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La noche en que Maria Sharapova perdió en Wimbledon, Sebastián Mora estaba en la grada. No era un fan del tenis; era un cazador, y su presa acababa de sufrir una humillación pública. Sabía que estaría vulnerable, furiosa, necesitada de consuelo. Y él sería quien se lo proporcionara.
Se había hecho pasar por masajista deportivo durante los últimos tres meses, acreditado por una federación falsa que había creado con cuidado. Su especialidad: recuperación de lesiones en pies y tobillos. Era el perfil perfecto para acercarse a tenistas profesionales.
Cuando Maria rechazó a su entrenador y se encerró en el vestuario, Sebastián supo que era su momento. Se presentó como «el especialista que el torneo había contratado para atención inmediata», y los guardias, cansados y confundidos, lo dejaron pasar.
Maria estaba sentada en una banqueta, con la cabeza entre las manos. Llevaba puesta una sudadera holgada y sus pies descalzos descansaban sobre el frío suelo de baldosas. Estaba tan concentrada en su derrota que apenas levantó la mirada cuando él entró.
«¿Quién es usted?», preguntó con voz áspera.
«Sebastián Mora, señorita Sharapova. Soy fisioterapeuta especializado en recuperación de extremidades inferiores. El torneo me envió para asegurarme de que no tenga ninguna lesión que pueda empeorar.»
Maria lo miró con desconfianza, pero no le importaba. Estaba demasiado exhausta emocionalmente como para discutir. «No tengo ninguna lesión. Solo quiero estar sola.»
«Con todo respeto, señorita Sharapova, he visto su partido. Esa caída en el segundo set fue dura. Puede que no sienta nada ahora, pero la inflamación puede aparecer en las próximas horas. Solo necesito cinco minutos para revisarla.»
Maria suspiró y asintió con cansancio. «Bien. Pero que sean cinco minutos.»
Sebastián sonrió interiormente mientras se arrodillaba frente a ella. «Necesito que estire las piernas, por favor.»
Maria obedeció, y él tomó su pie derecho con manos firmes pero profesionales. Comenzó un masaje metódico en el talón, moviéndose hacia el arco con movimientos calculados. Podía sentir la tensión en sus músculos, pero también notó algo más: un leve temblor cuando sus dedos rozaron la planta.
«Mantenga la pierna relajada», dijo, mientras comenzaba a presionar puntos específicos. «Esto ayudará a la circulación.»
Maria cerró los ojos, y fue entonces cuando Sebastián hizo su movimiento. De su bolsillo extrajo una pequeña jeringa con un sedante de acción rápida y la inyectó en el tobillo de Maria. Fue tan rápido y tan limpio que ella ni siquiera se dio cuenta hasta que sintió un pinchazo.
«¿Qué fue eso?», preguntó, abriendo los ojos con alarma.
«Una inyección de antiinflamatorios», mintió Sebastián. «Ayudará con la recuperación.»
Maria intentó levantarse, pero sus piernas ya no respondían. El sedante se estaba extendiendo rápidamente por su sistema, y su visión comenzó a nublarse. Intentó gritar, pero solo un sonido débil escapó de sus labios antes de que todo se volviera negro.
Cuando Maria abrió los ojos, estaba en una habitación desconocida. Sus muñecas y tobillos estaban atados a una camilla metálica, y estaba completamente desnuda. La luz era tenue, pero suficiente para ver a Sebastián sentado frente a ella con una expresión de satisfacción.
«Buenos días, Maria», dijo con voz suave. «Dormiste bien, espero.»
«¿Dónde estoy?», preguntó con voz temblorosa. «¿Qué quiere de mí?»
«Vas a estar aquí un tiempo», respondió, ignorando sus preguntas. «No trates de gritar; esta habitación está insonorizada. No trates de escapar; las correas son de acero. Solo concéntrate en respirar.»
Maria forcejeó contra sus ataduras, pero era inútil. «¿Por qué me ha hecho esto?»
«Porque he esperado mucho tiempo para tener una oportunidad como esta», dijo Sebastián, sin perder la sonrisa. «He visto cada partido que has jugado. No por el tenis, sino por tus pies. Esa forma en que los mueves cuando te concentras, la forma en que los flexionas cuando te estiras. He soñado con tenerlos a mi alcance.»
Maria sintió un escalofrío. «Está enfermo.»
«Puede que tenga razón», admitió él. «Pero también soy paciente. Y ahora, por fin, tengo lo que quiero.»
Sebastián se levantó y se acercó a una mesa donde había una serie de herramientas. Tomó un cepillo de cerdas suaves y regresó a la camilla. Se sentó a los pies de Maria y, sin decir una palabra, comenzó a pasar el cepillo por el arco de su pie derecho.
La sensación fue inmediata y abrumadora. Maria soltó una risa involuntaria, seguida de otra. «¡Ja… jajaja… no! ¡Pare! ¡Ahí no!»
«¿Ahí no?», repitió Sebastián, moviendo el cepillo hacia el talón. «¿Qué tal aquí?»
«¡Jajajaja! ¡Por favor, no!» Maria se retorcía, pero las correas la mantenían firmemente en su lugar. «¡No puedo! ¡No soporto las cosquillas!»
«Eso lo sé muy bien», dijo Sebastián, con una sonrisa fría. «Lo he visto en tus entrevistas, en tus gestos. Cuando alguien te toca los pies, pierdes el control. Es hermoso de ver.»
Maria reía sin parar, sus ojos llenos de lágrimas. Pero Sebastián no se detenía. Pasó el cepillo por el otro pie, luego por ambos, alternando velocidades y presiones para mantenerla siempre al borde de la locura.
«Ahora vamos a probar algo diferente», dijo, dejando el cepillo y tomando una pluma larga y suave. «Esto es mucho más delicado. Puede que lo sientas más.»
Pasó la pluma por la base de los dedos del pie de Maria, y ella gritó. «¡No! ¡Ahí no! ¡Es peor!»
«Por supuesto que es peor», dijo él. «Lo sé.»
Maria reía y suplicaba, pero Sebastián no mostró piedad. La pluma se movía por sus pies como un bailarín, explorando cada pliegue, cada curva, cada espacio entre los dedos. Cuando Maria creyó que no podía soportar más, Sebastián tomó otra pluma y comenzó a usar ambas al mismo tiempo.
«¡Jajajaja! ¡No puedo! ¡Por favor, pare! ¡Haré lo que quiera!», gritó Maria.
«¿Harás lo que quiera?», preguntó Sebastián, deteniéndose por un momento. «¿Estás segura?»
«Sí, sí, lo que sea. Solo pare.»
Sebastián dejó las plumas y se acercó a ella. «Entonces dime, Maria, ¿qué sientes cuando te hacen cosquillas?»
Maria lo miró, confundida. «¿Qué?»
«Quiero que lo describas. Con tus propias palabras.»
Maria dudó, pero el miedo a más cosquillas la hizo hablar. «Es… es como si mi cuerpo no me obedeciera. Como si cada nervio estuviera encendido. No puedo pensar, solo reír.»
«Exactamente», dijo Sebastián. «Pierdes el control. Y eso es lo que más me gusta.»
Pasó el resto de la noche explorando cada centímetro del cuerpo de Maria. Descubrió que era sensible en las axilas, en las costillas, en la parte posterior de las rodillas. Pero sus pies seguían siendo su punto más débil. Cada vez que Sebastián volvía a ellos, Maria se desmoronaba en carcajadas.
En un momento, Sebastián ató sus pies juntos y los levantó, exponiendo completamente las plantas. Tomó un pincel de maquillaje y comenzó a pintar líneas suaves sobre ellas, sin prisa. Maria reía y lloraba al mismo tiempo.
«Por favor, no más», suplicó.
«Un poco más», respondió Sebastián. «Quiero ver hasta dónde puedes llegar.»
Cuando finalmente se detuvo, Maria estaba agotada. Su cuerpo temblaba, y las lágrimas corrían por sus mejillas. Sebastián se acercó y le secó las lágrimas con una mano suave.
«Descansa ahora», dijo. «Mañana empezaremos de nuevo.»
Maria cerró los ojos, demasiado cansada para responder. Sabía que esto no había terminado. Pero por ahora, todo lo que podía hacer era dormir.
Los días siguientes fueron una rutina de tormento. Sebastián usaba diferentes herramientas, diferentes técnicas, siempre manteniéndola al borde de la locura. Maria aprendió a odiar el sonido de sus pasos, la vista de sus manos, el olor de las plumas.
Pero también aprendió algo más. Aprendió que, si dejaba de luchar y simplemente se rendía, el tormento era más llevadero. Que si se concentraba en su respiración, podía ignorar las cosquillas por unos segundos. Que si imaginaba que estaba en otro lugar, podía escapar mentalmente.
Sebastián notó el cambio. «Te estás volviendo más fuerte», dijo, con admiración. «Eso es bueno. Significa que puedo ser más creativo.»
Una mañana, Sebastián entró con un perro pequeño. Era un beagle, con una lengua larga y húmeda. Maria lo miró con horror.
«¿Qué es eso?»
«Un amigo», dijo Sebastián, soltando al perro. «Se llama Licky. Le encanta lamer los pies de las personas.»
Maria intentó apartarse, pero estaba atada. El perro comenzó a lamer sus pies, con movimientos rápidos y húmedos. La risa de Maria se volvió histérica.
«¡No! ¡Jajajaja! ¡No, no, no!»
Pero no podía detenerlo. El perro lamía sus plantas, sus dedos, sus talones. Maria reía sin parar, hasta que el dolor en su estómago era insoportable.
Pasaron horas. Cuando finalmente el perro se cansó, Maria estaba sin fuerzas. Sebastián se sentó junto a ella y le acarició el cabello.
«Has sido muy valiente», dijo. «Pero esto es solo el comienzo.»
Maria no respondió. Ya no tenía fuerzas para suplicar.
Pasaron los días y las noches sin medida. Sebastián la torturaba con plumas, cepillos, vibradores, lenguas de perro, y sus propias manos. Cada sesión era diferente, cada una más intensa que la anterior. Maria perdió la noción del tiempo.
Una noche, mientras Sebastián descansaba, Maria logró liberar una mano. Fue un movimiento desesperado, pero funcionó. Se soltó las ataduras de los pies y las muñecas y se levantó de la camilla, tambaleándose. Estaba débil, pero aún podía caminar.
Encontró su ropa en una esquina y se vistió rápidamente. Luego, con el corazón latiendo con fuerza, abrió la puerta y huyó.
Corrió por un pasillo oscuro hasta encontrar una salida. Estaba en un almacén abandonado en las afueras de Londres. Sin mirar atrás, siguió corriendo hasta llegar a la carretera, donde detuvo un coche y pidió ayuda.
Cuando la policía llegó al almacén, Sebastián ya no estaba. No había rastro de él, solo sus herramientas de tortura y la camilla.
Maria no volvió a jugar al tenis. El trauma era demasiado grande. Pero en sus pesadillas, aún escuchaba el sonido de su propia risa, y veía la sonrisa fría de Sebastián mientras la torturaba.
Y en algún lugar, Sebastián Mora la observaba. Siempre la observaba, esperando la oportunidad para completar lo que había empezado.
Fin
Original de Tickling Stories
