La Debilidad – Parte 1

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Astrid Maja Lindqvist tiene 45 años y nació en Bergen, en la costa oeste de Noruega, entre montañas que caen al mar y una lluvia que nunca parece terminar. Es hija única de una enfermera y un ingeniero naval. Creció en un apartamento luminoso con vistas al fiordo, en una familia pequeña, ordenada, silenciosa. No tuvo una infancia infeliz. Tampoco una infancia especialmente alegre. Fue una infancia correcta. Nada más.

Mide 1.69 metros. Pesa 57 kilos. Su complexión es delgada, de esas que no necesitan esfuerzo para mantenerse, pero que tampoco destacan por curvas ni por fuerza. Es una mujer de líneas rectas, de hombros estrechos, de piernas largas y manos finas. Camina erguida, sin prisa, con una elegancia sobria que no busca llamar la atención pero que la obtiene de todos modos.

Su piel es blanca pálida. Muy pálida. La piel de alguien que ha crecido lejos del sol, bajo cielos grises y abrigos de lana. Es una piel que se sonroja con facilidad, que marca las ojeras cuando duerme mal, que se ve suave al tacto incluso desde lejos. No tiene pecas. No tiene manchas. No tiene cicatrices visibles. Es una piel limpia, uniforme, casi de porcelana.

Su cabello es rubio cenizo. Corto, elegante, peinado siempre con una precisión que roza lo militar. Lo lleva por encima de los hombros, con un corte recto que le enmarca el rostro y le deja las orejas al descubierto. No usa flequillo. No usa tintes. No usa productos que no sean estrictamente necesarios. Su cabello es natural, sano, y lo mantiene así por disciplina más que por vanidad.

Sus ojos son azul grisáceo. Un azul que no es brillante ni cálido, sino profundo y tranquilo, como el mar del Norte en un día nublado. Son ojos que observan más de lo que hablan. Ojos que no se sorprenden con facilidad. Ojos que, cuando miran, parece que ya lo han visto todo. Tiene pestañas claras, cejas finas y bien definidas, y una mirada que no parpadea demasiado.

Viste de manera práctica y elegante. Prefiere los colores neutros: gris, negro, azul marino, blanco roto. Sus prendas favoritas son los trajes sastre, las blusas de seda, los pantalones de pinza, los abrigos largos de lana. No usa estampados llamativos. No usa joyas excesivas. No usa maquillaje recargado. Un poco de rímel, un labial nude, a veces nada. Su estilo es el de una mujer que sabe lo que le queda bien y no necesita experimentar. Es el estilo de alguien que ha aprendido a no llamar la atención, pero que, cuando entra a una habitación, todos la notan.

No es una mujer fría. Es una mujer reservada. Hay una diferencia. No es antipática. Es contenida. No es arrogante. Es segura. Habla poco, pero cuando habla, todos escuchan. No porque levante la voz, sino porque no necesita hacerlo. Tiene una presencia que no se impone, pero que no se ignora. Es la clase de mujer que se sienta en una mesa y, sin decir nada, marca el tono de la conversación.

Vive sola. Desde hace seis años, cuando se divorció. No tiene hijos. No los quiso tener. No es algo que lamente ni algo que celebre. Simplemente, no fue parte de su plan. Tiene un hermano menor, casado, con dos hijos a los que ve en cumpleaños y Navidad. No tiene una relación cercana con ellos. No es una mujer familiar. No es una mujer maternal. Y no le pesa.

Le gusta el silencio. Le gusta el orden. Le gusta el café negro, sin azúcar, por las mañanas. Le gusta leer antes de dormir. Le gustan los domingos tranquilos, sin planes, sin gente, sin ruido. Le gusta su apartamento en el centro de Oslo: luminoso, minimalista, impecable. Le gusta su vida tal como es. O eso se dice a sí misma.

Trabaja como directora de Recursos Humanos en una empresa petrolera noruega. Un cargo de poder, de responsabilidad, de decisiones difíciles. Despidos, contrataciones, conflictos, confidencialidad. Es buena en lo que hace. Muy buena. No porque le apasione, sino porque es competente. Y la competencia, para Astrid, es una forma de control.

No es una mujer que se ría mucho. No es que no tenga sentido del humor. Es que no lo demuestra. Sonríe poco. Se ríe menos. Cuando algo le parece gracioso, lo dice con una media sonrisa y un comentario seco. No es de carcajadas. No es de risas ruidosas. No es de perder la compostura. Nunca.

O casi nunca.

Astrid Maja Lindqvist tiene una debilidad. Una sola. No es el alcohol. No es el juego. No es el trabajo. No es el amor. Es algo más simple y más incómodo: tiene cosquillas. Muchas. Demasiadas. En casi todo el cuerpo, pero sobre todo en las plantas de los pies.

No es una hipersensibilidad exagerada de esas que se ven en los videos de internet, donde la gente grita y llora y se retuerce de forma teatral. No. Es algo real, cotidiano, casi molesto. Es la clase de cosquillas que aparecen sin avisar, en el momento menos pensado, y que la hacen reír cuando no quiere reírse. Es la clase de cosquillas que la hacen perder el hilo de lo que estaba diciendo, que la hacen encogerse de hombros, que la hacen apretar los dientes para no soltar una risa tonta.

Le pasa en el cuello. En las costillas. En la parte interna de los muslos. En los tobillos. Pero sobre todo en las plantas de los pies. Sobre todo en los arcos.

No sabe por qué. Nunca se lo ha preguntado demasiado. Simplemente es así. Ha sido así desde que tiene memoria. Y aunque mucha gente diría que tener cosquillas es divertido, que es una señal de sensibilidad, que es algo tierno, Astrid no lo vive así. Astrid odia las cosquillas.

Las odia porque no las controla. Porque aparecen cuando ella no quiere. Porque la hacen reír cuando no tiene ganas de reír. Porque la hacen sentir vulnerable en situaciones donde ella necesita sentirse firme. Porque son una reacción involuntaria de su cuerpo que no puede apagar con la razón.

No es que tenga un trauma. No es que alguien le haya hecho daño. No es que haya una historia trágica detrás. Es simplemente que no le gustan. Le parecen incómodas. Le parecen invasivas. Le parecen una pérdida de tiempo y de dignidad. Y cuando alguien intenta hacerle cosquillas, aunque sea en broma, aunque sea con cariño, ella siente una mezcla de vergüenza y de rabia que no puede explicar del todo.

Se ríe. Claro que se ríe. No puede evitarlo. Es una reacción física. Pero no es una risa de alegría. Es una risa nerviosa, entrecortada, casi dolorosa. Es una risa que le sale del cuerpo sin permiso y que la deja agotada, colorada, con ganas de que todo termine cuanto antes.

Y lo peor es cuando le pasa en los pies. Porque los pies son silenciosos. Los pies están ahí abajo, casi nunca se ven, casi nunca se tocan. Uno puede olvidarse de ellos. Pero basta con que alguien le roce un arco, aunque sea sin querer, aunque sea un segundo, para que Astrid sienta un cosquilleo que le sube por la pierna, le llega a la espalda y le escapa una risa que no puede contener.

No le pasa siempre. No le pasa con cualquiera. No le pasa si ella está preparada. Pero cuando le pasa, le pasa de verdad. Y Astrid, que a sus 45 años ha aprendido a manejar casi todo en la vida, todavía no ha aprendido a manejar esto.

No lo dice. No lo comenta. No lo explica. No es un tema del que hable con sus amigas, ni con su hermano, ni con nadie. No porque le dé vergüenza, exactamente. Sino porque no le encuentra sentido. ¿Cómo vas a explicar que tienes cosquillas y que las odias? ¿Cómo vas a decir que te ríes sin querer y que eso te enfurece? ¿Cómo vas a contar que la planta de tus pies es tu punto más débil, que basta un roce para desarmarte, sin que suene raro, sin que suene a confesión, sin que suene a excusa?

Así que no lo cuenta. Simplemente vive con ello. Y cuando alguien, por accidente o por broma, le toca los pies, ella se ríe, se aparta, recupera la compostura y sigue como si nada. Pero por dentro, siempre, hay una vocecita que dice: «Otra vez. Otra vez no.»

Astrid odia las cosquillas. Y las cosquillas, al parecer, no la odian a ella.

De todo lo que odia de las cosquillas, hay algo que odia más que nada. No es la risa. No es la vergüenza. No es la pérdida de compostura. Es el desespero.

Es esa sensación de estar atrapada en su propio cuerpo, de sentir que alguien le rasga las plantas de los pies con los dedos, con las uñas, con la yema, con lo que sea, y que no importa cuánto se ría, no importa cuánto suplique, no importa cuánto diga «ya basta», «por favor», «no más», la otra persona no para.

Astrid se ríe. Claro que se ríe. No puede evitarlo. Es una reacción física, involuntaria, casi animal. Se ríe fuerte, se retuerce, encoge las piernas, intenta apartar los pies, se agarra de lo que tenga a mano, se muerde el labio, cierra los ojos, respira hondo. Pero nada funciona. La risa sigue saliendo. Y el cosquilleo sigue ahí, en la planta, en el arco, en los dedos, subiendo por la pierna, instalándose en el pecho, haciéndole perder el aire.

Y mientras se ríe, suplica.

—Ya… ya basta… por favor…

Pero no paran.

—En serio… no… no más…

Pero no paran.

—¡Por favor! ¡Ya!

Y no paran.

Eso es lo que más rabia le da. No las cosquillas en sí. No la risa. No el cosquilleo. Es que la otra persona no para cuando ella se lo pide. Es que la otra persona se ríe también, se divierte, lo encuentra gracioso, y sigue. Y sigue. Y sigue. Como si el hecho de que ella se ría fuera una invitación a continuar. Como si su risa fuera un permiso. Como si su «no» no significara nada.

Astrid no es una mujer que suplica. No es una mujer que pide por favor. No es una mujer que se retuerce. En su vida diaria, en su trabajo, en su casa, Astrid es la que decide, la que ordena, la que dice «basta» y todos paran. Es la que tiene el control. Es la que marca los límites. Es la que no se doblega.

Pero cuando alguien le rasga las plantas de los pies, todo eso se rompe. Se convierte en alguien que se ríe sin querer, que suplica sin querer, que pierde el control sin querer. Y lo peor no es perder el control. Lo peor es que la otra persona lo vea. Lo peor es que la otra persona disfrute. Lo peor es que la otra persona no pare.

Hay algo en ese «no parar» que le recuerda a Astrid todas las veces en que, en su vida, alguien no la escuchó. No tiene un trauma. No tiene una historia terrible. Pero todos, en algún momento, hemos sentido que no nos escuchan. Que decimos «no» y el otro sigue. Que pedimos «basta» y el otro se ríe. Que ponemos un límite y el otro lo cruza como si nada. Astrid ha sentido eso. No muchas veces. Pero lo ha sentido. Y las cosquillas, cuando alguien no para, le recuerdan exactamente eso: que hay personas que no respetan el «no». Que hay personas que confunden la risa con el consentimiento. Que hay personas que, aunque les digas que paren, siguen.

Por eso odia las cosquillas. No por la risa. No por el cosquilleo. Por el desespero. Por la impotencia. Por sentir que su voz no sirve de nada. Por sentir que, aunque suplique, aunque grite, aunque se retuerza, la otra persona va a seguir. Porque le parece divertido. Porque le parece tierno. Porque le parece que una mujer que se ríe no puede estar sufriendo.

Pero Astrid no se está divirtiendo. Astrid está sufriendo. Y cuando finalmente la otra persona para, ella se queda en silencio. Colorada. Agotada. Con una rabia que no sabe dónde poner. Y con una pregunta que no dice en voz alta: «¿Por qué no paraste cuando te lo pedí?»

Astrid tiene 45 años. Lleva seis viviendo sola. Se divorció a los 39. Y aunque ha tenido citas esporádicas, ninguna ha pasado de la tercera o cuarta salida. No porque no pueda. Sino porque no quiere. O porque no encuentra a alguien que le interese lo suficiente. O porque, en el fondo, prefiere estar sola. Eso se dice a sí misma. Y casi siempre se lo cree.

Pero hay un recuerdo que vuelve cada tanto. No es un recuerdo bonito. No es un recuerdo romántico. Es un recuerdo que le da rabia. Un recuerdo que la hace apretar los dientes. Un recuerdo que ocurrió hace tres años, cuando tenía 42, con un hombre que conoció en una cena de trabajo. Un hombre que, en su momento, le pareció interesante. Alto, tranquilo, con una sonrisa fácil y una conversación que no la aburría. Se llamaba Henrik. Noruego, como ella. Divorciado también. Sin hijos. Con una vida ordenada y una casa en las afueras de Oslo.

Salieron unas cuantas veces. Cenas, cafés, una caminata por el fiordo. Nada serio. Nada profundo. Pero lo suficiente para que Astrid se sintiera, por primera vez en mucho tiempo, cómoda con alguien. No enamorada. Cómoda. Que ya era bastante.

Una noche, Henrik la invitó a su casa. Cena, vino, música suave. Astrid aceptó. No porque esperara algo en particular, sino porque le apetecía. Estaba cansada de llegar a su apartamento vacío, de cenar sola, de ver las noticias y quedarse dormida en el sofá. Quería compañía. Quería algo distinto. Quería, aunque no lo dijera en voz alta, sentirse viva.

La cena estuvo bien. El vino estuvo mejor. La conversación fluyó. Y en algún momento, después de la segunda copa, Henrik se acercó. La besó. Ella lo dejó. Luego se sentaron en el sofá, y él le puso una mano en la rodilla. Astrid no se apartó. Estaba cómoda. Estaba tranquila. Estaba, por primera vez en mucho tiempo, dejándose llevar.

Y entonces Henrik le agarró un pie.

No fue algo brusco. No fue algo violento. Fue un gesto juguetón. Le quitó el zapato, sin pedir permiso, con una sonrisa. «¿Puedo?» Y ella, sorprendida, no supo qué decir. No dijo que no. No dijo que sí. Solo se quedó mirándolo, con el pie en el aire, descalzo, vulnerable. Henrik le acarició la planta con los dedos. Suave. Juguetón. Y Astrid sintió el cosquilleo. Ese cosquilleo que odiaba. Ese cosquilleo que le subía por la pierna. Y se rió. Una risa corta, nerviosa, involuntaria.

—No… —dijo, apartando el pie.

Pero Henrik no paró. Se rió también. «¿Tienes cosquillas?» Y le volvió a agarrar el pie. Esta vez con las dos manos. Y le raspó la planta con los dedos. Fuerte. Rápido. Sin piedad.

Astrid estalló.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡No! ¡No, Henrik, no! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Se retorció en el sofá. Encogió las piernas. Movió los pies de un lado a otro, como si quisiera escapar, pero él los seguía. Los agarraba con firmeza. Le raspaba los arcos. Le hacía círculos con los pulgares. Le pasaba las uñas por debajo de los dedos. Y Astrid se reía. Se reía sin poder parar. Se reía con una risa que no era suya. Se reía con una risa que odiaba. Se reía con una risa que le dolía en el pecho.

—JAJAJAJAJAJAJA… ¡Por favor! ¡Por favor, para! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Pero Henrik no paraba.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡En serio! ¡Ya! ¡YA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Y él seguía. Se reía también. Se divertía. Le parecía gracioso. Le parecía tierno. Le parecía que una mujer que se reía así no podía estar sufriendo. Así que seguía. Le raspaba las plantas con más fuerza. Le agarraba los tobillos para que no moviera los pies. Le pasaba los dedos por los arcos, una y otra vez, sin descanso.

Astrid arrugaba las plantas. Las apretaba. Las tensaba. Intentaba hacer fuerza con los dedos de los pies, como si eso pudiera detener el cosquilleo. Pero no podía. El cosquilleo era más fuerte. Le subía por las piernas. Le llegaba a la espalda. Le hacía arquear el cuerpo. Le hacía soltar carcajadas que no podía controlar.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡NO! ¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Movía los pies con desesperación. Los giraba. Los levantaba. Los bajaba. Los apretaba contra el sofá. Pero Henrik los seguía. Los agarraba. Los sostenía. Y seguía raspando. Seguía haciendo cosquillas. Seguía sin parar.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡HENRIK, POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Y Henrik, con una sonrisa, le dijo:

—Pero si te estás riendo. Si te gusta.

Astrid sintió una rabia que no había sentido en mucho tiempo. Una rabia que le subió por la garganta. Una rabia que le tapó la risa por un segundo. Una rabia que le hizo gritar:

—¡NO ME GUSTA! ¡PARA!

Henrik paró. La miró. Sonrió. «Está bien, está bien.» Le soltó los pies. Astrid se sentó en el sofá. Se arregló la blusa. Se pasó una mano por el pelo. Estaba colorada. Le temblaban las piernas. Le dolía el pecho de tanto reír. Y lo miraba a él con una mezcla de vergüenza y de odio.

Henrik se rió. «No sabía que tenías cosquillas. Es tierno.»

Astrid no dijo nada. Se levantó. Buscó su zapato. Se lo puso. Se fue.

No hubo segunda cita. No hubo llamada. No hubo mensaje. Astrid borró su número. Y durante semanas, cada vez que pensaba en él, sentía la misma rabia. No por las cosquillas. No por la risa. Porque él no paró. Porque él confundió su risa con consentimiento. Porque él siguió aunque ella le pidió que parara. Porque él se divirtió mientras ella sufría.

Eso es lo que más odia Astrid de las cosquillas. No la sensación. No la risa. El desespero. La impotencia. Sentir que su voz no sirve de nada. Sentir que, aunque suplique, aunque grite, aunque se retuerza, la otra persona va a seguir. Porque le parece divertido. Porque le parece tierno. Porque le parece que una mujer que se ríe no puede estar sufriendo.

Pero Astrid no se estaba divirtiendo. Astrid estaba sufriendo. Y Henrik no paró. Y eso, tres años después, Astrid no lo ha perdonado. Ni lo perdonará.

Hay un recuerdo que le vuelve cada tanto. Un compañero de trabajo, en una fiesta de empresa, se creyó gracioso. Le metió los dedos en la axila mientras ella sostenía una copa. Astrid soltó la copa. Se rompió. El vino tinto salpicó su blusa blanca. Todos miraron. Ella se rió. No pudo evitarlo. Se rió con la axila apretada contra el costado, intentando escapar, pero el tipo seguía. Le metía los dedos más adentro. Le hacía cosquillas con las uñas. Astrid se dobló. Se rió. Se rió hasta que le dolieron las costillas. Hasta que se le saltaron las lágrimas. Hasta que su jefe tuvo que decirle al tipo que parara. El tipo se rió. «Es solo una broma.» Astrid no lo miró. Se fue al baño. Se limpió la blusa. Y esa noche, en su casa, se prometió que nunca más se pondría blusa blanca en una fiesta de empresa.

Otra vez, una masajista. De esas que van a domicilio. Astrid contrató una sesión para relajarse. La mujer empezó por la espalda. Bien. Luego bajó a las costillas. Y le hizo cosquillas. Sin querer, según ella. Pero Astrid sintió el cosquilleo. Y se rió. Y la mujer se rió también. «Ay, perdón.» Y siguió. Pero cada vez que le rozaba las costillas, Astrid se reía. Y la mujer seguía rozando. Y Astrid seguía riéndose. Hasta que la mujer dijo: «Es que tienes las costillas muy sensibles.» Y Astrid dijo: «Ya. Por favor, salta esa zona.» Y la mujer saltó la zona. Pero ya era tarde. Astrid estaba colorada. Estaba tensa. Estaba harta. Y el masaje, a partir de ahí, no sirvió para nada.

Una cita. Un hombre que le gustaba. En su apartamento. Viendo una película. Él le puso la mano en la barriga. Ella no dijo nada. Luego le hizo cosquillas. Suave. Juguetón. Astrid se rió. Corto. Nervioso. «No hagas eso.» Él siguió. «¿Por qué? Si te ríes.» Astrid le apartó la mano. «Porque no me gusta.» Él se rió. «Nadie odia las cosquillas.» Y le volvió a poner la mano. Y le hizo cosquillas otra vez. Astrid se rió. Se retorció. Le apartó la mano. Él insistió. Ella se levantó. «Me voy a dormir.» Él se quedó en el sofá. No hubo segunda cita.

Un hombre que conoció en un bar. Bien parecido. Educado. Conversación interesante. La invitó a su casa. Astrid aceptó. Una cosa llevó a la otra. Terminaron en la cama. Él empezó a besarle el cuello. Las clavículas. El pecho. La barriga. Y luego bajó a los pies. Le besó los tobillos. Los empeines. Los dedos. Uno por uno. Se los metió en la boca. Se los chupó. Les pasó la lengua por debajo. Astrid sintió el cosquilleo. Se rió. «No…» Él no paró. Le chupó los arcos. Le lamió las plantas. Le pasó la lengua entre los dedos. Astrid se retorció. Se rió. Se rió fuerte. Se rió tanto que le dolía el estómago. «JAJAJAJAJAJAJA… ¡Para! ¡Por favor!» Él levantó la cabeza. Sonrió. «¿No te gusta?» Astrid negó con la cabeza. Él volvió a bajar. Le chupó el talón. Le lamió el arco. Le metió la lengua entre los dedos. Astrid gritó. Se rió. Pataleó. Movió los pies. Arrugó las plantas. Él los agarraba con fuerza. No la dejaba escapar. «JAJAJAJAJAJAJA… ¡Basta! ¡BASTA!» Él no paró. Siguió. Cinco minutos. Diez. Astrid perdió la cuenta. Solo sabía que se reía. Que suplicaba. Que él no paraba. Cuando finalmente terminó, Astrid se vistió. Se fue. No dijo nada. No lo miró. No volvió a verlo. Pero durante semanas, cada vez que pensaba en él, sentía la misma rabia. No por lo que hizo. Porque no paró. Porque confundió su risa con permiso. Porque disfrutó viéndola perder el control.

Una pedicurista. En un salón de lujo. Astrid fue a hacerse las uñas. La pedicurista empezó a trabajar. Le tocó los dedos. Le pasó la lima. Le cortó las cutículas. Y en un momento, sin querer, le rozó la planta con la lima. Astrid se rió. Corto. La pedicurista se rió también. «Ay, perdón.» Y siguió. Pero cada vez que le tocaba los dedos, Astrid se reía. Y la pedicurista seguía tocando. Y Astrid seguía riéndose. Hasta que la pedicurista dijo: «Tienes los pies muy sensibles.» Y Astrid dijo: «Ya. Por favor, termina rápido.» Y la pedicurista terminó rápido. Pero Astrid se quedó con la rabia. Con las ganas de levantarse y irse. Con la vergüenza de haberse reído delante de otras clientas. Con la certeza de que nunca más volvería a ese salón.

Astrid salió de la sala de reuniones con la carpeta bajo el brazo y la mirada fija en el pasillo. Al fondo, junto a los ascensores, un niño de unos diez años corría de un lado a otro, esquivando a los empleados que salían de sus cubiculos. Llevaba una sudadera gris, unos tenis con los cordones desatados y el pelo rubio revuelto. Se deslizaba por el suelo pulido como si fuera una pista de hielo. Un operador lo siguió unos pasos, pero el niño se metió entre las piernas de una secretaria y desapareció detrás de una columna.

Astrid lo observó un segundo. No era su problema. No era su hijo. No era su responsabilidad. Pero la empresa era suya en la práctica, al menos en lo que a personal se refería, y un niño corriendo por los pasillos de una petrolera no era exactamente la imagen que quería proyectar. Además, alguien podía tropezar. Alguien podía caerse. Y ella tendría que llenar un informe.

Se acercó a los operadores que estaban en la recepción del piso, dos hombres con radios y chalecos reflectantes que miraban al niño sin saber muy bien qué hacer.

—¿De quién es? —preguntó Astrid.

—Del técnico de mantenimiento —dijo uno—. El que está revisando los conductos del sótano. Lo trajo porque no tenía con quién dejarlo. Dice que sale en unas cinco horas.

Astrid miró al niño. El niño la miró a ella. Tenía los ojos claros, las mejillas coloradas y una sonrisa de esas que no prometen nada bueno.

—Yo me lo llevo —dijo Astrid.

Los operadores no dijeron nada. No la contradijeron. Nadie contradecía a Astrid cuando usaba ese tono.

La tomó del brazo. No con brusquedad, pero sí con firmeza. El niño no opuso resistencia. La siguió hasta el ascensor. Subieron al quinto piso. El pasillo estaba en silencio. Alfombra gris, luces tenues, puertas cerradas. La oficina de Astrid quedaba al final. Una puerta doble, de madera oscura, con su nombre grabado en una placa de metal.

Abrió. Entraron. El niño miró alrededor. La oficina era grande. Un escritorio inmenso, de esos que ocupan media sala. Una pared entera de ventanales con los blackouts bajados. Un sofá de cuero negro en una esquina. Una mesa de reuniones pequeña. Estanterías con carpetas. Nada personal. Nada que indicara que alguien pasaba allí diez horas al día.

Astrid cerró la puerta. La oficina era insonorizada. No se oía nada del exterior. Ni pasos, ni voces, ni teléfonos.

—Siéntate ahí —dijo, señalando el sofá.

El niño se sentó. Se dejó caer, más bien. Con las piernas abiertas y los brazos cruzados.

—Si tienes hambre, hay una máquina en el pasillo. Pero no salgas de aquí. ¿Entendido?

El niño asintió.

—Tu padre vendrá a buscarte cuando termine. Hasta entonces, te quedas aquí. Quieto. Sin tocar nada.

El niño volvió a asentir.

Astrid lo miró un momento más. Parecía tranquilo. Parecía obediente. Parecía, incluso, un niño normal. Se sentó en su silla. Abrió la carpeta. Empezó a trabajar.

El niño se quedó quieto unos cinco minutos. Quizás diez. Astrid pasó una página. Firmó un documento. Marcó algo en el calendario. El niño la miraba desde el sofá con esa curiosidad silenciosa de los niños que no saben quedarse quietos pero que, por alguna razón, han decidido portarse bien.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el niño.

Astrid levantó la vista. Lo miró por encima de las gafas.

—Astrid.

—¿Astrid qué?

—Astrid Maja Lindqvist.

El niño repitió el nombre en voz baja, como si lo probara.

—Yo me llamo Leo.

Astrid asintió. Volvió a su documento.

—¿Y qué haces aquí? —insistió Leo.

—Trabajo.

—¿En qué?

—En recursos humanos.

Leo frunció el ceño.

—¿Y eso qué es?

Astrid dejó el bolígrafo sobre la mesa. Lo miró. El niño no tenía mala intención. Solo curioso.

—Me encargo de que las personas que trabajan aquí estén bien. De contratarlas, de ayudarlas, de escucharlas.

—¿Y te gusta?

Astrid se lo pensó un segundo.

—Es mi trabajo.

Leo asintió, como si eso respondiera algo. Se estiró en el sofá. Miró el techo. Miró las estanterías. Miró a Astrid otra vez.

—Yo estoy de vacaciones —dijo.

—Ya veo.

—Mi papá me trajo porque no tengo con quién quedarme. Mi mamá está de viaje.

Astrid no preguntó más. No era su asunto.

—¿Y cuántos años tienes? —preguntó Leo.

—Cuarenta y cinco.

—¿Y yo?

Astrid lo miró. Casi se rió. Casi.

—No sé. ¿Cuántos tienes?

—Diez.

—Entonces tienes diez.

Leo se rió. Una risa corta, infantil, sin maldad.

—¿Y tú vives aquí?

—No. Vivo en un apartamento. Cerca del puerto.

—¿Y por qué trabajas tanto?

Astrid no respondió de inmediato. Porque la pregunta era más directa de lo que esperaba.

—Porque me gusta tener las cosas en orden.

Leo no entendió del todo. Pero asintió igual.

Se quedó callado otro rato. Miraba la oficina. Los ventanales con los blackouts bajados. El escritorio enorme. La puerta cerrada. La alfombra gris. Todo era silencioso. Todo era tranquilo. Todo era aburrido.

—¿Tienes hambre? —preguntó Astrid, sin levantar la vista.

—Un poco.

—Hay una máquina en el pasillo. Pero no salgas de aquí. Te traigo lo que quieras.

Leo se incorporó en el sofá.

—¿Hay chocolate?

—Creo que sí.

—¿Y papas fritas?

—Puede ser.

—¿Y jugo?

—También.

Leo sonrió. Por primera vez desde que había entrado a la oficina, sonrió de verdad.

—Entonces quiero chocolate, papas y jugo.

Astrid se levantó. Salió al pasillo. La máquina estaba a unos metros. Compró chocolate, papas, un jugo de naranja y una botella de agua para ella. Volvió a entrar. Le entregó todo a Leo. El niño lo recibió como si le hubieran dado un tesoro.

—Gracias —dijo.

Astrid volvió a su silla. Abrió su botella de agua. Bebió un trago. Y siguió trabajando.

Detrás del escritorio, arrimada a la pared, había una silla de respaldo alto, de esas de oficina pero más cómoda, con apoyabrazos y ruedas. Astrid la usaba a veces para sentarse cerca de la ventana, sobre todo por las tardes, cuando el sol pegaba bajo y la luz le daba en la cara. Pero los blackouts estaban bajados, así que la ventana no servía de mucho. La silla seguía ahí, de todos modos. Y Leo la vio.

Se levantó del sofá con el jugo en una mano y el paquete de galletas en la otra. Caminó hasta la silla. Se sentó. Giró un poco. Se acomodó. Y siguió comiendo, mirando a Astrid trabajar.

Astrid estaba descalza. Se había quitado los tacones al sentarse, sin pensarlo mucho, como hacía siempre que estaba sola en su oficina. Los tenía debajo del escritorio, uno al lado del otro, negros, de aguja. Sus pies desnudos descansaban sobre la alfombra gris. Los dedos relajados. Los arcos quietos.

Leo la miró. Miró los pies. Miró los tacones. Y preguntó:

—¿Por qué te quitaste los zapatos?

Astrid levantó la vista. Lo miró. Volvió al documento.

—Para descansar los pies.

—¿Te duelen?

—Estoy cansada.

Leo mordió una galleta. Masticó. Miró los tacones otra vez. Eran altos. Muy altos. De esos que no perdonan.

—Esos zapatos no te cansan —dijo.

Astrid casi sonrió. Casi.

—Sí, me cansan.

—¿Y por qué los usas?

Astrid se quedó un segundo en silencio. No era una pregunta difícil. Pero era una pregunta que nadie le hacía.

—Porque me gustan.

Leo asintió. Como si eso tuviera sentido. Terminó la galleta. Bebió un trago de jugo. Y se quedó ahí, sentado en la silla, con los pies colgando, mirando a Astrid trabajar.

Leo no pudo evitarlo. Los pies de Astrid estaban justo ahí, a un metro de distancia, descalzos sobre la alfombra. Y los miró. No como se mira algo cualquiera. Los miró con esa curiosidad de los niños que se fijan en detalles que los adultos pasan por alto.

La llema de los dedos la tenía roja. Roja de verdad, como si alguien le hubiera apretado uno por uno. La almohadilla debajo de los dedos, esa parte carnosa que se apoya al caminar, también roja. Los costados de los arcos, rojos. Los talones, rojos. Y en contraste, las plantas en el centro de los arcos, blancas. Blancas como si nunca hubieran tocado el suelo.

—¿Por qué tienes los pies tan rojos? —preguntó Leo.

Astrid levantó la vista. Miró sus propios pies, como si no supiera de qué hablaba. Luego volvió a mirarlo.

—Siempre han sido así.

—¿Siempre?

—Desde que tengo memoria.

Leo asintió. Mordió otra galleta. Pero no dejó de mirar los pies. Los dedos. Los arcos. Los talones. Las plantas. Y después de un rato, sin maldad, sin doble intención, con la inocencia de un niño de diez años que solo quiere saber, preguntó:

—¿Tienes cosquillas?

Astrid se quedó quieta. Un segundo. Dos. Lo miró.

—¿Por qué quieres saber eso?

Leo se encogió de hombros.

—Porque todos tienen cosquillas en los pies. Yo también tengo muchas.

Astrid no respondió.

—¿Tienes? —insistió Leo.

—Sí.

—¿Muchas o pocas?

Astrid dudó. Luego dijo:

—Muchas.

Leo se movió en la silla. Se inclinó hacia adelante. Se quitó los tenis. Primero uno. Luego el otro. Los dejó caer al suelo. Luego se quitó las medias. Las arrugó y las metió dentro de un tenis. Quedó descalzo. Levantó un pie y señaló la planta con el dedo.

—A mí me dan muchas cosquillas aquí. En esta parte. En toda la planta.

Astrid lo miró. No dijo nada.

—¿Y a ti? —preguntó Leo.

—También.

—¿En las plantas?

—Sí.

—¿Muchas o pocas?

Astrid respiró. Habló un poco más bajo.

—Muchas.

—¿Demasiadas?

—Demasiadas.

Leo asintió. Como si entendiera. Bajó el pie. Se quedó pensando. Luego preguntó:

—¿Y en los dedos? ¿Entre los dedos? A mí a veces me dan cosquillas ahí.

Astrid lo miró. El niño no tenía maldad. Solo curiosidad. Solo preguntas.

—También —dijo—. Pero más en las plantas.

—¿En el arco?

—Sí.

—Es que en esa parte dan muchas cosquillas —dijo Leo, como si fuera un dato científico.

Astrid no respondió.

Leo se quedó callado un momento. Miraba los pies de Astrid. Miraba los suyos. Luego levantó la vista.

—¿Te gustan?

Astrid frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Las cosquillas.

Astrid lo miró fijo.

—Las odio.

Leo abrió los ojos.

—¿Por qué? Si dan risa.

Astrid sostuvo su mirada. No había crueldad en la suya. Solo cansancio. Solo verdad.

—Porque me desesperan.

Leo no entendió del todo. Pero no preguntó más. Se quedó sentado en la silla, descalzo, con las galletas a medio comer, mirando a Astrid como si acabara de decirle algo importante.

Astrid volvió a su documento. Pero ya no estaba leyendo.

Leo se movió de la silla. Primero se estiró. Luego bostezó. Luego miró a Astrid, que seguía concentrada en sus documentos, y se deslizó hacia un lado. Sin hacer ruido. Sin prisa. Como un gato.

Astrid no lo vio. Tenía la vista fija en la pantalla del computador. Escribía algo. Borraba. Volvía a escribir. El teclado sonaba suave bajo sus dedos. Estaba en lo suyo.

Sus pies seguían descalzos. Cruzados hacia atrás, apoyados en el asiento de la silla que estaba detrás del escritorio. Las plantas miraban hacia arriba. Visibles. Vulnerables. Los arcos blancos en contraste con los bordes rojos. Las uñas pintadas de rojo vino tinto, impecables. La piel suave, sin grietas, sin durezas, sin nada que la protegiera.

Leo se agachó. Se metió detrás del escritorio. No debajo, sino detrás. En el espacio que quedaba entre la silla de Astrid y la pared. Un hueco estrecho. Un rincón oscuro. Un lugar donde un niño de diez años cabía perfectamente si se hacía pequeño.

Se sentó en el suelo. Con las piernas cruzadas. Con los ojos fijos en las plantas de Astrid, que estaban justo frente a él. A medio metro. Tal vez menos.

Astrid seguía escribiendo. No sospechaba nada. No miraba hacia atrás. No se giraba. Estaba cómoda. Estaba tranquila. Estaba descalza, con sus pies perfectos expuestos, sin saber que alguien los estaba mirando.

Leo no se movió. No hizo ruido. Solo observó. Las plantas. Los arcos. Los dedos. Las uñas rojas. La piel suave. Y esperó.

Astrid pasó una página. Marcó algo con el bolígrafo. Bebió un trago de agua. Y siguió trabajando.

El niño seguía ahí. Detrás. En silencio. Analizando la situación.

Leo miró las plantas de Astrid un momento más. Los arcos blancos, los bordes rojos, las uñas vino tinto. La piel suave. La posición perfecta. Vulnerables. Expuestas.

Estiró los índices. Muy despacio. Sin prisa. Los deslizó por el aire hasta quedar a un centímetro de la piel. Y entonces los apoyó.

Muy suave. Casi sin tocar. Las yemas de los dedos rozaron los talones. Luego subieron. Despacio. Por el centro de las plantas. Por los arcos. Por la almohadilla debajo de los dedos. Hasta la base de los dedos. Los dos índices al mismo tiempo. Uno en cada pie. De abajo hacia arriba. En silencio.

Astrid movió los pies. Un poco. Un gesto instintivo. Arrugó las plantas. Los arcos se tensaron. Los dedos se cerraron un segundo. Como si algo la hubiera rozado. Como si una pluma hubiera pasado. Luego, cuando la sensación terminó, volvió a dejarlos como estaban. Relajados. Cruzados hacia atrás. Apoyados en la silla.

No se giró. No miró. No sospechó nada. Siguió escribiendo.

Leo se quedó quieto. Los dedos aún en el aire. Los ojos fijos en esas plantas que acababan de reaccionar. Y sonrió. No con maldad. Con curiosidad. Con esa chispa de los niños que acaban de descubrir algo.

Esos pies eran cosquilludos. Muy cosquilludos. Lo acababa de comprobar.

Leo miró las plantas de Astrid una vez más. Los arcos blancos. Los bordes rojos. Las uñas vino tinto. La piel suave. Y sintió algo. No maldad de verdad. Solo esa chispa traviesa de los niños que descubren un secreto y no pueden resistirse a jugar con él.

Leo miró las plantas de Astrid una vez más. Los arcos blancos. Los bordes rojos. Las uñas vino tinto. La piel suave. Y sintió algo. No rabia. No maldad de verdad. Solo esa chispa traviesa de los niños que descubren un secreto y no pueden resistirse a jugar con él.

Movió las piernas. Despacio. Con cuidado. Las deslizó por delante de las piernas de Astrid, cruzando un tobillo sobre el otro, haciendo una llave torpe pero efectiva. Sus pies descalzos quedaron atrapados entre las piernas del niño. Sin espacio. Sin salida.

Astrid sintió el movimiento. Algo la apretaba. Algo la sujetaba. Dejó de escribir. Miró hacia abajo. Vio las piernas de Leo cruzadas sobre las suyas. Vio sus pies atrapados. Vio al niño detrás de la silla, agachado, con una sonrisa que no prometía nada bueno.

—¿Qué haces? —preguntó.

Pero ya era tarde.

Leo levantó las manos. Abrió los dedos. Los puso sobre las plantas de Astrid. Y empezó a moverlos. Como arañitas. Rápidas. Juguetonas. Por los arcos. Por los talones. Por la base de los dedos. Por toda la planta. Las dos plantas. Al mismo tiempo.

—Cuchi cuchi cuchi cuchi…

Astrid estalló.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡Leo! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Se retorció en la silla. Intentó apartar los pies. Pero las piernas del niño los tenían atrapados. Intentó girar. Intentó levantarse. Intentó soltarse. No pudo.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡No! ¡No, Leo! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Leo seguía. Los dedos como arañitas. Rápidos. Precisos. Por los arcos. Por los talones. Por debajo de los dedos. Por la almohadilla. Sin parar.

—Cuchi cuchi cuchi cuchi…

Astrid se reía. Se reía a carcajadas. Se reía sin poder parar. Se reía con una risa que no era suya. Se reía con una risa que odiaba. Se reía con una risa que le dolía en el pecho.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡Basta! ¡BASTA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Leo no paró.

Astrid sentía cada movimiento. Cada dedo. Cada roce. Esos dedos pequeños, de niño de diez años, se movían sobre sus plantas como si supieran exactamente dónde estaba el punto exacto. Sin piedad. Sin descanso. Los arcos. Los talones. La base de los dedos. La almohadilla. Todo. Al mismo tiempo. Las dos plantas.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡Leo! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Intentó cerrar los dedos de los pies. Arrugó las plantas. Las tensó. Las apretó. Como si eso pudiera detener el cosquilleo. Pero no podía. Los dedos del niño seguían ahí. Rápidos. Precisos. Juguetones.

—Cuchi cuchi cuchi cuchi…

Astrid se retorcía en la silla. Se agarraba del borde del escritorio. Se agarraba de los apoyabrazos. Intentaba levantarse. Intentaba girar. Intentaba soltar sus pies de la llave que el niño había hecho con sus piernas. Pero no podía. Era un niño. Un niño pequeño. Y ella era una mujer adulta. Pero no podía.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡No puedo más! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Y lo peor no era la risa. Lo peor no era el cosquilleo. Lo peor era que no podía ni siquiera insultarlo. No podía gritarle. No podía decirle algo feo. No podía empujarlo. Era un niño. Un niño travieso. Un niño de diez años que solo estaba jugando. Y ella, Astrid Maja Lindqvist, directora de Recursos Humanos, mujer de cuarenta y cinco años, no podía hacer nada más que reír.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡Por favor! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Leo seguía. Los dedos como arañitas. Por los arcos. Por los talones. Por los dedos. Por debajo. Por todas partes. Y Astrid se reía. Se reía con una risa que no podía controlar. Se reía con una risa que le dolía en la mandíbula. Se reía con una risa que le hacía saltar las lágrimas.

—Cuchi cuchi cuchi cuchi…

Astrid no podía hablar. No podía suplicar. No podía nada. Solo reír. Solo retorcerse. Solo esperar a que el niño se cansara.

Astrid arrugaba las plantas. Las estiraba. Las arrugaba otra vez. Cualquier movimiento era peor. Si las tensaba, los dedos del niño encontraban los arcos con más facilidad. Si las relajaba, el cosquilleo subía por las piernas como un hormigueo eléctrico. No había posición. No había tregua. No había forma de escapar.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡No! ¡No ahí! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Leo no entendía de súplicas. O entendía, pero era un niño. Y los niños, cuando encuentran algo divertido, no sueltan. Sobre todo si el otro se ríe. Sobre todo si el otro se retuerce. Sobre todo si el otro no puede hacer nada.

Los dedos del pequeño diablillo se metieron entre los dedos de los pies de Astrid. Uno por uno. Los separaba. Los recorría. Les daba vueltas. Luego volvía a los arcos. Luego a los talones. Luego otra vez entre los dedos. Sin orden. Sin lógica. Sin piedad.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡ME VOY A VOLVER LOCA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

La locura se apoderaba de ella. No era una exageración. Era literal. Sentía que perdía el control de su propio cuerpo. Los pies se movían solos. Los dedos se cerraban solos. Las plantas se arrugaban solas. La risa salía sola. Todo era involuntario. Todo era automático. Todo era una reacción física que no podía detener con la razón.

—Cuchi cuchi cuchi cuchi…

Astrid ya no sabía qué hacer. No podía pensar. No podía hablar. No podía suplicar. Solo reír. Solo retorcerse. Solo arrugar las plantas una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Como si eso fuera a servir de algo. Como si en algún momento el cosquilleo fuera a parar.

Pero no paraba.

Por primera vez en mucho tiempo, Astrid no pensó en defenderse. No pensó en gritar. No pensó en insultar. No pensó en la rabia. No pensó en el odio. No pensó en nada.

Se rió.

Se rió porque no le quedaba otra. Se rió porque su verdugo no era un adulto con maldad. No era un fetichista. No era alguien que se aprovechaba de su debilidad para humillarla. Era un niño. Un niño de diez años. Un pequeño diablillo travieso que había encontrado en esos pies cosquilludos una oportunidad. Y la estaba aprovechando. Como cualquier niño aprovecharía un juguete nuevo. Como cualquier niño se reiría al ver a un adulto perder la compostura.

Astrid se rió. Se rió de verdad. No de rabia. No de vergüenza. No de desesperación. Se rió porque la situación era absurda. Ella, una mujer de cuarenta y cinco años, directora de recursos humanos, sentada en su silla de oficina, con los pies atrapados por las piernas de un niño, riéndose a carcajadas mientras él le hacía cosquillas en las plantas. Un niño que ni siquiera sabía lo que estaba haciendo. Un niño que solo quería jugar.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡Leo! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Leo seguía. Los dedos como arañitas. Por los arcos. Por los talones. Por entre los dedos. Sin maldad. Sin piedad. Solo diversión.

—Cuchi cuchi cuchi cuchi…

Astrid se retorcía. Se reía. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Pero esta vez no eran lágrimas de rabia. Eran lágrimas de risa. Risa pura. Risa tonta. Risa de niña. La misma risa que había odiado toda su vida. Pero esta vez, por alguna razón que no entendía, no la odiaba tanto.

Quizás porque el verdugo no era un adulto sádico. Quizás porque no había maldad. Quizás porque, por primera vez, alguien le hacía cosquillas sin querer hacerle daño. Solo por jugar. Solo por reír. Solo porque era divertido.

Astrid se rió. Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió rabia. Sintió algo distinto. Algo que no sabía nombrar. Algo que quizás, solo quizás, se parecía un poco a la rendición.

Leo se detuvo. Los dedos quietos en el aire. Las manos a un centímetro de las plantas de Astrid. La miraba con esa curiosidad de los niños que no entienden del todo lo que acaba de pasar.

Astrid respiró. Jadeó. Tenía el pelo pegado a la frente. Las mejillas rojas. Los ojos húmedos. Los pies todavía atrapados entre las piernas del niño. Las plantas arrugadas. Los dedos encogidos.

—Gracias —dijo. Y lo dijo en serio. —Ya no más. Ha sido suficiente.

Leo la miró. Sonrió. No con maldad. Con esa sonrisa de quien acaba de descubrir algo.

—Eres muy cosquilluda —dijo.

Astrid asintió. No lo negó.

—Sí. Lo soy.

—Y decías la verdad. Te ríes mucho.

Astrid se rió. Una risa corta. Cansada. Pero risa al fin.

—Sí. Me río mucho.

—¿Tienes muchas cosquillas?

—Muchas. Pero ya ha sido suficiente, ¿vale?

Leo no respondió. No soltó los pies. No se movió. Solo miró las plantas de Astrid. Los arcos. Las uñas rojas. La piel suave. Y luego, muy despacio, deslizó la punta de sus índices por los arcos. Suave. Lento. Del talón a la base de los dedos. Sin prisa.

Astrid se rió. No pudo evitarlo.

—JAJAJAJA… ¡No! ¡Por favor! ¡No me hagas más cosquillas!

Leo levantó los dedos. La miró.

—¿Por qué? Si te ríes.

Astrid negó con la cabeza. Aún sonriendo. Aún colorada.

—Porque no aguanto más.

Leo la miró un momento. Los dedos en el aire. Las plantas de Astrid aún expuestas. La llave aún hecha. La puerta cerrada. Los blackouts abajo. La oficina en silencio.

Leo no soltó los pies. No se levantó. No se fue. Solo miró a Astrid un momento más. Los ojos fijos en esas plantas que acababan de confesar su debilidad. Y luego, sin avisar, volvió a bajar los dedos.

Esta vez no fueron solo los arcos. Fueron los empeines. Los dedos. Entre los dedos. Las yemas. Las plantas. La almohadilla debajo de los dedos. Los arcos otra vez. Los talones. Los costados. Cada rincón. Cada centímetro. Cada pliegue. No quedó un solo lugar sin explorar.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…

Astrid ya no suplicaba. No decía el nombre del niño. No decía «basta». No decía «por favor». Solo se reía. Solo carcajadas. Solo movía los pies de un lado a otro. Arrugaba las plantas. Estiraba los dedos. Los encogía. Los giraba. Intentaba escapar. Pero las piernas del niño la tenían atrapada. Los pies no iban a ninguna parte. Solo se movían en el aire, como peces fuera del agua, mientras esos dedos pequeños seguían ahí. Sin piedad. Sin cansancio. Sin descanso.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…

Leo no decía «cuchi cuchi» esta vez. Estaba concentrado. Los dedos iban de un pie al otro. De un arco al otro. De un talón al otro. Como si estuviera dibujando algo invisible. Como si estuviera explorando un territorio nuevo. Y Astrid solo reía. Solo se retorcía. Solo movía los pies. Sin palabras. Sin súplicas. Sin nada más que risa.

La risa ya no era rabia. Ya no era vergüenza. Ya no era desesperación. Era solo risa. Pura. Involuntaria. Interminable.

El desespero se apoderó de Astrid. Un desespero distinto al de otras veces. No era el desespero de la rabia. No era el desespero de la humillación. Era el desespero puro de quien no puede hacer nada. De quien está atrapada. De quien siente que sus pies ya no le pertenecen. Que son territorio conquistado por esos dedos pequeños que iban y venían sin descanso.

Los arcos. Siempre los arcos. Leo volvía a ellos una y otra vez. Como si supiera. Como si hubiera descubierto el punto exacto donde la risa de Astrid cambiaba. Donde se volvía más aguda. Más fuerte. Más incontrolable.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…

Los dedos del niño se centraban en los arcos. Los recorrían. Los presionaban. Los rasgaban suavemente con las uñas. Y Astrid arrugaba las plantas. Instintivamente. Sin poder evitarlo. Los arcos se tensaban. Se estiraban. Se encogían. Y Leo lo veía. Y le gustaba. Porque cuando ella arrugaba las plantas, la piel se ponía más tirante. Más sensible. Más fácil de cosquillear.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…

Astrid movía los pies. De un lado a otro. Arriba y abajo. Como si pudiera escapar. Como si hubiera algún lugar donde esos dedos no llegaran. Pero no había. Los dedos la seguían. Los arcos la seguían. La risa la seguía.

Para Leo era satisfacción absoluta. Esa travesura de hacerle cosquillas a una mujer mayor. A una mujer seria. A una mujer que, minutos antes, estaba sentada detrás de un escritorio dando órdenes. Ahora estaba ahí. Rendida. Riendo. Sin poder parar. Sin poder hablar. Sin poder hacer nada más que reír y mover los pies.

Era algo que todo niño experimenta en algún momento. Esa chispa de poder. Esa sensación de que, por un momento, el adulto deja de ser adulto. Deja de ser fuerte. Deja de ser serio. Y se convierte en alguien que se ríe como un niño. Alguien vulnerable. Alguien que no puede defenderse. Alguien que solo puede reír.

A Leo le gustaba cosquillear los arcos de Astrid. No sabía por qué. Quizás porque su risa se agudizaba más ahí. Quizás porque ella arrugaba las plantas de una forma distinta. Quizás porque movía los pies con más desesperación. Quizás porque, en esos momentos, Astrid dejaba de ser la mujer del traje y los tacones y se convertía en algo más simple. Más humano. Más real.

Y Leo seguía. Sin piedad. Sin cansancio. Sin pensar en nada más que en esos pies que se movían bajo sus dedos y en esa risa que no paraba.

En un descuido, en un movimiento torpe del niño, en un instante en que las piernas de Leo se aflojaron un poco para acomodarse, Astrid tiró de sus pies. Con fuerza. Con rapidez. Y los liberó.

Leo parpadeó. Sorprendido. Sin entender del todo qué había pasado.

Astrid se deslizó de la silla. Se sentó en el suelo. Frente a él. Con las piernas cruzadas. Con el pelo aún revuelto. Con las mejillas aún rojas. Con la respiración aún agitada. Pero con una sonrisa distinta. Una sonrisa que Leo no le había visto antes.

Le tomó los pies. Los dos. Los pies descalzos del niño, que habían quedado al descubierto cuando se quitó los tenis y las medias. Eran pies pequeños. Pies de niño. Suaves. Con los dedos redondos. Con las plantas rosadas.

Y Astrid le hizo cosquillas.

No mucho. No como él se las había hecho a ella. Solo un poco. Los dedos de Astrid recorrieron las plantas del niño. Suaves. Rápidos. Juguetones. Por los arcos. Por los talones. Por entre los dedos.

Leo abrió los ojos. Y soltó una risa.

—No, no, no… ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Astrid sonrió. Una sonrisa amplia. Casi infantil.

—Tú también eres cosquilludo —dijo.

—JAJAJAJAJAJAJA… ¡No! ¡JAJAJAJAJAJAJA!

Pero Astrid no lo torturó. No siguió. No se vengó. Solo le hizo cosquillas unos segundos. Unos pocos. Los suficientes para que el niño supiera lo que se sentía. Los suficientes para que se riera. Los suficientes para que entendiera que ella también podía. Pero nada más. Fue breve. Muy breve.

Astrid soltó sus pies. Se quedó sentada en el suelo. Mirándolo. Sonriendo. Leo seguía riéndose. Pero ya no por las cosquillas. Se reía porque sí. Porque era divertido. Porque todo había sido divertido.

Astrid se levantó. Se estiró la camisa. Se pasó los dedos por el pelo, intentando domarlo. Luego miró al niño, que seguía en el suelo, con las mejillas coloradas y una sonrisa de oreja a oreja.

Le tendió la mano.

Leo la tomó. Astrid tiró de él. El niño se puso de pie. Tambaleó un poco. Luego se sentó en el sofá para ponerse las medias. Una. La otra. Luego los tenis. Se anudó los cordones. Sin prisa. Sin dejar de sonreír.

Astrid se calzó los tacones. Negros. De aguja. Se ajustó la chaqueta. Se arregló el cuello de la camisa. Se pasó una mano por la falda. Respiró hondo.

—Leo.

El niño levantó la vista.

—Esto que ha pasado aquí… no se lo cuentas a nadie. ¿Entendido?

Leo la miró. Con esos ojos claros. Con esa sonrisa que no prometía nada bueno pero que, esta vez, era solo una sonrisa de niño.

—No le diré a nadie.

Astrid lo miró un segundo más. Buscando algo en su cara. Una mentira. Una burla. No encontró ninguna.

—Bien.

Leo se encogió de hombros. Se sentó en el sofá. Sacó el celular del bolsillo. Empezó a jugar. Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera hecho nada. Como si no hubiera descubierto nada.

Astrid volvió a su silla. Se sentó. Abrió el documento. Siguió trabajando.

Astrid volvió a su silla. Se sentó. Abrió el documento. Se ajustó las gafas. Empezó a leer. El silencio volvió a la oficina. Ese silencio insonorizado, denso, tranquilo. Leo seguía en el sofá. O eso creía ella. Porque Leo ya no estaba en el sofá.

Leo se había dejado caer al suelo. Sin hacer ruido. Sin avisar. Se deslizó por la alfombra gris. Como un gato. Como una serpiente. Hasta llegar a los pies de Astrid. Hasta llegar a ese pie derecho que colgaba de la silla, calzado, quieto, indefenso.

Le tomó el tobillo. Con una mano. Con la otra le agarró el tacón. Y tiró. El zapato cedió. Salió del pie con un pequeño chasquido. Cayó al suelo. Astrid sintió el aire en la planta. Un segundo. Dos. Y luego los dedos.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡LEO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

El niño había vuelto a atacar. Sin avisar. Sin pedir permiso. Sin dar tregua. Los dedos sobre la planta del pie derecho. Por el arco. Por el talón. Por la base de los dedos. Rápidos. Precisos. Juguetones.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡NO! ¡OTRA VEZ NO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Astrid se retorció en la silla. Intentó apartar el pie. Intentó levantarse. Intentó todo. Pero Leo tenía el tobillo bien agarrado. Y los dedos seguían. Y la risa volvía. Y el cosquilleo volvía. Y el desespero volvía.

—JAJAJAJAJAJAJAJA… ¡LEO, POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Leo no paró. Claro que no paró. Era un niño. Era un diablillo. Y acababa de descubrir que podía hacerlo una y otra vez.

El chiquillo no paró. Los dedos sobre la planta derecha. Sin piedad. Sin descanso. Por el arco. Por el talón. Por la base de los dedos. Por la almohadilla. Por cada rincón de esa planta suave, blanca en el centro, roja en los bordes, hipersensible.

Astrid reía. A carcajadas. Sin poder parar. Pero algo era distinto esta vez. No opuso resistencia. No intentó apartar el pie. No suplicó. No dijo «basta». No dijo «por favor». Solo movió la pierna. Un poco. Lo justo para que no se le acalambrara. Y dejó el pie ahí. Quieto. Expuesto. Vulnerable.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…

El chiquillo seguía. Los dedos como arañitas. Los ojos fijos en la planta de Astrid. Con esa cara de travieso que solo tienen los niños cuando están haciendo algo que saben que no deberían hacer, pero que les divierte demasiado como para parar.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…

Astrid lo miraba. Entre risa y risa. Entre carcajada y carcajada. Veía cómo el niño se divertía. Cómo sus dedos se movían con entusiasmo. Cómo su cara de travieso se iluminaba cada vez que ella soltaba una risa más fuerte. Cada vez que movía el pie. Cada vez que arrugaba la planta.

Y Astrid seguía riendo. Moviendo el pie bajo el ataque. Sin resistencia. Sin súplicas. Solo risa. Solo carcajadas. Solo el pie moviéndose de un lado a otro, no para escapar, sino para acompañar el ritmo de esos dedos que no paraban.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…

El niño seguía. La planta derecha. El arco. El talón. Los dedos. Sin piedad. Sin descanso. Sin cansancio. Y Astrid, por alguna razón que no entendía, seguía riendo. Seguía moviendo el pie. Seguía dejándolo ahí.

Astrid tiró del pie. Con fuerza. Lo liberó. Se pasó la mano por la planta. Rápido. Como si pudiera borrar la sensación. Como si pudiera apagar el cosquilleo. Luego buscó el tacón con el pie. Lo encontró. Se lo puso. Un pie. Luego el otro. Ambos calzados. Ambos protegidos.

Pero el pequeño diablillo no había terminado. Se arrastró por el suelo. Hacia sus pies. Otra vez. Le agarró un tobillo. Le tiró del zapato. El tacón salió volando. Cayó al suelo. Y los dedos volvieron. Sobre la planta. Sobre el arco.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡LEO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Astrid intentó apartarlo. Con las manos. Con los pies. Se retorció en la silla. Sacó un pie. Se puso el zapato. Pero mientras se calzaba uno, el niño le agarraba el otro. Le quitaba el tacón. Le hacía cosquillas. En la planta. En el arco. En los dedos.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡NO! ¡OTRA VEZ NO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Se calzó el derecho. El niño le sacó el izquierdo. Se calzó el izquierdo. El niño le sacó el derecho. Una y otra vez. Una y otra vez. Los pies descalzos. Los pies calzados. Los pies descalzos otra vez.

Astrid reía. Reía con una risa nerviosa. Cansada. Pero risa al fin. Intentaba quitarse al niño de encima. Con las manos. Con los pies. Pero el niño era rápido. Más rápido que ella. Y sabía exactamente dónde poner los dedos. En los arcos. Siempre en los arcos.

Finalmente, como pudo, Astrid se levantó de la silla. De un impulso. Con las piernas temblando. Con la respiración agitada. Con el pelo revuelto. Con las mejillas rojas. Con los pies descalzos sobre la alfombra gris.

Agarró los tacones del suelo. Los dos. Los sostuvo en una mano. Como si fueran un trofeo. Como si fueran su única defensa. Y miró al niño.

Leo seguía en el suelo. Sentado sobre sus talones. Con las manos aún abiertas. Con los dedos aún listos. Con esa cara de travieso que no había desaparecido del todo. Pero al ver a Astrid de pie, con los tacones en la mano, con esa expresión entre risa y seriedad, se detuvo.

Astrid lo miró. Intentó poner cara de seria. Pero la risa aún le temblaba en los labios. Una risa nerviosa. Cansada. Una risa que no podía apagar del todo.

—Ya es suficiente —dijo.

Su voz salió firme. Casi. Casi firme. Con un temblor que solo ella notó. Con una risa atrapada en la garganta que amenazaba con salir en cualquier momento. Pero firme al fin y al cabo.

Leo la miró. No dijo nada. Solo sonrió. Esa sonrisa de niño que sabe que ha ganado. Que sabe que ha descubierto algo. Que sabe que, por un momento, tuvo el poder.

Astrid respiró hondo. Se puso un tacón. Luego el otro. Sintió el cuero frío contra la planta. Sintió la protección. La barrera. La coraza. Ya no había peligro. Ya no había dedos. Ya no había cosquillas. O eso esperaba.

—Siéntate en el sofá —dijo—. Y espera a tu padre.

Leo se levantó. Sin protestar. Se sentó en el sofá. Sacó el celular. Empezó a jugar. Como si nada. Como si no hubiera pasado nada. Como si no hubiera descubierto nada.

Astrid se sentó en su silla. Se ajustó la camisa. Se arregló el pelo. Respiró. Y volvió a su documento.

Astrid lo llamó. Con un gesto de la mano. Sin levantar la voz. El niño levantó la vista del celular. La miró. Sonreía. Como si supiera algo que ella no quería que supiera.

—Leo.

—¿Sí?

—Lo que ha pasado aquí… no se lo cuentas a nadie. ¿Entendido?

Leo asintió. Pero no dejó de sonreír. Esa sonrisa de travieso. Esa sonrisa que decía más que mil palabras. Se guardó el celular en el bolsillo. Se acomodó en el sofá. La miró con esos ojos claros. Con esa cara de quien tiene un as bajo la manga.

—¿Puedo hacerte cosquillas otra vez?

Astrid se quedó quieta. Un segundo. Dos. Lo miró. No con rabia. No con vergüenza. Con una risa nerviosa que le subió por la garganta y le escapó por los labios. Una risa corta. Casi silenciosa.

—No. Ya han sido muchas cosquillas en los pies por hoy. Ya no más.

Leo inclinó la cabeza. Como un perrito curioso.

—¿Y la próxima vez que venga?

Astrid lo miró. El niño era listo. Más listo de lo que aparentaba. Sabía que tenía algo. Sabía que ella no quería que se supiera. Sabía que podía usarlo. No con maldad. Con esa inocencia retorcida de los niños que descubren el punto débil de un adulto.

Astrid respiró. Se ajustó las gafas. Lo miró con una media sonrisa.

—Depende de cómo termines de portarte hoy.

Leo se rió. Una risa corta, infantil, satisfecha. Se recostó en el sofá. Se puso a jugar otra vez. Como si nada. Como si no acabara de ganar una pequeña batalla. Como si no supiera que, de alguna manera, acababa de conseguir un permiso condicional.

finalmente a las 5 pm llego el padre de leo, el operario se disculpo con astrid por no haber estado pendiente del chiquillo pregunto como se porto y astrid le dijo que era un niño inquieto pero supo como dominarlo, el diablillo apenas la miro, el operario le dio la mano a astrid le agradecio y el chiquillo se acerco a despedirse de astrid dandole un abrazo pero solo para decirle al oido a la proxima te hago cosquillas otra vez, le dio un beso en la mejilla y salio junto con su padre de la oficina de astrid mientras ella quedaba sola organziando documentos y pensando en lo que le dijo el diablillo — astrid no usa gafas
A las cinco en punto, la puerta de la oficina se abrió. Un hombre con overol de trabajo, manos manchadas de grasa y cara de cansancio asomó la cabeza.

—Disculpe, señora Lindqvist. Soy el papá de Leo. Siento mucho lo del niño. No debí traerlo, pero no tenía con quién dejarlo.

Astrid se levantó de la silla. Se ajustó la chaqueta. Sonrió. Una sonrisa profesional.

—No se preocupe. Son cosas que pasan.

El operario miró a Leo, que seguía en el sofá, con el celular en la mano, como si nada.

—¿Se portó bien?

Astrid miró al niño. Leo la miró a ella. Un segundo. Dos. Esa sonrisa de travieso seguía ahí. Escondida. Disimulada. Pero ahí.

—Es un niño inquieto —dijo Astrid—. Pero supe cómo dominarlo.

El operario se rió. Se rascó la cabeza.

—Sí, es tremendo. Le pido mil disculpas.

—No hace falta. Estuvo tranquilo. La mayor parte del tiempo.

Leo bajó la vista. Casi se rió. Casi.

El padre le tendió la mano a Astrid. Ella la estrechó. Firme. Profesional.

—Gracias por cuidarlo, señora.

—No hay de qué.

Leo se levantó del sofá. Caminó hacia Astrid. Se acercó. Y le dio un abrazo. Un abrazo de niño. Corto. Rápido. Pero suficiente para acercar la boca a su oído.

—A la próxima te hago cosquillas otra vez —susurró.

Luego se apartó. Le dio un beso en la mejilla. Y salió de la oficina junto a su padre. La puerta se cerró. El silencio volvió.

Astrid se quedó sola. Quieta. En el centro de la oficina. Con la mejilla aún tibia del beso. Con el susurro aún flotando en el aire. Con los pies calzados. Con los tacones puestos. Con la planta aún cosquillosa. Con la risa aún atrapada en la garganta.

Se sentó en la silla. Ordenó unos documentos. Abrió un cajón. Lo cerró. Miró la pantalla del computador. No leyó nada. Solo pensó. En lo que le había dicho el diablillo. A la próxima te hago cosquillas otra vez. Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió rabia. Sintió algo distinto. Algo que no sabía nombrar.

Continuará…

Orginal de Tickling Stories

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