El blog de Felipe – Parte 6

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Aquella mañana, la fuerza de la risa de María Angélica parecía no conocer freno. Yo seguía sentado entre sus piernas, firme pero cuidadoso, y mis dedos recorrían incansables las plantas de sus pies.

Con cada ráfaga de movimientos circulares y toquecitos rápidos en el arco, sus pies, desprovistos ya de medias, se estremecían al máximo: los dedos se abrían en abanico, las plantas se arrugaban como pergaminos y luego se estiraban desesperadas, intentando huir sin éxito.

—¡JAJAJAJAJA! ¡No… nooo! —gritaba ella, su voz rebotando en las paredes del dormitorio—. ¡Piedad, piedad!

Yo alternaba entre roces profundos con la punta de las uñas y ligeros golpecitos de “manotazos” juguetones, buscando sus puntos más sensibles: justo donde el talón se une con el arco, entre cada dedito y en el centro de la planta.

Sus piernas temblaban bajo mi peso, las rodillas se arqueaban contra el colchón y sus manos golpeaban la cama, intentando apartarme mientras sus carcajadas seguían brotando sin pausa. Cada vez que mis dedos rasgaban suavemente la piel de sus plantas, la veía retorcerse como un resorte:

—¡JAJAJAJA! ¡Eres… un monstruo! ¡Mis pies no… no pueden más! —jadeaba, susurreando entre sollozos de risa.

No obstante, mi mano derecha nunca flaqueó: subí y bajé, cambié de pie, volví al primero, jugué con la punta de la lengua al soplar un leve aire en el arco… cada técnica intensificaba su reacción.

—¡Noooo… no lo aguanto! —seguía suplicando, la mirada vidriosa de tanto reír—. ¡Todavía me debes un descanso!

Yo sonreí ante su súplica, disfrutando de la complicidad y del sonido de su risa tan sincera. Con último gesto juguetón, presioné un poco más fuerte en el centro de la planta derecha, provocando que María Angélica estallara en una última oleada de carcajadas.

Finalmente, y viendo que su resistencia había llegado al límite, retiré mis manos de sus pies y me senté a su lado, observando cómo ella recuperaba el aliento y aún sonriendo con esa chispa de satisfacción.

—Uf… —susurró, apoyando la cabeza contra la almohada—. Ahora sí… misión cumplida.

Nos quedamos en silencio un momento, envueltos en la calidez del recuerdo de esas risas compartidas, sabiendo que aquel día nuestras complicidades habían alcanzado un nuevo nivel de confianza y diversión.

Con suavidad, me incliné para desatar primero las cuerdas de sus tobillos y luego las de sus muñecas. Cada nudo se aflojaba dejándola más libre, hasta que finalmente sus brazos y piernas quedaron sin ataduras.

María Angélica se incorporó lentamente, frotándose las muñecas y luego los tobillos, como si probara que cada parte recuperara la movilidad perdida. Se sentó en el borde de la cama, reuniendo la sábana bajo ella y jadeando mientras tomaba aire.

—Wow… —murmuró, pasando una mano por el cabello—. Eso… fue intenso.

La vi apoyarse un momento con los ojos cerrados, dejando que el silencio se colara entre nosotros, lleno sólo por su respiración profunda y el leve crujido de las sábanas.

—Gracias —dijo al fin, abriendo los ojos y sonriéndome con calidez—. No creo haber reído tanto en años.

Le ofrecí mi mano para ayudarla a incorporarse del todo, y ella la aceptó, poniéndose de pie con un pequeño temblor en las piernas.

—¿Te sientes bien? —pregunté, todavía con la voz suave.

—Sí —respondió, desperezándose—. Sólo necesito un minuto para volver a la realidad.

La acompañé hasta la mesita de noche donde descansaba su taza de café parcialmente frío. Tomó un sorbo pausado y exhaló con satisfacción.

—Creo que esto sí cuenta como ejercicio matutino —bromeó, alzando la taza hacia mí—. Salud.

—Salud —repuse, chocando suavemente mi propia taza contra la suya.

Nos miramos con complicidad, sabiendo que aquel juego había sellado una nueva confianza, y que, más allá de las risas y las cosquillas, habíamos compartido un momento de conexión auténtica.

Un par de días después, caminando por la misma calle donde vivía, la vi acercarse con paso apresurado. Llevaba puestas unas gafas oscuras que apenas ocultaban el moretón alrededor de su ojo derecho. Me detuve en seco: suelta y elegante, pero con esa sombra violácea que indicaba dolor reciente. Saludé con un breve gesto de mano y ella apenas me devolvió la mirada, evitando cualquier contacto.

Intenté llamarla al celular y enviarle mensajes por WhatsApp, pero no recibí respuesta. Aquella noche, su asiento en las clases de primeros auxilios volvió a quedar vacío. Ningún mensaje, ningún aviso: el silencio se había instalado de golpe.

Pasaron los días sin saber nada de ella, hasta que me enteré por un compañero de clase: su marido la había agredido. Nadie sabía con certeza por qué—si la conversación privada con él se tornó tensa tras descubrir nuestra complicidad de risas o si fue alguna otra circunstancia—pero el resultado fue el mismo: María Angélica se alejó de todo, cerró su puerta tras de sí y desapareció de mi rutina.

Así concluía este capítulo: un recuerdo de risas compartidas, seguido por un silencio abrupto. Y aunque dejaba en el aire muchas preguntas sin respuesta, entendí que, a veces, la vida—con sus encuentros y desencuentros—nos obliga a pausar los momentos más ligeros para enfrentar realidades mucho más duras.

Después de aquellas semanas de ausencia, la rutina en las clases nocturnas volvió a sentirse diferente: el espacio que había dejado María Angélica se traducía en un silencio incómodo que nadie terminaba de llenar. Fue en esa atmósfera que conocí a Jessica, una compañera nueva de diecinueve años que se sentó justo delante de mí desde la primera clase en la que apareció.

Jessica tenía una apariencia despreocupada y fresca: cabello castaño claro recogido en una coleta desenfadada, unos ojos curiosos que brillaban en cuanto hablaba, y un estilo casual—jean oscuro, camiseta holgada y unas zapatillas—que revelaba su juventud. En clase, cuando el instructor nos pidió ponernos en parejas para practicar maniobras de vendaje, alguien la nombró como mi compañera. Mientras la ayudaba a ajustar la posición correcta del muñeco para simular una herida en la pierna, noté que sus manos temblaban levemente… no de miedo, sino de entusiasmo.

—¿Es tu primera vez en estas clases? —le pregunté suavemente, rompiendo el hielo.

—Sí —respondió ella, sonriendo con timidez—. Vine porque quería aprender a ayudar mejor a mis padres; ambos trabajan fuera, y a veces me toca cuidar a mi abuela cuando la visita le sube la presión.

Hablamos un poco más mientras practicábamos vendajes y RCP, y descubrí que, aunque Jessica era muy dedicada a todo lo médico-espacial, también tenía un costado mucho más lúdico. Entre risas, le conté cómo, meses atrás, había descubierto mi “experimento” de cosquillas con María Angélica y con mi vecina Cristina, y que había documentado esas sesiones en mi blog personal de “tickling”.

Ella parpadeó sorprendida, pero a los pocos segundos sus ojos se iluminaron:

—¿De veras? ¡Me encantan las cosquillas! Tanto darlas como recibirlas. —Su voz sonaba genuina, sin ningún asomo de vergüenza.

En ese instante sentí que la clase se desvanecía a mi alrededor: descubrir que una compañera guardaba el mismo fetiche era como hallar un tesoro inesperado.

—Vaya —dije, intentando disimular el entusiasmo—. Entonces… tal vez podamos intercambiar técnicas de cosquillas durante el descanso.

Ella asintió con una sonrisa cómplice:

—Perfecto. Prometo ser justa, pero no garantizo que no intente huir.

Terminamos la clase y, en el receso, nos sentamos en una banca trasera. Le mostré en mi teléfono algunas de las notas del blog (sin las fotos, claro). Jessica leía atenta las descripciones de cómo cada nueva “víctima” reaccionaba: desde la hipersensibilidad de las plantas de los pies hasta la sorpresa de un ataque por la cintura o la axila.

— ¡Qué detallista! —exclamó, conteniendo un suspiro de emoción—. Siempre he pensado que las cosquillas son una forma muy pura de risa: nadie se prepara para ellas.

Cada día nos encontrábamos puntuales en el aula: yo llegaba al menos quince minutos antes para elegir mi lugar favorito, y Jessica se sentaba dos filas delante. Tras la clase, ya fuera en el pasillo o en la pequeña cafetería del edificio, compartíamos risas y planes para nuestra “sesión” de la tarde. Con el tiempo, esas reuniones improvisadas se hicieron rutina: casi todas las tardes, después de las últimas correcciones, ella se dirigía a mi apartamento mientras yo guardaba mis cosas.

Mi edificio no estaba lejos del centro de la ciudad, así que ella daba un pequeño paseo conversando conmigo sobre lo visto en la clase o cualquier anécdota que le sirviera de distracción. Una vez dentro, me acomodaba en el sofá del salón y comenzábamos a revisar nuevas ideas para el blog: “¿Cómo sería si probamos cosquillas con distintas texturas?”, “¿Qué tal un experimento con plumas suaves?”, o “hoy quiero ensayar un ataque sorpresa por la cintura y luego uno directo a los pies”. Era nuestra manera de combinar estudio, amistad y el fetiche compartido, con la complicidad que surge cuando confías en alguien.

Con el paso de los días, la dinámica se fue depurando: ella llegaba a mi puerta, me saludaba con un beso en la mejilla, me mostraba su sonrisa y un destello de entusiasmo en los ojos, y yo le abría el departamento. A veces sólo charlábamos, compartiendo un café o desconectándonos de la rutina académica. Pero casi siempre terminábamos en nuestras pequeñas sesiones de cosquillas, descubriendo nuevos puntos sensibles, ajustando el ritmo o probando combinaciones distintas de técnicas: dedos sobre la piel directa, luego una capa ligera de tela, y finalmente un barrido con guantes de algodón para contrastar las sensaciones.

Un par de tardes, en paralelo, ella me invitó a conocer su casa. Vivía con su madre, Cinthia, una mujer de aproximadamente cuarenta años de edad, de figura esbelta fruto de años de ejercicio en el gimnasio. Cinthia medía alrededor de 1.70 m, tenía el cabello negro y sedoso, la piel clara y un porte elegante que delataba disciplina deportiva. Sus zapatos eran talla 38 ó 39, y solía vestir ropa cómoda cuando estaba en casa—leggings oscuros y camisetas ligeras—pero con un toque de sofisticación aún en la sala de estar. Ésa fue la primera vez que me encontré frente a ella: su mirada, amable pero curiosa, me indicó que aceptaba silenciosamente la amistad de su hija conmigo.

Jessica me presentó con cierta timidez: “Mamá, este es Felipe, mi compañero de clase… y mi compañero de clases”. Cinthia sonrió con esa mezcla de orgullo y comprensión, y me ofreció un té de hierbas mientras nos acomodábamos en el sofá del salón. Un ligero aroma a menta y canela flotaba en el ambiente, y a pesar de que la atención principal era Jessica y yo compartiendo notas de nuestro blog, la presencia de Cinthia resultó reconfortante: su actitud era serena, casi curiosa por todo ese mundo de “tácticas” que habíamos convertido en juego.

En una de esas tardes tranquilas en mi apartamento, después de haber compartido algunas risas por una entrada del blog donde hablábamos de “los tipos de risas según el nivel de cosquillas”, nos acomodamos en el sofá, cada uno con una taza de café entre las manos. Jessica tenía los pies cruzados sobre la alfombra, y hablaba con esa confianza natural que habíamos desarrollado con el tiempo.

—Oye, ¿y tu mamá a qué se dedica exactamente? —le pregunté con curiosidad mientras miraba distraídamente la pantalla de mi celular, donde tenía abiertas algunas ideas para futuras entradas.

—Es gerente en una empresa de marketing —respondió con una sonrisa—. Vive estresada, pero lo lleva con bastante estilo… aunque por dentro siempre está corriendo.

—Wow, suena a mucho trabajo —dije, y luego añadí con un tono más curioso y juguetón—: ¿Y… tu mamá tiene cosquillas?

Jessica soltó una risita traviesa, bajando un poco la voz como si compartiera un secreto.

—¿Demasiadas —respondió—. O sea, mi mamá es hipercosquilluda. Su punto débil son las plantas de los pies.

Levanté las cejas, fingiendo sorpresa.

—¿En serio? ¿Y cómo sabes eso?

Ella se echó hacia atrás en el sofá, estirando las piernas como quien se prepara para contar algo divertido.

—Primero, porque lo he comprobado —dijo sin rodeos, sonriendo con picardía—. Una vez estábamos bromeando en casa y le hice unas cosquillitas en los pies… y fue como encender un interruptor. Se retorcía toda y no paraba de reír. Pero además, cuando vamos juntas al pedicure, es peor.

—¿Peor?

—Sí —dijo, riéndose mientras lo recordaba—. A mí me da cosquillas, sí, pero puedo contenerme un poco. Ella no. Es un mar de carcajadas. Apenas le pasan la piedra o el cepillo, ya está con los ojos llorosos de tanto reír. La pedicurista se ríe también, porque tiene que parar a cada rato.

Yo no podía evitar imaginarme la escena: Cinthia, con su porte elegante y su figura de gimnasio, totalmente vulnerable al mínimo contacto en sus pies. La imagen contrastaba tanto con su actitud seria de gerente que no pude evitar sonreír.

—No me la imagino así, de verdad. Siempre la he visto tan tranquila, como si nada pudiera alterarla.

Jessica me miró con complicidad, bajando aún más la voz.

—Créeme, con las cosquillas… es otra persona. Especialmente en los pies. Yo diría que incluso más que yo.

Mi mente no pudo evitar vagar por esa revelación, pero respeté el momento, sonriendo simplemente mientras ella tomaba otro sorbo de café. No hacía falta decir nada más: ambos sabíamos que ese tipo de detalles, en nuestro pequeño universo compartido, eran como piezas doradas de un tesoro secreto.

Le sonreí con curiosidad y, jugueteando con la idea, le pregunté directamente:

—Oye, Jessica, ¿y si yo te hiciera un favoroso “regalo” a tu mamá? Ya sabes… hacerle cosquillas en las plantas de los pies.

Ella me miró con los ojos brillantes, pensativa unos segundos, y luego asintió con naturalidad:

—Pues, de poder, puedes. Yo no le veo nada malo; de hecho, hasta me encantaría ver cómo reaccionas tú con mi mamá. —Se encogió de hombros con una sonrisa pícara—. Lo único es que… no sé si ella se deje.

Yo asentí, dándome cuenta de que, a pesar de su confianza, la realidad era que Cinthia podía sorprenderse.

—Entiendo —respondí—. Si se anima, te prometo que mantendré todo con mucho cuidado y respeto. Y, si en algún momento dice que ya no, paro al instante.

—Eso suena justo —dijo Jessica, convinciéndome con su mirada cómplice—. Yo hablaré con ella; le diré de nuestro pequeño proyecto de risas. A ver si se anima.

Nos reímos ambos, imaginando la escena, y supe que al día siguiente, tal vez, tendríamos una nueva y divertida sesión con la hipercosquilluda Cinthia.

Le dirigí una mirada curiosa y, con tono juguetón, le pregunté:

—¿Y cuál es exactamente el punto más cosquilludo de las plantas de tu mamá?

Jessica se acomodó en el sofá, recordando con claridad cada detalle.

—Justo en el centro del arco, en esa zona que conecta el talón con los dedos —respondió, sonriéndome—. Si le haces cosquillas ahí, literalmente pega alaridos mezclados con gritos y carcajadas.

Asentí, imaginando cómo sería esa reacción:

—¿En serio? —dije, divertido—. Entonces ese será mi objetivo si se anima a la “sesión”.

Ella asintió con entusiasmo:

—Sí, exacto. Una vez probamos en un spa casero, y desde el primer roce… fue como presionar un botón. Empezó a gritar de risa de inmediato.

—Perfecto —respondí, pensativo—. Tenemos nuestra “zona cero”.

—Genial —dijo Jessica, sonriendo amplia—. Y, si ves que no se anima, no insistas. Mejor dejarla con la intriga.

Reí suavemente y guardé la información en mi mente, listo para la próxima etapa de nuestro pequeño experimento con Cinthia.

Me despedí de Jessica aquella tarde, prometiendo contactar en unos días para coordinar el plan. Ocho días más tarde, un viernes por la tarde, la llamé para ultimar detalles.

—Hola, Felipe —dijo ella, con ese tono alegre—. Te cuento que le hablé a mi mamá y está dispuesta a ayudarnos como “modelo” para la clase de primeros auxilios.

Sentí cómo se me iluminaba la cara al escucharla.

—¿En serio? ¡Genial! —exclamé, conteniendo un entusiasmo apenas disimulado—. ¿Cuándo estaría bien para ella?

—Me dijo que el lunes, apenas llegue del trabajo, estará lista para lo que necesites. —Hizo una pequeña pausa—. Ya sabes, yo le conté que era para práctica de vendajes y RCP, y además de que quería conocer un poco de este mundo, la convencí mencionándole que tendríamos una sesión de “evaluación” un poco especial.

—Perfecto —respondí—. Entonces quedaríamos así: lunes después de su jornada laboral, en su casa. ¿Te parece a las siete de la noche?

—Me parece bien. Y te aviso si cambia algo —confirmó ella—. Descansa este fin de semana y prepárate.

Colgamos, y yo pasé el resto del viernes revisando las notas en mi libreta: los puntos de cosquillas más efectivos, las técnicas que había probado con Jessica, María Angélica y Cristina. El fin de semana se convirtió en un ejercicio de planificación.

Me despedí de Jessica aquel viernes con la promesa de escribirle el sábado para ultimar los detalles. Durante todo el fin de semana, cada vez que tenía un momento libre, me ponía a imaginar el encuentro con Cinthia: cómo abordaríamos el ejercicio de primeros auxilios, en qué momento incorporaría el pretexto de las cosquillas y de qué manera descubriría su famosa sensibilidad en el centro del arco. Sabía que el lunes, después de su trabajo, ella estaría dispuesta a ayudarnos como “modelo” para practicar vendajes y maniobras básicas, y eso me daba tiempo suficiente para pensar en cada paso.

El domingo por la noche, repasé mentalmente el recorrido en bicicleta hasta su casa: era un trayecto que ya conocía bien, un poco más de veinte minutos pedaleando desde mi edificio, atravesando el parque central y luego girando en la avenida principal hasta llegar a la calle donde vivían. También recordé cómo, en nuestra primera visita, el aroma a menta y canela en su sala me había hecho sentir bienvenido, y su figura esbelta y serena me había transmitido calma. Tenía claro que no necesitaba más que mis dedos: ninguna pluma de avestruz, ni guantes de algodón, ni aparatos extraños; solo yo, mis manos y la promesa de una sesión leve pero intensa.

Llegó el lunes y, antes de salir, dejé mi patineta eléctrica cargada en el pasillo; esa mañana había llovido un poco, así que las veredas estaban ligeramente húmedas, pero decidí que la bici sería más estable. A eso de las cuatro de la tarde, tomé la mochila con mi cuaderno de apuntes de primeros auxilios y un pequeño termo con agua, eché un vistazo al pronóstico: prometían despejado en la tarde. Me acomodé el casco, aseguré la bicicleta y salí.

El aire fresco me dio un empujón de energía mientras avanzaba por la calle principal. Pasé junto al parque, donde algunos niños jugaban en la zona de columpios, y me detuve un segundo a observar antes de continuar. Pensaba en la conversación de hace ocho días: Jessica me había contado que su mamá, Cinthia, aceptó ser “modelo” porque quería ayudar, pero que quizá no imaginaba del todo lo que implicaba —la primera vez que se la propusimos, su curiosidad había sonreído cuando le dije que necesitábamos un “paciente” para simular un vendaje—.

Mientras pedaleaba, me vino a la mente aquella primera imagen que tuve de Cinthia: cuando Jessica me la presentó en su casa, ella vestía una camiseta holgada y unos leggings grises de gimnasio que marcaban su figura atlética. Cinthia rondaría los cuarenta y dos años, pero su piel blanca, tersa y sin arrugas visibles delataba el oficio de quien va al gimnasio casi a diario. Su cabello negro, largo y liso, caía sobre los hombros con un brillo casi sedoso, y sus ojos verdes, como dos esmeraldas suaves, tenían esa mirada tranquila de quien está acostumbrada a escuchar y a dirigir. Medía alrededor de 1,75 m, una estatura que resaltaba cada vez que entraba en la sala, y sus movimientos delataban la confianza de alguien que sabe perfectamente cómo sostenerse en tacones de oficina.

Recuerdo también que llevaba unas pantuflas ligeras de color crema, con la puntera ligeramente levantada. Fue imposible no fijarme en el arco pronunciado de sus pies cuando descansaba los talones; aquel ligero relieve me hizo pensar en si serían cosquilludos o no. Tenía los dedos pulcros, uñas bien cuidadas, y recuerdo imaginarme lo que ocurriría si mis dedos descubrieran aquel punto exacto en el centro del arco. Apenas calcule su talla: quizás un 37 o un 38, un pie esbelto y fuerte, de esos que se notan cuidados y acostumbrados a calzado deportivo.

Esa noche, mientras la brisa me empujaba hacia adelante, su imagen volvía con fuerza: la manera en que se enderezaba para conversar con Jessica, la serenidad con la que ofrecía bondad y té de hierbas, y, por supuesto, esa curiosidad escondida en su mirada cuando le hablé de cosquillas. Todo ello me recordó que, dentro de unas horas, volvería a estar ahí, frente a frente con esa mujer de pie firme, piel clara y arco pronunciado, dispuesta a entregarse a una sesión intensa de risas que, sin duda, pondría a prueba cada centímetro de su hipersensibilidad.

—Gracias, Felipe —contestó Cinthia, tomando el vaso con una sonrisa amable mientras bebía unos sorbos—. Estaba muriéndome de sed.

Dejó el vaso sobre la mesa con un suspiro de alivio y miró a su hija.

—Voy a cambiarme. Me quito esta ropa de oficina y me pongo algo más cómodo, ¿sí? Solo me toma un minuto.

—Sí, claro, mamá —respondió Jessica con naturalidad—. Aquí te esperamos.

Cinthia desapareció por el pasillo rumbo a su habitación. Mientras la escuchábamos caminar, el suave golpeteo de sus tacones se apagó al cerrarse la puerta. Jessica se volteó hacia mí y me lanzó una mirada cómplice.

—¿Lista para la operación? —le susurré en tono de broma.

—Más que lista —respondió bajito, conteniendo una sonrisa—. Aunque no sé si ella lo está.

Nos reímos suavemente y comenzamos a ordenar el espacio, dejando todo limpio del primer ejercicio. Guardamos las vendas y el botiquín y bajamos el maniquí al suelo para no dar pistas visuales. Mientras tanto, yo me mentalizaba: me preguntaba cómo reaccionaría Cinthia al descubrir que todo ese montaje, en parte, escondía algo tan inesperado como unas simples pero efectivas cosquillas.

Escuchamos de nuevo pasos en el pasillo. Esta vez descalzos, suaves. Cinthia reapareció vestida con una camiseta de algodón azul claro, unos pantalones deportivos ajustados y, para mi sorpresa, sin zapatos. Caminaba descalza con naturalidad, como si no representara nada especial… pero para mí, cada paso era una confirmación de lo que vendría.

Sus pies, de planta arqueada y dedos bien proporcionados, se deslizaban por el suelo de madera. Se sentó en el borde del sofá y miró a los dos con tranquilidad:

—Listo. ¿Ahora qué sigue, doctores? —preguntó, medio en broma, cruzando los tobillos frente a ella.

—Ahora viene una parte un poco más relajada —dije yo, sonriendo—. No te preocupes, no hay que memorizar nada complicado. Solo déjate guiar.

Ella asintió y se recostó un poco, cruzando los brazos mientras miraba de reojo a su hija, como si notara algo en la forma en que Jessica y yo nos mirábamos.

—¿Seguro que esto todavía es parte del plan de primeros auxilios? —preguntó con una ceja arqueada, aunque divertida.

Jessica rió suavemente.

—Vamos a decir que es una prueba de reflejos… bastante natural.

Cinthia nos miró, sin dejar de sonreír.

—A ver, sorpréndanme.

Y ahí supe que el momento había llegado.

Cinthia me miró con una mezcla de curiosidad y una pizca de nerviosismo:

—¿Y ahora qué debo hacer? —preguntó, apoyando las manos sobre el sofá.

Jessica sonrió y, señalando el centro de la sala, respondió:

—Tú solo recuéstate boca arriba en el suelo, mamá.

Asentí y me acerqué para alfombrar un área pequeña con una manta suave, justo en el medio de la sala.

—Así —le indiqué en voz suave—. Boca arriba, con los brazos a los costados y las piernas estiradas un poco, cómodamente.

Cinthia bajó del sofá con naturalidad, se acomodó sobre la manta y estiró las piernas, dejando que la camiseta se deslizara un poco para no cubrir sus costados. Apoyó la cabeza en un cojín y cruzó las manos detrás de la nuca, mirándonos con atención.

—¿Así está bien? —preguntó, respirando hondo.

—Perfecto —respondió Jessica—. Ahora solo relájate y confía en nosotros.

Yo me agaché junto a sus pies, cuidando de no rozar el vendaje en su pierna derecha. Observé el recorrido del arco pronunciado, recordando cómo Jessica había mencionado que esa zona era su punto más vulnerable. Con suavidad, coloqué mis manos a los lados de los tobillos de Cinthia, dispuesto a iniciar mi parte del “ataque”.

En ese instante, Jessica se subió por encima de los muslos de su madre, acomodándose sobre el pecho de Cinthia y preguntando en voz baja, juguetona:

—¿Puedo, mamá?

Cinthia, apenas recostada boca arriba, sonrió con complicidad y respondió:

—Haz lo que tengas que hacer, hija.

Sin mediar palabra, Jessica empezó a deslizar sus dedos por la cintura de Cinthia, justo donde la camiseta acababa. Apenas los dedos de mi amiga rozaron esa zona, Cinthia estalló en una risa instantánea:

—¡JAJAJAJA! ¡Jessica, deja de… no, no! —trataba de arquear el torso para apartarse, pero las piernas descansaban en el suelo, inmóviles.

Aprovechando ese momento de distracción, incliné mis manos hacia las plantas de los pies de Cinthia. Con movimientos rápidos y juguetones, mis dedos comenzaron a deslizarse a lo largo de sus arcos, recorriendo cada pliegue con delicadeza. Ella reaccionó de inmediato:

—¡JAJAJAJA! —gritó, mientras su cuerpo se sacudía como un resorte—. ¡Mis pies… no… noooo!

Sus dedos se estiraron y encogieron en un vaivén frenético, sus plantas se arrugaban con cada toque, tratando de huir del cosquilleo intenso. Jessica, por su parte, apenas podía mantenerse encima de su madre por la risa:

—¡JAJAJA! ¡Mami, eres imposible! —jadeaba mi amiga, sujetando con una mano la cintura y con la otra intentando ayudar a su madre a incorporarse.

Cinthia, entre carcajadas, intentó empujar a Jessica para que dejara de atacarla en la cintura, pero el equilibrio no era sencillo:

—¡Genial… no solo en los pies, sino en la cintura! —exclamó Cinthia, sus risas resonando en toda la sala—. ¡Les odio… pero las adoro!

Yo intensifiqué el ritmo en los pies: alternaba presiones en el arco con pequeños pellizcos entre los dedos. Sus pies pataleaban con fuerza y sus risas se mezclaban con los gritos de Jessica:

—¡JAJAJA! ¡Más… más…!

Cada vez que mis dedos marcaban el centro exacto de su arco, Cinthia pegaba un último brinco, disparando carcajadas que llenaban la habitación. Jessica, agotada de sujetarse, acabó por recostarse suavemente sobre la parrilla de su madre, riendo también:

—¡Esto es más divertido de lo que imaginé!

Cinthia, completamente inmersa en el caos de risas compartidas, apenas podía respirar:

—¡No… no… puedo más! —jadeó antes de estallar en otra andanada de carcajadas—. ¡Piedad, piedad!

Jessica no bajó el ritmo. Con risas contenidas, sus dedos se deslizaron de la cintura de Cinthia hacia sus costillas, provocando una segunda explosión de carcajadas.

—¡E-esto… es… —Cinthia gritó entre alaridos de risa, arqueando la espalda mientras Jessica apretaba firme sus costillas—. ¡JAJAJAJAJA! ¡Terminen… no…!

Mientras tanto, yo presionaba mis dedos con mayor insistencia en las plantas de sus pies, recorriendo sin piedad cada arco y cada pliegue. Cinthia levantó las piernas, el pie derecho describió círculos frenéticos y el izquierdo se retorció con cada toquecito:

—¡JAJAJAJA! —exclamó ella, con el rostro sonrojado—. ¡Las cosquillas… llegan a todo!

Los dedos de Jessica zigzagueaban por sus costillas, acertando justo debajo de las axilas, y Cinthia respondía con reflejos involuntarios, intentando apartarse, pero sin conseguirlo:

—¡Ju-ju-ju… para… por favor… —soltaba entre jadeos de risa, sus manos presionando torpemente el suelo—. ¡JAJAJAJA!

Yo no quise ser menos. Con un breve gesto dejé de presionar el centro del arco y me concentré en el talón y los dedos, rozando las bases con deliberada lentitud. Cada vez que un dedo se hundía entre sus dedos del pie, la risa de Cinthia subía de tono:

—¡JAJAJAJA… tus dedos son asesinos! —musitó, conteniendo apenas una carcajada más.

Jessica, sin pausa, cambió de ritmo y empezó a hacer pequeños golpecitos en la parte alta del vientre de Cinthia, justo bajo las costillas. Fue el toque definitivo; Cinthia arqueó el torso como un resorte:

—¡JAJAJAJAJA! ¡Basta… bááásta…! —gritó, los ojos entrecerrados por la risa.

En un último esfuerzo, mis dedos se dirigieron al espacio entre la planta y los dedos, arrastrando un ligero pellizco que produjo un alarido final en Cinthia, sacudiendo todo su cuerpo:

—¡NO PUEDO… MÁS… JAJAJAJA! —gritó, mientras finalmente estallaba en carcajadas sin aliento.

Jessica, sin darle tregua, siguió deslizando sus dedos por las costillas y la cintura de Cinthia. Sus movimientos eran precisos: presionaba justo debajo de las costillas, luego subía unos centímetros hacia el abdomen, alternando rapidez y lentitud. Cinthia arqueaba el torso en la estera, golpeando con los puños el suelo, mientras soltaba carcajadas incontrolables:

—¡JAJAJAJA! ¡En las costi-llas… nooo! —exclamaba, arqueando la espalda y retorciéndose en un vaivén frenético—. ¡Piedad, piedad!

Al mismo tiempo, yo continuaba justo donde lo había dejado: explorando con mis dedos cada centímetro de las plantas de su pie derecho, luego del izquierdo. La suavidad de su piel se hacía evidente al tacto; se sentía tersa, casi como satén, y cada roce ligero se convertía en una chispa que encendía su risa al máximo. Cada vez que mis uñas acariciaban ese arco pronunciado, Cinthia hacía el intento de encoger los pies, como si quisiera proteger esa zona vulnerable:

—¡JAJAJAJAJA! —su alarido inundó la sala—. ¡Mis pies… nooooo!

Ella estiraba las piernas, intentando alejar mis manos, pero yo aprovechaba cada segundo para deslizarme hacia el centro del arco y, de allí, puntear entre los dedos, provocando sacudidas inesperadas.

Mientras tanto, el cruce de tacto continuó: Jessica lanzó un par de golpecitos firmes en el costado izquierdo, bajo las costillas, y Cinthia respondió arqueando el tronco con un inmenso brinco:

—¡AAAHHH… eso sí es terrible! —gritó, el rostro encendido—. ¡JAJAJAJAJA!

Yo, sin pausa, alternaba las plantas de sus pies: primero el talón, luego todo el arco, después los pliegues ligeros bajo los dedos, y por último una danza de golpes veloces entre cada falange. Sus pies intentaban describir círculos en el aire, describiendo figuras que solo la desesperación por huir de mis manos podía crear:

—¡JAJAJAJAJ! ¡Para… para… por favor! —clamó, mientras sus manos golpeaban el suelo con fuerza—. ¡Creo… que muero!

La intensidad subía, con Jessica presionando en la cintura y yo sosteniendo sus tobillos para no soltar el ataque en sus plantas. Las risas de Cinthia ya no tenían pausa: eran un río desbordado, incontrolable y puro.

Jessica se separó de las costillas y la cintura de su madre con una risita cómplice. Entonces, con cuidado, se acomodó junto a mí a la altura de los pies de Cinthia.

—Ahora seremos dos en la misión final —susurró, clavando sus ojos en el arco del pie izquierdo.

Yo, por mi parte, mantuve mis dedos en la planta derecha y, al ver a mi hija alineándose en el otro lado, sonreí satisfecho.

Al instante, Jessica deslizó sus yemas por el centro del arco izquierdo, presionando suave y luego acelerando en movimientos cortos. Cinthia, completamente entregada al vaivén de las risas, pegó un brinco tan fuerte que sus manos buscaron aferrarse al suelo.

—¡JAJAJAJAJA! ¡En los pies… nooo! —gritó, mientras su voz se enredaba entre carcajadas y súplicas—. ¡Por favor… piedad…!

Yo, sin soltar mis movimientos, subí un poco el ritmo: presioné mis uñas en la base de los dedos derechos y luego tracé un recorrido veloz hacia el talón. La piel de su planta, suave como satén, reaccionaba al instante, encogiéndose y estirándose involuntariamente, cada pliegue despertando un torrente de carcajadas.

En simultáneo, los dedos de Jessica cambiaron de técnica: ahora entrelazaba toques rápidos entre cada dedo del pie izquierdo, aprovechando cada espacio para maximizar la sensación. Cinthia arqueó la espalda, mientras sus piernas temblaban y trataban de huir:

—¡JAJAJAJAJA! ¡No aguanto… loooo…! —jadeaba, su voz subiendo y bajando con cada nueva descarga de cosquillas—. ¡Sus dedos son… ¡asesinos!

La escena se tornó todavía más caótica: Jessica y yo intercambiábamos miradas satisfechas y, aun así, cada uno mantenía su ritmo, conscientes de que, juntos, hacíamos un dúo imparable de risas. Los pies de Cinthia describían círculos rápidos en el aire, recogiendo cada ápice de contacto, y su cuerpo se zarandeaba sobre la manta que la sostenía.

—¡JAJAJAJA! ¡Es… es demasiado! —exclamó, con la boca abierta en una risa incontenible—. ¡Mis pies… JAJAJAJA!

Con un leve ajuste, bajé un poco la velocidad para darle un mínimo respiro, pero solo lo suficiente como para que ella no pudiera recuperarse del todo. Mientras tanto, Jessica aprovechó ese instante para deslizarse ligeramente hacia los dedos del pie izquierdo, dedicándose a presionar con precisión esos pequeños espacios que, según me había contado, resultaban irresistibles.

Cinthia, en medio del caos, intentó hablar entre risas:

—¡S-stop… JAJAJA! ¡Más… no más…! —trataba de juntar las palabras, pero su risa la traicionaba.

Nos miramos con complicidad. Sabíamos que estábamos en la cima de la intensidad y que cualquier pausa prolongada cortaría el flujo de carcajadas. Así que, en lugar de detenernos del todo, intercambiamos rápidos gestos: yo presioné un poco más cerca del talón, mientras Jessica retornó al arco, combinando velocidad y presión.

Por un instante, la habitación se llenó solo del sonido incesante de risas puras. En esa vibración, parecía que todo el mundo exterior desaparecía: solo quedábamos nosotros tres, unidos por la confianza de un juego respetuoso y profundamente alegre.

Finalmente, y a pesar de que Cinthia aún se retorcía entre risas, redujimos gradualmente la intensidad hasta detenernos por completo. Las manos de mi amiga se apartaron, al igual que las mías, y ambos dejamos que el cuerpo de Cinthia cayera en un temblor final de alivio. Sus pies ya no se movían, y ella quedó a merced de la manta, recuperando el aliento con una gran sonrisa.

—Uf… —susurró, apoyando la cabeza en el suelo—. Creo que… ya cumplí la cuota del día.

Jessica se inclinó para ayudar a su madre a incorporarse, apoyando un brazo bajo sus axilas y otro bajo sus rodillas.

—Ven, mami, te ayudo —susurró con cariño.

Mientras ellas dos se levantaban, yo permanecí un poco al margen, rozando mis manos con timidez y sin saber muy bien qué decir. Mi mirada bajó un instante, apenado por la intensidad de la sesión, pero al mismo tiempo orgulloso de haber compartido un momento tan genuino con ellas.

Cinthia se enderezó con cuidado, frotándose las muñecas y los tobillos donde antes habíamos estado. Me dirigió una sonrisa tranquila:

—Estuvo perfecto, chicos. Gracias por todo.

Jessica le pasó un brazo alrededor de los hombros a su madre y luego me miró con complicidad:

—¿Todo bien, Felipe?

Asentí con la cabeza, recuperando la voz:

—Sí… sí, todo genial. Solo… gracias por confiar en mí.

Cinthia asintió, recogiendo la manta y acomodándola en el sofá:

—De eso se trata, de confiar. Y creo que hoy rompimos la rutina de la mejor manera.

Nos quedamos un instante más juntos en la sala, sintiendo el eco de las risas recientes. Luego, cada uno fue retomando su lugar: Jessica recogió el maniquí para la próxima práctica, Cinthia regresó a su habitación para cambiarse, y yo me despedí con un gesto de mano, con la satisfacción de haber vivido otra sesión inolvidable.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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