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Patricia dejó el teléfono en la mesa de la cocina con un golpe seco que hizo tintinear la taza de café a medio terminar. El mensaje de Carlos flotaba en su cabeza como esas nubes grises que anuncian tormenta pero nunca terminan de definirse.
“Mami, ya compré el vuelo. Llego el martes próximo. Te aviso la hora. Te extraño.”
Ella sonrió al leerlo por primera vez. Por supuesto que extrañaba a su hijo. Habían pasado varios meses desde que viajó a México con su papá, y aunque hablaban por videollamada cada semana, no era lo mismo que tenerlo en casa. Patricia había aprovechado ese tiempo para reorganizar su vida, para entenderse a sí misma después de todo lo que había pasado con Felipe, para redescubrirse en medio del silencio de un apartamento que por fin sentía nuevamente suyo.
Pero ese mensaje también traía algo más. Algo que le revolvió el estómago apenas leyó la palabra “martes”.
No había mentido cuando le dijo a Felipe que las cosas iban a cambiar. Y cambiaron. Las sesiones de cosquillas dejaron de ser ese juego oscuro donde ella se sentía atrapada y se convirtieron en algo que ambos acordaban con palabras claras, con límites que ella misma imponía. Había semanas donde ni siquiera se veían. Otras donde Patricia era ella quien tomaba la iniciativa, quien elegía los cepillos o las plumas, quien decidía hasta dónde llegar. Felipe había aceptado las nuevas reglas con una sumisión que al principio le pareció sospechosa, pero con el tiempo descubrió que quizás él también necesitaba que alguien le pusiera freno.
Sin embargo, nada de eso estaba preparada para explicárselo a su hijo.
Carlos tenía dieciséis años. Era un adolescente, sí, pero no era tonto. La última vez que estuvo en casa, Felipe era solo su amigo, el compañero de videojuegos con quien planeaba travesuras inocentes. Ahora, si regresaba, Patricia sabía que notaría los cambios. Las miradas cómplices entre ella y Felipe. La facilidad con la que él entraba al apartamento. Esa intimidad silenciosa que se construye cuando dos personas comparten algo que nadie más sabe.
Patricia tomó la taza y caminó hacia la ventana de la sala. Afuera, la tarde de primavera en Estados Unidos pintaba de naranja los edificios del vecindario. Pensó en cómo sería la llegada de Carlos: el abrazo en el aeropuerto, las preguntas sobre la universidad, sobre sus amigos, sobre su papá. Todo eso sería fácil. Lo difícil vendría después, cuando Carlos preguntara por Felipe.
Porque iba a preguntar. Patricia lo sabía.
Se llevó la taza a los labios pero no bebió. El café ya estaba frío. Lo dejó en el mesón de la cocina y apoyó las manos sobre la superficie de granito, sintiendo la frialdad subir por sus brazos.
Felipe no era su novio. Eso lo tenían claro desde el principio. Pero tampoco era solo el amigo de su hijo. Ya no. Había algo entre ellos que Patricia aún no terminaba de definir, algo que la había asustado al principio, que luego la intrigó, que después la llevó a explorar rincones de sí misma que creía inexistentes. Y ahora, con el regreso de Carlos, ese algo se enfrentaba a la realidad más concreta que podía imaginar: su vida como madre y su vida como mujer estaban a punto de colisionar.
Tomó el teléfono de nuevo. El mensaje de Carlos seguía ahí, con esa foto de perfil que él se había tomado con el paisaje mexicano de fondo, sonriendo como si nada en el mundo pudiera complicarle la existencia.
Patricia escribió una respuesta rápida: “Qué alegría, mi amor. Te espero. Avísame la hora para ir por ti.”
Guardó el teléfono y se quedó mirando la pantalla apagada unos segundos más. Luego abrió la conversación con Felipe.
Sus dedos se detuvieron sobre el teclado. ¿Qué iba a decirle? ¿Que su hijo volvía y que tal vez debían poner distancia? ¿O que necesitaba que la ayudara a manejar esto, porque sola no sabía cómo hacerlo?
Patricia suspiró. Escribió un mensaje corto, sin dar muchas explicaciones: “Carlos vuelve la próxima semana. Necesito que hablemos antes de que llegue.”
Envió el mensaje y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si eso pudiera detener el tiempo o al menos hacer más lenta la cuenta regresiva que acababa de empezar.
Se recostó en la cocina y miró el apartamento. Todo estaba en orden. Todo estaba limpio. Pero de repente le pareció que las paredes se habían vuelto más transparentes, como si Carlos pudiera ver a través de ellas todo lo que había pasado en esos meses de ausencia.
No era miedo exactamente. Era esa incomodidad que viene cuando dos partes de tu vida que mantuviste separadas de repente están a punto de encontrarse y no sabes si van a pelearse o a ignorarse o, peor aún, a reconocerse como parte de un mismo rompecabezas que tú misma armaste sin pensar en cómo iba a encajar.
El teléfono vibro.
Patricia lo volteó con lentitud. Era Felipe.
“Claro. ¿Cuándo quieres que nos veamos?”
Ella leyó el mensaje dos veces antes de responder. Sus dedos escribieron con seguridad esta vez: “Mañana en la noche. En mi casa.”
Guardó el teléfono y caminó hacia su habitación. El armario estaba abierto y, en el fondo, alcanzaba a ver la caja donde guardaba los cepillos y las plumas que Felipe le había regalado después de aquella noche en su apartamento, cuando ella le dijo que todo cambiaría. Los había usado pocas veces desde entonces, pero cada vez que los veía recordaba que había algo en ella que antes no conocía y que ahora era parte de quién era.
Cerró el armario con cuidado.
No iba a esconder nada. Tampoco iba a exponerlo todo. Solo necesitaba que Carlos llegara y viera que su madre seguía siendo su madre, la misma que le hacía el desayuno los domingos y le preguntaba por sus tareas, pero también alguien que en esos meses había aprendido a conocerse un poco más.
Y quizás, con el tiempo, él también entendería que crecer también significa aceptar que las personas que queremos tienen capas que no siempre mostramos.
Pero eso sería después. Primero tenía que pasar el martes. Primero tenía que ver la cara de su hijo al bajar del avión. Y luego, una noche a la vez, descubrir cómo hacer que todas las partes de su vida pudieran convivir sin destruirse.
Patricia se sentó en el borde de la cama y cerró los ojos. El silencio del apartamento ya no era el mismo que la acompañó durante los primeros meses de soledad. Ahora era un silencio distinto, uno que esperaba.
El día siguiente amaneció con una luz clara que se filtraba por las persianas de la habitación. Patricia se despertó antes de que sonara la alarma, como le pasaba siempre cuando tenía algo en la cabeza que no la dejaba dormir del todo. Se quedó un rato mirando el techo, ordenando mentalmente lo que tenía que hacer antes de que llegara la noche y con ella la conversación con Felipe.
Se levantó, se puso su ropa de ejercicio y bajó al estudio. La caminadora la esperaba con ese silencio neutro de las máquinas que han visto sudar a su dueña cientos de veces. Se subió, ajustó el ritmo y comenzó a trotar mientras repasaba mentalmente la lista de cosas por hacer.
Primero estaba la casa. No es que estuviera desordenada, pero Patricia sabía que cuando Carlos llegaba solía revolverse todo y prefería tener cada cosa en su lugar antes de que él apareciera con maletas y la energía de un adolescente que vuelve a casa después de meses fuera. Pensó en cambiar las sábanas de su habitación, en revisar que la nevera tuviera lo que a él le gustaba, en sacar el polvo de los estantes donde él dejaba sus cosas.
Mientras corría, el sudor comenzaba a empapar su camisilla y las medias tobilleras que llevaba puestas. Siempre había sido de sudar fácilmente cuando hacía ejercicio, y sus pies no eran la excepción. Sentía cómo el calor se acumulaba dentro de los tenis, cómo la humedad hacía que las medias se pegaran a sus plantas. En cualquier otra circunstancia eso le hubiera molestado, pero ahora su mente estaba en otra parte.
Terminó su rutina, bajó de la caminadora y se quitó los tenis antes de subir. Dejó los pies descalzos sobre el piso frío del estudio mientras recuperaba el aliento y sintió el contraste de temperaturas. Después se puso unas sandalias que dejaba siempre en la entrada y subió a la cocina a prepararse un café.
La mañana transcurrió entre correos electrónicos y llamadas de trabajo. Había decidido no ir a la oficina, algo que no hacía a menudo pero que de vez en cuando se permitía. Contestó mensajes de clientes, revisó unos informes que le habían enviado la noche anterior y tuvo dos videollamadas cortas con su equipo. En medio de todo eso, fue organizando la casa: las sábanas de Carlos, las toallas limpias en el baño de huéspedes, una lista de compras para el fin de semana.
Cada vez que pasaba por la habitación de su hijo, Patricia sentía un pequeño nudo en el estómago. No era miedo, era esa sensación de que algo estaba por suceder y no podía controlar del todo cómo iba a desarrollarse. Sabía que hablar con Felipe era el primer paso, pero también sabía que después de esa conversación las cosas iban a moverse más rápido de lo que quizás estaba preparada.
Alrededor de las cuatro de la tarde terminó de arreglar la sala. Se sentó en la mesa del comedor con su computadora para revisar los últimos correos del día, todavía con la ropa de ejercicio puesta porque no había encontrado el momento de cambiarse. Los tenis seguían ahí, en el piso del estudio, y ella tenía puestas las sandalias que dejaba en la entrada. Las medias tobilleras aún estaban húmedas de la rutina de la mañana, y aunque sus pies ya se habían enfriado, seguían sintiéndose sensibles, como le pasaba siempre después de correr.
El timbre la sacó de sus pensamientos.
No necesitó preguntar quién era. Felipe tenía esa costumbre de aparecer sin avisar cuando algo le inquietaba, y después del mensaje de la noche anterior, sabía que no iba a esperar hasta la noche para hablar.
Abrió la puerta y ahí estaba él, con esa mezcla de nerviosismo y confianza que lo caracterizaba. Llevaba una gorra puesta al revés y una mochila colgando de un hombro, como si acabara de salir de clases.
—No ibas a esperar hasta la noche, ¿verdad? —dijo Patricia, abriéndole paso.
Felipe entró con una sonrisa que intentaba ser casual pero que delataba su curiosidad.
—Dijiste que necesitábamos hablar y me imaginé mil cosas. Preferí no seguir imaginando.
Patricia cerró la puerta y caminó hacia la mesa donde había dejado la computadora. Felipe la siguió, dejando su mochila en una silla antes de sentarse frente a ella.
—No es nada malo —dijo ella, aunque la tensión en su voz decía lo contrario—. Carlos vuelve la semana que viene.
Felipe asintió, como si ya lo hubiera sospechado.
—¿Y eso es lo que te tiene así?
Patricia se recostó en el respaldo de la silla y cruzó los brazos. No era solo eso y Felipe lo sabía, pero ella necesitaba ordenar las ideas antes de soltarlas.
—Es que no sé cómo va a ser cuando él esté aquí. Las cosas entre nosotros cambiaron, Felipe. Y él no es tonto. Va a notarlo.
—¿Y qué tiene de malo que lo note? —preguntó él con esa naturalidad que a veces la desarmaba.
—No es así de simple y lo sabes. Él es mi hijo. Tiene dieciséis años. La última vez que estuvo aquí, tú eras solo su amigo, el que venía a jugar videojuegos. Ahora…
—Ahora qué —dijo Felipe, inclinándose un poco hacia adelante, con los codos apoyados en la mesa—. ¿Ahora soy algo más?
Patricia lo miró sin responder. Esa era precisamente la pregunta que llevaba días dándose vueltas y que aún no había logrado contestarse del todo.
Felipe sostuvo su mirada unos segundos y luego sonrió, cambiando el tono como si quisiera aliviar la tensión.
—Mira, entiendo que no es fácil. Pero tampoco es que vayamos a sentarnos con Carlos a contarle todo lo que ha pasado estos meses. Las cosas pueden seguir siendo como antes cuando él está aquí, si eso es lo que quieres.
—¿Tú puedes hacer eso? —preguntó Patricia, dudosa—. ¿Volver a ser solo el amigo que viene a jugar?
Felipe abrió la boca para responder pero se detuvo. Patricia notó que su mirada había bajado un momento hacia sus pies, que ella tenía cruzados debajo de la silla, con las sandalias a medio poner y las medias tobilleras aún puestas. Pero enseguida volvió a mirarla a los ojos.
—Puedo intentarlo —dijo, aunque su voz sonó menos convincente de lo que seguramente quería.
Patricia suspiró. Sabía que esa conversación iba a ser incómoda, pero no esperaba que fuera tan difícil poner en palabras lo que sentía. Felipe seguía ahí, frente a ella, esperando que dijera algo más, y ella solo atinó a mirar la mesa mientras sus dedos tamborileaban sobre el borde.
El silencio se alargó unos segundos más de lo normal. Patricia estaba concentrada en sus pensamientos, tratando de encontrar las palabras justas, cuando sintió un movimiento rápido debajo de la mesa.
Antes de que pudiera reaccionar, Felipe le había tomado el pie izquierdo, levantándolo con firmeza pero sin brusquedad.
—¿Qué haces? —alcanzó a decir Patricia, mientras sus manos se aferraban instintivamente a los bordes de la silla.
Felipe ya le estaba quitando la sandalia con una mano mientras con la otra sostenía su tobillo. Ella intentó zafarse, pero él no la soltó.
—Lo que tú necesitas —dijo Felipe, con una sonrisa que ya conocía demasiado bien— es reírte un rato.
—Felipe, en serio, ahora no…
Pero ya era tarde. Con un movimiento rápido, él le quitó la media y dejó su pie izquierdo completamente descalzo. Patricia sintió el aire frío de la sala en la piel húmeda de su planta y supo, en ese instante, que estaba en problemas. Sus pies seguían sensibles por el ejercicio de la mañana, y las horas que había pasado con las medias puestas solo habían aumentado esa sensibilidad.
—Felipe, tengo el pie muy sudado —dijo Patricia, con un tono que intentaba ser una advertencia pero que ya empezaba a quebrarse—. Va a estar más sensible de lo normal, en serio…
Él la miró a los ojos mientras sostenía su pie con ambas manos, los dedos listos para comenzar.
—Precisamente —dijo.
Y antes de que Patricia pudiera decir nada más, sus dedos comenzaron a deslizarse por la planta de su pie izquierdo.
La sensación fue inmediata y devastadora. El roce de sus yemas sobre la piel aún húmeda por el sudor del ejercicio creó una fricción que multiplicó cada cosquilla por diez. Patricia soltó una carcajada que llevaba días contenida, una de esas que salen sin permiso y arrasan con todo lo demás.
—¡No! ¡Felipe, en serio, no! —gritó entre risas, mientras su cuerpo se retorcía en la silla.
Pero él no se detuvo. Sus dedos recorrieron desde el talón hasta el arco del pie con una precisión que parecía hecha a medida para sacarla de quicio. Patricia intentó mover la pierna, retirar el pie, hacer cualquier cosa que la librara de ese tormento delicioso, pero Felipe lo tenía bien sujeto.
—¿Ves? —dijo él, mientras seguía moviendo los dedos—. Así se te olvida por un rato la tensión.
—¡No se me olvida nada, lo que haces es volverme loca! —respondió Patricia, sin poder evitar que otra carcajada le atravesara la voz.
Sus dedos se retorcían en el borde de la silla mientras el pie izquierdo, atrapado e indefenso, recibía sin piedad el ataque de Felipe. Sentía cómo cada centímetro de su planta reaccionaba al contacto, cómo la humedad hacía que los dedos de él se deslizaran aún más rápido sobre su piel sensible.
Felipe variaba el ritmo: a veces lento, a veces rápido, a veces dibujando círculos en el arco del pie, a veces deslizándose desde los dedos hasta el talón. Cada movimiento arrancaba una risa distinta, una más aguda, otra más honda, otra que era casi un grito.
Patricia ya no podía articular una frase completa. Entre carcajada y carcajada apenas alcanzaba a decir:
—Te vas a arrepentir… de esto… cuando me sueltes…
Felipe sonrió y, en lugar de responder, concentró sus dedos justo en el centro de su planta, donde la piel es más suave y más reactiva. Patricia pegó un grito ahogado que se convirtió en una carcajada tan fuerte que tuvo que agarrarse de la mesa con las dos manos para no caerse de la silla.
—¿Cuándo voy a soltarte? —preguntó Felipe, como si la pregunta fuera retórica—. Cuando te vea un poco más relajada.
—¡No me estoy relajando, me estás torturando! —alcanzó a decir Patricia, mientras sentía que las lágrimas empezaban a asomarse a sus ojos por la risa continua.
Pero en medio del caos, notó algo. Su cuerpo, que había estado tenso desde que recibió el mensaje de Carlos, empezaba a aflojarse. No por voluntad propia, sino porque la risa estaba haciendo lo que ella no había podido hacer en dos días: soltar las amarras.
Felipe lo notó también. Porque cambió el ritmo de sus dedos, haciendo más suaves los movimientos, como si ya no necesitara mantenerla atrapada a la fuerza.
Patricia siguió riendo, pero ahora era una risa diferente. Menos desesperada. Más rendida.
Y en algún lugar de su mente, mientras el pie izquierdo seguía siendo víctima de ese ataque meticuloso, supo que Felipe tenía razón.
Lo que necesitaba, antes de enfrentar cualquier conversación difícil, era reírse hasta que los hombros le dejaran de doler y las ideas se ordenaran solas.
Pero eso no significaba que fuera a decírselo.
—Cuando termine esto —dijo Patricia entre risas, con la voz entrecortada—, te vas a enterar.
Felipe la miró con una sonrisa que mezclaba complicidad y desafío.
—Eso suponiendo que esto termine algún día.
Y sus dedos, que se habían detenido un segundo, comenzaron de nuevo un recorrido lento por la planta de su pie izquierdo, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y no pensaran desperdiciarlo.
Patricia apenas había logrado recuperar un poco el aliento cuando sintió que su pie derecho también era atrapado. Felipe soltó el izquierdo solo lo suficiente para estirar el brazo y tomar el otro tobillo, y antes de que ella pudiera siquiera procesar lo que estaba pasando, ya le había quitado la sandalia y la media con una habilidad que solo la práctica repetida podía explicar.
—No, no, no… —alcanzó a decir Patricia, con la voz aún temblorosa por la risa reciente—. Felipe, el derecho no, en serio, el derecho está peor que el izquierdo…
Pero Felipe no parecía dispuesto a escuchar razones. Sostenía ambos pies ahora, uno en cada mano, y la miraba con esa sonrisa que Patricia había aprendido a reconocer como su señal de que todo estaba a punto de empeorar.
—¿Peor? —preguntó él, con un tono que mezclaba curiosidad y diversión—. ¿Qué quieres decir con «peor»?
—Que está más sensible, no sé por qué, pero siempre me pasa después de correr, el derecho me queda más cansado, más… no me hagas decirlo…
—¿Más qué? —insistió Felipe, moviendo ligeramente los dedos de la mano derecha sobre el empeine de Patricia, sin llegar todavía a la planta, solo rozando, como quien anuncia lo que está por venir.
Patricia sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. La piel de su pie derecho, efectivamente, estaba más reactiva que la del izquierdo. No sabía explicar por qué. Quizás porque apoyaba más peso en esa pierna al correr, quizás porque la media le había quedado más ajustada, quizás porque sí, porque el cuerpo tiene esos misterios que uno no se detiene a investigar hasta que alguien los usa en su contra.
—Más sensible —confesó Patricia, en un susurro que era casi una súplica—. Mucho más sensible. En serio, Felipe, te lo pido…
—Pero si tú misma me lo estás diciendo —respondió él, con una calma que resultaba exasperante—. ¿Cómo voy a dejar pasar la oportunidad de comprobarlo?
Y dicho esto, sus dedos comenzaron a deslizarse por la planta del pie derecho.
El efecto fue inmediato y demoledor. Patricia soltó una carcajada tan fuerte que la sintió en el pecho, en la garganta, en la cabeza. No era una risa gradual, de esas que van subiendo de intensidad. Fue una explosión directa, sin escalas, como si cada terminación nerviosa de su pie derecho hubiera decidido encenderse al mismo tiempo.
—¡NO! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡FELIPE, NO PUEDO! —gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla con una violencia que hacía crujir la madera.
Felipe abrió los ojos un poco más, sorprendido por la reacción, pero también fascinado.
—No estabas exagerando —dijo, mientras seguía moviendo los dedos con movimientos lentos pero firmes—. Este lado está muchísimo más sensible.
—¡TE LO DIJE! —alcanzó a articular Patricia entre carcajadas—. ¡TE LO DIJE Y NO ME CREÍSTE! ¡JAJAJAJAJAJA!
—No es que no te creyera —respondió Felipe, cambiando el movimiento de sus dedos, ahora dibujando círculos en el centro de la planta—. Es que necesitaba verlo con mis propios ojos.
Patricia ya no podía responder. Su risa se había convertido en un torrente incontrolable que la doblaba sobre la mesa, obligándola a apoyar la frente en la superficie fría mientras sus manos se aferraban al borde como si eso pudiera anclarla a algo. Sus pies intentaban zafarse, pero Felipe los sostenía con firmeza, alternando su atención entre el izquierdo y el derecho, aunque volviendo una y otra vez al derecho, como si hubiera encontrado un territorio nuevo que lo fascinaba.
—Es curioso —comentó Felipe, mientras sus dedos se detenían un instante solo para comenzar de nuevo desde el talón—. Casi siempre el izquierdo es el que me da más guerra, pero hoy…
—¡HOY ES EL DERECHO! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡Y NO SIGAS, QUE ME VOY A MORIR! —Patricia ya no estaba segura de si lo decía en broma o en serio.
—No te vas a morir —dijo Felipe, tranquilamente—. Lo que te pasa es que llevas dos días tensa y toda esa tensión se te está saliendo por los pies.
—¡NO SE SALE POR NINGÚN LADO, LO QUE HACES ES METER MÁS! —Patricia intentó incorporarse, pero apenas levantó la cabeza, una nueva oleada de cosquillas la obligó a volver a apoyarla en la mesa.
Felipe rió con ella, no de ella, sino con ella, como si esa risa compartida fuera parte del juego. Pero no detuvo sus manos. Al contrario, ahora usaba ambas para atacar los dos pies al mismo tiempo: la izquierda con movimientos rápidos y ligeros, la derecha con trazos más lentos y profundos. El contraste entre una sensación y otra volvía loca a Patricia, que no sabía si prefería que le hicieran cosquillas rápido o despacio, si era peor el roce suave o la presión firme.
Lo cierto es que no tenía opción de elegir. Solo reír. Reír hasta que los hombros le dolieran y la mandíbula le temblara y las lágrimas le corrieran por las mejillas.
—¿Ves? —dijo Felipe, con una voz más suave ahora, mientras sus dedos seguían bailando sobre las plantas de Patricia—. Así se te olvida por un rato lo de Carlos.
Y aunque Patricia no quería darle la razón, aunque en algún rincón de su mente seguía preocupada por la llegada de su hijo, no podía negar que en ese momento, con los pies atrapados y la risa descontrolada, lo único que existía era esa sensación.
El resto del mundo podía esperar.
Felipe no le daba tregua. Sus dedos seguían bailando sobre las plantas de Patricia con una constancia que rayaba en lo meticuloso, como si hubiera decidido que ese momento no iba a terminar hasta que ella no pudiera más. El pie izquierdo recibía movimientos rápidos y ligeros que recorrían desde el talón hasta la base de los dedos una y otra vez, mientras que el derecho, ese que estaba inexplicablemente más sensible, era víctima de caricias lentas y profundas que se demoraban en cada curva, en cada arruga, en cada centímetro de piel que aún conservaba la humedad del sudor del ejercicio matutino.
Patricia ya no intentaba hablar. Había dejado de intentarlo después del tercer o cuarto minuto, cuando se dio cuenta de que cualquier palabra que intentara pronunciar se transformaba automáticamente en una carcajada antes de llegar a sus labios. Su frente seguía apoyada en la mesa, sus manos agarradas al borde con los nudillos blancos, y su cuerpo se sacudía en oleadas que parecían no tener fin.
—JAJAJAJAJAJAJA —era lo único que salía de su boca, una risa continua, ininterrumpida, que a veces subía de tono y a veces bajaba, pero que nunca cesaba del todo.
Felipe, mientras tanto, aprovechaba la situación con una habilidad que Patricia hubiera admirado si no estuviera siendo víctima de ella. Alternaba las cosquillas con preguntas, como si fuera lo más normal del mundo mantener una conversación mientras sus dedos torturaban sin piedad las plantas sudadas de su víctima.
—Entonces —dijo Felipe, con ese tono casual que usaba cuando sabía que ella no podía responder—, Carlos llega el martes, ¿no?
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —fue la única respuesta que obtuvo.
—Sí, el martes —continuó él, como si Patricia hubiera asentido—. ¿Y qué piensas hacer cuando esté aquí?
Sus dedos aceleraron el ritmo en el pie derecho, justo en el arco, donde la piel es más suave y la sensibilidad alcanza niveles que la propia Patricia no terminaba de entender.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO… JAJAJAJA… AHÍ NO…! —logró articular entre carcajada y carcajada, pero la frase quedó incompleta, ahogada por otra oleada de risa.
—¿Ahí no? —repitió Felipe, como si estuviera tomando nota mental—. Apuntado. Pero no me has respondido. ¿Qué vas a hacer con Carlos?
Patricia intentó incorporarse, solo para volver a caer sobre la mesa cuando los dedos de Felipe encontraron un punto particularmente sensible en la base de los dedos del pie izquierdo. La risa se le escapó en forma de un grito agudo que después se transformó en una carcajada más grave, más honda, de esas que salen del pecho y duelen un poco pero también alivian.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO SÉ! —alcanzó a decir, con la voz entrecortada—. ¡JAJAJAJA… NO LO SÉ TODAVÍA!
—¿Que no lo sabes? —preguntó Felipe, deteniéndose apenas un segundo para cambiar de estrategia—. Llevas días pensando en eso. Algo se te debe haber ocurrido.
Sus dedos ahora se movían en sincronía: ambos pies recibían el mismo tipo de cosquillas al mismo tiempo, movimientos circulares en el centro de cada planta que hacían que Patricia sintiera que las piernas se le iban a salir de las órbitas.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡QUE… JAJAJA… QUE VAMOS A… JAJAJAJA… A HABLAR! —Patricia no estaba segura de lo que decía. Las palabras salían sin filtro, empujadas por la risa y la desesperación.
—¿Hablar? ¿De qué van a hablar? —Felipe mantenía el ritmo, implacable, mientras su voz sonaba relajada, como si estuviera preguntando por el clima—. ¿De la escuela? ¿De México? ¿O de mí?
El nombre cayó en el aire como una piedra en un estanque. Patricia sintió que la risa se le atoraba un segundo en la garganta, no porque las cosquillas hubieran disminuido, sino porque la palabra «mí» resonó en su cabeza con una claridad que contrastaba con el caos del resto de su cuerpo.
—¡JAJAJAJAJAJA! —volvió a reír, pero ahora había algo distinto en su risa, algo que no sabría explicar—. ¡NO… JAJAJA… NO SÉ!
—¿Que no sabes? —Felipe detuvo los dedos un instante, solo un instante, lo justo para que Patricia tomara aire—. ¿Cómo que no sabes si vamos a hablar de mí?
—¡JAJAJAJAJA… PORQUE… JAJAJAJA… NO SÉ LO QUE ÉL SABE! —soltó Patricia, aprovechando esa pausa mínima para llenar los pulmones de aire.
—Ah —dijo Felipe, como si esa respuesta le hubiera aclarado algo—. O sea que no sabes cuánto sabe él.
Y antes de que Patricia pudiera decir nada más, sus dedos volvieron a atacar, esta vez con más intensidad, como si esa respuesta le hubiera dado nueva energía. Los pies de Patricia, sudados, hipersensibles, atrapados, recibieron una andanada de cosquillas que la hicieron arquear la espalda y golpear la mesa con la palma de la mano.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡FELIPE, POR FAVOR! —gritó, aunque sabía que pedir por favor no servía de nada.
—¿Por favor qué? —preguntó él, inocente, mientras sus dedos se concentraban en los laterales de los pies, esa zona que Patricia odiaba y amaba con igual intensidad—. ¿Que pare? ¿O que siga?
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO SÉ! —admitió Patricia, con una honestidad que la risa le arrancaba sin permiso.
Felipe sonrió. No una sonrisa burlona, sino una de esas sonrisas que Patricia había aprendido a reconocer en los últimos meses: la sonrisa de quien sabe que está ganando pero no quiere que el juego termine.
—Bueno —dijo, cambiando nuevamente el ritmo de sus dedos, ahora más lentos, casi perezosos—, mientras decides qué va a pasar cuando Carlos llegue, yo voy a seguir aquí. No tengo prisa.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡YO SÍ TENGO PRISA! —alcanzó a decir Patricia, aunque en el fondo sabía que no era del todo cierto.
Sus pies seguían atrapados, sus plantas seguían recibiendo caricias que la volvían loca, y su risa seguía llenando la sala como si fuera el sonido más natural del mundo. Afuera, la tarde seguía su curso, los vecinos iban y venían, el mundo seguía girando. Pero dentro de esa casa, dentro de esa mesa, dentro de ese momento, solo existía el roce de los dedos de Felipe sobre la piel hipersensible de Patricia, y la risa que ella no podía ni quería detener.
Felipe soltó los pies de Patricia con suavidad, como quien devuelve algo frágil después de haberlo examinado con cuidado. Patricia los bajó al suelo inmediatamente, casi antes de que él terminara de soltarlos, y comenzó a frotar las plantas contra la superficie fría del piso de la cocina. El contacto del suelo con su piel hipersensible le produjo un escalofrío que le recorrió la espalda, pero también una sensación de alivio, como si el mundo recuperara poco a poco su equilibrio.
—Por Dios, Felipe —dijo Patricia, aún con la voz entrecortada por la risa reciente, pasándose una mano por la frente para quitarse el sudor—. Tengo los pies demasiado sensibles después de correr. Me hiciste demasiadas cosquillas.
Felipe se recostó en su silla, cruzó los brazos sobre el pecho y la miró con esa expresión que ella ya conocía bien: una mezcla de satisfacción y curiosidad, como si estuviera evaluando el resultado de un experimento que le había salido mejor de lo esperado.
—¿Pero te gustó? —preguntó, con un tono que intentaba sonar neutral pero que delataba su interés en la respuesta.
Patricia terminó de frotar sus pies contra el suelo, estiró las piernas y apoyó los talones en el piso, dejando que la temperatura fresca de la baldosa calmara un poco la irritación de sus plantas. Miró a Felipe y, a pesar de sí misma, esbozó una sonrisa.
—Sí, estuvo divertido —admitió, con un tono que intentaba ser casual pero que no lograba ocultar del todo la honestidad de la afirmación.
Felipe asintió, como si hubiera estado esperando esas palabras. Pero antes de que pudiera añadir algo, Patricia cambió su expresión. Se incorporó en la silla, apoyó los codos en la mesa y lo miró con una seriedad que contrastaba con el momento que acababan de vivir.
—Ahora, hablando en serio —dijo, con una voz más firme—. Tenemos que revisar bien lo de la venida de Carlos.
Felipe asintió y también se incorporó, dejando a un lado el tono juguetón. Sabía que ese era el tema que los había reunido allí y que las cosquillas, por muy efectivas que hubieran sido para aflojar la tensión, no iban a resolverlo.
—Mira —dijo Felipe, apoyando las manos sobre la mesa—, si quieres, podemos hacer las sesiones en mi casa. O en un hotel, si te da más tranquilidad.
Patricia lo miró con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¿Estás loco? —dijo, con una ceja levantada—. ¿En serio crees que voy a ir a un hotel contigo? ¿Tú te oyes?
Felipe se encogió de hombros, sin perder la calma.
—Entonces en mi apartamento. Yo vivo solo, bien lo sabes. Nadie va a molestar, nadie va a preguntar. Puedes venir cuando quieras, sin tener que dar explicaciones.
Patricia negó con la cabeza, pero no era un gesto de rechazo absoluto. Era más bien la expresión de alguien que está procesando opciones y ninguna le termina de convencer del todo.
—Felipe —dijo, con un suspiro—, no se trata solo de dónde hacemos… lo que hacemos. Se trata de que Carlos va a estar aquí. En mi casa. Otra vez. Y no podemos seguir como si nada.
—¿Y qué quieres que le digamos? —preguntó Felipe, con sinceridad.
Patricia se pasó las manos por el cabello, un gesto que Felipe había aprendido a reconocer como su señal de que estaba ordenando ideas en su cabeza.
—No lo sé —admitió—. Pero necesito que me ayudes a pensar. Porque no podemos decirle la verdad, eso es obvio. Pero tampoco podemos fingir que no pasa nada. Carlos no es tonto. Tiene dieciocho años ahora, no es el mismo adolescente que se fue. Ha vivido fuera, ha crecido. Y tu tampoco eres el mismo. Ya no eres solo su amigo del colegio.
Felipe la miró en silencio unos segundos.
—¿Estás preocupada por las cosquillas? —preguntó, directo.
Patricia lo miró a los ojos.
—Entre varias cosas, sí —respondió, con honestidad—. Pero no solo por eso. Estoy preocupada por cómo vamos a explicar que tú y yo pasamos tiempo juntos. Por cómo voy a actuar cuando él esté en casa y tu vengas a visitarlo. Por no poner cara de nada cuando él haga algún comentario sin querer.
Felipe asintió, entendiendo.
Carlos ya no era un niño. Se había ido a México a vivir con su papá después del divorcio, había terminado la preparatoria allá, y ahora regresaba con dieciocho años, con otra perspectiva, con otra madurez. Ya no era el muchacho de dieciséis que había atado a su madre a una silla como un juego inocente. Era un adulto joven, y eso cambiaba las reglas.
—Entonces —dijo Felipe, con cuidado—, ¿qué propones?
Patricia suspiró y se recostó en el respaldo de la silla.
—Primero, quiero que hablemos claro tu y yo —dijo—. Qué somos, qué no somos, qué vamos a hacer cuando él esté aquí. Porque si no lo tenemos claro nosotros, menos vamos a poder fingir delante de él.
—No estamos fingiendo —dijo Felipe—. Solo estamos siendo discretos.
—Eso es fingir —respondió Patricia, sin dureza, solo con realismo—. Y está bien, no me molesta. Pero necesito saber que estamos en la misma página.
Felipe guardó silencio un momento. Luego dijo:
—Yo no quiero que esto se acabe.
Patricia lo miró, buscando en su rostro algo que no terminaba de identificar.
—Yo tampoco —admitió, en voz baja—. Pero tampoco quiero que Carlos se sienta incómodo en su propia casa. Él se fue confiando en que su mamá y su amigo eran dos mundos separados. Y ahora regresa y esos dos mundos… bueno, ya no están tan separados.
—No tienen por qué estarlo —dijo Felipe—. Podemos seguir viéndonos cuando él no esté. O cuando él esté ocupado. No tenemos que mezclar las cosas.
Patricia asintió, aunque su expresión seguía siendo seria.
—Eso funciona en el papel —dijo—. Pero en la práctica, Carlos va a notar que algo cambió. La gente nota esas cosas. Y si no se lo decimos, igual lo va a sospechar.
—¿Y si se lo decimos? —preguntó Felipe, con un tono que sonó más atrevido de lo que quizás pretendía.
Patricia lo miró como si hubiera dicho una locura.
—¿En serio? ¿Piensas que voy a sentar a mi hijo de dieciocho años a decirle que tengo una… lo que sea que tengamos tu y yo… con su mejor amigo de la infancia?
Felipe se rió, pero sin burla.
—Cuando lo pones así, suena peor.
—Porque es peor —dijo Patricia, aunque sin drama, solo constatando un hecho—. No es que esté mal, Felipe. Lo que pasa entre nosotros no me avergüenza. Pero no es algo que uno le cuente a su hijo así nomás, en la mesa, mientras cena.
Felipe asintió, comprendiendo.
—Entonces no le decimos nada —concluyó—. Actuamos normal. Tu sigues siendo su mamá, yo sigo siendo su amigo. Y lo que pase entre nosotros, pasa cuando él no está.
Patricia lo miró largamente.
—¿Puedes hacer eso? —preguntó, con sinceridad—. ¿Verlo a él y no acordarte de que a la semana anterior estuviste haciéndome cosquillas en los pies?
Felipe sonrió, esa sonrisa traviesa que Patricia conocía tan bien.
—No voy a decir que va a ser fácil —admitió—. Pero puedo intentarlo.
Patricia negó con la cabeza, pero esta vez con una sonrisa.
—No me inspira mucha confianza ese «puedo intentarlo».
—Es lo mejor que te puedo ofrecer —respondió Felipe, encogiéndose de hombros—. Mentiría si te dijera que voy a mirar a Carlos y no voy a pensar en ti. Pero también sé que él es mi amigo, y que lo quiero, y que no quiero hacerlo sentir incómodo.
Patricia suspiró, esta vez con un poco menos de tensión en los hombros.
—Bueno —dijo—. Al menos estamos de acuerdo en algo: no queremos lastimarlo.
—Eso sí —confirmó Felipe—. Lo demás se va viendo sobre la marcha.
Patricia asintió, aunque su mente ya estaba pensando en el martes, en el aeropuerto, en el abrazo que le iba a dar a su hijo después de tantos meses. En cómo iba a mirarlo a los ojos y preguntarle cómo le había ido en México, cómo estaba su papá, si había conocido a alguien especial.
Y mientras tanto, en algún rincón de su cabeza, iba a estar presente la imagen de Felipe, sentado en la misma silla donde ahora estaba, con los dedos aún húmedos del sudor de sus pies, preguntándole si le había gustado.
Patricia apartó ese pensamiento y volvió a la conversación.
—Vamos por partes —dijo, con un tono más práctico—. Primero, él llega el martes. Lo voy a buscar al aeropuerto, vamos a almorzar juntos, y después cada uno hará su vida. Él ya es grande, no necesita que lo esté vigilando todo el día.
Felipe asintió.
—Y mientras él se acomoda —continuó Patricia—, tu y yo nos vemos menos. No quiero que él llegue y que ya estés tu en casa el primer día.
—Me parece bien —dijo Felipe, sin poner objeción—. Tú avisame cuándo puedo pasar.
—Y cuando pases —añadió Patricia, con énfasis—, vienes como su amigo. Nada de miradas raras, nada de comentarios con doble sentido, nada de aprovechar que él va al baño para…
—Entendí —la interrumpió Felipe, levantando las manos en señal de rendición—. Soy un amigo más. Como si nada hubiera pasado.
—Exacto —dijo Patricia—. Como si nada hubiera pasado.
Hubo un silencio breve, cómplice, como si ambos estuvieran pensando en lo absurdo que era pretender que nada había pasado después de todo lo que había pasado.
—Va a ser interesante —dijo Felipe, rompiendo el silencio.
—Va a ser un desastre —corrigió Patricia, pero con una sonrisa.
—¿Y las cosquillas? —preguntó Felipe, cambiando el tono a uno más ligero—. ¿Cuándo vamos a retomar eso?
Patricia lo miró con fingida severidad.
—Eso —dijo, señalándolo con el dedo—, va a depender de qué tan bien te portes.
Felipe inclinó la cabeza, como si estuviera considerando la propuesta.
—Y si me porto mal —dijo, con esa sonrisa que Patricia ya conocía demasiado bien—, ¿qué pasa?
Patricia se levantó de la silla, estiró las piernas y caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua. Antes de beber, miró a Felipe por encima del hombro.
—Si te portas mal —dijo, con un tono que mezclaba advertencia y complicidad—, te vas a enterar.
Felipe se quedó sentado en la silla, mirándola, mientras Patricia bebía agua lentamente, sintiendo el fresco del líquido recorrerle la garganta. Afuera, la tarde seguía cayendo, y adentro, en esa cocina donde acababan de reírse hasta que les doliera la mandíbula, seguían construyendo, sin saberlo del todo, las reglas de un juego que apenas empezaba a complicarse.
Felipe se levantó de la silla, estiró los brazos por encima de la cabeza y caminó hacia la puerta con esa forma suya de moverse, tranquilo, como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado pero tampoco quisiera quedarse de más. Patricia lo acompañó hasta la entrada, con los pies aún descalzos sobre el piso frío, sintiendo cómo la sensibilidad de sus plantas comenzaba poco a poco a normalizarse.
—Entonces —dijo Felipe, deteniéndose en el umbral—, hablamos estos días. Cualquier cosa me escribes.
—Te escribo —respondió Patricia, apoyando una mano en el marco de la puerta—. Y tú no te aparezcas sin avisar, al menos hasta que Carlos se acomode.
Felipe levantó las manos en señal de paz.
—Prometido. Solo cuando me digas.
Se quedaron mirándose un segundo, ese segundo incómodo que a veces queda después de una despedida cuando no sabes si agregar algo más o simplemente cerrar la puerta. Felipe sonrió, dio media vuelta y caminó hacia las escaleras. Patricia esperó a que bajara unos cuantos peldaños antes de cerrar.
La puerta hizo clic al encajar en su sitio.
Patricia apoyó la frente en la madera un momento, respiró hondo, y luego se giró hacia la sala. La casa estaba en silencio otra vez. Solo el sonido del reloj de pared marcando los segundos y el zumbido lejano de la nevera en la cocina.
Miró hacia abajo y vio sus pies descalzos sobre el piso. Las medias tobilleras estaban en el suelo, cerca de la silla donde Felipe las había dejado caer. Los tenis, un poco más allá, con las agujetas desatadas. Patricia se agachó, recogió las medias, los tenis, y los llevó al pequeño armario de la entrada donde guardaba lo del ejercicio.
Volvió a la cocina, terminó el vaso de agua que había dejado a medio tomar, y lo puso en el lavaplatos. La mesa seguía con su computadora abierta, los correos electrónicos esperando. Cerró la tapa y decidió que eso podía esperar hasta el día siguiente.
Subió a su habitación, se quitó la camisilla sudada y el short, y se metió a la ducha. El agua caliente le cayó por los hombros, por la espalda, y sintió cómo la tensión de los últimos días se iba disolviendo poco a poco entre el vapor y el chorro constante. Cerró los ojos y dejó que el agua le corriera por la cara.
Pensó en Carlos. En cómo estaría. En cómo se vería después de tantos meses. En si se habría puesto más alto, si habría cambiado la voz, si tendría novia, si extrañaba su cuarto, si extrañaba el desayuno de los domingos. Pensó en qué iba a cocinarle el primer día, en qué preguntas hacerle sin abrumarlo, en cómo abrazarlo sin apretarlo demasiado.
Salió de la ducha, se secó, se puso la bata y fue a la cocina a prepararse algo de cenar. Nada complicado: una ensalada, un poco de pollo que había dejado la noche anterior. Comió en la mesa de la sala, con el televisor apagado, solo el sonido de sus pensamientos.
Los días siguientes pasaron con una rapidez que a Patricia le pareció casi injusta.
Se levantaba temprano, como siempre, antes de que el sol terminara de asomarse por completo. Bajaba al estudio en sus tenis y sus medias tobilleras, con el short y la camisilla que ya eran parte de su uniforme matutino. Corría en la caminadora mientras veía las noticias en la pantalla que tenía pegada a la pared. Luego bajaba la intensidad, se estiraba en la colchoneta y hacía sus ejercicios de yoga, esos que le había enseñado una amiga hacía años y que nunca dejaba de practicar. Posturas que la obligaban a concentrarse en la respiración, en el equilibrio, en mantenerse presente.
Después de la ducha, se arreglaba para ir a la oficina. Se ponía sus trajes ejecutivos, sus tacones, se recogía el cabello en un moño bajo y se miraba en el espejo. Era otra Patricia. La de afuera. La que resolvía problemas de clientes, la que lideraba reuniones, la que firmaba documentos importantes. Esa Patricia no tenía tiempo para pensar en cosquillas ni en adolescentes ni en juegos complicados.
Pero en los ratos libres, en el carro esperando que el semáforo cambiara a verde, en la fila del almuerzo, en el ascensor subiendo a su oficina, el pensamiento se colaba. Un recuerdo de los dedos de Felipe recorriendo sus plantas. Una risa que se le escapaba sola, sin permiso. Una sensación en los pies que no era real pero se sentía como si lo fuera.
El miércoles fue al spa de belleza. Se hizo limpieza facial, se arregló las cejas, se pintó las uñas de los pies de un color rosado suave que le gustaba desde hacía años. La mujer que la atendía le preguntó si tenía algún viaje especial o alguna ocasión importante. Patricia dijo que no, que solo quería sentirse bonita. Pero en el fondo sabía que quería verse bien para cuando Carlos llegara. Quería que su hijo la viera bien. Quería que supiera, sin necesidad de decírselo, que su mamá estaba bien, que había aprendido a cuidarse, que no necesitaba de nadie para estar entera.
El jueves fue al spa de masajes. Ese era un lujo que se permitía una vez al mes, a veces cada dos meses, cuando sentía que el cuerpo le pedía a gritos un respiro. La masajista, una mujer mayor de manos firmes pero suaves, le trabajó la espalda, los hombros, las piernas. Cuando llegó a los pies, Patricia sintió un cosquilleo inmediato y tuvo que morderse el labio para no reírse. La masajista le preguntó si estaba bien. Patricia dijo que sí, que solo tenía los pies sensibles. No añadió nada más.
El viernes en la noche se sentó en la sala con un té de manzanilla y una libreta donde empezó a escribir una lista: cosas que comprar para la llegada de Carlos, cosas que preguntarle, cosas que contarle. Escribió y tachó, escribió y tachó. Al final, la lista se quedó en solo tres cosas: preguntarle cómo está, escucharlo, no abrumarlo. Cerró la libreta y la dejó en la mesa de noche.
El sábado en la mañana se levantó más temprano de lo habitual. Se puso su ropa de ciclismo: licra negra, chaqueta deportiva, casco, guantes. Sacó la bicicleta del garaje, revisó las llantas, ajustó el sillín, y salió a recorrer la ciudad.
El sol apenas comenzaba a calentar cuando Patricia pedaleaba por las ciclovías que cruzaban los parques, entre árboles y gente que también había decidido aprovechar el fin de semana. El viento le daba en la cara, le movía el cabello que asomaba por debajo del casco. Las piernas le quemaban al subir las lomas, y al bajar sentía esa libertad que solo da la velocidad controlada.
Montar en bicicleta era lo único que la desconectaba por completo. No podía revisar el teléfono. No podía contestar correos. No podía pensar en el trabajo ni en Felipe ni en las cosquillas ni en nada que no fuera el camino, el equilibrio, el siguiente pedalazo.
Pedaleó por casi dos horas. Pasó por el parque central, bordeó el río, subió hasta el mirador donde la ciudad se veía entera y después bajó por la calle ancha que la llevaba de regreso a su barrio. Cuando llegó a casa, estaba cansada pero tranquila. La clase de cansancio que llena, no la que vacía.
Se quitó el casco, colgó la bicicleta en el garaje y entró a la casa con las piernas aún temblorosas por el esfuerzo. Se quitó los zapatos de ciclismo y caminó descalza hasta la cocina. Sintió el piso frío bajo sus plantas y, por primera vez en varios días, no asoció esa sensación con nada ni con nadie. Solo era el piso. Solo era ella. Solo era el sábado antes de que su hijo llegara.
Miró el calendario pegado en la nevera con un imán. El lunes tenía un círculo rojo alrededor. Carlos llegaba en dos días.
Patricia sonrió, se sirvió un vaso de agua con limón y se sentó en la mesa de la cocina a mirar por la ventana. El sol de la mañana entraba con fuerza, calentándole la cara, los brazos, las manos.
Por fin, después de una semana entera tratando de mantenerse centrada, sintió que podía respirar sin pensar en todo lo demás.
Carlos llegaba en dos días.
Y por ahora, eso era lo único que importaba.
Finalmente llegó el martes.
Patricia había dormido mal la noche anterior, pero no por nervios. Era más bien esa mezcla de emoción y ansiedad que a veces le quitaba el sueño antes de un día importante. Se despertó antes de que sonara la alarma, dio vueltas en la cama un rato, y cuando vio que no iba a poder volver a dormirse, se levantó.
La mañana transcurrió entre tareas domésticas y llamadas de trabajo. Prendió la lavadora con las sábanas de la habitación de Carlos, aunque estaban limpias. Pasó la aspiradora por toda la casa. Revisó la nevera dos veces para asegurarse de que tenía todo lo que le iba a ofrecer cuando llegara: algo de cenar, algo para desayunar al día siguiente, las bebidas que le gustaban.
En la tarde se bañó con calma. Se demoró más de lo habitual eligiendo la ropa, aunque sabía que no había necesidad de impresionar a su propio hijo. Pero quería verse bien. Quería que Carlos la viera y pensara que su mamá estaba bien, que el tiempo no la había tratado mal, que los meses de distancia no habían dejado huellas visibles.
Se puso unas medias veladas negras, de esas que le gustaban porque se sentían suaves al tacto y le estilizaban las piernas. Luego un pantalón de seda negro, holgado pero elegante, que le caía justo en el tobillo. Una camisa blanca de manga larga, sencilla pero bien planchada. Y unos tacones negros, no demasiado altos, los justos para sentirse segura al caminar.
Se maquilló con cuidado: base ligera, un poco de rímel en las pestañas, un labial color rosado tenue. Se miró en el espejo y se soltó el cabello, dejando que le cayera sobre los hombros. Movió la cabeza un par de veces para que se acomodara y sonrió a su reflejo.
—Bien —se dijo en voz baja—. Vamos.
Agarró las llaves del auto, el bolso, el teléfono. Revisó que todo estuviera en orden y salió de casa.
El aeropuerto estaba a unos cuarenta minutos de distancia, pero Patricia salió con tiempo de sobra. Prefería llegar temprano y esperar a llegar tarde y encontrarse con el estrés de las prisas. Condujo tranquila, escuchando música a volumen bajo, sintiendo cómo la emoción le iba creciendo en el pecho a medida que se acercaba al aeropuerto.
Estacionó el auto en el parqueadero cubierto y caminó hacia la terminal de llegadas internacionales. Los tacones hacían un ruido seco contra el piso de cemento, y el eco de sus pasos se mezclaba con el bullicio de la gente que iba y venía con maletas, con carteles, con caras de espera y de reencuentro.
Patricia se ubicó cerca de la salida, donde se veía la puerta por donde los pasajeros salían después de migración. Cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó mirando la puerta, como si la intensidad de su mirada pudiera hacer que Carlos apareciera más rápido.
No se dio cuenta cuando alguien se le acercó por detrás. Estaba demasiado concentrada en la puerta, en las personas que iban saliendo, en la ansiedad de ver a su hijo después de tantos meses. Solo sintió un roce leve en su bolso, algo así como un papel deslizándose dentro de la abertura lateral donde guardaba el teléfono.
Miró hacia atrás, pero no vio a nadie sospechoso. Solo un par de personas caminando en direcciones opuestas, una familia con niños pequeños sentada en una banca, un hombre mayor cargando una maleta. Pensó que quizás había sido el viento, o algún descuido suyo. No le dio más importancia y volvió a mirar hacia la puerta.
Entonces la vio abrirse.
Un grupo de pasajeros empezó a salir, algunos con prisa, otros arrastrando maletas grandes, otros con la mirada perdida buscando a alguien entre la multitud. Patricia recorrió los rostros con la mirada hasta que, de repente, lo vio.
Carlos.
Patricia parpadeó dos veces, como si sus ojos necesitaran confirmar lo que estaban viendo. El niño que se había ido a vivir con su papá unos años atrás, con su cara de adolescente inquieto y sus brazos flacos, había sido reemplazado por un hombre. Un hombre joven, sí, pero un hombre al fin y al cabo.
Estaba más alto, mucho más alto de lo que Patricia recordaba. El pelo lo llevabaa un poco más largo, desordenado a propósito. Los hombros se le habían ensanchado, y se notaba que había estado haciendo ejercicio o deporte, porque la camiseta que llevaba puesta le quedaba ajustada en los brazos. Caminaba con una seguridad que antes no tenía, con una maleta grande en una mano y una mochila colgando del otro hombro.
Patricia sintió que se le humedecían los ojos, pero se contuvo. No quería que la primera imagen que Carlos tuviera de ella fuera con lágrimas en los ojos. Quería que la viera bien. Quería que supiera, desde el primer momento, que su mamá estaba bien.
Carlos la vio. Primero fue una mirada de reconocimiento, como si estuviera confirmando que era ella. Luego una sonrisa amplia, de esas que le cambiaban la cara entera. Y luego, sin soltar la maleta, caminó rápido hacia ella.
—Mami —dijo, y la voz ya no era la de un niño. Era más grave, más firme. Pero el tono, ese tono con el que siempre la había llamado, seguía siendo el mismo.
—Mi amor —respondió Patricia, abriendo los brazos.
Se abrazaron con fuerza, de esas que duran varios segundos y que dicen más que cualquier palabra. Patricia sintió la altura de Carlos, la firmeza de sus brazos alrededor de ella, el olor de su ropa recién sacada de la maleta. Cerró los ojos y se dejó estar un momento.
—Te ves muy bien —dijo Carlos cuando se separaron un poco, mirándola de arriba abajo—. Diferente, pero bien.
—Tú también —respondió Patricia, sin poder evitar una sonrisa—. Estás muy grande, Carlos. Pareces otro.
—Es que ya no soy un niño, mami —dijo él, con una media sonrisa—. Tengo dieciocho.
—Ya lo sé —dijo Patricia, pasándole una mano por el brazo—. Pero verlo es diferente.
Carlos se agachó para tomar la maleta que había dejado en el piso. Patricia le ofreció ayuda con la mochila, pero él negó con la cabeza.
—Tranquila, yo puedo con todo.
Caminaron juntos hacia el estacionamiento, con Patricia guiando el camino y Carlos a su lado, moviéndose entre la gente con esa facilidad que tienen los jóvenes para sortear obstáculos sin esfuerzo. Patricia sentía su brazo cerca del de ella de vez en cuando, y cada roce la llenaba de una calidez que no había sentido en mucho tiempo.
Llegaron al auto. Carlos abrió la puerta trasera, metió la maleta y la mochila en el asiento de atrás, y luego se subió al asiento del copiloto. Patricia ya estaba al volante, ajustando el espejo retrovisor aunque no lo necesitaba.
Arrancó el motor y salieron del estacionamiento.
—¿Y cómo estuvo el vuelo? —preguntó Patricia, mientras se incorporaba a la autopista.
—Largo —dijo Carlos, estirando las piernas lo más que pudo—. Pero bien. Me dormí un rato, vi una película. Nada del otro mundo.
—¿Comiste algo?
—En el avión dieron una bandeja, pero no tenía mucha hambre. Prefiero comer algo cuando lleguemos a la casa.
—En la nevera tengo cosas —dijo Patricia—. Podemos calentar algo o pedir domicilio, lo que prefieras.
—Lo que tú quieras, mami. Con tal de no volver a comer comida de avión.
Patricia rió. Era la misma forma de hablar de siempre, ese humor seco que Carlos había heredado de ella sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
—Cuéntame de México —dijo Patricia, cambiando de tema mientras conducía—. ¿Cómo está tu papá?
—Bien —respondió Carlos, apoyando un brazo en la ventanilla—. Sigue trabajando en lo mismo. Se compró un carro nuevo, una camioneta grande. Dice que pronto viene a visitar.
—Sería bueno —dijo Patricia, sin mucho entusiasmo pero sin falsedad tampoco. La relación con su exesposo era cordial, nada más.
—¿Y los abuelos? —preguntó.
—Bien también. La abuela se queja de la rodilla, como siempre. Pero sigue activa, sale a caminar todos los días. El abuelo se la pasa en el taller, arreglando cosas. Ya no trabaja formalmente, pero no puede estar quieto.
Patricia asintió, mirando la carretera.
—¿Y la escuela? —preguntó—. Bueno, ya no es escuela, ¿no? Ya terminaste.
—Sí —dijo Carlos, con un orgullo que apenas disimulaba—. Me gradué el mes pasado. Por eso vine, porque ya no tengo nada que me amarre allá.
Patricia sintió un nudo en la garganta. Sabía que Carlos había terminado sus estudios, pero escucharlo decirlo era diferente.
—¿Y qué planes tienes ahora? —preguntó, tratando de que su voz sonara normal.
—Por ahora, descansar un poco —dijo Carlos—. Llevar la vida lenta. Y después, no sé. Quiero trabajar, ahorrar, pensar en qué estudiar. Pero sin afán.
—Está bien —dijo Patricia—. No tienes que tener todo resuelto a los dieciocho.
—Eso digo yo —respondió Carlos, sonriendo—. Pero mi papá ya está preguntando que cuándo entro a la universidad.
—Tu papá siempre fue ansioso —dijo Patricia, con un tono que mezclaba cariño y crítica—. Pero esto es tu vida. Tú decides.
Carlos la miró un momento, como si estuviera evaluando algo.
—Estás diferente, mami —dijo de nuevo—. Más tranquila, no sé. Como más segura.
Patricia mantuvo la mirada al frente, en la carretera, pero una pequeña sonrisa se le escapó.
—Los años enseñan, mi amor —dijo—. Y los meses sola también.
Carlos asintió, como si entendiera. El carro siguió avanzando entre las luces de la ciudad, con la noche cayendo ya por completo. Adentro, el calor de la calefacción y la conversación tranquila llenaban el espacio. Patricia sintió que, por primera vez en semanas, todo estaba en su lugar. Su hijo estaba a su lado. El resto podía esperar.
Llegaron a la casa pasadas las diez de la noche. Patricia pulsó el control remoto y la puerta del garaje se elevó con un zumbido mecánico que rompió el silencio del vecindario. Metió el auto con cuidado, estacionó en su sitio, y volvió a pulsar el control para que la puerta bajara detrás de ellos.
—Bienvenido a casa —dijo, apagando el motor.
—Gracias, mami —respondió Carlos, y en su voz se notaba un poco de emoción contenida, como si recién en ese momento cayera en cuenta de que había vuelto.
Salieron del auto. Patricia abrió la puerta que comunicaba el garaje con la cocina, mientras Carlos sacaba la maleta grande y la mochila del asiento de atrás. Entraron, y Patricia caminó directo al panel de la alarma que estaba junto a la entrada. Tecleó el código con rapidez y la luz roja cambió a verde.
—Listo —dijo—. Ya se desarmó.
Carlos dejó la maleta en la entrada y miró a su alrededor, como si estuviera reconociendo el lugar. La cocina estaba igual: los mismos electrodomésticos, la misma mesa, la misma luz cálida que Patricia dejaba encendida en el tomacorriente de la pared. Olía a limpio, a casa desocupada pero cuidada.
—Subo las cosas —dijo Carlos, alzando la maleta—. En un momento bajo.
—Tranquilo, sin afán —respondió Patricia—. Yo voy a cambiarme y empiezo a preparar algo de cenar.
Carlos subió las escaleras con la maleta en una mano y la mochila al hombro. Patricia lo siguió, pero se desvió hacia su habitación. Entró, cerró la puerta sin trancarla, y se dejó caer un momento en la cama. Cerró los ojos y respiró hondo. Su hijo estaba en casa. Después de tantos meses, después de tantas videollamadas, después de tanto extrañarlo, por fin estaba en casa.
Se incorporó, se quitó los tacones negros y los dejó junto al armario. Luego se bajó el pantalón de seda con cuidado, lo colgó en una percha, y se quitó la camisa blanca. Se quedó en su ropa interior un momento, mirándose al espejo. Se veía cansada pero contenta. Las ojeras se le notaban un poco, pero los labios aún tenían resto del labial rosado.
Se puso un pantalón de licra negro, de esos que usaba para estar en casa, y una camiseta holgada de algodón. Luego se sentó en el borde de la cama y, con un suspiro de alivio, se quitó las medias veladas negras. Las enrolló con cuidado, las dejó sobre la cómoda, y por último se quedó descalza.
Sintió el piso frío de la habitación bajo sus plantas y sonrió. Siempre había preferido estar descalza en su casa. Desde niña. Desde antes de que supiera que sus pies eran tan sensibles. Era una costumbre que nunca había perdido, y que en los últimos meses se había vuelto aún más suya, más íntima, casi un gesto de propiedad sobre su propio espacio.
Bajó las escaleras descalza, sintiendo cada peldaño bajo la piel de sus plantas. Entró a la cocina, abrió la nevera y sacó lo que necesitaba: un poco de pollo que había dejado cocinado el día anterior, verduras para una ensalada, queso y pan para calentar. No quería hacer nada complicado, solo algo rápido para que Carlos comiera antes de dormir.
Puso una sartén en la cocina a calentar, picó unas cebollas y tomates, y empezó a moverse entre la estufa y la mesa con esa familiaridad que dan los años de hacer lo mismo una y otra vez. El aceite chisporroteó en la sartén cuando echó la cebolla, y el olor llenó la cocina de inmediato.
No se dio cuenta cuando Carlos bajó.
No lo escuchó bajar las escaleras porque estaba concentrada en la sartén, moviendo las verduras con una espátula de madera. Tampoco lo sintió acercarse por detrás, caminando en puntillas sobre el piso de la cocina. Estaba tan enfocada en la cena que no notó su presencia hasta que sintió dos manos firmes apretándole la cintura por detrás.
—¡Ah! —gritó Patricia, dando un salto que casi le hace soltar la espátula—. ¡Carlos!
Las manos de su hijo habían apretado justo en sus costados, en ese punto que ella conocía bien porque era uno de los más sensibles que tenía. La risa le brotó de inmediato, una carcajada corta pero intensa, mientras se giraba para mirarlo con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Carlos, por Dios —dijo, todavía riéndose—. Tú ya sabes que no me gusta que me tomes por sorpresa.
Carlos se quedó allí, sonriendo con esa sonrisa traviesa que Patricia le conocía desde que era niño. Tenía las manos aún levantadas, como si estuviera listo para repetir la jugada.
—Lo sé, mami —dijo, con un tono que mezclaba inocencia fingida y malicia—. Pero quería saber si seguías igual de cosquilluda o ya estabas menos.
Patricia sintió cómo el calor le subía a las mejillas. No era vergüenza exactamente, era esa sensación de estar expuesta sin haberlo planeado, de que alguien tocara un tema que ella prefería mantener en privado. Se llevó una mano a la cara, como si eso pudiera disimular el sonrojo, y apartó la mirada un momento hacia la sartén.
—Carlos —dijo, con un tono que intentaba sonar firme pero que salía más bien avergonzado—. Eso no se pregunta.
—¿Por qué no? —preguntó él, apoyándose en la encimera de la cocina—. Es una pregunta válida. Han pasado como dos años. La gente cambia.
Patricia movió las verduras en la sartén con más energía de la necesaria, solo para tener algo que hacer con las manos.
—Pues no, no he cambiado —admitió, sin mirarlo—. Sigo siendo igual de… como siempre.
—Igual de cosquilluda —completó Carlos, con una sonrisa amplia.
Patricia cerró los ojos un momento y suspiró.
—Sí, Carlos. Igual de cosquilluda. ¿Feliz?
—No es que sea feliz —dijo él, cruzando los brazos sobre el pecho—. Solo es bueno saber que algunas cosas no cambian.
Patricia lo miró de reojo. Su hijo estaba ahí, apoyado en la encimera, con sus dieciocho años recién cumplidos, su altura nueva, sus hombros más anchos. Pero en la mirada seguía siendo el mismo niño que había crecido haciendo preguntas incómodas en la mesa y riéndose de las reacciones de su mamá.
—Ya bajó la cebolla —dijo Patricia, cambiando de tema con una habilidad que había perfeccionado en años de ser madre—. Ve sacando el pan del horno, que ya debe estar caliente.
Carlos obedeció sin chistar, pero mientras se agachaba para abrir el horno, lanzó un comentario al aire:
—Fue solo un aprete, mami. No te pongas colorada.
—No estoy colorada —mintió Patricia, aunque sentía las mejillas ardiendo.
—Sí, sí —dijo Carlos, sacando la bandeja del horno con cuidado—. Como no.
Patricia apagó la cocina, movió las verduras a un plato y llevó todo a la mesa. Carlos puso el pan en un canasto pequeño y sacó los cubiertos del cajón. En menos de cinco minutos la cena estaba servida y los dos sentados frente a frente, como tantas otras noches antes de que él se fuera.
—Buen provecho —dijo Patricia, partiendo un trozo de pan.
—Buen provecho —respondió Carlos, sirviéndose un poco de pollo.
Comieron en silencio los primeros minutos, solo el ruido de los cubiertos contra los platos y algún sorbo de agua. Patricia lo miraba de vez en cuando, todavía con las mejillas un poco tibias, y pensaba en lo rápido que había pasado el tiempo. En cómo ese niño que antes le pedía que le contara cuentos ahora era un hombre sentado al otro lado de la mesa, haciéndole preguntas sobre lo cosquilluda que seguía siendo.
—Mami —dijo Carlos, después de un rato—. ¿Y Felipe? ¿Sigue siendo tu vecino?
Patricia casi se atraganta con el pan. Tosió un poco, tomó agua, y respondió con la voz más neutra que pudo encontrar.
—No es mi vecino. Vive en otro edificio, pero cerca. ¿Por qué?
—Por nada —dijo Carlos, encogiéndose de hombros—. Solo preguntaba. Pensé que tal vez lo vería estos días, para saludarlo.
Patricia asintió, con cuidado.
—Sí, lo vas a ver. Él sabe que llegaste. Seguro se aparece en estos días.
—Bien —dijo Carlos, y siguió comiendo como si nada.
Patricia lo miró un momento, tratando de leer en su cara si había algo más detrás de esa pregunta. Pero Carlos parecía tranquilo, concentrado en su plato, sin ninguna intención oculta aparente.
Terminaron de cenar, recogieron los platos, y Patricia le dijo que se fuera a dormir, que estaba seguro cansado del viaje. Carlos no puso objeción. Subió las escaleras, se despidió con un «buenas noches, mami», y desapareció en el pasillo que llevaba a su habitación.
Patricia se quedó en la cocina un rato, recogiendo lo último, limpiando la encimera, guardando el queso en la nevera. Cuando terminó, apagó la luz de la cocina y subió las escaleras descalza, sintiendo cada peldaño bajo sus plantas.
Se metió a su habitación, cerró la puerta, y se sentó en el borde de la cama. Se miró los pies descalzos, las plantas apoyadas en el piso, y pensó en la pregunta de Carlos. ¿Seguías igual de cosquilluda?
Sí, seguía igual. Más, quizás. Pero eso era algo que su hijo no necesitaba saber. Al menos no todavía.
Apagó la luz de la mesita de noche, se acostó de lado, y cerró los ojos. En la habitación de al lado, podía escuchar a Carlos moviéndose, abriendo maletas, instalándose. El sonido la llenaba de una paz que no sentía desde hacía meses.
Carlos estaba en casa.
Y por ahora, eso era suficiente.
A la mañana siguiente, el sol entraba con fuerza por la ventana de la habitación de Patricia. Eran las seis y cuarto, y ella dormía profundamente, algo que no le pasaba hacía mucho tiempo. Normalmente se despertaba antes de que sonara la alarma, con la mente ya corriendo detrás de las cosas por hacer. Pero esa mañana no. Esa mañana su cuerpo había decidido que necesitaba descansar, y punto.
Estaba boca abajo, medio enredada en la cobija, con un brazo colgando fuera de la cama y el cabello revuelto sobre la almohada. Respiraba lento, profundo, con esa paz que solo se consigue cuando uno sabe que no tiene nada urgente que hacer al despertar.
Carlos, en cambio, llevaba ya un rato despierto. Había dormido bien, a pesar del jetlag. Se levantó, se puso su ropa de ejercicio y bajó al estudio de su mamá. Vio la caminadora, las pesas, la colchoneta de yoga. No lo pensó dos veces. Hizo una rutina rápida de calentamiento, unas lagartijas, unas abdominales. No era la gran cosa, pero suficiente para sentirse activo.
Después subió, se bañó con agua fría para despertarse del todo, y bajó a la cocina. Abrió la nevera, encontró huevos, queso, pan, jugo. Se puso a preparar el desayuno: huevos revueltos con queso, pan tostado, jugo de naranja recién exprimido. Mientras cocinaba, miró el reloj de la pared. Casi las siete.
—Raro —murmuró para sí mismo—. Mi mamá siempre se levanta temprano.
Apagó la cocina, sirvió los huevos en un plato, puso el pan en una canasta y lo llevó todo a la mesa. Subió las escaleras con paso ligero, se detuvo frente a la puerta de la habitación de Patricia y llamó suavemente con los nudillos.
—Mami —dijo en voz baja—. Ya desayuné. Hay para ti.
Silencio.
—¿Mami?
Nada.
Carlos giró la perilla despacio y abrió la puerta. La habitación estaba en penumbras, solo la luz de la mañana filtrándose por las persianas. Patricia yacía en la cama, profundamente dormida, con la cobija enredada alrededor de su cintura. No se había movido.
Carlos se acercó un poco más.
—Mami —dijo, un poco más fuerte.
Nada. Ni un gesto.
Se quedó junto a la cama, mirándola. Su mamá tenía los brazos extendidos, la cara hundida en la almohada, el cabello rubio desparramado a su alrededor. Y los pies. Los tenía por fuera de la cobija, descalzos, con las plantas hacia arriba, descansando sobre la sábana.
Carlos los miró un momento. Los pies de su mamá. Los mismos pies que él recordaba desde niño, los mismos que tanto le gustaba molestar cuando era más joven, los mismos que una vez ató a una silla en un juego que se le fue de las manos. Habían pasado dos años, pero se veían igual. Suaves, cuidados, con las uñas pintadas de un rosado suave que su mamá seguramente se había hecho en el spa la semana anterior.
No lo pensó dos veces.
Con la agilidad de quien ha hecho esto muchas veces antes, Carlos saltó sobre la cama y se lanzó sobre las piernas de Patricia, sentándose sobre sus muslos para inmovilizarla. El peso de su cuerpo, combinado con la sorpresa, hizo que Patricia despertara de golpe, todavía aturdida por el sueño.
—No, Carlos, por favor —atinó a decir, con la voz ronca y quebrada, antes de que su cerebro terminara de procesar lo que estaba pasando.
Pero ya era tarde. Las manos de Carlos ya estaban sobre sus pies.
Empezó con el izquierdo, porque siempre había sido su favorito. Sus dedos, ahora más grandes y más firmes que cuando era un adolescente, comenzaron a deslizarse por la planta con una rapidez que Patricia recordaba demasiado bien. La sensación fue como un latigazo que la sacudió entera, arrancándole una carcajada que llevaba dormida junto con ella.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —gritó, mientras su cuerpo se retorcía debajo de Carlos, tratando de zafarse—. ¡CARLOS, JAJAJAJAJA, EN SERIO…!
Pero Carlos no le daba tregua. Pasó al pie derecho con la misma intensidad, usando ambas manos ahora para atacar las dos plantas al mismo tiempo. Sus dedos se movían rápidos, ligeros, recorriendo desde los talones hasta los dedos, desde los dedos hasta los arcos, sin dejar un solo centímetro de piel sin explorar.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Patricia ya no podía formar palabras. La risa le brotaba sola, incontrolable, mientras intentaba en vano mover las piernas. Pero Carlos era más pesado que antes, y la tenía bien sujeta.
—¡Mami! —decía Carlos, riéndose también—. ¿Ves? ¡Te dije que no habías cambiado!
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —era la única respuesta que Patricia podía dar.
Carlos variaba el ritmo. A veces rápido, a veces lento. A veces dibujaba círculos en el centro de las plantas, a veces deslizaba los dedos en líneas rectas desde el talón hasta la punta. A veces se concentraba en el arco, ese punto que sabía que volvía loca a su mamá, y a veces pasaba los dedos por los costados, donde la piel es más fina y la sensibilidad más aguda.
Patricia ya estaba riendo a lágrima suelta. La cara se le había puesto roja, el cabello se le pegaba a la frente, y las sábanas estaban todas revueltas alrededor de su cuerpo. Intentó agarrarse de la cabecera de la cama, pero sus manos no alcanzaban. Intentó girarse de lado, pero Carlos ajustaba su peso para mantenerla inmóvil.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡CARLOS, JAJAJAJA, BASTA! —logró decir entre carcajada y carcajada, pero su hijo no mostraba ninguna intención de parar.
—¿Basta? —dijo Carlos, con fingida inocencia—. ¿Por qué? Si apenas estamos empezando.
Y siguió. Siguió hasta que los pies de Patricia comenzaron a sudar por el esfuerzo y la risa. Siguió hasta que ella ya no supo si estaba riendo o llorando. Siguió hasta que el reloj de la mesita de noche marcó las siete y media y los huevos revueltos en la cocina ya estaban completamente fríos.
Pero Carlos no paraba. Y Patricia, en el fondo, no estaba del todo segura de querer que parara.
Patricia ya no podía más. La risa se había convertido en algo casi doloroso, una mezcla de carcajadas que le quemaban la garganta y jadeos que apenas le permitían tomar aire. Carlos seguía ahí, sentado sobre sus muslos, con sus dedos bailando sin piedad sobre las plantas de sus pies. No le daba tregua. No le daba un segundo para recuperarse.
—¡Carlos, por favor! —suplicó Patricia, con la voz rota entre risas—. ¡En serio, para! ¡Me voy a hacer pipi!
Carlos hizo una pausa breve, solo para mirarla con una sonrisa incrédula.
—¿Pipi? —dijo, arqueando una ceja—. ¿Esa es la excusa que vas a usar?
—¡No es excusa, es verdad! —gritó Patricia, retorciéndose debajo de él—. ¡Carlos, te lo juro por Dios que me voy a hacer pipi! ¡Para ya!
Pero Carlos negó con la cabeza y volvió a atacar, esta vez concentrándose en los arcos de ambos pies con movimientos rápidos y ligeros que hicieron que Patricia pegara un grito ahogado.
—No te creo, mami —dijo Carlos, entre risas—. Siempre decías eso cuando era niño para que te dejara de molestar.
—¡Esto no es cuando eras niño! —alcanzó a decir Patricia, mientras las carcajadas la sacudían entera—. ¡Carlos, ya, en serio, ya no aguanto!
Las manos de su hijo seguían moviéndose, implacables, recorriendo cada centímetro de sus plantas hipersensibles. Patricia sentía que la vejiga le pesaba más con cada carcajada, que el esfuerzo de reír la estaba llevando al límite. Ya no era solo la vergüenza. Era una necesidad física real, urgente, que no podía seguir ignorando.
—¡Carlos, por tu madre! —gritó Patricia, con un tono de desesperación que esta vez sí era genuino—. ¡Te juro que si no paras ahora mismo voy a tener que cambiar las sábanas!
Algo en su voz debió sonar lo suficientemente serio, porque Carlos finalmente detuvo sus manos. No de inmediato, no sin antes darle un par de cosquillas finales en cada pie, solo para no perder la costumbre. Pero paró.
Patricia no esperó a que se bajara de la cama. Se incorporó de golpe, empujando a su hijo hacia un lado con una fuerza que Carlos no le conocía, y saltó del colchón con una agilidad que solo la urgencia podía explicar. Salió corriendo de la habitación en dirección al baño principal, descalza, con la bata medio enredada en la cintura, sin mirar atrás.
Carlos se quedó sentado en la cama, riéndose en silencio, sacudiendo la cabeza.
—¡Mami, cuidado no te resbalas! —le gritó, pero ella ya había desaparecido por el pasillo.
La puerta del baño se cerró de golpe y escuchó el clic del seguro. Luego, un momento de silencio, y después el ruido de la cisterna descargándose.
Carlos se levantó de la cama, estiró los brazos y salió de la habitación de su mamá. Bajó las escaleras con las manos en los bolsillos, silbando bajito, y entró a la cocina. Vio los platos en la mesa, los huevos fríos, el pan duro. Metió los huevos en un bol, los calentó en el microondas, puso el pan en el horno un momento para que recuperara un poco de crujiente, y exprimió más naranjas para hacer jugo fresco.
Unos quince minutos después, Patricia bajó las escaleras.
Carlos la vio aparecer por las escaleras y no pudo evitar notar el cambio radical. Su mamá ya no era la mujer despeinada y en bata que había dejado arriba. Ahora llevaba su traje ejecutivo: una chaqueta negra entallada, una blusa blanca de cuello alto, un pantalón de vestir negro que le marcaba la figura. Y los tacones. Unos tacones negros de diez centímetros que hacían que caminara con esa elegancia que Carlos le conocía desde siempre. El cabello recogido en un moño bajo, los labios pintados de un rosado tenue, las mejillas aún un poco sonrojadas por el episodio de la mañana.
—Buenos días —dijo Patricia, con un tono que intentaba ser normal pero que salía un poco forzado.
—Buenos días, mami —respondió Carlos, señalando la mesa—. Te preparé desayuno. Lo calenté otra vez, porque la primera vez se enfrió mientras tú… bueno, ya sabes.
Patricia lo miró con una mezcla de gratitud y advertencia.
—Gracias —dijo, sentándose en la silla—. Pero no te hagas el inocente. Tú sabes muy bien por qué se enfrió.
Carlos se sentó frente a ella, con una sonrisa que no podía ni quería disimular.
—Yo solo estaba saludando a mi mamá después de dos años —dijo, con fingida inocencia—. Nada más.
—¿Saludando? —Patricia partió un trozo de pan y lo miró por encima de la mesa—. ¿Lanzándote sobre mis piernas a las seis de la mañana es tu forma de saludar?
—Es mi forma de saludar a mi mamá cosquilluda —corrigió Carlos, sin perder la sonrisa.
Patricia mordió el pan y no respondió. Pero Carlos no iba a dejar pasar la oportunidad.
—Mami —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Te noto mucho más cosquilluda que antes.
Patricia levantó la vista de su plato y lo miró con una ceja arqueada.
—¿Por qué dices eso?
—Porque antes te reías, sí —dijo Carlos, como si estuviera analizando un fenómeno científico—. Pero no tanto. Hoy fue como si hubieras explotado. Y los pies… uf, los pies están peor que nunca.
Patricia sintió que el calor le subía a las mejillas otra vez. Tomó el jugo de naranja y bebió un sorbo largo para ganar tiempo.
—Quizás sí —admitió, dejando el vaso en la mesa—. Quizás sí haya aumentado la sensibilidad.
Carlos abrió los ojos como si acabara de descubrir la cura del cáncer.
—¿En serio? ¿Eso puede pasar? ¿Con la edad o algo así?
—No sé si con la edad —dijo Patricia, concentrándose en su plato para no tener que mirarlo—. Pero estos últimos meses he estado haciendo más ejercicio, y los pies se me ponen más sensibles después de correr. Quizás es eso.
Carlos asintió lentamente, como si estuviera procesando la información.
—O quizás —dijo, con un tono que Patricia no supo cómo interpretar— es que alguien te ha estado haciendo cosquillas y te volvió más sensible.
Patricia casi se atraganta con el jugo. Tosió un par de veces, se limpió los labios con la servilleta y miró a Carlos con una expresión que intentaba ser neutral pero que le quedaba más bien defensiva.
—¿Alguien? —repitió—. ¿Quién va a hacerme cosquillas?
Carlos se encogió de hombros, como si la pregunta no tuviera importancia.
—No sé. Tú eres la que vive aquí. Yo solo vine ayer.
Patricia sintió que el terreno se movía debajo de ella. No sabía si Carlos estaba sospechando algo o solo era su imaginación. Decidió cambiar de tema antes de que la conversación se fuera por un camino que no estaba preparada para recorrer.
—Carlos —dijo, con un tono más firme—. ¿No tienes hambre? Come, que se te va a enfriar otra vez.
Carlos obedeció, pero mientras mordía su pan, Patricia notó que la miraba de reojo con una sonrisa que no terminaba de descifrar. No era una sonrisa maliciosa. Era más bien la sonrisa de alguien que está armando un rompecabezas y acaba de encontrar una pieza clave.
Desayunaron en silencio los siguientes minutos, pero en la cabeza de Patricia las alarmas no dejaban de sonar.
Patricia terminó su café, revisó que llevaba todo en su bolso, y se despidió de Carlos con un beso en la mejilla.
—No te vayas a quedar todo el día pegado a la computadora —le dijo, mientras se ajustaba la chaqueta—. Hay comida en la nevera. Y si sales, me avisas.
—Sí, mami —respondió Carlos, con ese tono que los hijos usan cuando ya han escuchado la misma instrucción mil veces.
Patricia lo miró un momento, dudando si añadir algo más, pero finalmente solo sonrió y salió por la puerta del garaje. El motor del Audi rugió unos segundos y luego se fue apagando en la distancia, mientras la puerta del garaje se cerraba automáticamente detrás de ella.
Carlos se quedó solo en la casa.
Caminó hasta la cocina, guardó los platos en el lavaplatos, limpió la mesa con una bayeta y dejó todo en orden. No porque fuera particularmente ordenado, sino porque sabía que a su mamá le molestaba encontrar la cocina sucia cuando llegaba del trabajo. Subió a su habitación, prendió su computadora portátil y se sentó en la silla del escritorio, esperando a que cargara.
La pantalla se iluminó y Carlos abrió su cuenta de mensajería. Buscó el nombre de Felipe en la lista de contactos. Hacía meses que no hablaban con frecuencia, solo algún mensaje ocasional para cumpleaños o año nuevo. Pero ahora que estaba de vuelta, quería ver a su amigo.
Escribió un mensaje corto: «Llegué ayer. ¿Vienes?»
La respuesta llegó en menos de un minuto. «Ahora voy.»
Carlos sonrió. Felipe siempre había sido así, de los que no se hacen rogar.
En menos de veinte minutos, el timbre de la casa sonó. Carlos bajó las escaleras, abrió la puerta y ahí estaba Felipe, con una gorra puesta al revés, unos jeans desgastados y una chaqueta de jean. Se veía más grande que la última vez que lo había visto en persona, más lleno, más hombre. Pero la sonrisa era la misma.
—¡Hombre! —dijo Felipe, abriendo los brazos.
—¡Felipe! —respondió Carlos, chocando la mano con él y luego dándole un abrazo rápido, de esos que dan los amigos que no necesitan muchas palabras.
Entraron a la casa y subieron a la habitación de Carlos, que seguía igual que antes, solo que con menos cosas. Felipe se sentó en la silla del escritorio y Carlos se tiró en la cama, boca arriba, con las manos detrás de la cabeza.
—¿Y cómo te fue en México? —preguntó Felipe, girando la silla para quedar de frente.
—Bien —dijo Carlos—. Terminé la escuela, me gradué. Por eso vine.
—¿Y te quedas?
—Por ahora, sí. Quiero descansar un tiempo, trabajar en algo, ahorrar. Después se verá.
Felipe asintió, moviendo la pierna con un leve nerviosismo que Carlos no alcanzó a notar.
—¿Y tu mamá? —preguntó Felipe, con un tono que intentaba sonar casual—. ¿Cómo la ves?
Carlos sonrió, mirando el techo.
—Igual. Más linda que nunca, como siempre. Pero más… no sé. Más tranquila. Como más segura de sí misma.
Felipe asintió de nuevo, sin añadir nada.
Hubo un silencio breve, de esos que se llenan con recuerdos. Carlos giró la cabeza para mirar a su amigo.
—Oye —dijo, cambiando el tono—. ¿Te acuerdas de lo cosquilluda que era mi mamá?
Felipe sintió que algo se le movía en el estómago, pero mantuvo la cara seria.
—Claro que me acuerdo —dijo—. Esa vez que la amarramos entre los dos a una silla y le hicimos cosquillas por horas en todo el cuerpo. No se me va a olvidar nunca.
—¡Por horas! —repitió Carlos, riéndose—. La pobre mami no podía ni hablar. Solo reírse y suplicar.
—Y los pies —añadió Felipe, con una sonrisa que se le escapó sin querer—. Esos pies… nunca había visto unos pies tan cosquilludos.
Carlos se incorporó en la cama, apoyando la espalda en la cabecera.
—Pues déjame decirte algo —dijo, con un tono de confidencia—. De ayer para acá, ya le hice cosquillas dos veces.
Felipe levantó las cejas, genuinamente sorprendido.
—¿Dos veces?
—La primera anoche, cuando llegamos. Le apreté la cintura por detrás mientras cocinaba. Y la segunda esta mañana. Me levanté temprano, ella estaba durmiendo, y me lancé sobre sus piernas y le hice cosquillas en los pies como cuando éramos niños.
—¿Y? —preguntó Felipe, inclinándose un poco hacia adelante.
—Y que está mucho más cosquilluda que antes —dijo Carlos, enfatizando la palabra—. Mucho más. Antes se reía, sí, pero no tanto. Hoy parecía que le iba a dar algo. Y los pies… los pies están peor que nunca.
Felipe negó con la cabeza, como si no pudiera creerlo.
—No te creo —dijo—. No es posible que esté más cosquilluda. Ya era demasiado antes.
—Te digo que sí —insistió Carlos—. En serio. Algo le pasó en estos dos años, porque está hiper sensible.
Felipe guardó silencio un momento, mirando sus propias manos. Carlos lo observó, y de repente le hizo una pregunta que Felipe no esperaba.
—Oye, y tú —dijo Carlos, con un tono curioso—. ¿Estos dos años, las veces que viniste a la casa, no le hiciste cosquillas alguna vez a mi mamá?
Felipe levantó la vista. Por un segundo, algo pasó por su cara, algo que Carlos no alcanzó a identificar. Pero rápidamente su expresión volvió a ser la de siempre: tranquila, amable, un poco traviesa.
—Pues sí —admitió Felipe, con una naturalidad que ensayó en silencio antes de hablar—. Las primeras veces que vine, un par de veces le hice cosquillas en los pies. Pero después me distancié por los estudios y el trabajo, y ya no volví a hacerlo.
—¿Te gustó? —preguntó Carlos, directo.
Felipe lo miró a los ojos.
—Tu mamá tiene unos pies muy cosquilludos —dijo, con una honestidad medida—. Y sí, me gustaba hacerle cosquillas. Era divertido.
Carlos sonrió, como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba.
—¿Sabes qué? —dijo, incorporándose más en la cama—. Deberíamos organizar una sesión nueva. Como cuando éramos niños. Torturarle los pies con cosquillas otra vez.
Felipe sintió que el corazón le daba un vuelco. Pero su cara no mostró nada.
—¿En serio? —preguntó, con un tono que mezclaba sorpresa y diversión—. ¿Y tu mamá qué va a decir?
—Mi mamá no tiene que decir nada —respondió Carlos, con una sonrisa amplia—. Solo necesita estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Como la otra vez.
Felipe se quedó callado un momento, como si estuviera pensando en la propuesta. Carlos lo miró, esperando.
—Bueno —dijo Felipe finalmente, con una sonrisa que Carlos interpretó como entusiasmo—. Habrá que planearlo bien.
—Eso es todo —dijo Carlos, frotándose las manos—. Esto va a ser divertido.
Felipe asintió, pero en su cabeza las ideas giraban a una velocidad peligrosa. No sabía si lo que Carlos le estaba proponiendo era una oportunidad o un problema. Lo único que sabía era que, en ese momento, no podía decir que no.
Continuará….
Original de Tickling Stories
