Renata Fuentes tiene veintisiete años y estudia Psicología en la Universidad de Buenos Aires. Nació en Bogotá, en el barrio de Chapinero, pero hace cinco años que vive en Argentina. Llegó con una maleta y un sueño, porque en Colombia no encontraba el espacio que necesitaba para crecer, y porque una tía segunda, que llevaba décadas viviendo en Buenos Aires, le ofreció un cuarto en su departamento hasta que pudiera pararse sola. No fue fácil al principio, el frío la sorprendió, el acento porteño le sonaba a otro idioma y la nostalgia le apretaba el pecho los domingos en la tarde, pero se fue acomodando. Consiguió trabajo en una cafetería, aprendió a hacer café con leche y a decir «che» sin que sonara forzado, y poco a poco la ciudad le dejó de parecer enorme y empezó a sentirse suya.
Renata es de contextura delgada, mide un metro sesenta y dos, y su talla de calzado es la treinta y siete. Pesa cincuenta y cinco kilos, usa talla M en ropa, y tiene el cabello negro, largo y lacio, que casi siempre se recoge en una cola de caballo porque le molesta cuando estudia. Sus ojos son de un color avellana claro, como miel diluida, y su piel es blanca, con un tono que se enciende fácilmente con el sol o con la vergüenza, algo que a ella le molesta porque cada vez que se sonroja siente que todo el mundo se da cuenta. Su rostro es redondo, con pómulos suaves y una boca que tiene la costumbre de sonreír antes de hablar, como si las palabras se le adelantaran.
Su vida en Buenos Aires es sencilla. Vive en un departamento pequeño en el barrio de Almagro, cerca de la facultad, y comparte el alquiler con dos compañeras que estudian diseño gráfico. La rutina la tiene medida: se levanta temprano, toma un mate mientras revisa sus apuntes, camina quince cuadras hasta la universidad, se sienta en las primeras filas de los auditorios y toma notas con letra prolija. Los fines de semana los pasa en el Rosedal, leyendo bajo los árboles, o en alguna feria de libros usados, buscando ediciones viejas que no pesen mucho en el bolsillo.
A veces habla con su mamá por videollamada, y su mamá le pregunta si ya encontró novio, si come bien, si no se enferma con el frío. Renata siempre responde que sí a todo, aunque el frío no se ha vuelto costumbre y el amor se le ha escapado de las manos más de una vez. Pero no se queja. Está donde quiere estar, haciendo lo que quiere hacer, y eso, para ella, ya es suficiente.
Hoy es martes y tiene un examen de psicopatología en tres semanas. Se ha levantado con la cabeza llena de teorías y diagnóstico, pero también con un nudo en el estómago que no sabe si es nervios o el café que se tomó demasiado rápido. Se viste con unos jeans desgastados, una remera blanca holgada y un buzo gris que heredó de una de sus compañeras de piso. Se calza las zapatillas de siempre, esas que tienen la suela gastada del lado derecho, recoge su cabello en una cola de caballo, agarra su mochila y sale a la calle.
El sol de la mañana le da en la cara mientras camina hacia el subte. Piensa en el examen, en las lecturas que le faltan, en la tarea que no terminó. Pero también piensa en su mamá, que esta noche seguro la va a llamar para preguntarle cómo le fue. Le sonríe al pensamiento y acelera el paso. El día apenas empieza y ya tiene una lista larga de cosas que hacer.
Renata se considera una mujer vanidosa, aunque no le gusta admitirlo en voz alta porque cree que suena a superficialidad. Pero la verdad es que se cuida, y se cuida con esmero. Tiene una rutina de belleza que sigue con disciplina, no por presión social, sino porque le gusta sentirse bien con ella misma. Todas las noches, antes de acostarse, se toma quince minutos para su cuidado personal: se limpia el rostro con un limpiador suave, aplica una crema hidratante que huele a coco y se masajea el cuello para relajar la tensión del día. Los fines de semana se hace mascarillas de arcilla y se exfolia la piel con un producto que compra en una tienda naturista cerca de su departamento.
Su piel es blanca y delicada, y necesita protección, así que nunca sale de casa sin bloqueador solar en el rostro y en el cuello, aunque sea invierno y el cielo esté gris. Se hidrata el cuerpo con una crema de manteca de karité que compra en un envase grande porque la usa a diario, desde los hombros hasta los pies. Es meticulosa con cada parte de su cuerpo, pero hay una en la que pone especial atención: sus pies.
Renata tiene los pies pequeños y proporcionados, talla treinta y siete, con el empeine alto y los dedos largos, bien formados. Sus plantas son suaves, casi como si nunca hubieran caminado descalza sobre superficies ásperas, porque cada noche, después de la ducha, se aplica una crema hidratante específica y se pone unos calcetines de algodón para que la piel absorba bien los nutrientes. Le gusta que sus pies se vean cuidados, porque usa sandalias en verano y siente que los detalles marcan la diferencia. Se lima los talones una vez por semana y se corta las uñas en línea recta, evitando que se encarnen.
Siempre lleva las uñas de las manos pintadas. Su color favorito es un rojo intenso, como el de las cerezas maduras, porque dice que le da un toque de carácter a su apariencia tranquila. En los pies, en cambio, prefiere tonos más sutiles, como un rosado pálido o un nude brillante, y a veces, cuando se siente atrevida, un esmalte metalizado que cambia de tono según la luz. Hoy, por ejemplo, lleva las uñas de los pies de un color durazno suave, que combina con la temporada.
Sus plantas son hipersensibles, pero no es algo que ella haya notado con conciencia hasta hace poco. Es una de esas cosas que uno no sabe que tiene hasta que alguien más lo descubre. La piel del arco, esa parte cóncava del pie, es especialmente sensible, casi como si los nervios estuvieran más cerca de la superficie. También los talones, aunque más resistentes, reaccionan de inmediato si alguien los toca con la punta de los dedos. Pero lo que realmente la desarma es la sensación en la base de los dedos, justo donde empieza la planta, y en el centro del arco, que es tan delicado que hasta el roce de una sábana puede hacerla estremecer.
A veces, cuando está acostada y estira las piernas, siente que la tela de la sábana le roza la planta y un cosquilleo ligero recorre su espalda. Lo ignora, porque no tiene mayor importancia. Es simplemente parte de su cuerpo, una de esas particularidades que uno no piensa hasta que alguien la señala.
Pero Renata, en su rutina diaria, no se detiene a pensar en eso. Su mente está llena de teorías psicológicas, de apuntes que subrayar y de ese examen que se acerca. Hoy, mientras camina hacia la facultad, siente la brisa fresca en el rostro y piensa en su madre, que pronto la llamará. El día es una hoja en blanco y ella está lista para llenarlo con lo que sea que venga.
Renata no recuerda exactamente la primera vez que sintió cosquillas. O sí, pero lo tiene enterrado en algún lugar de la memoria, como esas cosas de la infancia que uno no revisa hasta que alguien las desempolva. Fue en la casa de su abuela, en Bogotá, una tarde de domingo. Tendría unos cinco o seis años. Estaba acostada boca abajo en la alfombra de la sala, viendo dibujos animados, con los pies descalzos y las piernas dobladas hacia atrás, moviéndose al ritmo de la música. Su tío Pablo, que siempre llegaba a las visitas con un chiste y una broma, se le acercó por detrás y le agarró los tobillos sin avisar. Le pasó los dedos por las plantas, suavecito, como quien toca un piano.
Renata no lo esperaba. Sintió una corriente que le subió desde los pies hasta la nuca y soltó un grito que no era de dolor, sino de algo que no sabía cómo llamar. Se retorció, pegó un salto y se puso de pie de un golpe, con la cara encendida y el corazón latiendo tan rápido que no podía respirar. Su tío Pablo se rió y le dijo: «Ay, mi sobrina, qué cosquilluda». Ella no entendió bien la palabra, pero entendió la sensación. Era como si sus pies estuvieran conectados a una alarma que se activaba con el contacto. Nunca antes había notado que fueran tan sensibles. Pensó que era algo que le pasaba a todos.
Con el tiempo, las cosquillas se convirtieron en un juego de niños. En el colegio, durante los recreos, los compañeros se perseguían y se atacaban los costados, las axilas, el cuello. Renata participaba como cualquier otra, reía y se defendía como podía. Pero si alguien tocaba sus pies, el juego cambiaba de nivel. No era una risa normal, era una explosión. Una vez, en el patio del colegio, una amiga le hizo cosquillas en los pies por accidente mientras estaban sentadas en el pasto. Renata se tiró hacia atrás, riendo a gritos, y la amiga se asustó tanto que pensó que le había hecho daño. Renata tuvo que explicarle, entre risas y lagrimitas, que no le dolía, que solo era muy cosquillosa. No le contó lo de sus pies. Le dio vergüenza.
En la adolescencia, el tema se volvió un secreto a medias. Lo sabían sus hermanos, que la atormentaban con eso cada vez que podían. Lo sabía su mamá, que alguna vez le hizo cosquillas en los pies para despertarla y se llevó una patada involuntaria en la cara. Pero Renata aprendió a esconderlo. A cruzar los pies cuando alguien se acercaba, a sentarse con las piernas dobladas debajo de ella, a usar zapatos siempre cerrados, incluso en verano. No era que tuviera miedo, solo que no le gustaba perder el control.
Cuando llegó a Buenos Aires, las cosquillas quedaron en el pasado, o eso creía. La adultez le dio una especie de coraza, la sensación de que esas cosas de niña ya no tenían cabida en su vida. Pero la vida, como siempre, tiene otros planes. Una noche, en el departamento que compartía con sus amigas, estaba acostada en el sillón viendo una serie. Tenía los pies apoyados en el brazo del sillón, y una de sus compañeras, sin querer, le pasó un dedo por la planta mientras pasaba al lado. Renata dio un salto tan fuerte que casi cae al suelo. La amiga se rió, pero Renata no. Se quedó helada, con el corazón en la garganta, y en ese momento supo que sus pies no habían perdido ni un gramo de sensibilidad.
Desde entonces, cada vez que alguien se acerca a sus pies, Renata siente un escalofrío que no puede controlar. No es miedo, no es ansiedad. Es una especie de alerta temprana que se dispara antes de que el contacto ocurra. Sabe que sus plantas son su punto débil, el lugar donde su cuerpo decide rendirse sin pelear. Y aunque ha intentado convencerse de que no es para tanto, cada vez que un roce inesperado la alcanza, vuelve a ser esa niña de seis años en la alfombra de su abuela, riendo sin poder parar y sin saber muy bien por qué.
Renata odia las cosquillas. Lo dice sin vueltas, sin medias tintas. Si alguien le pregunta, responde con una mueca de desagrado que no necesita explicación. No es que no tenga sentido del humor, es que las cosquillas le parecen una forma de tortura disfrazada de juego. Le da igual que sea un dedo en las costillas, un pellizco en la cintura o una mano que se desliza por sus axilas: todo le produce la misma mezcla de risa forzada y una rabia que no sabe cómo expresar. Siente que su cuerpo se vuelve un trapo, que pierde el control y que cualquier persona con dos dedos de frente puede reducirla a un montón de nervios y gritos en cuestión de segundos.
Lo peor, con mucho, son los pies. Una simple caricia en la planta, accidental o intencionada, es suficiente para que Renata sienta que el mundo se tambalea. No es una risa normal, es un ataque de risa que viene acompañado de una sensación de desespero que no puede controlar. Su cuerpo reacciona antes de que su mente pueda procesarlo. Se encoge, patalea, intenta escapar, pero algo en su interior la obliga a reír, a reír sin parar, mientras su cerebro le grita que pare, que se detenga, que eso no es divertido. Pero no puede. Es como si sus pies tuvieran un interruptor que alguien más puede accionar cuando quiera, sin pedir permiso.
De niña, cuando sus hermanos le hacían cosquillas en los pies, Renata terminaba llorando. No de tristeza, sino de una frustración inmensa. Les gritaba que pararan, les suplicaba, les prometía lo que fuera, pero ellos no paraban hasta que ella se quedaba sin aire. Después, cuando el ataque terminaba, ella se levantaba, se secaba las lágrimas y los miraba con una mezcla de odio y resentimiento. No entendía cómo podía ser tan divertido hacerle eso a alguien que claramente no estaba disfrutando. Con el tiempo, aprendió a ocultar su reacción. Se volvió experta en esquivar manos, en mantener las distancias, en cruzar los brazos y los pies cuando alguien se acercaba demasiado. Pero el odio quedó ahí, enterrado, como una espina que no se puede sacar del todo.
En la universidad, entre las risas y los juegos de sus compañeras, Renata siempre se mantiene alerta. Si alguien se acerca con las manos extendidas, ella se aparta. Si una amiga le pone la mano en la cintura sin avisar, Renata se tensa y suelta un «no, por favor» que suena más a ruego que a reclamo. Ellas se ríen y la llaman exagerada, pero ella no cede. Sabe que un solo movimiento equivocado, un solo dedo que se deslice por la planta de su pie, y su fachada de adulta seria se desmoronará en un segundo.
Lo que más le molesta, más allá de la risa incontrolable, es la sensación de impotencia. Esa certeza de que su cuerpo no le pertenece en esos momentos, de que alguien más tiene el poder de hacerla reaccionar como un títere. Por eso odia que le toquen las costillas, porque siente que un dedo puede desarmarla por completo. Odia que le rocen la cintura, porque su cuerpo se encoge sin que ella quiera. Odia las axilas, porque cuando alguien las ataca, sus brazos caen y ya no puede defenderse. Pero sobre todo, odia sus pies. Esa parte de su cuerpo que ella cuida tanto, que se aplica crema todas las noches y se pinta con esmero, es también su mayor debilidad.
A veces, cuando está sola en su departamento y se quita los zapatos, mira sus pies y siente una mezcla de cariño y rencor. Son bonitos, lo sabe. La piel es suave, las uñas están cuidadas, los dedos son largos y elegantes. Pero también sabe que son su punto débil, el lugar donde su cuerpo se rinde sin pelear. Por eso los esconde bajo las sábanas cuando se acuesta, los cruza cuando alguien se sienta cerca, y evita, con todas sus fuerzas, que nadie los toque.
Renata no entiende a la gente que dice que las cosquillas son divertidas. Para ella, son una batalla que pierde antes de empezar, una sensación de descontrol que no puede explicar y que, aunque la haga reír, la llena de una incomodidad profunda. Si pudiera elegir, borraría esa parte de su cuerpo. Pero no puede. Así que se limita a vivir con ella, a esconderla y a esperar que nadie descubra su secreto.
Renata nunca imaginó que las cosquillas le jugarían una mala jugada en Argentina. Cuando llegó a Buenos Aires con sus veintidós años recién cumplidos, una maleta y los nervios a flor de piel, pensó que había dejado atrás muchas cosas. El frío de la nostalgia, la incertidumbre del futuro, y también esa sensación de vulnerabilidad que la acompañaba desde niña. La ciudad era grande, anónima, y eso le daba cierta tranquilidad. Nadie la conocía, nadie sabía de sus secretos, nadie sabía que sus plantas eran un campo minado. Podía empezar de nuevo, construir una versión de sí misma que no tuviera que esconder los pies cada vez que alguien se acercaba.
Y así fue durante un buen tiempo. Renata se dedicó a sus estudios, a su rutina, a su pequeño departamento en Almagro. Hizo amigos, salió a tomar café, caminó por las calles de Palermo y se perdió en las librerías de San Telmo. Las cosquillas, esa espina que la había acompañado durante toda su infancia y adolescencia, quedaron enterradas en el pasado, en esa Bogotá que ya no era suya. No es que las hubiera superado, sino que simplemente no aparecían en su vida cotidiana. No había hermanos que la atormentaran, no había primos que le hicieran cosquillas en las costillas. Era adulta, independiente, y nadie, absolutamente nadie, tenía el derecho de tocarle los pies sin su permiso.
Ahora, a sus veintisiete años, Renata camina por las calles de Buenos Aires con la seguridad de quien ya sabe moverse en esta ciudad. El subte, las plazas, los bares de la esquina. Todo le resulta familiar. La rutina la tiene medida, los exámenes la mantienen ocupada, y las cosquillas, ese secreto que cargó durante años, parecen cosa del pasado. No hay espacio en su cabeza para pensar en ellas. No todavía.
Pero la vida, como siempre, tiene un sentido del humor extraño. Y Renata está a punto de descubrir que las cosquillas, esas que creía haber enterrado junto con su infancia, no han olvidado su nombre.
Una tarde, después de una semana pesada de clases y lecturas, Renata se reunió con sus amigas en un bar de Palermo. Eran las cinco de la tarde, el sol comenzaba a bajar y el lugar estaba lleno de gente que aprovechaba la hora feliz. El grupo era de cinco: Renata, por supuesto, y sus cuatro amigas argentinas que había conocido en la facultad. Todas tenían entre veintiséis y veintiocho años, y aunque cada una llevaba una vida distinta, compartían esa complicidad que se forma cuando uno pasa horas enteras en las mismas aulas, compartiendo apuntes y preocupaciones.
Estaban Macarena, la más extrovertida del grupo, que trabajaba como mesera en un café de moda en el barrio de Belgrano y siempre llegaba con historias de clientes insoportables. Luego estaba Laura, que también trabajaba en un restaurante, pero en Palermo, y que se quejaba de tener que sonreírle a gente que ni siquiera la miraba a los ojos. También estaba Carla, que estudiaba psicología social y trabajaba como niñera de dos hermanos en Recoleta, una familia de esas que tienen departamentos enormes y niños con más energía que un motor. Y por último, Florencia, la más tranquila del grupo, que trabajaba en una librería y era la que siempre tenía un libro nuevo para recomendar.
La conversación iba y venía entre el cansancio de la semana, los exámenes que se venían y los planes para el fin de semana. Hablaban de todo, como siempre, y en algún momento, entre un sorbo de café y otro, el tema de las cosquillas apareció sin que nadie lo esperara. No sabían bien cómo había surgido, pero una de ellas, Macarena, contó que su novio le había hecho cosquillas en las costillas el día anterior y que ella no podía parar de reír, aunque le daba vergüenza porque estaba en la cocina y se le cayó una cuchara al suelo. Las demás se rieron, y Laura dijo que a ella lo que más le molestaban eran las axilas, porque cuando alguien se las tocaba sentía que perdía toda la fuerza en los brazos.
Carla, la que trabajaba como niñera, se sumó a la conversación y dijo que los niños que cuidaba siempre intentaban hacerle cosquillas, pero que ella era rápida para esquivarlos. «No es que sea inmune», aclaró, «pero les he enseñado que conmigo no funciona». Las demás rieron y empezaron a contar cada una en qué parte del cuerpo eran más sensibles. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que Renata no había dicho nada.
—¿Y vos, Renata? —preguntó Macarena, inclinándose sobre la mesa—. ¿Dónde sos cosquilluda?
Renata levantó la vista de su taza de café y negó con la cabeza.
—Yo no soy cosquilluda —dijo, con un tono que intentaba sonar firme—. Es que… no me gustan las cosquillas.
Todas se quedaron mirándola un momento, y luego soltaron una carcajada.
—¿Qué? —preguntó Laura—. ¿Cómo que no te gustan? A todo el mundo le gustan las cosquillas, aunque sea un poco.
—A mí no —respondió Renata, encogiéndose de hombros—. Las odio. No soporto que me toquen así. Es una sensación horrible.
—Pero si te hacen reír —dijo Florencia—. ¿Qué tiene de malo reírse un rato?
Renata movió la cabeza con firmeza. Sabía que no iba a poder explicarlo bien, porque ¿cómo se explica que algo que hace reír a todo el mundo pueda ser tan incómodo para una sola persona? Pero intentó hacerlo.
—No es reírse, es… no sé cómo decirlo. Es una sensación de perder el control. Como si mi cuerpo ya no fuera mío. Y no me gusta. Prefiero mil veces que me hagan cualquier otra cosa antes que cosquillas.
Macarena la miró con curiosidad y se inclinó un poco más hacia ella.
—¿Y dónde sos más cosquilluda? Porque todos tenemos un punto débil.
Renata dudó. No quería decirlo. Había pasado años escondiendo esa información, y no iba a soltarla así nomás, en medio de un bar con sus amigas, aunque fueran sus amigas. Pero las cuatro la miraban con atención, esperando su respuesta, y sintió que no podía evitar contestar.
—En los pies —dijo, casi en un susurro—. Sobre todo en los pies. No soporto que me toquen las plantas. Me da una sensación muy incómoda.
Las otras se rieron, pero no con malicia, sino con esa complicidad de las amigas que se cuentan secretos.
—Ay, Renata, pero si eso es lo más normal del mundo —dijo Carla, la niñera—. A todo el mundo le hacen cosquillas en los pies. No es para tanto.
Renata la miró y quiso responder, pero no encontró las palabras. No era lo mismo. Ellas no entendían que no se trataba solo de reírse un rato, sino de esa sensación de desespero que la invadía cada vez que alguien se acercaba a sus pies. Era algo que no podía explicar con palabras, algo que solo ella conocía.
—No sé —dijo finalmente, bajando la mirada—. Solo sé que no me gustan. Y que evito que me las hagan a toda costa.
Carla se rió y le puso una mano en el hombro.
—Bueno, pero imaginate que en algún momento los chicos que cuides te descubran y te hagan cosquillas. ¿Qué harías? Porque los nenes son muy perceptivos, te lo digo yo. Huelen el miedo.
Renata sintió que el estómago se le encogía. No había pensado en eso. Nunca había pensado en eso. Era una posibilidad remota, o eso creía, pero ahora que Carla lo había dicho, la imagen se le formó en la cabeza con una claridad incómoda. Se quedó en silencio, mirando su taza de café sin verla realmente.
—No sé —respondió al final, con voz baja—. No sabría cómo responder a eso.
Las amigas se rieron de nuevo, pero esta vez Renata no se rió con ellas. Se quedó pensando en las palabras de Carla, en esa idea de que los niños podían descubrir su secreto, en la posibilidad de que algún día, en algún momento, su punto débil se convirtiera en su peor pesadilla. Pero rápidamente sacudió la cabeza y apartó el pensamiento. Era una tontería. Los niños no podían saber nada. Ella era la adulta, la que tenía el control. Y nada de eso iba a pasar.
Las amigas pagaron la cuenta y salieron del bar. El sol de la tarde todavía calentaba, aunque ya empezaba a bajar, y decidieron que era muy temprano para irse cada una a su casa. Carla sugirió ir al parque que quedaba a unas cuadras, ese que tiene un lago pequeño y unos árboles viejos que dan buena sombra. A todas les pareció bien. Caminaron despacio, con los vasos de plástico que se llevaron del bar, y se sentaron en el pasto, en un círculo que formaron casi sin pensarlo. El pasto estaba verde y fresco, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el del vino que habían comprado en un kiosco de camino.
La conversación siguió su curso, como siempre. Hablaron de todo un poco: de los exámenes, de los trabajos, de las familias que las llamaban a cada rato para preguntarles cuándo iban a visitarlas. Macarena contó que su jefe en el café le había pedido que trabajara el sábado y que ella había aceptado porque necesitaba el dinero. Laura dijo que ella también estaba cansada de los horarios rotos, pero que al menos el restaurante donde trabajaba quedaba cerca de su casa. Florencia, la de la librería, confesó que había conocido a un chico que le gustaba y que no sabía cómo decirle. Todas se rieron y le dieron consejos que ella no pidió.
En algún momento, la conversación volvió a las cosquillas. No fue planeado, simplemente surgió de nuevo, como si el tema no se hubiera ido del todo. Macarena dijo que ella seguía pensando en lo que Renata había contado en el bar, que le parecía curioso que alguien pudiera odiar tanto las cosquillas. Laura dijo que ella, en cambio, las disfrutaba, pero solo cuando le hacían en los costados, no en los pies, porque los pies le daban cosa. Carla, la niñera, sonrió y dijo que a ella también le daban cosa los pies, pero que los niños que cuidaba siempre intentaban atacarla por ahí.
Renata estaba sentada con las piernas estiradas y los pies descalzos sobre el pasto. Se había quitado las zapatillas porque el pasto estaba fresco y la sensación era agradable. No pensó en las cosquillas. No pensó en su punto débil. Solo disfrutaba del atardecer, del vino y de la compañía de sus amigas.
Pero algo cambió en el aire. Macarena y Carla intercambiaron una mirada que Renata no alcanzó a descifrar. Fue un instante, un segundo en el que todo pareció detenerse. Y entonces, sin previo aviso, las dos se lanzaron sobre ella.
—¡Qué! —alcanzó a decir Renata, pero ya era demasiado tarde.
Macarena la agarró de los brazos y la tiró hacia atrás, contra el pasto. Carla se le subió por las piernas y le sujetó los tobillos. Laura, que al principio se quedó paralizada, reaccionó rápido y se unió al ataque, sentándose sobre las piernas de Renata para inmovilizarla. Florencia, la más tranquila, se rió y se quedó mirando, pero no se sumó, prefirió ser espectadora.
—¡No! ¡No! ¡NO! —gritó Renata, pero su voz se quebró en una carcajada cuando Laura le clavó los dedos en las axilas.
Era un ataque coordinado. Macarena le hacía cosquillas en las costillas con movimientos rápidos y precisos, mientras Laura no soltaba las axilas. Renata intentó bajar los brazos, pero no tenía fuerza. Su cuerpo se retorcía, pero las amigas la tenían bien sujeta. Carla, que aún le sujetaba los tobillos, no había empezado a atacar los pies. Solo los mantenía firmes, esperando el momento justo.
—¡JAJAJAJAJA! —rió Renata, con una carcajada que le salía del fondo del pecho—. ¡BASTA! ¡BASTA, PAREN!
—¿Ya te rendís? —preguntó Macarena, sin dejar de hacerle cosquillas en las costillas.
—¡NOOO! ¡JAJAJAJAJA! —gritó Renata, retorciéndose en el pasto.
Laura aprovechó el momento y le atacó la cintura con los dedos, justo en ese punto que a Renata siempre le había dado cosa. La sensación la hizo saltar, pero no podía moverse. Las amigas eran más fuertes de lo que parecían, y entre las tres la tenían inmovilizada.
—¡JAJAJAJA! ¡NO AHÍ NO! —suplicó Renata, con la voz entrecortada por la risa—. ¡POR FAVOR! ¡PAREN!
—¿No que odiabas las cosquillas? —dijo Carla, sonriendo—. Mirá cómo te reís.
—¡NO ES LO MISMO! —alcanzó a decir Renata, pero sus palabras se perdieron en otra carcajada.
Fue entonces cuando Carla soltó los tobillos y, con movimientos rápidos, empezó a hacerle cosquillas en las rodillas. Renata sintió que las piernas se le doblaban, que todo su cuerpo se encogía, y que no podía hacer nada para detenerlo.
—¡JAJAJAJAJA! —rió, cada vez más fuerte, con lágrimas en los ojos—. ¡NO PUEDO MÁS! ¡BASTA!
—Todavía no llegamos a lo bueno —dijo Carla, y con una sonrisa pícara, sus dedos se deslizaron hacia las plantas de los pies de Renata.
El contacto fue eléctrico. Renata sintió que el mundo se detenía y que su cuerpo explotaba en una risa incontrolable, de esas que no dejan respirar. Sus pies eran su punto débil, lo sabía, y ahora sus amigas lo sabían también. Carla movía los dedos sobre sus plantas con una precisión que parecía estudiada, mientras Macarena y Laura seguían atacando sus costillas y axilas. Renata no podía hacer nada. Solo reír. Reír y suplicar y retorcerse como una lombriz.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NOOO! ¡POR FAVOR! ¡PAREN! —gritó, con lágrimas en los ojos—. ¡NO PUEDO MÁS! ¡LES JURO QUE NO PUEDO MÁS!
—¿Qué prometes si paramos? —preguntó Macarena, con una sonrisa malvada.
—¡LO QUE SEA! —gritó Renata—. ¡LO QUE QUIERAN! ¡PERO PAREN!
Carla redujo la velocidad de sus dedos, pero no los quitó del todo. Siguió moviéndolos en círculos sobre las plantas, suavecito, provocando que Renata siguiera riendo aunque con menos intensidad.
—¿Lo que sea? —preguntó Carla—. ¿Segura?
—¡SÍ! ¡SEGURA! —respondió Renata, entre carcajadas—. ¡PAREN!
Carla quitó las manos y las otras dos amigas hicieron lo mismo. Renata quedó tendida en el pasto, sin aliento, con la cara roja, el cabello despeinado y la ropa llena de pasto y tierra. Las lágrimas de la risa le corrían por las mejillas y respiraba con dificultad, como si hubiera corrido una maratón.
Las amigas se rieron, pero no con crueldad, sino con esa alegría de quien acaba de compartir un momento divertido. Carla se recostó a su lado y le puso una mano en el hombro.
—¿Ves que no es tan malo? —dijo—. Te reíste un montón.
Renata intentó responder, pero no tenía aliento. Solo podía mirar al cielo, que comenzaba a oscurecerse, y sentir cómo su corazón latía con fuerza. Había perdido el control. Se había rendido. Y por primera vez en mucho tiempo, aunque odiara admitirlo, no se sentía tan mal.
Renata tardó unos minutos en recuperar el aliento. Seguía tendida en el pasto, con los brazos extendidos y la mirada perdida en el cielo que empezaba a teñirse de naranja. Su pecho subía y bajaba con fuerza, y sentía un cosquilleo residual en todo el cuerpo, como si las manos de sus amigas todavía estuvieran ahí, recorriendo sus costillas, sus axilas, sus rodillas. Y sobre todo sus pies. Sus pobres pies, que seguían vibrando con la sensación de los dedos de Carla moviéndose sobre las plantas.
—¿Ya te pasó? —preguntó Macarena, inclinándose sobre ella con una sonrisa.
Renata negó con la cabeza, sin fuerzas para hablar. Respiró hondo, profundamente, y cuando sintió que su voz volvía a responderle, se incorporó lentamente, apoyando las manos en el pasto.
—No… no me pasó —dijo, con la voz aún temblorosa—. Pero odio las cosquillas. En serio. No es que me haya reído porque me gusten. Es que no puedo controlarme. Tengo muchas cosquillas, en todos lados, y cuando alguien me toca así, no importa dónde, mi cuerpo reacciona y no puedo hacer nada para detenerlo. Es como si perdiera el control por completo.
—¿Y eso es malo? —preguntó Laura, arqueando una ceja—. O sea, reírse está bien, ¿no? No es como si te estuvieran haciendo daño.
—No es daño físico —explicó Renata, pasándose una mano por el cabello para acomodarlo—. Es otra cosa. Es una sensación de impotencia. Como si mi cuerpo no me obedeciera. Y yo no puedo con eso. Prefiero mil veces que me hagan cualquier otra cosa antes que cosquillas.
Carla, la niñera, la miró con curiosidad y se recostó sobre un codo, apoyando la cabeza en su mano.
—Pero imaginate que en algún momento los chicos que cuides te descubran —dijo, como quien piensa en voz alta—. Porque los nenes son muy perceptivos, te digo. Huelen el miedo, huelen la inseguridad. Y si se dan cuenta de que sos cosquilluda, te van a atacar sin piedad. ¿Qué harías en ese caso?
Renata sintió que el estómago se le encogía de nuevo. Era la misma pregunta que Carla le había hecho en el bar, pero ahora sonaba diferente, más real, como si estuviera proyectando una posibilidad que Renata no quería considerar.
—No sé —respondió, encogiéndose de hombros—. No sabría cómo responder a eso. O sea, no sé qué haría. No sé si podría hacer algo. Me da cosa pensarlo.
Carla se rió y negó con la cabeza, con ese gesto argentino que mezcla complicidad y un toque de picardía.
—Mirá, te voy a contar algo —dijo, sentándose mejor en el pasto—. Yo trabajo de niñera hace dos años, y te juro que los chicos tienen una obsesión con las cosquillas. No sé qué se traen, pero les encanta. Sobre todo con los pies. A mí también me pasa que cuando estoy descalza en la casa, los nenes se me acercan y arrancan con el juego. Y la verdad es que no sé si es porque les divierte verme reír o porque les parece gracioso que una adulta pierda el control, pero te aseguro que a ellos les fascina.
—¿Y vos qué hacés? —preguntó Florencia, que hasta ahora había sido espectadora.
—¿Yo? —Carla se encogió de hombros—. Me río. No me queda otra. Si los nenes te agarran los pies, lo mejor que podés hacer es reírte y bancártela. Porque si te enojás, les das más motivos para seguir. Y si te ponés nerviosa, también. Así que te reís, te retorcés un poco, y cuando ellos se cansan, seguís con lo tuyo. Pero te digo una cosa: da mucha risa. Aunque al principio te agarre desprevenida, después te acostumbrás.
Renata la escuchaba con atención, pero en su cabeza se formaban imágenes que no le gustaban. Imágenes de niños pequeños acercándose a sus pies mientras ella estaba distraída, de dedos curiosos deslizándose por sus plantas, de carcajadas infantiles mientras ella se retorcía sin poder hacer nada. Sintió un escalofrío y apartó el pensamiento.
—Yo no sé si podría acostumbrarme —dijo, con honestidad—. Apenas puedo con ustedes, que son mis amigas. No me imagino con un montón de niños encima.
Las amigas se rieron, pero esta vez Renata no se sintió tan incómoda. El vino, el atardecer y la complicidad del momento hicieron que la conversación fluyera con naturalidad.
—Bueno, pero si algún día te pasa —dijo Carla, guiñándole un ojo—, acordate de mí. Yo te voy a dar clases de cómo sobrevivir a los pies de los nenes.
Renata sonrió y negó con la cabeza, pero no dijo nada. Sabía que esa conversación no era una simple charla entre amigas. Sabía que algo en su interior se había encendido, como una alerta silenciosa que le decía que las cosquillas, esas que tanto odiaba, podían estar más cerca de lo que imaginaba.
La conversación siguió fluyendo, y en algún momento, entre sorbo y sorbo de vino, el tema dio un giro inesperado. Renata, que todavía sentía el cosquilleo residual en las plantas de sus pies, escuchó a Macarena decir algo que la dejó helada.
—A mí también me pasa eso con los pies —dijo Macarena, como si nada, mientras se echaba hacia atrás en el pasto y estiraba las piernas—. No sé, debe ser que tengo los nervios muy expuestos o algo, pero no soporto que me toquen la planta. Me da una cosquilla que me sube hasta la nuca.
Renata la miró con sorpresa. Macarena, tan extrovertida, tan segura de sí misma, también tenía ese punto débil.
—¿En serio? —preguntó Renata, sin poder ocultar su curiosidad.
—Obvio —respondió Macarena—. Una vez mi hermano me agarró los pies mientras estaba acostada en el sillón y casi le pego una patada. No lo hice a propósito, fue un reflejo. Pero fue tan fuerte que él se asustó más que yo.
Laura, que estaba sentada con las piernas cruzadas, levantó la mirada y asintió con la cabeza.
—A mí también me pasa, pero no tan fuerte —dijo—. O sea, sí me hacen cosquillas en los pies, me río y todo, pero no es que pierda el control como vos, Renata. Aunque tampoco me gusta, la verdad.
—¿Y vos, Florencia? —preguntó Carla, girándose hacia la más tranquila del grupo—. ¿Sos cosquilluda en los pies?
Florencia sonrió y se encogió de hombros.
—Sí, la verdad es que sí. Pero yo lo llevo mejor. No es que me desespere, solo que me da risa y ya. Pero si alguien insiste mucho, sí, termino pidiendo que paren.
Carla soltó una carcajada y se recostó sobre el pasto, mirando al cielo.
—Bueno, parece que todas tenemos el mismo punto débil —dijo—. Qué curioso, ¿no? Las cinco, cosquilludas en los pies. Es como si el universo nos hubiera juntado para que supiéramos que no estamos solas en esto.
Renata las miró a todas y sintió una mezcla de alivio y sorpresa. Durante años había creído que era la única, que su hipersensibilidad en los pies era algo raro, algo que la hacía diferente a las demás. Pero ahora, sentada en ese parque, rodeada de sus amigas, descubría que no era así. Todas tenían ese mismo punto débil. Todas sabían lo que se sentía.
—No sabía —dijo Renata, con una sonrisa tímida—. Siempre pensé que era la única.
—¿La única? —se rió Carla—. Mirá, en Argentina somos todos cosquilludos en los pies, es como parte de nuestra genética. No conozco a nadie que no se ría si le tocan la planta.
Las demás se rieron y Renata se unió a ellas. Por un momento, el tema dejó de ser incómodo. Se convirtió en algo que compartían, un secreto que las unía.
—Bueno, pero entonces —dijo Macarena, incorporándose—, si todas somos cosquilludas, significa que cualquier día podemos hacer un ataque sorpresa y la primera que se rinda pierde.
—No te atrevas —dijo Renata, levantando las manos en señal de defensa—. Ya tuvieron suficiente por hoy.
—Por ahora —respondió Carla, con una sonrisa pícara—. Pero no me prometas nada.
Todas rieron, y el atardecer siguió su curso, tiñendo el cielo de colores cálidos mientras el vino se acababa y la conversación se desvanecía en risas y confidencias. Pero en el fondo, Renata sabía que algo había cambiado. El tema de las cosquillas ya no era un secreto guardado bajo llave. Era un lazo más que la unía a sus amigas, y aunque seguía odiándolas con toda su alma, la idea de compartir esa vulnerabilidad no la hacía sentir tan mal como antes.
Pasaron dos semanas desde aquella tarde en el parque. Renata había vuelto a su rutina de siempre, con los exámenes acechando y las lecturas acumulándose en su escritorio. El tema de las cosquillas, aunque había quedado flotando en el aire durante algunos días, se fue diluyendo entre las preocupaciones cotidianas. Sus amigas seguían siendo las mismas, y cada vez que se veían, alguna sacaba el tema a modo de broma, pero Renata ya aprendió a reírse con ellas, aunque por dentro todavía sintiera ese escalofrío incómodo.
Una tarde, después de una clase de psicopatología que la dejó con la cabeza dando vueltas, Renata recibió un mensaje de Carla. Era un audio de WhatsApp, y cuando lo escuchó, la voz de su amiga sonaba entusiasmada.
—Renata, ¡tenemos que hablar! Te conseguí una entrevista. Una familia re buena, re copada. Son unos empresarios, viven en una casa enorme en Belgrano, tienen cuatro hijos, re lindos, entre seis y diez años. Necesitan una niñera para las tardes, de lunes a viernes, y el pago es muy bueno. Te paso el contacto, hablá con la mamá, se llama Soledad. Es re amable, te va a encantar. No dejes pasar esta oportunidad.
Renata escuchó el mensaje dos veces. La primera, para captar toda la información. La segunda, para procesarla. Cuatro hijos, entre seis y diez años. Una casa enorme en Belgrano. Empresarios. Todo sonaba bien, demasiado bien. Y el pago, como Carla había dicho, era muy bueno.
Pero algo en su interior se movió. Algo que no quería reconocer. Una voz pequeña que le recordaba la conversación en el parque, las risas, las suplicas, la sensación de perder el control. Sacudió la cabeza y se dijo a sí misma que era una tontería. Los niños no sabían nada. Ella era la adulta, la que tenía el control. Y nada de eso iba a pasar.
Le respondió a Carla con un mensaje breve: «Dale, pasame el contacto. Muchas gracias».
A la mañana siguiente, Renata llamó a Soledad. La mujer atendió con una voz cálida y amable, y después de unos minutos de conversación, acordaron una entrevista para el viernes a las cuatro de la tarde. Renata anotó la dirección en su agenda y colgó el teléfono con una mezcla de nervios y entusiasmo.
El viernes llegó más rápido de lo que esperaba. Renata se preparó con cuidado, eligiendo unos jeans azules oscuros, una remera blanca limpia y un buzo gris claro. Se recogió el cabello en una cola de caballo, se puso un poco de gloss en los labios y se calzó unas zapatillas deportivas que le quedaban cómodas. Antes de salir, se miró al espejo y respiró hondo.
—Vas a estar bien —se dijo a sí misma—. Es solo una entrevista. Nada más.
Tomó el subte hasta Belgrano y caminó unas cuadras hasta la dirección que le había dado Soledad. La casa era grande, de esas que tienen un jardín al frente y una reja de hierro forjado. Renata tocó el timbre y esperó, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
La puerta se abrió y una mujer de unos cuarenta años, con una sonrisa amplia y el cabello recogido en un moño, la recibió con los brazos abiertos.
—¡Hola! Vos debés ser Renata. Pasá, pasá, no te quedes afuera.
Renata sonrió y entró. La casa era amplia, con muebles de madera oscura y cuadros en las paredes. Se escuchaban risas y voces infantiles en algún lugar del fondo.
—Los chicos están en el jardín —dijo Soledad, mientras la guiaba hacia la sala—. Pero primero hablemos nosotras, así te cuento bien qué necesito.
Renata asintió y se sentó en el sillón que le ofreció Soledad. La entrevista comenzaba. Y ella estaba lista para escuchar.
Soledad la invitó a pasar a la sala, una habitación amplia con ventanales que daban al jardín y muebles de madera clara que combinaban con los cojines de colores. Renata se sentó en el borde del sillón, con la espalda recta y las manos apoyadas en las rodillas. Soledad se sentó frente a ella, en un sillón individual, y cruzó las piernas con naturalidad.
—Bueno, Renata —dijo Soledad, con una sonrisa cálida—. Primero, contame un poco de vos. ¿De dónde sos? Porque se nota que no sos argentina, tu acento es muy lindo, como cantadito.
Renata sonrió y respondió con su tono colombiano neutro, el que siempre usaba cuando hablaba con gente nueva.
—Soy de Bogotá. Colombia. Llegué a Buenos Aires hace cinco años, vine a estudiar Psicología en la Universidad de Buenos Aires.
—¿Y solita? —preguntó Soledad, con curiosidad genuina—. ¿Viniste sola, sin familia?
—Sí, solita —respondió Renata, con una sonrisa que intentaba parecer segura—. Tenía una tía que vivía acá, pero ella me ayudó al principio con el alojamiento. Ya hace unos años que vivo con unas compañeras de la facultad.
—¡Qué valiente! —dijo Soledad, moviendo la cabeza con admiración—. Dejarlo todo para venir a estudiar a otro país no es fácil. Yo no sé si hubiera tenido el coraje a tu edad.
Renata se encogió de hombros, agradecida por el cumplido pero sin saber muy bien cómo responder. Soledad continuó con las preguntas, como si estuviera haciendo un inventario de su vida.
—¿Y hace cuánto trabajás de niñera? ¿Tenés experiencia con chicos? Porque te digo, los míos son cuatro, y no son precisamente tranquilos.
—Tengo algo de experiencia —dijo Renata—. He cuidado a hijos de vecinos, a amigos de la facultad. No es algo que haya hecho por mucho tiempo, pero me llevo bien con los niños. Me gusta jugar con ellos y ayudarlos con las tareas.
—¿Y estudiando psicología? —preguntó Soledad, arqueando una ceja—. ¿No te da cosa trabajar con chicos y después tener que tratarlos como pacientes?
Renata rió suavemente.
—No, para nada. La psicología infantil es una de las ramas que más me interesan. Pero no es lo mismo ser psicóloga que niñera. Con los chicos, yo solo quiero que se diviertan y estén seguros. Después, en la facultad, es otra cosa.
Soledad asintió, como si la respuesta la hubiera convencido. Se inclinó un poco hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas.
—Mirá, te voy a ser sincera. Mis hijos son cuatro varones. Todos varones. Tienen seis, siete, nueve y diez años. Son inquietos, les gusta correr, saltar, hacer ruido. Pero son buenos chicos, de buen corazón. Lo que pasa es que a veces se emocionan y no miden bien las fuerzas.
Renata escuchaba con atención, asintiendo de vez en cuando para mostrar que entendía.
—¿Y qué es lo que más les gusta hacer? —preguntó Renata, tratando de hacerse una idea de cómo serían los niños.
Soledad sonrió, como si la pregunta le trajera recuerdos divertidos.
—Les gusta jugar, obvio. Pero lo que más les fascina son las cosquillas. No sé qué tienen los chicos con eso, pero a ellos les encanta. De hecho, yo misma soy víctima de sus ataques —dijo, riéndose—. Cuando estoy con ellos y no estoy trabajando, siempre terminan haciéndome cosquillas. Sobre todo en los pies. No sé qué se traen con los pies, pero les fascina. Apenas me ven descalza, ya están al acecho.
Renata sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo desde la nuca hasta la punta de los dedos. No era miedo, no era terror. Era algo más parecido a una alerta silenciosa, una señal que su cuerpo enviaba sin que ella pudiera controlarla. Pero rápidamente la disimuló con una sonrisa y asintió como si todo fuera normal.
—Qué divertido —dijo, con una voz que intentaba sonar natural—. Los chicos son así, siempre buscan juegos nuevos.
Soledad se rió y negó con la cabeza.
—Divertido para ellos, claro. Para mí, a veces es un poco agotador, pero bueno, son mis hijos y los quiero así. Lo importante es que se diviertan y no se lastimen.
Renata asintió de nuevo, pero por dentro, esa pequeña alerta seguía ahí, encendida como una lucecita tenue que no terminaba de apagarse.
Soledad la miró con una sonrisa cómplice, como si hubiera encontrado un punto en común que quería explorar.
—Che, y vos, ¿sos cosquilluda? —preguntó, con un tono ligero y juguetón—. Porque yo también soy re cosquilluda, fijate. Y los chicos me tienen re calada. No sé si es algo que se hereda o qué, pero en mi familia todos somos iguales. Mi hermana es peor que yo, no la podés tocar ni con un dedo porque ya se está riendo.
Renata sonrió, sintiendo que la pregunta llegaba en un momento inesperado pero sin la incomodidad de otras veces. Soledad tenía una forma de hablar tan natural que hacía que todo pareciera una charla entre amigas.
—Sí, creo que tengo cosquillas, como todas las personas —respondió Renata, tratando de mantener un tono casual—. No soy la única, ¿no?
—Claro que no —dijo Soledad, riéndose—. Pero la pregunta es dónde. Porque no es lo mismo tener cosquillas en las axilas que en el cuello o en la cintura. Todos tenemos un punto débil. Mi marido, por ejemplo, es re cosquilludo en las costillas. Con solo tocarlo ya se está riendo como un chico chiquito.
Renata dudó por un momento, pero la confianza que le transmitía Soledad la hizo sentirse cómoda. No había mala intención en sus palabras, solo curiosidad genuina, como cuando dos personas comparten secretos sin importancia.
—En los pies —dijo, con una sonrisa—. Sobre todo en las plantas. Es mi punto débil, digamos.
Soledad soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—¡No me digas! Justo lo que les encanta a mis hijos. Mirá que casualidad. A ellos les fascinan los pies, no sé por qué. Pero bueno, ya sabés, si un día te ven descalza, estate atenta porque te van a atacar sin piedad.
Renata rió, pero por dentro sintió que algo se movía en su estómago. No era miedo, no era angustia. Era simplemente la certeza de que, si aceptaba ese trabajo, iba a tener que lidiar con algo que llevaba años evitando. Pero rápidamente apartó el pensamiento y siguió la conversación con naturalidad.
—Bueno, y hablando de eso —dijo Soledad, cambiando el tono a uno más serio pero igualmente cálido—, quería proponerte algo. Necesito a alguien que esté disponible por las tardes, de lunes a viernes. Pero también necesito que sea una persona confiable, que los chicos se sientan cómodos, y vos me das esa sensación. Así que te voy a hacer una oferta.
Renata se enderezó un poco, curiosa.
—¿Qué oferta?
—Te propongo que trabajes como niñera interna. O sea, que te quedes a vivir acá. Tenemos una habitación libre en el fondo de la casa, es chica pero tiene una ventana que da al jardín, y podrías tener tu espacio para estudiar tranquila. La paga sería muy buena, mejor que lo que pagan normalmente las familias que buscan niñeras por horas. Y además tendrías la comodidad de no tener que viajar todos los días, porque estarías acá mismo.
Renata abrió los ojos con sorpresa. No esperaba esa oferta. Había pensado en un trabajo de unas horas, no en algo que implicara mudarse.
—¿Interna? No sé si podría —dijo, con un tono de duda—. Tengo la facultad, los horarios de clases, los exámenes… No sé si me daría tiempo.
—Claro que te daría tiempo —respondió Soledad, con seguridad—. La habitación es para que estudies tranquila, sin que te molesten. Podés usar las tardes para los chicos, y cuando ellos se acuestan, la noche es tuya. Los fines de semana podés volver a tu departamento si querés, o quedarte acá. Vos decidís.
Renata pensó en su departamento en Almagro, en sus compañeras de piso, en su rutina. Pero también pensó en los gastos, en el alquiler que siempre estaba apretado, en los libros que necesitaba comprar para la facultad. La oferta de Soledad era tentadora.
—Dame un momento para pensarlo —dijo Renata, con una sonrisa—. No es una decisión que pueda tomar así nomás.
—Por supuesto —dijo Soledad, levantándose—. Tomate tu tiempo. Pero si te interesa, la habitación está disponible desde la semana que viene. Avísame y arreglamos.
Renata asintió y se levantó también. La entrevista había terminado, pero sentía que algo nuevo empezaba. Algo que no sabía si era bueno o malo, pero que estaba ahí, esperando.
