Después de lo de Leo, Astrid se quedó pensando. No esa tarde. No esa noche. Ni siquiera esa semana. Pero en algún momento, en uno de esos silencios largos que tenía en su apartamento, con la ciudad encendida al otro lado del ventanal, se descubrió pensando en lo que había pasado. No en el niño. No en los dedos. No en la risa. En ella. En cómo había reaccionado. En cómo, al final, había dejado de luchar. En cómo, por un momento, se había rendido.
Y no le había gustado. No del todo. Porque rendirse era una cosa. Y permitir que alguien abusara de ella era otra. Y Astrid, a sus cuarenta y cinco años, sabía distinguir perfectamente entre las dos.
Había pasado toda su vida controlando. El trabajo. La casa. La rutina. El cuerpo. Las emociones. Todo. Y las cosquillas eran lo único que se le escapaba. Lo único que no podía dominar. Lo único que la hacía reír cuando no quería. Lo único que la hacía suplicar cuando no quería suplicar. Y eso, durante años, la había enfurecido. Porque no soportaba perder el control. Porque no soportaba sentirse débil. Porque no soportaba que alguien la viera así.
Pero lo de Leo había sido distinto. Leo no era un adulto. Leo no tenía maldad. Leo solo jugaba. Y por eso, por primera vez, Astrid había podido reírse sin rabia. Sin vergüenza. Sin odio. Se había reído porque no le quedaba otra. Se había reído porque el cuerpo se ríe. Pero también se había reído porque, en el fondo, no había nada que temer. Leo no la estaba humillando. Leo no la estaba castigando. Leo solo estaba siendo un niño.
Eso la hizo pensar. En todos los demás. En los adultos. En los que sí tenían maldad. En los que sí querían verla perder el control. En los que no paraban cuando ella pedía que pararan. En los que confundían su risa con permiso. En los que disfrutaban viéndola suplicar.
Y Astrid llegó a una conclusión. Simple. Clara. Definitiva.
No iba a dejar de tener cosquillas. No podía. Era su cuerpo. Era su piel. Era su hipersensibilidad. No había nada que hacer. No había cura. No había entrenamiento que la volviera insensible. Las cosquillas iban a seguir ahí. En las plantas de los pies. En los arcos. En los dedos. En las costillas. En la barriga. En las axilas. En el cuello. En todas partes. Y ella iba a seguir riéndose. A seguir retorciéndose. A seguir suplicando. Porque el cuerpo reacciona. Porque la risa sale sola. Porque no hay forma de evitarlo.
Pero una cosa era tener cosquillas. Y otra cosa era permitir que alguien abusara de ellas.
Así que Astrid tomó una decisión. No la escribió. No la dijo en voz alta. No la compartió con nadie. Pero la tomó. Y la decisión era esta: iba a dejar de luchar contra las cosquillas. Iba a dejar de odiarlas. Iba a dejar de avergonzarse. Iba a aceptar que su cuerpo era así. Que reaccionaba así. Que se reía así. Y que no había nada malo en eso.
Pero no iba a permitir que nadie se aprovechara. No iba a permitir que nadie la inmovilizara. No iba a permitir que nadie siguiera cuando ella dijera basta. No iba a permitir que nadie confundiera su risa con consentimiento. No iba a permitir que nadie la torturara solo porque podía. Si alguien quería hacerle cosquillas, tendría que ser con respeto. Con límites. Con permiso. Y cuando ella dijera «ya», tendrían que parar. Sin excusas. Sin risas. Sin «pero si te estás riendo». Sin «pero si te gusta». Sin nada.
Porque las cosquillas no eran el problema. El problema eran las personas que no sabían parar. El problema eran las personas que disfrutaban viéndola perder el control. El problema eran las personas que se aprovechaban de su debilidad. Y Astrid, después de cuarenta y cinco años, había decidido que ya estaba bien. Que ya había sufrido suficiente. Que ya había aguantado suficiente. Que ya había soportado suficiente.
Iba a dejarse llevar. Iba a reírse. Iba a aceptar que era cosquilluda. Iba a dejar de esconderlo. Iba a dejar de avergonzarse. Pero no iba a permitir que nadie abusara de ella. Ni un adulto. Ni un niño. Ni un desconocido. Ni un conocido. Nadie.
Esa era la línea. Esa era la frontera. Esa era la regla. Y Astrid, por primera vez en mucho tiempo, sintió que tenía el control. No sobre las cosquillas. Sobre lo que permitía. Sobre lo que aceptaba. Sobre lo que toleraba. Y eso, para ella, era suficiente.
Astrid llegó a casa pasadas las ocho de la noche. Un día arduo. Reuniones, informes, una desvinculación complicada, un cliente insoportable. Bajó del coche en el garaje abierto de la planta baja, un espacio de concreto frío, con las paredes desconchadas y una sola bombilla que parpadeaba. Cerró el coche. Subió las escaleras exteriores. El viento del puerto le golpeó la cara. Frío. Húmedo. Olor a salitre y a diésel.
Llegó al rellano del segundo piso. Sacó las llaves. Abrió la puerta. Entró. La cerró. No la aseguró. Solo la cerró. Un descuido. Un segundo de cansancio. Un gesto automático.
Se quitó la chaqueta. La colgó en el perchero. Se pasó los dedos por el pelo. Encendió la luz de la cocina. Dejó el bolso sobre la encimera. Se sirvió un vaso de agua. Bebió. Respiró.
No lo vio entrar. No lo escuchó. La puerta se abrió sin ruido. Un hombre. Alto. Delgado. Ropa oscura. Pasamontañas. Guantes. Se movía como si conociera la casa. Como si hubiera estado antes. Como si hubiera estudiado cada rincón. Cada horario. Cada movimiento de Astrid.
Astrid se giró. El vaso se le cayó de las manos. Se rompió en el suelo. El agua salpicó sus tacones negros.
—No grites —dijo el hombre. Su voz era tranquila. Demasiado tranquila—. Si gritas, te va a ir peor.
Astrid retrocedió. Un paso. Dos. Buscó algo con qué defenderse. La encimera. El cuchillo del pan. No llegó. El hombre fue más rápido. La agarró del brazo. La giró. La empujó contra la pared. Astrid intentó forcejear. Intentó patear. Intentó arañar. Pero el hombre era más fuerte. Mucho más fuerte. Le torció los brazos. Le puso algo en las muñecas. Una cuerda. Plástico. No lo vio. Solo sintió que la apretaba. Que le cortaba la circulación. Que no podía mover las manos.
La arrastró hasta el salón. Una silla de madera. Sólida. La sentó. Le ató los tobillos a las patas de la mesa de enfrente de ella. Le estiró las piernas hacia adelante. Las apoyó sobre una mesa baja que había frente a la silla. Le pasó otra cuerda por los tobillos. Otra por las rodillas. Otra por la cintura. Los brazos se los ató a la espalda. Fuerte. Muy fuerte. Astrid intentó liberarse. Tiró. Forcejeó. Se retorció. Nada. La silla no cedía. Las cuerdas no cedían. El hombre no cedía.
—¿Dónde está la caja fuerte? —preguntó.
Astrid lo miró. Con rabia. Con miedo. Con las mejillas coloradas del esfuerzo.
—No tengo caja fuerte.
El hombre se rió. Una risa corta. Siniestra.
—No me mientas. Sé que tienes. Sé que guardas dinero. Documentos. Joyas. Todo está ahí. Solo dime la combinación.
—No hay ninguna caja fuerte.
El hombre se acercó. Se agachó. Le puso la cara cerca. Tan cerca que Astrid podía oler su aliento. A café. A tabaco. A algo metálico.
—No quiero hacerte daño —dijo—. Pero si no me das lo que quiero, voy a tener que hacerlo.
Astrid no respondió.
—La combinación.
—No hay caja fuerte.
El hombre se levantó. La miró desde arriba. Con desprecio. Con paciencia. Con esa calma de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.
—Está bien. Vamos a hacerlo de otra manera.
Astrid tragó saliva. Las manos le temblaban. Las piernas también. Los tacones negros seguían puestos. La falda se le había subido un poco al sentarse. La camisa se le había arrugado. La chaqueta estaba en el perchero. Lejos. Muy lejos.
El hombre caminó hacia la cocina. Abrió cajones. Revolvió. Volvió con un cuchillo. Pequeño. De cocina. No lo usó. Solo lo mostró.
—Voy a preguntarte una vez más. ¿Dónde está la caja fuerte?
—No tengo caja fuerte.
El hombre asintió. Como si lo hubiera esperado. Guardó el cuchillo en el bolsillo. Se acercó a la mesa. Miró las piernas de Astrid. Los tacones. La falda. Los tobillos atados. Las cuerdas.
—Entonces tendremos que esperar a que cambies de opinión.
Astrid no entendió. No entendió hasta que el hombre se agachó. Hasta que le puso una mano en el tobillo. Hasta que le acercó la cara a los pies. Hasta que sonrió.
El hombre empezó a moverse por la casa como si fuera suya. Abrió el armario del recibidor. Tiró los abrigos al suelo. Abrió los cajones de la cocina. Sacó los cubiertos. Los tiró sobre la encimera. Abrió la nevera. La cerró. Abrió el horno. Miró dentro. Nada. Abrió los armarios altos. Platos. Vasos. Tazas. Nada.
Astrid lo oía. Desde la silla. Atada. Con las manos a la espalda. Con los tobillos amarrados a la mesa. Con las cuerdas apretándole la cintura. Con los tacones aún puestos. Con la falda subida. Con la camisa arrugada. Con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que el hombre podía oírlo.
El hombre pasó al salón. Abrió el mueble del televisor. Sacó los DVDs. Los tiró. Abrió los cajones de la mesa de centro. Nada. Abrió el mueble bar. Botellas. Vasos. Servilletas. Nada. Abrió el armario de la ropa. Chaquetas. Abrigos. Zapatos. Nada. Sacó las cajas del armario superior. Sábanas. Toallas. Nada. Nada. Nada.
—¿Dónde está? —preguntó, sin mirarla. Como si hablara solo—. Sé que tienes algo. Todos tienen algo.
Astrid no respondió. Tenía la boca seca. La garganta cerrada. Las manos sudadas. Las cuerdas le cortaban las muñecas. Los tobillos también. Intentó mover los pies. Nada. Intentó mover las manos. Nada. Intentó respirar hondo. El aire le llegaba a los pulmones con dificultad.
El hombre subió las escaleras. Las exteriores. No. Las interiores. Las que llevaban al altillo. Astrid lo oyó abrir puertas. Arrastrar cosas. Tirar cajas. Volver a bajar. Tenía polvo en la ropa. En el pasamontañas. En los guantes.
—Nada —dijo—. No hay nada arriba.
Astrid no respondió.
El hombre se acercó a ella. Se agachó. Le puso una mano en la rodilla. Astrid se tensó. Todo su cuerpo se tensó. Las piernas. Los brazos. El cuello. La espalda.
—No te pongas así —dijo él—. Solo estoy buscando.
—No tengo nada —dijo Astrid. Su voz salió ronca. Débil. Casi un susurro.
—Todos tienen algo.
El hombre se levantó. Volvió a la cocina. Abrió más cajones. Más puertas. Más armarios. Revolvió. Tiró. Rompió un plato. Astrid oyó el cristal romperse. Cerró los ojos. Respiró. Abrió los ojos.
El hombre volvió. Con un cuchillo. El mismo de antes. O otro. No importaba. Se acercó a la mesa. Miró las piernas de Astrid. Los tacones. La falda. Los tobillos atados. Las cuerdas. Los pies.
—Voy a preguntarte una vez más. ¿Dónde está la caja fuerte?
Astrid lo miró. Con miedo. Con rabia. Con cansancio. Con las mejillas coloradas. Con los ojos húmedos. Pero no lloró. No iba a llorar delante de él.
—No tengo caja fuerte.
El hombre asintió. Como si lo hubiera esperado. Como si ya lo supiera. Como si no le importara. Guardó el cuchillo. Se agachó. Le puso una mano en el tobillo. Astrid sintió el cuero frío de los guantes. Sintió la presión de los dedos. Sintió que le agarraba el pie. Que le sostenía el tacón. Que se lo miraba. Como si fuera algo interesante. Como si fuera algo que no hubiera visto antes.
Astrid tragó saliva. No entendía qué estaba haciendo. No entendía por qué le miraba los pies. No entendía nada. Solo sabía que estaba atada. Que no podía moverse. Que el hombre tenía el control. Y que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía idea de lo que iba a pasar.
El hombre seguía agachado frente a los pies descalzos de Astrid. No se movió. No se levantó. No dejó de mirarlos. Luego, sin cambiar de postura, sin alzar la voz, preguntó:
—¿Vas a cooperar?
Astrid lo miró. Tenía los ojos abiertos. Muy abiertos. Fijos en sus propios pies desnudos. En las plantas blancas. En los arcos. En los dedos. Expuestos. Vulnerables. Sin nada que los cubriera. Sin nada que los protegiera. Y el hombre ahí. A centímetros. Mirándolos como si fueran la cosa más interesante que había visto en su vida.
—No tengo nada —dijo Astrid. Su voz tembló. Se le quebró a mitad de la palabra. Nerviosa. Con terror.
El hombre no se movió.
—El dinero. Las joyas. La combinación de la caja fuerte. Los contratos. Los cheques. Las tarjetas. Las claves. Todo. ¿Dónde está?
—No tengo nada —repitió Astrid. Casi un susurro.
El hombre la miró. A ella. A los ojos. Luego otra vez a los pies. A las plantas. A los arcos. A los dedos. Y una sonrisa se dibujó debajo del pasamontañas. No se le veía la boca. Pero se le veía en los ojos. Una sonrisa lenta. Sádica. Paciente.
—Está bien —dijo—. Usted se lo buscó.
Y deslizó los dedos.
Muy suave. Muy lento. Por las plantas. Por los arcos. Por los talones. Por la base de los dedos. Los dos pies. Al mismo tiempo. Con las yemas. Sin uñas. Sin fuerza. Solo el roce. Ese roce leve. Ese roce que Astrid conocía demasiado bien. Ese roce que no podía evitar.
Astrid gritó.
—AAAAAAHHHHH…
No fue una risa. Fue un grito. Un grito corto. Agudo. Involuntario. Un grito que le salió del pecho antes de que pudiera pensarlo. Antes de que pudiera tragárselo. Antes de que pudiera recordar que estaba atada. Que estaba en peligro. Que el hombre tenía el control.
El hombre no paró. Sus dedos siguieron. Por los arcos. Por los talones. Por entre los dedos. Por la almohadilla. Sin prisa. Sin piedad. Sin descanso.
—Las cosquillas nunca fallan —dijo. Su voz era tranquila. Casi divertida. Casi satisfecha.
Astrid se retorció en la silla. Tiró de las cuerdas. Forcejeó. Intentó mover los pies. Pero los tobillos estaban atados. Las piernas estiradas. La mesa los sostenía. No podía ir a ninguna parte. Solo podía reírse. O gritar. O suplicar. Y todavía no había llegado a ninguna de las tres.
El hombre volvió a preguntar. Sin dejar de mover los dedos. Sin dejar de rozar los arcos. Sin dejar de hacerle cosquillas.
—¿Dónde está el dinero?
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
—¿Las joyas?
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
—¿Los contratos?
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
—¿Los cheques?
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
—¿Las tarjetas? ¿Las claves?
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
—¿La combinación de la caja fuerte?
Astrid negó con la cabeza. No podía hablar. No podía formar palabras. Solo reír. Solo carcajadas. Solo mover los pies. Arrugar las plantas. Encoger los dedos. Todo inútil. Todo incontrolable. Todo desesperante.
El hombre seguía ahí. Agachado. Mirándola. Con esa sonrisa en los ojos. Con los dedos sobre los arcos. Sin parar. Sin cansarse. Sin apiadarse.
—Las cosquillas nunca fallan —repitió.
El hombre se sentó en el suelo. Sin prisa. Con las piernas cruzadas. Frente a la mesa baja. Frente a los pies descalzos de Astrid. Frente a esas plantas blancas, suaves, expuestas, que acababa de descubrir que eran su punto más débil.
Se acomodó. Se estiró los dedos. Como si fuera a empezar un trabajo largo. Un trabajo que requería paciencia. Un trabajo que requería precisión. Un trabajo que, por alguna razón, parecía dispuesto a disfrutar.
Astrid lo miró desde la silla. Atada de pies y manos. Con las piernas estiradas sobre la mesa. Con los tobillos amarrados. Con los tacones tirados en el suelo. Con las plantas desnudas. Vulnerables. Expuestas. Sin nada que las cubriera. Sin nada que las protegiera.
—No… —dijo. Su voz salió débil. Rota. Casi un susurro—. Por favor…
El hombre no respondió. Solo sonrió. Esa sonrisa que se le dibujaba en los ojos. Esa sonrisa que no prometía nada bueno.
Y empezó.
Los dedos sobre los arcos. Suaves al principio. Como si estuviera midiendo. Como si estuviera explorando. Como si estuviera memorizando cada centímetro de esa piel. Luego más firmes. Más rápidos. Más precisos. Por los arcos. Por los talones. Por la base de los dedos. Por la almohadilla. Por entre los dedos. Por todo. Sin dejar un rincón sin visitar.
Astrid estalló.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡NO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
Se retorció en la silla. Tiró de las cuerdas. Forcejeó. Intentó mover los pies. Intentó cerrar los dedos. Intentó arrugar las plantas. Intentó todo. Nada funcionó. Las cuerdas la sostenían. La mesa la sostenía. Los tobillos atados. Las muñecas atadas. La cintura atada. No podía ir a ninguna parte.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
El hombre no paró. Los dedos seguían. Por los arcos. Siempre por los arcos. Porque ahí la risa de Astrid cambiaba. Se volvía más aguda. Más fuerte. Más desesperada. Y a él le gustaba. Se notaba. En cómo volvía a esa zona una y otra vez. En cómo se detenía ahí. En cómo presionaba. En cómo raspaba. En cómo hacía círculos. En cómo subía y bajaba. Sin piedad. Sin descanso. Sin cansancio.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡ME VOY A MORIR! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
Astrid se revolcaba en las ataduras. La silla crujía. Las cuerdas se tensaban. Los pies se movían de un lado a otro. Arriba y abajo. Como peces fuera del agua. Como si pudieran escapar. Como si hubiera algún lugar donde esos dedos no llegaran. Pero no había. Los dedos la seguían. Los arcos la seguían. La risa la seguía.
El hombre se acomodó mejor en el suelo. Se sentó más cerca. Con las piernas cruzadas. Con los codos apoyados en las rodillas. Con las manos libres. Con los dedos listos. Y siguió. Diez minutos. Quince. Veinte. Astrid perdió la cuenta. Solo sabía que se reía. Que suplicaba. Que se retorcía. Que el hombre no paraba.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡BASTA! ¡BASTA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
El hombre levantó la vista. La miró. Sonrió.
—¿Ya vas a cooperar?
Astrid negó con la cabeza. No podía hablar. Solo reír. Solo carcajadas. Solo mover los pies. Arrugar las plantas. Encoger los dedos.
El hombre bajó la vista otra vez. Hacia los pies. Hacia las plantas. Hacia los arcos. Y siguió.
El hombre no dijo nada más. No volvió a preguntar. No volvió a amenazar. No volvió a hablar. Solo se quedó ahí. Sentado en el suelo. Con las piernas cruzadas. Con los dedos sobre los pies de Astrid. Y siguió.
Los arcos. Los talones. La base de los dedos. La almohadilla. Entre los dedos. Los costados. Los empeines. Todo. Otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Sin pausa. Sin prisa. Sin piedad.
Astrid ya no suplicaba. Ya no gritaba. Ya no decía «basta». Ya no decía «por favor». Solo reía. Solo carcajadas. Solo esa risa aguda, entrecortada, desesperada, que le salía del pecho sin permiso. La risa que odiaba. La risa que la hacía sentir vulnerable. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Se revolcaba en la silla. La madera crujía. Las cuerdas se tensaban. Los tobillos atados. Las muñecas atadas. La cintura atada. No podía moverse. No podía escapar. No podía hacer nada más que reír.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El hombre no decía nada. Ni una palabra. Ni una burla. Ni un comentario. Solo los dedos. Solo el roce. Solo las cosquillas. Como si fuera un trabajo. Como si fuera un arte. Como si fuera lo único que importara en ese momento.
Astrid arrugaba las plantas. Las estiraba. Las encogía. Los dedos de los pies se cerraban. Se abrían. Se tensaban. Se relajaban. Nada servía. El cosquilleo seguía. Subía por las piernas. Le llegaba a la barriga. Le apretaba el pecho. Le hacía saltar las lágrimas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El hombre seguía. Los arcos. Siempre los arcos. Ahí se detenía más. Ahí presionaba más. Ahí raspaba más. Ahí hacía círculos. Ahí subía y bajaba. Ahí la risa de Astrid se volvía más aguda. Más fuerte. Más incontrolable. Y él lo sabía. Y lo aprovechaba.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid perdió la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaba así. No sabía si eran minutos u horas. Solo sabía que se reía. Que no podía parar. Que el hombre no paraba. Que sus pies eran un juguete en manos de esos dedos. Que no había salida. Que no había tregua. Que no había nada más que risa.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El hombre no dijo nada. No hacía falta.
El hombre se detuvo. Sin aviso. Sin despedida. Solo sacó los dedos de los pies de Astrid y los dejó quietos en el aire. Luego se levantó. Despacio. Como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de tenerla riéndose a carcajadas durante lo que a ella le pareció una eternidad.
Astrid quedó en la silla. Jadeando. Con el pelo pegado a la frente. Con las mejillas rojas. Con los ojos húmedos. Con la camisa empapada de sudor. Con la falda arrugada. Con los pies descalzos aún apoyados en la mesa. Con las plantas aún cosquillosas. Con los dedos de los pies aún encogidos. Con las cuerdas aún apretadas.
El hombre se colocó a su lado. A un costado. Cerca de su oído. Sin tocarla. Solo cerca.
—Puedo durar toda la noche —dijo. Su voz era tranquila. Serena. Casi amable—. Toda la noche haciéndote cosquillas. Sin piedad. Sin descanso. Hasta que hables. Está en ti evitar esto. Está en ti detener esta tortura. Solo tienes que decirme dónde está todo.
Astrid respiró. Apenas. Con la garganta seca. Con el pecho ardiendo. Con las piernas temblando. Lo miró. Lo miró de verdad. Con los ojos cansados. Con la boca seca. Con la voz quebrada.
—Las claves… todo… lo tengo en mi oficina.
El hombre la miró. Un segundo. Dos. Tres. Y luego sonrió. Esa sonrisa que se le dibujaba en los ojos. Esa sonrisa que no prometía nada bueno.
—Mientes.
Y sin más, le puso las manos en la cintura.
Astrid estalló.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡NO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
Los dedos del hombre sobre la cintura. Rápidos. Precisos. Sin piedad. Luego las costillas. Luego las axilas. Una zona. Y otra. Y otra. Sin descanso. Sin tregua. Sin dejar que Astrid recuperara el aire. Sin dejar que formara una palabra. Sin dejar que suplicara. Sin dejar que dijera nada. Solo risa. Solo carcajadas. Solo esa risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid se retorció en la silla. Tiró de las cuerdas. Intentó mover los brazos. Intentó proteger la cintura. Las costillas. Las axilas. Pero las manos estaban atadas a la espalda. No podía. No podía hacer nada. Solo reír. Solo retorcerse. Solo desear que parara. Pero el hombre no paraba.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Los dedos subían y bajaban. Por la cintura. Por las costillas. Por las axilas. Sin orden. Sin lógica. Sin piedad. Como si supiera exactamente dónde hacerle más daño. Como si supiera exactamente dónde hacerla reír más fuerte. Como si supiera exactamente dónde hacerla perder el control.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid ya no podía ni suplicar. Ya no podía ni gritar. Ya no podía ni decir «basta». Solo reír. Solo carcajadas. Solo mover la silla. Solo tirar de las cuerdas. Solo arrugar la cara. Solo apretar los ojos. Solo esperar. Esperar a que el hombre se cansara. Esperar a que el hombre parara. Esperar a que todo terminara.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El hombre se detuvo. Otra vez. Sin aviso. Sacó los dedos de la cintura, de las costillas, de las axilas. Y la miró.
Astrid estaba destruida. Sudada. Despeinada. Jadeando. Con el pelo pegado a la cara. Con la camisa empapada. Con la falda arrugada. Con los pies descalzos aún sobre la mesa. Con las plantas aún cosquillosas. Con los dedos de los pies aún encogidos. Con las cuerdas aún apretadas. Con la risa aún atrapada en la garganta.
El hombre la miró. Sin prisa. Sin piedad. Sin nada.
—¿Las claves? —preguntó—. ¿La combinación de la caja fuerte?
Astrid respiró. Apenas. Con la garganta seca. Con el pecho ardiendo. Con las piernas temblando. Con los pies aún cosquillosos. Con la risa aún en los labios. Ya no podía más. No podía. Las cosquillas la habían quebrado. No la tortura física. No los golpes. No las amenazas. Las cosquillas. Esa risa involuntaria. Ese desespero. Esa pérdida de control. Eso era lo que la había vencido.
—Seis… —dijo. Su voz salió ronca. Débil. Casi un susurro—. Seis, doce, treinta y uno, cero, nueve…
El hombre la miró. Memorizó. Se levantó. Caminó hacia el fondo del salón. Hacia el armario empotrado. Abrió las puertas. Ahí estaba. La caja fuerte. Pequeña. Gris. Empotrada en la pared. Teclado numérico. Reluciente.
El hombre marcó la combinación. Seis. Doce. Treinta y uno. Cero. Nueve. La caja hizo un clic. La puerta se abrió. El hombre miró dentro. Y se quedó quieto.
Vacía.
No había dinero. No había joyas. No había contratos. No había cheques. No había tarjetas. No había nada. Solo el fondo gris de la caja. Solo el vacío. Solo el metal.
El hombre cerró la puerta. La abrió otra vez. Miró. Volvió a mirar. Metió la mano. Tocó el fondo. Tocó las paredes. Nada. Vacía. Absolutamente vacía.
Astrid lo vio desde la silla. Jadeando. Temblando. Con los ojos abiertos. Con el corazón latiéndole fuerte. Y en medio del jadeo, en medio del cansancio, en medio del terror, algo se encendió en su mente. La caja tenía un compartimiento secreto. Un sistema de seguridad. Si la persona que abría la caja no era la propietaria, el compartimiento oculto no se revelaba. Todo quedaba oculto a la vista del intruso. Todo quedaba escondido. Todo quedaba a salvo.
Astrid abrió la boca. Iba a hablar. Iba a decir algo. Iba a intentar activar el sistema. Iba a hacer tiempo. Iba a hacer algo. Pero el hombre no le dio la oportunidad.
Se giró. Furibundo. Con los ojos encendidos. Con la respiración agitada. Con los puños apretados. Caminó hacia ella. Rápido. Sin decir nada. Sin preguntar nada. Se agachó frente a la mesa. Le agarró los dos tobillos. Los inmovilizó con una llave. Fuerte. Firme. Sin escapatoria.
—Me has hecho perder el tiempo —dijo. Su voz era un gruñido. Seca. Furiosa—. La caja está vacía. Me has mentido.
Astrid abrió la boca. Iba a explicar. Iba a decir que no. Iba a decir que había un compartimiento. Iba a decir que todo estaba ahí. Iba a decir cualquier cosa. Pero no pudo. Porque el hombre ya tenía los dedos sobre sus plantas. Las dos. Al mismo tiempo. Y empezó a moverlos.
Sin piedad. Sin descanso. Sin tregua. Por los arcos. Por los talones. Por la base de los dedos. Por la almohadilla. Por entre los dedos. Por todo. Sin dejar un rincón sin visitar. Sin dejar un segundo de pausa. Sin dejar que Astrid recuperara el aire. Sin dejar que formara una palabra. Sin dejar que suplicara. Sin dejar que dijera nada.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
La locura. El caos. El desespero. Todo junto. Todo al mismo tiempo. Astrid se retorció en la silla. Tiró de las cuerdas. Forcejeó. Intentó mover los pies. Intentó cerrar los dedos. Intentó arrugar las plantas. Intentó todo. Nada funcionó. Los tobillos estaban inmovilizados. Las plantas expuestas. Los dedos del hombre sobre ellas. Sin piedad. Sin descanso. Sin nada.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡NO! ¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
Gritos. Carcajadas. Súplicas. Todo mezclado. Todo revuelto. Todo incontrolable. Astrid ya no sabía qué decía. Ya no sabía qué pensaba. Ya no sabía nada. Solo reía. Solo gritaba. Solo se retorcía. Solo sentía esos dedos sobre sus plantas. Esos dedos que no paraban. Esos dedos que la hacían perder la cabeza. Esos dedos que la hacían sufrir como nunca.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA… ¡POR FAVOR! ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
El hombre no paró. No dijo nada. No preguntó nada. No amenazó nada. Solo siguió. Los arcos. Los talones. Los dedos. Las plantas. Todo. Sin piedad. Sin descanso. Sin nada.
El hombre no paró. No dijo nada. No preguntó nada. No amenazó nada. Solo siguió. Los dedos sobre las plantas de Astrid. Sádicamente. Sin piedad. Sin descanso. Sin tregua. Como si fuera lo único que importara. Como si fuera lo único que supiera hacer.
Astrid reía. No podía suplicar. No podía gritar. No podía decir «basta». No podía decir «por favor». No podía formar palabra alguna. Solo carcajadas. Carcajadas desesperadas. Carcajadas que le salían del pecho sin permiso. Carcajadas que le dolían en la mandíbula. Carcajadas que le hacían saltar las lágrimas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Las plantas de Astrid tenían demasiadas cosquillas. Era una exageración. Era una hipersensibilidad extrema. Al tacto. A las cosquillas. A cualquier cosa. Un roce leve. Un dedo. Una uña. Una pluma. Lo que fuera. Todo le hacía cosquillas. Todo le provocaba risa. Todo la hacía perder el control.
Y el hombre lo sabía. Lo había descubierto. Lo estaba aprovechando. Sin piedad. Sin descanso. Sin nada.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Los arcos. Los talones. La base de los dedos. La almohadilla. Entre los dedos. Los costados. Los empeines. Todo. Otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Sin pausa. Sin prisa. Sin piedad.
Astrid se retorcía en la silla. La madera crujía. Las cuerdas se tensaban. Los tobillos inmovilizados. Las muñecas atadas. La cintura atada. No podía moverse. No podía escapar. No podía hacer nada más que reír. Solo reír. Solo carcajadas. Solo desesperación.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El hombre no decía nada. Ni una palabra. Ni una burla. Ni un comentario. Solo los dedos. Solo el roce. Solo las cosquillas. Como si fuera un trabajo. Como si fuera un arte. Como si fuera lo único que importara en ese momento.
Astrid arrugaba las plantas. Las estiraba. Las encogía. Los dedos de los pies se cerraban. Se abrían. Se tensaban. Se relajaban. Nada servía. El cosquilleo seguía. Subía por las piernas. Le llegaba a la barriga. Le apretaba el pecho. Le hacía saltar las lágrimas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El hombre seguía. Los arcos. Siempre los arcos. Ahí se detenía más. Ahí presionaba más. Ahí raspaba más. Ahí hacía círculos. Ahí subía y bajaba. Ahí la risa de Astrid se volvía más aguda. Más fuerte. Más incontrolable. Y él lo sabía. Y lo aprovechaba.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid perdió la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaba así. No sabía si eran minutos u horas. Solo sabía que se reía. Que no podía parar. Que el hombre no paraba. Que sus pies eran un juguete en manos de esos dedos. Que no había salida. Que no había tregua. Que no había nada más que risa. Solo risa. Solo carcajadas. Solo desesperación.
Mientras Astrid reía a carcajadas dentro de su apartamento, afuera, en el puerto, la noche avanzaba tranquila. El agua negra del fiordo reflejaba las luces de los barcos. El viento soplaba frío. Salado. Húmedo. Los muelles estaban vacíos. Los almacenes cerrados. Los contenedores apilados en filas silenciosas. Nadie por ahí. Nadie a esa hora.
Nadie excepto un hombre. Un habitante de calle. Envuelto en una manta sucia. Con la barba crecida. Con los ojos cansados. Caminaba por el borde del muelle. Sin prisa. Sin rumbo. Buscando un lugar donde dormir. Un rincón. Un cartón. Algo.
Se detuvo. Miró hacia arriba. Hacia la casa de dos plantas. La planta baja era un garaje abierto. La segunda planta era el apartamento. Las escaleras exteriores subían por un costado. Las luces estaban encendidas. Las ventanas también. Y de ahí venía el sonido.
Risas. Carcajadas. Fuertes. Escandalosas. Incontrolables. Una mujer. Se reía sin parar. Se reía como si le hicieran cosquillas. Se reía como si no pudiera respirar. Y en medio de las carcajadas, entre risa y risa, se oían palabras. Súplicas. Gritos.
—¡NO! ¡POR FAVOR! ¡NO SOPORTO MÁS COSQUILLAS! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
El habitante de calle se quedó quieto. Miró hacia arriba. Hacia las ventanas. Hacia la luz. Escuchó. Las risas seguían. Las súplicas seguían. La mujer se reía. Y se reía. Y se reía. Y pedía que pararan. Pero no paraban. Las risas continuaban. Las carcajadas continuaban. Las súplicas continuaban.
El hombre no hizo nada. No podía hacer nada. Solo miró. Solo escuchó. Solo se quedó ahí. En el muelle. En la noche. En el frío. Con la manta sucia sobre los hombros. Con los ojos cansados. Con el corazón latiéndole despacio. Sin saber qué hacer. Sin saber si intervenir. Sin saber si era su asunto. Sin saber nada.
Las risas seguían. Las carcajadas seguían. Las súplicas seguían.
—¡NO! ¡POR FAVOR! ¡NO SOPORTO MÁS COSQUILLAS! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
Y el habitante de calle se quedó ahí. Quieto. Mirando hacia arriba. Hacia la casa. Hacia las ventanas. Hacia la luz. Escuchando. Sin saber qué hacer. Sin saber si era su asunto. Sin saber nada.
Astrid quedó en la silla. Jadeando. Con el pelo pegado a la frente. Con las mejillas rojas. Con los ojos húmedos. Con la camisa empapada de sudor. Con la falda arrugada. Con los pies descalzos aún apoyados en la mesa. Con las plantas aún cosquillosas. Con los dedos de los pies aún encogidos. Con las cuerdas aún apretadas. Con la risa aún atrapada en la garganta. Sin poder pronunciar palabra.
El hombre la miró. Sin prisa. Sin piedad. Sin nada.
—Las claves de las tarjetas de crédito —dijo.
Astrid respiraba. Apenas. Con la garganta seca. Con el pecho ardiendo. Con las piernas temblando. Con la mente confusa. Todo daba vueltas. Todo estaba borroso. Todo era un caos. Las cosquillas la habían quebrado. No la tortura física. No los golpes. No las amenazas. Las cosquillas. Esa risa involuntaria. Ese desespero. Esa pérdida de control. Eso era lo que la había vencido.
—Cuatro… —dijo. Su voz salió ronca. Débil. Casi un susurro—. Cuatro, siete, dos, nueve…
El hombre la miró. Memorizó. Luego otra. Y otra. Y otra. Astrid las dio todas. Una por una. En medio del jadeo. En medio del cansancio. En medio del terror. Sin sospechar. Sin darse cuenta. Que las estaba dando invertidas. Que su mente confusa. Que su cabeza daba vueltas. Que las claves salían al revés. Que todo estaba mal. Que nada era correcto.
El hombre asintió. Guardó las claves en la memoria. O en algún papel. No importaba. Se giró. Caminó hacia la puerta. La abrió. El frío entró. Un frío helado. Proveniente del mar del norte. Un frío que cortaba la piel. Un frío que hacía doler los huesos.
—Más te vale que sean las claves —dijo. Sin mirarla. Sin girarse. Solo la voz. Seca. Fría. Como el viento que entraba.
Y salió. Cerró la puerta. No. No la cerró. La dejó abierta. La puerta quedó entreabierta. El frío seguía entrando. Sin piedad. Sin descanso. Sin tregua. La noche entraba en el apartamento. El viento. La humedad. El salitre. Todo. Todo entraba por esa puerta abierta. Todo se colaba en el salón. Todo llegaba hasta Astrid.
Astrid quedó ahí. Atada a la silla. Con los tobillos inmovilizados. Con las muñecas atadas. Con la cintura atada. Con los pies descalzos sobre la mesa. Con las plantas expuestas. Con el frío entrando. Con el viento golpeándole la piel. Con la noche encima. Vulnerable. Indefensa. Sola. Con el jadeo aún en el pecho. Con la risa aún en la garganta. Con las lágrimas aún en los ojos. Sin poder moverse. Sin poder hablar. Sin poder hacer nada más que esperar. Esperar a que alguien la encontrara. Esperar a que el hombre volviera. Esperar a que todo terminara.
El habitante de calle se incorporó. Tambaleándose. Con la botella aún en la mano. Vio salir al hombre. Al tipo del pasamontañas. Salió de la casa a las carreras. Bajó las escaleras exteriores de dos en dos. Cruzó el garaje abierto. Y se perdió en la noche del puerto. Sin mirar atrás. Sin despedirse. Sin nada.
El habitante de calle se quedó quieto. Miró hacia la casa. La puerta entreabierta. La luz encendida. Y las risas ya no estaban. Los gritos ya no estaban. Solo el silencio. Solo el viento. Solo el mar.
Cruzó la calle. Tambaleándose. Con la manta sucia sobre los hombros. Con la botella en la mano. Llegó al pie de las escaleras. Se asomó al borde. Miró hacia arriba. La puerta estaba entreabierta. La luz encendida. Y adentro, algo. Alguien. Una sombra. Una figura. Una mujer.
Subió. Despacio. Los escalones crujían bajo sus pies. Llegó al rellano. Empujó la puerta. Se abrió. Y ahí estaba. Astrid. Atada a la silla. Con las muñecas a la espalda. Con los tobillos amarrados. Con las piernas estiradas sobre la mesa. Con los pies descalzos. Con las plantas expuestas. Con el pelo pegado a la cara. Con la camisa empapada. Con la falda arrugada. Con los ojos húmedos. Con el jadeo aún en el pecho.
Astrid lo vio. Un hombre. Sucio. Barbudo. Con una manta. Con una botella. Con los ojos cansados. Pero un hombre. Alguien. Alguien que podía ayudarla.
—Ayuda… —dijo. Su voz salió ronca. Débil. Casi un susurro—. Por favor… llame a la policía… me están robando…
El habitante de calle la miró. No se movió. No dijo nada. Solo la miró. Luego habló. Su voz era grave. Ronca. De tanto alcohol. De tanto frío. De tanto silencio.
—¿Está bien?
—No… —dijo Astrid—. No estoy bien… el ladrón… me estaba torturando…
El habitante de calle frunció el ceño. Dio un paso más. La miró de arriba abajo. Los brazos. Las piernas. El cuello. La cara. No vio sangre. No vio cortes. No vio golpes. No vio nada.
—¿Le hizo cortes? ¿La golpeó?
—No… —dijo Astrid. Jadeando. Temblando—. No… me torturaba con otro tipo de tortura…
El habitante de calle la miró. Un segundo. Dos. Tres. Y en el fondo, en el fondo de su mente confusa, en el fondo de su memoria, algo encajó. Las risas. Los gritos. Las súplicas. «No soporto más cosquillas». Lo había escuchado. Desde el muelle. Desde su cambuche. Desde su borrachera. Lo había escuchado. Y ahora lo entendía.
—¿Con cosquillas? —preguntó.
Astrid lo miró. Con los ojos abiertos. Con el terror aún en la cara. Con el jadeo aún en el pecho. Y sintió nervios. Un cosquilleo distinto. No en los pies. En el estómago. En la garganta. En el pecho.
—Sí… —dijo. Casi un susurro—. Con cosquillas…
El habitante de calle bajó la vista. Hacia los pies de Astrid. Hacia esas plantas descalzas. Blancas. Suaves. Expuestas. Vulnerables. Sin nada que las cubriera. Sin nada que las protegiera. Y sonrió. Una sonrisa lenta. Cansada. Pero sonrisa al fin.
—¿Es cosquilluda?
Astrid sintió el hielo en la espalda. No respondió. No podía. No quería. No sabía qué decir.
El habitante de calle se agachó. Sin prisa. Con la botella aún en una mano. Con la manta aún sobre los hombros. Se puso a la altura de los pies de Astrid. Los miró. Los miró de cerca. Como si fueran algo interesante. Como si fueran algo que no hubiera visto en mucho tiempo. Luego abrió la boca. Y tomó los dos dedos pulgares de los pies de Astrid. Los metió en su boca. Y comenzó a chuparlos.
Astrid estalló.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Las cosquillas fueron terribles. Peores que las del ladrón. Peores que las de Leo. Peores que todas. Porque no eran solo los dedos. Era la lengua. Era la humedad. Era el calor. Era la barba. Esa barba larga. Sucia. Que se movía sobre sus pies. Que le rozaba las plantas. Que le hacía cosquillas en los arcos. En los talones. En la base de los dedos. En todo. Todo al mismo tiempo. Todo sin piedad.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid se retorció en la silla. Tiró de las cuerdas. Forcejeó. Intentó mover los pies. Intentó cerrar los dedos. Intentó arrugar las plantas. Intentó todo. Nada funcionó. El hombre seguía. Chupando. Lamiendo. Rozando. Sin piedad. Sin descanso. Sin tregua.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El habitante de calle no decía nada. Solo chupaba. Solo lamía. Solo rozaba. Con la lengua. Con los labios. Con la barba. Con todo. Sin prisa. Sin piedad. Sin nada. Como si fuera lo único que supiera hacer. Como si fuera lo único que importara.
Astrid reía. Ya no podía pronunciar palabra. Ya no podía suplicar. Ya no podía gritar. Solo reír. Solo carcajadas. Solo esa risa aguda, entrecortada, desesperada, que le salía del pecho sin permiso. La risa que odiaba. La risa que la hacía sentir vulnerable. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El habitante de calle seguía. Los dedos. Las plantas. Los arcos. Los talones. Todo. Otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Sin pausa. Sin prisa. Sin piedad.
El habitante de calle no paró. Seguía con los dedos en la boca. Chupando. Lamiendo. Rozando. Y la barba. Esa barba larga. Sucia. Descuidada. Se movía sobre las plantas de Astrid. Sobre los arcos. Sobre los talones. Sobre la base de los dedos. Sin querer. Sin buscar. Pero ahí estaba. Rozando. Cosquilleando. Indirectamente. Sin piedad.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid ya no podía más. No podía pensar. No podía hablar. No podía suplicar. Solo reír. Solo carcajadas. Solo esa risa aguda, entrecortada, desesperada, que le salía del pecho sin permiso. La risa que odiaba. La risa que la hacía sentir vulnerable. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El habitante de calle seguía. Los dedos pulgares en la boca. La lengua. Los labios. El calor. La humedad. Y la barba. Siempre la barba. Moviéndose. Rozando. Cosquilleando. Sin parar.
Astrid se retorcía en la silla. La madera crujía. Las cuerdas se tensaban. Los tobillos inmovilizados. Las muñecas atadas. La cintura atada. No podía moverse. No podía escapar. No podía hacer nada más que reír. Solo reír. Solo carcajadas. Solo desesperación.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El hombre no decía nada. Ni una palabra. Ni una burla. Ni un comentario. Solo chupaba. Solo lamía. Solo rozaba. Como si fuera un trabajo. Como si fuera un arte. Como si fuera lo único que importara en ese momento.
Astrid arrugaba las plantas. Las estiraba. Las encogía. Los dedos de los pies se cerraban. Se abrían. Se tensaban. Se relajaban. Nada servía. El cosquilleo seguía. Subía por las piernas. Le llegaba a la barriga. Le apretaba el pecho. Le hacía saltar las lágrimas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El habitante de calle seguía. Los dedos. Los arcos. Los talones. La barba. Todo. Otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Sin pausa. Sin prisa. Sin piedad.
Astrid perdió la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaba así. No sabía si eran minutos u horas. Solo sabía que se reía. Que no podía parar. Que el hombre no paraba. Que sus pies eran un juguete en manos de ese desconocido. Que no había salida. Que no había tregua. Que no había nada más que risa. Solo risa. Solo carcajadas. Solo desesperación.
El habitante de calle se detuvo. De golpe. La boca abierta. Los dedos aún en el aire. La barba aún goteando. Había escuchado algo. Un ruido. Afuera. En el puerto. Un motor. Un coche. Voces. No lo pensó dos veces. Se levantó. Tambaleándose. Agarró su botella. Su manta. Y salió disparado por la puerta entreabierta. Bajó las escaleras de dos en dos. Cruzó el garaje. Y se perdió en la noche del puerto. Sin mirar atrás. Sin despedirse. Sin nada.
Astrid quedó sola. Atada a la silla. Con los tobillos inmovilizados. Con las muñecas atadas. Con la cintura atada. Con los pies descalzos sobre la mesa. Con las plantas expuestas. Con el jadeo aún en el pecho. Con la risa aún en la garganta. Con las lágrimas aún en los ojos. Con la puerta abierta. Con el frío entrando. Con la noche encima. Sola. Vulnerable. Indefensa.
Pasaron minutos. O segundos. No sabía. El frío le calaba los huesos. El viento le golpeaba la piel. La puerta seguía abierta. La luz seguía encendida. Y entonces lo vio. Una sombra. En el marco de la puerta. Alta. Delgada. Conocida. El ladrón. Había vuelto.
Entró. Sin prisa. Pero con furia. Con los ojos encendidos. Con la respiración agitada. Con los puños apretados. Cerró la puerta de un golpe. La madera retumbó. Luego apagó la luz. El interruptor. Click. Y todo quedó a oscuras. Negro. Absoluto. Sin luna. Sin estrellas. Sin nada. Solo la noche. Solo el silencio. Solo el frío.
Astrid no lo vio. Pero lo sintió. Caminar hacia ella. En la oscuridad. Sin decir nada. Sin mediar palabra. Solo los pasos. Solo la respiración. Solo la furia.
Y entonces empezó.
Los dedos sobre la cintura. Sin aviso. Sin piedad. Rápidos. Precisos. Luego la barriga. Luego las costillas. Luego las caderas. Luego los muslos. Luego el cuello. Luego las rodillas. Luego los pies. Otra vez los pies. Las plantas. Los arcos. Los talones. Los dedos. Todo. Sin pausa. Sin tregua. Sin descanso.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid estalló. En la oscuridad. Sin ver nada. Sin saber de dónde venían los dedos. Sin poder anticipar el próximo movimiento. Solo sentir. Solo reír. Solo retorcerse. Solo suplicar sin palabras.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El ladrón no paró. No dijo nada. No preguntó nada. No amenazó nada. Solo seguía. Los dedos por todo el cuerpo. Por todas partes. Sin piedad. Sin descanso. Sin nada.
—Me has hecho perder mi tiempo —dijo. Su voz era un gruñido. Seca. Furiosa. En la oscuridad—. La caja fuerte estaba vacía. Me mentiste. Ahora vas a pagar las consecuencias. Te voy a llevar a la locura. Con muchas cosquillas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid reía. En la oscuridad. Sin poder ver. Sin poder hablar. Sin poder suplicar. Solo reír. Solo carcajadas. Solo esa risa aguda, entrecortada, desesperada, que le salía del pecho sin permiso. La risa que odiaba. La risa que la hacía sentir vulnerable. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El ladrón seguía. La cintura. La barriga. Las costillas. Las caderas. Los muslos. El cuello. Las rodillas. Los pies. Otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Sin pausa. Sin prisa. Sin piedad.
Astrid se retorcía en la silla. La madera crujía. Las cuerdas se tensaban. Los tobillos inmovilizados. Las muñecas atadas. La cintura atada. No podía moverse. No podía escapar. No podía hacer nada más que reír. Solo reír. Solo carcajadas. Solo desesperación.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Era una noche sin luna. La casa estaba a oscuras. El frío entraba por las rendijas. El viento golpeaba las ventanas. Y adentro, en el salón, en la silla, Astrid reía. Reía sin parar. Reía a carcajadas. Reía en medio de la oscuridad. Sin poder pronunciar palabra. Sin poder suplicar. Sin poder hacer nada más que reír. Solo reír. Solo carcajadas. Solo desesperación.
La silla crujió. Una pata cedió. Luego otra. La madera se quebró con un chasquido seco. Y Astrid cayó al suelo. De golpe. Con la silla todavía atada a su cuerpo. Con las cuerdas aún apretadas. Con los tobillos aún inmovilizados. Con las muñecas aún a la espalda. Con la cintura aún amarrada. Con los pies descalzos. Con las plantas expuestas. En el suelo. Sobre la alfombra gris. En la oscuridad. Sin luna. Sin luz. Sin nada.
El ladrón no paró. Ni siquiera cuando la silla se rompió. Ni siquiera cuando Astrid cayó. Solo se agachó. Se sentó a su lado. En el suelo. Con las piernas cruzadas. Y siguió. Los dedos sobre el cuerpo de Astrid. La cintura. La barriga. Las costillas. Las caderas. Los muslos. El cuello. Las rodillas. Los pies. Los arcos. Los talones. Todo. Sin pausa. Sin tregua. Sin descanso.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid se revolcaba en el suelo. Como un gusano. Como una loca. Sin poder moverse. Sin poder levantarse. Sin poder escapar. Las cuerdas la mantenían atada. La silla rota la mantenía prisionera. Los tobillos inmovilizados. Las muñecas a la espalda. La cintura amarrada. Todo. Todo la mantenía ahí. En el suelo. Retorciéndose. Riendo. Sufriendo.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El ladrón seguía. Los dedos por todas partes. Sin piedad. Sin descanso. Sin nada. Como si fuera lo único que supiera hacer. Como si fuera lo único que importara.
Astrid reía. Ya no podía pensar. Ya no podía hablar. Ya no podía suplicar. Solo reír. Solo carcajadas. Solo esa risa aguda, entrecortada, desesperada, que le salía del pecho sin permiso. La risa que odiaba. La risa que la hacía sentir vulnerable. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Y entonces. En medio del ataque. En medio de las cosquillas. En medio de la risa. En medio de la locura. Su cuerpo dijo basta. Un espasmo. Un calor. Un líquido. La vejiga cedió. Sin aviso. Sin permiso. Sin nada. Astrid se orinó encima. Ahí. En el suelo. En la alfombra. Con la falda empapada. Con las piernas temblando. Con el cuerpo entero temblando. Y el ladrón seguía. Los dedos sobre sus pies. Sobre sus plantas. Sobre sus arcos. Sin parar. Sin piedad. Sin nada.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid ya no sabía qué era risa. Qué era llanto. Qué era vergüenza. Qué era dolor. Todo era lo mismo. Todo era un caos. Todo era desesperación. Y el ladrón seguía. Y la noche seguía. Y el frío seguía. Y todo seguía. Sin pausa. Sin tregua. Sin descanso.
El tipo se detuvo. De golpe. Sin aviso. Sin despedida. Sacó los dedos de las plantas de Astrid y los dejó quietos en el aire. Luego se levantó. Despacio. Como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de tenerla riéndose a carcajadas durante lo que a ella le pareció una eternidad.
Astrid quedó en el suelo. Boca arriba. Jadeando. Con el pelo pegado a la cara. Con las mejillas rojas. Con los ojos húmedos. Con la camisa empapada de sudor. Con la falda arrugada. Con los pies descalzos. Con las plantas aún cosquillosas. Con los dedos de los pies aún encogidos. Con las cuerdas aún apretadas. Con la silla rota aún enganchada a su cuerpo. Con el charco debajo. Con la esperanza, por primera vez en toda la noche, de que todo hubiera terminado.
El tipo caminó hacia el baño. Sus pasos resonaron en la oscuridad. La puerta se abrió. La luz del baño se encendió un segundo. Se apagó. Y volvió. Con algo en las manos. Astrid no lo vio. No podía ver nada. Solo escuchar. Solo sentir. Solo esperar.
El tipo se agachó. La agarró. La giró. Boca abajo. Como si fuera un saco. Como si no pesara nada. Las cuerdas le cortaron las muñecas. La silla rota le clavó una astilla en la cadera. Pero no importó. El tipo la acomodó. La dejó boca abajo sobre la alfombra empapada. Y luego se sentó. Sobre sus pantorrillas. Con todo su peso. Inmovilizándola. Sin escapatoria. Sin movimiento. Sin nada.
Astrid sintió el peso. Sintió la presión. Sintió que no podía mover las piernas. Que no podía mover los pies. Que sus plantas quedaban expuestas. Hacia arriba. Vulnerables. Sin nada que las cubriera. Sin nada que las protegiera.
Y entonces el tipo levantó los cepillos. Dos. De madera. Con cerdas redondas. De esos que se usan para peinar. Pero no era pelo lo que iba a cepillar. Eran las plantas de Astrid. Las dos. Al mismo tiempo.
Astrid no vio nada. Solo sintió. Las cerdas. Redondas. Duras. Frías. Tocando sus arcos. Primero un roce. Luego un deslizamiento. Luego un movimiento. De arriba abajo. De abajo arriba. Por las plantas. Por los arcos. Por los talones. Por la base de los dedos. Por todo. Sin piedad. Sin descanso. Sin tregua.
—OH DIOOOOOOSSSS…
Y luego las carcajadas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Las cerdas redondas del cepillo de madera se deslizaban por sus dos plantas. Sádicamente. Sin piedad. Sin descanso. Sin nada. Los arcos. Los talones. La base de los dedos. La almohadilla. Todo. Otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Sin pausa. Sin prisa. Sin piedad.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid se retorció bajo el peso del tipo. Pero no podía moverse. No podía escapar. No podía hacer nada más que reír. Solo reír. Solo carcajadas. Solo esa risa aguda, entrecortada, desesperada, que le salía del pecho sin permiso. La risa que odiaba. La risa que la hacía sentir vulnerable. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El tipo no decía nada. Ni una palabra. Ni una burla. Ni un comentario. Solo los cepillos. Solo las cerdas. Solo el movimiento. Como si fuera un trabajo. Como si fuera un arte. Como si fuera lo único que importara en ese momento.
Astrid arrugaba las plantas. Las estiraba. Las encogía. Los dedos de los pies se cerraban. Se abrían. Se tensaban. Se relajaban. Nada servía. El cosquilleo seguía. Subía por las piernas. Le llegaba a la barriga. Le apretaba el pecho. Le hacía saltar las lágrimas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El tipo seguía. Los arcos. Siempre los arcos. Ahí se detenía más. Ahí presionaba más. Ahí deslizaba más. Ahí hacía círculos. Ahí subía y bajaba. Ahí la risa de Astrid se volvía más aguda. Más fuerte. Más incontrolable. Y él lo sabía. Y lo aprovechaba.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid perdió la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaba así. No sabía si eran minutos u horas. Solo sabía que se reía. Que no podía parar. Que el tipo no paraba. Que sus pies eran un juguete en manos de esos cepillos. Que no había salida. Que no había tregua. Que no había nada más que risa. Solo risa. Solo carcajadas. Solo desesperación.
El tipo soltó el cepillo de madera. Lo dejó caer a un lado. Sonó seco contra la alfombra empapada. Y tomó el otro. El de cerdas rígidas. De pasta gruesa. Pero cerdas más delgadas. Más duras. Más precisas. Sin avisar. Sin decir nada. Sin darle tiempo a Astrid para respirar. Lo deslizó por las dos plantas.
Astrid sintió el cambio. Las cerdas nuevas. Más finas. Más rígidas. Más puntiagudas. Ya no eran redondas. Ya no eran suaves. Ahora raspaban. Ahora picaban. Ahora recorrían cada surco de la planta. Cada pliegue. Cada centímetro. Sin piedad. Sin descanso. Sin tregua.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
La risa de Astrid se volvió aguda. Más aguda que antes. Casi un chillido. Un grito entrecortado que se mezclaba con las carcajadas. Un sonido que no parecía humano. Un sonido que le salía del pecho sin permiso. Sin control. Sin nada.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El tipo movía el cepillo. De arriba abajo. De abajo arriba. Por los arcos. Por los talones. Por la base de los dedos. Por la almohadilla. Por todo. Sin pausa. Sin prisa. Sin piedad. Las cerdas rígidas raspaban la piel. La piel suave. La piel blanca. La piel hipersensible. La piel que no estaba hecha para eso. Para nada de eso.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid se retorcía bajo el peso del tipo. Pero no podía moverse. No podía escapar. No podía hacer nada más que reír. Solo reír. Solo carcajadas. Solo esa risa aguda, entrecortada, desesperada, que le salía del pecho sin permiso. La risa que odiaba. La risa que la hacía sentir vulnerable. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El tipo no decía nada. Ni una palabra. Ni una burla. Ni un comentario. Solo el cepillo. Solo las cerdas. Solo el movimiento. Como si fuera un trabajo. Como si fuera un arte. Como si fuera lo único que importara en ese momento.
Astrid arrugaba las plantas. Las estiraba. Las encogía. Los dedos de los pies se cerraban. Se abrían. Se tensaban. Se relajaban. Nada servía. El cosquilleo seguía. Subía por las piernas. Le llegaba a la barriga. Le apretaba el pecho. Le hacía saltar las lágrimas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El tipo seguía. Los arcos. Siempre los arcos. Ahí se detenía más. Ahí presionaba más. Ahí deslizaba más. Ahí hacía círculos. Ahí subía y bajaba. Ahí la risa de Astrid se volvía más aguda. Más fuerte. Más incontrolable. Y él lo sabía. Y lo aprovechaba.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El tipo se detuvo. De golpe. Sin aviso. Sin despedida. Dejó los cepillos en el suelo. Se levantó. Rápido. Sin mirarla. Sin decir nada. Y salió corriendo. La puerta quedó abierta. El frío entró. El silencio también. Astrid quedó sola. Boca abajo. Sobre la alfombra empapada. Con las cuerdas aún apretadas. Con la silla rota aún enganchada. Con los pies descalzos. Con las plantas aún cosquillosas. Con el jadeo aún en el pecho. Con la risa aún en la garganta. Con las lágrimas en los ojos. Con el maquillaje corrido. Sin poder moverse. Sin poder hablar. Sin poder hacer nada.
Las sirenas. A lo lejos. Primero un murmullo. Luego más cerca. Luego más. Luces azules y rojas. Reflejos en las paredes. Un coche. Una patrulla. Se detuvo frente a la casa. Dos policías bajaron. Subieron las escaleras. Vieron la puerta abierta. La luz encendida. Y a Astrid. En el suelo. Atada. Con los ojos llorosos. Con la casa revuelta. Con todo patas arriba.
—Señora, tranquila. Ya pasó todo. Estamos aquí.
La desataron. Con cuidado. Con prisa. Le preguntaron si estaba bien. Ella asintió. No podía hablar. Solo temblar. Solo llorar. Solo respirar. Llamaron a los paramédicos. Llegaron dos ambulancias. Más patrullas. Más luces. Más gente. La casa se llenó de uniformes. De preguntas. De ruido. De movimiento.
La condujeron a la estación de policía. Le dieron una manta. Un café. Le preguntaron. Ella respondió. Puso el denuncio. Robo. Secuestro extorsivo. Tortura. Todo. Dio un retrato hablado del ladrón. Alto. Delgado. Voz tranquila. Ojos oscuros. Pasamontañas. No había mucho más. No recordaba más. Estaba agotada. Estaba destruida. Estaba vacía.
Después la llevaron a la clínica. La ingresaron. Le dieron una habitación. Una cama. Sábanas limpias. Silencio. Los médicos la revisaron. No tenía cortes. No tenía golpes. No tenía nada físico. Solo agotamiento. Solo deshidratación. Solo estrés. Le pusieron suero. Le dijeron que descansara. Que durmiera. Que todo había pasado.
Astrid se quedó ahí. En la cama. Mirando el techo. Con el suero en el brazo. Con las sábanas hasta el pecho. Con los pies descalzos. Con las plantas aún cosquillosas. Con la risa aún en la garganta. Con las lágrimas aún en los ojos. Y por primera vez en toda la noche. Cerró los ojos. Y descansó.
El médico y la enfermera entraron a la habitación. Ronda de control. Rutina. Astrid estaba despierta. Asustada. Arropada hasta el pecho. Con el suero en el brazo. Con los ojos hinchados. Con el maquillaje aún corrido. Con el pelo revuelto. Con la bata del hospital. Con las sábanas limpias. Con el silencio de la habitación. Con la puerta cerrada. Con las paredes insonorizadas.
El médico traía la radiografía en la mano. La miró. La puso en el negatoscopio de la pared. La encendió. La enfermera se acercó a la cama. Sonrió. Una sonrisa amable. Profesional.
—¿Cómo se siente, señora Lindqvist?
Astrid respiró. Apenas.
—Adolorida. Me duele todo el cuerpo. No siento las piernas.
El médico asintió. Sin dejar de mirar la radiografía.
—Tiene luxaciones en las extremidades. Vamos a hacer unas pruebas para verificar que no haya nervios dañados. Necesito hacer tactos en algunas partes del cuerpo.
Astrid asintió. No dijo nada. Solo esperó.
El médico se acercó. Bajó la sábana hasta la cintura de Astrid. Le levantó la blusa un poco. Dejó el vientre al descubierto. La piel blanca. Suave. Expuesta. El médico puso las manos. Palpó. Suave. Firme. Profesional. Astrid sintió los dedos. En el vientre. En los costados. Y no pudo evitarlo. Un gemido. No de placer. No de dolor. Un gemido de cosquillas. De esas que se tratan de evitar. De esas que se escapan.
El médico levantó la vista.
—¿Le dolió?
—No… —dijo Astrid. Un poco colorada—. Solo sentí cosquillas. Nada más.
El médico se rió. Una risa corta. La enfermera también. Una risa jocosa.
—Oh, ¿es cosquilluda?
Astrid asintió. Apenas.
—Sí. Un poco.
El médico siguió palpando. El vientre. Los costados. Astrid se movía. Instintivamente. Hacia el lado contrario. El médico palpaba el lado derecho. Astrid se movía hacia la izquierda. El médico palpaba el lado izquierdo. Astrid se movía hacia la derecha. Sin querer. Sin poder evitarlo. Como un reflejo.
—Levante los brazos a los lados —dijo el médico.
Astrid obedeció. Levantó los brazos. El médico palpó las costillas. Casi al borde de las axilas. El lado derecho. La enfermera hizo lo mismo. El lado izquierdo. Al mismo tiempo. Astrid no pudo evitarlo. Se rió. Fuerte. Y bajó los brazos. Rápido. Instintivamente.
—Perdón… —dijo—. Tengo muchas cosquillas…
El médico y la enfermera se miraron. Sonrieron. Luego bajaron a los pies. El médico le agarró el pie derecho. Por el tobillo. La enfermera hizo lo mismo con el pie izquierdo. Al mismo tiempo. Y luego. Sin avisar. Deslizaron un objeto de punta por las plantas. Desde el talón hasta la punta de los dedos. Los dos. Al mismo tiempo. En los dos pies.
Astrid sintió el objeto. Frío. Punzante. Recorriendo sus arcos. Sus plantas. Sus talones. Sus dedos. Y no pudo evitarlo.
—Oh Dios…
Y luego la risa.
—Lo siento… soy muy cosquilluda…
El médico y la enfermera se miraron. Esta vez no fue una sonrisa amable. Fue otra cosa. Algo más. Algo que Astrid no vio. Pero sintió. Un segundo. Dos. Tres. Luego el médico habló.
—¿Sintió eso, señora Astrid?
—Sí…
El médico soltó el objeto. Le hizo una seña a la enfermera. Y le dijo a Astrid:
—Señora Astrid, vamos a hacer otra prueba. Me va a decir si siente. ¿De acuerdo?
—Sí, doctor. Adelante.
—Recuerde que usted firmó el consentimiento a las pruebas.
Astrid intentó procesar. ¿Qué consentimiento? Había firmado muchos documentos al entrar. No recordaba ninguno específico. No recordaba nada. Estaba cansada. Estaba confundida. Estaba vulnerable. Y mientras procesaba eso. Mientras su mente daba vueltas. El médico y la enfermera comenzaron. Cada uno. A deslizar la punta de sus dedos. Sobre las plantas de Astrid. Las dos. Al mismo tiempo.
Astrid sintió el contacto. Los dedos. Las yemas. Sobre sus arcos. Sobre sus talones. Sobre la base de sus dedos. Sobre todo. Y no pudo evitarlo.
—NO POR FAVOR POR FAVOR JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Y después todo fue carcajadas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
La habitación estaba insonorizada. Afuera no se oía nada. Nadie sabía nada. Nadie sospechaba nada. Solo Astrid. Solo el médico. Solo la enfermera. Solo las carcajadas. Solo las cosquillas. Solo la desesperación.
El médico deslizaba sus dedos sobre la planta derecha. Las yemas. Suaves. Lentas. De arriba abajo. Por los arcos. Por los talones. Por la base de los dedos. Sin prisa. Sin piedad. Sin descanso.
La enfermera deslizaba sus uñas sobre la planta izquierda. Finas. Precisas. De abajo arriba. Por los arcos. Por los talones. Por la base de los dedos. Sin prisa. Sin piedad. Sin descanso.
Las dos plantas. Al mismo tiempo. Dos texturas distintas. Dos sensaciones distintas. Dos torturas distintas. Astrid no podía elegir. No podía anticipar. No podía hacer nada más que reír.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
La locura comenzaba a apoderarse de ella. Otra vez. Como en su casa. Como con el ladrón. Como con el habitante de calle. Como con todos. La risa aguda. La risa entrecortada. La risa desesperada. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid se retorcía en la cama. Se agarraba de las sábanas. Se agarraba de los barandales. Intentaba mover los pies. Intentaba cerrar los dedos. Intentaba arrugar las plantas. Intentaba todo. Nada funcionaba. El médico y la enfermera seguían. Cada uno en su pie. Cada uno con su textura. Cada uno con su tortura. Sin pausa. Sin tregua. Sin descanso.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
La habitación estaba insonorizada. Afuera no se oía nada. Nadie sabía nada. Nadie sospechaba nada. Solo Astrid. Solo el médico. Solo la enfermera. Solo las carcajadas. Solo las cosquillas. Solo la desesperación.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid reía. Ya no podía pensar. Ya no podía hablar. Ya no podía suplicar. Solo reír. Solo carcajadas. Solo esa risa aguda, entrecortada, desesperada, que le salía del pecho sin permiso. La risa que odiaba. La risa que la hacía sentir vulnerable. La risa que no podía controlar.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El médico y la enfermera no decían nada. Ni una palabra. Ni una burla. Ni un comentario. Solo los dedos. Solo las uñas. Solo el movimiento. Como si fuera un trabajo. Como si fuera un arte. Como si fuera lo único que importara en ese momento.
Astrid arrugaba las plantas. Las estiraba. Las encogía. Los dedos de los pies se cerraban. Se abrían. Se tensaban. Se relajaban. Nada servía. El cosquilleo seguía. Subía por las piernas. Le llegaba a la barriga. Le apretaba el pecho. Le hacía saltar las lágrimas.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
El médico seguía. Los arcos. Siempre los arcos. Ahí se detenía más. Ahí presionaba más. Ahí deslizaba más. Ahí hacía círculos. Ahí subía y bajaba. Ahí la risa de Astrid se volvía más aguda. Más fuerte. Más incontrolable. Y él lo sabía. Y lo aprovechaba.
La enfermera también. Las uñas. Siempre las uñas. Ahí se detenía más. Ahí raspaba más. Ahí recorría más. Ahí hacía círculos. Ahí subía y bajaba. Ahí la risa de Astrid se volvía más aguda. Más fuerte. Más incontrolable. Y ella lo sabía. Y lo aprovechaba.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
Astrid perdió la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaba así. No sabía si eran minutos u horas. Solo sabía que se reía. Que no podía parar. Que el médico y la enfermera no paraban. Que sus pies eran un juguete en manos de esos dedos y esas uñas. Que no había salida. Que no había tregua. Que no había nada más que risa. Solo risa. Solo carcajadas. Solo desesperación.
El médico se detuvo. Sin aviso. Sin despedida. Sacó los dedos de la planta de Astrid y los dejó quietos en el aire. La enfermera hizo lo mismo. Sacó las uñas de la otra planta. Las dos manos quietas. Las dos torturas terminadas.
Astrid quedó en la cama. Jadeando. Con el pelo pegado a la frente. Con las mejillas rojas. Con los ojos húmedos. Con la bata arrugada. Con las sábanas revueltas. Con los pies descalzos aún sobre la cama. Con las plantas aún cosquillosas. Con los dedos de los pies aún encogidos. Sin poder pronunciar palabra.
El médico la miró. Sin prisa. Sin piedad. Sin nada.
—No detecto fractura ni nervios afectados —dijo. Su voz era tranquila. Profesional. Como si no acabara de tenerla riéndose a carcajadas durante lo que a ella le pareció una eternidad.
Astrid respiró. Apenas. Con la garganta seca. Con el pecho ardiendo. Con las piernas temblando. Con la mente confusa.
—Perdón… —dijo. Su voz salió ronca. Débil. Casi un susurro—. Tengo muchas cosquillas en los pies…
El médico no respondió. Anotó varias cosas en la historia. Con letra rápida. Con precisión. Luego cerró la carpeta. La miró una última vez.
—Podrá tener salida mañana.
Y salió de la habitación. La puerta se cerró. El silencio volvió. O casi. Porque la enfermera seguía ahí. De pie. Junto a la cama. Con una sonrisa amable. Profesional. Cálida.
—No se preocupe —dijo—. Por lo general, las mujeres tienden a tener mucha sensibilidad en las plantas de los pies.
Astrid la miró. Aún jadeando. Aún colorada. Aún con la risa atrapada en la garganta.
—Yo soy muy cosquilluda en las plantas —dijo.
La enfermera sonrió. Una sonrisa distinta. Más cercana. Más juguetona. Y sin avisar. Sin decir nada. Le rascó las plantas con las uñas. Rápido. Suave. Juguetón.
Astrid no pudo evitarlo.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…
La enfermera retiró las manos. Rápido. Se rió. Una risa corta. Cómplice. Como si hubiera hecho una travesura.
—No pude evitarlo —dijo.
Astrid seguía riendo. Pero ya no era la misma risa. Era más suave. Más corta. Casi una risa de vergüenza. La enfermera la miró. Con esa sonrisa cálida. Y le dijo:
—Si a mí me llegan a hacer eso mismo, me vuelvo loca. Yo también tengo cosquillas en las plantas de los pies.
Astrid la miró. Sorprendida. La enfermera se rió. Se encogió de hombros. Como si hubiera confesado un secreto. Como si hubiera compartido algo. Y por primera vez en toda la noche. Por primera vez en mucho tiempo. Astrid sintió algo distinto. Algo que no era rabia. Algo que no era vergüenza. Algo que no era miedo. Algo que se parecía un poco a la complicidad.
La enfermera le deseó buenas noches. Le dijo que descansara. Que mañana sería otro día. Salió de la habitación. La puerta se cerró. El silencio volvió. Astrid quedó sola. En la cama. Con el suero en el brazo. Con las sábanas limpias. Con los pies descalzos. Con las plantas aún cosquillosas. Con el cuerpo aún cansado. Con la mente aún confusa. Cerró los ojos. Y descansó. De verdad. Sin sobresaltos. Sin cosquillas. Sin nada. Solo sueño. Solo silencio. Solo descanso.
A la mañana siguiente le dieron de alta. Firmó papeles. Recogió sus cosas. La ropa del día anterior. La falda. La camisa. Los tacones. Todo sucio. Todo arrugado. Se vistió. Salió del hospital. El sol le golpeó la cara. Frío. Pero sol. Tomó un taxi. Le dio la dirección. El conductor no preguntó nada. Solo manejó. Astrid miró por la ventana. Las calles. Los edificios. La gente. Todo normal. Todo igual. Como si nada hubiera pasado. Como si la noche anterior no hubiera existido.
Llegó a su casa. Pagó el taxi. Bajó. Subió las escaleras exteriores. La puerta seguía abierta. O entreabierta. No recordaba. La empujó. Entró. Y ahí estaba todo. El desorden. El caos. Los cajones abiertos. La ropa tirada. Los platos rotos. La caja fuerte abierta. Vacía. El sofá movido. La mesa baja. La silla rota. Las cuerdas. Los cepillos. En el suelo. Todo. Todo ahí. Todo como lo dejó la noche anterior.
Astrid respiró. Hondo. Cerró la puerta. La aseguró. Puso la cadena. Puso el pasador. Puso todo lo que se podía poner. Luego empezó a arreglar. Recogió la ropa. Los platos. Los papeles. Tiró lo roto. Guardó lo que servía. Limpió el charco. La alfombra. El suelo. Abrió las ventanas. Dejó entrar el aire. El frío. El sol. Y mientras ordenaba. Mientras limpiaba. Mientras ponía cada cosa en su lugar. Llamó a la empresa. Contó lo sucedido. Sin detalles. Sin cosquillas. Sin nada. Solo lo básico. Robo. Secuestro. Denuncia. La escucharon. Le dieron licencia por una semana. Con goce de sueldo. Le dijeron que descansara. Que se recuperara. Que no se preocupara por el trabajo. Astrid agradeció. Colgó. Y siguió ordenando.
Mientras ordenaba. Mientras limpiaba. Mientras ponía cada cosa en su lugar. Pensaba. En la seguridad. En la casa. En la puerta. En las ventanas. En las escaleras. En el garaje. En todo. Necesitaba cambiar cosas. Necesitaba mejorar cosas. Necesitaba asegurar cosas. No quería que volviera a pasar. No quería volver a estar atada. No quería volver a reírse sin querer. No quería volver a sentirse vulnerable. No quería volver a pasar por eso. Nunca más.
Continuará…
Original de Tickling Stories
