La arquitecta de los fines de semana – Parte 1

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Bibiana tiene treinta y siete años. Es arquitecta. Hace ocho meses dejó su último empleo en una firma de diseño en el centro de la ciudad. No fue un despido, fue una decisión. Necesitaba estar más tiempo en casa. Su hija estaba creciendo y ella se estaba perdiendo los quehaceres de todos los días.

Vivían de la liquidación. Era un dinero que Bibiana administraba con cuidado, como quien traza un plano sabiendo que cada milímetro cuenta. Pero los meses pasaron y los ahorros comenzaron a adelgazarse. No al punto de la preocupación, sí al punto de la urgencia.

Entonces llegó la llamada.

Una universidad en una ciudad a dos horas de distancia necesitaba un instructor para la facultad de arquitectura. Clases los jueves en la noche, viernes todo el día y sábados hasta el anochecer. El contrato era por un semestre, con posibilidad de extenderlo.

Bibiana lo pensó una tarde entera. Sentada en el sofá, con Tomás, su Golden Retriever de diez años, recostado en sus pies. Su hija, de nueve, hacía la tarea en la mesa del comedor. Bibiana miró el correo electrónico una y otra vez. Luego aceptó.

El trabajo le permitiría regresar a casa el domingo en la mañana y quedarse hasta el jueves al mediodía con su hija. Contrató a una niñera que vivía a tres cuadras para que cuidara a la niña y paseara a Tomás los días que ella no estuviera. Era una mujer tranquila, de unos cincuenta años, con hijos ya grandes. Bibiana le mostró la casa, la comida del perro, las tareas de la niña, el número de la pediatra y el de la veterinaria. Luego le entregó las llaves.

Bibiana es de contextura delgada. Va al gimnasio tres veces por semana desde hace años, no por vanidad, sino porque descubrió que el ejercicio le aclaraba la mente. Tiene el cabello rubio, no de un rubio artificial, sino de ese rubio que tuvo de niña y que el sol de la infancia le marcó para siempre. Los ojos claros. Las manos siempre frías. Usa anteojos para leer planos y para revisar correos después de las diez de la noche.

Es, como ella misma dice sin vergüenza, una mujer muy cosquillosa en todo lado.

No lo anuncia en las entrevistas de trabajo, claro. No es algo que uno ponga en su currículum. Pero quienes la conocen bien lo saben. Su hija lo descubrió cuando Bibiana tenía treinta y tres años y la niña apenas seis. Estaban en la cama un domingo por la mañana, sin prisa, y la niña pasó los dedos por las costillas de su madre sin querer. Bibiana se encogió, rió, y pidió clemencia. Desde entonces la niña sabe que los pies, las axilas, la cintura y las costillas son territorio prohibido pero siempre visitado.

Tomás también lo sabe. El perro duerme al pie de la cama y, a veces, cuando Bibiana se estira boca arriba después de la ducha, él se acerca y le lame la planta del pie con su lengua tibia y húmeda. Bibiana jala el pie, se ríe, y lo llama «traidor». El perro mueve la cola, confundido y feliz.

Antes del trabajo en la universidad, la vida de Bibiana era una secuencia de pequeños rituales. Levantarse a las seis y media. Preparar el desayuno de su hija. Llevarla al colegio. Volver a casa, pasear a Tomás. Sentarse frente a la computadora con una taza de café mientras revisaba ofertas de trabajo y proyectos freelance. Al mediodía almorzaba sola o con su hija si era día de media jornada. Por la tarde recogía a la niña, la ayudaba con las tareas, cocinaba algo sencillo. Las noches eran para leer o ver una serie. Las cosquillas aparecían en los márgenes de esos días: cuando su hija se acercaba sigilosa por detrás del sofá, cuando Tomás apoyaba el hocico frío en su cuello mientras ella dormitaba.

No había grandes aventuras. No hacía falta.

Bibiana es de esas mujeres que construyen su mundo en lo pequeño. Sus planos son precisos porque ella es precisa. Pero dentro de esa precisión hay espacio para el desorden de una niña que ríe y un perro que tira del paseador.

Ahora todo eso estaba a punto de cambiar.

La universidad quedaba al norte. El viaje en auto tomaba dos horas exactas si no había accidentes. Bibiana haría el trayecto los jueves al mediodía, regresaría los sábados en la noche y llegaría a su casa el domingo antes de que su hija terminara el desayuno. La niñera se quedaría desde el jueves en la tarde hasta el domingo al mediodía. Tomás tendría sus paseos garantizados. La niña tendría a alguien que le preparara la cena y le recordara lavarse los dientes.

Bibiana empacó lo justo. Ropa cómoda para las clases. Un par de zapatos cerrados. Las botas para los días fríos. El cargador del computador. Un libro que llevaba meses queriendo terminar. Y, sin decirlo en voz alta, también empacó la certeza de que los jueves por la noche estaría sola en una ciudad que no era la suya, en un departamento amoblado que la universidad le había conseguido, con camas que no conocían su cuerpo.

El primer jueves Bibiana se levantó antes del amanecer.

Eran las cinco y cuarto cuando abrió los ojos. La casa estaba en silencio. Su hija dormía en su habitación con la puerta entreabierta. Tomás roncaba suavemente en su cesta junto a la ventana. Bibiana se levantó sin hacer ruido, se puso una bata y fue a la cocina. Preparó café. Mientras la cafetera gorgoteaba, revisó por última vez la lista de cosas que había hablado con la niñera.

La niñera se llama Marta. Tiene cincuenta y tres años, vive sola y tiene dos hijos que ya no viven con ella. Bibiana la entrevistó dos veces antes de contratarla. Marta le cayó bien desde el principio porque no intentó caerle bien. Fue clara: podía cuidar a la niña, cocinarle, llevarla al colegio, pasear a Tomás y quedarse a dormir los días que Bibiana no estuviera. Lo único que pidió fue un juego de llaves y un número de contacto de emergencia. Bibiana le dio ambas cosas.

La noche anterior habían repasado todo. Las alergias de la niña. El nombre de su maestra. La hora exacta en que Tomás se pone ansioso si no lo sacan. El lugar donde se guarda la comida del perro. La contraseña del WiFi. El botón rojo del calentador de agua. Marta tomaba notas en una libreta pequeña con letra apretada.

Bibiana le pidió que llegara a las siete de la mañana. Eso le daba tiempo a despedirse de su hija antes de que la niña se fuera al colegio.

A las seis y media Bibiana ya estaba vestida. Jeans. Zapatos cómodos. Una camiseta de algodón y una chaqueta ligera porque en el carro el aire acondicionado siempre le parecía demasiado frío. No llevaba mucho equipaje. Una maleta pequeña de ruedas. Una mochila con el computador. Una bolsa más pequeña con los documentos del alquiler que había impreso la noche anterior.

Su hija se despertó sola, como hace siempre. Apareció en la cocina con los ojos a medio abrir y el pelo enredado. Bibiana la abrazó fuerte. La niña preguntó si ya se iba. Bibiana dijo que sí, pero que volvería el domingo. La niña asintió. No lloró. Bibiana tampoco. Aunque por dentro sí.

Marta llegó puntual. Bibiana le mostró una vez más dónde estaba la comida de Tomás, aunque ya lo sabía. Le recordó los horarios del colegio. Le entregó el teléfono de la pediatra escrito en un papel pegado a la nevera. Luego se despidió de su hija con un beso en la frente, de Tomás con una caricia detrás de la oreja, y de Marta con un apretón de manos.

Salió de la casa a las siete y veinticinco.

El viaje entre ambas ciudades tomó exactamente dos horas. No hubo accidentes. El flujo vehicular era el de un jueves por la mañana temprano: fluido, casi amable. Bibiana condujo escuchando un podcast de arquitectura que había descargado la noche anterior. A la mitad del trayecto se detuvo en una gasolinera a comprar agua y estirar las piernas. Cuando volvió a arrancar, miró por el espejo retrovisor la ciudad que dejaba atrás. Su hija todavía estaría en clase. Tomás estaría durmiendo en su rincón favorito.

Llegó a la nueva ciudad pasadas las nueve y media.

La primera impresión fue neutra. No era fea ni bonita. Era simplemente otra ciudad. Edificios de ladrillo visto. Árboles que empezaban a perder las hojas. Gente caminando con prisa. Bibiana encendió el GPS y puso la dirección del primer apartamento que había encontrado en un sitio web de alquileres.

El primer sitio le pareció tenebroso.

No exageraba. El edificio tenía las paredes manchadas de humedad y un olor a cerrado que se percibía incluso desde la calle. El dueño, un hombre de unos cuarenta años con camiseta rota, la hizo esperar quince minutos en la puerta. Cuando por fin la dejó entrar, Bibiana vio que el apartamento estaba vacío pero sucio. Había restos de comida en el piso de la cocina y una ventana rota en el baño. Bibiana no dijo nada. Solo sonrió con educación, agradeció y se fue. En el carro suspiró aliviada.

El segundo sitio quedaba en el centro. Era un edificio viejo, de esos construidos quizás en los años sesenta, con fachada de piedra gris y un ascensor que parecía anterior a la llegada del hombre a la luna. Bibiana estacionó su carro justo en la puerta, como la dueña le había dicho por teléfono que podía hacer. No había parquímetro. No había grueros a la vista. Eso ya era un punto a favor.

La dueña la esperaba en el vestíbulo.

Era una anciana de cabello blanco recogido en un moño bajo. Debía tener setenta y tantos años, pero se movía con energía. Se llamaba señora Irene. Llevaba un vestido de flores y unos zapatos ortopédicos que hacían un pequeño ruido al caminar sobre el piso de madera. Bibiana la saludó con un apretón de manos firme. La señora Irene la miró de arriba abajo, asintió como si aprobara lo que veía, y dijo: «Vamos a verlo, que no es grande pero es acogedor».

El edificio tenía pocos apartamentos ocupados. Bibiana lo notó por los buzones. Algunos tenían nombres escritos a máquina. Otros estaban vacíos. El ascensor crujió cuando subieron al tercer piso. La señora Irene dijo que no se preocupara, que crujía desde hacía treinta años y nunca se había caído. Bibiana no supo si era un chiste o una advertencia.

El apartamento era pequeño pero tenía luz.

Una sala comedor. Una cocina con horno de gas y nevera vieja pero limpia. Un baño con ducha. Una habitación con una cama individual y un clóset empotrado. Las paredes eran de un blanco amarillento que pedía una mano de pintura, pero las ventanas daban a un patio interior con un árbol que Bibiana no supo identificar. El suelo era de madera gastada por los años. En algún lugar del edificio alguien tocaba el piano, muy despacio.

Bibiana caminó por cada rincón. Abrió las llaves del agua. Revisó que los enchufes funcionaran. Miró debajo de la cama y detrás de la cortina de la ducha. No había humedad. No había mal olor. Las sábanas que la señora Irene había dejado sobre la cama olían a suavizante.

Cerró el contrato en veinte minutos.

La señora Irene le pidió tres meses por adelantado. Bibiana pagó con una transferencia desde su teléfono. La anciana le entregó dos llaves: una de la puerta del apartamento y otra de la entrada del edificio. También le mostró cómo se abría el buzón. Bibiana preguntó si podía dejar su carro estacionado en la puerta sin que se lo llevara una grúa. La señora Irene sonrió por primera vez y dijo: «Hija, aquí la última grúa que vimos fue en la administración de Reagan. Usted deje el carro tranquila».

Bibiana se quedó sola en el apartamento a las doce y media del mediodía.

Cerró la puerta. Apoyó la espalda contra ella. Miró la cama, la ventana, el árbol del patio interior, la cocina diminuta. Alguien seguía tocando el piano en algún piso de abajo. La ciudad afuera sonaba a tráfico lejano y sirenas esporádicas.

No estaba triste. Tampoco feliz. Estaba en ese punto medio donde uno sabe que tomó la decisión correcta pero todavía no siente que sea la suya.

Se quitó los zapatos. Caminó descalza sobre la madera fría. Fue al baño, abrió la ducha y dejó correr el agua caliente hasta que el vapor empañó el espejo. Se duchó lentamente, sin prisa. Cuando salió, se secó con la toalla que la señora Irene había dejado doblada en el toallero. Era una toalla blanca, áspera, que olía a lavanda.

Se puso ropa limpia. Jeans secos. Otra camiseta. Zapatos de lona. Guardó su equipaje en el clóset. Dejó el computador sobre la mesa de la cocina. Abrió la ventana de la habitación y el aire fresco del patio interior le rozó la cara.

Luego miró su teléfono. Tenía tres mensajes.

Uno de su hija: «Mami ya almorcé».
Uno de Marta: «Todo bien por acá. Tomás ya salió a pasear».
Uno de la universidad: recordatorio de que su primera clase empezaba a las seis de la tarde y que debía presentarse en la oficina de la facultad una hora antes.

Bibiana contestó los tres. A su hija le envió un emoji con un corazón. A Marta le escribió: «Gracias por avisar. Estoy bien. La casa queda en el centro». A la universidad le respondió «Confirmado» aunque nadie se lo había preguntado.

Tenía tiempo. Mucho tiempo. Casi cinco horas hasta que tuviera que caminar hasta la universidad. No sabía qué hacer con ellas. Se sentó en el borde de la cama. El colchón era más firme que el de su casa. Las sábanas olían a suavizante.

Se recostó boca arriba, sin almohada. Miró el techo. Había una mancha de humedad en la esquina superior derecha, dibujando la forma de algún país que Bibiana no reconocía. Cerró los ojos.

El silencio del apartamento era interrumpido apenas por el piano lejano y el crujido de las tuberías. Bibiana movió los pies descalzos, frotando una planta contra la otra, por puro aburrimiento. Era un gesto automático. La fricción suave de su piel contra su piel le hizo una cosquilla ligera, casi imperceptible, en el arco del pie izquierdo.

Sonrió sin abrir los ojos.

A veces las cosquillas más pequeñas son las que más se parecen a la ternura.

No durmió. Solo descansó así, boca arriba, con los pies descalzos y las manos cruzadas sobre el estómago, durante algo más de una hora. Cuando abrió los ojos, la luz del patio interior había cambiado. Era más dorada. Más tarde.

La primera clase era a las seis de la tarde.

Bibiana se preparó en el apartamento con una hora de anticipación. No quería llegar tarde a su primer día. Se paró frente al espejo del baño, el mismo que horas antes había estado empañado por la ducha, y revisó su reflejo. Había pensado en esta noche durante días. No solo en el contenido de la clase, sino en cómo quería verse. Era instructora ahora. No una empleada más de una firma, no una freelance desde su sala. Era la persona que estaría al frente de un salón.

Se puso unos pantalones negros de vestir, de tela gruesa pero ligera, que le quedaban justos en la cadera y holgados hacia los tobillos. Una blusa blanca de manga larga, sencilla, con botones de plástico color marfil. Se la ajustó bien y la metió dentro del pantalón. No usaba joyas. Solo un reloj de pulsera con correa de cuero negro que había sido de su padre.

Y los zapatos.

Los había comprado tres años atrás para la boda de una prima. Eran tacones de aproximadamente diez centímetros, de un rojo intenso, sin hebillas, sin broches, sin ninguna decoración que los hiciera llamativos más allá del color. La piel era suave, casi líquida al tacto. Bibiana los había guardado en su caja original y solo los había usado dos veces. Esa noche iba a ser la tercera.

No usó medias. No le gustaban. Prefería la sensación de sus pies contra el forro interior del zapato, incluso si eso significaba que el roce directo le hacía cosquillas a veces. Especialmente en el arco, donde la curva del tacón obligaba a apoyar de una manera diferente. Lo sabía. Lo recordaba de la boda de su prima, cuando había tenido que sentarse a mitad de la fiesta porque no aguantaba la sensación de tener los pies tan encajados. No era dolor. Era cosquillas. Esa comezón molesta que subía desde la planta hasta los dedos y la obligaba a apretar los pies dentro del zapato para calmar la risa que amenazaba con salir.

Pero esa noche no había boda. Había una clase. Bibiana se miró una última vez en el espejo, ajustó el cuello de la blusa, y salió.

Caminó las seis cuadras hasta la universidad. Los tacones rojos sonaban contra el andén de concreto con un golpe seco y elegante. Algunas personas la miraron. Bibiana no estaba acostumbrada a que la miraran. Bajó la mirada, sonrió para sí, y siguió caminando.

Llegó a la facultad de arquitectura veinte minutos antes de la hora acordada. El edificio estaba más vacío que durante el día, pero aún había estudiantes y profesores yendo de un lado a otro. Bibiana preguntó en recepción por la oficina de la decana. Le indicaron el segundo piso, al fondo del pasillo principal.

La decana se llamaba Patricia Ocampo.

Era una mujer de unos cincuenta y cinco años, de cabello corto y canoso, con gafas de marco dorado y una chaqueta azul marino que le quedaba perfecta. Su oficina olía a papel viejo y a café recién hecho. Había una maqueta de un edificio colonial sobre su escritorio y una fotografía de lo que parecía ser sus hijos en la repisa detrás de ella.

Patricia Ocampo recibió a Bibiana con un apretón de manos firme y una sonrisa medida. Le pidió que se sentara. Bibiana obedeció. Se sentó en una silla de madera frente al escritorio, con las piernas cruzadas y las manos sobre la mochila que apoyó en su regazo.

—Bibiana, ¿verdad? —dijo la decana, repasando un papel impreso.

—Sí. Bibiana Ríos.

—Arquitecta Ríos. Leí su hoja de vida con atención. Me interesó especialmente su trabajo en vivienda de interés social antes de la pandemia.

Bibiana asintió. Hablaron durante quince minutos. Patricia Ocampo preguntó sobre sus años en la firma, sobre su decisión de trabajar de manera remota, sobre su disponibilidad para viajar los fines de semana. Bibiana respondió con calma, sin nervios, aunque por dentro sentía el roce de los tacones rojos contra sus talones. Cada vez que movía los pies sin querer, el zapato izquierdo le rozaba el huesito del tobillo. Era una sensación diminuta, casi nada, pero estaba ahí.

La decana pareció satisfecha.

—Bueno —dijo levantándose—. Acompáñeme. Le voy a mostrar el campus. No todo, porque es grande y ya está oscureciendo, pero al menos el camino a su salón.

Salieron de la oficina. Patricia Ocampo caminaba rápido, con paso seguro. Sus zapatos planos no hacían ruido. Los tacones de Bibiana sí. Clac. Clac. Clac. El sonido se multiplicaba en el pasillo vacío. Bibiana sintió que todas las miradas que había esquivado en la calle ahora la seguían desde las puertas entreabiertas. Levantó la barbilla y caminó erguida.

La decana le mostró la biblioteca, el taller de maquetas, el auditorio pequeño, la sala de profesores. Bibiana asintió a cada cosa, haciendo preguntas ocasionales. ¿A qué hora cierra la biblioteca? ¿Se puede usar el taller los fines de semana? ¿Hay café en la sala de profesores o hay que traerlo?

Patricia Ocampo respondía con precisión. Durante el recorrido, la decana mencionó de paso que ella también había sido instructora antes de asumir el decanato, que entendía los nervios del primer día, pero que estaba segura de que Bibiana haría un buen trabajo.

—No voy a quedarme toda la clase —dijo la decana mientras caminaban hacia el salón—. Pero sí un rato. Quiero ver cómo conecta con los estudiantes. La primera impresión es importante.

Bibiana asintió. Tragó saliva.

Llegaron al salón faltando cinco minutos para las seis. Patricia Ocampo abrió la puerta y Bibiana vio el espacio por primera vez. Era un auditorio pequeño, con gradas de cemento cubiertas de asientos de plástico azul. Las ventanas daban al oriente. El tablero era de esos verdes antiguos, con una bandeja para tizas blancas y otra para borradores. El aire olía a plástico caliente y a marcadores secos.

Y había estudiantes. Muchos.

Bibiana calculó ochenta. Quizás ochenta y cinco. Estaban sentados en las gradas, algunos al frente, otros hasta el fondo, todos mirando hacia la puerta. Había murmullos que cesaron en cuanto Bibiana apareció. Los tacones rojos hicieron clac contra el piso de cemento pulido. Los ochenta pares de ojos se posaron en sus pies y luego subieron hasta su cara.

Bibiana sonrió. Era una sonrisa nerviosa, pero solo ella lo sabía.

La decana Patricia Ocampo subió los pocos escalones hasta el podio y habló con voz clara, sin necesidad de micrófono.

—Buenas noches. Soy la decana Patricia Ocampo. Quiero darles la bienvenida a este curso. Como saben, su instructora anterior tuvo que ausentarse por razones personales. La universidad hizo una búsqueda y encontramos a la arquitecta Bibiana Ríos. Tiene más de diez años de experiencia en diseño residencial y trabajo remoto, y ha accedido a venir a nuestra ciudad solo para darles clases. Por favor, recíbanla con la atención que se merece.

Los estudiantes aplaudieron. No con entusiasmo desbordado, pero sí con cortesía. Bibiana subió al podio cuando la decana se hizo a un lado. Apoyó su mochila en el piso, junto a sus pies. Se paró frente al micrófono. Era más baja de lo que parecía desde las gradas, pero los tacones la ayudaban.

—Gracias, decana Ocampo —dijo Bibiana, y su voz sonó más grave de lo que esperaba en el micrófono—. Hola a todos. Soy Bibiana Ríos. Como dijo la decana, soy arquitecta. Estudié en la universidad del estado, trabajé en una firma de diseño por casi ocho años, y desde la pandemia trabajo de manera independiente. No he dado clases antes. Así que esta noche estamos aprendiendo juntos.

Algunos estudiantes sonrieron. Otros tomaron notas. Bibiana continuó.

—Este curso se llama Introducción a la Arquitectura Histórica. Y aunque el nombre suena muy grande, vamos a empezar por algo pequeño: las iglesias románicas. ¿Alguien me puede decir qué año corresponde aproximadamente al período románico?

Una mano se levantó en la tercera fila. Un chico de gorra respondió algo sobre el año mil. Bibiana asintió. Preguntó de nuevo. Otra mano. Luego otra. La clase se volvió interactiva rápidamente. Bibiana no usaba diapositivas. Hablaba con los brazos cruzados sobre el pecho, caminando de un lado a otro del podio, olvidándose de los tacones cuando la conversación la atrapaba. Preguntaba sobre arcos de medio punto, sobre muros gruesos, sobre la diferencia entre una bóveda de cañón y una bóveda de arista.

Los estudiantes respondían. Algunos acertaban. Otros no. Bibiana corregía con suavidad, sin humillar.

—No importa si no saben —dijo en un momento—. Para eso están aquí. Para no saber y después saber.

La decana Patricia Ocampo se había sentado en una silla vacía en la última fila de gradas, cerca de la puerta. Tenía las piernas cruzadas y una libreta abierta sobre el regazo. Tomaba notas de vez en cuando, pero sobre todo observaba. Bibiana la veía con el rabillo del ojo. No la incomodaba. Más bien la calmaba. Era como tener a alguien que vigilaba para que nada saliera mal.

A las siete en punto, la decana se levantó sin hacer ruido. Caminó hacia la puerta con sus zapatos planos. Bibiana la miró. Patricia Ocampo le hizo una seña con la cabeza: un gesto pequeño, casi imperceptible, que Bibiana interpretó como «siga, que yo me voy». La decana salió del salón y cerró la puerta detrás de sí. Bibiana la vio desaparecer a través del vidrio empañado de la ventanilla.

Sintió un alivio profundo, mezclado con una responsabilidad más grande. Ahora sí estaba sola al frente de los ochenta.

Continuó con la clase.

Habló de la planta de cruz latina. De los capiteles historiados. De la penumbra dentro de las iglesias románicas y cómo esa oscuridad era intencional, un recurso arquitectónico para producir asombro. Los estudiantes tomaban apuntes. Algunos grababan con sus teléfonos. Bibiana caminaba de un lado a otro del podio y, en cada paso, el tacón rojo golpeaba el cemento con un clac que se había vuelto parte del ritmo de la clase.

A las ocho en punto anunció el receso.

—Quince minutos —dijo—. Afuera hay máquinas expendedoras. Yo me quedo aquí por si alguien quiere preguntar algo.

La mayoría de los estudiantes salió. Un grupo pequeño se acercó al podio. Una chica preguntó por la bibliografía. Un chico preguntó si los exámenes serían escritos o prácticos. Bibiana respondió con paciencia. Cuando el salón se vació casi por completo, ella se sentó en el borde del podio y suspiró. Se quitó los zapatos rojos sin pensarlo. Apoyó sus pies descalzos sobre el piso de cemento frío.

El contacto del cemento contra la planta de sus pies fue un alivio inmediato. Pero también una sorpresa: el cemento era más frío de lo que esperaba, y esa frialdad le hizo una cosquilla que le subió por los tobillos hasta las rodillas. Bibiana rió en voz baja, sola, mientras se masajeaba un pie con la mano. Había estado horas con los tacones. El arco le palpitaba.

—Menos mal que nadie me vio —murmuró para sí.

Se volvió a poner los zapatos cuando los estudiantes empezaron a regresar. Ajustó la blusa. Se pasó la mano por el cabello. A las ocho y veinte reinició la clase.

En la segunda mitad, Bibiana se soltó más. Contó una anécdota sobre una iglesia románica que había visitado en un viaje de estudios, muchos años atrás. Dijo que dentro hacía tanto frío que ella y sus compañeros tuvieron que saltar en un solo lugar para no entumecerse. Los estudiantes rieron. Bibiana también.

Las dos horas siguientes pasaron más rápido de lo que esperaba. Cuando el reloj marcó las diez de la noche, Bibiana levantó la mano para pedir silencio.

—Eso es todo por hoy —dijo—. La próxima clase hablaremos del gótico. Lleven apuntes de lo que vimos hoy. No hay lectura obligatoria, pero si quieren leer algo, les recomiendo el capítulo tercero del libro de Janson. Está en la biblioteca.

Los estudiantes empezaron a recoger sus cosas. Algunos se acercaron a despedirse. Otros salieron rápido. Bibiana se quedó junto al podio hasta que el salón quedó vacío. Luego apagó las luces, cerró la puerta y caminó de regreso al apartamento.

Bibiana salió de la universidad pasadas las diez y veinte.

La noche estaba más fría que cuando había entrado. El aire del centro le rozó la cara y le recordó que no había comido bien desde el mediodía. Caminó las seis cuadras de regreso al apartamento con paso rápido. Los tacones rojos seguían sonando contra el andén, pero ahora el sonido era más cansado, como ella.

Al llegar al edificio, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó las llaves. Abrió la puerta de la calle. Subió en el ascensor que crujía. Llegó al tercer piso. Abrió la puerta de su apartamento.

Y apenas cruzó el umbral, se quitó los zapatos.

Los dejó junto a la puerta, uno al lado del otro, rojos como dos manchas de color sobre la madera gastada del piso. Caminó descalza hasta la cocina. La madera estaba fría. Bibiana movió los dedos de los pies instintivamente, como si quisiera agarrar calor del suelo. No funcionó.

Fue directamente al baño. Abrió la ducha. Dejó que el agua caliente corriera mientras se desvestía. La blusa blanca quedó sobre el lavamanos. Los pantalones negros, en el piso. Se miró al espejo un segundo. Tenía los hombros tensos y la raíz del cabello ligeramente húmeda por el esfuerzo de hablar durante cuatro horas.

Se metió a la ducha.

El agua caliente le cayó desde la coronilla hasta los pies. Cerró los ojos. Se quedó quieta, solo sintiendo el golpe del agua contra su espalda, sus hombros, la nuca. El vapor llenó el baño. Bibiana se enjabonó sin prisa. Primero los brazos, luego el pecho, luego el vientre. Cuando llegó a los pies, levantó uno contra la pared de la ducha y lo restregó con la mano. El agua caliente le hizo cosquillas en la planta. Se rió sola, en voz baja, y bajó el pie.

Terminó de bañarse. Se secó con la toalla áspera que olía a lavanda. Se puso la ropa que había dejado preparada en la maleta: unos shorts de algodón y una camiseta vieja de una carrera de diez kilómetros que había corrido años atrás. No se puso zapatos. No los necesitaba.

Salió del baño con el cabello aún mojado.

En la cocina abrió la nevera. Había comprado algunas cosas al mediodía, después de firmar el contrato con la señora Irene, antes de ir a la universidad. Una ensalada envasada. Un yogur. Una bolsa de pan de caja. Un paquete de jamón. Queso amarillo.

Preparó un sándwich. Lo comió de pie, apoyada contra la encimera de la cocina, mientras miraba por la ventana del patio interior. El árbol que no supo identificar se movía con el viento. Alguien seguía tocando el piano, pero más despacio ahora, como si también estuviera cansado.

Terminó de cenar. Lavó el plato y el vaso. Los dejó escurriendo.

Luego se sentó en la mesa de la cocina, la misma donde había dejado el computador horas antes. Abrió la laptop. Revisó sus apuntes de la clase del jueves. Los había preparado con cuidado durante la semana anterior, pero ahora quería ajustarlos. Algunas explicaciones le habían quedado largas. Otras, demasiado cortas. Fue anotando ideas al margen. Movía los pies descalzos debajo de la mesa, frotándolos contra la pata de la silla. Era un gesto nervioso, automático.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Bibiana lo miró. Era un mensaje de la decana Patricia Ocampo. Lo abrió.

«Arquitecta Ríos, buenas noches. Lamento escribirle a esta hora. Necesito verla mañana viernes a las 7:00 am en mi despacho. Hay un cambio de último minuto en los horarios. Otro instructor canceló sus clases y necesitamos suplir el campo con urgencia. Por favor confirme recepción. Gracias.»

Bibiana leyó el mensaje dos veces. Las siete de la mañana. Eso significaba levantarse antes de las seis. Y el viernes era el día que tenía clase en la tarde. ¿Qué cambio podía ser tan urgente?

Escribió la respuesta: «Recibido. Estaré ahí a las 7:00 am. Buenas noches, decana Ocampo.»

Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. No quería distraerse. Regresó a sus apuntes. Pero su cabeza ya no estaba en las iglesias románicas. Estaba en el mensaje. ¿Qué significaba «suplir el campo»? ¿Dar más horas? ¿O reemplazar a alguien a medio semestre?

Trabajó en sus apuntes durante otra hora. Cuando el reloj marcó las once y media de la noche, cerró la laptop. Guardó los papeles en la mochila. Fue al baño a lavarse los dientes. Se miró en el espejo. Tenía ojeras. Se dijo que debía dormir.

Apagó la luz de la cocina. Apagó la luz del baño. Se metió en la cama, la del colchón firme y las sábanas que olían a suavizante. Dejó el teléfono en la mesa de noche. Puso la alarma a las cinco y media de la mañana.

Se acostó boca arriba. Miró la mancha de humedad en el techo. El piano había dejado de sonar. El edificio estaba en silencio. Bibiana cerró los ojos.

Durmió sin soñar.

La alarma la despertó a las cinco y treinta y uno.

Bibiana la apagó con un manotazo. Se quedó un minuto en la cama, con los ojos abiertos, mirando el techo. La mancha de humedad seguía ahí. Ella también.

Se levantó. Fue al baño. Se duchó de nuevo, pero esta vez rápido. Agua caliente, jabón, enjuague. Salió, se secó con la misma toalla áspera. Se miró al espejo. Aún tenía ojeras, pero menos.

Fue a la cocina. Preparó café en una taza pequeña que encontró en el armario. No era la suya. Era de la señora Irene, seguramente. Tenía un dibujo de un gato y decía «El mejor abrazo es un ronroneo». Bibiana sonrió. Tomó el café de pie, junto a la ventana. El árbol del patio interior se veía distinto con la luz del amanecer. Las hojas tenían un tono amarillo que no había notado la tarde anterior.

Calentó una rebanada de pan en la tostadora que estaba sobre la encimera. Le puso un poco de mermelada de fresa que también había comprado el mediodía anterior. Desayunó rápido. Mientras masticaba, revisó el teléfono. No había nuevos mensajes de la decana. Solo un mensaje de su hija, enviado a las diez de la noche anterior: «Mami me saqué un cinco en la prueba de matemáticas. Marta me ayudó a estudiar.» Bibiana le respondió con un corazón y escribió: «Muy orgullosa. Te quiero. Hablamos después de mis clases.»

Guardó el teléfono. Terminó de desayunar. Lavó la taza y el plato. Los dejó junto al escurridor del día anterior.

Luego fue a la habitación a vestirse.

Abríó la maleta. Sacó un par de tenis blancos, de esos con suela gruesa y cordones ajustables. Los usaba para caminar largas distancias o para los días en que sabía que estaría de pie muchas horas. Pero los miró y dudó. Iba a ver a la decana a las siete de la mañana. Era una reunión de trabajo, sí, pero también era una segunda impresión después de la primera clase. Quería verse profesional. No demasiado formal, pero sí seria.

Dejó los tenis sobre la cama y revisó el fondo de la maleta. Había empacado otro par de zapatos. Eran tacones negros, de unos diez centímetros, sin hebillas, sin broches, sin ningún adorno. El diseño era limpio: una tira ancha que cubría el empeine y dejaba el arco del pie al descubierto por los costados. El lateral exterior e interior del pie quedarían visibles, sostenidos apenas por la estructura del zapato. Eran de piel suave, casi como un guante. Bibiana los había usado una sola vez, en una cena de fin de año de la firma donde trabajaba antes de la pandemia.

Los sostuvo en las manos. Eran elegantes, discretos, y más cómodos de lo que parecían.

Decidió usarlos.

Se puso unos pantalones de vestir color gris claro, de esos que no arrugan fácilmente. Una blusa de seda negra, de manga tres cuartos, que le quedaba holgada en el torso y ajustada en los hombros. Se peinó con los dedos. No se secó el cabello del todo. Prefería dejarlo húmedo y que se secara al aire mientras caminaba.

Se sentó en el borde de la cama. Se calzó los tacones negros. El pie entró con facilidad. La tira superior se ajustó al empeine. Bibiana movió los dedos dentro del zapato. La sensación era extraña después de horas descalza, pero no desagradable. El arco quedaba suspendido, sin apoyo directo, y los costados del pie quedaban al descubierto. El aire de la mañana, todavía fresco, le rozó la piel desnuda del arco.

Se levantó. Dio dos pasos. El tacón negro golpeó el piso de madera con un sonido más suave que el rojo de la noche anterior. Caminó hasta el baño. Se miró de cuerpo entero en el espejo. Le gustó lo que vio.

Agarró su mochila, la colgó al hombro, y salió del apartamento.

El ascensor crujió como siempre. La calle estaba despejada. El sol empezaba a calentar, pero aún se sentía el fresco de la madrugada. Bibiana caminó hacia la universidad. Los tacones negros sonaban con regularidad. El arco de sus pies, expuesto al aire fresco, se encogía con cada paso. Era una sensación diminuta. Casi nada.

Llegó a la facultad de arquitectura a las seis y cincuenta y cinco.

La decana Patricia Ocampo ya la esperaba en su despacho.

Bibiana llegó a la oficina de la decana a las seis y cincuenta y cinco.

La puerta estaba abierta. Patricia Ocampo ya estaba sentada detrás de su escritorio, con la misma chaqueta azul marino del día anterior y una taza de café humeando entre las manos. La maqueta del edificio colonial seguía en el mismo lugar. La foto de sus hijos también.

—Pase, arquitecta Ríos —dijo la decana sin levantar la vista de unos papeles—. Tome asiento. Lo siento por la hora.

Bibiana entró. Se sentó en la misma silla de madera frente al escritorio. Cruzó las piernas. Los tacones negros quedaron a la vista, y el arco de su pie izquierdo, desnudo por los costados, se rozó suavemente contra el empeine del otro zapato. Un roce mínimo, casi nada.

La decana dejó los papeles y la miró.

—No voy a darle muchas vueltas —dijo Patricia Ocampo, apoyando los codos sobre el escritorio—. El profesor que tenía a cargo de la materia Arquitectura Gótica y Renacentista renunció el lunes. Sin previo aviso. Dejó dos semanas de clase impartidas y un grupo de ochenta y nueve estudiantes esperando.

Bibiana parpadeó.

—¿Ochenta y nueve?

—Ochenta y nueve. Más los ochenta y dos que ya tiene en la materia de Románico. Estaría dando clases a unos ciento setenta estudiantes en total, repartidos en dos asignaturas.

Bibiana se quedó en silencio unos segundos. Pensó en su casa, en su hija, en Tomás. Pensó en el viaje de dos horas de regreso el domingo. Pensó en el dinero de la liquidación que ya casi se acababa.

—La materia de Gótico y Renacentista —continuó la decana— es la continuación natural de lo que usted está dictando en la noche. Los temas son consecutivos. El horario es de diez de la mañana a dos de la tarde, los viernes, sábados y domingos.

—¿Domingos también? —preguntó Bibiana.

—Domingos también. Lo sé, es un cambio grande. Usted había planeado regresar a su ciudad los domingos en la mañana. Con este nuevo horario, saldría de clase a las dos de la tarde del domingo. Llegaría a su casa alrededor de las cuatro, quizás las cuatro y media.

Bibiana hizo el cálculo en su cabeza. Perdería la mañana del domingo con su hija. Pero ganaría algo más del doble de lo que le habían ofrecido inicialmente.

—¿Cuánto estarían dispuestos a pagar por la materia adicional? —preguntó. Directa. Sin rodeos.

Patricia Ocampo sonrió. Una sonrisa breve, de adulta que reconoce a otra adulta.

—El doble de lo acordado. Prácticamente duplicaría su ingreso mensual. La universidad necesita cubrir el vacío rápidamente y usted ya está aquí. Es la solución más eficiente para todos.

Bibiana asintió. No dijo que sí de inmediato. Se quedó mirando la maqueta del edificio colonial sobre el escritorio. La luz de la mañana entraba por la ventana y le daba de lleno en los brazos desnudos.

—Necesito llamar a mi hija —dijo finalmente—. Y a la niñera. Para ajustar los horarios.

—Por supuesto —dijo la decana, y se levantó—. Pero antes, vamos a desayunar algo. Hay una cafetería a la vuelta de la esquina. Invito yo.

Bibiana también se levantó. La decana agarró su chaqueta del respaldo de la silla y caminó hacia la puerta. Bibiana la siguió. Los tacones negros sonaron contra el piso de la oficina, luego contra el pasillo, luego contra las escaleras de cemento.

Salieron juntas a la calle.

La cafetería quedaba a dos cuadras. Era un lugar pequeño, con mesas de formica blanca y sillas de metal pintado de rojo. Olía a pan caliente y a café recién molido. Patricia Ocampo saludó al dueño como si fuera su cliente habitual. Pidió una mesa junto a la ventana.

Se sentaron. Una mesera joven se acercó con dos menús plastificados.

—Yo voy a pedir unos huevos revueltos con arepa —dijo la decana, devolviendo el menú sin mirarlo—. Y café negro. Usted, arquitecta.

Bibiana pidió lo mismo. No estaba segura de querer arepa, pero no le apetecía leer el menú. La mesera anotó y se fue.

—No es solo por llenar el horario —dijo Patricia Ocampo, apoyando los brazos sobre la mesa—. Es que usted mostró anoche que sabe manejar un salón grande. La vi. No se puso nerviosa. No gritó para imponer respeto. Preguntó. Escuchó. Eso no es fácil.

Bibiana no supo qué responder. Dijo gracias. La decana continuó.

—El profesor que renunció era bueno en contenido, pero no sabía comunicarse. Los estudiantes se quejaban de que solo leía diapositivas. Usted no hace eso. Por eso la llamé. Por eso la cité a las siete de la mañana. Necesito a alguien que pueda conectar con los muchachos.

Llegó el café. Bibiana sopló la superficie humeante antes de beber un sorbo. Estaba amargo, justo como le gustaba.

—¿Qué material tengo para preparar la clase? —preguntó.

—El profesor anterior dejó sus diapositivas y algunas notas. No es mucho. Pero alcanzó a dar dos semanas de clases antes de renunciar. Mi sugerencia es que cuando llegue al salón, se presente, explique la situación sin dar muchos detalles, y les pregunte a los estudiantes dónde quedó el tema. Ellos saben. Toman apuntes. Graban las clases. Confíe en ellos.

—¿Y si me dicen cosas contradictorias?

—Entonces use su criterio. Usted es la arquitecta. Ellos son estudiantes. Pero escúchelos primero.

Bibiana asintió. La mesera trajo los huevos revueltos y las arepas. La decana partió la suya con las manos y la untó con mantequilla. Bibiana hizo lo mismo.

Comieron en silencio durante unos minutos. El ruido de la cafetería las envolvía: tazas que chocaban, una tostadora que sonaba cada cierto tiempo, dos señores mayores discutiendo de política en la mesa de al lado.

Bibiana terminó su arepa. Limpió sus dedos con la servilleta. Bebió el resto del café.

—¿Cuándo empezaría? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

La decana la miró a los ojos. Dejó su taza sobre el platillo con un golpe seco.

—Hoy. A las diez de la mañana. El salón es el mismo donde dio clase anoche. Los estudiantes ya fueron notificados del cambio. Algunos estarán confundidos. Otros, molestos. Usted tiene que ganárselos en la primera hora.

Bibiana sintió un nudo en el estómago. No era miedo. Era algo más parecido a la urgencia. Sacó su teléfono de la mochila. Vio la hora: siete y cuarenta y cinco. Tenía dos horas y quince minutos para preparar una clase de una materia que no había dictado nunca, para ochenta y nueve estudiantes que ya llevaban dos semanas con otro profesor.

Marcó el número de su casa.

Contestó su hija.

—¿Mami?

—Hola, mi amor —dijo Bibiana, con la voz más suave de lo que había usado en toda la mañana—. Tengo que contarte algo. Me voy a quedar unos días más aquí. Pero vuelvo el domingo en la tarde, ¿sí? Marta se va a quedar contigo. Le voy a pagar más.

Del otro lado de la línea hubo un silencio corto. Luego su hija dijo:

—¿Puedo pedir pizza el sábado?

Bibiana sonrió. Cerró los ojos un segundo.

—Sí. Puedes pedir pizza el sábado. Pasame a Marta.

Oyó el ruido del teléfono cambiando de manos. Luego la voz grave y tranquila de la niñera.

—Dígame, Bibiana.

—Marta, necesito que te quedes desde hoy hasta el domingo en la tarde. Los días que ya habíamos acordado más el viernes y el sábado en la noche. Te voy a pagar el doble por esos días extra.

—No hay problema. La niña está bien. Tomás ya salió a pasear esta mañana.

—Gracias, Marta. De verdad.

Colgó. Guardó el teléfono. Miró a la decana, que la observaba con una expresión neutral.

—Listo —dijo Bibiana—. Voy a preparar la clase.

Patricia Ocampo asintió. Sacó de su bolso una carpeta de manila gruesa y la deslizó sobre la mesa hacia Bibiana.

—Aquí tiene las diapositivas del profesor anterior. Las notas que alcanzó a dejar. El programa de la materia. No es mucho, como le dije. Pero es algo.

Bibiana abrió la carpeta. Hojeó rápido. Vio gráficos de bóvedas de crucería, diagramas de catedrales francesas, fechas, nombres de arquitectos que reconocía y otros que no. Cerró la carpeta.

—Me sirve —dijo—. Voy a mi apartamento a revisar esto. A las diez estoy en el salón.

La decana se levantó. Bibiana también. Pagaron. Patricia Ocampo insistió en cubrir la cuenta. Bibiana dijo gracias.

Salieron de la cafetería. El sol ya estaba más alto. La calle se llenaba de gente que iba al trabajo, a clases, a sus vidas. Bibiana se ajustó la mochila al hombro. Los tacones negros le quedaban cómodos, pero el arco de sus pies, expuesto al aire de la mañana, se encogía con cada paso.

Se despidieron en la puerta de la facultad. La decana entró al edificio. Bibiana tomó el camino de regreso a su apartamento. Caminaba rápido. Las dos horas y cuarto se le escapaban como agua entre los dedos.

Llegó al edificio. Subió en el ascensor que crujía. Entró a su apartamento. Cerró la puerta.

Se quitó los tacones negros junto a los rojos, que seguían donde los había dejado la noche anterior. Quedaron los cuatro zapatos desordenados, como una familia de colores diferentes. Bibiana los miró un segundo y luego los ignoró.

Fue a la mesa de la cocina. Abrió la carpeta. Extendió las diapositivas sobre la superficie blanca. Sacó su computador. Conectó el cargador. Abrió un documento nuevo y comenzó a escribir.

El piano del edificio empezó a sonar de nuevo. Era la misma canción lenta de la noche anterior, pero ahora con luz de día sonaba distinta. Más alegre, quizás.

Bibiana trabajó concentrada. Leyó las notas del profesor anterior. Subrayó lo importante. Descartó lo que no entendió. Armó una estructura para las primeras dos horas: repaso de lo visto en las dos semanas anteriores, después introducción a la catedral gótica, después un ejercicio rápido de identificación de arcos en el celular. No quería aburrirlos. Quería que participaran.

A las nueve y media cerró el computador.

Se levantó. Fue al baño. Se miró al espejo. Se pasó los dedos por el cabello, que ya estaba seco. Se lavó los dientes otra vez. Regresó a la cocina. Guardó la carpeta en la mochila junto con su computador y un cuaderno vacío que había comprado la tarde anterior.

Se sentó en la silla. Miró sus pies descalzos sobre la madera. Los dedos se movían solos, como si ensayaran algún baile que solo ellos conocían.

Se puso los tacones negros otra vez. El pie entró suave. El arco quedó al aire. Los costados del pie, desnudos. Bibiana se paró. Dio un par de pasos. El sonido en la madera era familiar ya.

Agarró su mochila. Salió del apartamento. Cerró con llave.

Caminó las seis cuadras hasta la universidad. El sol le daba en la nuca. La ciudad ya estaba despierta del todo. Bibiana llegó a la facultad a las nueve y cincuenta y cinco.

El salón estaba lleno.

Ochenta y nueve rostros la vieron entrar. Algunos la reconocieron de la noche anterior. Otros la miraban por primera vez. Había curiosidad en el aire. También había escepticismo. Bibiana lo sintió como una presión suave en el pecho.

Subió al podio. Dejó su mochila en el piso. Se paró frente al micrófono. Los tacones negros quedaron ocultos detrás del mueble de madera, pero ella sabía que estaban ahí. El arco de sus pies, expuesto, rozaba el aire del salón.

Buenos días —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.

Habló durante unos segundos. Se presentó. Explicó que venía a reemplazar al profesor anterior. No dio detalles de la renuncia. Dijo que revisaría el programa, que haría lo posible por nivelar el ritmo, que necesitaba su ayuda para saber dónde habían quedado.

No sé si tomaron apuntes —dijo Bibiana, mirando a los estudiantes de las primeras filas—. Pero voy a preguntarles: ¿en qué tema exactamente los dejó el profesor anterior?

Una chica de cabello rizado levantó la mano. Bibiana le cedió la palabra.

—Estábamos en las bóvedas de crucería —dijo la chica, segura—. El profesor explicó la diferencia entre bóveda sexpartita y bóveda cuadripartita, pero se fue sin terminar el tema.

Otra voz desde el fondo del salón agregó:

—Y dijo que íbamos a ver catedrales francesas esta semana.

Bibiana asintió. Hizo una anotación mental. Luego preguntó algo más, y otra mano se levantó, y después otra. Los estudiantes respondían con orden. Alguno se quejó del cambio de profesor. Bibiana escuchó sin interrumpir.

Cuando terminaron de hablar, ella respiró hondo.

Bien —dijo—. Vamos a hacer esto: primero, un repaso rápido de las bóvedas sexpartitas y cuadripartitas. Quince minutos. Luego, entramos en las catedrales francesas. Si alguien tiene apuntes o grabaciones del profesor anterior, le agradezco que me las comparta después de clase. Quiero asegurarme de no saltarme nada importante.

Abrió su computador. Conectó el proyector. En la pantalla blanca apareció el diagrama de una bóveda de crucería.

La clase comenzó.

Los estudiantes tomaron sus lapiceros. Algunos abrieron sus cuadernos. Otros acomodaron sus cuerpos en las sillas azules para resistir cuatro horas de clase. Bibiana comenzó a hablar. Su voz llenó el auditorio. Los tacones negros, ocultos detrás del podio, sostenían su peso con paciencia. El arco de sus pies seguía desnudo, acariciado apenas por el aire del salón.

Era una sensación diminuta.

Pero Bibiana no estaba pensando en eso. Estaba pensando en bóvedas, en catedrales, en ochenta y nueve estudiantes que necesitaban que ella hiciera bien su trabajo.

Y pensaba, también, en su hija. Que esa noche comería pizza.

La clase avanzaba sin contratiempos.

Bibiana se movía con soltura detrás del podio. Hablaba de las catedrales francesas como si las hubiera visitado todas, aunque solo conocía dos en persona. Señalaba las diapositivas con un lápiz que tenía en la mano derecha. Preguntaba. Escuchaba. Corregía con suavidad.

De vez en cuando salía del podio y caminaba unos pasos hacia las primeras filas, para acercarse a los estudiantes que levantaban la mano. Los tacones negros sonaban contra el cemento pulido. El arco de sus pies quedaba expuesto cada vez que daba un paso, y la correa fina que sujetaba el zapato se marcaba ligeramente sobre el empeine.

En la cuarta fila, junto a la ventana, estaba Michael.

Michael tenía veintiún años, aunque aparentaba menos. Era delgado, de hombros caídos y cabello oscuro que le caía sobre los ojos. Usaba gafas de pasta negra y una chaqueta de mezclilla incluso en días de calor. No hablaba en clase. Nunca levantaba la mano. Cuando los demás estudiantes reían, él apenas esbozaba una sonrisa tardía, como si necesitara procesar el chiste unos segundos más que los demás.

Sus compañeros lo consideraban raro. No en el sentido de peligroso, sino en el de distante. Michael no tenía amigos en la facultad. Llegaba solo, se sentaba solo, se iba solo. A veces otros estudiantes le decían «hola» en el pasillo y él respondía con un movimiento de cabeza tan pequeño que bien podía ser un tic nervioso.

Lo que sus compañeros no sabían era que Michael tenía una obsesión.

Prefería no darle un nombre. En las pocas veces que había intentado hablarlo con alguien, la conversación había terminado mal. Una psicóloga en el bachillerato le dijo que era «una parafilia inofensiva mientras no dañara a nadie». Su madre, cuando encontró sus búsquedas en Internet, lloró. Desde entonces Michael no volvió a mencionar el tema con nadie.

Le gustaban los pies femeninos.

No solo mirarlos. Le gustaba imaginarlos descalzos, vulnerables, temblorosos. Le gustaba pensar en cómo reaccionarían ante un roce inesperado, cómo se encogerían los dedos, cómo la risa brotaría sin control si alguien pasara los dedos por la planta. Sabía que eso no era lo que la mayoría de la gente consideraba normal. Lo sabía porque se lo habían dicho. Por eso no hablaba. Por eso se sentaba al fondo y miraba sin que nadie lo notara.

Esa mañana, Michael había llegado al salón sin saber que habría un cambio de profesor. Escuchó el anuncio con indiferencia. Un profesor nuevo era solo otro adulto que hablaba frente a un tablero. Hasta que Bibiana entró.

Lo primero que Michael vio fueron sus manos. Delgadas, con las uñas cortas y sin esmalte. Luego su cara, seria pero no severa. Luego su cabello, aún húmedo en las puntas. Pero cuando Bibiana subió al podio y sus pies quedaron visibles por debajo del mueble, Michael dejó de escuchar.

Los tacones eran negros.

No tenían hebillas ni broches. Solo una correa finísima que sujetaba el zapato al empeine. Los dedos quedaban cubiertos, pero el arco del pie —blanco, pronunciado, limpio— estaba completamente expuesto. También el borde externo, desde la base del dedo pequeño hasta el inicio del talón. La piel se veía suave, sin callosidades, con ese tono pálido que deja el uso de zapatos cerrados durante el invierno.

Michael sintió algo en el pecho. No era miedo ni vergüenza. Era una fascinación que le subía por la garganta y se quedaba ahí, atrapada, sin poder salir.

Bibiana se movía.

Caminaba hacia la izquierda, hacia la derecha. Cada paso hacía que el arco se tensara y se relajara. La correa se marcaba contra la piel. El talón se elevaba y bajaba con un ritmo hipnótico. Michael no podía dejar de mirar. Sus ojos seguían los pies de la arquitecta como si fueran el único objeto en el salón.

Otros estudiantes tomaban apuntes. Algunos miraban el tablero. Nadie miraba a Michael. Nadie notaba que sus manos, bajo la mesa, se retorcían ligeramente, los dedos enroscándose alrededor de su lapicero como si quisieran agarrar algo que no estaba ahí.

Bibiana se acercó a las primeras filas para responder una pregunta.

Michael la siguió con la mirada. Vio cómo los tacones se plantaban firmes en el cemento, cómo el peso de su cuerpo se distribuía entre ambos pies, cómo el arco izquierdo se elevaba apenas cuando ella se inclinaba hacia adelante para leer el cuaderno de un estudiante. Por un instante, Bibiana apoyó una mano en la esquina del escritorio y levantó el pie derecho, flexionando el tobillo. El zapato quedó suspendido, sostenido solo por la correa. La planta entera del pie, desde el talón hasta la base de los dedos, quedó por un segundo en el aire.

Michael contuvo la respiración.

Luego Bibiana bajó el pie y siguió caminando. Todo había durado apenas un parpadeo. Nadie más lo notó.

Michael escribió algo en su cuaderno. No eran apuntes de la clase. Eran garabatos. Arabescos. Líneas que subían y bajaban sin formar letras. Cerró el cuaderno y volvió a mirar al frente.

Bibiana hablaba de las catedrales. Dijo algo sobre la luz en la Sainte-Chapelle. Michael no la escuchaba. Escuchaba el sonido de sus tacones contra el cemento. Clac. Pausa. Clac. Pausa. Era como un metrónomo que marcaba el tiempo de algo que solo él podía sentir.

No se sentía mal. Tampoco se sentía bien. Se sentía vivo, lo cual para Michael era ya bastante raro.

En algún momento de la segunda hora, Bibiana se quitó una mota invisible de la blusa y, al hacerlo, apoyó un pie detrás del otro, en una pose que dejó su peso casi por completo sobre el pie izquierdo. El pie derecho descansó sobre la punta, con el talón en el aire. La correa del zapato se aflojó un milímetro. Michael vio cómo la piel del empeine se marcaba con la línea roja de la presión.

Cerró los ojos. Los abrió. Bibiana ya había cambiado de postura.

La clase continuó.

Michael tomó su teléfono, que estaba boca abajo sobre la mesa. Lo desbloqueó. Abrió la aplicación de notas y escribió una sola palabra: «negros». Luego borró la palabra. Apagó la pantalla. Guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta de mezclilla.

Levantó la vista. Bibiana estaba de espaldas al salón, escribiendo algo en el tablero verde. Los brazos en alto, la blusa se le subió un par de centímetros por detrás, dejando ver un trozo de su cintura. Michael ni siquiera la miró. Sus ojos estaban puestos en sus pies, en esos talones elevados por los tacones de diez centímetros, en esos arcos blancos expuestos al aire del salón, en esa correa delgada que los sujetaba.

Bibiana terminó de escribir. Se dio la vuelta. Sus ojos recorrieron el salón sin detenerse en nadie en particular.

—¿Preguntas hasta aquí? —dijo.

Varias manos se levantaron. Michael no levantó la suya. Nunca lo hacía.

Pero por dentro, algo se había movido. Algo que no había sentido en semanas. Algo que no sabía si quería sentir otra vez.

Bibiana, ajena a todo, respondió las preguntas una por una. Los tacones negros seguían sosteniéndola. El arco de sus pies seguía allí, desnudo, blanco, vulnerable ante ochenta y nueve pares de ojos.

Uno de esos pares de ojos no la miraba a la cara.

Y ella no lo sabía.

La clase terminó a las dos de la tarde.

Bibiana cerró su computador, guardó sus papeles en la mochila y se despidió de los estudiantes con un «buen fin de semana, nos vemos mañana». Algunos se acercaron a preguntarle dudas. Otros salieron rápido. Michael fue de los últimos en levantarse. Recogió su cuaderno, guardó su lapicero, echó su mochila al hombro. Mientras caminaba hacia la puerta, pasó junto al podio. No miró a Bibiana. Miró el piso, justo donde ella había estado parada cuatro horas.

Sus pies ya no estaban ahí. Ella se había puesto unos tenis para caminar de regreso al apartamento. Los tacones negros descansaban dentro de su mochila, envueltos en una bolsa de tela.

Michael salió del salón sin decir una palabra.

Afuera, el sol de la tarde le dio en la cara. Parpadeó. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta. Caminó sin rumbo, dando vueltas alrededor del campus, sin ganas de volver a su apartamento compartido.

No quería pensar en Bibiana. Pero no podía pensar en otra cosa.

Pasaron tres meses.

Bibiana cumplió su rutina con una precisión que ni ella misma sabía que tenía. Los jueves al mediodía salía de su casa después de desayunar con su hija y pasear a Tomás. Marta llegaba puntual con sus llaves y su libreta de apuntes. Bibiana manejaba dos horas hasta la otra ciudad. Llegaba, se instalaba en el apartamento de la señora Irene, revisaba sus clases, dormía. Los viernes, sábados y domingos daba las dos materias: la de la noche y la de la mañana. Los domingos a las dos y media salía de la universidad, manejaba de regreso y llegaba a su casa antes de las cinco de la tarde. Su hija la esperaba con la tarea hecha y Tomás con la cola moviéndole todo el cuerpo.

Era agotador. Pero también era gratificante. Los estudiantes le respondían bien. La decana Patricia Ocampo la invitó a desayunar tres veces más y en ninguna le hizo una observación negativa. Bibiana empezó a sentirse parte de algo. Una instructora. Una arquitecta. Una mujer que viajaba los fines de semana para enseñar cosas que le apasionaban.

Las cosquillas, durante esos tres meses, aparecieron en los márgenes. Un roce del cinturón de seguridad en la cintura mientras manejaba. El hocico de Tomás en la planta de su pie cuando llegaba el domingo en la noche y él se lanzaba a recibirla. La ducha caliente en el apartamento, cuando el chorro de agua le daba directamente en el empeine. Nada importante. Nada que Bibiana recordara al día siguiente.

Pero para Michael, esos tres meses fueron una obsesión silenciosa.

Se sentaba en la misma fila, junto a la ventana, desde donde podía ver el podio sin que Bibiana lo tuviera de frente. Tomaba apuntes falsos mientras sus ojos seguían los pies de la arquitecta. Aprendió a reconocer sus zapatos antes de que ella entrara al salón: los tacones rojos los usaba los jueves en la noche, los negros los viernes y sábados en la mañana, los tenis blancos para caminar de regreso al apartamento. Los domingos a veces usaba unas sandalias de tiras delgadas si el clima estaba caluroso. Michael casi se desmayó la primera vez que las vio.

Una noche, en su apartamento compartido mientras sus compañeros dormían, Michael buscó a Bibiana en Internet.

No fue difícil. En la página de la universidad aparecía su nombre completo: Bibiana Ríos. Desde ahí encontró su perfil de Instagram. Era público. Bibiana no tenía muchas fotos: su hija, Tomás, algún paisaje, algún plano. Pero también había fotos suyas. En una estaba en la piscina de una casa que Michael supuso era la suya. Llevaba un traje de baño negro de una sola pieza y estaba sentada en el borde de la piscina, con los pies dentro del agua. La foto estaba tomada desde abajo, y los pies de Bibiana se veían nítidos, descalzos, mojados, con los dedos ligeramente separados.

Michael guardó la foto.

También guardó otra: Bibiana en la playa, acostada boca abajo sobre una toalla, con los pies al aire y las plantas hacia la cámara. Y otra más: Bibiana en su sala, con los pies apoyados en una mesa de centro, usando unos zapatos de tacón abierto que ella misma había etiquetado como «favoritos». Y otra: Bibiana con sandalias en un parque, con su hija desenfocada al fondo.

Michael creó una carpeta en su computador. La llamó «B». Dentro puso las fotos. Las organizó por fecha. Las miraba cuando no podía dormir, que era casi siempre.

No le contó a nadie. No compartió las fotos. No escribió comentarios. Solo miraba.

Mientras tanto, sus notas se hundían.

Al principio fue poquito. Un parcial por debajo del promedio. Luego un trabajo entregado tarde. Luego una ausencia injustificada un sábado porque se había quedado hasta las tres de la mañana organizando la carpeta. Luego otro parcial. Luego otro trabajo.

Para la semana catorce del semestre, Michael tenía el promedio más bajo de la clase.

Bibiana lo notó desde la octava semana. Tenía una planilla con las calificaciones de todos los estudiantes, y el nombre de Michael aparecía cada vez más abajo, en tinta roja. Al principio pensó que era timidez. Algunos estudiantes son inteligentes pero no saben demostrarlo en los exámenes. Pero cuando revisó sus trabajos, vio que estaban mal hechos no por falta de capacidad, sino por falta de atención. Cosas que Michael sabía responder en clase (porque Bibiana le preguntaba a veces, y él respondía bien, con voz baja pero firme) las escribía mal en los parciales. Como si su cabeza estuviera en otra parte.

Bibiana no sabía en qué parte.

Llegó el domingo de la decimoquinta semana. Faltaba una semana para los exámenes finales. En veinte días Bibiana debía entregar las notas finales a la decanatura. Ya había hecho los cálculos. El único estudiante que perdería la materia era Michael.

Ese domingo, la clase terminó a las dos de la tarde.

Bibiana cerró su computador. Los estudiantes empezaron a recoger sus cosas. Algunos se despidieron. Otros salieron rápido, ansiosos por empezar su domingo. Michael se levantó de su asiento, guardó su cuaderno en la mochila y se dirigió a la puerta, con la cabeza gacha, como siempre.

—Michael —dijo Bibiana.

Él se detuvo. No estaba acostumbrado a que lo llamaran por su nombre.

—¿Sí?

—¿Puedes quedarte un momento, por favor? Necesito hablar contigo.

Los otros estudiantes que quedaban en el salón miraron a Michael con curiosidad. Él sintió las miradas como agujas en la nuca. Esperó a que todos salieran. La puerta se cerró. Quedaron solos en el auditorio vacío.

Bibiana se acercó a él. No caminó detrás del podio, sino hacia las gradas. Se sentó en la primera fila de asientos, a la misma altura que Michael, que seguía de pie, con la mochila colgando de un hombro.

—Siéntate —dijo Bibiana, señalando el asiento a su lado.

Michael obedeció. Se sentó. Dejó la mochila en el piso, entre sus pies. No miraba a Bibiana. Miraba sus manos, que descansaban sobre sus rodillas.

—Voy a ser directa —dijo Bibiana—. He estado revisando tus calificaciones. Llevo tres meses haciéndolo. Las primeras semanas pensé que era un mal inicio, que mejorarías. Pero no ha pasado.

Michael no dijo nada.

—Tienes el promedio más bajo de la clase. Casi veinte puntos por debajo del siguiente estudiante. Y no es que no sepas la materia. En clase respondes bien cuando te pregunto. Tus intervenciones son buenas. Tu problema no es el conocimiento.

Michael levantó la vista un momento. La volvió a bajar.

—¿Qué es entonces? —preguntó Bibiana, con voz neutra, sin acusar—. ¿Fallas? ¿Problemas en casa? ¿Salud?

Michael negó con la cabeza. No dijo nada más.

Bibiana suspiró. Se recostó en el respaldo del asiento. Cruzó los pies. Usaba las sandalias de tiras delgadas porque el domingo estaba caluroso. Los dedos de sus pies quedaban al descubierto. Michael los vio. Desvió la mirada rápidamente.

—Mira —dijo Bibiana—. Falta una semana para el examen final. Si sacas la nota máxima, podrías llegar justo al límite para pasar. Pero tendría que ser perfecto. Sin errores. Y aún así, dependería de que te vaya bien en el trabajo recuperatorio que puedas hacer.

Michael asintió. No parecía convencido.

—¿Quieres pasar la materia? —preguntó Bibiana.

—Sí —dijo Michael. Su voz sonó más firme de lo que esperaba.

—Entonces necesito que me digas qué está pasando. Porque si solo te digo «estudia más», no va a funcionar. Ya lo intentaste. No funcionó.

Michael se quedó en silencio. El auditorio vacío amplificaba cualquier ruido: el zumbido del proyector que aún no apagaban, el tráfico lejano de la calle, la respiración de Bibiana.

Él quería decirle. Tenía la boca seca y las manos sudorosas. Podía decirle ahora. Estaban solos. Ella era amable. Tal vez lo entendería. Tal vez le diría lo mismo que la psicóloga del bachillerato: «es una parafilia inofensiva mientras no dañes a nadie».

Pero Bibiana era su profesora. Y Michael llevaba tres meses guardando fotos de sus pies en una carpeta secreta.

No podía decirle.

—No sé —murmuró—. Solo me cuesta concentrarme.

Bibiana lo miró. Sus ojos claros lo examinaron sin juzgar.

—Bueno —dijo, levantándose—. El examen final es el próximo domingo a las ocho de la mañana. Trae diccionario si quieres. Y repasa los temas que te señalé en rojo en los parciales anteriores. Si tienes dudas, puedes escribirme al correo.

Michael asintió. Se levantó también. Agarró su mochila.

—Architecta Ríos —dijo, y Bibiana se detuvo—. Gracias por avisarme.

Bibiana sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi cansada.

—No pierdas la materia, Michael. No por mí. Por ti.

Salió del auditorio. Los tacones de sus sandalias hicieron clac contra el piso de cemento. Michael se quedó solo, mirando la puerta por donde había salido.

Caminó hacia la salida. Afuera, el sol de la tarde le dio en la cara. Caminó sin rumbo, como hacía siempre. Pero esta vez su cabeza no estaba en las fotos de la carpeta. Estaba en lo que Bibiana le había dicho.

«No pierdas la materia, Michael. No por mí. Por ti.»

Él sabía que podía pasar el examen. Sabía que podía estudiar. Sabía que era inteligente. Pero también sabía que había algo que lo detenía, algo que ocupaba su mente cuando debía estar concentrado en las bóvedas de crucería y las catedrales francesas.

Llegó a su apartamento. Sus compañeros no estaban. Entró a su habitación, cerró la puerta. Abrió su computador. Hizo clic en la carpeta «B». Vio las fotos de Bibiana en la piscina, en la playa, en su sala. Vio sus pies descalzos, sus arcos blancos, sus dedos separados.

Cerró la carpeta.

Abrió el documento con los apuntes de la clase. Leyó el primer párrafo. Lo volvió a leer. No podía concentrarse. Las imágenes seguían ahí, detrás de sus ojos.

Cerró el documento. Volvió a abrir la carpeta. Pasó una hora mirando las fotos.

Cuando sus compañeros llegaron, Michael estaba acostado boca arriba en su cama, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando el techo.

—¿Estás bien? —preguntó uno.

—Sí —dijo Michael.

Pero no lo estaba.

Sabía que necesitaba un plan. Algo que hiciera que Bibiana le cambiara la nota. Algo que lo hiciera pasar de semestre aunque el examen final no fuera perfecto. Pero no sabía qué. No podía ofrecerle dinero. No podía amenazarla. No podía pedirle un favor sin explicar por qué.

Solo tenía una cosa que Bibiana no sabía que él tenía: su obsesión.

Y eso no era un plan. Era un problema.

Se quedó mirando el techo hasta que la noche lo cubrió por completo.

Esa última semana antes de los exámenes finales, Bibiana decidió quedarse en casa.

No viajaría el jueves. Había hablado con la decana Patricia Ocampo y le explicó que necesitaba esos días para preparar los exámenes y revisar trabajos pendientes desde su casa. La decana aceptó sin problema. Después de tres meses de viajes todos los fines de semana, Bibiana se había ganado el derecho a un respiro.

El lunes amaneció lluvioso en su ciudad.

Bibiana se despertó tarde, sin alarma. Eran las ocho y media cuando abrió los ojos. Su hija ya estaba en el colegio. Tomás dormía en su cesta junto a la ventana. La casa olía a café recién hecho. Marta, la niñera, había dejado la cafetera llena y una nota en la nevera: «La niña desayunó bien. Tomás ya salió. Vuelvo al mediodía a almorzar con ella. Que descanses. Marta».

Bibiana se sirvió una taza de café. Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas. Tomás se despertó, se estiró y vino a apoyar su cabeza en su regazo. Bibiana le rascó detrás de la oreja. El perro cerró los ojos de felicidad.

Pasó la mañana revisando correos. Varios estudiantes le habían escrito con dudas de último minuto. Respondió uno por uno con paciencia. A medio día, Marta llegó con su hija. La niña entró corriendo, dejó la mochila en el piso y se lanzó sobre Bibiana.

—Mami, ¿te quedas toda la semana?

—Hasta el jueves —dijo Bibiana, abrazándola—. El jueves en la noche me voy otra vez. Pero antes les tomo el examen final.

—¿Puedo ayudarte a calificar?

—No, porque no sabes de arquitectura medieval —rio Bibiana—. Pero puedes ayudarme a organizar los papeles.

La niña asintió emocionada. Tomás, viendo que todos estaban juntos, se acercó moviendo la cola. Bibiana bajó la mano y le rascó la panza. El perro estiró las patas y gimió de gusto. Su hija se sentó en el piso junto a él y empezó a hacerle caricias en la cabeza.

Esa tarde, Bibiana se puso unos tenis viejos y salió a caminar con su hija y Tomás. Fueron al parque de la esquina. La niña se columpió. Tomás olisqueó todos los árboles. Bibiana se sentó en una banca y los miró, con el sol de la tarde dándole en la cara.

Pensó en Michael.

Había revisado sus calificaciones otra vez esa mañana. El muchacho necesitaba un milagro para pasar. Pero también pensó que algo raro había en él. No era un estudiante rebelde ni desinteresado. Era callado, sí. Distante, también. Pero en clase, cuando Bibiana le preguntaba algo directamente, él respondía bien. Sus ojos se iluminaban un momento, como si despertaran de un sueño, y luego volvían a apagarse.

—Mami, ¿en qué piensas? —preguntó su hija desde el columpio.

—En un estudiante —dijo Bibiana—. Uno que no está dando la talla.

—¿Es malo?

—No. Solo distraído.

Su hija se encogió de hombros y volvió a columpiarse.

Mientras Bibiana disfrutaba de esos días en casa, Michael estaba en su apartamento compartido, en la otra ciudad, dando vueltas en su cama.

Eran las once de la noche del martes. Sus compañeros ya dormían. Michael tenía la luz apagada, pero los ojos abiertos. En sus manos sostenía su teléfono. En la pantalla había una foto de Bibiana que había descargado meses atrás: ella en la piscina, con los pies dentro del agua, los dedos separados, las plantas blancas y limpias.

La miró durante mucho rato.

Luego cerró la foto. Abrió el bloc de notas. Escribió: «examen domingo 8 am».

Borrón. Lo escribió de nuevo. Borrón otra vez.

Su cabeza no estaba en los exámenes. Estaba en Bibiana. En sus pies. En la forma en que se movía detrás del podio. En el sonido de sus tacones. En esa correa delgada que sujetaba sus zapatos negros. En el arco blanco y pronunciado que quedaba al descubierto.

Cerró los ojos.

Y su mente empezó a construir escenas.

En la primera escena, Michael estaba sentado en una silla. Bibiana estaba en el piso, boca abajo, con los pies apoyados sobre sus rodillas. Él tenía sus tobillos sujetos con una mano. Con la otra, pasaba muy despacio la yema de sus dedos por la planta del pie izquierdo de ella. Bibiana reía. No una risa fuerte al principio, sino una risa contenida, como si intentara aguantar. «Michael, para», decía entre risas. Él no paraba. Subía la velocidad. Pasaba los dedos por el arco, luego por el talón, luego por la base de los dedos. Bibiana se retorcía en el piso, jaloneaba los brazos, pegaba la cara contra la alfombra para ahogar las carcajadas que ya no podía contener. «¡No puedo más, no puedo más!» Él seguía. Sus dedos viajaban de un pie al otro. Bibiana reía a carcajadas, sin aire, con lágrimas en los ojos.

Michael abrió los ojos. La imagen se desvaneció.

Se llevó las manos a la cara. Se frotó los párpados.

No era la primera vez que imaginaba algo así. Lo hacía desde adolescente. Pero antes las protagonistas eran mujeres anónimas, rostros borrosos, pies sin nombre. Ahora los pies tenían nombre y apellido. Y la mujer que reía en sus escenas se parecía exactamente a la arquitecta que tenía enfrente todas las semanas.

Cerró los ojos otra vez.

En la segunda escena, Bibiana estaba atada a una silla. No con violencia. Michael no se imaginaba a sí mismo como un agresor. Era más bien un juego, como esos que se ven en videos de Internet. Ella tenía los brazos atados detrás de la silla con un pañuelo suelto. Los pies, descalzos, descansaban sobre una mesa baja. Michael estaba sentado frente a ella, con un plumón en la mano. Pasaba el plumón muy despacio por la planta del pie derecho de Bibiana. Ella se retorcía, reía, tiraba de los brazos inútilmente. «Michael, te lo ruego, ahí no», decía ella, con la voz entrecortada por la risa. Él no decía nada. Solo sonreía. Hacía círculos con el plumón en el arco del pie. Bibiana apretaba los dedos, intentando protegerse. No servía. La risa se convertía en carcajadas. Las carcajadas en llanto de risa. «¡Ya, ya, lo que sea, te paso la materia! ¡Lo que sea, para!» Michael detenía el plumón. La miraba. «¿De verdad?» Bibiana asentía, con la cara roja, las mejillas mojadas por las lágrimas de la risa. «Paso la materia. Lo que sea. Pero no más cosquillas, por favor.»

Michael abrió los ojos de golpe.

Su corazón latía rápido. Tenía las manos sudorosas. Se sentó en la cama. Miró la hora en su teléfono: once y cuarenta y cinco de la noche.

Sabía que lo que imaginaba no era real. Sabía que secuestrar a una profesora, aunque fuera con la intención de hacerle cosquillas, era un delito. Sabía que Bibiana no se reiría a carcajadas si alguien la sujetara en contra de su voluntad. Sabía que las escenas que construía su cerebro eran ficción, pura ficción, nacidas de una obsesión que él mismo no entendía del todo.

Pero saberlo no hacía que las escenas dejaran de aparecer.

Se levantó de la cama. Fue al baño. Se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo. Tenía los ojos rojos y la mirada perdida.

—No vas a hacer nada —se dijo en voz baja—. No vas a hacer nada estúpido.

Volvió a la cama. Se acostó boca arriba. Miró el techo.

Las imágenes seguían ahí, detrás de sus ojos cerrados.

El miércoles, Bibiana pasó el día en casa con su hija. Fueron al supermercado. Cocinaron juntas una pasta que a la niña le encantaba. Tomás se sentó en la cocina, cerca de la mesa, con la esperanza de que algo cayera al piso. Bibiana le tiró un pedazo de jamón. El perro lo atrapó al vuelo.

Por la tarde, Bibiana se sentó en el comedor a revisar los últimos trabajos. Su hija hizo la tarea a su lado. Tomás durmió bajo la mesa, con la cabeza apoyada en los pies de Bibiana. Ella sentía el calor de su respiración en el empeine. Cada vez que el perro se movía, su hocico le rozaba la piel desnuda. Era una sensación que ya conocía bien. No le hacía gracia. Solo era Tomás, su compañero fiel, respirando mientras dormía.

Pensó en Michael otra vez.

Algo en él le preocupaba. No era su bajo rendimiento. Era su silencio. Había algo que no decía. Bibiana lo había visto en sus ojos cuando hablaron después de la clase del domingo. Miedo, quizás. O vergüenza. O algo peor.

Decidió que, si Michael perdía la materia, le ofrecería un trabajo de recuperación en el siguiente semestre. No quería que un estudiante se quedara atrás solo porque no sabía pedir ayuda.

El jueves por la noche, Bibiana empacó su maleta otra vez.

El examen final era el domingo a las ocho de la mañana. Viajaría el viernes temprano, daría sus últimas clases de repaso, y el domingo tomaría los exámenes de las dos materias. Luego entregaría las notas a la decana Patricia Ocampo el lunes siguiente, por correo electrónico, desde su casa.

Su hija la ayudó a empacar. Le alcanzó los zapatos: los rojos, los negros, las sandalias de tiras. Bibiana los fue guardando en la maleta, cada uno en su bolsa de tela.

—¿Cuándo vuelves, mami?

—El domingo en la tarde —dijo Bibiana—. Y después no me voy más hasta el otro semestre.

La niña sonrió. Tomás movió la cola, como si hubiera entendido.

Mientras tanto, en la otra ciudad, Michael no había dormido bien en tres días.

Sus compañeros empezaban a notarlo. Tenía ojeras. Hablaba menos de lo habitual, que ya era poco. En la mesa del comedor compartido, uno de ellos le preguntó si estaba enfermo. Michael dijo que no, solo cansado.

La palabra seguía dando vueltas en su cabeza.

Cosquillas.

Cosquillas en los pies.

Cosquillas en los pies de Bibiana.

Había pasado horas frente a su computador, viendo videos en Internet. Hombres haciéndole cosquillas a mujeres. Mujeres haciéndole cosquillas a hombres. Risas. Súplicas. Promesas falsas. «Para, para, te doy lo que quieras». Siempre terminaba igual: la persona que recibía las cosquillas prometía cualquier cosa con tal de que pararan.

Michael se preguntaba si eso funcionaría en la vida real. Si Bibiana, sometida a un ataque de cosquillas en sus pies, sería capaz de prometer cambiarle la nota. Y si, una vez liberada, cumpliría su promesa.

Sabía que era una idea descabellada. Sabía que en el mundo real la gente no reacciona igual que en los videos. Sabía que Bibiana era una profesional seria, una madre, una mujer adulta que no se prestaría para ese tipo de juegos.

Pero la idea estaba ahí. Instalada. Como una semilla que no dejaba de crecer.

El jueves en la noche, Michael abrió su computador. Creó un documento nuevo. Escribió en la parte superior: «Plan».

Debajo, escribió una línea:

  1. Hablar con la arquitecta después del examen.

Borró la línea.

Escribió:

  1. Esperar a que la arquitecta salga de la universidad el domingo después del examen.

Borró otra vez.

Escribió:

  1. No hacer nada estúpido.

Guardó el documento. Cerró la computador. Se acostó en la cama.

No durmió en toda la noche.

El viernes por la mañana, Bibiana manejó las dos horas hasta la otra ciudad.

El apartamento de la señora Irene la recibió con el mismo olor a madera vieja y suavizante. El piano del edificio sonaba, como siempre, la misma canción lenta. Bibiana dejó su maleta en la habitación, se cambió los tenis por los tacones negros, y caminó hasta la universidad.

Su última clase de repaso fue tranquila. Los estudiantes hicieron preguntas. Bibiana respondió. Nadie mencionó nervios, pero todos los tenían. El examen final decidía quién pasaba y quién repetía.

Bibiana miró a Michael durante la clase. Estaba en su lugar de siempre, junto a la ventana. Tenía los ojos fijos en el tablero. O al menos eso parecía.

Pero cuando ella se movía, sus ojos se desviaban. Bajaban. Se posaban en sus pies un instante. Luego subían de nuevo al tablero.

Bibiana no lo notó.

Nadie lo notó.

El sábado, Bibiana dio su última clase de repaso de la otra materia. Fue igual de tranquila. Los estudiantes se fueron con una lista de temas para estudiar. Bibiana se quedó sola en el auditorio un rato, ordenando sus papeles.

Esa noche, en su apartamento, cenó sola frente a la ventana. Vio el árbol del patio interior moverse con el viento. El piano no sonaba. Había un silencio denso, como si el edificio entero estuviera en vísperas de algo.

Su teléfono vibró. Era un mensaje de su hija: «Mami, mañana es tu examen. Te va a ir bien. Yo también tengo un examen el lunes. De ciencias. Marta me va a ayudar a estudiar.»

Bibiana le respondió: «Mucha suerte, mi amor. A las dos nos va a ir bien.»

Guardó el teléfono. Se preparó una taza de té. Se sentó en la cama con los apuntes. Estuvo repasando hasta las diez de la noche. Luego apagó la luz.

Durmió bien.

El domingo amaneció despejado.

Bibiana se levantó a las seis. Se duchó. Desayunó café y una tostada. Se vistió con ropa cómoda: pantalones negros de vestir, una blusa blanca de manga larga, y los tacones negros de diez centímetros, con la correa delgada y el arco al descubierto. Era su último día como instructora de ese semestre. Quería verse bien.

Llegó a la universidad a las siete y media. Abrió el auditorio. Acomodó los exámenes sobre el podio. Revisó que hubiera suficientes lapiceros de repuesto.

A las ocho en punto, los estudiantes empezaron a llegar.

Michael fue de los primeros. Se sentó en su lugar de siempre, junto a la ventana. No miró a Bibiana. Puso su mochila en el piso, sacó un lapicero, y esperó.

Cuando el auditorio estuvo lleno, Bibiana dio la señal de inicio.

—Tienen dos horas —dijo—. Cuando terminen, dejan el examen en el podio y se pueden retirar en silencio. Buena suerte.

Los estudiantes comenzaron a escribir.

Bibiana caminaba entre las filas, vigilando. Sus tacones negros sonaban suaves contra el cemento. Michael mantenía los ojos bajos, sobre su examen. Las preguntas eran difíciles, pero no imposibles. Él sabía las respuestas. Había estudiado los dos últimos días, a pesar de las imágenes que no lo dejaban concentrar del todo.

Pero en su cabeza, algo seguía dando vueltas.

El plan.

El plan que no era un plan.

La idea de hablar con Bibiana después del examen.

De pedirle una oportunidad.

De decirle la verdad, quizás. No toda la verdad. Solo una parte. Suficiente para que ella entendiera por qué se había distraído tanto.

O tal vez no decir nada. Entregar el examen, recibir su nota, y aceptar que perdería la materia.

Michael escribió la primera respuesta. Luego la segunda. Luego la tercera.

Su lapicero se movía rápido. Su cabeza también.

Cuando faltaba media hora para terminar, Michael levantó la vista. Bibiana estaba sentada en el borde del podio, con una pierna cruzada sobre la otra. Había dejado sus apuntes a un lado y miraba a los estudiantes con una expresión neutra. Sus pies colgaban, apenas rozando el piso. Los tacones negros sostenían su peso. El arco blanco de su pie derecho se veía nítido desde donde estaba Michael.

Bajó la vista. Volvió a su examen.

Escribió la última respuesta. Revisó todo. No encontró errores graves. Cerró el examen, lo levantó y caminó hacia el podio. Bibiana lo recibió. Tomó el examen, lo puso sobre la pila, y sonrió.

—¿Cómo te fue? —preguntó.

—Bien, creo —dijo Michael, con voz baja, casi inaudible.

—Me alegra.

Michael se quedó un momento en silencio. Bibiana lo miró, esperando.

—Architecta Ríos —dijo él—. ¿Podría hablar con usted después? Cuando termine el examen.

Bibiana asintió.

—Claro. Espérame afuera. Termino de recoger los exámenes y salgo.

Michael asintió. Caminó hacia la puerta. Salió del auditorio. Se apoyó contra la pared del pasillo, con la mochila colgando de un hombro.

Esperó.

Adentro, Bibiana seguía recibiendo exámenes. Los estudiantes se iban en silencio, algunos con cara de alivio, otros con cara de preocupación. Cuando el último entregó su examen, Bibiana los ordenó, los guardó en su mochila, apagó las luces y salió.

Michael seguía ahí, apoyado contra la pared.

—Vamos a mi oficina —dijo Bibiana—. No tengo una oficina, pero podemos sentarnos en el jardín. Hace buen día.

Caminaron juntos hacia la salida de la facultad. Los tacones negros de Bibiana sonaban contra el piso de cemento. Michael caminaba a su lado, con los ojos al frente, las manos en los bolsillos.

El sol de la mañana los recibió afuera.

Bibiana lo llevó a un jardín pequeño que había detrás de la biblioteca. Había una banca de madera bajo un árbol. Bibiana se sentó. Michael se sentó a su lado, dejando un espacio de medio metro entre ellos.

—Dime —dijo Bibiana.

Michael tomó aire.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta de mezclilla. Sacó un papel doblado en cuatro partes. No era un papel cualquiera. Lo había preparado la noche anterior, después de horas de dudar. En el papel había escrito una lista de disculpas, explicaciones, promesas. Pero eso era solo el señuelo.

Lo que realmente importaba estaba en el reverso.

Michael había leído en Internet sobre ciertas sustancias que inducían sueño. Nada ilegal, al menos no en las dosis que él habia conseguido. Un polvo blanco que se disolvía en agua o que, según algunos foros, podia inhalarse si se impregnaba en un papel y se agitaba cerca del rostro de la persona. No estaba seguro de que funcionara. Había probado una pequeña cantidad en sí mismo la noche anterior y solo sintió un leve mareo. Pero era lo único que tenía.

Desdobló el papel con el reverso hacia arriba. Lo sostuvo con la punta de los dedos. Bibiana lo miró, confundida.

—¿Qué es eso?

—Una carta —mintió Michael—. Quiero explicarle por qué me fue mal. Pero no sé cómo decirlo en voz alta.

Bibiana extendió la mano para tomar el papel. Michael acercó el papel a ella, pero en lugar de dárselo, lo agitó suavemente. Un polvo fino, casi invisible, se elevó en el aire entre sus rostros.

Bibiana parpadeó. Aspiró sin querer. El polvo le entró por la nariz y le irritó la garganta. Tosió una vez. Dos veces.

—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz ya más rasposa.

—Solo algo para calmarme —dijo Michael, guardando el papel en el bolsillo—. Lo siento.

Bibiana lo miró con los ojos entrecerrados. Algo no estaba bien. Sentía un calor extraño en la cara y las manos le temblaban ligeramente. Quiso levantarse, pero sus piernas no respondían como debían.

—Michael —dijo, con voz más débil—. No me siento bien.

Él se quedó quieto, observando. Por dentro, su corazón latía con fuerza. Las escenas que había imaginado tantas noches empezaban a mezclarse con la realidad.

—Ayúdame a levantarme —pidió Bibiana, apoyando una mano en la banca—. Creo que necesito ir a mi apartamento.

Michael la tomó del brazo. La piel de Bibiana estaba tibia. Ella se apoyó en él para ponerse de pie. Sus piernas temblaban. Los tacones negros se tambalearon sobre el piso de cemento.

—Vamos —dijo Michael, con voz calmada—. La acompaño.

Caminaron lentamente hacia la salida del campus. Bibiana respiraba con dificultad. La cabeza le daba vueltas. Cada paso era un esfuerzo. Michael la sostenía por el codo, guiándola. Nadie los miró. El domingo en la mañana el campus estaba casi vacío.

Llegaron al edificio de Bibiana. Ella metió la mano en su bolso, sacó las llaves con dedos torpes. Michael las tomó, abrió la puerta. Entraron. El ascensor crujió cuando subieron al tercer piso. Bibiana cerró los ojos. Apoyó la cabeza en la pared del ascensor.

—Casi llegamos —susurró Michael.

Abrió la puerta del apartamento. Ayudó a Bibiana a entrar. Ella caminó unos pasos, se sujetó de la mesa de la cocina, y luego sus rodillas cedieron. Michael la sostuvo antes de que cayera al piso.

—La llevo a la cama —dijo, como si estuviera hablando con un paciente.

La cargó en brazos. Pesaba menos de lo que imaginaba. Bibiana murmuró algo que Michael no entendió. Sus ojos se cerraban solos.

La recostó en la cama, sobre las sábanas que olían a suavizante. Bibiana intentó abrir los ojos, pero no pudo. Su respiración se volvió profunda y regular. Estaba dormida. Inconsciente.

Michael se quedó de pie junto a la cama, mirándola.

Ahora sí. No había retorno.

Dejó su mochila en el piso. La abrió. Sacó el contenido con cuidado, como quien despliega instrumentos quirúrgicos sobre una mesa.

Primero, las cuerdas. No eran gruesas ni ásperas. Las había comprado en una tienda de manualidades. Eran de algodón, suaves, de un color beige claro. No quería lastimar la piel de Bibiana. No quería marcas.

Después, los cepillos. Un cepillo de cerdas naturales, de mango de madera, de esos que se usan para peinar el cabello largo. Otro cepillo más pequeño, de cerdas más duras, para las cejas o para exfoliar los labios. Michael los sostuvo en sus manos un momento. Imaginó cómo se sentirían contra la piel de Bibiana.

Luego, los pinceles. Tenía tres. Uno grueso, de punta redonda, como los que usan los pintores para hacer fondos. Otro delgado, de punta fina, para los detalles. El tercero era diminuto, casi como un lápiz, con cerdas suaves de pelo de cabra.

Después, las plumas. Las había conseguido en una tienda de arte. Plumas de paloma: grises, pequeñas, con las barbas muy juntas, ideales para un roce apenas perceptible. Plumas de pollo: más grandes, blancas, con las barbas más separadas, que hacían un cosquilleo más amplio y difuso. Las pasó entre sus dedos. Las plumas se movían como si estuvieran vivas.

Por último, los peines. Dos peines de púas finas, de esos que se usan para quitar liendres. Las púas eran de metal, separadas por apenas un milímetro. Al pasarlos por la piel, producían una sensación punzante, rapidísima, que en una persona cosquillosa podía ser insoportable.

Michael colocó todo sobre la mesa de noche, ordenado por tamaño. Luego revisó el apartamento.

La puerta principal tenía cerradura de pestillo. La aseguró. La ventana de la cocina daba al patio interior, pero era pequeña, de un solo vidrio. Michael no la abrió, solo verificó que estuviera cerrada. La habitación de Bibiana no tenía ventanas. Era un cuarto interior, silencioso. La única entrada era la puerta. Michael la cerró también.

Luego tapó la rendija debajo de la puerta con una toalla doblada. Era una medida exagerada, lo sabía. Pero quería asegurarse de que ningún ruido saliera. Nadie podía escuchar las risas de Bibiana. Nadie podía venir a buscarlas.

Volvió a la cama.

Bibiana seguía dormida. Su respiración era tranquila. Tenía los brazos a los lados, las piernas ligeramente separadas, la cabeza ladeada sobre la almohada. Los tacones negros seguían puestos, con la correa delgada marcando el empeine. El arco blanco de sus pies se veía nítido a la luz de la lámpara.

Michael se arrodilló junto a la cama.

Le quitó los zapatos con cuidado. Primero el derecho. Deslizó la correa por el talón. El pie quedó libre, descalzo. La piel estaba caliente por el uso de los tacones. Los dedos, largos y rectos, terminaban en uñas cortas sin esmalte. La planta era suave, con apenas unas líneas marcadas en el arco. Michael sostuvo el pie en sus manos un momento. Era más pequeño de lo que imaginaba.

Luego el izquierdo. Igual de suave. Igual de caliente.

Los dejó descalzos sobre la sábana.

Tomó las cuerdas. Cortó cuatro tramos. Uno para cada muñeca, uno para cada tobillo. Con manos temblorosas, ató la muñeca derecha de Bibiana al cabezal de la cama. El nudo no era fuerte, pero era suficiente para que ella no pudiera soltarse si tiraba. Repitió con la izquierda. Las ató a ambos lados del cabezal. Los brazos quedaron extendidos, formando una línea recta con los hombros.

Luego los pies. Pasó la cuerda por el tobillo derecho y la ató a la pata de la cama, en la esquina inferior derecha. Tiró para asegurarse de que no se soltara. Hizo lo mismo con el izquierdo. Las piernas quedaron abiertas, formando una V invertida.

El cuerpo de Bibiana dibujaba una X sobre la cama.

Michael se apartó. Miró su trabajo.

Ella seguía dormida. Las cuerdas no le apretaban. Los nudos estaban sueltos, casi decorativos. No había moretones. No había dolor. Solo la inmovilidad.

Se sentó en el borde de la cama, junto a sus pies descalzos.

Tomó la pluma de paloma más pequeña. La sostuvo entre sus dedos como quien sostiene una joya. Pasó las barbas suavemente por la planta del pie izquierdo de Bibiana.

Ella no reaccionó. Seguía dormida.

Michael sonrió.

Paciencia.

Ahora solo quedaba esperar que despertara.

El sueño de Bibiana fue profundo, sin imágenes, sin recuerdos. Un vacío oscuro del que emergió lentamente, como quien sube desde el fondo de una piscina.

Primero sintió el calor de la almohada contra su mejilla. Luego el olor de las sábanas, ese suavizante de la señora Irene que ya le resultaba familiar. Después, la rigidez en sus hombros, como si hubiera dormido en una posición incómoda.

Intentó estirar un brazo.

No pudo.

Algo le sujetaba la muñeca. Algo suave, pero firme. Bibiana abrió los ojos de golpe. La luz de la lámpara de la mesita de noche la deslumbró un momento. Parpadeó. Miró hacia su izquierda. Su brazo estaba extendido. Una cuerda beige ataba su muñeca al cabezal de la cama.

Miró hacia la derecha. Lo mismo.

Levantó la cabeza. Sus tobillos también estaban atados. Las piernas abiertas, formando una V. El cuerpo dibujaba una X sobre la cama.

El pánico le subió por el pecho como una ola caliente. Tiró de las muñecas. Las cuerdas cedieron un poco, pero no lo suficiente. Intentó incorporarse. No pudo. Sus músculos no respondían con fuerza; aún sentía los efectos de aquel polvo que Michael había agitado en el jardín.

Entonces lo vio.

Michael estaba sentado en una silla que había arrastrado desde la cocina. Estaba colocada al pie de la cama, frente a sus pies descalzos. Tenía los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Sus ojos, detrás de las gafas de pasta negra, la miraban fijamente.

—Michael —dijo Bibiana, con la voz aún ronca por el sueño—. ¿Qué está pasando?

Él no respondió de inmediato. Se quedó mirándola, como si estuviera memorizando cada detalle de su rostro.

—Michael —insistió ella, con un tono más firme, aunque por dentro le temblaba la voz—. Suéltame. Ahora mismo.

Él negó con la cabeza.

—No puedo, arquitecta.

Bibiana tiró de las muñecas otra vez. Las cuerdas se tensaron. La madera del cabezal crujió, pero no cedió. Ella soltó el aire con fuerza.

—¿Qué quieres? —preguntó, mirándolo a los ojos—. ¿Dinero? ¿Qué es lo que quieres?

—No quiero dinero —dijo Michael, con voz baja pero clara—. Usted sabe que no voy a pasar la materia. Revisó mis notas. Me lo dijo.

—Eso no tiene nada que ver con esto —respondió Bibiana, moviendo la cabeza de un lado a otro, intentando despejarse del todo—. Hay muchas maneras de lograr las cosas. Se pudo haber quedado después de clase. Pudo haber pedido un trabajo extra. Pudo haber hablado con la decana. Esta no es la manera.

Michael la escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, él se puso de pie. Dio la vuelta a la cama y se situó al final, justo frente a sus pies descalzos.

Bibiana sintió un escalofrío. Instintivamente, intentó jalar las piernas hacia sí. Las cuerdas se lo impidieron. Sus pies quedaron donde estaban, vulnerables, inmóviles.

—Usted no entiende —dijo Michael, mirando sus plantas—. No es solo la materia. No es solo pasar el semestre.

Bibiana abrió la boca para hablar, pero Michael ya no la miraba a los ojos. Miraba sus pies.

Levantó la mano derecha. Extendió el índice. La yema de su dedo estaba seca, caliente. Con una lentitud deliberada, la deslizó desde el talón hasta la base de los dedos del pie izquierdo de Bibiana, recorriendo todo el arco en una línea suave y continua.

La sensación fue eléctrica.

Bibiana soltó una carcajada. Fue un sonido breve, explosivo, que escapó de su garganta antes de que pudiera controlarlo. Sus pies se movieron solos, sacudiéndose hacia los lados, intentando huir del dedo que ya no estaba allí. Los dedos de sus pies se enrollaron y desenrollaron como pequeños puños que se abren y se cierran.

Michael retiró la mano. Observó la reacción con una mezcla de fascinación y asombro.

—Vaya —dijo, casi para sí mismo—. Sí que es cosquilluda.

Bibiana respiró hondo. Su corazón latía rápido. Las risas aún le vibraban en el pecho.

—Michael —dijo, con la voz entrecortada—. Por favor. Hablemos.

—Estamos hablando —respondió él, sin apartar la vista de sus pies.

—No es así como se habla. Suéltame y hablamos como dos personas adultas. Te doy una oportunidad. Un trabajo extra. Lo que necesites. Pero esto…

Michael levantó la mano otra vez. Bibiana cerró la boca. Sus pies se tensaron, anticipando el contacto.

Él no la tocó. Solo sostuvo la mano en el aire, a unos centímetros de su planta derecha.

—Arquitecta —dijo—. Usted dijo que hay muchas maneras de lograr las cosas. Esta es la mía.

—Es una estupidez —respondió Bibiana, con un hilo de voz—. Vas a perder la materia igual. Y además vas a ir a la cárcel.

Michael sonrió. No era una sonrisa feliz. Era una sonrisa triste, cansada.

—No voy a ir a la cárcel. No le voy a hacer daño. Solo quiero… solo necesito…

Calló. Se quedó mirando los pies de Bibiana, brillando bajo la luz de la lámpara.

—¿Qué necesitas? —preguntó Bibiana, más despacio.

Michael levantó la vista. La miró a los ojos.

—Desde pequeño —dijo, con voz más baja que nunca— siempre he tenido gusto por los pies de las mujeres. Y por las cosquillas en los pies. Una psicóloga en el bachillerato me dijo que era una parafilia normal. Que no tenía nada de malo mientras no dañara a nadie.

Bibiana lo escuchaba, sin pestañear.

—Pero yo creo que es una obsesión —continuó Michael—. Algo que no puedo controlar. Algo que ocupa mi mente cuando debería estar estudiando bóvedas de crucería y catedrales góticas.

Se inclinó un poco hacia adelante. Sus dedos colgaron sobre los pies de Bibiana, sin tocarlos.

—Desde el primer día que la vi —dijo—. Desde que entró a ese salón con esos tacones rojos y sus pies blancos y ese arco tan pronunciado… he querido hacer esto.

Bibiana sintió un nudo en la garganta. No era miedo. No exactamente. Era una mezcla de incredulidad, de vergüenza ajena, de algo que no sabía nombrar.

—Michael —dijo, con calma—. Eso que sientes… no es mi culpa. Y no es mi responsabilidad.

—Lo sé —respondió él—. No estoy diciendo que sea su culpa. Solo estoy diciendo por qué estoy aquí.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó Bibiana.

Michael la miró. Luego miró sus pies. Luego volvió a mirarla a los ojos.

—Eso depende de usted —dijo—. Usted decide cuándo termina esto. Yo solo voy a hacer cosquillas en sus pies. Nada más. Nada que la lastime. Solo cosquillas. Cuando usted acepte subirme la nota, cuando me prometa que voy a pasar la materia, entonces la suelto.

—Eso es chantaje —dijo Bibiana.

—Lo sé —dijo Michael.

—Y es ilegal.

—También lo sé.

—Y aunque te lo prometa ahora, puedo mentirte. Puedo decirte que sí, soltarme, y después denunciarte.

—Puede —asintió Michael—. Pero yo tengo grabación de todo esto.

Mintió. No tenía ninguna grabación. Pero Bibiana no lo sabía.

Ella guardó silencio. Sus ojos recorrieron la habitación. La puerta cerrada. La toalla en el piso, tapando la rendija. La lámpara encendida. Sobre la mesita de noche, alineados como instrumentos quirúrgicos, los cepillos, los pinceles, las plumas, los peines metálicos.

Bibiana los vio. Tragó saliva.

—¿Todo eso es para mí? —preguntó, con un deje de ironía que no sintió.

—Sí —respondió Michael, sin inmutarse—. Pero no voy a usarlo todo si no hace falta. Con los dedos basta, al menos al principio.

Bibiana cerró los ojos un momento. Respiró hondo. Cuando los abrió, Michael seguía ahí, de pie al pie de la cama, con las manos colgando a los costados.

—Michael —dijo—. Te voy a decir algo y quiero que me escuches bien.

Él asintió.

—Soy muy cosquillosa —dijo Bibiana—. No solo en los pies. En todo lado. Mi hija lo sabe. Mi perro lo sabe. Cualquier persona que haya estado cerca de mí lo sabe. Así que si empiezas con eso, no voy a poder hablar. No voy a poder negociar. Solo me voy a reír hasta que no pueda respirar.

Michael la escuchó con atención.

—Lo sé —dijo—. Por eso estoy aquí.

Bibiana sintió que el suelo se le caía. No había negociación posible. Michael no estaba buscando un acuerdo. Estaba buscando lo que siempre había querido: una excusa para hacer lo que llevaba meses imaginando.

—Por favor —dijo Bibiana, y esta vez su voz sí tembló—. No hagas esto. Tienes toda una vida por delante. No la arruines por una obsesión.

Michael la miró. Sus ojos detrás de las gafas parecían más grandes de lo normal.

—Arquitecta —dijo—. Mi vida ya está arruinada. Usted no lo sabe. Usted solo me ve como un estudiante callado que no entregó los trabajos a tiempo. Pero yo he estado arruinado desde que tengo memoria.

Bajó la mirada hacia sus pies otra vez.

Así que por esto —dijo, casi susurrando—. Por esto no pude concentrarme. Por esto perdí la materia. Por usted.

Ella negó con la cabeza.

—No es por mí. Es por lo que tú construiste en tu cabeza.

—Tal vez —dijo Michael—. Pero ahora usted está aquí. Y yo también.

Se arrodilló al pie de la cama.

Sus ojos quedaron a la altura de los pies descalzos de Bibiana. Los dedos de ella se movían solos, nerviosos, como si quisieran huir pero no tuvieran a dónde.

Michael levantó las manos.

Sus dedos índices quedaron suspendidos a un centímetro de las plantas de Bibiana.

—¿Lista, arquitecta? —preguntó.

Bibiana apretó los pies. Cerró los ojos. No respondió.

Michael tomó eso como una respuesta.

Michael no volvió a decir nada.

Sus dedos índices descendieron hasta posarse sobre las plantas desnudas de Bibiana. Al principio fue solo un contacto leve, casi una caricia. Las yemas de sus dedos rozaron la piel suave del arco izquierdo y derecho al mismo tiempo.

Bibiana contuvo la respiración.

Luego Michael comenzó a mover los dedos.

No los arrastró. No los deslizó en línea recta como había hecho antes. Los movió como arañas. Dedo izquierdo subiendo por el arco mientras el derecho bajaba por el talón. Luego el izquierdo bajaba y el derecho subía. Luego los dos subían juntos. Luego los dos bajaban en espiral. Cada movimiento era pequeño, rápido, impredecible.

Las plantas de Bibiana eran increíblemente suaves. Michael sintió la textura bajo sus yemas: caliente, tersa, sin callos, con esa suavidad de quien usa zapatos cerrados la mayor parte del tiempo pero también camina descalza por su casa. Sus dedos se movían sobre esa superficie como si estuvieran hechos el uno para el otro.

Bibiana no pudo contenerse.

La carcajada le estalló desde lo más profundo del pecho. Fue un sonido agudo, descontrolado, que salió sin que ella pudiera hacer nada para detenerlo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! —rió, sacudiendo la cabeza sobre la almohada—. ¡NOOO! ¡JAJAJAJAJAJA!

Sus pies intentaron huir. Los dedos se enrollaron hacia abajo, protegiendo la planta. Pero las cuerdas en sus tobillos se lo impidieron. Solo podía moverlos de lado a lado, lo que hacía que los dedos de Michael se desplazaran a nuevas zonas de su piel, encontrando rincones que ella misma no sabía que tenía.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡MICHAEL! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Él no respondía. Solo movía los dedos. Arriba, abajo, en círculos, en líneas quebradas. Las arañas caminaban sin descanso. Las plantas de Bibiana eran su territorio ahora.

La risa de Bibiana se volvió más aguda. Le faltaba el aire. Jadeaba entre carcajada y carcajada.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!

Michael siguió. La suavidad de sus pies era hipnótica. Cada vez que sus dedos pasaban por el arco, sentía la piel elevarse ligeramente, como si quisiera seguir sus movimientos. Cada vez que llegaban al talón, la textura cambiaba, se volvía más firme, más resistente. Pero igual de sensible.

Bibiana tiró de sus muñecas atadas. Los brazos se tensaron. El cabezal de la cama crujió. Sus piernas se estiraban y se encogían, inútiles, atrapadas por las cuerdas en los tobillos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡TE LO RUGOOOO! —gritó entre risas—. ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Michael cambio el ritmo. Ahora movía los dedos más despacio, pero con más presión. Las arañas se volvieron más pesadas. Recorrieron la planta izquierda desde el talón hasta la base de los dedos en un movimiento lento y continuo. Bibiana arqueó la espalda. La risa se le convirtió en algo parecido a un sollozo.

—¡JAAAAAAAA! ¡AHÍ NO! ¡AHÍ NOOOOO! —suplicó, con la voz rota.

Michael ignoró la súplica. Sus dedos encontraron el punto exacto del arco donde la piel es más delgada y los nervios están más cerca de la superficie. Ahí se detuvo. Hizo círculos pequeños con la yema de sus índices. Uno en cada pie.

Bibiana perdió la capacidad de formar palabras.

Reía. Solo reía. Una carcajada continua, ininterrumpida, que le saltaba por la boca abierta y le humedecía los ojos. Las lágrimas le corrían por las sienes hasta perderse en el cabello rubio esparcido sobre la almohada.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —era un grito de risa, un alarido de cosquillas que llenaba la habitación sin ventanas—. ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Michael seguía. No miraba su cara. Miraba sus pies. Cómo se retorcían. Cómo los dedos se abrían y se cerraban. Cómo las plantas enrojecían ligeramente por la fricción constante.

—Es increíble —murmuró—. Tan suaves.

Bibiana no lo escuchó. Solo escuchaba su propia risa.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡TE LO PIDO!

Pasó un minuto. Luego otro. Michael no paraba. Sus dedos se movían mecánicamente ahora, como si hubieran aprendido el camino de memoria. Arriba, abajo, en círculos. Arriba, abajo, en círculos.

La risa de Bibiana empezó a cambiar. Se volvía más espaciada. Inhalaba con dificultad, llenaba los pulmones de aire, y luego soltaba otra ráfaga de carcajadas.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —pausa—. ¡JAJAJAJAJAJAJA! —pausa más larga—. ¡JAAA… jaaa… jaaa…

Michael notó el cambio. Disminuyó la velocidad. Las arañas caminaban más despacio ahora, casi perezosas.

Bibiana aprovechó el respiro para hablar, aunque su voz salía entrecortada, con hipos de risa aún.

—Michael… por favor… ya… suficiente…

Él levantó la vista. La cara de Bibiana estaba roja, mojada, con los ojos brillantes por las lágrimas. Su respiración era agitada. Tenía los labios entreabiertos y una sonrisa involuntaria que no podía borrar.

—¿Suficiente? —preguntó Michael, con voz neutra.

—Sí… por favor… no puedo más…

—¿Va a cambiarme la nota?

Bibiana cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, en su mirada había algo que no estaba antes. No era miedo. Era resignación.

—Dame… dame un momento… —dijo, todavía con la voz temblorosa—. Hablemos…

Michael retiró las manos. Se sentó en el borde de la cama, al lado de sus pies. Los dedos de Bibiana se movieron solos un momento más, como si la piel recordara la sensación y quisiera sacudírsela.

—Hablar está bien —dijo Michael—. Pero mientras hablamos, usted sigue atada.

Bibiana asintió. No tenía fuerzas para discutir.

—Está bien —dijo, con la voz ya más calmada—. Hablemos.

Michael la miró.

Ella lo miró.

Las plumas, los cepillos y los peines seguían sobre la mesita de noche, esperando su turno.

Pero por ahora, los dedos habían cumplido su propósito.

Continuará…

Original de Tickling Stories

 

 

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