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El silencio en el apartamento se sentía distinto esa noche. No era el silencio incómodo de antes, cuando madre e hija volvían de la oficina de Priscila sin cruzarse una sola palabra. Era un silencio más bien pesado, como si el aire mismo estuviera esperando que alguien dijera algo.
Ana estaba en la cocina, preparándose un té de manzanilla. Llevaba puesta una sudadera holgada y unos pantalones de algodón. Sus pies, recién lavados, descansaban descalzos sobre el frío piso de baldosa. Cada tanto los movía, como si aún sintiera el recuerdo de las uñas recorriéndolos.
Pilar entró con pasos lentos. Se detuvo en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su bata, y observó a su hija en silencio durante unos segundos.
—¿Quieres que te prepare algo más, mija? —preguntó al fin, con una voz que trataba de sonar normal, aunque se le notaba el cansancio.
Ana no se volteó de inmediato. Dejó que la bolsita de té reposara en el agua caliente antes de responder.
—No, mamá. Gracias.
—Está bien.
Pilar dio un paso hacia adentro, luego otro, y se apoyó contra el mesón. Miró el hervidor, las tazas, la caja de galletas que Ana había sacado y no había abierto. Todo eso le pareció de pronto demasiado cotidiano para lo que estaba pasando entre ellas.
—Ana… —comenzó, y su voz se quebró apenas en la primera sílaba.
Ana apretó los labios. Tomó su taza con ambas manos y la llevó hasta la mesa del comedor. Se sentó en una de las sillas y, por fin, alzó la mirada.
—Siéntate, mamá.
Pilar obedeció. Se sentó frente a ella, con las manos sobre la mesa, y por un momento se vio pequeña, como si los años se hubieran ido acumulando de golpe sobre sus hombros.
—Yo no debí… —empezó a decir, pero Ana la interrumpió con un gesto leve de la mano.
—No. Ahora hablo yo.
La voz de Ana era tranquila, pero firme. No había rencor en ella, al menos no uno que estallara de inmediato. Había algo más: una certeza que antes no tenía.
—Yo entendí por qué lo hiciste —dijo Ana, bajando la mirada hacia su taza—. El dinero, la universidad, todo eso. Lo entiendo.
Pilar abrió la boca para responder, pero Ana continuó.
—Lo que no entiendo es por qué no me dijiste. Por qué te pusiste esa máscara y me viste a los ojos mientras yo me reía sin saber que eras tú. ¿Te divertiste, mamá? ¿Te pareció gracioso?
La última pregunta quedó suspendida en el aire. Pilar sintió que el estómago se le encogía.
—No fue gracioso —respondió en voz baja—. Y no, no me divertí. Bueno… tal vez al principio sí, cuando te vi reírte tanto como yo me reía cuando ellas me hacían cosquillas. Pero después… después entendí que te había traicionado, mija. Y eso no me dio ninguna gracia.
Ana asintió lentamente. No parecía satisfecha, pero tampoco furiosa. Era como si estuviera procesando cada palabra, pesándola.
—¿Y por qué lo hiciste, entonces?
Pilar se llevó una mano a la frente, como si le doliera algo que no estaba en su cuerpo.
—Porque me ofrecieron más dinero. Mucho más del que nos habían pagado. Y yo pensé que si aceptaba, con eso tendríamos para toda tu carrera, para el semestre que viene y el otro, y quizás para que no tuvieras que trabajar mientras estudias. Pensé que… que era una oportunidad que no podía dejar pasar.
—¿Y valió la pena? —preguntó Ana, con un tono que no era acusatorio, sino más bien curioso.
Pilar guardó silencio. Se quedó mirando sus propias manos, los dedos entrelazados sobre la mesa.
—No —dijo al fin—. No valió la pena.
Ana tomó un sorbo de té. El vapor le empañó un poco el rostro, y por un momento Pilar no pudo leer su expresión.
—Yo te dije que quería revancha —dijo Ana, dejando la taza sobre la mesa—. Y ya me la tomé con ustedes dos.
—Lo sé.
—¿Sabes qué fue lo que más me gustó?
Pilar negó con la cabeza, sin atreverse a adivinar.
Ana se recostó en el respaldo de la silla y la miró fijamente.
—Que cuando Priscila se estaba retorciendo y riendo sin control, y tú estabas igual, yo me sentí por primera vez en control. No del dinero, no de la universidad. De algo que me pertenece a mí. De saber que ustedes estaban ahí porque yo lo decidí.
Pilar sintió un escalofrío, pero no de frío.
—¿Vas a hacerlo otra vez? —preguntó, con la voz más baja de lo que pretendía.
Ana se quedó pensando. El reloj de la sala marcaba las diez y media, y el tic-tac parecía querer meterse en la conversación.
—No lo sé —respondió al fin, con honestidad—. Pero sí sé que si vuelvo a hacerlo, va a ser porque yo quiero, no porque me toca.
La respuesta dejó a Pilar en un territorio incómodo. Por un lado, le daba alivio que su hija no estuviera planeando una nueva sesión de inmediato. Por otro, la determinación en la voz de Ana le recordaba que las cosas entre ellas ya no eran como antes.
—¿Tú crees que Priscila va a quedarse quieta después de lo que pasó hoy? —preguntó Pilar, cambiando de tema con cierta torpeza.
Ana sonrió. No era una sonrisa amplia, pero tenía algo de traviesa.
—Priscila no es de las que se quedan quietas. Pero tampoco es tonta. Ella sabe que yo ahora sé cómo se juega este juego.
—¿Este juego? —repitió Pilar, frunciendo el ceño—. ¿Desde cuándo es un juego?
—Desde siempre, mamá. Solo que nosotras no lo sabíamos.
Pilar no supo cómo responder de inmediato. La frase «desde siempre, solo que nosotras no lo sabíamos» le había quedado dando vueltas en la cabeza, como una canción que se repite sin permiso.
Ana terminó su té en silencio, con la mirada fija en algún punto de la mesa. Cuando alzó la cabeza otra vez, sus ojos tenían un brillo distinto. No era el de la furia de antes, ni el del agotamiento después de la sesión en la oficina. Era algo más parecido a la curiosidad. A la emoción de haber descubierto un territorio nuevo.
—Mamá —dijo, con un tono que intentaba sonar casual, pero que delataba cierta energía contenida—, hay algo que he estado pensando.
Pilar se enderezó en la silla. Esa frase, dicha así, en ese momento, le produjo un cosquilleo incómodo que le recorrió la espalda.
—¿Algo? —preguntó, tratando de que su voz no sonara tan precavida como se sentía.
Ana apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos. El gesto le daba un aire de concentración, casi de planeación.
—Todo esto del tema de las cosquillas… —comenzó, y en sus labios se dibujó una sonrisa pequeña, un poco traviesa, pero contenida—. No sé cómo decirlo sin que suene raro, pero… me ha gustado explorarlo.
Pilar sintió que el corazón le daba un vuelco. No supo si era alivio o preocupación lo que le apretaba el pecho.
—¿Explorarlo? —repitió, con la voz un poco más aguda de lo normal.
—Sí. Al principio era solo por la plata, tú sabes. Pero después de lo de hoy… cuando las tenía a ustedes ahí, cuando vi que podía hacerlas reír hasta que no aguantaban más… no sé. Fue como si hubiera algo que siempre había estado ahí, dormido, y de repente despertó.
Pilar tragó en seco. La imagen de su hija con los cepillos y las plumas, moviéndose entre ella y Priscila con esa calma que ahora le parecía tan calculada, volvió a su memoria con una claridad incómoda.
—Ana, ¿de qué estás hablando? —preguntó, con un hilo de voz.
Ana se recostó en la silla otra vez, pero sus ojos no se apartaron de los de su madre.
—Tranquila, mamá. No te voy a volver a atar a una silla. Al menos no si no quieres.
—No es eso —dijo Pilar, aunque en el fondo era exactamente eso—. Es que… no sé, mija. Me preocupa que esto se te esté subiendo a la cabeza. Lo que hiciste con nosotras hoy fue… bueno, fue una cosa. Pero ¿hasta dónde quieres llegar con esto?
Ana se quedó pensando un momento. Se mordió el labio inferior, ese gesto que tenía desde niña cuando estaba armando alguna travesura, y Pilar reconoció de inmediato la señal.
—Eso es justo lo que quería hablarte —dijo Ana, bajando un poco la voz, como si lo que venía a continuación fuera un secreto—. Tengo unas ideas.
—¿Ideas? —Pilar sintió que la palabra le raspaba la garganta.
—Sí. Mira, en la universidad he conocido muchas chicas que están pasando por lo mismo que nosotras. Que no saben cómo pagar el siguiente semestre, que están trabajando en cosas que no les gustan, que viven con la angustia de no saber si van a poder terminar la carrera. Hay una de mi curso de Psicología que está vendiendo postres en la noche para poder comer al día siguiente. Otra de Ingeniería está pensando en retirarse porque no le alcanza para el transporte.
Pilar asintió, porque eso lo sabía. Lo sabía demasiado bien.
—Y bueno —continuó Ana, con una calma que empezaba a parecer demasiado ensayada—, pensé que si a nosotras nos pagaron por esto, y si a ti te ofrecieron más dinero por mí… pues debe haber más personas que estarían dispuestas a hacerlo.
Pilar sintió que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones.
—Ana…
—No digas nada todavía —la interrumpió Ana, con un gesto suave pero firme—. Solo escúchame. Lo que yo estoy pensando no es llevarlas donde Priscila. Eso ya lo conocemos. Lo que pienso es… bueno, ¿por qué no hacerlo nosotras mismas?
El silencio que siguió fue tan denso que Pilar pudo oír el zumbido de la nevera en la cocina.
—¿Nosotras? —preguntó, en un susurro.
Ana asintió, con esa sonrisa que no había perdido del todo, pero que ahora se mezclaba con una seriedad que Pilar no recordaba haberle visto antes.
—Tú sabes cómo funciona todo. Conoces los puntos, las técnicas, lo que buscan. Yo ya sé cómo se siente estar del otro lado. Y también sé cómo se siente tener el control. Lo que estoy pensando es simple: si hay personas que necesitan dinero, y hay personas que estarían dispuestas a pagar por… bueno, por este tipo de experiencias, ¿por qué no ser nosotras las que conectemos esas dos cosas?
Pilar se quedó mirando a su hija. En su cabeza, las ideas chocaban entre sí como en un juego de pinball. La imagen de Ana de niña, con sus mochilas de colores y sus trenzas desordenadas, se mezclaba con la de la mujer que ahora le hablaba de coordinar sesiones de cosquillas como si estuviera planeando un evento académico.
—¿Qué te parece la idea? —preguntó Ana, inclinando la cabeza con un gesto que intentaba ser neutral, pero que delataba una ansiedad contenida.
Pilar se pasó las manos por el rostro. Se quedó así unos segundos, con los ojos cubiertos, como si detrás de los párpados pudiera encontrar las palabras que no le salían.
—Mija —dijo al fin, bajando las manos—, ¿tú te estás escuchando?
—Sí.
—¿Y no te das cuenta de lo que estás diciendo?
—Claro que me doy cuenta.
—Estás hablando de… de conseguir personas para que otras les hagan cosquillas por dinero. Eso es… eso es…
Pilar no encontraba la palabra. Quería decir «proxenetismo», pero sabía que no era exactamente eso. Quería decir «explotación», pero tampoco era eso. Quería decir «estás hablando de convertirte en Priscila», y esas palabras se le atoraron en la garganta porque eran las más ciertas y las más aterradoras.
Ana esperó. No se impacientó. No se puso a la defensiva. Se quedó ahí, sentada, con las manos sobre la mesa, esperando a que su madre terminara de ordenar sus pensamientos.
—Mamá —dijo, cuando el silencio empezaba a pesar demasiado—, yo no estoy hablando de obligar a nadie. Tampoco de engañarlas. Lo que nos pasó a nosotras fue que nos metieron en algo sin decirnos toda la verdad. Eso no me gustó. Eso no lo haría.
—¿Entonces qué harías? —preguntó Pilar, con la voz rota.
—Hablar claro. Decirles exactamente de qué se trata, cuánto pagan, qué esperan de ellas. Y dejar que cada una decida. Así de simple.
—¿Así de simple?
Ana se encogió de hombros.
—Nada es simple. Pero al menos sería honesto.
Pilar la miró largamente. En el rostro de su hija no vio maldad. Eso era lo que más la desconcertaba. Vio determinación, sí. Vio una inteligencia fría que nunca antes había notado con tanta claridad. Pero maldad, no.
Y eso, de alguna manera, la aterraba aún más.
—¿Y Priscila? —preguntó, buscando un asidero—. ¿Qué va a decir Priscila cuando se entere de que le estás… cómo se dice… moviendo el piso?
Ana sonrió. Por primera vez en toda la conversación, su expresión se suavizó, y por un momento fue la misma hija que le pedía que le pintara las uñas o que la llevara al centro comercial.
—Priscila es un tema aparte —dijo, con un tono que sonaba casi distraído—. Pero yo creo que ella y yo podemos llegar a algún tipo de acuerdo. Después de todo, hoy se dio cuenta de que yo también sé jugar.
Pilar sintió que de su pecho escapaba un suspiro que no sabía que había estado conteniendo.
—Ana, por favor —dijo, y esta vez no pudo evitar que le temblara la voz—. Esto es más grande de lo que crees. No es un juego.
—No, mamá —respondió Ana, y sus ojos se encontraron con los de Pilar con una firmeza que la obligó a sostener la mirada—. No es un juego. Es una oportunidad.
Pilar no supo cuánto tiempo estuvieron en silencio después de esas palabras. Ana no insistió. Se levantó de la mesa, llevó su taza al lavabo, la enjuagó con movimientos lentos, casi ceremoniales. Cuando terminó, se secó las manos en un trapo de cocina y se apoyó contra el mesón, con los brazos cruzados.
—Mamá —dijo, como si retomara una conversación que nunca había interrumpido—, ¿dónde guardaste los sobres?
Pilar parpadeó. El cambio de tema la tomó por sorpresa.
—¿Los sobres?
—El dinero. El que te pagaron a ti. El que me pagaron a mí. Hay que juntarlo todo.
—¿Ahora?
—¿Por qué no ahora?
Pilar se quedó mirándola. Su hija tenía razón, por supuesto. El dinero estaba ahí, en algún lugar del apartamento, esperando. Pero la idea de sacarlo, de ponerlo sobre la mesa, de contarlo juntas… eso le daba una materialidad a todo lo que habían estado hablando que la hacía sentir incómoda.
—Está en el armario de mi habitación —dijo al fin, levantándose con cierta lentitud—. En la caja de zapatos donde guardo las facturas.
—Yo voy por el mío —dijo Ana, y desapareció en dirección a su cuarto.
Pilar caminó hacia su habitación con pasos que le parecieron más pesados que de costumbre. Abrió el armario, movió la pila de jeans que tenía encima, y sacó la caja de zapatos beige que había escondido allí después de la primera sesión, cuando aún creía que todo había terminado. La abrió. Dentro había dos sobres de manila: uno más delgado, de su primera participación, y otro más grueso, del día en que había aceptado traicionar a su hija.
Los tomó con ambas manos, como si pesaran más de lo que realmente pesaban, y regresó a la sala.
Ana ya estaba allí. Sobre la mesa había un sobre más pequeño, de color amarillo, el que le habían dado después de su primera sesión en solitario. Lo sostenía con la punta de los dedos, como si no quisiera tocarlo del todo.
—¿Lista? —preguntó Ana, mirando a su madre.
Pilar asintió y dejó sus dos sobres junto al de Ana.
—Vamos a vaciarlos —dijo Ana, y sin esperar respuesta, rasgó la solapa de su sobre y lo volcó sobre la mesa.
Los billetes cayeron en un montón desordenado. Algunos eran de alta denominación, otros más modestos, pero todos juntos formaban una cantidad que, a simple vista, ya superaba lo que Pilar había imaginado.
—Ahora los tuyos —dijo Ana, con un tono que no era una orden, pero tampoco una sugerencia.
Pilar tomó su sobre más delgado, el primero, y lo vació. Luego el otro, el grueso, y por un momento sintió que los billetes no terminaban de salir. Caían en cascada sobre la mesa, mezclándose con los de Ana, formando una pequeña montaña de papel moneda que bajo la luz de la lámpara parecía brillar.
Las dos se quedaron mirando la montaña. Luego, casi al mismo tiempo, se miraron la una a la otra.
—Hay que contarlo —dijo Ana, y ya estaba separando los billetes por denominación con una agilidad que Pilar no recordaba haberle visto antes.
Se sentaron frente a frente, como hacían cuando Ana era niña y contaban las monedas de la alcancía para comprar un helado. Pero ahora no eran monedas. Ahora eran decenas, cientos de billetes que pasaban de una mano a otra, que se iban ordenando en pilas sobre la mesa.
Pilar contaba en voz baja, casi sin darse cuenta. «Diez, veinte, treinta…» y luego otra pila, y otra. Ana hacía lo mismo, pero más rápido, como si llevara días practicando ese gesto.
Cuando terminaron, el silencio volvió a instalarse. Las pilas de billetes cubrían buena parte de la mesa. Pilar hizo un cálculo rápido con los ojos, luego otro con los dedos, y el resultado la dejó sin aliento.
—Ana —dijo, con la voz quebrada—, esto es…
—Mucho —completó Ana, con una sonrisa que no era de triunfo, sino de algo más parecido a la incredulidad—. Es mucho.
Pilar pasó la mano por encima de una de las pilas, como si necesitara tocar los billetes para creer que estaban ahí.
—¿Cuánto calculas? —preguntó.
Ana frunció el ceño, moviendo los labios mientras hacía la suma mental.
—El semestre en la universidad, con todo y libros, vale como… un millón y medio, ¿no?
—Más o menos —asintió Pilar, aunque en realidad eran casi dos millones.
Ana señaló las pilas con un gesto amplio.
—Esto es… mira, esto debe ser como… diez, quince veces eso. Tal vez veinte.
—No puede ser —dijo Pilar, pero mientras lo decía ya estaba haciendo la cuenta, y los números no le mentían.
—Puede ser y es —respondió Ana, con una calma que desmentía la magnitud de lo que acababan de descubrir.
Por un momento, ninguna de las dos habló. Los billetes estaban ahí, extendidos sobre la mesa, ofreciendo posibilidades que hasta hacía unas horas habrían parecido absurdas.
Ana fue la primera en reaccionar. Se recostó en la silla, con los brazos cruzados, y sus ojos recorrieron las pilas como si estuviera haciendo un mapa.
—Con esto —dijo despacio—, con esto nosotras mismas podemos montar nuestro propio negocio.
Pilar levantó la mirada hacia ella.
—¿Nuestro propio negocio?
—Sí. O sea, ya sabemos cómo funciona. Sabemos qué buscan, cómo hacerlo, qué necesitan las personas que participan. ¿Por qué tendríamos que seguir dependiendo de Priscila?
Pilar sintió que la cabeza le daba vueltas.
—¿Montar un negocio de qué, exactamente?
—De cosquillas —dijo Ana, con la misma naturalidad con la que otra persona diría «una panadería» o «una tienda de ropa»—. Pero bien hecho. Con un espacio adecuado, con reglas claras, con condiciones dignas para las chicas que quieran participar.
—¿Un espacio adecuado? —repitió Pilar, como si las palabras fueran un idioma extranjero.
—El sótano —dijo Ana, señalando hacia el piso con un movimiento de cabeza—. Está vacío, es grande, se puede adecuar sin problema. Pondríamos una camilla buena, tal vez dos. Buena iluminación, tal vez un sistema de sonido para que no se escuche tanto hacia afuera. Cosas así.
Pilar la miró con los ojos muy abiertos. No podía creer que su hija, su hija que hasta hacía unos meses solo se preocupaba por sus notas y sus trabajos en grupo, estuviera describiendo la adecuación de un sótano para sesiones de cosquillas con la precisión de un contratista.
—Ana, ¿tú te has puesto a pensar en todo esto antes de ahora?
Ana tardó un segundo en responder. Cuando lo hizo, sus ojos se desviaron hacia la mesa, hacia el dinero, como si buscara allí las palabras.
—Tal vez —admitió—. No con todos estos detalles, pero… sí. Desde que me hicieron cosquillas a mí, desde que supe lo que se sentía estar atada a esa camilla, empecé a darle vueltas. Y cuando me tomé mi revancha con ustedes, todo se volvió más claro.
Pilar quiso decir algo, pero las palabras no le salían. En su cabeza se acumulaban imágenes: el sótano vacío, las camillas, las chicas de la universidad, los billetes sobre la mesa. Y en medio de todo eso, el rostro de Priscila.
—¿Y qué hacemos con ella? —preguntó al fin, con la voz que apenas era un susurro—. Con Priscila. Tú sabes que ella no se va a quedar de brazos cruzados viendo cómo le hacemos competencia. Y menos sabiendo que fue ella quien nos… quien nos introdujo en todo esto.
Ana no respondió de inmediato. Se llevó la mano a la barbilla, ese gesto que Pilar conocía bien: su hija no estaba evitando la pregunta, la estaba procesando, buscándole los bordes.
—Priscila —dijo al fin, con una lentitud que hizo que cada sílaba pesara— es un tema. Sí. No podemos ignorarla.
—No podemos ignorarla —repitió Pilar—. Ana, esa mujer no es cualquiera. Tiene contactos, tiene experiencia, tiene… no sé cómo decirlo… una forma de hacer las cosas que no es precisamente ética.
Ana asintió, con la cabeza ladeada.
—Lo sé. Por eso no podemos enfrentarla directamente. Al menos no así.
—¿Entonces cómo?
—Todavía no lo sé —admitió Ana, y en su voz hubo por primera vez en toda la conversación un atisbo de incertidumbre—. Pero sí sé algo: ella nos necesita tanto como nosotras la necesitamos a ella.
—¿Cómo así?
Ana se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, con cuidado de no tocar los billetes.
—Priscila disfruta haciendo esto. Le gusta tener el control, le gusta ver cómo las personas se retuercen de risa. Eso es evidente. Pero también es una mujer de negocios. Si nosotras le mostramos que podemos hacer esto bien, que podemos conseguir más chicas, más clientes, más dinero… ¿por qué se opondría?
—Porque le estaríamos quitando el control —dijo Pilar, con una claridad que la sorprendió a sí misma.
Ana la miró y, por un momento, hubo algo en sus ojos que Pilar no supo interpretar. ¿Admiración? ¿Reconocimiento? ¿Complicidad?
—Sí —dijo Ana—. Ese es el punto. Pero también podemos ofrecerle algo que ella no tiene.
—¿Qué?
—La universidad. Las chicas. Ella tiene el dinero, pero no tiene acceso fácil a mujeres jóvenes que estén dispuestas a hacer esto. Nosotras sí. Nosotras estamos ahí todos los días. Sabemos quiénes están pasando necesidad, quiénes buscarían una oportunidad así. Eso vale algo.
Pilar se quedó pensando. La lógica de Ana era fría, calculada, pero no por eso menos sólida.
—¿Estás hablando de hacer una sociedad con ella?
—Estoy hablando de negociar —corrigió Ana—. De poner nuestras cartas sobre la mesa y ver qué pasa. Ella tiene el espacio, tiene la experiencia, tiene los clientes. Nosotras tenemos el talento, tenemos el acceso a las chicas, y ahora también tenemos capital.
Señaló los billetes con un gesto de la mano.
—Esto nos da poder de negociación, mamá. No estamos llegando con las manos vacías.
Pilar se recostó en la silla y cerró los ojos. Por un momento, todo fue oscuridad y el zumbido lejano de la nevera. Cuando los abrió, Ana seguía ahí, esperando, con esa paciencia que le había enseñado desde pequeña.
—Mija —dijo Pilar, con la voz más suave de lo que pretendía—, ¿estás segura de que quieres esto? Porque una vez que empecemos, no va a haber vuelta atrás. No es como lo de hoy, que fue una revancha y ya. Esto es… esto es construir algo.
—Lo sé.
—Y no es cualquier cosa. Es un negocio alrededor de… de esto. De lo que nos pasó. De lo que te hicieron. De lo que yo te hice.
Ana bajó la mirada hacia la mesa, hacia el dinero, y por un instante Pilar vio algo que no había visto en toda la noche: duda. Inseguridad. El fantasma de la niña que alguna vez fue.
—¿Tú qué opinas, mamá? —preguntó Ana, y esta vez no era la mujer que planeaba estrategias, era la hija que pedía la bendición.
Pilar tomó aire. Lo soltó despacio.
—Yo opino —dijo, con cuidado— que tu idea no es mala. Que tiene sentido. Que el dinero está aquí, que el sótano está vacío, que las chicas existen. Pero también opino que Priscila no es alguien a quien se le pueda tomar a la ligera. Ella nos mostró quién es. Y nosotras le mostramos quiénes somos. Pero eso no significa que vaya a querer compartir el poder.
Ana asintió, con la cabeza baja.
—Entonces —dijo Pilar, enderezándose en la silla—, si vamos a hacer esto, tenemos que hacerlo bien. Con un plan. Con reglas. Y con una forma de manejar a Priscila que no nos ponga en una posición de debilidad.
Ana levantó la mirada. En sus ojos, la duda había sido reemplazada por algo más parecido a la determinación, pero más tranquila. Más madura.
—¿Y si la invitamos a participar desde el principio? —propuso—. No como nuestra jefa. Como socia. Con las cosas claras desde el día uno.
Pilar frunció el ceño.
—¿Y ella aceptaría?
—No lo sé —admitió Ana—. Pero si no acepta, al menos sabremos a qué atenernos. Y si acepta… bueno, entonces tendremos que asegurarnos de que las reglas las ponemos nosotras.
—¿Tú crees que ella estaría dispuesta a ceder el control?
Ana sonrió. No era una sonrisa amplia, pero tenía algo que Pilar reconoció de inmediato: era la sonrisa de alguien que ya ha ganado una batalla y está pensando en la siguiente.
—Ella también tiene su debilidad, mamá. Le gusta esto. Le gusta mucho. Si nosotras le ofrecemos más de lo que puede conseguir sola… ¿por qué diría que no?
Pilar se quedó mirando a su hija. En el fondo, sabía que tenía razón. También sabía que el camino que estaban a punto de tomar no era recto, ni fácil, ni estaba libre de riesgos. Pero cuando miró los billetes sobre la mesa, cuando pensó en el sótano vacío, cuando imaginó a su hija moviéndose con esa seguridad que antes no tenía, sintió algo que no había sentido en meses: esperanza.
No una esperanza ingenua, sino algo más sólido. Más real.
—Está bien —dijo al fin—. Hablemos con Priscila. Pero tú me dejas hablar a mí también, ¿sí? No vas a llegar con toda esa labia de psicóloga y a dejar a tu madre como si nada.
Ana soltó una risa baja, la primera risa genuina que Pilar le escuchaba en toda la noche.
—Prometido. Hablamos las dos. Como equipo.
—Como equipo —repitió Pilar, y la palabra le supo distinta en la boca. No a resignación. No a miedo. A algo que hacía tiempo no probaba.
Ana se levantó de la silla y empezó a recoger los billetes, apilándolos con cuidado, devolviéndolos a los sobres con la misma precisión con la que los había contado.
—Mañana —dijo, mientras cerraba el último sobre—, voy a buscar unas cotizaciones para adecuar el sótano. Paredes, iluminación, una camilla buena. Nada de esas correas de cuero que usaban ellas, eso se puede mejorar.
Pilar se quedó mirándola, con una mezcla de asombro y ternura.
—¿Y qué vamos a decir si alguien pregunta qué vamos a hacer allá abajo?
Ana se detuvo, con los sobres en la mano, y por un momento su expresión fue la de una niña atrapada en una travesura.
—Un estudio de relajación —dijo, con una sonrisa que ya no escondía nada—. Terapias alternativas. Algo así.
—¿Terapias alternativas? —Pilar levantó una ceja—. ¿Con cosquillas?
—Bueno, la risa es terapéutica —dijo Ana, encogiendo los hombros con un gesto que era puro cinismo y pura ternura a la vez—. Eso sí es verdad.
Pilar no pudo evitarlo. Se rió. Una risa corta, casi nerviosa, pero real.
—Mija, en serio. ¿En qué te has convertido?
Ana dejó los sobres sobre la mesa, se acercó a su madre y, por primera vez en toda la noche, la abrazó. No fue un abrazo de disculpa ni de reconciliación. Fue un abrazo de complicidad.
—En la persona que va a pagarte la universidad que no pudiste terminar —murmuró contra su hombro—. En la que va a hacer que nunca más tengas que mendigar trabajo en ningún lado.
Pilar sintió que los ojos se le llenaban de agua, pero no dejó que las lágrimas cayeran. Apretó el abrazo con más fuerza, como si con eso pudiera detener el tiempo, fijar ese momento en algún lugar seguro.
Cuando se separaron, Ana ya estaba otra vez con los sobres en la mano, encaminándose hacia la habitación de su madre para guardarlos.
—Mañana —dijo, desde el pasillo—, después de clases, voy a pasar por el sótano a ver bien las medidas. ¿Tú puedes comprar la pintura?
—¿La pintura?
—Para las paredes. Algo claro, que dé sensación de amplitud.
Y desapareció en la habitación, como si todo fuera perfectamente normal. Como si hablar de pintura para un estudio de cosquillas fuera lo más natural del mundo.
Pilar se quedó en la mesa, con las manos vacías y la cabeza llena de imágenes. El sótano vacío. Las camillas. Los billetes. La sonrisa de Ana. El rostro de Priscila, que no la abandonaba, que seguía ahí, al fondo, esperando.
Se levantó, apagó la luz de la cocina, y antes de irse a su habitación se detuvo un momento frente a la puerta del sótano. La puerta que daba a ese espacio oscuro, húmedo, lleno de cosas viejas y recuerdos olvidados.
Colocó la palma de la mano sobre la madera. No la abrió. Todavía no.
Pero la sintió. La sintió esperando también.
El sol entró por la ventana de la cocina como si nada hubiera pasado. Como si la noche anterior no hubiera dejado sobre la mesa decenas de billetes y planes que cambiaban el rumbo de sus vidas.
Pilar se despertó antes de que sonara el despertador. Se quedó un rato mirando el techo, con las manos sobre el estómago, sintiendo cómo la claridad de la mañana iba disolviendo las sombras de la noche. Había dormido mal, pero no del todo. El sueño había venido en oleadas, interrumpido por imágenes que se mezclaban: el rostro de Ana con la máscara, los billetes cayendo sobre la mesa, la puerta del sótano bajo su palma.
Se levantó, se puso la bata y salió al pasillo. La puerta del cuarto de Ana estaba entreabierta. La empujó con cuidado y vio que la cama estaba vacía, ya tendida, con las cobijas dobladas con esa pulcritud que su hija había aprendido de ella.
—¿Ana?
—En la cocina —respondió una voz que sonaba demasiado despierta para esa hora.
Pilar caminó hacia la cocina y encontró a Ana sentada a la mesa, con una libreta abierta frente a ella. Sobre la mesa, junto a una taza de café que ya llevaba media hora enfriándose, estaban los tres sobres.
—¿Ya los bajaste? —preguntó Pilar, señalando los sobres con un gesto de la barbilla.
—No los subí anoche —dijo Ana, sin levantar la mirada de la libreta—. Se quedaron en mi cuarto. Y esta mañana pensé que era mejor tenerlos aquí para hacer la lista.
—¿Lista?
Ana alzó la mirada. Tenía los ojos un poco hinchados, como quien también ha dormido a intervalos, pero su expresión era de una concentración total.
—La lista de lo que necesitamos para el sótano. Dijiste que ibas a comprar la pintura. Pero hay más cosas.
Pilar se sirvió un café, lo cargó de azúcar más de lo que solía, y se sentó frente a su hija. En la libreta, la letra de Ana llenaba ya una página entera, escrita con esa caligrafía menuda y ordenada que usaba para los apuntes de la universidad.
—Enséñame —dijo Pilar, acercando la libreta hacia sí.
La lista estaba dividida en secciones, cada una con un título subrayado con dos rayas.
Pintura y acabados
- Pintura blanca mate para paredes (10 galones, por si toca dar dos manos)
- Rodillos, bandejas, cinta de enmascarar
- Plástico para proteger el piso mientras se pinta
Ventanas
- Papel espejo adhesivo para las 3 ventanas pequeñas (medir bien)
- Silicona transparente para sellar bordes si queda necesario
Insonorización
- Paneles de espuma acústica (buscar los que tienen adhesivo, más fáciles de instalar)
- Burletes para la puerta que da al jardín
- Tal vez una segunda puerta o un panel móvil para el acceso desde la casa
Equipamiento
- Camilla ajustable (buscar una que sea cómoda pero resistente)
- Fundas para camilla (al menos 3, para ir cambiando)
- Bancos o taburetes bajos para quien hace las cosquillas
- Silla auxiliar (por si se necesita)
Limpieza y confort
- Toallas pequeñas
- Gel antibacterial
- Cremas y aceites (si se quieren ofrecer como parte de la experiencia)
Pilar recorrió la lista con el dedo, como si necesitara tocar cada palabra para creer que estaba ahí.
—Mija —dijo al fin—, esto es más de lo que imaginaba.
—Por eso es mejor hacerlo bien desde el principio —respondió Ana, tomando un sorbo de su café frío e hizo una mueca—. Si vamos a hacerlo, lo hacemos con condiciones dignas. Nada de esas camillas viejas que tenían ellas.
—¿Y todo esto cabe en el sótano?
—Ayer bajé a medir mientras tú dormías —dijo Ana, con una naturalidad que a Pilar le produjo escalofríos—. El espacio es de cuatro por cinco, más o menos. Suficiente para la camilla, un par de sillas y algo de espacio para moverse. Las ventanas dan al jardín, por eso el papel espejo es importante. No queremos que nadie pueda asomarse a ver qué pasa adentro.
—¿Y la insonorización?
—Las paredes son de bloque, eso ayuda. Pero con los paneles acústicos debería quedar bien. Tal vez reforzar la puerta. Lo que no quiero es que los vecinos se pregunten por qué hay risas que salen de un sótano a las tres de la tarde.
Pilar soltó una risa corta, más por el absurdo de la situación que por otra cosa.
—¿Y qué vamos a decir si preguntan?
Ana se encogió de hombros.
—Que estamos haciendo unas adecuaciones. Que es un espacio para trabajar desde casa. No es mentira del todo.
Pilar pasó la página de la libreta y vio que había más.
—¿Esto qué es?
—Presupuesto aproximado —dijo Ana, señalando los números con la punta del lápiz—. La pintura y los materiales son lo más barato. La camilla es lo caro, pero he visto unas en línea que no pasan de eso. El papel espejo y los paneles acústicos están en ese rango. En total, si compramos todo hoy, deberíamos gastar más o menos esto.
Pilar leyó la cifra y la comparó mentalmente con el dinero de los sobres. Era una fracción. Una fracción pequeña.
—Nos sobra bastante —dijo, casi sin querer.
—Exacto —respondió Ana, y en su voz había una satisfacción contenida, como quien ha resuelto un problema complicado—. Eso nos da margen para imprevistos. Y para pagarles a las chicas cuando empiecen.
—¿Ya pensaste en eso también?
—En eso he pensado toda la noche.
Pilar la miró. En la penumbra de la cocina, con la luz de la mañana empezando a filtrarse por la ventana, Ana parecía más joven y más vieja al mismo tiempo. Más joven porque tenía el rostro despejado, sin las máscaras que usaba en la universidad o con sus amigas. Más vieja porque en sus ojos había una claridad que no era propia de los diecinueve años.
—Está bien —dijo Pilar, levantándose—. Vámonos antes de que haga más calor.
El sol de las once de la mañana pegaba con fuerza cuando salieron de la ferretería. El maletero del BMW iba cargado hasta el borde: botes de pintura, rodillos, paneles de espuma enrollados, un rollo enorme de papel espejo, burletes, cinta, silicona. En el asiento de atrás, cuidadosamente acomodadas, iban las fundas para la camilla y un par de toallas de felpa blanca que Ana había elegido con una atención casi obsesiva.
—Creo que eso es todo —dijo Pilar, cerrando la puerta trasera.
—Falta la camilla —recordó Ana, revisando su teléfono—. La que vimos en línea la tienen en una tienda por el centro. Podríamos pasar antes de almorzar.
—¿Vas a meter una camilla en el carro?
—Ahí cabe. Si bajamos los asientos de atrás, sí.
Pilar la miró con una mezcla de incredulidad y orgullo. Su hija había pensado en todo.
Cuando llegaron a la tienda, la camilla estaba exactamente como en las fotos: estructura metálica negra, acolchado grueso, ajustable en tres posiciones. La vendedora, una mujer de unos cincuenta años con lentes de aumento colgando al cuello, las observaba con curiosidad mientras Ana la examinaba con la misma atención con la que un mecánico revisa un motor.
—Es para un espacio de terapia —explicó Ana, sin que nadie le hubiera preguntado—. Algo así como… masajes.
—Ah, claro —dijo la vendedora, asintiendo con una sonrisa profesional—. Mucha gente compra estas para sus consultorios. Son muy versátiles.
—Sí, eso he oído —respondió Ana, y Pilar tuvo que morderse el labio para no reírse.
Pagaron con billetes de los sobres, los mismos que la noche anterior habían estado extendidos sobre la mesa. La vendedora no hizo ningún comentario. Contó el dinero, emitió la factura y les ayudó a llevar la camilla hasta el carro.
Cuando cerraron la puerta trasera, con la camilla ocupando casi todo el espacio, Pilar se apoyó contra el vehículo y soltó un suspiro largo.
—¿Estás cansada? —preguntó Ana.
—No —respondió Pilar, y descubrió que era verdad—. Solo que nunca pensé que mi día de compras fuera a terminar con una camilla en el maletero.
Ana sonrió. No era la sonrisa traviesa de la noche anterior, sino algo más tranquilo. Más real.
—¿Te arrepientes?
Pilar se quedó pensando un momento. Miró el cielo despejado, el carro lleno de materiales, la camilla que asomaba por detrás, la hija que tenía al lado.
—No —dijo—. No me arrepiento.
Llegaron a casa pasadas las doce del mediodía. Descargaron todo en la entrada y lo fueron llevando al sótano en varios viajes. Pilar abrió la puerta y por un momento se quedaron las dos en el umbral, mirando el espacio vacío. Las telarañas en las esquinas, el olor a cerrado, la luz que entraba tenue por las ventanas pequeñas.
—Esto necesita una limpieza profunda antes de pintar —dijo Pilar.
—Lo sé. Eso lo hacemos esta tarde —respondió Ana, dejando los botes de pintura en el piso—. Pero primero hay que llamar a Priscila.
El silencio que siguió fue distinto a los de la noche anterior. No era tensión, era anticipación.
—¿La llamas tú o llamo yo? —preguntó Pilar.
—Yo —dijo Ana, sacando el teléfono del bolsillo—. Si la llamas tú, va a pensar que todavía te da miedo. Si llamo yo, va a saber que esto va en serio.
Pilar asintió. Se quedó apoyada contra el marco de la puerta mientras Ana marcaba el número y se alejaba unos pasos hacia el jardín.
Escuchó la conversación a medias. La voz de Ana, calmada, cordial. «Hola, Priscila, buenos días. Sí, todo bien, gracias.» Una pausa. «Quería invitarte a tomar algo a la casa, esta tarde, si puedes. Hay algo que queremos conversar contigo.» Otra pausa, más larga. «Sí, las dos. Es sobre un proyecto. Creo que te va a interesar.»
Cuando colgó, Ana regresó con el teléfono en la mano y una expresión que Pilar no supo leer del todo.
—Dice que sí. Que puede venir a las cuatro.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
Pilar sintió que el estómago se le encogía un poco, pero no dijo nada.
Las cuatro llegaron más rápido de lo que Pilar hubiera querido. El sótano estaba aún sin limpiar, los materiales apilados en una esquina, pero habían decidido que la conversación se haría arriba, en la sala, con café y unas galletas que Ana había comprado en la panadería de la esquina.
Cuando sonó el timbre, Pilar sintió que el corazón se le subía a la garganta. Ana fue a abrir, con una calma que parecía ensayada.
—Priscila, pasa —dijo, con una sonrisa que no era falsa, pero tampoco del todo sincera.
Priscila entró con pasos seguros. Vestía unos pantalones de lino color crema y una blusa de manga larga que le daba un aire elegante pero despreocupado. Su pelo rojo caía suelto sobre los hombros. Sus ojos recorrieron la sala con rapidez, como quien toma nota de todo sin hacer preguntas.
—Pilar, qué gusto verte —dijo, extendiendo la mano con naturalidad.
—Igualmente —respondió Pilar, sintiendo que su voz sonaba más ronca de lo normal.
Se sentaron en la sala. Ana sirvió el café en las tazas blancas que solo usaba cuando había visita, las que tenían los bordes dorados. Pilar notó que sus manos no temblaban. Su hija tenía las manos completamente quietas.
Priscila tomó un sorbo, se recostó en el sofá, y las miró a las dos con una curiosidad que intentaba disimular, pero que era evidente.
—Bueno —dijo, dejando la taza sobre la mesa—, no creo que me hayan invitado solo para tomar café. ¿De qué se trata?
Ana se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—Queremos proponerte algo —dijo, con una calma que Pilar reconoció como la misma que había usado la noche anterior, cuando hablaba de los billetes y del sótano—. Algo que creemos que puede ser bueno para todas.
—Suena interesante —respondió Priscila, arqueando una ceja—. Adelante.
Ana habló durante unos diez minutos. No fue un discurso ensayado, pero tampoco fue improvisado. Explicó lo que tenían en mente: el sótano acondicionado, la posibilidad de convocar a compañeras de la universidad que necesitaban dinero, la idea de ofrecer sesiones en condiciones dignas, con reglas claras, con transparencia desde el principio.
Priscila escuchó sin interrumpir. De vez en cuando sus ojos se desviaban hacia Pilar, como buscando una reacción, pero Pilar se mantuvo con el rostro neutro, las manos sobre las rodillas, como si fuera solo una espectadora.
Cuando Ana terminó, Priscila se quedó unos segundos en silencio. Luego soltó una risa baja, no burlona, sino más bien de reconocimiento.
—Mija —dijo, usando la misma palabra que Pilar le decía a Ana, y eso no pasó desapercibido para ninguna de las dos—, no te has quedado quieta desde la otra noche, ¿verdad?
—No —respondió Ana—. No me he quedado quieta.
Priscila asintió lentamente. Tomó otro sorbo de café, se recostó en el sofá otra vez, y las miró con una expresión que ya no era de curiosidad, sino de cálculo.
—La idea no es mala —dijo al fin—. De hecho, es bastante buena. El sótano de ustedes está bien ubicado, tienen acceso a las chicas de la universidad… eso es algo que yo no tengo tan fácil. Yo he tenido que buscar en otros lados, con personas que no siempre son las más confiables.
—Por eso pensamos que podíamos hacer algo mejor —dijo Ana.
—Mejor, sí —repitió Priscila, como probando la palabra—. Y más rentable, si se hace bien.
—Esa es la idea.
Priscila se quedó mirando a Ana con una intensidad que a Pilar le recordó a la primera vez que la vio en la oficina, cuando la estaba atando a la camilla. Pero ahora no había correas ni camilla. Ahora había café en tazas con bordes dorados y una propuesta sobre la mesa.
—Está bien —dijo Priscila, enderezándose—. Digamos que me interesa. ¿Cuál sería mi papel en todo esto?
Ana no dudó.
—Socia.
—¿Socia?
—Socia. Con voz y voto. Pero no eres la única.
Priscila sonrió. No era una sonrisa amplia, pero tenía filo.
—Entiendo. ¿Y qué porcentaje me ofreces?
Ana se recostó en el sofá, imitando la postura de Priscila, y por un momento las dos se miraron como dos jugadores de ajedrez evaluando el tablero.
—Veinticinco por ciento —dijo Ana.
El silencio que siguió fue de esos que se pueden cortar con un cuchillo. Pilar contuvo la respiración.
Priscila no se movió. Su expresión no cambió. Pero sus ojos se entrecerraron apenas, un milímetro, y eso fue suficiente para que Pilar sintiera que el aire se volvía más denso.
—Veinticinco —repitió Priscila, con una voz que no delataba nada.
—Veinticinco —confirmó Ana—. Eso es lo que te ofrecemos. Lo tomas o lo dejas.
Priscila la miró largamente. Luego desvió la mirada hacia Pilar, que seguía con las manos sobre las rodillas, sin atreverse a respirar.
—¿Y tu madre qué opina de esto? —preguntó Priscila, con un tono que pretendía ser casual, pero que no lo era del todo.
Pilar sintió el peso de las dos miradas. Por un momento quiso decir algo diplomático, algo que suavizara la cifra, que dejara espacio para la negociación. Pero recordó la noche anterior. Recordó los billetes sobre la mesa. Recordó la puerta del sótano bajo su palma. Recordó la voz de Ana diciendo «como equipo».
—Opino —dijo Pilar, con una voz que le salió más firme de lo que esperaba— que veinticinco es justo. Que lo tome o lo deje.
Priscila se quedó mirándola, y por un instante Pilar creyó ver algo en sus ojos que no era enojo ni sorpresa. Era algo más parecido al respeto.
Luego, Priscila soltó una risa. Esta sí era amplia, genuina, como si acabara de escuchar un chiste que llevaba días esperando.
—Bueno —dijo, levantándose del sofá con una lentitud estudiada—. Me llevaré su oferta a pensar. Pero les adelanto que veinticinco no me parece descabellado.
Ana se levantó también, con la misma calma.
—No es una oferta —dijo, con una sonrisa que era pura cordialidad—. Es lo que hay.
Priscila la miró y, por un momento, Pilar vio en la expresión de la pelirroja algo que no sabía cómo interpretar. ¿Admiración? ¿Advertencia? ¿Reconocimiento de que el tablero había cambiado de dueño?
—Me gusta cómo piensas, Ana —dijo Priscila, recogiendo su bolso—. Te voy a dar una respuesta mañana. Pero sea cual sea mi respuesta, esto no va a terminar acá. Eso te lo aseguro.
—Lo sé —respondió Ana, abriendo la puerta—. Por eso mismo queremos que estés del lado correcto cuando empiece.
Priscila se detuvo un momento en el umbral. Miró a Pilar, que seguía sentada en el sofá, y luego a Ana, que sostenía la puerta con la mano derecha mientras con la izquierda señalaba la salida.
—Hasta mañana, chicas —dijo Priscila, y en su voz había algo que sonaba casi como una promesa.
La puerta se cerró con un clic suave.
Ana se quedó unos segundos apoyada contra ella, con los ojos cerrados. Cuando los abrió, Pilar ya estaba de pie.
—¿Crees que acepte? —preguntó Pilar, con la voz más baja de lo que pretendía.
Ana caminó hacia la mesa, recogió las tazas, y las llevó a la cocina. Pilar la siguió.
—No lo sé —dijo Ana, mientras abría el grifo y dejaba que el agua corriera sobre la loza—. Pero si no acepta, ya sabemos qué hacer.
—¿Qué?
Ana cerró el grifo, secó sus manos en el trapo de cocina, y se volteó hacia su madre. En sus ojos ya no había duda ni incertidumbre. Solo esa claridad que Pilar había visto la noche anterior, cuando vaciaron los sobres sobre la mesa.
—Montarlo nosotras solas —dijo—. Priscila no es la única que sabe hacer esto.
Pilar se quedó mirándola. El agua seguía goteando de la taza que Ana había dejado sobre el escurridor. Afuera, el sol de la tarde empezaba a inclinarse hacia el poniente.
—Mija —dijo Pilar, y en su voz había algo que no sabía si era orgullo o vértigo—, ¿en qué te has convertido?
Ana sonrió. No era la sonrisa de la noche anterior, la de la revancha. Era una sonrisa más tranquila, más segura.
—En alguien que aprendió —respondió—. En alguien que ya no va a dejar que nadie más decida por ella.
Pilar sintió que algo se le desprendía en el pecho. No era miedo. Era otra cosa. Era el peso de los años de angustia, de las facturas acumuladas, de las noches sin dormir, cayendo por fin al suelo.
—Está bien —dijo, y esta vez lo dijo sin reservas—. Hagámoslo.
Ana asintió. Se acercó a su madre y, por un momento, se quedaron las dos en medio de la cocina, con las manos todavía húmedas, con el olor del café en el aire, con el peso de lo que acababan de hacer instalándose entre ellas como una certeza.
Afuera, el sol seguía su curso. Adentro, la vida empezaba a parecerse a otra cosa.
El mensaje llegó al día siguiente, cuando el sol empezaba a filtrarse por las ventanas de la sala. Ana estaba en el sofá, repasando la lista de materiales para el sótano, cuando el teléfono vibró en su mano.
Priscila: Hola, Ana. Me gustaría que pasaras por mi oficina para conversar sobre tu propuesta. ¿Puedes venir hoy a las 3?
Ana leyó el mensaje dos veces. No había nada extraño en él. Era el mismo tono cordial que Priscila usaba siempre, ese que mezclaba la formalidad de una ejecutiva con la confianza de alguien que ya había compartido situaciones incómodas con otra persona.
—¿Quién es? —preguntó Pilar desde la cocina, donde estaba organizando las fundas de la camilla recién lavadas.
—Priscila. Quiere que vaya a su oficina a hablar de la oferta.
Pilar asomó la cabeza por el marco de la puerta. En su rostro había una mezcla de alivio y aprensión.
—¿Vas a ir?
—Claro. Esto hay que cerrarlo.
—¿Quieres que te acompañe?
Ana levantó la mirada del teléfono y sonrió.
—No, mamá. Esto lo tengo yo.
Pilar quiso decir algo más, pero se contuvo. En lugar de eso, asintió y volvió a la cocina.
La oficina de Priscila estaba en el mismo edificio de siempre, en ese barrio tranquilo donde las calles parecían más anchas de lo necesario. Ana llegó en su bicicleta, con quince minutos de anticipación. Dejó la bicicleta apoyada contra la pared, se ajustó la mochila al hombro, y tocó el timbre con la seguridad de quien ya ha estado ahí antes.
Marilyn abrió la puerta. Su sonrisa era la misma de siempre: dulce, profesional, con ese toque de calidez que la hacía parecer inofensiva.
—Hola, Ana. Pasa, por favor. Priscila te está esperando.
—Gracias, Marilyn.
El pasillo estaba igual que la última vez. Las mismas luces tenues, las mismas puertas cerradas, ese olor a limpio que tenía algo de artificial. Ana caminó con paso firme, sin dudar. Cuando llegó a la sala principal, la puerta estaba abierta.
Priscila estaba de espaldas, ajustando unos papeles sobre un escritorio. Llevaba un vestido negro de manga larga y el cabello recogido en un moño bajo.
—Pasa, siéntate —dijo, sin voltearse—. En un momento estoy contigo.
Ana entró y se quedó de pie en medio de la habitación. Miró a su alrededor. La mesa de torturas seguía en el centro, pero ahora estaba cubierta con una sábana blanca que le daba un aire casi clínico. Las correas seguían ahí, a la vista, esperando.
—¿No te sientas? —preguntó Priscila, volteándose al fin.
—Prefiero esperar de pie.
Priscila sonrió. Era una sonrisa que Ana ya conocía: la de la calculadora, la que mide antes de actuar.
—Como quieras.
Se acercó lentamente, con las manos en los bolsillos del vestido, y se detuvo a un par de metros de Ana.
—Te tengo que decir que tu propuesta me pareció… interesante. Muy interesante, de hecho.
—Me alegra.
—Pero —continuó Priscila, dando un paso más—, antes de darte una respuesta, quería conversar un par de cosas contigo. En privado. Sin tu madre.
—Estamos conversando —dijo Ana, sin moverse.
—Sí. Pero me gustaría que lo hiciéramos en un ambiente más… cómodo. ¿Te parece si nos sentamos?
Señaló hacia la mesa camilla, la que estaba cubierta con la sábana blanca. Ana sintió un escalofrío que recorrió su espalda, pero no se movió.
—Prefiero seguir de pie.
Priscila arqueó una ceja. Dio otro paso.
—Ana, Ana… ¿todavía desconfías de mí? Después de todo lo que hemos compartido.
—No desconfío —respondió Ana, con la voz firme—. Solo estoy cómoda donde estoy.
Priscila se detuvo. Por un momento, las dos se miraron en silencio. Luego, Priscila soltó una risa baja y negó con la cabeza.
—Sabes, me gusta cómo manejas esto. De verdad. Pero también me gusta cuando te desarmas.
Y antes de que Ana pudiera reaccionar, Priscila silbó dos veces. Un silbido corto, seco, que pareció flotar en el aire.
De las puertas laterales, que Ana no había visto, salieron Marilyn, Ling Ling y Joyce. Las tres avanzaron con paso rápido, sin titubear. Ana dio un paso atrás, pero ya era tarde.
Joyce la agarró por el brazo izquierdo. Ling Ling por el derecho. Marilyn se colocó detrás de ella, sujetándola por los hombros.
—¡Suéltame! —exclamó Ana, forcejeando con todas sus fuerzas.
—Tranquila —dijo Priscila, con una calma que parecía burlona—. No te vamos a hacer nada que no te hayamos hecho antes. Solo quiero que recordemos cómo empezó todo esto.
—¡No voy a jugar a esto!
—No es un juego, Ana. Es una negociación. Y antes de que me digas que voy a aceptar el veinticinco por ciento, quiero que recuerdes quién tiene más experiencia en esto.
Entre las tres, la llevaron hacia la mesa camilla. Ana pataleó, retorciéndose, pero las tres mujeres eran más fuertes de lo que parecían. En menos de un minuto, la tenían acostada sobre la sábana blanca, con los brazos extendidos sobre la cabeza y las piernas juntas.
Priscila se acercó con las correas en las manos.
—No te voy a atar con estas —dijo, mostrándolas—. No las necesito.
Y entonces hizo un gesto. Marilyn, Ling Ling y Joyce se ubicaron alrededor de la camilla. Cada una en un punto estratégico.
—Vamos a conversar un rato —dijo Priscila, con una sonrisa que ya no escondía nada—. Y mientras conversamos, mis amigas te van a ayudar a relajarte.
—No me toques —dijo Ana, con los dientes apretados.
—Te voy a tocar, Ana. Te voy a tocar mucho. Y tú te vas a reír. Y cuando termines de reírte, voy a pensar si tu oferta me parece aceptable o no.
Ana abrió la boca para responder, pero no le dio tiempo.
Las manos de Joyce se clavaron en sus axilas con una precisión que parecía ensayada. Ana no pudo evitarlo: la risa le estalló desde el pecho, violenta, incontrolable.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡No! ¡Para!
Ling Ling atacó sus costillas con movimientos rápidos, los dedos encontrando cada espacio entre los huesos con una exactitud que solo la práctica podía dar. Ana se retorció sobre la camilla, pero las manos de Marilyn la mantenían sujeta por los hombros.
—¡Por favor! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡No puedo!
—Claro que puedes —dijo Priscila, observando desde el costado con los brazos cruzados—. Has aguantado más que esto.
Joyce bajó las manos hacia la cintura de Ana, justo donde el hueso de la cadera se une con el torso, y apretó con las yemas de los dedos. Ana soltó un grito que se convirtió en risa antes de terminar.
—¡AAAAHHHHHH! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡Detente!
Ling Ling cambió de posición y atacó los muslos, recorriéndolos con las uñas de arriba abajo con movimientos largos y sostenidos. Las piernas de Ana se sacudieron contra la camilla, pero no podía hacer nada para detenerlas.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡No más! ¡Por favor!
Priscila se acercó un poco más, inclinándose sobre Ana hasta que sus rostros estuvieron a pocos centímetros de distancia.
—¿Ves esto, Ana? Esto es lo que yo sé hacer. Esto es lo que yo he perfeccionado durante años. Tú apenas estás empezando.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Ya entendí! ¡JAJAJAJAJAJA!
—¿Entendiste qué? —preguntó Priscila, con una calma que contrastaba con el caos de risas.
—¡Que eres buena! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡Ya!
Priscila sonrió, pero no hizo el gesto para detenerlas. Al contrario, asintió hacia Marilyn, que hasta ese momento solo había estado sujetando los hombros de Ana.
Marilyn soltó a Ana, bajó hacia sus pies, y con movimientos rápidos le quitó los tenis. Los dejó caer al suelo con un golpe sordo. Luego, con la misma eficacia, deslizó las medias hacia abajo, liberando sus pies.
Ana sintió el aire frío de la habitación contra sus plantas y supo lo que venía.
—¡No! —gritó, retorciéndose con más fuerza—. ¡Ahí no!
—Ahí sí —dijo Priscila, con una sonrisa que ahora era pura malicia.
Marilyn y Ling Ling se agacharon a los pies de la camilla, cada una tomando un pie de Ana. Joyce mantuvo las manos sobre su cintura, presionando apenas, solo para que sintiera que no podía escapar.
Priscila se acercó a los pies descalzos de Ana, los observó un momento con una calma que parecía reverencial, y luego comenzó.
Usó solo las puntas de los dedos, recorriendo las plantas desde el talón hasta los dedos con una lentitud que convertía cada centímetro en una eternidad. Ana estalló en una risa que ya no tenía nada de controlada.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡No! ¡Por favor, no ahí! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Priscila no respondió. Se concentró en el arco de cada pie, ese punto que Ana sabía que era su perdición. Movía los dedos en círculos pequeños, lentos, encontrando cada terminación nerviosa con la precisión de un cirujano.
Las piernas de Ana se sacudían contra la camilla. Sus manos, que habían quedado libres, aporreaban la superficie a los costados. Pero las risas no se detenían.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡No aguanto! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Ya!
Marilyn y Ling Ling se sumaron al ataque. Sus uñas largas recorrieron los talones, los bordes externos de los pies, la base de los dedos. Ana perdió la capacidad de formar palabras. Solo salían de su boca carcajadas desgarradas, jadeos, el sonido de alguien que ha perdido todo control.
Priscila se detuvo un momento. Solo un momento. Ana aprovechó para tomar aire, pero el alivio duró menos de un segundo.
—Vamos a probar algo distinto —dijo Priscila, y entonces sus dedos se movieron con rapidez, recorriendo las plantas de los pies con movimientos cortos y veloces que parecían multiplicarse en cada centímetro.
Ana creyó que se iba a desmayar. La risa se le atragantaba en la garganta, mezclada con algo que sonaba como un sollozo. Las lágrimas le corrían por las mejillas.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Me rindo! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Lo que quieras! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Priscila alzó la mirada hacia ella. Sus manos no se detuvieron.
—¿Lo que yo quiera?
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Sí! ¡Lo que quieras! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
—¿Incluso si te digo que el veinticinco por ciento no me parece suficiente?
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡Lo que digas! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Priscila hizo una pausa. Sus manos quedaron quietas sobre las plantas de los pies de Ana, apenas apoyadas, como si estuvieran descansando.
—¿Estás segura de que vas a cumplir lo que estás diciendo? —preguntó, con la voz baja, íntima.
Ana jadeaba. Las lágrimas le corrían por las sienes. Sus pies temblaban bajo las manos de Priscila.
—Sí —logró decir, con la voz rota—. Sí, cumplo.
Priscila la miró un largo rato. Luego, lentamente, retiró las manos. Se incorporó, se ajustó el vestido, y les hizo un gesto a las otras tres para que se apartaran.
Marilyn y Ling Ling soltaron los pies de Ana. Joyce se alejó de la cintura. Ana quedó tendida sobre la camilla, con los brazos extendidos, los pies descalzos, la respiración entrecortada, las mejillas húmedas.
Priscila tomó una silla, la acercó a la camilla, y se sentó con las piernas cruzadas. Esperó en silencio hasta que la respiración de Ana empezó a regularse.
—¿Sabes qué, Ana? —dijo al fin, con una voz que ya no tenía rastro de burla—. Voy a aceptar tu oferta.
Ana giró la cabeza hacia ella, con los ojos todavía llorosos, la risa reemplazada ahora por un cansancio que le pesaba en los huesos.
—¿Qué? —preguntó, con la voz ronca.
—Acepto. El veinticinco por ciento. No voy a negociarlo.
Ana se quedó mirándola, tratando de procesar. El alivio se mezclaba con una rabia sorda que apenas empezaba a germinar.
—Pero —continuó Priscila, inclinándose hacia adelante—, quiero que quede claro algo. Esto no significa que te tenga miedo. Ni que me esté doblando ante ti. Esto significa que reconozco que tienes algo que yo no tengo. Y también significa que vas a tener que ganarte ese veinticinco por ciento todos los días. Porque si te descuidas, si crees que esto es tuyo por derecho propio, te voy a recordar quién te enseñó a jugar.
Ana cerró los ojos. Sintió los pies todavía sensibles, la risa aún resonando en algún rincón de su cabeza.
—Entendido —dijo, con la voz quebrada.
Priscila se levantó, caminó hacia la mesa donde estaban los papeles, y tomó una hoja. Regresó junto a Ana y la dejó sobre su pecho.
—Este es un borrador de acuerdo. Léelo cuando puedas. Si estás de acuerdo, firmamos. Y entonces empezamos a trabajar juntas.
Ana tomó la hoja con manos que todavía temblaban un poco. No la leyó. No en ese momento. Solo la sostuvo, sintiendo el papel entre los dedos.
—¿Puedo irme? —preguntó.
—Claro —dijo Priscila, con una sonrisa que ahora parecía casi amable—. Pero antes, quiero que sepas algo.
Ana la miró.
—Lo que hiciste con tu madre, esa revancha que te tomaste… eso me impresionó. Por eso estoy aceptando esto. Porque sé que tienes carácter. Pero también sé que te falta experiencia. Y eso es lo que yo voy a darte. Siempre y cuando no olvides quién manda aquí.
Ana se incorporó lentamente. Sus piernas se sentían como gelatina, y los pies le ardían al contacto con el piso frío. Marilyn le acercó los tenis, y ella se los puso con movimientos torpes, sin atarse los cordones del todo.
Cuando estuvo de pie, se enfrentó a Priscila. Su rostro estaba desencajado, las marcas de las lágrimas aún visibles, pero en sus ojos había algo que no era derrota.
—No voy a olvidar nada —dijo, con la voz todavía ronca—. Ni esto ni lo otro.
Priscila asintió, con un gesto que podía ser respeto o advertencia, o quizás las dos cosas.
—Me alegra oírlo.
Ana caminó hacia la puerta. Cada paso le recordaba la humillación de los últimos minutos, pero también le confirmaba algo: Priscila no la había derrotado. La había marcado, sí. Le había recordado quién tenía más años en esto. Pero no la había roto.
En el umbral, se detuvo un momento.
—¿Algo más? —preguntó Priscila, desde el fondo de la sala.
Ana se volteó. Su mirada recorrió a las cuatro mujeres: Priscila, Marilyn, Ling Ling, Joyce. Todas la observaban con expresiones que iban desde la curiosidad hasta el desafío.
—Solo una cosa —dijo Ana, con una voz que ya no temblaba—. La próxima vez que nos reunamos, será en mi territorio. Con mis reglas.
Y sin esperar respuesta, salió al pasillo, atravesó la recepción, y empujó la puerta de la calle.
Afuera, el sol de la tarde la golpeó en el rostro. Se apoyó contra la pared un momento, sintiendo el calor en la piel, la humedad de las lágrimas secándose en sus mejillas.
Tomó su bicicleta con manos que todavía temblaban un poco. Pedaleó sin pensar, dejando que el movimiento despejara su cabeza. En el bolsillo de su sudadera, el papel con el borrador del acuerdo crujía cada vez que daba una pedalada.
Llegó a su casa sin recordar el camino. Pilar estaba en la entrada, regando las macetas del jardín. Al verla, dejó la manguera y se acercó.
—¿Cómo te fue? —preguntó, con una mezcla de alivio y preocupación.
Ana se bajó de la bicicleta. Sus pies todavía le dolían un poco al apoyarse en el suelo.
—Aceptó —dijo, sacando el papel doblado del bolsillo—. Pero tuvimos una… conversación antes.
Pilar tomó el papel, lo desdobló, y leyó las primeras líneas. Luego levantó la mirada hacia el rostro de su hija: las mejillas aún un poco hinchadas, los ojos con un brillo que no era solo de cansancio.
—¿Estás bien?
Ana se quedó pensando un momento. Recordó las manos de Priscila en sus pies, la risa que no podía contener, las lágrimas que no pudo detener. Recordó también sus propias palabras en el umbral: la próxima vez será en mi territorio, con mis reglas.
—Voy a estarlo —respondió—. Vamos adentro. Hay que leer esto y empezar a planear.
Pilar la miró un momento, como si quisiera preguntar algo más. Pero no lo hizo. En lugar de eso, le pasó un brazo por los hombros, y las dos entraron a la casa.
La puerta se cerró detrás de ellas. Adentro, el sótano las esperaba, vacío, listo para transformarse.
El sol apenas empezaba a asomarse cuando Pilar bajó las escaleras con una taza de café en cada mano. Ana ya estaba en el sótano, de pie en medio del espacio vacío, con las manos en las caderas y la mirada recorriendo cada rincón.
—¿No dormiste? —preguntó Pilar, entregándole una de las tazas.
—Dormí —respondió Ana, tomando un sorbo—. Pero me desperté temprano. Quería ver el espacio con la luz de la mañana.
—¿Y qué tal se ve?
Ana hizo un gesto que no era ni de aprobación ni de rechazo.
—Se ve lo que es. Un sótano. Pero va a dejar de serlo.
Pilar recorrió el espacio con la mirada. Las paredes de bloque gris, el piso de cemento pulido pero manchado por años de humedad, las tres ventanas pequeñas que daban al jardín, cubiertas ahora con una lámina de plástico que habían puesto la noche anterior para que no se viera desde afuera. En una esquina estaban apilados los materiales que habían comprado el día anterior: los botes de pintura, los rodillos, los paneles acústicos, el rollo de papel espejo, las fundas de la camilla esperando en una bolsa aparte.
—Por dónde empezamos —dijo Pilar, dejando su taza sobre una caja.
—Limpiando —respondió Ana, señalando una escoba que había dejado apoyada contra la pared—. Todo esto tiene que barrerse y trapearse antes de pintar. Y las ventanas hay que lavarlas bien, para que el papel espejo quede firme.
—¿Tú quieres hacer eso ahora?
—No hay mejor momento que ahora.
Pilar sonrió. Tomó la escoba y empezó a barrer con movimientos amplios, llevando la tierra y el polvo acumulado hacia el centro del sótano. Ana fue por el trapeador y un balde con agua caliente que había dejado listo en la cocina.
Trabajaron en silencio durante la primera hora, compartiendo el espacio con la naturalidad de quien ha hecho esto muchas veces antes, aunque nunca en un sótano que iba a convertirse en un estudio de cosquillas. El sonido de la escoba raspando el cemento, el trapeador empapado deslizándose sobre el piso, el agua siendo escurrida una y otra vez.
Cuando terminaron, el sótano olía distinto. No a cerrado ni a humedad, sino a limpio, a jabón neutro, a algo que empezaba a ser otra cosa.
—Las ventanas —dijo Ana, señalando la primera con la barbilla.
Subieron las persianas de láminas de madera que habían estado cerradas por años, y la luz entró en tres haces difusos que iluminaron las motas de polvo todavía flotando en el aire. Las ventanas eran más pequeñas de lo que recordaban, cada una de unos sesenta centímetros de ancho por cuarenta de alto, colocadas a la altura de los ojos de una persona de pie.
Pilar mojó un trapo con agua y jabón y empezó a limpiar los vidrios. Ana hizo lo mismo con la segunda ventana. El sol de la mañana se iba filtrando a medida que el polvo desaparecía, y el sótano empezó a sentirse menos como una cueva.
—¿Tú crees que esto va a funcionar? —preguntó Pilar, mientras enjuagaba el trapo en el balde.
—¿El sótano?
—Todo. Lo que estamos haciendo.
Ana se detuvo un momento. Miró la ventana que acababa de limpiar, el vidrio ahora transparente mostrando un pedazo del jardín, las hojas verdes de un arbusto que crecía pegado a la pared exterior.
—Va a funcionar —dijo, con una seguridad que no necesitaba gritar para ser firme—. Porque lo estamos haciendo nosotras. Y porque lo estamos haciendo bien.
Pilar asintió. No dijo más.
Cuando las ventanas quedaron limpias y secas, Ana desenrolló el papel espejo sobre la mesa plegable que habían subido del sótano la noche anterior. Era un rollo grueso, de esos que se usan para dar privacidad sin perder luz, con un adhesivo que prometía no dejar residuos si alguna vez lo quitaban.
—Ayúdame con la primera —dijo Ana, cortando un trozo del tamaño de la ventana.
Colocaron el papel sobre el vidrio con cuidado, alisándolo con una regla de plástico para que no quedaran burbujas. El efecto fue inmediato: desde adentro, la luz seguía entrando, pero el jardín se había vuelto un reflejo borroso, como si alguien hubiera pintado el vidrio con un espejo.
—Desde afuera no se ve nada —dijo Pilar, asomándose por la ventana que daba al jardín—. Solo el reflejo del pasto y las plantas.
—Perfecto —respondió Ana, cortando el siguiente trozo.
En menos de una hora, las tres ventanas tenían su capa de papel espejo, ajustada en los bordes con una delgada línea de silicona transparente que Ana aplicó con la paciencia de quien está haciendo un trabajo definitivo.
El sótano ahora se sentía diferente. La luz entraba, pero lo que pasaba adentro se quedaba adentro.
La pintura fue lo que más tiempo tomó. Pilar había comprado un blanco mate, de esos que cubren bien sin necesidad de muchas manos, y las dos se turnaron para rodear las paredes mientras la otra preparaba los bordes con cinta de enmascarar.
—¿Sabes qué me gusta de este color? —dijo Ana, mientras pasaba el rodillo sobre una de las paredes.
—¿Qué?
—Que es neutral. No dice nada. Así que lo que pase acá adentro va a ser lo único que importe.
Pilar la miró desde la otra esquina, donde estaba pintando los bordes cerca de la puerta.
—Eso es muy de psicóloga.
Ana sonrió.
—Bueno, para eso estoy estudiando.
La conversación fluyó mientras trabajaban. Hablaron de la universidad, de las clases que iban a empezar en unas semanas, de una compañera de Ana que había llamado preguntando si sabían de algún trabajo de medio tiempo. Pilar contó que su hermana la había llamado la noche anterior, preguntando si necesitaba dinero, y cómo había tenido que inventar una excusa para no decir que acababan de gastar una buena suma en materiales para un sótano.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Ana, con curiosidad.
—Que estábamos remodelando. Que queríamos tener un espacio más bonito para cuando viniera la familia.
—Eso no es mentira.
—No —dijo Pilar, con una sonrisa—. No es mentida del todo.
Cuando terminaron la primera mano de pintura, el sótano ya no se parecía al espacio oscuro y olvidado de la noche anterior. Las paredes blancas reflejaban la luz de las ventanas, y el piso limpio parecía más grande de lo que recordaban.
—Hay que esperar a que seque antes de dar la segunda mano —dijo Pilar, revisando su reloj—. ¿Almorzamos?
—Sí —respondió Ana, dejando el rodillo sobre la bandeja de plástico—. Pero antes quiero ver cómo quedan los paneles acústicos.
Los paneles de espuma vinieron en cajas de cartón que habían dejado en la entrada la noche anterior. Eran piezas hexagonales de color gris claro, con una superficie texturizada que prometía absorber el sonido. Ana había leído sobre ellos en varios foros de acondicionamiento de espacios, y había elegido estos porque tenían adhesivo en la parte de atrás y no necesitaban herramientas especiales para instalarlos.
—¿Dónde los ponemos? —preguntó Pilar, sosteniendo uno de los hexágonos.
—En la pared que da hacia la casa —dijo Ana, señalando la pared más cercana a las escaleras—. Ahí es por donde más se filtraría el ruido.
Trabajaron en la distribución primero, colocando los paneles sobre la pared sin pegar para ver cómo quedaban. Ana quería que se viera ordenado, no como un estudio de grabación improvisado sino como algo pensado.
—Más separados —dijo, dando un paso atrás para evaluar—. Que no parezca que estamos cubriendo algo. Que parezca que estamos decorando.
Pilar sonrió. Su hija tenía razón, como siempre.
Cuando terminaron de pegarlos, la pared parecía un mosaico moderno, esos que se ven en oficinas de arquitectos o consultorios de terapia alternativa. Los hexágonos grises contrastaban con el blanco de las otras paredes, y el efecto visual era mucho más agradable de lo que Ana había imaginado.
—Quedó bonito —dijo Pilar, con genuina sorpresa.
—Quedó funcional —corrigió Ana—. Bonito es un extra.
Después de almorzar un sandwich rápido en la cocina, bajaron de nuevo al sótano. La segunda mano de pintura fue más rápida que la primera, porque ya no había que hacer bordes con tanto cuidado. Pilar se encargó de las paredes laterales mientras Ana repasaba la del fondo, la que estaba frente a las ventanas.
—Esa va a ser la pared principal —dijo Ana, señalando con el rodillo—. Ahí va la camilla.
—¿Frente a las ventanas?
—Sí. Para que la persona que esté acostada pueda ver la luz. No es lo mismo estar atado mirando una pared gris que mirando un jardín.
Pilar se detuvo un momento, el rodillo en el aire, y observó a su hija. Hablaba con la misma seguridad con la que hablaba de sus clases de psicología, con la misma convicción con la que defendía sus trabajos académicos.
—¿Eso también lo aprendiste en la universidad? —preguntó, con una sonrisa que no era burlona.
—No —respondió Ana, con sencillez—. Eso lo aprendí cuando me tuvieron a mí acostada en una camilla mirando un techo falso con manchas de humedad.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado. Pilar dejó el rodillo en la bandeja y se acercó a su hija.
—Ana…
—No te preocupes —dijo Ana, con una calma que sorprendió—. No lo digo con rencor. Lo digo porque aprendí. Y lo que aprendí es que si vamos a hacer esto, lo vamos a hacer mejor.
Pilar la miró un momento. Luego asintió y volvió a su rodillo.
Cuando la pintura estuvo seca y los paneles acústicos firmes en su lugar, llegó el momento de armar la camilla. La caja estaba en la entrada, esperando desde el día anterior. Las dos la bajaron entre las dos, con cuidado de no golpear las paredes recién pintadas.
—Tú lees las instrucciones —dijo Ana, abriendo la caja—. Yo armo.
—¿Desde cuándo armas cosas tú?
—Desde ahora.
Pilar se sentó en una de las sillas plegables que habían traído del garaje y empezó a leer en voz alta mientras Ana sacaba las piezas de la caja y las ordenaba en el piso.
Las instrucciones eran más sencillas de lo que parecían. La estructura metálica se ensamblaba con tornillos grandes que no requerían más que un destornillador de estrella. El acolchado venía en dos piezas que se ajustaban con velcro a la base. Las patas tenían ruedas con freno, algo que Ana celebró con una exclamación que hizo reír a Pilar.
—Así podemos moverla si queremos cambiar la distribución —dijo, mientras ajustaba la última pata.
Cuando la camilla quedó armada, las dos se quedaron mirándola en medio del sótano recién pintado. Era de un blanco impecable, con un acolchado grueso que prometía ser cómodo incluso después de horas de sesión. Se ajustaba en tres posiciones: completamente horizontal, ligeramente inclinada hacia arriba, o con la sección de la cabeza elevada.
—Pruébala —dijo Pilar, señalando la camilla.
—¿Yo?
—Sí, tú. Tienes que saber cómo se siente.
Ana dudó un momento, pero luego se acercó y se acostó sobre la camilla. La espuma cedió bajo su peso, y la superficie de vinilo sintió fría contra su nuca.
—¿Cómo está? —preguntó Pilar.
—Cómoda —respondió Ana, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Más cómoda que la de ellas.
—¿Y las correas?
Ana se incorporó sobre los codos y miró hacia los lados de la camilla. En la caja había un juego de correas de cuero con hebillas, más suaves que las que habían usado en la oficina de Priscila, con un acolchado de felpa en la parte que iba en contacto con la piel.
—Estas están mejor —dijo, tocando una de ellas—. No van a marcar tanto.
—¿Las instalas?
—Después. Primero quiero ver cómo queda la distribución.
Se levantó de la camilla y caminó hacia el centro del sótano, evaluando el espacio con la mirada. La camilla estaba a unos dos metros de la pared de las ventanas, orientada de modo que quien estuviera acostado miraría hacia el jardín. A la izquierda, la pared con los paneles acústicos. A la derecha, una pared blanca que esperaba.
—Aquí van las sillas —dijo, señalando un espacio junto a la camilla—. Para quien hace las cosquillas. Y aquí un banco bajo —señaló al otro lado—, para cuando se quieran trabajar los pies.
—¿Trabajar los pies? —repitió Pilar, con una sonrisa.
Ana se encogió de hombros, pero en sus ojos había un brillo juguetón.
—Así se dice en el medio, mamá. Hay que usar el lenguaje adecuado.
Pilar rió. Era una risa suelta, genuina, de esas que hacía semanas no le salían.
—Está bien —dijo—. Usemos el lenguaje adecuado.
Pasaron la tarde ajustando los últimos detalles. Pilar instaló las correas en la camilla mientras Ana colocaba los burletes en la puerta que daba al jardín, asegurándose de que cerrara hermético. Luego, entre las dos, pegaron la última capa de silicona alrededor de los marcos de las ventanas, revisando que no quedara ningún espacio por donde pudiera filtrarse el sonido o la mirada.
Cuando el sol empezó a inclinarse hacia el poniente, el sótano ya no se parecía en nada al espacio que habían encontrado la mañana anterior. Las paredes blancas reflejaban la luz dorada que entraba por las ventanas con papel espejo. Los paneles acústicos daban un toque moderno a la pared más grande. La camilla, con sus correas acolchadas y sus fundas recién lavadas, esperaba en el centro como el corazón de un espacio que empezaba a tener identidad propia.
Ana se sentó en el banco bajo que habían colocado junto a la camilla, y se quedó mirando todo con una expresión que Pilar no supo leer del todo.
—¿Te gusta cómo quedó? —preguntó Pilar, apoyándose contra el marco de la puerta.
—Me gusta —respondió Ana, con una calma que parecía desmentir la magnitud de lo que acababan de hacer—. Pero falta una cosa.
—¿Qué?
Ana se levantó del banco, caminó hacia la caja donde habían guardado los sobrantes, y sacó un pequeño espejo redondo que habían comprado casi como un capricho. Lo colocó en la pared de la cabecera de la camilla, donde quien estuviera acostado podría ver su propio rostro si giraba la cabeza.
—Para que no olviden quiénes son —dijo, ajustándolo con el adhesivo que había en la parte de atrás—. Esto no es un lugar para perderse. Es un lugar para decidir.
Pilar se quedó mirando el espejo, luego a su hija, luego al sótano entero.
—Mija —dijo, y la palabra le salió sin pensar, cargada de todo lo que no había dicho en los últimos días—. ¿Sabes qué es lo que más me impresiona de todo esto?
—¿Qué?
—Que lo hiciste. Que lo hiciste bien. Que no te quedaste en la rabia, sino que hiciste algo con ella.
Ana se acercó a su madre y, por un momento, se quedaron las dos en medio del sótano recién transformado, con la luz de la tarde entrando tenue por las ventanas cubiertas de espejo.
—No lo hice sola —dijo Ana.
—No —respondió Pilar—. Pero lo pensaste sola. Y eso… eso me da tranquilidad.
Ana la miró con una expresión que era difícil de descifrar.
—¿Tranquilidad?
—Sí —dijo Pilar, con una voz que sonaba más firme de lo que esperaba—. Porque sé que si algún día no estoy, vas a estar bien. Vas a poder sola.
El silencio que siguió fue de esos que no necesitan llenarse con palabras. Ana bajó la mirada un momento, luego la levantó otra vez, y en sus ojos había algo que Pilar reconoció como la misma determinación que había visto la noche en que vaciaron los sobres sobre la mesa.
—No voy a tener que estar sola —dijo Ana—. Porque vamos a hacer esto juntas.
Pilar sintió que algo se le desprendía en el pecho, pero esta vez no era miedo. Era otra cosa. Era como si los años de angustia, de facturas impagas, de noches en vela, estuvieran encontrando por fin un lugar donde reposar.
—Juntas —repitió, y la palabra le supo distinta.
Afuera, el sol seguía su curso. Adentro, en el sótano que ya no era un sótano, madre e hija se quedaron un rato más, revisando los detalles, ajustando lo que había que ajustar, dejando que el espacio se fuera llenando de lo que habían construido juntas.
Cuando subieron las escaleras, la noche empezaba a caer. Pilar cerró la puerta del sótano con cuidado, asegurando el cerrojo nuevo que habían instalado esa tarde.
—Mañana —dijo Ana, mientras subían a la cocina—, voy a llamar a mis compañeras. A las que les puede interesar. Y también voy a hablar con Priscila para definir las primeras sesiones.
—¿Ya?
—No hay que esperar. El espacio está listo. El dinero está ahí. Las chicas están esperando.
Pilar asintió. No dijo nada más. Se quedó en la cocina mientras Ana subía a su habitación, y se sirvió un vaso de agua que bebió lentamente, con la mirada perdida en algún punto de la ventana.
Cuando terminó, dejó el vaso en el mesón, apagó la luz, y antes de subir a su habitación se detuvo un momento frente a la puerta del sótano.
No la abrió. No era necesario. Sabía lo que había adentro.
Por primera vez en mucho tiempo, esa certeza no le daba miedo.
El miércoles amaneció despejado, con ese cielo azul profundo que en la ciudad aparecía solo después de unos días de lluvia. Ana se despertó antes de que sonara el despertador, como le había estado pasando desde hacía una semana, pero esta vez no se quedó mirando el techo dándole vueltas a las cosas. Esta vez se levantó de inmediato, se puso la bata, y bajó a la cocina con la cabeza llena de ideas que ya no podían esperar.
Pilar ya estaba allí, con el café preparado y la mesa puesta para el desayuno. Llevaba puesto un jean desgastado y una camiseta blanca, el cabello recogido en una cola baja. Sobre la mesa, junto a los panes y la mermelada, había una libreta nueva, de esas de pasta dura que Ana usaba para sus apuntes más importantes.
—Buenos días —dijo Pilar, sirviendo el café en las dos tazas—. ¿Dormiste bien?
—Buenos días —respondió Ana, sentándose frente a ella—. Dormí. Pero soñé con el sótano.
—¿Sueño bueno o sueño raro?
Ana sonrió, tomando un sorbo de café.
—Bueno. Soñé que estábamos haciendo una sesión y todo salía perfecto. Las chicas contentas, el espacio funcionando, el dinero sobre la mesa. Fue como ver la película de lo que queremos que pase.
Pilar la miró un momento, con esa expresión que había estado usando cada vez más seguido, una mezcla de orgullo y algo que se parecía a la incredulidad de ver a su hija transformarse en algo que no había imaginado.
—¿Y hoy qué toca? —preguntó, aunque ya lo sabía.
Ana dejó la taza sobre la mesa y tomó la libreta nueva. La abrió en la primera página, donde ya había escrito algo con su letra menuda y ordenada.
—Hoy toca convocar —dijo—. Voy a escribirles a las chicas que me pidieron trabajo, y a algunas otras que sé que están pasando necesidad. Pero no voy a mandar un mensaje genérico. Quiero hacerlo bien, con orden, para saber a quién le ofrecemos qué.
—¿Cómo piensas organizarlo?
Ana pasó la página de la libreta, mostrando un esquema que había dibujado la noche anterior antes de dormir. Era un diagrama con ramas que salían de un centro titulado «Universidad».
—Primero, por facultad —explicó, señalando las ramas principales—. Psicología, Derecho, Ingeniería, Medicina, Artes. Cada facultad tiene sus propios horarios, sus propias necesidades, su propia forma de conseguir dinero. Las de artes son las que más han trabajado en cosas informales, así que probablemente sean las más abiertas. Las de medicina tienen horarios pesados, pero también son las que mejor entienden que el cuerpo es un instrumento de trabajo.
Pilar escuchaba con atención, el café enfriándose en su taza.
—Luego, por edades —continuó Ana, señalando una segunda capa en el diagrama—. Las de primero y segundo son más jóvenes, algunas recién salidas del colegio, pero también son las que más necesitan plata porque todavía no consiguen prácticas. Las de tercero y cuarto ya tienen más contactos, pero también más deudas acumuladas. Y las que están en quinto o sexto ya están pensando en la tesis, así que cualquier ingreso extra les sirve.
—¿Y eso por qué importa?
—Porque no todas van a reaccionar igual —respondió Ana, con una paciencia que parecía ensayada—. Las más jóvenes pueden estar más nerviosas, así que hay que darles más información, más seguridad. Las más grandes pueden tener más preguntas sobre el dinero, sobre la regularidad de las sesiones. Hay que saber qué decirle a cada una.
Pilar asintió, tomando un sorbo de café que ya estaba frío.
—¿Y lo otro? —preguntó—. Lo de las… partes.
Ana sonrió. Era una sonrisa que no tenía nada de inocente, pero tampoco de maliciosa. Era la sonrisa de alguien que ha aprendido a usar las herramientas que tiene.
—Eso es lo más importante —dijo, pasando a una tercera página de la libreta—. Las partes cosquillosas.
En esa página, el diagrama era distinto. No era un árbol, sino una especie de mapa del cuerpo humano dibujado en trazos rápidos, con áreas marcadas con números y letras.
—Cada persona es distinta —explicó Ana, señalando el dibujo—. Pero hay patrones. Por eso cuando les escriba voy a preguntarles tres cosas: si saben que son cosquillosas, dónde lo son más, y si alguna vez han participado en algo parecido.
—¿Crees que te van a responder eso? —preguntó Pilar, con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
—Si les ofrezco plata, sí —respondió Ana, con una franqueza que hizo reír a Pilar—. Pero no voy a preguntar así nomás. Voy a ser clara desde el principio. Les voy a decir que es un trabajo, que pagan bien, que hay condiciones claras, y que antes de aceptarlas necesito saber si son aptas.
—¿Aptas?
—Cosquillosas. Si no son cosquillosas, no les vamos a servir y ellas van a perder el tiempo. Mejor saberlo desde antes.
Pilar se quedó mirando a su hija. Hablaba con la misma naturalidad con la que antes hablaba de sus trabajos de psicología social o de los artículos que tenía que leer para las clases. Había una eficiencia en su forma de pensar que Pilar no recordaba haberle visto antes, o tal vez sí, pero aplicada a otras cosas.
—¿Y cómo vas a separarlas? —preguntó.
Ana pasó otra página. Esta vez había una tabla con columnas, escrita con regla y lápiz.
—Estoy pensando en categorías —dijo—. Las que son sensibles en los pies, las que lo son en las axilas, las que tienen más sensibilidad en el torso. Y dentro de cada categoría, un nivel de intensidad: leve, moderado, extremo.
—¿Extremo?
—Como nosotras —dijo Ana, con sencillez—. Como cuando no puedes más y las cosquillas te duelen de tanto reírte. Eso vale más dinero. Es más difícil de conseguir y más difícil de soportar.
Pilar sintió un escalofrío que recorrió su espalda, pero no dijo nada. Tomó otro sorbo de café, esta vez consciente de que estaba frío, y dejó la taza en la mesa.
—¿Y cómo vas a saber eso sin probarlas primero? —preguntó.
Ana la miró con una expresión que no era de sorpresa, sino de confirmación.
—No lo voy a saber —admitió—. Por eso la primera sesión va a ser de prueba. Ellas no cobran completo, nosotras no nos comprometemos del todo. Y ahí vemos cómo reaccionan, dónde son más sensibles, cuánto aguantan. Después de eso, si funcionan, ya tenemos un perfil para ofrecerle a Priscila y a las clientes.
—¿Y ellas aceptan eso? ¿Una sesión de prueba?
—Si les explico bien por qué, sí. No es diferente a una entrevista de trabajo. Tienes que demostrar que puedes hacer lo que dices que puedes hacer.
Pilar se quedó pensando un momento. En su cabeza, las ideas de Ana se iban ordenando como piezas de un rompecabezas que no sabía que estaba armando.
—Está bien —dijo al fin—. ¿Por dónde empiezas?
Después del desayuno, Ana subió a su habitación y se sentó en la cama con el teléfono en la mano y la libreta abierta a un costado. El sol de media mañana entraba por la ventana, iluminando las páginas donde había escrito los nombres, las facultades, las observaciones que había ido acumulando en los últimos días.
No era una lista larga. Doce nombres en total, de los cuales solo cuatro le habían pedido trabajo explícitamente. Las otras ocho eran chicas que conocía de vista, de trabajos en grupo, de actividades en la universidad, y de las que sabía, por comentarios o por observación directa, que estaban pasando por momentos difíciles.
Abrió WhatsApp primero. Creó un grupo temporal que llamó «Propuesta Laboral – U», y empezó a agregar nombres. Mientras los agregaba, iba revisando mentalmente los perfiles de cada una.
Facultad de Psicología
Valentina, 20 años, tercer semestre. La conocía de un trabajo de psicopatología. Era callada, responsable, y una vez la había visto llorar en el baño porque no tenía para pagar el material de una práctica. Ana recordaba que en un trabajo grupal, cuando estaban haciendo una dinámica de confianza, alguien le hizo cosquillas en la cintura por accidente y Valentina se había reído de una forma que llamó la atención de todo el salón. Potencial: alta. Zonas: cintura y costillas.
Daniela, 22 años, quinto semestre. Era más mayor, más seria, y Ana sabía que trabajaba en las mañanas en una tienda de ropa y estudiaba en las tardes. Una vez había mencionado en una conversación que lo que más extrañaba era poder comprar libros sin tener que elegir entre comer y leer. No sabía si era cosquillosa. Había que preguntar. Potencial: media. Zonas: por determinar.
Facultad de Artes
Camila, 19 años, segundo semestre. Era la más joven de la lista. Ana la había visto en una exposición de dibujo y se habían saludado un par de veces en los pasillos. Sabía que vivía sola, que se sostenía con trabajos de fin de semana en una tienda de artículos de arte, y que había tenido que vender algunos de sus materiales para pagar el semestre pasado. En una fiesta de la facultad, Ana la había visto reírse tanto con unas cosquillas en las costillas que casi se cayó de la silla. Potencial: alta. Zonas: costillas y axilas.
Laura, 21 años, tercer semestre. Estudiaba danza contemporánea. Ana la conocía de vista, pero una amiga común les había presentado una vez en la biblioteca. Laura había dicho, casi de pasada, que estaba buscando cualquier trabajo que le permitiera seguir pagando el estudio porque su beca parcial no alcanzaba para todo. Su cuerpo, entrenado para la danza, era flexible y tenía una conciencia corporal que Ana intuía que sería una ventaja. Potencial: alta. Zonas: pies (por el trabajo de danza) y torso.
Facultad de Derecho
Sofía, 23 años, cuarto semestre. Era la más difícil de evaluar. Ana la conocía porque habían compartido un curso electivo de psicología jurídica. Sofía era seria, disciplinada, y siempre estaba con la nariz en un libro. Pero una vez, en una salida después de clases, alguien le había hecho cosquillas en la planta del pie sin querer y su reacción había sido tan violenta que tiró el vaso que tenía en la mano. Se disculpó riendo, pero Ana recordó la intensidad de esa risa, esa mezcla de incomodidad y diversión que no se podía fingir. Potencial: media-alta. Zonas: plantas de los pies (muy sensibles).
Facultad de Ingeniería
Andrea, 20 años, segundo semestre. Era amiga de una amiga. Ana sabía que trabajaba en un call center en las noches y que estaba al borde de colapsar por la falta de sueño. Habían hablado una vez en una reunión y Andrea había dicho, con esa honestidad que a veces da la desesperación, que vendería lo que fuera necesario con tal de poder dormir ocho horas seguidas. No sabía si era cosquillosa. Potencial: media. Zonas: por determinar.
Mariana, 21 años, tercer semestre. Estudiaba ingeniería de sistemas. Era más reservada, pero Ana sabía por fuentes indirectas que su situación económica era complicada desde que su papá había perdido el trabajo. En un trabajo grupal que hicieron juntas para un curso de metodología, Mariana había reaccionado con una risa muy contenida cuando alguien le rozó la axila por accidente. Se había sonrojado y había apartado el brazo de inmediato. Potencial: media. Zonas: axilas.
Facultad de Medicina
Isabella, 22 años, tercer semestre. Era la que más le preocupaba. Estudiaba medicina, lo que significaba que tenía poco tiempo libre, pero también que entendía el cuerpo humano mejor que nadie. Ana la conocía de un voluntariado que habían hecho juntas en un hospital, y recordaba que en medio de una guardia agotadora, alguien había hecho un comentario sobre los pies de Isabella, que estaban hinchados después de doce horas de pie. Ella se había reído y había dicho, con un cansancio que no ocultaba su sentido del humor: «Lo único que me mantiene despierta es que soy tan cosquillosa que si alguien me toca los pies ahora, me muero de risa antes de morirme de sueño». Potencial: alta. Zonas: pies y axilas.
Natalia, 24 años, quinto semestre. Era la más grande de la lista. Había entrado un poco más tarde a la universidad y trabajaba como auxiliar de enfermería en las mañanas mientras estudiaba en las tardes. Ana había intercambiado pocas palabras con ella, pero sabía que era seria, responsable, y que estaba buscando opciones para costear su internado. Potencial: media. Zonas: por determinar.
Cuando terminó de agregar los contactos, Ana se quedó un momento mirando la pantalla. Doce nombres. Doce historias que conocía apenas en sus bordes, doce vidas que estaban a punto de recibir un mensaje que cambiaría algo, aunque no supieran exactamente qué.
Abrió Telegram, donde tenía otro grupo de contactos más informales, y agregó a las que no había incluido en WhatsApp. Luego, tomó la libreta y escribió en la parte superior de una página nueva: Mensaje de convocatoria – versión final.
El primer borrador salió rápido, pero no le gustó. Sonaba demasiado formal, como un anuncio de trabajo cualquiera. Lo borró y empezó de nuevo.
El segundo fue mejor, pero le pareció que no daba suficiente información. Las chicas iban a tener preguntas, muchas preguntas, y si el mensaje era demasiado vago probablemente lo iban a ignorar.
El tercero fue el que guardó.
Hola. Te escribo porque sé que has estado buscando trabajo y tengo una propuesta que quizás te interese.
Es un trabajo de unas horas, con pago en efectivo al final de cada sesión, y condiciones claras desde el principio. La paga es muy buena, pero el trabajo es particular: se trata de participar en sesiones de cosquillas para un proyecto que estamos organizando. Suena raro, lo sé. Pero es real, es seguro, y las personas que ya han participado han quedado satisfechas con el trato.
No voy a mentirte: es intenso. Hay que tener cierta sensibilidad a las cosquillas para que funcione. Por eso, antes de ofrecerte una sesión, necesito saber tres cosas:
1. ¿Sabes si eres cosquillosa? (Si no lo sabes con seguridad, podemos hacer una prueba rápida sin compromiso)
2. ¿En qué partes de tu cuerpo eres más sensible? (pies, axilas, costillas, cintura, muslos, etc.)
3. ¿Has participado en algo parecido antes? (no es requisito, pero ayuda a saber cómo guiarte)
Si te interesa, responde por acá y conversamos. No hay presión, no hay compromiso. Solo quiero que sepas que existe la oportunidad.
Un abrazo,
Ana
Lo leyó tres veces. Cada vez le gustaba más. Era directo sin ser agresivo, informativo sin ser abrumador, y dejaba claro que la decisión era de cada una.
—¿Lo tienes? —preguntó Pilar desde la puerta de la habitación, donde llevaba unos minutos observando sin hacer ruido.
Ana la miró y asintió.
—Lo tengo.
—¿Vas a enviarlo ya?
—Voy a enviarlo.
Pilar se sentó en el borde de la cama, junto a su hija, y miró la pantalla del teléfono.
—¿Quieres que lea antes?
Ana le pasó el teléfono. Pilar leyó el mensaje en silencio, moviendo los labios apenas, y cuando terminó lo devolvió.
—Está bien —dijo—. Está muy bien.
—¿No le cambiarías nada?
Pilar se quedó pensando un momento.
—Tal vez pondría algo sobre el espacio. Que es propio, que no es en una oficina de alguien más, que está adecuado para que las chicas se sientan seguras. Eso puede marcar la diferencia.
Ana asintió y agregó una línea al final: El espacio es propio, adecuado para esto, con todas las condiciones para que te sientas segura y cómoda.
Cuando terminó, volvió a leer el mensaje completo una última vez.
—Listo —dijo.
—Listo —repitió Pilar.
Ana seleccionó los doce contactos, copió el mensaje, y lo pegó en el chat individual de cada una. No quiso enviarlo en grupo. No quería que nadie sintiera que estaba siendo convocada en masa. Quería que cada mensaje fuera, en apariencia, un gesto personal.
Los envió uno por uno. Con cada tic de confirmación, sentía que algo se iba moviendo, como piezas de un mecanismo que empezaba a engranarse.
Cuando terminó, dejó el teléfono sobre la cama y se recostó contra la cabecera.
—Ya está —dijo—. Ahora toca esperar.
Pilar se recostó a su lado, y las dos se quedaron mirando el techo, donde la luz del mediodía dibujaba formas que cambiaban con las nubes.
—¿Cuántas crees que van a responder? —preguntó Pilar.
—No sé —respondió Ana—. Pero con que respondan cuatro o cinco, tenemos con qué empezar.
—¿Y si responden todas?
Ana sonrió. Era una sonrisa que tenía algo de nervios, pero también de esa seguridad que había estado construyendo día tras día.
—Entonces tendremos que organizar un calendario. Y eso también está bien.
El teléfono vibró antes de que Pilar pudiera responder. Ana lo tomó y leyó el mensaje.
—¿Quién es? —preguntó Pilar, incorporándose.
—Valentina —dijo Ana, con una voz que intentaba ser neutral pero que delataba una emoción contenida—. Dice que sí está interesada. Que quiere saber más. Y que sí es cosquillosa.
—¿Qué más dice?
Ana leyó en voz alta:
«Hola, Ana. Me tomó por sorpresa tu mensaje, pero sí, estoy interesada. La situación está difícil y cualquier ingreso me sirve. Soy cosquillosa, mucho, sobre todo en la cintura y las costillas. No he hecho algo así antes, pero si es seguro y pagas bien, quiero intentarlo. Cuéntame más.»
Las dos se quedaron en silencio un momento, procesando lo que acababan de leer.
—Una —dijo Pilar.
—Una —repitió Ana.
Y entonces, como si la primera hubiera abierto una compuerta, el teléfono volvió a vibrar. Y luego otra vez. Y otra.
En los siguientes veinte minutos, siete de las doce chicas habían respondido. Todas con grados distintos de curiosidad, de reserva, de entusiasmo contenido. Todas con algo en común: necesitaban el dinero, y la posibilidad de ganarlo sin tener que levantarse a las cinco de la mañana para ir a un trabajo mal pagado era algo que ninguna podía ignorar.
Ana fue anotando cada respuesta en su libreta, actualizando la tabla con la información que iban dando. Valentina: cintura y costillas. Camila: costillas y axilas. Laura: pies (confirmado) y torso. Sofía: plantas de los pies (muy sensible). Mariana: axilas. Isabella: pies y axilas. Andrea: por determinar, pero dispuesta a hacer la prueba.
A las doce del mediodía, Ana cerró la libreta y dejó el teléfono a un lado.
—Siete —dijo, mirando a su madre—. Siete dijeron que sí.
—Y las otras cinco pueden responder más tarde —dijo Pilar—. O tal vez no, pero con siete tenemos más que suficiente para empezar.
Ana asintió. En su cabeza ya estaba organizando las sesiones, separando por perfiles, pensando en qué orden llamarlas, en cómo presentarles el espacio, en qué decirles la primera vez que bajaran al sótano.
—Mamá —dijo, después de un momento—. ¿Te acuerdas cuando me dijiste que esto era más grande de lo que creía?
—Me acuerdo.
—Tenías razón. Pero no de la forma en que creías.
Pilar la miró, esperando.
—Es más grande —continuó Ana—, porque no es solo el dinero. Es esto. Es ver que hay más personas como nosotras. Personas que están dispuestas a hacer cosas que nunca imaginaron porque necesitan salir adelante. Y poder ofrecerles una opción que no las humille… eso sí es más grande de lo que creía.
Pilar sintió que los ojos se le llenaban de agua, pero no dejó que las lágrimas cayeran. En lugar de eso, le pasó un brazo por los hombros y la apretó contra su costado.
—Mija —dijo, y esta vez la palabra no fue un reflejo, fue una elección—. Estoy orgullosa de ti. De la persona en la que te estás convirtiendo.
Ana apoyó la cabeza en el hombro de su madre y cerró los ojos. El teléfono seguía en su mano, la libreta abierta sobre la cama, las siete respuestas esperando ser leídas otra vez.
Pero por ahora, solo quería quedarse ahí, en ese momento de quietud antes de que todo empezara a moverse más rápido de lo que podían controlar.
El teléfono seguía vibrando de vez en cuando en la mesa de la sala, donde Ana lo había dejado mientras almorzaban. Cada notificación era un nuevo mensaje, una nueva pregunta, una nueva posibilidad. Había respondido ya a las siete, pero seguían llegando respuestas de las que habían tardado en contestar, y también de algunas que no estaban en la lista original pero que alguien había contactado por su cuenta.
Pilar observaba desde la cocina, mientras secaba los platos del almuerzo con movimientos lentos, casi distraídos. Llevaba puesta la misma camiseta blanca de la mañana, ahora con una mancha de café en el borde de la manga que no había notado hasta ese momento.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Ana, levantando la mirada de la libreta donde estaba actualizando la tabla.
Pilar dejó el plato en el escurridor, se secó las manos en el trapo de cocina, y se acercó a la mesa. Se sentó frente a su hija con una expresión que Ana conocía bien: era la cara que ponía cuando estaba armando algo en su cabeza antes de decirlo en voz alta.
—He estado dándole vueltas a lo de las categorías —dijo, apoyando los brazos sobre la mesa—. A lo que estás organizando.
—¿Algo no te gusta?
—No es que no me guste. Es que creo que falta una.
Ana cerró la libreta y la dejó a un lado, prestando atención.
—¿Cuál?
Pilar se quedó un momento en silencio, como si estuviera buscando las palabras exactas. Cuando habló, su voz tenía un tono distinto, más pausado, como si estuviera midiendo cada sílaba.
—Una categoría de mujeres extremadamente cosquilludas. Pero no en cualquier parte. En los pies. Sobre todo en las plantas.
Ana la miró sin parpadear. Pilar continuó.
—Tú sabes de lo que hablo. Nosotras dos lo somos. Lo hemos sido siempre. Y sabes lo que significa eso para una sesión. No es lo mismo que te hagan cosquillas en las costillas o en la cintura a que te las hagan en las plantas de los pies. Eso es otro nivel. Y para algunas personas que pagan por esto, ese otro nivel es lo que buscan.
Ana asintió lentamente. En su cabeza, las piezas empezaban a encajar de una forma que no había considerado con tanta claridad.
—Tienes razón —dijo—. Lo había pensado, pero no lo había separado como categoría propia. Lo tenía mezclado con la sensibilidad general.
—Por eso hay que separarlo —insistió Pilar—. No es lo mismo una chica que se ríe cuando le tocas la cintura a una que se retuerce y pierde el control solo con que le roces la planta del pie. Y la búsqueda tiene que ser exhaustiva. No podemos aceptar a cualquiera que diga que sus pies son sensibles. Hay que probarlo, hay que asegurarse.
—¿Cómo propones que hagamos eso?
Pilar se recostó en la silla, con los brazos cruzados.
—La misma forma en que vas a probar a las otras. Una sesión de prueba. Pero con esas, la prueba tiene que enfocarse en los pies. Si después de unos minutos de cosquillas suaves en las plantas ya están pidiendo que paren, esas son las que valen. Las que pueden aguantar más tiempo sin perder el control también sirven, pero son distintas.
Ana tomó la libreta otra vez y abrió en la página donde tenía el mapa del cuerpo dibujado. Debajo, empezó a escribir.
—Voy a hacer una subcategoría —dijo, mientras escribía—. Cosquillas en pies: nivel 1 (sensibilidad moderada), nivel 2 (alta sensibilidad), nivel 3 (extrema). Las de nivel 3 son las que tienen prioridad.
—Las de nivel 3 —repitió Pilar, y en su voz había algo que sonaba como un eco de algo personal—. Las que no pueden ni con la uña rozándoles.
Ana levantó la mirada de la libreta y observó a su madre. Pilar tenía la mirada perdida en algún punto de la ventana, y Ana supo que estaba recordando algo. Tal vez las noches de cuando ella era niña y le hacía cosquillas en los pies después del baño, o tal vez la primera sesión en la oficina de Priscila, cuando sus plantas descalzas habían sido el centro de atención durante horas.
—Mamá —dijo Ana, con una voz más suave—. ¿Tú te consideras nivel 3?
Pilar volvió la mirada hacia ella. Por un momento, sus ojos se encontraron, y hubo algo en esa mirada que no necesitó palabras.
—Sí —respondió, con sencillez—. Y tú también.
Ana asintió. No había orgullo en ese reconocimiento, ni vergüenza. Era solo un dato, una característica más, como el color del cabello o la altura.
—Entonces sabemos lo que buscamos —dijo Ana, volviendo a la libreta—. Mujeres que sean como nosotras en eso.
—Exacto.
El silencio que siguió fue de esos que ya no eran incómodos, sino más bien cómplices. Pilar se levantó, se sirvió un vaso de agua, y cuando regresó a la mesa tenía una expresión que Ana no había visto antes. Era como si hubiera estado guardando algo en el bolsillo y hubiera decidido que era momento de sacarlo.
—Ana —dijo, sentándose otra vez—. Hay algo más.
—Dime.
—No creo que las únicas que deban buscar sean tú.
Ana dejó el lápiz sobre la libreta.
—¿A qué te refieres?
Pilar apoyó las manos sobre la mesa, con los dedos entrelazados, y la miró con una seriedad que contrastaba con la calma de su voz.
—Yo también puedo buscar. Mujeres de mi edad. Que estén interesadas en esto.
Ana se quedó un momento en silencio, procesando. No era algo que hubiera considerado. En su cabeza, el proyecto había estado centrado en las chicas de la universidad, en sus compañeras, en el mundo que ella conocía.
—¿Mujeres de tu edad? —repitió, como si necesitara confirmar que había escuchado bien.
—Sí. Mujeres de cuarenta, de cincuenta. Que también están pasando por situaciones difíciles, que también necesitan dinero, que también tienen cuerpos sensibles y quizás no han tenido la oportunidad de hacer algo con eso.
Ana la miró largamente. En el rostro de su madre no había vacilación, ni timidez. Había una determinación tranquila, la misma que había tenido cuando aceptó el primer experimento, pero ahora dirigida hacia algo que habían construido juntas.
—¿Tú crees que haya mujeres así? —preguntó Ana.
—Claro que las hay —respondió Pilar, con una convicción que sonaba a experiencia—. En el gimnasio al que voy, hay varias que están solas, que trabajan en cosas que no les gustan, que viven con la angustia de no saber si van a llegar a fin de mes. Y también hay mujeres que no necesitan el dinero pero están aburridas, o curiosas, o simplemente quieren probar algo distinto.
—¿Y cómo piensas hablarles de esto?
Pilar sonrió. Era una sonrisa que Ana no recordaba haberle visto antes, una mezcla de picardía y seguridad que la hizo sentirse, por un momento, como si estuviera viendo a su madre con ojos nuevos.
—No voy a llegar con un mensaje de WhatsApp como el tuyo —dijo—. Eso no funcionaría con mujeres de mi edad. Con nosotras hay que hacerlo de otra forma. En persona, con confianza, con un café de por medio. Hay que dejar que la conversación fluya, que ellas mismas empiecen a contar sus cosas, y en algún momento, cuando se sientan cómodas, ahí se puede soltar la propuesta.
—¿Y si se asustan?
—No todas van a querer. Pero con que dos o tres se animen, ya tenemos un grupo distinto. Y eso es valioso porque no todas las clientes van a querer chicas jóvenes. Algunas van a preferir mujeres con más experiencia, con otro tipo de cuerpo, con otra forma de reaccionar.
Ana se recostó en la silla y dejó que las ideas de su madre se asentaran. Tenía sentido. Mucho sentido.
—¿Tienes a alguien en mente? —preguntó.
Pilar se quedó pensando un momento. Su mirada se desvió hacia la ventana, donde el sol de la tarde empezaba a cambiar de ángulo.
—Hay una mujer en el gimnasio, se llama Patricia. Tiene unos cincuenta y tantos, trabaja en una oficina, vive sola. Hace unos meses se quedó sin trabajo y tuvo que empezar a dar clases particulares de matemáticas para sobrevivir. No le gusta, pero no encuentra otra cosa.
—¿Es cosquillosa?
—No lo sé. Pero una vez, en una clase de estiramiento, la instructora le estaba ayudando a estirar los pies y ella se rió tanto que tuvo que pedir que la soltaran. Dijo que sus pies eran demasiado sensibles y que no podía con las cosquillas.
Ana sintió que algo se activaba en su cabeza, esa misma sensación que tenía cuando encontraba un dato relevante para un trabajo de investigación.
—Esa puede ser una.
—Sí —dijo Pilar—. Pero no quiero llegarle de golpe. Necesito tiempo para hablar con ella, para conocerla mejor, para saber si esto es algo que podría considerar.
—¿Y las otras?
—Hay otra, Clara, que va al mismo gimnasio. Es más joven, como de treinta y cinco, trabaja en un consultorio dental. También está pasando por un momento difícil porque se separó hace poco y tuvo que mudarse a un apartamento más pequeño. No sé si es cosquillosa, pero una vez la escuché decir que extrañaba reírse, que hacía meses no se reía de verdad.
—Eso también puede ser una entrada —dijo Ana—. No todas tienen que venir por el dinero. Algunas pueden venir por lo otro.
—¿Por lo otro?
—Por la experiencia. Por sentirse vivas. Por reírse hasta que duela. Eso también vale.
Pilar la miró con una expresión que era difícil de leer, pero que no era desaprobación.
—¿Eso también lo aprendiste en la universidad?
Ana sonrió. Esta vez no era una sonrisa calculada, sino algo más espontáneo, más parecido a la Ana que Pilar conocía desde siempre.
—No. Eso lo aprendí en el sótano.
El silencio que siguió fue breve, pero pesó lo justo para que ambas sintieran que estaban hablando de algo real, algo que no se podía reducir a números y categorías.
—Está bien —dijo Pilar, levantándose de la silla—. Entonces yo me encargo de buscar en mi mundo, tú te encargas de buscar en el tuyo. Y cuando tengamos los perfiles, los juntamos y vemos qué hacemos con ellos.
—¿Y cómo vamos a coordinar eso? —preguntó Ana—. No es lo mismo una sesión para una chica de veinte que para una mujer de cincuenta. Los cuerpos son distintos, las reacciones son distintas, las necesidades también.
Pilar se apoyó contra el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, y la miró con una expresión que era pura determinación.
—Por eso vamos a tener que ser flexibles. No podemos tratar a todas igual. Algunas van a necesitar más tiempo para calentar, otras van a querer ir directo al grano. Algunas van a preferir que sean nosotras las que hagamos las cosquillas, otras quizás quieran probar el otro lado.
—¿El otro lado?
—Hacerlas ellas. A veces las personas descubren que también les gusta tener el control. Eso lo viste con nosotras.
Ana asintió. Recordó la noche en que había atado a su madre y a Priscila, la sensación de poder que había recorrido sus dedos mientras las hacía reír sin control.
—Eso también hay que ofrecerlo —dijo—. No solo venir a que les hagan cosquillas, sino también aprender a hacerlas. Podría ser un servicio adicional.
—Exacto —dijo Pilar, con una sonrisa que ahora era pura complicidad—. Así que no solo vamos a tener un estudio de cosquillas. Vamos a tener una escuela también.
Ana soltó una risa corta, de esas que salen sin avisar.
—¿Una escuela de cosquillas? Suena ridículo.
—Suena rentable —corrigió Pilar—. Y eso no es ridículo.
Ana tomó la libreta otra vez y empezó a escribir en una página nueva. En la parte superior, con letras mayúsculas, puso: CATEGORÍAS POR EDAD Y PERFIL.
Debajo, fue delineando dos columnas.
En la primera, titulada Universidad (18-25), anotó las subcategorías que ya había estado trabajando: sensibilidad en pies, axilas, costillas, torso. Y dentro de cada una, los niveles de intensidad.
En la segunda, titulada Adultas (30-55), dejó espacios en blanco. No tenía información todavía, pero sabía que pronto la tendría. Debajo escribió: Buscar perfiles similares a mamá. Priorizar sensibilidad en pies, pero no excluir otras zonas. Considerar experiencia previa (algunas pueden haber explorado esto antes sin saber que existía un mercado).
Cuando terminó, cerró la libreta y la dejó sobre la mesa.
—Esto va a ser más grande de lo que pensé —dijo, mirando a su madre.
—Sí —respondió Pilar—. Y por eso mismo hay que hacerlo bien. Con calma, con cuidado, sin apresurar a nadie. Las chicas de la universidad son un mundo, las mujeres de mi edad son otro. Y las dos cosas pueden funcionar al mismo tiempo si las sabemos manejar.
Ana se quedó un momento en silencio, mirando la libreta cerrada sobre la mesa. Luego levantó la mirada hacia su madre.
—¿Te da miedo?
Pilar se acercó a la mesa, tomó su vaso de agua, y bebió un sorbo antes de responder.
—No —dijo, con una calma que sonaba a verdad—. Lo que me da miedo es haberme quedado quieta tanto tiempo. Esto… esto es distinto.
Ana asintió. No dijo nada más. No hacía falta.
El teléfono volvió a vibrar sobre la mesa. Ana lo miró, pero no lo tomó de inmediato. Se quedó un momento más con la mirada puesta en su madre, como si estuviera guardando esa imagen en algún lugar donde no se fuera a borrar.
—¿Vas a contestar? —preguntó Pilar, señalando el teléfono con la barbilla.
—Después —dijo Ana—. Primero quiero terminar de pensar esto. Lo de las categorías, lo de las mujeres de tu edad, lo de la escuela.
—¿La escuela?
—Sí. La escuela de cosquillas. Así le vamos a decir.
Pilar soltó una risa que le salió del fondo del pecho, una risa que sonaba a alivio y a incredulidad y a algo más que no sabía cómo nombrar.
—Está bien —dijo—. Escuela de cosquillas. Pero entonces yo quiero ser la rectora.
Ana la miró con una expresión que era pura ternura y pura picardía al mismo tiempo.
—Tú vas a ser la directora de admisiones —dijo—. Vas a ser la que entrevista a las candidatas, la que les explica cómo funciona, la que las hace sentir seguras. Eso se te da mejor que a nadie.
Pilar se quedó un momento en silencio, procesando lo que acababa de escuchar. Luego, con una lentitud que parecía deliberada, se llevó la mano al pecho, justo donde el corazón.
—¿Directora de admisiones?
—Sí. Ese es tu cargo.
—¿Y tú qué vas a ser?
Ana tomó la libreta, la abrió en la página donde estaban las categorías de la universidad, y la mostró como si fuera un diploma.
—Yo voy a ser la jefa de reclutamiento. Tú traes a las de tu edad, yo traigo a las de la mía. Y juntas decidimos quién entra y quién no.
Pilar la miró largamente. En sus ojos había algo que no era solo orgullo. Era algo más parecido al asombro de ver que la persona que tenía enfrente ya no era la niña que le pedía que le hiciera cosquillas en los pies después del baño.
—Trato hecho —dijo, extendiendo la mano.
Ana tomó la mano de su madre y la estrechó con firmeza.
—Trato hecho.
Afuera, el sol de la tarde empezaba a inclinarse hacia el poniente, y la luz que entraba por las ventanas de la sala se fue haciendo más dorada, más densa. En la mesa, la libreta seguía abierta en las páginas donde Ana había estado escribiendo. En la cocina, los platos del almuerzo esperaban en el escurridor. En el sótano, el espacio recién pintado esperaba, vacío, listo para recibir a las primeras candidatas.
Y en la sala, madre e hija se quedaron un rato más, hablando de cómo iban a organizar las entrevistas, de qué preguntas iban a hacer, de cómo iban a explicarle a una mujer de cincuenta años que sus pies podían ser la llave para salir de sus problemas económicos.
No era una conversación fácil. Pero ya no era una conversación imposible.
Y eso, pensó Pilar mientras miraba a su hija hablar con esa seguridad que había ido construyendo día tras día, era más de lo que había soñado hace apenas un mes.
Continurá…
Original de Tickling Stories
