El Cosquilleador de Famosas: Ariana Grande

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Sebastián Mora llevaba semanas investigando a su próximo objetivo. Después del éxito con Claudia Schiffer, necesitaba un nuevo desafío, alguien que representara un reto diferente. Y Ariana Grande era perfecta.

No era solo su juventud o su talento; era su presencia en redes sociales. Ariana había construido una carrera basada en la conexión con sus fans, compartiendo aspectos de su vida que otras celebridades mantenían en privado. Y entre esas confesiones, había una que había llamado la atención de Sebastián.

Hacía años, en 2011, Ariana había respondido una pregunta en Twitter con una sinceridad que ahora la perseguía: «extremadamente cosquillosa». No era una confesión casual; era una declaración pública de vulnerabilidad. Y Sebastián sabía que las personas que admiten sus debilidades en público suelen ser las más fáciles de explotar.

Pero la investigación no terminaba ahí. Ariana había continuado alimentando esa imagen, subiendo fotos de sus pies descalzos, posando en traje de baño, mostrando sus pies en redes sociales. No era coquetería; era una invitación involuntaria. Una puerta abierta que Sebastián estaba decidido a cruzar.

Lo que realmente selló la decisión de Sebastián fue un video que encontró en YouTube. Era de un programa de televisión donde Ariana era invitada. El presentador, en un momento de juego, había intentado hacerle cosquillas en la cintura. La reacción de Ariana fue inmediata y explosiva: un grito agudo seguido de una risa incontrolable que la hizo doblarse sobre sí misma.

«¡No me hagas cosquillas!», había gritado entre risas. «¡Soy demasiado cosquillosa!»

Sebastián sonrió. No necesitaba más pruebas. Ariana Grande era extremadamente cosquillosa, y sus pies, a juzgar por las fotos que publicaba, serían su punto más vulnerable.

Ahora solo necesitaba el plan.

Sebastián sabía que acceder a Ariana Grande no sería tan sencillo como con Claudia Schiffer. Ariana era más joven, más protegida, y su equipo de seguridad era mucho más estricto. Necesitaba una excusa perfecta, una razón para estar cerca de ella que no levantara sospechas.

La oportunidad llegó cuando supo que Ariana estaba buscando un nuevo estilista personal. Su anterior asesor de imagen había sido despedido por razones que nadie especificaba, pero que Sebastián imaginaba relacionadas con falta de profesionalismo. Era su momento.

A través de contactos en la industria, Sebastián logró que su nombre llegara a la lista de candidatos. Su reputación como asesor de imagen impecable y discreto le precedía. No tardó en recibir una llamada del equipo de Ariana.

«Señor Mora, hemos revisado su portafolio y estamos impresionados. La señorita Grande le gustaría conocerlo personalmente. ¿Puede viajar a Los Ángeles la próxima semana?»

«Por supuesto», respondió Sebastián, con la calma de quien ha estado esperando esa llamada durante semanas. «Estaré allí.»

Los días previos a la reunión, Sebastián perfeccionó su estrategia. Sabía que Ariana era una mujer inteligente y desconfiada, acostumbrada a que la gente quisiera algo de ella. No podía mostrarse demasiado interesado ni demasiado profesional. Tenía que ser auténtico, o al menos parecerlo.

Llegó a Los Ángeles una mañana soleada. La casa de Ariana era una mansión moderna en las colinas de Beverly Hills, con vistas a toda la ciudad. Sebastián fue recibido por un asistente que lo condujo a una sala de estar amplia y luminosa.

«La señorita Grande llegará en unos minutos», dijo el asistente. «Mientras tanto, ¿desea algo de beber?»

«Agua, por favor», respondió Sebastián, sentándose en un sofá de cuero blanco.

Miraba a su alrededor, observando los detalles: las fotos familiares, los premios, los objetos personales. Todo hablaba de una mujer joven y exitosa, pero también de alguien que necesitaba controlar su entorno.

Y entonces ella apareció.

Ariana Grande entró en la sala como una ráfaga de energía. Llevaba un conjunto deportivo de color rosa, el cabello recogido en su característica coleta alta. Sus ojos eran grandes y expresivos, y su sonrisa era cálida pero evaluadora.

«Sebastián, ¿verdad?», dijo, extendiendo la mano. «Encantada de conocerte. He oído maravillas de ti.»

«El placer es mío, señorita Grande», respondió Sebastián, estrechando su mano con firmeza pero sin apretar. «Gracias por recibirme.»

«Por favor, llámame Ariana», dijo ella, sentándose frente a él. «No me gusta la formalidad. Cuéntame, ¿qué te trae por aquí?»

Sebastián sabía que la entrevista era su primera prueba. No podía parecer demasiado ansioso ni demasiado desinteresado. Tenía que mostrar interés genuino en su trabajo y en ella como persona.

«Bueno, Ariana», comenzó, «he seguido tu carrera durante años. No solo como cantante, sino como icono de estilo. Has creado una imagen muy definida, y creo que hay espacio para evolucionarla sin perder tu esencia.»

Ariana inclinó la cabeza, intrigada. «¿Evolucionarla? ¿Cómo?»

«Pequeños ajustes», dijo Sebastián. «Nada drástico. Por ejemplo, he notado que en tus sesiones de fotos sueles usar calzado muy alto. Es elegante, pero también puede ser limitante. Hay alternativas que te permitirían moverte con más libertad sin sacrificar estilo.»

Ariana sonrió. «¿Eres de los que piensan que los tacones son el enemigo?»

«Los tacones son herramientas», corrigió Sebastián. «Como cualquier herramienta, tienen su momento y su lugar. Pero una mujer de tu talento no debería estar limitada por su calzado.»

Ariana se rió, un sonido musical que llenó la sala. «Me gusta cómo piensas. ¿Tienes algún ejemplo?»

Sebastián sacó su tablet y mostró algunas imágenes de Ariana en diferentes sesiones de fotos. Señaló una donde ella aparecía con sandalias planas. «Mira esta. Estás descalza, relajada, natural. Esa es la imagen que deberías explotar más.»

Ariana observó la foto, reflexionando. «¿Crees que debería mostrarme más descalza?»

«Creo que deberías mostrarte más auténtica», respondió Sebastián. «Y si eso significa mostrar tus pies, ¿por qué no? Tienes unos pies preciosos, Ariana. No deberías esconderlos.»

Ariana se sonrojó ligeramente, un gesto que Sebastián no pasó por alto. «Eres muy directo, ¿verdad?»

«Soy honesto», dijo Sebastián. «Y la honestidad es la base de cualquier buena relación profesional.»

La reunión continuó durante otra hora. Sebastián mostró su portafolio, discutió ideas y escuchó las inquietudes de Ariana. Cuando terminó, ella lo miró con una sonrisa.

«Me gustas, Sebastián. Eres diferente a los demás. ¿Puedes empezar la próxima semana?»

«Estoy a tu disposición», respondió él, con una sonrisa interior de satisfacción. El primer paso estaba dado.

La primera semana de trabajo con Ariana fue intensa. Sebastián se integró rápidamente en su equipo, mostrando profesionalismo y discreción. Asistía a sus sesiones de fotos, la acompañaba a eventos y, lo más importante, se ganaba su confianza.

Ariana era una persona abierta y extrovertida, pero también tenía sus reservas. Sebastián notó que evitaba que la tocaran en ciertas zonas: la cintura, las costillas y, sobre todo, los pies. Cuando una estilista intentó ayudarla a ponerse unos zapatos, Ariana se apartó con una sonrisa nerviosa.

«Déjame, yo puedo», dijo, poniéndose los zapatos ella misma.

Sebastián observó el gesto con atención. Era una confirmación de lo que ya sospechaba. Ariana era extremadamente cosquillosa y hacía todo lo posible por ocultarlo.

Pero Sebastián sabía que la confianza era como una puerta: una vez abierta, todo era posible. Y él era un experto en abrir puertas.

Una tarde, después de una larga sesión de fotos, Ariana se quejó de dolor en los pies. «Estos malditos tacones», dijo, masajeándose los arcos. «Me van a matar.»

«¿Puedo ayudarte?», ofreció Sebastián. «Tengo algo de experiencia en masajes. Podría aliviar esa tensión.»

Ariana dudó. Era una mujer acostumbrada a mantener el control, y la idea de que alguien tocara sus pies la hacía sentir vulnerable. Pero el dolor era real, y Sebastián le inspiraba confianza.

«Está bien», accedió. «Pero solo un poco.»

Sebastián se arrodilló frente a ella y tomó uno de sus pies con delicadeza. La piel de Ariana era suave, casi infantil, y sus dedos eran largos y elegantes. Comenzó a masajear el arco con movimientos suaves, aplicando una presión justa.

Ariana se relajó casi de inmediato. «Oh… eso es realmente agradable», dijo, cerrando los ojos.

«El secreto está en la constancia», explicó Sebastián, moviendo sus dedos en círculos. «El masaje debe ser rítmico y profundo.»

Ariana asintió, claramente disfrutando. Pero entonces, Sebastián cambió de técnica. En lugar de masajear, comenzó a pasar sus dedos ligeramente por el centro de la planta.

Ariana dio un respingo y soltó una risita. «¡Oh! Eso… jajaja… eso hace cosquillas.»

«¿Sí?», dijo Sebastián, fingiendo sorpresa. «¿Tienes cosquillas en los pies?»

«Sí… jajaja… muchísimas», admitió Ariana, intentando retirar el pie. «Por eso no dejo que nadie los toque.»

Sebastián sujetó suavemente su tobillo, sin dejar de mover los dedos. «Pero no estás huyendo. ¿Quieres que pare?»

«No… jajaja… no sé… es raro», dijo Ariana, con la voz entrecortada. «Es… como si… no pudiera decidir si me gusta o no.»

Sebastián sonrió. Esa era la respuesta que había estado esperando. «Déjame probar algo diferente», dijo, y comenzó a mover los dedos en pequeños círculos en la base de sus dedos.

Ariana soltó una carcajada incontrolable. «¡Jajajaja! ¡Ahí no! ¡Esa es mi zona más sensible!»

«Ya lo sé», dijo Sebastián, continuando con el movimiento. «Y es mi favorita.»

Ariana reía sin control, su cuerpo retorciéndose en el sofá. Sus manos se aferraban a los cojines, y sus pies intentaban escapar, pero Sebastián los mantenía firmes.

«¡Por favor! ¡Jajajaja! ¡No puedo más!», suplicó Ariana, con lágrimas de risa en los ojos.

Sebastián se detuvo un momento, dándole un respiro. «¿Quieres que pare?»

«No… jajaja… no sé…», dijo Ariana, recuperando el aliento. «Es… es demasiado intenso. Pero no quiero que pares.»

Sebastián asintió. «Entonces confía en mí. Voy a llevarte al límite, pero solo si tú me dejas.»

Ariana lo miró a los ojos, y en ese momento, Sebastián vio algo diferente en ella. No era miedo, ni incomodidad. Era curiosidad, deseo de explorar una parte de sí misma que siempre había mantenido oculta.

«Está bien», dijo finalmente. «Pero promete que pararás si te lo pido.»

«Te lo prometo», dijo Sebastián, y volvió a tomar sus pies.

Esta vez, no hubo masaje. Solo cosquillas. Sebastián movió sus dedos sobre las plantas de Ariana con una precisión implacable, alternando entre el arco y la base de los dedos, buscando los puntos más sensibles.

Ariana reía a carcajadas, su cabeza moviéndose de un lado a otro, su coleta despeinada. Sus manos se aferraban a los brazos del sofá, y sus pies se retorcían intentando escapar, pero Sebastián no cedía.

«¡Jajajaja! ¡No! ¡Por favor!», gritaba Ariana. «¡Es demasiado!»

«Tranquila», decía Sebastián, con voz calmada. «Solo déjate llevar.»

Y Ariana se entregó. Dejó de intentar escapar y se dejó llevar por las sensaciones. Su risa se volvió más suave, más profunda, y sus dedos se relajaron, permitiendo que Sebastián hiciera lo que quisiera.

Sebastián continuó durante varios minutos, explorando cada centímetro de los pies de Ariana. Descubrió que su pie izquierdo era más sensible que el derecho, y que la zona más vulnerable era el arco, justo en el centro de la planta.

Cuando notó que la respiración de Ariana comenzaba a acelerarse y sus mejillas se sonrojaban, supo que estaba cerca del clímax.

«¿Lista para el final?», preguntó Sebastián.

«Sí… por favor…», susurró Ariana, con la voz entrecortada.

Sebastián tomó una pluma de su bolsillo (siempre llevaba una) y la pasó suavemente por la planta del pie de Ariana, desde el talón hasta los dedos, en un movimiento lento y constante. Ariana soltó un gemido y su cuerpo se tensó, mientras un orgasmo la recorría de pies a cabeza.

Cuando el temblor cesó, Ariana se quedó sin aliento, con el pecho subiendo y bajando rápidamente. Sus ojos estaban húmedos, y su rostro brillaba con una mezcla de placer y vergüenza.

«Eso… fue… increíble», dijo, con la voz ronca.

Sebastián sonrió y le devolvió el pie. «¿Ves? Las cosquillas no tienen que ser negativas. Pueden ser una forma de conexión.»

Ariana lo miró, con una mezcla de gratitud y asombro. «¿Cómo lo hiciste? Quiero decir, he tenido amantes, pero ninguno había logrado que… bueno, que sintiera algo así.»

«El secreto está en la confianza», dijo Sebastián, levantándose. «Tienes que sentirte segura para entregarte. Y yo me aseguré de darte esa seguridad.»

Los días siguientes, la relación entre Sebastián y Ariana cambió. Ya no era solo profesional; había un juego tácito entre ellos, una complicidad que ninguno de los dos nombraba pero ambos sentían.

Ariana comenzó a buscarlo más a menudo, no solo para temas de trabajo, sino para pasar tiempo juntos. A veces, después de las sesiones, se quedaban charlando en su sala de estar, riendo y compartiendo historias.

«Sebastián», dijo Ariana una tarde, mientras tomaban té en el jardín. «¿Puedo preguntarte algo personal?»

«Claro», respondió él, con una sonrisa.

«¿Por qué te dedicas a esto? Quiero decir, eres un hombre joven, atractivo, talentoso. Podrías estar haciendo cualquier cosa. ¿Por qué elegiste el mundo de la moda?»

Sebastián había esperado esa pregunta. «Porque me fascina la belleza. No solo la superficial, sino la que se esconde detrás de las apariencias. Cada persona es única, y me encanta descubrir esa unicidad.»

Ariana lo miró, intrigada. «Eso es… una respuesta muy profunda.»

«Es la verdad», dijo Sebastián. «La moda es una forma de arte. Y yo soy un artista.»

Ariana se rió, pero había un tono de respeto en su risa. «Eres un artista, ¿eh? ¿Y qué clase de arte haces?»

«El arte de la transformación», respondió Sebastián, inclinándose ligeramente hacia ella. «Tomo a una persona y la ayudo a convertirse en su mejor versión. Pero para eso, primero necesito conocerla. Entender sus fortalezas… y sus debilidades.»

Ariana se quedó en silencio, reflexionando sobre sus palabras. «¿Y ya me has conocido? ¿Ya sabes cuáles son mis debilidades?»

Sebastián sonrió, con una pizca de picardía. «Sé que eres muy cosquillosa en los pies. Eso es una debilidad, ¿no?»

Ariana se sonrojó, pero no se ofendió. «Supongo que sí. Pero es una debilidad inofensiva.»

«¿Segura?», preguntó Sebastián, con un tono juguetón. «¿Qué pasaría si alguien usara esa debilidad en tu contra?»

Ariana lo miró, con una mezcla de curiosidad y desafío. «¿Estás insinuando que podrías hacerlo?»

Sebastián se encogió de hombros. «No lo sé. ¿Crees que debería intentarlo?»

Ariana se rió, pero esta vez con un tono diferente, más cómplice. «Quizás. Pero tendrías que ser muy valiente para intentarlo.»

La semana siguiente, Ariana tenía una sesión de fotos importante. Estaba nerviosa, y Sebastián notó que sus pies se movían inquietos bajo la mesa mientras tomaban café.

«Tranquila», dijo él, colocando una mano sobre la suya. «Vas a estar perfecta.»

«Lo sé», dijo Ariana, con una sonrisa nerviosa. «Pero siempre me pongo así antes de las sesiones importantes.»

«¿Qué tal si te ayudo a relajarte?», ofreció Sebastián. «Un masaje rápido antes de empezar.»

Ariana dudó un momento, pero luego asintió. «Está bien. Pero solo un poco.»

Sebastián la llevó a una sala privada y la sentó en un sillón. Se arrodilló frente a ella y comenzó a masajear sus pies, pero esta vez no hubo juego. Solo masaje, suave y relajante.

Ariana cerró los ojos y se dejó llevar. «Eres muy bueno en esto», dijo, con voz soñolienta.

«Es parte del trabajo», respondió Sebastián, sonriendo.

Cuando terminó, Ariana lo miró con gratitud. «Gracias, Sebastián. No sé qué haría sin ti.»

«Tampoco yo», dijo él, con una sonrisa enigmática. Pero esa sonrisa no era de gratitud, sino de satisfacción. El plan había funcionado. Ariana confiaba en él, y eso era todo lo que necesitaba.

Esa noche, en su apartamento, Sebastián escribió en su libreta:

Ariana Grande:

  • Pies extremadamente sensibles, especialmente el arco y la base de los dedos.
  • La risa se vuelve incontrolable cuando se aplica presión constante en el centro de la planta.
  • Responde bien a la combinación de masaje y cosquillas.
  • Muy receptiva a la confianza y la seducción profesional.
  • Zona secundaria: costillas y axilas (también sensibles, pero no tanto como los pies).

Cerró la libreta y sonrió. Ariana Grande había sido un objetivo perfecto, pero el trabajo nunca terminaba. Siempre había otra famosa, otra debilidad que descubrir, otra risa que provocar.

Su mirada se detuvo en el siguiente nombre de su lista: Silvia Jato.

«Próximo objetivo», murmuró, y comenzó a planear su próximo movimiento.

Fin

Original de Tickling Stories

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