Exilio y Cosquillas

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Prólogo: El Precio de la Huida

Tras escapar de la persecución política en su país, Gabriela Montes buscó refugio en lo más remoto de Noruega: un valle perdido entre montañas heladas. Su historia anterior, marcada por el uso de las cosquillas como herramienta de control psicológico, la había dejado con una hipersensibilidad traumática, especialmente en las plantas de sus pies. Sin embargo, su exilio no fue secreto para todos. Lucas, antiguo interrogador especializado en métodos no convencionales, jamás abandonó su obsesión por encontrarla. Mientras tanto, en las sombras de Europa, un grupo de personas con intereses particulares en el «arte» de las cosquillas comenzó a tejer una red para explotar su vulnerabilidad. Gabriela, sin saberlo, no era la única en esa cadena de montañas.

Gabriela Montes caminó durante horas hasta encontrar la cabaña abandonada, escondida entre abetos cubiertos de nieve. El viento aullaba como un recordatorio de lo que había dejado atrás: interrogatorios en cuartos sin ventanas, dedos expertos recorriendo sus costillas, y aquella risa suya —forzada, desesperada— que aún resonaba en sus sueños. Al empujar la puerta, el chirrido oxidado la hizo estremecer. Dentro, solo había un colchón podrido, una mesa con patas desiguales y un espejo roto que devolvió su reflejo: una mujer de trenzas deshechas y ojos febriles.

Tranquila. Aquí no hay nadie— susurró en español, apretando los puños hasta que las uñas le marcaron las palmas.

Los primeros días fueron de silencio y supervivencia. Derretía nieve en una lata para beber, cazaba liebres con trampas de ramas y vendía leña a un pescador de Geiranger que pasaba cada luna llena. —Du må være gal for å bo her (Debes estar loca para vivir aquí)— le dijo el hombre la primera vez, escupiendo al suelo. Gabriela solo asintió, pagando con trabajo su aislamiento.

Pero la montaña tenía sus propias reglas. Una noche, mientras dormitaba junto al fuego, un zorro ártico se coló por una ventana rota. Sus patitas suaves se detuvieron junto a sus pies, ahora libres de calcetines. La lengua áspera del animal rozó su talón derecho.

¡No!— gritó, golpeando el suelo con un tronco. El zorro huyó, pero ella pasó horas frotándose las plantas con nieve, como si pudiera borrar la memoria del cosquilleo.

Al amanecer, talló una nueva marca en la pared. Ocho rayas, una por cada mes de exilio.

Mientras Gabriela luchaba por olvidar, Lucas seguía su rastro. En Oslo, reunido con un cazador local llamado Magnus, desplegó un mapa sobre una mesa de madera astillada. —Fiskerne sa hun ser ut som en spøkelse (Los pescadores dicen que parece un fantasma)— comentó Magnus, señalando el fiordo de Geiranger. Lucas no sonrió. En su bolsillo guardaba un pincel de cerdas suaves, idéntico al que usaba en los interrogatorios.

Dime si Klaus está listo— ordenó en español, sin levantar la vista.

Hanen hans venter på dine ord (Sus hombres esperan tus órdenes)— respondió Magnus, limpiando su cuchillo con un paño.

Klaus Fischer, por su parte, trabajaba en un almacén de Bergen. Ató a Sigrid, una joven sueca de tobillos delgados, a una silla de metal. —Warum wehrst du dich nicht? (¿Por qué no te resistes?)— preguntó mientras deslizaba una pluma de gaviota entre sus dedos.

Sluta, snälla! (¡Basta, por favor!)— suplicó Sigrid, riendo entre lágrimas. Klaus anotó cada espasmo, cada jadeo, en una libreta manchada de café. La ciencia, pensaba, requería sacrificios.

De vuelta en las montañas, Gabriela descubrió que la soledad era peor en los días claros. Hablaba con el fuego, inventando conversaciones: —¿Crees que Lucas me encontrará?—. Las llamas crepitaban en respuesta. Hasta que una tarde, mientras remendaba sus guantes junto al fiordo, una voz la sacó del ensueño.

Hei! Er du ny her? (¡Hola! ¿Eres nueva aquí?)—.

Era Eira, una joven noruega de mejillas sonrosadas y una cesta de pescado al hombro. Gabriela se puso en pie de un salto, escondiendo las manos tras la espalda.

Jeg… jeg snakker ikke norsk (Yo… no hablo noruego)— farfulló, repitiendo la frase que había ensayado en noches de insomnio.

Eira sonrió, cambiando al inglés. —My father sells supplies. Do you need help? (Mi padre vende provisiones. ¿Necesitas ayuda?)—.

Gabriela negó, pero sus ojos se clavaron en los gruesos calcetines de lana de la joven. Eira siguió su mirada y señaló sus propios pies. —You have good boots. But feet need freedom sometimes (Tienes buenas botas. Pero los pies necesitan libertad a veces)—, dijo, moviendo los dedos como garras de juguete.

Gabriela retrocedió. —I’m fine (Estoy bien)—.

Eira dejó un pan de centeno envuelto en tela sobre una roca. —Vær forsiktig (Ten cuidado)— advirtió antes de irse.

Esa noche, mientras enterraba el pan por precaución, Gabriela encontró algo bajo la tierra helada: una raíz retorcida que se aferraba a su muñeca como una mano. —¿También tú quieres jugar?— murmuró, arrancándola con un tirón. Pero al regresar a la cabaña, vio huellas de botas junto a su puerta. Grandes, masculinas. Y junto a ellas, algo brillante: una pluma de águila, clavada en la nieve como una advertencia.

No— jadeó, llevándose una mano a la boca. En la distancia, un lobo aulló. O quizás fue un hombre.

Capítulo 1: La Cabaña de los Susurros

Gabriela se instaló en una cabaña cerca del fiordo de Geiranger, se levantaba al alba, cuando el fiordo de Geiranger aún brillaba bajo una capa de escarcha. Su rutina era meticulosa: cortar leña con un hacha mellada, apilar troncos junto a la cabaña y cargar el carromato que un comerciante de Ålesund recogía cada quince días. —Takk for arbeidet (Gracias por el trabajo)— le decía el hombre, dejando bolsas de sal y velas a cambio. Ella asentía, evitando el contacto visual. Nadie preguntaba por sus guantes eternamente puestos, ni por las botas que jamás se quitaba, ni siquiera para dormir.

Todo cambió cuando Eira apareció. La joven noruega, de mejillas rojas como manzanas y una trenza dorada que le golpeaba la cintura, llegó una tarde de octubre sustituyendo a su padre. —Han er syk (Él está enfermo)— anunció, dejando un saco de harina sobre la mesa. Su voz era cálida, como el crepitar del fuego. Gabriela intentó ignorarla, pero Eira tenía la persistencia del sol en pleno invierno.

Hvorfor bor du alene her? (¿Por qué vives sola aquí?)— preguntó un día, mientras ayudaba a descargar leña.

Jeg liker stillheten (Me gusta la tranquilidad)— mintió Gabriela, frotándose los brazos.

Eira no se convenció. Sus ojos azules se fijaron en los calcetines de lana que Gabriela usaba incluso bajo las botas. —Føttene dine må puste (Tus pies necesitan respirar)— insistió, señalando sus propios pies calzados con sandalias de cuero.

La tensión estalló una semana después. Eira llegó con una manta tejida y una botella de aquavit. —Det blir kaldere (Se viene más frío)— dijo, colocándola sobre la mesa. Gabriela, exhausta tras horas de cortar leña, se dejó caer en un banco y se quitó las botas sin pensar. Los calcetines, húmedos de sudor, revelaron pies pálidos con venas azules marcadas.

Du har så fine føtter! (¡Tienes unos pies tan bonitos!)— exclamó Eira, arrodillándose para tocar el borde de un calcetín.

Gabriela retrocedió como si hubiera visto una serpiente. —Ikke rør meg! (¡No me toques!)— gruñó en un noruego fracturado.

Pero Eira, confundida, levantó las manos. —Jeg ville bare hjelpe (Solo quería ayudar)—. En un gesto instintivo, rozó el arco plantar de Gabriela con el borde de su guante de lana.

El efecto fue instantáneo. Gabriela soltó una carcajada aguda, involuntaria, y se cubrió la boca con horror. —Slutt! (¡Basta!)— gritó, pero Eira, atónita, repitió el movimiento.

Er du… killekyss? (¿Eres… cosquillosa?)— preguntó, entre curiosa y divertida.

Gabriela se levantó de un salto, chocando contra la pared. —Dra! (¡Vete!)—.

Eira recogió su manta, color drenándose de su rostro. —Jeg mente ikke å… (No quise…)—. La puerta se cerró tras ella, dejando un silencio cargado de eco.

Esa noche, Gabriela enterró sus calcetines bajo una piedra plana junto al fiordo. Las olas lamían la orilla, imitando el movimiento de aquellos dedos invisibles que aún sentía en sus plantas. Cuando regresó a la cabaña, encontró un paquete frente a la puerta: un par de medias de seda negra y una nota escrita en inglés torpe.

“For sensitive feet. No questions. —E.”

Gabriela quemó la nota, pero guardó las medias. Al probárselas, el tacto suave le recordó a las vendas que usaba de niña, antes de que el mundo decidiera que su risa era un arma.

Gabriela pasó días tras el incidente con Eira reforzando la cabaña. Clavó tablas sobre las ventanas rotas y trenzó una cortina de raíces para ocultar la entrada. Cada crujido del bosque la hacía saltar, imaginando dedos invisibles acechando sus talones. Pero la montaña no perdonaba: necesitaba leña, comida, y sobre todo, sal para conservar los escasos pescados que capturaba en el fiordo.

Una mañana, mientras afilaba su hacha contra una piedra, escuchó pasos en la nieve. Eira estaba allí, con una cesta de pan negro y una bolsa de lana.

Unnskyld (Perdón)— murmuró la joven, dejando los suministros a dos metros de distancia. —Jeg ville ikke skremme deg (No quise asustarte)—.

Gabriela apretó el mango del hacha. —Hvorfor kom du tilbake? (¿Por qué volviste?)—.

Eira señaló las medias de seda que Gabriela llevaba puestas bajo los calcetines. —Jeg så at du brukte dem (Vi que las usaste)— dijo, con una sonrisa tímida. —Min mor syr slike. Hun… hun hadde også føtter som dine (Mi madre hace esas. Ella… también tenía pies como los tuyos)—.

El silencio se extendió. Gabriela bajó el hacha, pero no invitó a entrar.

Las visitas de Eira se volvieron breves pero constantes. Dejaba provisiones, a veces una vela o un trozo de queso ahumado, y se iba sin preguntar. Hasta que un día, al encontrar a Gabriela temblando de fiebre junto al fuego, entró sin permiso.

Du er syk (Estás enferma)— declaró, tocando su frente con el dorso de la mano. Gabriela intentó apartarse, pero el cuerpo le falló.

Eira preparó una infusión de bayas secas y la obligó a beber. —Hvorfor overlever du alene? (¿Por qué sobrevives sola?)— preguntó, mientras frotaba sus pies con un paño tibio para reactivar la circulación.

Gabriela cerró los ojos. No respondió, pero cuando Eira rozó sin querer su arco plantar al ajustar la manta, su risa escapó de nuevo: un sonido cristalino que la horrorizó.

Jeg forstår (Entiendo)— susurró Eira, retirando la mano como si hubiera tocado fuego. —Noen såret deg (Alguien te lastimó)—.

Al día siguiente, Gabriela despertó sudorosa pero alerta. Eira se había ido, pero había dejado un regalo: un par de zapatillas forradas en piel de foca, suaves por dentro y rígidas por fuera. —For å beskytte (Para proteger)— decía la nota adjunta.

Esa tarde, Gabriela caminó hasta el fiordo con las nuevas zapatillas. El viento silbaba entre los abetos, y por primera vez, no sintió el cosquilleo imaginario en sus plantas. Al regresar, encontró a Eira sentada en una roca, dibujando en un cuaderno.

Takk (Gracias)— dijo Gabriela, la palabra pegajosa en su boca.

Eira sonrió, mostrando el dibujo: unos pies descalzos bajo una aurora boreal. —Det er du (Eres tú)—.

Gabriela no quemó el dibujo. Lo guardó bajo su colchón, donde nadie, ni siquiera ella, pudiera verlo.

Mientras tanto, en las profundidades del bosque, un zorro ártico mordisqueaba una de sus viejas botas abandonadas.

El zorro ártico había seguido el rastro durante días. Comenzó con un olor familiar: sal mezclada con sudor humano, impregnada en la bota vieja que Gabriela abandonó cerca del arroyo. El animal, de pelaje blanco manchado de gris, lamía la suela gastada con curiosidad, sus orejas puntiagudas alerta ante cualquier movimiento. No era hambre lo que lo guiaba, sino instinto. Los humanos dejaban cosas útiles: comida, telas, restos de piel.

Al tercer día, el zorro encontró el sendero que llevaba a la cabaña. Siguió las marcas de las ruedas del carromato de Gabriela, deteniéndose cada pocos metros para olfatear el aire. La noche lo sorprendió a cien pasos de la puerta, donde el olor se intensificaba: cera de vela derretida, pescado ahumado y algo más… miedo.

Gabriela estaba sentada junto al fuego, tallando un trozo de abedul en forma de amuleto, cuando escuchó el primer rasguño en la madera. Pensó que era el viento, pero el sonido se repitió: cric, cric, cric.

¿Otra vez tú?— murmuró en español, agarrando una antorcha encendida.

Al abrir la puerta, los ojos brillantes del zorro reflejaron las llamas. El animal retrocedió, pero no huyó. Gabriela bajó la antorcha, notando cómo el zorro olfateaba el suelo donde solía dejar sus botas.

No tengo nada para ti— dijo, arrojando un trozo de pescado seco más allá de los árboles. El zorro lo siguió, pero al día siguiente, las huellas reaparecieron cerca de la ventana.

La persistencia del animal se volvió una rutina incómoda. Gabriela comenzó a encontrar excrementos cerca de la pila de leña, y una mañana, descubrió que el zorro había desenterrado sus viejos calcetines. —¡Deja eso!— gritó, lanzando un puñado de nieve. El zorro corrió, pero regresó al caer la tarde, observándola desde la distancia mientras ella cortaba troncos.

¿Qué quieres?— preguntó exhausta, apoyándose en el hacha. El zorro inclinó la cabeza, como si entendiera.

Fue Eira quien dio sentido al acoso. Al ver las huellas durante una de sus visitas, señaló las marcas en la nieve. —Han let etter salt (Está buscando sal)— explicó, señalando los bordes de las botas de Gabriela. —Dyr elsker det (A los animales les encanta)—.

Gabriela miró sus pies, recordando las interminables sesiones donde Lucas untaba sal en sus plantas antes de usar plumas. —¿Y cómo lo detengo?— preguntó en inglés, sin darse cuenta de que había cambiado de idioma.

Eira le entregó un frasco de hierbas amargas. —Bruk dette. Det skremmer dem (Usa esto. Los asusta)—.

Esa noche, Gabriela esparció las hierbas alrededor de la cabaña. El zorro llegó al amanecer, olfateó el perímetro y emitió un gemido agudo antes de desaparecer entre los árboles. Pero la victoria duró poco. Al caer la tarde, encontró al animal jugando con un guante perdido cerca del fiordo, su lengua rozando los dedos de lana con la misma insistencia que antes.

Eres testarudo— susurró, sin enojo esta vez.

El zorro, como si respondiera, dejó caer el guante a sus pies y retrocedió. Gabriela lo recogió, sintiendo el calor residual de los dientes del animal. Por primera vez en meses, sonrió sin miedo.

El zorro regresó cada atardecer, atraído no solo por la sal, sino por algo más íntimo: el olor único de Gabriela impregnado en sus pertenencias. Sus botas viejas, abandonadas tras adoptar las zapatillas de piel de foca, se convirtieron en trofeos para el animal. Las arrastraba por la nieve, mordisqueando las suelas donde el sudor de sus pies había dejado rastros ácidos. Gabriela lo observaba desde la ventana, preguntándose si aquella obsesión era un reflejo de su propia vulnerabilidad.

¿Te gusta burlarte?— murmuró una tarde, viendo cómo el zorro desenterraba uno de sus calcetines enterrados. El animal lo agitó en el aire como un trofeo, sus ojos brillantes fijos en ella.

Eira, al presenciar la escena durante una entrega de provisiones, arrugó la nariz. —Det er ikke bare salt… du lukter spesielt (No es solo la sal… hueles diferente)— comentó, sin intención de ofender. —Som syk hjort (Como un ciervo enfermo)—.

Gabriela apretó las manos. Sabía a qué se refería: los interrogatorios con Lucas habían alterado su química corporal. Las hormonas del miedo, el sudor crónico, incluso la dieta de raíces y pescado seco, la hacían detectable. Para ellos. Para él.

Decidió probar un experimento. Colgó sus calcetines más viejos en ramas alrededor de la cabaña, lejos de las ventanas. El zorro pasó horas saltando para alcanzarlos, distraído de la puerta. Pero una noche, el juego se tornó siniestro. Al salir a orinar, encontró al animal encaramado en un árbol, desgarrando una media con frenesí. Entre los jirones de tela, brillaba algo metálico: un fragmento de alambre de púas, enredado allí desde inviernos pasados.

¡Basta!— gritó, arrojando un trozo de hielo. El zorro huyó, pero dejó un regalo macabro: el calcetín destrozado, ahora con marcas de dientes que imitaban cicatrices.

La obsesión del zorro alcanzó su clímax cuando descubrió las zapatillas nuevas. Gabriela las había dejado secar al sol junto al fiordo, y al regresar, encontró al animal frotando su hocico contra la piel de foca interior.

¡Esas no!— rugió, corriendo hacia él. El zorro tomó una zapatilla entre los dientes y echó a correr.

El zorro corrió entre los abetos, ágil como un relámpago plateado, con la zapatilla colgando de su boca. Gabriela lo persiguió, resbalando en las piedras cubiertas de musgo, hasta que el animal se detuvo junto a un arroyo helado. Allí, dejó caer el calzado y comenzó a morder la piel de foca, no para destruirla, sino como si intentara extraer algo.

¿Qué quieres?— jadeó Gabriela, acercándose con las manos abiertas en señal de paz.

El zorro retrocedió, pero no huyó. Sus ojos brillantes se fijaron en los pies de Gabriela, ahora calzados solo con la zapatilla restante. El viento arrastró el olor de su pie izquierdo, desnudo y tembloroso por el frío. El animal inhaló profundamente, moviendo las orejas hacia adelante.

Gabriela se sentó en la nieve, exhausta. —¿Es por esto?— preguntó, levantando lentamente el pie descalzo. El zorro se agachó, listo para saltar, pero no atacó. En lugar de eso, emitió un sonido suave, casi un ronroneo, y avanzó unos centímetros.

Con movimientos calculados, Gabriela tomó un puñado de nieve y lo frotó contra su planta, eliminando el rastro de sudor. Luego, se puso de pie y recogió la zapatilla dañada. —Toma— dijo, arrojando un trozo de pescado seco al otro lado del arroyo.

El zorro olfateó el aire, dividido entre el alimento y la curiosidad. Finalmente, optó por el pescado, pero antes de desaparecer entre los árboles, giró la cabeza como diciendo: Esto no ha terminado.

Al regresar a la cabaña, Gabriela modificó sus zapatillas: cosió tiras de cuero alrededor del tobillo para asegurarlas y frotó las suelas con una mezcla de ceniza y hierbas amargas que Eira le había enseñado. —Así no podrás llevártelas— murmuró, colgándolas fuera del alcance del zorro.

Pero el animal era tenaz. Esa noche, mientras Gabriela dormía, rascó la pared este de la cabaña, justo donde ella guardaba sus calcetines de repuesto. Al amanecer, encontró el revestimiento de madera astillado y marcas de dientes en una rendija.

Te daré tu propio tesoro— decidió, colocando un viejo guante relleno de sal y piel de pescado a cincuenta metros de la cabaña. El zorro lo encontró al cabo de una hora y se lo llevó a su madriguera, dejando en paz a Gabriela… por un tiempo.

Los días siguientes fueron de tregua incómoda. El zorro merodeaba cerca del guante-cebo, desconfiado pero intrigado. Gabriela lo observaba desde la ventana, estudiando sus patrones: visitaba al amanecer y al caer el sol, siempre siguiendo la misma ruta.

Una tarde, mientras tallaba un trozo de madera en forma de zorro, se atrevió a salir con ambas zapatillas bien atadas. El animal estaba allí, masticando una raíz. Al verla, se quedó quieto.

No soy tu enemiga— dijo, arrodillándose para dejar un trozo de pan duro en el suelo.

El zorro avanzó, olfateó el pan y lo rechazó. En cambio, se acercó a sus pies y rozó una zapatilla con el hocico. Gabriela contuvo la respiración, pero el cosquilleo fue mínimo: las hierbas amargas hacían efecto.

¿Satisfecho?— susurró.

El zorro se alejó, pero esa noche no rasguñó las paredes. Gabriela durmió con un calcetín extra bajo la almohada, por si acaso.

La cabaña crujió bajo el peso de la noche. Gabriela dormía en posición fetal, las zapatillas de piel de foca firmemente atadas, cuando un sonido líquido la sacó del sueño: clic, clic, clic. Entreabrió los ojos, confundiendo el ruido con ramas golpeando el techo. Hasta que una sombra se movió junto al fogón apagado.

El zorro había entrado por un agujero oculto tras el montón de leña, excavado durante semanas de rasguños metódicos. Ahora, con el hocico polvoriento, olfateaba el suelo en busca de sal. Gabriela contuvo la respiración, observando cómo el animal se acercaba a sus pies.

No— susurró, pero el zorro, embriagado por el olor, saltó sobre el colchón. Sus patas delanteras se posaron en su pantorrilla mientras la nariz fría exploraba los bordes de la zapatilla izquierda.

Gabriela se incorporó de golpe, agarrando una manta para ahuyentarlo. El zorro retrocedió, pero en lugar de huir, se encaramó a la mesa y derribó un frasco de hierbas secas. El ruido lo asustó, haciéndolo tropezar contra la pared. Fue entonces cuando Gabriela vio el agujero: un túnel del tamaño de un balón, excavado desde el exterior.

¡Astuto!— exclamó, bloqueando la entrada con una piedra mientras el zorro escapaba por donde había venido.

Al amanecer, inspeccionó el perímetro de la cabaña. El agujero partía de una grieta en los cimientos, escondida bajo un matorral de arándanos congelados. ¿Cuántas veces me espió sin que lo supiera?, pensó, imaginando esos ojos brillantes observándola dormir.

Esa tarde, reforzó los cimientos con piedras y barro, pero dejó un hueco pequeño cerca del arroyo: una trampa. Colocó dentro un calcetín viejo impregnado de sal y menta silvestre, esperando que el aroma desviara la atención del zorro.

Funcionó. Durante tres días, el animal se obsesionó con el calcetín-cebo, arrastrándolo por el bosque y enterrándolo en distintos lugares. Gabriela lo seguía a distancia, aprendiendo sus escondites. En uno de ellos, cerca de un abeto caído, encontró un «tesoro» de plumas, huesos de pescado y hasta un botón de su vieja chaqueta.

Eres un coleccionista— murmuró, dejando un trozo de tocino ahumado como intercambio.

El zorro comenzó a aceptar sus ofrendas. Una tarde, mientras Gabriela tallaba un cuenco de abedul, lo encontró sentado a diez metros de la cabaña, masticando el tocino. Al verla, no huyó.

¿Tregua?— preguntó, arrojándole una bola de musgo. El zorro la olfateó, jugueteó con ella y se marchó.

Pero la paz tenía condiciones. Esa noche, el animal volvió al agujero bloqueado, rascando la piedra con insistencia. Gabriela, en vez de gritar, abrió la ventana.

Aquí— dijo, dejando caer un puñado de semillas de girasol. El zorro las recogió y desapareció en la oscuridad.

A la mañana siguiente, las semillas estaban intactas, pero el calcetín-cebo había sido devuelto a la entrada. Retorcido, mordisqueado, pero íntegro.

¿Un acuerdo entre caballeros?— sonrió Gabriela, guardando el calcetín en su caja de herramientas.

El zorro nunca más entró a la cabaña. Pero cada atardecer, dejaba un regalo frente a la puerta: una pluma, una piedra brillante, una baya perfecta. Gabriela empezó a coleccionarlos en un frasco de vidrio. Eran pequeñas pruebas de que, incluso en el exilio, la vida encontraba formas de negociar.

Fue una noche de deshielo. Gabriela durmió con las zapatillas quitadas por primera vez, los pies hinchados tras horas de reparar el techo. El zorro, atraído por el fuerte olor a sal que emanaba de sus plantas sudorosas, se coló por el agujero que ahora usaba solo para entregar regalos.

La lengua áspera del animal rozó primero su talón derecho. Gabriela se retorció en sueños, confundiendo la sensación con un recuerdo lejano. Pero cuando el zroyo mordisqueó suavemente el arco plantar —un gesto instintivo para probar texturas—, su cuerpo reaccionó antes que su mente.

¡No, no, NO!— rió involuntariamente, despertando de un salto.

El zorro, asustado por el movimiento brusco, saltó hacia atrás pero tropezó con el frasco de regalos. Las plumas y piedras se esparcieron por el suelo mientras Gabriela rodaba de costado, conteniendo las carcajadas con una mano en la boca.

Tonto… ¡tonto animal!— jadeó, más sorprendida que enojada.

El zorro, en vez de huir, se sentó sobre sus patas traseras, observándola con la cabeza ladeada. Gabriela, aún jadeante, señaló la puerta abierta.

Sal. Ahora—.

Pero cuando el animal se acercó, fue para lamer rápidamente su dedo gordo antes de escapar. El cosquilleo, leve pero inesperado, le arrancó otra risotada.

¡Te voy a…!— comenzó a decir, pero se interrumpió. ¿En verdad iba a amenazar a un zorro por seguir su naturaleza?

Gabriela quedó sentada en el suelo, las risas convertidas en jadeos entrecortados. El zorro, detenido en la puerta, giró la cabeza con curiosidad al escuchar su voz temblorosa:

Ven…— susurró, extendiendo un pie descalzo.

El animal avanzó con cautela, orejas gachas, olfateando el aire cargado de sudor y resina. Cuando su lengua áspera tocó el borde del talón, Gabriela contuvo una nueva carcajada, mordiendo el puño de su camisa. El zroyo interpretó esto como una invitación.

¡Ay, no! ¡Ahí no!— rió forzadamente cuando la lengua se deslizó entre sus dedos. Su cuerpo se retorció, pero no retiró los pies. Era una paradoja: el mismo terror que la paralizaba años atrás ahora se mezclaba con una liberación absurda. Nadie me está grabando, pensó. Nadie gana.

El zorro, estimulado por las sacudidas de sus piernas, mordisqueó suavemente el arco plantar. Gabriela golpeó el suelo con ambas manos, ahogando risas en su garganta.

¡Basta…!— logró decir, pero el animal ya se detuvo, intrigado por una cicatriz en su tobillo. Gabriela aprovechó para sentarse, secándose las lágrimas con la manga.

¿Contento?— preguntó, señalando sus pies rojos por el frío y el cosquilleo.

El zorro respondió frotando su hocico contra la zapatilla abandonada, luego salió corriendo hacia el bosque. Gabriela no supo si reír o llorar. En vez de eso, envolvió sus pies en un paño húmedo y murmuró:

No fue él.

El zorro regresó al amanecer. Gabriela lo encontró husmeando alrededor de la pila de leña, sus fosas nasales palpando el aire cada vez que ella movía los pies dentro de las zapatillas. Había aprendido: ahora untaba las suelas con grasa de pescado mezclada con ajo silvestre, un truco de Eira para enmascarar olores. Pero el animal, testarudo, rascó la tierra donde ella había pisado horas antes, desenterrando un calcetín enterrado.

¿No te cansas?— gruñó, lanzando un trozo de corteza para ahuyentarlo.

El zorro esquivó el proyectil y se encaramó a un abeto cercano, observándola con la obstinación de un espía. Gabriela sintió su mirada en las plantas incluso dentro de la cabaña.

La obsesión del animal alcanzó niveles críticos una semana después. Gabriela despertó con un cosquilleo en el talón izquierdo: el zorro había arrastrado una de sus botas hasta el exterior y mordisqueaba la plantilla interior. Al salir a recuperarla, pisó un charco de barro helado. Al quitarse la bota para vaciarla, el zorro emergió de entre los arbustos.

¡No!— advirtió, pero fue inútil.

El animal saltó sobre su pie descalzo, lamiendo la planta con frenesí. Gabriela cayó de espaldas, las carcajadas retumbando en el valle.

¡Aléjate!— rió entre lágrimas, retorciéndose.

El zorro retrocedió, pero regresó una y otra vez, como si el sonido de su risa lo hipnotizara. Finalmente, Gabriela logró gatear hasta la cabaña, arrastrando la bota empapada.

Decidió negociar. Usando un trozo de arenque salado como señuelo, guió al zorro hasta una cueva a media colina. Dentro, dejó un «altar» con calcetines viejos y sal rocosa.

Aquí. Todo tuyo— dijo, bloqueando la entrada con una losa.

Pero el zorro, en vez de quedarse, siguió su rastro de regreso. Esa noche, mientras Gabriela hervía raíces para cenar, lo encontró sentado frente a la puerta con un hueso de reno en la boca. Un hueso que, reconoció con horror, provenía de la zona donde había visto las huellas de Lucas.

¿Dónde encontraste esto?— susurró, arrodillándose.

El zorro soltó el hueso y lamió su pantalón, buscando el rastro de sal en sus rodillas. Gabriela lo apartó, pero no antes de notar marcas de dientes humanos en el hueso. Alguien—o algo—había descarnado la presa con precisión quirúrgica.

Desde entonces, el zorro se convirtió en un termómetro de peligro. Si merodeaba cerca, Gabriela sabía que Lucas estaba lejos. Si desaparecía, era señal de que olores más fuertes—tabaco, gasolina, sudor ajeno—impregnaban el bosque.

Una tarde, tras días de ausencia del animal, encontró una de sus zapatillas destrozada junto al fiordo. No por dientes de zorro, sino por un cuchillo. Y dentro, una nota escrita en noruego:

«Alle fugler må lande» (Todos los pájaros deben aterrizar).

Gabriela no quemó la zapatilla. La usó como recordatorio: incluso en la nieve, las huellas llevan a casa. Esa noche, durmió con los pies desnudos y un hacha bajo la almohada. Si el zorro regresaba, sería bienvenido. Si era Lucas, tendría que reírse mientras luchaba.

Capítulo 2: El Aprendizaje de Lucas

El fiordo de Geiranger brillaba bajo un sol pálido cuando el barco de pesca atracó en el muelle. Lucas fue el último en bajar, sus botas militares resonando contra la madera podrida. Llevaba tres cosas en su mochila: un cuaderno de notas manchado de café, un estuche de pinceles de pelo de camello y una foto de Gabriela con los pies marcados en rojo donde era más sensible.

Klaus, el alemán, ajustaba su maletín de instrumentos mientras mascullaba:
Diese Kälte ist unnatürlich (Este frío es antinatural)—.

A su lado, Sigrid se frotaba los brazos. La joven sueca llevaba tobilleras de cuero bajo los pantalones, marcas rosadas que delataban semanas de pruebas.

¿Dónde empezamos?— preguntó Lucas en español, ignorando el escalofrío que le recorría la espalda.

Un hombre con cicatrices en los nudillos se acercó: —Jeg vet hvor hun er (Yo sé dónde está ella)—.

Mientras tanto, a quince kilómetros de distancia, Gabriela enterraba las últimas pruebas de su existencia. El zorro la observaba desde un risco, inmóvil como un centinela. Había dejado de traer regalos desde que apareció el hueso de reno con marcas humanas.

¿Los ves?— murmuró hacia el animal.

El zorro giró las orejas hacia el este, donde una bandada de cuervos levantó vuelo de repente. Gabriela apretó el mango del hacha.

Klaus había convertido una cabaña de cazadores en laboratorio. Sigrid yacía atada a una mesa de madera, los pies desnudos expuestos al aire helado.

Warum wehrst du dich noch? (¿Por qué sigues resistiéndote?)— preguntó mientras probaba un cepillo de cerdas de jabalí en su arco plantar.

Sigrid contuvo una risa convulsiva: —För att jag hatar er (Porque los odio)—.

Lucas observaba, tomando notas. Cada gemido, cada espasmo de Sigrid era un dato valioso. Cuando Klaus aplicó aceite de mentol para aumentar la sensibilidad, Lucas detuvo su mano:

Recreemos sus condiciones exactas—.

Sacó un frasco de la mochila: salvia noruega mezclada con resina de pino. El mismo aroma que ahora protegía a Gabriela.

El zorro apareció al anochecer, arrastrando algo entre los dientes: un guante negro de cuero. El mismo que Lucas usaba durante los interrogatorios.

Gabriela lo tomó con manos temblorosas. En el forro interior, encontró una mancha de sangre seca y tres pelos rubios. Sigrid.

Ya vienen— susurró.

El zorro lamió su tobillo, esta vez sin provocar risas. Ambos sabían: la tregua había terminado.

El viento helado silbaba entre las tablas de la cabaña que servía como laboratorio improvisado. Klaus había dispuesto sus instrumentos con precisión germánica: pinceles de diferentes grosores alineados en bandejas de acero, frascos con líquidos para aumentar la sensibilidad cutánea y un cronómetro para medir las reacciones.

Sigrid yacía atada a una silla de madera, sus pies -pálidos y delgados- asomaban bajo el ruedo de sus pantalones enrollados. Las marcas de las ataduras ya se veían rojizas en sus tobillos.

Var snäll och låt mig gå… (Por favor, déjenme ir…)— suplicó con la voz quebrada por horas de risa forzada.

Lucas ni siquiera levantó la vista de sus notas. En cambio, Klaus ajustó las correas y seleccionó una pluma de gaviota.

Zuerst testen wir die Reaktion auf natürliche Reize (Primero probaremos la reacción a estímulos naturales)— anunció, pasando la pluma por la planta del pie izquierdo de Sigrid.

La joven contuvo la respiración, pero su cuerpo traicionó la resistencia. Una risa aguda escapó de sus labios mientras intentaba retorcer los pies.

¡Sluta! ¡Snälla! (¡Basta! ¡Por favor!)— gritó entre lágrimas.

Lucas observó atentamente, tomando notas:
«Minuto 3:45 – Reacción más intensa en el arco medial. Similar a sujeto G.»

Mientras tanto, en otra habitación, el cazador noruego -Magnus- limpiaba su rifle mientras escuchaba las risas histéricas que venían del laboratorio.

Hva faen driver dere med der inne? (¿Qué diablos hacen ahí dentro?)— preguntó cuando Lucas salió a buscar más herramientas.

Ciencia— respondió lacónicamente el interrogador, mostrando el cuaderno lleno de diagramas de pies con zonas marcadas en rojo.

Magnus escupió al suelo.
Dere er syke i hodet (Están enfermos de la cabeza).

Lucas sonrió por primera vez en días.
Todos tenemos nuestros pasatiempos, Magnus. El tuyo es matar renos. El mío es entender por qué la gente ríe cuando debería gritar.

Dentro, Sigrid entraba en la fase crítica del experimento. Klaus había aplicado una crema a base de capsaicina para aumentar la sensibilidad.

Mein Gott! (¡Dios mío!)— exclamó cuando la joven comenzó a sacudirse violentamente al simple roce de un pincel.

Lucas regresó justo a tiempo para presenciar cómo Sigrid, en un arranque de desesperación, lograba liberar un pie y propinaba una patada que envió los frascos de cristal estrellándose contra la pared.

¡Idioten! (¡Idiotas!)— gritó Klaus, cubriéndose la cara de los vidrios rotos.

En ese momento de caos, Sigrid aprovechó para escabullirse hacia la puerta. Corrió descalza por la nieve, sus pies enrojecidos dejando marcas sangrantes en el hielo. Pero solo logró avanzar cien metros antes que Magnus la atrapara con facilidad.

Lille venn, du kommer til å fryse ihjel (Pequeña amiga, te vas a congelar)— dijo casi con lástima, cargándola en brazos como un fardo.

Esa noche, mientras vendaban sus pies con gasas ásperas, Sigrid escuchó la conversación clave:

El patrón de sensibilidad es idéntico— decía Lucas.
Aber ihre Toleranz ist geringer (Pero su tolerancia es menor)— respondió Klaus.
No importa. Mañana probaremos el protocolo completo. Si funciona con ella, funcionará con Gabriela.

Sigrid cerró los ojos, imaginando los pies de aquella mujer a la que nunca había visto pero con quien ahora compartía un destino. Mientras los hombres discutían, sus dedos encontraron un fragmento de vidrio escondido entre las vendas.

El fragmento de vidrio ardía entre los dedos de Sigrid mientras simulaba estar dormida. A través de sus pestañas entrecerradas, vio a Klaus preparar una jeringa con un líquido transparente.

Das wird ihre Nervenenden aktivieren (Esto activará sus terminaciones nerviosas)— explicó a Lucas, quien observaba con los brazos cruzados.

Sigrid contuvo la respiración cuando la aguja se acercó a su brazo. El pinchazo fue rápido, pero el efecto casi inmediato: una oleada de calor recorrió su piel, haciendo que cada poro se erizara.

Was fühlst du jetzt? (¿Qué sientes ahora?)— preguntó Klaus, pasando apenas la yema de su dedo por la palma de su mano.

Ah! N-nein! —Sigrid rió involuntariamente, retorciéndose—. Bitte nicht! (¡Por favor no!)

Lucas se inclinó, fascinado. «Sujeto S: incremento de sensibilidad en 80% según protocolo K-7» anotó meticulosamente.

Klaus comenzó el procedimiento sistemático:

  1. Pluma de águila real: Las barbas rígidas exploraron primero sus costillas, dibujando espirales que hicieron a Sigrid arquearse.
    Hahaha! NEJ! Sluta! (¡NO! ¡Basta!)— suplicó en sueco natal, las piernas pateando sin control.
  2. Pincel de pelo de camello: Klaus lo sumergió en agua tibia antes de aplicarlo entre los dedos de sus pies.
    AAAAH! D-det där… hahaha! —Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras intentaba cerrar los dedos.
  3. Aerógrafo dental: El aire comprimido en su ombligo provocó que se doblara por la cintura, las ataduras de cuero crujiendo.
    Jag kan inte… hahaha! (¡No puedo…!)

Lucas cronometraba cada reacción. Cuando Sigrid comenzó a hiperventilar, Klaus hizo una pausa.

Zu viel? (¿Demasiado?)— preguntó con genuina curiosidad científica.

Sigrid, jadeando, aprovechó para cortar sigilosamente una de las correas con el vidrio. Pero justo cuando lograba liberar una mano, Lucas notó el movimiento.

Parece que nuestra estudiante necesita… refuerzo— dijo, sacando un objeto de su bolsillo: un cepillo eléctrico de bebé con cerdas ultrasuaves.

El zumbido del aparato hizo que Sigrid palideciera.

Snälla… jag gör vad som helst! (Por favor… ¡haré lo que sea!)— suplicó, retrocediendo contra la mesa.

Lucas probó el cepillo primero en su propia muñeca, luego lo aplicó lentamente a la planta del pie derecho de Sigrid.

El efecto fue catastrófico para su resistencia.

AAAAHAHAHA! N-NEJ! DET… HAHAHA! —Se retorció como un pez fuera del agua, la risa incontrolable ahogando sus súplicas. Sus músculos abdominales ardían de tanto contraerse.

Klaus observó fascinado:
Sehen Sie? Die Reaktion ist perfekt (¿Ve? La reacción es perfecta).

Cuando finalmente apagaron el cepillo, Sigrid yacía exhausta, las trenzas rubias pegadas al rostro sudoroso. El fragmento de vidrio se había caído durante la convulsión, rodando hasta quedar al alcance de su mano nuevamente.

Morgen testen wir die Langzeiteffekte (Mañana probaremos los efectos a largo plazo)— anunció Klaus, limpiando sus instrumentos.

Lucas se inclinó para susurrar al oído de Sigrid:
Gabriela duró 47 minutos antes de hablar. A ti te haré llegar a una hora.

Mientras los hombres salían, Sigrid apretó el vidrio con determinación. Esa noche, mientras fingía dormir, trabajó silenciosamente en las ataduras. Las risas se habían acabado; ahora solo quedaba el sonido del cuero desgastándose milímetro a milímetro.

Sigrid, entre lágrimas y risas, juró vengarse.

El cuero de las ataduras cedió justo antes del amanecer. Sigrid se frotó los tobillos, marcados por profundos surcos rojos, mientras escuchaba los ronquidos de Klaus en la habitación contigua. El vidrio había dejado pequeños cortes en sus dedos, pero el dolor palidecía ante la quemazón que sentía en cada centímetro de su piel hipersensible.

Se arrastró hasta el escritorio donde Klaus guardaba sus instrumentos. Las manos le temblaban al tomar:

  1. El aerógrafo dental – aún cargado con aire comprimido
  2. Una jeringa con el resto del líquido sensibilizador
  3. Las llaves del jeep todoterreno

El plan se formó en su mente mientras observaba a Klaus durmiendo boca arriba, la boca abierta. Con movimientos felinos, se acercó y – en un giro irónico del destino – le aplicó el líquido en las plantas de sus propios pies descalzos que asomaban bajo la manta.

Klaus despertó con un sobresalto cuando el aerógrafo comenzó a recorrer sus costillas.

Was… H-HAHAHA! Sigrid! NEIN! HAHAHA! —Intentó levantarse, pero descubrió que Sigrid había atado sus tobillos al marco de la cama con las mismas correas de cuero.

Wie fühlt sich deine eigene Wissenschaft an? (¿Cómo se siente tu propia ciencia?)— preguntó Sigrid con una calma aterradora, alternando entre el aerógrafo y sus dedos expertos que bailaban sobre las axudas sudorosas del alemán.

Klaus se retorcía como un gusano, su cuerpo de 90 kg sacudiendo la cama.

BITTE! AUFHÖREN! (¡POR FAVOR! ¡DETENTE!)— Las carcajadas resonaban contra las paredes de madera.

Sigrid ajustó el flujo del aerógrafo.

Shh… el sujeto debe permanecer quieto para obtener datos precisos— susurró, imitando su tono clínico mientras el aire golpeaba su ombligo.

En la habitación vecina, Lucas se despertó por los sonidos. Al abrir la puerta, encontró a Sigrid sentada tranquilamente en el escritorio, escribiendo en el cuaderno de notas. Klaus yacía exhausto en la cama, todavía jadeando por las risas.

¿Qué diablos pasa aquí?

Sigrid alzó la vista, mostrando el cuaderno donde había escrito:

«*Sujeto K – Resultados finales:

  • Resistencia: 12 minutos
  • Punto débil: hueco poplíteo (detrás de rodillas)
  • Umbral de ruptura: llanto involuntario*»

Lucas palideció. En ese momento entendió que habían subestimado a su «conejillo de indias».

Vas a pagar por esto— amenazó, avanzando hacia ella.

Sigrid sonrió y pulsó el botón del walkie-talkie que había tomado de Magnus.

Hjälp! De håller på att döda mig! (¡Ayuda! ¡Me están matando!)— gritó en perfecto noruego, antes de arrojarlo por la ventana hacia el fiordo.

Las alarmas de la estación de guardacostas sonaron a lo lejos. Lucas maldijo y corrió hacia la ventana justo cuando las primeras luces azules aparecían en el horizonte.

Sigrid no esperó a ver el resultado. Corrió hacia el jeep, sus pies descalzos quemándose contra la nieve. Al arrancar el motor, vio por el espejo retrovisor cómo Lucas salía corriendo de la cabaña, llevando a rastras a un Klaus aún tembloroso.

El tanque estaba lleno. Sigrid pisó el acelerador rumbo a las montañas, siguiendo las coordenadas que había copiado del mapa de Lucas.

Alguien llamado Gabriela Montes la esperaba.

Capítulo 3: La Traición del Fiordo

El fiordo reflejaba un cielo plomizo cuando Gabriela se arrodilló en la orilla pedregosa, sumergiendo las manos en el agua helada. El zorro la observaba desde un risco cercano, inmóvil como un centinela. Hacía tres días que no le traía regalos, pero hoy había algo distinto en su actitud: orejas erguidas, mirada fija hacia el este.

¿Qué ves?— murmuró Gabriela, siguiendo su línea de visión.

Solo alcanzó a distinguir un destello entre los árboles —¿un rifle? ¿un prismático?— cuando una lengua áspera se deslizó entre sus dedos de los pies. El zorro ártico, aprovechando su distracción, lamía vorazmente las plantas de sus pies descalzos.

¡Joder!— gritó en español, perdiendo el equilibrio y cayendo de espaldas al fiordo.

El agua helada le cortó la respiración. Al emerger, tosiendo, vio al zorro alejarse corriendo con una de sus botas en el hocico. Pero no era juego: el animal tropezó al llegar al bosque, soltando el calzado cerca de una figura que esperaba entre los abetos. Eira.

La cabaña olía a humedad y menta silvestre cuando Gabriela regresó, tiritando. Eira estaba sentada en su banco de trabajo, pasando las cerdas de un cepillo de pelo de cabra entre sus dedos.

Du fryser (Estás congelada)— dijo, tendiéndole una manta que Gabriela rechazó con un gesto.

¿Le dijiste al cazador?— preguntó en un noruego roto, señalando las botas de montaña embarradas junto a la puerta —unas que no eran suyas—.

Eira bajó la mirada. El silencio fue respuesta suficiente.

Jeg vil bare hjelpe (Solo quiero ayudar)— mintió, lanzando el cepillo al suelo entre ellas.

Gabriela lo recogió con dedos entumecidos. Las cerdas, teñidas de grasa animal, le hicieron recordar los pinceles que usaba Lucas. Cuando alzó la vista, Eira ya tenía un cuchillo de cocina en la mano.

Ikke rør meg (No me toques)— advirtió Gabriela, retrocediendo.

Pero Eira no avanzó. En vez de eso, cortó las mangas de su propio suéter y las ató firmemente alrededor de sus tobillos, inmovilizándolos contra las patas del banco.

Hva i helvete? (¿Qué diablos?)— Gabriela forcejeó, demasiado lenta por la hipotermia incipiente.

Eira sacó algo de su mochila: un walkie-talkie militar.

De kommer snart (Vienen pronto)— dijo, encendiendo el dispositivo. Una voz masculina respondió en noruego: «Koordinater bekreftet» (Coordenadas confirmadas).

Fue entonces cuando Gabriela entendió. Eira no era solo una traidora: era carnada.

El cepillo de pelo de cabra recorrió primero sus arcos plantares con movimientos circulares. Gabriela apretó los dientes, pero el cosquilleo era insoportable.

Hahaha— NEI! Slutt! (¡NO! ¡Basta!)— Las risas brotaron como géiseres, mezclándose con la rabia.

Eira trabajó metódicamente:

  1. Dedos: Separó cada uno con firmeza, cepillando los espacios interdigitales.
  2. Talones: Usó el mango romo para presionar el tendón de Aquiles.
  3. Metatarso: Las cerdas bailaron sobre la zona más carnosa, donde Gabriela guardaba cicatrices invisibles.

Hvorfor?! (¿Por qué?!)— jadeó Gabriela entre carcajadas, las lágrimas congelándose en sus mejillas.

Eira detuvo el cepillo solo para mostrarle la pantalla del walkie-talkie. Una foto pixelada de Sigrid aparecía, con un mensaje: «Bytt tilbake» (Intercambio).

De har min søster (Tienen a mi hermana)— confesó, volviendo al cepillo con renovada desesperación.

El cepillo de crin de cabra recorrió una vez más las plantas desnudas de Gabriela, dibujando círculos perfectos desde el talón hasta la base de los dedos. Cada pasada era una agonía dulce, una tortura que hacía arquear su espalda contra el suelo de madera, las carcajadas brotando de su garganta como un manantial desbocado.

¡HAHAHA! ¡NO! ¡PARA!— suplicaba Gabriela entre risas ahogadas, los dedos de los pies retorciéndose en el aire como si pudieran escapar por sí solos.

Eira no se detenía. Sus dedos ágiles encontraron el punto exacto bajo los dedos gordos, donde la piel era más fina y sensible. Un simple roce allí hizo que Gabriela se sacudiera como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica.

¡POR FAVOR, EIRA! ¡HAHAHA! ¡NO PUEDO MÁS!— Las lágrimas le corrían por las mejillas, mezclándose con el sudor que le pegaba el cabello al rostro.

El cepillo descendió de nuevo, esta vez en rápidos zigzags que recorrían todo el largo de sus plantas. Gabriela intentó cerrar los pies, pero Eira los sujetó con firmeza, exponiendo cada centímetro de piel vulnerable.

¡AH! ¡NO AHÍ! ¡HAHAHA!— gritó cuando el cepillo se detuvo justo en el centro del arco, ese lugar maldito que la hacía perder el control por completo.

Sus músculos abdominales ardían, las piernas se movían sin coordinación, pataleando contra el aire como si pudieran alejar el tormento. El cosquilleo se convertía en una sensación abrasadora, un fuego que no quemaba pero consumía su resistencia gota a gota.

¡TE LO SUPLICO! ¡HAHAHA! ¡PARA! ¡NO PUEDO RESPIRAR!— jadeó Gabriela, la risa convirtiéndose en un sollozo entrecortado.

Pero Eira no mostraba piedad. Con una mano mantuvo el pie izquierdo inmovilizado mientras con la otra pasaba el cepillo una y otra vez, explorando cada pliegue, cada curva, cada milímetro de piel que hacía a Gabriela enloquecer.

¡DETENTE! ¡POR EL AMOR DE DIOS!— La voz de Gabriela se quebró, las carcajadas ahora intercaladas con gemidos de verdadera desesperación.

El zorro, que había estado observando desde la ventana, saltó al interior con un movimiento ágil. Sus ojos brillantes siguieron el movimiento del cepillo con curiosidad animal, como si tratara de entender el poder que ese simple objeto tenía sobre la humana.

Eira finalmente hizo una pausa, dejando que Gabriela recuperara el aliento durante unos segundos preciosos. Pero fue solo un respiro temporal.

Solo es el principio— susurró Eira, sacando de su bolsillo una pluma de ganso larga y flexible.

Los ojos de Gabriela se abrieron con terror puro.

No… no, por favor…— suplicó, arrastrándose hacia atrás hasta chocar contra la pared.

Pero no había escapatoria. La pluma descendió, ligera como una brisa, para dibujar lentos círculos alrededor de su tobillo primero, luego subiendo gradualmente hacia la planta del pie.

Gabriela estalló en una nueva ronda de carcajadas histéricas, el sonido rebotando en las paredes de la cabaña. Su cuerpo se sacudía incontrolablemente, los pies intentando en vano escapar del tormento.

¡HAHAHA! ¡NO PUEDO! ¡BASTA!— gritó, las palabras perdiéndose entre risas y jadeos.

El zorro, intrigado, se acercó y olfateó los dedos de Gabriela, su lengua áspera rozando por un instante la piel sensible.

¡NO TÚ TAMBIÉN!— chilló Gabriela, retorciéndose con nueva energía al sentir el contacto inesperado.

Eira aprovechó para intensificar el ataque, la pluma bailando ahora entre todos los dedos del pie derecho mientras su mano libre arañaba suavemente el arco del izquierdo.

Gabriela perdió todo control, su cuerpo convulsionando entre risas y súplicas, completamente a merced del cosquilleo implacable. En ese momento, no era una exiliada ni una luchadora, solo una mujer reducida a la más pura vulnerabilidad, riendo contra su voluntad mientras el tormento continuaba sin fin a la vista.

Fuera de la cabaña, las pisadas en la nieve se acercaban. El juego estaba por cambiar, pero por ahora, en ese instante congelado en el tiempo, solo existía el cepillo, la pluma, y las interminables cosquillas que hacían de Gabriela un títere de su propia risa.

Gabriela se encontraba arrinconada contra la pared de la cabaña, su espalda presionada contra la madera áspera mientras sus pies descalzos —su perdición— yacían completamente expuestos. Eira, con determinación fría en sus ojos, sujetaba firmemente su tobillo izquierdo mientras el cepillo de crin de cabra recorría cada milímetro de su planta en movimientos expertos.

¡HAHAHA! ¡NO, EIRA! ¡TE LO RUEGO!— Gabriela pataleaba, pero la fuerza de sus risas la debilitaba, convirtiendo sus intentos de escape en espasmos inútiles.

Fue entonces cuando el zorro ártico, ese compañero y traidor a ratos, se acercó con curiosidad al pie derecho de Gabriela. Su lengua áspera, diseñada para limpiar hasta el último rastro de sal de su pelaje, se deslizó de repente por el arco de su pie desnudo.

¡¡NOO!! ¡¡HAHAHA!! ¡¡LOS DOS NO!!— Gabriela gritó, los ojos desorbitados, sintiendo el doble ataque: el cepillo metódico de Eira en un pie, la lengua áspera y los pequeños mordiscos exploratorios del zorro en el otro.

Eira no se detuvo. Al contrario, aumentó la presión, alternando entre el cepillo y sus uñas, que arañaban suavemente justo debajo de los dedos.

¡¡AHH!! ¡¡AHÍ NO, POR FAVOR!!— Gabriela sacudió la cabeza, las lágrimas corriendo libremente por su rostro mientras su cuerpo se retorcía sin control.

El zorro, estimulado por sus movimientos, redobló sus esfuerzos. Mordisqueó suavemente el talón, luego lamió con insistencia la zona más carnosa de la planta, exactamente donde Gabriela era más sensible.

¡¡HAHAHA!! ¡¡PAREN!! ¡¡NO PUEDO MÁS!!— Su voz se quebró en un grito agudo cuando Eira, sin piedad, usó la punta del cepillo para concentrarse únicamente en los espacios entre sus dedos.

Gabriela intentó cerrar los pies, pero era inútil. Eira tenía un agarre férreo, y el zorro, ahora completamente interesado en esta nueva «presa», se apoyó con sus patas delanteras sobre su tobillo para alcanzar mejor.

¡¡SE VAN A LLEVAR A TU HERMANA DE TODAS FORMAS!!— jadeó Gabriela entre risas histéricas, intentando razonar con Eira. —¡¡ELLOS NUNCA CUMPLEN SUS PROMESAS!!

Eira dudó por un segundo, pero fue suficiente. El zorro, quizás aburrido de que Gabriela ya no se moviera tanto, le dio un último lametón largo desde el talón hasta los dedos antes de saltar hacia atrás.

Gabriela aprovechó ese instante de distracción para, con un movimiento brusco, liberar su pie derecho y patear el cepillo que Eira sostenía.

¡Basta ya!— gritó, esta vez sin risa en su voz.

El zorro, alerta, gruñó hacia la puerta. Fuera, se escucharon voces masculinas acercándose.

Eira palideció. —Han llegado antes de lo acordado— susurró.

Gabriela no esperó a ver quién entraba. Con una fuerza renovada por el pánico, empujó a Eira hacia un lado y se lanzó hacia la ventana trasera, saltando hacia la nieve fuera de la cabaña.

El zorro la siguió, dejando atrás a una Eira que ahora miraba con horror cómo Lucas entraba por la puerta principal, su sonrisa fría iluminada por la luz del fuego.

Veo que empezaron la fiesta sin mí— dijo Lucas, recogiendo el cepillo del suelo y pasándolo lentamente entre sus dedos.

Mientras tanto, Gabriela corría descalza por la nieve, el cosquilleo aún ardiendo en sus plantas, pero con un nuevo propósito: encontrar a Sigrid antes que Lucas.

El zorro corría a su lado, como si finalmente hubieran llegado a un entendimiento. Esta vez, no eran perseguidor y presa. Esta vez, eran aliados.

Capítulo 4: El Juego de los Tres

El bosque crujía bajo el peso de la nieve cuando Gabriela y el zorro encontraron a Sigrid. La joven sueca yacía semiconsciente contra un abeto, sus muñecas sangrando por las ataduras demasiado apretadas. Al oír los pasos de Gabriela, alzó la vista con ojos febriles.

Vienen…— logró articular en un español con acento nórdico antes de que un disparo de advertencia hiciera volar cortezas del árbol cercano.

Lucas emergió entre los pinos, seguido por Klaus con su cámara y Magnus arrastrando a Eira esposada. —Qué bonita reunión de pies sensibles— dijo Lucas en perfecto español, haciendo girar el pincel de pelo de reno entre sus dedos.

Klaus ajustó rápidamente el trípode mientras Magnus inmovilizaba a Gabriela contra un tronco caído. Las cuerdas de seda, finas pero irrompibles, ataron sus tobillos a las raíces expuestas, dejando sus pies descalzos completamente expuestos al aire helado. —¡Suéltame, maldito bastardo!— gritó Gabriela, escupiendo hacia Lucas con rabia pura en los ojos.

Lucas se arrodilló frente a sus pies desnudos, el pincel suspendido en el aire helado. —Aún recuerdo lo rápido que cantabas en Barcelona cuando trabajábamos en tus arcos plantares— susurró antes de dejar caer el pincel. Las cerdas suaves recorrieron primero el contorno de su pie derecho. —¡No! ¡No otra vez!— Gabriela apretó los puños, conteniendo las primeras risas. Pero cuando el pincel encontró ese punto exacto bajo los dedos, su resistencia se quebró: —¡JAJAJA! ¡PARA! ¡DIOS MÍO, PARA!

Klaus ajustó el zoom con mano experta, capturando cada espasmo, cada lágrima que rodaba por las mejillas de Gabriela. Lucas lanzó entonces un cepillo de dientes a Sigrid. —Muéstranos cómo lo harías— ordenó en inglés. Cuando Sigrid dudó, Lucas deslizó el pincel por su propio cuello. —¿O prefieres que Klaus use el aerógrafo en ti otra vez?— Sigrid, temblando como una hoja, se arrodilló frente a los pies de Gabriela. —Lo siento…— murmuró antes de usar el cepillo en pequeños círculos sobre sus talones.

¡NO! ¡TÚ NO! ¡HAHAHA!— Gabriela se retorció violentamente, las lágrimas mezclándose con la nieve derretida bajo su cuerpo. Eira, aún esposada, observaba la escena con horror, forcejeando contra sus ataduras.

El zorro, que había permanecido oculto entre los arbustos, saltó repentinamente sobre Klaus con precisión milimétrica. Sus garras derribaron la cámara mientras Eira, aprovechando la distracción, golpeó a Magnus en la ingle con sus pies atados y rodó hacia Sigrid. —¡Rápido!— jadeó Eira, mostrando sus muñecas esposadas. Sigrid no lo pensó dos veces: usó el cepillo dental roto para forzar la cerradura de las esposas. Gabriela, aún sintiendo el cosquilleo ardiente en sus plantas, logró liberar un pie de las ataduras y pateó a Lucas en la mandíbula con toda su fuerza.

¡CORRAN!— gritó Gabriela mientras ayudaba a Sigrid a levantarse. Las tres mujeres echaron a correr, guiadas por el zorro que zigzagueaba entre los árboles con destreza. Detrás de ellas, Klaus maldecía en alemán mientras recogía su equipo dañado, y Lucas se levantaba lentamente, limpiando sangre de su labio partido.

No importa— dijo Lucas con calma siniestra, sacando un pequeño localizador GPS de su bolsillo. —Llevo un rastreador en la sueca—.

A cierta distancia, detrás de una roca cubierta de musgo, Gabriela examinaba el tobillo izquierdo de Sigrid. Allí, bajo la piel pálida, un pequeño bulto delataba la presencia del dispositivo. El zorro, sentado junto a ellas, olfateaba el aire con inquietud, como si ya sintiera el peligro que se aproximaba.

El silencio se quebró de forma abrupta. Un estampido seco de rifle retumbó entre los árboles. Eira abrió los ojos con fuerza, su cuerpo girando en espiral antes de desplomarse sobre la nieve. Un charco carmesí se expandió bajo su hombro, tiñendo la blancura prístina.

¡EIRA!— gritó Gabriela, arrastrándose hacia ella. Sigrid se quedó inmóvil, las manos temblando frente a su boca.

¡Las quiero vivas, no muertas, idiotas!— la voz de Lucas llegó desde la espesura, lejana pero clara.

No había francotiradores visibles, solo el bosque impenetrable y el eco del disparo rebotando entre los troncos. Gabriela presionó su bufanda contra la herida de Eira, cuyos jadeos formaban nubes de vapor en el aire.

¿D-dónde…?— balbuceó Sigrid, mirando en todas direcciones.

El zorro, que hasta entonces había permanecido agazapado, salió disparado hacia los matorrales, su pelaje blanco desapareciendo entre la nieve como un fantasma. No hubo más rastro de él.

Tenemos que movernos— ordenó Gabriela, cargando el torso de Eira sobre sus hombros. La noruega gemía, consciente pero pálida.

Segundo disparo. Esta vez la bala levantó nieve a un metro de Sigrid.

¡Por ahí!— señaló Gabriela hacia una formación rocosa, arrastrando a Sigrid de la muñeca.

Corrieron sin mirar atrás, el viento arrastrando las palabras de Lucas: ¡Cuidado con los pies! ¡Las necesito intactas!.

La mancha roja en la nieve quedó atrás, junto al último rastro del zorro que alguna vez las guió.

La sangre seguía brotando entre los dedos de Gabriela, caliente y persistente, a pesar de la presión que ejercía sobre la herida de Eira. La noruega aferraba su mano con fuerza desesperada, sus labios azulados murmurando palabras en su idioma natal.

Hun… hun kommer ikke til å stoppe… (Ella… ella no va a parar…)— susurró Eira, mirando a Sigrid con ojos vidriosos.

Calla, guarda las fuerzas— imploró Gabriela, arrancando otra tira de su camisa para ajustar el torniquete. Pero la bala había rasgado una arteria. Lo supo por el ritmo de la sangre: constante, imparable.

Sigrid, en shock, acariciaba el pelo de Eira. —Vi må få henne til en lege (Tenemos que llevarla a un médico)— repetía como un mantra.

Un nuevo disparo levantó tierra cerca de ellas. Las voces de los hombres se acercaban, acompañadas por el crujido de walkie-talkies.

¡Aquí! ¡Hay rastros de sangre!— gritó Magnus en noruego.

Eira sacudió la cabeza débilmente. —La… mochila…— señaló con la barbilla hacia su bolso caído unos metros atrás. Gabriela lo alcanzó a rastras, encontrando dentro un mapa y una brújula manchados de sangre.

El túnel…— tosió Eira, señalando un punto marcado cerca del fiordo—. Gjem dere… (Escóndanse…).

Su cuerpo se desplomó entonces, los ojos fijos en el cielo plomizo. La mano que sostenía a Gabriela se aflojó, quedando pálida sobre la nieve roja.

¡No! ¡EIRA!— Sigrid sacudió su hombro, pero Gabriela la detuvo.

Se fue— dijo, cerrando los párpados de la joven con dedos temblorosos.

Los pasos estaban a menos de cien metros cuando Gabriela arrancó el mapa de las manos inertes de Eira. —Tenemos que irnos. Ahora—.

Sigrid se resistió, abrazando el cuerpo. —No podemos dejarla aquí… con ellos—.

Ella ya no está aquí— respondió Gabriela, arrastrándola con fuerza bruta. —¡CORRE!

Dejaron atrás el cadáver de Eira, su pelo rubio mezclándose con la nieve. Mientras huían, el eco de Lucas llegó hasta ellas:

¡Encontramos a la noruega! ¡Sigan el rastro de sangre!

Gabriela no miró atrás. Sigrid, entre hipos, corrió a su lado. El mapa las guió hacia un risco oculto, donde el viento borraba sus huellas. Cuando finalmente se detuvieron, el silencio era más doloroso que los disparos.

Fue por mí— susurró Sigrid, mirando sus manos manchadas de sangre ajena—. Si no me hubieran puesto ese maldito rastreador…

Gabriela tomó su rostro entre las manos. —Fue por todos nosotros. Y ahora vamos a asegurarnos de que no gane—.

En la distancia, una última ráfaga de viento llevó consigo el aullido de un lobo. O tal vez fue Lucas, jurando venganza. Pero Gabriela ya no temblaba. En el bolsillo de su parka, el mapa de Eira prometía un camino hacia la frontera. Y esta vez, no estaba sola.

Capítulo 5: El Escape

La noche envolvía el bosque de abetos en una oscuridad azulada. Gabriela y Sigrid corrían entre los árboles, sus pies hundiéndose en la nieve fresca. El gemido del viento ocultaba sus jadeos, pero no el eco lejano de Lucas dando órdenes a sus hombres.

¡Aquí!— Susurró Gabriela, arrastrando a Sigrid detrás de un tronco caído. Ambas se agacharon, los pulmones ardiendo.

Sigrid miró sus manos, aún temblorosas. —En el internado suizo…— comenzó, mascullando en español entrecortado—. Tenía doce años. Usaban plumas de pavo real durante los “castigos”. Me ataban a la silla del auditorio y…— Una convulsión de repulsión le recorrió el cuerpo.

Gabriela asintió en silencio, recordando sus propias sesiones con Lucas. —No eras la única— dijo, arrancando musgo para limpiar la sangre seca de sus tobillos.

Un crujido de ramas las paralizó. Entre los árboles, una manada de renos avanzaba lentamente, sus hocicos buscando líquenes bajo la nieve. El macho alfa levantó la cabeza, olfateando el aire.

No te muevas— contuvo la respiración Gabriela.

Pero un ejemplar joven se acercó curioso a Sigrid. Su lengua áspera y cálida rozó la planta de su pie descalzo —había perdido la bota al cruzar el arroyo—. Sigrid mordió su puño con fuerza, los ojos llenos de lágrimas mientras el cosquilleo la hacía retorcerse en silencio.

¡Shhh!— Gabriela le tapó la boca, notando cómo el reno lamía ahora la sal de su sudor acumulada entre los dedos.

Los gritos de Lucas resonaron más cerca: ¡Revisen los matorrales!.

Gabriela actuó rápido. Con ramas flexibles de abedul y raíces, creó una trampa sencilla:

  1. Trampa sonora: Ató piedras a una enredadera seca, lista para hacer ruido al ser pisada.
  2. Señuelo visual: Colgó su bufanda ensangrentada en una rama baja.
  3. Rastro falso: Caminó de espaldas junto al arroyo, dejando huellas que llevaban hacia un precipicio.

Mientras trabajaba, Sigrid contuvo al reno acariciando su pelaje, distrayéndolo de sus pies. El animal, satisfecho al encontrar una bolsa de salvia en su mochila, se alejó seguido por la manada.

¿Funcionará?— preguntó Sigrid, calzándose una media de lana agujereada que encontró en el bosque.

No necesita funcionar mucho tiempo— respondió Gabriela, señalando las luces de un refugio de montaña a kilómetro y medio—. Solo lo suficiente.

La persecución continuó hasta el amanecer. Lucas cayó en la trampa sonora, alertando a Gabriela cuando las piedras cayeron. Magnus siguió el rastro falso hasta el borde del acantilado, maldiciendo en noruego al descubrir el engaño.

¡Malditas brujas!— rugió Lucas al encontrar la bufanda colgada.

Mientras tanto, Gabriela y Sigrid alcanzaron el refugio. Dentro, encontraron provisiones y un radio antiguo. Sigrid, usando códigos que Eira le había enseñado, envió una señal de auxilio.

Ahora esperamos— dijo Gabriela, vendando los pies agrietados de Sigrid con trapos limpios.

Ellos seguirán buscando— susurró Sigrid, mirando hacia el bosque.

— asintió Gabriela, limpiando un cuchillo oxidado encontrado en una caja—. Pero ahora sabemos que los débiles no somos nosotras, sino ellos… dependen de nuestros miedos para sobrevivir.

En la distancia, un aullido de lobo se mezcló con el viento. Pero dentro del refugio, por primera vez, ninguna de las dos se estremeció.

Gabriela revolvió con urgencia en su mochila, sacando un pequeño transmisor de radio plegable que llevaba cosido en el forro desde sus días en Barcelona. El dispositivo, del tamaño de un teléfono móvil, tenía una etiqueta desgastada con las palabras «Frecuencia 122.5 – Código Vega-12».

¿Qué es eso?— preguntó Sigrid, vigilando por la ventana astillada del refugio.

Un salvavidas— respondió Gabriela, conectando el transmisor a una batería de linterna que encontró en un cajón. Sus dedos temblaban al ajustar la frecuencia. 122.5 MHz. La estática llenó la pequeña habitación.

Afuera, el viento aullaba, arrastrando voces lejanas. «¡Revisen el refugio!», ordenó alguien en noruego.

Apúrate— susurró Sigrid, agarrando un hacha oxidada de la pared.

Gabriela presionó el botón de transmisión. —¡Vega-12, repito, Vega-12! Coordenadas 61.8345° N, 8.6472° E. Refugio de cazadores en Jotunheimen. ¡Necesitamos extracción inmediata!

Silencio. Solo estática.

Klaus apareció en la colina cercana, prismáticos en mano. Sigrid se agachó bajo la ventana. —Nos han visto— dijo.

Gabriela intentó de nuevo, la voz quebrándose: —¡Vega-12, por favor respondan! ¡Es Gabriela Montes!

Una voz masculina con acento gallego cortó la estática: «Recibido, Gabriela. Mantengan posición. Equipo ETA 20 minutos. Repito, 20 minutos».

¡SÍ!— Gabriela golpeó la mesa con el puño, guardando rápidamente el transmisor. —Tienen un helicóptero en Trondheim. Vienen por nosotras—.

Sigrid señaló hacia fuera. Klaus y Magnus avanzaban cuesta arriba, rifles en mano. Lucas seguía detrás, el pincel de pelo de reno asomando de su bolsillo.

No llegarán en 20 minutos si nos encuentran antes— dijo Sigrid, desatornillando una tabla del suelo para usarla como escudo.

Gabriela tomó el cuchillo oxidado. —Entonces los retrasamos—.

Usaron todo en el refugio:

  • Derramaron queroseno frente a la puerta y lo encendieron cuando Magnus intentó derribarla.
  • Lanzaron latas de conservas vacías desde la ventana trasera, confundiendo a Klaus.
  • Sigrid usó un espejo roto para reflejar la luz de la luna hacia el bosque, simulando movimientos.

Lucas perdió la paciencia al minuto 15. —¡Sáquenlas de ahí aunque sea a rastras!

El sonido de rotores cortó el aire frío. Un helicóptero negro sin insignias apareció entre las nubes, lanzando una cuerda de rescate.

¡AHORA!— gritó Gabriela, empujando a Sigrid hacia la salida trasera.

Corrieron bajo el fuego de advertencia de los hombres de Lucas. Sigrid se aferró a la cuerda primero, sus pies descalzos colgando sobre el abismo.

¡Sube!— ordenó Gabriela, defendiendo la posición con el cuchillo mientras Klaus intentaba agarrarla.

Una mano desde el helicóptero la izó al aire. Desde arriba, vio a Lucas gritando maldiciones, el pincel de tortura clavado en la nieve donde ella estuvo segundos antes.

Epílogo: Las Huellas del Norte

El tiempo en las montañas noruegas cicatrizó heridas, pero no borró rastros. Sigrid cumplió su promesa: desde un pequeño pueblo costero, envió un dossier a Interpol con nombres, coordenadas y fotos de las «investigaciones» de Klaus. Pero cuando las autoridades allanaron el almacén de Bergen, solo encontraron ratas y cuadernos quemados.

Gabriela, por su parte, se esfumó como el humo de las hogueras sami. Aprendió a tejer calcetines de piel de reno con nudos que bloqueaban todo cosquilleo, y a caminar sobre la nieve sin dejar huellas profundas. Las mujeres sami le enseñaron a mezclar hierbas que adormecían la piel, aunque algunas noches, cuando el viento silbaba entre los abedules, aún se despertaba frotándose los arcos plantares.

En Oslo, Lucas vagaba por los muelles con un mapa lleno de cruces rojas. En su bolsillo guardaba el pincel noruego, ahora sin cerdas, y un mechón de pelo rubio que no era de Gabriela. Los cazadores locales murmuraban que hablaba solo, repitiendo coordenadas en español.

El zorro ártico fue visto por última vez cerca del fiordo de Geiranger, arrastrando una bufanda ensangrentada hasta el borde de un acantilado. Los niños del pueblo decían que saltó al vacío, pero los ancianos sami aseguraban que se transformó en guovssahas —la luz de la aurora boreal— para vigilar a quienes caminan entre dos mundos.

En cuanto a Gabriela, solo quedó un rumor entre los pastores de renos: una mujer de ojos verdes que reía al sentir el viento en los pies descalzos, pero cuyas plantas ya no temblaban. Cuando las tormentas azotaban las montañas, algunos juraban oír eco de carcajadas entre los riscos, mezcladas con el sonido de unas esposas rotas enterradas en la nieve.

Y en algún lugar, bajo la luz pálida de la luna, un diario con tapas de piel de reno esperaba. En su última página, una frase escrita en noruego y español:

«Los pies que aprenden a no sentir, ya han muerto. Los míos siguen vivos. – G.M.»

Fin

Original de Tickling Stories

 

 

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