Transferencia No Autorizada – Parte 1

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Han pasado casi siete meses desde aquella tarde en el edificio en obra negra. Siete meses desde que los perros de Raquel lamieron sus pies hasta dejarlos enrojecidos e hipersensibles. Siete meses desde que consiguió aquel empleo que, para ser honesta, nunca terminó de convencerla. Duró apenas cuatro meses en esa empresa. El ambiente era tóxico, el jefe directo un hombre que confundía liderazgo con gritos, y el sueldo, aunque aceptable, no justificaba las horas extras que le robaban tiempo con Mónica.

Así que renunció. Con dignidad, con una carta impecable y con el respeto de su equipo, pero renunció.

Y volvió a empezar.

Los primeros meses fueron duros. Otra vez los correos sin respuesta, las entrevistas que no llegaban, el fantasma del desempleo recorriendo su apartamento de dos habitaciones mientras Mónica la miraba con esos ojos verdes iguales a los suyos, llenos de preocupación contenida. Su hija ya había comenzado la universidad, estudiaba mercadeo digital y trabajaba medio tiempo en una cafetería, apenas lo suficiente para pagarse sus propias cosas. Jéssica se sentía orgullosa de ella, pero también culpable. Una madre viuda debería poder mantener a su hija sin que esta tuviera que trabajar antes de tiempo.

Pero así era la vida. Y Jéssica no era mujer de rendirse.

Ella es Jéssica. Cuarenta años recién cumplidos, aunque aparenta menos. No por artificios ni tratamientos caros, sino por genética y por disciplina. Su cuerpo es esbelto, de líneas firmes y proporcionadas. Mide un metro con setenta centímetros, pesa cincuenta y siete kilos y cada mañana, antes de que el sol asome por completo, se calza sus tenis y corre cuarenta minutos en la caminadora de su casa. No para lucir, sino por salud. Porque una mente ejecutiva necesita un cuerpo que la sostenga.

Su cabello es rubio, naturalmente lacio, aunque ella suele peinarlo con un ligero ondulado que le da un aire más juvenil sin perder la elegancia. Lo lleva siempre limpio, bien cortado, sin estridencias. Sus ojos son verdes, de ese verde claro que parece gris cuando está seria y que brilla como esmeralda cuando se ríe. Y se ríe con frecuencia, a pesar de todo.

Su vestuario es impecable sin ser ostentoso. Trajes sastre en tonos azul marino, gris perla, negro, beige. Pantalones de tela pesada que caen perfectos. Faldas lápiz hasta la rodilla. Blusas de seda o algodón egipcio, siempre blancas o en tonos pastel. Los zapatos son tacones, siempre tacones. No usa broches ni correas visibles, solo la línea limpia del cuero fino abrazando su pie. Le gustan los stilettos, pero para el día a día prefiere los tacones de aguja media, de siete centímetros, suficientes para darle altura sin sacrificar la comodidad.

Y sus pies… sus pies son bonitos. Lo sabe. Talla treinta y siete, proporcionados, con los dedos largos y rectos, las uñas siempre cuidadas y pintadas de algún color discreto, generalmente vino tinto o borgoña. El arco del pie es pronunciado, elegante, casi como de bailarina. La planta es rosada, suave, sin callosidades ni durezas. Podría ser modelo de pies, bromea a veces Mónica.

Pero esos pies bonitos guardan un secreto que Jéssica ha aprendido a ocultar con la maestría de una ejecutiva acostumbrada a manejar información confidencial.

Es extremadamente cosquillosa.

No esa cosquilla breve que todos sienten y que se olvida al segundo siguiente. No. Su sensibilidad es de otro calibre. Casi exagerada, casi irracional. La planta de sus pies es un mapa de puntos vulnerables: el talón, que protesta con una risa nerviosa ante el roce más suave; el arco, que la hace retorcerse entera si alguien lo acaricia; la base de los dedos, donde una simple pasada de un dedo puede hacerla saltar como si recibiera una descarga. Y el centro exacto del arco izquierdo… ese es su punto débil definitivo. Allí una sola caricia sostenida, incluso suave, la desarma por completo.

Nadie lo sabe. Bueno, casi nadie. Mónica lo sabe, por supuesto. Y las empleadas del salón de belleza al que va cada quince días, aunque ellas ya están entrenadas: Jéssica les advierte cada vez con una sonrisa amable pero firme, y ellas asienten con complicidad. También lo saben algunas de sus amigas más cercanas, esas con las que ha compartido tardes de piscina o sesiones de pedicura a domicilio. Pero en el ámbito laboral, jamás. Allí Jéssica es la profesional seria, la mujer de traje y tacones, la gerente que resuelve problemas con una llamada telefónica y que no se inmuta ante auditorías sorpresa ni juntas directivas hostiles.

Nadie en el mundo corporativo sabe que detrás de esa fachada impecable existe una mujer que, si alguien le rozara la planta del pie con una pluma, soltaría una carcajada infantil y perdería toda compostura.

Y así ha sido durante años. Una separación absoluta entre su vida profesional y esa pequeña gran vulnerabilidad. En sus quince años de carrera bancaria, nunca, nunca, sus pies fueron un problema. Porque los mantuvo siempre dentro de sus tacones, fuera del alcance de curiosos y bromistas. En las oficinas, en las reuniones, en las presentaciones ejecutivas, sus pies descansaban discretamente bajo la mesa, calzados, protegidos, invisibles.

Hasta aquella maldita entrevista.

Jéssica todavía recuerda la sensación. La humedad del spray en sus plantas. La lengua áspera de los perros recorriendo sus arcos. Las uñas de Raquel rascando con precisión quirúrgica. Había sido humillante, sí, pero también extrañamente liberador en algún aspecto que todavía no terminaba de procesar. Porque después de esa experiencia, por primera vez en su vida, Jéssica había sido capaz de hacerse cosquillas a sí misma. Solo un poco, apenas rozando la planta con la yema del índice, pero sintió ese cosquilleo inconfundible. Algo que los neurólogos dicen imposible. Y sin embargo, allí estaba.

Pero esa etapa ya pasó. Aquel empleo no funcionó. Raquel resultó ser una jefe tan impredecible como sus métodos de selección, y Jéssica prefirió alejarse antes de que la locura se volviera costumbre.

Ahora, siete meses después, está otra vez en el punto de partida. Su currícululmo vitae impecable sigue circulando por portales de empleo y contactos de la industria. Ha tenido algunas ofertas, sí, pero ninguna a la altura de su experiencia. No quiere volver a ser gerente de sucursal. Ya hizo eso. Ya demostró que podía. Ahora quiere más. Quiere una dirección regional, una gerencia general, un puesto donde sus decisiones tengan peso real y su salario le permita dormir tranquila.

Pero los bancos, desde la pandemia y las crisis financieras, se han vuelto conservadores. Prefieren contratar jóvenes ambiciosos que cobren la mitad, o ejecutivos veteranos con recomendaciones de oro. Jéssica está en ese punto intermedio incómodo: demasiado experimentada para puestos bajos, pero sin el apellido ni las conexiones necesarias para los altos mandos.

Su apartamento, antes un espacio luminoso y ordenado, ahora refleja esa incertidumbre. Las cortinas están medio cerradas. El ficus del living tiene las puntas amarillas porque se le olvidó regarlo. Incluso sus seis perros Yorkshire, que antes la recibían con saltos y ladridos cada tarde, ahora la mirán con una mezcla de cariño y perplejidad, como si no entendieran por qué su dueña pasa tanto tiempo frente al computador en lugar de sacarlos al parque.

Mónica, en cambio, entiende perfectamente. Por eso no le reclama. Por eso, cuando vuelve de la universidad o de la cafetería, prepara té para las dos y se sienta a su lado sin decir nada. A veces le frota los hombros, porque sabe que allí también es cosquillosa aunque no tanto como en los pies. Y Jéssica agradece ese silencio cómplice, esa presencia que le recuerda que no está sola.

—Mamá —le dijo Mónica hace una semana, mientras Jéssica revisaba por tercera vez el mismo correo sin respuesta—, ¿has pensado en buscar fuera del país? Tú hablas inglés perfecto, tienes maestría, experiencia internacional… Tal vez allá valoren más tu perfil.

Jéssica levantó la vista del computador. Mónica tenía razón. Ella habla inglés con fluidez casi nativa, gracias a un intercambio que hizo en su juventud y a los años de práctica en la banca internacional. Su maestría en Gerencia con tesis laureada sigue siendo un documento imponente. Y su experiencia liderando equipos es más que sólida.

—¿Fuera del país? —repitió, como si la idea estuviera germinando justo en ese momento.

—Nueva York, por ejemplo —dijo Mónica con naturalidad, como si hablar de mudarse a otra ciudad fuera tan simple como cambiar de supermercado—. Es la capital financiera del mundo. Allá seguro hay un banco que necesita a alguien como tú.

Jéssica sonrió. No dijo nada, pero esa noche, antes de dormir, abrió una pestaña en su navegador y empezó a investigar ofertas de empleo en Estados Unidos.

Tardó varios días en encontrar algo que realmente valiera la pena. La mayoría eran puestos operativos, inferiores a su experiencia. Pero entonces, una tarde lluviosa de octubre, mientras el agua golpeaba su ventana y los perros dormitaban a sus pies, apareció.

Banco Meridian International.

Gerente General Senior para la División de Transferencias Globales.

Oficina principal: Manhattan, Nueva York.

Requisitos: experiencia demostrable en banca internacional, maestría en administración o finanzas, dominio del inglés, liderazgo de equipos multidisciplinarios. Se valorará capacidad de gestión bajo presión.

El salario era más del doble de lo que ganaba en su mejor época. Incluía paquete de reubicación, seguro médico premium y bonos por cumplimiento de metas trimestrales.

Jéssica se quedó mirando la pantalla. Sus dedos temblaron ligeramente sobre el teclado. No era miedo. Era esperanza. Una sensación que hacía meses no sentía con tanta claridad.

—Mónica —llamó, sin dejar de mirar la oferta—. Ven a ver esto.

Su hija apareció en la puerta de la sala, con una toalla en la cabeza y una bata puesta.

—¿Qué pasa?

—He encontrado algo. En Nueva York.

Mónica se acercó, leyó la pantalla y silbó bajito.

—¿Gerente general senior? Mamá, eso es un puesto altísimo.

—Lo sé.

—¿Y crees que puedas conseguirlo?

Jéssica se volvió a mirarla. Tenía los ojos brillantes, no de lágrimas, sino de determinación.

—No lo sé —respondió con honestidad—. Pero voy a intentarlo.

Esa noche no durmió bien, pero no importaba. Por primera vez en mucho tiempo, tenía un objetivo claro. A la mañana siguiente, antes del amanecer, ya estaba frente al computador, puliendo su currículum, redactando una carta de presentación impecable y preparando los anexos con su portafolio de logros.

Envió la solicitud un martes a las nueve de la mañana.

El jueves recibió una respuesta.

«Estimada Sra. Jéssica: Nos complace invitarla a una entrevista virtual el próximo lunes a las 10:00 AM (hora del este). La entrevista será con nuestro Director de Talento Humano, Sr. Michael Henderson, y la Gerente General saliente, Sra. Patricia Kline. Adjuntamos enlace para la videollamada.»

Jéssica leyó el correo tres veces. Luego lo reenvió a Mónica con un simple mensaje:

«Prepara las maletas. En broma. Pero no tanto.»

Su hija respondió con una serie de emojis: cara sonriendo, avión, manzana, y luego un corazón.

Los días previos a la entrevista fueron una montaña rusa de emociones. Jéssica investigó todo sobre el Meridian International: su historia, sus directivos, sus últimos informes financieros, incluso las reseñas de empleados en foros anónimos. Practicó sus respuestas frente al espejo, grabó su voz para escuchar su entonación, ajustó la iluminación de su escritorio para que la videollamada proyectara profesionalismo.

También fue al salón de belleza, claro. No por vanidad, sino por ritual. Necesitaba sentirse bien. Se hizo un corte ligero en las puntas, se pintó las uñas de las manos en un discreto color nude y, esta vez, rechazó la promoción de pedicure. Las empleadas rieron con complicidad.

—¿Sigue tan cosquillosa como siempre, señora Jéssica? —preguntó la chica joven que le lavaba el cabello.

Jéssica sonrió.

—Peor. Pero eso no le diga a nadie.

El lunes llegó demasiado rápido. A las 9:30 AM, Jéssica ya estaba frente a su computador, vestida con una blusa blanca de cuello alto y una chaqueta azul marino. No se puso el pantalón completo porque nadie lo vería, pero igual lo hizo. Para ella misma. Para sentirse completa.

Los perros estaban encerrados en la habitación de Mónica, quien había accedido a cuidarlos durante la entrevista a cambio de un favor aún por definir.

A las 10:00 AM exactas, el enlace la conectó a la videollamada.

Frente a ella aparecieron dos personas: un hombre de unos cincuenta años, calvo, con barba canosa y una sonrisa cordial; y una mujer de aspecto más serio, probablemente de su misma edad, con el cabello oscuro recogido en un moño bajo y unas gafas de pasta negra que le daban un aire intelectual.

—Buenos días, Jéssica —dijo el hombre—. Soy Michael Henderson. Ella es Patricia Kline. Gracias por aceptar la entrevista.

—El gusto es mío —respondió Jéssica, con su voz más profesional—. Gracias a ustedes por considerar mi perfil.

La entrevista duró casi una hora. Michael se enfocó en aspectos generales: experiencia, liderazgo, manejo de crisis. Patricia, en cambio, fue más incisiva. Le preguntó sobre estrategias de crecimiento, sobre cómo manejaría una transferencia fallida de varios millones de dólares, sobre qué haría si su equipo no cumpliera metas.

Jéssica respondió con calma, con datos, con ejemplos concretos de su carrera. Sintió que conectaba bien con ambos, aunque Patricia seguía siendo un libro cerrado.

—Una última pregunta —dijo Patricia al final—. ¿Cómo maneja usted la presión, Jéssica?

La pregunta flotó en el aire. Jéssica sintió un leve cosquilleo en la nuca, un recuerdo lejano de otra entrevista, otro lugar, otra mujer preguntando exactamente lo mismo.

Pero esta era diferente. Esto era real. Esto era Nueva York.

—La presión —respondió con calma— la he manejado toda mi carrera. Como gerente de sucursal tuve que tomar decisiones difíciles en momentos críticos. Como madre viuda, he tenido que construir un hogar estable para mi hija sin un soporte externo. La presión no me asusta. Me enfoca.

Patricia asintió lentamente. Michael sonrió.

—Muy bien, Jéssica —dijo él—. Te avisaremos en los próximos días.

La videollamada terminó.

Jéssica se quedó sentada en silencio, mirando la pantalla negra. De la habitación de Mónica se escuchaban los ladridos lejanos de los perros.

No sabía si lo había logrado. Pero algo dentro de ella, algo que llevaba meses dormido, comenzaba a despertar.

Dos días después, el miércoles a las 6:00 PM, su teléfono sonó.

—¿Jéssica? —la voz de Michael Henderson sonó clara a través del teléfono, con ese tono cordial pero profesional que había mostrado en la entrevista—. Queremos que trabajes con nosotros. El comité de selección quedó muy impresionado con tu perfil.

Jéssica sintió un nudo en la garganta. No de tristeza, sino de algo que no experimentaba hacía tiempo: alivio. Un alivio tan profundo que por un momento no supo qué decir.

—¿Señor Henderson? —logró articular.

—Michael, por favor —respondió él con una sonrisa audible—. ¿Estás bien?

—Sí, sí, lo siento. Es solo que… ha sido un año largo. Su llamada significa mucho para mí.

—Me lo imagino. Por eso no quiero hacerte esperar más. Necesitamos a alguien con tu experiencia y tu templanza. Patricia, mi colega, también te recomendó enfáticamente. Dijo que tienes «la mirada de quien ya ha visto de todo y no se inmuta».

Jéssica sonrió. Si Patricia supiera lo fácil que era inmutarla con solo rozarle la planta del pie…

—Me halaga mucho —dijo, recuperando la compostura—. Acepto, por supuesto. Pero necesito pedirle algo.

—Dime.

—Necesito al menos dos o tres meses para poder empacar todo, vender algunas cosas y trasladarme a Nueva York. No quiero llegar con el tiempo justo y empezar ya estresada. Quiero hacerlo bien, organizar mi vida aquí para poder dedicarme por completo al banco cuando llegue.

Hubo un breve silencio del otro lado. Jéssica contuvo el aliento. Sabía que tres meses era un plazo largo para una empresa que probablemente quería cubrir el puesto cuanto antes.

—Dos meses sería lo ideal —dijo Michael finalmente—. Pero entiendo tu situación. Mudarse de país no es fácil, menos con una hija y una casa entera. Te doy tres meses. Pero te pido que, si puedes adelantar algo, me avises. La división de transferencias globales no es cualquier cosa, y tener a su gerente general instalada y cómoda es también parte de nuestro éxito.

—Lo entiendo perfectamente. Se lo agradezco mucho.

—Ah, y antes de que se me olvide —agregó Michael, como si recién recordara algo—. En tu solicitud mencionaste que tienes una hija de dieciocho años, ¿verdad?

—Así es. Se llama Mónica. Está estudiando mercadeo digital en la universidad, pero sus clases son en línea la mayoría, así que podría terminar el semestre desde Nueva York.

—Entonces no veo ningún problema —dijo Michael con naturalidad—. El paquete de reubicación incluye apoyo para familiares directos. Tu hija puede viajar contigo, y el banco le ayudará con los trámites migratorios correspondientes. Mientras esté a tu cargo, no habrá inconveniente.

Jéssica cerró los ojos un momento. No era religiosa, pero en ese instante dio gracias a algo, a alguien, al universo o al azar, por poner en su camino esta oportunidad.

—Muchas gracias, Michael. De verdad. No sé cómo pagarle esta confianza.

—Trabajando bien, Jéssica. Eso es todo lo que pedimos. Y, bueno, una cosa más.

—Dígame.

—En tres meses te esperamos en Nueva York. Ni un día más, ¿eh? —dijo riendo suavemente—. Tenemos mucho trabajo por hacer.

—Llegaré antes si puedo —respondió ella, también con una sonrisa—. Se lo prometo.

—Me alegra escucharlo. El departamento de recursos humanos te enviará en las próximas horas el contrato digital para que lo revises, junto con una guía de reubicación y los documentos para los trámites de visa. Cualquier duda, me escribes directamente, ¿sí?

—Así lo haré.

—Bienvenida al Meridian International, Jéssica. Hablamos pronto.

—Hablamos pronto. Y gracias otra vez.

La llamada terminó.

Jéssica se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla donde aparecía «Llamada finalizada — 14:32». El sol de la tarde entraba por la ventana del living, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Los perros, que habían estado en silencio durante la conversación como si intuyeran la importancia del momento, comenzaron a moverse otra vez. Uno de ellos, el más pequeño, se acercó a sus pies y apoyó la cabeza sobre sus zapatillas.

—Lo logramos —susurró Jéssica, más para sí misma que para los perros.

Luego se levantó y caminó hacia la habitación de Mónica, que estaba con los auriculares puestos, mirando su computador. La joven levantó la vista al ver la sombra de su madre en la puerta.

—¿Todo bien, mamá? —preguntó, quitándose los auriculares.

Jéssica apoyó un hombro en el marco de la puerta. Sonrió. Tenía los ojos ligeramente brillantes, pero no de tristeza, sino de esa emoción contenida que las mujeres de su generación aprendieron a ocultar para no parecer débiles.

—Tres meses —dijo—. En tres meses nos vamos a Nueva York.

Mónica se quedó inmóvil unos segundos. Luego sus ojos se abrieron como platos.

—¿En serio? —preguntó, con la voz un poco más aguda de lo normal.

—En serio.

—¿Y yo puedo ir?

—Pregunté específicamente por ti —respondió Jéssica, cruzando los brazos con una falsa indiferencia que no engañaba a nadie—. Dijeron que sí. Que el banco nos ayuda con todo.

Mónica soltó el computador como si quemara. Saltó de la silla y corrió a abrazar a su madre. Jéssica sintió el peso del cuerpo de su hija, sus brazos rodeándole el cuello, su cabello rubio igual al suyo enredándose con el suyo propio.

—Mamá, es increíble —murmuró Mónica contra su hombro—. Lo lograste.

—Lo logramos —corrigió Jéssica, devolviendo el abrazo—. Ahora toca empacar.

Mónica se separó un poco, pero mantuvo las manos en los hombros de su madre.

—¿Dos meses? —preguntó, calculando.

—Tres máximo. Pero si podemos adelantar, mejor.

—Vender la casa, los muebles, los perros…

—Los perros viajan con nosotras —la interrumpió Jéssica con firmeza—. Eso no se negocia.

Mónica sonrió.

—Sabía que ibas a decir eso. Bueno, entonces toca averiguar cómo llevar seis Yorkshire a Nueva York. ¿Existe la primera clase para perros?

—Vas a tener que investigarlo —dijo Jéssica, soltándose del abrazo y pasando una mano por su cabello para acomodarlo—. Tú eres la experta en internet. Yo me encargo del banco, del contrato, de la mudanza…

—¿Y de las cosquillas? —preguntó Mónica con una sonrisa pícara.

Jéssica la miró con una ceja levantada.

—¿Qué tienen que ver las cosquillas con la mudanza?

—Nada. Solo quería verte hacer esa cara —respondió Mónica riendo.

Jéssica negó con la cabeza, pero también sonrió. Su hija era igual a ella en demasiados sentidos.

—Anda, búscame una empresa de mudanzas internacionales que no cueste un riñón —dijo mientras se daba la vuelta—. Y cierra la puerta, que tengo que leer un contrato de veinte páginas.

Mónica asintió y volvió a su silla, pero antes de ponerse los auriculares, miró a su madre caminar hacia el living. La vio enderezando los hombros, recuperando esa postura ejecutiva que había brillado por su ausencia los últimos meses. Vio cómo sus tacones hacían un sonido firme contra el piso de madera. Vio cómo, a pesar de todo, su madre seguía siendo esa mujer imparable que ella había admirado desde niña.

Y sonrió.

Nueva York las esperaba.

El primer mes transcurrió con una normalidad casi engañosa.

Jéssica había creado un calendario en la pared de su cocina, de esos grandes de papel Kraft que se pegan con cinta adhesiva. Cada día que pasaba lo marcaba con una X roja. Treinta días, treinta equis, y aún le quedaban sesenta por marcar hasta la fecha de viaje que los tiquetes electrónicos confirmaban con toda su frialdad digital: salida del aeropuerto internacional el 15 de enero, vuelo directo a Nueva York-JFK, dos pasajes a nombre de Jéssica y Mónica Ramírez, clase turista pero con asientos asignados en el pasillo para mayor comodidad.

Los tiquetes habían llegado un martes por la mañana, mientras Jéssica desayunaba una tostada con aguacate y revisaba su correo. El asunto decía: «Meridian International – Confirmación de vuelos y reubicación». Lo abrió con los dedos aún pegajosos por la mermelada y leyó cada línea con la atención que solía poner en los contratos bancarios. Todo estaba en orden. El banco había sido generoso: dos maletas documentadas por persona, seguro de viaje incluido, y un voucher para un hotel en Manhattan durante las dos primeras semanas, tiempo suficiente para buscar un apartamento.

—Setenta días —había dicho Mónica, asomándose por encima de su hombro—. Es como unas vacaciones largas.

—No son vacaciones —respondió Jéssica, cerrando el correo—. Es una mudanza. Y tenemos mucho que hacer.

Lo dijeron y lo cumplieron. Las primeras semanas fueron un torbellino de actividad organizada. Jéssica, acostumbrada a planificar estrategias bancarias con meses de anticipación, aplicó la misma metodología a la venta de su vida.

Dividió la casa en zonas: sala, cocina, habitación principal, habitación de Mónica, estudio. Cada zona tenía una lista de objetos etiquetados como «vender», «donar», «guardar» o «tirar». Los «guardar» eran pocos: los álbumes de fotos familiares, las joyas de su abuela, el primer móvil que Mónica había pintado a los tres años, algunos libros firmados por autores que admiraba. Todo lo demás, casi quince años de acumulación silenciosa, estaba en venta.

Las plataformas de compraventa de segunda mano se convirtieron en su segunda oficina. Jéssica aprendió a tomar fotografías con buena iluminación, a redactar descripciones atractivas y a negociar precios sin dejarse ver la cara. No era su especialidad, pero le iba bien. El dinero en su cuenta bancaria, que durante meses había sido motivo de preocupación, comenzó a crecer de manera constante. Nada espectacular, pero suficiente para cubrir los gastos de la mudanza y dejar un colchón para los primeros meses en Nueva York.

Vendió el comedor de madera maciza que había heredado de su suegra. Vendió la bicicleta estática que apenas usaba. Vendió la vajilla de porcelana que solo sacaba en Navidad. Vendió la televisión de la habitación de invitados. Vendió la colección de películas en DVD, porque ya nadie veía DVD. Vendió las macetas grandes del balcón, las sillas de mimbre, la lámpara de pie que nunca le gustó del todo.

Cada venta era una pequeña despedida. Jéssica no se lo tomaba a la ligera. Antes de entregar cada objeto, lo limpiaba con cuidado, lo envolvía en papel burbuja o periódico, y le daba las gracias en silencio. Sonaba ridículo, lo sabía, pero esos objetos habían sido parte de su vida durante años. La mesa del comedor había visto a Mónica aprender a comer sola. El sofá de la sala había sido su refugio las noches en que el insomnio no la dejaba dormir. Las macetas habían sobrevivido a tres mudanzas y a su torpeza con el riego.

Pero la vida, pensaba Jéssica mientras empaquetaba un juego de tazas que nunca usaba, es más grande que las cosas.

Mónica, por su parte, se había convertido en la gerente de logística de los perros. Seis Yorkshire terrier de distintas edades y personalidades. El más viejo se llamaba Tito, tenía doce años y una mancha blanca en la frente. El más joven era Lalo, apenas dos años y una energía imparable. En medio estaban Nina, Lola, Bruno y Coco, cada uno con sus mañas, sus lugares favoritos para dormir y sus exigencias de comida.

Jéssica los amaba. Los había adoptado en diferentes momentos de su vida: algunos llegaron después de la muerte de su esposo, cuando la soledad se volvía densa y los perros llenaban el silencio con ladridos y correteos. Otros fueron regalos de Mónica, que había heredado de su madre la debilidad por los animales pequeños. Pero todos, todos, eran parte de la familia.

Los primeros días, Jéssica intentó convencerse de que podría llevarlos. Investigó las regulaciones para viajar con mascotas a Estados Unidos, leyó decenas de foros de expatriados, contactó a tres empresas especializadas en mudanzas internacionales de animales. Los costos eran astronómicos. La logística, un dolor de cabeza. La cuarentena obligatoria para mascotas provenientes de ciertos países, una barrera casi insuperable en el tiempo que tenían.

—Son seis, mamá —le dijo Mónica una noche, mientras ambas miraban a los perros dormir en sus camas individuales—. Aunque pudiéramos pagarlo, no sería justo para ellos. Imagínate un viaje de ocho horas en la bodega del avión, luego días en cuarentena…

—No digas eso —la interrumpió Jéssica, con la voz más cortante de lo que pretendía.

Mónica calló. Pero no se fue. Se quedó a su lado, en silencio, mientras las lágrimas de Jéssica comenzaban a rodar lentamente por sus mejillas.

No era la primera vez que lloraba desde que aceptó el trabajo, pero sí la primera vez que lloraba por los perros. Había llorado por el miedo a lo desconocido, por la tristeza de dejar su casa, por la nostalgia anticipada de su país. Pero los perros eran diferentes. Los perros no entendían de oportunidades laborales ni de carreras profesionales. Los perros solo sabían que un día su dueña se iría y no volvería.

—No podemos llevarlos —susurró Jéssica finalmente, más para sí misma que para su hija—. Es una locura. Seis perros, dos personas, un país nuevo… Sería egoísta.

—Eso no significa que no duela —respondió Mónica, apoyando la cabeza en el hombro de su madre.

No durmió bien esa noche. Tampoco la siguiente. Pasó varios días revisando anuncios de adopción, visitando refugios, entrevistando candidatos. Quería familias buenas, casas con jardín, personas que entendieran que esos perros no eran un adorno sino seres vivos con rutinas y personalidades.

Encontró a una familia para Tito: una pareja de jubilados que vivían en las afueras, con un patio grande y sin otros animales. Para Lalo, el más inquieto, encontró una casa con niños pequeños que lo llenarían de atención. Los otros cuatro fueron a parar con amigos y conocidos, personas en quienes Jéssica confiaba lo suficiente como para pedirles que le enviaran fotos de vez en cuando.

El día que entregó al último perro fue el más difícil.

Era un sábado por la tarde. Lloviznaba, ese tipo de lluvia fina que no moja del todo pero que entristece el ambiente. Una compañera de la universidad de Mónica se llevaba a Coco, un perrito marrón de tamaño mediano que siempre había sido el más callado de la manada. La chica llegó con una jaula nueva, una mantita suave y una bolsa con golosinas. Jéssica la ayudó a cargar todo en el auto, le dio las últimas instrucciones sobre la comida y las vacunas, y le pidió, por favor, que cuidara de él como si fuera suyo.

La chica asintió con seriedad. Prometió enviar fotos cada semana. Luego arrancó el motor y se fue.

Jéssica se quedó bajo la lluvia, mirando el auto alejarse hasta desaparecer en la esquina. No lloró. No en ese momento. Subió a su apartamento vacío, sin perros, sin los ladridos que la habían despertado cada mañana durante años, sin las patitas mojadas dejando huellas en el piso recién trapeado.

Se sentó en el sofá, el único mueble que aún no había vendido porque lo necesitaban para dormir, y se quedó mirando la pared.

—Mami —dijo Mónica desde la puerta de la cocina—. ¿Estás bien?

Jéssica tardó unos segundos en responder.

—Voy a estarlo —dijo—. Solo necesito un momento.

Mónica asintió y se fue a su habitación.

Y Jéssica, sentada sola en su apartamento cada vez más vacío, se permitió llorar finalmente. No un llanto ruidoso ni desesperado, sino ese llanto silencioso que sale cuando uno entierra algo que ha querido mucho. Lloró por Coco y por Lalo, por Nina y por Tito. Lloró por las mañanas de domingo cuando todos los perros se subían a su cama y la despertaban a lametones. Lloró por las veces que se enojaba con ellos por morder sus zapatos o destrozar las almohadas.

Lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Luego se levantó, fue al baño, se lavó la cara, se miró en el espejo y se dijo que era una mujer adulta, una ejecutiva, una madre, y que las ejecutivas también lloran pero luego se secan los ojos y siguen adelante.

Esa noche, antes de dormir, Mónica se acercó a su cama. No dijo nada. Solo se metió debajo de las sábanas, como hacía cuando era niña y tenía pesadillas. Jéssica la abrazó. No hablaron de los perros. Hablaron de Nueva York, de los rascacielos, del frío que haría en enero, de las pizzas gigantes que prometían comer en algún lugar de Brooklyn. Hablaron de todo menos de lo que dolía.

Y así, poco a poco, el primer mes llegó a su fin. El calendario de la cocina mostraba treinta equis rojas. La casa estaba casi vacía. El dinero en la cuenta bancaria, crecido. Los tiquetes esperaban, fijos e inamovibles, en el cajón del escritorio.

Dos meses más. Sesenta días. Y luego, el vuelo.

Jéssica miró el calendario antes de apagar la luz. Mañana marcaría la X número treinta y uno. Una más. Siempre una más.

Cerró los ojos y durmió, por primera vez en semanas, sin soñar con perros.

El segundo mes comenzó con una calma tensa, de esas que preceden a los grandes cambios.

Jéssica se había levantado a las cinco de la mañana, como era su costumbre, y se había sentado frente a su computador con una taza de café negro humeando a su lado. La casa estaba en penumbras. Ya no había cortinas en las ventanas, solo las persianas metálicas que dejaban pasar finas rayas de luz de la calle. El sonido de los carros al fondo se filtraba sin el amortiguamiento de los muebles que antes lo suavizaban.

El calendario de la cocina ya no estaba. Lo había despegado de la pared la semana anterior, cuando el primer mes terminó. Ahora llevaba la cuenta en una hoja de papel pegada con un imán a la nevera, casi vacía, que reflejaba los últimos contenidos: un yogur caducado, medio limón, una botella de vino tinto que guardaba para alguna celebración que aún no llegaba. En su lugar había una lista manuscrita de objetos pendientes por vender.

Los televisores de las habitaciones fueron los primeros en irse. Jéssica los publicó en una aplicación de compraventa un martes por la mañana y para el jueves ya habían sido retirados por dos compradores distintos. El de su habitación, un Samsung de cuarenta pulgadas que había comprado hacía apenas dos años, se fue en doscientas monedas locales. El de Mónica, más pequeño y más viejo, apenas alcanzó para pagar la cena de esa noche. Pero algo era algo.

Las bicicletas también se fueron. Dos bicicletas de montaña que habían comprado con la ilusión de hacer ejercicio juntas y que terminaron acumulando polvo en el balcón trasero. Jéssica las vendió a un padre joven que quería enseñar a sus hijos a andar. Le dio pena separarse de ellas, sí, pero también le dio algo de paz saber que volverían a rodar.

Los patines fueron más difíciles. Eran de Mónica, de cuando tenía quince años y quería aprender trucos como las chicas de los videos. Los usó tres veces, se lastimó la muñeca y nunca volvió a ponérselos. Jéssica los limpió con cariño, les ajustó las ruedas y los ofreció a una vecina con una niña de la edad justa. La vecina los aceptó con una sonrisa y, al día siguiente, Jéssica escuchó el ruido de las ruedas sobre el pavimento desde su ventana. Sonrió.

La máquina aeróbica fue lo último de la semana. Una elíptica negra, enorme, que ocupaba un tercio del estudio y que Jéssica había usado con disciplina durante los primeros dos años y luego con creciente pereza hasta convertirla en un perchero. Un gimnasio de barrio la compró por una fracción de lo que había costado. Jéssica ayudó a los muchachos a cargarla en la camioneta y, cuando la camioneta arrancó, sintió que perdía un poco de su pasado saludable.

—Ya no tendré excusas para no hacer ejercicio —le dijo a Mónica esa noche por teléfono. Su hija estaba en la universidad, cerrando unos trabajos finales antes de las vacaciones.

—En Nueva York puedes correr por Central Park —respondió Mónica con optimismo—. Es gratis y el paisaje es mejor que ver la pared del estudio.

—¿Y si llueve?

—Entonces haces sentadillas en la sala. No necesitas máquinas para estar en forma, mamá. Tú lo sabes mejor que nadie.

Jéssica rió suavemente. Su hija tenía razón. Pero eso no quitaba que la casa se sintiera cada día más vacía.

La oferta por la casa llegó una tarde, inesperada, como un destello de esperanza en medio de la rutina de ventas.

Era un hombre de negocios, o al menos eso dijo en su mensaje. Había visto el anuncio en el portal inmobiliario donde Jéssica había colgado la propiedad hacía semanas. Le interesaba el barrio, el tamaño del apartamento, la cercanía al transporte público. Quería verlo.

Jéssica preparó la visita con esmero. Limpió las superficies, ordenó lo poco que quedaba, abrió las ventanas para que entrara el sol y puso un ambientador suave en la entrada. No quería que el comprador viera el abandono, sino el potencial. Una mujer ejecutiva conoce la importancia de las primeras impresiones.

El hombre llegó puntual. Tendría unos cuarenta y cinco años, traje azul, maletín de cuero, manos cuidadas. Recorrió cada habitación en silencio, haciendo preguntas técnicas sobre la antigüedad de las tuberías, el estado del tanque de gas, los vecinos. Jéssica respondió con honestidad, sin esconder los problemas pero mostrando las virtudes.

—Me gusta —dijo el hombre al final, mirando el balcón—. El precio, sin embargo…

—Es negociable —respondió Jéssica, aunque en su interior sabía cuánto necesitaba cada moneda—. Pero no demasiado.

Quedaron en que él lo pensaría, que haría números, que hablaría con su esposa. Se despidieron con un apretón de manos seco, profesional. Jéssica lo acompañó hasta la puerta y, cuando la cerró, se apoyó contra la madera y cerró los ojos.

Por favor, que compre, pensó. Por favor.

Pero los días pasaron y el mensaje no llegó. Una semana, dos. Jéssica envió un correo de seguimiento, cortés, sin desesperación. El hombre respondió a las pocas horas: «Lo sentimos, mi esposa prefiere algo más céntrico. Le deseamos mucha suerte».

Jéssica leyó el mensaje tres veces. Luego apagó el teléfono y se preparó una copa de vino, la primera en semanas. La bebió sola, en el sofá, mirando la pared vacía donde antes colgaba un cuadro de flores que le había regalado su madre.

No era la primera vez que una venta no se concretaba, pero la casa era diferente. La casa era el último eslabón. Venderla significaba cortar por completo el cordón umbilical con su vida anterior. Y por más que supiera que era necesario, por más que Nueva York la esperara con los brazos abiertos, una parte de ella sintió un extraño alivio cuando el trato se cayó.

Tendría que buscar otro comprador. O alquilarla. O dejar que la administrara una inmobiliaria. Pero eso sería después. Ahora había que seguir adelante.

Habían pasado quince días desde que entregó al último perro.

Jéssica ya no lloraba cuando pensaba en ellos, pero aún sentía el vacío. Los silencios de la casa, antes llenos de ladridos y patitas, ahora eran profundos como un pozo. Cada mañana, al despertar, esperaba escuchar a Tito rascando la puerta de su habitación. Cada tarde, al volver de hacer diligencias, miraba instintivamente al suelo para no pisar ninguna cola. Cada noche, al acostarse, sentía que le faltaba el calor de los cuerpos pequeños durmiendo a sus pies.

Mónica también lo extrañaba, pero era más joven y se distraía con más facilidad. Jéssica, en cambio, tenía la cabeza llena de silencios.

Por eso, quizás, una noche de insomnio, abrió su computador sin un propósito claro.

Eran las dos de la madrugada. La ciudad afuera estaba callada, solo el ruido lejano de algún camión de basura o un auto solitario perforando la noche. Jéssica no podía dormir. Había apagado la luz, dado vueltas en la cama, contado ovejas mentalmente. Nada funcionaba. Así que encendió la lámpara del velador, abrió su computadora portátil y comenzó a navegar sin rumbo.

Revisó su correo: solo spam. Revisó las noticias: nada interesante. Revisó las redes sociales: publicaciones de amigos que no le importaban. Hasta que, por pura inercia, abrió el historial de navegación y empezó a hojear páginas que había visitado meses atrás.

Portales de empleo. Anuncios de trabajo. Ofertas que había revisado en los días oscuros del desempleo, cuando cualquier oportunidad parecía mejor que ninguna.

Uno de los enlaces llamó su atención. No por el contenido, sino por la fecha. Casi un año atrás. ¿Qué había estado viendo ella en esa época? Hizo clic sin pensar demasiado.

La página cargó lentamente, con esas conexiones lentas que solo se notan cuando uno tiene prisa o insomnio. Jéssica esperó, apoyó la cabeza en la almohada, y la pantalla finalmente mostró el contenido.

Era un portal clasificado, de esos donde la gente publica servicios y ofertas de todo tipo: trabajos, cursos, ventas, y también… otras cosas.

Jéssica no había recordado haber visitado esa página. Pero allí estaba en el historial, y su curiosidad, esa misma curiosidad que la había llevado a aceptar la entrevista con Raquel, comenzó a despertarse.

Bajó la página lentamente. La mayoría de los anuncios eran aburridos, cosas normales. Pero uno, en particular, la hizo detenerse.

«Busco mujer cosquilluda para sesión de cosquillas. Pago bien. Discreción total. Chico de 21 años.»

Jéssica se quedó mirando la pantalla. Su corazón, que minutos antes latía con la lentitud del insomnio, comenzó a acelerarse.

Leyó el anuncio otra vez. Luego otra. Cada palabra parecía grabada en la pantalla con un brillo especial, como si el destino la hubiera llevado allí esa noche por una razón que aún no comprendía.

El anuncio era breve, directo. Decía algo así como: «Hola, soy un chico de 21 años, respetuoso y serio. Estoy buscando una mujer mayor que tenga cosquillas, especialmente en los pies. Me gustaría grabar una sesión de cosquillas para uso personal. Pago por hora. Discreción absoluta. Si te interesa, escríbeme a este correo.»

Jéssica verificó la fecha de publicación. Tres días atrás. El anuncio estaba fresco, reciente, como una fruta lista para ser cortada.

Se quedó mirándolo un largo rato. Su mente, formada en la lógica de los negocios y la estrategia corporativa, comenzó a hacer cuentas. El dinero que le ofrecerían por una hora era lo que ganaría en una semana en su nuevo trabajo. No lo necesitaba, en realidad. El puesto en Nueva York era más que suficiente para vivir bien. Pero algo en el anuncio la atraía, algo que iba más allá del aspecto económico.

Quizás era la posibilidad de explorar esa parte de sí misma que tantas veces había ocultado. Quizás era la oportunidad de enfrentar sus cosquillas en un entorno controlado, sin la humillación de la entrevista con Raquel. Quizás era simplemente la emoción de hacer algo prohibido, secreto, que nadie más supiera.

O quizás, simplemente, era el insomnio jugándole una mala pasada.

Pero Jéssica, que había construido su carrera tomando decisiones calculadas y racionales, sintió que esta vez no quería pensar. Quería actuar.

Copió la dirección de correo electrónico del anunciante. Abrió su cuenta de correo personal, no la profesional, esa que solo usaba para cosas íntimas y pocas amigas. Creó un mensaje nuevo. Escribió. Borró. Volvió a escribir.

Finalmente, el mensaje quedó así:

«Hola. Vi tu anuncio. Soy mujer, 40 años, ejecutiva. Tengo cosquillas, especialmente en los pies. Me interesaría saber más. Prefiero mantener esto en privado. Escríbeme si aún buscas a alguien. Saludos.»

Leyó el mensaje tres veces. Verificó que no hubiera datos personales que la identificaran. No puso su nombre real ni su ciudad ni nada que pudiera rastrearse. Solo lo suficiente para despertar interés.

El dedo dudó sobre el botón de enviar.

—No voy a hacerlo —se dijo a sí misma en voz baja, como si hablar la ayudara a razonar.

Pero su dedo, rebelde, hizo clic.

El mensaje se fue.

Jéssica cerró la computadora de golpe, como si la pantalla pudiera delatarla. Apagó la lámpara y se quedó en la oscuridad, escuchando los latidos de su corazón que aún no se calmaban.

—Fue un error —susurró al techo—. No va a responder. Y si responde, lo borro y ya.

Pero en el fondo, muy en el fondo, Jéssica esperaba que sí respondiera. Y esa esperanza, mezclada con culpa y emoción, la acompañó hasta que finalmente el sueño la venció.

A la mañana siguiente, Mónica la encontró desayunando con normalidad. Le preparó café, le contó un chiste de la universidad, le preguntó si había dormido bien. Jéssica dijo que sí. No era cierto, pero su hija no tenía por qué saberlo.

Había cosas que una madre guarda para sí misma. Siempre las hubo. Esta sería una más.

—Mamá, ¿revisaste lo del alquiler de la casa? —preguntó Mónica mientras untaba mermelada en una tostada.

—Todavía no —respondió Jéssica—. Lo haré hoy.

—¿Y lo de los perros? ¿Alguien ha enviado fotos?

—Sí. Tito está muy bien. Comió demasiado, parece.

Mónica sonrió. Jéssica también. La conversación siguió su curso normal, la rutina de siempre, como si nada hubiera pasado.

Pero Jéssica, en algún lugar profundo de su memoria, guardó el recuerdo de aquel mensaje enviado en la madrugada. Y esperó.

No le dijo nada a su hija. No pensaba hacerlo. Aquello, fuera lo que fuera, era solo para ella. Un pequeño secreto en medio de la mudanza, un guiño del destino o del insomnio, una curiosidad que probablemente no llevaría a ningún lado.

O quizás sí.

El tiempo lo diría.

El mensaje llegó un jueves por la noche, cuando Jéssica menos lo esperaba.

Habían pasado casi cuatro días desde que envió aquel correo impulsivo en mitad del insomnio. Cuatro días durante los cuales había revisado su bandeja de entrada una docena de veces al día, sintiéndose ridícula cada vez que lo hacía. Cuatro días pensando que quizás el chico ya había encontrado a alguien, o que su mensaje había sido demasiado vago, o que simplemente aquella idea absurda había muerto antes de nacer.

Pero entonces apareció.

«Re: Busco mujer cosquilluda», decía el asunto.

Jéssica estaba sentada en el sofá, el único mueble grande que quedaba en la sala, con su computadora portátil apoyada en las piernas. Mónica había salido a cenar con unas amigas de la universidad, una especie de despedida anticipada, así que tenía la casa para ella sola. El silencio era total, solo interrumpido por el zumbido de la nevera casi vacía y el tráfico lejano de la avenida.

Abrió el correo con los dedos ligeramente temblorosos. No estaba nerviosa, se dijo a sí misma. Era solo curiosidad. Solo eso.

El mensaje era largo, pero estaba bien redactado. El chico se presentaba como «Alex», aunque aclaraba que ese no era su nombre real. Tenía veintiún años, estudiaba ingeniería informática en una universidad privada, y llevaba unos dos años grabando videos de cosquillas para un sitio web especializado. Lo decía con naturalidad, como quien habla de cualquier trabajo de medio tiempo.

«Entiendo que esto puede parecer extraño al principio», escribió Alex, «pero te aseguro que soy completamente serio y respetuoso. He trabajado con varias chicas antes, aunque siempre de mi edad o menores. Últimamente me ha dado por explorar otro tipo de perfiles, mujeres mayores, ejecutivas, con experiencia de vida. Me parece que hay algo muy interesante en ese contraste, la seriedad del día a día frente a la vulnerabilidad de las cosquillas. Suena a divagación de universitario, lo sé. Pero es la verdad.»

Jéssicas sonrió a pesar de sí misma. El chico tenía cierta labia, eso había que reconocerlo.

Luego venía la parte práctica.

«Para poder definir una sesión, necesitaría que me cuentes un poco más sobre ti. No comparto esta información con nadie, y puedes usar un nombre falso si te sientes más cómoda. Esto es lo que suelo pedir a todas las chicas con las que trabajo:»

Y entonces enumeró:

Nombre: (el que quieras usar)
Edad:
Ocupación:
Estatura:
Medidas aproximadas: (no necesita ser exacto)
Talla de calzado:
Color de piel:
Color de ojos:
Color de cabello:

Sobre tus cosquillas:

  • Nivel de sensibilidad del 1 al 10 en cada zona (pies, axilas, costillas, cuello, palmas, etc.)
  • ¿Cuál es tu punto más cosquilludo? (el que te hace reír solo de pensarlo)
  • ¿Alguna experiencia previa con cosquillas? (opcional)

Fotos:

  • Una foto de cuerpo entero, descalza (puede ser de pies, no importa la ropa)
  • Una foto de tus pies desde arriba
  • Una foto de las plantas de tus pies

«Sé que puede parecer mucha información, pero es para asegurarme de que haya química visual y sensorial. Las cosquillas son un lenguaje, si me permiten la metáfora, y necesito saber si tus pies y los míos hablan el mismo idioma. Suena raro, lo sé. Pero los que entienden esto, lo entienden.»

Jéssica leyó el mensaje dos veces. Luego una tercera. Su primer impulso fue cerrar la computadora y olvidarse del asunto. Era demasiado. Fotos de sus pies, de sus plantas, de su cuerpo entero. Información personal que podría ser usada en su contra. Y para colmo, el chico tenía veintiún años, la mitad de los suyos prácticamente.

Pero algo la detuvo.

Quizás era el tono del mensaje, educado sin ser empalagoso, directo sin ser vulgar. Quizás era la honestidad con la que Alex describía su interés. O quizás, simplemente, era esa parte de Jéssica que llevaba meses dormida y que ahora comenzaba a despertar con preguntas incómodas.

Se levantó del sofá y caminó hasta su habitación. Necesitaba pensar.

La habitación también estaba casi vacía. Solo la cama, un velador y una lámpara. Las cortinas ya no estaban, pero había colgado una sábana blanca para que no se viera desde afuera. En el suelo, su bolso de mano y un par de zapatos. En el armario, las pocas prendas que se llevaría a Nueva York.

Se sentó en el borde de la cama y miró sus pies.

Tenía puesto el pedicure recién hecho de hacía dos días. Fue al salón el martes, después de vender la bicicleta. No era una cita programada, sino una decisión espontánea. Caminaba por la calle, vio el cartel del salón, y entró sin pensarlo demasiado. La chica que la atendió ya la conocía, sabía de sus cosquillas, y esta vez Jéssica no dijo nada. Se recostó, cerró los ojos y dejó que le hicieran el tratamiento completo: exfoliación, masaje, crema hidratante y esmalte. Se rió un par de veces, sí, pero no fue nada del otro mundo. O quizás sí, pero prefería no analizarlo.

El esmalte era otra vez vino tinto. El color de siempre. El color que usaba desde que tenía memoria, porque su madre decía que ese tono le quedaba bien con su piel blanca. Las uñas de los pies, perfectamente limadas, brillaban bajo la luz de la lámpara del velador.

Volvió a la sala. Abrió la computadora. Releó el mensaje por cuarta vez.

—Es solo una curiosidad —murmuró—. No tengo que enviar nada. Puedo simplemente… no hacerlo.

Pero sus dedos ya estaban escribiendo la respuesta.

«Hola Alex», comenzó.

Decidió no usar su nombre real. Se llamaría «Valeria», un nombre que siempre le había gustado y que no tenía ninguna conexión con su vida real.

«Soy mujer, 40 años. Ejecutiva, como te comenté. Mido 1.70, peso 57 kg. Talla de calzado 37. Piel blanca, ojos verdes, cabello rubio.»

Eso fue fácil. Eran datos objetivos, fríos. Lo difícil venía ahora.

«Sobre mis cosquillas…», escribió, y se detuvo.

¿Cómo describir algo que había pasado toda su vida ocultando? ¿Cómo poner en palabras esa sensación eléctrica que recorría su cuerpo cuando alguien tocaba sus plantas? ¿Cómo explicar que, a los cuarenta años, siendo una mujer profesional y madre, todavía saltaba como una niña si le rozaban el arco del pie?

Respiró hondo y continuó.

«Nunca he hecho esto antes. Nunca he hablado tan abiertamente de mis cosquillas con nadie que no fuera mi hija (y ella lo sabe porque, bueno, es mi hija). Así que intentaré ser lo más honesta posible.»

«En una escala del 1 al 10, diría que mis pies son un 9, quizás un 9.5. Especialmente las plantas. Mis axilas también son sensibles, pero ahí sería un 7. Las costillas y el cuello son un 5 o 6, nada del otro mundo. Las palmas casi no tengo cosquillas.»

«Mi punto más cosquilludo es el centro del arco del pie izquierdo. Ahí, literalmente, no puedo ni pensar. Si alguien toca esa zona, pierdo el control por completo. Da igual que intente concentrarme, que intente no reírme, que intente pensar en cosas tristes. Nada funciona. Es como un botón de pánico que activa la risa. El pie derecho también es muy sensible, especialmente la base de los dedos, pero el izquierdo… el izquierdo es mi talón de Aquiles, por así decirlo.»

«Experiencia previa. Sí, una. Hará unos ocho meses, tuve una entrevista de trabajo muy extraña donde me hicieron cosquillas en los pies como parte de una ‘prueba de resistencia’. Fue… intenso. No sé si quiero repetirlo exactamente así, pero desde entonces me quedó cierta curiosidad. De ahí que haya respondido a tu anuncio, supongo.»

«Sé que puede sonar contradictorio: soy una mujer seria, ejecutiva, madre, con una vida resuelta (o al menos eso intento), y aquí estoy, en mitad de la noche, escribiéndole a un desconocido sobre mis cosquillas. Pero creo que hay algo en esta vulnerabilidad que me resulta, no sé, intrigante. Quizás es la posibilidad de explorar algo que siempre he ocultado, pero en un entorno controlado. O quizás es solo que cumplí 40 y me dio por hacer locuras. Tú dirás.»

Se quedó mirando el párrafo final. Era demasiado personal, demasiado íntimo. Pero también era honesto, y algo le decía que Alex apreciaría la honestidad.

Borrarlo, pensó. Borra eso y sé más breve.

Pero no lo hizo.

Las fotos fueron lo más difícil.

Jéssica no era una mujer tímida. Estaba acostumbrada a las cámaras, a los videos corporativos, a las fotos de perfil profesional. Pero enviar una foto de sus pies descalzos a un desconocido de internet era algo completamente diferente.

Se levantó y caminó hasta el espejo del pasillo. Se miró de cuerpo entero. Llevaba puesto un pantalón negro de algodón y una blusa blanca de manga larga, la ropa de estar en casa. Estaba descalza, claro. En casa nunca usaba zapatos.

Apoyó la espalda contra la pared blanca y levantó su teléfono. Hizo varias tomas: de lejos, de cerca, con luz natural, con flash. Seleccionó la que mejor la mostraba: de pies a cabeza, con los brazos caídos a los costados, la expresión neutra, los pies descalzos apoyados en el suelo. Se veía bien, pensó. Se veía como era: una mujer de cuarenta años en buena forma, sin artificios.

Luego se sentó en el borde de la cama para las fotos de sus pies.

Primero, la vista desde arriba: las piernas estiradas, los tobillos cruzados, los pies juntos. El esmalte vino tinto brillaba suavemente. Los dedos, largos y rectos. El empeine, pronunciado.

Después, la foto de las plantas. Esa fue más incómoda. Tuvo que levantar un pie, girarlo, sostenerlo con una mano mientras con la otra tomaba la foto. El resultado mostraba una planta rosada, suave, con el arco profundo y el talón redondeado. No había callosidades ni imperfecciones. Eran pies bonitos, sí, pero también pies vulnerables, y eso era exactamente lo que Alex quería ver.

Revisó las fotos una última vez. La luz era buena. El enfoque, correcto. No se veía nada que pudiera identificarla más allá de lo que ella misma había contado.

Las adjuntó al correo junto con el texto. Clic en enviar. Otra vez.

Y otra vez se quedó mirando la pantalla, escuchando los latidos de su corazón que, otra vez, se negaban a calmarse.

El teléfono sonó quince minutos después. Era Mónica.

—Mami, ¿estás despierta?

—Sí, hija. ¿Todo bien?

—Todo bien. Vamos para la casa, pero Ana me pidió si puede quedarse a dormir. ¿Hay problema? Es que mañana temprano tenemos que terminar un trabajo y su casa le queda lejos.

Jéssica miró el reloj de su computadora: casi once de la noche.

—No hay problema, Mónica. La casa está vacía, pero hay sitio en el suelo.

—Genial. Llegamos en media hora. ¿Necesitas algo de la calle?

—Nada, gracias. Conduce con cuidado.

—Sí, mamá. Te quiero.

—También te quiero.

La llamada terminó. Jéssica cerró la computadora y la guardó en su funda. No quería que Mónica viera el navegador abierto, el correo, las fotos. No hoy.

Se levantó, recogió las tazas de café de la sala, lavó los platos que habían quedado en el fregadero y barrió el suelo del recibidor. Cosas normales. Cosas de madre. Cosas que la anclaban a la realidad después de la pequeña locura que acababa de cometer.

Cuando Mónica y Ana llegaron, Jéssica ya estaba en pijama, leyendo un libro en su habitación. Las escuchó reír en la sala, poner música bajito, abrir la nevera y quejarse de que no había nada de comer. Sonrió.

Eran las cosas normales las que la mantenían cuerdas.

Y mientras escuchaba las risas de las chicas, pensó en Alex, en las fotos, en lo que vendría después. Pensó si realmente llevaría a cabo esa locura o si todo quedaría en un intercambio de correos electrónicos, en una fantasía de insomnio que se disolvería con la luz del día.

No lo sabía.

Pero por primera vez en mucho tiempo, Jéssica sentía que algo interesante estaba a punto de suceder. Algo suyo, solo suyo, que no tenía nada que ver con ser madre, ni ejecutiva, ni viuda, ni mujer responsable. Algo que la conectaba con esa parte más secreta de sí misma, la que durante años había guardado bajo llave junto con sus pies dentro de los tacones.

Cerró los ojos y, antes de dormir, sonrió en la oscuridad.

Lo que fuera que pasara, pasaría. Pero al menos había dado el primer paso.

Mónica y Ana llegaron cerca de las once, como habían dicho. Jéssica las escuchó desde su habitación: las llaves girando en la cerradura, las risas ahogadas para no despertarla, los susurros sobre quién dormía en el sofá y quién en el colchón inflable que aún guardaban en el armario del estudio. No salió a saludarlas. A veces las madres saben que sus hijas necesitan espacios sin ellas, y Jéssica había aprendido con los años a respetar esos límites silenciosos.

Se quedó en la cama, con el libro abierto en el regazo pero sin leer, escuchando los ruidos de la casa. Las chicas se instalaron en la sala, pusieron una película en la computadora portátil (la televisión ya no estaba) y rieron bajito durante un rato. Luego, el silencio. Luego, los ronquidos suaves de alguien que no era Mónica. Jéssica apagó la luz y cerró los ojos, pero el sueño tardó en llegar. Su mente seguía dando vueltas alrededor del correo enviado, las fotos, las palabras que había escrito sobre sus pies y sus cosquillas. Se sentía expuesta, pero también extrañamente liviana, como si hubiera soltado un peso que ni siquiera sabía que cargaba.

Finalmente, el sueño la venció.

La mañana llegó con luz filtrada a través de la sábana blanca que cubría la ventana. Jéssica despertó tarde, cerca de las nueve, algo inusual en ella. El silencio de la casa le indicó que las chicas ya se habían ido. En la mesita de noche encontró una nota doblada en forma de triángulo, escrita con la letra redonda de Mónica:

«Mamá: nos fuimos a desayunar con Ana antes de que se fuera a su casa. Hay pan en la cocina (el que compraste ayer). Te quiero. Nos vemos al mediodía. M.»

Jéssica sonrió. Su hija era detallista, incluso cuando no hacía falta. Se levantó, se puso la bata y fue a la cocina. Preparó café, tostó una rebanada de pan, se sentó en la única silla que quedaba (las otras cuatro ya las había vendido) y desayunó en silencio, mirando la pared vacía donde antes colgaba un reloj de pared que nunca funcionaba bien.

Eran las nueve y cuarenta y cinco cuando el teléfono vibró sobre la mesa.

Jéssica lo tomó sin prisa, pensando que sería Mónica avisándole algo de la comida o alguna amiga escribiendo para despedirse. Pero no. Era un correo electrónico. De Alex.

Lo abrió con el dedo índice, manchado todavía con migas de pan.

«Valeria (o como prefieras llamarte)», comenzaba el mensaje. «He visto tus fotos y leído tu respuesta. Quiero ser honesto contigo: me has dejado sin palabras. No esperaba encontrar a alguien con tu perfil, tan sincera, tan clara. La mayoría de las chicas que me escriben son evasivas, o están nerviosas, o directamente me bloquean después del primer mensaje. Tú has sido diferente. Y eso me ha gustado mucho.»

«Estoy muy interesado en hacer una sesión contigo. Si tú también lo estás, puedo enviarte la dirección donde nos encontraríamos. Es un lugar privado, discreto, que uso para grabar mis videos. Nadie más sabe de su existencia. Y, por supuesto, la sesión sería con total respeto hacia ti. Si en algún momento quieres parar, paramos. Sin preguntas, sin presiones.»

«Dime si te interesa y te envío la dirección. También te paso mi número de WhatsApp para que sea más fácil coordinar. Un abrazo. Alex.»

Jéssica leyó el mensaje dos veces. El café se estaba enfriando en la taza. El pan, a medio terminar, quedó abandonado en el plato.

Su curiosidad, esa misma que la había llevado a responder el anuncio, seguía intacta. Pero ahora no era solo curiosidad. Era una mezcla extraña de nervios, emoción y también un poco de miedo. ¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso una mujer de cuarenta años, ejecutiva, madre, con una mudanza a Nueva York en dos meses, se iba a encontrar con un desconocido de veintiuno para que le hiciera cosquillas en los pies?

La respuesta, al parecer, era sí.

No tenía nada que hacer ese día. Mónica volvería al mediodía, eso le daba un par de horas libres. La casa estaba casi vacía, las ventanas sin cortinas, las paredes desnudas. No había motivo para quedarse. Y quizás, pensó mientras se levantaba de la silla, quizás necesitaba hacer algo que la sacara de la rutina de la mudanza, de las ventas, de las despedidas. Algo que fuera solo para ella, aunque fuera absurdo.

Se duchó con agua caliente, más tiempo de lo necesario. Se secó el cabello con la toalla, lo peinó hacia atrás, lo dejó suelto sobre los hombros. No quería parecer demasiado arreglada, pero tampoco quería ir descuidada. Se miró en el espejo del baño, el único que quedaba en la casa porque estaba empotrado en la pared. Se veía bien, pensó. Los cuarenta le sentaban mejor de lo que había imaginado.

Se vistió con un jean oscuro, ajustado pero no apretado, de esos que favorecen sin resultar provocativos. Una camiseta blanca de cuello redondo, sencilla, limpia. Una chaqueta de mezclilla azul, la que usaba para los fines de semana informales. Y los zapatos: unos tacones negros, de ante, con la punta ligeramente ovalada y el tacón de siete centímetros. No eran sus zapatos favoritos, pero sí los que mejor combinaban con el jean. No llevaba broches, solo la línea limpia del cuero abrazando su pie.

Se maquilló con moderación: un poco de base, rímel en las pestañas, un toque de gloss en los labios. Nada más. No quería parecer que se había arreglado para alguien, aunque en el fondo supiera que sí.

Antes de salir de su habitación, tomó el teléfono y respondió el correo. Fue breve, directa, como si estuviera cerrando un trato comercial:

«Hola Alex. Me interesa. Envíame la dirección y tu número de WhatsApp. Salgo en unos minutos. Jess (mi nombre real es Jéssica, pero puedes llamarme como prefieras).»

El correo se fue. Menos de dos minutos después, el teléfono vibraba de nuevo.

«Jéssica. Me alegra mucho. Aquí tienes la dirección. Es un estudio fotográfico alquilado en el barrio industrial, cerca de la estación de tren. Llegar es fácil. Mi número de WhatsApp: +57 3XX XXX XX. Escríbeme cuando estés cerca. Nos vemos.»

Jéssica copió la dirección en Google Maps. El trayecto marcaba veinticinco minutos, dependiendo del tráfico. Calculó: saliendo ahora, llegaría cerca de las once. Tendría tiempo de sobra antes de que Mónica volviera.

Guardó el número de Alex en su teléfono como «Alex TK». No sabía por qué las TK, pero sonaba discreto, como un contacto de trabajo. Abrió WhatsApp y escribió:

«Hola Alex, soy Jéssica. Ya voy en camino. Llegaré como en media hora. Cualquier cosa, te aviso.»

El mensaje se fue con una sola marca de verificación. Alex aún no lo había leído. Jéssica guardó el teléfono en el bolsillo trasero del jean, tomó las llaves del auto (el Audi A5 que aún no había vendido, aunque tenía una oferta pendiente) y salió de la casa.

El sol de media mañana la recibió en la calle. El edificio de apartamentos se veía más viejo que cuando llegó, hacía ya tantos años. Las paredes necesitaban una mano de pintura, el jardín del frente estaba descuidado, y el portero, un señor mayor llamado don Oscar, la saludó con la mano desde su garita.

—¿Sale temprano, señora Jéssica? —preguntó, asomando la cabeza por la ventanilla.

—Cosas de la mudanza, don Oscar —respondió ella con una sonrisa—. Últimos trámites.

—Ah, qué bien. Cuídese mucho.

—Igualmente.

Arrancó el motor y salió del estacionamiento. En la radio sonaba una canción en inglés que no reconocía, pero la dejó porque el ritmo era alegre y la ayudaba a no pensar. El tráfico estaba fluido, para variar un jueves a media mañana. Los semáforos la favorecieron. En menos de veinte minutos ya estaba cruzando el puente que separaba su barrio residencial del barrio industrial.

El área cambió rápidamente. Las casas con jardín dieron paso a bodegas, talleres mecánicos, galpones pintados de colores desgastados. Las calles se ensancharon, los árboles desaparecieron, y el asfalto se volvió más áspero, con parches y baches que el Audi sorteaba con cierta dignidad.

Jéssica miró el teléfono apoyado en el soporte del tablero. Google Maps indicaba que estaba a cinco minutos. Su corazón comenzó a latir más rápido, esa sensación física inconfundible que precede a lo desconocido.

—Eres una mujer adulta —se dijo en voz alta—. Has manejado crisis bancarias, auditorías, despidos masivos, una viudez. Esto es solo una sesión de cosquillas. No es la muerte de nadie.

Pero sus manos sudaban ligeramente sobre el volante.

Llegó a la calle indicada. Era una calle tranquila, con galpones a ambos lados y muy poco movimiento. El número que buscaba correspondía a una construcción de dos pisos, con fachada gris y una puerta metálica azul. No había letreros, ni anuncios, nada que indicara que allí funcionara un estudio fotográfico. Parecía más bien un depósito abandonado o un taller en desuso.

Jéssica estacionó el auto enfrente, en un espacio vacío entre dos camionetas estacionadas. Apagó el motor, se quedó unos segundos mirando el edificio, y luego tomó el teléfono.

«Alex, llegué. Estoy frente a la puerta metálica azul. ¿Ahí es?»

El mensaje se fue con una sola marca. Pero al cabo de unos segundos aparecieron las dos, y luego el indicador de que Alex estaba escribiendo.

«Sí, ahí es. Ahora mismo bajo a abrirte. Espérame un momento.»

Jéssica guardó el teléfono, se bajó del auto y cerró la puerta con un golpe seco. El aire olía a aceite quemado y a tierra mojada, aunque no había llovido en días. Se ajustó la chaqueta, pasó una mano por su cabello para acomodarlo, y caminó hacia la puerta metálica.

No había timbre. Solo una manija metálica que parecía no usarse desde hacía tiempo. Jéssica esperó, con las manos metidas en los bolsillos delanteros de la chaqueta, tratando de parecer más tranquila de lo que se sentía.

La puerta metálica se abrió hacia adentro con un chirrido suave, como si sus bisagras no estuvieran acostumbradas a moverse con frecuencia. Detrás de ella apareció un chico alto, delgado, de esos que parecen más jóvenes de lo que realmente son.

Alex, porque solo podía ser él, tendría aproximadamente un metro ochenta, aunque su postura ligeramente encorvada le restaba algunos centímetros. Usaba gafas de marco grueso negro, de esas que los estudiantes de ingeniería suelen preferir, y su cabello castaño oscuro estaba ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces antes de abrir la puerta. Llevaba puesto un hoodie gris holgado, pantalones de mezclilla desgastados y unas zapatillas deportivas blancas que ya no eran tan blancas.

Su rostro era agradable, con rasgos suaves y una barba incipiente que apenas comenzaba a cubrir su mandíbula. Los ojos, detrás de las gafas, eran de un color castaño claro y miraban con una mezcla de timidez y curiosidad. Tenía toda la apariencia de un nerd de universidad, de esos que pasan más horas frente a una computadora que en el mundo real.

—¿Jéssica? —preguntó, aunque ya lo sabía. Su voz era más grave de lo que ella esperaba, pero suave, casi cautelosa.

—Sí. ¿Alex? —respondió ella, aunque también lo sabía.

—Sí. Pasa, por favor.

Se hizo a un lado y Jéssica entró.

El espacio era más grande de lo que parecía desde afuera. Era una bodega, sí, pero no de esas frías y abandonadas. Las paredes eran de ladrillo visto, pintadas de blanco en algunos tramos. El suelo era de cemento pulido, limpio, sin manchas de aceite ni polvo. En algún lugar del techo, unos tubos fluorescentes encendidos iluminaban todo con una luz blanca y pareja.

Alex caminó delante de ella, con pasos lentos, como si quisiera darle tiempo a observar.

—Esto es lo que yo llamo mi estudio —dijo, señalando el espacio principal con un gesto amplio—. Pero en realidad es donde vivo. Lo sé, suena raro, pero me gusta tener todo cerca.

Jéssica miró a su alrededor. A la izquierda había una pequeña sala improvisada: un sofá de dos plazas de color gris claro, una mesa baja de madera, una alfombra redonda debajo. En las paredes, algunos carteles de películas antiguas y fotografías en blanco y negro de ciudades que no identificó. No había ventanas, solo algunas claraboyas en el techo que dejaban entrar luz natural.

—Vives aquí, ¿dices? —preguntó Jéssica, con un tono de curiosidad genuina.

—Sí —respondió Alex, frotándose la nuca con una mano—. Heredé el espacio de mi abuelo. Él lo usaba para guardar herramientas y cosas de construcción. Yo lo fui adecuando con el tiempo. No es lujoso, pero es mío.

Continuó caminando hacia el fondo. Jéssica lo siguió, notando cómo sus tacones hacían un sonido hueco contra el cemento.

—Por aquí está mi habitación —dijo, abriendo una puerta de madera que daba a un espacio más pequeño.

La habitación era sorprendentemente ordenada. Una cama de matrimonio con sábanas azules y una colcha gris, perfectamente tendida. Dos almohadas mullidas alineadas con cuidado. Una mesita de noche con una lámpara pequeña y un libro de programación. Y, en la pared opuesta, un escritorio largo de madera oscura donde había una laptop abierta, una cámara de video montada en un trípode pequeño y dos paneles de luces LED ajustables.

Jéssica no pudo evitar mirar la pantalla de la laptop. Alcanzó a ver lo que parecía un video en pausa: una imagen de dos pies femeninos, con las plantas rosadas y las uñas pintadas, y unas manos acercándose a ellos. Desvió la mirada rápidamente.

—Esa es mi zona de trabajo —explicó Alex, señalando el escritorio sin ningún pudor—. Allí edito los videos, los guardo, los subo. La cámara es para grabar. Las luces son LED profesionales, no calientan apenas.

—Veo que tomas esto con seriedad —comentó Jéssica, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Completamente —respondió él, con una firmeza que contrastaba con su apariencia desgarbada—. Para mí no es un juego, Jéssica. Es mi fetiche, sí, pero también es mi trabajo. Y cuando trabajo, soy profesional.

Jéssica asintió. No sabía si creerle del todo, pero al menos apreciaba la honestidad.

Alex cerró la puerta de su habitación con suavidad y la guió de vuelta a la sala.

—Sentémonos un rato, si quieres —propuso, señalando el sofá—. Así podemos conversar tranquilos antes de empezar. No me gusta apresurar las cosas.

Jéssica se sentó en el sofá, en el extremo izquierdo. Alex se sentó en el otro extremo, dejando un espacio prudente entre ellos. No era un sofá grande, pero la distancia era suficiente para que ella no se sintiera invadida.

—¿Quieres agua? ¿Café? —ofreció Alex.

—Agua está bien —respondió ella.

Alex se levantó, fue a una nevera pequeña que había en un rincón de la sala (Jéssica no la había notado antes), sacó una botella de agua sin gas y se la alcanzó. Luego volvió a sentarse.

Jéssica bebió un sorbo. El agua estaba fría, tanto que le dolió un poco los dientes. Lo agradeció. La frescura la ayudó a calmar los nervios.

—Bueno —dijo Alex, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando los dedos—. Para romper el hielo. ¿Qué quieres saber de mí?

Jéssica se recostó en el sofá, aflojando un poco los hombros. La charla, pensó, era una buena idea. Necesitaba sentir que conocía a la persona con la que estaba a punto de compartir una experiencia tan íntima.

—¿Desde hace cuánto te dedicas a hacer videos de cosquillas? —preguntó.

Alex sonrió, como si esperara esa pregunta.

—Desde los diecinueve. Bueno, en realidad desde antes, pero de manera profesional desde los diecinueve. Empecé grabando a una amiga de la universidad que también era cosquillosa. Ella sabía de mis gustos y se ofreció voluntaria. El video le gustó, lo subí a una plataforma y empezó a generar dinero. Poco a poco fui haciéndome un nombre.

—¿Y cuántos videos has hecho?

—Decenas, tal vez un centenar. La mayoría con chicas jóvenes, de mi edad o un poco menores. Pero también con algunas mayores. Las mujeres de cuarenta o más, como tú, tienen un público específico que las busca.

—¿En serio? —Jéssica levantó una ceja—. ¿Y por qué?

—Honestidad brutal —respondió Alex, encogiéndose de hombros—. Hay algo en la madurez, en el contraste entre la seriedad de una mujer adulta y la vulnerabilidad de las cosquillas, que a mucha gente le atrae. No es mi caso particular, yo solo busco lo que me gusta, pero sé que hay un mercado. Por eso me interesó tu perfil desde el principio.

Jéssica asintió. Tenía sentido, de alguna manera retorcida pero coherente.

—¿Y tú? —preguntó Alex, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Por qué respondiste mi anuncio? Porque dices que eres ejecutiva, madre, tienes una vida resuelta. ¿Qué hace que alguien como tú termine en el estudio de un desconocido para que le hagan cosquillas?

La pregunta era directa, pero no agresiva. Alex la había formulado con un tono de genuina curiosidad, no de juicio.

Jéssica se tomó unos segundos para responder. Bebió otro sorbo de agua, sintió el frío recorrer su garganta.

—Todavía no lo sé bien —dijo finalmente—. Curiosidad, supongo. Y también… no sé, la necesidad de hacer algo que sea solo mío. Buena parte de mi vida gira en torno a mi hija, a mi trabajo, a las responsabilidades. Esto… esto no tiene nada que ver con nada de eso. Es solo para mí.

—Esa es la mejor razón —dijo Alex, asintiendo con seriedad—. Hacer cosas por uno mismo.

—¿Tú eres fetichista? —preguntó Jéssica, cambiando ligeramente de tema pero manteniendo el hilo.

—Sí —respondió Alex sin dudar—. De cosquillas y de pies. No me avergüenza decirlo. Es parte de quien soy. Y he aprendido que mientras sea consensuado, mientras haya respeto, no hay nada malo en ello.

—¿Y cómo descubriste que te gustaba?

Alex se rió suavemente, una risa corta, casi tímida.

—Como muchos, viendo videos en internet cuando era adolescente. Pensé que era raro, que se me pasaría con el tiempo. Pero no se me pasó. Al contrario, con los años fui entendiendo que no era un problema, solo una preferencia. Y en lugar de ocultarlo, decidí explorarlo.

—¿Tu familia lo sabe?

—No. Ellos creen que estudio y que trabajo medio tiempo en una tienda de informática. Es más fácil así. Algunos amigos lo saben, los más cercanos. Pero no es algo que anuncie en la primera cita.

Jéssica sonrió. Le gustaba la honestidad de Alex, aunque fuera incómoda en algunos momentos.

—Bueno —dijo él, cambiando de postura y poniéndose un poco más serio—. Ahora te toca a ti. Si no quieres responder algo, no lo hagas. Pero me interesaría saber más sobre tus cosquillas, más allá de lo que me escribiste en el correo.

Jéssica sintió un cosquilleo en el estómago. Otra vez. Pero esta vez no era nervios, o no solo nervios. Era también cierta emoción, la posibilidad de hablar abiertamente de algo que siempre había mantenido en secreto.

—Pregunta —dijo, con un tono más desafiante de lo que pretendía.

—¿Desde cuándo sabes que eres cosquillosa?

—Toda la vida —respondió Jéssica sin dudar—. Desde que tengo memoria. Mi madre me lo decía, mi abuela también. En mi familia somos así, las mujeres de parte materna. Mi hija también lo es, aunque ella no llega a mi nivel.

—¿Y cómo es tu nivel? En el correo me dijiste que los pies son un 9, casi 9.5. ¿Sigue siendo así?

—Sí —Jéssica asintió, con una sonrisa nerviosa—. Tal vez hasta un 9.8 si me apuras. Especialmente las plantas. Es como si mis nervios estuvieran al aire, como si cualquier roce, por suave que sea, me produjera una reacción inmediata.

—¿Has tenido experiencias malas con eso?

Jéssica dudó. No quería hablar de Raquel, de los perros, de aquella entrevista que aún la perseguía como un sueño extraño. Pero tampoco quería mentir.

—Una —dijo, eligiendo las palabras con cuidado—. Hace unos meses, en una entrevista de trabajo. Fue una situación rara, una prueba de resistencia que incluía cosquillas. No fue traumático, pero tampoco fue placentero. Fue… intenso.

Alex asintió como si entendiera perfectamente.

—Eso explica por qué me escribiste. La curiosidad mezclada con querer reescribir una experiencia pasada.

—Quizás —admitió Jéssica—. No lo había pensado así.

—Y ahora dime —dijo Alex, inclinándose un poco hacia adelante—. ¿Cuál es tu punto más cosquilludo? Ya me dijiste el arco del pie izquierdo en el correo, pero quiero escucharlo de tu boca. Aquí, ahora, cara a cara.

Jéssica sintió que las mejillas se le calentaban. No era vergüenza, exactamente, sino la sensación de estar siendo observada con una intensidad a la que no estaba acostumbrada. Alex no la miraba con morbo, sino con atención científica, como quien estudia un fenómeno que le fascina.

—El centro del arco del pie izquierdo —dijo finalmente—. Justo en la parte media, donde la curva es más pronunciada. Ahí no puedo con nada. Da igual lo que intente, la risa sale sola. Es como si ese punto estuviera conectado directamente con algún interruptor que no puedo controlar.

—Y el pie derecho —continuó Alex— es menos sensible, dices.

—Menos, sí, pero igual muy sensible. Sobre todo la base de los dedos, donde termina el arco. Y los espacios entre los dedos, ahí también soy muy cosquilluda.

—¿Te ha pasado alguna vez que alguien te haga cosquillas sin querer? ¿En el trabajo, por ejemplo?

Jéssica soltó una risa corta, casi una exhalación.

—En el trabajo voy siempre con zapatos cerrados. Nunca, nunca me quito los zapatos en la oficina. Mi equipo no sabe nada de esto. Es mi secreto.

—Un secreto bien guardado —comentó Alex, con una sonrisa amable—. Hasta hoy.

—Hasta hoy —repitió Jéssica, y el eco de sus propias palabras le sonó a compromiso.

Se quedaron en silencio unos segundos. El ruido de un camión que pasaba por la calle vibró en el suelo de cemento.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Alex.

—Un poco —admitió Jéssica—. No sé qué esperar, exactamente. Tus videos son una cosa, pero esto… esto es diferente.

—Te propongo algo —dijo Alex, levantándose del sofá—. Empecemos despacio. Sin cámara al principio. Solo tú y yo, para que te vayas familiarizando. No haremos nada que no quieras, y si en algún momento quieres parar, dices basta y se acabó. ¿Te parece?

Jéssica lo miró. El chico parecía sincero, aunque ella sabía que las apariencias engañan. Pero algo en su mirada, en la forma en que mantenía las manos visibles y los movimientos lentos, le inspiraba cierta confianza.

—Está bien —dijo, levantándose también—. Empecemos despacio.

Alex sonrió, una sonrisa genuina, sin dobleces.

—Entonces, si te parece bien, pasemos a mi habitación. Es más cómoda que la sala para esto. Y quiero que te sientas a gusto desde el primer momento.

Jéssica asintió. Tomó su botella de agua, dio un último sorbo, y siguió a Alex hacia el fondo de la bodega.

Los tacones negros sonaban huecos contra el cemento. Cada paso parecía más ruidoso de lo normal, como si el suelo supiera que ella se adentraba en un territorio desconocido, íntimo, completamente suyo.

Jéssica caminó detrás de Alex por el pasillo que conectaba la sala con la habitación. Sus tacones hacían un ruido seco y rítmico contra el cemento, como un metrónomo que marcara el compás de sus latidos. Cada paso la acercaba más a algo que aún no terminaba de procesar, pero sus piernas seguían avanzando, obedientes a una decisión que su cabeza ya no cuestionaba.

Llegaron a la puerta. Alex la abrió de par en par y se hizo a un lado, dejándole el paso libre. Jéssica entró.

La habitación se veía diferente ahora que la observaba con más calma. La cama, como había notado antes, estaba perfectamente arreglada: las sábanas azules remetidas bajo el colchón, la colcha gris lisa como una lámina de papel, las almohadas alineadas con precisión militar. El escritorio seguía con la laptop encendida, la cámara apagada, las luces LED en posición de espera. En una esquina, un perchero metálico con algunas prendas colgadas. En otra, una planta pequeña en una maceta blanca, de esas que sobreviven sin luz natural.

No había ventanas en la habitación, igual que en el resto de la bodega, pero la luz de los tubos fluorescentes era suficiente para que todo se viera nítido. Quizás demasiado nítido.

Jéssica se detuvo en el centro de la habitación, sin saber bien qué hacer. Alex, con una naturalidad que ella casi envidiaba, señaló una silla de escritorio que estaba junto al perchero.

—Puedes dejar tus cosas ahí —dijo—. La chaqueta, el bolso, lo que quieras.

Jéssica asintió. Se desabrochó la chaqueta de mezclilla con movimientos lentos, como si quisiera ganar tiempo, y la colgó en el respaldo de la silla. Luego dejó su bolso pequeño sobre el asiento. Se quedó en jean, camiseta blanca y los tacones negros. Sin la chaqueta, se sentía más expuesta, aunque la camiseta era de manga larga y no dejaba ver nada que no fuera decente.

—Siéntate en la cama, por favor —indicó Alex, con un tono que no era una orden pero tampoco una sugerencia.

Jéssica obedeció. Se sentó en el borde del colchón, con los pies apoyados en el suelo, las rodillas juntas, las manos sobre los muslos. Era la postura de alguien que espera en la sala del médico, no la de alguien a punto de recibir cosquillas.

Alex se sentó a su lado, también en el borde de la cama, pero dejando un espacio cómodo entre ellos. Gira el torso hacia ella, con una pierna doblada sobre la cama y la otra colgando hacia el suelo.

—¿Estás bien? —preguntó, mirándola a los ojos.

—Creo que sí —respondió Jéssica, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.

—Vamos a empezar suave —dijo Alex—. Nada de pies todavía. Quiero que te vayas acostumbrando a la sensación. ¿Te parece bien?

—De acuerdo.

—Entonces, lo primero: levanta los brazos, por favor. Así —dijo, levantando los suyos por encima de la cabeza para mostrarle.

Jéssica dudó un segundo. Levantar los brazos dejaba expuesta la zona de las axilas, incluso con la camiseta puesta. Sabía que allí también era cosquillosa, aunque no tanto como en los pies. Pero había dicho que sí, y Alex había sido respetuoso hasta el momento. Levantó los brazos.

Alex sonrió, una sonrisa tranquila, y acercó sus manos a las costillas de Jéssica. No las apoyó de inmediato. Las mantuvo suspendidas a unos centímetros, rozando apenas la tela de la camiseta, como si estuviera pidiendo permiso una vez más.

—¿Lista?

—Sí —dijo Jéssica, y la palabra le salió con un hilo de voz.

Las manos de Alex se posaron sobre su costado izquierdo, justo donde terminaban las costillas y comenzaba la cintura. No fue un ataque, sino un contacto suave, casi una caricia. Movió los dedos en círculos lentos, apenas presionando.

Jéssica sintió el cosquilleo inmediato, pero no fue abrumador. Algo así como el aviso de lo que estaba por venir.

—¿Aquí? —preguntó Alex, moviendo los dedos hacia las costillas centrales.

—Ahí —respondió Jéssica, y su voz ya traía un dejo de risa contenida—. Un poco.

Alex continuó, desplazando el costado al centro de la espalda, donde los dedos podían deslizarse con más libertad. El cosquilleo fue aumentando, y Jéssica sintió cómo una sonrisa se instalaba en su rostro sin que pudiera evitarlo.

Luego, sin aviso, las manos de Alex subieron a sus axilas.

Ese fue el detonante.

—¡No! —exclamó Jéssica, bajando los brazos de golpe y pegándolos a su cuerpo—. Ahí no.

Alex retiró las manos al instante, pero con una sonrisa.

—Ahí también es sensible, ¿no?

—Sí —admitió Jéssica, aún sonrojada—. No tanto como los pies, pero sí. Y me da mucha risa cuando tocan ahí.

—Es normal —dijo Alex—. Pero te pedí que mantuvieras los brazos arriba. ¿Podemos intentarlo de nuevo?

Jéssica respiró hondo. Asintió. Volvió a levantar los brazos, esta vez con más determinación.

—Bien —dijo Alex—. Ahora no los bajes. Puedes reírte todo lo que quieras, pero los brazos no se bajan. ¿Entendido?

—Entendido.

Las manos de Alex volvieron a las axilas, pero esta vez no se detuvieron allí. Subieron, bajaron, se deslizaron por las costillas, la cintura, la parte baja de la espalda. Sus dedos eran ágiles, veloces, y cambiaban de zona antes de que Jéssica pudiera anticiparlos.

La risa estalló.

Fue una carcajada limpia, sincera, que brotó desde algún lugar profundo que Jéssica no sabía que existía. No era la risa controlada de las reuniones sociales ni la risa nerviosa de las situaciones incómodas. Era una risa de niño, de esos que se ríen porque no pueden evitarlo, porque el cuerpo les pide reír y ellos obedecen.

—¡Jajajajaja! —Jéssica se retorció sobre la cama, intentando proteger sus costillas con los codos, pero sus brazos seguían arriba, obedientes a pesar de todo—. ¡No, no, ahí no! ¡Jajajajajaja!

Alex, en cambio, mantenía la calma. Sus manos seguían moviéndose con precisión, pero su rostro era sereno, casi concentrado. Observaba las reacciones de Jéssica como quien estudia un fenómeno.

—¿Ahí es más sensible? —preguntó, y sus dedos se clavaron suavemente en la cintura de Jéssica, justo donde la camiseta se metía dentro del jean.

—¡MUCHO! —gritó Jéssica entre risas—. ¡Jajajajajaja!

—¿Y aquí? —preguntó Alex, subiendo a las costillas altas, cerca de las axilas.

—¡TAMBIÉN! ¡Jajajajajajaja!

Instintivamente, sin pensarlo, Jéssica bajó los brazos. Fue un reflejo, algo automático, como retirar la mano del fuego. Sus codos presionaron las manos de Alex contra su costado, interrumpiendo el ataque.

Alex se detuvo, pero no se molestó.

—Los brazos arriba —dijo, con una calma que a Jéssica le pareció casi injusta—. Te lo dije: puedes reírte, pero no bajes los brazos.

—¡Pero tengo muchas cosquillas! —se quejó Jéssica, aún riendo por los restos—. No puedo evitarlo.

—Puedes —insistió Alex—. Es cuestión de práctica. Vamos, inténtalo de nuevo.

Jéssica suspiró. Se pasó una mano por la cara, donde las lágrimas de la risa ya empezaban a aparecer en las comisuras de los ojos. Volvió a levantar los brazos, esta vez con más conciencia, tratando de fijar los codos en una posición estable.

—¿Lista? —preguntó Alex.

—Lista —respondió ella, aunque no lo estaba del todo.

Las manos de Alex volvieron a moverse. Esta vez, empezaron suaves, casi cariñosas, recorriendo las costillas con movimientos lentos y circulares. Jéssica logró mantener la compostura unos segundos, solo una sonrisa temblorosa en los labios. Pero entonces Alex cambió la técnica: pasó de los círculos a los pellizquitos suaves, y de los pellizquitos a las vibraciones rápidas con las yemas de los dedos.

La risa volvió, esta vez con más fuerza.

—¡Jajajajajajaja! —Jéssica apretó los ojos, arrugó la nariz, y sintió cómo todo su cuerpo se tensaba y se relajaba al mismo tiempo—. ¡No puedo! ¡Jajajajajaja!

Los brazos empezaron a bajar. No de golpe, sino en cámara lenta, como si estuvieran peleando contra una fuerza invisible. Jéssica intentó con todas sus fuerzas mantenerlos arriba, pero el cuerpo pedía protección, pedía cubrir las zonas vulnerables, pedía que las manos de Alex dejaran de hacerle esas cosquillas terribles.

—No bajes los brazos —repitió Alex, y aunque su voz era suave, Jéssica notó un dejo de firmeza—. Aguanta un poco más.

—¿Por qué? —gimió Jéssica, riendo sin control—. ¡Jajajajajaja! ¿Por qué tengo que aguantar?

—Porque yo te lo pido —respondió Alex, y sus manos disminuyeron la intensidad un poco, dándole un respiro—. Porque parte de esto es aprender a convivir con las cosquillas, no solo a sufrirlas. Si bajas los brazos, te proteges, y entonces no avanzas.

Jéssica abrió los ojos. Lo miró. El chico hablaba en serio, aunque hubiera una sonrisa en sus labios. Era la expresión de alguien que creía en lo que decía, que estaba convencido de que aquello tenía algún sentido más profundo.

Volvió a levantar los brazos. Esta vez, los subió un poco más, estirando bien los codos, casi tocando el cabecero de la cama.

—Así me gusta —dijo Alex, y su tono era casi de orgullo.

Las manos volvieron a sus costillas, y la carcajada también volvió. Pero esta vez, Jéssica logró mantener los brazos arriba. Se reía a todo pulmón, la cara enrojecida, las lágrimas rodando por sus mejillas, pero los brazos no bajaban. Sus manos temblaban ligeramente, ya sea por el esfuerzo o por las cosquillas, pero se mantenían en alto.

—¡Jajajajajajaja! —gritaba, mientras Alex alternaba entre las costillas, las axilas y la cintura—. ¡Ya, ya, por favor! ¡Jajajajajaja!

—Puedes pedir que pare cuando quieras —dijo Alex, sin detener las manos—. Pero mientras no lo hagas, voy a seguir.

Jéssica no pidió que parara. No sabía si era porque quería seguir, porque no quería parecer débil, o porque, en algún lugar extraño de su mente, comenzaba a disfrutar de aquella sensación. Las cosquillas eran intensas, sí, casi insoportables. Pero también era liberador reír sin control, sin preocuparse por las apariencias, sin tener que mantener la compostura de ejecutiva.

Se rió hasta que le dolió el estómago. Se rió hasta que las lágrimas le empañaron la vista. Se rió hasta que sintió que no le quedaba aire en los pulmones.

Y todo el tiempo, sus brazos se mantuvieron arriba.

Alex finalmente se detuvo. Retiró las manos y las apoyó sobre sus propias rodillas.

—Muy bien —dijo, y su sonrisa era amplia, sincera—. Lo lograste.

Jéssica bajó los brazos lentamente, como si temiera que fuera una trampa. Se quedó unos segundos con los brazos pegados al cuerpo, protegiéndose las costillas, como si todavía sintiera el eco de las cosquillas.

—Eso fue… —comenzó a decir, pero no encontró las palabras.

—¿Intenso? —ofreció Alex.

—Intenso, sí —coincidió Jéssica. Se secó las mejillas con el dorso de la mano—. No me esperaba reír tanto.

—Las cosquillas tienen eso —dijo Alex, encogiéndose de hombros—. Nos recuerdan que, por muy adultos que seamos, seguimos teniendo un cuerpo. Y ese cuerpo tiene sus propias reacciones, que no siempre podemos controlar.

Jéssica lo miró. El chico de veintiún años, con sus gafas de nerd y su hoodie gris, acababa de decir algo que resonaba más profundo de lo que parecía.

—Supongo que tienes razón —dijo finalmente.

—¿Necesitas un descanso? —preguntó Alex—. Podemos tomar agua, charlar un rato, o si quieres, podemos pasar a la siguiente parte.

Jéssica pensó en sus pies. En las plantas rosadas y sensibles. En el esmalte vino tinto. En el centro del arco izquierdo, ese punto que la volvía loca.

—Todavía no —dijo, sorprendiéndose a sí misma—. Quiero seguir un rato más aquí. Con los brazos arriba.

Alex levantó una ceja, pero no dijo nada. Solo sonrió y levantó las manos de nuevo.

—Entonces, seguimos.

Jéssica levantó los brazos por encima de la cabeza, esta vez sin dudar, esta vez con una sonrisa que no era de nervios sino de anticipación. Y cuando los dedos de Alex volvieron a tocar sus costillas, la risa que brotó de su garganta fue una risa limpia, libre, que por un momento le hizo olvidar quién era y dónde estaba.

Solo una mujer riendo sobre una cama, con los brazos en alto, como si no hubiera nada más importante en el mundo.

—Ahora recuéstate —dijo Alex, con un tono que ya no era pregunta sino instrucción.

Jéssica lo miró. Había una diferencia sutil en su voz, no en el respeto sino en la seguridad. Como si después de aquellos minutos iniciales, de esa primera ronda de cosquillas con los brazos en alto, algo hubiera cambiado. La confianza, quizás. O la certeza de que ella realmente quería estar allí.

Se recostó sobre la cama.

Las sábanas azules estaban frescas bajo su espalda. La almohada olía a suavizante, a ropa recién lavada. Jéssica apoyó la cabeza, soltó el cabello rubio sobre la tela y miró el techo. Había una lámpara colgante, sencilla, de esas de estilo industrial, y un par de tubos fluorescentes que Alex tenía instalados en el marco de la cama.

—¿Estás cómoda? —preguntó Alex.

—Sí.

—¿Quieres que pongamos algo de música?

—No. Así está bien.

Alex asintió.
Se levantó de la cama y caminó hacia el escritorio.

Jéssica lo vio mover el trípode donde estaba montada la cámara. Lo ajustó en altura, lo giró ligeramente, lo volvió a girar. Sus movimientos eran precisos, como los de alguien que ha hecho eso cientos de veces. Luego encendió las luces LED, las que estaban junto al escritorio, y las orientó hacia la cama. La luz se volvió más cálida, más difusa. Las sombras se suavizaron.

—Voy a grabar —dijo Alex, sin mirarla—. ¿Está bien?

Jéssica se quedó en silencio un momento. La cámara la enfocaba de lleno. Sabía que su rostro se vería, que sus gestos, sus risas, sus muecas quedarían registradas. No le había preguntado si podía ver su cara. Simplemente no lo mencionó. Y ella, por alguna razón que no terminaba de entender, tampoco lo preguntó.

No sabía si era confianza o imprudencia, si era un deseo secreto de ser vista o simplemente la comodidad de no tener que esconderse más. Pero el caso es que la cámara estaba ahí, y ella no pidió que la apagara.

—Está bien —dijo finalmente.

—Avísame si quieres que apague en algún momento.

—Lo haré.

Alex presionó un botón. Un pequeño LED rojo se encendió en el cuerpo de la cámara. Grabando.

Luego caminó de vuelta a la cama, rodeándola por el lado izquierdo, y se sentó en el borde. Jéssica sintió cómo el colchón se hundía ligeramente bajo su peso.

—¿Lista? —preguntó, y esta vez sí era una pregunta.

—Lista.

Jéssica no estaba lista. No lo estuvo nunca.

Alex colocó sus manos sobre el borde inferior de la camiseta blanca, justo donde terminaba la tela y comenzaba la piel de su barriga. No la subió. No la bajó. Solo apoyó las palmas ahí, como si estuviera tomando contacto con el terreno antes de la batalla.

—Barri—a— dijo, y la palabra le salió estirada, cantarina, como si fuera parte del juego.

Jéssica sonrió. Todavía podía sonreír.

Luego los dedos de Alex se movieron.

Y la sonrisa se borró. No porque ella dejara de estar contenta, sino porque la carcajada la reemplazó de inmediato, sin escalas, sin tiempo de adaptación. Los dedos de Alex no eran suaves ahora. Eran rápidos, firmes, implacables. Recorrieron su vientre en todas direcciones: de arriba abajo, de izquierda a derecha, en círculos diminutos que se concentraban en los puntos más sensibles.

—¡NO! —gritó Jéssica, y la palabra se perdió entre las risas—. ¡NO, NO, NO, NO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Se retorció. No fue una reacción voluntaria, sino algo mecánico, como un resorte que se suelta. Su torso se giró hacia la izquierda, luego hacia la derecha, intentando huir de esas manos que la perseguían sin descanso. Intentó juntar las rodillas, pero Alex ya había previsto eso y sus piernas no le obedecieron del todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —La risa de Jéssica llenaba la habitación, rebotaba en las paredes de ladrillo visto, se mezclaba con el zumbido de los fluorescentes—. ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJA!

No sabía si pedía que parara o que siguiera. Las palabras se le escapaban sin filtro, brotando de algún lugar primitivo que no pasaba por el control consciente.

—Ven aquí —dijo Alex mientas le cosquilleaba sin piedad el estómago, las costillas por debajo de los senos, dándole una y otra vez y otra vez a las extremidades— no hay escapatoria.

Jéssica quería decir algo. Quería pedir un respiro, quería decirle que se detuviera, quería decirle que siguiera, no lo sabía. Pero las palabras no le salían. Solo risa. Risas y más risas, carcajadas que le dolían en la garganta.

Alex no se detuvo.

Sus dedos subieron hasta sus costillas, esa zona que ya conocía de la prueba anterior, pero ahora la intensidad era diferente. Antes había sido un descubrimiento. Ahora era un asalto. Las yemas de sus dedos presionaban y vibraban, encontraban cada espacio entre las costillas, y Jéssica sentía que se iba a volver loca.

Los brazos de Jéssica intentaron bajar para proteger su torso, como habían hecho antes, pero esta vez Alex no dejaba espacio para el orden. Cada vez que ella acercaba los codos hacia el cuerpo, él cambiaba de zona: pasaba de las costillas a las axilas, y entonces ella abría los brazos por reflejo, exponiéndose otra vez.

—¡POR AHÍ NO! —gritó Jéssica, retorciéndose sobre la cama— ¡JAJAJAJAJAJA! ¡AHÍ NO, ALEX! ¡JAJAJAJAJAJA!

—¿Ahí no? —preguntó Alex, y sus dedos se hundieron en las axilas con renovada energía—. ¿Segura?

—¡¡¡NO, NO, NO, NO!!! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Su cabeza se movía de un lado a otro sobre la almohada. El cabello rubio, antes ordenado, ahora era una madeja enredada. El rostro, antes maquillado con moderación, ahora estaba encendido, las mejillas rojas, los ojos verdes brillantes de lágrimas. La camiseta blanca se le había subido un poco, dejando ver un tramo de vientre pálido que los dedos de Alex aprovechaban cada vez que volvían a la barriga.

Jéssica se revolcó como una loca.

No era una metáfora. Literalmente, se revolvía. Giraba sobre un lado, luego sobre el otro, intentando aplastar las manos de Alex contra la cama para inmovilizarlas. Pero él era más rápido, o ella era más lenta con las cosquillas nublando sus sentidos. Siempre encontraba un hueco, un espacio abierto, un costado desprotegido. Las piernas de Jéssica se movían sin control, los pies aún calzados con los tacones negros golpeaban el colchón.

Alex, en algún momento, cambió de técnica. Dejó de usar las yemas de los dedos y empezó a usar los nudillos. Era una sensación diferente, más contundente, menos precisa pero más extensa. Los nudillos recorrían grandes superficies de piel de una sola pasada, y la risa de Jéssica se volvía más aguda, más desesperada.

—¡¿POR QUÉ?! —alcanzó a decir entre las carcajadas—. ¡JAJAJAJAJA! ¿POR QUÉ ME HACES ESTO? ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

—Porque te gusta —respondió Alex, y lo dijo con tanta naturalidad que Jéssica no supo si era una broma o una verdad.

Lo cierto era que no sabía si le gustaba. No sabía nada. Solo sabía que reía, que reía como no había reído en años, quizás décadas. Una risa animal, libre, que no pedía permiso y que no se avergonzaba de sí misma.

Alex pasó a los muslos.

Esa fue otra sorpresa. Jéssica no recordaba haberle dicho que sus muslos también eran cosquillosos. Quizás nunca se lo había dicho porque ni ella lo sabía. Pero los dedos de Alex encontraron la cara interna de sus muslos, esa piel más suave, más fina, y la risa de Jéssica cambió de registro.

—¡AZÚCAR! —gritó, y la palabra le salió sin pensar—. ¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO SABÍA QUE AHÍ TAMBIÉN! ¡JAJAJAJAJAJA!

—Ahora lo sabes —dijo Alex, y sonrió.

La tortura siguió. Porque era una tortura, aunque el término sonara exagerado. Una tortura dulce, consentida, pero tortura al fin y al cabo. Las cosquillas no eran suaves, no eran caricias. Eran ataques precisos, calculados, que buscaban las zonas más sensibles una y otra vez, sin dar tregua, sin permitir que Jéssica recuperara el aliento.

Barriga, costillas, axilas, muslos. Y vuelta a empezar. Barriga, costillas, axilas, muslos. Cada ciclo era una nueva ola que arrastraba a Jéssica mar adentro, lejos de la orilla donde podía decir «basta» y que todo se detuviera.

Pero no decía basta. No lo decía.

La cámara seguía grabando.

El pequeño LED rojo parpadeaba con indiferencia, registrando cada carcajada, cada revuelco, cada vez que la camiseta blanca se subía un poco más y la barriga de Jéssica quedaba expuesta. Registraba también sus pies, aún calzados, moviéndose sobre las sábanas azules. Registraba el cabello rubio enredándose, las lágrimas en las mejillas, la boca abierta en una risa que parecía no tener fin.

—Por favor —dijo Jéssica en algún momento, pero no sabía si lo dijo para pedir que parara o para pedir que no lo hiciera.

Alex interpretó como quiso. Sus manos no se detuvieron.

—Ahora vamos a jugar un poco con la barriga —anunció, y sus dedos descendieron hasta el ombligo de Jéssica.

Fue el fin.

El ombligo era territorio desconocido incluso para ella. Nadie le había hecho cosquillas allí antes, o quizás sí, cuando era niña, pero hacía tanto tiempo que ya no lo recordaba. Los dedos de Alex dibujaron círculos alrededor, luego penetraron suavemente, luego volvieron a los círculos.

Jéssica perdió la capacidad de formar palabras.

Solo reía. Reía con la boca abierta, con los ojos cerrados, con las manos aferradas a las sábanas como si fueran un salvavidas. Reía y se revolvía y pataleaba, sus tacones negros golpeando contra el colchón en un ritmo frenético.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

El sonido rebotó en la habitación, atravesó la puerta entreabierta, se filtró en la bodega vacía. Alex la miró un momento, esa mujer de cuarenta años que se retorcía como una niña bajo sus dedos, y sintió algo que no supo nombrar. No era poder, no era placer. Era, quizás, la satisfacción de haber creado un espacio donde alguien podía soltar el control sin miedo.

—Todavía no vamos a los pies —dijo, casi para sí mismo—. Todavía no.

Y siguió con la barriga.

Jéssica ya no escuchaba las palabras. Solo sentía. Y reía. Y eso era suficiente.

Jéssica ya no sabía cuánto tiempo llevaba riendo.

El tiempo, en esa habitación sin ventanas, había perdido todo significado. Solo existían las manos de Alex, sus dedos implacables, y las olas de cosquillas que recorrían su cuerpo sin piedad. Barriga, costillas, axilas, muslos. Una y otra vez. Cada vuelta encontraba un lugar nuevo, una zona que Jéssica ni siquiera sabía que era sensible, y la risa se intensificaba, se volvía más aguda, más descontrolada.

Nunca pensó que las cosquillas pudieran ser así.

De pequeña, su madre le hacía cosquillas en los pies, y ella se reía, se retorcía, pero siempre había un límite, un «hasta aquí» que su madre respetaba. Con Mónica, cuando jugaban, era lo mismo: risas compartidas, caricias que picaban pero no lastimaban. Esto era diferente. Alex no tenía límites. O al menos no los había mostrado todavía. Sus dedos encontraban cada rincón de su torso, cada pliegue de su piel, cada espacio que ella no sabía que existía.

Los costados. Dios, los costados.

Jéssica nunca consideró sus costados como una zona cosquilluda. Pero los dedos de Alex, deslizándose desde la cintura hacia arriba, le estaban demostrando lo equivocada que estaba. Era una sensación eléctrica, punzante, que la hacía arquear la espalda y luego encogerse, como si intentara hacerse pequeña para escapar de esas manos que la perseguían.

—¡NO SABÍA! —gritó entre carcajadas, las palabras saliendo a trompicones—. ¡NO SABÍA QUE AHÍ…! ¡JAJAJAJAJAJA!

—¿Que ahí qué? —preguntó Alex, y sus dedos se movieron más rápido, más profundos.

—¡QUE AHÍ TENÍA COSQUILLAS!

—Pues sí —dijo Alex, con una sonrisa que ella no podía ver porque los ojos se le habían llenado de lágrimas—. Resulta que tienes cosquillas en todas partes.

Era verdad. Jéssica estaba descubriendo que su cuerpo era un mapa de puntos sensibles que ella había ignorado durante cuarenta años. Los muslos, por ejemplo. La parte interna de los muslos, donde la piel era más suave y más fina. Cuando los dedos de Alex rozaban esa zona, su pierna se contraía como si recibiera una descarga eléctrica. No podía controlarlo. Era un reflejo puro, animal.

Y las corvas. Esa también fue una sorpresa.

Alex, en algún momento, deslizó una mano por detrás de su rodilla, justo donde la pierna se dobla, y Jéssica pegó un salto en la cama. No fue un salto pequeño. Fue un brinco entero, como si alguien le hubiera clavado una aguja. Su pie, aún con el tacón negro puesto, golpeó la espalda de Alex sin querer.

—¡UPS! —gritó Jéssica, riendo—. ¡LO SIENTO! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO FUE ADREDE!

—Tranquila —dijo Alex, frotándose la zona donde le había dado el tacón—. Menos mal que no usas stilettos.

—¡SON DE SIETE! —atinó a decir Jéssica, y luego se arrepintió porque por alguna razón le pareció que revelar la altura de sus tacones era demasiado íntimo, pero ya era tarde, ya lo había dicho, y Alex se rió, una risa genuina, y ella también se rió, y por un momento todo fue más fácil.

Pero solo por un momento.

Porque Alex, después de reírse, volvió a atacar.

Ahora se concentró en su cintura. La parte baja de la cintura, justo donde la camiseta se había subido por completo y la piel quedaba al aire. Era una zona pequeña, apenas un palmo, pero parecía estar llena de terminales nerviosos. Sus dedos presionaban y vibraban, y Jéssica sentía la risa subiendo desde algún lugar profundo, desde las entrañas, sacudiendo todo su cuerpo.

—¡¿POR QUÉ NO PARAS?! —gritó, pero era una pregunta retórica. No esperaba respuesta, y no la obtuvo.

Alex no paraba. Alex no iba a parar. Tenía el rostro concentrado, los ojos fijos en las reacciones de Jéssica como si estuviera estudiando un experimento. Cada vez que ella se retorcía hacia un lado, él la seguía. Cada vez que ella intentaba cubrirse con los brazos, él encontraba un hueco. Era como si supiera de antemano cada uno de sus movimientos, como si hubiera anticipado cada intento de fuga.

Jéssica se revolcaba como una loca.

No había otra palabra para describirlo. Su cuerpo giraba sobre la cama sin control, las sábanas azules se habían arrugado debajo de ella, la almohada había caído al suelo en algún momento sin que ella se diera cuenta. Su cabello rubio era un desastre, enredado, pegajoso por las lágrimas y el sudor. La camiseta blanca se había subido hasta debajo del pecho, dejando al descubierto su vientre y parte de su torso. Los pantalones de mezclilla se habían torcido, y los tacones negros seguían puestos, sus pies calzados golpeaban el colchón con cada carcajada.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La risa era un torrente imparable. Jéssica sentía que se iba a quedar sin aire, que sus pulmones iban a explotar, que su corazón iba a salirse del pecho—. ¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJA!

Pero podía. Y lo sabía. Porque llevaba varios minutos diciendo que no podía más y seguía allí, riendo, retorciéndose, viva.

En algún momento, Alex se detuvo.

No por completo, pero sí lo suficiente para que Jéssica pudiera respirar. Sus manos descansaron sobre sus caderas, quietas, sin moverse. Jéssica aprovechó para inhalar profundamente, el pecho subiendo y bajando con fuerza. El aire le supo a gloria.

—¿Estás bien? —preguntó Alex.

—No… no lo sé —respondió ella, todavía riendo entrecortadamente—. Creo que sí. No lo sé.

—¿Quieres que pare del todo?

Jéssica se quedó callada un momento. Las manos de Alex seguían sobre sus caderas, calientes, pesadas. Podía sentirlas a través de la tela del jean. La cámara seguía grabando. El LED rojo seguía encendido.

—No —dijo finalmente—. No quiero que pares.

Alex sonrió. No una sonrisa amplia ni triunfante, sino algo más suave, más íntimo.

—Bien —dijo—. Porque tampoco voy a parar.

Y sus dedos volvieron a moverse.

Esta vez fueron directo a las axilas. Jéssica, que todavía tenía los brazos pegados al cuerpo después del respiro, tuvo que abrirlos por la fuerza cuando las manos de Alex se abrieron paso. Fue como abrir una puerta que ella misma había cerrado. Y una vez abierta, las cosquillas entraron sin pedir permiso.

—¡OTRA VEZ NO! —gritó Jéssica, y esta vez su voz sonó más aguda, más infantil—. ¡POR AHÍ NO!

—¿Por qué no? —preguntó Alex, mientras sus dedos se movían en círculos—. Si es de tus partes favoritas.

—¡NO ES FAVORITA! ¡ES SENSIBLE! ¡HAY DIFERENCIA!

—Para mí son lo mismo.

Alex tenía razón, y Jéssica lo odiaba un poco por eso. Las axilas eran un campo minado. No era solo la piel, sino también los nervios que corrían por debajo, las terminaciones que se disparaban con cada roce, cada presión, cada movimiento circular de los dedos de Alex. Ella se retorcía, arqueaba la espalda, intentaba cerrar los brazos, pero Alex era más fuerte, o ella era más débil con las cosquillas nublándole los sentidos.

En algún momento, perdió el control de sus piernas.

No es que no las sintiera. Las sentía demasiado bien. Especialmente cuando las manos de Alex, abandonando por un momento las axilas, descendieron hasta sus muslos y comenzaron a recorrerlos con movimientos largos y suaves. No era un ataque, era una caricia. Pero la caricia, en sus muslos sensibles, era peor que el ataque. La risa de Jéssica se volvió más temblorosa, más desesperada, mientras sus piernas se movían sin orden ni concierto.

Las manos de Alex subieron y bajaron por sus muslos una y otra vez. Diez, veinte, treinta veces. Jéssica perdió la cuenta. Solo sabía que reía, que se retorcía, que sus tacones negros golpeaban el colchón en un ritmo frenético.

Y en algún momento, sin que ella lo notara, la cámara seguía grabando. El LED rojo, pequeño, indiferente, seguía encendido.

Pero no estaba grabando.

La cámara, configurada en modo streaming, transmitía en vivo cada carcajada de Jéssica a través de una página de internet que Alex había creado hacía meses. No era una página popular, no tenía miles de espectadores. Era un sitio discreto, casi secreto, que Alex compartía con una pequeña comunidad de usuarios registrados. Personas que, como él, sentían fascinación por las cosquillas, por la vulnerabilidad, por el sonido de la risa descontrolada.

No había ventana de chat. No había comentarios ni reacciones. Alex no quería que Jéssica supiera que la estaban viendo. Para ella, el LED rojo significaba «grabando», y eso ya era bastante íntimo. No necesitaba saber que en ese preciso momento, en algún lugar de la ciudad, o del país, o del mundo, había personas observando cómo una mujer ejecutiva de cuarenta años se retorcía en una cama, riendo sin control, con la camiseta subida, el cabello alborotado y los tacones negros aún puestos.

Alex no sentía culpa. Para él, aquello era parte del trato implícito. Jéssica había accedido a que la grabaran. Nunca preguntó qué se haría con el video. Nunca pidió que fuera privado. Y él, honestamente, no pensaba que estuviera haciendo nada malo. Solo compartía. Con gente que entendía. Gente que apreciaba la belleza de una mujer que se permitía perder el control.

En la pantalla de su laptop, en el escritorio, se veía la transmisión en curso. El ángulo captaba a Jéssica de cuerpo entero, desde los pies calzados hasta el cabello desparramado sobre las sábanas azules. La calidad era buena. Las luces LED que Alex había orientado hacia la cama hacían que la imagen se viera nítida, casi profesional.

En ese momento, había diecisiete espectadores conectados.

Diecisiete personas desconocidas observaban cómo Jéssica se retorcía bajo las manos de Alex. Diecisiete pares de ojos veían sus pies moverse, su barriga contraerse, sus mejillas enrojecidas. Diecisiete desconocidos escuchaban su risa, esa risa que ella misma no reconocía como propia.

La transmisión no tenía sonido ambiente, solo el audio captado por el micrófono de la cámara: la risa de Jéssica, el crujir de la cama, de vez en cuando la voz de Alex dando instrucciones o haciendo comentarios. A veces, un espectador escribía algo en un chat externo, un chat que Alex tenía abierto en una ventana aparte, en su teléfono, que estaba apoyado en el escritorio boca abajo. Pero él no lo miraba. No ahora. Ahora estaba concentrado en Jéssica.

Ella, por supuesto, no sabía nada de esto.

Solo veía el LED rojo. Solo sabía que la cámara grababa. Solo imaginaba que, en algún momento, Alex editaría el video, lo guardaría en su computadora, quizás lo subiría a algún sitio. Pero no era algo en lo que pensara. En medio de las cosquillas, la mente no funciona bien. La mente se llena de risa y deja poco espacio para la reflexión.

—Voy a probar algo —dijo Alex, y sus manos se detuvieron de nuevo.

Jéssica abrió los ojos. No recordaba haberlos cerrado. Las lágrimas le habían borrado la visión, y parpadeó varias veces para enfocar.

—¿Qué? —preguntó, con la voz rota por la risa.

—Algo nuevo —dijo Alex, y antes de que ella pudiera preguntar qué, sus manos ya estaban en movimiento.

No fueron a la barriga ni a las costillas. No fueron a los muslos ni a las axilas. Fueron a sus brazos.

Los brazos. Jéssica nunca pensó en sus brazos como una zona cosquilluda. Pero los dedos de Alex recorrieron la cara interna de sus antebrazos, esa piel fina que casi nunca toca nadie, y ella sintió un cosquilleo extraño, diferente, menos intenso pero más persistente. Se rió, pero no con la misma desesperación de antes. Era una risa más baja, más contenida.

—¿Eso también? —preguntó Alex, como si fuera un científico haciendo un descubrimiento.

—No lo sabía —respondió Jéssica—. Nunca… nunca nadie me había tocado ahí.

—Pues ahora ya sabes.

La risa de Jéssica se volvió más suave, casi íntima, mientras los dedos de Alex recorrían la longitud de sus brazos, desde la muñeca hasta el codo, y luego del codo hasta el hombro. Era una sensación extraña, no desagradable, que le recordaba a cuando Mónica era pequeña y le acariciaba los brazos para dormirse. Pero Mónica no le hacía cosquillas. Mónica solo acariciaba.

Alex seguía.

El LED rojo seguía.

En algún lugar, diecisiete desconocidos seguían mirando.

Jéssica seguía riendo.

En medio del caos, del torbellino de risas y movimientos descontrolados, algo ocurrió.

Jéssica no lo notó al principio. Estaba demasiado ocupada riendo, retorciéndose, intentando cubrirse la barriga mientras los dedos de Alex continuaban su ataque implacable. Sus brazos se movían sin orden, sus piernas se agitaban sobre las sábanas azules, y sus pies… sus pies se movían al ritmo frenético de sus carcajadas.

Fue en uno de esos movimientos bruscos, una patada involuntaria mientras Alex atacaba su costado izquierdo, cuando el tacón derecho salió volando.

El zapato negro describió un pequeño arco en el aire y cayó sobre la alfombra junto a la cama con un golpe sordo. Jéssica ni siquiera lo sintió. Su pie derecho quedó libre, descalzo, desnudo, apoyado sobre la sábana azul. La planta blanca y rosada quedó expuesta, los dedos largos con el esmalte vino tinto brillando bajo las luces LED.

El pie izquierdo aún conservaba el tacón, aunque apenas. El zapato colgaba de sus dedos, medio puesto, como un barco a punto de zozobrar. Bastaría un movimiento más, un poco más de fuerza, y terminaría en el suelo junto a su compañero.

Alex lo notó al instante.

No pudo evitarlo. Sus ojos se desviaron por un segundo de la barriga de Jéssica hacia sus pies. Vio ese pie derecho completamente descalzo, la planta vulnerables apoyada sobre la tela azul, los dedos ligeramente curvados por el esfuerzo de retorcerse. Vio el esmalte oscuro, ese vino tinto que ya conocía por las fotos, brillando bajo la luz. Vio la forma del arco, pronunciado, elegante, ese arco que Jéssica había descrito como su punto más sensible.

Tragó saliva.

No era la primera vez que veía pies femeninos. Había grabado decenas de videos, cientos quizás. Había visto pies de todas las formas, tamaños y colores. Pero los pies de Jéssica eran diferentes. No por su belleza, aunque los tenía bonitos, sino por lo que representaban. Esos pies eran el secreto mejor guardado de una mujer ejecutiva, la vulnerabilidad oculta tras años de tacones y trajes sastre. Y ahora estaban ahí, al descubierto, a su alcance.

Pero aún no. Todavía no.

Alex se obligó a mirar hacia otro lado, a concentrarse en la barriga de Jéssica, en sus costillas, en sus axilas. Las cosquillas continuaron, intensas, implacables. Pero ahora, en algún rincón de su mente, Alex sabía que los pies estaban ahí. Esperando. Y él también esperaba. Quería que fuera el momento adecuado. Quería que Jéssica estuviera tan sumida en la risa que ya no pudiera pensar, solo sentir.

El otro tacón no tardó en caer.

Fue durante un ataque especialmente feroz en las costillas bajas, cuando Jéssica arqueó la espalda y sus piernas se movieron con violencia. El pie izquierdo, que ya apenas se sostenía dentro del zapato, terminó de salirse. El tacón negro cayó al suelo con un sonido similar al primero. Y entonces Jéssica quedó completamente descalza.

No llevaba medias. Nunca las usaba con esos zapatos porque prefería la sensación del cuero contra su piel. Sus pies estaban desnudos, blancos, las plantas rosadas y suaves, los dedos con las uñas pintadas de ese color oscuro que tanto le gustaba. El pedicure seguía fresco, apenas unos días de hecho. Las cutículas recortadas, los bordes perfectos, el esmalte brillante como si acabaran de pintarlo.

Jéssica no se dio cuenta. No en ese momento. Su conciencia estaba ocupada por completo en las manos de Alex, en las cosquillas que recorrían su torso, en la necesidad imperiosa de respirar entre risa y risa. No supo que sus pies estaban expuestos. No supo que Alex los había visto. Solo supo que, por alguna razón, se sentía más liviana, más libre. Como si hubiera soltado un peso que ni siquiera sabía que cargaba.

En la pantalla de la laptop, en el escritorio, la transmisión en vivo seguía su curso.

El número de espectadores, que minutos antes se mantenía estable entre quince y veinte, comenzó a crecer.

Primero fueron veintitrés. Luego veintiocho. Luego treinta y cinco.

No era un salto masivo, nada que ver con las grandes estrellas del streaming, pero para los estándares de Alex era un incremento significativo. Y sabía por qué. Los pies. Siempre los pies. En su comunidad, en ese pequeño rincón de internet dedicado a las cosquillas, los pies descalzos eran el imán definitivo. Una mujer riendo, retorciéndose, vulnerable… eso ya era atractivo. Pero una mujer con los pies desnudos, las plantas expuestas, los dedos pintados… eso era otra categoría.

Los espectadores no podían comentar en la página, no había chat habilitado, pero Alex tenía otras formas de saber que lo estaban viendo. Las métricas de la transmisión le llegaban en tiempo real a su teléfono, que seguía apoyado boca abajo sobre el escritorio. Cada vez que el número de espectadores subía, el teléfono vibraba suavemente. Una vibración corta, discreta, que Alex sentía más que escuchaba.

Vibró cuando el primer tacón cayó. Volvió a vibrar cuando cayó el segundo. Y siguió vibrando, a intervalos, mientras más personas se unían a la transmisión.

Cuarenta y un espectadores. Cuarenta y ocho. Cincuenta y dos.

Alex no podía ver la cifra exacta sin mirar el teléfono, y no quería mirar el teléfono. No ahora. No cuando Jéssica estaba tan entregada, tan perdida en la risa. Sacar el teléfono rompería el momento. Sería como mirar el reloj durante un beso. Así que dejó que vibrara en el escritorio, ignorando las notificaciones, concentrado por completo en la mujer que se retorcía bajo sus manos.

Pero en el fondo, en algún rincón de su mente que siempre estaba calculando, sabía lo que esas vibraciones significaban. Significaban que su página estaba funcionando. Significaban que los espectadores estaban contentos. Significaban que, al final del mes, los ingresos por publicidad y suscripciones serían mejores de lo habitual. Quizás lo suficiente para comprar esa lente nueva que había estado mirando, o para pagar el alquiler de la bodega sin tener que tocar sus ahorros.

El fetichismo, pensó alguna vez, era un negocio como cualquier otro. Solo que más divertido.

Jéssica seguía riendo.

Ahora estaba boca arriba, con los brazos extendidos sobre la cabeza, la camiseta blanca subida hasta el pecho, el vientre completamente expuesto. Las manos de Alex se movían sobre su piel con una combinación de velocidad y precisión que ella no podía anticipar ni contrarrestar. Cada vez que creía que iban a atacar por un lado, cambiaban al opuesto. Cada vez que intentaba protegerse, encontraban un hueco.

—¡NO PUEDO MÁS! —gritó Jéssica, pero su voz se rompió en una carcajada—. ¡EN SERIO! ¡NO PUEDO MÁS!

—Sí puedes —respondió Alex, y sus manos no se detuvieron.

—¡¿CÓMO SABES?! —preguntó ella, y la pregunta era absurda porque la respuesta era obvia: llevaba varios minutos diciendo que no podía más y seguía allí, riendo, retorciéndose, viva.

—Porque todavía no has usado la palabra de seguridad —dijo Alex—. Mientras no la digas, puedes.

Jéssica no había pensado en la palabra de seguridad. No habían acordado ninguna. Quizás debería haberlo hecho, pero en ese momento, con las cosquillas recorriendo su cuerpo, la palabra de seguridad era el concepto más lejano de su mente. Solo existía la risa. Solo existían las manos de Alex. Solo existía esa sensación extraña, contradictoria, de estar sufriendo y disfrutando al mismo tiempo.

Sus pies descalzos se movían sobre las sábanas. Los dedos se curvaban y se estiraban, las plantas se arrugaban, los tobillos giraban sin control. El esmalte vino tinto brillaba cada vez que la luz daba de lleno en sus uñas. Los espectadores, los que se habían unido en los últimos minutos, pudieron ver esos pies en todo su esplendor.

La transmisión no tenía comentarios, pero Alex imaginaba lo que estarían pensando. Había estado en ese lado del espejo. Sabía cómo se sentía ver unos pies bonitos moviéndose al ritmo de las cosquillas. Sabía lo que significaba ese movimiento inconsciente, esa exposición involuntaria, esa vulnerabilidad que no podía ocultarse.

Cincuenta y ocho espectadores. Sesenta y tres. Setenta y uno.

El teléfono vibraba con más frecuencia ahora. Alex lo ignoraba. Jéssica ni siquiera sabía que existía.

—Ahora —dijo Alex, y sus manos se detuvieron un momento—. Ahora vamos a hacer algo diferente.

Jéssica abrió los ojos. Tenía la cara encendida, el cabello pegado a las sienes, los labios hinchados de tanto reír.

—¿Qué? —preguntó, con la voz temblorosa y expectante.

Alex no respondió con palabras. En lugar de eso, deslizó una mano hacia abajo. No hacia la barriga, no hacia los muslos. Más abajo. Hasta los pies.

Jéssica sintió sus dedos rozar su tobillo y su cuerpo entero se tensó.

—No —dijo, y su voz sonó diferente. No era miedo, no era enojo. Era… anticipación. Miedo y deseo mezclados—. Ahí no. Todavía no.

—¿Por qué no? —preguntó Alex, y sus dedos se detuvieron justo antes de tocar la planta—. Es la parte que mencionaste en el correo. La que más te da cosquillas. ¿No quieres probar?

Jéssica se quedó callada. Sus pies descalzos descansaban sobre las sábanas, vulnerables, expuestos. Podía sentir el aire de la habitación sobre su piel. Podía sentir la mirada de Alex fija en ellos. Nunca, en toda su vida, había estado en una posición así. Nunca había permitido que nadie viera sus pies en un contexto tan íntimo, tan expuesto.

Pero Alex no era cualquier persona. Alex era el chico del anuncio, el fetichista de las cosquillas, el desconocido que había respondido a su correo. Y ella había venido hasta aquí, hasta su bodega, hasta su cama. Había permitido que le hiciera cosquillas en la barriga, en las costillas, en los muslos. Había reído como nunca había reído. Había perdido el control.

¿Por qué iba a detenerse ahora?

—Está bien —dijo Jéssica, y su voz era apenas un susurro—. Pero despacio. Muy despacio.

Alex asintió. Y sus dedos comenzaron a descender.

El teléfono, sobre el escritorio, vibraba sin parar.

Ochenta espectadores. Noventa y tres. Ciento dos.

La transmisión en vivo captaba cada segundo. Cada movimiento. Cada respiración. Mientras Alex tocaba por fin los pies descalzos de Jéssica, mientras ella soltaba una risa nerviosa que era pura anticipación, mientras el esmalte vino tinto brillaba bajo las luces LED, ciento dos personas desconocidas observaban desde la comodidad de sus pantallas.

Algunos sonreían. Algunos suspiraban. Algunos, quizás, sentían envidia. Pero todos miraban. Y ninguno, ni siquiera ellos, sabían el nombre de la mujer que se retorcía en esa cama de sábanas azules.

Solo sabían que reía. Solo sabían que tenía los pies bonitos. Solo sabían que, por unos minutos, ella era completamente, maravillosamente, felizmente vulnerable.

Y para Jéssica, que había pasado cuarenta años protegiéndose de todo, esa vulnerabilidad era un territorio nuevo. Un territorio que apenas comenzaba a explorar.

Alex no esperó más.

Sus manos descendieron hasta los tobillos de Jéssica con la determinación de quien sabe exactamente lo que quiere. No hubo caricias previas, no hubo exploraciones suaves. Fue un movimiento firme, decidido, como cuando un cazador finalmente atrapa a su presa después de una larga persecución.

Sus dedos se cerraron alrededor de los empeines. No con violencia, pero sí con fuerza. La suficiente para que Jéssica entendiera que no iba a soltarlos, que aquellos pies descalzos y vulnerables eran ahora suyos, al menos por un rato. Sus pulgares se posaron en las plantas, justo en el centro de los arcos, esa zona que ella misma había descrito como su punto más sensible.

Jéssica no tuvo tiempo de prepararse. No tuvo tiempo de respirar hondo ni de tensar los músculos ni de buscar un lugar donde anclar la mirada. Simplemente sintió.

Y la risa estalló.

No fue una risa gradual, de esas que empiezan con una sonrisa y van creciendo. Fue una explosión. Una carcajada que brotó desde lo más profundo de su ser, que sacudió todo su cuerpo, que le robó el aire de los pulmones y lo convirtió en sonido puro.

—¡AJAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

No le salieron palabras. No podía formar sílabas, ni siquiera pensarlas. Su boca se abrió en una mueca de risa y de ahí solo salió ese torrente incontrolable, ese grito gutural que no se parecía a nada que ella hubiera escuchado antes. Porque Jéssica nunca se había oído reír así. Nunca se había permitido llegar a este punto.

Sus manos, que antes intentaban proteger su torso, ahora se aferraban a las sábanas azules con fuerza. Sus dedos se hundían en la tela como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio. Las uñas pintadas de color nude raspaban suavemente la tela, buscando un agarre que no encontraban.

Y sus pies… sus pies intentaban huir.

Era un reflejo automático, algo que su cuerpo hacía sin pedir permiso. Los talones presionaban contra las manos de Alex, tratando de deslizarse hacia atrás. Los dedos de los pies se curvaban y se estiraban en un movimiento convulsivo. Las plantas se arrugaban, intentando minimizar el contacto con esos pulgares implacables que recorrían cada centímetro de piel sensible.

Pero Alex no la soltaba.

Tenía los pies bien sujetos, inmovilizados contra el colchón. Sus pulgares se movían con velocidad, ascendiendo y descendiendo por los arcos, dibujando círculos en los talones, presionando suavemente la base de los dedos. Cada movimiento era preciso, calculado, diseñado para provocar la máxima reacción con el mínimo esfuerzo.

Jéssica se revolcó como una loca.

No era una exageración. Su torso giraba sobre la cama como una peonza descontrolada. Primero hacia la izquierda, luego hacia la derecha, después otra vez a la izquierda. Su espalda se arqueaba hasta formar un puente, luego se hundía contra el colchón. Su cabeza se movía de un lado a otro, el cabello rubio enredándose cada vez más, pegándose a sus mejillas húmedas de lágrimas.

—¡AJAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La risa llenaba la habitación, rebotaba en las paredes de ladrillo, se filtraba por la puerta entreabierta y se perdía en la bodega vacía.

Jéssica quería decir algo. Quería pedirle que parara, o que siguiera, o que la soltara, o que la sujetara más fuerte. No lo sabía. Las palabras intentaban formarse en su mente, pero las cosquillas las aplastaban antes de que pudieran llegar a su boca. Solo salía risa. Risa pura, descontrolada, casi animal.

Sus brazos, que habían estado aferrados a las sábanas, se soltaron y comenzaron a moverse sin rumbo. Uno fue a parar a la cabeza, enredándose en el cabello. El otro golpeó suavemente el pecho de Alex, un manotazo involuntario, sin fuerza, más parecido a una caricia que a un golpe.

—¡AJAAAAJAJAJAJAJAJAJA! —Jéssica pataleó. No era un pataleo coordinado, sino una sacudida frenética de ambas piernas, como si intentara nadar en el aire.

Pero Alex no la soltaba. Sus manos seguían firmes alrededor de sus tobillos, sujetándola contra la cama, inmovilizándola. Los pulgares seguían moviéndose, implacables, explorando cada rincón de sus plantas sensibles.

Ahora se concentraban en el arco izquierdo. Ese punto que Jéssica había mencionado en el correo, el centro exacto donde la sensibilidad se volvía insoportable. Alex lo encontró sin dificultad, guiado por la forma en que el pie de Jéssica se contrajo al contacto, por ese pequeño espasmo que delataba el lugar exacto donde las terminaciones nerviosas se concentraban.

—¡NOOOOOOO! —logró articular Jéssica, pero la palabra se perdió entre las carcajadas, se ahogó en la risa—. ¡AHÍ NO! ¡AHÍ NO, NO, NO!

—¿Aquí? —preguntó Alex, y su pulgar presionó justo en el centro del arco.

La reacción fue inmediata. El cuerpo de Jéssica se arqueó por completo, los hombros se levantaron del colchón, la cabeza se echó hacia atrás, la boca se abrió en un grito que no llegó porque la risa se lo llevó. Sus dedos de los pies se curvaron con fuerza, los nudillos blancos, las uñas de esmalte vino tinto brillando bajo la luz.

—¡¡¡AJAAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!

Jéssica se revolvió como si tuviera fuego bajo la piel. Su cuerpo giraba, se retorcía, se sacudía. No había una dirección, no había un propósito. Solo movimiento. Solo esa necesidad imposible de escapar de algo que la tenía atrapada por completo.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que pudiera detenerlas. No era tristeza, no era dolor. Era la reacción de un cuerpo desbordado, que ya no podía contener la intensidad de lo que sentía. Las lágrimas se mezclaban con el sudor que empezaba a brotar en su frente, en su cuello, en el hueco de sus clavículas.

—¡POR FAVOR! —gritó, y la palabra salió entrecortada, rota—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡DE VERDAD! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

—Sí puedes —respondió Alex, y sus pulgares no se detuvieron. Cambiaron de ritmo, pasaron de los círculos lentos a las vibraciones rápidas, y la risa de Jéssica se volvió más aguda, más desesperada.

—¡NO PUEDO! ¡NO PUEDO! ¡NO PUEEEEEDOOOO!

Su espalda se arqueó otra vez. Sus manos se aferraron a la almohada que aún seguía en la cama, arrugándola, deformándola. Metió la cara en la almohada, como si pudiera ahogar la risa en el relleno de plumas. Pero la risa no se ahogaba. Salía igual, amortiguada pero imparable, vibrando a través de la tela.

Alex la observaba.

No con morbo, no con distancia científica. Con algo que se parecía a la admiración. Aquella mujer de cuarenta años, ejecutiva, madre, acostumbrada al control y a la compostura, se estaba deshaciendo bajo sus dedos. No quedaba rastro de la gerente seria que había llegado hace una hora. No quedaba nada de la mujer que cruzaba las piernas en las reuniones y hablaba de estrategias financieras. Solo quedaba esto: una mujer riendo. Vulnerable. Auténtica.

Los pies de Jéssica seguían intentando huir. Los talones presionaban contra sus manos, los dedos se curvaban y se estiraban, las plantas se arrugaban en un intento inútil de minimizar el contacto. Era fascinante, pensó Alex, cómo el cuerpo humano se resiste a lo que no puede controlar. Cómo lucha incluso cuando sabe que no tiene ninguna posibilidad de ganar.

Él la sujetaba con más fuerza.

No porque quisiera lastimarla. Al contrario, porque sabía que si la soltaba, ella perdería la oportunidad de experimentar esto hasta el final. Y el final, pensaba Alex, era la parte más importante. El momento en que la risa dejaba de ser una reacción y se convertía en algo más. En liberación. En catarsis.

Jéssica no sabía nada de eso.

Jéssica solo sabía que sus pies ardían. No de dolor, sino de sensación. Una sensación tan intensa que bordeaba lo insoportable. Una sensación que le recorría las piernas, le subía por la espalda, le estallaba en la cabeza. Una sensación que se negaba a terminar.

—¡BASTA! —gritó, y era la primera palabra clara que decía en minutos—. ¡BASTA, ALEX! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡YA!

Pero Alex no dijo nada. Simplemente siguió. Porque supo, por la forma en que ella había dicho «basta», que no lo decía en serio. No era la palabra de seguridad. Era solo la expresión de una mujer abrumada, desbordada, que necesitaba sentir que la risa no se iba a terminar nunca.

Y no se terminaba.

Seguía. Seguía mientras los pulgares de Alex recorrían sus plantas una y otra vez. Seguía mientras sus pies descalzos se retorcían en vano. Seguía mientras sus manos se aferraban a la almohada y sus dedos se clavaban en la tela.

Seguía.

Jéssica ya no sabía si reía o lloraba. Quizás era las dos cosas. Quizás era algo nuevo, algo que no tenía nombre, algo que solo existía en esa habitación sin ventanas, en esa cama de sábanas azules, bajo las manos de un desconocido de veintiún años con gafas de nerd.

La risa la envolvía por completo.

Y, por un momento, Jéssica dejó de ser la mujer que protegía sus pies con tanto cuidado. Dejó de ser la ejecutiva que nunca se quitaba los zapatos en la oficina. Dejó de ser la madre viuda que cargaba con el peso de su familia. Dejó de ser todas esas cosas y se convirtió solo en esto: una mujer riendo.

Sin más.

Sin menos.

Solo riendo.

Alex notó el ángulo.

No fue algo planeado desde el principio, sino una corrección sobre la marcha. Mientras sus pulgares seguían rascando las plantas de Jéssica, deslizándose de talón a dedos y de dedos a talón, advirtió que la luz daba ligeramente de lado. La sombra de su propia mano caía sobre el arco del pie izquierdo, ese arco que tanto le gustaba, que tanto quería mostrar.

Sin soltar los pies, sin dejar de cosquillear, desplazó el peso de su cuerpo unos centímetros hacia la derecha. La cámara, fija en el trípode, capturó el cambio. Ahora los pies de Jéssica quedaban de lleno en el encuadre, las plantas completamente visibles, los dedos con el esmalte vino tinto brillando bajo las luces LED.

Jéssica no notó nada.

Estaba más allá de eso. Su mundo se había reducido a las manos de Alex, a sus pies, a la risa que no dejaba de brotar. Todo lo demás —la habitación, la cámara, las luces, el teléfono vibrando en el escritorio— había desaparecido. Solo existía la sensación. Esa sensación eléctrica, imparable, que la hacía retorcerse sin control.

—¡AJAAJAJAJAAJJA! —La carcajada era continua, apenas interrumpida por las bocanadas de aire que Jéssica lograba robar entre risa y risa.

Sus pies intentaban huir. Lo habían intentado desde el principio y seguían intentándolo ahora, con la misma inutilidad de entonces. Los talones presionaban contra las manos de Alex, los dedos se curvaban y se estiraban, las plantas se arrugaban como papel mojado. Pero Alex los sujetaba con firmeza, inmovilizados contra el colchón, imposibilitados de escapar.

Sus pulgares se movían sin descanso.

Habían empezado con movimientos amplios, recorriendo toda la planta de un extremo a otro. Pero Alex, con la experiencia de quien ha hecho esto muchas veces, había ido afinando la técnica. Ahora se concentraba en zonas específicas: el talón, donde la piel era más gruesa pero igual de sensible; el arco, ese punto que hacía arquear a Jéssica entera; la base de los dedos, donde las pequeñas protuberancias parecían conectadas directamente con su risa.

Alternaba. No dejaba que ninguna zona se acostumbrara a la sensación. Apenas el pie de Jéssica comenzaba a adaptarse a un movimiento, él cambiaba a otro. Más rápido. Más lento. En círculos. En líneas rectas. Con las yemas de los pulgares. Con los nudillos. Con las uñas, un poco, lo justo para que la sensación cambiara otra vez.

Jéssica se retorcía como una culebra.

No había otra palabra. Su torso giraba sobre la cama en movimientos bruscos, descoordinados, como si cada músculo de su cuerpo hubiera decidido actuar por su cuenta. La camiseta blanca, ya subida hasta debajo del pecho, se había torcido aún más. Un hombro quedaba al descubierto, la tela amontonada bajo la axila. El jean, antes bien puesto, se había bajado ligeramente de una cadera, dejando ver la cintura de su ropa interior.

A Jéssica no le importaba.

Ni siquiera lo sabía. Su conciencia estaba ocupada por completo en las manos de Alex, en sus pies, en la risa. El pudor, la compostura, la imagen de ejecutiva seria y controlada… todo eso había volado por la ventana en algún momento del camino. No estaba segura de cuándo. Quizás cuando el primer tacón salió volando. Quizás antes. Quizás desde el momento en que entró por esa puerta metálica azul.

Alex siguió cosquilleando.

Sus pulgares descendieron hasta los talones y dibujaron círculos amplios, primero lentos, luego rápidos. Jéssica soltó una carcajada más aguda, más desesperada. Sus pies intentaron encogerse, los dedos se curvaron con fuerza, pero él los sujetó con firmeza.

—¿Ahí también? —preguntó Alex, aunque ya sabía la respuesta.

—¡AJAAJAJAAJJAJAAJJA! —fue la única respuesta que recibió.

Jéssica no podía hablar. Lo había intentado varias veces, en los breves segundos entre ataque y ataque, pero las palabras se le escapaban antes de poder formarlas. La boca se le abría para decir algo y de ella solo salía risa. Una risa cada vez más ronca, más cansada, pero igual de sincera.

Se movió sobre la cama de un extremo al otro. Las sábanas azules, que habían empezado perfectamente tendidas, ahora eran un amasijo de tela arrugada. La almohada había caído al suelo hacía rato. Jéssica ni siquiera lo había notado. Su cabeza descansaba directamente sobre el colchón, el cabello rubio esparcido a su alrededor como un abanico desordenado.

La cámara lo captaba todo.

El encuadre, ajustado por Alex minutos atrás, mostraba los pies de Jéssica en primer plano. Las plantas rosadas, los dedos pintados de vino tinto, los movimientos frenéticos de sus pies intentando huir. Al fondo, se veía parte del cuerpo de Jéssica: las piernas retorciéndose, el torso arqueándose, los brazos moviéndose sin rumbo. Pero el foco eran los pies. Como debía ser, pensaba Alex.

La transmisión en vivo seguía su curso.

El número de espectadores, que había alcanzado picos de más de cien durante la revelación de los pies descalzos, se había estabilizado en una cifra ligeramente inferior. Setenta y ocho. Ochenta y tres. Setenta y nueve. Alex no lo sabía. Su teléfono seguía boca abajo sobre el escritorio, vibrando de vez en cuando, ignorado.

No necesitaba verlo. Sabía que estaban ahí. Sabía que miraban. Sabía que, cada vez que sus pulgares encontraban un punto especialmente sensible y Jéssica soltaba esa carcajada más aguda, más desgarrada, más auténtica, los espectadores se quedaban un poco más. Un poco más enganchados. Un poco más dispuestos a volver.

Pero eso era secundario. O al menos eso le gustaba creer.

Lo principal, pensaba Alex mientras sus dedos seguían moviéndose sobre las plantas de Jéssica, era esto. La conexión. La entrega. La confianza de una mujer que le había permitido ver su lado más vulnerable. Eso no se compraba con dinero. Eso se ganaba.

Jéssica siguió revolcándose.

Ahora estaba de lado, o intentándolo. Alex la sujetaba por los tobillos, impidiéndole girar por completo. Los pies seguían en su sitio, expuestos, vulnerables, a merced de sus pulgares implacables. La risa de Jéssica salía ahogada porque tenía parte de la cara enterrada en el colchón, la mejilla izquierda aplastada contra la tela azul.

—¡AJAAJAJAAJJAJAAJJA! —la risa sonaba amortiguada, pero no menos intensa.

Alex movió el pie izquierdo de Jéssica ligeramente hacia la izquierda. Luego el derecho, un poco hacia la derecha. Ajustó los tobillos para que las plantas quedaran perfectamente alineadas con el objetivo de la cámara. Ahora sí, pensó. Ahora los espectadores podían ver cada detalle: las líneas de la piel, los surcos de los arcos, el modo en que las plantas se arrugaban y se estiraban con cada movimiento.

Jéssica no opuso resistencia.

No es que no quisiera. Es que ya no podía. El cuerpo le pedía tregua, le pedía un respiro, pero la risa seguía brotando, imparable, como un río que se desborda y no hay dique que lo contenga. Sus brazos colgaban flácidos a los costados, sin fuerzas ni para aferrarse a las sábanas.

—¿Ya te estás cansando? —preguntó Alex, y había una sonrisa en su voz.

—¡NO! —mintió Jéssica—. ¡AJAAJAJAAJJA! ¡NO ME ESTOY… AJAAJAJAAJJA! ¡CANSANDO!

—Porque si quieres podemos parar.

—¡NO QUIERO! —La respuesta fue inmediata, casi automática. Tan automática que sorprendió a Jéssica. ¿De verdad no quería parar? Había pasado los últimos minutos retorciéndose, riendo, suplicando (o eso parecía) que terminara. Pero cuando Alex le ofreció la salida, su cuerpo dijo que no antes de que su mente pudiera procesarlo.

Alex sonrió. No dijo nada. Simplemente siguió.

Sus pulgares regresaron a los arcos. Esa zona que hacía que Jéssica perdiera el poco control que le quedaba. Presionaron allí, justo en el centro, y se movieron en círculos rápidos, pequeños, precisos. La risa de Jéssica se volvió más aguda, casi un chirrido. Los dedos de sus pies se curvaron con tanta fuerza que parecía que iban a romperse.

—¡AJAAJAJAAJJAJAAJJAAJJAJAAJJA!

Se revolvió. Se retorció. Intentó sentarse, pero Alex la sujetaba por los tobillos y no la dejaba. Intentó cubrirse los pies con las manos, pero Alex se lo impedía. Solo podía reír. Reír y retorcerse y reír y revolcarse y reír y reír y reír.

Sin piedad.

Así era. Alex no tenía piedad. O quizás sí, pero la guardaba para después. Ahora solo quería ver hasta dónde podía llegar, cuánto podía aguantar, en qué momento la risa dejaría de ser risa y se convertiría en otra cosa.

Ese momento no llegaba.

Jéssica seguía riendo.

Riendo como nunca había reído. Riendo con todo el cuerpo, con cada célula, con cada fibra de su ser. Riendo como si la risa fuera a salvarla o a destruirla, o las dos cosas al mismo tiempo.

Y Alex seguía cosquilleando.

Sin piedad.

Y la cámara seguía grabando, o más bien transmitiendo, y los espectadores seguían mirando, y el teléfono seguía vibrando, y la bodega seguía siendo esa cápsula fuera del tiempo donde todo podía ocurrir.

Jéssica rió hasta que le dolió la garganta. Riío hasta que sintió los abdominales arder. Rió hasta que las lágrimas le empaparon la cara y el sudor le pegó la camiseta al cuerpo.

Y cuando pensó que no podía reír más, Alex cambió de técnica otra vez, y ella descubrió que sí podía.

Siempre podía un poco más.

Las plantas de Jéssica comenzaron a sudar.

No fue un cambio repentino, sino algo gradual, casi imperceptible al principio. Una ligera humedad que apareció después de tantos minutos de cosquillas ininterrumpidas, de risas que sacudían todo su cuerpo, de pies que se retorcían una y otra vez sin descanso. La piel, antes seca y suave, ahora estaba ligeramente húmeda, cubierta por una fina capa de sudor que la volvía más brillante bajo las luces LED.

Alex lo notó de inmediato.

No porque lo viera, aunque también, sino porque lo sintió. Sus pulgares, que hasta hace un momento se deslizaban con una fricción controlada sobre las plantas de Jéssica, ahora resbalaban con mucha más facilidad. La humedad actuaba como un lubricante natural, permitiendo que sus dedos se movieran más rápido, mucho más rápido, cubriendo más superficie en menos tiempo.

El cambio en la sensación fue brutal para Jéssica.

Porque si antes las cosquillas ya eran insoportables, ahora se volvían algo cercano a la locura. Los dedos de Alex no solo presionaban su piel: se deslizaban. Recorrían sus plantas a una velocidad que sus nervios no podían procesar. Era como si cada terminación nerviosa se activara al mismo tiempo, una y otra vez, sin pausa, sin respiro, como una orquesta sin director donde todos los instrumentos tocaran a la vez y cada nota fuera una carcajada.

—¡AJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Jéssica ya no intentaba hablar. Había abandonado cualquier intento de formar palabras hacía rato. La boca se le abría y de ella solo salía ese torrente de risa pura, visceral, descontrolada. A veces era una carcajada continua, un solo sonido alargado que parecía no terminar nunca. Otras veces se fragmentaba en pequeños estallidos, como un motor que falla pero no se apaga.

Sus pies se movían sin control.

El sudor que cubría sus plantas hacía que fuera más difícil para Alex sujetarlos, pero no imposible. Ajustó la presión de sus manos, apretó un poco más los tobillos, y mantuvo los pies inmovilizados contra el colchón. Jéssica podía retorcerse todo lo que quisiera, podía arquear la espalda y girar la cabeza y aferrar las sábanas con los puños cerrados, pero sus pies no se movían de donde él quería.

Y lo que él quería era que las plantas quedaran bien expuestas. Bien vulnerables. Bien accesibles.

La humedad hacía que sus dedos se deslizaran con una velocidad casi obscena. Los pulgares recorrían las plantas de talón a dedos en una fracción de segundo, y antes de que Jéssica pudiera procesar esa pasada, ya venía la siguiente en dirección contraria. Ida y vuelta. Arriba y abajo. En círculos que empezaban en el talón, subían por el arco, rodeaban la base de los dedos y volvían a bajar.

—¡AJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La risa de Jéssica era un muro de sonido que llenaba la habitación, que rebotaba en las paredes de ladrillo, que se filtraba por las rendijas de la puerta.

La camiseta blanca, ya completamente subida, dejaba al descubierto su torso. Los pantalones de mezclilla se habían torcido aún más. El cabello rubio era una maraña imposible, pegada a su frente y sus mejillas por el sudor y las lágrimas. Tenía los ojos cerrados, apretados, como si eso pudiera ayudarla a soportar la tormenta.

No la ayudaba.

Nada la ayudaba. Porque sus pies seguían sudando, y los dedos de Alex seguían deslizándose, y las cosquillas seguían siendo insoportables. No había tregua. No había un segundo de respiro. Era una sola nota larga, interminable, que se sostenía en el aire como un acorde que no se resuelve.

Los pies de Jéssica se retorcían dentro de las manos de Alex. Los dedos se curvaban y se estiraban. Las plantas se arrugaban y se alisaban. Intentaban, tal vez, encontrar un ángulo donde la sensación fuera menos intensa. Pero no lo encontraban. Porque Alex se adaptaba a cada movimiento, ajustaba la posición de sus pulgares, seguía el ritmo de su agitación.

—¡AJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La carcajada era tan continua que apenas dejaba espacio para respirar.

Jéssica sentía que se ahogaba. No literalmente, pero casi. Los pulmones le pedían aire, le pedían una pausa, un segundo para llenarse de oxígeno antes de soltar la siguiente carcajada. Pero las cosquillas no se lo permitían. Apenas lograba inhalar un poco, la risa se lo llevaba todo.

Arqueó la espalda. La arqueó tanto que sus omóplatos presionaron contra el colchón y su cabeza se hundió en el espacio donde antes estaba la almohada, ya en el suelo. El cuello se le tensó, las venas marcadas bajo la piel húmeda.

—¡AJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y Alex seguía. Sus pulgares se deslizaban sobre las plantas sudorosas, cada vez más rápido, en círculos que se hacían más y más pequeños, concentrados en los puntos más sensibles. El arco izquierdo, donde Jéssica perdía cualquier resto de compostura. La base de los dedos derechos, donde la piel formaba pequeñas protuberancias que sus dedos encontraban una y otra vez.

No había palabras. No había súplicas. No había «por favor» ni «basta» ni «no puedo más». Solo risa. Una risa que sonaba a todo lo que Jéssica había callado durante años. Una risa que no se parecía a ninguna de las que había usado en las reuniones de trabajo, en las cenas con amigos, en las conversaciones con su hija. Esta era una risa nueva. O quizás muy vieja, anterior a los tacones y los trajes sastre, anterior a las responsabilidades y las preocupaciones.

Una risa de cuando ni siquiera sabía qué eran las cosquillas y simplemente las sentía.

Alex movió los tobillos de Jéssica ligeramente hacia arriba, ajustando el ángulo para que la cámara captara mejor las plantas brillantes de sudor. Las luces LED reflejaban en la humedad, creando pequeños destellos que iluminaban el esmalte vino tinto de las uñas. Era una imagen casi artística, pensó Alex. O al menos así le gustaba imaginarlo.

Jéssica no sabía nada de eso. No sabía que la estaban viendo. No sabía que sus pies sudorosos eran el centro de atención de decenas de personas. No sabía que su risa, esa risa que brotaba sin control, estaba llegando a pantallas en salas y habitaciones y estudios que no podría ni imaginar.

Solo sabía que los dedos de Alex se deslizaban sobre sus plantas.

Y que era insoportable.

Y que no quería que parara.

O quizás sí. Ya no estaba segura de nada. La única certeza que le quedaba era que reía. Que seguía riendo. Que iba a seguir riendo hasta que los dedos de Alex se detuvieran, o hasta que su cuerpo no pudiera más, o hasta que el tiempo se acabara.

Sea lo que fuera, mientras tanto, reía.

Y Alex, con los pulgares resbalando sobre sus plantas sudorosas, sonreía. No una sonrisa amplia ni triunfante. Algo más tranquilo. Más satisfecho. Como quien ha visto exactamente lo que quería ver.

Alex movió el brazo.

No fue un cambio brusco, sino un ajuste calculado. Deslizó sus manos hacia abajo, sujetando los tobillos de Jéssica un poco más cerca de los talones, y giró ligeramente las palmas. La postura le permitía ahora un ángulo diferente, un movimiento distinto. Hasta ese momento, sus pulgares habían viajado desde la base de los dedos hasta los talones, un recorrido que Jéssica ya conocía, que había aprendido a anticipar aunque no pudiera evitarlo.

Pero ahora todo cambió.

Ahora los pulgares de Alex partían desde los talones. Se posaban justo en esa zona redondeada, donde la piel era más gruesa pero igual de sensible, y comenzaban a ascender. Lentamente al principio, como si estuviera saboreando cada centímetro de piel, cada milímetro de planta sudorosa. Subían por el talón, alcanzaban el arco, presionaban allí un instante, y luego continuaban hacia la base de los dedos.

Para Jéssica, ese cambio fue devastador.

Porque su cuerpo, su inconsciente, había aprendido en los últimos minutos a prepararse para el movimiento en una dirección. Sus nervios, sus terminaciones, habían creado una expectativa. Sabían que el cosquilleo venía de arriba hacia abajo. Pero ahora venía de abajo hacia arriba, y esa inversión rompía cualquier posibilidad de anticipación, cualquier intento de prepararse.

La risa se transformó.

Pasó de ser una carcajada continua, profunda, casi gutural, a convertirse en algo más agudo. Más chillón. Más desesperado. No era que las cosquillas fueran más intensas —quizás lo eran, quizás no—, sino que su cuerpo no sabía cómo procesarlas. Era como si los nervios de sus plantas hubieran recibido una orden en un idioma que no entendían y su única respuesta posible fuera esa risa nueva, extraña, casi ajena.

—¡AAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —El sonido que salió de su boca era casi un alarido. No de dolor, no de miedo, sino de una sobrecarga sensorial que no podía canalizar de otra manera.

La boca de Jéssica se abrió más que antes. Los labios, resecos por tanto reír, se estiraron en una mueca que era sonrisa y grito al mismo tiempo. Las comisuras se levantaban hacia arriba, pero el sonido que salía era tan agudo que parecía de otro registro.

Alex siguió.

Sus pulgares ascendían y descendían, pero ahora el movimiento dominante era de talón a dedos. Una y otra vez. Arrancaban desde abajo, recorrían la planta entera, llegaban hasta la base de los dedos, y volvían a empezar. El ritmo era implacable, casi mecánico, como el de una máquina diseñada específicamente para producir cosquillas.

Los pies de Jéssica se retorcían dentro de sus manos. Los dedos se curvaban y se estiraban. Las plantas se arrugaban, intentando protegerse, intentando minimizar la superficie de contacto. Pero Alex las alisaba con sus pulgares, las estiraba, las exponía.

—¡AAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La risa de Jéssica se rompía en fragmentos, en pequeños alaridos que se pegaban unos a otros, que apenas dejaban espacio para el aire. Inhalaba con dificultad entre carcajada y carcajada, pero cada inhalación parecía alimentar la siguiente explosión de sonido.

El sudor en sus plantas hacía que los pulgares de Alex se deslizaran con una velocidad que rozaba lo obsceno. La humedad, que antes había sido un problema para mantener la fricción, ahora era una aliada para aumentar la velocidad. Cada pasada era más rápida que la anterior, y cada pasada más rápida provocaba una carcajada más aguda.

Jéssica no podía con eso.

Sentía que algo en su interior se estaba rompiendo, pero no de manera violenta, sino como una presa que cede poco a poco. Las compuertas que había construido durante años —la compostura, el control, la imagen de mujer seria y ejecutiva— se estaban desmoronando bajo los dedos de Alex. Y ella no podía hacer nada para detenerlo.

No quería, en realidad.

En algún rincón de su mente, ese que aún no había sido invadido por las cosquillas, Jéssica sabía que aquello era exactamente lo que había venido a buscar. No solo las cosquillas. No solo la sensación. Sino esto: la pérdida total del control. La certeza de que por un momento, solo un momento, no tenía que ser nadie. No tenía que ser la madre, ni la ejecutiva, ni la viuda, ni la mujer fuerte que todo lo puede.

Podía ser solo esto: una mujer riendo. Riendo como si su vida dependiera de ello.

—¡AAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Los brazos de Jéssica, que habían estado aferrados a las sábanas, se soltaron. Uno fue a parar a su propia cabeza, enredándose en el cabello húmedo. El otro golpeó el colchón una y otra vez, un golpeteo rítmico que acompañaba sus carcajadas. No era un intento de llamar la atención, ni una súplica para que parara. Era simplemente la expresión física de una emoción que no cabía en su pecho.

Las piernas se movían sin control. Los muslos se apretaban y se separaban. Las rodillas se doblaban y se estiraban. Los pies, atrapados en las manos de Alex, continuaban su danza inútil de huida. Los dedos se curvaban con tanta fuerza que los nudillos se blanqueaban.

Alex observaba fascinado.

Había visto muchas reacciones a las cosquillas en sus años de experiencia. Algunas personas se reían bajito, casi con vergüenza. Otras gritaban. Otras lloraban. Otras se quedaban en silencio, luchando contra la risa con todas sus fuerzas. Pero Jéssica era diferente. Jéssica se entregaba. No luchaba contra la risa, no intentaba contenerla. Simplemente la dejaba salir, la dejaba fluir, la dejaba ser.

Y esa entrega, pensaba Alex mientras sus pulgares seguían ascendiendo por las plantas sudorosas de talón a dedos, era lo más valioso que podía ofrecer una mujer como ella.

—¡AAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

La risa era un alarido continuo. No había pausas, no había silencios. Solo sonido. Un sonido que llenaba la habitación, que saturaba el micrófono de la cámara, que seguramente se estaba distorsionando en la transmisión en vivo. Pero a Alex no le importaba. La distorsión, pensaba, era parte de la autenticidad.

Los pies de Jéssica sudaban más.

El sudor se acumulaba en las pequeñas depresiones de sus plantas, se escurría entre los dedos, humedecía las manos de Alex. Y él aprovechaba esa humedad para aumentar la velocidad, para hacer que sus pulgares se deslizaran más rápido, para convertir cada pasada en un torrente de sensaciones.

Jéssica giraba la cabeza de un lado a otro sobre el colchón. El cabello rubio se pegaba a sus mejillas, a su frente, a su cuello. Los ojos, inyectados en sangre por el esfuerzo, se abrían y se cerraban sin ritmo. Las lágrimas seguían cayendo, formando pequeños regueros que se perdían en las sienes.

No sabía cuánto tiempo llevaba así. El tiempo había dejado de existir para ella. Solo existía el ahora. Solo existían los pulgares de Alex ascendiendo por sus plantas de talón a dedos, una y otra vez, sin descanso, sin piedad.

Y reía.

Reía como nunca había reído.

Reía como si fuera la primera vez.

Reía como si fuera la última.

Finalmente, después de un tiempo que ninguno de los dos podría haber medido con precisión, Alex sintió que era suficiente. No fue una decisión repentina, sino una percepción gradual, como quien nota que el agua hierve o que la madera cruje antes de partirse. Jéssica ya no se retorcía con la misma energía. Sus movimientos, antes bruscos y desesperados, se habían vuelto más lentos, más pesados. Los brazos, que antes golpeaban el colchón, ahora descansaban a los costados como ramas caídas. Las piernas apenas se movían, solo un temblor residual que recorría sus muslos de vez en cuando.

La risa también había cambiado. Ya no era esa carcajada aguda que llenaba la habitación. Era algo más cansado, un sonido entrecortado, asmático, que salía de su boca como si cada bocanada de risa fuera la última. Los ojos de Jéssica, rojos e hinchados por las lágrimas, tenían una mirada ausente, perdida en algún punto del techo que Alex ni siquiera alcanzaba a ver.

Él la soltó.

No de golpe, sino con suavidad. Sus manos, que habían sujetado los tobillos de Jéssica con firmeza durante tanto tiempo, aflojaron la presión poco a poco. Palmo a palmo. Dedo a dedo. Hasta que los pies descalzos de Jéssica quedaron libres, apoyados sobre las sábanas azules, las plantas todavía húmedas y enrojecidas, los dedos aún ligeramente curvados por el esfuerzo.

Alex se levantó de la cama. Sintió las piernas entumecidas por la postura, los dedos entumecidos por la tensión. Dio unos pasos hacia el escritorio. La cámara seguía encendida, el LED rojo parpadeando con ese brillo indiferente que había mantenido durante toda la sesión. Extendió la mano y presionó el botón de apagado. El LED se apagó. Un parpadeo final, un pitido apenas audible, y la transmisión en vivo se cortó. Los espectadores, los que habían estado mirando durante casi dos horas, se quedaron con una pantalla negra. No sabrían qué había pasado después. No lo necesitaban. Ya habían visto lo suficiente.

Alex regresó a la cama. Jéssica estaba exactamente donde la había dejado: boca arriba, los brazos abiertos, el cabello rubio desparramado sobre las sábanas arrugadas. Tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando con dificultad. La camiseta blanca seguía subida, y él notó, al mirarla, que se había torcido aún más. Un hombro quedaba al descubierto, la tela enganchada debajo de la axila.

Jéssica tardó en notar que las cosquillas se habían detenido.

Su cuerpo seguía temblando, los pies seguían retorciéndose de vez en cuando, como si las terminaciones nerviosas no hubieran recibido aún la orden de que el peligro había pasado. La risa se había apagado, pero los labios de Jéssica se movían sin emitir sonido, formando palabras que no llegaban a pronunciarse.

Alex la observó en silencio. No dijo nada. No la tocó. Solo esperó, con las manos apoyadas en las caderas, la respiración aún acelerada por el esfuerzo.

Jéssica abrió los ojos lentamente. Los párpados le pesaban como si tuvieran plomo en su interior. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la mirada en el techo de la habitación. Las luces LED seguían encendidas, proyectando una luz cálida que le parecía demasiado brillante, casi hiriente.

—¿Estás bien? —preguntó Alex al fin. Su voz sonó más grave de lo normal, quizás por el silencio que la había precedido, quizás por el tiempo sin hablar.

Jéssica tardó en responder. No porque no quisiera, sino porque las palabras no le salían. La garganta le ardía, probablemente por tanto reír. Los músculos del abdomen le dolían como si hubiera hecho mil abdominales. La cabeza le daba vueltas, una sensación extraña, como si el techo estuviera girando lentamente sobre sí mismo.

—Necesito… tomar aire —dijo. La voz le salió ronca, cascada, casi irreconocible. Tosió un par de veces, un sonido seco, y se llevó una mano a la garganta—. Aire.

Alex se apartó de la cama y fue hacia una de las paredes. Jéssica no sabía qué estaba haciendo. Escuchó un ruido metálico, algo que chirriaba, y luego sintió una corriente de aire fresco que le rozó la cara. Alex había abierto una pequeña ventana de ventilación, de esas altas que están cerca del techo, que ella no había notado cuando entró.

El aire entró en la habitación, trayendo consigo olores de afuera: el asfalto mojado de una calle que no había visto, el humo lejano de algún vehículo, la tierra húmeda de un jardín inexistente. Para Jéssica, ese aire supo a gloria. Inhaló profundo, sintiendo cómo el oxígeno llenaba sus pulmones vacíos. Exhaló. Volvió a inhalar. Otra vez. Otra.

Poco a poco, la cabeza dejó de dar vueltas. El techo se detuvo en su giro imaginario. Los labios de Jéssica recuperaron un poco de color, aunque seguían resecos, agrietados por la risa.

—¿Qué hora es? —preguntó. La voz aún sonaba ronca, pero al menos ya se entendía.

Alex consultó su teléfono. Lo tomó del escritorio donde seguía apoyado boca abajo, vibró varias veces durante la sesión sin que él lo mirara. La pantalla se encendió y él leyó la hora en voz alta.

—Faltan ocho minutos para las dos horas.

Jéssica parpadeó. Dos horas. Habían pasado dos horas. No, espera: casi dos horas. Faltaban ocho minutos. Ciento doce minutos. Más de una hora y media. Casi dos. Casi dos horas de cosquillas. Casi dos horas riendo. Casi dos horas retorciéndose bajo las manos de Alex, bajo sus pulgares implacables, bajo esa tortura dulce que la había llevado al borde de algo que no sabía nombrar.

—¿Dos horas? —preguntó, como si no hubiera escuchado bien—. ¿De verdad?

—Casi —respondió Alex, sentándose en el borde de la cama, a una distancia prudente. Puso el teléfono boca abajo otra vez, sobre la colcha arrugada—. Empezamos poco después de las once. Eran las once y diez, once y cuarto, algo así. Ahora son casi la una. Así que sí, casi dos horas.

Jéssica se quedó en silencio. Su mente, aún aturdida, intentaba procesar esa información. Dos horas. Había aguantado dos horas de cosquillas. Dos horas. Ella, que no podía soportar una pedicura completa sin soltar una risa nerviosa. Ella, que evitaba los masajes en los pies porque la simple expectativa la ponía tensa. Ella, que había pasado cuarenta años escondiendo esa vulnerabilidad, protegiéndola como un secreto de estado. Había aguantado dos horas.

—No lo puedo creer —dijo, y esta vez su sonido fue una risa corta, débil, pero risa al fin—. Dos horas. Pensé que habían sido… no sé… treinta minutos. Cuarenta a lo sumo.

—El tiempo vuela cuando uno se divierte —dijo Alex, y había una sonrisa en su voz.

Jéssica giró la cabeza para mirarlo. El chico estaba sentado a su lado, las manos apoyadas en las rodillas, las gafas un poco torcidas sobre la nariz. Tenía el cabello más despeinado que cuando llegó, y el hoodie gris se le había subido un poco por detrás, dejando ver la camiseta blanca que llevaba debajo. Parecía cansado, pero satisfecho. Como quien ha hecho un buen trabajo.

—¿Estás bien? —preguntó él otra vez, esta vez más bajo, como si la pregunta fuera solo para ella.

Jéssica se tomó unos segundos para responder. Hizo un inventario rápido de su cuerpo. Los pies le ardían, una sensación de calor que no era desagradable del todo. Las plantas seguían húmedas, y cuando movió los dedos sintió que la piel estaba más sensible de lo normal, como si cualquier roce mínimo pudiera hacerla reír otra vez. Las costillas le dolían al respirar, y las axilas, y la cintura. El abdomen, especialmente, le dolía como si hubiera estado haciendo ejercicio durante horas —y, pensó, de algún modo así era.

—Estoy bien —dijo, y lo dijo con una certeza que la sorprendió a ella misma—. Estoy… cansada. Muy cansada. Pero bien. Creo que mejor de lo que he estado en mucho tiempo.

Alex asintió, como si entendiera perfectamente lo que ella quería decir.

Jéssica se incorporó lentamente. El movimiento le costó más de lo que esperaba. Los músculos de su torso protestaron, especialmente los abdominales, que estaban tensos por las horas de risa continua. Se apoyó en los codos, luego en las manos, hasta quedar sentada en el borde de la cama, con los pies colgando. Los pies descalzos, los dedos con el esmalte vino tinto, las plantas todavía enrojecidas por la fricción y las cosquillas.

Se quedó mirándolos un momento. Parecían pies de otra persona. Pies que habían sido sometidos a algo que ella nunca habría imaginado. Pies que habían reído, de algún modo, tanto como ella.

—Nunca había durado tanto —dijo, casi para sí misma—. Con las cosquillas, digo. Siempre pedía que pararan antes. Siempre.

—Nunca habías tenido a alguien que supiera cómo hacerlo —respondió Alex, con una sencillez que desarmaba.

Jéssica lo miró. Quería decirle algo. Quería agradecerle, o quizás reclamarle por la intensidad de la sesión, o preguntarle por qué la había sometido a casi dos horas de lo que parecía una tortura pero se sentía como algo más. Pero las palabras no le salieron. En lugar de eso, sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina.

—Gracias —dijo al final. Y era suficiente.

Alex sonrió también.

—El descanso fue más suave. Cuando quieras repetir, ya sabes dónde encontrarme.

Jéssica bajó la mirada a sus pies otra vez. Las plantas todavía sudorosas, los dedos ligeramente separados por la posición en que los había dejado. Un pie de mujer de cuarenta años. Un pie de ejecutiva. Un pie de madre. Un pie cosquilludo.

Un pie que, después de casi dos horas de cosquillas seguía ahí. Sano. Firme. Más vivo que nunca.

—Quizás —dijo Jéssica, y la palabra se perdió en la habitación, como una promesa que el tiempo decidiría si cumplir o no.

Pero sabía, en el fondo, que sería difícil olvidar lo que acababa de vivir. Difícil no volver. Difícil no repetir.

Jéssica aún estaba sentada en el borde de la cama, recuperando el aliento. Los pies le colgaban, las plantas todavía enrojecidas y sensibles, los dedos con el esmalte vino tinto brillando bajo la luz. Tenía el cabello hecho un desastre, la camiseta blanca torcida, el jean bajado de una cadera. Pero por primera vez en mucho tiempo, no le importaba. Estaba agotada, sí, pero también extrañamente en paz. Como después de una tormenta, cuando todo está en calma y el aire huele a tierra mojada.

Alex se quedó mirándola un momento. La vio bajar la mirada a sus pies, mover los dedos, arrugar las plantas. Vio la forma en que sonreía, esa sonrisa pequeña y privada que ella probablemente no sabía que estaba mostrando. Y algo en esa imagen —la mujer ejecutiva, madre, seria, despeinada y descalza en su cama— lo impulsó a preguntar.

—Jéssica —dijo, y ella levantó la vista—. ¿Estarías dispuesta a repetir la sesión?

Jéssica parpadeó. La pregunta la tomó por sorpresa, aunque quizás no debería. Había sido intenso. Había sido agotador. Había sido… no sabía ni cómo describirlo. Pero mientras su mente buscaba una respuesta, su boca ya se estaba abriendo para decir algo.

—Tengo un problema —dijo Jéssica.

—¿Cuál? —preguntó Alex, inclinando ligeramente la cabeza.

Jéssica se pasó una mano por el cabello, tratando de ordenar los mechones rubios que se le pegaban a la frente. El gesto era automático, casi nervioso, pero sus ojos no dejaban de mirar a Alex.

—En aproximadamente sesenta días viajo a Estados Unidos. A vivir. Me ofrecieron un trabajo en Nueva York, un banco internacional, y ya tengo los tiquetes. El vuelo sale el quince de enero.

El silencio que siguió fue breve, apenas un par de segundos. Pero en esos segundos, Jéssica vio cómo los ojos de Alex detrás de las gafas cambiaban de expresión. Primero sorpresa, luego procesamiento, luego algo que no supo identificar.

—¿Nueva York? —repitió Alex, como si la información tardara en asentarse—. ¿Te vas a vivir a Nueva York?

—Sí. Con mi hija. Ya vendí casi todo, ya di en adopción a mis perros… Solo la casa falta, pero eso se resolverá. En sesenta días, menos ahora, me voy.

—Ya veo —dijo Alex, y se quedó en silencio otro momento. Luego, de repente, sonrió. No era una sonrisa amplia, sino algo más pícaro, más juguetón—. En ese caso —dijo, y su voz tenía un tono nuevo, un deje de urgencia controlada—, creo que debemos apresurarnos.

Jéssico no entendió lo que quería decir. No inmediatamente. Su mente aún estaba atontada por las casi dos horas de cosquillas, por el agotamiento, por la sorpresa de su propia respuesta. Miró a Alex con una expresión confundida, la boca entreabierta, las cejas levantadas.

—¿Apresurarnos? ¿En qué?

Alex no respondió con palabras. Simplemente actuó.

Sus manos se movieron rápidas, con la precisión de quien ha estado practicando ese movimiento durante años. Se inclinó hacia abajo y agarró las piernas de Jéssica justo por encima de los tobillos. El agarre fue firme, seguro, inapelable. Sin violencia, pero sin posibilidad de escape.

Jéssica no tuvo tiempo de reaccionar. Ni siquiera de entender lo que estaba pasando.

—¡Espera! —alcanzó a decir, pero la palabra se le atragantó cuando Alex tiró suavemente de sus piernas, deslizándola hacia atrás sobre la cama. Su espalda golpeó el colchón, su cabeza cayó sobre las sábanas arrugadas, y sus brazos se abrieron en un intento inútil de encontrar un punto de apoyo.

Ya estaba otra vez boca arriba. Otra vez con los pies apuntando hacia Alex. Otra vez vulnerable. Otra vez atrapada.

—¡Alex! —exclamó Jéssica, y su voz era una mezcla de protesta y risa anticipada—. ¡No puedes! ¡Acabo de…!

No terminó la frase. Porque los pulgares de Alex ya estaban sobre sus plantas.

No hubo delicadeza esta vez. No hubo exploración gradual, no hubo calentamiento previo. Alex fue directamente al grano, sin medias tintas. Sus pulgares se hundieron en las plantas de Jéssica con una energía renovada, como si las casi dos horas anteriores hubieran sido solo el aperitivo y ahora llegara el plato principal.

—¡NO PUEDES! —gritó Jéssica, y esta vez sí era una súplica—. ¡ACABO DE… AHHHH… JAJAJAJAJAJAJA!

La risa irrumpió antes de que pudiera terminar la frase. Porque las plantas de Jéssica seguían hipersensibles, todavía recuperándose del ataque anterior, y ahora estaban siendo sometidas a otro. Los pulgares de Alex se movían rápidos, implacables, como si quisieran recuperar el tiempo perdido. Subían y bajaban por las plantas desde los talones hasta los dedos, desde los dedos hasta los talones, sin descanso.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La risa volvió a llenar la habitación. No era la misma de antes, más cansada, pero igual de real—. ¡ALEX, POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

—No hay tiempo que perder —dijo Alex, y sus manos no se detuvieron. Sus pulgares presionaban y rascaban, rascaban y presionaban, alternando ritmos, alternando zonas—. Si te vas en sesenta días, tenemos que aprovechar cada minuto.

—¡NO ERA ASÍ! —gritó Jéssica entre risas—. ¡YO DIJE… JAJAJAJAJAJA! …QUE TENÍA UN PROBLEMA, NO… JAJAJAJAJAJA! …QUE ME SIGUIERAS ATA… ATA… ATA… JAJAJAJAJAJAJA!

No logró decir «atacando». La palabra se perdió en una carcajada especialmente violenta, provocada por los pulgares de Alex que se concentraron en el arco izquierdo. Ese punto maldito que la volvía loca. Ese punto que parecía tener vida propia, que se contraía y se estiraba bajo los dedos de Alex como si quisiera huir.

Jéssica se retorció sobre la cama. No había cambiado nada respecto a antes: los mismos movimientos, las mismas sábanas arrugadas, el mismo cabello desparramado. Pero todo era diferente. Porque ahora sabía lo que venía. Sabía que no iba a terminar pronto. Sabía que Alex no iba a detenerse hasta que él decidiera hacerlo. Y esa certeza, esa pérdida de control consciente, hacía que las cosquillas se sintieran de otra manera.

Sus pies intentaron huir. Lo intentaron con una desesperación que ella misma reconocía como inútil. Pero el cuerpo no entiende de inutilidad. El cuerpo solo sabe que algo le hace cosquillas y que quiere que pare. Los talones presionaban contra las manos de Alex, los dedos se curvaban y se estiraban, las plantas se arrugaban una y otra vez. Pero Alex los sujetaba con la misma firmeza de antes, sin darles ni un centímetro de libertad.

—¡NO VOY A SOBREVIVIR! —gritó Jéssica, y la risa se llevó las palabras—. ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡EN SERIO! ¡NO VOY A… SOBRE… SOBRE… JAJAJAJAJAJAJA!

—Claro que vas a sobrevivir —dijo Alex, y sus pulgares cambiaron de ritmo otra vez, pasando de los movimientos largos y amplios a los círculos pequeños y concentrados—. Ya sobreviviste casi dos horas. Esto es nada.

—¡ESTO ES PEOR! —insistió Jéssica, y había algo de verdad en sus palabras. Porque las plantas, ya irritadas por la sesión anterior, estaba muchísimo más sensibles que antes. Cada roce de los pulgares de Alex se multiplicaba por diez, por cien. Lo que antes era una cosquilla intensa ahora era una cosquilla insoportable.

Los brazos de Jéssica se movían sin control. Uno se enredó en el cabello. El otro golpeó el colchón una y otra vez. Las piernas intentaron cerrarse, proteger sus pies de alguna manera, pero Alex las mantenía abiertas con la posición de sus brazos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La risa era continua, un alarido que apenas dejaba espacio para el aire. Jéssica sentía que se iba a desmayar.

Alex siguió cosquilleando.

Sus pulgares recorrieron las plantas de Jéssica como si estuvieran trazando un mapa. Talón, arco, base de los dedos. De nuevo. Y otra vez. Y otra. Cada pasada era una nueva explosión de risa. Cada círculo era un nuevo retorcimiento. Cada presión era un nuevo movimiento desesperado.

Jéssica ya no sabía dónde terminaba ella y dónde empezaban las cosquillas. Eran lo mismo. Las cosquillas eran ella. O ella era las cosquillas. No podía separarse de esa sensación, no podía escapar de ese cosquilleo que le recorría las piernas, le subía por la espalda, le estallaba en la cabeza.

—¡AAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y Alex, con las manos firmes alrededor de sus tobillos y los pulgares hundidos en sus plantas sudorosas, sonreía.

—Sesenta días —dijo, casi para sí mismo—. Menos, en realidad. Así que habrá que aprovechar.

Jéssica no lo escuchó. O quizás sí, pero no podía responder. La risa se lo impedía. La risa lo era todo.

Sus pies descalzos seguían moviéndose dentro de las manos de Alex. Los dedos se curvaban y se estiraban. Las plantas se arrugaban y se alisaban. El esmalte vino tinto brillaba bajo las luces LED, cada vez que la luz daba de lleno en las uñas.

Era una imagen que Alex guardaría en su memoria.

Y que, quizás, también guardaría en algún otro lugar.

Pero eso sería después.

Ahora, solo las cosquillas existían.

Para Jéssica, solo las cosquillas existían.

Solo los pies.

Solo la risa.

Solo Alex y sus manos y sus pulgares implacables.

Y el tiempo, ese que se acababa en sesenta días, parecía haberse detenido por completo.

Para Alex, aquellos pies eran el Santo Grial.

Lo pensó mientras sus dedos se movían rápidos sobre las plantas de Jéssica, las yemas y las uñas trabajando en conjunto para producir ese cosquilleo que tanto le gustaba. Había cosquilleado muchos pies en sus años de experiencia. Pies jóvenes de chicas universitarias, pies cuidados de modelos, pies anónimos de mujeres que solo querían dinero rápido. Pero nunca, nunca, había tenido entre sus manos unos pies como los de Jéssica.

Eran hipersensibles. No solo sensibles, no solo cosquilludos. Hipersensibles. Cada roce de sus dedos provocaba una reacción inmediata, cada movimiento de uñas generaba una carcajada, cada caricia en el arco hacía que todo el cuerpo de Jéssica se sacudiera como si recibiera una descarga. Sus plantas se arrugaban al menor contacto. Sus dedos se curvaban antes siquiera de que él comenzara a cosquillear. Era como si sus pies supieran lo que iba a pasar y se prepararan para sufrirlo.

Una milf, pensó Alex mientras sus dedos ascendían por la planta izquierda desde el talón hasta los dedos. Una milf de cuarenta años, ejecutiva, madre, con los pies más cosquilludos que había visto en su vida. Y estaba allí, en su cama, bajo sus dedos, riendo sin control. La palabra «milf» sonaba vulgar, lo sabía, pero también era precisa. Porque Jéssica tenía esa mezcla de madurez y sensualidad que lo volvía loco. Las arrugas pequeñas alrededor de sus ojos cuando reía. La forma en que su cuerpo se movía, ágil a pesar de la edad. La confianza de quien sabe quién es y lo que quiere.

Y lo que Jéssica quería, al menos en ese momento, era seguir recibiendo cosquillas.

Eso lo excitaba más.

No era solo la sensación física, aunque también. Era el poder, la confianza, la entrega. Una mujer como ella, acostumbrada a mandar, a controlar, a decidir, se había desnudado (no literalmente, aunque casi) ante él. Le había permitido ver su lado más vulnerable. Le había permitido tocar sus pies, sus pies secretos, sus pies de cosquillas. Y ahora estaba allí, retorciéndose, riendo, pidiendo sin pedir que no parara.

Alex sintió la excitación recorrerle el cuerpo. No era algo que pudiera ocultar, ni siquiera que quisiera ocultar. Era parte de lo que era, de lo que sentía. El fetichismo no era una elección, era una forma de ver el mundo. Y en su mundo, los pies de Jéssica eran el centro de todo.

Sus dedos se movían rápidos sobre ambas plantas por igual. No alternaba, no priorizaba una sobre la otra. Las dos recibían la misma atención, la misma intensidad. Los dedos de su mano derecha trabajaban sobre el pie izquierdo, los de su mano izquierda sobre el pie derecho. Las uñas raspaban suavemente la piel, subiendo y bajando, la yemas presionaban en los puntos clave. No era una máquina, no había vibraciones mecánicas ni movimientos perfectamente calculados. Era solo un hombre moviendo los dedos con destreza, cosquilleando con habilidad, provocando con cada roce una carcajada.

Jéssica reía a carcajadas.

No había dejado de reír desde que Alex la había tomado por sorpresa. Su boca seguía abierta, los labios resecos, la garganta áspera. Pero la risa seguía saliendo, imparable, como si su cuerpo hubiera encontrado una nueva forma de respirar. Los pies se le movían dentro de las manos de Alex, pero él los sujetaba con firmeza, sin dejarlos escapar.

—¡JAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La carcajada llenaba la habitación otra vez.

Y entonces Alex se movió.

No fue un movimiento planeado, sino algo instintivo. Necesitaba más. Necesitaba estar más cerca. Necesitaba sentir su cuerpo, no solo sus pies. Así que soltó los tobillos de Jéssica (solo un momento, solo lo necesario) y en un movimiento rápido, ágil, saltó sobre ella.

Jéssica sintió el peso de Alex sobre su cuerpo. No era un peso incómodo ni agresivo. Era un peso que la inmovilizaba, que la atrapaba, que le recordaba quién mandaba en esa habitación. Alex se había colocado a horcajadas sobre sus caderas, las rodillas apoyadas a ambos lados de su cintura, el torso inclinado hacia adelante.

Y sus manos, libres ahora de los pies, fueron directo a su barriga.

—¡NO! —gritó Jéssica, pero fue un grito ahogado por la risa—. ¡AHÍ NO! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Alex no le hizo caso.

Sus dedos se movían sobre su barriga con la misma destreza que habían usado en sus pies. Las yemas recorrían la piel, las uñas raspaban suavemente, los dedos cosquilleaban sin descanso. Y Jéssica, que creía que ya no podía reír más, descubrió que sí podía. Que siempre podía un poco más.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Sus manos, libres ahora, intentaron empujar a Alex. Pero él era más pesado, o ella era más débil, o las cosquillas le robaban la fuerza. Sus palmas golpeaban suavemente su pecho, sus dedos se aferraban a su hoodie gris, pero no lograban moverlo ni un centímetro.

Alex bajó las manos a sus costillas.

Esa fue otra onda expansiva. Los dedos de Alex encontraron las costillas de Jéssica con precisión quirúrgica, moviéndose entre los huesos, encontrando los espacios donde la piel era más fina y las terminaciones nerviosas más expuestas. Subían y bajaban, de una costilla a la siguiente, sin prisa pero sin pausa.

Jéssica sintió algo más que las cosquillas.

Sintió el cuerpo de Alex sobre el suyo. Sintió sus muslos contra sus caderas. Sintió su aliento cerca de su cara. Y sintió, también, su excitación. No es que Alex se lo hubiera dicho. No es que ella hubiera visto nada. Era una sensación, una percepción, un conocimiento que se filtraba a través de su piel, a través de la forma en que su cuerpo se movía, a través de la intensidad de sus dedos sobre sus costillas.

Jéssica no dijo nada.

No podía. La risa se lo impedía. Las palabras se le ahogaban en la garganta antes de poder formarse, se convertían en carcajadas, se perdían en el aire. Pero si hubiera podido hablar, no sabría qué decir. Porque no sabía cómo sentía aquello. La excitación de Alex, tan palpable, tan cercana, debería haberla incomodado. Pero no. O quizás sí, pero no podía procesarlo. O quizás lo procesaba y le gustaba.

No lo sabía.

Solo sabía que Alex seguía haciéndole cosquillas.

Sus dedos subieron de las costillas a las axilas. Esa zona que Jéssica creía haber defendido, que había protegido durante tanto tiempo. Pero ahora sus brazos estaban abiertos, Alex los había separado con sus rodillas, y sus axilas quedaban expuestas, vulnerables, a merced de sus dedos implacables.

—¡AAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA —El alarido de risa fue tan agudo que casi se cortó.

Los dedos de Alex se movían en sus axilas con una velocidad que parecía imposible. Las yemas y las uñas cosquilleaban sin descanso, encontrando cada pliegue, cada zona sensible, cada rincón donde la piel era más fina y la risa más descontrolada.

Jéssica se revolvió como loca.

Su cuerpo giraba, se retorcía, intentaba escapar. Pero Alex estaba sobre ella, sujetándola con su propio peso, y no podía ir a ningún lado. Los brazos intentaban cerrarse, pero las rodillas de Alex se lo impedían. Las piernas intentaban patear, pero él estaba sentado sobre sus caderas y no llegaban.

Solo podía reír.

Reír y retorcerse y reír y agitar los brazos y reír y mover la cabeza de un lado a otro y reír y arrugar la nariz y reír y apretar los ojos y reír y reír y reír.

Alex sentía su excitación crecer.

No era solo física, aunque también. Era emocional. Era ver a esa mujer, esa ejecutiva seria de cuarenta años, reducida a un manojo de risas bajo sus dedos. Era saber que sus pies, esos pies que la habían atormentado toda su vida, estaban allí, descansando sobre el colchón, descalzos, vulnerables. Era pensar en todo lo que había pasado, en todo lo que podría pasar.

Pero no se detuvo.

Siguió cosquilleando. Porque eso era lo que Jéssica había venido a buscar. Porque eso era lo que él sabía hacer. Porque los dos, de alguna manera retorcida pero real, lo necesitaban.

Las manos de Alex volvieron a la barriga. Luego a las costillas. Luego a las axilas. Luego otra vez a la barriga. Un ciclo sin fin, un bucle de cosquillas del que Jéssica no podía escapar.

Y ella reía.

Reía con todo el cuerpo.

Reía como si no hubiera un mañana.

Porque en ese momento, en esa habitación, en esa cama, el mañana no existía. Solo existía el ahora. Solo existían sus pies. Solo existían las manos de Alex. Solo existía la risa.

Y la excitación de Alex, esa que ella podía sentir y que no podía nombrar.

No dijo nada. No podía.

Pero si hubiera podido, quizás habría dicho que no le importaba. Que la excitación de Alex era parte de aquello, era parte de lo que habían venido a hacer los dos.

O quizás no.

Quizás solo habría seguido riendo.

Al final, eso era lo que hacía.

Risa. Solo risa.

Y los dedos de Alex, y sus plantas sensibles, y el peso sobre sus caderas, y el tiempo detenido, y Nueva York esperando, y sesenta días, y ahora.

Sobre todo ahora.

En medio del caos, entre risas y retorcimientos, algo cambió.

Alex no supo exactamente cuándo ni cómo. Fue algo orgánico, natural, como un río que encuentra su cauce después de la tormenta. Sus dedos seguían moviéndose sobre las costillas de Jéssica, sobre su barriga, sobre sus axilas, pero su cuerpo se inclinaba más hacia ella, su rostro se acercaba al suyo, y su aliento caliente rozaba su piel.

Jéssica sintió el cambio antes de entenderlo. Los dedos de Alex seguían allí, incansables, pero ahora había algo más. Algo que le rozaba el cuello. Algo suave, cálido, húmedo.

Fue un beso.

No en los labios. En el cuello. Justo donde la mandíbula termina y comienza la curva suave que lleva al hombro. Un beso pequeño, casi tímido, como si estuviera pidiendo permiso.

Jéssica no pudo responder. La risa le llenaba la boca, le robaba las palabras, le impedía decir nada. Pero su cuerpo, su traicionero cuerpo, respondió por ella. La piel de su cuello se erizó. Un escalofrío le recorrió la espalda. Por un momento, solo un momento, la risa se detuvo.

Luego volvió, más fuerte.

Porque el beso también le daba cosquillas.

No era lo mismo que en los pies, no era esa explosión descontrolada que la hacía patalear y retorcerse. Era algo más íntimo, más suave, pero igual de intenso. Los labios de Alex presionaban suavemente su piel, y esa presión, ese roce, esa humedad, activaban terminaciones nerviosas que Jéssica ni siquiera sabía que tenía.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La risa se mezclaba con un sonido nuevo, algo que parecía un gemido, un suspiro, algo que Jéssica no reconocía como propio.

Alex sintió su reacción. Sintió cómo el cuerpo de Jéssica se tensaba bajo el beso, cómo la risa cambiaba de registro, cómo sus manos, que antes intentaban empujarlo, ahora se aferraban a su hoodie como si quisieran acercarlo más. No la soltó. Sus dedos siguieron cosquilleando sus costillas, su barriga, sus axilas, mientras sus labios recorrían su cuello de un lado a otro.

Besaba y cosquilleaba. Cosquilleaba y besaba. No alternaba, sino que hacía las dos cosas a la vez, como si fueran partes de un mismo movimiento. Sus dedos trabajaban sobre las costillas de Jéssica, y sus labios trabajaban sobre su cuello, y todo su cuerpo estaba sobre ella, rodeándola, atrapándola, envolviéndola.

Jéssica ya no sabía de qué reírse. Si de los dedos de Alex en sus costillas o de sus labios en su cuello. Todo se mezclaba. La risa se confundía con los escalofríos, los escalofríos con los gemidos, los gemidos con las carcajadas. Era una mezcla abrumadora, una sobrecarga sensorial que la llevaba al borde de algo que no sabía nombrar.

Y entonces Alex pasó la lengua.

Fue un movimiento lento, deliberado, casi perezoso. Su lengua salió de sus labios y recorrió la curva del cuello de Jéssica, desde la mandíbula hasta el hombro, en una línea larga y húmeda. La piel de Jéssica se erizó de inmediato, los vellos se pusieron de punta, y una sacudida recorrió todo su cuerpo.

—¡AAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —La carcajada fue tan aguda que parecía un grito.

No era dolor. No era miedo. Era placer, pero un placer tan intenso que se confundía con las cosquillas, que se mezclaba con la risa, que la volvía loca. Jéssica nunca había sentido algo así. Nunca nadie la había besado en el cuello de esa manera. Nunca nadie le había pasado la lengua por la piel. Y descubrió, para su sorpresa y su terror y su delicia, que eso también le hacía cosquillas.

Pero no solo cosquillas.

También la excitaba.

Lo sintió en el vientre, en el pecho, en la garganta. Un calor que subía desde algún lugar profundo, que se extendía por todo su cuerpo, que se mezclaba con la risa y la transformaba en algo nuevo. Sus manos, que antes se aferraban al hoodie de Alex, ahora se enredaban en su cabello. Sus dedos se hundían entre sus mechones castaños, apretaban suavemente, lo acercaban más a su cuello.

Alex entendió la señal. O creyó entenderla. No estaba seguro de nada, solo de que Jéssica no lo rechazaba. Solo de que su cuerpo respondía. Solo de que la risa, esa risa que llevaba escuchando horas, ahora sonaba diferente. Más grave. Más honda. Más íntima.

Dejó de cosquillear sus costillas.

No por completo, pero sí lo suficiente para concentrarse en su cuello. Sus dedos aún se movían, más lentos, más suaves, sobre su barriga, sobre sus axilas, pero la mayor parte de su atención estaba ahora en su boca, en su lengua, en sus labios.

Besó el cuello de Jéssica una y otra vez. Besos pequeños, rápidos, que recorrían la piel como una lluvia fina. Luego besos más largos, más profundos, donde sus labios se demoraban y chupaban suavemente. Y entre beso y beso, la lengua. Pasando por la piel, dejando un rastro húmedo, cosquilleando y excitando al mismo tiempo.

Jéssica no podía con eso.

Su cabeza se echó hacia atrás, ofreciendo más cuello, más piel, más superficie para que Alex explorara. Sus ojos estaban cerrados, los párpados temblorosos. La boca abierta, de la que salía una risa que ya no era solo risa, sino también gemidos, suspiros, jadeos. Sus manos seguían enredadas en el cabello de Alex, apretando y soltando, acariciando y tirando.

—¡JAJAJAJAJAJAJA… MMMM… JAJAJAJAJAJAJA… AHHHH… JAJAJAJAJAJAJA! —Los sonidos se mezclaban, se superponían, se confundían.

Alex sintió su excitación crecer.

No era solo física, aunque también. Era emocional. Era ver a esa mujer, esa ejecutiva seria de cuarenta años, madre viuda, acostumbrada al control y la compostura, deshacerse bajo sus labios. Era escuchar su risa transformarse en algo más. Era sentir sus manos en su cabello, sus dedos apretando, su cuerpo moviéndose contra el suyo.

Siguió besando su cuello.

Siguió pasando la lengua.

Siguió cosquilleando, aunque más suave, aunque más lento, porque no quería que la risa desapareciera del todo. La risa era parte de aquello, era el hilo conductor, era lo que conectaba las cosquillas con los besos, la vulnerabilidad con el placer.

—Te gusta —susurró Alex contra su cuello, y sus labios vibraban al hablar, y esa vibración también le hacía cosquillas a Jéssica, y ella rió y gimió al mismo tiempo.

—¡JAJAJAJAJA… NO SÉ… JAJAJAJAJA… DE QUÉ HABLAS… JAJAJAJAJA… AHHHH… JAJAJAJAJA! —No podía mentir. O sí podía, pero su voz la delataba. Los gemidos, sobre todo. Esos pequeños sonidos que se colaban entre las carcajadas, que no podía controlar, que brotaban de algún lugar profundo.

Alex sonrió contra su piel. Lo sintió. La sonrisa de Alex, justo en la curva de su cuello. Una sonrisa que era también un beso, también una caricia, también una promesa.

Siguió besando. Siguió pasando la lengua. Siguió cosquilleando suavemente sus costillas.

Y Jéssica siguió riendo. Y gimiendo. Y excitándose. Y volviéndose loca.

No sabía cuánto tiempo pasó. El tiempo, otra vez, se había detenido. Solo existían los labios de Alex, su lengua, sus dedos. Solo existía el peso de su cuerpo sobre el suyo, el calor de su aliento, la humedad de sus besos. Solo existía esa mezcla imposible de cosquillas y placer, de risa y gemido, de control y abandono.

Jéssica quería que siguiera. Quería que nunca parara. Quería que Alex la besara y la cosquilleara y la volviera loca para siempre.

Pero también quería que parara. Porque no podía más. Porque era demasiado. Porque sentía que iba a estallar, que se iba a romper, que no iba a poder volver a ser la misma después de esto.

Y quizás, pensó mientras reía y gemía y se retorcía, quizás esa era la gracia.

No volver a ser la misma.

Finalmente, Alex cayó en cuenta.

No fue un momento dramático, sino algo más sutil. Una pausa que se alargó. Un instante en que sus dedos se detuvieron sobre la piel de Jéssica, en que sus labios se separaron de su cuello, en que su cuerpo, que había estado tan presente, tan encima, tan dentro de la experiencia, se apartó unos centímetros. La excitación le había nublado el juicio, le había hecho perder la noción del límite, de ese límite difuso que separaba lo que estaba bien de lo que era demasiado.

Y se dio cuenta de que había cruzado una línea.

No porque Jéssica se lo hubiera dicho. No porque ella protestara o intentara detenerlo. Sino porque la vio. La vio a ella, a Jéssica, a la mujer que había llegado a su bodega con su chaqueta de mezclilla y sus tacones negros, la ejecutiva seria que hablaba de porcentajes y estrategias, la madre que mencionaba a su hija con orgullo. Esa mujer ahora estaba debajo de él, despeinada, desmaquillada, la camiseta blanca subida hasta el pecho, los pantalones torcidos, los pies descalzos y enrojecidos. Respiraba entrecortado, con pequeños espasmos de risa que aún sacudían su cuerpo, como si las cosquillas se hubieran quedado atrapadas en sus músculos y no terminaran de irse.

—Jéssica —dijo Alex, y su voz sonó ronca, distinta.

Ella no respondió. Seguía riendo, pero no era la carcajada de antes. Era una risa residual, temblorosa, que se escapaba de sus labios sin que ella pudiera controlarla. Los ojos le brillaban, húmedos, y las mejillas le ardían.

Alex se apartó por completo. Se sentó a su lado en la cama, dejando espacio entre ellos. Sus manos, que habían estado tan activas, ahora descansaban inertes sobre sus rodillas. Los dedos le hormigueaban, aún resonando con la sensación de la piel de Jéssica.

—Me pasé —dijo, y era más una constatación que una pregunta—. Te llevé demasiado lejos.

Jéssica tardó en responder. Todavía tenía la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Se llevó una mano a la frente, apartando el cabello rubio que se le pegaba a la piel.

—Me llevaste… —hizo una pausa para respirar, para encontrar las palabras— …a mi límite. Al más profundo. Fue un caos.

—Pero te gustó —dijo Alex. No fue una pregunta. Fue una afirmación. Porque lo había visto en sus ojos, en sus manos enredadas en su cabello, en los gemidos que se mezclaban con las risas. Lo había sentido en su cuerpo, en la forma en que se arqueaba bajo el suyo, en la manera en que no había pedido que parara.

Jéssica lo miró. Tenía los ojos verdes brillantes, las pupilas dilatadas. Se quedó callada un momento, como si estuviera decidiendo si decir la verdad o protegerse con una mentira.

—Sí —dijo al final, y la palabra fue un susurro—. Me gustó.

Alex asintió. No dijo nada más. No hizo falta.

Se levantó de la cama y le tendió una mano. Jéssica la aceptó, y él la ayudó a incorporarse. Las piernas le temblaban un poco, y se apoyó en Alex un momento antes de recuperar el equilibrio. No era solo el cansancio. Era también la sensación de volver a la realidad después de haber estado tan lejos de ella.

—Gracias —dijo Jéssica, y no estaba segura de si le agradecía por la sesión o por ayudarla a levantarse. Quizás las dos cosas.

Alex fue a su escritorio, tomó un sobre de papel madera que había preparado con antelación, y se lo tendió. Jéssica lo tomó sin mirar el contenido. Sabía lo que era. El dinero acordado por la sesión, más un extra que Alex siempre daba a las chicas que volvían, como un incentivo para que repitieran. Pero Jéssica no pensaba en eso ahora. Solo quería llegar a su casa, ducharse, procesar lo que había pasado.

Se puso la chaqueta de mezclilla. Se sentó en el borde de la cama para calzarse los tacones negros, y al hacerlo vio sus pies descalzos, las plantas aún enrojecidas, los dedos con el esmalte vino tinto. Los miró un momento, como si fueran pies de otra persona. Luego se los calzó.

Se arregló el cabello como pudo, usando sus propios dedos como peine. No había espejo en la habitación, así que no pudo ver cómo quedaba, pero supuso que su imagen distaba mucho de la ejecutiva impecable que había llegado horas atrás. Sacó un espejo de mano de su bolso y se retocó el maquillaje. Un poco de base, un poco de rímel, un toque de gloss en los labios resecos. No quedó perfecto, pero quedaba mejor.

Solo entonces se permitió caminar hacia la puerta.

—Bueno —dijo, sin saber bien cómo despedirse—. Me voy.

—Te acompaño —dijo Alex.

Salieron juntos de la habitación, atravesaron la bodega vacía, llegaron a la puerta metálica azul. Alex la abrió, y la luz del sol de la tarde entró de golpe, cegándolos por un momento. Jéssica parpadeó, acostumbrándose a la claridad después de tantas horas en la penumbra de la bodega.

—Fue… interesante —dijo Jéssica, y sonrió. Una sonrisa pequeña, privada, que Alex no sabía si interpretar como algo bueno o algo malo.

—Para mí también —respondió él—. Y recuerda: sesenta días. Menos, ahora.

Jéssica asintió. Sabía lo que eso significaba. Sesenta días para repetir, para explorar, para seguir cosquilleando hasta el borde del abismo. O quizás para no volver nunca. El tiempo decidiría.

Se despidieron con un gesto, un movimiento de cabeza, un «cuídate» que sonó a todas las despedidas del mundo. Jéssica caminó hacia su Audi A5, abrió la puerta, se subió. El motor arrancó con un ronquido familiar, y ella salió del estacionamiento sin mirar atrás.

Alex se quedó en la puerta, viendo cómo el coche se alejaba hasta desaparecer en la esquina. Solo entonces cerró la puerta metálica, volvió a la habitación, y se sentó en el borde de la cama. Las sábanas azules estaban arrugadas, aún marcadas por el cuerpo de Jéssica. La almohada seguía en el suelo, donde había caído durante la sesión. Las luces LED seguían encendidas, iluminando la escena de lo que acababa de ocurrir.

Sin pensar, sin planearlo, Alex se llevó los dedos a la cara y los olió.

Todavía olían a ella.

No era un olor fuerte, ni desagradable. Era un olor suave, ligeramente dulce, mezclado con el sudor de las horas de cosquillas y el esmalte de uñas y la humedad de las plantas. Un olor que a Alex le resultaba íntimo, personal, casi secreto. Cerró los ojos un momento, respirando hondo, guardando ese olor en la memoria.

Luego se levantó, apagó las luces, y comenzó a deshacer la cama. Las sábanas azules irían a la lavadora. Las almohadas, nuevas fundas. La habitación quedaría limpia, ordenada, como si nada hubiera pasado. Porque eso hacía Alex después de cada sesión. Borrar las huellas. Empezar de cero.

Pero el olor en sus dedos tardó en irse. Incluso después de lavarse las manos, incluso después de cambiarse de ropa, incluso después de sentarse frente a su computadora a revisar las métricas de la transmisión, Alex todavía sentía que sus dedos olían a los pies de Jéssica.

Sabía que era su imaginación. Pero no le importaba.

Jéssica condujo en silencio.

El Audi A5 se deslizaba por las calles del barrio industrial, luego por el puente, luego por las avenidas arboladas de su vecindario. El sol de la tarde entraba por el parabrisas, calentándole la cara. Tenía las ventanas bajadas, y el aire fresco le daba en el cabello todavía húmedo por el sudor.

No puso música. No necesitaba distracciones. Necesitaba pensar, o quizás no pensar, o quizás solo sentir el viento en la cara y el volante entre las manos y el eco de su propia risa resonando en su cabeza.

Llegó a su edificio. Estacionó el auto en el garaje subterráneo, apagó el motor, y se quedó un momento en el silencio. Las piernas le pesaban, los pies le ardían dentro de los tacones. Se los quitó antes de bajar del coche, prefiriendo caminar descalza sobre el cemento frío del garaje.

Subió en el ascensor. Las paredes del ascensor tenían manchas de grasa y arañazos de bicicletas. Jéssica se miró en el espejo empañado. Tenía los ojos un poco rojos, el cabello todavía revuelto, el maquillaje reparado a medias. No parecía la gerente general del Banco Meridian International. Parecía otra persona. Una que acababa de pasar casi dos horas riéndose a carcajadas mientras un desconocido le hacía cosquillas en los pies.

La puerta del ascensor se abrió. Jéssica caminó por el pasillo hasta su apartamento, metió la llave en la cerradura, y entró.

La casa estaba vacía. No, no vacía. Casi vacía. El sofá, la silla de la cocina, la cama en su habitación. Nada más. Las paredes desnudas, las ventanas sin cortinas, los estantes sin libros. El eco de sus propios pasos resonaba en el suelo de madera.

Fue directamente al baño.

Se quitó la chaqueta, la camiseta, el jean, la ropa interior. Todo fue a parar al cesto de la ropa sucia. Abrió la ducha y dejó que el agua corriera un momento, esperando que saliera caliente. Cuando por fin el vapor comenzó a empañar el espejo, entró.

El agua le golpeó la nuca, la espalda, los hombros. Cerró los ojos y dejó que el calor relajara sus músculos tensos. El vapor olía a jabón neutro, a shampoo de coco, a su propia intimidad. Se restregó el cuerpo con esponja, primero los brazos, luego el torso, luego las piernas. Y cuando llegó a los pies, se detuvo.

Las plantas estaban rosadas. No enrojecidas como una quemadura, sino de ese color que toman después de una larga sesión de cosquillas. La piel estaba ligeramente irritable, sensible al tacto. Pasó la yema del dedo por el arco izquierdo, ese punto maldito, y sintió un cosquilleo residual. No suficiente para reír, pero sí suficiente para recordar.

Se lavó los pies con cuidado, usando solo la espuma del jabón sin frotar demasiado. Luego se enjuagó, cerró la ducha, y se envolvió en una toalla grande y blanca.

Salió del baño con el cabello todavía mojado, la piel humeante, los pies descalzos sobre las baldosas frías. Se vistió con lo primero que encontró en el armario: un pantalón de sudadera gris y una camiseta vieja de la universidad de Mónica. Nada de tacones. Nada de trajes. Nada de maquillaje.

Fue a la cocina. Abrió la nevera casi vacía y sacó lo que necesitaba para preparar el almuerzo. Arroz, pollo, verduras. Nada complicado. Algo rápido. Mientras picaba las verduras, sus dedos aún recordaban la sensación de las sábanas azules, del cabello de Alex enredándose entre ellos, de sus propios gemidos mezclados con risas.

No quería pensar en eso. Pensaba en eso.

El arroz hirvió. El pollo se doró. Las verduras saltearon en la sartén. Jéssica cocinaba mecánicamente, moviéndose entre los pocos utensilios que le quedaban, mientras su mente divagaba entre ese cuarto sin ventanas, esa cama deshecha, ese chico con gafas de nerd que olía sus dedos después de que ella se iba.

Escuchó la llave en la cerradura.

—¡Mamá! —la voz de Mónica llenó el apartamento vacío, trayendo consigo un poco de vida, un poco de ruido, un poco de normalidad—. ¡Llegué! ¿Qué hay de comer? ¡Huele rico!

Jéssica sonrió. Puso dos platos sobre la mesa, sirvió el arroz, el pollo, las verduras. Mónica entró en la cocina con su mochila al hombro, el cabello rubio recogido en una cola de caballo alta, las mejillas sonrosadas por el sol.

—Mamá, ¿estás bien? Te ves diferente —dijo Mónica mientras dejaba la mochila en el suelo y se sentaba a la mesa.

—Estoy bien —respondió Jéssica, sentándose frente a su hija—. Solo cansada. Muchas cosas que hacer con la mudanza.

Mónica asintió, como si entendiera. Cogió su tenedor y comenzó a comer. Jéssica hizo lo mismo. El pollo estaba en su punto. Las verduras, tiernas. El arroz, perfecto.

Comieron en silencio, como tantas otras veces. Pero Jéssica sabía que algo había cambiado. No en la casa, no en la comida, no en la conversación. En ella. En la forma en que sus pies descansaban descalzos sobre el suelo de baldosa. En la forma en que recordaba las manos de Alex sobre sus plantas. En la forma en que, a pesar del cansancio y de la vergüenza y de la incertidumbre, no podía evitar sonreír.

—Mamá —dijo Mónica, con la boca llena—. Estás sonriendo como tonta.

—Solo estoy contenta —respondió Jéssica—. De que estamos a punto de empezar una nueva vida. En Nueva York. Tú y yo.

Mónica la miró, desconfiada. Sabía que su madre no sonreía así solo por una mudanza. Pero no preguntó. Porque algunas cosas, pensó, las madres las guardan para sí mismas.

Y tenía razón.

Pero no todas.

Jéssica guardaba un secreto ahora. Un secreto que olía a bodega y a sábanas azules, a tacones negros y a plantas enrojecidas. Un secreto que se llamaba Alex. Un secreto que, en algún momento de los próximos sesenta días, quizás volvería a visitar.

O quizás no.

El tiempo decidiría.

Mientras tanto, seguía comiendo. El pollo se enfriaba. El arroz también. Su hija hablaba de la universidad, de las amigas, de los planes para el fin de semana. Jéssica asentía, sonreía, respondía. Pero su mente estaba en otra parte.

En una habitación sin ventanas.

En una cama con sábanas azules.

En unas manos que olían a sus pies después de que ella se iba.

Y en la certeza de que, pase lo que pase, ya no sería la misma.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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