El intruso – Parte 2

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El sol de la mañana se filtraba por las cortinas del apartamento de Veronica mientras ella terminaba de organizar los ultimos papeles de su carpeta de trabajo. Desde aquella noche del intruso, algo habia cambiado en ella. No era miedo exactamente, sino una sensacion extrana de que algo habia quedado inconcluso, como cuando uno sabe que ha sonado algo importante pero no logra recordar que era.

Se llevo la taza de cafe a los labios y miro hacia el balcon de Martin, que seguia cerrado. Habian pasado casi tres semanas desde aquella manana en que ella le habia contado lo del «ladron» y el se habia ofrecido a acompanarla. Desde entonces, la relacion entre ellos se habia vuelto mas cercana, pero tambien mas complicada.

Martin la saludaba con una sonrisa que antes no tenia, algo mas segura, y habia empezado a invitarla a tomar cafe o a ver peliculas en su apartamento. Veronica aceptaba sin darse cuenta de que, en el fondo, habia algo en el joven que la intrigaba mas alla de la amabilidad de vecino.

Esa tarde, mientras Veronica revisaba su celular, vio un mensaje de Clara, su pedicurista.

«Hola Vero, ¿como has estado? Te escribo porque tengo un espacio libre el viernes en la tarde. ¿Quieres que vaya? Ya se que te da pena lo de las cosquillas, pero la ultima vez te portaste muy bien, jajaja. Besos.»

Veronica sonrio al recordar la sesion anterior. Habia sido intensa, especialmente con ese pie derecho que parecia tener vida propia. Pero lo que mas recordaba era la presencia de Martin en el sofa, observando todo con esa calma que ahora le resultaba tan familiar.

Respondio el mensaje: «Hola Clara, claro que si. El viernes en la tarde perfecto. Avisame a que hora llegas. Y ya sabes, trata de tener paciencia conmigo, jajaja.»

Guardo el celular y se quedo pensando. Desde aquella manana en que Martin la habia acompanado, el chico se habia vuelto casi un visitante regular. A veces subia con una excusa cualquiera, otras veces ella lo invitaba a cenar. Se habian acostumbrado a compartir las tardes, y Veronica habia empezado a notar detalles de el que antes pasaba por alto: como se sonrojaba cuando ella le sonreia, como sus manos temblaban un poco cuando le alcanzaba algo, y como sus ojos se desviaban constantemente hacia sus pies cuando ella se sentaba descalza en el sofa.

No era que le molestara. Al contrario, habia algo en esa atencion silenciosa que la hacia sentir… ¿importante? ¿deseada? No sabia bien como llamarlo. Lo unico que sabia es que cuando Martin la miraba asi, ella sentia un cosquilleo que no tenia nada que ver con sus pies.

Esa noche, Veronica decidio subir al apartamento de Martin. Llevaba puesta una bata ligera y sandalias de casa, con el cabello recogido en un moño desordenado. Llamo a la puerta con dos golpecitos suaves.

Martin abrio casi de inmediato, como si la estuviera esperando. Llevaba sus gafas gruesas, una camiseta desgastada y jeans, y en la mano sostenia un libro que cerro al verla.

—Hola, vecina —dijo con esa sonrisa que ahora le salia mas facil—. ¿Todo bien?

—Todo tranquilo —respondio ella, entrando sin esperar invitacion—. Queria avisarte que el viernes en la tarde viene Clara. La pedicurista. Por si quieres bajar un rato o… no se, si te incomoda, puedo avisarte cuando se vaya.

Martin cerro la puerta detras de ella y se recosto en el marco de la cocina, cruzando los brazos con aire casual.

—¿Por que me incomodaria? —pregunto, aunque ya sabia la respuesta.

Veronica se dejo caer en el sofa de Martin, el mismo donde el se sentaba a leer, y estiro las piernas frente a ella.

—No se… la ultima vez te quedaste mirando todo el rato. Y con lo gritona que soy, pense que tal vez te daba pena o algo.

Martin se acerco y se sento en el extremo opuesto del sofa, dejando un espacio entre ellos.

—Para nada. Me parece… entretenido. Ademas, asi me aseguro de que no te pase nada raro otra vez.

Veronica rio suave y nego con la cabeza.

—Ya supera eso. No va a volver a pasar. Seguro fue un ladron que se metio por error y ya.

—¿Estas segura? —pregunto Martin, con un tono que ella no supo interpretar.

—Completamente —respondio ella, jugando con la correa de una de sus sandalias—. Ademas, si volviera a pasar, ya se que tengo un vecino que cuida de mi, ¿no?

Martin la miro fijamente, y por un instante Veronica sintio que sus ojos avellana la atravesaban de una manera que no le resultaba del todo comoda, pero tampoco desagradable.

—Eso si —dijo el, desviando la mirada hacia las sandalias de ella—. Siempre que quieras.

Hubo un silencio corto, pero no incomodo. Veronica se dio cuenta de que se habia quedado mirando las manos de Martin, que descansaban sobre su rodilla, y que el habia notado su mirada. Aparto los ojos rapido y se levanto del sofa.

—Bueno, ya te avise. El viernes en la tarde, no te asustes si escuchas gritos otra vez —dijo con una sonrisa nerviosa.

—Me asegurare de estar cerca por si acaso —respondio Martin, acompanandola hasta la puerta.

Veronica salio al pasillo y, antes de cerrar, se volvio a mirarlo.

—Martin… ¿tu crees que deberia poner una camara de seguridad o algo? Desde lo del intruso, a veces me quedo pensando.

El chico nego con la cabeza, con una calma que a ella le parecio tranquilizadora.

—No creo que haga falta. Si algo, yo te ayudo a revisar las cerraduras. Pero no le des mas vueltas.

Veronica asintio y se despidio con un gesto de mano. Mientras caminaba hacia su apartamento, no pudo evitar sentir que habia algo en la mirada de Martin que no terminaba de cuadrar, aunque no sabia que era.

El viernes llego mas rapido de lo que Veronica esperaba. Esa mañana habia tenido una reunion con un cliente importante y llego a su casa justo al mediodia, con el cabello aun recogido del trabajo y los pies adoloridos por los tacones que habia usado toda la mañana.

Se quito los zapatos en la entrada y camino descalza hasta la cocina, sintiendo el piso frio bajo sus plantas. Se sirvio un vaso de agua y reviso el celular: Clara le habia confirmado que llegaria a las tres de la tarde.

Eran casi las dos. Le quedaba tiempo para darse una ducha y cambiarse.

Mientras el agua caliente caia sobre su cuerpo, Veronica penso en la sesion anterior. Recordaba haberse reido tanto que casi no podia respirar, y tambien recordaba la cara de Martin, sentado en el sofa, con una expresion que ella no habia podido descifrar del todo. En ese momento penso que era solo curiosidad o quizas algo de verguenza ajena, pero ahora, mirando hacia atras, le parecia que habia algo mas.

Termino de ducharse y se envuelve en una toalla. Busco en su armario algo comodo y encontro un short de algodon gris y una camiseta blanca holgada. Nada de sosten, penso, es solo Clara. Y Martin, agrego mentalmente, pero descarto la idea con un movimiento de cabeza.

Se sento en el borde de la cama para secarse el cabello y, sin pensarlo, empezo a mover los dedos de los pies, como hacía cuando estaba relajada. El gesto era inconsciente, un reflejo de cuando se sentia tranquila en su espacio.

El timbre sonó a las tres en punto. Veronica abrio la puerta y encontro a Clara con su maletin de trabajo, el mismo de siempre, y una sonrisa amplia en el rostro.

—¡Vero! ¿Como estas? —saludo la pedicurista, entrando con la confianza de quien conoce bien el lugar.

—Cansada, pero bien. Pasa, ponte comoda —respondio Veronica, cerrando la puerta detras de ella.

Clara dejo el maletin en la sala y empezo a sacar sus cosas: la tina plegable, las toallas, los frascos de aceites y cremas. Mientras preparaba todo, miro a Veronica con picardia.

—¿Y el vecino? El que estaba la ultima vez. ¿Va a venir a vigilarnos otra vez?

Veronica rio y se encogio de hombros.

—No se. Le dije que venias, pero no se si baje. A veces se pone a leer o a trabajar en su computador.

—Pues que baje si quiere —dijo Clara, mientras llenaba la tina con agua tibia—. Ya me acostumbre a tener publico.

Veronica se sento en el sofa, igual que la ultima vez, y se quito las sandalias que habia puesto al salir de la ducha. Sus pies estaban descansados, limpios, con las unas aun del tono nude que Clara les habia dejado en la sesion anterior.

Clara se arrodillo frente a ella y tomo el pie izquierdo con suavidad, examinandolo.

—Muy bien conservados, como siempre. ¿Has estado usando mucho tacón?

—Esta semana si, mucho. Ayer tuve una reunion larguisima y casi no los sentia de tanto caminar.

—Pues hoy los vamos a consentir —dijo Clara, introduciendo el pie de Veronica en el agua tibia—. Y vamos a ver si logramos que no te rías tanto esta vez.

Veronica sonrio y nego con la cabeza.

—Imposible. Ya sabes como soy.

Mientras Clara sumergia el otro pie, se escucharon unos golpes suaves en la puerta. Veronica levanto la cabeza y miro hacia la entrada.

—Entra—dijo en voz alta.

La puerta se abrio lentamente y aparecio Martin, con una taza de cafe en la mano y su libro bajo el brazo.

—Pase a saludar —dijo, con una sonrisa que a Veronica le parecio demasiado casual—. ¿Te molesta si me siento un rato?

—Para nada —respondio Veronica, senalandole el sillon de siempre—. Siéntate.

Martin saludo a Clara con un gesto de cabeza y se acomodo en el sillon, justo frente al sofa donde Veronica tenia los pies sumergidos en la tina.

Clara, que ya estaba terminando de organizar sus instrumentos, miro a Martin y luego a Veronica con una sonrisa.

—Que bien que tengamos compañía otra vez. Así me aseguro de que no te escapes cuando empiece lo fuerte.

Veronica soltó una risa nerviosa.

—¿Lo fuerte? Clara, no me asustes.

—Ya veras —dijo la pedicurista, mientras sacaba un cepillo de cerdas suaves—. Hoy vamos a probar una tecnica nueva. Es mas… efectiva.

Martin, desde el sillon, observaba todo con una calma que escondia una atencion absoluta. Su libro estaba abierto sobre su rodilla, pero sus ojos estaban fijos en los pies de Veronica, que apenas asomaban entre la espuma del agua.

Clara se arrodillo, saco el pie izquierdo de Veronica del agua y lo apoyo sobre una toalla.

—Empecemos por este, que es el mas noble —dijo, mientras secaba suavemente la piel—. Despues viene el problematico.

Veronica se rio y apoyo las manos en el sofa, preparandose.

—Dale, pero ten piedad.

Clara tomo el cepillo y lo paso una primera vez por la planta del pie, con movimientos lentos y firmes.

—Ahí vamos —dijo, mientras observaba la reaccion de Veronica.

Ella contuvo la respiración, logrando no reírse en el primer pase, pero cuando Clara repitió el movimiento en sentido contrario, su cuerpo se tensó.

—Ay… —suspiró, mordiéndose el labio—. Clara, eso…

—¿Qué? ¿Ya no aguantas? —preguntó la pedicurista con una sonrisa, mientras volvía a pasar el cepillo, esta vez con mas rapidez.

—¡No! —exclamó Verónica, soltando una carcajada corta—. ¡Es que en el arco…!

Clara insistió, pasando el cepillo por toda la planta, desde el talón hasta la base de los dedos. Verónica ya no pudo contenerse mas y soltó una risa que llenó la sala.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Clara, para! ¡Eso es demasiado!

—Apenas empezamos —respondió la pedicurista, cambiando de mano para atacar con mas precisión la zona del arco.

Verónica se retorcía en el sofá, sus pies intentando escaparse, pero Clara los sujetaba con firmeza. Martin, desde el sillon, observaba con una sonrisa que trataba de disimular detrás de su taza de cafe.

—¡JAJAJAJAJA! ¡No, en serio, en el arco es horrible! —gritaba Verónica, con lágrimas ya asomando en sus ojos.

Clara se detuvo un momento y le permitió recuperar el aliento. Verónica jadeaba, con las mejillas coloradas y el cabello ligeramente desordenado.

—Eso fue solo el calentamiento —dijo Clara, mientras sacaba el pie derecho del agua—. Ahora viene el que de verdad no aguantas.

Verónica negó con la cabeza, aún sonriendo nerviosa.

—Clara, por favor, con ese ten mas cuidado.

—Eso prometí la ultima vez y no cumpli —respondió la pedicurista, tomando el pie derecho con ambas manos—. ¿Que crees que pase hoy?

Antes de que Verónica pudiera responder, Clara paso el cepillo con rapidez por toda la planta del pie derecho. El efecto fue inmediato y brutal.

—¡AAAAAAH! ¡NOOOOO! —gritó Verónica, soltando una carcajada estruendosa que la hizo doblarse sobre el sofá—. ¡JAJAJAJAJAJA! ¡CLARA, TE JURO QUE…!

Clara no se detuvo. Movía el cepillo de un lado a otro, subía por el arco, bajaba por el talón, volvía a subir entre los dedos. Verónica pataleaba con la pierna izquierda mientras la derecha quedaba atrapada entre las manos de la pedicurista.

—¡JAJAJAJAJA! ¡ES QUE NO PUEDO! ¡NO PUEDO, CLARA! —gritaba ella, con la voz entrecortada por la risa.

Martin, desde el sillon, se permitió una sonrisa mas amplia. Su libro ya estaba cerrado sobre la mesa y sus manos descansaban sobre sus rodillas, observando la escena con una fascinación que trataba de disimular.

Clara, después de lo que le pareció una eternidad a Verónica, detuvo el cepillo y soltó el pie. Verónica lo retiró de inmediato, llevándoselo hacia el otro como si buscara protección.

—¡Eso fue…! —jadeó, llevándose una mano al pecho—. ¡Eso fue criminal, Clara!

—¿Criminal? —repitió la pedicurista, riendo—. Te dije que iba a ser efectivo.

Verónica se recostó en el sofá, con los brazos extendidos a los lados y la respiración agitada. Sus pies descansaban sobre la toalla, todavía temblorosos por la intensidad del ataque.

Martin aprovechó el momento para intervenir con una voz calmada.

—¿Siempre es así u hoy se pasó de la raya?

Verónica lo miró desde el sofá, con los ojos aún brillantes por la risa.

—Hoy se pasó. Pero siempre es… intenso.

—Es que usted es demasiado cosquillosa —dijo Clara, mientras organizaba sus instrumentos—. Yo no tengo la culpa de que sus pies sean tan sensibles.

Verónica rió suavemente y se incorporó un poco, apoyando los codos en las rodillas.

—Lo sé, lo sé. Pero podrías tener un poco mas de piedad.

—La piedad no deja los pies bonitos —respondió Clara con una sonrisa—. Ahora, déjame terminar de limpiar y luego te pongo la crema.

Mientras Clara trabajaba con mas calma, limando y alisando las uñas con movimientos precisos, Verónica empezó a relajarse. La sensación del roce suave de la lima era mucho mas tolerable que el cepillo, y su respiración volvía a su ritmo normal.

Martin, que había estado observando en silencio, se levantó del sillon.

—¿Alguien quiere algo de tomar? —preguntó, mirando a ambas—. Café, agua, algo freso.

—Agua, por favor —dijo Verónica, agradecida por el descanso.

—Yo también, gracias —agregó Clara, concentrada en el trabajo.

Martin salió de la sala y regresó unos minutos después con dos vasos de agua y una botella para él. Se sentó de nuevo, esta vez mas cerca del sofá, en un taburete que Verónica tenía cerca de la ventana.

Clara terminó con las limas y tomó un frasco de crema de lavanda, que empezó a aplicar con movimientos circulares en el pie izquierdo de Verónica.

—Esta crema es nueva —dijo Clara—. Es hidratante pero también relajante. A ver si con esto tus pies se calman un poco.

Verónica cerró los ojos, disfrutando del masaje. La presión firme pero suave de las manos de Clara en su piel era un alivio después de la intensidad del cepillo.

—Esto si esta bueno —murmuró, con una sonrisa de satisfacción.

Clara rió bajito y continuó con el masaje, subiendo por el tobillo, bajando por el empeine, volviendo a la planta con movimientos lentos.

—¿Ves? No todo es tortura —dijo.

Cuando terminó con el pie izquierdo, lo dejó descansar sobre la toalla y tomó el derecho. Verónica abrió los ojos y la miró con desconfianza.

—Con ese ten cuidado —dijo, sin poder evitar una sonrisa nerviosa.

—Siempre tengo cuidado —respondió Clara, mientras empezaba a aplicar la crema con la misma suavidad que en el izquierdo.

Al principio, Verónica logró mantenerse quieta. La sensación de las manos de Clara en su pie derecho era agradable, casi relajante. Pero cuando la pedicurista llegó a la zona del arco, sus dedos se tensaron.

—Clara… —advirtió, con la voz un poco mas aguda.

—Tranquila, solo estoy masajeando —respondió ella, aunque sus dedos se movían con mas firmeza en esa zona.

Verónica se mordió el labio, conteniendo la risa. Sus dedos se flexionaron involuntariamente, y su pie intentó retirarse.

—¡No, no, no! —exclamó, soltando una carcajada corta—. ¡Ahí no, Clara!

—¿Acá? —preguntó la pedicurista, presionando justo en el centro del arco.

—¡JAJAJAJA! ¡Sí, ahí no! —gritó Verónica, retirando el pie con rapidez.

Clara se rió y lo sujetó de nuevo.

—Un segundito mas y termino. Aguanta.

Verónica apoyó las manos en el sofá, tensando todo el cuerpo mientras Clara terminaba el masaje con movimientos rápidos pero precisos. Cuando finalmente soltó el pie, Verónica lo retiró como si hubiera escapado de una trampa.

—Ya —dijo Clara, levantándose y estirando la espalda—. Listo por hoy.

Verónica exhaló con alivio y se recostó en el sofá, con los pies apoyados en la toalla.

—Gracias, Clara. De verdad que no sabes cuanto lo necesitaba.

—Para eso estoy —respondió la pedicurista, mientras empezaba a recoger sus cosas—. La semana que viene te mando un mensaje y coordinamos la próxima.

Clara termino de guardar sus cosas en el maletin y se quedo un momento de pie, apoyada en la mesa, con esa actitud relajada de quien ya conoce la casa y no tiene afan por irse. Veronica seguia en el sofa, con los pies todavia sobre la toalla, disfrutando la calma despues de la sesion.

—Vero, una pregunta —dijo Clara, con un tono mas conversador—. Tu siempre has sido tan cosquillosa o es algo que empeoro con los años?

Veronica rio y se encogio de hombros.

—Toda la vida. Mi mama decia que cuando era pequena no podia bañarme sin que me dieran ataques de risa. Y los zapatos cerrados siempre me han molestado por eso, porque siento todo el roce.

Clara guardó el último frasco en su maletín y se recostó un momento en el respaldo del sofá, con los brazos cruzados y una sonrisa cómplice.

—Bueno, Vero, ya que estamos en confianza —dijo, mirando a Veronica con curiosidad—. Cuéntame algo: toda la vida has sido así de cosquillosa o es algo que te fue saliendo con los años?

Veronica soltó una risa suave y movió los pies sobre la toalla, todavía relajada por el masaje.

—Toda la vida. Mi mamá dice que desde bebé no podían cambiarme los pañales sin que me retorciera de la risa. Y cuando empecé a usar zapatos, era un show cada vez que me los probaba.

Clara se rió y se acomodó mejor en el sofá.

—No me imagino. ¿Y lo más loco que te ha pasado por culpa de las cosquillas? Algo que digas «esto solo me pasa a mí».

Verónica se quedó pensando un momento, con la mirada perdida en el techo. Sus pies descansaban quietos, los dedos aún brillando por la crema de lavanda.

—Lo más loco… —repitió, como si estuviera ordenando los recuerdos en su mente—. Ay, Clara, te va a dar risa pero hace unos meses me pasó algo bien embarrada.

Clara se inclinó un poco hacia adelante, interesada.

—Cuenta, cuenta.

Verónica se incorporó en el sofá, apoyando los codos en las rodillas. Martin, que estaba en el taburete cerca de la ventana, también se puso más atento, aunque su expresión seguía siendo tranquila.

—Resulta que había comprado unos aretes nuevos, unos largos que me encantaron. Llegué a la casa, me los probé frente al espejo, y cuando los fui a guardar en la cajita… se me cayeron. Pero no al piso, sino que rodaron y se metieron debajo de la cama.

Clara sonrió, anticipando lo que venía.

—¿Y te metiste debajo?

—Pues claro —dijo Veronica, con una risa que ya empezaba a sonar nerviosa—. Pero mira, ese día yo venía de una reunión importante, todavía con el traje de trabajo puesto. Tacones altos, falda ajustada, toda la cosa.

Martin, desde el taburete, se movió apenas en su asiento, pero nadie lo notó.

—Me arrodillé, me tumbé boca abajo y me metí medio cuerpo debajo de la cama para alcanzar los aretes. Los agarré, todo bien… pero cuando intenté salir, la falda se me enganchó en unos tornillos del somier. No sé ni cómo, pero quedé atrapada.

Clara se llevó una mano a la boca, riendo.

—No me digas.

—Sí, así como lo oyes —continuó Veronica, riéndose ya de solo acordarse—. Ahí estaba yo, con las piernas por fuera, los pies con los tacones puestos, pataleando como una tortuga boca arriba, tratando de soltarme sin romper la falda.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Clara, divertida.

—Pues empecé a gritar como loca. «¡Ayuda, ayuda, que me quedé atrapada!» —Verónica imitó su propia voz, exagerando el tono dramático—. Pero era un sábado en la tarde, pensé que no había nadie en el edificio. O bueno, pensé que todos estaban en sus casas con la puerta cerrada.

Clara la miró con picardía.

—Pero alguien sí estaba, ¿no?

Verónica asintió, y sus ojos se fueron hacia Martin casi sin querer. Él seguía en el taburete, con las manos alrededor de la botella de agua, pero su rostro había empezado a cambiar de color.

—La cosa es que de repente escucho la puerta de mi apartamento abrirse —dijo Veronica, bajando un poco la voz como si estuviera contando un secreto—. Sentí pasos en la sala, después en el pasillo, y luego… alguien entró a mi habitación.

Clara ya estaba completamente absorta en la historia.

—¿Y no te dio miedo?

—Pues claro que me dio miedo —respondió Veronica, con una risa—. Pero no podía ver quién era porque mi cabeza estaba metida debajo de la cama. Solo veía los pies de la persona acercándose. Zapatillas deportivas, jeans.

—¿Y qué pasó?

—Que esa persona se sentó en el suelo, justo detrás de mí —dijo Veronica, y ahora sí miró directamente a Martin, que ya estaba rojo como un tomate—. Me agarró las piernas, me quitó los tacones… y empezó a hacerme cosquillas en las plantas de los pies.

Clara soltó una carcajada que llenó la sala.

—¡No!

—Sí —dijo Veronica, riéndose también—. Ahí estaba yo, atrapada debajo de mi propia cama, con una persona desconocida haciéndome cosquillas en los pies mientras yo gritaba y me reía sin poder hacer nada.

—¿Y no supiste quién fue? —preguntó Clara, intrigada, mirando a Veronica y luego a Martin.

Veronica sonrió con calma, dejando que el silencio se alargara un poco. Martin, en el taburete, tenía las mejillas encendidas y la mirada fija en el suelo.

—Pues fue este señorito que está acá con nosotras —dijo Veronica, señalando a Martin con un movimiento de cabeza.

Clara giró a mirarlo, y al verlo tan colorado, soltó otra carcajada.

—¡Martín! ¿Fuiste vos?

Martin levantó la mirada, con una sonrisa nerviosa que no lograba disimular.

—Bueno… yo escuché los gritos desde mi apartamento. Me asomé al balcón y vi la puerta de ella entreabierta. Entré para ayudar…

—¿Y lo primero que se te ocurrió fue hacerle cosquillas? —lo interrumpió Clara, todavía riendo.

—No fue lo primero —dijo Martin, pasándose una mano por la nuca—. Primero me aseguré de que no estuviera herida. Pero cuando vi que lo único que la tenía atrapada era la falda, y que ella estaba bien… no sé, me ganó la curiosidad.

—La curiosidad —repitió Veronica, con una sonrisa que mezclaba ironía y ternura—. El muy atrevido aprovechó que yo no podía verme la cara y se dio el gusto.

—Pero ella después me dijo que le gustó —respondió Martin rápido, con un tono que quería sonar desafiante pero que salió más bien tímido.

Veronica se rió y negó con la cabeza.

—Dije que fue divertido. No que me gustó.

—Es lo mismo —dijo Martin, ya un poco más suelto.

Clara los miraba a los dos con una sonrisa amplia, disfrutando del momento.

—Entonces así fue como se conocieron ustedes. Por unos aretes debajo de la cama y unas cosquillas.

—Así mismo —confirmó Veronica—. Después de eso, pues empezamos a hablar más, a compartir el ascensor sin que él se pusiera tan nervioso…

—Yo no me ponía nervioso —la interrumpió Martin.

—Claro que te ponías —dijo Veronica, con una ceja levantada—. Se te caían las llaves, te trababas al saludar, una vez casi te tropiezas con la puerta del ascensor.

Martin bajó la mirada, pero estaba sonriendo.

—Bueno, tal vez un poco.

Clara se levantó del sofá y recogió su maletín, que ya tenía todo guardado.

—Qué historia tan buena —dijo, mientras se ajustaba el bolso al hombro—. Y pensar que yo he estado viniendo a hacerte la pedicura todo este tiempo sin saber que tenía un vecino cosquillero metido en la historia.

—Ahora ya lo sabes —dijo Veronica, levantándose también para acompañarla a la puerta.

Clara se despidió con un abrazo y, antes de salir, miró a Martin con una sonrisa pícara.

—Cuide a esta, que es más cosquillosa de lo que parece.

—Ya lo sé —respondió Martin, con una calma que a Clara le pareció sospechosa.

Cuando la puerta se cerró, Veronica volvió a la sala y se dejó caer en el sofá, estirando los brazos sobre el respaldo. Martin seguía en el taburete, pero ahora la miraba con una expresión distinta, algo más seria.

—No sabía que le ibas a contar eso —dijo, con una voz que intentaba sonar casual.

Veronica se encogió de hombros.

—Pues salió. Además, no es ningún secreto. Clara es de confianza.

—No dije que fuera secreto —respondió Martin, pero su tono dejaba entrever que algo le incomodaba.

Veronica lo observó con curiosidad. A veces le costaba entender a Martin, esa mezcla de timidez y atrevimiento que lo hacía tan impredecible. Ahora, sentado en ese taburete con las mejillas aún un poco coloradas, parecía más el vecino nervioso de antes que el hombre seguro que la había acompañado en las últimas semanas.

—Martin —dijo ella, con una voz más suave—. ¿Te molesta que haya contado eso?

Él negó con la cabeza, pero no dijo nada.

—Porque si te molesta, pues no lo vuelvo a hacer —agregó Veronica, incorporándose un poco—. Pero tampoco es para tanto. Fue un momento chistoso, nada más.

Martin levantó la mirada y la sostuvo por unos segundos. Veronica notó que sus ojos se posaron en sus pies un instante antes de volver a su rostro.

—No me molesta —dijo al fin—. Solo que… no sé, me da un poco de pena pensar en ese día. Cómo entré así sin avisar, como si fuera dueño de la casa.

—Pues entraste a ayudar —dijo Veronica, con una sonrisa—. Aunque después te pasaste de atrevido.

—¿Me pasé? —preguntó Martin, con un tono que ahora sí sonaba más juguetón.

—Uy, si supieras —respondió ella, riendo—. Yo debajo de la cama, sin poder moverme, y tú ahí con tus deditos como si nada.

Martin se rió también, y Veronica sintió que la tensión se disolvía.

—Bueno, pero fue divertido —dijo él—. Al menos para mí.

—Para mí también —admitió Veronica, con una sinceridad que la sorprendió a ella misma—. Aunque no te lo voy a decir muy seguido para que no te creas.

Martin sonrió, y por un momento se quedaron en silencio, cada uno con sus pensamientos. La luz de la tarde empezaba a cambiar, volviéndose más cálida, y el apartamento se llenaba de tonos naranjas que entraban por la ventana abierta.

Veronica se estiró en el sofá, dejando que sus pies quedaran cerca del borde. La crema de lavanda todavía se sentía en su piel, y el cansancio de la semana empezaba a pesarle en los párpados.

—¿Todavía quieres ver la película? —preguntó, con voz un poco más baja.

—Claro —respondió Martin, levantándose del taburete—. Pero esta vez tú escoges. La última que puse te pareció muy lenta.

—Es que la pusiste en inglés sin subtítulos —dijo Veronica, riendo.

—Para que practicaras.

—No voy a practicar nada. Pon algo en español y ya.

Martin tomó el control remoto y empezó a buscar entre las opciones. Veronica cerró los ojos un momento, solo para descansarlos, pero el sofá estaba tan cómodo y la tarde tan tranquila que sintió que se iba quedando dormida.

Escuchó a Martin moverse por la sala, después sintió que algo suave rozaba sus pies. Abrió los ojos con lentitud y vio que él le había puesto una cobija sobre las piernas, cubriéndole hasta los tobillos.

—Por si hace frío —dijo él, sin mirarla, concentrado en la pantalla.

—Gracias —murmuró Veronica, cerrando los ojos otra vez.

Y así se quedó, medio dormida, con los pies calientes bajo la cobija, escuchando el murmullo de la película que Martin había escogido y el sonido de su respiración tranquila en el sillón de al lado.

No supo cuánto tiempo pasó, pero en algún momento sintió que él se levantaba, que apagaba la televisión y que le acomodaba la cobija hasta cubrirle los hombros. Después escuchó la puerta cerrarse con suavidad, y el silencio del apartamento vacío.

Cuando despertó, ya era de noche. La luna entraba por la ventana y en la mesa del comedor había una nota escrita con letra apurada:

«No quise despertarte. La película estaba regular. Nos vemos mañana. M.»

Verónica sonrió, dobló la nota y la guardó en el bolsillo de su short. Se levantó con calma, caminó descalza hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua. El piso estaba frío bajo sus pies, pero no le molestó. Al contrario, la sensación la mantenía despierta, presente.

Se asomó al balcón y miró hacia el apartamento de Martin. Había luz en su sala, y por un momento creyó verlo pasar detrás de la cortina. No llamó, no hizo nada. Solo se quedó allí, apoyada en la baranda, con el vaso de agua en la mano y una sonrisa que no podía explicar del todo.

Algo había cambiado entre ellos, o quizás no, quizás solo era ella que empezaba a notar cosas que antes pasaba por alto. Pero mientras el viento de la noche le movía el cabello y los pies descalzos se enfriaban sobre el piso del balcón, Verónica supo que esa historia, la de ella y Martin, no había terminado de escribirse.

Y que tal vez, solo tal vez, eso no era malo.

Los dias pasaron sin mayores novedades. Veronica retomo su rutina de siempre: reuniones con clientes, visitas a apartamentos en venta, llamadas interminables y ese ir y venir que la mantenia ocupada de lunes a viernes. La ciudad seguia su ritmo y ella con ella.

Pero algo habia cambiado en el edificio.

La primera vez que lo noto fue un martes en la manana. Bajo al estacionamiento para sacar el carro y ahi estaba Martin, recostado contra la pared junto a su moto, revisando el telefono. Veronica lo saludo con su tono de siempre, esa mezcla de confianza y cercania que habian construido en las ultimas semanas.

—¡Buenos dias, vecino! —dijo ella, con una sonrisa amplia mientras caminaba hacia su carro.

Martin levanto la mirada, le dedico un gesto rapido con la cabeza y respondio con un «buenos dias» tan corto que sonaba casi como un suspiro. Luego volvio a mirar el telefono, como si la conversacion hubiera terminado antes de empezar.

Veronica se quedo un momento en silencio, esperando algo mas. Un chiste, un comentario sobre el clima, cualquier cosa. Pero no hubo nada. Martin guardo el telefono en el bolsillo, se subio a la moto y arranco sin mirarla otra vez.

Ella se quedo con las llaves en la mano, tratando de entender que habia pasado.

Penso que tal vez estaba de mal genio. Le pasaba a todo el mundo. Un mal dia, una mala noche, problemas en el trabajo. No era para darle tanta vuelta.

Pero el miercoles en la tarde se encontraron en el ascensor. Veronica subia con las manos llenas de bolsas del supermercado y Martin esperaba en la puerta del edificio con un libro bajo el brazo. Entraron juntos, ella le sonrio y le pregunto si habia tenido un buen dia.

—Bien —respondio el, presionando el boton de su piso sin siquiera preguntarle si queria que le ayudara con las bolsas.

Veronica miro las bolsas que tenia en los brazos y luego a Martin, que se habia quedado mirando los numeros del ascensor como si fuera lo mas fascinante del mundo. Ella abrio la boca para decir algo, pero se contuvo. El ascensor llego al tercer piso, Martin salio sin mirarla y el unico sonido que quedo fue el de las puertas cerrándose.

—Que raro —murmuro Veronica para si misma mientras subia al cuarto piso.

El jueves en la noche bajo a botar la basura y se encontro a Martin en las escaleras. El iba subiendo mientras ella bajaba, y por un momento quedaron frente a frente en el descanso. Veronica se detuvo, esperando que el dijera algo, que le sonriera, que hiciera cualquiera de esas cosas que solia hacer cuando se cruzaban.

Martin le sostuvo la mirada apenas un segundo, desvio los ojos hacia las escaleras y siguio subiendo.

—Buenas noches, Veronica —dijo sin detenerse, con una voz tan plana que parecia grabada.

—Buenas —respondio ella, pero el ya estaba varios escalones mas arriba.

Se quedo ahi, con la bolsa de basura en la mano, escuchando como los pasos de Martin se alejaban hasta desaparecer. Algo no estaba bien. No era solo un mal dia o un mal genio pasajero. Era algo distinto, una distancia que ella no sabia como explicar.

El viernes en la manana, Veronica se levanto decidida a hablar con el. Se arreglo con cuidado, se puso algo mas arreglada de lo que solia usar en casa, y subio al balcon con la excusa de regar las plantas. Queria estar ahi cuando Martin saliera, queria verlo, queria preguntarle de frente que estaba pasando.

Pero Martin no salio. Las cortinas de su apartamento estuvieron cerradas toda la manana, y el balcon vacio. Veronica rego las plantas tres veces, solo para tener una excusa para quedarse ahi, pero nada.

Al mediodia bajo al primer piso para recoger un pedido que habia llegado a la porteria. El portero, un señor mayor que llevaba años en el edificio, la saludo con su sonrisa de siempre.

—Doña Veronica, que bien la veo. ¿Todo bien por aca?

—Todo bien, gracias —respondio ella, mientras firmaba la planilla—. Oiga, ¿ha visto a Martin hoy? Al vecino del tercero.

El portero nego con la cabeza.

—No, señora. No lo he visto salir. Pero a veces se va temprano y yo no lo veo.

Veronica asintio, aunque sabia que eso no era cierto. Ella habia estado en el balcon desde las siete de la manana, y Martin no habia salido. O estaba encerrado en su apartamento, o se habia ido antes de que ella se levantara. Las dos opciones le parecieron extranas.

El fin de semana llego sin que las cosas mejoraran. Veronica escuchaba ruidos en el apartamento de Martin: television, pasos, a veces musica. Sabia que estaba ahi, pero el no se asomaba al balcon, no bajaba a la porteria, no se dejaba ver.

El domingo en la tarde, Veronica perdio la paciencia. Bajo las escaleras hasta el tercer piso, se paro frente a la puerta de Martin y levanto la mano para llamar. Pero algo la detuvo. ¿Que iba a decirle? «Oye, por que estas raro conmigo»? Sonaba a novia celosa, a amiga intensa, a cualquier cosa menos a la vecina que solo queria entender que pasaba.

Bajo la mano sin llamar y se quedo ahi, parada en el pasillo, con la mirada fija en la puerta cerrada. Podia escuchar musica desde adentro, algo suave, instrumental. Martin estaba ahi, a pocos metros, y sin embargo parecia mas lejos que nunca.

Dio media vuelta y empezo a subir las escaleras. A medio camino se detuvo de nuevo, con una mano en la baranda y la cabeza baja. Algo habia hecho ella? Algo habia dicho? Recordo la ultima vez que habian estado bien: aquella tarde con Clara, la historia de los aretes, la pelicula que no vieron, la cobija que el le puso. Todo habia sido normal, incluso bueno. Entonces, ¿que habia pasado?

Siguio subiendo hasta su apartamento, abrio la puerta y se recosto contra ella una vez adentro. El silencio de su casa le pesaba de una forma que antes no le pesaba. Se quedo ahi un rato, con los ojos cerrados, tratando de ordenar sus pensamientos.

—No puede ser —murmuro para si misma—. No puede ser que me tenga tan enredada la cabeza este muchacho.

Pero era cierto. Martin se habia vuelto una presencia constante en su vida, alguien con quien compartia las tardes, las charlas, los silencios comodos. Y ahora que el habia decidido desaparecer, Veronica se daba cuenta de cuanto espacio ocupaba en su dia a dia.

Se quito los zapatos en la entrada, camino descalza hasta el balcon y se asomo. El balcon de Martin seguia vacio, las cortinas cerradas. Veronica apoyo los brazos en la baranda y se quedo mirando la calle, sin verla realmente.

—Martincito —dijo en voz baja, como si el pudiera escucharla—. ¿Que te pasa, pues?

No hubo respuesta. Solo el ruido de los carros abajo, el viento moviendo las cortinas de su propio apartamento, y esa sensacion extrana de que algo importante se estaba rompiendo sin que ella supiera como evitarlo.

Esa noche Veronica no pudo dormir bien. Dio vueltas en la cama, se levanto a tomar agua, volvio a acostarse. En algun momento, cerca de las dos de la manana, se levanto y fue al balcon. El edificio estaba en silencio, las luces de la calle proyectaban sombras en las paredes. Miro hacia el apartamento de Martin y vio que habia una luz tenue encendida, de esas que dejan cuando alguien aun esta despierto.

Se quedo ahi, en pijama, con los pies descalzos sobre el piso frio del balcon, mirando esa luz como si pudiera darle respuestas. No las dio. Solo la luz, ahi, constante, hasta que Veronica sintio que los ojos le pesaban y volvio a la cama.

El lunes empezo igual que los dias anteriores. Veronica bajo al estacionamiento con la esperanza de encontrarse a Martin, y esta vez si estaba. Iba a subirse a la moto cuando ella aparecio, y por un momento se quedaron mirandose desde lejos.

Veronica camino hacia el, decidida a no dejar pasar la oportunidad.

—Martin —lo llamo, con una voz que queria sonar tranquila pero que le salio mas seria de lo que pretendia—. ¿Puedo hablar contigo?

El se quedo quieto, con el casco en la mano. Veronica vio como sus dedos apretaban el visor con fuerza, y como sus ojos evitaban encontrarse con los de ella.

—Ahorita no puedo —dijo, con esa voz plana que ella ya empezaba a odiar—. Voy tarde.

—Es solo un momento —insistio ella, dando un paso mas—. Llevas toda la semana esquivandome y quiero saber que pasa.

Martin se puso el casco con movimientos rapidos, casi nerviosos, y se subio a la moto.

—No te estoy esquivando —dijo, aunque la forma en que arranco la moto sin mirarla decia todo lo contrario.

Veronica se quedo en medio del estacionamiento, viendo como la moto desaparecia por la rampa de salida. Se mordio el labio, frustrada, y se subio a su carro con un golpe de puerta mas fuerte de lo necesario.

Mientras salia del edificio, paso frente a la porteria y el portero la saludo con la mano. Veronica le devolvio el saludo, pero su mente estaba en otra parte. En Martin, en su voz seca, en sus ojos que antes la miraban con curiosidad y ahora la evitaban como si verla le doliera.

—¿Que hice? —se pregunto en voz alta, mientras el carro se detenia en un semaforo—. ¿Que carajos hice?

Pero no tenia respuesta. Solo el semaforo cambiando a verde, la ciudad que seguia su curso, y ella tratando de entender por que la distancia que Martin habia puesto entre los dos le afectaba tanto.

Los días siguieron su curso con esa extraña tensión que Verónica no lograba sacudirse. Era curioso, pensaba ella mientras se maquillaba frente al espejo una mañana cualquiera, que una mujer de más de cuarenta años, con carrera hecha, clientes importantes y una vida resuelta, se sintiera tan descolocada porque un muchacho de veintitantos la ignorara.

—Es absurdo —se dijo a sí misma, aplicando labial con un trazo firme—. Absurdo y patético.

Pero no podía negarlo. Cada vez que subía al ascensor y Martín no estaba, sentía un alivio que también era decepción. Cada vez que bajaba al estacionamiento y veía su moto en el puesto de siempre, el corazón se le aceleraba un segundo antes de recordar que él ya no la miraba, ya no la saludaba, ya no se ofrecía a ayudarle con las bolsas del supermercado.

Lo había intentado todo: esperarlo en el balcón, cruzarse en las escaleras a propósito, dejar la puerta de su apartamento abierta cuando sabía que él pasaba por el pasillo. Nada funcionaba. Martín la esquivaba con una habilidad que Verónica no sabía que tenía, y cuando no podía evitarla, la trataba con esa frialdad cortés que dolía más que un portazo.

—Déjelo así —le aconsejó Clara por teléfono una tarde, mientras Verónica le contaba la situación con tono de queja mal disimulada—. Seguro tiene sus cosas. Los hombres a esa edad son raros, no saben ni lo que quieren.

—Pero no es solo raro —insistió Verónica, recostada en el sofá con el celular en la oreja—. Es que pasamos de hablar todos los días a que ni me mire. ¿Qué hice?

—¿Por qué asumes que hiciste algo?

—Porque no entiendo qué más pudo ser.

Clara suspiró al otro lado de la línea.

—Vero, tú eres una mujer ocupada. Tienes trabajo, clientes, propiedades que mostrar. Dedícate a eso y deja que el muchacho resuelva sus cosas. Si tiene que hablar contigo, hablará.

Verónica asintió aunque Clara no podía verla, y colgó con la sensación de que el consejo era sensato pero no la ayudaba en nada.

Así que se dedicó a trabajar. Y vaya que había trabajo.

Esa semana le tocó mostrar un apartamento dúplex en el norte de la ciudad, una propiedad de lujo con acabados italianos y vista a los cerros. La clienta era una señora de unos cincuenta años, divorciada, con dinero y gustos específicos. Verónica la recorrió por las dos plantas, explicando cada detalle con la paciencia de quien conoce bien el oficio.

—Las ventanas son de doble vidrio, lo que aísla muy bien el ruido de la calle —señaló, mientras la clienta asentía con interés—. La cocina es totalmente equipada, y la habitación principal tiene un walk-in closet amplísimo.

La señora caminaba despacio, tocando las superficies, abriendo los armarios. Verónica la seguía, siempre atenta, siempre profesional. Pero en algún momento, mientras la clienta inspeccionaba el baño principal, Verónica se asomó a la ventana que daba a la calle y sintió una mirada.

No supo explicarlo. Era una sensación, nada más. Algo en la nuca, un hormigueo que la hizo girar hacia la calle. Nada. Solo los carros pasando, los árboles del andén, las fachadas de los edificios de enfrente.

—¿Se siente bien? —preguntó la clienta al salir del baño.

—Sí, sí —respondió Verónica, recomponiéndose—. Un poco de cansancio, nada más.

Terminó la visita con éxito. La señora se mostró interesada, pidió los papeles para revisarlos con calma, y Verónica se quedó sola en el apartamento vacío mientras cerraba las puertas y aseguraba las ventanas.

Se detuvo en medio de la sala, con las llaves en la mano, y volvió a sentir esa sensación. Algo no estaba bien. Algo la observaba.

Caminó hasta la ventana otra vez y miró hacia abajo. El edificio de enfrente tenía varios pisos, ventanas cerradas, balcones vacíos. Nadie. Movió la cabeza, se rió de sí misma y salió del apartamento, asegurando la puerta con doble llave.

Lo que no sabía Verónica, lo que no podía saber mientras bajaba en el ascensor con la carpeta bajo el brazo, era que en el edificio de enfrente, en un apartamento en obra negra del quinto piso, alguien la había estado observando durante toda la visita.

Martín estaba allí, de pie junto a una ventana sin vidrios, con unos binoculares en las manos que había comprado hacía tres días en una tienda de camping. Había llegado antes que ella, había subido por las escaleras de servicio, había encontrado un lugar desde donde podía ver la fachada del edificio sin ser visto.

La había visto entrar con la clienta, las había seguido con la mirada mientras recorrían las habitaciones, había observado cómo Verónica señalaba los detalles con ese gesto elegante que usaba cuando trabajaba. Y cuando ella se había asomado a la ventana, Martín había contenido la respiración, pegado a la pared, esperando que no lo viera.

No lo había visto. Claro que no.

Martín bajó los binoculares y se sentó en el suelo polvoriento de la obra. Llevaba una sudadera gris, jeans oscuros, zapatos cómodos para caminar. Su mochila estaba junto a la pared, con agua, unas galletas y una libreta donde había estado anotando los movimientos de Verónica durante los últimos días.

No era la primera vez que la seguía.

Había empezado la semana anterior, casi sin querer. La había visto salir del edificio con su traje ejecutivo y sus tacones, caminando hacia el carro con esa seguridad que tanto le fascinaba. Y en lugar de quedarse en casa como hacía siempre, había tomado su moto y la había seguido a distancia.

Ella se había ido a mostrar una casa en un barrio cerrado al sur de la ciudad. Martín se había quedado afuera, estacionado en una calle lateral, esperando. No sabía qué esperaba exactamente. Solo sabía que la necesitaba ver, que desde aquella noche en que se había escondido bajo su cama, algo en él había cambiado. La obsesión, que antes era un secreto manejable, se había vuelto un fuego que no podía apagar.

Pero también sabía que no podía seguir así. La había evitado durante días porque no confiaba en sí mismo. Cada vez que la veía, cada vez que ella le sonreía con esa confianza que le había ganado después de semanas de cercanía, sentía que iba a hacer algo estúpido. Algo que la asustaría. Algo que la perdería para siempre.

Así que se alejó. Dejó de saludarla, de buscarla, de estar en los lugares donde sabía que ella estaría. Y cuando no podía evitarla, se volvía seco, cortante, casi grosero. Era la única manera de controlar lo que sentía.

Pero alejarse no había funcionado. Porque si no la veía en el edificio, la seguía en la calle. Si no hablaba con ella en el ascensor, la observaba desde lejos mientras trabajaba. Su obsesión, lejos de calmarse, se había vuelto más meticulosa, más organizada, más peligrosa.

Ahora llevaba una semana siguiéndola a todas partes. Sabía sus horarios, sus rutas, los lugares que visitaba con más frecuencia. Sabía qué clientes eran puntuales y cuáles llegaban tarde, qué propiedades tenían vigilancia y cuáles estaban completamente desocupadas.

Esa tarde, por ejemplo, había visto cómo Verónica mostraba un apartamento en un edificio casi vacío. Solo dos oficinas ocupadas en las plantas bajas, el resto en obra o en espera de compradores. Un lugar perfecto para…

No. No podía pensar en eso.

Martín se pasó las manos por la cara, tratando de calmarse. Llevaba días imaginando escenarios, planeando formas de acercarse a ella sin que se asustara, de repetir aquella noche bajo la cama pero en otro lugar, en otro contexto. La idea lo obsesionaba: tenerla de nuevo vulnerable, riendo, suplicando entre carcajadas mientras sus dedos recorrían sus pies sensibles.

Pero sabía que no podía forzarlo. Sabía que si se dejaba llevar por el impulso, todo lo que había construido con Verónica —esa confianza, esa cercanía, esa posibilidad de algo más— se vendría abajo.

Y sin embargo, allí estaba. En una obra negra, con binoculares, esperando que ella saliera para seguirla hasta su próxima cita.

Verónica salió del edificio media hora después. Martín la vio caminar hacia su carro, abrir la puerta, guardar la carpeta en el asiento de atrás. Por un momento ella se detuvo, miró hacia los edificios de enfrente, y Martín volvió a pegarse a la pared, el corazón latiéndole con fuerza.

Ella no vio nada. Se subió al carro y arrancó.

Martín esperó unos segundos, recogió su mochila y bajó las escaleras de la obra con paso ligero. En la calle, su moto estaba estacionada detrás de un camión, a salvo de miradas curiosas. Se puso el casco, arrancó, y empezó a seguir el carro de Verónica a una distancia prudente, como había hecho cada día de esa semana.

No sabía cuánto tiempo más podría mantener ese juego. No sabía si en algún momento tendría el valor de acercarse de nuevo, de hablarle, de explicarle por qué se había alejado. Pero mientras tanto, mientras decidía qué hacer, seguiría allí. En las sombras. Observándola. Esperando.

Verónica, mientras tanto, llegó a su siguiente cita: una casona antigua en el centro de la ciudad, recién remodelada, que un inversionista quería convertir en oficinas. La esperaban dos arquitectos jóvenes, entusiastas, que la recibieron con café y preguntas técnicas.

—El piso de madera es original —explicó Verónica, caminando por el amplio salón—. Lo restauraron completo, pero hay que tener cuidado con la humedad.

Los arquitectos asintieron, tomando notas. Verónica los guió por las habitaciones, las escaleras, el patio interior. Era una propiedad hermosa, llena de detalles, y ella disfrutaba mostrarla. Pero otra vez, en algún momento, sintió esa mirada.

Se detuvo en medio del patio, levantó la vista hacia las ventanas altas que daban a la calle. Nada. Solo los vidrios empañados por el sol de la tarde.

—¿Todo bien? —preguntó uno de los arquitectos.

—Sí, sí —respondió Verónica, sonriendo—. Creo que ando un poco nerviosa hoy. Mucho trabajo.

Terminó la visita, se despidió de los arquitectos y se quedó un momento en la entrada de la casona, con las llaves en la mano. La calle estaba tranquila, los carros pasaban de vez en cuando, los pocos peatones caminaban con calma. Verónica cerró la puerta con llave, dio dos vueltas, y empezó a caminar hacia su carro.

Pero antes de llegar, se detuvo. Algo la hizo girar hacia la esquina, hacia una moto estacionada junto a un poste. El conductor tenía casco puesto, no se le veía la cara, pero había algo en la postura, en la forma en que sostenía el manillar, que le resultaba extrañamente familiar.

Se quedó mirando unos segundos, esperando que el motorista se moviera, que hiciera algo, que revelara quién era. Pero la moto permaneció quieta, el conductor inmóvil.

Verónica negó con la cabeza, subió a su carro y arrancó. En el retrovisor vio que la moto seguía allí, sin moverse, hasta que dobló la esquina y la perdió de vista.

—Estoy perdiendo la cabeza —se dijo a sí misma mientras manejaba—. Primero el muchacho me ignora y ahora ando viendo motos donde no hay nada. Qué ridícula.

Pero la sensación no la abandonó durante el resto del día. Ni cuando llegó a su apartamento, ni cuando se quitó los tacones en la entrada, ni cuando se sirvió un vaso de agua en la cocina y se asomó al balcón para ver el apartamento de Martín con las cortinas cerradas.

Allí estaba otra vez esa luz tenue, esa señal de que él estaba adentro, a unos metros, y sin embargo completamente ausente.

Verónica apoyó los brazos en la baranda y se quedó mirando la calle, los edificios de enfrente, las luces que empezaban a encenderse en las ventanas. En algún lugar de esa ciudad, Martín la había evitado otra vez. En algún lugar de esa ciudad, ella se había sentido observada sin razón aparente.

—Estás vieja y paranoica —murmuró, riéndose de sí misma—. Eso es lo que eres.

Pero mientras decía eso, allá abajo, en la calle principal, una moto gris pasó frente al edificio sin detenerse, se perdió entre los carros y la noche, y nadie la vio.

Los días pasaron y Verónica siguió con su rutina, aunque la sombra de Martín la acompañaba a todas partes como una pregunta sin respuesta. Había decidido no darle más vueltas, al menos en apariencia. Se levantaba, se arreglaba, salía a sus citas, volvía a casa, y en las noches se sentaba en el balcón a mirar la ciudad sin verla realmente.

El miércoles de esa semana tenía una cita importante. Una clienta nueva, derivada por una agencia internacional, interesada en un penthouse en el centro de la ciudad. Verónica había revisado la ficha técnica varias veces: tres niveles, terraza privada, jacuzzi, vistas de 360 grados. Una propiedad exclusiva, de las que no se mostraban todos los días.

Se arregló con más cuidado de lo habitual. Un vestido azul marino que le favorecía, tacones de tiras que dejaban ver sus pies, el cabello suelto con ondas suaves. No era por nadie en particular, se dijo mientras se miraba al espejo. Era por la propiedad. Por la clienta. Por el trabajo.

Bajó al estacionamiento y no vio la moto de Martín. Ya no la buscaba, o eso creía. Subió a su carro y manejó hasta el centro con la radio en volumen bajo, repasando los detalles del inmueble en su cabeza.

El edificio era nuevo, de esos que habían transformado el perfil del centro histórico con sus líneas modernas y sus acabados de lujo. El portero la recibió con una sonrisa profesional y le indicó que la clienta ya había llegado. Verónica subió en el ascensor privado que daba acceso directo al penthouse, y al abrir la puerta se encontró con una mujer que la estaba esperando en la entrada.

Elena, según el nombre en la cita, era una mujer de unos cuarenta y seis años, alta, de cabello corto canoso que llevaba con una elegancia natural. Vestía pantalón de lino blanco, camisa negra de manga larga y unas sandalias planas que apenas hacían ruido al caminar. Su apretón de manos fue firme, su mirada directa.

—Verónica, encantada —dijo con una voz grave pero amable—. He escuchado muy buenas referencias de usted.

—Igualmente —respondió Verónica, devolviendo la sonrisa—. Vamos a recorrer el inmueble. Espero que le guste.

Comenzaron por el primer nivel. Un salón amplio, con ventanales que daban a la calle, cocina abierta con isla de mármol, un baño de cortesía y una terraza pequeña pero bien orientada. Elena caminaba despacio, tocando las superficies, mirando los acabados con atención.

—La distribución es buena —comentó, mientras se asomaba a la terraza—. Me gusta que tenga salida directa desde el salón.

—Sí —confirmó Verónica—. Y en el segundo nivel están las habitaciones. Dos suites completas, cada una con su baño y vestier. Y en el tercer nivel…

—La terraza principal y el jacuzzi —completó Elena, con una sonrisa—. Eso me lo sé de memoria.

Subieron las escaleras de mármol pulido, Elena delante, Verónica detrás señalando los detalles. En el segundo nivel, la clienta recorrió las habitaciones con el mismo interés meticuloso, abriendo los armarios, revisando la presión del agua en los grifos, asomándose a las ventanas para ver la orientación.

—Todo está impecable —dijo, y Verónica notó que su tono era de aprobación.

Llegaron al tercer nivel y ambas se quedaron en silencio un momento. La terraza era impresionante: una plataforma de madera que ocupaba toda la superficie, con jardineras integradas, un jacuzzi redondo en una esquina, y una barra de mármol en el centro. La vista abarcaba toda la ciudad, desde los cerros orientales hasta los edificios del norte, con el centro histórico a los pies.

—Esto sí que es un lujo —dijo Elena, caminando hacia la baranda—. La vista es espectacular.

—Es una de las propiedades más exclusivas que tenemos en cartera —respondió Verónica, con orgullo profesional—. El desarrollador la diseñó pensando en privacidad y confort.

Elena asintió, pero no dijo nada más. Se quedó mirando la ciudad un rato, con las manos apoyadas en la baranda, y luego giró hacia Verónica con una expresión más seria.

—Le voy a ser honesta —dijo, cruzando los brazos—. La propiedad me gusta. Mucho. Pero tengo una pregunta que puede sonar un poco… particular.

Verónica mantuvo su sonrisa profesional, aunque por dentro sintió curiosidad.

—Pregunte con confianza.

—¿El inmueble es insonorizado? —preguntó Elena, mirándola fijamente—. Me refiero a las paredes, los pisos, las ventanas. Todo.

Verónica parpadeó, un poco sorprendida por la pregunta.

—Las ventanas son de doble vidrio con cámara de aire, eso aísla muy bien el ruido de la calle. Las paredes son de concreto, el estándar de este tipo de edificios. Pero si necesita aislamiento adicional, se puede hacer. Hay empresas que se especializan en insonorización de espacios.

Elena asintió, satisfecha con la respuesta, pero no explicó más. Verónica, por su parte, sintió que la curiosidad le ganaba.

—¿Puedo preguntar por qué necesita ese nivel de aislamiento? —dijo, con tono cuidadoso—. Es solo para tener claro el requerimiento técnico.

Elena la miró con una sonrisa que tenía algo de picardía, pero también de seriedad.

—No me molesta decirlo, aunque a veces la gente se sorprende. Yo ejecuto prácticas relacionadas con BDSM. Tengo un espacio en mi casa actual, pero necesito más privacidad. No quiero que los vecinos escuchen risas o quejidos. Por eso el aislamiento es importante.

Verónica mantuvo su compostura, aunque la respuesta la tomó por sorpresa. Había escuchado el término antes, claro, pero no en una conversación de trabajo sobre un penthouse de lujo.

—Entiendo —dijo, con la misma calma profesional—. En ese caso, podemos gestionar un estudio de aislamiento acústico con un especialista. No sería problema.

Elena la observó con interés, como si estuviera evaluando algo más que su competencia profesional.

—¿Usted sabe lo que es el BDSM? —preguntó, directa.

Verónica se tomó un segundo antes de responder, midiendo sus palabras.

—He leído sobre el tema. Sé que tiene que ver con dinámicas de poder, amarres, ese tipo de prácticas. Pero no conozco mucho más allá de lo que he visto en artículos o conversaciones.

Elena asintió, apoyándose en la baranda con aire relajado.

—Sí, eso es parte. Pero hay muchas más dimensiones. No todo es dolor o restricción. Hay técnicas relacionadas con el placer, la vulnerabilidad, la entrega. Por ejemplo, el tickling.

Verónica frunció el ceño, sin entender la palabra.

—¿Tickling?

—Cosquillas —tradujo Elena, con una sonrisa—. En el BDSM, las cosquillas pueden ser una forma de juego de poder. Hay personas que son extremadamente sensibles, y someterlas a ese tipo de estímulo puede ser… intenso. Para algunas es una tortura deliciosa. Para otras, una forma de entrega total.

Verónica sintió que las mejillas se le calentaban. No era una reacción que pudiera controlar, y Elena, con su mirada atenta, lo notó de inmediato.

—Le menciono esto —continuó la clienta, con un tono más casual, como si estuviera hablando del clima— porque si en algún momento le interesa experimentar, puede contactarme. Tengo una red de contactos serios, con experiencia. No es para cualquiera, pero para quienes les gusta, puede ser muy revelador.

Verónica soltó una risa nerviosa, llevándose una mano al cuello.

—Ay, no —dijo, con un tono que intentaba ser ligero pero le salió más sincero de lo que quería—. Con las cosquillas terribles que tengo, creo que me moriría de risa. No exagero.

Elena levantó una ceja, con interés genuino.

—¿Es muy cosquillosa?

Verónica dudó un segundo, pero la confianza que Elena había mostrado al hablar de su vida la hizo sentirse en confianza.

—Demasiado —admitió, con una sonrisa que mezclaba vergüenza y algo más—. Sobre todo en las plantas de los pies. Es… bueno, digamos que si alguien intentara hacerme cosquillas ahí, no duraría ni un minuto.

Elena sonrió, pero no dijo nada. Se quedó mirando a Verónica con una expresión que ella no supo interpretar del todo. No era burla, no era juicio. Era más bien como si hubiera anotado mentalmente esa información para usarla después.

—Bueno —dijo Elena, apartándose de la baranda—. Me gusta la propiedad. Quiero que me envíe la información completa: precios de administración, impuestos, posibilidad de insonorización. Y si puede, agéndeme una segunda visita la semana que viene, con más calma.

—Por supuesto —respondió Verónica, retomando su papel profesional—. Le envío todo mañana en la mañana.

Bajaron las escaleras en silencio, cada una en sus propios pensamientos. En la entrada, Elena se despidió con otro apretón de manos firme, y antes de subirse a su carro, se volvió hacia Verónica.

—Verónica —dijo, con esa voz grave pero amable—. Lo que le dije sobre el tickling, no lo mencionaba solo por mencionar. Si alguna vez quiere explorar ese lado, sabe dónde encontrarme. Sin compromiso, sin presiones. Solo una puerta abierta.

Verónica asintió, sin saber qué decir, y Elena se subió a su carro con la misma elegancia con la que había llegado.

Se quedó parada en la entrada del edificio, con las llaves del penthouse en la mano, sintiendo que la conversación había dejado una marca que no sabía cómo procesar. Subió de nuevo al ascensor, cerró bien el inmueble, revisó cada ventana, cada puerta. En el tercer nivel, se detuvo en la terraza y se quedó mirando la ciudad, con el viento moviéndole el cabello.

—Cosquillas en los pies —murmuró para sí misma, con una sonrisa que no podía contener—. De todas las cosas que podía salir de una visita…

Pero mientras decía eso, su mente se fue a Martín. A la noche bajo la cama, a sus dedos recorriendo sus pies, a su risa descontrolada mientras él la sujetaba con una firmeza que no esperaba de alguien tan delgado. Y sintió ese cosquilleo otra vez, ese que no tenía nada que ver con sus pies.

Bajó del penthouse, cerró bien, y salió a la calle. El sol de la tarde la golpeó en la cara, y por un momento tuvo que entrecerrar los ojos para acostumbrarse. Caminó hacia su carro con pasos seguros, pero en el camino se detuvo otra vez.

Allí, al otro lado de la calle, estacionada bajo la sombra de un árbol, había una moto gris. El conductor llevaba casco, no se le veía la cara, pero Verónica reconoció la chaqueta, la postura, la forma en que sostenía el manillar con las manos un poco hacia adentro.

—No puede ser —susurró.

Dio un paso hacia la moto, y el conductor arrancó. No de inmediato, no con prisas. Esperó unos segundos, como si estuviera seguro de que ella no iba a cruzarse, y luego giró la llave, encendió el motor y se perdió entre los carros que pasaban.

Verónica se quedó en medio de la acera, con las llaves del carro en la mano, el corazón latiéndole más rápido de lo normal. No podía estar segura. No había visto la cara. Pero algo en su interior, algo que no era razón sino instinto, le decía que sí. Que era él.

—Martín —dijo en voz baja, con la mirada fija en el lugar donde la moto había desaparecido—. ¿Eres tú? ¿Qué estás haciendo?

No hubo respuesta. Solo el ruido de la ciudad, los peatones que la rodeaban, y esa sensación de que algo que no entendía del todo estaba ocurriendo justo frente a sus ojos, sin que ella pudiera hacer nada para detenerlo o entenderlo.

Subió a su carro, cerró la puerta con fuerza y se quedó un rato con las manos en el volante, respirando hondo. Luego encendió el motor, salió del estacionamiento y manejó de regreso a casa con la mente llena de preguntas que no tenía respuestas.

Esa noche, desde su balcón, miró hacia el apartamento de Martín. Las cortinas seguían cerradas. La luz tenue seguía encendida. Y Verónica, con los pies descalzos sobre el piso frío, se preguntó cuánto tiempo más podría seguir ignorando que algo entre ellos se estaba rompiendo o transformando en algo que todavía no podía nombrar.

El día llegó sin que Verónica lo esperara. Había pasado la semana entre visitas a clientes, papeleos en la oficina y esa sensación constante de ser observada que no lograba sacudirse. La moto gris la había seguido viendo en los retrovisores, siempre a distancia, siempre con el conductor con casco. A veces se detenía a mirar, otras veces seguía de largo, pero siempre estaba.

El jueves en la tarde, mientras revisaba los correos en su celular después de una cita en el norte, encontró un mensaje nuevo. Un número que no tenía registrado, con un nombre: Carlos Rodríguez.

«Buenas tardes. Me interesa ver un inmueble en el centro. Calle 12 # 8-45, edificio San Ignacio. Me dijeron que usted tiene la exclusividad. ¿Podría ser hoy a las 6:00 p.m.?»

Verónica frunció el ceño. Conocía el edificio. Era una construcción antigua de siete pisos, desocupada desde hacía años, que una firma de abogados estaba remodelando para convertirla en oficinas. La exclusividad la tenía su agencia, sí, pero no era una propiedad que mostrara seguido. De hecho, solo la había enseñado dos veces en los últimos meses.

Revisó su agenda. No tenía nada más para esa tarde, y la cita era a una hora razonable. A las seis todavía hay luz, pensó. Además, el edificio estaba en una zona concurrida, no era peligroso.

Respondió el mensaje: «Buenas tardes, Carlos. Sí, conozco la propiedad. Lo espero a las 6:00 p.m. en la entrada principal. Por favor confirmar asistencia.»

La respuesta llegó casi de inmediato: «Confirmado. Gracias.»

Verónica guardó el celular y se quedó mirando el mensaje un momento. Algo le daba vueltas, pero no sabía qué. El nombre era común, la hora era normal, el edificio estaba en una zona transitada. No había razón para sospechar.

Sin embargo, mientras manejaba hacia el centro, sintió ese cosquilleo en la nuca que la acompañaba desde hacía días. Miró en el retrovisor, y allí estaba. La moto gris, a tres carros de distancia, siguiéndola con paciencia.

—Ya basta —murmuró, apretando el volante—. Esto ya es ridículo.

Pero no podía detenerse. No tenía pruebas de nada. Solo una sensación, y las sensaciones no servían para llamar a la policía.

Llegó al edificio San Ignacio pasadas las cinco y media. El sol empezaba a bajar, y las fachadas de los edificios viejos se teñían de naranja. Verónica estacionó su carro en una zona autorizada, revisó que la carpeta con los planos estuviera completa, y caminó hacia la entrada principal.

El edificio era imponente, de esos que habían sido elegantes en otra época. La fachada de piedra conservaba los detalles art déco, pero las ventanas estaban sucias y algunas rotas. La puerta principal, un portón de madera maciza, estaba cerrada con candado. Verónica sacó las llaves que tenía en la oficina, abrió, y entró.

El vestíbulo era amplio, con el piso de mosaico cubierto de polvo y las paredes desconchadas. La luz entraba por las ventanas altas, pero en los rincones ya empezaban a formarse sombras. Verónica caminó hasta el centro, miró hacia arriba, y sintió el eco de sus propios pasos en el silencio.

—Carlos —dijo en voz alta, solo para romper el silencio—. Soy Verónica. Llegué temprano.

Nadie respondió. Solo el eco, y el ruido lejano de los carros en la calle.

Verónica esperó unos minutos, revisó su celular, no había mensajes nuevos. Decidió subir a recorrer los pisos superiores para asegurarse de que todo estuviera en orden. A veces los clientes llegaban tarde, y era mejor tener el recorrido listo para cuando aparecieran.

Subió las escaleras con cuidado. La luz de las ventanas se iba apagando piso tras piso, y en el tercer nivel ya tuvo que sacar el celular para iluminar el camino. Los pisos estaban vacíos, solo columnas y paredes sin terminar, cables colgando, restos de escombros en las esquinas.

En el cuarto piso se detuvo a mirar por una ventana. La calle estaba tranquila, los pocos transeúntes apresuraban el paso. No vio ninguna moto gris, ningún casco, nada. Respiró hondo y siguió subiendo.

El quinto piso era igual a los anteriores: vacío, polvoriento, con el sol desapareciendo detrás de los edificios vecinos. Verónica empezó a pensar que el tal Carlos no iba a llegar. Tal vez era una broma, o un error, o simplemente un cliente que se había arrepentido a último momento.

Pero algo la empujó a seguir subiendo. Tal vez el sexto piso, pensó, y si no aparece nadie, me voy.

Subió las escaleras con el celular alumbrando el camino. El silencio era denso, interrumpido solo por el crujido de sus tacones en los escalones de concreto. En el descanso entre el quinto y el sexto, sintió un escalofrío que no supo explicar. Se detuvo, miró hacia arriba, hacia la oscuridad que empezaba a tragarse los pisos superiores.

—¿Hay alguien? —preguntó, con la voz más baja de lo que pretendía.

Silencio.

Siguió subiendo, más despacio, con los sentidos alerta. El sexto piso era más oscuro que los anteriores. Las ventanas estaban tapiadas con tablas de madera, y solo unos rayos de luz se filtraban por las rendijas. Verónica caminó hasta el centro, iluminando con el celular, y se detuvo.

Algo se movió detrás de ella.

No alcanzó a girarse. Un brazo la rodeó por la cintura, otro le cubrió la boca por un segundo, y antes de que pudiera gritar, sintió que la tumbaban al suelo. Cayó de espaldas, con el peso de alguien sobre ella, y el celular salió volando, apagándose contra el piso.

La oscuridad fue total.

—¡No! —alcanzó a gritar, pero ya estaba riendo.

Las manos del intruso se habían deslizado bajo su blusa, encontrando su cintura con una precisión que la dejó sin aliento. Eran dedos hábiles, rápidos, que se movían sobre su piel como si conocieran cada punto sensible.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO! —gritaba Verónica, retorciéndose en el suelo—. ¡QUIÉN…! ¡JAJAJAJA! ¡QUIÉN ES!

No hubo respuesta. Solo las manos, subiendo de la cintura a las costillas, arañando suavemente, con un ritmo que la volvía loca. Verónica intentó cubrirse con los brazos, pero el intruso se los apartó con una fuerza que no esperaba.

—¡LAS COSTILLAS NO! —suplicó entre carcajadas—. ¡JAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR!

Pero las manos no se detenían. Ahora habían subido a sus axilas, justo donde la piel era más suave, más vulnerable. Verónica se arqueó en el suelo, pataleando con los pies, intentando zafarse, pero el peso del intruso sobre su torso la mantenía inmovilizada.

—¡AAAAHHH! ¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! —gritaba, con lágrimas ya corriéndole por las mejillas—. ¡NO PUEDO MÁS!

En medio del caos, de la risa descontrolada, Verónica intentaba ver algo. La oscuridad era total, solo la silueta del intruso contra el fondo negro, pero no podía distinguir rasgos, ni ropa, ni nada. Solo sentía sus manos, sus dedos, esa forma de moverse que…

Algo. Algo le resultaba familiar.

Las manos bajaron otra vez a su cintura, y luego a las caderas, con un movimiento que la hizo saltar en el suelo.

—¡JAJAJAJAJA! ¡AHÍ NO! —gritó, mientras su cuerpo se retorcía sin control—. ¡LAS CADERAS NO, POR FAVOR!

El intruso no dijo nada. Solo siguió atacando, alternando entre sus costillas, su cintura, sus axilas, con una paciencia que a Verónica le pareció infinita. Cada vez que ella creía que iba a parar, las manos volvían a un punto nuevo, a un lugar donde la risa explotaba con más fuerza.

—¡ME VOY A MORIR! —gritó Verónica, con la voz quebrada—. ¡JAJAJAJAJA! ¡EN SERIO, ME VOY A MORIR!

Pero las manos no cedían. La tenían atrapada, dominada, completamente a merced de alguien que parecía saber exactamente cómo hacerla reír hasta quedar sin aliento.

En algún momento, Verónica dejó de intentar ver. Solo rió. Se retorció en el suelo polvoriento, con la blusa arrugada, el cabello desordenado, las mejillas empapadas de lágrimas. Y mientras reía, mientras su cuerpo temblaba bajo el ataque, sintió algo que no esperaba.

No era miedo.

No era angustia.

Era algo que no sabía nombrar, algo que la hacía reír aún más fuerte, entregarse más, dejarse llevar.

Las manos se detuvieron de repente. El silencio que siguió fue tan denso como la oscuridad. Verónica quedó en el suelo, jadeando, con el pecho subiendo y bajando, sin fuerzas para moverse.

Sintió que el intruso se levantaba, que daba un paso atrás. Abrió los ojos, tratando de ver algo, pero solo veía sombras.

—¿Quién…? —intentó preguntar, pero la voz no le salía más que un susurro.

Se quedó unos segundos en el suelo, escuchando su propia respiración, esperando que el intruso dijera algo, que se moviera, que hiciera cualquier cosa que le diera una pista de quién era o qué quería. Pero solo había silencio, y la oscuridad, y ese peso en el aire que le decía que no estaba sola.

Verónica empezó a incorporarse con lentitud. Apoyó los codos en el suelo, levantó la espalda, y estaba a medio camino de sentarse cuando sintió que algo la jalaba por los tobillos.

—¡No! —alcanzó a gritar, pero ya era tarde.

Su cuerpo se deslizó hacia atrás con fuerza, los brazos se le fueron hacia adelante, y la nuca golpeó suavemente contra el piso. La oscuridad dio vueltas a su alrededor mientras quedaba de espaldas otra vez, con los brazos extendidos por encima de la cabeza y las piernas estiradas.

El intruso le sujetó ambos tobillos con una firmeza que no dejaba espacio para dudar. Verónica intentó patear, zafarse, pero las manos que la sostenían eran como una prensa. Sintió cómo le quitaban los tacones uno por uno, con movimientos rápidos, casi prácticos, y el ruido de las tiras de cuero al caer contra el suelo le heló la sangre.

—No —dijo, con la voz quebrada—. No ahí, por favor.

El intruso no respondió. Solo ajustó el agarre, asegurando ambos pies con una mano mientras la otra se posaba sobre la planta de su pie derecho.

Verónica contuvo la respiración. Sabía lo que venía. Lo sabía con una certeza que le recorría la espalda como un escalofrío.

El primer roce fue suave. Apenas las yemas de los dedos deslizándose desde el talón hasta el arco, con una lentitud que era peor que cualquier ataque rápido. Verónica sintió cómo la piel se le erizaba, cómo los músculos de la pierna se tensaban, cómo la risa se acumulaba en su garganta como una ola a punto de romper.

—Por favor —susurró, con la voz temblorosa—. Por favor, no.

Los dedos recorrieron el arco en sentido contrario, esta vez con más presión, y Verónica ya no pudo contenerlo más.

—¡JAJAJAJAJAJA! —la carcajada le estalló desde lo más profundo, sacudiéndole el cuerpo entero—. ¡NO, NO, NO! ¡AHÍ NOOOO!

El intruso no se detuvo. Sus dedos se movían con una precisión que Verónica reconoció desde la primera vez, pero en medio del caos no podía pensar, no podía articular, solo podía reír. La mano libre sosteníale los tobillos con fuerza mientras la otra trabajaba sobre la planta de su pie derecho, recorriendo cada centímetro de piel con una paciencia que era casi cruel.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡ME MUERO! —gritaba Verónica, retorciéndose en el suelo—. ¡EN SERIO, ME MUERO!

Sus brazos se agitaban a los lados, sus piernas intentaban cerrarse, pero el intruso mantenía los pies separados, expuestos, vulnerables. El polvo del piso se levantaba a su alrededor, mezclándose con el sudor y las lágrimas que ya le corrían por las mejillas.

Ahora los dedos se concentraban en el centro exacto del arco, ese punto que Verónica conocía bien, ese punto donde la risa se volvía incontrolable, casi dolorosa.

—¡NOOOO! ¡AHÍ NO! ¡AHÍ NO, POR FAVOR! —suplicaba entre carcajadas, moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¡JAJAJAJAJAJA! ¡ES DEMASIADO!

El intruso cambió al pie izquierdo sin previo aviso, y Verónica sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las manos alternaban entre un pie y otro, subían por los arcos, bajaban por los talones, se detenían en la base de los dedos con una precisión que la volvía loca.

—¡JAJAJAJAJAJA! —su risa resonaba en las paredes vacías del sexto piso, multiplicándose en el eco—. ¡NO PUEDO MÁS! ¡DE VERDAD NO PUEDO MÁS!

Pero el intruso seguía. Verónica sentía cómo sus dedos se movían más rápido, cómo presionaban justo donde la piel era más suave, más sensible. Intentó llevarse las manos a los pies para protegerse, pero el intruso se las apartó con una fuerza que la sorprendió, y en el forcejeo su blusa se subió, el cabello se le enredó en los brazos, y la risa no paraba, no paraba, no paraba.

—¡BASTA! —gritó, con la voz rota—. ¡BASTA, POR FAVOR! ¡NO AGUANTO MÁS!

Los dedos se detuvieron por un momento, y Verónica creyó que había terminado. Jadeaba en el suelo, con los brazos caídos a los lados, las piernas temblorosas, la respiración entrecortada.

Pero el intruso no soltó sus pies. La mano que le sujetaba los tobillos seguía firme, y la otra descansaba sobre su piel como esperando. Verónica sintió un escalofrío que no era de frío.

—¿Qué…? —intentó preguntar, pero antes de que pudiera terminar la palabra, los dedos volvieron a moverse.

Esta vez fue peor. El intruso usó ambas manos, una en cada pie, y atacó las plantas con movimientos simultáneos, rápidos, implacables. Los dedos recorrían los arcos, los talones, las almohadillas, los espacios entre los dedos, todo al mismo tiempo, sin darle un segundo de tregua.

—¡NOOOOOOOOO! —gritó Verónica, arqueando la espalda en el suelo—. ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO, NO PUEDO, NO PUEDO!

Sus pies se retorcían como locos, intentando escapar, pero el intruso los mantenía firmes, con los dedos hundidos en sus plantas sensibles, moviéndose sin piedad. Verónica pataleaba, se retorcía, reía, lloraba, todo al mismo tiempo, mientras su cuerpo se sacudía en el suelo polvoriento.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡ME VOY A MORIR! —gritó, con la voz apenas un hilo entre las carcajadas—. ¡EN SERIO, ME VOY A…!

Y entonces, en medio del caos, en medio de la risa descontrolada que le sacudía el cuerpo entero, Verónica sintió que el intruso se inclinaba sobre ella. No podía ver nada, solo sombras, pero sintió su aliento cerca, sintió que algo rozaba su oreja.

—Di que te gusta —susurró una voz, distorsionada, metálica, pero que a ella le sonó a algo que conocía.

—¿Qué…? —intentó decir, pero los dedos no paraban, y la risa no la dejaba hablar—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO!

—Dilo —insistió la voz, mientras los dedos presionaban con más fuerza en los arcos de sus pies—. Di que te gusta que te hagan cosquillas en los pies.

—¡NOOOO! —gritó Verónica, con la cabeza sacudiéndose de un lado a otro—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO ME GUSTA!

—Mentirosa —dijo la voz, y los dedos se movieron más rápido, más profundos, atacando cada centímetro de sus plantas con una intensidad que la hizo ver estrellas en la oscuridad.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡SÍ! —gritó Verónica, sin poder controlar lo que decía—. ¡SÍ ME GUSTA! ¡ME GUSTA, ME GUSTA, ME GUSTA! ¡PERO BASTAAAA!

Creyó que con eso terminaría. Pensó que la confesión, la rendición, la palabra dicha entre carcajadas sería suficiente para que el intruso se detuviera. Pero los dedos no se detuvieron.

Siguieron moviéndose sobre sus plantas con la misma intensidad, con el mismo ritmo implacable, como si ella no hubiera dicho nada. Verónica sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, que la risa se le acumulaba en la garganta sin darle tiempo a respirar.

—¡NOOOO! —gritó, con la voz quebrada—. ¡DIJE QUE ME GUSTA! ¡JAJAJAJAJA! ¡YA BASTA!

El intruso no respondió. Sus dedos recorrieron los arcos de ambos pies al mismo tiempo, subiendo y bajando, dibujando círculos en las almohadillas, presionando justo donde la piel era más suave. Verónica sintió que las piernas le temblaban sin control, que los pies intentaban cerrarse, que los dedos de los pies se encogían y se abrían como si tuvieran vida propia.

—¡JAJAJAJAJAJA! —su risa se multiplicaba en las paredes vacías del sexto piso, un eco que la rodeaba, que la envolvía, que la hacía sentir pequeña y vulnerable—. ¡NO PUEDO MÁS! ¡DE VERDAD NO PUEDO MÁS!

Pero el intruso seguía. Ahora sus dedos se concentraban en los espacios entre los dedos de sus pies, esos puntos que Verónica conocía bien, esos puntos donde la risa se volvía insoportable. Los recorría uno por uno, con una paciencia que le pareció infinita, y ella sentía cómo su cuerpo se sacudía en el suelo, cómo los brazos se le agitaban a los lados, cómo la cabeza se le movía de un lado a otro sin control.

—¡AHÍ NO! —gritó, con las lágrimas corriéndole por las mejillas—. ¡AHÍ NO, POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJA!

Los dedos se detuvieron un momento, y Verónica creyó que por fin iba a terminar. Jadeaba en el suelo, con el pecho subiendo y bajando, los brazos caídos, las piernas temblorosas. Pero el intruso no soltó sus pies. La mano que le sujetaba los tobillos seguía firme, y la otra descansaba sobre su piel como esperando.

—Por favor —susurró, con la voz rota—. Por favor, ya.

Los dedos volvieron a moverse. Esta vez fue peor. El intruso usó las uñas, apenas, un roce suave que recorría la piel de sus plantas con una delicadeza que la volvía loca. Verónica sintió que el cuerpo se le arqueaba en el suelo, que la risa le salía en espasmos cortos, entrecortados, que ya no podía respirar bien.

—¡NOOOO! —gritó, con la voz apenas un hilo—. ¡NO MÁS, NO MÁS, NO MÁS!

Pero las manos no se detenían. Subían por los arcos, bajaban por los talones, se detenían en la base de los dedos, volvían a subir, una y otra vez, sin tregua. Verónica pataleaba, se retorcía, reía, lloraba, todo al mismo tiempo, mientras su cuerpo se sacudía en el suelo polvoriento como si fuera a deshacerse.

—¡JAJAJAJAJAJA! —su risa ya no era una risa completa, era una mezcla de sollozos y carcajadas, de súplicas y gritos ahogados—. ¡ME VOY A DESMAYAR! ¡EN SERIO, ME VOY A DESMAYAR!

El intruso no cedió. Sus dedos se movían más rápido, más profundos, atacando cada centímetro de sus plantas con una intensidad que la hizo perder la noción del tiempo. Verónica ya no sabía cuánto llevaba allí, en ese suelo frío, bajo esas manos que la dominaban sin piedad. Solo sabía que reía, que reía sin parar, que la risa se había apoderado de su cuerpo y no la soltaba.

—¡BASTA! —gritó, con la voz rota, con las lágrimas empapándole el rostro—. ¡BASTA, BASTA, BASTA!

Y entonces, en medio del caos, sintió que el intruso se inclinaba sobre ella. No podía ver nada, solo sombras, pero sintió su aliento cerca, sintió que algo rozaba sus pies, y luego, el calor de una boca sobre sus dedos.

—¡NOOOOOOO! —gritó Verónica, arqueando la espalda en el suelo—. ¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO!

El intruso succionó suavemente el dedo gordo de su pie derecho, mientras sus dedos seguían moviéndose sobre la planta del izquierdo. Verónica sintió que el cerebro le estallaba, que la risa se le salía por todos los poros, que no podía pensar, no podía respirar, no podía hacer nada más que reír.

—¡NO AGUANTO! —gritó, con la voz quebrada—. ¡NO AGUANTO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJA!

El intruso soltó el dedo y volvió a atacar con ambas manos, moviendo los dedos sobre las dos plantas al mismo tiempo, con un ritmo frenético que la llevó al borde del desmayo. Verónica sentía que la risa la estaba consumiendo, que su cuerpo ya no le respondía, que solo era risa, solo carcajadas, solo ese cosquilleo que le recorría la piel y la volvía loca.

—¡ME GUSTA! —gritó, sin saber lo que decía—. ¡ME GUSTA, ME GUSTA, ME GUSTA! ¡PERO YA NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJA!

Los dedos se movían más rápido, más profundos, y Verónica sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas, que el sudor le empapaba la blusa, que el cabello se le enredaba en el cuello, que la risa la estaba matando y no podía hacer nada para detenerla.

—¡POR FAVOR! —gritó, con la voz apenas un susurro entre las carcajadas—. ¡POR FAVOR, YA!

Y entonces, de repente, las manos se detuvieron.

El silencio fue tan absoluto que Verónica sintió que los oídos le zumbaban. Quedó en el suelo, con los brazos extendidos, las piernas abiertas, los pies todavía temblando por los espasmos de la risa. Jadeaba con la boca abierta, con el pecho subiendo y bajando, con la mirada perdida en la oscuridad del techo.

Sintió que el intruso soltaba sus tobillos, que se levantaba, que daba un paso atrás. Quiso decir algo, preguntar algo, pero la voz no le salía. Solo podía respirar, solo podía sentir cómo su cuerpo poco a poco dejaba de temblar, cómo la risa se iba apagando en su garganta como un eco lejano.

Escuchó pasos alejándose. Rápidos, ligeros, bajando las escaleras. Y luego, el silencio otra vez.

Verónica se quedó en el suelo del sexto piso, con el cabello desordenado, la ropa arrugada, el cuerpo todavía temblando por los espasmos de la risa. El piso estaba frío bajo su espalda, y la oscuridad la envolvía como una manta espesa.

Poco a poco fue recuperando el aliento. Se incorporó con esfuerzo, buscó el celular a tientas, lo encendió. La luz le dolió en los ojos, pero le permitió ver que estaba sola. Nadie. Solo ella, el polvo, y el eco de sus propias carcajadas que aún parecían vibrar en las paredes.

Se sentó en el suelo, con las piernas estiradas, los pies descalzos todavía temblorosos. Sus tacones estaban tirados a un lado, y sus plantas aún ardían por el contacto. Verónica se los llevó a la mano, se los frotó suavemente, y sintió cómo la piel todavía respondía con pequeños espasmos.

—Qué barbaridad —murmuró, con la voz ronca.

Se quedó sentada un rato, con la luz del celular iluminando el espacio vacío a su alrededor. Su mente estaba en blanco, o tal vez llena de tantas cosas que no podía ordenarlas. El ataque, las manos, la voz distorsionada, y esa sensación extraña de que algo en ella había respondido de una forma que no esperaba.

Se levantó despacio, con las piernas temblorosas. Recogió los tacones, se los puso con cuidado, y caminó hacia las escaleras. En cada paso sentía el roce del cuero contra sus plantas sensibles, y cada roce le traía el recuerdo de los dedos recorriéndolas sin piedad.

Bajó las escaleras con cuidado, iluminando cada paso, escuchando cada ruido. En el primer piso, antes de salir, se detuvo junto al portón. Apoyó la frente en la madera fría y cerró los ojos.

—Eres tú —susurró, con la certeza de algo que no podía probar—. Sé que eres tú.

Pero no sabía por qué lo decía. O tal vez sí. Tal vez había algo en esas manos, en esa forma de atacar, en ese silencio calculado, que no podía venir de nadie más.

Salió a la calle, y el aire fresco de la noche le pegó en la cara. La ciudad seguía su curso, los carros pasaban, la gente caminaba, nadie miraba el edificio abandonado con sus ventanas tapiadas. Verónica caminó hacia su carro con pasos lentos, revisando cada sombra, cada rincón.

No había moto gris. No había nadie.

Se subió al carro, cerró las puertas con seguro, y se quedó un rato con las manos en el volante, respirando hondo. Su cuerpo todavía recordaba el ataque: los dedos en sus pies, en sus costillas, en su cintura. Y su mente, traicionera, no podía dejar de pensar en cómo esas manos se movían, en cómo parecían conocerla, en cómo la habían hecho reír hasta el desmayo.

—Estás loca —se dijo a sí misma, arrancando el carro—. Completamente loca.

Pero mientras manejaba de regreso a casa, con la ciudad iluminada a su alrededor, Verónica sabía que algo había cambiado. Que esa noche, en ese edificio vacío, alguien le había mandado un mensaje. Y que, aunque no entendía cuál era, algo en ella quería descifrarlo.

Veronica llego a su apartamento pasadas las nueve de la noche. Cerró la puerta con doble llave, dejó caer su bolso en la entrada y se quitó los tacones con un suspiro de alivio. Sus pies estaban enrojecidos, sensibles, y cada paso que había dado desde el edificio abandonado hasta el carro había sido un recordatorio constante de lo que acababa de vivir.

Dejó los zapatos tirados en el suelo y caminó descalza hasta su habitación. La ducha la esperaba, y el agua caliente le vino como una bendición. Se quitó la ropa con movimientos lentos, la blusa arrugada, la falda manchada de polvo, y las dejó caer en una canasta. Luego abrió la llave de la ducha y se metió bajo el chorro.

El agua caliente le recorrió el cuerpo, relajándole los músculos, lavando el polvo del edificio abandonado. Cerró los ojos y dejó que el vapor la envolviera, que el calor le aflojara la tensión acumulada. Pero cada vez que cerraba los ojos, volvían las manos, los dedos, esa sensación de cosquillas recorriéndole las plantas hasta volverla loca.

Abrió los ojos y se enjabonó con fuerza, como si quisiera borrar el recuerdo de su piel. Pero el recuerdo no se borraba. Estaba ahí, grabado en cada centímetro de sus pies, en cada espacio entre sus dedos, en cada curva de sus arcos.

Salió de la ducha, se secó con cuidado, y se puso una bata ligera de algodón. En la lavadora metió la ropa que había usado, junto con las prendas que había dejado en la canasta, y puso un ciclo largo. No quería volver a ver esa falda, esa blusa, por lo menos hasta que su cabeza estuviera más tranquila.

En la cocina abrió el refrigerador y sacó una botella de vino blanco. Se sirvió una copa sin medir mucho, y caminó hacia el balcón. La noche estaba clara, la luna casi llena iluminaba la ciudad con una luz plateada. Veronica se sentó en una de las sillas de mimbre, apoyó los pies desnudos en el barandal del balcón, y dio un sorbo largo a su copa.

El vino estaba fresco, un poco seco, y le ayudó a relajar los hombros. Se recostó en la silla, cerró los ojos, y dejó que la brisa de la noche le moviera el cabello, que la luna le calentara la cara, que el silencio la envolviera.

Sus pies descansaban sobre el barandal, desnudos, vulnerables, con las plantas hacia arriba como si estuvieran ofreciéndose a la noche. No pensaba en eso, no pensaba en nada. Solo en el vino, en la luna, en el silencio.

Tomó otro sorbo, sintió cómo el alcohol le aflojaba las piernas, cómo la tensión de la noche empezaba a disolverse. Cerró los ojos otra vez, y se quedó así, quieta, escuchando los ruidos lejanos de la ciudad, la respiración de la noche.

Fue entonces cuando sintió algo en sus pies.

Un roce. Suave, delicado, algo que recorría la planta de su pie derecho desde el talón hasta la base de los dedos. Veronica abrió los ojos de golpe, pero no alcanzó a ver nada. Solo sintió el contacto, y luego la risa que le brotó de la garganta sin que pudiera evitarla.

—¡Nooo! —exclamó, soltando una carcajada corta, y bajó los pies del barandal con un movimiento rápido.

Se incorporó en la silla, con la copa en una mano, el corazón latiéndole con fuerza. Y allí, en la penumbra del balcón contiguo, estaba Martín.

Estaba de pie, apoyado en la baranda de su propio balcón, con una pluma rígida en la mano. La pluma blanca, larga, que Veronica reconoció de inmediato. Era la misma, la de aquella tarde bajo la cama.

Martín no llevaba capucha. No llevaba ropa oscura. Solo una camiseta gris desgastada y jeans, con el cabello despeinado y sus gafas gruesas. Pero sus ojos, esos ojos avellana que ella había aprendido a leer en las últimas semanas, tenían un brillo distinto. Algo que no era el Martín tímido del ascensor.

Veronica se quedó mirándolo, con la copa en la mano, el pecho todavía agitado por el susto y la risa. Martín bajó la pluma, la guardó en el bolsillo de su pantalón, y dio un paso hacia la baranda que los separaba.

—Perdón —dijo, con una voz que sonaba distinta, más grave—. No quise asustarte.

Veronica no respondió de inmediato. Todavía sentía el roce de la pluma en su planta, ese cosquilleo que le había recorrido la pierna entera. Bebió un sorbo de vino para ganar tiempo, para calmarse, para pensar.

—Llevas semanas sin hablarme —dijo al fin, con una voz que quiso sonar firme pero le salió más baja de lo que pretendía—. Esquivándome en el ascensor, en el estacionamiento, en todas partes. Y ahora apareces con una pluma en la mano haciendo…

No terminó la frase. No sabía cómo terminarla.

Martín bajó la mirada un momento, y Veronica vio cómo sus manos se aferraban a la baranda con fuerza. Cuando levantó la cara, su expresión había cambiado. Ya no era el Martín seguro del balcón contiguo, sino el vecino tímido que ella conocía desde hacía meses.

—Tuve problemas personales —dijo, con una voz que sonó honesta—. Cosas que tenía que resolver solo. Por eso me alejé.

Veronica lo miró, tratando de leer en sus ojos si decía la verdad. Pero la noche era oscura, la luna iluminaba apenas sus facciones, y sus gafas reflejaban la luz de las farolas.

—Podrías haberme dicho —respondió ella, con un tono que era más triste que enojado—. No era necesario que me ignoraras como si no existiera.

Martín asintió, lento, como aceptando una culpa que ya llevaba días cargando.

—Lo sé —dijo—. No fui justo contigo.

Veronica bebió otro sorbo de vino, sintiendo cómo el alcohol le aflojaba la lengua, le quitaba los filtros. Sus pies descalzos seguían sobre el piso del balcón, y todavía sentía el recuerdo de la pluma en su planta.

—Extrañé tus cosquillas —dijo, sin pensarlo, y las palabras le salieron más sinceras de lo que hubiera querido.

Martín levantó la mirada, y Veronica vio cómo sus ojos se abrían un poco más, cómo sus manos se soltaban de la baranda. Hubo un silencio, ese silencio que se había vuelto tan familiar entre ellos en las últimas semanas.

—¿En serio? —preguntó él, con una voz que apenas era un susurro.

Veronica se rió, una risa nerviosa, y se llevó la copa a los labios otra vez.

—No sé —dijo, aunque sí sabía—. Tal vez. Es que me acostumbré a que estuvieras ahí. En las tardes, en las escaleras, en el ascensor. Y cuando te fuiste… no sé, se sintió raro.

Martín se quedó mirándola un momento, y Veronica sintió que algo en su expresión cambiaba. La tensión, la distancia, esa barrera que había construido durante semanas, empezaba a disolverse.

—Yo también te extrañé —dijo él, con una honestidad que la tomó por sorpresa—. Más de lo que pensé.

Veronica apoyó la copa en la mesa del balcón y se recostó en la silla, estirando las piernas. Sus pies quedaron otra vez cerca del barandal, desnudos, vulnerables. Pero esta vez no le importó.

—No vuelvas a hacer eso —dijo, con una voz que era un reclamo pero también un permiso—. Alejarte sin explicación. Si tienes problemas, me dices. No soy tu enemiga.

Martín asintió, con una sonrisa pequeña que Veronica no le veía desde hacía semanas.

—No lo haré —dijo—. Lo prometo.

Se quedaron en silencio un rato, cada uno en su balcón, con la luna y la ciudad de testigos. Veronica se sentía extraña, liviana, como si algo que había estado pesándole durante días se hubiera disuelto con esas pocas palabras.

Miró hacia la pluma que asomaba en el bolsillo de Martín, y una sonrisa le escapó.

—Oye —dijo, con un tono más juguetón—. ¿En serio andas con una pluma en el bolsillo? ¿A todas partes?

Martín se llevó la mano al bolsillo, como si apenas recordara que la tenía allí. Se rió, una risa baja que a Veronica le sonó familiar.

—Nunca se sabe —dijo, con un brillo en los ojos que ella reconoció—. Puede que en cualquier momento alguien necesite que le hagan cosquillas en los pies.

Veronica soltó una carcajada, una carcajada limpia, sin el desespero de la noche en el edificio abandonado. Era una risa distinta, una risa de vuelta a casa.

—Ay, Martín —dijo, negando con la cabeza—. Eres un caso perdido.

—Tú también —respondió él, con una sonrisa que le iluminaba la cara—. Porque si no te gustaran las cosquillas, no te habrías quedado a hablar conmigo después de que te hice esto.

Y sin previo aviso, deslizó la pluma por el barandal, rozando apenas la planta del pie izquierdo de Veronica, que seguía estirado en la silla.

—¡Ay! —exclamó ella, retirando el pie con un movimiento rápido, pero la risa ya le había escapado—. ¡No, ya, ya!

Martín guardó la pluma otra vez, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Esa fue la última. Por hoy.

Veronica se incorporó en la silla, recogió su copa, y se quedó mirando a Martín a través de la distancia que los separaba. La luna le iluminaba el rostro, y ella podía ver sus ojos, su sonrisa, esa mezcla de timidez y atrevimiento que tanto la había desconcertado al principio.

—Mañana bajas a tomar café —dijo, con una voz que no admitía réplica—. Y me cuentas esos problemas personales que te tuvieron tan alejado.

Martín asintió, apoyándose en la baranda con los brazos cruzados.

—Mañana bajo —dijo—. Con café y con pluma.

Veronica rió, negando con la cabeza, y se levantó de la silla. Antes de entrar a su apartamento, se volvió a mirarlo una última vez.

—Buenas noches, Martín.

—Buenas noches, Verónica.

Ella cerró la puerta del balcón, dejó la copa en la mesa, y se quedó un momento en la oscuridad de su sala, escuchando los latidos de su corazón. Afuera, la luna seguía iluminando la ciudad, y en el balcón de al lado, Martín seguía allí, mirando hacia el cielo, con una sonrisa que no se borraba.

Veronica caminó hacia su habitación con los pies descalzos, sintiendo el piso frío bajo sus plantas. Se acostó en la cama, estiró las piernas, y cerró los ojos. En algún lugar del edificio, en algún lugar de la ciudad, alguien la había hecho reír hasta el desmayo esa noche. Pero ahora, en el silencio de su apartamento, lo único que sentía era una paz extraña, una calma que no sabía explicar.

Mañana, pensó, mientras el sueño la vencía. Mañana bajará a tomar café. Y todo volverá a ser como antes.

O tal vez no. Tal vez nada volvería a ser como antes. Y eso, se dijo mientras se dormía, no tenía por qué ser malo.

El timbre sonó pasadas las once de la noche. Verónica estaba ya en pijama, una de seda color vino, con el cabello todavía húmedo de la ducha y los pies descalzos sobre la alfombra de la sala. Había estado recostada en el sofá, tratando de leer un libro que llevaba semanas pospuesto, pero su mente no lograba concentrarse. La noche, la luna, la pluma, la voz de Martín en el balcón. Todo daba vueltas en su cabeza sin orden.

El timbre la sacó de sus pensamientos. Se levantó con un movimiento rápido, miró hacia la puerta, y sintió que el corazón le daba un vuelco. No esperaba a nadie. No a esa hora. Se pasó una mano por el cabello, se ajustó la pijama, y caminó hacia la entrada con pasos que querían ser tranquilos pero le salían nerviosos.

Abrió la puerta, y allí estaba Martín.

Llevaba una camisa de manga larga arremangada hasta los codos, jeans oscuros, y en la mano una botella de vino tinto y dos copas. Su cabello estaba un poco más ordenado que hacía unos minutos en el balcón, y sus gafas reflejaban la luz del pasillo. Al verla en pijama, con el cabello suelto y los pies desnudos, sus mejillas se tiñeron de un color que Verónica reconoció de inmediato.

—Oh —dijo él, con una voz que intentaba sonar casual pero le salió apurada—. Lo siento. Estás lista para dormir. Puedo volver mañana, o…

—No —lo interrumpió Verónica, abriendo la puerta del todo—. No hay problema. Pasa.

Martín dudó un segundo, con la botella en una mano y las copas en la otra, como si no estuviera seguro de haber escuchado bien. Verónica sonrió, esa sonrisa que ella misma notaba se le escapaba cada vez más fácil cuando él estaba cerca.

—Pasa, pues —repitió, haciéndose a un lado—. Ya estoy acostada pero no dormida. El vino me cae bien.

Martín entró con pasos lentos, como si temiera que en cualquier momento ella cambiara de opinión. Dejó la botella y las copas en la mesa del comedor, y se quedó de pie en medio de la sala, mirando alrededor como si fuera la primera vez que entraba a ese apartamento. Verónica cerró la puerta y se apoyó en la pared, cruzando los brazos.

—Siéntate —dijo, señalando el sofá—. No te quedes ahí parado como si te hubieran citado a una entrevista de trabajo.

Martín se rió, una risa baja, y se dejó caer en el sofá con un suspiro. Verónica se sentó en el otro extremo, dejando espacio entre ellos, pero no demasiado. Las piernas estiradas, los pies descalzos apenas rozando la alfombra.

Martín tomó la botella, la desenvolvió con movimientos que intentaban ser elegantes pero le salían torpes. Verónica lo observaba en silencio, divertida, viendo cómo sus dedos luchaban con el corcho mientras él se mordía el labio concentrado.

—¿Quieres que te ayude? —preguntó ella, con una ceja levantada.

—No —respondió él, con un tono que mezclaba orgullo y vergüenza—. Ya sale.

El corcho salió con un sonido seco que a los dos les arrancó una risa. Martín sirvió las dos copas con cuidado, pasándole una a Verónica, y luego se recostó en el sofá con la suya, dejando que el brazo descansara en el respaldo.

—Salud —dijo, levantando la copa.

—Salud —respondió ella, chocando suavemente el cristal contra el de él.

Bebieron en silencio un momento. El vino era bueno, un tinto suave, con notas de frutos rojos que le llenaban la boca. Verónica lo dejó reposar un segundo antes de tragar, y sintió cómo el calor le recorría el pecho.

—¿De dónde sacaste vino a estas horas? —preguntó, apoyando la copa en su rodilla.

—Lo tenía guardado —dijo Martín, encogiéndose de hombros—. Lo compré hace semanas. Para una ocasión especial.

—¿Y esta es una ocasión especial? —preguntó Verónica, con una sonrisa que no pudo ocultar.

Martín la miró, y por un momento sus ojos se encontraron en la penumbra de la sala. Solo una lámpara de pie iluminaba la habitación, y la luz cálida le daba a su rostro un tono que Verónica no le había visto antes.

—Tal vez —dijo él, con una voz más baja—. Tal vez sí.

Bebieron otro sorbo, y otro, y el silencio entre ellos se fue volviendo más cómodo, más familiar. Verónica se recostó en el sofá, dejando que las piernas se le estiraran hacia el centro, y Martín hizo lo mismo. Sus pies quedaron cerca, no tocándose, pero a una distancia que Verónica notaba.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Martín, después de un rato, con un tono que quería sonar casual pero le salía juguetón.

—Depende —respondió ella, con una ceja levantada—. Qué quieres saber.

Martín bebió un sorbo de vino, como si necesitara valor, y luego la miró con esos ojos que ella había aprendido a leer.

—Lo que dijiste en el balcón. Sobre que extrañabas mis cosquillas. ¿Era verdad o solo lo decías para que no me sintiera mal?

Verónica sintió que las mejillas se le calentaban. Se llevó la copa a los labios para ganar tiempo, bebió un sorbo más largo de lo necesario, y dejó que el vino le quemara un poco la garganta.

—Ay, Martín —dijo, con una risa nerviosa—. Qué pregunta.

—Es una pregunta honesta —insistió él, con una sonrisa que le iluminaba la cara—. Quiero saber.

Verónica apoyó la copa en la mesa y se recostó en el sofá, llevándose las manos al cabello, soltándolo hacia atrás. Martín la observaba con una paciencia que ella encontraba desesperante y entrañable a la vez.

—Mira —dijo al fin, con una voz que intentaba sonar seria pero le salía más suave de lo que quería—. Lo dije porque… bueno, porque te extrañaba. Pero no las cosquillas. Bueno, tal vez un poco las cosquillas. Pero más que todo te extrañaba a ti.

Martín abrió los ojos un poco más, y Verónica vio cómo su expresión cambiaba, cómo algo en su mirada se iluminaba.

—¿A mí? —preguntó, con una voz que apenas era un susurro.

—Sí —dijo Verónica, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo—. Extrañaba que estuvieras ahí. Que me saludaras en el ascensor. Que te ofrecieras a ayudarme con las bolsas. Que te sentaras en el sofá mientras Clara me hacía la pedicura. Extrañaba… no sé, tu compañía. Y cuando te fuiste, cuando empezaste a ignorarme, me sentí…

Hizo una pausa, buscando la palabra. Martín no la interrumpió.

—…rara—terminó, con un encogimiento de hombros que quería quitarle importancia—. Rara y un poco triste.

El silencio que siguió fue de esos que pesan pero no incomodan. Martín se quedó mirándola un momento, con la copa en la mano, y Verónica sintió que sus ojos le recorrían el rostro como si estuviera buscando algo.

—Yo también me sentí raro —dijo él, al fin—. Cuando me alejé. Pensé que era lo mejor, que necesitaba espacio para ordenar mi cabeza. Pero mientras más lejos estaba, más pensaba en ti.

Verónica sintió que el corazón le latía más rápido. No sabía si era el vino, o la noche, o la forma en que Martín la miraba desde el otro extremo del sofá.

—¿Y qué ordenaste? —preguntó, con una voz que le salió más baja de lo que pretendía.

Martín sonrió, una sonrisa que Verónica reconoció. Era la misma de aquella tarde bajo la cama, la misma de las noches en que se quedaban viendo películas hasta tarde.

—Que soy un idiota —dijo, con una honestidad que la hizo reír—. Un idiota que se aleja de las cosas buenas porque le dan miedo.

—¿Y ahora? —preguntó Verónica, estirando las piernas un poco más hacia él—. ¿Ya se te pasó el miedo?

Martín bebió el último sorbo de su copa, la dejó en la mesa, y se recostó en el sofá, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Sus pies quedaron todavía más cerca de los de ella.

—Tal vez —dijo, con una sonrisa—. Tal vez ya se me está pasando.

Verónica se rió, negando con la cabeza, y tomó su copa para beber otro sorbo. El vino estaba bueno, la noche estaba tranquila, y Martín estaba allí, en su sofá, con los pies cerca de los suyos y esa sonrisa que le hacía cosquillas en el pecho.

—Oye —dijo él, después de un rato, con un tono que ya no era tímido sino juguetón—. ¿Y lo de las cosquillas? ¿En serio las extrañabas o era puro cuento?

Verónica le lanzó una mirada que quería ser seria pero le salió risueña.

—Ya te dije que extrañaba tu compañía. No las cosquillas.

—Pero no respondiste la pregunta —insistió él, con una sonrisa que le decía que sabía más de lo que ella quería mostrar.

Verónica bebió otro sorbo de vino, sintiendo cómo las mejillas se le calentaban.

—Está bien —dijo, con una voz que era casi un susurro—. Tal vez un poco. Tal vez cuando te alejaste, pensé que nunca más iba a volver a reírme así. Y eso… eso me hizo falta.

Martín se incorporó en el sofá, apoyando los codos en las rodillas, y la miró con una expresión que Verónica no supo descifrar del todo. No era burla, no era juicio. Era algo más suave, algo que le hizo contener la respiración.

—Verónica —dijo él, con una voz baja—. ¿Te puedo confesar algo?

Ella asintió, sin atreverse a hablar.

—Cuando me alejé, no fue solo por los problemas personales. Fue porque cada vez que te veía, cada vez que te tenía cerca, sentía que iba a hacer algo que no podía controlar. Y me daba miedo asustarte.

Verónica sintió que el silencio se estiraba entre ellos, denso, cargado. Martín seguía mirándola, y ella no podía apartar los ojos de los suyos.

—No me asustas —dijo al fin, con una voz que le salió más firme de lo que esperaba—. No me has asustado nunca.

La sonrisa de Martín se amplió, esa sonrisa que Verónica conocía tan bien, la que le aparecía cuando algo le gustaba más de lo que debía.

—Eso no lo sabía —dijo—. Ahora ya lo sé.

Se quedaron en silencio un rato, cada uno en su extremo del sofá, con las piernas estiradas hacia el centro, los pies a centímetros de tocarse. La botella de vino estaba casi vacía, y la luna seguía entrando por la ventana, iluminando la sala con su luz plateada.

Verónica sintió que el cansancio empezaba a pesarle en los párpados, pero no quería que Martín se fuera. No quería que la noche terminara.

—Quédate un rato más —dijo, con una voz que era casi un susurro.

Martín asintió, sin decir nada, y se recostó en el sofá, dejando que sus pies se acercaran un poco más a los de ella. Verónica hizo lo mismo, y por un momento quedaron así, en silencio, con la ciudad dormida afuera y el vino calentándoles la sangre.

—Verónica —dijo Martín, después de un rato, con una voz que sonaba distinta, más suave.

—Dime.

—¿Te puedo hacer cosquillas?

La pregunta la tomó por sorpresa. Verónica abrió los ojos, que ya empezaban a cerrarse, y miró a Martín en la penumbra. Su expresión era seria, pero sus ojos brillaban con ese brillo juguetón que ella conocía.

—¿Ahora? —preguntó, con una risa nerviosa.

—Ahora —dijo Martín, con una calma que a Verónica le pareció sospechosa—. Si tú quieres.

Verónica se incorporó un poco en el sofá, apoyando la espalda en el brazo del sillón, y lo miró con una mezcla de incredulidad y algo que ella no quería reconocer del todo.

—¿Por qué ahora? —preguntó, llevándose la copa a los labios aunque ya estaba vacía—. ¿Por qué no mañana, o pasado, o cuando esté más preparada?

Martín se encogió de hombros, con una sonrisa que le decía que ya sabía la respuesta antes de preguntar.

—Porque tengo ganas de hacerte cosquillas —dijo, con una honestidad que a Verónica le pareció desarmante—. Y porque tú dijiste que tenías permiso.

Verónica negó con la cabeza, riéndose de sí misma.

—Eso fue un error —dijo—. Un error de principiante.

—Pero fue sincero —respondió Martín, inclinándose un poco hacia ella—. Y yo me tomo muy en serio los permisos sinceros.

Verónica dejó la copa en la mesa y se recostó en el sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que quería ser seria pero le salía divertida.

—Está bien —dijo—. Pero antes de que te pongas en plan cosquillero, quiero que sepas algo.

—Dime —dijo Martín, acomodándose mejor en su extremo del sofá.

Verónica se mordió el labio, ordenando las ideas. La noche, el vino, la cercanía de Martín, todo la empujaba a soltar cosas que tal vez en otro momento se habría guardado.

—Esta semana —dijo, bajando la voz como si estuviera contando un secreto—. Me pasaron unas cosas con las cosquillas. Unas cosas muy locas.

Martín levantó una ceja, y Verónica vio cómo sus manos descansaban sobre sus rodillas, quietas, esperando.

—¿Tipo de locuras? —preguntó él, con un tono que intentaba sonar casual pero le salía interesado.

Verónica tomó aire, y soltó la historia como quien suelta un peso que lleva cargando días.

—El miércoles tuve una cita con una clienta. Una mujer de unos cuarenta y seis años, muy elegante, muy segura. Me pidió que le mostrara un penthouse en el centro, de esos de tres niveles con terraza y jacuzzi.

Martín asintió, siguiéndola con la mirada.

—Ella vio el apartamento, le gustó, todo normal. Pero en un momento me preguntó si el inmueble era insonorizado. Le pregunté por qué, y ella me dijo que ejecutaba prácticas de BDSM y que no quería que los vecinos escucharan risas o quejidos.

Verónica vio cómo Martín abría un poco los ojos, pero no dijo nada.

—Yo le dije que no había problema, que se podía insonorizar sin lío. Pero ella me preguntó si sabía lo que era el BDSM, y le dije que había leído algo. Y entonces ella me contó que dentro de esas prácticas hay una que se llama tickling.

—Tickling —repitió Martín, con una sonrisa que Verónica no supo interpretar.

—Cosquillas —tradujo ella, con una risa nerviosa—. Cosquillas, pues. Me dijo que hay personas que usan las cosquillas como parte del juego, que para algunas es una tortura deliciosa, que para otras es una forma de entrega. Y entonces me dijo que si algún día quería experimentar, que la contactara.

El silencio de Martín se alargó un segundo más de lo normal. Verónica lo miró, tratando de leer en su cara qué estaba pensando.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó él, con una voz que sonaba más grave.

—Pues le dije que con las cosquillas terribles que tengo, me moriría de risa. Y ella me preguntó si era muy cosquillosa, y yo le dije que sí, que demasiado, sobre todo en las plantas de los pies.

Verónica se llevó las manos al cabello, soltándolo hacia atrás con un gesto que mezclaba vergüenza y algo más.

—Me pareció una locura —dijo—. O sea, una señora que no conozco, que me dice que si quiero que me hagan cosquillas en un penthouse con jacuzzi. Es como sacado de una película rara.

Martín se quedó en silencio un momento, y Verónica sintió que algo en su expresión había cambiado. No era el Martín tímido del ascensor, ni el vecino que la ayudaba con las bolsas. Era otro, el que ella había empezado a conocer en las sombras, el que aparecía cuando menos lo esperaba.

—¿Y qué te detiene? —preguntó él, con una calma que a Verónica le pareció demasiado tranquila.

—¿Cómo? —dijo ella, sin entender.

—Digo, si la señora es profesional, si tiene experiencia, si te está ofreciendo algo seguro. ¿Qué te detiene a hacer una sesión así?

Verónica abrió la boca para responder, pero las palabras no le salieron. Se quedó mirando a Martín, tratando de procesar la pregunta.

—No sé —dijo al fin, con una honestidad que la sorprendió—. Supongo que… no sé. Me da cosa, tal vez. O no sé si quiero que una desconocida me haga cosquillas en un penthouse. Suena raro.

Martín la miró con una expresión que Verónica no supo descifrar del todo. No era burla, no era juicio. Era algo más suave, más paciente.

—¿Y si no fuera una desconocida? —preguntó—. ¿Y si fuera alguien que ya te conoce, que sabe cómo te gusta, que sabes que no va a pasarse de la raya?

Verónica sintió que las mejillas se le calentaban. Sabía a dónde quería llegar Martín, y eso la ponía nerviosa de una forma que no sabía manejar.

—Martín —dijo, con una voz que quería sonar firme pero le salió más suave de lo que pretendía—. ¿Qué estás diciendo?

Él se encogió de hombros, pero sus ojos no se apartaban de los de ella.

—Digo que si quieres experimentar, no tienes que hacerlo con una desconocida. Puedes hacerlo con alguien que ya te ha hecho cosquillas antes. Alguien que sabe dónde sí y dónde no.

Verónica soltó una risa nerviosa, llevándose una mano al cuello.

—Ay, Martín —dijo—. ¿Estás ofreciéndote de voluntario?

—Estoy ofreciéndome de acompañante —respondió él, con una sonrisa que le iluminaba la cara—. Si tú quieres hacer una sesión con la señora del penthouse, te acompaño. Me siento en una silla, tomo vino, la vigilo para que no se pase. Y si no quieres hacerla con ella, pues… yo también sé hacer cosquillas. Por si no lo sabías.

Verónica no pudo evitar reírse. Era una risa limpia, libre, de esas que le salían cada vez menos en los últimos días.

—Lo sé —dijo—. Créeme que lo sé.

Martín esperó, paciente, mientras ella ordenaba sus pensamientos. El vino, la noche, la cercanía, todo se mezclaba en una sensación que Verónica no sabía cómo manejar.

—No sé si quiero hacer una sesión con ella —dijo al fin, con una voz más baja—. Pero tampoco sé si quiero que me hagas cosquillas ahora. Estoy… no sé, confundida.

Martín asintió, con una paciencia que a Verónica le pareció infinita.

—No tienes que decidir nada ahora —dijo—. Solo quería que supieras que si algún día quieres probar algo nuevo, no tienes que hacerlo sola. Y que si no quieres probar nada nuevo, también está bien. Lo que tú digas.

Verónica lo miró un momento, sintiendo que algo en su pecho se aflojaba. No sabía qué era, pero se sentía más liviana, más tranquila.

—Gracias —dijo, con una honestidad que le salió del fondo—. Por ofrecerte. Y por no presionar.

Martín sonrió, esa sonrisa que Verónica había aprendido a buscar en los últimos meses.

—Para eso estoy —dijo—. Para acompañarte. Con cosquillas o sin ellas.

Verónica se recostó en el sofá, estirando las piernas hacia él sin pensar. Sus pies quedaron cerca de sus rodillas, descalzos, vulnerables, pero esta vez no le importó.

—¿Sabes qué? —dijo, con una voz que ya era casi un susurro—. Creo que no necesito a la señora del penthouse. Creo que con el cosquillero que tengo en el edificio, ya tengo suficiente.

Martín se rió, una risa baja, y Verónica sintió cómo sus dedos rozaban apenas el empeine de su pie derecho.

—¿Eso es un sí? —preguntó él, con un tono juguetón.

—Eso es un tal vez —respondió ella, retirando el pie con un movimiento rápido, pero con una sonrisa que lo decía todo—. Un tal vez para mañana. Hoy quiero seguir tomando vino y hablando de locuras.

Martín retiró la mano, con una paciencia que a Verónica le pareció admirable.

—Está bien —dijo—. Mañana. Pero te voy a tener pendiente.

Verónica se rió, tomó la botella casi vacía y sirvió los últimos restos en las dos copas.

—Salud —dijo, levantando la suya.

—Salud —respondió él, chocando el cristal suavemente.

Y se quedaron allí, en el sofá, con la noche avanzando afuera y la luna entrando por la ventana, con los pies cerca y las palabras sueltas, con el vino calentándoles la sangre y la promesa de algo que todavía no se atrevían a nombrar.

Veronica bebió el último sorbo de su copa y la dejó en la mesa, con un suspiro que mezclaba el cansancio y algo más que no terminaba de identificar. Martín la miraba desde el otro extremo del sofá, con las piernas estiradas y los brazos cruzados detrás de la cabeza, esperando.

—Dijiste que te pasaron varias cosas con las cosquillas esta semana —dijo él, con un tono que quería sonar casual pero que a ella le sonó a curiosidad apenas contenida—. Ya me contaste lo de la clienta del penthouse. ¿Cuál fue la otra?

Verónica lo miró un momento, evaluando si contar o no lo que había pasado horas antes en ese edificio abandonado. La noche, el vino, la cercanía de Martín, todo la empujaba a soltar las palabras, pero algo la detenía. Algo que no sabía nombrar.

—No sé si quiero contar eso —dijo al fin, llevándose las manos al cabello, soltándolo hacia atrás—. Todavía me tiene… no sé, confundida.

Martín se incorporó un poco en el sofá, apoyando los codos en las rodillas, y la miró con una expresión que ella no supo descifrar del todo.

—¿Por qué confundida? —preguntó, con una voz más baja.

Verónica se quedó en silencio un momento, ordenando las ideas. La imagen del edificio abandonado, la oscuridad, las manos que la habían tumbado al suelo, los dedos recorriendo sus plantas sin piedad. Todo daba vueltas en su cabeza sin encontrar un lugar donde acomodarse.

—Hoy en la tarde —dijo al fin, con una voz que apenas era un susurro—. Me llegó una solicitud para mostrar un inmueble en el centro. Un edificio abandonado que están remodelando. El cliente dijo que se llamaba Carlos Rodríguez, que quería verlo a las seis de la tarde.

Martín asintió, sin interrumpir, pero Verónica notó cómo sus manos se tensaban sobre las rodillas.

—Fui sin pensar nada raro. Llegué, abrí el portón, recorrí el primer piso. Nadie. Subí al segundo, al tercero, al cuarto. Todo vacío, todo oscuro. Ya estaba pensando que el cliente no iba a llegar, pero algo me dijo que subiera al sexto.

Hizo una pausa, y la imagen volvió a ella con una claridad que le erizó la piel. La oscuridad, el ruido de sus propios pasos, la sombra que salió de la nada.

—Cuando llegué al sexto piso, alguien salió de detrás de una columna. No vi la cara, estaba todo oscuro. Pero me agarró por detrás, me tumbó al suelo, y empezó a hacerme cosquillas.

Martín no se movió. No dijo nada. Solo la miró, con una intensidad que Verónica no recordaba haberle visto antes.

—En la cintura, en las costillas, en las axilas —continuó ella, con la voz entrecortada, como si revivir la historia le costara trabajo—. No podía ver nada, solo sentía las manos. Me reía sin control, le pedía que parara, pero no paraba.

—¿Y después? —preguntó Martín, con una voz que sonaba extrañamente tranquila.

Verónica bajó la mirada a sus pies, que descansaban sobre la alfombra, y los movió un poco, como si el recuerdo todavía los hiciera cosquillas.

—Después me agarró de los tobillos, me quitó los tacones, y empezó a hacerme cosquillas en las plantas. En las dos al mismo tiempo. No paraba, no importaba lo que dijera, no paraba.

Se llevó una mano al pecho, donde el corazón le latía más rápido de lo normal.

—Le dije que me gustaba, pensando que con eso pararía. Pero no paró. Siguió y siguió hasta que ya no podía más. Hasta que sentí que me iba a desmayar de la risa.

Martín se quedó en silencio un momento, y Verónica levantó la mirada para ver su reacción. Su expresión era difícil de leer, una mezcla de algo que ella no sabía nombrar.

—¿Y no viste quién era? —preguntó él, con una voz que sonaba demasiado casual.

—No —respondió Verónica—. Estaba todo oscuro. Usaba pasamontañas, creo, o algo que le cubría la cara. Y la voz sonaba distorsionada, como con un aparato.

Martín asintió lentamente, y Verónica notó cómo sus manos se relajaban sobre las rodillas.

—¿Y qué pensaste? —preguntó él—. Cuando pasó todo eso.

Verónica se recostó en el sofá, llevándose las manos al rostro, cubriéndose los ojos como si eso le ayudara a ordenar las ideas.

—No sé —dijo, con la voz ahogada entre los dedos—. Al principio pensé que era un loco, un acosador, alguien que me quería hacer daño. Pero después… no sé. Las manos se movían de una forma que me resultaba conocida. La forma de atacar, los puntos donde me hacía cosquillas, la manera de…

No terminó la frase. Se quedó en silencio, con las manos sobre el rostro, sintiendo que las mejillas se le calentaban.

—¿La manera de qué? —preguntó Martín, con una voz que sonaba más cerca.

Verónica bajó las manos y lo miró. Él estaba ahí, en el otro extremo del sofá, con los pies cerca de los suyos y esa expresión que ella no sabía leer.

—La manera de sujetarme los pies —dijo, con una honestidad que le salió del fondo—. La forma en que me sujetó los tobillos, la presión de los dedos en mis plantas. Era como si… como si ya hubiera estado ahí antes.

El silencio se alargó, denso, cargado. Martín no dijo nada, solo la miró, y Verónica sintió que algo en su mirada se había encendido.

—¿Crees que era alguien que conoces? —preguntó él, con una calma que a ella le pareció demasiado tranquila.

Verónica se encogió de hombros, con un gesto que quería quitarle importancia pero le salió nervioso.

—No sé. Tal vez. O tal vez solo estaba tan nerviosa que mi cabeza me jugó una mala pasada.

Martín asintió, y por un momento Verónica pensó que iba a decir algo más. Pero no. Solo se recostó en el sofá, estirando las piernas, y sus pies quedaron a centímetros de los de ella.

—¿Y te gustó? —preguntó de repente, con una voz que sonaba distinta, más grave.

Verónica abrió los ojos, que ya empezaban a cerrarse, y lo miró sin entender.

—¿Cómo?

—Lo que pasó en el edificio —dijo Martín, con una calma que la desarmó—. A pesar del susto, del miedo, de no saber quién era. ¿Te gustó?

Verónica sintió que las mejillas se le encendían. Quiso negar, quiso decir que no, que había sido horrible, que se había sentido violada en su intimidad. Pero las palabras no le salían. Solo podía recordar las manos, los dedos, la forma en que su cuerpo había respondido antes de que su cabeza pudiera decidir.

—No sé —dijo al fin, con una voz que apenas fue un susurro—. No sé si me gustó. Solo sé que no podía parar de reír. Y que cuando se fue, me quedé en el suelo un rato, sin ganas de levantarme.

Martín la miró un momento, y Verónica vio cómo algo en su expresión se suavizaba. No era burla, no era juicio. Era otra cosa, algo que ella no sabía nombrar pero que le hacía cosquillas en el pecho.

—¿Sabes qué pienso? —dijo él, con una voz más baja.

—Qué.

—Pienso que tal vez esa persona te estaba haciendo un favor. Mostrándote algo que tú ya sabías pero no querías aceptar.

Verónica frunció el ceño, sin entender.

—¿Qué cosa?

Martín sonrió, esa sonrisa que Verónica conocía tan bien, la que le aparecía cuando sabía algo que ella todavía no había descubierto.

—Que te gustan las cosquillas mucho más de lo que estás dispuesta a admitir. Y que no hay nada malo en eso.

Verónica quiso negarlo, quiso decir que no, que era solo una cuestión de sensibilidad, que no había nada más detrás. Pero las palabras se le quedaron en la garganta. Porque Martín tenía razón. Desde aquella tarde bajo la cama, desde las noches en que él la hacía reír hasta quedarse sin aliento, algo en ella había cambiado. Y ahora, después de lo del edificio, después de que un desconocido la hubiera dominado con las mismas armas que Martín usaba, no podía seguir negándolo.

—Tal vez —dijo al fin, con una voz que apenas fue un suspiro—. Tal vez sí.

Martín no dijo nada. Solo estiró la mano, lentamente, y sus dedos rozaron el empeine de Verónica con una suavidad que la hizo contener la respiración.

—¿Puedo preguntarte algo más? —dijo él, con la mano quieta sobre su pie.

—Dime —respondió ella, con la voz temblorosa.

—Cuando esa persona te hizo cosquillas en los pies, en el edificio… ¿pensaste en mí?

Verónica cerró los ojos. La imagen de Martín, la forma en que la miraba, la manera en que sus dedos se movían sobre sus plantas, todo volvió a ella con una claridad que la dejó sin aliento.

—Sí —susurró—. Pensé en ti.

La mano de Martín se retiró, y Verónica abrió los ojos para verlo. Él estaba allí, en el otro extremo del sofá, con los pies cerca de los suyos y una sonrisa que le iluminaba la cara.

—Bueno —dijo, con un tono que quería sonar ligero pero le salía cargado de algo más—. Ahora ya sabes que si quieres repetir la experiencia, no tienes que ir a edificios abandonados con desconocidos. Puedes quedarte en casa.

Verónica soltó una risa, una risa que era también un alivio, y negó con la cabeza.

—Eres un atrevido —dijo—. Un atrevido sin vergüenza.

—Tú me enseñaste —respondió él, con una sonrisa que le llegaba a los ojos—. Desde aquella tarde bajo tu cama.

Verónica se quedó mirándolo un momento, sintiendo que algo entre ellos se había movido, que algo había cambiado en la forma en que se miraban, en la forma en que sus pies descansaban a centímetros de distancia, en la forma en que el silencio ya no era un vacío sino un espacio lleno de cosas que todavía no se atrevían a decir.

—Martín —dijo, con una voz que le salió más suave de lo que pretendía.

—Dime.

—¿Tú fuiste? —preguntó, con la mirada fija en sus ojos—. La persona del edificio. ¿Fuiste tú?

El silencio se alargó un segundo, dos, tres. Martín no apartó la mirada, no parpadeó, no se movió. Solo la miró, con esos ojos que Verónica conocía tan bien, y en ellos no vio negación ni afirmación. Vio algo que no sabía nombrar, algo que le hizo cosquillas en el pecho y en la garganta y en las puntas de los dedos de los pies.

—¿Quieres que sea sincero? —preguntó él, con una voz que apenas fue un susurro.

Verónica asintió, sin atreverse a hablar.

—No fui yo —dijo Martín, y Verónica sintió que el aire se le escapaba de los pulmones—. Pero me hubiera gustado.

Se quedaron en silencio, mirándose, con los pies cerca, con la noche afuera, con el vino vacío y las palabras flotando entre ellos como pompas de jabón. Verónica no sabía si creerle. No sabía si quería creerle. Pero mientras lo miraba, mientras sentía la cercanía de sus pies y el calor de su mirada, supo que no importaba. Que lo que importaba era que él estaba allí, en su sofá, con una botella vacía y una sonrisa, esperando.

Veronica sintió que el corazón le latía con fuerza, un ritmo acelerado que no sabía si era por el vino, por la noche, o por la cercanía de Martín en su sofá. Él había cerrado los ojos un momento, pero ahora los abrió, y en la penumbra de la sala, sus pupilas brillaban con un destello que ella no recordaba haberle visto antes.

—Quédate —había dicho ella, con una voz que no admitía réplica.

Martín se incorporó lentamente, apoyando los codos en las rodillas, y la miró con una expresión que Verónica no supo descifrar. No era la timidez de siempre, ni el nerviosismo de aquel vecino que se trababa al saludarla en el ascensor. Era otra cosa, algo más profundo, algo que le hizo contener la respiración.

—Voy a mostrarte algo —dijo él, con una voz baja, casi un susurro.

Verónica frunció el ceño, sin entender, pero antes de que pudiera preguntar, Martín se deslizó del sofá al suelo. Se arrodilló junto a ella, con los brazos apoyados en el borde del sillón, y sus ojos se encontraron con los de ella desde abajo.

—¿Qué haces? —preguntó Verónica, con una voz que le salió más aguda de lo que pretendía.

Martín no respondió. Solo le tomó los tobillos con suavidad, con esas manos que Verónica conocía tan bien, y los levantó apenas, apoyándolos sobre sus muslos. Ella sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus pies descalzos quedaron expuestos, vulnerables, a centímetros del rostro de él.

—Martín —dijo, con un tono que mezclaba la advertencia y la risa nerviosa—. ¿Qué estás haciendo?

Él la miró desde abajo, con una sonrisa que le iluminaba la cara, y Verónica vio cómo sus dedos recorrían lentamente el empeine de su pie derecho, dibujando círculos apenas perceptibles.

—Voy a hacer algo que llevo semanas queriendo hacer —dijo, con una honestidad que la desarmó—. Y quiero que me digas si quieres que pare.

Antes de que Verónica pudiera responder, Martín inclinó la cabeza y sus labios rozaron la planta de su pie derecho. Un beso suave, apenas un roce, que la hizo estremecerse de pies a cabeza. Luego otro, en el arco, y otro en el talón, y otro en la base de los dedos.

—¡Ay, no! —exclamó Verónica, soltando una carcajada corta—. ¡Martín, eso da cosquillas!

Él levantó la mirada, con una sonrisa que le brillaba en los ojos.

—¿Quieres que pare?

Verónica se mordió el labio, con el corazón latiéndole en la garganta. Sus pies querían retirarse, pero sus manos se aferraron al borde del sofá, manteniéndolos en su lugar.

—No —susurró, con una voz que apenas fue audible—. No pares.

Martín volvió a inclinarse, esta vez con más seguridad. Sus labios recorrieron la planta de su pie izquierdo con una lentitud que a Verónica le pareció infinita. Besos suaves, húmedos, que dejaban un rastro de cosquillas a su paso. Y luego, sin previo aviso, tomó entre sus labios el dedo gordo de su pie derecho y lo succionó con suavidad.

—¡Nooo! —gritó Verónica, arqueando la espalda en el sofá, con una carcajada que le sacudió el cuerpo entero—. ¡JAJAJAJAJA! ¡Eso es peor!

Martín no se detuvo. Su boca se movía con una paciencia que a ella le pareció infinita, succionando cada dedo, uno por uno, con una delicadeza que la volvía loca. Y cuando terminaba con uno, lo soltaba con un beso suave y pasaba al siguiente, mientras sus manos mantenían los pies firmes sobre sus muslos.

—¡JAJAJAJAJA! —Verónica reía sin control, con las manos apretadas en el borde del sofá, los brazos temblorosos—. ¡Martín, por favor!

—¿Por favor qué? —preguntó él, levantando la mirada con una sonrisa que le llegaba a los ojos—. ¿Que pare o que siga?

Verónica no podía responder. La risa le saltaba en espasmos, entrecortada, mientras sentía cómo los labios de Martín volvían a recorrer la planta de su pie izquierdo, subiendo desde el talón hasta la base de los dedos, dejando un rastro de besos que le ardían en la piel.

—¡Sigue! —gritó, sin poder controlar lo que decía—. ¡JAJAJAJAJA! ¡Sigue, pero no pares!

Martín sonrió contra su piel, y Verónica sintió cómo su lengua trazaba un círculo lento en el centro de su arco, justo donde era más sensible. El cuerpo se le arqueó en el sofá, las manos soltaron el borde y se llevaron al cabello, los dedos enredándose en las puntas mientras la risa le brotaba desde lo más profundo.

—¡Ahí no! —gritó, con la voz quebrada—. ¡Ahí no, Martín, ahí es peor!

Él la miró desde abajo, con los ojos brillantes, y Verónica vio cómo sus dedos se movían sobre la planta de su otro pie, acompañando a su boca en una danza que la tenía al borde del delirio. Besos y caricias, lengua y dedos, todo al mismo tiempo, recorriendo sus pies con una paciencia que la volvía loca.

—¡JAJAJAJAJA! —reía Verónica, con los brazos caídos a los lados, la cabeza echada hacia atrás, el cabello desordenado sobre el respaldo del sofá—. ¡No puedo más!

Martín detuvo sus labios un momento, pero sus dedos siguieron moviéndose sobre las plantas de sus pies, con una suavidad que era peor que cualquier ataque.

—¿Quieres que pare? —preguntó otra vez, con una voz que sonaba distinta, más grave.

Verónica bajó la mirada y lo encontró allí, arrodillado a sus pies, con sus manos sujetándole los tobillos, con sus ojos clavados en los suyos. Y en ese momento, en medio del caos de la risa y el placer, supo que no había nada en el mundo que quisiera menos que él se detuviera.

—No —susurró, con la voz rota—. No pares. Por favor, no pares.

Martín sonrió, esa sonrisa que Verónica conocía tan bien, y volvió a inclinarse sobre sus pies. Esta vez no hubo besos suaves ni caricias lentas. Su boca y sus manos atacaron las dos plantas al mismo tiempo, con una intensidad que la hizo gritar de risa, que la hizo retorcerse en el sofá, que la hizo sentir que se desmayaba de placer y cosquillas y algo más que no sabía nombrar.

—¡NO PUEDO! —gritaba Verónica, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, con la risa sacudiéndole el cuerpo entero—. ¡NO PUEDO MÁS!

Pero no quería que parara. No quería que ese momento terminara nunca. Martín lo sabía. Lo sentía en la forma en que sus pies se tensaban contra sus labios, en la forma en que sus dedos se encogían y se abrían al ritmo de sus caricias, en la forma en que su risa era también un permiso, una entrega, una promesa.

—¡MARTÍN! —gritó ella, con la voz quebrada, con el cuerpo arqueado en el sofá—. ¡ME VOY A MORIR!

Él detuvo sus labios un momento, pero sus dedos siguieron moviéndose sobre sus plantas, manteniéndola al borde, sin dejarla caer.

—No te vas a morir —dijo, con una sonrisa que le brillaba en los ojos—. Vas a reírte un rato más. Y después te vas a dormir tranquila.

Verónica negó con la cabeza, sin fuerzas para responder, mientras los dedos de Martín recorrían sus plantas con una lentitud que le pareció infinita. Y luego, cuando ella creía que no podía más, sus labios volvieron a encontrar sus dedos, y la risa le estalló otra vez, y otra, y otra, hasta que perdió la noción del tiempo, del espacio, de todo lo que no fuera la boca de Martín en sus pies y las manos de Martín en sus plantas y esa sensación de estar flotando en un mar de cosquillas y placer que no quería que terminara nunca.

Cuando finalmente Martín se detuvo, Verónica quedó en el sofá, con los brazos caídos a los lados, las piernas temblorosas, los pies todavía vibrando por el contacto. Jadeaba con la boca abierta, con el pecho subiendo y bajando, con la mirada perdida en el techo.

Sintió que él le soltaba los tobillos con suavidad, que sus manos recorrían sus piernas hasta sus rodillas, que se incorporaba lentamente hasta quedar a su altura. Abrió los ojos y lo encontró allí, a centímetros de su rostro, con esa sonrisa que le había cambiado la vida desde aquella tarde bajo la cama.

—¿Estás bien? —preguntó él, con una voz que era un susurro.

Verónica asintió, sin poder hablar todavía. Sus pies todavía temblaban, y cada vez que los movía sentía el recuerdo de sus labios, de sus dedos, de esa mezcla de cosquillas y placer que la había dejado sin aliento.

—Eso fue… —intentó decir, pero las palabras no le salían.

Martín esperó, paciente, con la mano apoyada en el respaldo del sofá, cerca de su cabello.

—¿Fue bueno? —preguntó, con un tono que quería sonar seguro pero le salió tembloroso.

Verónica soltó una risa, una risa que era también un suspiro, y llevó una mano al rostro de Martín, tocándole la mejilla con los dedos todavía temblorosos.

—Fue perfecto —susurró—. No sabes cuánto lo necesitaba.

Martín cerró los ojos un momento, apoyando su mejilla en la mano de ella, y Verónica sintió cómo su respiración se aquietaba, cómo la tensión que había llevado durante semanas se disolvía en ese contacto.

—Yo también lo necesitaba —dijo él, con una honestidad que le llegó al fondo—. Más de lo que imaginaba.

Se quedaron así, con la mano de Verónica en la mejilla de Martín, con los pies de ella todavía temblorosos en el borde del sofá, con la noche afuera y la ciudad dormida. Y en ese silencio, en esa paz que los envolvía como una manta, Verónica supo que algo había cambiado para siempre.

—Quédate —dijo otra vez, pero esta vez no era una invitación. Era una certeza.

Martín abrió los ojos y la miró, con esa mirada que Verónica había aprendido a buscar en los últimos meses, en las noches de películas, en las tardes de pedicura, en las conversaciones en el balcón.

—Me quedo —dijo—. Todo lo que quieras.

Verónica sonrió, retiró la mano de su mejilla, y se recostó en el sofá, estirando las piernas hacia él. Martín se dejó caer a su lado, con los pies cerca de los suyos, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, con la respiración tranquila.

Y allí, en el sofá de Verónica, con el vino vacío en la mesa y la luna entrando por la ventana, se quedaron los dos, mirando el techo, escuchando la respiración del otro, sintiendo que por fin, después de semanas de distancia y silencio, algo se había acomodado en su lugar.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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