan sus muñecas y tobillos, impidiendo cualquier fuga. Afuera, el sol de la tarde sigue entrando por la ventana con cortinas blancas. Alguien está cocinando en el edificio, se huele a cebolla y a aceite. El mundo sigue normal. Pero aquí dentro, Silvia se está deshaciendo en risas.

Mario mira sus pies. Los ve retorcerse, ve cómo los dedos se encogen y se estiran, cómo las plantas se arrugan y se alisan. Son los pies de la amiga de su mamá. La mujer de las fotos de la playa. La que aparece abrazando a Claudia en las reuniones de fin de año. Y ahora está aquí, atada, en brasier, riendo a carcajadas porque él le está haciendo cosquillas en las plantas hipercosquilludas.

Le parece irreal. Pero también le parece perfecto.

Sigue atacando. Sin pausa. Sin bajar la intensidad. Los dedos de Mario vuelan sobre las plantas suaves como si estuvieran tocando un instrumento que ha practicado durante años. Y la risa de Silvia es la música.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡YA BASTA! —suplica ella, pero la súplica se ahoga entre carcajadas. Las lágrimas empiezan a asomar en sus ojos color miel. No es tristeza. Es solo la respuesta de un cuerpo que ha sido llevado al límite.

Mario la mira. Ve su rostro desencajado por la risa, su cabello negro rizado pegado a las sienes por el sudor, su piel trigueña clara sonrojada en las mejillas. Ve sus brazos estirados hacia arriba, las manos cerradas en puños, las uñas apretadas contra las palmas. Ve su torso cubierto por el brasier negro, subiendo y bajando con cada respiración entrecortada.

Y luego baja la mirada otra vez a los pies. Sus pies. Sus plantas hipersuaves. Sus dedos con uñas rojas moviéndose sin control.

—¿Ya quiere que pare? —pregunta Mario, con una voz tranquila, casi conversacional, como si no estuviera haciendo nada especial.

—¡JAJAJAJAJA SÍÍÍÍ! —grita Silvia, con la voz rota.

Mario sonríe.

—Qué lástima —dice.

Y sigue.

Sus dedos se concentran ahora en los arcos, que es donde ha notado que ella se retuerce más. Sube y baja, sube y baja, con un movimiento rápido de sus yemas. Silvia estalla en carcajadas todavía más fuertes, si eso es posible. Los pies intentan encogerse, pero las correas lo impiden. Solo pueden moverse de un lado a otro, como peces fuera del agua.

—¡JAJAJAJAJAJAJA NOOOO AHÍ NO! ¡AHÍ ES PEOR! —chilla ella, y Mario anota mentalmente: los arcos. El punto débil.

Pasa a los dedos. Sus dedos se deslizan entre los dedos de los pies de Silvia, rozando esa piel sensible que casi nunca recibe luz solar. La reacción es inmediata. Silvia pega un brinco que levanta toda la camilla unos centímetros.

—¡¡JAJAJAJAJAJAJAJA!! ¡NO ENTRE LOS DEDOS NOOO!

Mario obedece. Pero no en el sentido que ella quiere. Obedece el impulso de seguir explorando. Sigue metiendo los dedos entre los espacios, uno por uno, despacio, sintiendo cómo la piel se arruga y cómo Silvia se retuerce como si estuviera recibiendo una descarga eléctrica.

—¡JAJAJAJAJAJA ME VOY A VOLVER LOCA! —grita ella, y las lágrimas ya ruedan por sus mejillas, mezcladas con el sudor y la risa.

Mario se detiene un momento. Solo un momento. Los pies de Silvia dejan de moverse. Ella respira agitada, con pequeños espasmos de risa que todavía sacuden su cuerpo. Lo mira con los ojos color miel llorosos, suplicantes.

—¿Por qué paraste? —pregunta ella, sin saber por qué dice eso.

Mario la mira extrañado.

—¿Quiere que siga?

Silvia cierra los ojos. Respira hondo. Siente sus pies latiendo, hipersensibles, cada nervio al borde del abismo.

—No —dice, con una voz que no es la de la negociación, sino la de la rendición—. Pero vas a seguir igual.

Mario asiente. Ella tiene razón.

Y vuelve a bajar las manos.

Mario no detiene el ataque. Sus dedos siguen bailando sobre las plantas de Silvia con un ritmo que él mismo va improvisando. A veces rápidos, como si estuviera tocando un piano en un concierto frenético. Otras veces más lentos, arrastrando las yemas por la piel suave, solo para sentir cómo los pies de ella se tensan anticipando la siguiente oleada. No hay pausa. No hay respiro. Solo las manos de Mario y los pies de Silvia y esa risa que ya no es ni siquiera una respuesta voluntaria, sino el simple reflejo de un cuerpo que ha perdido toda capacidad de control.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —Silvia ríe sin parar. Ya no suplica. Ya no dice «no puedo más». Ya no pide piedad. Sus palabras se han acabado. Solo queda la risa, pura y desbordada, saliendo de su pecho en oleadas que parecen no tener fin. Sus brazos tiran de las correas por reflejo, pero ya no es un intento serio de escapar. Es solo su cuerpo reaccionando a algo que ya no puede detener. Las manos se abren y se cierran sobre su cabeza, los dedos apretando el vacío.

Mario sigue. Ahora sus dedos recorren los bordes laterales de las plantas, esa zona que los zapatos siempre protegen y que por eso es todavía más sensible. Silvia arquea la espalda. La camilla cruje. Su cabeza se hunde en la superficie y luego se levanta, en un movimiento que parece de natación más que de resistencia. El cabello negro rizado se pega a sus mejillas, al cuello, a los hombros descubiertos por el brasier. Sus ojos color miel están abiertos pero no miran nada. Solo están ahí, vidriosos por las lágrimas de la risa, mientras ella ríe y ríe y ríe.

Los pies se mueven en todas direcciones. Los dedos se encogen como si quisieran formar un puño, pero las plantas quedan expuestas igual, porque Mario encuentra la manera de llegar a cada pliegue, a cada rincón, a cada centímetro de esa piel hipersuave que parece hecha para esto. Sus uñas, cortas pero firmes, se deslizan por los arcos dibujando líneas invisibles que Silvia siente como pequeñas explosiones. Sus yemas presionan los talones con movimientos circulares que hacen que las piernas de ella se sacudan como si tuvieran vida propia.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —la risa es continua ahora, una sola carcajada interminable que solo cambia de tono cuando Mario acelera o cuando desacelera. Pero nunca se detiene. Silvia ya no sabe cuánto tiempo ha pasado. Perdió la noción después de los primeros minutos. El reloj en la pared del estudio marca las cuatro y veinte, pero ella no lo ve. Solo siente las manos de Mario en sus pies, y la risa que brota sin que ella pueda hacer nada para contenerla.

Mario la mira. No habla. No necesita hacerlo. Disfruta del

espectáculo en silencio, con una concentración que no había experimentado nunca. Los pies de Silvia son todo lo que él imaginó y más. Son suaves como la seda. Hipersensibles como si cada terminación nerviosa estuviera a flor de piel. Se mueven sin parar, se retuercen, se estiran, los dedos se separan y se juntan en un baile desesperado que a él le parece hermoso.

Sus dedos bajan otra vez a las plantas. Esta vez ataca desde el talón hacia arriba, con movimientos largos y firmes, como si estuviera peinando la piel con las yemas. Silvia responde con una carcajada más grave, más profunda, que sale del fondo de su pecho y retumba en las paredes del estudio. Es una risa distinta. Es la risa del agotamiento. La risa de alguien que ya no tiene fuerzas para resistir, solo para reír.

Mario lo nota. Pero no para. Sabe que ella puede más. Sabe que esto es solo el comienzo.

Mario sigue. No hay razón para detenerse. No hay palabra de seguridad. No hay límite de tiempo. Solo él, sus dedos, y los pies de Silvia. Esa mujer de 45 años que conoció en las fotos del Facebook de su mamá, la que aparecía abrazando a Claudia en la playa, la que sonreía con una copa de vino en la cena de Navidad. Ahora está aquí, atada en su propio estudio, en brasier, con el cabello negro rizado desordenado sobre la camilla, riendo a carcajadas porque él no para de hacerle cosquillas en las plantas de los pies.

Y a Mario eso le parece casi irreal. Pero también le parece exactamente lo que siempre quiso.

Sus dedos se mueven con confianza ahora. Ya no es el chico nervioso que entró al estudio hace una hora. Es alguien que está haciendo lo que ha deseado hacer durante años: tener a una mujer madura bajo su control, riendo sin parar, mientras él explora cada centímetro de sus pies hipersensibles. Las plantas de Silvia son su territorio. Las recorre una y otra vez, como si estuviera memorizando un mapa. Sabe dónde está el arco más sensible (el izquierdo, justo en la curva). Sabe dónde los dedos reaccionan más (entre el segundo y el tercero, sobre todo en el pie derecho). Sabe cuánta presión aplicar para que ella se retuerza sin llegar al punto de romperse.

Y Silvia solo ríe.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —la risa es ininterrumpida ahora. Ya no hay palabras. Ya no hay súplicas. Solo carcajadas que salen de su pecho como si alguien hubiera abierto una llave que ella no puede cerrar. Su cuerpo se sacude en la camilla, las caderas suben y bajan, los hombros se tensan, los brazos tiran de las correas, la cabeza se mueve de un lado a otro. Pero los pies, los pobres pies, son los que más se mueven. Se retuercen como si quisieran desprenderse de sus tobillos. Los dedos se abren y se cierran en un movimiento frenético que a Mario le parece hipnótico.

Él se arrodilla mejor al final de la camilla, apoyando los codos en el borde para tener más estabilidad. Así puede usar las dos manos sin cansarse. La izquierda se encarga del pie izquierdo. La derecha del derecho. Cada mano hace movimientos independientes, como si estuviera tocando dos instrumentos diferentes al mismo tiempo. Con la izquierda hace círculos lentos en el arco. Con la derecha sube y baja rápido por la planta entera. Silvia responde con una risa que cambia de tono según qué pie esté siendo atacado de qué manera. Es como si Mario estuviera dirigiendo una orquesta de una sola persona.

—JAJAJAJAJAJAJAJA —más aguda cuando él acelera en el pie derecho. —JAJAJAJAJAJAJAJA —más grave cuando él se concentra en el arco izquierdo.

Mario sonríe. Le gusta tener ese control. Le gusta saber que cada movimiento suyo produce un sonido distinto en ella. Le gusta que Silvia, la amiga de su mamá, la mujer madura que sale en las fotos familiares, esté ahora completamente rendida a sus manos.

Piensa en Claudia. Piensa en su mamá. Piensa en todas las veces que vio a Silvia en las reuniones, tan tranquila, tan seria, hablando de masajes y de terapias. Nunca imaginó que debajo de esa fachada de mujer profesional había unos pies tan hipersensibles. Nunca imaginó que estaría aquí, haciendo exactamente esto.

El pensamiento le produce una mezcla de culpa y excitación. La culpa es leve, apenas un roce en el fondo de su conciencia. La excitación es mucho más fuerte. Y no es una excitación sexual, al menos no principalmente. Es la excitación del poder. Es la emoción de tener a alguien completamente a su merced. Es la satisfacción de un fetiche que ha alimentado durante años y que ahora, finalmente, está siendo real.

Sigue atacando. Ahora usa las uñas. No mucho, solo lo suficiente para que Silvia sienta ese cosquilleo más punzante, más eléctrico. Las pasa suavemente por los arcos, dibujando líneas paralelas que suben y bajan. El efecto es inmediato. Los pies de Silvia se sacuden como si hubieran recibido una descarga. Su risa se vuelve más aguda, casi un chillido entrecortado.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA—risa—JAJAJAJAJA—risa—JAJAJAJAJAJA—no hay aire, no hay pausa, solo la risa y el movimiento.

Mario mira el rostro de Silvia. Tiene los ojos cerrados. Las lágrimas siguen rodando por sus mejillas. El brasier se ha movido un poco con tantas sacudidas, dejando ver apenas el borde de su piel trigueña clara en los costados. No es algo que Mario note con lujuria. Es solo parte del cuadro: una mujer de 45 años, atada, sudando, riendo, completamente vulnerable.

Él disfruta cada segundo.

Sus dedos vuelven a las plantas enteras. Ahora usa un movimiento de vaivén, como si estuviera lavando algo con movimientos rápidos de un lado a otro. Las manos le empiezan a doler un poco, pero no le importa. Ha esperado demasiado tiempo para esto. No va a detenerse por un calambre.

Silvia sigue riendo. Ya no intenta zafarse. Sus pies siguen moviéndose, pero es un movimiento casi automático, como el de un animal que ya aceptó que está atrapado. Su cuerpo sigue sacudiéndose, pero con menos fuerza. El agotamiento empieza a hacer efecto. Las carcajadas siguen siendo fuertes, pero hay algo en ellas que ha cambiado. Son más hondas. Más rendidas.

Mario lo nota. Y en lugar de aliviar la presión, la aumenta.

Porque él todavía no ha terminado. Porque todavía tiene mucho tiempo. Porque Silvia es exactamente lo que él buscaba: una mujer madura, hipercosquilluda, con las plantas más suaves que ha sentido jamás, y que además es amiga de su mamá.

Ese último detalle hace que todo sea mejor. No peor. Mejor.

Mario se detiene.

Las manos se van de los pies de Silvia. El silencio llega de golpe, interrumpido solo por la respiración agitada de ella. Sus pulmones se llenan de aire como si hubiera estado nadando bajo el agua durante minutos. El pecho sube y baja rápido. El brasier negro se mueve con cada inhalación. Los brazos siguen estirados hacia arriba, las muñecas todavía presionan las correas, pero ya no con la fuerza de antes. Los pies, los pobres pies, se quedan quietos por primera vez en lo que parece una eternidad. Los dedos se relajan. Las plantas dejan de arrugarse.

Silvia respira. Solo respira. No habla. No puede hablar todavía.

Mario se pone de pie. Las rodillas le cruje un poco por haber estado tanto tiempo arrodillado. Camina alrededor de la camilla. Sus pasos son lentos, seguros. El piso de madera cruje bajo sus zapatos. Silvia sigue con los ojos cerrados, recuperando el aliento. Escucha los pasos. Sabe que él se acerca. No sabe a dónde va.

Los pasos se detienen.

Silvia abre los ojos. Mario está a un lado de la camilla, justo a la altura de su torso. La mira. Ella lo mira. Hay un momento de silencio donde solo se escucha la respiración de ella y el ruido de un carro que pasa afuera.

—¿Ya? —pregunta Silvia, con una voz rota, casi un susurro.

Mario niega con la cabeza.

—Apenas estamos empezando.

Y antes de que Silvia pueda procesar esa frase, las manos de Mario están en su barriga.

No es un ataque suave. No es una caricia. Es un movimiento rápido, de dedos extendidos, que recorren su piel descubierta desde el ombligo hasta las costillas. La barriga de Silvia es suave, más suave aún que las plantas de sus pies. La piel se tensa bajo el roce de los dedos, y ella suelta un grito que no es de dolor, pero tampoco es exactamente de risa. Es un grito de sorpresa, de alerta, de algo que no puede controlar.

—¡AAAH! ¡NO!

Pero el grito se convierte en carcajada antes de que termine de salir. Porque los dedos de Mario ya están atacando el ombligo, esa zona ridículamente sensible que ella siempre había logrado proteger. No en esta camilla. No con los brazos atados por encima de la cabeza. El ombligo queda completamente expuesto, y las yemas de Mario dibujan círculos alrededor de él, haciendo que la piel se tense y que Silvia retuerza todo el torso.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO AHÍ NO! ¡AHÍ ES PEOR QUE LOS PIES!

Mario no le cree. O tal vez le cree, pero eso solo lo anima a seguir. Sus dedos abandonan el ombligo y suben por la cintura, esa zona blanda que a Silvia siempre le ha dado vergüenza pero que ahora es el centro del ataque. Los dedos de Mario se mueven rápidos, pinchando suavemente los costados, subiendo y bajando como si estuviera tocando un acordeón. Silvia estalla. Su cuerpo se sacude de un lado a otro, las caderas se levantan de la camilla, los brazos tiran de las correas con una fuerza renovada.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NOOOO! ¡POR AHÍ NOOO!

Pero Mario sigue. Ahora ataca las caderas. Esa zona ósea pero cubierta de una piel fina que reacciona a cualquier roce. Sus dedos se mueven en espiral sobre los huesos de la cadera, justo donde el jeans negro termina y la piel comienza. Silvia pega un brinco entero. La camilla se mueve unos centímetros. Las correas crujen.

—¡JAJAJAJAJAJAJA ME VOY A CAER! —grita ella, pero no va a caerse. Está bien atada.

Mario sube a las costillas. Ahora sí, esto es serio. Las costillas de Silvia son visibles bajo la piel, una por una, formando una línea que sube desde la cintura hasta el pecho. Mario mete los dedos entre ellas, no con fuerza, solo rozando. Pero es suficiente. Silvia grita. No un grito de dolor. Un grito de desesperación. Porque las costillas, Dios, las costillas son su punto débil número dos. Lo sabe desde siempre. Cada vez que alguien se acerca a sus costillas, ella se encoge. Pero ahora no puede encogerse. Tiene los brazos atados por encima de la cabeza, las piernas estiradas, todo su cuerpo expuesto como una tabla de tender.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO LAS COSTILLAS NO! ¡POR FAVOR NO LAS COSTILLAS!

Mario no entiende por qué ella dice «por favor» si sabe que no va a parar. Pero le gusta escucharlo. Le gusta la desesperación en su voz. Le gusta saber que él es la causa de esa desesperación.

Sigue atacando las costillas. Sube y baja con los dedos, una y otra vez, como si estuviera tocando las teclas de un piano. La risa de Silvia se vuelve frenética, casi histérica. Su cuerpo se arquea y se contrae en movimientos que parecen convulsiones. La cabeza se mueve de un lado a otro. El cabello negro rizado está completamente pegado a su cara.

Mario sube a las axilas.

Silvia ya no grita. No puede. La risa le ocupa todo el espacio. Las axilas son territorio prohibido, lo sabe cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad. Y las de Silvia no son la excepción. Mario mete los dedos ahí, suavemente al principio, luego con más decisión. La piel es suave, más suave que en cualquier otra parte, y los nervios están tan cerca de la superficie que cualquier roce produce una explosión.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —Silvia ya no forma palabras. Solo carcajadas. Carcajadas que salen de algún lugar profundo, de algún lugar que no sabía que existía. Su cuerpo se mueve como si tuviera electricidad recorriéndolo. Los brazos tiran de las correas como si quisiera arrancarlas de la pared. Pero las correas aguantan. Todo aguanta.

Mario la mira mientras sus dedos siguen atacando las axilas. Ve su rostro desencajado, sus ojos color miel llenos de lágrimas, su boca abierta en una carcajada infinita. Ve su cuerpo sacudiéndose, sus piernas moviéndose sin control, sus pies, esos pies hipersensibles, retorciéndose otra vez aunque él no los esté tocando.

Es un espectáculo. Y él es el único espectador.

Sigue. Las manos bajan a las costillas otra vez. Suben a la cintura. Vuelven a las axilas. Recorren toda la barriga, el ombligo, las caderas. No dejan ningún centímetro sin explorar. Y Silvia ríe. Solo ríe. Sin parar. Sin piedad. Sin esperanza de que esto termine pronto.

Porque Mario no va a parar. No todavía. No cuando apenas está empezando a disfrutarlo de verdad.

Mario se da cuenta de algo mientras sus dedos recorren la piel de Silvia. No es una revelación repentina. Es más bien una certeza que se va construyendo con cada roce, con cada carcajada, con cada sacudida del cuerpo de ella. El torso de Silvia es muy cosquilludo. No solo en las costillas o en las axilas. Es todo. La barriga, la cintura, las caderas, incluso los costados donde la piel se tensa sobre los músculos. Todo su torso reacciona con la misma intensidad que sus pies. Quizás más.

Y Mario está disfrutando de eso.

No es solo la satisfacción del fetiche. Es algo más. Es la sensación de tener el control absoluto sobre el cuerpo de otra persona. Es ver cómo algo tan simple como el roce de sus dedos puede producir una reacción tan desmedida. Es escuchar esa risa que ya no es ni siquiera risa, sino algo más parecido a un reflejo, algo que sale de Silvia sin que ella pueda hacer nada para detenerlo.

Mario sonríe. No puede evitarlo. Sus dedos bajan por los costados de Silvia, justo donde la piel es más fina y los nervios están más cerca de la superficie. Ella se retuerce, las caderas se levantan de la camilla, la cabeza se hunde en la superficie mientras las carcajadas se atropellan unas a otras.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —es todo lo que sale de su boca.

Mario mira su torso. El brasier negro se ha movido un poco más, dejando ver el borde inferior de sus senos. Pero él no mira eso. Mira la piel. Esa piel trigueña clara que brilla bajo la luz de la tarde. Mira cómo se tensa y se relaja con cada movimiento. Mira cómo los músculos de su abdomen se contraen cuando él pasa los dedos por la cintura.

Es hipnótico.

Sus dedos suben a la barriga. La piel ahí es suave, muy suave, sin una sola marca. Mario dibuja círculos alrededor del ombligo, despacio al principio, luego más rápido. Silvia estalla. Su cuerpo se arquea como si quisiera doblarse sobre sí misma, pero las correas se lo impiden. Los brazos tiran hacia arriba. Las piernas se estiran hacia abajo. El torso queda atrapado en el medio, retorciéndose sin ningún lugar a donde ir.

—¡JAJAJAJAJAJAJA NOOO! —grita ella, pero la súplica se pierde entre carcajadas.

Mario sigue. Ahora ataca el ombligo directamente. Mete la yema de un dedo ahí, apenas presionando. La reacción es inmediata. Silvia pega un brinco tan fuerte que la camilla se corre unos centímetros. Las correas crujen como si estuvieran a punto de ceder. Mario se ríe. No una risa de burla. Una risa de asombro.

—Eres muy cosquilluda —dice, casi para sí mismo.

Silvia no puede responder. Solo ríe. Las lágrimas le corren por las mejillas, mezcladas con el sudor. El cabello negro rizado está pegado a su frente, a sus sienes, a su cuello.

Mario sube a las costillas otra vez. Esta vez no solo con los dedos. Usa las uñas, muy suave, apenas rozando. Recorre cada costilla una por una, desde la más baja hasta la más alta, justo donde empieza el pecho. Silvia pierde la capacidad de articular cualquier cosa. Solo salen carcajadas. Carcajadas y más carcajadas. Su cuerpo se sacude como si tuviera fiebre. Los pies se retuercen al final de la camilla, aunque Mario no los está tocando. Es una reacción en cadena. Las cosquillas en el torso le recorren todo el cuerpo.

Mario disfruta cada segundo. No tiene prisa. Sabe que tiene tiempo. Sabe que Silvia no va a ninguna parte. Sabe que puede seguir así durante horas, explorando cada rincón de ese torso hipersensible, descubriendo nuevas zonas que hacen que ella se retuerza más, que ría más fuerte, que se deshaga un poco más.

Baja a las caderas otra vez. Esa zona ósea que a Silvia siempre le ha parecido poco interesante, pero que ahora se convierte en el centro del ataque. Mario pasa los dedos por los huesos de la cadera, dibujando círculos, subiendo y bajando. Silvia mueve las caderas de un lado a otro como si quisiera quitárselo de encima. Pero no puede. Las correas sujetan sus tobillos y sus muñecas. Solo puede moverse dentro de lo que las correas permiten. Y lo que permiten es suficiente para que se retuerza, pero no para que escape.

—JAJAJAJAJAJAJA —la risa es más grave ahora, más cansada. Pero igual de intensa.

Mario la mira a los ojos. Los tiene abiertos, color miel, brillantes por las lágrimas. Lo miran fijo. No hay súplica en ellos. No hay enojo. Solo una especie de aceptación. Como si ella hubiera entendido que esto va a seguir, que él no va a parar, y que lo único que puede hacer es reír.

Él sonríe. No dice nada. No necesita decir nada.

Sus dedos vuelven a la barriga. A la cintura. A las costillas. A las axilas. Recorren todo el torso una y otra vez, sin orden, sin patrón, solo porque él quiere sentir cómo reacciona cada parte. Quiere memorizar qué zona la hace retorcerse más. Quiere saber exactamente dónde presionar para que la risa se vuelva más aguda. Quiere aprender el mapa de su cuerpo.

Y Silvia, atada, sudando, riendo sin parar, se lo permite. No porque quiera. Sino porque no tiene otra opción.

Mario se concentra en las axilas. Ha estado recorriendo todo el torso, pero siempre vuelve allí. Hay algo en esa zona que lo fascina. Quizás es la piel, más suave que en cualquier otra parte. Quizás es la forma en que Silvia cierra los brazos instintivamente, aunque las correas se lo impiden. Quizás es el sonido que sale de ella cuando sus dedos tocan ese lugar: un grito ahogado que se convierte en carcajada antes de terminar.

Las axilas de Silvia están recién depiladas. Mario lo nota desde la primera vez que las tocó. La piel está lisa, sin ningún vello que interfiera entre sus dedos y los nervios de ella. Eso las hace más sensibles. Mucho más sensibles. Cada roce se siente directo, sin filtro. Las yemas de Mario recorren la superficie suave, despacio al principio, luego más rápido, y Silvia responde con una risa que parece venir de algún lugar muy profundo.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA —ríe. Solo ríe. Ya no dice palabras. Las palabras requieren un pensamiento que ella ya no tiene. Solo existe la risa. Y las manos de Mario. Y esa sensación eléctrica que le recorre los costados del pecho y le sube hasta el cuello.

Mario mete los dedos más adentro. No mucho, solo lo suficiente para que las yemas rocen toda la superficie. La axila es una cavidad pequeña, pero cada milímetro está lleno de terminaciones nerviosas. Él lo sabe. Lo ha leído en los foros. Pero leerlo es una cosa. Sentirlo, verlo, escucharlo, es otra completamente diferente.

Silvia cierra los brazos. Es un reflejo. Aunque las correas sujetan sus muñecas por encima de la cabeza, ella intenta bajar los brazos para proteger sus axilas. Pero no puede. Los brazos están fijos, estirados, completamente expuestos. Las axilas quedan abiertas, vulnerables, a merced de los dedos de Mario. Él aprovecha. Sus dedos se mueven en círculos pequeños, presionando apenas, sintiendo cómo la piel se tensa y se relaja con cada carcajada.

—JAJAJAJAJAJAJA —la risa se vuelve más aguda. Es la risa del desespero. No de un desespero negativo, sino del desespero de alguien que sabe que no puede hacer nada para detener lo que está pasando.

Mario cambia el movimiento. Ahora no son círculos. Son líneas rectas, de arriba abajo, como si estuviera peinando la axila con los dedos. Sube hasta donde termina la cavidad, baja hasta donde empieza el brazo. Silvia se retuerce. No solo el torso. Todo el cuerpo. Las piernas se sacuden. Los pies se retuercen. La cabeza se mueve de un lado a otro sobre la camilla.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —la risa es ininterrumpida. No hay espacio para respirar entre carcajada y carcajada. Silvia siente que se va a ahogar, pero no se ahoga. El cuerpo sabe cómo reír y respirar al mismo tiempo, aunque ella no sepa cómo.

Mario la mira. Sus axilas están rojas, no por el dolor, sino por el roce constante. La piel se ha irritado apenas, y eso las hace aún más sensibles. Él lo nota porque ella se retuerce más cuando él pasa los dedos por las zonas enrojecidas. No le duele. Pero las cosquillas se intensifican.

Sigue. No va a parar. No hasta que él decida.

Las manos de Mario se turnan. Una ataca la axila izquierda mientras la otra descansa. Luego cambian. Luego las dos al mismo tiempo. Quiere explorar todas las posibilidades. Quiere saber qué siente ella cuando él usa solo una mano, cuando usa las dos, cuando mueve los dedos rápido, cuando los mueve lento. Cada variación produce una respuesta distinta. Una risa más aguda. Una sacudida más fuerte. Un movimiento más desesperado de sus brazos atados.

Silvia ya no intenta decir nada. No tiene sentido. Las palabras no van a detenerlo. Nada va a detenerlo. Solo queda reír. Y reír. Y reír.

Mario disfruta. Disfruta de la suavidad de su piel recién depilada. Disfruta de cómo se retuerce. Disfruta de esa risa que ya es parte del ambiente, como el aire o la luz de la tarde. No piensa en su mamá. No piensa en Claudia. No piensa en las consecuencias. Solo piensa en las axilas de Silvia. En sus dedos. En la risa.

El resto no importa.

Mario baja las manos a las costillas. Los dedos se posan ahí, cinco a cada lado, como dos arañas quietas antes de moverse. Silvia siente el contacto y su cuerpo se tensa. Sabe lo que viene. Lo ha sentido antes, en otras sesiones, con otros clientes. Pero esto es diferente. Esto es Mario. El hijo de su amiga. Y no hay palabra de seguridad.

Los dedos comienzan a moverse.

No es un movimiento suave. No es una caricia. Es un recorrido firme, decidido, que sube desde las costillas más bajas hasta las más altas, justo donde empieza el pecho. Las yemas presionan la piel, aprietan apenas, sienten el hueso debajo. Luego bajan otra vez. Suben. Bajan. Es un vaivén constante, rítmico, implacable.

Silvia estalla.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —la carcajada sale con una fuerza que la sorprende a ella misma. Su cuerpo se arquea, las caderas se levantan, la cabeza se hunde en la camilla. Los brazos tiran de las correas como si quisiera arrancarlas. Pero las correas aguantan. Todo aguanta.

Mario mira sus dedos moviéndose sobre las costillas de Silvia. Parecen arañas, sí. Arañas rápidas que suben y bajan sin descanso. A veces aprietan, hundiéndose en la piel suave. A veces arañan, muy suave, solo lo suficiente para que las uñas rocen los nervios que están justo debajo de la superficie. Silvia responde a cada movimiento con una sacudida distinta. Una risa más aguda cuando él aprieta. Un gemido entrecortado cuando araña. Un movimiento brusco de todo el torso cuando combina las dos cosas.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA —ella ríe. Solo ríe. Ya no hay espacio para otra cosa.

Mario acelera el ritmo. Los dedos suben y bajan más rápido, como si estuvieran corriendo una carrera sobre las costillas de Silvia. Suben hasta las axilas, bajan hasta la cintura, vuelven a subir. Es un viaje continuo, sin pausa, sin respiro. Silvia siente que las cosquillas le recorren todo el torso, que se expanden como ondas en el agua. Desde las costillas hasta la barriga, desde la barriga hasta las caderas, desde las caderas hasta los pies, que se retuercen al final de la camilla sin que nadie los toque.

Mario se da cuenta de eso. Los pies de Silvia se mueven solos, como si las cosquillas en las costillas les llegaran de rebote. Eso le gusta. Eso le dice que no necesita atacarlos todo el tiempo para mantenerla desesperada.

Sigue. Los dedos ahora no solo suben y bajan. También se mueven en círculos sobre cada costilla, una por una. Empieza por la más baja, la que casi toca la cintura. Hace círculos pequeños con la yema del dedo. La piel se tensa. Silvia se retuerce. Pasa a la siguiente costilla. Círculos otra vez. Silvia pega un brinco. Siguiente. Círculos. Brinco. Es como si Mario estuviera tocando un instrumento hecho de hueso y piel, y cada nota fuera una carcajada.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —Silvia ya no sabe cuánto tiempo ha pasado. Perdió la noción después de que él empezó con las costillas. Solo sabe que le duele la mandíbula de tanto reír. Que las lágrimas no paran de correr. Que el sudor le cubre todo el cuerpo.

Mario no habla. Está concentrado. Sus dedos se mueven con una precisión que él mismo no sabía que tenía. Ha practicado tanto en su imaginación, ha visto tantos videos, que ahora su cuerpo sabe qué hacer sin que él tenga que pensar. Los dedos aprietan, arañan, suben, bajan, hacen círculos, líneas rectas, espirales. Todo sobre las costillas de Silvia. Esas costillas que ahora conoce mejor que las suyas propias.

Silvia sigue riendo. No puede hacer otra cosa. Su cuerpo está secuestrado por las cosquillas. Cada vez que cree que va a tener un respiro, Mario cambia el movimiento, cambia la velocidad, cambia la presión. No hay manera de anticipar. No hay manera de prepararse. Solo queda reír.

Mario sonríe. No es una sonrisa de burla. Es una sonrisa de satisfacción. Está haciendo lo que siempre quiso hacer. Y Silvia, la amiga de su mamá, la mujer madura de las fotos de la playa, está ahí, atada, sudando, riendo sin parar, completamente a su merced.

No hay nada más que pedir.

Los dedos de Mario abandonan las costillas y bajan a la barriga. No hay transición suave. Un segundo están atacando las costillas, y al siguiente ya están sobre la piel suave del abdomen de Silvia. Ella apenas tiene tiempo de procesar el cambio antes de que las cosquillas exploten en una zona nueva.

La barriga de Silvia es blanda, no por falta de ejercicio, sino porque es mujer y tiene 45 años y su cuerpo ha guardado recuerdos en cada centímetro. Mario pasa las manos por encima, sintiendo la textura. Es suave. Más suave que las costillas. La piel se hunde apenas bajo la presión de sus dedos, como si estuviera hecha de algo más frágil.

Mario ataca con los dedos abiertos, como arañas otra vez. Recorre toda la barriga de arriba abajo, de un costado al otro. Sin orden. Sin patrón. Solo movimientos rápidos que cubren la mayor superficie posible. Silvia respira hondo y esa respiración se convierte en carcajada antes de terminar.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA —la risa es diferente ahora. Más grave. Más profunda. Viene de algún lugar del pecho que las cosquillas en los pies no alcanzan.

Mario se concentra en la cintura. Esa zona estrecha donde la piel se tensa sobre los músculos. Sus dedos recorren los costados, subiendo y bajando, apretando apenas. Silvia se retuerce. Las caderas se levantan de la camilla, buscando escapar, pero no hay escape. Las correas sujetan sus tobillos, sus muñecas, todo su cuerpo está fijo excepto el torso, que puede moverse solo lo suficiente para que ella sienta que intenta algo.

—JAJAJAJAJAJAJAJA —ríe. No hay palabras. Las palabras hace rato que se acabaron.

Mario baja a las caderas. Esa zona ósea que a él le parece fascinante. Pasa los dedos por los huesos que sobresalen apenas bajo la piel. Dibuja círculos alrededor de ellos. Sube. Baja. Aprieta. Araña. Silvia mueve las caderas de un lado a otro como si estuviera bailando una canción que solo ella escucha. Pero no es baile. Es desesperación. Es el intento de sacudirse unas manos que no se sacuden.

Mario disfruta. Le gusta cómo se mueven sus caderas. Le gusta cómo la piel se tensa cuando él pasa los dedos por los huesos. Le gusta la risa. Esa risa que ya es parte del ambiente, como la luz que entra por la ventana o el olor a aceite de masajes que flota en el aire.

Sus dedos vuelven a la cintura. Luego a la barriga. Luego a las caderas. Es un viaje continuo, un recorrido que él improvisa mientras observa las reacciones de ella. Cada zona responde distinto. La barriga se hunde y se levanta con cada carcajada. La cintura hace que ella se arquee. Las caderas hacen que se mueva de lado a lado.

Mario aprende. Memoriza. Sabe que la próxima vez que haga esto —porque va a haber una próxima vez, él lo decide ahora— va a ser más efectivo. Pero por ahora, con esta sesión, está más que satisfecho.

Silvia sigue riendo. Ya no sabe cuánto tiempo lleva. No sabe si han pasado diez minutos o una hora. Solo sabe que las manos de Mario no paran. Que sus dedos recorren su barriga, su cintura, sus caderas, una y otra vez. Que su cuerpo se sacude sin control. Que las lágrimas le corren por las mejillas y el sudor le cubre la piel.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —la risa es todo lo que queda.

Mario mete los dedos en los pliegues de la cintura, justo donde la piel se dobla cuando ella se sienta. Es una zona que casi nunca recibe luz solar, y por eso es más sensible. Silvia pega un brinco. La camilla se corre otro poco. Las correas crujen.

—JAJAJAJAJAJAJAJA —el tono de la risa cambia. Se vuelve más agudo. Más desesperado.

Mario sonríe. Sabe que encontró otro punto débil.

Sigue atacando. No va a parar. No hasta que él decida.

Y él no va a decidir todavía.

Las manos de Mario bajan otra vez a la barriga. No se cansa. No puede cansarse. Cada vez que sus dedos tocan esa piel suave, siente algo que no puede explicar. Es como si sus yemas estuvieran conectadas directamente con la risa de Silvia, como si cada movimiento suyo produjera un sonido distinto, una sacudida distinta, una reacción que él puede controlar con precisión milimétrica.

La barriga de Silvia es un territorio que él apenas está empezando a conocer. Sabe que la parte baja, justo encima del jeans, es peligrosa. Lo sabe porque cuando la toca, ella cierra los ojos y aprieta los puños. Sabe que los costados, donde la piel se tensa sobre los músculos oblicuos, la hacen retorcerse de lado a lado. Pero lo que no sabía, lo que está descubriendo ahora, es el ombligo.

El ombligo de Silvia es pequeño, redondo, con una forma casi perfecta. Mario lo ha visto desde que empezó la sesión, pero no le había prestado atención. Estaba concentrado en los pies, en las costillas, en las axilas. Pero ahora sus dedos recorren la barriga y tropiezan con ese pequeño agujero rodeado de piel suave, y algo en su cerebro hace clic.

Mete un dedo ahí. Muy suave. Apenas la yema.

Silvia pega un brinco que levanta media camilla.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA NO AHÍ NO! —grita, y es la primera palabra completa que dice en varios minutos. Su cuerpo se arquea como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Los brazos tiran de las correas con una fuerza renovada. Los pies se retuercen al final de la camilla.

Mario saca el dedo. Lo vuelve a meter. Esta vez más profundo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! —Silvia ríe y llora al mismo tiempo. Las lágrimas le corren por las mejillas. No sabe si está riendo o llorando o las dos cosas. Solo sabe que el ombligo, ese pequeño agujero ridículo que nunca le había parecido importante, es un campo minado de terminaciones nerviosas.

Mario no puede creerlo. Ha leído en los foros que el ombligo puede ser sensible, pero esto es otra cosa. Esto es como si cada nervio del cuerpo de Silvia estuviera conectado a ese pequeño punto. Él mueve el dedo en círculos dentro del ombligo, muy despacio, sintiendo cómo la piel se tensa alrededor de su yema. Silvia se retuerce como si estuviera tratando de salirse de su propia piel.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —su risa es frenética ahora. No hay pausa. No hay respiro. Es una carcajada continua que solo cambia de tono cuando Mario cambia el movimiento.

Él usa el pulgar ahora. Apoya los otros dedos en la barriga para tener estabilidad, y mete el pulgar en el ombligo. Hace movimientos circulares, despacio al principio, luego más rápido. La otra mano, la izquierda, sigue atacando la barriga. Sube y baja por la piel suave, apretando, arañando suavemente, recorriendo cada centímetro.

Silvia está atrapada. Las dos manos de Mario trabajan en sincronía. La derecha en el ombligo. La izquierda en la barriga. No hay manera de escapar. Cada vez que ella cree que va a tener un respiro, la mano izquierda sube a las costillas o baja a la cintura, y el ombligo sigue siendo atacado sin pausa.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —ella ríe. Solo ríe. Las palabras se acabaron otra vez.

Mario mira su rostro. Tiene los ojos cerrados. La boca abierta en una carcajada que no termina. El cabello negro rizado está completamente pegado a su cara, a su cuello, a sus hombros. El sudor le brilla en la piel trigueña clara. Parece que está sufriendo. Pero también parece que está viva. Más viva que nunca.

Él sigue. La mano izquierda abandona la barriga por un momento y sube a las costillas, solo para recordarle a Silvia que no ha olvidado esa zona. Ella respira hondo y esa respiración se convierte en carcajada. La mano vuelve a la barriga. Baja a la cintura. Sube al ombligo. No hay descanso.

Mario aprende. Aprende que la barriga de Silvia es más sensible en la mañana que en la noche (aunque ahora es de tarde, no puede comprobarlo). Aprende que los círculos lentos en el ombligo la vuelven loca de una manera que los círculos rápidos no logran. Aprende que la piel justo alrededor del ombligo, ese anillo de un par de centímetros, es casi tan sensible como el agujero mismo.

Silvia sigue riendo. Su cuerpo se sacude en la camilla como si tuviera fiebre. Las correas crujen con cada movimiento. Los pies se retuercen. Los dedos de las manos se abren y se cierran sobre su cabeza.

Mario se detiene un segundo. Solo un segundo. Silvia respira agitada, con pequeños espasmos de risa que todavía sacuden su cuerpo. Abre los ojos. Lo mira. Sus ojos color miel están rojos por las lágrimas y el esfuerzo.

—¿Ya encontraste mi punto débil? —pregunta ella, con una voz rota, casi un susurro.

Mario sonríe.

—Creo que tienes varios.

Y vuelve a meter el dedo en el ombligo.

Mario baja las manos. Se aleja del torso de Silvia y sus dedos encuentran el borde del jeans. La tela es gruesa, oscura, ceñida a la piel. No puede sentir la textura de sus muslos, solo la superficie áspera del denim. Pero eso no lo detiene. Ha aprendido que las cosquillas no necesitan piel desnuda. A veces, la tela ajustada puede ser incluso peor. La presión se distribuye de manera distinta, los dedos resbalan menos, y la fricción añade una capa nueva a la sensación.

Silvia lo ve bajar. Sabe lo que viene. Sus muslos se tensan debajo del jeans. No puede evitarlo. Es un reflejo. Como si contraer los músculos pudiera protegerla de algo.

Mario apoya las manos en la parte alta de los muslos, justo donde empiezan las piernas. Sus dedos presionan la tela contra la carne. Aprieta. No es un masaje. Es algo más firme, más deliberado. Los dedos se mueven en círculos sobre el denim, sintiendo la forma de los músculos debajo.

Silvia suelta un grito.

No es un grito de dolor. Es un grito de sorpresa. No sabía que los muslos, incluso vestidos, pudieran ser tan sensibles. Pero lo son. Los dedos de Mario presionan y aprietan, subiendo y bajando por la parte frontal de los muslos, y ella siente cada presión como una pequeña explosión que recorre sus piernas.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —ríe. Pero la risa se mezcla con algo más. Un sonido que está entre el gemido y el alarido.

Mario sigue. Ahora ataca la parte interna de los muslos. El jeans se tensa ahí, marcando la curva de sus piernas. Sus dedos recorren esa zona, apretando con los pulgares mientras los otros dedos sostienen la tela. Silvia cierra las piernas instintivamente. Pero no puede. Las correas en los tobillos mantienen sus piernas separadas, abiertas, expuestas. Solo puede moverlas unos centímetros, lo suficiente para sentir que intenta algo, pero no para lograrlo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —el alarido se vuelve más agudo. Su cabeza se mueve de un lado a otro sobre la camilla.

Mario baja a las rodillas. Las rótulas de Silvia son pequeñas, redondas, cubiertas por la tela del jeans. Él pasa los dedos por encima, apretando con las yemas. La piel debajo de la tela es fina, casi sin músculo que la proteja. Cada presión se siente directa, como si no hubiera nada entre sus dedos y el hueso.

Silvia pega un brinco. Las piernas se sacuden. Los pies se retuercen al final de la camilla. Suelta un alarido que no es risa ni grito, sino algo en el medio. Un sonido que sale de algún lugar profundo, de algún lugar que ella no sabía que existía.

Mario no habla. Está concentrado. Sus dedos suben otra vez a los muslos. Bajan a las rodillas. Suben. Bajan. Aprietan. Presionan. Recorren cada centímetro de tela que cubre las piernas de Silvia. Sabe que no está tocando su piel, pero eso no importa. El jeans es solo una barrera delgada. La presión llega igual. Las cosquillas llegan igual.

Silvia ríe. Grita. Alarida. Los tres sonidos se mezclan en una sola cosa que llena el estudio. Los brazos tiran de las correas. Las caderas se levantan. La cabeza se mueve de un lado a otro. Todo su cuerpo es movimiento.

Mario mete los dedos entre los muslos, en ese pequeño espacio donde las piernas se juntan. La tela se arruga ahí, formando pliegues que sus dedos exploran. Aprieta. Silvia suelta un alarido largo, interminable, que se corta solo cuando necesita respirar.

—JAJAJAJAJAJAJA —retoma la risa inmediatamente después.

Mario sigue. No va a parar. No hasta que él decida.

Las manos de Mario se mueven con confianza ahora. Conoce el terreno. Sabe que la parte alta de los muslos, cerca de las caderas, es más sensible que la parte baja. Sabe que las rodillas, con sus huesos expuestos, producen una reacción distinta. Sabe que la parte interna, donde la piel es más fina aunque esté cubierta, hace que ella cierre los ojos y apriete los puños.

Silvia solo puede reír. Y gritar. Y alaridar. Mientras las manos de Mario recorren sus piernas una y otra vez.

Mario no puede dejar de mirar las piernas de Silvia. No porque sean especialmente hermosas o porque el jeans las marque de una manera particular. Las mira porque cada vez que sus dedos aprietan un centímetro distinto, ella reacciona como si le hubieran puesto una descarga eléctrica. Y eso le parece fascinante.

Sus manos recorren los muslos de arriba abajo. Los dedos se mueven como pianistas sobre la tela oscura, apretando, presionando, a veces pellizcando muy suave. La carne debajo del jeans es firme pero cede bajo la presión. Silvia mueve las piernas de un lado a otro, pero las correas en los tobillos la mantienen en su lugar. Solo puede agitarse. No puede escapar.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA —ríe. Es una risa limpia, sin súplicas. Solo carcajadas que salen una detrás de otra como si alguien hubiera abierto una llave.

Mario baja a las rodillas otra vez. Le fascinan las rodillas. Esos huesos redondos cubiertos por una piel fina que apenas tiene músculo que la proteja. Pasa los dedos por encima, haciendo círculos sobre las rótulas. La tela del jeans se tensa sobre el hueso. Silvia pega un brinco. La pierna se sacude.

—JAJAJAJAJAJAJA —el tono de la risa sube. Se vuelve más agudo.

Mario sonríe. No puede evitarlo. Piensa en lo que viene después. Ya atacó los pies, el torso, las piernas. Le quedan pocas zonas. Pero no tiene prisa. Quiere disfrutar cada segundo. Quiere que esta sesión se alargue hasta que él se sienta satisfecho. Y todavía no se siente satisfecho. Ni cerca.

Sus dedos vuelven a los muslos. Suben hasta donde el jeans termina, justo en la cintura. Aprietan la tela contra la piel. Silvia arquea la espalda. Las caderas se levantan. Los brazos tiran de las correas.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA —la risa retumba en el estudio. Las paredes son viejas, de ladrillo visto, y el sonido rebota en ellas como si estuvieran en una caja de música gigante.

Mario piensa en lo increíble que es todo esto. Él, un chico de dieciocho años, universitario, que hasta hace unos meses solo veía videos en su teléfono escondido en la biblioteca. Y ahora está aquí, en el estudio de una masajista de 45 años, la amiga de su mamá, haciéndole cosquillas mientras ella ríe sin parar. No puede creerlo. No puede creer que sus dedos sean capaces de producir todo esto. No puede creer que Silvia sea tan hipercosquilluda. Pero lo es. Y él está disfrutando cada segundo.

Sigue atacando. Ahora usa las dos manos en un solo muslo. La izquierda sostiene la pierna, manteniéndola firme. La derecha recorre la tela, apretando, pellizcando, haciendo movimientos rápidos de arriba abajo. Silvia responde con una carcajada más fuerte, más desesperada. La pierna intenta doblarse, pero las correas no lo permiten. Solo puede temblar.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —ríe. Sin parar.

Mario cambia al otro muslo. Mismo ataque. Misma intensidad. Silvia se retuerce. La cabeza se mueve de un lado a otro. El cabello negro rizado está pegado a su cara, a su cuello, a los hombros descubiertos por el brasier.

Él piensa en su mamá. Piensa en Claudia. Piensa en todas las veces que vio a Silvia en las reuniones familiares, tan seria, tan profesional, hablando de masajes y de terapias. Nunca imaginó que debajo de esa fachada había una mujer hipercosquilluda que se retorcía y reía a carcajadas cuando alguien le apretaba las rodillas. Le parece irreal. Pero también le parece maravilloso.

Sigue. Las manos vuelven a las rodillas. Bajan a las espinillas, pero las espinillas no son sensibles, así que vuelve a subir. Se concentra en la parte interna de los muslos, donde el jeans marca la curva de sus piernas. Aprieta con los pulgares. Silvia suelta un alarido que se convierte en carcajada antes de terminar.

—JAJAJAJAJAJAJA —ríe.

Mario la mira. Tiene los ojos cerrados. La boca abierta. Las mejillas rojas. El sudor le brilla en la frente, en el cuello, en el espacio entre sus senos que el brasier no cubre. Parece que está sufriendo. Pero también parece que está viva. Más viva que nunca.

Él no puede creerlo. Ella tampoco puede creerlo. Que sus piernas, sus rodillas, sus muslos, sean tan sensibles. Que un chico de dieciocho años, el hijo de su amiga, la tenga atada en su propio estudio, haciéndole cosquillas mientras ella ríe sin control. No puede creerlo. Pero no puede negarlo. La risa es la prueba.

Mario sigue. Las manos suben y bajan por las piernas de Silvia sin descanso. Aprietan, presionan, pellizcan. Recorren cada centímetro de tela que cubre sus muslos. Se detienen en las rodillas. Vuelven a subir. Y Silvia ríe. Solo ríe. Porque es todo lo que puede hacer.

Mario se detiene. Las manos se van de los muslos. Silvia respira agitada, con pequeños espasmos de risa que todavía sacuden su cuerpo. Abre los ojos. Lo mira. No sabe qué viene ahora. Pero Mario ya está bajando hacia los pies.

Se arrodilla al final de la camilla. Mira las correas que sujetan los tobillos de Silvia. Las desata. Una. Dos. Los pies quedan libres. Silvia siente el alivio de poder mover los tobillos después de tanto tiempo. Pero el alivio dura poco.

Mario agarra los dos pies con su brazo izquierdo. Los junta, planta contra planta, y los sujeta contra su costado como si fueran un solo objeto. La llave es firme. Silvia intenta moverlos, pero no puede. Los pies están atrapados entre el brazo de Mario y su cuerpo. No hay correas, pero hay fuerza. Y la fuerza de un chico de dieciocho años es más que suficiente.

La mano derecha de Mario queda libre. La levanta. La mira. Silvia mira la mano también. Sabe lo que viene. Sus pies también lo saben. Los dedos de los pies se encogen. Las plantas se arrugan. Es un reflejo. Una defensa inútil.

La mano baja.

Los dedos de Mario atacan las dos plantas al mismo tiempo. No una por una. Las dos. Porque con los pies juntos, planta contra planta, sus dedos pueden recorrer ambas superficies con el mismo movimiento. Suben desde los talones hasta los dedos. Bajan otra vez. Suben. Bajan. Es un vaivén rápido, continuo, implacable.

Silvia estalla.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —la carcajada sale con una fuerza que la sorprende a ella misma. Pero no es solo risa. También hay gritos. Alaridos. Sonidos que no sabe de dónde salen.

Sus pies se mueven como locos. Intentan separarse, pero la llave de Mario los mantiene juntos. Intentan girarse, pero el brazo los sujeta. Intentan huir, pero no hay a dónde ir. Solo pueden moverse dentro de lo que la llave permite. Y lo que permite es suficiente para que se agiten, pero no para que escapen.

Las plantas de Silvia se arrugan y se estiran. Se arrugan cuando los dedos de Mario presionan una zona especialmente sensible. Se estiran cuando ella intenta alejar la piel del contacto. Pero no hay manera. Los dedos de Mario están en todas partes al mismo tiempo. En los arcos. En los talones. En la base de los dedos. En los espacios entre los dedos. Todo al mismo tiempo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —grita ella. No es un grito de dolor. Es un grito de desesperación. De alguien que sabe que no puede hacer nada para detener lo que está pasando.

Mario no habla. Está concentrado en sus dedos. En cómo se mueven sobre las plantas de Silvia. En cómo la piel se arruga bajo sus yemas. En cómo los pies se agitan sin control. Disfruta cada segundo. La sensación de tener los pies atrapados contra su costado, la calidez de la piel, la suavidad de las plantas. Todo es exactamente como lo imaginó. Mejor incluso.

Silvia sigue moviendo los pies. No puede evitarlo. Es más fuerte que ella. Los dedos de los pies se abren y se cierran. Las plantas se arrugan y se estiran. Los tobillos giran en todas direcciones. Pero la llave de Mario es firme. No hay fuga.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —la risa se mezcla con alaridos. Con gritos. Con sonidos guturales que salen de algún lugar profundo. Silvia ya no tiene control sobre lo que sale de su boca. Solo sabe que tiene que reír. Que su cuerpo la obliga a reír.

Mario acelera el ritmo. Sus dedos vuelan sobre las plantas. Suben y bajan como si estuvieran corriendo una carrera. Los pies de Silvia se sacuden con cada movimiento. Las plantas se arrugan y se estiran una y otra vez. La piel se enrojece apenas por el roce constante.

Mario mira los pies. Los dedos encogidos. Las plantas suaves. Las uñas rojas que tiemblan con cada sacudida. Son los pies de la amiga de su mamá. La mujer de las fotos de la playa. La que aparece abrazando a Claudia en las reuniones familiares. Y ahora están aquí, atrapados contra su costado, retorciéndose porque él no para de hacerles cosquillas.

Le parece irreal. Pero también le parece perfecto.

Sigue. Los dedos de Mario ahora se concentran en los arcos. Sabe que ahí es más efectivo. Los pies de Silvia se arquean, intentando alejarse de sus dedos, pero no pueden. Solo se arrugan más. Se estiran más. Se mueven como locos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! —grita ella. Ríe. Todo al mismo tiempo.

Mario sonríe. Aprieta los pies un poco más contra su costado. Siente la suavidad de las plantas contra su piel a través de la camiseta. Siente el movimiento constante. Siente la calidez.

No va a parar. No hasta que él decida.

Las manos de Mario se detienen. Los dedos dejan de moverse sobre las plantas de los pies. El silencio llega de golpe, interrumpido solo por la respiración agitada de Silvia. Sus pulmones se llenan de aire como si hubiera estado nadando contracorriente durante horas. El pecho sube y baja rápido. El brasier negro se mueve con cada inhalación.

Mario suelta los pies. Los apoya suavemente sobre la camilla. Los dedos de Silvia se estiran, se relajan, como si no supieran qué hacer sin el estímulo constante. Las plantas están rojas, brillantes por el sudor y el roce. Mario las mira un segundo. Luego se levanta.

Camina hacia la cabecera de la camilla. Las rodillas le duelen un poco de haber estado tanto tiempo arrodillado, pero no le importa. Toma la correa izquierda. La desata. La muñeca de Silvia queda libre. Ella no la mueve de inmediato. Parece no recordar que puede moverla. Mario desata la correa derecha. La otra muñeca. Ambas brazos caen a los costados de su cuerpo, como ramas que se vencen después de una tormenta.

Silvia cierra los ojos. Respira. Solo respira. Siente la sangre volviendo a sus manos, ese cosquilleo de la circulación que regresa. Siente los brazos pesados, los hombros tensos, todo el cuerpo como si hubiera corrido una maratón.

Mario se sienta en el borde de la camilla, junto a sus caderas. No dice nada. Espera. Le ofrece una mano para ayudarla a incorporarse. Silvia abre los ojos. Mira la mano. La toma. Con un esfuerzo que le parece enorme, se sienta en la camilla. Las piernas le tiemblan un poco. Los pies cuelgan sin tocar el suelo. El brasier se le ha subido durante la sesión, y se ajusta la tela sin pensar, por puro reflejo.

Mario la mira. Ella lo mira. Hay un silencio que no es incómodo, pero tampoco es cómodo. Es un silencio de después.

—¿Cómo se siente? —pregunta Mario, con una voz tranquila, casi suave.

Silvia respira hondo. Pasa una mano por su cara, apartando el cabello negro rizado pegado a sus mejillas. Los dedos le tiemblan apenas.

—Eres un sádico —dice, con la voz rota, ronca por tantas horas de reír—. Me hiciste cosquillas sin piedad. Me torturaste.

No hay enojo en sus palabras. Hay algo más parecido a la resignación. O a la aceptación. O a las dos cosas.

Mario sonríe. No es una sonrisa burlona. Es una sonrisa tranquila, segura.

—Usted sabe que le gustó —dice—. Que le gustó ser sometida así.

Silvia no responde de inmediato. Baja la mirada. Mira sus manos apoyadas en los muslos. Las uñas rojas, el jeans oscuro, la blusa vino tinto doblada en la silla de la esquina. Se da cuenta de que sigue en brasier. No le da vergüenza. No con Mario. Después de lo que pasaron, un brasier es lo de menos.

—No sé si me gustó —dice al final, con una voz más calmada—. Pero sé que no pude hacer nada para detenerlo.

—Esa era la idea —dice Mario.

Silvia levanta la vista. Lo mira. Tiene los ojos color miel brillantes, todavía húmedos por las lágrimas de la risa. Pero hay algo más en ellos. Algo que Mario no sabe identificar.

—¿Vas a decirle algo a tu mamá? —pregunta ella.

Mario niega con la cabeza.

—No. Eso fue entre usted y yo.

Silvia asiente. Se pasa la mano por el cuello, sintiendo la piel caliente, el sudor seco.

—¿Y ahora qué? —pregunta.

Mario se encoge de hombros.

—Ahora usted sigue con su vida. Yo sigo con la mía. Y si algún día quiere repetir, ya sabe cómo contactarme.

Silvia suelta una risa corta, seca. No es una risa de cosquillas. Es una risa de incredulidad.

—Eres un maldito —dice, pero lo dice con un tono que no es ofensa. Es casi un cumplido.

Mario se levanta de la camilla. Estira los brazos por encima de la cabeza. Siente la espalda crujir.

—¿Necesita que le ayude a bajar? —pregunta.

Silvia niega con la cabeza. Se baja sola de la camilla. Las piernas le tiemblan un poco al tocar el suelo, pero se sostiene. Camina hacia la silla, toma su blusa vino tinto, se la pone. Sus dedos todavía tiemblan un poco cuando abrochan los botones.

Mario la mira mientras se viste. No hay morbo en su mirada. Hay algo más parecido a la admiración. Silvia, la amiga de su mamá, la mujer de 45 años que sale en las fotos de la playa, acaba de pasar dos horas atada a una camilla mientras él le hacía cosquillas sin piedad. Y ahora está ahí, vistiéndose como si nada hubiera pasado. O como si todo hubiera pasado y ya estuviera lista para seguir.

Silvia termina de abrocharse la blusa. Se pasa los dedos por el cabello, tratando de ordenarlo un poco. No lo logra del todo. El cabello rizado tiene su propia voluntad.

Mario saca el dinero de su bolsillo. Los billetes están doblados, un poco arrugados. Los cuenta sin necesidad de contarlos. Ya sabe cuánto es. Los deja sobre el mueble de las toallas.

—Ahí está lo acordado —dice.

Silvia mira los billetes. No los toca de inmediato. Luego los toma, los guarda en el bolsillo trasero de su jeans.

—Gracias —dice, y la palabra suena extraña. No sabe si está agradeciendo el dinero o el hecho de que Mario no le haya dicho nada a su mamá. Quizás las dos cosas.

Mario camina hacia la puerta del estudio. Se detiene en el marco. Voltea a mirarla.

—¿Nos vemos? —pregunta.

Silvia se queda quieta un momento. Piensa en Claudia. Piensa en los años de amistad. Piensa en lo que pasaría si se llega a saber. Piensa en el dinero. Piensa en las cosquillas. Piensa en cómo su cuerpo todavía late, todavía vibra, todavía recuerda.

—Nos vemos —dice al final.

Mario sonríe. Sale del estudio. Cruza la sala. Abre la puerta del apartamento. Sale al pasillo. Las escaleras. La calle. El bus. La casa.

Silvia se queda sola en el estudio. Escucha la puerta cerrarse. Escucha los pasos de Mario alejándose por el pasillo. El silencio vuelve. Un silencio diferente al de antes. Un silencio de después.

Se sienta en la camilla. Mira sus manos. Sus pies descalzos. Las uñas rojas. Las plantas todavía sensibles. Se toca la barriga, las costillas, las axilas. Todo le duele. Todo le late. Todo le recuerda lo que pasó.

Se levanta. Va a la cocina. Prende la tetera. Mientras el agua calienta, saca los billetes del bolsillo. Los cuenta. Los vuelve a contar. Guarda la mitad en un frasco de vidrio en el armario. La otra mitad la deja en la mesa, para pagar las cuentas mañana.

El agua hierve. Silvia se sirve una taza de té. Se sienta en la mesa de la cocina. La tarde se ha convertido en noche. La ventana muestra un cielo oscuro, algunas luces de otros apartamentos.

Bebe el té. Quema un poco, pero no le importa. Siente el calor recorrerle el pecho. Siente el cuerpo cansado, pesado, como si hubiera trabajado el doble de lo que trabajó.

Termina el té. Lava la taza. Apaga las luces. Camina hacia su habitación. Se quita la ropa. Se pone un pijama limpio. Se mete en la cama.

El colchón la recibe. Cierra los ojos. Respira hondo. Siente sus pies latiendo, sus costillas latiendo, todo su cuerpo latiendo.

No sabe si fue una buena decisión. No sabe si habrá una próxima vez. Solo sabe que, por ahora, está viva. Y que mañana tiene que revisar el anuncio otra vez.

Apaga la luz. La oscuridad la envuelve. Y en algún lugar de su mente, antes de dormirse, escucha la risa. Su propia risa. La risa de las dos horas de cosquillas. La risa que no pudo controlar.

Sonríe en la oscuridad. Y duerme.

Continuará…

Original de Tickling Stories

 

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