Doble Vida – Parte 2

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Carolina llegó a su apartamento pasadas las diez de la noche. Cerró la puerta con llave, la aseguró con el pasador y se quedó apoyada contra la madera un momento. La oscuridad de su sala la envolvía, solo iluminada por la luz de la calle que se filtraba a través de las cortinas. Respiró hondo, sintiendo cómo el aire de su propia casa, ese olor familiar a lavanda y a libros viejos, empezaba a relajarla.

Caminó hacia la habitación con pasos lentos, sintiendo cómo sus pies, aún dentro de las botas, palpitaban en cada paso. Se sentó en el borde de la cama y, con dedos temblorosos, comenzó a desabrochar los cierres laterales de las botas. Las fue retirando lentamente, primero la derecha, luego la izquierda. Las botas cayeron al piso con un golpe sordo. Luego, las medias. Las deslizó hacia abajo, sintiendo cómo la tela se separaba de su piel enrojecida. Sus plantas, al quedar al aire libre, sintieron el frío de la habitación. Las miró. Estaban sensibles, ligeramente rosadas por el roce, pero sin marcas. La piel seguía siendo suave, hipersuave, pero ahora también recordaba.

Se levantó y fue a la ducha. El agua caliente le cayó sobre los hombros, sobre la espalda, sobre sus pies. Cerró los ojos y dejó que el agua arrastrara el sudor, las lágrimas, los restos de esa noche. Se quedó bajo el chorro durante mucho tiempo, sintiendo cómo el calor relajaba sus músculos, cómo el vapor despejaba su mente.

Al salir, se envolvió en su bata felpa y caminó descalza hacia la sala. Las plantas aún sensibles se deslizaban sobre el piso frío, pero era un frío que no le hacía cosquillas. Era un frío normal, cotidiano, de ese que no pide nada.

Se sentó en el sillón y tomó su teléfono. Había varios mensajes. Jessica, de la agencia: «¿Cómo fue? Cuéntame.» Javier: «Espero que todo bien.» Un par de mensajes de números desconocidos que archivó sin leer. Y uno de Sebastián, su paciente, el chico de dieciocho años: «Dra, espero que haya tenido una buena tarde. Nos vemos la próxima semana.»

Carolina sonrió. Una sonrisa cansada, pero auténtica. El mundo seguía girando. Los pacientes seguían esperando. Su consultorio seguía allí, al lado de su apartamento, esperando a que ella volviera a ponerse la bata blanca y a ejercer su profesión con la misma dedicación de siempre.

Pero algo había cambiado. Algo dentro de ella se había movido, se había reacomodado, y ya no estaba en el mismo lugar.

Escribió un mensaje a Jessica: «Todo bien. Fue intenso. Mañana te cuento con calma.» Lo envió y dejó el teléfono sobre la mesa de centro. Se recostó en el sillón y cerró los ojos.

Las imágenes de la noche pasaron por su mente como un carrusel. La silla de madera. Las correas. El cepo. Los dedos de Andrés. Las plumas. El cepillo de peinar. Los pinceles. El churrusco entre sus dedos. La boca de Andrés chupando sus pies hipersensibles. Todo eso había ocurrido. Todo eso era real. Y ella había vuelto a su casa, a su sillón, a su vida normal, como si nada hubiera pasado.

Pero sí había pasado. Y ahora estaba en una encrucijada.

Carolina, la odontóloga de treinta años, recién estrenado su propio consultorio, con un crédito de trescientos millones de pesos que pagar y una lista de pacientes que crecía lentamente, había empezado a trabajar como modelo de cosquillas. Algo que nunca en su vida habría imaginado. Algo que no estaba en sus planes, ni en los de su familia, ni en los de nadie que la conociera.

Pero ahí estaba. Había llegado a una casa en Rosales, se había dejado atar a una silla, había dejado que un desconocido le hiciera cosquillas en los pies durante dos horas, y había cobrado novecientos mil pesos por ello. Y lo peor, o lo mejor, era que no se sentía mal. No se sentía usada. No se sentía sucia. Se sentía exhausta, sí. Sensible, también. Pero no mal.

Y eso era lo que la inquietaba.

Abrió los ojos y miró al techo. Su vida se había partido en dos. Una Carolina odontóloga, que atendía pacientes en un consultorio blanco, con bata impecable, diploma en la pared. Y otra Carolina, que se sentaba en una silla en un sótano y reía mientras un desconocido le hacía cosquillas con cepillos de peinar. Dos Carolinas que, hasta hacía unos meses, no sabían de la existencia de la otra.

Pero ahora se conocían. Ahora compartían el mismo cuerpo, la misma mente, las mismas ganas de seguir adelante. Y Carolina tenía que decidir qué hacer con eso.

La encrucijada estaba ahí, frente a ella, tan real como las plantas de sus pies aún palpitando. Podía cerrar la puerta, borrar los mensajes, olvidar que alguna vez había respondido a una oferta de Jessica y Javier. Podía concentrarse en su consultorio, en sus pacientes, en pagar el crédito con el sudor de su frente, sin atajos, sin atajos. O podía seguir explorando este nuevo camino. Podía aceptar más sesiones. Podía construir una carrera paralela que le diera ingresos que su consultorio no le daría en años.

Carolina no sabía qué iba a hacer. Pero sabía una cosa: ya no podía fingir que ese mundo no existía. Estaba dentro de ella ahora, y tenía que aprender a vivir con eso.

Los días siguientes transcurrieron con una normalidad que casi parecía irreal. Carolina atendió a sus pacientes con la misma profesionalidad de siempre: limpiezas, endodoncias, ajustes de ortodoncia, revisiones. La señora de la prótesis llegó puntual a su cita reprogramada. La chica de la limpieza también. Sebastián, su paciente de dieciocho años, se presentó a su cita de control con esa sonrisa que Carolina ya conocía, y ella revisó sus brackets sin mencionar lo que había ocurrido entre ellos. Él tampoco dijo nada. Solo se despidió con un «hasta la próxima, doctora» y una mirada que Carolina prefirió no interpretar.

Su consultorio funcionaba. El crédito de trescientos millones se pagaba mes a mes. Los pacientes llegaban y se iban. La vida seguía su curso. Y Carolina comenzaba a pensar que quizás la sesión en Rosales había sido un episodio aislado, algo que no se repetiría.

De la agencia no la habían vuelto a llamar. Jessica y Javier no escribían, no preguntaban, no ofrecían nuevas sesiones. Carolina había guardado el chat en su teléfono, pero lo revisaba de vez en cuando. No había mensajes nuevos. El silencio era absoluto.

Y eso estaba bien. Carolina no estaba segura de querer repetir la experiencia. Cada vez que recordaba esa noche, sentía un nudo en el estómago que no sabía si era miedo o anticipación. Las plumas, el cepillo, los pinceles, el churrusco… todo eso seguía presente en su memoria, pero también el pago que había recibido, la cantidad de dinero que había ganado en dos horas, más de lo que su consultorio generaba en una semana entera si los pacientes llegaban.

Esa mañana, mientras revisaba su agenda en el consultorio, el teléfono sonó. Era un número que no tenía guardado, pero reconoció el prefijo. Era de una compañera de la universidad, de esas con las que había compartido aulas y laboratorios y exámenes finales. Carolina contestó con un «hola» cauteloso.

—¿Carolina? —la voz al otro lado era familiar, aunque no la escuchaba desde hacía años—. Soy Valeria. ¿Te acuerdas de mí?

Carolina sonrió. Valeria. Habían estudiado juntas en la Universidad El Bosque, compartido apuntes de anatomía dental y sufrido juntas los exámenes de patología oral. Perdieron el contacto después de graduarse, cada una tomó su propio camino.

—¡Valeria! Claro que me acuerdo. ¿Cómo estás? ¿Cómo has estado?

—Bien, bien. Mira, te llamo porque quería saber si nos podemos ver. Hace mucho que no hablamos y me gustaría ponerme al día. ¿Tienes tiempo esta semana?

Carolina revisó su agenda. Tenía algunas citas programadas, pero podía organizar un espacio.

—Claro. ¿Qué tal el jueves en la tarde? Después de las cuatro ya estoy libre.

—Perfecto. ¿Dónde nos vemos?

Acordaron un café en un lugar cerca del consultorio de Carolina, en Chapinero. Un sitio tranquilo, con mesas al aire libre y buena iluminación. Carolina anotó la dirección y la hora, y colgó el teléfono.

Se quedó mirando la pantalla un momento. Valeria. No la veía desde hacía años. Se preguntó cómo estaría, qué habría hecho con su vida, si seguiría ejerciendo la odontología o si habría tomado otro camino. La universidad había quedado atrás, como un capítulo cerrado, pero a veces esos capítulos vuelven a abrirse sin previo aviso.

Carolina guardó el teléfono y volvió a su agenda. Pero su mente ya no estaba en las citas de la tarde. Estaba en el jueves, en esa reunión con su excompañera, en lo que podría surgir de una conversación entre dos mujeres que habían compartido tantos años de estudio y ahora se reencontraban en la vida adulta.

No sabía que esa reunión, aparentemente inocente, iba a traer consigo nuevas preguntas, nuevas reflexiones, y quizás una nueva dirección para esa doble vida que Carolina había comenzado a construir en las últimas semanas. Pero por ahora, solo era una cita para tomar café con una amiga del pasado. Nada más.

El jueves en la mañana, Carolina se levantó temprano. A las 6:30 ya estaba en su consultorio, revisando los instrumentos esterilizados y preparando la sala para las citas de la mañana. A las 7 en punto llegó su primer paciente, una señora de mediana edad para una limpieza profunda. Carolina trabajó con su precisión habitual, conversando lo justo, moviendo sus manos con la seguridad de quien ha hecho esto miles de veces. La señora salió satisfecha a eso de las 8:15.

A las 8:30 llegó el segundo paciente, un joven de veintitantos para una endodoncia que ya había comenzado en la clínica donde Carolina trabajaba antes. Era un procedimiento más largo, más delicado, y Carolina se concentró en cada paso con la atención que el caso requería. El tiempo pasó rápido entre la anestesia, la apertura, la limpieza de conductos y el sellado provisional. Para cuando el paciente salió por la puerta, eran casi las 9 de la mañana.

Carolina se quitó los guantes, los lanzó a la bolsa de bioseguridad y se estiró. El cuello le dolía un poco por la posición inclinada durante la endodoncia. Se sirvió un vaso de agua en la cocineta del consultorio y estaba a punto de sentarse a revisar su agenda cuando el teléfono vibró sobre el escritorio.

Era un mensaje de la agencia. De Jessica.

«Buenos días, Carolina. Tenemos una cliente interesada en una sesión de cosquillas. Es mujer, 35 años, primera experiencia. Solicita que sea hoy en la mañana. ¿Estás disponible?»

Carolina leyó el mensaje dos veces. Una cliente. Mujer. Primera experiencia. Era diferente a Andrés. Quizás menos intenso. Quizás más tranquilo.

Escribió de vuelta: «¿A qué hora?»

La respuesta fue casi inmediata: «La cliente pidió que fuera a las 11 am. Dirección en Chapinero Central. ¿Te sirve?»

Carolina miró el reloj. Eran las 9:05. Tenía casi dos horas. Suficiente para llegar, hacer la sesión, y estar de vuelta antes de las 4 pm para su café con Valeria. Además, hacerlo antes del almuerzo significaba que no tendría que preocuparse por eso durante el resto del día. Todo encajaba.

Escribió: «Sí, confirmo. ¿Cómo debo ir vestida?»

Jessica respondió: «La cliente pidió ropa de gimnasio. Algo cómodo. Nada formal.»

Carolina asintió para sí misma. Ropa de gimnasio. Eso era fácil.

Confirmó la sesión y guardó el teléfono. Luego marcó el número de Valeria. Sonó tres veces antes de que su excompañera contestara.

—¿Carolina? ¿Todo bien?

—Sí, todo bien. Solo quería avisarte que voy a ir al gimnasio en la mañana, así que llegaré a la reunión después de las 4 como acordamos. Pero no te preocupes, llego puntual.

Valeria rió suavemente al otro lado.

—Tranquila, no hay problema. Yo también tengo cosas que hacer antes. Nos vemos a las 4.

—Perfecto. Nos vemos.

Carolina colgó y se quedó mirando el teléfono un momento. Luego caminó hacia su apartamento, al lado del consultorio. Se quitó la bata blanca, los pantalones clínicos y la camiseta de manga larga. Abrió el armario y buscó su ropa de gimnasio.

Unos leggings negros, ajustados pero cómodos, que le llegaban hasta los tobillos. Una camiseta sin mangas de color gris claro, de algodón suave. Un sujetador deportivo negro debajo. Se puso todo y se miró en el espejo. Era simple, funcional, sin adornos. Nada que llamara la atención.

Se calzó unos tenis blancos, sin medias. Luego los quitó y se puso un par de medias cortas de algodón blanco que le cubrían apenas el tobillo. Los pies quedaron protegidos pero ligeros. Se recogió el cabello en una cola de caballo alta, se pasó un poco de crema hidratante por el rostro y el cuello, y se miró por última vez en el espejo.

Eran las 9:30. Tenía tiempo de sobra.

Tomó su bolso, metió la billetera, el teléfono, un neceser pequeño, su chaqueta de cuero por si hacía frío, y salió de su apartamento. Cerró la puerta con llave, bajó las escaleras y salió a la calle. El aire de la mañana era fresco, con ese frío característico de Bogotá que no llega a ser helado pero que invita a caminar rápido.

Levantó la mano y un taxi amarillo se detuvo casi de inmediato. Se subió, dio la dirección que Jessica le había enviado —un apartamento en Chapinero Central— y se recostó en el asiento. El taxi arrancó y las calles de la ciudad comenzaron a pasar por la ventana.

Carolina miró el paisaje sin verlo. Su mente estaba en otra parte. En la sesión que iba a hacer. En la mujer que la esperaba. En la reunión con Valeria, que llegaría después. Dos citas en un mismo día. Dos mundos diferentes, separados por unas horas, pero que compartían el mismo cuerpo.

El taxi se detuvo frente a un edificio de apartamentos antiguo, de esos de fachada de ladrillo y balcones pequeños, en una calle tranquila de Chapinero Central. Carolina pagó, se bajó y se quedó un momento en la acera, mirando el edificio. Luego caminó hacia la entrada y tocó el timbre del apartamento que Jessica le había indicado.

Carolina tocó el timbre del citófono. Al otro lado, un tono breve y luego una voz femenina, filtrada por el altavoz.

—¿Quién es?

—Soy Carolina. Vengo por la sesión.

Hubo una pausa breve. Luego la voz respondió:

—Adelante.

El zumbido de la cerradura eléctrica sonó y Carolina empujó la puerta del edificio. Entró a un recibidor pequeño, con piso de baldosa blanca y un espejo antiguo en la pared. A la derecha, la escalera. Carolina la miró. Cuatro pisos. Sin ascensor.

Subió los escalones con pasos lentos, sintiendo el roce de los tenis contra la piedra. El edificio olía a viejo, a madera, a cosas guardadas. En el segundo piso, una puerta cerrada. En el tercero, otra. Llegó al cuarto y se encontró con una puerta de madera oscura, con un número de bronce desgastado. Llamó con los nudillos.

La puerta se abrió. Del otro lado apareció una mujer. Era alta, casi tanto como Carolina, con el cabello largo y negro que caía sobre sus hombros. Pero algo en ese cabello no parecía natural. Era demasiado uniforme, demasiado liso, como una peluca de mala calidad. Llevaba gafas oscuras que le cubrían media cara, a pesar de estar adentro. El maquillaje era excesivo: base muy blanca, labios rojos intensos, delineador grueso que se extendía más allá de sus ojos. Todo parecía un disfraz, una máscara para ocultar quién era realmente.

—Soy Carolina —dijo ella, extendiendo la mano.

La mujer no la estrechó. Solo se apartó para dejar paso.

—Pasa. Soy Diana.

Carolina entró. El apartamento era pequeño pero acogedor, con muebles antiguos y una luz tenue que venía de una lámpara de pie. Olía a incienso, a algo dulce que no podía identificar. Las cortinas estaban cerradas, bloqueando la luz de la mañana.

Diana la condujo a través de una sala pequeña hasta una puerta que daba a una habitación. Era un dormitorio, con una cama grande en el centro, cubierta por una colcha de color gris. No había mucho más: una mesita de noche, un armario cerrado, una lámpara en el techo.

—Siéntate —dijo Diana, señalando la cama—. O mejor, acuéstate. Así estamos más cómodos.

Carolina obedeció. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo el colchón firme bajo sus piernas. Diana la miró desde el marco de la puerta, sin entrar del todo.

—Antes de empezar, quiero preguntarte algo —dijo Diana, con una voz que no mostraba ninguna emoción—. ¿Es cierto que eres tan cosquilluda como dicen en la agencia? Porque he tenido malas experiencias con modelos que exageran.

Carolina asintió. Había escuchado esa pregunta antes, en el casting con Jessica y Javier, en los mensajes que llegaban a su teléfono.

—Sí, es cierto. Soy muy cosquilluda. Sobre todo en los pies.

Diana no sonrió. No mostró ningún cambio en su rostro. Solo dijo:

—Entonces tendré que comprobarlo yo misma.

Carolina no supo si eso era una amenaza o una promesa. Diana se acercó a la cama y comenzó a estirar los brazos de Carolina hacia los lados, separándolos del cuerpo. Carolina se dejó hacer, sin oponer resistencia. Diana tomó unas correas de cuero que estaban en la mesita de noche —Carolina no las había visto antes— y comenzó a atar sus muñecas al cabecero de la cama. El cuero era suave pero firme. No apretaba demasiado, pero no dejaba espacio para moverse.

—Espera —dijo Carolina, levantando la cabeza para mirar lo que estaba haciendo—. Nadie me dijo que me iban a amarrar.

Diana continuó ajustando la primera correa sin mirarla.

—En la agencia me dijeron que podía hacerlo. Es parte de la sesión. No te preocupes, no te va a doler.

Carolina quiso protestar. Quiso decir que eso no estaba en el acuerdo, que ella no había aceptado ser atada. Pero las palabras se le quedaron en la garganta. Recordó los mensajes, la confirmación que había enviado, la urgencia de encajar esta sesión antes de su café con Valeria. Recordó también a Andrés, las correas en la silla, el cepo en sus pies. Eso había sido más intenso, más rígido. Esto era una cama, y las correas parecían menos severas.

No dijo nada. Bajó la cabeza y dejó que Diana continuara.

La mujer ató sus muñecas una a una, luego bajó a sus tobillos. Con otras correas, aseguró cada pierna a los postes de la cama, estirándolas ligeramente. Carolina quedó en una posición de estrella, con los brazos extendidos hacia los costados y las piernas separadas. Inmovilizada.

Diana retrocedió un paso y observó su trabajo. Luego se inclinó y, sin decir nada, comenzó a quitarle los tenis. Primero el izquierdo, luego el derecho. Los dejó caer al piso. Luego, las medias. Las deslizó por los tobillos, por los talones, por los dedos. Las dejó junto a los tenis.

Los pies de Carolina quedaron descalzos. Los dedos, con el esmalte rojo aún intacto, se movieron instintivamente al sentir el aire de la habitación. Las plantas, suaves e hipersensibles, descansaban ahora sobre la colcha gris.

Diana se incorporó y observó los pies de Carolina un momento. Sus ojos, ocultos tras las gafas oscuras, recorrieron la longitud de las plantas, los arcos marcados, las uñas perfectamente limadas.

La camiseta sin mangas que Carolina llevaba dejaba sus axilas descubiertas. El abdomen, al estirar los brazos, quedaba tenso y expuesto. Todo su cuerpo, desde las muñecas hasta los tobillos, estaba inmovilizado sobre la cama, vestido solo con los leggings negros y la camiseta gris. Las axilas, el abdomen y los pies quedaban completamente desprotegidos, vulnerables, listos para lo que Diana decidiera hacer.

Diana se sentó en el borde de la cama, justo al lado de Carolina. Sus manos, con las uñas largas y pintadas de un rojo oscuro, se posaron sobre el abdomen de Carolina, justo encima del ombligo. La piel, cubierta solo por la delgada camiseta de gimnasio, se tensó bajo el contacto.

—¿Estás lista? —preguntó Diana, con una voz plana, sin emoción.

Carolina movió la cabeza de un lado a otro. Su cabello rubio se movió sobre la almohada.

—No.

Diana inclinó la cabeza, como si estuviera considerando esa respuesta.

—No importa. Vamos a empezar de todas formas.

Sus dedos comenzaron a moverse. No fue un roce suave ni una caricia. Fue un ataque directo, sin advertencia, sin piedad. Los dedos de Diana se deslizaron sobre la barriga de Carolina en movimientos cortos y rápidos, subiendo y bajando, de un lado a otro, encontrando cada pliegue de la piel, cada pequeña curva que la camiseta dejaba al descubierto.

Carolina sintió las cosquillas como un disparo. Su cuerpo se arqueó sobre la cama, pero las correas en sus muñecas y tobillos la detuvieron a medio movimiento. Quedó suspendida, tensa, con el abdomen estirado y expuesto.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La carcajada estalló de su boca sin que pudiera controlarla. Fue una risa fuerte, descontrolada, que llenó la habitación y rebotó en las paredes.

Diana no se detuvo. Sus dedos subieron a la cintura, esa zona que Carolina siempre había considerado sensible pero que bajo los dedos de Diana se volvía insoportable. Las uñas, largas y afiladas, raspaban la piel a través de la tela, encontrando los bordes de los leggings, la transición entre la ropa y la piel desnuda.

Carolina se retorcía sobre la cama. Su cabeza se movía de un lado a otro, el cabello rubio pegándose a su frente. Sus manos tiraban de las correas, pero no cedían. Sus pies, descalzos, se movían sin control sobre la colcha, los dedos apretándose y abriéndose al ritmo de las cosquillas.

—¡AAAAAAAHHHHHHH! —gritó Carolina, pero era un grito de risa, un grito que salía de su pecho sin que ella pudiera decidir si era risa o algo más.

Diana pasó a las costillas. Sus dedos encontraron los huesos, delgados y prominentes bajo la piel de Carolina, y comenzaron a hacer cosquillas en los espacios entre ellos. Arriba y abajo, de un lado a otro, sin descanso. Cada costilla era un nuevo territorio que explorar, un nuevo punto de cosquillas que explotar.

Carolina reía sin control. Su cuerpo se convulsionaba en la cama como si estuviera teniendo un ataque. La camiseta de gimnasio se le había subido un poco, dejando ver la piel blanca de su abdomen, que se contraía y expandía con cada carcajada. Los leggings negros se movían con cada sacudida de sus piernas.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —No salían palabras. Solo risas. Solo ese sonido continuo, interminable, que llenaba la habitación y no se detenía.

Diana no mostró ninguna reacción. Su rostro, oculto tras las gafas oscuras y el maquillaje excesivo, permaneció impasible. Pero sus dedos seguían moviéndose, implacables, encontrando nuevos puntos de cosquillas en el torso de Carolina, llevándola una y otra vez al límite de lo que podía soportar.

Las axilas. Esa zona que Carolina había calificado como sensible en su cuestionario, pero que en la práctica siempre resultaba ser peor de lo que recordaba. Diana deslizó sus dedos por las cavidades, justo donde la piel es más fina y más cercana al hueso. Sus uñas, largas y afiladas, trazaban líneas suaves sobre la superficie, explorando cada pliegue, cada pequeña curva.

Carolina sintió las cosquillas subir desde sus axilas hasta todo su cuerpo. Su risa se volvió más aguda, más desesperada. Sus brazos tiraban de las correas con una fuerza que no sabía que tenía, pero las correas no cedían. Quedaba atrapada en esa posición, con los brazos extendidos, las axilas expuestas y completamente vulnerables.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —La carcajada era ya una sola cosa, un sonido continuo que no se detenía ni para tomar aire.

Diana seguía trabajando, metódica, silenciosa. Sus dedos se movían con una precisión que parecía ensayada, cambiando de ritmo, de presión, de dirección. En las costillas, rápidos y cortos. En la cintura, lentos y circulares. En las axilas, suaves y profundos. Cada zona tenía su propia técnica, su propio ataque, su propia forma de hacer cosquillas.

Carolina ya no podía pensar. Su mente se había reducido a una sola cosa: las cosquillas. Las cosquillas en su barriga, en su cintura, en sus costillas, en sus axilas. Todo su cuerpo era una fiesta de cosquillas de la que no podía escapar, y solo podía reír, reír, reír, mientras Diana seguía trabajando sin piedad, sin cansancio, sin mostrar ninguna intención de detenerse.

Diana no daba tregua. Sus manos se movían sobre el torso de Carolina con una precisión que bordeaba lo mecánico, como si hubiera ensayado cada movimiento cientos de veces antes. No había duda. No había pausa. Solo esa exploración implacable de cada centímetro de piel que la camiseta de gimnasio dejaba al descubierto.

Sus dedos se deslizaban por las costillas con movimientos cortos y rápidos, subiendo y bajando, encontrando cada espacio entre hueso y hueso. Carolina sentía cómo las cosquillas se acumulaban en esos pequeños huecos, creciendo hasta desbordarse en carcajadas que no podía contener. Su torso se arqueaba y se contraía, intentando escapar de un ataque que lo alcanzaba siempre.

Luego las manos subían a las axilas. Allí, Diana usaba la punta de los dedos, las uñas largas y rojas, para trazar líneas suaves y persistentes sobre la piel fina y sensible. Carolina sentía cómo las cosquillas se extendían desde las axilas hasta los brazos, hasta el pecho, hasta todo su cuerpo. Sus brazos tiraban de las correas, pero no se movían. Quedaban fijos, abiertos, vulnerables, ofreciendo esa zona tan sensible como un regalo a los dedos de Diana.

Cuando las axilas estaban suficientemente atacadas, Diana bajaba a la cintura. Allí, la transición entre la camiseta y los leggings era un límite difuso, una zona de contacto donde la piel quedaba a veces cubierta y a veces al descubierto. Diana deslizaba sus dedos a lo largo de ese borde, explorando la piel que se escondía bajo la tela, encontrando pequeños pliegues de carne que Carolina ni siquiera sabía que tenía.

Carolina se retorcía en la cama como si estuviera poseída. Su cuerpo se movía en todas direcciones, pero las correas en sus muñecas y tobillos la mantenían anclada al colchón. Solo podía moverse dentro de esos límites, lo suficiente para sentir que intentaba huir, pero no lo suficiente para lograrlo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —Su risa era continua, sin pausas, sin descanso. Su boca se abría y se cerraba al ritmo de los dedos de Diana, dejando salir carcajadas que se mezclaban con jadeos y gritos ahogados.

Y en medio de esa tormenta, Carolina no podía dejar de pensar en lo rápido que había cambiado todo. En lo que sentía. Ese cosquilleo que recorría todo su cuerpo como un latido más rápido que su corazón. Eso que la hacía querer, a la vez, que se detuviera y que no se detuviera nunca. Una espiral de la que no quería salir.

Diana seguía sin mostrar ninguna emoción. Su rostro, oculto tras las gafas oscuras y el maquillaje excesivo, permanecía impasible mientras sus dedos seguían trabajando, metódicos, precisos, sin piedad, saboreando cada carcajada, cada arqueo, cada sacudida del cuerpo de Carolina bajo sus manos. Ella lo sabía. No podía verlo, pero lo sentía: la satisfacción que llegaba a través de cada caricia, a través de esa forma de tocar que no era solo cosquillas, sino algo más. Una necesidad. Un hambre. Ella lo sabía, y en el fondo de su mente aturdida, también sabía que eso era exactamente lo que la mantenía ahí.

Y Carolina, atrapada en la cama, con los brazos extendidos y los pies descalzos, solo podía reír, reír, reír, entregada por completo al sadismo silencioso de la mujer que la tenía a su merced.

Sin previo aviso, sin una palabra, Diana retiró sus manos del torso de Carolina y las deslizó hacia abajo. Carolina sintió cómo los dedos abandonaban sus costillas y se movían sobre los leggings negros que cubrían sus muslos. La tela era delgada, ajustada, y las yemas de Diana se deslizaban sobre ella como si no hubiera barrera entre sus dedos y la piel.

Los muslos de Carolina se tensaron de inmediato. Incluso a través de la tela, las cosquillas eran insoportables. Diana movía sus dedos en círculos pequeños sobre la cara interna de los muslos, esa zona que Carolina siempre había considerado sensible pero que ahora, bajo el ataque de Diana, se volvía una tortura. La piel era más fina allí, más cercana a la superficie, y cada roce de los dedos de Diana se sentía como una pequeña explosión.

—¡AAAAHHHHHH! —gritó Carolina, mezclando la risa con el grito—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO AHÍ!

Pero Diana no hizo caso. Sus dedos subieron hasta las rodillas, justo detrás de la articulación, donde los leggings se estiraban y la piel quedaba más expuesta. Allí, Diana usó las uñas, las largas uñas rojas, para raspar suavemente la parte posterior de las rodillas. El efecto fue inmediato: las piernas de Carolina se sacudieron hacia adelante, pero las correas en sus tobillos las detuvieron a medio camino.

Carolina sintió cómo las cosquillas subían desde la parte posterior de sus rodillas hasta sus muslos, hasta su cintura, hasta todo su cuerpo. Su risa se volvió más aguda, más desesperada. Su cabeza se movía de un lado a otro sobre la almohada, el cabello rubio pegándose a su frente sudorosa.

Diana continuó bajando, ahora hacia la entrepierna. No directamente, sino rodeando la zona, haciendo cosquillas en los bordes de los leggings, en los pliegues de la tela que se marcaban sobre la piel. Sus dedos se movían con una lentitud deliberada, encontrando cada pequeño espacio donde la ropa se tensaba, donde la piel quedaba más cerca de la superficie.

—¡NO, NO, NO! —gritó Carolina, pero era un grito de risa, un grito que salía de su pecho sin que ella pudiera controlarlo—. ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Su cuerpo se retorcía en la cama como si estuviera tratando de escapar de sí mismo. Las correas en sus muñecas y tobillos crujían bajo la tensión. Sus pies, descalzos, se movían sin control, los dedos apretándose y abriéndose al ritmo de las cosquillas que la recorrían.

Diana seguía sin mostrar ninguna emoción. Su rostro, oculto tras las gafas oscuras y el maquillaje excesivo, permanecía impasible mientras sus dedos seguían trabajando, metódicos, precisos, sin piedad. Pero había algo en la manera en que se movían, en la forma en que encontraban cada punto sensible, que delataba un placer contenido, un sadismo que se alimentaba de las carcajadas de Carolina.

Carolina reía y gritaba al mismo tiempo. Su cuerpo se convulsionaba en la cama como si estuviera teniendo un ataque. Los leggings negros se movían con cada sacudida de sus piernas. La camiseta de gimnasio se le había subido por completo, dejando ver todo su abdomen blanco que se contraía y expandía con cada carcajada.

Y Diana seguía allí, sentada en el borde de la cama, moviendo sus dedos sobre los muslos de Carolina, detrás de sus rodillas, en los bordes de la entrepierna, llevándola una y otra vez al límite de lo que podía soportar, sin mostrar ninguna intención de detenerse.

Diana sintió algo. No fue un movimiento, ni un sonido, sino una vibración. Una pequeña tensión en los músculos de Carolina que se intensificaba cada vez que sus dedos se acercaban a la zona más íntima. Los muslos de Carolina se tensaban, los abdominales se contraían, y su respiración se volvía más entrecortada, más aguda.

Diana deslizó sus dedos con más precisión, rodeando la entrepierna, buscando confirmación. Y la encontró. Cada vez que sus dedos rozaban la base de los muslos, justo donde terminaban los leggings y empezaba la piel desnuda que se escondía entre las piernas, Carolina pegaba un respingo, una sacudida más fuerte que las anteriores. Su risa se volvía más aguda, más desesperada. Sus caderas se movían instintivamente, intentando alejarse, pero las correas en sus tobillos la mantenían anclada a la cama.

Diana entendió. La entrepierna era extremadamente sensible. Y decidió explotarlo.

Sus dedos se concentraron en esa zona. Las uñas largas y rojas, que hasta ahora solo habían raspado la tela de los leggings, encontraron el borde de la ropa interior, la pequeña línea que separaba el algodón de la piel. Diana deslizó sus uñas a lo largo de ese borde, suavemente, sin presión, pero con la precisión de quien sabe exactamente lo que está haciendo.

—¡AAAAHHHHHH! —Carolina pegó un grito que atravesó la habitación—. ¡NO, NO AHÍ! ¡JAJAJAJAJA!

Pero Diana no se detuvo. Sus uñas se movieron en pequeños círculos sobre la piel expuesta, sobre esa zona que Carolina nunca había considerado cosquilluda, que nunca había incluido en sus cuestionarios ni mencionado a nadie. Y era terrible. Era peor que las plantas de sus pies, peor que sus costillas, peor que sus axilas. Era una sensación que subía desde algún lugar profundo, recorría todo su cuerpo y se convertía en carcajadas que no podía controlar.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —Carolina reía y gritaba al mismo tiempo. Su cuerpo se convulsionaba en la cama como si estuviera recibiendo descargas eléctricas. Sus caderas se movían de un lado a otro, intentando escapar, pero las correas en sus tobillos y muñecas la mantenían fija. No podía irse a ninguna parte.

Diana siguió atacando. Sus dedos se movían con una lentitud deliberada, explorando cada centímetro de esa zona sensible, encontrando los pliegues, las pequeñas curvas, los puntos donde la piel era más fina y más cercana a la superficie. Las uñas largas raspaban suavemente, sin lastimar, pero produciendo unas cosquillas que Carolina nunca había sentido en su vida.

Carolina ya no podía pensar. Su mente se había reducido a una sola cosa: las cosquillas en su entrepierna. Todo lo demás había desaparecido. El consultorio, los pacientes, el crédito, Valeria, la reunión de las cuatro. Nada de eso existía. Solo existían las uñas rojas moviéndose sobre su piel, y esa risa que no podía detener, y ese cuerpo que se retorcía sin control en la cama.

Y Diana seguía ahí, sentada en el borde de la cama, con su rostro impasible tras las gafas oscuras y el maquillaje excesivo, moviendo sus dedos sin piedad, sin cansancio, llevando a Carolina a un territorio que ni ella misma conocía y que, al final del día, quizás no iba a recordar con claridad.

Diana retiró sus manos de la entrepierna. Por un momento, Carolina sintió un alivio momentáneo, un respiro que apenas le alcanzó para llenar sus pulmones antes de que la siguiente ola llegara.

Y llegó.

Las manos de Diana se deslizaron hacia abajo, recorriendo los muslos, sobrepasando las rodillas, bajando por las pantorrillas hasta llegar a los pies. Carolina sintió cómo las yemas de sus dedos tocaban sus tobillos, rodeaban sus talones, y luego se posaban sobre sus plantas.

Los pies. Su punto más débil. Su punto hipercosquilludo. El lugar que siempre la había traicionado.

Diana comenzó a moverse. No hubo transición. No hubo preparación. Sus dedos se deslizaron sobre las plantas de Carolina con una velocidad y una intensidad que la tomaron por sorpresa. Arriba y abajo. De un lado a otro. En círculos, en espirales, en líneas rectas, en zigzag. Todo al mismo tiempo. Todo sin pausa.

Carolina sintió cómo las cosquillas explotaban en sus pies y se extendían por todo su cuerpo como una corriente eléctrica. No era como las cosquillas en su torso o en sus muslos. Era algo más profundo, más primario, más incontrolable. Una parte de ella que no podía dominar. Una parte de ella que siempre había sido su talón de Aquiles.

—¡AAAAHHHHHH! —Carolina pegó un grito que salió de lo más profundo de su ser. No fue un grito de dolor. Fue un grito de desesperación, de rendición, de algo que no sabía cómo nombrar.

Y luego vino la risa. Una risa que no podía detener, que no podía controlar, que salía de su boca sin que ella pudiera hacer nada para detenerla. Una risa que se mezclaba con los gritos, con los jadeos, con el sonido de su cuerpo golpeando la cama.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ!

Los dedos de Diana se movían con una precisión salvaje. Recorrían las plantas de un extremo a otro, encontrando cada pliegue, cada arruga, cada centímetro de piel hipersuave. Los arcos, los talones, la base de los dedos, los bordes de los pies. Nada quedaba sin explorar. Nada quedaba sin atacar.

Carolina ya no podía controlar nada. Sus pies se movían como locos dentro de las manos de Diana, los dedos apretándose y abriéndose sin control, las plantas arrugándose y estirándose como si quisieran escapar de sí mismas. Pero las correas en sus tobillos las mantenían fijas, sujetas, inmovilizadas. No podía huir. No podía escapar. Solo podía quedarse ahí, recibiendo el ataque una y otra vez.

Su torso se retorcía en la cama. Su cabeza se movía de un lado a otro sobre la almohada, el cabello rubio pegándose a su rostro sudoroso. Las lágrimas le corrían por las mejillas, mezclándose con el sudor, cayendo sobre la colcha gris. Su mandíbula se abría y se cerraba, dejando salir carcajadas que no podía detener, gritos que no podía controlar.

Carolina ya no podía pedir piedad. No podía hablar. Solo podía reír y gritar y retorcerse, mientras Diana seguía trabajando sin piedad, sin descanso, sus dedos moviéndose sobre sus pies hipercosquilludos como si no hubiera mañana.

Y Carolina entregada, completamente entregada a su suerte, se dejó llevar por esa tormenta de cosquillas que la había atrapado y no mostraba ninguna señal de debilitarse.

Carolina intentó patalear. Lo intentó con todas sus fuerzas, con cada músculo de sus piernas, con esa desesperación que solo aparece cuando el cuerpo sabe que está atrapado y no puede hacer nada para escapar. Sus piernas se sacudieron hacia arriba y hacia abajo, golpeando el colchón, tirando de las correas que sujetaban sus tobillos.

Pero no funcionó. Las correas de cuero estaban firmes, ajustadas justo lo necesario para inmovilizarla sin lastimarla. Sus pies no podían irse a ninguna parte. Solo podían moverse dentro del pequeño espacio que las correas permitían, apenas unos centímetros de vaivén que no servían para nada. Cada vez que intentaba retirar los pies, las correas los detenían. Cada vez que intentaba girarlos, las manos de Diana los sujetaban con firmeza.

Diana observó el intento de Carolina sin decir nada. Sus dedos, que habían estado atacando las plantas, se detuvieron un momento. Carolina sintió el cese del ataque y abrió los ojos, jadeando. Por un instante, pensó que quizás Diana iba a parar.

Pero Diana no paró. Se inclinó ligeramente hacia adelante, ajustó su agarre en los pies de Carolina, y volvió a comenzar.

Esta vez fue diferente. Sus dedos se movían con más intensidad, con más sadismo, como si el intento de Carolina por escapar la hubiera motivado a ser más despiadada. Las uñas largas y rojas se deslizaban sobre las plantas, los arcos, los talones, los costados de los pies, explorando cada rincón con una precisión que bordeaba la obsesión.

Carolina sintió cómo las cosquillas se multiplicaban. No era una línea de cosquillas que subía y bajaba. Era un ataque de frente, un bombardeo de cosquillas que llegaban desde todos los ángulos al mismo tiempo. Diana movía sus dedos en direcciones opuestas, en ritmos distintos, creando una cacofonía de estímulos que Carolina no podía procesar.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ!

Carolina reía. Reía sin control, sin esperanza de que eso terminara. Reía mientras sus pies se movían dentro del agarre de Diana, mientras sus dedos se apretaban y se abrían, mientras sus plantas se arrugaban y se estiraban. Reía mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y su cabello rubio se pegaba a su frente sudorosa.

Y en medio de esa risa, Carolina no podía dejar de pensar en lo rápido que había cambiado todo. En lo que sentía. Ese cosquilleo que no se detenía, que la envolvía por completo, que la hacía olvidar dónde estaba y con quién estaba. Era risa pura, pero también era algo más. Algo que no sabía cómo llamar y quizás ni siquiera quería nombrar.

Diana continuó moviendo sus dedos sin mostrar ningún signo de cansancio. Sus dedos subían y bajaban, encontraban puntos nuevos, regresaban a los antiguos. Cada movimiento era una nueva ola de cosquillas, una nueva explosión de risa, una nueva sacudida del cuerpo de Carolina sobre la cama. Y Carolina, entregada por completo, ya no intentaba escapar. Solo reía, y reía, y reía.

Diana se movió con una agilidad que Carolina no esperaba. Sin soltar los pies, se deslizó hacia arriba, ajustando su peso sobre las piernas de Carolina, justo por encima de las rodillas. Carolina sintió el calor del cuerpo de Diana sobre sus muslos, la presión de su peso inmovilizando aún más sus piernas. Las correas en sus tobillos ya la sujetaban, pero ahora, con Diana sentada sobre ella, cualquier posibilidad de movimiento desaparecía por completo.

Diana se inclinó hacia adelante, bajando su torso hasta quedar frente a los pies de Carolina. Sus manos, que hasta ahora habían estado atacando las plantas, se movieron hacia los dedos. Las uñas largas y rojas rodearon los dedos de Carolina, los separaron suavemente, dejando expuestos los pequeños espacios entre ellos.

Sin previo aviso, Diana llevó su boca al dedo gordo del pie derecho de Carolina. Lo tomó con sus labios, suavemente al principio, y comenzó a chupar. La lengua de Diana se deslizó sobre la almohadilla, rodeó la uña, presionó la yema. Era un movimiento lento, deliberado, como si estuviera saboreando cada centímetro de piel.

Carolina sintió el calor de la boca de Diana en su dedo. La humedad de su lengua. La succión suave que tiraba de su piel. Y las cosquillas. Esas cosquillas que subían desde la punta de su dedo hasta el resto de su pie, y de allí a todo su cuerpo.

—¡NOOO! —gritó Carolina entre carcajadas—. ¡JAJAJAJAJA! ¡ESO TAMBIÉN!

Pero Diana no se detuvo. Pasó al segundo dedo. Chupó la almohadilla, recorrió los bordes con la lengua, succionó suavemente. Luego al tercero, al cuarto, al meñique. Uno por uno, con la misma parsimonia, la misma lentitud, la misma precisión.

Y mientras su boca trabajaba en un pie, sus manos atacaban el otro. Sus uñas largas y rojas se deslizaban sobre la planta, los arcos, los talones, explorando cada centímetro de piel hipersuave. No había pausa entre un pie y otro. Mientras su lengua se deslizaba entre los dedos del pie izquierdo, sus uñas raspaban la planta del derecho. Mientras succionaba el dedo gordo del pie derecho, sus dedos hacían cosquillas en el arco del izquierdo.

Carolina estaba siendo atacada por dos frentes al mismo tiempo. La boca de Diana en sus dedos, las uñas en sus plantas. La lengua introduciéndose entre los dedos, las yemas recorriendo los arcos. Los breves mordiscos que Diana daba a sus dedos, suaves pero firmes, que la hacían soltar pequeños gritos entre carcajadas.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —Carolina reía sin control. Su cuerpo se retorcía sobre la cama, pero Diana estaba sentada sobre sus piernas, inmovilizándola. No podía irse a ninguna parte. Solo podía quedarse ahí, recibiendo el ataque una y otra vez, sin poder hacer nada más que reír.

Diana seguía trabajando. Su boca se movía de un dedo a otro, chupando, lamiendo, mordiendo suavemente. Su lengua se introducía entre los dedos, recorriendo la piel delicada, encontrando los pequeños espacios que Carolina nunca había considerado cosquilludos. Sus uñas seguían raspando las plantas, trazando líneas invisibles sobre la piel hipersuave, encontrando cada pliegue, cada arruga, cada pequeño pliegue que la piel formaba cuando los dedos se movían.

Carolina ya no sabía qué hacer. Su cuerpo se movía por sí solo, sacudiéndose al ritmo de los ataques que llegaban desde todas direcciones. Sus pies se movían dentro del agarre de Diana, pero no podían irse. Sus manos tiraban de las correas, pero no cedían. Su cabeza se movía de un lado a otro sobre la almohada, el cabello rubio pegándose a su rostro.

Y en algún lugar, en un rincón de su mente que aún no había sido consumido por las cosquillas, Carolina sabía que esto era exactamente lo que había venido a buscar. Aunque no quisiera admitirlo. Aunque no supiera cómo llamarlo. Aunque después de esto tuviera que levantarse, arreglarse el cabello, ponerse la chaqueta de cuero y salir a tomar café con Valeria como si nada hubiera pasado.

Carolina ya no sabía dónde terminaba el placer y empezaba el desespero. Los dos se habían mezclado en una sola cosa, una espiral que la envolvía por completo y no la dejaba salir. La boca de Diana en sus dedos, la lengua deslizándose entre ellos, la succión suave que tiraba de su piel, los breves mordiscos que la hacían saltar. Y las uñas, esas uñas largas y rojas, raspando sus plantas sin piedad, recorriendo los arcos, los talones, cada centímetro de piel hipersuave.

Carolina reía. Reía y gemía. Reía y se retorcía. Su cuerpo era un campo de batalla donde el placer y el desespero luchaban sin tregua, y ella estaba en el centro, sin poder hacer nada para detenerlo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —Las carcajadas salían de su boca sin control, mezclándose con pequeños jadeos, con gemidos que no sabía de dónde venían.

Diana cambió de pie. Su boca dejó el pie izquierdo y pasó al derecho, mientras sus manos atacaban el izquierdo con renovada intensidad. La lengua de Diana se deslizó entre los dedos del pie derecho, encontrando los mismos espacios, la misma piel delicada, los mismos pequeños pliegues que Carolina nunca había considerado cosquilludos. La succión era más fuerte ahora, más insistente, como si Diana estuviera saboreando cada centímetro de piel.

Y mientras su boca trabajaba en los dedos, sus uñas atacaban la planta del pie izquierdo con una ferocidad que hacía que Carolina saltara en la cama. Las uñas subían y bajaban por el arco, trazaban líneas en zigzag sobre el talón, se detenían en los pliegues de la piel para hacer pequeños círculos que la volvían loca.

Carolina sentía todo al mismo tiempo. La lengua de Diana entre sus dedos, la succión en sus almohadillas, los mordiscos suaves que la hacían temblar. Las uñas en sus plantas, en sus arcos, en sus talones. El calor de la boca de Diana en un pie, el frío del aire en el otro. Las cosquillas subiendo desde sus pies hasta todo su cuerpo, mezclándose con algo más, algo que no sabía cómo llamar y que quizás ni siquiera quería nombrar.

—¡NO PUEDO MÁS! —gritó Carolina entre carcajadas—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO MÁS!

Pero Diana no se detuvo. No mostraba ningún signo de cansancio. Su boca seguía trabajando, chupando, lamiendo, mordiendo suavemente. Sus manos seguían atacando, raspando, cosquilleando sin piedad. Parecía tener toda la energía del mundo, como si el sufrimiento de Carolina fuera su combustible, como si cada carcajada, cada grito, cada sacudida de su cuerpo la alimentara más y más.

Carolina ya no podía distinguir dónde empezaba la risa y dónde terminaban los gemidos. Todo se había convertido en una sola cosa, un sonido continuo que salía de su boca sin que ella pudiera controlarlo. Sus pies se movían dentro del agarre de Diana, sus manos tiraban de las correas, su cabeza se movía de un lado a otro sobre la almohada. Su cuerpo entero era una tormenta de sensaciones que la arrastraba sin permitirle respirar.

Y en medio de esa tormenta, Carolina sabía que estaba en el centro. Que esto era exactamente lo que había venido a buscar, aunque no lo supiera cuando salió de su casa esa mañana. Aunque no lo supiera cuando aceptó la sesión, cuando se subió al taxi, cuando tocó el timbre de este apartamento. Aunque no lo supiera ni siquiera ahora, mientras la boca de Diana seguía trabajando en sus dedos, y sus uñas seguían raspando sus plantas, y su cuerpo seguía retorciéndose en esa cama que ya no sabía si era placer o desespero o las dos cosas al mismo tiempo.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Diana detuvo sus manos y retiró su boca de los dedos de Carolina. La succión cesó. Las uñas dejaron de raspar las plantas. El calor de su cuerpo se alejó lentamente mientras se incorporaba, quitando el peso de sus piernas, dejando a Carolina libre por primera vez en lo que parecía una hora interminable.

Carolina quedó tendida en la cama, jadeando, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de una respiración entrecortada. Su cuerpo aún temblaba con pequeños espasmos residuales, como si las cosquillas se hubieran quedado grabadas en su piel y no terminaran de irse del todo. Los dedos de sus pies se movían solos, apretándose y abriéndose sin que ella pudiera controlarlos. Las plantas, enrojecidas y sensibles, aún sentían el fantasma de las uñas de Diana recorriéndolas.

Diana se puso de pie con un movimiento pausado y caminó hacia el cabecero de la cama. Sin decir una palabra, comenzó a desabrochar las correas que sujetaban las muñecas de Carolina. Las hebillas metálicas se abrieron una a una, y Carolina sintió cómo la presión desaparecía de sus brazos. Luego, bajó a los tobillos y soltó las correas de las piernas. Los pies de Carolina quedaron libres, aunque ella no los movió de inmediato. No podía. Estaban entumecidos, sensibles, agotados.

Carolina respiró hondo. Su cuerpo entero era un solo músculo dolorido, una memoria viva de todo lo que había ocurrido durante la sesión. Las axilas, las costillas, el abdomen, los muslos, la entrepierna. Y los pies. Sobre todo los pies, que parecían tener vida propia, palpitando al ritmo de un corazón que latía demasiado rápido.

Diana se apartó de la cama. Con la misma parsimonia con la que había llegado, caminó hacia la puerta y se detuvo en el marco. No miró a Carolina. No dijo nada. Solo se quedó allí, de pie, como una estatua, esperando a que Carolina encontrara la fuerza para levantarse.

Carolina parpadeó varias veces, tratando de enfocar la mirada en el techo blanco de la habitación. Su mandíbula le dolía de tanto reír. Su garganta estaba seca. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas, dejando rastros de sal en la piel. Se movió lentamente, doblando los brazos primero, luego las piernas. Sentía cada articulación, cada músculo, cada fibra de su cuerpo.

Se incorporó con esfuerzo, apoyándose en sus codos. La camiseta de gimnasio se le había subido casi hasta el cuello, y sus leggings estaban torcidos. Se ajustó la ropa con manos temblorosas y se sentó en el borde de la cama. Sus pies colgaban del colchón, rozando el piso frío. No tenía fuerzas para levantarlos del todo.

Diana seguía en el marco de la puerta, esperando. Carolina no la miró. No quería ver su rostro oculto tras las gafas oscuras, no quería saber qué expresión había bajo ese maquillaje excesivo. Solo quería encontrar la fuerza para ponerse de pie, para ponerse los tenis, para salir de esa habitación y de ese apartamento y volver a su vida normal.

Porque la vida normal la esperaba. Valeria la esperaba. El café de las cuatro la esperaba. Y Carolina, exhausta, temblorosa, con los pies aún palpitando y el cuerpo aún recordando cada cosquilla, tenía que levantarse y seguir adelante.

Diana caminó hacia la mesita de noche, abrió un cajón y sacó un sobre de papel manila. Era grueso, sellado con una solapa adhesiva, sin ninguna marca que lo identificara. Lo extendió hacia Carolina sin decir una palabra. Carolina lo tomó con manos aún temblorosas. El peso del sobre y el crujido del papel al apretarlo le confirmaron lo que ya sabía: el pago por la sesión. Lo guardó en su bolso sin abrirlo, sin contar el dinero. No era el momento.

Se sentó en el borde de la cama y tomó sus medias. Eran las mismas que había usado para llegar, blancas, cortas, que le cubrían apenas el tobillo. Las deslizó sobre sus pies con cuidado. La planta aún sensible se estremeció al contacto con la tela de algodón, pero Carolina respiró hondo y continuó. Luego los tenis. Los ató con movimientos lentos, sintiendo cómo el soporte del calzado envolvía sus pies aún palpitantes. Se puso de pie, tomó su chaqueta de cuero del respaldo de una silla donde la había dejado al llegar, y se la puso sobre los hombros. El cuero crujió suavemente. Tomó su bolso y caminó hacia la puerta. Diana seguía allí, en el marco, sin moverse, sin decir nada. Carolina pasó a su lado sin mirarla, sin despedirse. Atravesó la sala pequeña, el recibidor, y abrió la puerta del apartamento. Salió al pasillo del cuarto piso, cerró la puerta detrás de sí, y caminó hacia las escaleras.

Bajó los cuatro pisos con pasos lentos, sintiendo cómo cada escalón vibraba en sus piernas aún débiles. Salió a la calle, levantó la mano y un taxi se detuvo casi de inmediato. Subió, dio su dirección y se recostó en el asiento trasero. Cerró los ojos y dejó que el traqueteo del taxi la llevara de vuelta a su apartamento, a su vida, a la cita que la esperaba.

Cuando llegó, subió las escaleras, abrió la puerta y entró. Cerró con llave y se apoyó contra la puerta un momento, respirando el aire familiar de su hogar. Luego caminó hacia la ducha. El agua caliente le cayó sobre los hombros, sobre la espalda, sobre sus pies aún sensibles. Se quedó bajo el chorro durante un buen rato, dejando que el calor relajara sus músculos, que el vapor despejara su mente. Cerró los ojos y sintió cómo el agua arrastraba el sudor, las lágrimas, los restos de la sesión. Pero las cosquillas seguían allí, grabadas en su piel, en su memoria.

Salió de la ducha, se envolvió en una toalla y se sentó frente al tocador. El ritual de siempre. Cremas, aceites, lociones. El spray para pies, que roció generosamente sobre sus plantas aún sensibles. Se masajeó los pies con los pulgares, presionando los arcos, estirando los dedos. Sintió cómo la piel respondía, hidratándose, recuperando su suavidad. Luego se maquilló con cuidado. Base ligera, rímel, el delineado que alargaba su mirada. El labial tono durazno de siempre. Se pasó un cepillo por el cabello rubio, dejándolo suelto, cayendo sobre sus hombros. Se miró en el espejo. Treinta años. Odontóloga. Modelo. La mujer que devolvía el espejo no era la misma que había salido de su casa esa mañana. Pero era la que necesitaba ser para la cita que le esperaba.

Abrió su armario y eligió la ropa. Una falda negra hasta las rodillas, ajustada pero no apretada, que se movía con gracia al caminar. Unos tacones negros, de esos que no llevan hebillas ni correas, que dejaban al descubierto el empeine del pie. La piel suave de sus empeines, hidratada, sin una sola imperfección, brillaba bajo la luz. Luego una camisa blanca de manga tres cuartos, con botones frontales, que se ajustaba a su torso sin ser provocativa. Por encima, la chaqueta de cuero negra que la acompañaba a todas partes. Un bolso negro, también de cuero, que hacía juego con la chaqueta y los tacones.

Carolina se miró en el espejo de cuerpo entero. La mujer que veía era otra. Era la Carolina odontóloga. La Carolina modelo. La Carolina profesional, impecable, segura de sí misma. No había rastro de la Carolina que horas antes había reído y gritado y suplicado en una cama, atada por una desconocida. Esa Carolina había quedado en el apartamento de Chapinero Central, guardada junto con las cosquillas, esperando la próxima sesión.

Esta Carolina, la de la falda negra y los tacones elegantes, estaba lista para encontrarse con Valeria, para sentarse a tomar café y hablar de sus vidas, como si nada hubiera pasado. Como si esa mañana hubiera sido normal. Como si su doble vida no existiera.

Carolina salió de su apartamento con la seguridad de quien sabe que se ve bien. La falda negra se movía con gracia al caminar, los tacones marcaban un ritmo firme sobre el piso del pasillo. La chaqueta de cuero le daba un aire desenfadado que contrastaba con la formalidad de la camisa blanca y la falda. El bolso negro colgaba de su hombro, y su cabello rubio caía suelto sobre sus hombros, brillando bajo la luz de la tarde.

Bajó las escaleras, salió a la calle y caminó hacia el café que habían acordado con Valeria. Quedaba a unas cuadras, en una zona tranquila de Chapinero, con mesas en la terraza y una vista que daba a un parque pequeño. Carolina llegó en pocos minutos. Empujó la puerta de vidrio y entró. El café era acogedor, con olor a grano recién molido y música suave de fondo. Un joven detrás del mostrador la recibió con una sonrisa.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarla?

—Hola, tengo una reserva a nombre de Valeria.

El joven revisó una lista en la pantalla de su computadora y asintió.

—Sí, la persona está esperando en la terraza. Segundo piso, la mesa del fondo, cerca al calentador.

Carolina agradeció y caminó hacia las escaleras que subían al segundo piso. Los tacones resonaban en la madera con cada paso. Al llegar arriba, la terraza se abrió ante ella. Era un espacio amplio, con mesas de madera, plantas en macetas y una vista que daba a las copas de los árboles del parque. Al fondo, cerca de un calentador de gas que despedía un calor suave, había una mesa ocupada por una sola mujer.

Carolina reconoció a Valeria de inmediato. Su excompañera de la universidad, la misma con la que había compartido apuntes y exámenes y largas horas de estudio. Pero la veía diferente ahora. El tiempo había pasado, y ambas habían cambiado. Valeria llevaba el cabello más corto que antes, recogido en una cola de caballo baja. Vestía un suéter gris y unos jeans oscuros, sin pretensiones.

Al ver a Carolina subir las escaleras, Valeria levantó la mano y le hizo una seña con una sonrisa amplia. Carolina le devolvió la sonrisa y caminó hacia la mesa. Sus tacones marcaban el ritmo, su chaqueta de cuero crujía suavemente con cada paso. Cada persona que la veía al pasar la observaba, pero Carolina ya estaba acostumbrada a esa atención.

Llegó a la mesa y se detuvo frente a Valeria. Ambas se miraron un momento, midiéndose, reconociendo los cambios que los años habían dejado en sus rostros. Luego sonrieron y se abrazaron. Fue un abrazo largo, cálido, de esos que solo se dan cuando han pasado años sin verse.

—¡Carolina! —dijo Valeria al separarse—. ¡Dios mío, estás igualita! No has cambiado nada.

Carolina rió.

—Tú tampoco, Val. Bueno, el cabello más corto, pero sigue siendo la misma.

—Siéntate, siéntate —dijo Valeria, señalando la silla frente a ella—. Te pedí un café, espero que te guste. No sabía si seguías tomándolo negro o con leche, así que pedí uno con leche, pero si quieres otro te pido.

Carolina se sentó y dejó su bolso sobre la silla de al lado.

—Con leche está perfecto. Me encanta.

La mesera se acercó con una taza humeante y la dejó frente a Carolina. Ambas tomaron un sorbo, sintiendo el calor del café en sus manos, disfrutando el momento de reencuentro.

—Cuéntame todo —dijo Valeria, apoyando los codos en la mesa—. ¿Cómo has estado? ¿Cómo te ha ido en la vida?

Carolina sonrió. La pregunta era sencilla, pero su respuesta no lo sería. No podía contarle todo. No podía contarle sobre las sesiones, los fetiches, las cosquillas. No podía contarle sobre esa mañana, sobre Diana, sobre el sobre de dinero que aún llevaba en su bolso. Pero podía contarle otras cosas. El consultorio. El crédito. Los pacientes que llegaban, los que se iban, los que volvían.

—Bien —dijo Carolina, y era verdad—. Monté mi propio consultorio. Hace unos meses. Está en Chapinero, cerca de mi apartamento. Estoy empezando, pero va bien.

Valeria abrió los ojos con sorpresa.

—¿En serio? ¡Qué maravilla! Siempre dijiste que querías tener tu propio espacio. Me alegra mucho que lo hayas logrado.

—¿Y tú? —preguntó Carolina, devolviendo la pregunta—. ¿Qué has hecho todos estos años?

Valeria sonrió, pero su sonrisa tenía algo diferente. Una sombra. Una inquietud que Carolina no supo interpretar.

—Bueno, yo también monté un consultorio. Pero no funciona como esperaba. Y, bueno… —hizo una pausa, como si estuviera decidiendo si decir lo siguiente—. Estoy en medio de un divorcio.

Carolina sintió un nudo en el estómago. No esperaba eso. Pero asintió, con la cabeza, con la mirada, con todo su cuerpo, ofreciendo el espacio para que Valeria hablara si quería.

—Lo siento mucho, Val. ¿Quieres hablar de eso?

Valeria bajó la mirada un momento, jugando con el borde de su taza. Luego levantó la vista y sonrió. Una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.

—No ahora. Hoy quiero celebrar verte, quiero ponerme al día. El divorcio puede esperar. Cuéntame más del consultorio, de tus pacientes, de tu vida. Quiero saber de ti.

Carolina entendió. Era un tema que Valeria llevaba con cuidado, un territorio que no quería explorar del todo todavía. Ella misma conocía bien ese gesto, ese intento de desviar la conversación cuando algo era demasiado pesado para cargarlo en ese momento. Lo había hecho muchas veces, cuando alguien le preguntaba por qué llegaba tan tarde a casa, por qué su teléfono sonaba a todas horas, por qué a veces se quedaba mirando el vacío sin razón aparente. Así que lo aceptó.

Y comenzó a hablar. Del consultorio, de los pacientes, del crédito. De las dificultades, de los pequeños triunfos. De cómo se sentía al ser su propia jefa, al tener su propio espacio, al construir algo desde cero. Valeria escuchaba con atención, asintiendo, haciendo preguntas, mostrando un interés genuino.

Y mientras hablaban, Carolina no podía dejar de pensar en la mañana. En Diana, en los dedos, en las plantas. No se veía. No se notaba. Sus palabras eran fluidas y sin titubeos, y su postura era impecable, como la de alguien que no tiene ningún secreto que ocultar. Pero por dentro, una parte de ella seguía allí, en esa cama, sintiendo las cosquillas.

La conversación fluía con la naturalidad de dos personas que se conocen desde hace años. Hablaban de pacientes difíciles, de los cambios en la odontología, de lo caro que era mantener un consultorio propio. Carolina se sentía bien, relajada, disfrutando del café caliente y de la compañía de su amiga. La tarde era fresca, la terraza estaba tranquila, y por un momento, la mañana parecía un sueño lejano.

Valeria sirvió más café en ambas tazas y se recostó en su silla, con una expresión que cambiaba de la sonrisa cómplice a una mirada más seria, como si estuviera sopesando si debía o no compartir algo. Jugó con el borde de su taza un momento, y Carolina notó que sus dedos se movían con un ritmo nervioso, como si estuviera buscando las palabras justas.

—Oye, Caro, te voy a contar algo medio loco —dijo Valeria, con un tono que intentaba ser casual pero que no lograba ocultar del todo la curiosidad.

—Dime.

Valeria se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, bajando la voz como si estuviera compartiendo un secreto.

—Estoy buscando ingresos por todos lados. El consultorio no da para todo, y bueno, con el divorcio y todo… estoy mirando opciones. Y curiosamente, el otro día, navegando en internet, me encontré con un aviso.

Carolina sintió un pequeño vuelco en el estómago. No sabía por qué, pero algo en el tono de Valeria le advirtió que lo que venía no era una conversación normal.

—¿Qué tipo de aviso? —preguntó, tratando de mantener la voz neutra.

—Uno raro. Decía que buscaban mujeres cosquilludas para participar como modelo. Tipo, recibir cosquillas. En los pies, en el cuerpo, todo eso. Pagaban bien, según decía. —Valeria soltó una risita, como si ella misma no se creyera lo que estaba diciendo—. ¿Te imaginas? Modelo de cosquillas. Nunca había oído algo tan extraño.

Carolina sintió cómo la sangre se le iba de la cara. El calor de la terraza, que antes le parecía agradable, de repente se volvió sofocante. Sus dedos, que sostenían la taza de café, se tensaron ligeramente. Su piel, que había estado tranquila, comenzó a sentir un cosquilleo que no venía de ninguna parte, solo de la memoria.

Valeria, ajena a su reacción, siguió hablando.

—Yo pensé que era broma, pero el aviso se veía serio. Hasta tenían un número de contacto. Y me dio curiosidad, ¿sabes? Porque los pagos eran muy buenos. Casi no lo podía creer.

Carolina no dijo nada. Su mente se había quedado atrapada en las palabras de Valeria. Modelo de cosquillas. Así se llamaba ahora. Así la llamaban a ella. Ticklee. Carolina, la odontóloga, era una ticklee. Y su amiga de la universidad, sentada frente a ella, estaba hablando de ese mundo sin saber que ella ya estaba dentro.

Valeria la miró y su sonrisa se desvaneció.

—¿Caro? ¿Estás bien? Te pusiste pálida.

Carolina parpadeó y forzó una sonrisa. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos, que solo era un gesto mecánico para disimular lo que sentía. Tomó la taza de café y bebió un sorbo, sintiendo el líquido caliente bajar por su garganta, dándole un momento para recomponerse.

—Sí, sí, estoy bien —dijo, con una voz que intentaba sonar normal—. Solo que… me sorprendió lo que dijiste. Modelo de cosquillas. Nunca había escuchado algo así.

Valeria se encogió de hombros.

—Es raro, ¿verdad? Pero mira, la necesidad tiene cara de hereje, como dicen. No sé, estoy considerando si escribirles. Solo para saber, por curiosidad.

Carolina sintió cómo el mundo se movía a su alrededor. Su amiga, la misma que compartía apuntes con ella en la universidad, estaba a punto de cruzar la puerta que ella misma había cruzado. La misma puerta que la había llevado a una cama en Chapinero Central esa misma mañana, con los pies descalzos y las correas en los tobillos.

No supo qué decir. No supo si advertirle, si disuadirla, si contarle la verdad. Se quedó en silencio, con la taza de café entre las manos, sintiendo cómo el peso de su doble vida se hacía más pesado en ese preciso momento.

Carolina tragó saliva. Su mente todavía estaba procesando lo que Valeria había dicho, ese aviso que su amiga había visto en internet. Pero algo en la conversación la impulsó a preguntar, a querer saber más. Necesitaba entender qué la había llevado a su amiga a considerar algo así.

—¿Y tú? —preguntó Carolina, con una voz que intentaba sonar casual—. ¿Tienes cosquillas?

Valeria soltó una risa breve y se encogió de hombros.

—¡Uy, sí! Soy muy cosquilluda. Sobre todo en los pies. Si alguien me toca las plantas, no puedo controlarme. Es terrible.

Carolina asintió, sintiendo una extraña identificación con las palabras de su amiga. Pero Valeria no se detuvo allí. Su tono cambió, se volvió más reflexivo.

—Aunque, curiosamente, a mí me gusta más hacer cosquillas que recibirlas. No sé, siempre me ha parecido divertido ver cómo la gente pierde el control. Es como tener un poder pequeño, ¿no crees? Algo tan simple como un roce y puedes hacer que alguien se retuerza de risa.

Carolina escuchaba en silencio, sintiendo cómo las palabras de Valeria resonaban en algún lugar profundo de su memoria. Su amiga se inclinó un poco más hacia ella, con una sonrisa curiosa.

—Pero, hablando de eso, ¿tú tienes cosquillas? ¿Y qué piensas de todo esto? Digamos, del aviso, de la idea de que alguien se dedique a eso.

Carolina sintió la pregunta como un peso en el pecho. Valeria la miraba con genuina curiosidad, sin saber que su amiga, sentada frente a ella con su falda negra y su chaqueta de cuero, ya era parte de ese mundo que apenas empezaba a descubrir.

No supo qué responder. Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.

Carolina tomó un sorbo de café. Sintió el líquido caliente bajar por su garganta, dándole un momento para pensar, para encontrar las palabras adecuadas. Dejó la taza sobre la mesa y miró a Valeria con una expresión que intentaba ser neutral.

—Sí —dijo, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba—. Soy muy cosquilluda. Extremadamente. Y lo peor son mis pies.

Valeria asintió, como si hubiera esperado esa respuesta. Se inclinó un poco hacia adelante, con una sonrisa cómplice.

—¿Ves? Las mujeres somos muy cosquilludas en los pies, ¿no crees? No sé por qué será, pero casi todas mis amigas tienen esa misma debilidad. Es como si fuera algo de nosotras.

Carolina soltó una risa corta, pero no era una risa de alegría. Era más bien una risa de reconocimiento, de saber exactamente de lo que su amiga estaba hablando.

—Es como una maldición —dijo Carolina, con un tono que mezclaba resignación y algo más—. No importa cuánto quieras controlarlo, siempre terminas perdiendo el control.

Valeria la miró con curiosidad. Hubo un breve silencio mientras ambas tomaban otro sorbo de café. Luego Valeria dejó su taza y preguntó, con un tono que intentaba sonar ligero pero que escondía genuina curiosidad.

—¿Y tú? ¿Participarías en algo así? Digamos, si necesitaras dinero, ¿te animarías a hacer ese tipo de trabajo?

Carolina sintió cómo la pregunta le daba en el centro del pecho. Por un momento, las palabras de la mañana, la cama, las correas, las cosquillas, el sobre de dinero en su bolso, todo eso se hizo presente en su mente. Pero no podía decirlo. No podía contarle a Valeria que ya lo había hecho. Que esa misma mañana había estado en un apartamento de Chapinero Central, atada, recibiendo cosquillas de una desconocida.

En lugar de eso, Carolina bajó la mirada a su taza, moviendo el café con un gesto distraído. Luego levantó la vista y respondió con una voz que sonaba más sincera de lo que había planeado.

—Yo creo que sí. Si en algún momento necesitara dinero, creo que me animaría. Aunque… no sé si pueda controlarlo. Me volvería loca.

Valeria soltó una risa, pero había algo en su mirada que indicaba que entendía lo que Carolina decía. No sabía que su amiga ya había cruzado esa línea, pero intuía que había algo más en sus palabras, algo que no estaba diciendo.

Carolina estaba a punto de responder, de decir algo más sobre lo que pensaba del mundo de las cosquillas y los fetiches, cuando Valeria estiró la mano y le tomó la suya por encima de la mesa. El contacto fue suave pero firme, y la seriedad en el rostro de su amiga era diferente a la que había tenido hasta ahora.

—Carolina, debo decirte algo —dijo Valeria, con una voz baja y pausada, como si estuviera midiendo cada palabra.

Carolina sintió cómo el corazón se le aceleraba. No sabía por qué, pero había algo en el tono de Valeria que le advertía que lo que venía no era una confesión cualquiera. La taza de café, aún caliente entre sus manos, de repente se sintió más pesada.

—Yo sé que tú te dedicas a eso —continuó Valeria, sin soltar su mano—. A ser modelo de cosquillas.

El mundo se detuvo. Carolina sintió cómo la sangre se le iba de la cara, cómo el calor de la terraza se convertía en un frío que le recorría la espalda. Su boca se abrió ligeramente, pero no salió ninguna palabra.

Valeria continuó, con una calma que desconcertaba.

—Lo supe esta mañana, cuando te hice cosquillas en todo tu cuerpo. Yo era la mujer que te contrató. La de la peluca, las gafas, el maquillaje. «Diana».

Carolina parpadeó. Las palabras de Valeria caían sobre ella como piedras, una tras otra, sin darle tiempo a procesarlas. Intentó retirar la mano, pero Valeria la sujetó con suavidad pero con firmeza.

—Tenía mis dudas —siguió Valeria—. Cuando vi tu perfil en la agencia, me pareció que podías ser tú, pero no estaba segura. Hasta que te vi llegar al café. La forma de caminar, la manera en que te sientas, el movimiento de tus manos. Todo era igual. Entonces supe que eras tú.

Carolina abrió la boca, pero las palabras no le salían. Su mente era un torbellino de imágenes. La mujer de la peluca. Diana. Las gafas oscuras. Las manos en sus costillas. La lengua entre sus dedos. Todo había sido Valeria. Su amiga. Su compañera de la universidad. La mujer que estaba sentada frente a ella, tomándole la mano, hablando con una calma que Carolina no compartía.

Valeria apretó su mano ligeramente.

—No tienes por qué avergonzarte de eso —dijo, con una voz que ahora era más suave—. Yo lo haría también si la paga es tan buena. Pero ahora sé tu secreto. Y no te preocupes, no le voy a contar a nadie.

Carolina seguía sin poder hablar. Su mente corría en todas direcciones, pero sus labios no se movían. Valeria la miraba con una mezcla de comprensión y complicidad, como si hubiera descubierto un tesoro que solo ella podía apreciar.

Valeria tomó otro sorbo de cerveza, dejó la copa sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la madera. Su mirada era intensa, curiosa, como si estuviera desarmando a Carolina pieza por pieza, buscando entender cada detalle de lo que su amiga estaba compartiendo.

—¿Y cómo te sientes cuando te hacen cosquillas? —preguntó Valeria, con una voz que mezclaba curiosidad genuina y algo más—. Porque yo, la verdad, me volvería loca. No podría soportar tantas cosquillas sin perder la cabeza.

Carolina sonrió. Una sonrisa cansada, pero auténtica.

—Al principio, en la primera sesión que hice, iba muy nerviosa. No sabía qué esperar. Pero después de las primeras cosquillas, comienzas a acostumbrarte. Es un trabajo como cualquier otro. Solo que en este trabajo te hacen cosquillas durante el tiempo que el cliente pacta con la agencia. Y tú solo tienes que aguantar y reír.

Valeria asintió lentamente, como si estuviera procesando esas palabras.

—¿Y lo peor? —preguntó—. ¿Qué es lo peor de todo?

Carolina no dudó.

—Los pies. Siempre los pies. Cuando me hacen cosquillas en los pies, alcanzo un grado de locura incontrolable. No puedo hacer nada. Solo reír y retorcerme y esperar que termine.

Valeria soltó una risa breve, pero no era una risa burlona. Era una risa de reconocimiento.

—Me di cuenta —dijo Valeria—. Esta mañana, cuando te hice cosquillas en los pies. Vi cómo reaccionabas. Fue… impresionante. No sabía que alguien pudiera ser tan cosquilluda.

Carolina bajó la mirada a su copa, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas.

—Sí, viste —dijo en voz baja—. Es una sensación incontrolable. Sobre todo en las plantas. Pero hoy… cuando me hacías cosquillas en los dedos de los pies, nunca antes nadie me había hecho cosquillas allí. La sensación era caótica. No sabía si reír o gritar.

Valeria la miró en silencio por un momento, con una expresión que Carolina no lograba descifrar del todo. Luego, sin apartar la mirada, dijo:

—Yo creo que eso es lo que te hace especial, Caro. Que sientas todo con tanta intensidad. No todo el mundo puede hacer eso.

Carolina dejó la copa sobre la mesa y miró a Valeria con una mezcla de curiosidad y cautela. Había compartido tanto de su mundo en los últimos minutos que sentía que el terreno bajo sus pies se movía constantemente. Pero había una pregunta que necesitaba hacer, una que llevaba rondando su mente desde que Valeria le confesó que ella era Diana.

—¿Por qué escribiste a la agencia? —preguntó Carolina, con una voz que intentaba sonar neutra—. Quiero decir, ¿qué te llevó a buscar algo así?

Valeria bajó la mirada a su copa por un momento, girando el líquido dorado con un movimiento lento. Cuando levantó la vista, sus ojos tenían una honestidad que Carolina no había visto antes.

—Después del divorcio, he estado sola —dijo Valeria, con una voz que sonaba más pausada que antes—. No sola de estar sin pareja, sino sola de no tener a nadie con quien compartir ciertas cosas. Y quería vivir nuevas experiencias. Cosas que no pude hacer mientras estuve casada.

Carolina asintió lentamente, sintiendo que entendía más de lo que Valeria decía.

—Y curiosamente —continuó Valeria—, siempre me ha gustado mucho hacerle cosquillas a otras personas. Sobre todo a mujeres. No sé por qué, pero siempre ha sido algo que me atrae. Pero no podía llevarlo a cabo mientras estuve casada. Mi exmarido no entendía ese lado de mí.

Carolina la miró fijamente, sintiendo cómo las piezas empezaban a encajar.

—¿Tienes ese fetiche? —preguntó, con una voz que apenas era un susurro—. ¿Por las cosquillas?

Valeria no dudó. Su mirada se encontró con la de Carolina y respondió con una honestidad que no dejaba espacio para ambigüedades.

—Sí. Siempre me ha gustado mucho hacerlas. Y sobre todo, si la mujer a la que le hago cosquillas es muy cosquilluda. Como tú. Cuando hago cosquillas, alcanzo un grado de éxtasis que no puedo describir. Es como si todo lo demás desapareciera y solo existiera ese momento. Esa risa. Ese control.

Carolina sintió cómo las palabras de Valeria resonaban en algún lugar profundo de su memoria. Había visto esa misma mirada en otros ojos. En los de Andrés. En los de Diana. En los de tantas personas que habían pagado por su tiempo. Pero verla en los ojos de su amiga, de su excompañera de la universidad, era diferente.

Valeria se inclinó hacia adelante, con una intensidad que hacía que el aire alrededor de la mesa se volviera más denso.

—Quisiera trabajar contigo en esto, Carolina. No como cliente de la agencia, sino como algo entre nosotras.

Carolina parpadeó, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que no necesito que me lleves a la agencia. Estoy dispuesta a pagarte por tu tiempo, pero una cifra no tan alta como la que cobra la agencia. Con tal de que te dejes hacer cosquillas de mí. Como esta mañana. Pero sin intermediarios. Solo nosotras.

Carolina abrió la boca, pero las palabras no le salieron. Su mente corría en todas direcciones. Valeria. Su amiga. Quería pagarle para hacerle cosquillas. Como un cliente. Pero también como algo más. Algo que Carolina no sabía cómo llamar.

—No sé qué decir —respondió finalmente Carolina, con una voz que sonaba más pequeña de lo que quería—. Necesito pensarlo. Para poder darte una cifra, o para saber si quiero hacerlo. Pero mejor sigamos conversando de otras cosas. Al menos hasta que terminemos la cerveza.

Valeria asintió, con una sonrisa que mezclaba comprensión y paciencia. Ambas bebieron el resto de la cerveza en silencio, hablando de cosas sin importancia, de temas triviales que no rozaban el mundo que habían abierto entre ellas. El sol comenzaba a bajar y el aire se volvía más fresco. Cuando las copas quedaron vacías, Carolina llamó a la mesera y pagó la cuenta. Se levantaron, se dieron otro abrazo, intercambiaron números de teléfono —aunque Carolina sabía que Valeria ya tenía el suyo de la agencia—, y se despidieron en la puerta del café. Cada una tomó su rumbo, y Carolina caminó de vuelta a su apartamento con pasos lentos, sintiendo el peso de todo lo que había ocurrido en las últimas horas.

Al llegar a su casa, cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, dejando que el silencio la envolviera. El mundo se le vino encima. Su excompañera de la universidad había descubierto su secreto. Sabía que era modelo de cosquillas. Sabía todo. Y ya no había nada que ella pudiera hacer para cambiarlo.

Carolina se quedó allí, en la oscuridad de su apartamento, sintiendo cómo su doble vida se cerraba sobre ella como una trampa que ella misma había construido.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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