Tiempo de lectura aprox: 4 minutos, 34 segundos
Entrada del Diario: 18 de mayo de 2024
Ayer fue 17 de mayo de 2024. Habían pasado unos 15 días desde mi última sesión de cosquillas y había conocido a una mujer llamada Liliana en un bar. Ella era una ejecutiva de 49 años, pelirroja, con piel blanca y ojos verdes. Llevaba un elegante conjunto de lino negro y estaba bebiendo whisky. La conversación fluyó naturalmente durante dos horas, y al final, le conté sobre mi trabajo haciendo cosquillas a mujeres, un tema que despertó su curiosidad.
Liliana, que me confesó tener muchas cosquillas, especialmente en las plantas de los pies y en las axilas, se mostró intrigada. Aceptó la invitación para ir a mi apartamento para experimentar una sesión de cosquillas. Cuando llegamos a mi lugar, le ofrecí una bebida más y le expliqué cómo sería la sesión, incluyendo la posibilidad de atarla para intensificar las sensaciones. A pesar de su sorpresa inicial, aceptó ser atada de pies y manos.
En mi habitación, la coloqué en la cama en forma de X y comencé a hacerle cosquillas en la cintura, costillas, caderas, muslos y rodillas. Las risas, carcajadas y gritos de Liliana fueron constantes, y ella parecía disfrutar de la experiencia a pesar de la intensidad. Después de unos 20 minutos, hice una pausa y le pregunté cómo se sentía. Liliana, aún riendo, me dijo que sus axilas eran muy cosquilludas, así que decidí enfocarme en esa área.
Al atacar sus axilas, Liliana se revolcaba en la cama, entre carcajadas y gritos de desesperación. Continué con esta intensidad durante 25-30 minutos antes de hacer una nueva pausa. Liliana estaba agotada, sudando y despeinada. Me pidió que la desatara, pero yo tenía la intención de continuar con sus pies, que eran su punto más débil.
Le quité los tacones y comencé a hacerle cosquillas a través de las medias veladas que llevaba puestas. La reacción fue inmediata; Liliana soltó carcajadas desesperadas mientras intentaba evitar mis dedos. Sin embargo, me aseguré de no detenerme. Después de unos minutos, rompí las medias para dejar sus pies completamente desnudos y continué con las cosquillas, lo que intensificó aún más su reacción. Las carcajadas y gritos de Liliana se volvieron más intensos, y sus pies se movían de manera frenética en un intento de escapar.
Finalmente, después de una hora de cosquillas intensas, me levanté y comencé a desatarle las muñecas y tobillos. Liliana, exhausta, solo agradeció que hubiera terminado. Ella se quedó a dormir en mi cama, y yo me acomodé en el sofá para descansar. La arropé para protegerla del frío.
A las 8 a.m., la desperté como lo había prometido. Liliana me agradeció por la experiencia y comentó que había sido muy intensa. Le pregunté si se animaría a repetirla en el futuro, y me dijo que lo pensaría, ya que necesitaba recuperarse. Antes de irse, me recordó que le debía un par de medias veladas, a lo que le respondí que la próxima vez le daría un par nuevo y planearíamos otra sesión de cosquillas.
Entrada de Diario – Martes 4 de Junio
Hoy, recién llegado a Bogotá después de mi congreso en Argentina sobre relajación y masajes terapéuticos, recibí un mensaje de una mujer llamada Lina en mi WhatsApp. Lina, una joven empresaria de 28 años y dueña de una cadena de tiendas de alimentos orgánicos, me contactó porque le habían recomendado mis servicios. Me comentaba que le habían dicho que soy experto en masajes relajantes y antiestrés, y estaba interesada en una sesión. Luego de conversar un poco, le di los detalles sobre precios y tiempos, y le pregunté si prefería que el masaje fuera en mi consultorio o en otro lugar. Lina, intrigada, me preguntó si tenía un consultorio propio, a lo que le respondí que, efectivamente, tenía un espacio adecuado en mi apartamento donde realizo las sesiones. Aceptó la propuesta y acordamos que vendría a mi consultorio para una sesión de masajes.
Cuando Lina llegó, la recibí y le expliqué cómo sería el masaje, mostrándole la camilla especialmente diseñada con correas en las patas, que uso principalmente para asegurar la seguridad de mis clientes durante la sesión. Lina, un poco sorprendida, me preguntó si era necesario, y le expliqué que a veces, las personas no soportan las sesiones debido a la intensidad de las sensaciones, así que las correas eran más un tema de seguridad. Ella aceptó mi explicación sin más cuestionamientos, lo cual me alivió, porque en el fondo, mis intenciones eran un poco distintas. Quería ver si Lina, con sus ojos color miel, piel trigueña, cabello negro y una estatura de aproximadamente 1,65 metros, era o no cosquillosa.
Lina se preparó para el masaje, quedándose en ropa interior, y se acostó boca abajo en la camilla. Aseguré sus muñecas y tobillos con las correas, luego le pregunté sobre sus dolencias. Me comentó que tenía dolor en los hombros, la espalda, la cadera, y especialmente en las piernas, específicamente en los muslos y pantorrillas. También mencionó que sus pies le dolían mucho, probablemente por pasar la mayor parte del día de pie, caminando y manejando. Le aseguré que después de la sesión, se sentiría mucho mejor y más relajada.
Comencé aplicando aceite en sus hombros y espalda, y empecé el masaje. Lina parecía disfrutarlo, dejándose llevar por la relajación, pero cuando llegué a sus caderas y apreté un poco, comenzó a reírse. Le pregunté si algo le molestaba, y me confesó que tenía cosquillas, pero que no había problema. Decidí bajar a las piernas, masajeando los muslos, donde parecía disfrutar aún más. Sin embargo, al apretar sus pantorrillas, Lina soltó un grito, pero no de dolor, sino porque las cosquillas eran intensas. Me comentó que nunca antes había experimentado algo así en esa parte de su cuerpo. Decidí alternar los masajes entre los muslos y las pantorrillas para no sobrecargarla, mientras me preparaba para la parte que más me interesaba: sus pies.
Le pregunté si sentía dolor o sensibilidad en los pies antes de empezar, y me dijo que le dolían los talones, las plantas y los dedos. Apliqué aceite en ambos pies y comencé a masajearlos con firmeza para relajarla. Mientras tanto, estaba esperando el momento perfecto para comprobar si realmente era cosquillosa. Cuando llegó el momento, no pude contenerme más. Aprovechando que sus pies estaban aceitadamente resbalosos, moví mis dedos como arañas sobre sus plantas. La reacción fue inmediata: Lina soltó una carcajada y me confesó que tenía muchas cosquillas en los pies. Le dije que debía soportar un poco porque era parte del masaje, una técnica para reactivar la circulación y aliviar el cansancio. Continué haciéndole cosquillas sin parar, mientras Lina reía a carcajadas y suplicaba que me detuviera, afirmando que no soportaba tantas cosquillas y que era una verdadera tortura.
Ignorando sus súplicas, decidí seguir con las cosquillas. Subí a su cintura, apretando ligeramente esa parte, lo que la hizo saltar, y me concentré en hacerle cosquillas allí. Lina se movía de un lado a otro en la camilla, tratando de escapar de la sensación. Luego, introduje mis dedos en sus axilas, un punto vulnerable que no pudo defender debido a las correas. Lina no tuvo otra opción que reír y suplicar entre carcajadas por piedad. Finalmente, regresé a sus pies, los cuales estaban hipersensibles, y continué haciéndole cosquillas sin piedad alguna. Lina no podía dejar de reír y rogar que parara.
Después de una intensa hora de masajes y cosquillas, terminé la sesión. Solté las correas de sus muñecas y tobillos mientras Lina seguía riéndose, posiblemente debido al reflejo de la tortura que acababa de experimentar. Le pregunté qué le había parecido, y aunque admitió que había sido una locura y una tortura, me dijo que el cansancio y el estrés habían desaparecido por completo. Lina entendió entonces por qué mis técnicas eran tan efectivas y, para mi satisfacción, me dijo que volvería a contratar mis servicios en el futuro.
Lina me pagó por el servicio, se cambió y se despidió, mientras yo me senté en mi escritorio a redactar esta nueva entrada en mi diario.
Continuará…
Original de Tickling Stories
