Después del PhD – Parte 7

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Han pasado casi tres semanas desde aquella sesión en la que Andrés me llevó al borde de la “tortura” de cosquillas. Tres semanas en las que el cuerpo terminó de asentarse, donde el recuerdo de las carcajadas fue pasando de punzante a cálido, hasta convertirse en una anécdota vibrante que me acompañaba en pequeños momentos del día: un crujido de la cama, el roce de una sábana, el recuerdo del esmalte rojo brillando en la penumbra. En el fondo, yo sabía que había pasado tiempo suficiente para recuperarme —física y anímicamente— y que la curiosidad ya picaba de nuevo.

La mezcla de investigador y mujer curiosa empezó a hacer ruido: por un lado estaba la fascinación profesional, los apuntes en la libreta con patrones de reacción y la hipótesis de nuevos estímulos; por otro, el deseo sencillo y torpe de volver a reírme hasta dolerme las costillas. Así que, una noche, ya con la libreta abierta sobre la mesita, me puse a planear la búsqueda de un nuevo tickler —alguien que, con respeto y oficio, explorara mis límites y me hiciera cosquillas otra vez—.

Primero, criterios. No quería improvisaciones. Había aprendido de la sesión con Andrés que la pasión sin prudencia es riesgo; la experiencia me enseñó a pedir tanto éxtasis como cuidado. En mi lista escribí, con letra decidida:

—Edad: adulto (sin ambigüedades).
—Actitud: reverente y meticuloso —no depredador—; curioso, pero con humildad.
—Habilidades: alguien con paciencia para calibrar intensidad; buena comprensión de señales no verbales.
—Respeto por la palabra de seguridad y por el aftercare.
—Interés en documentar (opcional): que acepte tomar notas o compartir impresiones después, si yo lo propongo.
—Preferencia: experiencia previa en tickling o fetiches benignos; ganas de aprender si no la tiene.
—Logística: disponibilidad para sesiones en un espacio seguro y privado; transporte propio.

A partir de allí comencé a imaginar tácticas de búsqueda. Podía ir por lo discreto —contactos que Andrés ya conociera— o abrir una convocatoria más controlada: una publicación en un foro de confianza, un anuncio en un grupo de fetiches donde suelo leer, o incluso pedirle a colegas de confianza que me recomendaran a alguien con perfil serio. La idea no era encontrar a cualquiera, sino a alguien con manos capaces de leer un cuerpo como se lee una partitura.

En la libreta tracé un plan en tres etapas: cribado, encuentro previo y sesión experimental.

  1. Cribado: mensajes con preguntas concretas.
    —¿Has hecho sesiones de tickling antes? ¿Con qué frecuencia?
    —¿Cuál es tu entendimiento de una palabra de seguridad y de aftercare?
    —¿Estarías dispuesto a aceptar que yo dirija la sesión y marque límites?
    —Pedir referencias o pequeños relatos de experiencias pasadas (si las tiene) y una foto clara —no por vanidad, sino para asegurar edad y madurez.

  2. Encuentro previo: café o videollamada. Ver la manera en que habla sobre el tema, la seriedad y la ternura que pueda mostrar; comprobar lenguaje corporal; ver si pregunta por mi investigación o solo por el acto. También, proponer una pequeña prueba no física: tocar el retórico “mapa de cosquillas” con preguntas para ver sensibilidad y curiosidad.

  3. Sesión experimental: reducir el tiempo y la intensidad —por ejemplo 30 minutos, con pausas cada 5 minutos— para calibrar reacciones antes de escalar. Registrar todo en la libreta, anotar sensaciones: puntos detonantes, técnicas que funcionan, tonos de risa y posturas que facilitan el aftercare.

Mientras escribía eso pensé en las herramientas que podría probar: plumas de distinta dureza, cepillos de diferentes cerdas, pinceles de maquillaje, un guante de seda, y también variaciones en la posición —de pies al aire, tumbada de costado, con cojines de soporte—. Me dieron ganas de un pequeño experimento controlado: ¿cómo cambia la risa cuando el estímulo viene en serie lenta versus ráfagas veloces? Mi mente de investigadora se encendía mientras la mujer en mí anticipaba el cosquilleo.

También escribí una nota emocional: “No busques reemplazo de Andrés por resentimiento ni por comparación; busca complementar lo vivido. Mantén la honestidad con tus límites y con tus curiosidades. Si algo duele, para. Si algo fascina, anota.” Era mi recordatorio para no confundir deseo con omisión de cuidado.

Al final, decidí combinar dos vías: hablar con una persona de confianza en la comunidad fetichista para pedir una recomendación y, al mismo tiempo, dejar un mensaje breve y serio en un grupo selecto explicando que busco tickler responsable, mayor de edad, con paciencia, y dispuesto a una primera sesión corta. Redacté el mensaje con cuidado: claro, sin detalles innecesarios, con énfasis en la seguridad y en la palabra de seguridad “Ámbar”.

Cerré la libreta y apagué la lámpara. Antes de dormirme repasé otra vez la lista en la cabeza: lo que quería explorar, lo que no, cómo quería ser tratada. Me sorprendía la mezcla de profesionalidad y juego en mi propio plan: esa dualidad es ya parte de mí, pensé. Me dormí con la sensación de quien prepara un experimento que promete risas, y la curiosidad dulce de quien sabe que, cuando llegue el momento, volverá a reír como pocas veces en la vida.

A la mañana siguiente me desperté con la libreta al lado y una curiosidad persistente como una nota que no se resuelve. Me duché, me vestí con algo cómodo y, con la libreta abierta en la mesa, encendí el ordenador. Usé los criterios que había escrito la noche anterior y empecé la búsqueda: foros selectos, grupos cerrados de la comunidad fetichista, y también portales de anuncios experimentales sobre sensorialidad y terapias alternativas.

Tecleé combinaciones —“tickler responsable”, “experimento sensorial táctil”, “sesión controlada de estímulos” — y fui navegando entre páginas hasta que di con un anuncio que me hizo arquear una ceja. No era exactamente lo que había escrito en la libreta, pero tenía ese tono extraño que te obliga a seguir leyendo. El aviso estaba en un portal de pruebas sensoriales: “Se busca mujer para experimento sensorial con animales de terapia — contacto no invasivo en pies y extremidades, observación de reacciones táctiles y emocionales; remuneración. Equipo profesional y veterinario presente. Interesadas enviar CV y disponibilidad.”

La primera impresión fue una mezcla de “¿qué?” y de curiosidad académica. Hice clic en el enlace que llevaba al perfil del investigador: un equipo de una pequeña ONG de terapias con animales que colaboraba con un laboratorio de la universidad. Había fotos de perros de terapia con chalecos, conejos tranquilos y aves de corral muy dóciles —imágenes limpias, profesionales— y una larga sección explicativa sobre ética: personal veterinario, consentimiento explícito, protocolo claro para evitar estrés en los animales y prohibición absoluta de cualquier contacto sexualizado. En la sección de preguntas frecuentes aclaraban que las interacciones serían supervisadas, con tiempos cortos y pausas frecuentes; el objetivo era estudiar respuestas táctiles y de bienestar, no otra cosa.

Me llamó la atención el detalle: describían distintas etapas del experimento, desde la observación a distancia hasta la interacción indirecta (masaje con guantes, uso de peluches con el aroma del animal, y la presencia de un perro que se limitaba a olfatear y rozar con el hocico si la participante lo consentía). Todo suena muy metodológico: formularios, consentimiento informado, y la posibilidad de retirarse en cualquier momento. Claro, el anuncio tenía un matiz raro —era exótico, un poco sensacionalista en el título— pero el cuerpo del texto remarcaba una y otra vez la seguridad y el respeto por los animales.

Llegué a la página desde una lista de resultados del buscador: un término me llevó a otro y así hasta caer en el portal del proyecto. También encontré el mismo anuncio republicado en un grupo profesional donde se comentaban investigaciones sensoriales; allí había algún comentario escéptico pero, sobre todo, preguntas técnicas —qué especies, quién paga, y si los investigadores estaban certificados—. Leí todo con detenimiento; mi parte curiosa, la investigadora, empezó a sopesar pros y contras: por un lado la novedad y el interés metodológico; por otro, la mínima alarma por un título demasiado rimbombante.

Sonreí mientras cerraba la tapa del portátil por un momento: la línea entre lo curioso y lo inquietante era muy fina. Sin embargo, la parte científica de mí se activó: ¿qué animales utilizarían? ¿cómo medirían las reacciones? ¿sería ético? Tomé notas en la libreta: “verificar certificaciones del centro; pedir fotos/vídeos de sesiones anteriores; confirmar protocolo veterinario; exigir cláusula clara de no sexualización; proponer primera sesión corta y observada”. Era exactamente el tipo de cribado que había planificado.

Guardé la página como posible pista en mi búsqueda de un nuevo tickler, pero con la advertencia mental clara: no era el tipo de experiencia que quería si el foco dejaba de ser humano y consensuado. Aun así, la curiosidad me picó —más como dato antropológico que por deseo— y pensé que valía la pena investigar un poco más antes de descartarlo por completo. Cerré el portátil con una mezcla de extrañeza y diversión: el mundo online tenía anuncios más raros de lo que mi libreta había previsto, pero eso no hacía más que avivar mi plan con nuevos filtros y preguntas inteligentes para el cribado.

No tardé en decidirme: con la libreta todavía abierta en la mesita y una mezcla de curiosidad profesional y picardía personal, hice clic en “contactar” y escribí un mensaje breve y directo: que estaba interesada en participar, que tenía experiencia previa en sesiones controladas y que, por supuesto, mi palabra de seguridad era “Ámbar”.

Pasaron apenas tres o cinco minutos —el tiempo justo para mirarme el esmalte de las uñas de los pies y sonreír— cuando recibí la respuesta. El mensaje era claro y sorprendentemente rápido: me pedían nombre, edad, descripción física, estatura y talla de calzado; además, solicitaban una foto de cuerpo entero descalza y otra detallada de mis pies. No me pareció extraño dentro del contexto del anuncio (era, al fin y al cabo, un experimento sensorial centrado en extremidades), así que con la misma calma con que tomo notas en la libreta respondí.

Escribí: “Dunia, 42 años. 1,72 m. Talla 39. Cuerpo delgado, tono de gimnasio; piel clara. Mis pies: arcos marcados, plantas hipersensibles por mi historial; uñas pintadas de rojo intenso.” Adjunté la foto de cuerpo entero —vestida con la camiseta amplia y el short, descalza sobre la alfombra— y luego una imagen detallada de cada pie, dedos separados, la estructura del arco bien visible. Al enviar el archivo me dio un pequeño cosquilleo de nervio: no por el hecho en sí, sino por cómo lo que había comenzado como curiosidad académica se volvía, de pronto, algo tangible y social.

En menos de un rato me contestaron agradeciendo la información y confirmando recepción. El tono del siguiente mensaje era formal y profesional: explicaban que recibían muchas postulaciones y que la fase inicial incluía una videollamada para verificar edad, consentimiento y ajustes éticos, además de la firma electrónica de un formulario de consentimiento informado. Añadían que todo sería supervisado por personal del proyecto y un veterinario (siempre que hubiese animales presentes en etapas no sexuales), y que respetaban una cláusula estricta de no sexualización. Me pedían también referencias o contactos de personas con las que hubiera tenido sesiones previas (opcional) y mi disponibilidad para una entrevista en los próximos días.

Sentí una mezcla de alivio y débil regocijo: la diligencia del grupo me gustaba —la investigadora salió en mí—, y el hecho de que no hubieran saltado a lo sensacionalista me tranquilizó. Respondí proponiendo una videollamada por la tarde, y añadí, con un toque juguetón: “Traeré mi libreta y mis preguntas. Y aviso: si me provocan demasiadas ganas de reír durante la entrevista, no me hago responsable.” Puse un emoticono pícaro y lo envié; acto seguido me crucé de brazos y me permití imaginar el encuentro —no con animales ni con extravagancias éticas, sino con profesionales serios y, quién sabe, con otro humano curioso y metódico que supiera leer el mapa de mi cuerpo.

Mientras esperaba la confirmación, me dediqué a preparar la lista de preguntas para la videollamada: protocolos de seguridad, quiénes estarán presentes, duración de la prueba, cómo medirían mis reacciones, opción de observador externo o cámara grabando sólo con mi autorización, y la claridad absoluta de que cualquier cosa que tuviera con animales sería estrictamente no sexual y supervisada. La investigadora en mí no iba a renunciar a la rigurosidad por mucho que la mujer en mí se inclinara hacia la posibilidad de nuevas carcajadas.

La respuesta llegó esa misma tarde: confirmaron hora, pidieron que tuviera a mano mi libreta y el documento de identidad para verificar edad, y recomendaron que durante la llamada yo pudiera exponer mis límites y técnicas que me resultan más efectivas o molestas. Cerré el ordenador con una sonrisa cómplice: el plan avanzaba, entre prudencia y ganas; la búsqueda de un nuevo tickler —siempre responsable— había entrado en su siguiente fase.

El teléfono vibró en la mesa justo cuando cerraba la libreta. Miré la pantalla: era el número del proyecto. Contesté con la mezcla de profesional y pícara que ya me caracterizaba.

La voz al otro lado fue cortés y eficiente: me dieron una dirección —un centro pequeño cerca de un parque, con nombre que sonaba serio y una puerta discreta— y me preguntaron si podía presentarme a las seis de la tarde para la entrevista y una prueba inicial breve. Tomé nota en la libreta con la misma caligrafía con la que había escrito mis límites: calle, número, piso y una indicación de timbre. “¿Le va bien a las seis?” insistió la voz. Miré mi agenda: nada. Sonreí en voz baja y respondí que sí, que a las seis estaría allí.

Antes de colgar confirmé el nombre con el que aparecería en su lista de asistencia y repetí en voz alta mi palabra de seguridad, casi por costumbre: “Ámbar” —una formalidad que me consolaba. Colgué con esa sensación de quien reserva un experimento y, al mismo tiempo, una cita con la curiosidad. Guardé la libreta en el bolso, repasé mentalmente la lista de preguntas y anoté mentalmente llevar ropa cómoda y las fotos que ya había enviado. Salí de la habitación por un momento para mirar el reloj y calculé que saldría con tiempo para llegar con calma y sin prisas; la tarde prometía ser estricta en protocolos y, con suerte, divertida.

Apenas colgué, sentí un pequeño cosquilleo de anticipación en la espalda y me puse en marcha. Me vestí con calma, eligiendo prendas que me hicieran sentir a la vez cómoda y un poco provocadora: un jean ajustado que marcaba la pierna, una camisa de botones manga larga que dejé ligeramente desabrochada en el escote, y unos zapatos rojos de tacón —sin medias— que me dieron esa postura erguida y un poquito de picardía al andar. Me maquillé con cuidado: un trazo de delineador que agrandó la mirada, un toque de rímel, y un labial en tono cereza que combinaba con el esmalte de los pies (porque, por supuesto, seguía pensando en mis uñas). Cerré la chaqueta de cuero negra al salir, cogí el bolso donde guardé la libreta y las fotos, respiré hondo y salí a la calle.

Caminé unas seis cuadras hasta la dirección indicada. La ciudad tenía ese brillo de final de tarde: el sol bajaba perezoso, las farolas empezaban a encenderse y el ruido del tráfico se volvía una especie de murmullo familiar. Cada paso con los tacones me recordaba a la vez la sesión pasada y la que podía venir: una mezcla de experimento y cita. Me sentía curiosa y vigilante a la vez, con la libreta mental donde ya habitaban preguntas y límites.

El edificio era discreto, de fachada sobria y puerta de madera oscura; en la placa junto al portal estaba el nombre del centro que me habían dado por teléfono. Toqué el timbre con cierta alegría contenida y esperé. La puerta se abrió después de un par de segundos y apareció una recepcionista amable que me pidió identificación, me hizo firmar un papel de registro y me ofreció un asiento en una sala de espera luminosa. El lugar olía a café y a limpieza: una mezcla tranquilizadora.

Desde la sala pude ver a través de un vidrio cómo un pequeño equipo trabajaba ordenadamente en un despacho: carpetas, un pizarrón con esquemas y, en una esquina, una caja con peluches y un transportín cerrado que, por lo que alcanzé a intuir, era parte del protocolo cuando se emplean animales de terapia en contextos estrictamente no sexuales. Sonreí para mis adentros: era exactamente lo que había pedido ver en la videollamada, y me relajó comprobar que tenían procesos y materiales.

Me llamaron a los pocos minutos. Me levanté, repasé mentalmente la palabra “Ámbar” y entré en la sala de entrevistas con la libreta en el regazo. Allí me esperaba una mujer de gesto serio pero cálido —la investigadora a cargo— y un hombre que se presentó como coordinador del proyecto. Me presenté con mi nombre, di mi documento y ofrecí la copia de las fotos que había enviado. El tono fue profesional desde el primer instante: revisión de consentimientos, explicación de roles, reiteración de que todo era voluntario y que podía retirarme en cualquier momento.

Mientras hablábamos, yo anotaba pequeñas cosas en la libreta y, en el fondo, sentía ese pueril cosquilleo de quien se prepara para un experimento y para una posible nueva risa. La tarde aún prometía.

La mujer me miró directo, sin preámbulos, y fue al grano:

—¿Tienes cosquillas en el cuerpo? ¿En qué partes? ¿Cuál es tu punto más cosquilludo?

Sonreí, porque era la pregunta que llevaba haciendo en mi libreta desde la sesión con Andrés, pero dicha por otra voz sonaba más oficial y, por qué no, un poco emocionante.

—Sí —respondí—. Soy hipercosquilluda en prácticamente todo el cuerpo. Pero si quieres una lista ordenada: lo más sensible son las plantas de los pies —el arco, en concreto, es mi punto debutante—; después vienen las axilas, las costillas y la cintura; el ombligo reacciona mucho; las caderas y la parte interna de los muslos son sorprendentemente reactivas; detrás de las rodillas y las pantorrillas también me delatan; y el lateral del cuello y la nuca sacan risas más profundas.

Hice una pausa y añadí con un gesto medio juguetón, medio profesional:

—Si tuviera que ponerlo en una escala, las plantas serían un 10; las axilas y las costillas, un 8 o 9; ombligo y muslos, entre 7 y 8; rodillas y pantorrillas, 6 o 7. Pero esa escala cambia según técnica, duración y ritmo.

Erika se incorporó con una sonrisa rápida y, sin demasiadas ceremonias, se situó detrás de mí. Era más alta de lo que imaginaba; su cabello corto pelirrojo brillaba bajo la luz y sus uñas largas añadían un gesto casi teatral a su movimiento. Me rozó los hombros con la yema de los dedos, como una presentación silenciosa, y luego descendió, empezando por las costillas.

Al primer contacto, la risa me salió sin aviso —esa risa que ya se me había hecho tan familiar— y me doblé un poco hacia delante, sorprendida por la rapidez del gesto.

—¡JAJAJAJAJAJA! —reí, las palabras desordenadas por el sopor del cosquilleo—.

Erika no perdió el ritmo; sus dedos juguetearon por la cintura, hicieron círculos junto al ombligo y luego, con una precisión que denotaba práctica o curiosidad técnica, pasó a mis axilas. La sensación fue una sucesión de pequeñas descargas: cosquillas agudas que hacían que mi respiración se fuera fragmentando en carcajadas.

—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —me oía reír, mientras mis manos, aunque libres, se movían en vano para cubrir lo que me picaba.

Noté, con cierta extrañeza divertida, que nadie me ofreció agua ni toalla en ese instante; Erika no formuló la frase habitual de “¿Quieres agua?” ni hubo un gesto de aftercare inmediato. No dije la palabra de seguridad —no en ese momento—: la risa me tragaba las sílabas y, aunque la ausencia de la oferta me pareció un descuido menor, me mantuve alerta. Había algo en su mirada: profesional, evaluadora, casi entusiasmada por comprobar la veracidad de mis reportes. Eso me provocó una mezcla de picardía y capacidad de observación —la investigadora en mí miraba también, incluso mientras la mujer reía.

Erika explotó en variaciones: un momento rozaba con la punta de las uñas las costillas, al siguiente se hacía con palpitaciones suaves en la cintura y luego un arranque juguetón en las axilas que me clavó en una ráfaga de risas que me sacudían por dentro.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —mi voz resonó en la sala—. Me revolcaba, buscaba aire, y mi cuerpo respondía con movimientos espontáneos que la experta registraba con la misma atención con que yo tomaba nota en la libreta.

Aun sin pronunciar “Ámbar”, la secuencia no derivó en descontrol absoluto: la prueba, corta y directa, parecía pensada para mostrar reactividad más que para provocar un colapso. Erika, con sus uñas y dedos finos, marcaba diferencias —una pasada larga por la cintura, una pincelada rápida en la costilla, una caricia profunda en la axila— y yo iba respondiendo con distintos timbres de risa: unas eran cortas y chillonas, otras largas y retumbantes que me dejaban temblando un rato.

—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJA! —gimoteé entre carcajadas, y en algún lugar de mi cabeza la investigadora comparaba la respuesta con mis propias notas: intensidad, localización, reflejo de retirada del torso, cambios de respiración.

La sensación era, a la vez, vulnerable y juguetona: la presencia física de Erika atrás, su perfume discreto, la calidez de sus manos, todo componía una escena que oscilaba entre lo clínico y lo travieso. Yo me permití unos instantes de pura ludicidad: arqueaba la espalda, movía las caderas en vano, intentaba resistir con gestos que sólo avivaban la curiosidad de ella.

Cuando la ráfaga terminó —después de un par de minutos— Erika dio un paso atrás y anotó algo en su portátil. No hubo aplausos; hubo un silencio profesional y el sonido de sus dedos sobre el teclado. Me sentí un poco aletargada por la risa, con el pecho aún vibrando, pero con la sensación de que la prueba había cumplido su propósito: habían verificado que, efectivamente, reacciono intensamente en costillas, cintura y axilas.

Erika se levantó nuevamente y, con la misma pose decidida, me pidió que subiera los dos pies sobre el escritorio. Yo, aún tomando aire y con el pecho vibrando de risa, me preparé para obedecer; iba a quitarme los tacones cuando ella me detuvo con un gesto suave pero firme:

—No hace falta que te los quites, yo me encargo —dijo.

Levanté los pies sobre la superficie y ella se acercó. Con movimientos rápidos y seguros me desabrochó los tacones y, con una mano firme que tomó mis tobillos, los deslizó fuera de mis pies. Era una acción práctica, casi cortesana, y al instante sentí la frescura del aire en la piel nueva del empeine. Antes de que pudiera reacomodarme, su otra mano descendió y las uñas largas empezaron a dibujar sobre las plantas hipersensibles de mis pies.

La reacción fue inmediata: una carcajada tronó y me retorcí como si una corriente eléctrica me recorriera.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —exploté, intentando en vano apartar los pies—.

Erika no aflojó; sus uñas jugaron sobre el centro del arco con una precisión afilada, trazando círculos, pinchazos finos y entonces barridos ligeros que hacían que mis dedos se abrieran en abanico. Mis plantas se convirtieron en un terreno minado de cosquillas: cada centímetro respondía con un tono distinto de risa, y yo no podía distinguir dónde dolía más de tanto cosquilleo. Intenté tirar con las piernas, intenté cubrirme el rostro con las manos, pero la sujeción en mis tobillos lo hacía todo más ridículo y, por eso mismo, aún más hilarante.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Por favor… JAJAJA —balbuceé entre risas—! —traté de articular la palabra de seguridad, pero la risa la engulló en una marea sonora.

Ella alternó la técnica: un momento eran apenas las puntas de las uñas, casi un roce que me hacía temblar; al siguiente, una pasada más marcada en el arco que disparaba una carcajada grave que me venía del estómago. Me sorprendía lo rápido que podía cambiar el timbre de mi risa según la presión y el sitio exacto; Erika, atenta, modulaba con esa mezcla de interés profesional y diversión traviesa que ya conocía. Sus ojos brillaban, entretenidos por la paleta de mis sonidos: risas agudas, gemidos entrecortados, sollozos de puro gozo.

Mis pies se movían como locos intentando huir —los dedos se encogían, se estiraban, buscaban apoyos imaginarios— y yo seguía riendo sin freno.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —clamaba la habitación, mi voz rebotando en las paredes—.

Hubo un instante en que la intensidad trepó tanto que mi respiración se volvió un hilo entrecortado; Erika pareció leer la curva en mi rostro y moderó apenas, dejando un toque cariñoso en la planta como si quisiera decir “todo bien” antes de volver a la carga con un módem juguetón de uñas y yemas. La alternancia entre la dureza y la suavidad de su contacto convertía la escena en un vaivén delicioso: me dejaba caer en la risa y luego me permitía recuperar aliento lo justo para volver a soltar otra ola.

—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJA! —repetía, con las mejillas enrojecidas y los ojos brillosos—. Sus dedos se colaban entre los dedos de los míos, separando y presionando las falangitas, y yo sentía cada pase como un detonante nuevo.

Finalmente, tras una última ráfaga que me dejó temblando y sin aliento, Erika aflojó la sujeción, apoyó las palmas en mis tobillos y dejó sus manos allí, cálidas y quietas. Se incorporó un poco y anotó con rapidez en su portátil, sin hacer comentario superfluo; su profesionalismo no apagaba la chispa traviesa de la escena, y esa mezcla me provocó una risa baja, ya más contenida. Me sentía exhausta y eufórica a la vez: los pies aún zumbaban, el arco latía con ecos de los toques, y mi risa murmuraba por debajo como una melodía que se negaba a desaparecer del todo.

La miré con gesto medio distraído, ya pensando en apoyar los pies en el suelo, cuando Erika me cortó con esa voz firme que ya conocía:

—No los bajes —dijo, con media sonrisa—. Todavía no.

Obedecí, dejando los pies suspendidos sobre la mesa, aún latiendo por dentro como si guardaran ecos de cada roce. Ella volvió a sentarse frente a mí, apoyó el portátil en las rodillas y clavó la mirada en mis plantas como quien repasa el mapa de una ciudad favorita. Hubo un instante de calma —un silencio que olía a papel y a café— y yo respiré hondo, aguardando la próxima jugada.

—Quiero que me digas en voz alta cómo te llega la sensación —murmuró, juguetona y metódica—. No solo si te hace cosquillas; dime si es punzante, difusa, si sube por la pierna o se queda local.

Sonreí, aún con la risa temblando en la garganta, y empecé a describir: “Es… una descarga fina en el arco, que sube por la pantorrilla y se hace más profunda en la ingle; a veces siento como si mis costillas se rieran antes que yo.” Ella asentía, anotaba, y luego, con un movimiento lento, tomó un pincel delgado que había sobre la mesa.

—Voy a probar con esto —dijo—.

Erika me agarró con firmeza por los tobillos, una mano segura que dejaba claro que ella tenía el control de la escena, y con la otra tomó el pincel. Empezó a deslizarlo lenta y meticulosamente por toda la planta: trazos desde el talón hacia los dedos, cruces por el arco, barridos que recorrían los costados, círculos delicados entre los dedos. Cada movimiento iba en todas las direcciones posibles, como si estuviera pintando un mapa secreto sobre mi piel.

La reacción fue instantánea y total: una carcajada estalló de mí, saliendo del pecho sin filtro.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —me oí reír, mientras mis pies se retorcían bajo sus manos—.

Intenté tirar con las piernas, impulsos torpes que solo servían para hacer la escena más cómica; Erika me sujetaba con tal seguridad que mis intentos parecían juguetones más que eficaces. El pincel no perdonaba: pasadas finas, luego un barrido más decidido en el arco, una pincelada entre los deditos que me arrancó una risa aguda que me vibró hasta la garganta.

Curiosamente, en ese torbellino no pronuncié la palabra de seguridad. La risa me comía las sílabas; había algo en la mezcla de sorpresa, curiosidad y confianza que me empujaba a seguir sin ordenar el cese. Sentía, además, cómo cada textura del pincel exploraba facetas distintas de la sensación: a veces punzaba una chispa, otras la extendía en una caricia que me hacía suspirar entre carcajadas.

—¡JAJAJAJAJA! —exploté cuando ella cambió el ritmo y pasó el pincel con más velocidad, dibujando pequeñas costuras de cosquilleo en el centro del arco—.

Erika jugaba con el tempo: una pasada lenta para que la sensación se asentara y, sin aviso, ráfagas cortas que me lanzaban a un alud de risas. Sus uñas largas, cerca pero sin clavarse, añadían ese filo travieso que hacía que la mezcla fuera aún más intensa. Yo corría de risa en risa, con respiraciones entrecortadas; mis manos a veces buscaban cubrir los pies, otras se agarraban al borde del escritorio en un gesto cómico.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Por favor…! —balbuceé entre risas, sin poder sostener una palabra larga—.

El cuarto parecía girar por un momento solo con el sonido de mi propia risa; Erika, concentrada, anotaba mentalmente cómo respondía cada zona, pero sin quitar la sonrisa pícara. Cuando el pincel se demoraba en un punto muy sensible, la carcajada cambiaba de timbre y yo me doblaba en una mueca de placer-sorpresa que me dejaba sin aliento por segundos.

Ella alternó el pincel por un rato largo: ahora círculos en el talón, ahora un barrido fino entre los dedos, ahora roces en el arco que iban subiendo por la planta hacia el empeine. Mis pies intentaban moverse como si fueran a huir, pero la sujeción de sus manos convertía todo en espectáculo: mis piernas dibujaban cortes de comedia, mis risas iban variando entre chillidos y carcajadas profundas.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —grité finalmente, carcajada tras carcajada—.

En algún punto, mientras mi respiración se aceleraba y mi risa tomaba esa calidad de temblor feliz, noté que Erika aflojó apenas —no porque yo lo pidiera, sino porque leyó un matiz en mi rostro— y dejó el pincel reposar en mi arco como una caricia. Fue un mini-respiro: pude inspirar de nuevo con más calma, reír menos fuerte y sentir el zumbido en las plantas como una canción que tardaba en apagarse.

Me apoyé un poco hacia atrás en la silla, todavía riendo en ecos, y la sensación de haber sido explorada con curiosidad y firmeza me dejó con una mezcla de agotamiento y placer burbujeante. Erika volvió a su portátil, escribiendo notas en silencio, y yo recuperé aire entre risitas, sabiendo que aquello —la prueba— había roto otro pedacito del mapa de mi cuerpo.

Justo cuando aún intentaba recuperar el aire, Erika alzó la vista, tomó su teléfono del escritorio y marcó con voz serena:

—Por favor, entren.

En un par de segundos la puerta se abrió y entraron cuatro personas más: tres mujeres de aspecto profesional y un chico joven. Se presentaron con nombres breves y manos ocupadas —una de ellas llevaba un pequeño estuche con pinceles, otra un par de paños y el chico traía unas correas—. Contando a Erika, éramos seis en la sala: cinco del equipo y yo, con los pies todavía sobre el escritorio, el zumbido de la risa aún pegado a la piel.

Esa presentación rápida terminó en una indicación práctica: Erika miró al chico y le dijo con autoridad tranquila que me pusiera correas en las muñecas a los apoyabrazos de la silla. El gesto fue profesional, casi mecánico; el chico lo hizo con cuidado y sin prisa, ajustando para que quedara firme pero sin dolor. Apenas estuve asegurada, Erika alzó la mano y dio la orden:

—Inicien la prueba.

Y como si fuera una partitura ensayada, empezaron. Las manos se coordinaron: pinceles que rozaban, yemas que buscaban costillas y cintura, dedos que descendían por las axilas y manos que, con una sincronía juguetona, volvieron a mis pies. La sala se llenó de movimiento y del sonido que ya conocía demasiado bien: mi risa, grande y sin control.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —exploté—.

Me hallé rodeada de caricias que venían de distintos ángulos a la vez: un par de manos bajaban por mis muslos, otras jugaban entre los dedos de los pies, alguien marcaba círculos en la base del talón, otra persona se entretenía con la cintura y las costillas. Era un ataque simultáneo y delicioso: cada nuevo punto activaba una risa distinta, y la mezcla me volvía loca.

Intenté articular “Ámbar”, alzar la voz, pero la superposición de estímulos y mi propio torrente de carcajadas me tragaron las palabras. Mis gestos eran torpes y exagerados; mi cuerpo buscaba escapar y, a la vez, se abandonaba al juego. Las manos eran profesionales en la técnica pero juguetonas en la intención: se turnaban para no saturar una zona demasiado tiempo, y entre ráfaga y ráfaga había micro-pausas para chequear que mi color y mi respiración estuvieran bien.

—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —la risa rebotaba en las paredes—.

La sensación era una mezcla de caos y atención: me cosquilleaban por todos lados y, sin embargo, podía percibir en los ojos de cada persona esa intención de calibrar, de observar mis señales. Aun así, la intensidad de recibir tanteos por cuatro o cinco manos distintas me llevaba a un lugar de risa absoluta; mis piernas se agitaban como si tuvieran vida propia y mi torso arqueaba en oleadas cómicas que alimentaban el frenesí.

En algún momento, entre jadeos y carcajadas, noté una mano que se inclinó solo para ofrecerme agua; otra cubrió mi frente con un paño húmedo; eran gestos pequeños pero necesarios que el equipo fue incorporando sin que yo lo pidiera. Eso me tranquilizó: aunque la escena fuera un torbellino, no había abandono, sino vigilancia activa.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! —gimoteé entre sonidos, sin poder contener ni una sílaba coherente—.

La prueba continuó solo unos minutos en ese crescendo orgánico, una sucesión de ataques juguetones que me hicieron reír como no lo hacía desde la sesión con Andrés. Estaba en medio del experimento, consciente y entregada, riendo a carcajadas mientras el equipo tomaba notas y afinaba protocolos.

El chico me tenía abrazada por los brazos, sujetando con firmeza pero sin brusquedad, como quien coloca una barrera que evita que mis manos lleguen a mis pies. Su agarre hacía que cada intento de apartarme fuera más cómico que efectivo: mis empujones se convertían en gestos teatrales que, lejos de ayudarme, avivaban el juego.

Mientras tanto, las mujeres —Erika incluida— se desplegaron como un pequeño ejército de travesuras. Dedos y uñas corrían por mis costillas, cruzaban la cintura, se colaban por la curva del ombligo y lanzaban asaltos precisos a mis axilas. Y, claro, volvieron a mis pies: manos que tanteaban los arcos, yemas que presionaban, uñas que dibujaban líneas entre los dedos. El efecto fue instantáneo y total.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! —exploté otra vez, sin control—.

Las risas salían en oleadas distintas: unas agudas, casi infantiles; otras largas, que me salían del estómago y me hacían retorcer el torso. Cada nuevo toque encontraba una nueva nota de risa. Sentía el cuerpo todo vibrar: las costillas se contraían, las piernas buscaban movimiento, y mis pies parecían tener voluntad propia, intentando huir en abanicos cómicos que no lograban más que provocar nuevas ráfagas.

Por momentos lograba juntar aire para un intento de “Ámbar”, pero las sílabas se perdían entre los “¡JAJA!” y los empujones de mis brazos contra el abrazo que me retenía. Aun así, entre una ráfaga y otra, alguien del equipo volvió a acercarme el vaso y una mano se posó en mi frente con cuidado; fueron microgestos que, aunque mínimos, me devolvían la sensación de estar segura en medio del alboroto.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —reía sin pausa—. Me estaba volviendo loca con tantas cosquillas; era una locura deliciosa, un torbellino de sonidos y sensaciones que me dejaba sin aliento y, a la vez, con la sonrisa más tonta del mundo pegada en la cara.

El ritmo subía y bajaba como olas: embestidas sincronizadas que me llevaban al borde y pausas que me permitían respirar. Yo alternaba entre suplicar en tono de broma y sobreactuar intentos de huida, lo que solo alimentaba la diversión del equipo. Cuando la intensidad finalmente empezó a ceder, quedé temblando y con el pecho ardiendo por la risa, respaldada por manos amigas que me ofrecían apoyo y cuidados mientras el eco de los “¡JAJA!” se iba transformando en suspiros y sonrisas.

Lo peor —y a la vez lo más delirante— llegó en un movimiento casi coreografiado. Las cinco mujeres, como si hubieran ensayado la secuencia, posaron cada una los diez dedos sobre mis pies; de pronto me encontré con cincuenta uñas deslizándose simultáneamente por las plantas, los arcos, los costados y entre los dedos. Fue una avalancha de cosquillas en estereo: uñas que barrían en abanico, puntas que pellizcaban suave, y yemas que dibujaban pequeños surcos que se clavaban en la piel como diminutas campanitas.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —exploté, la risa rebotando como metralla en la sala—.

Mis pies se convirtieron en el epicentro de un huracán: los dedos se abrían y cerraban, las palmas buscaban apoyo inútil, y el sonido de mi risa llenó cada rincón. Era tan intenso que a veces no sabía si reía por sorpresa, por placer o por la comicidad absoluta de verme tan expuesta. Intenté juntar aire para decir “Ámbar”, pero las sílabas se perdían entre los “¡JAJA!”; sentí un ligero vértigo de vértigo de demasiada estimulación y, por un segundo, la conciencia de mi propio límite hizo un guiño amenazador.

En ese instante la coordinadora —la más alta de las mujeres— levantó la vista del bloc y vio mi respiración acelerada y la tensión que crecía en mi cara. Sin esperar a que yo formara la palabra, dio la señal y todo se detuvo como si alguien hubiera apagado una radio: las manos se retiraron, las uñas cesaron el roce. El silencio fue casi tan fuerte como mi risa. Me quedé temblando, con el pecho todavía latiendo al ritmo de las carcajadas, y las lágrimas de risa rodaban por mis mejillas.

En ese instante Erika anotó rápido en su laptop y dijo en voz baja, casi con disfrute profesional: —Es muy cosquillosa.

Yo aún respiraba entrecortada cuando una de las otras mujeres ladeó la cabeza, sonrió y murmuró a Erika: —Sí, es increíblemente cosquillosa.
No hubo más preámbulos. Antes de que pudiera advertirlo, esa mujer inclinó el torso y, con la misma intención precisa que había mostrado Erika, posó las uñas sobre la planta de mi pie derecho y comenzó a deslizarse en pasadas rápidas, juguetonas y sin piedad.

La primera caricia de uña fue como una chispa: mi cuerpo reaccionó al instante.
—¡JAJAJAJAJAJA! —estallé, el sonido explotando en la sala—.

Fue en ese segundo cuando las otras tres se incorporaron como si hubieran ensayado el movimiento: cada una colocó sus manos y dedos en distintos puntos —arco, base del talón, entre los dedos— y comenzó una labor coral. Era un ataque coordinado de tacto y uñas: barridos veloces, pinchitos juguetones, roces finos que se superponían formando una red de cosquillas sobre mis plantas. Mis pies se retorcían en abanicos desesperados, los dedos se abrían y cerraban, y mi risa se multiplicaba en timbres y alturas.

Intenté juntar aire para pronunciar “Ámbar” pero la risa me comía la voz; lo único que salía eran reflexos sonoros y suplicas risueñas que sonaban más a invitación que a reclamo. El chico que me sujetaba por los brazos apretó con la calma con que se sostiene a alguien que está a punto de desbordarse; su abrazo me impedía cubrirme los pies, lo que hacía la escena aún más cómica y frenética.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —mi cuerpo se doblaba en oleadas—. Cada nueva pasada encontraba un matiz distinto: unas provocaban risas agudas, otras carcajadas graves que me hacían retorcer la cintura. Sentí cómo el cosquilleo trepaba de las plantas hacia las pantorrillas, y de ahí hacia los costados; mi torso se arqueaba, mis hombros temblaban y las lágrimas me brillaban por tanta risa.

Aun así, en medio del frenesí, percibí la profesionalidad del equipo: entre ráfagas, alguna de ellas aflojaba apenas para mirar mi cara, comprobar mi color, la respiración; otra me ofrecía el vaso sin que yo lo pidiera un segundo. Esa mezcla de empuje juguetón y atención contenida mantenía la sensación en el terreno del consentimiento: me llevaban alto, sí, pero no me dejaban caer.

Curiosamente, mientras las otras manos se movían en la coreografía juguetona, Erika y el chico permanecían casi en silencio, observando. Él me sujetaba como si fuera un abrazo —los brazos firmes alrededor de mi torso, lo justo para que mis intentos de apartarme fuesen parte del espectáculo y no llegasen a ninguna parte—; su contención, lejos de molestarme, tenía algo de protector: cada vez que me arqueaba en una carcajada, su abrazo me ahorraba el golpe y me devolvía al centro de la experiencia.

Erika, sentada frente a su portátil, clavaba la mirada en mi rostro y en las anotaciones: sus ojos buscaban matices —el cambio de color, la curva de la sonrisa, el tiempo que tardaba en recuperar la respiración—; de vez en cuando levantaba la vista y lanzaba una indicación calmada al equipo, el tono de quien dirige un experimento y, a la vez, disfruta de la música. El chico, con la mandíbula apretada por contenerse, me murmuró al oído un “¿todo bien?” que se sintió más como un ancla que como una pregunta; respondí con un gesto y con una risa que no se apagaba.

El chico volvió la cabeza hacia Erika con una media sonrisa y, como quien suelta una timba de curiosidad contenida, preguntó en voz baja: —¿Puedo yo también?
Erika levantó la mirada del portátil, lo pensó un segundo y, con ese gesto suyo que mezclaba autoridad y complicidad, asintió. «Sí, pero con cuidado y manteniendo las pausas», dijo. Las mujeres se apartaron con gracia y, por un momento, la sala quedó en silencio expectante.

Entonces él se movió como un felino: se acercó con pasos suaves, se inclinó sobre mí y, sin romper el juego, empezó a jugar con mis costillas, la cintura, las axilas y —por supuesto— con los pies, donde mi risa siempre se encendía más. Sus dedos eran rápidos y vivos; alternaba toques, trazos y pequeños pellizcos juguetones que me lanzaban a una nueva ola de carcajadas.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —reí, arqueándome—. Me retorcía en la silla, las correas sujetándome pero sin aprisionarme, y mis manos golpeaban el aire en intentos cómicos de apartarlo. Él modulaba con la mirada, midiendo mi color, mi respiración, y sonreía al ver cada nueva nota de mi risa. Había en su forma de tocar algo casi embelesado; su entusiasmo era travieso pero atento.

Intenté articular «Ámbar» en un par de ráfagas entre jadeos, pero la voz me fallaba: la risa era un torrente que se llevaba las sílabas. Él lo notó —su ceño se frunció apenas— y aminoró la velocidad un poco, pasando a caricias más largas y pausas breves que me permitieron recuperar el aire. Ese gesto de contención devolvió la sensación de seguridad y, en ese equilibrio, seguí entregándome al juego con la sensación de estar con alguien que sabía leer el pulso del cuerpo.

La secuencia fue un crescendo juguetón: dedos en las plantas, barridos en las costillas, toques en la cintura que subían hasta el lateral del cuello.

El chico no aflojó: siguió con los dedos correteando por mi cintura, trazando círculos que subían y bajaban hasta pegar en mis costillas; luego, sin avisar, se deslizó con las yemas hacia mis axilas, buscando ese punto que siempre me rompe la compostura. Cada toque era una clave distinta y yo respondía como si estuviera poseída por una risa con voluntad propia.

—¡JAJAJAJAJA! —explotaba, arqueándome hacia delante y contra el abrazo que me sujetaba—. Mis manos golpeaban el aire, los pies pataleaban en vano y mi pecho subía y bajaba con bocanadas entrecortadas. Sentía el calor en la piel, el hormigueo que trepaba desde la cintura hasta la garganta, y la cara me dolía de tanto sonreír.

Él jugaba con los ritmos: ráfagas cortas para arrancar gritos agudos y pasadas más largas para provocar carcajadas graves. Siempre miraba mi cara; cada vez que mi respiración se volví­a demasiado rápida aminoraba un poco, como midiendo el equilibrio entre empujar y contener. Esa atención me sostuvo: en el vértice del frenesí sabía que, aunque me llevaban alto, no me dejarían caer.

En un momento, la risa me dejó sin voz y junté las últimas fuerzas para dar dos palmadas en el brazo de la silla. El chico paró al instante —su expresión pasó de euforia a ternura en un latido— y retrocedió.

En cuanto el chico retrocedió, fue como si un resorte se soltara: las cuatro mujeres se lanzaron juntas sobre mí en una ráfaga sincronizada. Sus manos —dedos, yemas y uñas— se repartieron el trabajo con una precisión traviesa: una subía por las costillas, otra barría la cintura, la tercera atacaba las axilas y la cuarta volvía a las plantas en un ciclo inagotable.

Mi risa explotó en la sala sin filtro.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —salía de mí en oleadas—.

Estaba atada a la silla; las correas en mis muñecas impedían que mis manos llegaran a protegerme, así que mis movimientos eran puro teatro: me retorcía, pataleaba con los pies, arqueaba la espalda y mi cuerpo entero se convertía en un instrumento de sonido. Cada punto nuevo sumaba un timbre distinto de risa: las costillas me daban sollozos cortos, las axilas sacaban carcajadas agudas que me hacían perder el hilo, y las manos sobre las plantas devolvían chillidos que me salían del estómago.

—¡Por piedad… JAJAJA! ¡Por favor…! —suplicaba entre risas, con la voz hecha trizas por la algarabía—.

Erika permanecía sentada frente a su portátil, clavando la mirada en mi rostro y anotando con calma profesional, como si cada “¡ja!” fuera un dato en una partitura. De vez en cuando alzaba la vista para observar mi color y la velocidad de mi respiración; las mujeres, en su frenesí juguetón, no perdían esa atención: entre una ráfaga y otra aflojaban apenas para comprobar que todo estaba dentro de lo previsto.

La intensidad subió y bajó en olas: a ratos habían pases tan rápidos que las carcajadas me salían como metralla; a ratos alguien marcaba una pausa milimétrica y yo aprovechaba para juntar aire y volver a reír. Mi garganta ardía de tanto sonido y mis mejillas estaban húmedas de risa. Mis piernas pataleaban sin orden, los pies buscaban refugio imposible, y mi pecho parecía querer salirse por la boca de tanto reír.

Tras unos minutos de ese torbellino juguetón, logré —entre jadeos y empujones cómicos— dar la señal acordada: dos golpes fuertes con la palma contra el brazo de la silla. Al instante, las manos se detuvieron como si alguien hubiera pulsado un freno invisible. El cuarto quedó en un silencio que rugía en mis oídos por las risas recientes, y Erika, todavía anotando, me miró con una mezcla de satisfacción y alivio.

Me quedé temblando y riendo en ecos, con las muñecas aún sujetas, mientras ellas se apartaban con sonrisas satisfechas y Erika cerraba su cuaderno de anotaciones por un momento. Había sido una oleada pura de risa —salvaje, juguetona, agotadora— y, aunque suplicara piedad en el centro del frenesí, lo que quedó al final fue la sensación de haber sido llevada a un límite y contenida con cuidado profesional.

Dijiste:
continua con que erika me hacia preguntas relacionadas con la sesion que opinaba y de eso, mientras yo intentaba tomar aire, y mientras respondia, 2 mujeres me hacian cosquillas elntas en las platnas de mis pies, yo soltaba carcajadas y pedia piedad mientras movia mis pies arrugando y estirando las plantas, y erikaa me pedia que le respondiera
ChatGPT dijo:

Erika no apartó la mirada del portátil; su voz sonó tranquila, directamente profesional, como si dictara el siguiente bloque de datos a registrar.

—Dunia —dijo—: ¿qué sensaciones identificas ahora mismo? ¿Dónde sube primero, y qué técnica prefieres que repitamos o evitemos?

Quise tomar aire para responder con calma, pero en ese exacto segundo dos de las mujeres volvieron a posar las yemas en las plantas de mis pies y el mundo se convirtió en risa otra vez.
—¡JAJAJAJAJA! ¡No…! —exploté—. Mis pies se estremecían, se arrugaban y estiraban como si tuvieran vida propia; yo los movía en abanicos, buscando espacio, mientras las uñas jugueteaban entre los dedos.

Entre jadeos intenté articular palabra. Erika, ya acostumbrada a este tipo de respuestas entrecortadas, repetía las preguntas en fragmentos para que pudiera contestar entre risas.

—¿Arriba primero, en el arco o en los dedos? —insistió, con la calma de quien sabe leer un mapa de señales.

—El… el arco primero, ¡JAJA! —logré decir, con la voz rota por la carcajada—. El centro del arco es… el punto más traidor, y los dedos me hacen chillar. —Mi respuesta salió a borbotones mientras sentía las pasadas bajar y subir, y mis plantas se arrugaban y alargaban en reflejos. —Las uñas son 10, las pasadas largas 7, y el pincel… el pincel me lleva al límite en ráfagas. ¡JAJAJA!

Erika anotó deprisa y, con la naturalidad de quien dirige una sesión, cambió el enfoque:

—Perfecto. ¿Quieres más pausas? ¿Menos intensidad en las uñas?

Quería gritar “¡más pausas!” con la garganta todavía llena de risas, pero cada vez que intentaba hablar las manos en mis pies me arrancaban otra carcajada. —Sí… sí, pausas… cada dos minutos máximo —balbuceé entre sollozos de risa—. Y si no puedo decirlo, dos golpes en la silla. ¡Por favor! ¡JAJAJA!

Ella asintió, con la mirada aprobatoria, mientras las manos a mi alrededor aflojaban apenas —lo justo para que pudiera recuperar aire— y yo aprovechaba ese minúsculo respiro para anotar en la libreta con la mano libre: “arco = 10; dedos = picos agudos; uñas = más peligro”. Seguía riendo en ecos, pidiendo piedad con la voz hecha trizas, y Erika, metódica y juguetona, siguió hilando preguntas mientras el equipo afinaba ritmos y tiempos en mi cuerpo como una partitura que yo misma dirigía con la palabra y los golpes convenidos.

Erika no aflojaba. Entre una anotación y otra su voz volvía a mí, pausada, inquisitiva:

—Dunia, dime con franqueza: ¿dónde sube primero? ¿qué técnica te descoloca más —uña, yema o pasadas largas?

Quise responder en voz firme, pero justo entonces las mujeres cambiaron el ritmo como si hubieran ensayado un segundo acto. Concentraron su atención en mis plantas —mis puntos más traicioneros— y empezaron a usar las uñas con una precisión que me dejó sin defensa. Empezaron por el arco, haciendo figuras en ochos con la punta de las uñas, luego se deslizaron por la almohadilla debajo de los dedos y, con una simultaneidad casi musical, una mano atacaba el talón mientras otra barría entre los deditos.

La reacción fue inmediata y total.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —estallé, más rota que antes—.

Mis pies se retorcían, se arrugaban, estiraban; las plantas se ofrecían a cada trazo como si tuvieran voluntad propia. Las uñas producían un cosquilleo filoso que se colaba por todo el cuerpo: subía por las pantorrillas, pegaba contra las costillas y, en cuestión de segundos, ya sentía esa risa que viene desde lo más dentro. Intenté formar palabras entre los jadeos —quería decir qué exactamente me había hecho más cosquillas— pero salían entrecortadas y mezcladas con suplicas risueñas.

Erika, imperturbable en su papel de directora, repetía las preguntas con la calma de quien trabaja con variables:

—¿Uñas en arco o uñas entre los dedos? ¿Mejor pasadas largas o golpecitos rápidos?

Entre un “¡JAJA!” y otro, conseguí tragar aire y balbucear respuestas que salían a medias, arrastradas por la risa:

—El arco… las uñas en el arco… ¡ahí! —logré decir—. Y entre los dedos… son picos —repetí, riendo tanto que me costó respirar—.

Las mujeres, lejos de aflojar, afinaban la técnica: ahora trazaban pequeñas S rápidas entre la base de los dedos, luego una presión corta en la almohadilla y un vuelo veloz hacia el talón. Cada variación sacaba un timbre nuevo de risa: chillidos agudos cuando tocaban la punta de los dedos, carcajadas más graves con las pasadas largas en el arco. Yo me dejaba llevar, pataleando como una actriz en plena comedia física, mientras mi voz se convertía en una marea de “¡JAJA!” que no sabía cómo detener.

—¿Sientes que sube hacia el pecho o hacia la garganta? —preguntó Erika, sin apartar sus ojos del cuaderno.

—Hacia la garganta… —logré responder entre respiraciones—. Primero calor en el pie, luego un latigazo que llega al pecho. ¡JAJAJA! —mi cabeza se echaba hacia atrás en cada oleada, mis hombros temblaban y el abrazo del chico me sostenía lo justo para no desplomarme.

Las uñas encontraron un punto justo debajo de la almohadilla, un nudo invisible que parecía el epicentro de todo. Mi risa cambió de timbre, se volvió una mezcla de gemido y carcajada, profunda y corta a la vez. Mis manos, atadas, golpeaban en vano el aire; mis piernas buscaban refugios imposibles. El cuarto entero se llenaba de mi sonido, y aunque yo rogaba —entre risas— por piedad, la forma en que ellas jugaban era también una especie de ofrenda: precisas, casi científicas en su deleite.

Erika aprovechó un micro-descanso —un par de segundos— para levantar la vista y anotar en voz alta:

—Nota: uñas en arco = pico máximo; pasadas largas en talón = risa más sostenida. Pausas cada 90 segundos recomendadas.

En cuanto pronunció la cifra, las manos aflojaron apenas para dejarme recuperar un hilo de aire, y yo supe, con la certeza temblorosa de quien vuelve de una ola, que eso era exactamente lo que necesitaba: un compás donde colocar mi respiración antes de la siguiente vuelta. Aun así, mientras me recuperaba en esos segundos de tregua, sentía el zumbido en las plantas y la promesa de que, si seguían, la risa volvería con la misma fiereza juguetona.

Traté de inhalar con ganas, buscando un respiro verdadero que me permitiera ordenar las palabras, pero antes de que el aire volviera a instalarse en mis pulmones las cuatro mujeres regresaron como una marea sincronizada y sin piedad. Fue un asalto en estereo: uñas que barrían, pellizquitos finos, puntillas que dibujaban líneas imposibles. Cuarenta uñas se movían en todas direcciones sobre mis plantas hipercosquilludas, y la sensación era un zumbido vivo que explotaba en oleadas por todo mi cuerpo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! —reventé otra vez, la risa saliendo como descargas—.

Mis pies se retorcían, mis dedos se abrían en abanico, las plantas se arrugaban y se estiraban como si tuvieran voluntad propia. Suplicaba piedad entre carcajadas, pero cada súplica sonaba más a invitación al juego que a reclamo; las mujeres no aflojaban salvo en micro-pausas calculadas para no romper el ritmo. El abrazo que me retenía hacía que mis intentos de agarrarme al borde de la silla resultaran cómicos: me balanceaba, pataleaba, dibujaba gestos teatrales que sólo servían para avivar la coreografía.

Erika, inmóvil frente al portátil, seguía escribiendo con la mirada clavada en mi cara: la anotación era continua —tiempos, timbres, picos—; su calma, en medio del caos, era como el metrónomo que mantenía todo en su marco seguro. Y entonces, como si la escena no fuera ya bastante, el chico decidió unirse: se lanzó con cuidado y empezó a hacerme cosquillas en las costillas, la cintura y las axilas, buscando con dedos precisos los puntos que más me desordenaban.

—¡JAJAJAJAJA! —mi risa cambió de tono, se hizo más desesperada y más feliz a la vez—. Sentía el cosquilleo trepar desde las plantas hasta las rodillas, las costillas ardían de risa y las axilas explotaban en sonidos cortos y agudos. Era como si alguien hubiera tocado un botón interior que no sabía cómo apagar.

Mis palabras se deshacían en gemidos cómicos y en pedidos entrecortados de “¡por favor…!”, mientras mi cuerpo respondía con sacudidas y sacos de risa que me dejaban sin aliento. Aun así, entre una ráfaga y otra, notaba las microverificaciones: una mirada rápida al color de mi piel, una mano que aminoraba la presión un instante para comprobar la respiración, un gesto de Erika que indicaba ritmo y tiempo. Eso me devolvía algo de calma: aunque me llevaban hasta el límite, nadie estaba ignorando los signos de exceso.

Cuando la intensidad alcanzó una punta que me dejó con la cabeza nublada, junté las fuerzas que me quedaban y golpeé dos veces el brazo de la silla con la palma —la señal acordada—. Fue un golpe seco que resonó en la habitación y, como si alguien hubiera pulsado el freno, todo se detuvo al instante. Las manos se apartaron, el chico retrocedió y las cuatro mujeres se hicieron a un lado casi al unísono. El silencio posterior fue tan fuerte que me pareció música.

Quedé temblando en la silla: respiración agitada, sonrisa aún en los labios, las muñecas atadas pero la sensación de control restituida. Erika alzó la vista, escribió una última línea y, con voz suave y contenida, me preguntó cómo me sentía. Entre respiros y risas bajas respondí que bien —agotada, mareada y extraordinariamente viva— y ellas, en un gesto que ya conocía, comenzaron el aftercare colectivo: caricias suaves, palabras en tono bajo y tiempo para que mi pulso volviera al compás natural.

Lo vi venir en el gesto de Erika: se levantó de la silla con paso firme, clavó la mirada en todas nosotras como una jefa que conoce su orquesta y, con una voz que sonó a directriz juguetona, dijo en alto: —¡Al ataque!

Fue instantáneo. Las seis personas se lanzaron otra vez en una coreografía salvaje y precisa; mis piernas y brazos, atados a la silla, quedaron sin más recurso que ofrecer el espectáculo. Manos por las costillas, uñas por las plantas, dedos que recorrían la cintura y la axila en pasadas rápidas… todo a la vez, en oleadas que me pegaban y me apartaban como el mar. La risa me brotó sin freno.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —grité, con la garganta ardiendo de tanto reír—.

Intenté ordenarme, tomé aire, pataleé en vano, supliqué entre carcajadas…, pero había otra voz dentro de mí que se doblaba de ganas: una parte quería que aquello no terminara, quería perderse en esa locura compartida. Era una sensación contradictoria —miedo leve y deseo juguetón a la vez— que me hizo sonreír incluso en medio de los gritos y la absurda necesidad de pedir piedad.

Erika observaba y anotaba sin dejar de vigilar: si la respiración se aceleraba demasiado, si los ojos perdían el brillo, ella marcaba ritmo con un gesto y las manos aminoraban; eso convertía lo compulsivo en seguro. El chico volvió a mis axilas con dedos rápidos mientras una de las mujeres marcaba el compás en mis plantas; la sala se llenó del sonido de mi risa como si fuera música. En un momento logré juntar aire suficiente para recordar la señal que nos protegía —dos golpes en el brazo—, pero al mismo tiempo lo pensé y pensé: no, quiero seguir unos segundos más. Me sentí dueña de la encrucijada: estaba atada, sí, pero también consensuando con cada jadeo y cada gesto.

La oleada final vino en un crescendo juguetón y luego, tal como lo habían hecho siempre, el equipo respetó el límite: Erika alzó la mano, las maniobras cesaron y las manos aflojaron. El silencio posterior fue cálido. Me quedé temblando en la silla, con la respiración agitada y la cara húmeda de risa; ellas sonrieron, complacidas, y se acercaron con cuidado para el aftercare: caricias calmadas, palabras suaves y tiempo para recomponer el pulso. Me envolvieron en una manta ligera, hablaron conmigo sobre lo que había funcionado y lo que prefería cambiar, y anotaron las observaciones que luego volcarían en el informe.

Salí de allí con la sensación de quien ha asomado el borde de la locura y ha vuelto sostenida: exhausta, risueña y con una certeza clara —siempre la misma— de que cualquier juego así solo vale si la palabra de seguridad, la lectura constante y el cuidado colectivo están presentes.

Salí del centro con la libreta apretada en el bolso y el pulso todavía repicando en las sienes. Me acerqué al coche con paso bamboleante, me quité la chaqueta con manos que aún temblaban por dentro y, tras un instante de titubeo delicioso, me coloqué los tacones: el gesto me dio esa costura entre lo público y lo íntimo, como cerrar un capítulo con un golpe de estilo.

Las seis cuadras hasta mi apartamento fueron un desfile en cámara lenta. El clic de los tacones marcaba el ritmo de mis pensamientos; cada paso enviaba un cosquilleo desde las plantas hasta el pecho que me recordaba la risa reciente. Las luces de la calle tenían un brillo más amable; la ciudad parecía ponerse de perfil para dejarme pasar. Me detenía a mirar un escaparate, sonreía sin razón y retomaba la marcha, notando cómo el cuerpo me pedía a gritos reposo y, a la vez, celebraba el vértigo de lo vivido.

En cada semáforo aprovechaba para respirar hondo, notar el latido que todavía llevaba de recuerdo, y hacer un rápido inventario mental: qué había funcionado, qué quería repetir, qué pedir de forma distinta la próxima vez. La libreta, aunque dentro del bolso, me tiraba la conciencia como un imán: sabía que esa noche escribiría con detalle, pero ahora prefería saborear la estela de la experiencia.

Al llegar a la puerta de mi edificio subí las escaleras con paso medido —los tacones ya me costaban un poco más— y al abrir mi apartamento una ola de calma me recibió. Cerré la puerta detrás de mí, apoyé la espalda contra la madera un segundo y sonreí con los ojos cerrados. Me quité los tacones con cuidado, dejándolos junto a la entrada, y caminé hasta el sofá sintiendo el cuerpo aún tembloroso, como si la risa hubiera dejado huellas visibles en cada fibra.

Me dejé caer, respiré lento y sentí cómo, poco a poco, la agitación se convertía en una placentera fatiga. Saqué la libreta del bolso, garabateé dos o tres líneas con letra apresurada —puntos claves, notas para la próxima sesión—, la cerré y la posé en la mesita. Me quedé un rato más mirando el techo, con una sonrisa tonta pegada a la cara, dejando que el eco de mis carcajadas se fuera acallando hasta convertirse en un leve recuerdo cálido. Finalmente, rendida y satisfecha, me dejé llevar al descanso, segura de que aquella noche mi risa había marcado algo: un mapa nuevo que esperaba ser explorado otra vez.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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