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Era un día soleado y la brisa del mar acariciaba suavemente la piel blanca de Erika mientras caminaba descalza por la playa. Llevaba puesto un short ligero de mezclilla y una camisilla blanca, pero debajo de su ropa, llevaba un bikini de dos piezas color turquesa que hacía resaltar aún más su figura alta y elegante. Medía 1,76, y con sus pies talla 40 tocando la arena caliente, disfrutaba del contacto directo con la naturaleza. Cada tanto se estremecía cuando algún grano de arena húmeda se colaba entre sus dedos… ya que Erika era extremadamente cosquilluda. Demasiado.
Sus zonas más vulnerables eran sus axilas suaves y sus grandes plantas de los pies. Incluso un poco de espuma de mar podía hacerla reír si le tocaba los dedos con demasiada precisión.
Mientras caminaba, notó algo curioso en una formación rocosa cercana: una especie de grieta, una cueva semiescondida por palmeras caídas. Su curiosidad la venció. Se agachó, se quitó el short y la camisilla —quedando solo en bikini— y se adentró con cuidado, sin zapatos, sin saber que ese sería el comienzo de una aventura completamente inesperada.
Al dar unos pasos dentro de la cueva… ¡el suelo se hundió! Erika gritó, pero no hubo tiempo para reaccionar. Cayó por un túnel resbaloso, oscuro, hasta que… pum… aterrizó suavemente en una especie de arena acolchada, en una playa extrañamente silenciosa. El sol brillaba, pero algo era distinto. Se incorporó lentamente, sacudiendo la arena de su bikini, y al mirar alrededor, se dio cuenta: ¡todo era gigante! O más bien, ella era gigante en comparación con el entorno.
De repente, pequeños seres —parecían humanos diminutos, como del tamaño de un dedo— comenzaron a salir de entre la vegetación. Docenas de ellos, luego cientos. Llevaban trajes tribales, hojas, pequeños bastones. Y sonreían.
—¡La diosa ha llegado! —gritaban en su idioma, que por alguna razón, Erika entendía.
Antes de poder reaccionar, los pequeños liliputienses corrieron hacia ella y la rodearon. Intentó levantarse, pero decenas de diminutas cuerditas mágicas salieron del suelo y la inmovilizaron en el acto: sus tobillos quedaron amarrados entre palmeras, sus muñecas sujetas a unas rocas. Estaba tendida en la arena cálida, atada y completamente expuesta… y descalza.
—¿Qué… qué están haciendo? ¡Oigan, no! ¡No me toquen los pies! —gritó con una risa nerviosa.
Pero ya era tarde. Uno de los pequeños se acercó a su planta izquierda, otro a la derecha. Usaban plumas diminutas, ramitas suaves, y hasta pelitos de coco.
—¡AAAAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO! ¡NO LOS PIES! ¡SON MI PUNTO DÉBIL! —gritó Erika, estallando en carcajadas. La arena temblaba con sus convulsiones.
Las plumas rozaban su arco, los pequeños dedos caminaban por el borde de sus talones, y algunos trepaban por sus pantorrillas. Otros se habían colado por debajo de su bikini superior, y dos más estaban justo debajo de sus brazos.
—¡NO LAS AXILAAASSS! ¡JAJAJAJAAJJAJAJ NOOOO, ME MUERO! —rugía de risa mientras se retorcía sin poder moverse.
Los liliputienses reían con ella, encantados con su reacción. Para ellos, hacer reír a la diosa era un acto sagrado. La fiesta de las cosquillas apenas comenzaba, y Erika no podía hacer nada más que reír… y reír… y reír.
Erika estaba completamente inmovilizada. Su largo cuerpo descansaba sobre la arena cálida, el bikini apenas cubriendo lo necesario, su piel blanca brillando al sol, completamente expuesta a la voluntad de aquellos pequeños y traviesos seres. Sus tobillos seguían amarrados a dos palmeras diminutas, y sus brazos extendidos hacia arriba, dejando al descubierto esas axilas suaves que ya ardían de tantas cosquillas.
—¡JAJAJAJAJAAJ POR FAVOR! ¡NO MÁS! ¡ME ESTÁN MATANDO! —gritaba Erika entre carcajadas descontroladas, mientras sus grandes pies se sacudían, pero no lograban soltarse.
Los liliputienses seguían trabajando en equipo como si fuera una misión sagrada. Algunos habían hecho una especie de escaleritas para alcanzar zonas más altas del cuerpo de Erika, y otros se organizaban en grupos por áreas: unos 20 estaban dedicados exclusivamente a sus pies, con pequeñas plumas de ave marina, brochas, ramitas, e incluso algunos usaban sus diminutas lenguas para lamer entre los dedos, haciéndola gritar de risa.
—¡La diosa es cosquillosa! —decían entre ellos mientras reían.
—¡La diosa es muuuuuy cosquillosa! —añadía otro mientras se deslizaba con una pluma por su arco plantar.
—¡No puedo más! ¡Mis pies! ¡MIS PIIIIEEEESSS! JAJAJAJAJAJAJAAJ —gritaba Erika, sintiendo cómo le temblaban las piernas del esfuerzo por aguantar. Pero era inútil. Cada vez más cosquillas, cada vez más precisa la tortura dulce e imposible de resistir.
En sus axilas, un grupo de cinco pequeños se balanceaban en una especie de columpio improvisado de hilos de seda, justo para rozar con sus pies esas cuevas suaves y vulnerables. Otros trepaban por sus costillas y la parte baja del abdomen, usando pincelitos con los que hacían trazos lentos, meticulosos.
—¡Miren su ombligo! —gritó uno, saltando dentro del mismo y causando una ola de carcajadas nuevas en Erika.
—¡JAJAJAJAJAAJ MI BARRIGA NOOOO! ¡ME DUELE LA PANZA DE TANTO REÍR! —rogaba, retorciéndose mientras su cuerpo sudaba y se estremecía con cada nueva caricia.
Uno de los liliputienses, al parecer el líder, se acercó a su rostro y le habló dulcemente mientras otros tres le hacían cosquillas en las orejas y el cuello.
—Diosa Erika… tus risas alimentan nuestra alegría. Aquí, las diosas deben reír… y tú eres la más cosquillosa que hemos conocido jamás.
—¡NOOO! ¡JAJAJAJAJAAJ! ¡NO DIGAN ESOOOOO! —gritaba mientras lloraba de risa.
Y entonces… sucedió algo peor (o mejor, dependiendo de cómo se viera): unos liliputienses comenzaron a construir una especie de cepillo gigante… hecho con ramas y cuerdas de pelo de sirena. Era suave, pero intenso. Cuando lo probaron en la planta izquierda de Erika, esta casi se desmayó de la risa.
—¡NOOOOOO! ¡QUÉ ES ESE MONSTRUO! ¡JAJAJAJAJAJAAJAAAA! —y sus pies se sacudieron como locos, sus dedos se abrían y cerraban sin control, y su mente se nublaba de tantas cosquillas.
—¡La diosa es cosquillosa! ¡La diosa es cosquillosa! —cantaban todos al unísono, mientras danzaban alrededor de su cuerpo estremecido, como si fuera una celebración mágica.
Erika sentía que el tiempo se desvanecía… no sabía cuánto llevaba riendo, cuánto más podría soportar, ni si alguna vez la dejarían ir. Solo sabía una cosa: nunca en su vida había recibido tantas cosquillas. Y nunca se había reído tanto.
Erika ya no podía ni pensar. Su cuerpo entero estaba cubierto… completamente invadido por decenas y decenas de seres diminutos que no se detenían ni un segundo. Estaba atada boca arriba, con los brazos bien estirados, los dedos de los pies separados con pequeños palitos, y la boca abierta a carcajadas, con lágrimas corriendo por sus mejillas de tanto reír.
—¡JAJAJAJAJAJAAJ SON MUCHOS! ¡ME ESTÁN HACIENDO DEMASIADAS COSQUILLAS! —gritaba entre carcajadas explosivas, mientras sentía los movimientos diminutos por cada rincón de su piel.
Sobre su torso, en su abdomen, bajo los tirantes del bikini, entre sus costillas, en sus muslos, ¡en todas partes! Había por lo menos unos 100 pequeños cosquilleros, pero la cifra crecía sin parar. De entre la vegetación tropical que rodeaba la playa, seguían saliendo más y más… corriendo con entusiasmo, trepando por sus piernas, deslizándose por su espalda, explorando su cuello, sus caderas, sus pantorrillas.
—¡Están por todos lados! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡JAJAJAJAJAJAAJ! —gritaba Erika, mientras sus pies se agitaban frenéticamente, completamente vulnerables.
Un grupo de al menos 30 liliputienses se había instalado en sus pies, uno en cada dedo, otros frotando las plantas con pinceles, con plumitas, con sus propias manitos y lenguas, sabiendo que ese era su punto más débil.
—¡Miren su reacción! ¡Las plantas de sus pies la vuelven loca!
—¡Nuestra diosa es la más cosquillosa de todas!
—¡Sigan! ¡Sigan! ¡Que sus risas bendicen esta tierra!
Erika se revolvía, pero sin poder moverse realmente. Sentía cosquillas en lugares que jamás imaginó: entre los dedos de los pies, en las corvas de las rodillas, en las ingles, en la línea de la cintura, justo donde se unía el bikini con su piel vulnerable, en el huequito de su ombligo, en los costados de su busto. ¡Era una lluvia de cosquillas sin fin!
Y lo peor —o lo mejor— era que los liliputienses se comunicaban entre ellos mientras la hacían reír sin piedad:
—¡Por aquí también es sensible! ¡Miren cómo se retuerce!
—¡Oh, aquí debajo del brazo se muere de risa! ¡Sujetadla bien!
—¡Su cuello es una mina de cosquillas suaves!
—¡Sus pies son los tronos de la risa! ¡A ellos, guerreros!
—¡JAJAJAJAJAJA NO MÁAAAS! ¡VOY A VOLVEEEERME LOOOCAAAAA! —gritaba Erika, mientras una docena de ellos le hacían cosquillas debajo de cada axila con ramitas y plumas, mientras otros la hacían girar de un lado a otro como si fuese una ofrenda viviente.
De la vegetación seguían saliendo más… ya no eran cien, ahora eran fácilmente doscientos. Y cada uno parecía saber exactamente dónde y cómo tocar para arrancarle nuevas carcajadas.
—¡Es una bendición! ¡Una diosa risueña!
—¡Su risa será escuchada hasta en las montañas!
Mientras tanto, Erika temblaba, sudaba, se retorcía y gritaba sin parar, completamente a merced de ese ejército de seres diminutos adoradores de las cosquillas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAAJ NO PUEDO MÁS! ¡ME ESTÁN HACIENDO COSQUILLAS EN TODO EL CUERPOOOOO! JAJAJAJAJAJAJAJAJA
Y no había indicios de que fueran a detenerse…
Erika ya no sabía si estaba soñando o viviendo la experiencia más delirante de su vida. Cada rincón de su cuerpo estaba siendo recorrido, mimado, cosquilleado con una precisión imposible. Y lo más increíble… ¡es que seguían llegando más! Como si esa playa mágica estuviera viva, y los diminutos seres fueran parte de un ritual sagrado con una única misión: hacer reír a su diosa.
—¡JAJAJAJAJAJAAJ YA NO PUEDO! ¡ME ESTÁN HACIENDO DEMASIADAS COSQUILLASSS! —gritaba ella, con los ojos cerrados, el cuerpo arqueado por tantas sensaciones a la vez, la piel totalmente hipersensible.
Los liliputienses no paraban. Trepaban por sus costillas, exploraban con sus manitos, con ramitas, con plumas suaves, hasta con pequeñas lenguas que pasaban por su cuello, detrás de las orejas, ¡y hasta por la parte baja de su espalda! Algunos se metían por debajo del borde de la camisilla, y otros más osados… ya habían descubierto las partes que el bikini protegía.
—¡Miren! ¡Bajo estas prendas hay más piel sagrada! —exclamó uno, mientras se deslizaba por dentro del bikini superior, justo en el costado del busto de Erika.
—¡La diosa es suave hasta en los rincones más secretos!
—¡Cosquillas benditas! ¡Risas sagradas!
—¡NOOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAAJ AHI NOOO! ¡AHI NOOOO POR FAVORRR! —gritaba ella mientras sentía decenas de manitas colándose por dentro de su bikini, uno detrás del otro, como si se hubieran puesto de acuerdo para invadir cada espacio íntimo y vulnerable.
Un grupo entero se había instalado entre la parte inferior del bikini y la piel de Erika. Algunos se deslizaban por su bajo vientre, otros por su entrepierna, otros le hacían cosquillas en la línea de la cintura desde adentro, justo donde el elástico tocaba la piel. Sentía las cosquillas desde dentro del bikini, pequeñas lenguas lamiendo, manos pellizcando suavemente, uñas rascando de manera juguetona.
—¡Nooooo! ¡NOOOOOOO! ¡Ahi noooo, no lo soporto JAJAJAJAJAJAAJ! —y su cuerpo se arqueaba cada vez más, su risa era una mezcla de desesperación y éxtasis. Su piel estaba erizada por completo.
Pero los liliputienses no paraban. Uno hablaba mientras frotaba con delicadeza la parte lateral de su busto desde adentro:
—¡Aquí también es cosquillosa, mis hermanos! ¡Nuestra diosa no tiene límites!
Y del lado opuesto, otros se metían bajo el bikini inferior, como exploradores temerarios, descubriendo que incluso allí, en esos rincones tan personales, Erika seguía siendo extremadamente cosquillosa.
—¡Hasta aquí es vulnerable! ¡Su risa no miente!
—¡Sujétenla bien! ¡No puede escapar de su destino!
—¡ESTOY LLORANDOOOO! ¡ME MUEROOOO! ¡ESTO ES DEMASIADO JAJAJAJAJAJAJAJA! —gritaba Erika, mientras su cuerpo sudado, agitado, y completamente invadido por las cosquillas, vibraba como si estuviera poseído por un torbellino de risas.
La escena era intensa, frenética. Más de 200 liliputienses se turnaban, se organizaban en pequeños grupos, explorando zonas nuevas. Algunos incluso habían atado los dedos de sus pies para dejarlos totalmente inmóviles mientras decenas de ellos los lamían, mordisqueaban y acariciaban con plumitas, arrancándole gritos que sacudían el aire:
—¡SUS PIES SON TEMPLOS! ¡ADORÉMOSLOS!
Y así, entre la vegetación que se abría como un santuario, el cuerpo de Erika, casi desnudo, desbordado de risas y cosquillas, era adorado como nunca antes.
Erika ya no sabía cuántos eran. Al principio pensó que eran unos cien. Luego llegaron más. Y más. Y ahora, tendida boca arriba en esa arena tibia y mágica, completamente rodeada, sentía cómo más de trescientos, quizás quinientos seres diminutos estaban encima de su cuerpo, dedicados con devoción a una sola tarea: hacerle cosquillas. Cosquillas profundas, dulces, implacables, infinitas.
Su cuerpo se estremecía con cada nueva ola de risas que le nacía desde el alma. La risa era tan intensa que ya no podía ni respirar bien. Sollozaba entre carcajadas, las lágrimas le escurrían por las sienes, y su voz se mezclaba entre gritos y súplicas.
—¡JAAJAJAJAJAJAAJAJAA NOOOOOOOO JAJAJAJAJJAJA ESTO ES DEMASIADOOOO JAJAJAJAJAAA!
Los diminutos seres estaban organizados como una orquesta perfectamente afinada:
Un grupo entero se había instalado en su cuello, haciendo cosquillas con plumas, lenguas y diminutas caricias en esa zona tan vulnerable, tan sensible. Otro grupo se dedicaba a sus axilas, abiertas y expuestas por la posición de sus brazos, donde decenas de manitas se colaban por dentro de la camisilla para escarbar, rascar y acariciar cada milímetro.
Otros trepaban y se deslizaban por los costados de sus bustos, debajo del bikini, donde la piel era tierna, inexplorada y terriblemente cosquillosa.
—¡La diosa vibra! ¡La diosa tiembla de risa! —decían mientras la adoraban con sus juegos despiadados.
Su cintura era otro campo de batalla: manitas y lenguas diminutas se colaban por debajo del bikini inferior, haciéndole cosquillas desde adentro, justo donde los nervios eran más intensos. Sus costillas eran recorridas por mini dedos expertos que sabían dónde presionar, dónde frotar suave, dónde pellizcar juguetonamente.
Su espalda no escapaba: sentía como la trepaban desde abajo hasta la nuca, con cosquillas rasposas y suaves a la vez. Sus brazos y manos eran acariciados, cosquilleados entre los dedos, lamidos por algunos mientras otros los ataban con hojas delgadas y flexibles.
Y sus piernas… ¡Ay sus piernas!
Desde los muslos hasta las corvas de las rodillas, pasando por sus pantorrillas, cada parte era atacada sin piedad por diminutos cosquilleros. Algunos se colaban entre sus piernas, encontrando allí uno de los puntos más privados, haciendo que Erika se estremeciera aún más, soltando gemidos entrecortados por las risas:
—¡JAJAJAJAJAJAJ NO AHÍ NOOO! ¡ES MUY SENSIBLEEE JAJAJAJAJA!
Pero nada se comparaba con lo que le estaban haciendo en los pies.
Habían al menos cien diminutos adoradores solamente allí, en sus extremidades más sensibles. Sus plantas estaban totalmente inmovilizadas, estiradas, mientras manos, lenguas, plumas y ramitas se dedicaban a recorrer los empeines, los dedos, el arco, los talones… y sí, incluso entre los dedos de los pies, donde metían cosas diminutas para rascar, frotar, y provocar la risa más intensa que Erika jamás había sentido.
—¡LA DIOSA ESTÁ EN ÉXTASIS!
—¡Ríe para nosotros! ¡Ríe y libera su energía sagrada!
—¡¡¡¡JAAAAAAAAAAAAAAAAJJAJAJAJAJAJAJJAJAAAAAAAAAAA POR FAVORRRRRR ESTO ES UNA LOCURAAAAA JAJAJAJAAJA!!!! —gritaba Erika, arqueando su cuerpo en la arena, toda su piel sudorosa, vulnerable, expuesta.
No había ni un solo centímetro de su piel que no estuviera siendo invadido por las cosquillas. Era como si cada poro respirara carcajadas, como si esos pequeños seres conocieran cada rincón oculto de su cuerpo antes incluso que ella misma. Una risa profunda, explosiva, se apoderó de su pecho, y simplemente se entregó.
Suplicar no tenía sentido. Resistirse tampoco. Solo podía reír… y reír… y reír.
Todo cambió en un instante.
Justo cuando Erika pensaba que no podría reír más, que su cuerpo no podía soportar ni una cosquilla más sin desmayarse de agotamiento, los diminutos seres se detuvieron en seco. Uno a uno, levantaron sus cabezas, olfatearon el aire… y comenzaron a gritar en su idioma extraño. Sus voces eran agudas, como campanitas asustadas, y sus movimientos se volvieron caóticos.
—¡¡K’li-narrr!! ¡¡K’li-narrr viene!! —chillaban mientras corrían en estampida hacia la vegetación, abandonando a Erika tendida sobre la arena, jadeante, sudorosa, completamente untada en esencias, y aún recuperándose entre carcajadas ahogadas.
—¿Qué pasa ahora? —pensó Erika, mirando alrededor, aún con la respiración entrecortada, las piernas temblorosas y el cuerpo sensibilizado por tantas cosquillas.
Entonces lo vio.
Saliendo de la espesura, con pasos suaves pero firmes, apareció una criatura que a los ojos de los pequeños era un monstruo… pero para Erika no era más que un enorme gato. Un felino elegante, con el pelaje brillante como de ébano, ojos dorados que reflejaban la luz del sol y una lengua larga que asomaba entre sus colmillos mientras olfateaba el aire.
El «monstruo» se acercó a Erika con curiosidad. Ella no sintió miedo. Más bien… intriga. Su cuerpo aún estaba cubierto con los aceites naturales que los pequeños seres le habían untado para su «ritual de cosquillas», y ese aroma parecía atraer irresistiblemente al felino.
—Oh no… —susurró Erika, justo antes de sentir la primera lamida áspera en su axila izquierda.
—¡¡¡JAAAAAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAAAAAA!!! —gritó entre carcajadas brutales, arqueando su espalda mientras intentaba mover su brazo, aún débil, para protegerse.
Pero el animal no se detenía. Esa lengua rugosa recorría su piel sensible con lentitud, metiéndose justo en la cavidad de la axila, lamiendo con firmeza y profundidad, como si buscara saborear cada gota de esa esencia mágica.
—¡¡¡JAAJAJAJAJAJAJAJAA NO NO NOOOOOO JAAJAJAJAA!!! ¡¡ES DEMASIADO!! ¡¡ESA LENGUA PICA MUCHO JAJAJAJAJA!!
El felino, completamente indiferente a las súplicas de Erika, lamía con insistencia, alternando entre su axila izquierda y la derecha. Erika se revolcaba, riendo como una loca, incapaz de detenerse, con lágrimas resbalando por sus mejillas y la piel erizada de pies a cabeza. Su camisilla estaba completamente pegada a su cuerpo por el sudor y los aceites, y cada lamida provocaba una descarga eléctrica de cosquillas.
—¡POR FAVOR, JAJAJAJAJA! ¡NO MÁS EN LAS AXILAS! ¡¡ES MI PUNTO DÉBIL!! JAJAJAJAJAAA
Pero el felino seguía. De vez en cuando se detenía, la miraba con curiosidad, como si disfrutara verla tan indefensa y risueña… y volvía a la carga, ahora pasando la lengua por su cuello, detrás de las orejas, en la clavícula… y otra vez directo a las axilas.
Erika estaba atrapada en un espiral de carcajadas, sin nadie que la ayudara. Solo el sonido del mar, el sol en lo alto, y ese gato monstruoso que la lamía como si fuera su helado favorito.
Y entonces… el felino empezó a olfatear más abajo, bajando por su abdomen… acercándose peligrosamente hacia otras zonas… Erika abrió los ojos como platos.
—¡Oh no…! —susurró.
El felino olfateó el aire una vez más y se inclinó hacia el abdomen de Erika, que ya estaba completamente a su merced. Aún jadeaba por la risa provocada por las lamidas en sus axilas, con el cuerpo tembloroso y la piel hipersensible. Intentaba hablar, rogar, decir algo… pero la risa aún la tenía cautiva.
Y entonces…
Una nueva lamida. Directo en la barriga.
—¡¡¡JAJAJAJAJAJAA NOOOOOOOO, NOOOOOO AAAAAAJAJAJAJAJA!!! —gritó Erika, convulsionándose de risa cuando sintió la lengua áspera del felino deslizarse lentamente por su abdomen.
Era diferente a todo. Cada lamida era como si le pasaran un cepillo invisible, cálido, pero con miles de pequeñas púas que activaban cada nervio de su piel.
El felino continuó, metiendo la lengua en su ombligo, moviéndola en círculos lentos y húmedos.
—¡¡¡JAJAJAJAJAJA POR FAVOR JAJAJAJA!!! ¡¡¡ME ESTÁS VOLVIENDO LOCA!!! —lloraba de risa Erika, girando sus caderas de un lado al otro para intentar escapar… en vano.
Y no era solo el ombligo. El felino parecía disfrutar su reacción, y se enfocó en los costados del vientre, justo donde las carcajadas de Erika se hacían aún más escandalosas. Con cada pasada, su torso saltaba de la arena, mientras sus gritos de risa llenaban aquella extraña playa secreta.
—¡¡¡JAAAJAJAJAJAAAA ES DEMASIADO, NO AGUANTO, NO AGUANTOOOOOO!!! —chillaba mientras sus abdominales se contraían por la risa y su bikini comenzaba a aflojarse ligeramente por tanto movimiento.
El animal, curioso por la mezcla de olores y reacciones, alternaba lamidas rápidas con otras más lentas, concentrándose en esa piel cálida, brillante, completamente vulnerable, donde los pequeños seres habían dejado rastros de esencias. Las gotas de sudor se mezclaban con los aceites, y eso parecía volver al felino aún más juguetón.
—¡¡¡JAJAJAJA M-MI OMBLIGO NO, NO MÁS AHI!!! ¡¡POR FAVORRR JAJAJAJAAA!!
Pero no había descanso. El felino siguió con ritmo, del vientre a los costados, del costado izquierdo al derecho, pasando por cada centímetro de su piel sensible. Erika se retorcía como un pez fuera del agua, con carcajadas que ya ni parecían humanas, sino melodías de una risa imparable, pura, desesperada.
Y mientras eso pasaba, en la vegetación…
los pequeños seres comenzaban a asomar nuevamente, atraídos por el escándalo de carcajadas y el «ritual del gran felino». Se observaban entre ellos, emocionados.
Uno de ellos murmuró con reverencia:
—La diosa… ¡sigue siendo cosquillosa!
Otro respondió:
—Y el K’li-nar la adora…
Erika yacía sobre la arena, jadeando y temblando, su piel brillando por la mezcla de sudor, aceites y esencias. Estaba exhausta, sus músculos habían trabajado tanto riendo que casi no podía moverse. Cada rincón de su abdomen, axilas y costados seguía hormigueando por las cosquillas anteriores. Sin embargo, el felino no mostraba señales de detenerse.
Olfateó sus piernas.
Lentamente, con su lengua rasposa, comenzó a lamer sus muslos, justo por debajo de donde el bikini apenas cubría lo esencial.
—¡¡JAJAJAJAJAAA NOOOO, AHÍ NOOO!! —gritó Erika, su cuerpo sacudiéndose con renovada sensibilidad.
El felino parecía metódico, como si quisiera recorrer cada gota de esencia en su piel, sin dejar un milímetro sin atención. Lamía desde lo alto de los muslos, bajando por su piel suave y tensa por el esfuerzo, hasta llegar a las rodillas y justo detrás de ellas, donde Erika se retorció salvajemente.
—¡¡¡AAAHHHHHH JAJAJAJAJAJAAA LAS CORVAS NOOOO JAJAJAJAJAAA!!! —chilló, golpeando suavemente la arena con sus puños, completamente dominada por las carcajadas.
El felino ronroneó, satisfecho por la reacción, y bajó aún más. Comenzó a lamer las pantorrillas de Erika, subiendo y bajando con precisión, hasta que sus patas delanteras llegaron a los tobillos.
—¡¡¡JAJAJAJAJAJA ESTO ES UNA LOCURAAAA JAJAJAJAAA!!! —gritaba Erika entre carcajadas, su cuerpo entero reaccionando con espasmos de risa involuntarios.
Entonces…
llegó a sus pies.
Erika abrió los ojos como platos, su risa se cortó un instante por el puro pánico anticipado. Sus plantas estaban húmedas, suaves, hipersensibles. Habían sido tocadas antes por los pequeños seres, pero esto era distinto. Sabía que una lengua felina en esa zona podía significar el colapso.
Y así fue.
La primera lamida fue justo en el arco de su pie derecho.
—¡¡¡JAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJA NOOOOOOOOOOOOOOO JAJAJAJAJA!!! —gritó Erika, pateando sin fuerza, pero sin lograr escapar.
Luego vino otra, y otra, y otra…
La lengua del felino se deslizó entre sus dedos, luego sobre los empeines, los talones, el borde del pie.
Cada zona, cada rincón.
—¡¡¡JAJAJAJAJAJA M-MIS PIES, MIS PIEEEEES JAJAJAJAJAAA!!! ¡¡¡NO AGUANTO, ME VOY A MORIR DE LA RISA!!!
Era demasiado.
Y como si el destino quisiera castigarla con placer, el felino comenzó a alternar entre un pie y otro, lamiendo con entusiasmo, disfrutando cada movimiento involuntario de Erika, que ya estaba completamente a su merced, dominada por una risa frenética, descontrolada, que llenaba el aire como un canto salvaje.
De la vegetación, los pequeños seres miraban en silencio, hipnotizados. Uno de ellos, con los ojos brillantes, susurró:
—Está bendecida. La diosa ríe para siempre…
Erika no podía creerlo: sus pies, ya de por sí el epicentro de su vulnerabilidad, estaban ahora saturados de aquellos aceites y esencias que los diminutos seres le habían untado con tanto esmero. Cada gota concentrada brillaba bajo el sol, perfumando el aire con notas de coco, flor de tiaré y un toque de menta fresca. Aquella mezcla, diseñada para intensificar la sensación de cosquillas, se convertía ahora en un banquete irresistible para el felino.
El gato “monstruo” se relamió los bigotes y, con ojos entrecerrados de deleite, posó sus patas delanteras sobre los empeines de Erika. Luego, con calma ritual, bajó la cabeza y clavó su lengua áspera en la planta derecha:
—¡¡¡JAAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!! —estalló Erika en carcajadas estruendosas, mientras su pie se sacudía en un intento vano de escapar.
La lengua del felino trazó un surco húmedo desde el arco hasta el talón, deslizando esa rugosidad perfecta que hacía que cada pulgada de piel vibrara de cosquilleo. Después, se coló entre los dedos, hundiéndose en los pliegues más secretos:
—¡¡¡NOOOO, MIS DEDOS!!! ¡¡¡SON DEMASIADO SENSIBLES!!! JAAJAJAJAJAJAAJAJA!!!
Los pequeños seres, agazapados en la vegetación cercana, vitoreaban en silencio. Sabían que aquel festín felino era la culminación de su propio ritual de aceites: ellos habían preparado el escenario, y ahora el “monstruo” disfrutaba la recompensa.
Con cada lamida, Erika sentía oleadas de risa que nacían en sus pies y recorrían todo su cuerpo hasta estallar en su garganta. Su bikini se bamboleaba, sus manos trataban de apretar la arena, sus músculos se contraían en espasmos de placer risueño.
El felino no se conformó con un solo paseo. Subió al empeine izquierdo, lamió el borde exterior, luego el interior, y regresó a la planta.
—¡¡¡JAAJAJAJAJAJA! ¡¡NO PARÉEN!!! ¡¡ESTO ES DEMASIADO!! —sollozaba de risa.
Cuando el felino alzó la cabeza para mirar a Erika, ella solo pudo devolverle una mirada entrecortada por la risa, con lágrimas en los ojos y la respiración agitada. El gato ronroneó, presintiendo que estaba provocando el éxtasis máximo de su diosa, y bajó de nuevo para otro asalto:
—La diosa ríe, el ritual se cumple.
Y así, bajo el sol de aquella playa diminuta, con más de trescientas criaturitas observando en reverencia, Erika vivió el momento más ticklish de su vida: un banquete de lamidas felinas en sus pies saturados de aceites, una sinfonía de carcajadas que resonó en cada rincón de la isla de las cosquillas.
Los diminutos liliputienses, preocupados porque el felino comenzaba a cansarse de lamer las últimas gotas de aceite, corrieron a sus pequeñas alforjas y sacaron diminutas arcos y flechas. Pero sus flechas no llevaban punta de metal ni de piedra: en la punta, atadas con finos hilos de seda, llevaban pedacitos de carne fresca que habían cazado esa mañana en la isla.
Con gran destreza, dispararon—uno tras otro—estas flechas de “cebo” directamente a las plantas de los pies de Erika, donde la piel estaba más sensible y apenas quedaba rastro de aceite. Cada flecha impactaba como un bocado minúsculo de carne, presionando la carne contra la piel, creando un contraste húmedo y ligeramente viscoso que provocaba un cosquilleo nuevo, insoportable.
El felino, al ver esos bocados prendidos en los arcos, entendió la invitación: bajó la cabeza y comenzó a lamer con mayor avidez esas zonas de las plantas de los pies donde la carne estaba pegada, limpiando con su lengua áspera cada trozo. Luego, con un suave mordisco juguetón, arrancaba el pedacito, masticaba y volvía a lamer.
—¡¡¡JAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJA!!! —gritó Erika, retorciéndose en la arena. Sus pies se arqueaban, sus dedos se abrían y cerraban sin control. Cada lamida y cada mordisco del gato sobre las hiper-cosquilludas plantas desencadenaba oleadas de carcajadas, más fuertes aún que antes.
Los pequeños seres animaban al felino:
—¡Más cerca del arco plantar! ¡Ahí es donde más ríe!
—¡Muérdelo suave, lame bien ese talón!
Y el felino obedecía, saboreando la carne y al mismo tiempo disfrutando de la risa inagotable de Erika. Con cada nuevo bocado, su cuerpo se sacudía de la risa, sus manos golpeaban la arena, y su voz se unía al coro de carcajadas que retumbaba entre las palmeras.
Así, en un festín extraño y mágico, Erika vivió el clímax de su tortura de cosquillas: un ejército diminuto que proveía carne como ofrenda, y un felino que lamía y mordía sus plantas de los pies sin piedad, arrancándole gritos y carcajadas que llenaron la isla con un eco de pura alegría desbordada.
Erika sintió el aire cambiar de un modo casi eléctrico. Un rugido lejano creció en intensidad hasta convertirse en un estruendo que retumbó entre las palmeras diminutas y contra las paredes de roca de la playa liliputiense. El cielo, antes de un azul radiante, se tornó de un gris amenazante; nubes pesadas se arremolinaron sobre ella.
El mar, que apenas susurraba, se desbocó en olas agitadas que avanzaban con furia contra la orilla. El viento azotó la arena, levantando remolinos que atraparon los diminutos cuerpos de los liliputenses y agitó el pelaje del felino.
En medio de aquel caos súbito, los pequeños seres chillaron órdenes confusas:
—¡La tormenta sagrada! ¡Protéjanse!
—¡Regresen a la aldea!
El felino, con el lomo erizado y los ojos brillantes de alarma, retrocedió un par de pasos. Luego, como si obedeciera un mandato ancestral, giró sobre sus talones y salió disparado hacia la vegetación. A su paso, las hojas se sacudían y las flores exhalaban un aroma húmedo.
Los liliputenses, olvidando por un instante su devoción por la diosa risueña, soltaron gritos de pánico y echaron a correr en todas direcciones, desapareciendo entre la maleza en oleadas de diminutos cuerpos.
Erika quedó sola. Atada de muñecas y tobillos, su cuerpo exhausto apenas podía moverse. El oleaje crecía con fuerza, y las olas empezaron a golpear la orilla, acercándose inexorablemente a donde ella yacía, vulnerable.
—¡Suéltenme! ¡Suéltenme para salvarme! —gritó con desesperación, escupiendo agua de mar que las olas le arrojaban al rostro. Sus manos luchaban contra las cuerdas, pero no cedían.
El cielo se oscureció por completo. Un rayo lejano iluminó la escena con un destello blanco, seguido de un trueno retumbante. El agua llegó hasta sus caderas, luego a su pecho, empapando su bikini y su piel. El viento aullaba, la arena se mezclaba con la espuma del mar, y las sogas de las que estaba pendiente crujían.
Cuando la siguiente ola la golpeó directamente en el rostro, una sensación fría y punzante la atravesó. Su visión se llenó de agua salada, y el grito que estaba a punto de brotar de su garganta se ahogó en un susurro ahogado…
Entonces, de pronto, todo se tornó negro.
—No… —susurró Erika, en un eco que apenas llegó a sus propios oídos.
Y en ese instante, se encontró despierta, sentada en la arena suave de la playa inicial, justo en la entrada de la cueva por la que había caído horas antes.
El sol brillaba nuevamente, la brisa era cálida y apacible, y no había rastro de la tormenta, del felino, ni de los diminutos seres. Su bikini estaba seco, limpio, y sus muñecas y tobillos ya no tenían cuerdas.
Erika parpadeó, atónita, y se incorporó con cuidado. El eco de sus carcajadas aún parecía resonar en su mente, como un sueño vívido al borde de la realidad. Frente a ella, la cueva permanecía en silencio, invitándola a decidir si quería aventurarse de nuevo… o marcharse, llevando consigo el recuerdo de aquella extraña isla de cosquillas.
Erika se quedó unos instantes en la entrada de la cueva, el corazón latiéndole con fuerza. El murmullo de las olas la llamaba, pero algo en su interior la detenía. ¿Había sido todo un sueño? ¿O realmente había caído por ese túnel y vivido aquella locura de risas, felinos y diminutos adoradores?
Con un suspiro, sacó su bolso de playa: el short, la camisilla, las sandalias y su toalla. Se colocó el bolso al hombro y, sin volver la vista atrás, emprendió el camino de regreso por la arena. A cada paso, notaba un ligero cosquilleo en la planta de los pies, como un eco de aquella experiencia.
Al llegar a su coche, se detuvo un momento para observar la cueva: una grieta oscura en la roca que ahora parecía ordinaria, sin ningún indicio de aquel mundo diminuto ni del felino gigante. El cielo era claro, el sol brillaba, y la playa estaba desierta.
Erika se encogió de hombros y sonrió, como disculpándose con ella misma. “Fue mi imaginación,” se dijo en voz baja, “o tal vez un sueño sembrado por el murmullo del mar…”
Subió al auto, encendió el motor y, mientras arrancaba, lanzó una última mirada: la cueva quedó atrás, intacta y silenciosa. En el retrovisor, su reflejo mostraba unos ojos que brillaban con el recuerdo de las carcajadas.
¿Realidad o fantasía? Erika nunca lo sabría con certeza. Pero algo en su pecho le decía que, de una forma u otra, aquella aventura quedaría para siempre en su memoria, un susurro de risas que la acompañaría cada vez que el viento rozara su piel. Y así, condujo hacia casa, con una sonrisa pícara y el suave cosquilleo de lo imposible aún vibrando en sus pies.
Fin?
Original de Tickling Stories
