Después del PhD – Parte 9

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Pasaron varias semanas después de la sesión con Martín.

Dunia retomó su rutina con la sensación de haber encontrado algo que no sabía que estaba buscando. Las mañanas de café y correos electrónicos. Las tardes de escritura frente a la ventana. Las noches de lectura en el sofá, con los pies descalzos apoyados en el borde de la mesa.

Pero el cuerpo tiene memoria. Y el de Dunia recordaba cada roce, cada caricia, cada momento de vulnerabilidad. Recordaba la risa que no podía controlar. El desespero que se convertía en placer. La entrega total.

Escribió más capítulos de su libro. El capítulo sobre técnicas de cosquillas estaba casi terminado. El capítulo sobre aftercare y límites también. Pero había un capítulo que no lograba avanzar. El que hablaba de la búsqueda. De por qué una mujer exitosa, inteligente, dueña de su vida, seguía buscando que otros la inmovilizaran y la hicieran reír hasta las lágrimas.

Lo dejó pendiente. A veces las preguntas no tienen respuesta inmediata.

Una noche, mientras revisaba correos electrónicos antes de dormir, encontró un mensaje que no esperaba.

No era de Martín. No era de Andrés. No era de nadie que conociera.

El remitente era un nombre genérico, de esos que se usan para cuentas temporales. El asunto decía: «Mujeres hipercosquilludas buscadas».

Dunia abrió el correo por curiosidad. A veces recibía este tipo de mensajes, y los borraba sin leer. Pero algo en este le llamó la atención.

El texto era breve y directo:

«Busco mujeres con alta sensibilidad a las cosquillas para sesiones intensas. Experiencia en tickling extremo. Discreción absoluta. Interesadas responder a este correo con descripción física y nivel de sensibilidad. No se aceptan tímidas.»

No había nombre. No había fotos. No había referencias. Solo un correo electrónico y una dirección de un servidor anónimo.

Dunia lo leyó dos veces. Algo en el tono le pareció extraño. Demasiado directo. Demasiado frío. Pero también había algo que la intrigaba. La palabra «extremo». La frase «no se aceptan tímidas».

Sabía que no debería responder. Su experiencia le decía que los ticklers serios siempre daban referencias, siempre se presentaban, siempre establecían un canal de comunicación claro. Este no era el caso.

Pero esa noche, antes de dormir, respondió.

«Hola. Me llamo Dunia. 43 años. 1.72 m. Hipercosquilluda en todo el cuerpo, especialmente en las plantas de los pies. Interesada en sesiones. ¿Podrías darme más información sobre tu experiencia?»

Envió el correo y apagó el teléfono. No esperaba respuesta inmediata. No esperaba respuesta en absoluto. Era solo una curiosidad, una de esas decisiones impulsivas que a veces tomaba cuando la noche se volvía demasiado silenciosa.

Pasaron ocho días.

Ocho días de silencio. Ocho días en los que Dunia revisó su correo electrónico una y otra vez, esperando una respuesta que no llegaba. Ocho días en los que su curiosidad se convirtió en impaciencia, y la impaciencia en una extraña mezcla de frustración y alivio.

Quizás era mejor que no hubiera respondido. Quizás su intuición había estado en lo correcto. Quizás el hombre de la barba descuidada y los ojos fríos había desaparecido tan repentinamente como había aparecido.

Pero el cuerpo no olvida. Y el de Dunia seguía recordando la promesa de una sesión intensa. La posibilidad de volver a sentirse vulnerable, entregada, completamente a merced de otro.

El octavo día, el correo llegó.

No era un mensaje largo. No había disculpas. No había explicaciones por el silencio. Solo unas pocas líneas, escritas con la misma frialdad que los mensajes anteriores.

«Estoy en Alemania. Pueblo cerca de Frankfurt. ¿Dónde estás tú?»

Dunia leyó el mensaje varias veces. No había saludo. No había «hola». No había su nombre. Solo la información. Solo la pregunta.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Alemania. El tipo estaba en Alemania. A miles de kilómetros de distancia. Pero Dunia, en lugar de sentirse aliviada por la distancia, sintió una punzada de decepción.

O quizás era otra cosa. Quizás era el hecho de que la distancia no era tan grande como parecía.

Su representante, Carmen, le había estado insistiendo con las conferencias en Alemania. Cinco ciudades. Diez días. Una gira que Dunia había pospuesto una y otra vez porque no se sentía lista. Porque no quería viajar sola. Porque no quería estar lejos de su casa, de su rutina, de su escritorio donde escribía su libro.

Pero ahora, leyendo ese correo, algo cambió.

Dunia abrió el chat con Carmen. Escribió un mensaje rápido.

«Carmen, lo de la gira en Alemania. ¿Todavía están disponibles las fechas?»

La respuesta llegó en minutos.

«Casi todas. Tengo dos ciudades confirmadas y tres en espera. ¿Te animas?»

Dunia miró el correo del hombre. Lo leyó otra vez.

«Estoy en Alemania. Pueblo cerca de Frankfurt.»

El nudo en el estómago volvió.

Respondió a Carmen.

«Confirma las cinco. Envíame el itinerario.»

Luego volvió al correo del hombre. Escribió una respuesta breve, sin demasiados detalles.

«Boston, Estados Unidos. Pero tengo un viaje programado a Alemania. Conferencias. Puedo ajustar fechas.»

Envió el mensaje y apagó el teléfono. No quería ver la respuesta inmediata. Quería dejarlo reposar. Quería pensar en lo que acababa de hacer.

Se levantó de la silla y caminó hacia la cocina. Abrió la nevera, miró el interior sin ver nada. Cerró la nevera. Abrió un armario, sacó una taza, la puso sobre la mesa. No hizo té. Solo miró la taza vacía.

—¿Qué estás haciendo? —se preguntó en voz alta.

La pregunta flotó en el aire sin respuesta.

Cuando volvió al ordenador, el correo ya estaba ahí. Abierto. Leído. Respondido en menos de una hora.

«Alemania es buena idea. Dime fechas y coordinamos.»

Era todo. Sin disculpas. Sin explicaciones. Sin su nombre. Solo la aceptación de su plan.

Dunia sintió el nudo en el estómago apretarse un poco más. Pero también sintió otra cosa. Una chispa de emoción que no podía negar.

Empezó a responder.

«Llego a Frankfurt en tres semanas. Conferencias en Berlín, Múnich, Hamburgo, Colonia y Düsseldorf. Puedo tomarme un día libre entre ciudades.»

Envió el mensaje. Miró el itinerario que Carmen le había enviado. Cinco ciudades. Diez días. Y en medio de todo eso, una sesión con un hombre que no le había dicho su nombre.

Tres semanas.

Tres semanas para prepararse. Para escribir. Para terminar el capítulo pendiente de su libro. Para pensar en lo que estaba a punto de hacer.

Dunia cerró el ordenador y se quedó mirando la pantalla oscura.

No sabía si estaba tomando una decisión inteligente o una decisión estúpida. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que algo la esperaba.

Y tenía que ir a buscarlo.

Durante las tres semanas siguientes, Dunia escribió más que en todo el mes anterior. Terminó el capítulo sobre búsqueda y vulnerabilidad. Escribió un epílogo tentativo que no terminaba de convencerla. Corrigió dos veces la introducción.

Los correos con el hombre fueron escasos. No escribía para preguntarle cómo estaba. No le contaba nada de su vida. Solo confirmaba detalles logísticos. Fechas. Lugares. Horarios.

Dunia sabía que no era normal. Que cualquier tickler serio se preocuparía por establecer confianza, por conocerla, por asegurarse de que ella estuviera cómoda.

Pero el hombre no era normal. Y eso, de alguna manera, era lo que la atraía.

La noche antes del viaje, Dunia empacó su maleta. Ropa para las conferencias: blusas formales, pantalones de vestir, zapatos de tacón. Ropa para la sesión: leggings negros, camiseta blanca, Converse.

Llevó también las uñas de los pies pintadas de un rojo oscuro. No sabía por qué. Solo quería estar preparada.

Miró la maleta abierta sobre la cama. Las conferencias. La sesión. El viaje. Todo mezclado en una misma maleta, en un mismo plan.

Cerró la maleta y la puso junto a la puerta.

Al día siguiente, el avión despegó hacia Frankfurt.

La primera semana de conferencias fue un éxito rotundo.

Dunia llegó a Frankfurt un martes por la mañana, con el jet lag pegándole en la nuca y la maleta rodando detrás de ella por el aeropuerto. Carmen había organizado todo a la perfección: chofer esperando en la salida, hotel en el centro, agenda impresa con cada detalle.

La primera conferencia fue en Berlín. Un auditorio con capacidad para trescientas personas, completamente lleno. Dunia subió al escenario con sus zapatos de tacón negro, un vestido azul marino que le llegaba hasta las rodillas, y el cabello negro corto recién lavado. Miró al público y sintió ese cosquilleo nervioso que siempre sentía antes de hablar en público. Pero esta vez era diferente. No eran nervios. Era anticipación.

—Buenos días —dijo, y su voz resonó en el auditorio—. Hoy vamos a hablar de vulnerabilidad consentida. De cómo el cuerpo y la mente pueden encontrar placer en la entrega del control.

Durante dos horas, Dunia habló sobre su investigación. Sobre los fetiches como lenguaje corporal. Sobre el poder de la risa incontrolable como manifestación de confianza. Sobre el equilibrio entre límite y deseo.

El público la escuchó en silencio. Tomaban notas. Asentían. Algunos sonreían. Otros miraban con atención intensa, como si estuvieran descubriendo algo que siempre habían sentido pero nunca habían podido nombrar.

Al final de la conferencia, las preguntas llegaron como una avalancha.

—Doctora Dunia, ¿cómo se siente al ser el objeto de estudio y el sujeto al mismo tiempo?

—¿Hay alguna zona del cuerpo más sensible que otra?

—¿Las cosquillas pueden ser terapéuticas?

—¿Usted misma ha experimentado el fetiche que describe?

Dunia respondió cada pregunta con honestidad y calma. No ocultó nada. No se guardó nada. Habló de su propia hipersensibilidad con la misma naturalidad con que hablaba de sus hallazgos académicos.

—Sí —respondió a la última pregunta—. He experimentado el fetiche que describo. Mis pies son extremadamente sensibles. Las cosquillas en las plantas son mi punto más débil. Y sí, he buscado voluntariamente estar en situaciones donde otros las controlen.

Un murmullo recorrió el auditorio. Algunas personas se miraron entre sí. Otras levantaron la mano para seguir preguntando.

Dunia sonrió. Sabía que esa honestidad era lo que hacía diferentes sus conferencias. No era solo teoría. Era carne. Era sudor. Era risa.

La tercera conferencia fue en Hamburgo, y fue allí donde ocurrió algo inesperado.

Dunia había terminado su presentación y abría el turno de preguntas cuando un hombre levantó la mano.

—Doctora Dunia, ha mencionado que sus pies son extremadamente sensibles. Que las cosquillas en las plantas son su punto más débil. Mi pregunta es: ¿ha considerado usar su propio cuerpo como demostración práctica? Quiero decir, para que el público entienda realmente de lo que habla.

El auditorio se rio. Dunia también rio. Pero mientras reía, una idea empezó a formarse en su cabeza.

—¿Está ofreciéndose como voluntario? —preguntó, devolviendo la broma.

—Si usted se anima, yo me animo —respondió el hombre, y el público aplaudió.

Dunia miró al público. Vio caras expectantes. Vio sonrisas. Vio curiosidad genuina. Y en ese momento, sin pensarlo demasiado, tomó una decisión.

—Está bien —dijo—. Hagámoslo. Pero con reglas claras. Nada de herramientas. Solo manos. Diez minutos. Y si digo basta, basta.

El auditorio estalló en aplausos. La gente se movió en sus asientos, emocionada. Algunos se pusieron de pie para ver mejor.

El hombre subió al escenario. Era de mediana edad, con barba canosa y manos grandes. Se acercó a Dunia y le extendió la mano.

—No me va a lastimar, ¿verdad? —preguntó Dunia, en voz baja, solo para él.

—Prometo no cruzar la línea —respondió él.

Dunia se quitó los zapatos de tacón. Se quedó descalza sobre la tarima de madera. El público guardó silencio. Sintió todas las miradas sobre sus pies. Los dedos se movieron ligeramente, nerviosos.

El hombre se arrodilló frente a ella. Extendió las manos. Y comenzó a hacer cosquillas en sus pies.

No fue una sesión intensa. No fue como las de Andrés o Martín. Fue más suave, más lúdica, más demostrativa. Pero aun así, las plantas de Dunia respondieron con la misma hipersensibilidad de siempre. La risa escapó de su garganta antes de que pudiera controlarla.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El público rio con ella. Algunos grababan con sus teléfonos. Otros aplaudían. Dunia sintió el calor de las miradas, la risa compartida, la vulnerabilidad convertida en espectáculo.

El hombre siguió atacando sus pies durante los diez minutos acordados. Dunia rio. Se retorció. Se agarró del podio para no caerse. Pero no dijo basta. No quería decir basta.

Cuando el tiempo terminó, el hombre se levantó y le devolvió los zapatos. Dunia se los puso, aún riendo entre dientes, con las mejillas sonrojadas.

—Gracias —dijo al público—. Eso fue una demostración práctica de lo que significa la vulnerabilidad consentida.

El auditorio estalló en aplausos otra vez.

Después de Hamburgo, la fama de Dunia creció. Las otras conferencias tuvieron que ampliar el aforo. La gente llegaba temprano para conseguir buen lugar. Las preguntas sobre sus cosquillas se volvieron más frecuentes. Y en varias ciudades, Dunia repitió la demostración.

En Múnich, una mujer se ofreció voluntaria. Era más joven, con manos pequeñas y ágiles. Atacó las plantas de Dunia con una precisión que la sorprendió. La risa fue más aguda, más descontrolada.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

En Colonia, un hombre y una mujer subieron juntos. Atacaron los pies de Dunia al mismo tiempo, cada uno en un pie. La sensación fue abrumadora. Dunia tuvo que apoyarse en el podio para no caerse.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

En Düsseldorf, un grupo de estudiantes de psicología le pidió permiso para hacerle cosquillas en otras zonas del cuerpo. Dunia aceptó, siempre con límites claros. Las costillas, la cintura, las axilas. Cada zona provocó una reacción diferente. Cada reacción fue registrada, analizada, celebrada.

Al final de la semana, Dunia estaba agotada pero feliz. Las conferencias habían sido un éxito. Las demostraciones habían sido un éxito. La gente la reconocía en la calle, le pedía autógrafos, se tomaba fotos con ella.

Pero en medio de todo ese éxito, algo faltaba.

El tipo del correo electrónico no aparecía.

No estaba en ninguna de las conferencias. No se había puesto en contacto. No había respondido a los mensajes que Dunia le había enviado confirmando sus fechas y ciudades.

Dunia revisaba su correo cada noche, después de cada conferencia. Esperaba ver un mensaje. Una confirmación. Una dirección. Cualquier cosa.

Pero el correo estaba vacío.

—Quizás se arrepintió —pensaba, mientras se miraba al espejo del hotel—. Quizás cambió de opinión. Quizás nunca estuvo realmente interesado.

Pero también pensaba en la frialdad de sus mensajes. En la ausencia de disculpas. En la forma en que nunca la llamaba por su nombre. En que todo eso, aunque inquietante, la mantenía expectante.

La primera semana terminó. Dunia había dado cinco conferencias, tres demostraciones prácticas, y había firmado más de doscientos libros. Su agenda estaba llena. Su cuerpo, cansado. Su mente, ocupada.

Pero una parte de ella seguía esperando.

Esperando un mensaje que no llegaba.

Esperando un hombre que no aparecía.

Esperando una sesión que quizás nunca sucedería.

Y mientras tanto, seguía caminando por las calles de Alemania, con sus Converse blancos y sus pies hipersensibles, preguntándose si todo aquello había sido solo una fantasía que se desvaneció en el aire.

La segunda semana comenzó con una idea que Dunia había estado madurando desde la noche anterior.

Estaba en su habitación de hotel en Berlín, mirando el techo, cuando la idea llegó. No fue un pensamiento elaborado. Fue más bien una imagen: un cepo de madera en medio del escenario, personas voluntarias atadas, y el público observando, aprendiendo, riendo.

Se levantó de la cama, tomó su libreta y escribió:

«Llevar cepo a las conferencias. No solo yo como sujeto. Voluntarios del público. Hombre y mujeres. Manos y pies inmovilizados. Cosquillas en el cuerpo y los pies. Demostración participativa.»

Al día siguiente, llamó a Carmen desde el lobby del hotel.

—Carmen, necesito un cepo. Para las conferencias de esta semana.

Hubo un silencio del otro lado.

—¿Un cepo? ¿De esos de madera con agujeros para los tobillos?

—Exactamente. ¿Puedes conseguirme uno?

—Dunia, ¿para qué quieres un cepo en una conferencia académica?

—Para demostraciones prácticas. Quiero que la gente experimente lo que yo describo. No solo que lo escuchen. Que lo sientan.

Carmen suspiró. Dunia la conocía lo suficiente para saber que estaba pensando en la logística, en el riesgo, en la imagen pública.

—¿Y si alguien se lastima?

—No se van a lastimar. Las ataduras son suaves. Las cosquillas no son dolorosas. Y todo será voluntario, con límites claros.

—¿Y los seguros? ¿Y los permisos?

—Carmen, es una conferencia académica. No es un espectáculo callejero. Lo vamos a hacer con seriedad, con protocolo, con formularios de consentimiento. Todo legal.

Carmen guardó silencio unos segundos más.

—¿Un cepo? ¿De verdad?

—De verdad.

—Está bien —dijo Carmen, con un tono que mezclaba resignación y curiosidad—. Voy a ver qué puedo conseguir.

Tres días después, el cepo llegó al auditorio de la conferencia de Múnich.

Era de madera clara, con herrajes de metal pulido. Tenía dos aberturas para los tobillos, forradas con espuma suave, y correas de cuero para asegurar las muñecas. También tenía un soporte para la espalda, para que la persona atada pudiera recostarse cómodamente.

Dunia lo inspeccionó. Pasó los dedos por la espuma, por las correas, por los herrajes. Estaba bien hecho. Solido pero cómodo. Perfecto para lo que tenía en mente.

Esa tarde, antes de la conferencia, se paró frente al cepo en el escenario vacío. Lo miró. Imaginó a diferentes personas atadas en él. Imaginó sus risas. Imaginó las manos de los voluntarios atacando las plantas de los pies expuestos.

Una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Esto va a ser interesante —murmuró.

La conferencia comenzó con Dunia explicando el concepto de vulnerabilidad consentida. Habló de la confianza necesaria para entregar el control de tu cuerpo a otro. Habló de la risa como manifestación de esa entrega. Habló de los límites y de la palabra de seguridad.

—Y hoy —dijo, señalando el cepo que estaba a un lado del escenario—, vamos a ponerlo en práctica.

Un murmullo recorrió el auditorio.

—Estoy buscando voluntarios. Hombres y mujeres. Que quieran experimentar lo que hemos estado discutiendo. Manos y pies inmovilizados. Cosquillas en el cuerpo y los pies. Todo con límites claros. Todo con respeto.

Las manos comenzaron a levantarse.

Dunia eligió a un hombre y una mujer. El hombre era joven, con gafas y una sonrisa nerviosa. La mujer era mayor, con el cabello canoso y una mirada curiosa.

Subieron al escenario. Firmaron los formularios de consentimiento. Dunia les explicó la palabra de seguridad.

—Si en algún momento quieren parar, dicen «alto» y todo se detiene. Sin preguntas. Sin juicios.

El hombre fue el primero. Se sentó en el cepo, metió los tobillos en las aberturas, y extendió los brazos para que Dunia le asegurara las muñecas con las correas de cuero.

—¿Listo? —preguntó Dunia.

—Listo —respondió él, con voz temblorosa.

Dunia se arrodilló frente al cepo. Le hizo cosquillas en las plantas de los pies.

El hombre soltó una carcajada que resonó en todo el auditorio.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El público rio con él. Dunia siguió atacando sus plantas, alternando entre sus dedos y sus manos, explorando los arcos y los talones. El hombre se retorcía en el cepo, las correas crujían, las carcajadas se volvían más descontroladas.

Luego, Dunia invitó a otras personas del público a acercarse y participar. Cuatro voluntarios subieron al escenario. Dos atacaron los pies del hombre, otros dos atacaron su torso: costillas, cintura, axilas. Era un ataque coordinado, múltiple.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El hombre reía sin control. El público aplaudía y reía con él. La energía en el auditorio era eléctrica.

Dunia observaba. Tomaba notas mentales. Veía cómo el hombre se retorcía, cómo sus carcajadas se mezclaban con gemidos de desespero y placer. Era exactamente lo que quería demostrar: la vulnerabilidad no es debilidad. Es entrega. Es confianza.

Después de cinco minutos, Dunia levantó la mano. Los voluntarios se detuvieron.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Dunia al hombre.

—Agotado —respondió entre risas residuales—. Pero… fue increíble.

El público aplaudió.

Luego fue el turno de la mujer. Se sentó en el cepo con la misma mezcla de nerviosismo y emoción. Dunia aseguró sus tobillos y muñecas. Miró al público.

—¿Quién quiere hacerle cosquillas?

Ocho manos se levantaron. Dunia eligió a cuatro personas, hombres y mujeres.

Atacaron sus pies primero. Las plantas de la mujer, expuestas y vulnerables, recibieron dedos y uñas y caricias ligeras. La mujer rio con una intensidad que sorprendió a todos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Luego atacaron su torso. Costillas, cintura, axilas. La mujer se retorcía en el cepo, tiraba de las correas, reía sin parar. El público la animaba con aplausos y risas.

Dunia observaba todo. Veía la risa de la mujer, su entrega, su vulnerabilidad. Veía cómo los voluntarios coordinaban sus ataques, cómo respetaban los límites de la mujer, cómo disfrutaban del juego.

—¿Alto? —preguntó Dunia a la mujer.

—No —respondió ella, entre carcajadas—. ¡Sigan!

Los voluntarios siguieron. Las cosquillas se intensificaron. La mujer reía más fuerte. Los pies se retorcían. El cuerpo se arqueaba.

Finalmente, después de siete minutos, Dunia levantó la mano.

—Gracias —dijo a la mujer—. Eso es vulnerabilidad consentida.

La mujer se incorporó lentamente, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa enorme.

—Nunca había sentido algo así —dijo—. Es… liberador.

El público estalló en aplausos.

Las siguientes conferencias fueron iguales. En cada ciudad, Dunia llevaba el cepo. En cada ciudad, voluntarios del público se ofrecían para ser atados. En cada ciudad, otros voluntarios atacaban sus pies y sus cuerpos con cosquillas.

Era un espectáculo participativo, académico y lúdico al mismo tiempo. La gente salía de las conferencias hablando de lo que habían vivido. Compartían sus experiencias en redes sociales. Las fotos de las personas atadas en el cepo se volvían virales.

Y en medio de todo, Dunia seguía siendo el centro de atención.

Pero también quería ser parte de la experiencia. No solo como organizadora, sino como participante.

En la última conferencia de la semana, en Düsseldorf, Dunia se quitó los zapatos y se sentó en el cepo.

—Ahora me toca a mí —dijo al público, con una sonrisa—. Pero no quiero que solo me hagan cosquillas en los pies. Quiero que sea como en las otras demostraciones. Manos y pies. Cuerpo completo. ¿Quién se anima?

Las manos se levantaron. Dunia eligió a seis voluntarios.

Aseguró sus tobillos en el cepo. Extendió los brazos para que las correas sujetaran sus muñecas. Quedó completamente inmovilizada, expuesta, vulnerable.

—¿Lista? —preguntó alguien del público.

Dunia sonrió.

—Lista.

Y comenzaron.

Los dedos de los voluntarios atacaron sus plantas de los pies. Las manos se movían sobre sus arcos, sus talones, sus dedos. Era un ataque coordinado, múltiple, sin piedad.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Las carcajadas de Dunia llenaron el auditorio. El público respondió con aplausos y risas.

Luego, dos voluntarios subieron a su torso. Costillas, cintura, axilas. Las cosquillas se intensificaron. El cuerpo de Dunia se arqueaba en el cepo, las correas crujían, los pies se retorcían.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Dunia rio sin control. Los voluntarios se turnaban, relevaban, coordinaban sus ataques. Era un caos organizado que la llevaba al límite del desespero y el placer.

El público la animaba. Le gritaban palabras de aliento. Algunos grababan con sus teléfonos. Otros simplemente observaban, fascinados.

Dunia sintió que se rompía. Que se entregaba por completo. Que sus límites se desdibujaban entre las risas y las lágrimas y los gemidos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Pero no quería que pararan. No quería que el cepo la soltara. No quería que las manos dejaran de atacar sus plantas hipersensibles.

Quería seguir riendo.

Quería seguir sintiendo.

Quería seguir siendo ese manojo de nervios y carcajadas que se deshacía bajo los dedos de los desconocidos.

Los voluntarios atacaron sus pies y su cuerpo durante casi quince minutos. Dunia rio hasta que la garganta le ardió, hasta que las lágrimas le empaparon las mejillas, hasta que su voz se volvió ronca y apenas podía respirar entre carcajada y carcajada.

Cuando finalmente se detuvieron, el público estalló en una ovación.

Dunia se incorporó lentamente, con las manos temblorosas y las piernas débiles. Sus pies estaban rojos, irritados, pero sonreía.

—Eso —dijo, con voz entrecortada—. Eso es vulnerabilidad consentida.

El público aplaudió más fuerte.

Dunia se levantó del cepo, se puso los zapatos, y se inclinó en una reverencia.

La conferencia había sido un éxito. Pero más que eso, Dunia había vuelto a sentir lo que necesitaba sentir.

La entrega total.

La vulnerabilidad absoluta.

La risa incontrolable.

Y eso, pensó mientras bajaba del escenario, era lo que la mantenía viva.

La tercera semana comenzó con una noticia que Dunia no esperaba.

Carmen la llamó a las 7 de la mañana del lunes, justo cuando Dunia estaba terminando su café en el hotel de Berlín. La voz de su representante sonaba diferente. Más agitada. Más emocionada.

—Dunia, las entradas para esta semana están agotadas.

Dunia dejó la taza sobre la mesa.

—¿Agotadas? ¿Todas?

—Todas. Las cinco conferencias. Cada auditorio. Cada ciudad. No queda una sola entrada disponible. La gente está ofreciendo pagar el doble por reventa. Hay listas de espera de cientos de personas.

Dunia se quedó en silencio. Sabía que las conferencias habían sido exitosas. Sabía que la gente estaba interesada. Pero no esperaba esto.

—Carmen, eso es…

—Es una locura. Y te voy a preguntar algo que quizás suene descabellado. Pero la gente quiere más. Están pidiendo una fecha extra. Una cuarta semana. ¿Crees que podrías quedarte una semana más?

Dunia miró por la ventana. Las calles de Berlín estaban grises bajo el cielo nublado. La gente caminaba apurada, con sus paraguas y sus abrigos. Pensó en su apartamento en Boston. En su escritorio. En su libro inacabado.

—¿Está dejando buenos ingresos? —preguntó.

Carmen rio. Era una risa breve, casi incrédula.

—Dunia, estás dejando más ingresos de los que dejaste en todo el año pasado. Las editoriales están peleando por los derechos de traducción. Las universidades quieren contratarte como profesora visitante. Y las entradas… las entradas se están vendiendo como pan caliente.

Dunia guardó silencio otro momento. Pensó en el cepo. En las demostraciones. En la risa del público. En la forma en que la gente salía de las conferencias con los ojos brillantes, como si hubieran descubierto algo que siempre habían sentido pero nunca habían podido nombrar.

—¿Una cuarta semana? —repitió.

—Solo una. Cinco conferencias más. La misma estructura. Las mismas ciudades. Pero con una condición: necesito saberlo ahora. Para confirmar los auditorios y los hoteles.

Dunia tomó aire.

—Sí. Hazlo. Confirmo la cuarta semana.

Carmen soltó un suspiro de alivio.

—Perfecto. Voy a organizarlo todo. Te envío el itinerario actualizado en unas horas.

Colgaron. Dunia se quedó mirando el teléfono, sintiendo una mezcla de emoción y vértigo. Cuatro semanas en Alemania. Más conferencias. Más demostraciones. Más cosquillas.

Sonrió. Iba a ser una locura. Y le encantaba.

Esa misma tarde, mientras preparaba la conferencia de Berlín, Dunia tomó una decisión que cambiaría por completo la dinámica de las presentaciones.

Estaba en su habitación de hotel, revisando el equipaje. Había llevado sus herramientas favoritas: plumas de distintos tamaños, pinceles de maquillaje, un cepillo de dientes nuevo, un peine de púas metálicas. Pero también había empacado otras cosas que no había usado todavía.

Un cepillo de peinar para mascotas. De cerdas cortas y firmes.

Un guante de goma con puntitos, de esos que se usan para quitar el pelo a los perros.

Un masajeador craneal eléctrico, de esos que vibran y hacen cosquillas en el cuero cabelludo.

Dunia los sacó de la maleta y los puso sobre la cama. Los miró. Imaginó cómo se sentirían en sus pies. En sus costillas. En sus axilas.

Luego tomó su libreta y escribió un nuevo plan para la semana.

«Cada conferencia: yo en el cepo. Sin voluntarios. Solo yo, con todos mis pies. Herramientas variadas: plumas, pinceles, cepillos de peinar, peines, cepillos de dientes, masajeador eléctrico, cepillo para mascotas, guante para mascotas. El público se acerca por turnos. Cada persona tiene 30 segundos para hacer cosquillas. Luego siguiente. Así hasta que el tiempo se acabe.»

Leyó lo que había escrito y sonrió. Iba a ser una sesión masiva. Íntima y pública al mismo tiempo. Una entrega total a la curiosidad de los desconocidos.

Guardó la libreta y fue al baño a prepararse. Tenía que estar lista para la noche.

La conferencia de Berlín fue diferente a todas las anteriores.

El auditorio estaba lleno. La gente se había sentado en los pasillos, en las escaleras, en cualquier lugar donde cupiera un cuerpo. El murmullo era ensordecedor. La expectativa, palpable.

Dunia subió al escenario con sus zapatos de tacón y su vestido azul marino. El público la recibió con una ovación que duró casi un minuto. Ella esperó, sonriendo, sintiendo el calor de la gente.

—Buenas noches —dijo cuando el ruido se calmó—. Esta semana vamos a hacer algo diferente.

El público guardó silencio. Dunia señaló el cepo, que ya estaba instalado en el centro del escenario.

—Esta semana no habrá voluntarios. Esta semana, yo voy a estar en el cepo. En cada conferencia. Con todas las herramientas que puedan imaginar.

Un murmullo recorrió el auditorio. La gente se miraba entre sí, sonriendo, emocionada.

—Plumas —continuó Dunia—. Pinceles. Cepillos de peinar. Peines. Cepillos de dientes. Y algunas sorpresas que he traído especialmente para esta semana.

Hizo una pausa, dejando que la anticipación creciera.

—El público va a acercarse por turnos. Cada persona tendrá treinta segundos para hacer cosquillas. Pueden usar cualquier herramienta. Pueden atacar cualquier zona del cuerpo. Manos, pies, costillas, axilas, cintura. Todo es válido.

El público estalló en aplausos. Dunia esperó a que se calmaran.

—Pero con una regla: si digo «alto», se detienen. Sin preguntas. Sin discusiones.

Asintieron. Todos asintieron.

Dunia se quitó los zapatos de tacón. Se quedó descalza sobre la tarima. Extendió los brazos, dejando que dos asistentes del evento aseguraran sus muñecas con las correas de cuero. Luego metió los tobillos en las aberturas del cepo.

Quedó completamente inmovilizada.

El público guardó silencio. La energía en el auditorio era eléctrica.

—Estoy lista —dijo Dunia, con voz firme—. Que comience el juego.

La primera persona en acercarse fue una mujer joven, con el cabello recogido y una sonrisa tímida. Dunia no había visto el rostro de los voluntarios antes de que subieran al escenario. La sorpresa era parte del juego.

La mujer extendió la mano. Dunia vio que llevaba una pluma de ave, de esas grandes y suaves que se usan para decoración.

—¿Puedo? —preguntó la mujer.

—Adelante.

La mujer deslizó la pluma por la planta del pie derecho de Dunia. Desde el talón hasta la base de los dedos. Lentamente. Suavemente.

Dunia sintió el cosquilleo recorrerle toda la pierna.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La carcajada escapó de su garganta antes de que pudiera controlarla. El público rio con ella.

La mujer sonrió y repitió el movimiento en el pie izquierdo. Misma lentitud. Misma suavidad. Dunia volvió a reír.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Los treinta segundos terminaron. La mujer se apartó y otra persona ocupó su lugar.

Era un hombre de mediana edad, con barba canosa y manos grandes. Llevaba un cepillo de peinar de cerdas duras.

—¿Puedo? —preguntó.

—Adelante.

El hombre tomó el pie derecho de Dunia con una mano y comenzó a cepillar la planta con el cepillo. Movimientos rápidos, cortos, desde el talón hasta los dedos.

Dunia sintió que la risa se volvía más aguda, más descontrolada.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El hombre siguió cepillando, insistiendo en el arco, en la almohadilla bajo los dedos, en el centro de la planta. Dunia se retorcía en el cepo, tiraba de las correas, reía sin control.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Treinta segundos. El hombre se apartó. El público aplaudía.

La tercera persona fue una mujer con un peine de púas metálicas. Pasó el peine entre los dedos de los pies de Dunia, raspando la piel suave de los espacios interdigitales.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La cuarta persona fue un hombre con un pincel de maquillaje. Atacó las costillas de Dunia, deslizando el pincel por los espacios intercostales.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La quinta persona fue una mujer con un cepillo de dientes. Lo usó en las plantas de los pies, frotando rápidamente de un lado a otro.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y así fue. Persona tras persona. Herramienta tras herramienta. Treinta segundos de cosquillas, treinta segundos de risa, treinta segundos de entrega.

El masajeador craneal eléctrico fue uno de los momentos más intensos. La mujer que lo usó lo apoyó sobre la planta del pie de Dunia y lo encendió. Las vibraciones recorrieron toda la superficie del pie, desde el talón hasta los dedos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Dunia sintió que se iba a desmayar. Las vibraciones eran tan intensas, tan profundas, que parecían llegarle hasta los huesos. Los dedos de los pies se abrieron y cerraron sin control, los tobillos giraban dentro del cepo, todo su cuerpo era una sola vibración de risa y desespero.

El guante para mascotas fue otro momento memorable. Un hombre de manos grandes se lo puso y comenzó a frotar las plantas de los pies de Dunia con la superficie de goma con puntitos. Era una sensación áspera, rugosa, que raspaba la piel y producía un cosquilleo brutal.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El cepillo para mascotas fue el más temido. Las cerdas cortas y firmes raspaban la piel con una intensidad que Dunia no había experimentado antes. La mujer que lo usó se concentró en el arco del pie derecho, cepillando una y otra vez.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La conferencia se extendió más de lo planeado. La gente no quería irse. Quería su turno. Quería sus treinta segundos. Quería tocar los pies hipersensibles de Dunia al menos una vez.

Al final, Dunia tuvo que pedir ayuda a los asistentes del evento para controlar la fila. Más de doscientas personas pasaron por el cepo esa noche. Doscientas personas que le hicieron cosquillas en los pies, en las costillas, en las axilas, en la cintura.

Dunia rio durante casi dos horas seguidas. Al final, su voz era apenas un susurro ronco, sus pies estaban rojos y sensibles, y su cuerpo temblaba de puro agotamiento.

Pero sonreía.

—Gracias —dijo, con la voz rota—. Gracias a todos.

El público le dedicó una ovación que duró diez minutos.

Las siguientes conferencias fueron iguales. En Múnich, en Hamburgo, en Colonia, en Düsseldorf. Auditorios llenos. Filas interminables de personas esperando su turno. Treinta segundos de cosquillas en los pies hipercosquilludos de Dunia.

Cada noche, Dunia se sentaba en el cepo, extendía los brazos y los pies, y se entregaba a la multitud.

Cada noche, reía hasta las lágrimas.

Cada noche, se rompía en pedazos y se rearmaba al final.

Y cada noche, al salir del escenario, se sentía más viva que nunca.

El éxito era arrollador. Las redes sociales explotaban con videos de las conferencias. La gente compartía sus experiencias, sus fotos, sus momentos de treinta segundos de cosquillas. Los hashtags relacionados con Dunia y sus conferencias se volvieron tendencia.

Carmen llamaba todos los días para darle las cifras. Las entradas agotadas. Los ingresos récord. Las editoriales interesadas. Las universidades llamando.

—Dunia, estás arrasando —decía Carmen—. Esto es más grande de lo que imaginamos.

Dunia sonreía al teléfono, pero su mente estaba en otra parte. En las manos de los desconocidos. En las herramientas variadas. En las risas compartidas. En la entrega total.

Eso era lo que importaba.

El resto era solo ruido.

La tercera semana terminó con un éxito que superaba cualquier expectativa.

Dunia estaba en su habitación del hotel en Düsseldorf, la última ciudad de la semana, con los pies aún sensibles y la voz todavía ronca. Había sido una noche intensa. Más de trescientas personas habían pasado por el cepo. Treinta segundos cada una. Dos horas y media de cosquillas ininterrumpidas.

Se miraba los pies en el espejo del baño. Estaban rojos, ligeramente inflamados. Pero no doloridos. Solo… vivos. Sensibles. Listos para más.

El teléfono sonó. Era Carmen.

—¿Cómo estás? —preguntó su representante.

—Cansada. Pero feliz.

—Eso se nota. He estado viendo los videos. La gente está fascinada. No entienden cómo puedes soportar tanto tiempo de cosquillas.

Dunia se rio.

—No es que las soporte. Es que me entrego. Es diferente.

—No sé si entiendo la diferencia —dijo Carmen—. Yo soy terriblemente cosquilluda. Si alguien me toca los pies, me vuelvo loca. No podría estar así, atada, con cientos de personas haciéndome cosquillas. Me volvería loca.

Dunia se quedó en silencio. Escuchó a Carmen respirar al otro lado del teléfono.

—Carmen —dijo, con un tono diferente—. ¿Has estado alguna vez en un cepo?

Hubo un silencio breve.

—No. Y no creo que quiera estarlo.

—¿Y si te digo que es una experiencia que cambia la perspectiva?

—¿Cómo?

—Te hace entender lo que significa la vulnerabilidad consentida. No es solo teoría. Es práctica. Es sentir cómo tu cuerpo reacciona sin que puedas controlarlo. Es descubrir que puedes confiar en otros incluso cuando estás completamente indefenso.

Carmen no respondió de inmediato. Dunia podía imaginarla, con el ceño fruncido, pensando.

—¿Y si no confío?

—Entonces es una oportunidad para aprender a confiar.

Otro silencio.

—Dunia, ¿me estás invitando a subir al cepo?

La pregunta colgó en el aire. Dunia la dejó reposar un momento antes de responder.

—Sí. Para la última conferencia de la semana que viene. La de Hamburgo. Si quieres, puedes estar en el cepo. Yo te ataré yo misma. Y podrás experimentar lo que sienten todas esas personas que se suben voluntariamente.

—¿Y las cosquillas?

—También las cosquillas. Pero con límites. Solo yo te haré cosquillas. Nada de multitudes. Nada de herramientas. Solo mis manos. Y si en algún momento quieres parar, dices «alto» y todo se detiene.

Carmen guardó silencio durante tanto tiempo que Dunia pensó que había colgado.

—¿De verdad no duele? —preguntó al final, con una voz más pequeña de lo habitual.

—No duele. Puede ser intenso. Puede ser abrumador. Pero no duele. Y al final, te sientes… distinta. Como si hubieras soltado algo que llevabas cargando sin saberlo.

—¿Y si me río demasiado?

—Entonces te ríes. Es parte de la experiencia.

Otro silencio. Dunia esperó.

—Está bien —dijo Carmen, y su voz sonó más firme—. Hazlo. Pero solo tú. Nada de multitudes. Y prométeme que si digo «alto», paras.

—Te lo prometo.

Colgaron. Dunia se quedó mirando el teléfono, sonriendo. Carmen en el cepo. Carmen riendo a carcajadas. Carmen experimentando lo que ella había experimentado cientos de veces.

Iba a ser interesante.

La cuarta semana comenzó el lunes en Berlín.

Dunia llegó al auditorio dos horas antes de la conferencia. Quería asegurarse de que todo estuviera perfecto. El cepo estaba en su lugar, las herramientas organizadas sobre una mesa cubierta con un paño negro. Plumas, pinceles, cepillos de peinar, peines, cepillos de dientes, el masajeador eléctrico, el guante para mascotas. Todo listo.

Carmen llegó una hora después. Llevaba un vestido azul claro que le llegaba hasta las rodillas y zapatos de tacón bajo. Su expresión era seria, concentrada. Pero Dunia notó algo en sus ojos que no había visto antes. Una chispa de anticipación.

—¿Estás lista? —preguntó Dunia.

—Creo que sí.

—No tienes que hacerlo. Puedes cambiar de opinión ahora mismo. Nadie te va a juzgar.

Carmen negó con la cabeza.

—No. Quiero hacerlo. He pensado en esto toda la semana. Quiero saber cómo se siente.

Dunia asintió. La respetaba por eso. No era fácil decidir exponerse así, frente a cientos de personas, sabiendo que iba a reír sin control.

—Entonces vamos.

Caminaron hacia el escenario. Carmen se detuvo frente al cepo, mirándolo con una mezcla de respeto y temor.

—¿Qué tengo que hacer?

—Sentarte. Meter los tobillos en las aberturas. Extender los brazos. El resto lo hago yo.

Carmen se sentó. El cepo de madera crujió ligeramente bajo su peso. Metió los tobillos en las aberturas forradas con espuma, y Dunia ajustó las correas de cuero. Luego extendió los brazos, y Dunia aseguró sus muñecas.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Dunia, arrodillándose frente a ella.

—Expuesta. Vulnerable.

—Eso es normal. ¿Quieres que empecemos?

—Sí.

Dunia tomó una pluma de la mesa. La más suave que tenía. La deslizó por la planta del pie derecho de Carmen.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La carcajada de Carmen fue inmediata. Más fuerte que la del ensayo. Quizás porque sabía que había público. Quizás porque la situación era más real.

Dunia siguió moviendo la pluma, lentamente, explorando la curva del arco. Las risas de Carmen se hacían más intensas cada segundo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Dunia cambió al pie izquierdo. Misma pluma, mismo movimiento. Carmen volvió a reír.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El público, que había estado en silencio, comenzó a reír también. Era contagioso. La risa de Carmen se mezclaba con la de los espectadores, creando una atmósfera de alegría compartida.

Dunia dejó la pluma y tomó un pincel de cerdas suaves. Lo deslizó por los dedos de los pies de Carmen, uno por uno.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Las manos de Dunia subieron entonces hasta el torso de Carmen. Atacó las costillas con movimientos rápidos y ligeros. Los dedos se movían de un lado a otro, explorando cada espacio intercostal.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Carmen se retorcía en el cepo. Las correas crujían. Los pies se movían dentro de las aberturas, intentando escapar de un ataque que no podían evitar.

Dunia pasó a la cintura. Los dedos presionaron los flancos, esa zona sensible que siempre provocaba reacciones intensas.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—¿Cómo te sientes? —preguntó Dunia, deteniéndose un momento.

—No sé —respondió Carmen entre risas—. Es… demasiado. Pero no quiero que pares.

Dunia sonrió. Esa era la respuesta que esperaba.

Siguió atacando. Axilas, costillas, cintura, pies. Alternaba entre zonas, manteniendo a Carmen en un estado de constante sorpresa y risa.

El público aplaudía. Animaba. Se reía con ella.

Dunia tomó el cepillo de dientes y lo usó en las plantas de los pies de Carmen. Frotando rápidamente, de un lado a otro.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Carmen ya no podía formar palabras. Solo reía. Reía sin control, sin pausa, sin respiro.

Dunia siguió durante varios minutos más. Alternando herramientas, alternando zonas, manteniendo a Carmen en el borde del desespero y el placer.

Finalmente, decidió que era suficiente. Se detuvo.

Carmen quedó jadeando en el cepo. Las lágrimas le corrían por las mejillas. El cabello se le había pegado a la frente. La respiración era entrecortada.

Dunia se levantó y comenzó a desatarla. Primero las muñecas, luego los tobillos.

Carmen se incorporó lentamente. Se sentó en el borde del cepo, con los pies colgando. Se pasó la mano por la cara, secando las lágrimas.

El público aplaudía. Gritaba. Animaba.

Carmen levantó la vista y sonrió. Una sonrisa amplia, genuina, que Dunia no le había visto nunca.

—Eso fue… increíble —dijo, con voz ronca.

Dunia se sentó a su lado.

—¿Te gustó?

—Me encantó.

—¿Quieres hacerlo otra vez?

Carmen la miró. Sus ojos brillaban.

—Mañana —dijo—. En Hamburgo. Quiero hacerlo en Hamburgo.

Dunia sonrió.

—Mañana, en Hamburgo.

Bajaron del escenario entre aplausos. El público seguía vitoreando. Algunas personas se acercaron a felicitar a Carmen, a preguntarle cómo se sentía, a contarle que habían visto sus reacciones y que les parecían fascinantes.

Carmen respondía con entusiasmo. Ya no era la misma mujer que había llegado nerviosa al auditorio. Había algo diferente en ella. Una seguridad nueva. Una libertad que no tenía antes.

Esa noche, en el hotel, Carmen llamó a Dunia a su habitación.

—No puedo dormir —dijo, sentada en la cama—. Sigo sintiendo las cosquillas. Mi piel todavía hormiguea.

—Eso es normal. Pasará en unas horas.

—No quiero que pase.

Dunia la miró. Entendió lo que estaba diciendo.

—Mañana, en Hamburgo, volverás a sentirlo.

Carmen sonrió.

—Mañana, en Hamburgo.

Y Dunia supo, en ese momento, que había encontrado algo más que una representante. Había encontrado a alguien que entendía. Alguien que había cruzado al otro lado.

Alguien que, como ella, había descubierto el placer de la vulnerabilidad consentida.

Hamburgo amaneció con un cielo gris y una llovizna fina que empapaba las calles adoquinadas. Dunia miró por la ventana de su habitación mientras terminaba su café. El puerto se veía borroso entre la niebla. Era un día perfecto para lo que tenía planeado.

Carmen llamó a la puerta a las diez de la mañana. Dunia la encontró con el cabello recién lavado y una energía que no le había visto antes. Llevaba un conjunto sencillo: jeans negros, camiseta blanca, zapatillas deportivas. Ropa cómoda. Ropa para moverse. O para ser inmovilizada.

—¿Lista? —preguntó Dunia.

—Más que lista.

Caminaron juntas hacia el auditorio. La lluvia mojaba sus hombros, pero ninguna de las dos parecía notarlo. Hablaron del itinerario, de las fechas, de los próximos eventos. Pero el tema real flotaba entre ellas, sin necesidad de ser nombrado.

El auditorio de Hamburgo era más grande que los anteriores. Trescientas cincuenta butacas, todas ocupadas. La gente había llegado temprano, con sus libretas y sus teléfonos, ansiosos por ver qué nueva sorpresa les traería Dunia.

Cuando subieron al escenario, el público estalló en aplausos. Dunia levantó la mano para saludar. Carmen, a su lado, sonreía con una mezcla de nervios y emoción.

—Buenos días —dijo Dunia, y su voz resonó en el auditorio—. Hoy vamos a hacer algo diferente. No es una demostración. Es un experimento. Y mi representante, Carmen, ha aceptado ser parte de él.

El público aplaudió con más fuerza. Carmen dio un paso adelante y saludó con la mano.

—Carmen —continuó Dunia—, es una mujer que nunca había experimentado las cosquillas como parte de una sesión controlada. Hasta esta semana. El lunes, en Berlín, tuvimos una pequeña muestra. Hoy, vamos a ir más lejos.

Señaló el cepo, que ya estaba en su lugar en el centro del escenario.

—Hoy, Carmen será sometida a cosquillas por el público. Cada persona que quiera participar tendrá treinta segundos. Pueden usar las herramientas que están sobre la mesa. Pueden atacar cualquier zona del cuerpo. Y si Carmen dice «alto», todo se detiene.

Carmen respiró hondo. Dunia la miró, buscando confirmación. Carmen asintió.

—Estoy lista —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.

Dunia la guió hacia el cepo. Carmen se sentó. Metió los tobillos en las aberturas. Extendió los brazos. Dunia aseguró las correas de cuero alrededor de sus muñecas y tobillos. Suavemente, pero firmes.

El público guardó silencio. La expectativa era palpable.

—Que comience el juego —dijo Dunia.

La primera persona en acercarse fue una mujer joven, con gafas y una sonrisa tímida. Tomó una pluma de la mesa.

—¿Puedo?

—Adelante —respondió Carmen.

La mujer deslizó la pluma por la planta del pie derecho de Carmen. Lentamente. Desde el talón hasta los dedos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La carcajada de Carmen fue explosiva. El público rio con ella. La mujer siguió moviendo la pluma, insistiendo en el arco.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Los treinta segundos terminaron. La mujer se apartó, sonriendo.

La segunda persona fue un hombre mayor, con manos grandes y callosas. Tomó un cepillo de peinar de cerdas duras.

—¿Puedo?

—Adelante.

El hombre tomó el pie izquierdo de Carmen con una mano y comenzó a cepillar la planta con movimientos rápidos y cortos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Carmen se retorcía en el cepo. Las correas crujían. Los pies intentaban escapar.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La tercera persona fue una mujer con un peine de púas metálicas. Pasó el peine entre los dedos de los pies de Carmen.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La cuarta persona fue un hombre con un pincel de maquillaje. Atacó las costillas de Carmen.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La quinta persona fue una mujer con un cepillo de dientes. Lo usó en las plantas de los pies de Carmen.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y así fue. Persona tras persona. Herramienta tras herramienta. Treinta segundos de cosquillas. Treinta segundos de risa. Treinta segundos de entrega.

El masajeador craneal eléctrico fue uno de los momentos más intensos. La mujer que lo usó lo apoyó sobre la planta del pie de Carmen y lo encendió.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Carmen chilló entre las carcajadas. Su cuerpo se arqueaba en el cepo, los pies se retorcían, las manos tiraban de las correas.

Dunia observaba todo desde un costado del escenario, con los brazos cruzados, una sonrisa en los labios. Carmen estaba siendo llevada al límite. Podía verlo en sus ojos, en la forma en que su risa se volvía más aguda, más desesperada. Pero también podía ver algo más. Algo que solo alguien que ha estado en esa posición reconoce.

No quería que parara.

A pesar de todo, a pesar del caos, a pesar de la pérdida de control, Carmen estaba disfrutando cada segundo.

El guante para mascotas fue el siguiente. Un hombre de manos grandes se lo puso y comenzó a frotar las plantas de los pies de Carmen con la superficie de goma con puntitos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Carmen ya no podía hablar. Solo reía. Reía sin control, sin pausa, sin respiro. Las lágrimas le corrían por las mejillas. El cabello se le pegaba a la frente.

Dunia levantó la mano. Los voluntarios se detuvieron. El público guardó silencio.

Carmen quedó jadeando en el cepo. Su cuerpo temblaba. Los pies seguían moviéndose ligeramente, como si las cosquillas aún resonaran en sus nervios.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Dunia, acercándose.

Carmen tardó varios segundos en responder. Su voz era apenas un susurro ronco.

—No lo sé… es como si me hubiera perdido a mí misma… y al mismo tiempo me hubiera encontrado.

El público estalló en aplausos. Carmen levantó la cabeza, y a través de las lágrimas, sonrió.

Dunia la desató. Primero las muñecas, luego los tobillos. Carmen se incorporó lentamente. Se sentó en el borde del cepo, con las piernas temblorosas.

—Ahora entiendo —dijo Carmen, mirando a Dunia—. Ahora entiendo por qué haces esto.

—¿Por qué?

—Porque te hace sentir viva.

Dunia sonrió. No dijo nada. No hacía falta.

Bajaron del escenario entre aplausos. La gente se acercaba a felicitarlas, a hacerles preguntas, a pedirles fotos. Carmen respondía con energía, con una vitalidad que Dunia no le había visto antes.

Esa noche, en el hotel, Carmen llamó a la puerta de Dunia. Llevaba una botella de vino y dos copas.

—¿Puedo pasar?

—Claro.

Se sentaron en el balcón, mirando las luces de Hamburgo. El vino estaba frío, el viento era suave.

—Nunca había sentido nada igual —dijo Carmen—. Es como si durante esas horas no fuera yo. Como si mi cuerpo fuera de otro.

—Pero era tuyo —respondió Dunia—. Más tuyo que nunca.

—¿Por qué dices eso?

—Porque te entregaste completamente. Eso es lo que hace que sea tuyo. No controlarlo. Entregarlo.

Carmen bebió un sorbo de vino, pensando.

—Quiero hacerlo otra vez —dijo finalmente.

—Mañana, en Colonia.

—No. Quiero hacerlo contigo.

Dunia la miró, sorprendida.

—¿Conmigo?

—Sí. Quiero que me hagas cosquillas. Tú. No el público. Solo tú. Como en el ensayo, pero más tiempo. Sin límite de tiempo.

Dunia la observó. Vio la determinación en sus ojos. La misma determinación que ella había sentido tantas veces.

—¿Estás segura?

—Más que nunca.

—Entonces mañana, en Colonia. Después de la conferencia. En el escenario vacío. Solo tú y yo.

Carmen sonrió. Levantó su copa.

—Mañana, en Colonia.

Dunia levantó la suya.

—Mañana, en Colonia.

El vino estaba frío, el viento seguía soplando, y las luces de Hamburgo brillaban en la distancia.

La mañana amaneció en Hamburgo con una luz gris que se filtraba entre las cortinas del hotel. Dunia se despertó temprano, antes de que el despertador sonara. Se quedó un momento en la cama, mirando el techo, sintiendo el peso del día anterior en sus hombros.

Carmen se había ido a su habitación pasada la medianoche. Habían bebido vino y hablado hasta tarde, riendo y planeando la sesión en Colonia. Dunia recordaba la emoción en los ojos de Carmen cuando había dicho «quiero que me hagas cosquillas tú, solo tú».

Esa emoción todavía la acompañaba mientras se levantaba y se vestía. Jeans negros, camiseta blanca, chaqueta de cuero. Sus Converse blancos, sin medias, como siempre.

Necesitaba comprar algunas cosas. Un cepillo de dientes nuevo, porque el suyo ya estaba gastado. Una crema hidratante, porque la piel de sus pies estaba empezando a resecarse por tantas sesiones. Pequeños detalles que no podía esperar.

Salió del hotel sin hacer ruido. La recepcionista la saludó con una sonrisa. Dunia le devolvió el saludo y caminó hacia la puerta. La ciudad todavía dormía. Solo algunos transeúntes apurados y el ruido lejano de los coches rompían el silencio.

Caminó unas cuadras, respirando el aire frío de la mañana. Pasó por una panadería donde el olor a pan recién horneado la hizo detenerse un momento. Pero siguió. Tenía que encontrar una farmacia.

La farmacia estaba a unas seis calles del hotel. Entró, compró lo que necesitaba, y salió. El sol empezaba a asomar entre las nubes.

Esa fue la última vez que alguien la vio.

La mañana siguiente amaneció en Hamburgo con el mismo cielo gris de los días anteriores. Carmen se despertó temprano, con la energía renovada después de la noche de vino y conversación en el balcón. Se estiró en la cama, sintiendo todavía el hormigueo en las plantas de los pies, ese recuerdo agradable de las cosquillas del día anterior.

Miró el reloj. Las 7:30 a.m. Dunia solía levantarse temprano, así que Carmen tomó su teléfono y le envió un mensaje:

«Buenos días. ¿Cómo amaneciste? ¿Quieres desayunar antes de ir a Colonia?»

No hubo respuesta.

Carmen esperó unos minutos, pensando que Dunia estaría en la ducha o preparándose. Cuando pasó media hora sin noticias, envió otro mensaje:

«¿Todo bien? Avísame si quieres que te espere.»

El teléfono permaneció en silencio.

Carmen comenzó a sentirse inquieta. Dunia siempre respondía los mensajes. Incluso cuando estaba ocupada, enviaba un breve «ocupada, después te llamo». Pero esta vez no había nada.

A las 9 a.m., Carmen se levantó y fue a la habitación de Dunia. Tocó la puerta. Nadie respondió. Llamó por teléfono desde el pasillo. El teléfono sonó dentro de la habitación, pero nadie lo contestó.

—Dunia —llamó en voz alta—. ¿Estás ahí?

Silencio.

Carmen bajó al lobby del hotel. Habló con la recepcionista, una mujer joven de cabello rubio recogido en un moño.

—La señora Dunia salió muy temprano —dijo la recepcionista, revisando sus registros—. Salió alrededor de las 6:30 a.m. Dijo que iba a comprar algunas cosas antes de salir para Colonia.

—¿Dijo adónde iba?

—No. Solo dijo que volvería en un par de horas.

Carmen agradeció y volvió a su habitación. Intentó calmarse. Dunia era una mujer adulta, responsable. Seguro que había ido a comprar algo y se había demorado. Tal vez había encontrado una librería abierta, o una tienda de artículos de interés para su investigación. Cualquier cosa.

Pero las horas pasaron. Las 10 a.m. Las 11 a.m. El mediodía.

Carmen envió más mensajes. Llamó al teléfono de Dunia una y otra vez. Todas las llamadas iban a buzón de voz.

A la 1 p.m., Carmen comenzó a sentirse realmente preocupada. Llamó a la recepción y pidió que revisaran las cámaras de seguridad del hotel. La recepcionista se mostró reacia al principio, pero Carmen insistió, explicando que era la representante de Dunia y que llevaba varias horas sin comunicación.

La recepcionista accedió a revisar las grabaciones. En el monitor, se veía a Dunia saliendo del hotel a las 6:35 a.m. Llevaba sus Converse blancos, unos jeans ajustados y una chaqueta de cuero. Caminaba con paso decidido, sin mirar atrás.

—¿Volvió a entrar? —preguntó Carmen.

—No —respondió la recepcionista—. Esa es la última imagen que tenemos de ella.

Carmen sintió un nudo en el estómago.

—¿Hay alguna otra salida? ¿Alguna puerta trasera?

—No. Solo la entrada principal.

Carmen volvió a la habitación de Dunia. Tocó otra vez. Silencio. Llamó al teléfono de Dunia, y escuchó el tono de llamada desde el interior de la habitación.

—¿Señorita Carmen? —la recepcionista se había acercado—. Tal vez deberíamos abrir la puerta. Para asegurarnos de que todo está bien.

Carmen asintió. La recepcionista llamó al gerente del hotel, un hombre de mediana edad con traje oscuro y expresión preocupada. Llegó con una llave maestra.

—¿Está segura de que quiere hacer esto? —preguntó.

—Sí. Estoy segura.

El gerente abrió la puerta.

La habitación estaba perfectamente ordenada. La cama, hecha. La maleta de Dunia, abierta sobre el soporte para equipaje, con la ropa doblada adentro. El cargador del teléfono conectado a la pared, el teléfono de Dunia descansando sobre la mesita de noche, con la pantalla oscura.

Carmen entró lentamente. Miró alrededor. Todo estaba en su lugar. Los zapatos de tacón que Dunia usaba para las conferencias estaban alineados junto al armario. La chaqueta de cuero que no se había puesto. El libro que estaba leyendo, abierto boca abajo sobre la mesa, con una página marcada.

—No ha vuelto —dijo Carmen, en voz baja.

El gerente se quedó en la puerta, sin saber qué hacer.

—¿Quiere que llamemos a la policía? —preguntó.

Carmen pensó un momento. No quería sobredimensionar las cosas. Tal vez Dunia había decidido tomarse un día libre sin avisar. Tal vez se había encontrado con alguien que conocía. Tal vez había algo que no estaba viendo.

Pero el teléfono seguía en la mesita de noche. Eso era lo que más le preocupaba. Dunia nunca salía sin su teléfono.

—Déjame intentar llamarla una vez más —dijo Carmen.

Tomó su propio teléfono y marcó el número de Dunia. Escuchó el tono de llamada desde el teléfono que estaba en la mesita.

—Hola, has llamado al teléfono de Dunia. Deja un mensaje y te devolveré la llamada tan pronto como pueda.

El buzón de voz.

Carmen colgó y se quedó mirando el teléfono de Dunia. Luego miró la maleta abierta. La ropa doblada. Los zapatos alineados.

—No volvió —dijo—. No volvió a la habitación.

Se sentó en el borde de la cama, sintiendo que el mundo se movía bajo sus pies. Dunia estaba desaparecida. Nadie sabía dónde estaba. Y su teléfono seguía en la mesita de noche.

—Tengo que llamar a la policía —dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.

El gerente asintió y salió de la habitación para hacer la llamada.

Carmen se quedó sola, mirando la maleta abierta de Dunia, los zapatos alineados, el libro boca abajo sobre la mesa.

—¿Dónde estás, Dunia? —murmuró.

El silencio fue su única respuesta.

El auditorio de Colonia estaba lleno.

Más de cuatrocientas personas esperaban ansiosas el inicio de la conferencia. Las butacas estaban ocupadas, los pasillos llenos de gente sentada en el suelo, y en la parte trasera, un grupo de asistentes se apretujaba contra la pared para no perderse ni un segundo del espectáculo que todos esperaban.

Carmen estaba detrás del escenario, mirando el reloj. Las 6:50 p.m. Diez minutos para empezar. Y Dunia seguía sin aparecer.

Había llamado a la policía dos veces. Había hablado con el gerente del hotel, con la recepcionista, con el personal de seguridad. Nadie había visto a Dunia desde esa mañana. Nadie sabía dónde estaba. Su teléfono seguía en la mesita de noche. Su maleta, abierta. Su ropa, doblada.

Carmen sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No sabía qué hacer. No sabía qué decir. Pero sabía que no podía subir al escenario y fingir que todo estaba bien.

A las 6:55 p.m., tomó una decisión. Salió de detrás del escenario y caminó hacia el centro, donde las luces la iluminaron por completo. El público, al verla, comenzó a aplaudir, pensando que era el inicio de la conferencia.

Carmen levantó la mano para pedir silencio. El público se calmó lentamente.

—Buenas noches —dijo, y su voz sonó más débil de lo que quería—. Lamento informarles que esta noche no habrá evento.

Un murmullo recorrió el auditorio. La gente se miraba entre sí, confundida.

—¿Qué pasó? —gritó alguien desde el fondo.

—¿Dónde está Dunia? —preguntó otro.

Carmen respiró hondo. Las palabras se le atascaban en la garganta.

—Dunia ha desaparecido —dijo—. Salió esta mañana del hotel a comprar algunas cosas y no regresó. Su teléfono está en la habitación. Su equipaje está en la habitación. La policía está investigando, pero por ahora no sabemos dónde está.

El público guardó silencio. El impacto de sus palabras cayó como un peso sobre el auditorio.

—¿Y la conferencia? —preguntó alguien.

—Cancelada —respondió Carmen—. Todos los que compraron entrada recibirán su dinero de vuelta. Les pedimos disculpas por las molestias. Estamos haciendo todo lo posible por encontrar a Dunia.

Carmen permaneció en el escenario unos segundos más, sintiendo el peso de todas las miradas. Luego bajó, caminó entre el público que se levantaba lentamente, y salió del auditorio sin mirar atrás.

Afuera, la noche caía sobre Colonia. El cielo estaba oscuro, sin estrellas. Carmen se apoyó contra la pared del edificio y cerró los ojos.

—Dunia, ¿dónde estás? —susurró.

Dunia abrió los ojos lentamente.

La luz era tenue, apenas un resplandor grisáceo que se filtraba desde algún lugar que no podía identificar. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. Todo estaba borroso al principio, como si hubiera estado dormida durante mucho tiempo. Demasiado tiempo.

El primer pensamiento que llegó a su mente fue: ¿dónde estoy?

El segundo: ¿qué pasó?

Intentó moverse. Las piernas estaban extendidas hacia adelante, los tobillos atados con una cuerda áspera que se enganchaba en la tela de sus jeans. Algo sólido, como una mesa o un banco, sostenía sus piernas en esa posición. No podía doblarlas. No podía juntarlas. Solo podía tenerlas estiradas, fijas en su lugar, con los pies apoyados sobre esa superficie.

Miraba hacia abajo y veía sus propios Converse blancos. La lona blanca, ligeramente sucia por el uso. Las suelas de goma apoyadas sobre la madera o metal donde descansaban sus piernas. Los dedos dentro de los tenis no podían moverse porque la cuerda alrededor de sus tobillos mantenía todo inmóvil.

Los brazos estaban detrás de su espalda. Las muñecas atadas juntas con una cuerda que apretaba su piel contra la madera del respaldo de la silla donde estaba sentada. Intentó separar las manos. No pudo. Intentó girar las muñecas. Solo logró que la cuerda rozara su piel con más fuerza.

La silla era rígida. Podía sentirlo en su espalda, en la forma en que el respaldo se presionaba contra sus omóplatos. No era una silla cómoda. No tenía cojines. Solo madera dura que se clavaba en su columna.

Dunia respiró hondo. Intentó recordar.

La mañana. El hotel. La decisión de salir temprano. Caminar por las calles de Hamburgo. Entrar a una tienda.

Y luego… nada. Un agujero en su memoria. Un vacío absoluto.

Parpadeó varias veces más. La luz seguía siendo tenue, apenas lo suficiente para ver las formas a su alrededor. Algo que parecían cajas apiladas. Una pared de ladrillos. Un techo alto con vigas de madera.

No reconocía el lugar. No sabía si estaba en el campo o en la ciudad. No sabía si era de día o de noche. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que salió del hotel.

Pero sabía que estaba atada. Sabía que no podía moverse. Sabía que alguien la había llevado allí. Y que ese alguien, en algún momento, volvería.

Abrió la boca para hablar. Su voz sonó ronca, áspera, como si no hubiera usado la garganta en horas.

—¿Hay alguien?

El sonido rebotó en las paredes, se perdió en la oscuridad. No hubo respuesta.

Dunia se quedó en silencio, escuchando. Solo el zumbido de sus propios oídos, el latido de su corazón, el roce de la cuerda contra su ropa cuando intentaba moverse.

Miró sus pies otra vez. Los Converse blancos, las cuerdas alrededor de sus tobillos, las piernas extendidas e inmóviles sobre la mesa o banco que las sujetaba.

No había nada que hacer. Solo esperar.

Y mientras esperaba, su mente comenzó a divagar. Pensó en la última conferencia. En el público. En la risa. En Carmen. En el plan para la noche siguiente en Colonia.

Ahora todo eso parecía lejano, casi irreal.

—Carmen —susurró—. Ojalá estés bien.

Pero Carmen no podía oírla. Carmen estaba en el auditorio de Colonia, esperando que apareciera, sin saber que Dunia estaba allí, donde fuera que estuviese, atada a una silla con los pies extendidos hacia adelante y los brazos sujetos detrás de la espalda.

Dunia cerró los ojos.

Y esperó.

Dunia llevaba un tiempo indeterminado en la oscuridad.

No sabía si habían pasado minutos u horas. Solo sentía el frío de la madera contra su espalda, la presión de las cuerdas alrededor de sus tobillos, la rigidez de sus brazos atados detrás de ella. Había intentado moverse varias veces, pero cada intento solo conseguía que las cuerdas apretaran más.

De repente, un chasquido.

Una luz tenue se encendió en algún lugar detrás de ella, bañando el espacio con un resplandor amarillento y mortecino. Dunia parpadeó, tratando de adaptarse a la claridad que contrastaba con la oscuridad absoluta en la que había estado sumergida.

Entonces escuchó pasos.

Lentos. Firmes. Se acercaban desde su derecha.

Una figura emergió de las sombras. Vestía de negro: pantalones negros, camisa negra, una chaqueta negra que llegaba hasta las rodillas. Llevaba guantes negros también, pero se los quitó lentamente, dedo por dedo, mientras se acercaba a Dunia con pasos medidos.

Su rostro estaba cubierto. Un pasamontañas negro ocultaba cada rasgo, dejando solo dos aberturas para los ojos. Ojos que Dunia no podía distinguir en la penumbra.

La figura se detuvo frente a ella, a menos de un metro de distancia. Sin decir palabra, sacó una linterna de su bolsillo y la encendió, apuntándola directamente al rostro de Dunia.

La luz le dio de lleno en los ojos. Dunia sintió el destello y giró la cabeza instintivamente, tratando de escapar del haz que la cegaba.

—Ah… con que ya despertaste —dijo una voz.

Era grave, pausada, como si las palabras estuvieran siendo pronunciadas con cuidado. No había emoción en ella. Ni enojo. Ni alegría. Solo una frialdad que recorrió la columna de Dunia como un escalofrío.

Dunia entrecerró los ojos, tratando de ver más allá de la linterna.

—¿Quién eres? —preguntó, y su voz sonó más débil de lo que quería—. ¿Por qué me tienes aquí?

La figura inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera considerando la pregunta. La linterna se movió un poco, permitiendo que Dunia viera el contorno de sus hombros, de sus manos enguantadas. No podía distinguir su altura con precisión.

—Digamos que soy un seguidor de tu trabajo, doctora Dunia —respondió, con la misma voz pausada—. He seguido tus conferencias. He visto tus demostraciones. Me he quedado fascinado con la forma en que exploras los límites del cuerpo y la risa.

Dunia sintió un nudo en el estómago. No le gustaba el tono. No le gustaba la forma en que decía «doctora Dunia», como si estuviera saboreando cada sílaba.

—¿Por qué me trajiste aquí? —insistió—. ¿Qué quieres?

La figura dio un paso más cerca. La linterna bajó ligeramente, iluminando ahora el pecho de Dunia, su chaqueta de cuero, sus manos atadas detrás de la espalda.

—Quiero llevar a cabo unas pruebas —dijo—. Aquí, en mi laboratorio.

La palabra «laboratorio» resonó en el espacio vacío. Dunia sintió que el sudor comenzaba a formarse en su frente, a pesar del frío.

—¿Qué tipo de pruebas? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

La figura guardó silencio unos segundos. Luego, dio otro paso más, hasta quedar tan cerca que Dunia podía oler su perfume: un aroma limpio, casi clínico.

—Usted, mi estimada doctora, es el conejillo de indias.

Las palabras cayeron sobre Dunia como un peso. Conejillo de indias. Sabía lo que eso significaba. Sabía lo que implicaba. Lo había sido tantas veces, siempre por elección propia, siempre con límites claros y palabra de seguridad.

Pero esta vez no había elegido. Esta vez no había límites. Esta vez no había palabra de seguridad.

Solo ella, atada a una silla, y la figura de negro frente a ella.

El sudor frío comenzó a recorrer su espalda, su nuca, sus sienes. La camiseta blanca que llevaba debajo de la chaqueta de cuero empezó a pegarse a su piel.

Sabía lo que significaba ser conejillo de indias.

Sabía que sería torturada con cosquillas sin piedad alguna.

La figura se inclinó un poco más. Dunia pudo ver el destello de la linterna reflejado en sus ojos a través de las aberturas del pasamontañas.

—He estado esperando este momento durante mucho tiempo —dijo la voz, apenas un susurro—. Usted no se imagina cuánto.

Dunia apretó los puños detrás de su espalda. Las cuerdas se tensaron. No podía hacer nada. No podía escapar.

Y la figura seguía allí, mirándola, con esa luz cegadora apuntándole a la cara.

La figura de negro se movió lentamente.

Dunia lo siguió con la mirada mientras rodeaba la silla, sus pasos resonando en el suelo de cemento. La linterna se había apagado, pero la luz tenue que iluminaba el espacio permitía ver sus movimientos. Lentos. Deliberados. Como si estuviera saboreando cada segundo.

Se detuvo frente a sus pies.

Dunia sintió que el corazón le latía con más fuerza. Los dedos dentro de los Converse blancos se movieron ligeramente, nerviosos, anticipando lo que venía.

El tipo se arrodilló. No dijo nada. Solo extendió las manos y comenzó a desatar los cordones de los tenis de Dunia. Tiró de los extremos con movimientos precisos, aflojando los nudos que ella misma había hecho esa mañana.

Dunia observaba sin poder hacer nada. Las manos de él se movían con una calma que le resultaba más aterradora que cualquier prisa.

—Por favor —dijo, y su voz sonó más pequeña de lo que quería—. No hagas esto.

El tipo no respondió. Terminó de desatar los cordones del pie derecho. Luego pasó al izquierdo. Los movimientos eran iguales, metódicos. Sin prisa. Sin pausa.

Cuando los dos cordones estuvieron sueltos, tomó el talón del Converse derecho y comenzó a deslizarlo lentamente. La lona blanca se separó del talón, luego del empeine, luego de los dedos. El tenis salió con un sonido suave, como un suspiro.

El pie derecho de Dunia quedó al descubierto. La piel blanca contrastaba con el cemento gris del suelo.

El tipo repitió la operación con el izquierdo. Mismo movimiento. Misma lentitud. El Converse izquierdo cayó al suelo junto al otro.

Ahora los dos pies de Dunia estaban desnudos. Los dedos se movieron instintivamente, sintiendo el aire frío de la bodega.

Pero el tipo no se detuvo ahí.

Tomó el borde de la media tobillera derecha y comenzó a deslizarla también. La tela fina se separó de la piel, dejando el pie completamente expuesto. Luego la izquierda.

Dunia sintió el frío en las plantas. El cemento estaba a centímetros, y el aire de la bodega envolvía sus pies desnudos.

Los dedos se movieron otra vez. Pequeños espasmos involuntarios.

El tipo se quedó mirando sus pies un momento. La luz tenue iluminaba la curva de los arcos, los dedos estilizados, las uñas pintadas de un rojo oscuro que ella misma había aplicado la noche anterior en Hamburgo.

Luego, extendió las manos.

Los dedos índices se deslizaron sobre las plantas de Dunia.

No fue rápido. No fue fuerte. Fue apenas un roce, un contacto mínimo, como si estuviera tocando la superficie de algo muy frágil.

Pero Dunia lo sintió como una descarga.

—¡AAAHHHH!

Un chillido escapó de su garganta, acompañado de una breve carcajada que se cortó tan rápido como había salido. Era un sonido involuntario, animal, que no podía controlar.

—¡JAJAJAJA! ¡NO!

Las palabras salieron atropelladas. Las súplicas se mezclaban con los jadeos.

—Por favor —dijo, con la voz quebrada—. No me tortures de esa manera. Por favor.

El tipo detuvo el movimiento de sus dedos. Pero no los retiró. Los mantuvo apoyados sobre las plantas de Dunia, como un recordatorio de lo que podía hacer en cualquier momento.

—No te voy a torturar —dijo, y su voz sonó tan fría como antes—. Simplemente me voy a divertir con ella. Con tus pies.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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