Divorciada con hijo adolescente – Parte 10

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Los cuatro hombres se subieron al auto y, sin darme tiempo a reaccionar, me obligaron a bajar en la parte trasera del vehículo. Una figura se situó a cada lado mío mientras tomaban un rumbo desconocido. Tras recorrer una distancia que me resultó interminable, llegamos a un lugar apartado, lejos de la ciudad. Allí, los cuatro hombres se bajaron del vehículo y, sin mediar muchas palabras, me obligaron a salir. Con rostros fríos y determinados, me rodearon y exigieron que les entregara todo: las llaves del auto, mi bolso y las claves de mis tarjetas.

El miedo se apoderó de mí, pero, en medio del terror, opuse resistencia. Luché contra su fuerza, gritando y tratando de liberarme, mientras mi corazón latía con fuerza y mi mente se llenaba de angustia. Con cada grito, intentaba hacerles entender que no cedería sin luchar. A pesar de mi valentía, la situación se volvía cada vez más opresiva, y me encontraba atrapada en un instante de incertidumbre, deseando con todas mis fuerzas que nada malo me sucediera.

Los 4 hombres me amarraron manos y pies y me sentaron en la parte de atrás del vehículo. Me preguntaron nuevamente por las claves de mis tarjetas, pero me negué a entregarlas. Entre ellos, uno le dijo al que pensé que podría ser el jefe:

—Esos tacones rojos le quedarían bien a tu esposa.

El tipo se agachó frente a mis pies y, sin prisa, me quitó los tacones. Me estremecí al sentir el aire frío sobre mis pies descalzos y la mirada del hombre clavada en ellos.

—Te haré una última pregunta —dijo él con voz tranquila—. ¿Nos das las claves o prefieres que hagamos esto de otra manera?

Los otros tres hombres sonrieron con complicidad. Algo en sus miradas me inquietó más que la amenaza misma. No respondí, tratando de mantenerme firme, pero sentí que el jefe ya tenía la respuesta que esperaba.

—Sabes, hay muchas formas de hacer que la gente hable… Algunas más sutiles que otras —dijo, arrastrando las palabras.

Se inclinó un poco más y, con la yema de su dedo índice, recorrió lentamente la planta de mi pie derecho. Un escalofrío me recorrió la espalda, pero me obligué a no reaccionar.

—Vaya, parece que tenemos algo interesante aquí —dijo con una sonrisa torcida—. Chicos, creo que encontramos nuestra estrategia.

Los otros tres hombres se acercaron más, y uno de ellos sacó algo de su bolsillo.

—Veamos cuánto puedes resistir antes de darnos lo que queremos.

Y así comenzó el verdadero juego.

Mis ojos se abrieron como platos, y el miedo se apoderó de mí al ver lo que uno de ellos había sacado de su bolsillo: una pluma. No era una simple pluma cualquiera, sino una de esas largas y suaves, con una punta fina y afilada en el extremo. Mi respiración se volvió errática cuando noté que otro de ellos también sacaba una pluma similar y se aproximaban peligrosamente a mis plantas desnudas.

—No… no, por favor, no hagan eso —supliqué, removiéndome inútilmente en el asiento mientras las ataduras me mantenían inmóvil.

—Oh, ¿así que esto te asusta más que un arma? —dijo el jefe, arqueando una ceja con una sonrisa ladina—. Eso es interesante… Muy interesante.

Me mordí el labio para contener el pánico, pero no podía ocultar el temblor de mi voz cuando insistí:

—No puedo darles las claves… por favor.

Uno de los hombres chasqueó la lengua y se inclinó, deslizando la punta de la pluma desde el talón hasta el centro de mi planta derecha. Un espasmo involuntario sacudió mi cuerpo y apreté los dientes con fuerza, tratando de contener la risa.

—Mmm… miren esto —dijo él con diversión—. Es extremadamente cosquillosa.

—¿En serio? —intervino otro, acercando su propia pluma—. Veamos cuánto puede aguantar.

—No… por favor, no… ¡no hagan esto! —rogué, pero ellos solo rieron.

El jefe, aún de pie, cruzó los brazos y observó la escena con un brillo de diversión sádica en los ojos.

—Vamos a hacer esto simple —dijo con tono despreocupado—. Nos das las claves de las tarjetas, y esto se acaba. O… podemos seguir jugando hasta que no puedas más.

Me removí en el asiento, tirando de las ataduras, pero era inútil. Entonces, sin previo aviso, las dos plumas comenzaron a deslizarse con suavidad por la piel hipersensible de mis plantas.

—¡Noooo! —chillé, y una carcajada involuntaria escapó de mis labios.

Mis pies se arquearon reflejamente, tratando de alejarse de ese contacto insoportable, pero no había escape. Las plumas se movían en círculos, explorando cada rincón de mis plantas.

—¡Noooo, por favor! ¡No soporto eso!

Mis carcajadas se intensificaron cuando comenzaron a deslizar las plumas en la base de mis dedos, un punto que me arrancó alaridos de desesperación. Intenté encoger los pies, apretar los dedos, pero ellos simplemente adaptaban la forma en la que movían las plumas, asegurándose de no dejar ningún rincón sin tocar.

—Oh, esto es mejor de lo que imaginaba —dijo uno de ellos, riendo.

El jefe se inclinó un poco más hacia mí, disfrutando de mi agonía.

—¿Lista para darnos las claves?

Mi mente era un caos de risas, suplicas y desesperación. Sabía que no podía ceder, pero… ¿cuánto tiempo podría resistir antes de quebrarme por completo?

Mis pies bailaban en el aire, totalmente a merced de las plumas que recorrían cada arruga y curva de mis plantas.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡PAREN, POR DIOS! ¡JAJAJAJAJAJA!— mis carcajadas resonaban entre sollozos, el sudor frío empapaba mi espalda mientras las plumas se detenían un instante… solo para regresar con más fuerza.

El jefe, un hombre de voz áspera y manos callosas, se acercó hasta que su aliento me golpeó la mejilla.
—Está en ti que esta locura se detenga —susurró, arrastrando la punta de una pluma por el borde de mi talón derecho—. Solo entréganos las claves… y todo habrá terminado.

Por un segundo, el aire se llenó de silencio. Mis pulmones ardían, mis músculos temblaban… pero entonces, otro cómplice comenzó a trazar líneas rápidas con dos plumas a la vez, zigzagueando desde los talones hasta la base de los dedos.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO, NOOOOO! ¡JAJAJAJAJAJA!— pataleé con fuerza, haciendo rechinar las ataduras de mis tobillos—. ¡SE LAS DOY! ¡SE LAS— El resto de la frase se ahogó en una risa aguda cuando un tercer hombre se unió al ataque, usando una pluma más fina para concentrarse en los arcos de mis pies.

El jefe no se inmutó. Observaba mis convulsiones con los brazos cruzados, como un director de orquesta satisfecho.
—Las risas son bonitas, pero queremos números —gruñó, señalando a sus hombres para que intensificaran el ritmo—. Tú decides cuánto dura el concierto.

Las plumas ahora dibujaban espirales concéntricas, una en cada pie, sincronizadas para no darme ni medio segundo de tregua.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡BASTA! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡LAS CLAVES SON—!— Mentí de nuevo, inventando una combinación al azar entre hipos, pero uno de ellos golpeó la puerta del auto con violencia.

—¡Cifras reales, o añadimos los dedos! —rugió el jefe, y por primera vez, el miedo superó a las cosquillas.

Mis ojos se cerraron. ¿Hasta dónde llegarían? La pluma en el arco izquierdo se detuvo… solo para ser reemplazada por los dedos huesudos de uno de ellos, que presionó suavemente la zona más carnosa.
—Última oportunidad —murmuró el jefe, y supe que esta vez no había margen para mentiras.

Las plumas eran serpientes de terciopelo. Delgadas, implacables, dibujando senderos de fuego en mis plantas.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NO… NO EN EL MISMO SITIO!— supliqué inútilmente cuando la del jefe comenzó a trazar exactamente la misma línea en el arco izquierdo, una y otra vez, como un láser programado para maximizar el tormento.

El cómplice, un tipo joven de manos temblorosas, imitaba cada movimiento en el pie derecho. No hablaban. No reían. Solo respiraban entrecortados, obsesionados con la coreografía de mis pies retorciéndose bajo el ataque.
—¡JAJAJAJAJA! ¡PAREN, LES DARÉ… JAJAJAJA… LO QUE QUIERAN!— El ofrecimiento salió automático, pero el jefe ni siquiera alzó la vista.

Sus plumas se desviaron al unísono hacia los bordes externos de las plantas, rozando esa zona donde la piel se tensa al mover los dedos.
—¡JAAAAAAAA! ¡NO, AHÍ NO! ¡JAJAJAJAJAJA!— Mis talones golpearon el respaldo del asiento con fuerza bruta, pero ellos continuaron, inmóviles como estatuas, solo sus muñecas girando ligeramente para guiar las plumas.

El jefe finalmente habló, su voz un susurro metálico:
—Mentir desgasta… Y tú ya no tienes energía para fingir. —La punta de su pluma se detuvo a un milímetro del punto donde el talón se curva—. Pero yo sí.

Y entonces, ambas plumas iniciaron un viaje lento, tortuosamente lento, desde los talones hasta la base de los dedos. No fue un desliz rápido, sino una caricia prolongada, milímetro a milímetro, que convirtió cada célula de mis pies en un detector de cosquillas hiperactivo.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO… NO PUEDEN… JAJAJAJA… HACER ESO!— Mis palabras se fragmentaban; el sudor corría por mis sienes.

El cómplice ajustó el ángulo de su pluma, asegurándose de que el filo más suave de las plumas (el que parecía hecho de aire solidificado) rozara justo la cresta del arco derecho.
—¡JAAAAAAAAJAJAJAJAJA! ¡PAREN, SE LOS… JAJAJAJA… SUPLICOOOO!—

Pero no pararon. No podían. Era evidente en sus pupilas dilatadas, en la forma en que seguían el temblor de mis músculos como científicos ante un experimento crucial. Las plumas no eran herramientas… Eran extensiones de su voluntad.

El jefe se inclinó, estudiando cómo la piel de mis plantas se enrojecía bajo el roce constante.
—Sabías que esto pasaría —murmuró, casi para sí mismo—. Por eso usaste esos zapatos tan fáciles de quitar…

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO ES… JAJAJA… VERDAD!— mentí, pero una parte de mí se preguntó si, en algún lugar oscuro de mi mente, había deseado esta vulnerabilidad.

La idea fue barrida por una nueva ofensiva: las plumas se separaron, una yendo en círculos concéntricos alrededor del talón izquierdo, la otra trazando espirales en la bola del pie derecho. El contraste de patrones hizo que mi risa alcanzara un tono tan agudo que lastimó mi propia garganta.

—¡BASTA! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡LES… LES DOY… JAJAJAJA… LAS CLAVES!— El grito fue genuino, pero el jefe solo sonrió por primera vez: una línea delgada y fría.

—Ya es tarde para eso —dijo, y las plumas se unieron en el centro de ambas plantas, vibrando levemente como colas de gatos ansiosos—. Ahora… esto es personal.

Las plumas no paraban.

Los cuatro hombres —siluetas encapuchadas, voces distorsionadas— se turnaban en parejas. Dos sujetaban mis tobillos con manos enguantadas, mientras otros dos operaban las plumas con precisión de relojeros.

—Las claves —repetía el de voz grave, el único que hablaba—. O seguimos.

Pero era mentira. Lo supe cuando el que manejaba la pluma izquierda se detuvo medio segundo, no para interrogarme, sino para disfrutar: observó cómo el dedo gordo del pie derecho se contraía en espasmos, cómo el arco izquierdo palpitaba bajo el roce previo. Su compañero, al notar la pausa, golpeó el tabique del auto con impaciencia… Pero era demasiado tarde. Había visto su mirada.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO… NO LES… JAJAJA… IMPORTA EL DINERO!— logré escupir, aunque uno de ellos ajustó inmediatamente las plumas en cruz, silenciándome con una nueva ola de cosquillas.

El jefe (asumí que era el de voz grave) se inclinó hasta que su capucha rozó mis pies.
—Claves. Ahora —ordenó, pero sus manos enguantadas temblaron al señalar zonas específicas de mis plantas a su cómplice.

El otro encapuchado asintió demasiado rápido. Sus plumas se desviaron hacia los laterales externos, el área más vulnerable, y comenzaron a ascender en líneas paralelas, milímetro a milímetro.
—¡JAAAAAAAAJAJAJAJA! ¡PAREN… JAJAJA… POR… JAJA… FAVOR!— Mis piernas intentaron patear, pero los sujetadores apretaron más, dedos hundiéndose en la carne.

El cuarto hombre, hasta ahora en la sombra, se acercó. Sin decir nada, tomó la pluma derecha de su compañero y la pasó por el surco central de la planta, mientras él mismo usaba la izquierda para seguir el borde del talón. Dos extraños, coordinados como bailarines, explotando cada centímetro.

—¡LAS DOY! ¡LAS DOY!— mentí de nuevo, pero esta vez, el que tenía la voz grave no respondió. En cambio, hizo una señal con la cabeza, y los otros dos redoblaron la velocidad: las plumas ahora vibraban levemente, como colibríes libando flores venenosas.

Fue entonces cuando noté el patrón:

  • Plumas en movimientos largos, de talón a dedos.
  • Círculos concéntricos en los arcos.
  • Pausa de 10 segundos donde mis pies se estremecían en el aire, anticipando…
  • Ataque sincronizado en los puntos más sensibles.

Era un ciclo. Calculado. Metódico. Y cada vez que volvían al minuto 1, las cosquillas eran peores, porque la piel ya estaba en carne viva, hipersensibilizada.

El único diálogo era el de ellos entre sí, frío pero con una urgencia que delataba su verdadero objetivo:
—Más lento en el arco —murmuró uno.
—El talón izquierdo necesita presión… No, no física. Persistencia —corrigió otro.

Y persistieron. Hasta que mis risas ya no eran sonidos, sino estertores secos, y mis pies no se retorcían, solo vibraban en pequeñas convulsiones autónomas.

El jefe finalmente se irguió, pluma en alto como un director de orquesta.
—Última oportunidad —dijo, pero sus ojos (lo único visible entre las sombras de la capucha) brillaban con decepción… Como si no quisiera que dijera nada.

Y entonces, las plumas descendieron.

El jefe observaba, inmóvil, mientras sus hombres ejecutaban el ataque final:
—Arriba —ordenó, y uno de los laterales deslizó dedos desde las axilas hasta los huesos de la cadera, alternando presión y cosquilleo.
—Abajo —añadió, y los de los pies usaron todas las falanges en las plantas, no solo las yemas, creando un efecto de lluvia irregular.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡PAREN, MORIRÉ… JAJAJAJAJA!— Mis palabras no eran más que sonidos. Sudor, lágrimas y saliva empapaban el asiento. En algún momento, dejé de intentar cerrar las axilas o encoger el estómago… Mis músculos ya no respondían.

El caos alcanzó su clímax cuando:

  • Un dedo índice se posó en el hueco supraclavicular (ese punto letal junto al cuello) y vibró.
  • Otro encontró el pliegue interno del codo izquierdo.
  • Un tercero frotó la palma de su mano en mi barriga, haciendo círculos amplios que activaron cada terminación nerviosa.

—¡SE LOS… JAJAJAJA… DOY! ¡LAS… JAJAJAJAJA… CLAVES REALES!— aullé, pero ellos no redujeron el ritmo. No había claves que valieran.

El jefe finalmente se inclinó. A través de la capucha, sentí su sonrisa.
—Esto nunca fue sobre el dinero —susurró, mientras sus hombres, en un movimiento perfecto, congelaron sus dedos en todos los puntos críticos al mismo tiempo.

Mi risa se quebró en un silencio electrizante. Diez dedos como agujas clavadas en diez centros de cosquillas. Esperando.

Entonces, sin aviso, retiraron todas las manos.

El alivio fue tan abrupto que vomité aire. Pero antes de que pudiera pensar, el jefe murmuró:

—Vuelta a empezar.

Y las manos regresaron.

El Audi resonaba con eco de carcajadas desgarradas. Cuatro pares de manos, cuatro encapuchados sin identidad, convirtieron mi cuerpo en un mapa de cosquillas explotadas:

Las plumas de paloma regresaron, pero ahora manejadas por el más metódico del grupo. Una recorría el borde exterior del pie izquierdo en línea recta, mientras la otra vibraba en el arco derecho con movimientos de péndulo.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NO… AHÍ NO… JAJAJAJAJA!— Los dedos de mis pies se crisparon hacia atrás, pero las ataduras los mantenían extendidos, ofreciendo las plantas por completo.

El segundo hombre usaba las yemas de sus dedos, ásperas y frías, para «caminar» desde la cintura hasta las axilas. Cada centímetro era un latigazo de cosquillas que me hacía arquearme contra el asiento.
—¡JAJAJAJA! ¡ESO… JAJAJA… QUEMA!— mentí, deseando que fuera verdad, pero solo era puro nervio al descubierto.

El tercero, de uñas levemente largas, trazaba espirales alrededor del ombligo, profundizando cada vez más hasta hundir la punta del dedo en el hoyo. Luego, repentinamente, abría la mano y raspaba toda la zona con las yemas extendidas.
—¡JAAAAAAAA! ¡NOOOO!— Mis abdominales se contraían en espasmos, lo que solo le daba más acceso.

El cuarto, el más sádico, alternaba entre clavar un dedo índice en el hueco de la axila derecha y frotar la base de mi cuello con los nudillos. Cuando intentaba cerrar los brazos, los otros tres ajustaban su agarre, exponiendo las zonas otra vez.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO… JAJAJA… RESPIRAR!— Cada palabra era un hipo entre risas forzadas.

Cuando los de los pies aceleraban, los de las costillas presionaban más fuerte. Si el de la barriga detenía sus espirales, el de las axilas cubría el silencio con cosquillas en las palmas de mis manos (ahora expuestas por un tirón brusco de las ataduras). El jefe, fuera del auto pero observando, golpeaba la puerta cada vez que mi cuerpo dejaba de convulsionar, señal para que redoblaran esfuerzos.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡PAREN, MORIRÉ… JAJAJAJAJA!— El grito fue genuino. Mis pulmones ardían, la visión se nublaba, pero las manos no cesaban. Eran máquinas programadas para no detenerse.

En un movimiento coreografiado, todos cambiaron de zona:

  • Las plumas saltaron a las rodillas (sí, también sensibles).
  • Los dedos de las costillas bajaron a los muslos internos.
  • El de la barriga se centró en las costillas flotantes.
  • El de las axilas descubrió que las orejas… también eran un punto débil.

—¡JAAAAAAAAJAJAJAJA! ¡NO… NO SABÍA… JAJAJAJA… QUE AHÍ!— Mis piernas se sacudieron con tal fuerza que uno de los hombres cayó sobre mí, pero eso solo añadió peso al tormento: su mano quedó atrapada bajo mi axila, los dedos flexionándose involuntariamente.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡QUÍTENLO!— supliqué, pero los otros tres usaron el accidente: el hombre caído se convirtió en una herramienta más, su cuerpo aplicando presión intermitente sobre mi estómago con cada movimiento torpe.

El jefe abrió la puerta del auto. La luz exterior me cegó por un segundo, pero su voz cortó el aire:
—Ahora… las palmas.

Y las cuatro manos me voltearon como un juguete, exponiendo las palmas hacia arriba. Diez dedos, diez plumas, descendieron.

Las palmas de las manos eran igual de sensibles que los pies.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO, ESO ES… JAJAJAJA… IMPOSIBLE!— Mis dedos se cerraron en puños, pero ellos los abrieron con fuerza, sujetándolos hacia atrás. Las plumas bailaron en las líneas de la vida, los montes de Venus… Y entonces, un descubrimiento:

La muñeca. Un punto escondido donde el tacto se siente como corriente directa al cerebro.

Las carcajadas ya no tenían tono humano. Eran chillidos agudos, entrecortados por jadeos que no lograban oxigenar mis pulmones. Los cuatro hombres habían encontrado un ritmo infernal:

  1. Pies: Las plumas ya no se deslizaban… Flotaban sobre las plantas, rozando la piel con una levedad que era mil veces peor que la presión. Cada vez que intentaba cerrar los dedos, uno de ellos soplaba… No, espera, tú prohibiste los soplos. Rectifico:
    Cada vez que intentaba cerrar los dedos, uno de ellos usaba la punta de la pluma para levantar suavemente los dedos, exponiendo el arco nuevamente.
  2. Axilas: Dos dedos en forma de pinza se movían desde el hueco axilar hasta la cintura, alternando velocidad y pausas que me hacían morder mi propio labio hasta sangrar.
  3. Ombligo: Un nudillo giraba dentro del hoyo umbilical, mientras una mano plana raspaba la piel de la barriga hacia arriba y abajo.
  4. Muslos internos: La cuarta mano (¿de quién? Ya no distinguía cuerpos) trazaba líneas verticales desde la rodilla hasta el límite de la entrepierna, deteniéndose siempre a un milímetro de lo prohibido.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO… MÁS… JAJAJAJA… POR FAVOR!— Las palabras eran inútiles, pero mi cerebro seguía intentándolo, como un animal acorralado mordiendo los barrotes.

El colapso comenzó en los dedos de los pies. Un espasmo incontrolable que ascendió por las pantorrillas hasta los muslos. Luego, la vejiga.

—¡NO… NOO… JAJAJAJAJA!— intenté advertir, pero era demasiado tarde. El primer chorro caliente escapó, seguido por una oleada de humillación que me hizo llorar en silencio entre las risas. El líquido se extendió por el asiento de cuero, mezclándose con el sudor.

Los hombres no se detuvieron.

—Miren —dijo uno, señalando el charco con un dedo—. Se rompió por completo.

El más joven (incluso encapuchado, su voz delataba juventud) clavó sus dedos en mis costillas con renovada energía:
—¡Esto sí es un regalo! —exclamó, mientras los otros redoblaban el ataque en pies, axilas y ombligo.

Mi mente se fracturó.

Las cosquillas ya no eran sensaciones individuales, sino una masa blanca de electricidad estática envolviendo cada nervio. Mis ojos solo veían destellos. Mis oídos zumbaban. Intenté gritar, pero solo salió un quejido ronco, seguido de hipos espasmódicos.

El jefe, observando desde el asiento delantero, finalmente dio una orden:
—Refresquémosla.

Y entonces, viertearon agua fría sobre mi torso. No para limpiar, sino para reactivar cada zona húmeda: axilas, ombligo, las palmas ahora expuestas…

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO… FUNCIONA… JAJAJAJA… ASÍ!— Mentira. Funcionaba. El agua hizo que los dedos resbalaran con más crueldad, que las plumas se adhirieran a las plantas, que cada nuevo toque fuera una descarga.

El final fue silencioso.

Mis carcajadas se apagaron. La boca abierta, los ojos vidriosos, el cuerpo sacudido por temblores que ya no respondían a las cosquillas, sino a un cortocircuito nervioso. Los hombres continuaron un minuto más, quizás dos, hasta que el jefe levantó una mano.

—Basta —dijo, no por compasión, sino porque mi cuerpo ya no reaccionaba.

Se miraron entre sí, respirando agitados. Uno tomó fotos con un teléfono. Otro recogió las plumas, guardándolas en un estuche. El más joven me tocó el cuello, buscando un pulso.

—Sobrevive —anunció, decepcionado.

El Audi se estremeció cuando arrancaron, dejándome tirada en un camino rural, ya no estaba atada de pies y manos, pero si empapada en mis fluidos. Las últimas palabras del jefe, antes de desaparecer, flotaron en el aire:

—Hasta la próxima, cosquilluda.

Y entonces, el silencio.

Todo terminó. Me encontré abandonada en medio de la carretera, con mis tacones a un lado y descalza. Ya había amaneceido. Me levanté lentamente, dándome cuenta de que había perdido mi bolso, mi carro y las llaves. Sin embargo, a lo lejos, pude ver mi iPhone, probablemente caído cuando los hombres se marcharon.

Con el corazón acelerado y una mezcla de confusión y dolor recorriéndome, decidí recoger el dispositivo. Mientras lo sostenía, aún temblando, comprendí que había sobrevivido a esa noche tan caótica, y aunque las heridas —físicas y emocionales— aún estaban presentes, algo dentro de mí se rehusaba a dejar que aquella experiencia definiera mi futuro.

Con determinación, emprendí el camino de regreso, buscando ayuda y tratando de ordenar mis pensamientos. Sabía que lo que había sucedido era difícil de asimilar, pero también sabía que debía encontrar la fuerza para recuperarme. Cada paso en esa ruta solitaria se convirtió en una promesa silenciosa de que, a pesar de todo, estaba dispuesta a reconstruir mi vida y a retomar el control de mi destino.

Revisé mi celular con manos temblorosas y noté que aún tenía un poco de batería. La pantalla estaba agrietada, pero funcionaba. Respiré hondo y levanté la vista hacia la carretera desierta. Busqué señal con desesperación mientras sujetaba mis tacones en una mano y el teléfono en la otra.

El viento frío de la noche me envolvía, y mis pies descalzos sentían la aspereza del asfalto. Caminé unos pasos, sosteniendo el celular en alto, esperando ver al menos una barra de señal. Finalmente, una línea apareció, intermitente, pero suficiente para intentar una llamada.

¿A quién llamar? ¿A la policía? ¿A Felipe? La incertidumbre me invadió. Con el pulso acelerado, deslicé el dedo por la pantalla y marqué un número, esperando que alguien contestara…

Al otro lado de la línea, la voz de Sandra sonó preocupada.

—¡¿Qué?! ¿Cómo terminaste en eso? —preguntó, casi gritando.

Apreté el teléfono contra mi oído, tratando de controlar mi respiración entrecortada.

—No lo sé… todo pasó tan rápido… Me cerraron el paso, me bajaron del auto… y… —mi voz se quebró por un instante, pero me obligué a seguir—. Me dejaron tirada aquí, sin mi bolso, sin mi carro, sin nada…

—¡Dios mío! ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño?

—No… físicamente no… pero estoy descalza en medio de la nada y asustada.

Sandra respiró hondo.

—Voy por ti ahora mismo. Envíame tu ubicación por WhatsApp.

Con manos temblorosas, abrí la aplicación y compartí mi ubicación en tiempo real. Sujetaba mis tacones en una mano y el celular en la otra, sintiéndome vulnerable y perdida.

—Ya la recibí. No te muevas. Voy lo más rápido que pueda.

—Gracias, Sandra…

—No tienes que agradecerme. Quédate ahí, no hables con nadie, y si ves algún coche sospechoso, escóndete.

Asentí, aunque ella no podía verme. Guardé el celular contra mi pecho y miré a mi alrededor. La carretera estaba oscura y solitaria. Apenas se escuchaba el sonido de algunos insectos y, en la distancia, el rugido de un motor que me hizo estremecer. Me pegué más a un costado de la vía, esperando ver las luces del auto de Sandra en cualquier momento.

El miedo aún se aferraba a mi cuerpo, pero había una pequeña sensación de alivio: pronto estaría a salvo.

La lluvia caía en finas gotas sobre mi piel, intensificando el frío que ya sentía. Estaba sentada en una roca a la orilla de la carretera, abrazándome a mí misma en un intento inútil de calentarme. Mis pies descalzos tocaban la tierra húmeda, cada pequeña piedra o brizna de hierba enviaba escalofríos por mi cuerpo. A mi lado, mis tacones estaban empapados, completamente inútiles en ese momento.

Miré la carretera desierta, esperando con ansiedad ver las luces del auto de Sandra. Cada minuto se sentía eterno, y el sonido lejano de un motor me hacía contener la respiración por miedo a que fueran ellos regresando.

El celular aún tenía algo de batería, pero la señal era inestable. Volví a revisar la ubicación enviada a Sandra, asegurándome de que la había recibido bien.

—Vamos, Sandra… date prisa… —susurré para mí misma, sintiendo cómo la desesperación crecía en mi pecho.

Mis pies empezaban a entumecerse con el frío, y de vez en cuando los movía sobre la roca para mantener la circulación. Estaba cansada, asustada y tiritando. La lluvia aumentó de intensidad, empapando aún más mi cabello y ropa, haciendo que me sintiera aún más vulnerable.

De pronto, a lo lejos, vi unas luces aproximándose. Me incorporé de inmediato, con el corazón latiendo a mil. ¿Sería Sandra… o alguien más?

Un auto se detuvo frente a mí, y el hombre dentro bajó la ventanilla, observándome con una sonrisa extraña.

—Una dama tan hermosa no debe estar sola en la carretera y menos descalza bajo la lluvia —dijo con un tono meloso—. Aquí en mi vehículo puede calentar sus hermosos pies.

Al escuchar esas palabras, mi instinto fue esconder mis pies, pero era imposible. Los tenía completamente expuestos, mojados por la lluvia y vulnerables sobre la roca fría. Apreté los labios, sintiendo una incomodidad que me recorrió la espalda.

—No —respondí con firmeza, abrazando mis tacones contra mi pecho.

El hombre entrecerró los ojos, como si analizara mi reacción.

—Vamos, no seas orgullosa —insistió—. Solo quiero ayudar. ¿Qué tal si al menos subes un momento para calentar esos lindos pies y cuando llegue tu amiga decides si sigues conmigo o te vas con ella?

—Gracias, pero no —repetí con más seguridad.

Él chasqueó la lengua, fingiendo decepción.

—No entiendo por qué las mujeres rechazan la ayuda de un caballero hoy en día —murmuró con desdén—. Bueno, tú te lo pierdes.

Y sin más, subió la ventana y aceleró, desapareciendo en la carretera.

Suspiré de alivio, pero mi corazón seguía latiendo con fuerza. Volví a mirar mi celular; la batería estaba a punto de agotarse. Justo cuando temía tener que quedarme más tiempo en la fría noche, unas luces iluminaron la carretera a lo lejos. Esta vez, reconocí el vehículo.

Era Sandra.

Sandra detuvo su vehículo justo frente a mí y bajó la ventanilla con preocupación en su rostro.

—¡Dios mío! ¿Estás bien? —preguntó, mirándome de arriba abajo.

Sin decir palabra, me levanté de la roca con los tacones aún en la mano y me subí rápidamente al auto. Estaba empapada, con el cabello pegado a mi rostro y los pies fríos y sucios por la lluvia y la carretera. Apenas cerré la puerta, solté un suspiro tembloroso.

—No puedo creer lo que me pasó… —murmuré, todavía en shock.

Sandra me pasó una toalla que tenía en el asiento trasero y encendió la calefacción.

—Sécate un poco, amiga. ¿Qué demonios ocurrió? ¿Cómo terminaste así?

Me envolví con la toalla, frotando mis brazos para entrar en calor. Miré mis pies descalzos sobre la alfombra del auto y luego a Sandra, con una mezcla de angustia y agotamiento en la mirada.

—Fue horrible… me robaron, me dejaron aquí tirada, y encima un tipo raro acaba de detenerse a intentar… no sé, algo extraño.

Sandra apretó el volante con fuerza y negó con la cabeza.

—Malditos… No debiste pasar por ahí sola. Te lo dije mil veces.

Asentí, sintiéndome estúpida por haberme metido en esa situación.

—Lo sé… Pero ahora solo quiero irme a casa.

Sandra aceleró el auto y puso rumbo a mi apartamento.

—Primero te llevaré a mi casa. No pienso dejarte sola esta noche.

No discutí. Solo asentí, sintiéndome por fin un poco segura mientras nos alejábamos de ese lugar.

Sandra me miró de reojo mientras conducía, con el ceño fruncido por la preocupación.

—Dime la verdad… ¿Te hicieron algo más? ¿Te lastimaron?

Tragué saliva y bajé la mirada hacia mis pies descalzos, todavía temblando por todo lo que había pasado. No quería entrar en detalles, pero tampoco podía mentirle.

—No me hicieron daño físico… pero me torturaron de una manera horrible.

Sandra me miró por un segundo antes de volver la vista a la carretera.

—¿Cómo así? ¿Qué te hicieron?

Suspiré y me froté el rostro con ambas manos.

—Me ataron… y me hicieron cosquillas en las plantas de los pies. No te imaginas lo desesperante que fue.

Sandra abrió los ojos de par en par y soltó una pequeña risa nerviosa.

—¿¡Qué!? ¿Te hicieron cosquillas?

Asentí lentamente.

—Sí… No te imaginas lo insoportable que fue. Con plumas, con sus dedos… no me dejaban ni un segundo de respiro.

Sandra se estremeció y sacudió los hombros.

—Dios, si me hacen lo mismo me vuelvo loca. No soporto las cosquillas.

Esbocé una sonrisa cansada, todavía sintiendo el eco de la risa incontrolable en mi cuerpo.

—Créeme… yo tampoco.

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