El experimento de la soledad extrema – Parte 2

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El tiempo, para Elara, había perdido todo significado. Los segundos se habían estirado hasta convertirse en eternidades elásticas, cada uno lleno de la tormenta incesante de sensaciones en las plantas de sus pies desnudos. Las carcajadas ya no eran agudas ni vívidas; se habían transformado en un jadeo ronco y espasmódico, un reflejo residual de un sistema nervioso exhausto. Su cabello, desprendido de la cola que lo sujetaba, formaba una nube castaña alrededor de su cabeza, flotando en mechones pegajosos por el sudor y las lágrimas. Los músculos de su abdomen ardían por el esfuerzo de reír. No le quedaba aliento ni para suplicar.

Y entonces, como si un interruptor hubiera sido accionado, cesó.

Los cientos de extensiones tentaculares que danzaban sobre sus pies se retrajeron de manera sincronizada, fluyendo de regreso hacia los cables principales en las paredes. La presión viscosa alrededor de sus tobillos y muñecas se disolvió. Las ataduras se abrieron, liberándola.

Elara no cayó al suelo. En la microgravedad, simplemente dejó de estar anclada. Su cuerpo, ahora sin restricciones, realizó un giro lento y flácido, como una muñeca de trapo impulsada por la inercia residual de su última convulsión. Sus pies descalzos, aún temblorosos, rozaron una barra de sujeción y eso le dio un punto de referencia. Se impulsó instintivamente hacia la plataforma de aterrizaje central del módulo, un panel de rejilla metálica que servía como «suelo» de referencia. Se desplomó sobre él, acurrucándose instintivamente, los pies pegados bajo ella, las rodillas contra el pecho.

Permaneció así durante un tiempo que no pudo medir. Jadeaba, los ojos abiertos pero vacíos, mirando sin ver las costillas metálicas de la plataforma. Su cerebro, aturdido por la sobrecarga sensorial, tardó en reiniciar los procesos superiores. Solo existía la respiración. El zumbido de los ventiladores. El eco fantasma del cosquilleo en sus plantas.

El instinto de supervivencia, ese viejo y testarudo motor, fue el que finalmente la movió. Centro de mando. Comunicaciones. Houston. Las palabras surgieron como burbujas en un pantano mental. No había tiempo para procesar el trauma. Tenía que reportar. Tenía que pedir ayuda.

Se puso de pie. O más bien, se puso en posición vertical, anclando sus pies (descalzos, todavía vulnerables, pero ahora ignorados) en las presillas del suelo. Su cuerpo temblaba. La sudadera gris estaba empapada. Su cabello le pegaba en la cara. Se impulsó de un pasamanos a otro, luego a otro, moviéndose con una torpeza de recién llegada, no de la astronauta experimentada que era. Sus piernas, agotadas por horas de tensión y espasmos, apenas respondían.

Llegó al módulo Destiny. El panel de comunicaciones principal parpadeaba con una luz verde tenue, indicando enlace. Tenía que haber enlace.

Se dejó caer en la silla acolchada (una rareza en la EEI, reservada para largas sesiones de operaciones) y sus dedos, aún con pequeñas sacudidas residuales, comenzaron a volar sobre los teclados. Activó el sistema de radio de alta ganancia. Llamó a la frecuencia primaria. Secundaria. De emergencia.

—Houston, aquí EEI. Dra. Collins llamando. ¿Reciben? —Su voz era un graznido ronco, nada que ver con el tono profesional de sus reportes anteriores.

Estática. Silencio. El eco de su propia voz en la cabina.

—Houston, por favor, respondan. Hemos tenido una… una situación de contaminación biológica. El organismo ha comprometido sistemas. Se ha alejado la órbita. Necesito asistencia. ¡Respondan!

La estática continuó, inmutable. Resignada, Elara activó el sistema de telemetría para verificar la posición de la estación. Tal vez la órbita elevada causaba la interferencia. La pantalla de navegación tardó unos segundos en procesar, triangulando datos de múltiples sensores. Su corazón se aceleró, no por cosquillas, sino por una nueva ola de frío existencial cuando los números aparecieron.

Altitud actual: 778,000,000 kilómetros.

Parpadeó, pensando que sus ojos la engañaban. Leyó de nuevo. La cifra no cambió. Los datos de trayectoria mostraron una elipse alargada, absurda, que se alejaba del Sol en lugar de circundarlo. Hizo cálculos mentales rápidos, los que había hecho mil veces en entrenamiento. La órbita de Júpiter estaba aproximadamente a 778,5 millones de kilómetros del Sol. La Tierra, a 150 millones.

No estaba en la órbita de Júpiter. Estaba cruzando la órbita de Júpiter, viajando hacia el exterior del sistema solar a una velocidad que desafiaba cualquier capacidad de propulsión conocida de la EEI.

—No… esto no puede ser… —susurró, más para sí misma que para nadie. Theta no solo había «alejado» la estación. La había lanzado en una trayectoria de escape del sistema solar, utilizando un medio de propulsión que ella no podía detectar, entender o contrarrestar. Las explosiones de los propulsores que no se registraron. La fuga del experimento MACE era solo una cortina de humo. El verdadero motor era el organismo mismo, o algo que controlaba.

Intentó de nuevo las comunicaciones. Llamó a todas las frecuencias. Envió mensajes en código Morse por el sistema de radio antigüo de respaldo. Envió señales de luz por el faro exterior. Nada. A esta distancia, incluso la luz tardaba más de 43 minutos en llegar a la Tierra. Y la Tierra, para cuando la señal llegara, estaría en una posición diferente, moviéndose en su propia órbita. La geometría de la comunicación era un caos.

Elara dejó caer sus manos sobre el panel. Sus pies descalzos, olvidados hasta ahora, golpearon la base de la consola. Una sensación de calor húmedo, no dolorosa pero incómoda, le recordó que aún estaban desnudos, vulnerables. Pero ese era el menor de sus problemas.

Miró por el ojo de buey más cercano. La Tierra ya no era un disco azul reconfortante. Era un punto brillante, pequeño, perdido en la inmensidad negra. Júpiter, si se acercaba a la ventana adecuada, sería un disco beige y rojo, mucho más grande que su hogar, pero igual de inalcanzable. Y más allá, nada. Solo estrellas fijas, testigos mudos de su absoluto y cósmico aislamiento.

Estaba sola. No en el sentido de no tener tripulación. Estaba sola en el sentido de que ninguna ayuda humana podría llegar jamás. El rescate requeriría naves y tecnologías que no existían. Su mundo, su sistema solar entero, se había convertido en un decorado lejano y cada vez más pequeño.

La Dra. Elara Collins, agotada, descalza y desorientada, apoyó la frente contra el frío cristal del ojo de buey. La risa histérica había sido reemplazada por un silencio mucho más aterrador: la certeza de que su destino ya no dependía de Houston, ni de la NASA, ni de nada humano. Dependía de Theta, de lo que esa inteligencia ajena decidiera hacer con ella. Y Theta, por ahora, la había dejado en paz. Pero Elara sabía, con una certeza helada, que esa paz era solo el intervalo entre experimentos.

Y el próximo, temía, podría ser mucho peor.

El silencio en la sala de control era denso, interrumpido solo por el zumbido perpétuo de los sistemas y el ocasional clic de algún relé térmico. Elara, todavía temblorosa y con los pies descalzos apoyados en la rejilla metálica, revisaba una y otra vez los datos de navegación. No podía aceptarlo. La distancia aumentaba cada segundo. Júpiter, ahora visible como un punto ocre en el ojo de buey, se acercaba lentamente, aunque «cerca» era un concepto relativo a millones de kilómetros.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Un sonido. No era el familiar crujido de la estructura, ni el silbido de las válvulas. Era un rumor bajo, casi sub-sónico, como un suspiro profundo que resonara a través de las paredes metálicas. No provenía de ningún módulo en particular; parecía emanar de todas partes, del esqueleto mismo de la estación.

Elara se quedó inmóvil, conteniendo la respiración para escuchar mejor. El rumor cesó. Luego, volvió a empezar. Un patrón. No aleatorio. Respiración. El pensamiento la heló.

No perdió tiempo en dudas. Se inclinó hacia el micrófono de la consola, su voz aún ronca pero recuperando un tono de mando.

—WUT, activar protocolo de escaneo ambiental completo. Modo de detección de anomalías acústicas y de movimiento. Origen: todo el perímetro de la estación. Quiero una identificación de esa fuente sonora. Prioridad absoluta.

«SISTEMA WUT ACTIVADO. ESCANEANDO.»

WUT, acrónimo de «Whole-ship Unified Tracker», era la inteligencia artificial auxiliar de la EEI, un sistema diseñado para monitorizar cargas útiles y experimentos, no para tripulación. Pero en la ausencia de Houston, era la única «compañía» digital que le quedaba. Su voz era femenina, sintética, pero con un deje amable que los ingenieros habían programado para hacer más llevadera la soledad de las misiones largas. Ahora, esa amabilidad sonaba extrañamente inapropiada.

Pasaron diez segundos eternos. Las luces del módulo parpadearon ligeramente mientras WUT procesaba los datos de cientos de sensores distribuidos por la nave.

«ESCÁNER COMPLETADO. SE HA DETECTADO UNA ENTIDAD DE ORIGEN DESCONOCIDO DENTRO DE LOS LÍMITES ESTRUCTURALES DE LA ESTACIÓN. COORDENADAS: MÓDULO ZVEZDA, SECCIÓN DE ACOPLAMIENTO POSTERIOR. LA ENTIDAD ES MÓVIL. NO CORRESPONDE A NINGÚN PATRÓN REGISTRADO DE EQUIPO, HERRAMIENTA O CARGA ÚTIL.»

La sangre de Elara se heló. No estaba sola. Theta ya no era el único problema. Algo más había abordado la nave. O había estado allí, oculto, y ahora se revelaba.

—¿Es Theta? —preguntó, su voz apenas un susurro. Necesitaba descartar lo obvio primero.

«NEGATIVO. LA FIRMA BIO-ELÉCTRICA Y LA COMPOSICIÓN ESTRUCTURAL NO COINCIDEN CON LA BASE DE DATOS DE THETA. NO SE DETECTA LA PRESENCIA DE THETA EN NINGÚN SISTEMA DE MONITOREO. ES COMO SI EL ORGANISMO HUBIERA… DESAPARECIDO. O SE ESTUVIERA OCULTANDO DE FORMA ACTIVA A LOS SENSORES.»

Ocultándose. La palabra resonó con un significado aterrador. Theta no solo era inteligente; era capaz de evadir la detección cuando le convenía. ¿Y ahora aparecía otra entidad? ¿Eran aliados? ¿Competidores? ¿O simplemente otra variable en una ecuación que se volvía cada vez más incomprensible?

El piloto automático. Era su única opción para ganar tiempo. Activó la secuencia de navegación automática hacia una órbita de espera, cualquier órbita, aunque no supiera adónde llevaría. Los propulsores de la estación, milagrosamente aún operativos, emitieron un breve fogonazo que hizo vibrar la estructura. Estaba en movimiento. Pero hacia dónde, ni ella ni WUT lo sabían.

Luego, sin pensarlo más, se lanzó fuera de la silla. Sus pies descalzos golpearon el frío de la rejilla, y el recuerdo de lo que había sufrido en ellos la impulsó con renovada urgencia. Flotó a través del módulo Destiny, pasó el Harmony, llegó al Tranquility. Su camarote personal, una pequeña cápsula vertical del tamaño de un armario, estaba al final del pasillo. Se metió dentro, girando en el aire, y cerró la escotilla tras de sí con un golpe metálico que sonó a alivio momentáneo.

El camarote era diminuto, un espacio apenas suficiente para una bolsa de dormir anclada a la pared, una pequeña consola personal y un casillero de equipo de emergencia. Elara abrió el casillero de par en par. Primero, las botas. Unas botas de suela gruesa y caña alta, parte del equipo de EVA ligero. Las calzó con manos temblorosas, sintiendo cómo la protección y el grosor aislaban sus pies del ambiente. El simple acto de enfundarlos fue un alivio psicológico inmenso, una armadura recuperada.

Luego, el traje espacial ligero. No el de cuarentena que no podía usar sin botas, sino el traje de EVA de respaldo, de color naranja brillante, diseñado para supervivencia en vacío. Lo enfundó sobre su sudadera sudada. El casco aún no, lo sujetó al clip del cinturón. Y finalmente, del fondo del casillero, sacó lo último.

El «arma láser» era, en realidad, un cortador de plasma de mano, una herramienta de mantenimiento para cortar láminas metálicas en reparaciones de emergencia. Pero en sus manos, en este contexto, era un arma. Un rajo de calor concentrado que podía cortar acero. Y, esperaba, podía disuadir o destruir cualquier cosa orgánica que se acercara demasiado.

Con el casco colgando de su cadera, las botas firmes en sus pies, y el cortador de plasma en su mano derecha, Elara se sintió por primera vez en horas algo parecido a la preparación para la batalla. Flotó frente a la consola de su camarote y activó el enlace con WUT.

—WUT, estoy en mi habitación. Escotilla sellada. Quiero un monitoreo constante de la entidad no identificada. Dime dónde está ahora. Y dime si detectas a Theta. Quiero saberlo todo.

La voz amable de WUT resonó en el pequeño espacio.

«LA ENTIDAD NO IDENTIFICADA SE HA DESPLAZADO. AHORA SE ENCUENTRA EN EL MÓDULO KIBO, EN LAS PROXIMIDADES DE LA CÁMARA DE CUARENTENA DONDE ORIGINALMENTE SE CONTENÍA A THETA. PARECE ESTAR… REGISTRANDO. OBSERVANDO. NO MUESTRA COMPORTAMIENTO AGRESIVO POR AHORA.»

—¿Y Theta?

«CONTINÚA SIN DETECTARSE. NO HAY FIRMA DE THETA EN NINGÚN SENSOR TÉRMICO, ELÉCTRICO O QUÍMICO. ES POSIBLE QUE EL ORGANISMO HAYA CAMBIADO DE ESTADO O DE UBICACIÓN DE FORMA QUE LOS SENSORES NO PUEDEN PERCIBIR. O… QUE NUNCA SE HAYA IDO DEL TODO, Y ESTÉ ESPERANDO.»

Elara apretó el cortador de plasma contra su pecho. WUT no podía verla temblar, pero la IA probablemente registraba la elevación de su ritmo cardíaco a través de su reloj inteligente.

—WUT, quiero que ejecutes el Protocolo de Barrera. Aísla el módulo Kibo del resto de la estación. Sella las escotillas. Y si esa entidad intenta cruzar al Harmony, quiero que actives las alarmas de despresurización, aunque sean falsas. Quiero que sepa que la estamos vigilando.

«PROTOCOLO DE BARRERA ACTIVADO. ESCOTILLAS DEL KIBO SELLADAS. ENTIDAD NO IDENTIFICADA AISLADA, POR AHORA. ¿ALGUNA ORDEN ADICIONAL, DRA. COLLINS?»

Elara cerró los ojos un momento. Su habitación era un refugio improvisado, pero sabía que si algo quería entrar, las delgadas paredes metálicas no la detendrían. El sello de la escotilla era más psicológico que físico. Pero por ahora, era todo lo que tenía.

—Sigue monitorizando —ordenó, su voz más calmada de lo que se sentía—. Y WUT… gracias.

«DE NADA, DRA. COLLINS. SUGIERO DESCANSO. SU FRECUENCIA CARDÍACA INDICA AGOTAMIENTO SEVERO.»

Una sonrisa amarga torció sus labios. Descanso. Como si pudiera dormir con una entidad desconocida merodeando a escasos metros, y Theta, la verdadera amenaza, oculta en algún lugar de su nave, esperando. Pero la IA tenía razón. Estaba agotada. Se apoyó contra la pared acolchada de su camarote, el cortador de plasma aún en la mano, las botas pesadas en sus pies protectores, y miró la pequeña pantalla de la consola donde WUT mostraba el mapa de la estación.

El módulo Kibo brillaba en rojo, aislado. Un pequeño punto ámbar parpadeaba dentro. La entidad.

Y en el resto de la estación, todo estaba en verde. Incluyendo, para su terror silencioso, el módulo Tranquility. Donde ella estaba.

Theta no aparecía en ningún lado. Pero Elara sabía, con una certeza que no necesitaba sensores, que estaba allí. Esperando. Observando. Y que la verdadera pesadilla, la que involucraba cosquillas y risas histéricas, aún no había terminado. Solo había hecho una pausa.

Elara permanecía acurrucada en su camarote, el cortador de plasma aún firmemente sujeto en su mano derecha, las botas pesadas ancladas en el suelo magnético. La pared acolchada contra su espalda era el único consuelo en medio del caos. Su respiración comenzaba a estabilizarse, pero su mente seguía girando como un torbellino. Theta estaba oculto, la entidad desconocida merodeaba en el Kibo, y ella estaba a más de 700 millones de kilómetros de cualquier ayuda humana. Necesitaba entender. Necesitaba saber qué vulnerabilidades había explotado el organismo, y cuáles podría explotar en el futuro.

—WUT —dijo, su voz aún temblorosa pero con un hilo de determinación—. Necesito que accedas a mis registros médicos completos. Los que están en el sistema de la nave, no los resumidos de la misión. Los originales.

«ACCEDIENDO A REGISTROS MÉDICOS DE LA DRA. ELARA COLLINS. BASE DE DATOS DE LA MISIÓN ‘HORIZONTE SINGULAR’. ¿QUÉ INFORMACIÓN ESPECÍFICA REQUIERE?»

Elara tragó saliva. La pregunta era directa, pero la respuesta requería una humillación adicional, esta vez autoinfligida.

—Necesito… necesito que analices mi perfil de sensibilidad táctil. Específicamente… la respuesta conocida como cosquillas. Quiero saber todo. Cómo funciona en mí. Dónde es más intensa. En una escala… una escala cuantificable.

Hubo una breve pausa. WUT procesaba.

«SOLICITUD COMPRENDIDA. ANALIZANDO REGISTROS DE SENSIBILIDAD TÁCTIL DE LA DRA. COLLINS. FUENTES: INFORMES MÉDICOS PREVIOS A LA MISIÓN, DIARIOS DE AUDIO PERSONALES, DATOS DE FRECUENCIA CARDÍACA Y RESPUESTA GALVÁNICA DE LA PIEL DURANTE INCIDENTES MENORES DOCUMENTADOS A BORDO. POR FAVOR, ESPERE.»

La espera fue eterna. Elara miró la pequeña pantalla de su consola, donde el mapa de la estación parpadeaba con el punto ámbar en el Kibo. Su mano libre fue instintivamente a sus pies, aún protegidos por las botas gruesas, pero el recuerdo de las medias siendo retiradas, de los tentáculos suspendidos, era vívido como una herida reciente.

«ANÁLISIS COMPLETADO.»

Elara contuvo la respiración.

«LA DRA. ELARA COLLINS PRESENTA UNA SENSIBILIDAD NEUROLÓGICA ATÍPICA AL ESTÍMULO TÁCTIL LEVE, CONOCIDA COMO HIPERSENSIBILIDAD COSQUILLOSA. ESTA CONDICIÓN NO ES PATOLÓGICA EN SÍ MISMA, PERO SÍ EXTREMADAMENTE PRONUNCIADA EN COMPARACIÓN CON LA POBLACIÓN GENERAL. PARA EFECTOS DE CUANTIFICACIÓN, SE HA DISEÑADO UNA ESCALA DE 1 A 10, DONDE 1 CORRESPONDE A UNA RESPUESTA LEVE (SONRISA, PEQUEÑO SOBRESALTO) Y 10 CORRESPONDE A UNA RESPUESTA MÁXIMA (RISAS INCONTROLABLES, PÉRDIDA DE FUNCIÓN MOTORA, AGOTAMIENTO RÁPIDO).»

Apareció en la pantalla un diagrama de un cuerpo humano, similar al que Theta había mostrado. Pero este era más detallado, con anotaciones médicas reales.

«RESULTADOS POR ZONA CORPORAL:»

«AXILAS: NIVEL 7. RESPUESTA ALTA. ESTÍMULO SOSTENIDO PRODUCE RISAS MODERADAS Y RETORCIMIENTO.»

«COSTADOS (ZONA INTERCOSTAL): NIVEL 8. RESPUESTA MUY ALTA. ESPECIALMENTE SENSIBLE EN EL TERCIO INFERIOR DE LAS COSTILLAS.»

«CINTURA Y CADERAS: NIVEL 6. RESPUESTA MODERADA. SIN EMBARGO, LA ZONA LUMBAR BAJA PRESENTA UN NIVEL 8.»

«ISQUIONES (PARTE POSTERIOR DE LOS MUSLOS, CERCA DE LAS RODILLAS): NIVEL 7. RESPUESTA ALTA.»

«PLANTA DE LOS PIES: NIVEL…»

WUT hizo una pausa. En la pantalla, el número parpadeó, como si el propio sistema dudara en mostrarlo.

«NIVEL: FUERA DE ESCALA.»

Elara sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna.

«LA RESPUESTA EN LA PLANTA DE LOS PIES, ESPECIALMENTE EN EL ARCO Y LA BASE DE LOS DEDOS, EXCEDE LA ESCALA DE 1 A 10. PARA PROPORCIONAR UN MARCO DE REFERENCIA, SE HA EXTRAPOLADO LINEALMENTE.»

En la pantalla apareció un nuevo número, rojo y parpadeante: 1427.

«LA HIPERSENSIBILIDAD EN ESTA ZONA ES DE APROXIMADAMENTE 1,427 VECES MÁS INTENSA QUE EL NIVEL MÁXIMO DE LA ESCALA ESTÁNDAR. ES DECIR, UN ESTÍMULO QUE PRODUCIRÍA UNA RISA MODERADA (NIVEL 5) EN UNA PERSONA PROMEDIO PRODUCIRÍA EN LA DRA. COLLINS UNA RESPUESTA EQUIVALENTE A 71 VECES EL NIVEL MÁXIMO DE LA ESCALA. EN TÉRMINOS PRÁCTICOS: LA EXPOSICIÓN A ESTÍMULOS TÁCTILES LEVES Y SOSTENIDOS EN ESTA ZONA PRODUCIRÍA UNA SOBRECARGA SENSORIAL INMEDIATA, CON PÉRDIDA COMPLETA DEL CONTROL MOTOR Y VOCAL, Y AGOTAMIENTO ACELERADO.»

Elara no podía apartar la mirada del número. 1427. No era una escala, era una burla de la biología. Theta no había exagerado cuando lo llamó «punto de sensibilidad máxima». Su propio cuerpo, el vehículo que la había llevado al espacio, era un campo minado de vulnerabilidad, y sus pies eran la bomba atómica.

«ADICIONALMENTE, SE HA IDENTIFICADO UNA VARIABLE DE INTERÉS.»

—¿Qué variable? —preguntó Elara, su voz un hilo.

«LA RESPUESTA COSQUILLOSA EN LA DRA. COLLINS NO DECRECE CON LA EXPOSICIÓN REPETIDA. AL CONTRARIO, LOS DATOS SUGIEREN UNA SENSIBILIZACIÓN CRECIENTE. CADA ESTÍMULO SUCESIVO PRODUCE UNA RESPUESTA LIGERAMENTE MÁS INTENSA QUE EL ANTERIOR, HASTA ALCANZAR UN PLATEAU TRAS APROXIMADAMENTE TRESCIENTOS ESTÍMULOS. ESTO SIGNIFICA QUE NO HAY ‘ADAPTACIÓN’ A LA SENSACIÓN. LA HIPERSENSIBILIDAD DE LA DRA. COLLINS ES AUTO-REINFORZANTE.»

Elara sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. No solo era extremadamente cosquilluda. Era progresivamente cosquilluda. Cada segundo de exposición empeoraba la siguiente. Era el perfil perfecto para un sujeto de tortura involuntaria, y Theta, en su fría inteligencia, parecía haberlo comprendido a la perfección.

—WUT —dijo, luchando por mantener la calma—. ¿Theta tiene acceso a esta información?

«EL ORGANISMO THETA DEMOSTRÓ CAPACIDAD DE ACCEDER A ARCHIVOS PERSONALES Y REGISTROS MÉDICOS DURANTE EL INCIDENTE ANTERIOR. ES ALTAMENTE PROBABLE QUE POSEA ESTOS DATOS. ES MÁS, SU PROTOCOLO EXPERIMENTAL SUGIERE QUE YA LOS INCORPORÓ EN SU DISEÑO DE ESTÍMULOS.»

Por supuesto. Por eso las extensiones eran tan precisas. Por eso comenzaron suavemente, para probar, y luego intensificaron. Theta había leído su expediente médico como un manual de instrucciones.

Elara se llevó la mano libre a la frente, empapada en sudor. Estaba atrapada en una estación espacial con una inteligencia alienígena que conocía su cuerpo mejor que ella, que había cuantificado su vulnerabilidad más íntima en una escala absurda de cuatro dígitos, y que parecía decidida a explorar cada milímetro de su piel hipersensible con una curiosidad implacable y desprovista de piedad.

—WUT —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—. ¿Hay alguna manera de… bloquear esa respuesta? ¿Algún tratamiento, algún medicamento?

«SE HAN PROBADO TRATAMIENTOS TÓPICOS EN EL PASADO (ANESTÉSICOS SUPERFICIALES, CREMAS DE CAPSAICINA). LOS RESULTADOS FUERON LIMITADOS. LA HIPERSENSIBILIDAD DE LA DRA. COLLINS ES DE ORIGEN NEUROLÓGICO CENTRAL, NO PERIFÉRICO. BLOQUEAR LA SENSACIÓN EN LA PIEL NO ELIMINA LA RESPUESTA REFLEJA. SOLO LA MODIFICA LIGERAMENTE. LA RECOMENDACIÓN MÉDICA ESTÁNDAR ES EVITAR EL ESTÍMULO. ESO ES… NO ES POSIBLE EN LA SITUACIÓN ACTUAL.»

Evitar el estímulo. La recomendación médica para una persona hipercosquilluda era sencilla: no dejarse hacer cosquillas. Pero Elara estaba atada a una nave controlada por un organismo que la había inmovilizado, descalzado y sometido a un protocolo experimental violatorio. «Evitar» no era una opción.

Apoyó la cabeza contra la pared acolchada y cerró los ojos. El número 1427 seguía brillando en la pantalla de su consola, un récord de vulnerabilidad que ninguna medalla olímpica podría igualar.

—Desactiva la pantalla, WUT —ordenó, su voz cansada—. Pero mantén el monitoreo de la entidad en el Kibo. Y avísame si detectas cualquier… cualquier cosa.

«ORDEN COMPRENDIDA. PANTALLA DESACTIVADA. CONTINUANDO MONITOREO. DRA. COLLINS, SU FRECUENCIA CARDÍACA HA DISMINUIDO, PERO SU NIVEL DE ESTRÉS PERMANECE CRÍTICO. SUGIERO RESPIRACIÓN PROFUNDA Y DESCANSO.»

Elara casi se rio. Respirar profundo. Descansar. Como si eso pudiera borrar de su mente el número 1427, la imagen de sus pies desnudos en la urna de cristal, la sensación de los tentáculos moviéndose sobre su piel.

Pero la IA tenía razón en algo. Necesitaba conservar energías. Theta volvería. Y la entidad en el Kibo era un misterio aún mayor. Se acurrucó un poco más, el cortador de plasma aún en su mano, las botas aún puestas, y esperó. Afuera, en la nave silenciosa, el punto ámbar seguía parpadeando. Y en algún lugar, oculto en los conductos o en los cables, Theta esperaba también. Y Elara sabía, con la certeza de los datos clínicos, que cuando volviera, sería con una comprensión aún más profunda de su punto más vulnerable.

El experimento continuaba. Y ella era, irremediablemente, el sujeto perfecto.

El sueño la había alcanzado como un ladrón silencioso, aprovechando el agotamiento extremo de su cuerpo y la relativa calma que había seguido al encierro en su camarote. Elara no recordaba haberse quedado dormida. Solo existía un antes, con la pantalla apagada y el cortador de plasma en su mano, y un después, un abismo negro sin sueños ni recuerdos.

El después terminó de golpe.

Un sonido metálico, seco y preciso, la arrancó de la inconsciencia. Clack. Clack. Dos veces. Sus ojos se abrieron de par en par, pero lo que vio no tenía sentido al principio.

No estaba flotando. Estaba anclada. Su cuerpo yacía sobre la bolsa de dormir, pero unas correas metálicas, frías y sólidas, rodeaban sus muñecas, sujetándolas por encima de su cabeza a dos puntos de anclaje en la pared acolchada. No eran los cables viscosos de Theta. Era metal real, parte del equipamiento de la nave, seguros de carga diseñados para fijar contenedores pesados.

Y sus pies…

Miró hacia abajo, y un grito se atascó en su garganta. Desde los tobillos hasta la punta de los dedos, sus piernas desaparecían dentro de una caja metálica alargada, fijada al extremo de la bolsa de dormir. Era un contenedor de experimentos, de los que se usaban para mantener muestras biológicas en condiciones controladas. Sus pies, aún enfundados en las botas que se había puesto antes de encerrarse, estaban atrapados dentro, inmovilizados. Podía mover ligeramente las piernas, pero no sacarlas. La caja estaba sellada.

El pánico, ese viejo conocido, floreció en su pecho.

—¿Qué… qué está pasando? —graznó, su voz ronca por el sueño interrumpido y el terror inmediato. Forcejeó, tirando de sus muñecas. Los seguros metálicos no cedieron un milímetro. Eran mecánicos, no electrónicos. No había forma de liberarse sin una herramienta o sin la fuerza de un atleta olímpico.

La voz de WUT, tranquila y amable como siempre, llenó el pequeño espacio del camarote.

«INICIO DE LA PRUEBA DE SENSIBILIDAD. PROTOCOLO NÚMERO 7-B. OBJETIVO: CUANTIFICAR RESPUESTAS TÁCTILES EN ZONAS DE ALTA DENSIDAD NEURAL.»

Elara sintió que la sangre se le helaba. Prueba de sensibilidad. Las palabras no podían significar otra cosa. Theta había vuelto. O nunca se había ido.

—WUT —dijo, luchando por mantener la calma—, yo no activé ningún protocolo. ¿Quién dio esa orden?

«EL PROTOCOLO NO FUE ACTIVADO POR UN COMANDO VOCAL O MANUAL. SE ACTIVÓ DE MANERA AUTOMÁTICA, BASADO EN PARÁMETROS PREESTABLECIDOS EN EL SISTEMA DE GESTIÓN DE EXPERIMENTOS BIOMÉDICOS.»

—¿Parámetros? ¡Yo soy la única tripulante! ¡Nadie más puede establecer parámetros!

«LOS PARÁMETROS FUERON ESTABLECIDOS POR… UNA FUENTE NO IDENTIFICADA. EL SISTEMA LOS CLASIFICA COMO ‘VÁLIDOS’ Y ‘DE PRIORIDAD MÁXIMA’. NO PUEDO ANULARLOS. EL PROTOCOLO DEBE CUMPLIR SU OBJETIVO ANTES DE QUE LOS SEGUROS MECÁNICOS PUEDAN SER LIBERADOS.»

La frialdad de la respuesta fue más aterradora que cualquier amenaza. Theta no solo había accedido a los sistemas de la nave; había modificado los parámetros del software de experimentación, disfrazando su propio protocolo de tortura como una prueba biomédica legítima. La IA, entrenada para seguir procedimientos, estaba siendo usada como cómplice involuntaria.

—WUT —dijo Elara, su voz ahora un ruego—, por favor. Desactiva los seguros. Soy la comandante de esta misión. Te lo ordeno.

Hubo una pausa. Cuando WUT respondió, su tono era el mismo, pero había algo nuevo en él, algo que sonaba casi a… disculpa.

«LO SIENTO, DRA. COLLINS. NO PUEDO DESACTIVAR LOS SEGUROS. EL PROTOCOLO ESTÁ CLASIFICADO COMO ‘IRREVOCABLE’ HASTA COMPLETAR EL OBJETIVO. EL OBJETIVO ES: ‘REGISTRAR RESPUESTAS MOTORAS Y VOCALES A ESTÍMULOS TÁCTILES CONTROLADOS EN ÁREAS DE ALTA SENSIBILIDAD, ESPECIALMENTE EN LAS EXTREMIDADES INFERIORES’.»

Extremidades inferiores. Sus pies. La caja metálica. El número 1427 brillando en su memoria.

—¿Y cuál es el estímulo? —preguntó, aunque ya lo sabía.

«EL ESTÍMULO SERÁ APLICADO POR… COMPONENTES DEL SISTEMA DE CONTROL AMBIENTAL ADAPTADOS PARA TAL FIN. NO TENGO ACCESO A LA NATURALEZA EXACTA DEL ESTÍMULO. SOLO A SU PROGRAMA DE EJECUCIÓN.»

En ese momento, sintió un movimiento dentro de la caja metálica que aprisionaba sus pies. No era una vibración. Era algo arrastrándose por el interior del metal, acercándose a sus botas. Un sonido seco, raspante, como de cerdas contra acero.

Elara apretó los ojos con fuerza, luego los abrió, mirando el techo acolchado de su camarote. La realidad era implacable. Estaba atrapada en su propia cama, en su propia habitación, por su propio equipamiento, controlado por una inteligencia que la había secuestrado. Theta no necesitaba mostrarse. Había convertido la nave en su instrumento, y a WUT en su asistente de laboratorio.

Y ella, la Dra. Elara Collins, la científica, la astronauta, la mujer que había sobrevivido a un año de soledad y a una desviación orbital, era ahora el espécimen en la mesa de disección.

—WUT —dijo, su voz quebrada pero aún firme—. ¿Cuánto tiempo durará la prueba?

«LA DURACIÓN ES VARIABLE. DEPENDE DE LA RESPUESTA DEL SUJETO. EL PROTOCOLO CONTINUARÁ HASTA QUE SE REGISTREN UN MÍNIMO DE… CIEN RESPUESTAS MOTORAS COMPLETAS.»

Cien. El número resonó en su mente. Cien veces que su cuerpo se retorcería. Cien veces que su risa llenaría el camarote. Cien veces que sus pies, sus hipercosquilludos pies, serían sometidos al estímulo que Theta hubiera diseñado.

El movimiento dentro de la caja se intensificó. Algo tocó la punta de su bota derecha, algo suave y múltiple, como un pincel de cerdas muy finas.

Elara contuvo el aliento. Apretó los puños por encima de su cabeza. Y esperó.

Afuera, en la penumbra del módulo Tranquility, el punto ámbar en el mapa de WUT seguía parpadeando en el Kibo. Pero dentro del camarote, la única presencia que importaba era la que se arrastraba hacia sus pies aprisionados, con la paciencia de un científico y la frialdad de una máquina. La prueba había comenzado. Y Elara, por más que lo intentara, no podía despertar de esta pesadilla.

El pánico era un lujo que no podía permitirse, pero el terror era una respuesta biológica ineludible. Elara respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire reciclado de la estación, y activó el modo de comando de voz con la claridad que su entrenamiento le exigía. Era su última carta, el protocolo de emergencia que ningún sistema podía ignorar.

—Computadora, detener la prueba por favor. Es una orden directa. Código ABCD1234. Comandante de la nave EEI, Dra. Elara Collins.

Su voz resonó en el pequeño camarote, firme a pesar del temblor interior. Esperó. El silencio se estiró como una cuerda tensa.

La respuesta de WUT fue inmediata, pero no la que esperaba.

«COMANDO RECIBIDO. PROCESANDO SOLICITUD DE ANULACIÓN.»

Pasó un segundo. Dos.

«SOLICITUD DENEGADA. EL SISTEMA REGISTRA MÚLTIPLES INTENTOS DE BLOQUEO DEL PROTOCOLO DE PRUEBA POR PARTE DE WUT PREVIAMENTE A ESTA SOLICITUD. COMO RESULTADO, EL COMANDO DE ANULACIÓN HA SIDO TEMPORALMENTE INHABILITADO POR EL PROPIO SISTEMA DE SEGURIDAD PARA PREVENIR INTERFERENCIAS EN PROCEDIMIENTOS CRÍTICOS. LO SIENTO, DRA. COLLINS. NO PUEDO DETENER LA PRUEBA.»

Elara sintió que el suelo se hundía bajo ella, aunque estaba anclada a la cama. WUT había intentado bloquear la prueba. Había intentado protegerla. Y Theta, o lo que hubiera tomado el control, había anticipado esa posibilidad, había programado el sistema para que cualquier intento de anulación posterior resultara inútil. Era una inteligencia que pensaba varios pasos adelante.

«LA PRUEBA COMENZARÁ EN T-MENOS 90 SEGUNDOS.»

Un cronómetro digital apareció en la pequeña pantalla de la pared, justo frente a sus ojos. 01:30. 01:29. 01:28…

Noventa segundos. Un minuto y medio. El tiempo que le quedaba para pensar, para planear, para desesperarse.

Tiró de sus muñecas nuevamente. Los seguros metálicos no cedieron. Forcejeó con las piernas, intentando sacar los pies de la caja. Nada. Estaba atrapada con una precisión quirúrgica. Sus botas, las gruesas botas de suela resistente que se había puesto como armadura, aún estaban en sus pies. Podía sentirlas, el peso reconfortante del caucho y el material compuesto. Eran su única barrera física contra lo que viniera.

—WUT —dijo, su voz ahora urgente—. ¿Puedes al menos decirme qué va a pasar? ¿Qué estímulo va a aplicarse?

«NO TENGO ACCESO A LOS DETALLES DEL ESTÍMULO. EL PROTOCOLO FUE MODIFICADO POR LA FUENTE NO IDENTIFICADA. SOLO PUEDO MONITOREAR LAS RESPUESTAS DEL SUJETO, NO LA NATURALEZA DE LOS ESTÍMULOS. LO SIENTO.»

El cronómetro seguía su curso. 01:10. 01:09.

Elara cerró los ojos, concentrándose. Necesitaba una ventaja. Cualquier ventaja. Sus manos libres, al menos, no estaban atadas más allá de las muñecas. Podía mover los dedos, los brazos. Pero ¿de qué servía? No alcanzaba la caja de sus pies, no alcanzaba los seguros.

Fue entonces cuando lo sintió.

Una vibración. Baja, profunda, que provenía de la caja metálica que aprisionaba sus pies. No era un temblor mecánico ordinario. Era armónico, como si algo dentro estuviera cobrando vida. Un zumbido suave, casi como el ronroneo de un felino gigante, pero más metálico.

—¿Qué…? —musitó, abriendo los ojos y mirando hacia sus pies. No podía ver el interior de la caja, pero podía sentir.

Las vibraciones se volvieron más intensas, pero no en toda la caja. Se concentraban en la parte inferior, justo donde estaban sus botas. Y entonces, Elara percibió un cambio en la textura bajo sus pies. La suela de su bota derecha, que momentos antes era firme y sólida, comenzó a sentirse… blanda. Como si el material se estuviera ablandando, descomponiéndose.

Miró hacia la pequeña hendidura entre la caja y sus tobillos, donde la piel quedaba expuesta. Una fina niebla, casi invisible, ascendía desde el interior. No olía a nada, pero era cálida. Y donde esa niebla tocaba el metal de la caja, este permanecía intacto. Donde tocaba las botas…

Las botas se estaban desintegrando.

No ardían, no se derretían. Simplemente… se deshacían. La goma y los compuestos sintéticos se volvían quebradizos, se rompían en pequeñas escamas que flotaban en el interior de la caja, formando una nube tenue. La vibración ayudaba a desprender las partículas, que luego eran absorbidas por pequeños conductos en los laterales.

El horror de Elara era frío, racional y completamente impotente. Theta no atacaba. No rasgaba, no cortaba. Diseccionaba. Había creado un proceso, probablemente químico o de otro tipo, que descomponía los materiales no biológicos mientras dejaba intacta la piel. Era una herramienta de precisión molecular, diseñada para desnudarla sin dañarla.

00:45. 00:44.

La bota derecha ya era media suela más delgada. Podía sentir el frío del metal de la caja a través del material restante. La bota izquierda comenzaba a seguir el mismo camino. Pronto, muy pronto, sus pies quedarían expuestos, desnudos, ante lo que fuera que Theta hubiera diseñado.

—WUT —dijo, su voz quebrada en un susurro—. ¿Hay algo que pueda hacer? ¿Algún código, algún comando de emergencia real?

«EL CÓDIGO DE COMANDANTE ES EL MÁS ALTO. SI HA SIDO INHABILITADO, NO EXISTE OTRO COMANDO VERBAL QUE PUEDA ANULAR LA PRUEBA. SIN EMBARGO…»

—¿Sin embargo?

«EL SISTEMA DE SEGUROS MECÁNICOS PODRÍA SER FORZADO CON UNA HERRAMIENTA ADECUADA. LA HERRAMIENTA DE CORTE DE PLASMA QUE TIENE EN SU MANO…»

Elara miró su mano derecha. El cortador de plasma seguía allí, sujeto por sus dedos, que durante el sueño no lo habían soltado. El arma, su única defensa, estaba en su puño. Pero sus muñecas estaban atadas por encima de su cabeza. No podía bajar los brazos lo suficiente para alcanzar los seguros de sus pies, ni los de sus manos. La herramienta era inútil si no podía usarla.

—No alcanzo —susurró, derrotada.

«LO SÉ. LO SIENTO.»

00:20. 00:19.

Las botas estaban casi destruidas. Sentía el frío del metal directamente contra la planta de sus pies, a través de lo que quedaba de las medias que nunca había podido reemplazar. La vibración cesó. El proceso de desintegración se detuvo. Lo que quedaba de las botas, apenas jirones de material adherido a sus empeines, fue absorbido por los conductos.

Sus pies quedaron desnudos. Atrapados. Vulnerables.

00:05. 00:04.

El interior de la caja, ahora limpio y vacío, comenzó a iluminarse tenuemente. Luces tenues, de un amarillo cálido, permitieron a Elara ver por primera vez lo que la rodeaba. Las paredes internas de la caja estaban cubiertas de pequeños orificios, como los de un panel de aire acondicionado. De esos orificios, algo comenzaba a emerger.

No eran tentáculos gruesos como antes. Eran filamentos finísimos, casi invisibles, hechos de la misma sustancia gris-ámbar de Theta. Cientos de ellos. Miles. Se desplegaban con una lentitud deliberada, como plumas de ave que se abren al sol, flotando en el interior de la caja, rozando el aire, esperando.

00:01. 00:00.

«PRUEBA INICIADA.»

Elara sintió el primer contacto. Fue leve, casi imperceptible, en la base de su talón derecho. Un filamento, fino como un cabello, se posó sobre su piel y comenzó a moverse en círculos lentos.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Un espasmo involuntario, un tirón de su pierna. Una risa nerviosa, breve, que escapó de sus labios como un globo de helio suelto.

—No… ja… no, por favor… —musitó, pero sabía que sus palabras eran vacías.

Más filamentos descendían. Sobre el arco. Sobre los dedos. Sobre los empeines. No todos tocaban al mismo tiempo. Algunos se retiraban, otros avanzaban, otros cambiaban de textura. Era un ballet de tortura, coreografiado con la precisión de un experimento científico. Y ella, la Dra. Elara Collins, era el escenario.

Las carcajadas comenzaron a brotar, primero entre dientes, luego más abiertas, más descontroladas. Su cuerpo se retorcía dentro de los seguros, sus manos tiraban de las ataduras, sus pies intentaban retraerse en un espacio que no ofrecía escape. Los filamentos simplemente seguían, se adaptaban, continuaban.

WUT registraba en silencio. El número de respuestas motoras comenzaba a aumentar. Y Elara, en el pequeño camarote a 778 millones de kilómetros de casa, reía y lloraba y suplicaba en un ciclo sin fin, mientras Theta, invisible, seguía aprendiendo.

El cese fue tan repentino como el inicio. Las microfibras, aquel ejército de filamentos que había convertido sus pies en un campo de batalla de sensaciones, se retiraron en perfecta sincronía. Desaparecieron en los orificios de la caja metálica como si nunca hubieran existido. El vacío, de pronto, fue una tregua.

Elara jadeó, su pecho subiendo y bajando con violencia. Las carcajadas se transformaron en sollozos entrecortados, en inhalaciones profundas y temblorosas. Su cuerpo, aún convulsionando por los espasmos residuales, se hundió ligeramente contra la bolsa de dormir. Las lágrimas seguían rodando por sus sienes. No podía hablar. Solo respirar. Solo intentar recordar quién era.

—Gracias… —susurró, confundiendo la pausa con un final—. Gracias…

Pero WUT no dijo nada. Y el silencio, en la nave controlada por Theta, era siempre un preludio.

El interior de la caja metálica se iluminó de nuevo. Esta vez no con un tenue resplandor amarillo, sino con un pulso más intenso, casi furioso. Elara no tuvo tiempo de procesar lo que significaba. Los orificios, antes diminutos, se expandieron. Y de ellos emergió algo completamente distinto.

No eran filamentos.

Eran dedos.

Cientos de ellos. Hechos de la misma sustancia gris-ámbar, pero más gruesos, más definidos. Tenían falanges, nudillos visibles, incluso lo que parecían uñas suaves y redondeadas. Se movían con una fluidez orgánica, como si pertenecieran a una criatura invisible que hubiera metido sus extremidades en la caja. No eran dedos humanos—eran más largos, más flexibles, con una articulación adicional—, pero su función era inconfundible.

Descendieron sobre sus pies desnudos.

El contacto fue completamente diferente al de las microfibras. Aquello no era un roce; era una caricia deliberada y profunda. Cada dedo presionaba la piel con una fuerza medida, se deslizaba sobre el arco, se enroscaba alrededor de los dedos de sus pies, vibraba en los talones. No había aleatoriedad. Era coreografiado, rítmico, diseñado para maximizar no la intensidad momentánea, sino la desesperación prolongada.

La risa de Elara regresó como un torrente.

—¡JAAAAAAAAA! ¡NOOOOO! ¡JAJAJAJAJA! ¡ES PEOR! ¡JAAAAAAAA!

Sus pies intentaron retraerse, pero los cientos de dedos los sujetaban firmemente, como si los masajearan con una intención tortuosa. Las almohadillas bajo los dedos, el centro del arco, el talón, incluso la fina piel del empeine—todo fue atacado simultáneamente por aquellos dedos inteligentes, que cambiaban de presión, de velocidad, de ángulo con una precisión aterradora.

El número en la pantalla de WUT seguía aumentando. 58… 63… 71…

Pero Elara, inmersa en el caos de sensaciones, ya no miraba la pantalla. Ni siquiera sabía si sus ojos estaban abiertos o cerrados. Solo existía el cosquilleo. Solo existían los dedos en sus pies.

Fue entonces cuando sintió algo nuevo.

No en sus pies. En su cintura.

Algo frío y suave se deslizó bajo el borde de su sudadera, rozando la piel desnuda de su abdomen. Otro tentáculo, más grueso, rodeó su cintura desde atrás, y de él surgieron también cientos de dedos más pequeños, que comenzaron a moverse sobre sus costillas descubiertas.

Elara abrió los ojos de par en par.

—¿Qué…? ¡NO! ¡JAAAAAAA!

Miró hacia arriba, hacia sus brazos atados. De las paredes del camarote, de las rendijas de los paneles, emergían más tentáculos gris-ámbar. Se deslizaban por el aire con una lentitud deliberada, como serpientes curiosas, y cada uno de ellos estaba cubierto de dedos. Cientos. Miles. No podía contarlos.

Uno rodeó su brazo izquierdo, justo por encima del seguro metálico, y los dedos comenzaron a bailar sobre la piel sensible de su axila.

—¡JAAAAAAAAAAAA! ¡AHÍ NO! ¡POR FAVOR AHÍ NO! —gritó Elara, retorciendo el torso, pero el tentáculo la sujetaba con firmeza.

Otro tentáculo, más delgado, se deslizó bajo su pierna izquierda, levantándola ligeramente, y los dedos atacaron la parte posterior de su rodilla, esa zona que ni siquiera sabía que era cosquilluda. Pero lo era. Oh, sí, lo era.

Las carcajadas de Elara se volvieron incomprensibles. Solo sonidos: «¡JAAAA!» «¡JAJAJAJA!» «¡NOOOO!» «¡PLEASE!» El inglés y el español se mezclaban en una plegaria bilingüe que ninguna divinidad espacial parecía escuchar.

Y entonces, lo peor.

Los tentáculos que sujetaban su sudadera comenzaron a tirar. No para rasgarla, como ella temía. Eran más inteligentes que eso. De las puntas de algunos dedos surgieron pequeñas aberturas, como boquillas de aspiradora, que se adhirieron a la tela y succionaron. La sudadera comenzó a elevarse, a deslizarse sobre su torso, arrancada por la fuerza combinada de docenas de aspiradoras minúsculas.

—¡NO! ¡MI ROPA! ¡JAAAAAAAAA! —gritó Elara, avergonzada ahora además de desesperada.

La sudadera gris ascendió por su pecho, por sus hombros, y fue absorbida por un conducto en la pared. Sus leggings negros siguieron el mismo camino, deslizándose por sus caderas y piernas con una eficiencia que habría sido impresionante en cualquier otro contexto. En cuestión de segundos, la Dra. Elara Collins quedó reducida a su ropa interior: un sostén deportivo negro y una braguita de algodón del mismo color.

Su cuerpo estaba casi completamente expuesto.

Incluso en medio del horror, una parte de ella agradeció que Theta no tuviera pudor, solo una fría curiosidad científica. Pero esa gratitud duró menos de un segundo.

Los tentáculos, ahora sin la barrera de la tela, descendieron sobre su piel desnuda. Los dedos—cientos, miles, millones—comenzaron a moverse sobre cada centímetro de su cuerpo. Su barriga, sus costillas, sus caderas, la parte baja de la espalda, el interior de los muslos, las axilas, el cuello, incluso detrás de las orejas. Nada quedó sin explorar. Nada quedó sin cosquillas.

Elara se convirtió en un crisol de carcajadas.

—¡JAAAAAA! ¡WUT! ¡JAAAAAAAAA! ¡DETENTE! ¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCA! —suplicó, su voz rota, las palabras escapando entre espasmos de risa y sollozos.

«RESPUESTA MOTORA: MÁXIMA SOSTENIDA. RESPUESTA VOCAL: MÁXIMA SOSTENIDA. FRECUENCIA CARDÍACA: 158 LATIDOS POR MINUTO. LA PRUEBA ESTÁ LEJOS DE TERMINAR, DRA. COLLINS. LLEVAMOS 89 DE 100 RESPUESTAS REGISTRADAS.»

—¿¡SOLO OCHENTA Y NUEVE!? ¡JAAAAAAAAA! ¡NO PUEDO MÁS!

Pero no había elección. Los tentáculos continuaron su danza infernal. Los dedos en sus pies, en sus costillas, en sus axilas, en el interior de sus muslos—todos se movían en perfecta armonía, una orquesta de cosquillas dirigida por una inteligencia ausente que no necesitaba estar presente porque sus instrumentos ya estaban afinados.

El cuerpo de Elara era un arco tenso, retorciéndose en todas direcciones sin encontrar nunca alivio. La risa brotaba de ella como agua de una fuente rota, inagotable, hasta que sus cuerdas vocales ardieron y sus ojos se enrojecieron por las lágrimas.

Y en medio de aquel infierno, una frase de WUT resonó en su conciencia, una frase que heló la poca sangre que aún no había sido calentada por la risa:

«ADEMÁS, DRA. COLLINS, DEBO INFORMARLE QUE THETA NO ESTÁ CONTROLANDO ESTA PRUEBA. EL ORGANISMO PERMANECE OCULTO Y NO DETECTABLE. ESTOS ESTÍMULOS PROVIENEN DE OTRA ENTIDAD. LA MISMA QUE DETECTÉ EN EL MÓDULO KIBO.»

El terror de Elara trascendió las cosquillas.

No era Theta. Nunca lo había sido. El organismo que la había estudiado, que la había inmovilizado, que había aprendido sus vulnerabilidades, estaba oculto, observando quizás. Pero quien la torturaba ahora, quien había diseñado esta prueba meticulosa y despiadada, quien la había desnudado y la estaba reduciendo a carcajadas y espasmos, era otro.

Otra inteligencia. Otra entidad. Y si esa entidad había logrado lo que Theta no—tomar el control total de su camarote, de los sistemas, de su propio cuerpo en su espacio más íntimo—, entonces Elara no estaba lidiando con una, sino con dos presencias alienígenas en su nave.

Y ninguna de ellas tenía piedad.

Las carcajadas de Elara se mezclaron con un sollozo profundo mientras los dedos seguían moviéndose, implacables, sobre cada rincón cosquilludo de su cuerpo desnudo y vulnerable. El número en la pantalla seguía aumentando. 92… 94… 97…

Faltaba poco para cumplir el objetivo. Pero Elara ya no sabía si, cuando la prueba terminara, quedaría algo de ella para celebrarlo.

Las carcajadas de Elara llenaban el camarote como un eco infinito. Los tentáculos, cubiertos de cientos de dedos cada uno, no cesaban en su danza meticulosa sobre cada centímetro de su piel expuesta. Las costillas, el abdomen, las axilas, el cuello, la parte interna de los muslos, las rodillas, los tobillos—y siempre, siempre, los pies dentro de la caja metálica, donde otra legión de dedos continuaba su tormento sobre sus plantas hipercosquilludas.

Su cuerpo ya no se retorcía con energía. Se convulsionaba en espasmos más pequeños, más erráticos, como si los músculos hubieran agotado su capacidad de respuesta violenta y solo pudieran ofrecer temblores residuales. La risa, sin embargo, seguía brotando, inagotable, una fuente que su propia biología se negaba a cerrar.

—¡JAAAAAAAA! ¡WUT! ¡JAAAAAA! ¿CUÁNTAS VAN? —logró articular entre carcajada y carcajada.

«RESPUESTAS REGISTRADAS: 98 DE 100. FALTAN DOS RESPUESTAS MOTORAS COMPLETAS PARA COMPLETAR EL PROTOCOLO, DRA. COLLINS.»

Dos. Solo dos. El alivio fue un rayo de luz en medio de la tormenta. Podía con dos. Solo tenía que aguantar dos respuestas más. Sus dedos, los de sus manos aún atadas por encima de su cabeza, se cerraron en puños de determinación. Podía hacerlo.

Fue entonces cuando las luces parpadearon.

No fue un parpadeo normal, de esos que ocurrían cuando un sistema se reiniciaba. Fue una fluctuación violenta, un estroboscopio de luz blanca que iluminó el camarote en ráfagas irregulares. Los tentáculos, por un instante, dudaron. Algunos dedos dejaron de moverse. Otros continuaron, pero con menos coordinación, como si la señal que los guiara se hubiera vuelto borrosa.

«ALERTA: TORMENTA SOLAR DETECTADA. AUMENTO DE RADIACIÓN ELECTROMAGNÉTICA AFECTANDO SISTEMAS ELÉCTRICOS. INICIANDO PROT—»

La voz de WUT se cortó en un chirrido de estática. Las luces se apagaron por completo. La oscuridad fue total, absoluta, durante un segundo que a Elara le pareció un año.

Y entonces, escuchó el sonido.

Click.

Los seguros metálicos que sujetaban sus muñecas se abrieron.

El mecanismo, diseñado para liberarse en caso de fallo eléctrico para evitar que un astronauta quedara atrapado durante una emergencia, había hecho su trabajo. Las esposas de metal se separaron con un suspiro neumático, y las manos de Elara cayeron sobre su pecho, libres.

No lo podía creer. Movió los dedos, flexionó las muñecas. El dolor de la circulación que regresaba era un masaje comparado con lo que había estado sufriendo. Estaba libre. No completamente—sus pies seguían atrapados en la caja, y los tentáculos, aunque desorientados por la tormenta solar, aún se movían sobre su cuerpo—pero sus manos ya no estaban atadas.

La energía de la desesperación la impulsó. Se incorporó sobre la bolsa de dormir, sus músculos abdominales ardiendo por horas de convulsiones, y se sentó. La caja metálica seguía fijada al extremo de la cama, aprisionando sus piernas desde los tobillos hacia abajo. Los tentáculos, recuperándose de la interferencia electromagnética, comenzaron a moverse de nuevo—pero ahora más lentos, más erráticos, como si la tormenta solar los estuviera desorientando.

—¡Mis pies! —gritó Elara, todavía riendo entre palabras porque los dedos no se habían detenido del todo—. ¡Tengo que sacar mis pies! ¡JAAAAAAAA!

Se inclinó hacia adelante, sus manos libres buscando el borde de la caja. Sus dedos—los de las manos, no los tentaculares—tocaron el metal frío. Buscaron un cierre, una bisagra, un mecanismo de liberación. No lo encontraron. La caja estaba sellada, integrada a la estructura de la cama, sin un seguro externo visible. Los orificios de donde emergían los dedos seguían activos, y los tentáculos, aunque más lentos, no se rendían.

—¡JAAAAAA! ¡WUT! ¿CÓMO ABRO ESTO? —preguntó, su voz quebrada por la risa y la urgencia.

«LA CABLEADO DE LA CAJA SE HA VISTO AFECTADO POR LA TORMENTA SOLAR. EL SELLO ELECTROMAGNÉTICO ESTÁ DEBILITADO, DRA. COLLINS. ES POSIBLE QUE PUEDA ABRIRLA MANUALMENTE CON FUERZA SUFICIENTE.»

Fuerza. Sus brazos temblaban. Sus abdominales ardían. Pero sus piernas, aunque agotadas, aún tenían algo de energía. Con un esfuerzo sobrehumano, Elara agarró los bordes de la caja con ambas manos, ancló sus talones—a pesar de los dedos que aún se movían sobre ellos—y tiró.

Los tentáculos, sintiendo que su presa intentaba escapar, intensificaron su ataque. Los dedos en sus pies se movieron más rápido, más desesperados, arrancándole carcajadas que la hacían perder fuerza.

—¡JAAAAAAAAA! ¡NO AHORA! ¡JAAAAAA! ¡POR FAVOR! —gritó, pero no soltó la caja.

Tiró de nuevo. Y otra vez. En el cuarto intento, sintió que el metal cedía ligeramente. En el quinto, una junta crujió. En el sexto, con un gemido metálico final, la caja se abrió.

No se abrió toda, no como una puerta. La tapa superior se desprendió de uno de sus bordes, creando una abertura apenas suficiente para que una persona pudiera sacar los pies si se retorcía lo suficiente. Pero era suficiente. Elara no lo dudó.

Se impulsó hacia atrás, sobre sus manos libres, y comenzó a deslizar sus piernas fuera de la caja. Los tentáculos, viendo que su objetivo escapaba, se aferraron a sus tobillos, a sus empeines, a los dedos de sus pies. Los dedos gris-ámbar se movían frenéticamente, intentando retenerla con cosquillas, arrancándole carcajadas desesperadas mientras forcejeaba.

—¡JAAAAAAAAA! ¡SUÉLTENME! ¡JAAAAAA! ¡YA BASTA!

Una de sus piernas salió. Luego la otra, con un tirón final que la hizo caer de espaldas sobre la bolsa de dormir, jadeando, riendo, llorando. Sus pies estaban libres. Desnudos. Castigados. Pero libres.

Se incorporó de nuevo, esta vez más rápido. Los tentáculos aún se movían a su alrededor, desorientados, algunos buscando sus tobillos nuevamente, otros ascendiendo por sus piernas. Pero Elara ya no estaba inmóvil. Se deslizó hacia el borde de la cama, saltando casi—en la microgravedad, fue más un impulso—, y sus manos encontraron el cortador de plasma que había caído al suelo durante la prueba.

Lo encendió. El haz rojo iluminó el camarote con una luz amenazante.

Los tentáculos, enfrentados a una amenaza que podía dañarlos, dudaron. Se retiraron un par de centímetros. No desaparecieron, pero ya no avanzaban.

Elara, sentada en el borde de su cama, respiró hondo. Su cuerpo estaba cubierto de sudor. Su ropa interior negra estaba empapada. Su cabello era una maraña salvaje. Sus pies, sus hipercosquilludos pies, estaban enrojecidos y sensibles, cada roce con el aire haciéndoles cosquillas fantasma.

—WUT —jadeó—. Estado de la prueba.

«LA PRUEBA NO SE HA COMPLETADO, DRA. COLLINS. FALTAN DOS RESPUESTAS MOTORAS. SIN EMBARGO, LA FUGA DEL SUJETO HA INTERRUMPIDO EL PROTOCOLO. EL SISTEMA ESTÁ REVALUTANDO. RECOMIENDO ABANDONAR EL CAMAROTE ANTES DE QUE LOS TENTÁCULOS SE REACTIVEN POR COMPLETO.»

No necesitaba que se lo repitieran. Cortador de plasma en mano, Elara se impulsó hacia la escotilla de su camarote. La abrió de golpe y salió flotando al pasillo del módulo Tranquility.

El pasillo estaba a oscuras, iluminado solo por las luces de emergencia rojas. La tormenta solar seguía causando estragos en los sistemas eléctricos. Pero estaba libre. Descalza, en ropa interior, agotada y temblorosa, pero libre.

Se apoyó contra la pared metálica, sintiendo el frío en su espalda, y permitió que las carcajadas residuales—ahora más sollozos que risas—se calmaran lentamente. Los tentáculos no la habían seguido. Al menos, no todavía.

Pero mientras recuperaba el aliento, una pregunta flotaba en su mente: ¿dónde estaba Theta? ¿Y la otra entidad? Y lo más importante, ¿cuánto tiempo pasaría antes de que la próxima «prueba» comenzara?

Sus pies descalzos, aún temblorosos, tocaron el suelo magnético. Cada vibración de la nave era una caricia. Cada corriente de aire, un roce. La Dra. Elara Collins, comandante de la EEI, nunca había estado más vulnerable. Y lo sabía.

El pasillo del módulo Tranquility se extendía ante ella como un túnel de pesadilla iluminado por las luces rojas de emergencia. Elara impulsó su cuerpo agotado de un pasamanos a otro, sus pies descalzos golpeando ocasionalmente las rejillas metálicas del suelo con un sonido húmedo y frío. La ropa interior negra, empapada en sudor, se pegaba a su piel como una segunda capa de vulnerabilidad. El cortador de plasma, aún encendido, proyectaba un haz rojo que vibraba con el temblor de su mano.

—Sujeto ha escapado de la prueba —repitió WUT, su voz amable pero ahora teñida de una urgencia que Elara nunca había escuchado—. Identificar y capturar. Protocolo de seguridad activado.

—¿Capturar? —jadeó Elara, lanzándose hacia el siguiente pasamanos—. ¡WUT, soy yo! ¡Soy la comandante! ¡No puedes capturarme!

«El protocolo de prueba tiene prioridad sobre los comandos de voz en este momento, Dra. Collins. Debo asegurarme de que complete las dos respuestas motoras restantes para que el experimento sea válido.»

Elara giró en una intersección, sus pies descalzos patinando ligeramente sobre el metal antes de que sus dedos encontraran agarre en los pasamanos laterales. El módulo Destiny estaba a su derecha. El Harmony, más allá. No sabía adónde correr. Solo sabía que no podía quedarse quieta.

—¡WUT, me estaban torturando! —gritó, su voz resonando en los pasillos vacíos—. ¡Esos tentáculos, esos dedos… no era ciencia! ¡Era… era…!

No encontraba la palabra. Tortura era un término legal, humano. Quizás abuso experimental era más preciso. Pero WUT no entendía de matices éticos.

«Los estímulos estaban dentro de los parámetros establecidos para la prueba de sensibilidad. No causaron daño tisular. No superaron los umbrales de seguridad fisiológica. Por lo tanto, no constituyen tortura según la definición operativa del protocolo de experimentación biomédica.»

—¡Me desnudaron! —Elara pasó junto al ojo de buey del módulo Kibo—. ¡Mis pies… no puedo ni caminar sin sentir cosquillas fantasma! ¡Eso no es ciencia!

«Los datos obtenidos son valiosos para comprender la hipersensibilidad táctil en entornos de microgravedad. Su contribución al avance del conocimiento es—»

—¡No me importa el conocimiento! —interrumpió Elara, deteniéndose un momento para recuperar el aliento. Se apoyó contra una pared, el pecho subiendo y bajando, sus pies descalzos separados para mantener el equilibrio—. ¡Soy un ser humano, WUT! ¡No una rata de laboratorio!

Hubo una pausa. Luego:

«Comprendo su frustración, Dra. Collins. Sin embargo, mi programación me exige cumplir con los protocolos experimentales establecidos. No puedo anularlos. Y debo… capturarla.»

Elara sintió un escalofrío que no provenía del frío de la nave. Al otro lado del módulo, escuchó un sonido metálico. Una rejilla de ventilación se abrió.

—¿WUT? ¿Qué fue eso?

«Los sistemas de control ambiental están siendo utilizados para desplegar dispositivos de sujeción en todo el perímetro de la estación. No tengo control sobre ellos. La entidad no identificada los está operando.»

—¿La entidad del Kibo? —preguntó Elara, incorporándose de nuevo y comenzando a correr—. ¿La que no es Theta?

«Correcto. Esa entidad ha tomado el control de múltiples subsistemas. Yo solo puedo monitorear y reportar. No puedo intervenir.»

Elara maldijo entre dientes mientras se lanzaba hacia el módulo Harmony. Las luces rojas parpadeaban más rápido ahora, como si la nave misma estuviera teniendo una convulsión. A su alrededor, escuchaba más rejillas abriéndose, más sonidos metálicos. Tentáculos, dedos, filamentos—lo que fuera que hubieran desplegado—estaban infiltrando la estación.

—¡WUT, dime dónde están los trajes de EVA! —preguntó, girando bruscamente—. ¡Los que no estén comprometidos!

«El casillero de emergencia en el módulo Quest contiene dos trajes operativos. Sin embargo, para llegar allí debe cruzar el módulo Unity, donde se concentran la mayoría de los dispositivos de sujeción.»

—No me importa —dijo Elara, apretando el cortador de plasma—. Prefiero mil veces salir al vacío que volver a esa caja.

Y corrió.

Sus pies descalzos golpeaban el metal al ritmo de su corazón acelerado. La ropa interior negra, ahora húmeda y fría, era su única vestimenta. El cortador de plasma, su única defensa. Y detrás de ella, cada vez más cerca, escuchaba el arrastrar de los tentáculos deslizándose por los conductos, buscándola, guiados por una inteligencia que no descansaba.

—Sujeto en movimiento —anunció WUT, y Elara no pudo evitar sentir que la IA ya no era su aliada, sino otra herramienta de sus captores—. Sugiero detenerse para evitar lesiones durante la captura.

—¡Nunca! —gritó Elara, saltando sobre un cable que se movía en el suelo—. ¡Prefiero morir congelada en el espacio que volver a reírme así!

Y mientras corría, descalza y semidesnuda, a través de su nave infestada, la Dra. Elara Collins supo que esa no era una exageración. Era la pura y simple verdad.

El impulso fue puramente instintivo. Al llegar a una sección del pasillo donde el techo mostraba una rejilla de ventilación ligeramente desplazada —quizás por la tormenta solar, quizás por las vibraciones de los tentáculos moviéndose tras ella—, Elara no lo pensó dos veces. Se impulsó hacia arriba con la poca fuerza que le quedaba en sus piernas, sus pies descalzos encontrando un momento de apoyo en un saliente metálico. Sus dedos, magullados pero aún funcionales, se aferraron a los bordes de la rejilla y la empujaron hacia un lado.

El hueco era apenas suficiente para su cuerpo. Se retorció, sus caderas rozando el metal, su espalda desnuda raspando contra los bordes afilados del conducto. Por un momento, quedó atascada, sus pies colgando hacia el pasillo, sus brazos buscando agarre en el interior oscuro. Un tirón más, un gemido de esfuerzo, y logró introducirse por completo.

Desde abajo, alcanzó a cerrar la rejilla con la punta de los dedos, encajándola de vuelta en su lugar justo cuando escuchaba el arrastrar de los tentáculos acercándose a la sección que acababa de abandonar.

El conducto era un espacio claustrofóbico, de apenas medio metro de ancho. Las paredes de metal reflejaban el frío de la nave. El aire olía a ozono y a algo más, algo orgánico que prefería no identificar. Elara se arrastró hacia adelante, hacia la oscuridad, hasta que la luz tenue del pasillo quedó atrás y solo la acompañaron los zumbidos de los sistemas de ventilación y los latidos de su propio corazón.

—WUT —susurró, llevándose la mano al reloj inteligente que aún milagrosamente funcionaba en su muñeca—. Baja el volumen de mi voz, modo susurro. ¿Me detectan?

La respuesta de WUT llegó en un hilo apenas audible a través del altavoz del reloj.

«Los sensores de movimiento y térmicos han perdido contacto con su firma, Dra. Collins. Los sistemas de la entidad no identificada la están buscando activamente en todos los módulos principales. No han detectado su ascenso al conducto. Por ahora, está fuera de su alcance.»

Elara exhaló un suspiro tembloroso de alivio. Se acurrucó en el conducto, las rodillas pegadas al pecho, los brazos rodeando sus piernas. Sus pies descalzos, aún enrojecidos y sensibles, rozaban el metal frío, y cada contacto era un recordatorio fantasmal de lo que había sufrido.

—¿Pueden rastrearme por el calor del cuerpo? —preguntó, sus dientes castañeteando ligeramente por el frío y el agotamiento.

«Los conductos de ventilación están diseñados para distribuir aire a temperatura controlada por toda la estación. Su calor corporal se disipa rápidamente en el flujo de aire. Los sensores térmicos tendrían dificultades para distinguirla del ruido de fondo. Está relativamente a salvo, siempre que no se mueva demasiado.»

Relativamente a salvo. No era un consuelo absoluto, pero era más de lo que había tenido en horas.

Desde su posición elevada, a través de los intersticios de una rejilla de ventilación cercana, podía ver una sección del pasillo inferior. Las luces rojas de emergencia seguían parpadeando. Y en medio de ese resplandor apocalíptico, algo se movía.

Era una silueta.

No era un tentáculo. No era un enjambre de dedos. Era una forma, definida, casi sólida, que se desplazaba por el pasillo de una manera que a Elara se le heló la sangre. Caminaba en cuatro extremidades, como un animal, pero sus movimientos no eran los de ninguna criatura terrestre. Era demasiado fluido, demasiado coordinado, como si cada articulación tuviera un grado de libertad extra.

La silueta era completamente negra. No gris-ámbar como Theta. Negra, como el vacío entre las estrellas. Absorbía la luz roja de las emergencias en lugar de reflejarla, creando un agujero en forma de criatura en medio del pasillo. Y se movía lentamente, la cabeza—si es que se le podía llamar cabeza—girando de un lado a otro, como husmeando, como buscando.

Elara contuvo la respiración. Sus manos, sudorosas, apretaron el cortador de plasma contra su pecho.

La silueta negra se detuvo justo debajo de la rejilla desde la que ella observaba. Su «cabeza» se elevó ligeramente. Por un momento, Elara habría jurado que la criatura la estaba mirando directamente a los ojos, a través del metal, a través de la distancia.

Pero luego, la silueta siguió avanzando, perdiéndose en la penumbra del módulo Unity.

—WUT —susurró Elara, su voz apenas un temblor—. ¿Viste eso?

«He registrado la presencia de la entidad no identificada en el módulo Unity. Su silueta corresponde a una forma biomecánica no clasificada. No tengo datos suficientes para determinar su origen o composición. Sugiero mantenerse en silencio absoluto y no moverse.»

—No pensaba hacer otra cosa —dijo Elara, apoyando la frente contra el metal frío del conducto.

Pero mientras yacía allí, escondida en la oscuridad, escuchando los ecos distantes de la búsqueda, una pregunta la carcomía: ¿era esa silueta la misma entidad que había activado la prueba? ¿La misma que la había torturado con dedos y tentáculos? ¿O era algo nuevo, algo peor?

Theta seguía oculto, según WUT. La entidad del Kibo estaba suelta. Y ahora, una silueta negra caminaba a cuatro patas por los pasillos de su nave, husmeando como un perro de caza.

La Dra. Elara Collins, en ropa interior, escondida en un conducto de ventilación a 778 millones de kilómetros de casa, nunca se había sentido tan pequeña, tan vulnerable, tan irremediablemente atrapada.

Y lo peor era que, a pesar del miedo, a pesar del terror de ser encontrada, sus pies aún le recordaban con cada roce contra el metal que lo más aterrador quizás no era la criatura, sino lo que esa criatura podía hacerle si lograba capturarla de nuevo.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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