Fascinación por las cosquillas (Parte 2)

Tiempo de lectura aprox: 4 minutos, 2 segundos

Llevo años como masajista profesional, y aunque he visto de todo, hay experiencias que realmente te marcan. La sesión con Silvia fue una de ellas. Silvia, una coach motivacional de 52 años, me contactó por WhatsApp para agendar una cita en su propio estudio. Me confesó de entrada que era extremadamente cosquillosa, y aunque intenté tranquilizarla asegurándole que sería cuidadoso, no imaginaba lo que vendría después.

Ya recostada en la camilla, comencé a masajear sus hombros y brazos. Cuando mis manos rozaron sus axilas por accidente, estalló en una risa incontrolable:

—¡JAJAJAJA, por favor! —dijo entre risas—. ¡Esa parte me hace demasiadas cosquillas!

A pesar de sus carcajadas, Silvia no me pidió que me detuviera, así que continué con el masaje, adaptándome a su sensibilidad. Pero lo más sorprendente llegó cuando pasé a trabajar sus pies.

—Carlos, te lo advierto… —me dijo con una sonrisa pícara—. Mis pies son increíblemente cosquillosos. No sé si podré soportar mucho.

Tomé nota, pero me mantuve en mi papel profesional. Silvia se recostó nuevamente, con los ojos cerrados y una expresión de relajación anticipada. Me dispuse a masajear sus pies con aceite, aplicándolo con movimientos suaves para preparar la piel. Sin embargo, desde el primer contacto en sus plantas, Silvia soltó un grito de risa:

—¡JAJAJAJAJA! ¡Oh, Dios! ¡Eso cosquillea demasiado!

Intenté aumentar un poco la presión para que sintiera más el masaje y menos las cosquillas, pero no funcionó. Cada vez que deslizaba mis dedos por el centro de sus plantas, justo en la zona del arco, Silvia comenzaba a carcajearse aún más fuerte, al punto de que su risa resonaba por toda la habitación.

—¡No, no, JAJAJAJA, ahí no, por favor! —decía entre carcajadas, pero no me pedía que parara.

Sus pies se movían como locos, tratando de escaparse de mis manos, así que tuve que sostenerlos con más firmeza. Usé mi antebrazo para inmovilizarle uno mientras mis dedos se enfocaban en el otro pie. Esto intensificó sus carcajadas:

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Dios, Carlos, no puedo! ¡No puedo! —gritaba mientras se retorcía en la camilla.

Noté que el punto más sensible era el centro del arco. Apenas pasaba la yema de mis dedos en movimientos lentos y precisos por esa área, ella perdía completamente el control. Su risa se volvía más aguda y desesperada:

—¡JAJAJAJAJA! ¡Por favor! ¡Ahí sí que no lo soporto!

Me aseguré de explorar todos los rincones de sus pies. Pasé mis dedos por los costados, acaricié las yemas de sus dedos, y jugué un poco con la base de cada uno. Cada técnica que aplicaba desencadenaba una reacción diferente en Silvia. Cuando me deslicé entre sus dedos, ella pegó un grito y empezó a reírse sin poder parar.

—¡No, no, entre los dedos no, JAJAJAJA! ¡Eso es lo peor!

Pero aun así, no me pidió que parara. Parecía estar disfrutando de la experiencia tanto como yo disfrutaba viéndola reírse a carcajadas. Decidí ser un poco más juguetón y utilicé la punta de mis dedos para hacerle cosquillas en los talones y el empeine. Silvia se retorcía en la camilla, con las lágrimas saliéndole de tanto reírse.

—Carlos… —jadeaba entre risas—, no puedo creer que siga disfrutando esto… ¡JAJAJAJA!

Tomé un pequeño descanso para que ambos pudiéramos recuperar el aliento. Silvia, con los ojos todavía brillando de las carcajadas, me miró con una sonrisa llena de diversión y alivio:

—No sé cómo lo haces, pero esas cosquillas en mis pies son adictivas —me confesó, aún respirando agitada—. No pensé que pudiera relajarme tanto entre risas.

—Bueno, ¿te gustaría que siguiera? —le pregunté, divertido.

—¡Claro que sí! —respondió sin dudarlo.

Volví a tomar sus pies, esta vez centrando mis dedos en sus puntos más sensibles. Silvia estalló en carcajadas otra vez, moviendo los pies con fuerza, pero yo los mantenía firmes. Sus risas llenaban el cuarto mientras seguía masajeando y haciendo cosquillas en sus hipersensibles plantas, y cada toque en el arco la llevaba al borde de la locura.

Después de tomarme un breve descanso para recuperar el aliento, noté que Silvia seguía sonriendo, aunque su respiración aún estaba agitada por la intensa sesión anterior. La miré directamente a los ojos y le pregunté:

—Entonces, ¿quieres que siga? —le dije con una sonrisa traviesa.

—¡Sí, sí, sigue! —respondió sin dudar, con una chispa en los ojos.

Sin pensarlo dos veces, tomé ambos pies nuevamente, esta vez con más determinación. Mis dedos se dirigieron directamente a los arcos, el punto que había descubierto como su mayor debilidad. Sostuve sus pies con firmeza, asegurándome de que no pudiera escaparse, y comencé a hacerle cosquillas sin piedad en el centro de sus plantas, justo en los arcos.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Dios mío, no ahí! ¡JAJAJAJA! —gritaba Silvia entre carcajadas incontrolables.

Sus risas se volvían más desesperadas, y su cuerpo se arqueaba en la camilla, intentando liberarse del torrente de cosquillas que le estaba provocando. Los dedos de mis manos se deslizaban en círculos, subiendo y bajando por sus arcos, concentrándome en esa piel hipersensible que la hacía perder la cabeza. Silvia estallaba en carcajadas cada vez más profundas, entremezcladas con jadeos, y no podía dejar de moverse.

—¡JAJAJAJAJA, por favor, Carlos! —suplicaba, aunque su tono no pedía que me detuviera, sino que continuara con aquella deliciosa tortura.

Con una mano sostuve sus tobillos con más firmeza, evitando que sus pies se movieran de un lado a otro. Con la otra, intensifiqué las cosquillas en sus arcos, deslizando mis dedos por esa zona con mayor rapidez. Cada vez que mis dedos rozaban el centro exacto de sus plantas, Silvia soltaba un grito seguido de carcajadas desesperadas:

—¡AHAHAHAHA NOOO! ¡AHÍ NO, POR FAVOR, JAJAJAJAJAJA!

Sus pies se retorcían como si tuvieran vida propia, pero yo no aflojaba. Mi objetivo era mantenerme en ese punto sensible, donde sabía que las cosquillas eran absolutamente insoportables para ella. La manera en que reía, con esos gritos agudos que se transformaban en carcajadas profundas, me confirmaba que estaba justo en su punto más débil.

Sus carcajadas llenaban la habitación, resonando con una mezcla de disfrute y desesperación. Aunque sus pies seguían tratando de zafarse, yo no los soltaba. Mi mano se deslizaba por sus arcos con precisión, asegurándome de que cada roce fuera lo suficientemente intenso para mantener sus carcajadas a tope.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA, NO PUEDO MÁS! ¡Me vas a matar de risa! —gritaba entre carcajadas, aunque sus palabras no tenían la más mínima intención de detener la sesión.

Seguí trabajando sus plantas durante varios minutos más, sin darle tregua, hasta que Silvia estaba completamente sin aliento, su rostro enrojecido por la risa y las lágrimas corriendo por sus mejillas. Finalmente, me detuve para dejarla respirar un poco, y ella me miró con una sonrisa entre jadeos:

—No sé cómo haces para que las cosquillas sean tan… adictivas —me dijo, todavía recuperando el aliento—. Pero, Dios, ¡cómo lo disfruté!

Fue uno de esos momentos en los que te das cuenta de que, a pesar de las carcajadas desesperadas y los intentos de escapar, Silvia realmente había disfrutado cada segundo de la sesión, quien al final me agradeció por lo que ella describió como “la sesión de masaje más divertida y relajante” que jamás había tenido.

Continuará…

Original de Tickling Stories

About Author