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Desde que tengo uso de razón, siempre he sentido una fascinación por las cosquillas, especialmente en los pies de las mujeres. A lo largo de los años, he tenido la fortuna de trabajar como masajista profesional, y aunque jamás cruzo los límites de lo profesional, no puedo evitar sentir esa emoción interna al saber que muchas de mis clientas son extremadamente cosquillosas. Sin embargo, en mi trabajo, siempre priorizo la comodidad y el respeto.
Hace un par de días, recibí una llamada de una nueva clienta que quería agendar una sesión. Me sorprendió descubrir que se trataba de Mónica, una reconocida presentadora de noticias, de 40 años, rubia, alta, de 1,77 metros y con una figura esbelta de 60 kg. Me comentó que se sentía sumamente estresada por su trabajo y necesitaba relajarse. No lo dudé y llevé mi camilla portátil a su apartamento para brindarle la sesión.
Cuando llegué, Mónica me recibió con una sonrisa cálida y me mostró su estudio personal donde haríamos el masaje. Me dijo que se pondría más cómoda, y al poco tiempo salió vistiendo un bikini de dos piezas. Se veía impresionante, con su piel brillante y su cabello rubio cayendo en suaves ondas sobre sus hombros. Ella se recostó boca abajo en la camilla, y yo comencé el masaje aplicando aceite tibio en su espalda.
A medida que mis manos deslizaban por sus hombros, brazos y espalda, Mónica se relajaba cada vez más. Podía notar cómo su respiración se volvía lenta y profunda. Sin embargo, al masajear su cintura y costillas, no pude evitar notar cómo se tensaba ligeramente y, de repente, soltó una risa suave. La miré con curiosidad y le pregunté si estaba bien.
—Ay, perdón —me dijo entre risas—, ¡es que me da cosquillas en esa parte!
Yo, con una sonrisa profesional, me disculpé y continué con el masaje, asegurándole que trataría de ser más cuidadoso. Pero a decir verdad, no pude evitar sentir una chispa de emoción interna. No obstante, seguí trabajando sus músculos con firmeza, aunque de vez en cuando, al pasar por su cintura, sus risas salían sin que ella pudiera contenerlas.
Cuando bajé a masajear sus piernas, noté que Mónica seguía relajada… hasta que llegué detrás de sus rodillas y pantorrillas. Un nuevo estallido de risas llenó el cuarto.
—¡Sí, también ahí tengo cosquillas! —me confesó entre risas.
Me reí suavemente y continué, asegurándome de no prolongar demasiado esos toques para que no se sintiera incómoda. Luego, llegó el momento que había estado esperando con ansias: los pies. Vertí un poco de aceite en sus plantas y comencé a masajear lentamente. Al sentir mis dedos deslizándose por sus pies aceitadas, Mónica instintivamente se frotó un pie con el otro.
—¿Te duele? —le pregunté, tratando de mantenerme en el papel de masajista profesional.
—No, para nada, solo que… —rió un poco—, es que soy muy cosquillosa en los pies.
Mi corazón dio un vuelco. Intentando disimular mi emoción, deslicé mis dedos suavemente por las plantas de sus pies, justo en el arco, y su reacción fue inmediata: soltó una carcajada que resonó en la habitación.
—¡No puedo evitarlo! —dijo entre risas—. ¡Siempre he sido demasiado sensible en los pies!
Le pregunté si le molestaba, si prefería que parara, pero, para mi sorpresa, Mónica me miró con una sonrisa divertida.
—No, sigue, está bien —me dijo—, solo que me cuesta concentrarme porque me dan muchas cosquillas.
Me animé y le sugerí que aplicaría un poco más de presión para reducir la sensación, y ella me dio su aprobación. Así que, con una mezcla de profesionalismo y algo más, le hice una llave con un brazo, sujetando ambos pies, y con la mano libre comencé a hacerle cosquillas deliberadamente en sus plantas. Sus carcajadas resonaron aún más fuertes, y aunque sus pies se movían como locos intentando escapar, nunca me pidió que me detuviera.
—¡JAJAJAJA! ¡Dios mío, eso sí que cosquiiiiii…JAJAJAJA!
Le preguntaba entre risas si quería que parara, y ella simplemente me decía que no, que continuara. Parecía que, a pesar de lo hipercosquillosa que era, Mónica estaba disfrutando del momento. Me detuve un momento para descansar y para preguntarle directamente por qué no me había pedido que parara.
—Es que… —me dijo, aún jadeando por las risas—, aunque soy hipersensible, de alguna forma esto me está relajando. Nadie me había hecho cosquillas de esta forma antes, tan… respetuosa, y la verdad, me está encantando.
Eso fue todo lo que necesitaba escuchar. Le pedí que cambiara de posición y se sentara en un cómodo sofá del estudio. Desde allí, podía ver su rostro mientras le tomaba ambos pies nuevamente. Comencé a hacerle cosquillas en los arcos, en los talones, en las yemas de los dedos, y ella se revolcaba en el sofá entre carcajadas, sin dejar de sonreír ni un segundo.
—¡JAJAJAJA! ¡No puedo, no puedo… JAJAJA! ¡Pero sigue, por favor! —me decía mientras sus pies se movían sin control.
Fue un momento único, algo que jamás había imaginado experimentar en una sesión profesional. Y aunque al final ambos estábamos agotados, ella parecía completamente desestresada y feliz. Se despidió con una sonrisa brillante y me agradeció por ayudarla a relajarse de una forma tan… inusual.
Esa sesión con Mónica fue, sin duda, una experiencia que nunca olvidaré. A veces, las sorpresas más inesperadas surgen cuando menos lo esperamos, y en este caso, fue la risa la que nos unió en un momento de total relajación y disfrute.
Continuará…
Original de Tickling Stories
