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Capítulo 2: El Amanecer del Trauma
El sol se elevaba lentamente sobre Roma, bañando la ciudad con una luz dorada y cálida. Los primeros rayos de la mañana comenzaron a filtrarse por las cortinas de la habitación de Luisa, iluminando suavemente su rostro pálido y sudoroso. El aire estaba cargado de una quietud inquietante, como si el mundo mismo estuviera reteniendo el aliento en anticipación.
Luisa yacía en su cama, arropada cuidadosamente, aún inconsciente por el agotamiento y el trauma de la noche anterior. Su respiración era irregular y su cuerpo, aunque aparentemente en reposo, mostraba signos de tensión residual.
Finalmente, los párpados de Luisa comenzaron a temblar y, con un esfuerzo monumental, abrió los ojos. La luz del amanecer la cegó momentáneamente, y se tomó un instante para orientarse. Cuando sus recuerdos comenzaron a filtrarse de regreso, una oleada de pánico la invadió, y se sentó de golpe en la cama, sus ojos verdes llenos de terror.
La habitación estaba vacía y silenciosa, pero el recuerdo de las horas anteriores era vívido y desgarrador. Luisa miró a su alrededor, buscando cualquier señal de su captor, pero no encontró nada. Con manos temblorosas, se llevó las rodillas al pecho y comenzó a llorar, liberando el miedo y la angustia que la habían consumido.
Tras unos minutos de llanto, Luisa se obligó a recomponerse. Sabía que no podía quedarse en ese estado de vulnerabilidad. Necesitaba recuperar el control de su vida y de su restaurante. Con un esfuerzo titánico, se levantó de la cama y se dirigió al baño, donde se miró en el espejo.
Su reflejo mostraba a una mujer agotada, con el rostro marcado por la desesperación y los ojos hinchados de llorar. Pero también veía a una mujer decidida a no dejarse vencer por el miedo. Se lavó la cara y tomó unas respiraciones profundas, tratando de calmarse.
Después de vestirse con ropa limpia y cómoda, Luisa bajó al restaurante. Las mesas estaban ordenadas y todo parecía en su lugar, pero la sensación de seguridad que una vez había sentido en su propio negocio se había evaporado. La cocina, su santuario, ahora se sentía extrañamente hostil.
Mientras revisaba el lugar, su mente no dejaba de correr. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué la había atacado de esa manera? Y lo más importante, ¿qué podía hacer para protegerse en el futuro?
Luisa decidió que necesitaba ayuda. No podía enfrentar esto sola. Tomó su teléfono y llamó a su amiga y asistente, Carla, explicándole en pocas palabras lo que había sucedido. Carla, preocupada, prometió llegar lo antes posible.
Mientras esperaba, Luisa se sentó en una de las mesas del comedor, intentando encontrar una solución a su problema. Sabía que tenía que ser fuerte, no solo por ella misma, sino también por su restaurante y por todos aquellos que dependían de su éxito.
El amanecer marcaba no solo el inicio de un nuevo día, sino también el comienzo de una nueva lucha para Luisa. Una lucha por recuperar su vida, su seguridad y su paz mental.
El reloj marcaba las 8:00 a.m. cuando Luisa, aún recuperándose del trauma de la noche anterior, escuchó el sonido de la puerta del restaurante abriéndose. Carla, su amiga y asistente, había llegado, preocupada por la llamada urgente que había recibido más temprano.
Carla era una mujer de mediana estatura, con cabello castaño claro y ojos marrones llenos de preocupación mientras entraba apresuradamente al restaurante. Al ver a Luisa, se acercó rápidamente, notando las marcas de agotamiento y la tensión en el rostro de su amiga.
—Luisa, ¿qué ha pasado? —preguntó Carla, su voz llena de ansiedad—. ¿Estás bien?
Luisa levantó la vista, sus ojos verdes llenos de tristeza y miedo. Tomó una respiración profunda antes de comenzar a hablar.
—Anoche, después de cerrar el restaurante, fui atacada —dijo Luisa con voz temblorosa—. Un hombre entró aquí, me ató y… me torturó.
Carla se llevó una mano a la boca, horrorizada.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Estás herida? ¿Llamaste a la policía?
Luisa negó con la cabeza, sintiéndose abrumada por la pregunta.
—Físicamente estoy bien, pero… me hizo cosas horribles. Usó mis cosquillas en mi contra. Me ató y me torturó durante horas —dijo, tratando de contener las lágrimas—. No llamé a la policía. Temía que si lo hacía, podría volver o… algo peor.
Carla se sentó junto a Luisa, tomando sus manos entre las suyas en un gesto de apoyo.
—Luisa, esto es muy serio. Necesitas ayuda. No puedes enfrentarte a esto sola —dijo Carla con firmeza—. Vamos a llamar a la policía. Ellos pueden ayudarte y protegerte. Además, si él vuelve, estaremos preparadas.
Luisa asintió lentamente, sabiendo que Carla tenía razón. Pero el miedo seguía presente, nublando su juicio.
—Tienes razón. No puedo seguir viviendo con este miedo —admitió Luisa—. Pero no sé si puedo manejarlo sola. ¿Te quedarás conmigo? Al menos hasta que me sienta un poco más segura.
Carla asintió sin dudar.
—Claro que sí, Luisa. No te dejaré sola en esto. Somos un equipo, ¿recuerdas? —dijo Carla con una sonrisa tranquilizadora—. Vamos a superar esto juntas. Ahora, llamemos a la policía y asegurémonos de que estés protegida.
Luisa respiró hondo y tomó su teléfono, marcando el número de la policía. Mientras esperaba a que respondieran, sentía una mezcla de alivio y temor. Sabía que el camino por delante sería difícil, pero con Carla a su lado, se sentía un poco más fuerte.
Carla la miró con determinación, lista para enfrentar lo que viniera. Juntas, estaban listas para luchar contra la oscuridad que había invadido la vida de Luisa, decididas a recuperar su paz y seguridad.
El amanecer marcaba no solo el inicio de un nuevo día, sino también el comienzo de una nueva batalla. Luisa y Carla, unidas por la amistad y la determinación, estaban listas para enfrentar cualquier desafío que se presentara.
Carla, todavía tratando de comprender la magnitud del trauma que su amiga había sufrido, decidió hacerle algunas preguntas más para entender mejor la situación. Sabía que podría ser incómodo, pero quería asegurarse de conocer todos los detalles para poder ayudarla.
—Luisa, ¿dónde te hizo cosquillas? —preguntó Carla con suavidad—. ¿Dónde eres más sensible?
Luisa, todavía sintiéndose vulnerable, miró a Carla con ojos llenos de dolor y vergüenza.
—Por todas partes, Carla —respondió Luisa con un susurro—. Pero mis axilas y las plantas de mis pies son los peores lugares. No podía soportarlo.
Carla asintió, tratando de imaginar el horror de la experiencia de Luisa.
—¿Y te hizo cosquillas en esos lugares todo el tiempo? —preguntó Carla, sintiendo un nudo en el estómago.
—Sí, empezó con mi cintura y mis costillas, y luego se movió a mis axilas y mis pies —dijo Luisa, su voz temblando al recordar—. No dejaba de hacerme cosquillas, ignoraba todas mis súplicas. Fue… horrible.
Carla apretó las manos de Luisa, tratando de transmitirle algo de calma.
—Luisa, sé que esto es muy difícil, pero es importante que hables de ello. ¿Por cuánto tiempo te hizo eso? —preguntó Carla con suavidad.
—Fue casi toda la noche, Carla. No paraba. Estaba completamente indefensa —respondió Luisa, cerrando los ojos para evitar las lágrimas—. Me desmayé varias veces. No sé cómo voy a superarlo.
Carla la abrazó, ofreciendo consuelo.
—Luisa, sé que no va a ser fácil, pero vamos a superar esto juntas. Necesitas descansar y cuidarte. Prometo que estaré aquí para ti —dijo Carla con determinación—. Si en algún momento necesitas hablar más o simplemente necesitas compañía, yo estaré aquí.
Luisa asintió, agradecida por el apoyo incondicional de su amiga. Sentía que, a pesar del trauma, había una pequeña esperanza de recuperación con Carla a su lado.
—Gracias, Carla. No sé qué haría sin ti —dijo Luisa, sintiéndose un poco más fuerte gracias a su amiga.
El reloj seguía avanzando y, aunque la oscuridad de la noche anterior aún pesaba sobre ella, Luisa sabía que no estaba sola. Con Carla a su lado, estaba dispuesta a enfrentar los desafíos que vinieran, decidida a recuperar su vida y su seguridad.
Carla, todavía abrazando a Luisa, tomó una decisión firme. Sabía que lo mejor para su amiga era descansar y recuperarse del terrible suceso de la noche anterior.
—Luisa, creo que no deberíamos abrir el restaurante hoy —dijo Carla con suavidad—. Necesitas descansar y recuperarte. No puedes enfrentar todo esto sola, y yo estaré aquí contigo.
Luisa levantó la vista, viendo la determinación en los ojos de Carla. Sabía que tenía razón, pero el pensamiento de no abrir el restaurante le causaba ansiedad.
—No sé, Carla. Tenemos clientes que esperan y reservas hechas… —comenzó a decir Luisa, pero Carla la interrumpió.
—Lo más importante ahora es tu bienestar, Luisa. Los clientes entenderán. Podemos reprogramar las reservas y avisarles a todos que hoy no abriremos —dijo Carla con firmeza—. Además, no dejaré que pases este día sola. Me quedaré contigo en tu apartamento para que estés más tranquila.
Luisa suspiró, sintiéndose agradecida y abrumada al mismo tiempo.
—Gracias, Carla. No sé cómo agradecerte por todo esto —dijo Luisa, tratando de no dejarse llevar por las lágrimas—. Pero sí, creo que es lo mejor. Necesito descansar.
Carla asintió y se levantó, sacando su teléfono para empezar a hacer las llamadas necesarias. Mientras tanto, Luisa se quedó sentada, sintiendo una mezcla de alivio y cansancio.
Carla se movió con eficiencia, avisando a los empleados y reprogramando las reservas. En poco tiempo, había resuelto todo, asegurándose de que el restaurante permaneciera cerrado por el día.
—Listo, Luisa. Todo está arreglado. Vamos a tu apartamento para que puedas descansar —dijo Carla, ayudando a Luisa a levantarse.
Subieron juntas las escaleras hacia el apartamento de Luisa, que se encontraba justo encima del restaurante. Luisa se dejó guiar, sintiéndose cada vez más agotada a medida que subían.
Una vez dentro, Carla la llevó hasta el sofá y la ayudó a sentarse.
—Voy a prepararte algo para comer y luego te acostarás un rato. Necesitas recuperar fuerzas —dijo Carla con una sonrisa tranquilizadora.
Luisa asintió, agradecida por el cuidado de su amiga.
—Gracias, Carla. De verdad, no sé cómo lo haría sin ti —dijo Luisa con sinceridad.
Carla se dirigió a la cocina, dejando a Luisa descansar en el sofá. Mientras preparaba algo de comida, no dejaba de pensar en cómo ayudar a su amiga a superar este terrible episodio.
Luisa, recostada en el sofá, cerró los ojos y trató de relajarse, confiando en que Carla haría todo lo posible para cuidarla y protegerla. Sabía que, con el apoyo de su amiga, podría encontrar la manera de superar el trauma y seguir adelante.
El reloj seguía avanzando, pero por primera vez desde la noche anterior, Luisa se permitió un pequeño respiro de esperanza y consuelo.
Carla, después de preparar una bandeja con algo ligero para comer, regresó al salón y se acercó a Luisa.
—Luisa, creo que deberías acostarte en tu habitación. Ponte cómoda, quítate esa ropa de trabajo y ponte tu pijama. Necesitas descansar adecuadamente —dijo Carla con voz suave pero firme.
Luisa asintió lentamente. Sabía que Carla tenía razón, y aunque se sentía agotada, el cambio de ropa le sonaba reconfortante.
—Tienes razón, Carla. Necesito relajarme —respondió Luisa con un suspiro.
Carla la ayudó a levantarse del sofá y la acompañó hasta su habitación. Luisa abrió el armario y sacó su pijama favorito, una prenda cómoda y suave que siempre la hacía sentir más tranquila.
—Voy a cambiarme, Carla. Gracias por todo —dijo Luisa, sintiéndose un poco más animada gracias al cuidado de su amiga.
—Claro, tómate tu tiempo. Te espero afuera —dijo Carla con una sonrisa, dejándola sola en la habitación para que pudiera cambiarse.
Luisa se quitó su ropa de trabajo, sintiendo un alivio inmediato al deshacerse de la formalidad de su atuendo ejecutivo. Se puso su pijama, una camisa de algodón suave y un pantalón a juego, y se sintió un poco más humana, un poco más ella misma.
Al salir de la habitación, encontró a Carla esperando con la bandeja de comida.
—Te he preparado algo ligero. Come un poco y luego descansa. Estaré aquí todo el tiempo que necesites —dijo Carla, ofreciéndole la bandeja.
Luisa tomó la bandeja y se sentó en la cama, comiendo despacio. La comida le devolvió algo de energía y la presencia de Carla le proporcionaba una sensación de seguridad que necesitaba desesperadamente.
—Gracias, Carla. Esto es justo lo que necesitaba —dijo Luisa con una sonrisa agradecida.
Carla se sentó en una silla junto a la cama y le tomó la mano.
—No tienes que agradecerme, Luisa. Somos amigas y estoy aquí para ti. Hoy nos tomaremos el día con calma y mañana veremos cómo seguir adelante —dijo Carla con determinación.
Luisa terminó de comer y se recostó en la cama, sintiéndose un poco más tranquila y segura. Carla la arropó y se quedó sentada a su lado, vigilándola mientras se quedaba dormida.
A pesar del terror de la noche anterior, Luisa se sentía un poco más fuerte con Carla a su lado. Sabía que el camino hacia la recuperación sería largo, pero con su amiga allí, estaba dispuesta a dar cada paso necesario.
El reloj seguía avanzando, marcando un nuevo comienzo para Luisa, uno lleno de esperanza y el apoyo incondicional de su amiga.
Mientras Luisa comía, Carla no pudo evitar notar los pies de Luisa, descansando desprotegidos sobre la cama. Con una expresión traviesa y queriendo aliviar un poco la tensión, decidió hacer algo para sacarle una sonrisa. Carla alargó la mano y deslizó las uñas de sus dedos, que tenía largas, por las vulnerables plantas de los pies de Luisa.
Luisa, sorprendida por el inesperado toque, soltó una carcajada involuntaria y retiró rápidamente sus pies hacia atrás, mirándola con ojos grandes y una mezcla de sorpresa y diversión.
—¡Carla! —exclamó Luisa, todavía riendo—. ¡Eso fue una sorpresa!
Carla sonrió ampliamente, contenta de ver a su amiga reír aunque solo fuera por un momento.
—Lo siento, no pude resistirlo. Sabía que te haría reír —dijo Carla con una risa ligera—. Solo quería verte sonreír, aunque fuera un poquito.
Luisa asintió, todavía sonriendo, sintiendo un calor en su corazón por el gesto de su amiga. A pesar de todo lo que había pasado, esa pequeña acción le recordó que no todo era oscuro y aterrador.
—Gracias, Carla. Realmente necesitaba eso —dijo Luisa, sintiéndose un poco más relajada.
Carla le dio un apretón en la mano, mostrándole su apoyo constante.
—Para eso estoy aquí, Luisa. Para hacerte reír y ayudarte a superar esto. Ahora termina de comer y descansa. Tienes un día entero para relajarte y recuperar fuerzas.
Luisa asintió, sintiéndose un poco más tranquila con cada momento que pasaba en compañía de Carla. Terminó de comer y se recostó en la cama, dejándose envolver por la calidez de su pijama y el cuidado de su amiga.
Carla se quedó a su lado, asegurándose de que Luisa se sintiera segura y acompañada. Mientras la veía cerrar los ojos y empezar a quedarse dormida, prometió a sí misma que haría todo lo posible para ayudar a su amiga a recuperarse completamente.
El reloj seguía avanzando, pero en ese pequeño refugio de amistad y cuidado, Luisa encontró un poco de paz en medio de la tormenta que había vivido. Con Carla a su lado, sabía que podría enfrentar cualquier desafío que viniera, un día a la vez.
Carla, viendo que Luisa estaba un poco más tranquila y relajada, decidió intentar levantar aún más su ánimo. Con una sonrisa traviesa, se inclinó hacia su amiga y le susurró:
—¿Y si te hago cosquillas?
Luisa abrió los ojos y miró a Carla, sorprendida por la propuesta. Aunque la idea de las cosquillas le recordaba el trauma reciente, también sabía que Carla solo quería hacerla reír y olvidarse un poco de lo sucedido.
—No sé, Carla… —dijo Luisa con una mezcla de nerviosismo y curiosidad—. ¿Crees que eso me hará sentir mejor?
Carla sonrió, mostrando su intención amable.
—Solo quiero hacerte reír, Luisa. Si en algún momento te incomoda, paro de inmediato. Solo quiero que te olvides de lo que pasó, aunque sea por un momento —respondió Carla con suavidad.
Luisa pensó por un momento y luego asintió, confiando en su amiga.
—Está bien, pero ten piedad de mí —dijo Luisa con una sonrisa nerviosa.
Carla se sentó en el borde de la cama y levantó uno de los pies de Luisa, sosteniéndolo suavemente. Luego, con delicadeza, comenzó a deslizar sus uñas por las plantas de los pies de Luisa, comenzando con movimientos suaves y lentos.
Luisa inmediatamente sintió el cosquilleo y no pudo evitar soltar una carcajada.
—¡Ja ja ja, Carla, eso…! ¡Ja ja ja, eso hace cosquillas! —dijo entre risas, tratando de mantener la calma.
Carla continuó con movimientos ligeros, asegurándose de que Luisa estuviera disfrutando la experiencia.
—¿Ves? Solo quiero que te rías un poco —dijo Carla con una sonrisa—. Nada de lo que temer, solo diversión.
Luisa se retorció un poco en la cama, riendo más a medida que las cosquillas continuaban. La sensación era extraña, pero también liberadora después de todo el estrés.
—¡Ja ja ja, está bien, Carla, ja ja ja! ¡Es suficiente, ja ja ja! —dijo Luisa, todavía riendo.
Carla paró de inmediato, dejando que Luisa recuperara el aliento. Ambas se miraron y comenzaron a reír juntas, sintiendo un alivio compartido.
—Gracias, Carla. Realmente necesitaba esto —dijo Luisa con una sonrisa.
—Siempre, Luisa. Estoy aquí para ti —respondió Carla, dándole un abrazo cálido.
El reloj seguía avanzando, pero en ese momento, todo parecía un poco más llevadero. Luisa, sintiendo el apoyo incondicional de Carla, sabía que podría enfrentar cualquier desafío con una amiga tan maravillosa a su lado.
Después de ese momento de complicidad y risas, Carla se recostó en la cama junto a Luisa, pensativa.
—Luisa, ¿qué te parece si… te ato de pies y manos? —dijo Carla con tono juguetón.
Luisa levantó una ceja, sorprendida por la sugerencia.
—¿Atarme? ¿Por qué querrías hacer eso? —preguntó, un poco confundida.
Carla se encogió de hombros, con una sonrisa traviesa en los labios.
—Solo para añadir un poco de emoción a la noche. Además, sé que eres muy cosquillosa, ¡sería divertido ver cómo reaccionas! —respondió Carla, riendo.
Luisa consideró la idea por un momento, sintiendo una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
—Bueno, supongo que no podría hacer mucho daño. Pero prométeme que me soltarás si me pongo demasiado nerviosa, ¿de acuerdo? —dijo Luisa, mirando a Carla con seriedad.
Carla asintió con una sonrisa tranquilizadora.
—Por supuesto, Luisa. Te prometo que si te sientes incómoda, te soltaré de inmediato. Solo quiero que te diviertas un poco y que olvides tus preocupaciones por un rato —respondió Carla con sinceridad.
Luisa asintió, confiando en su amiga, y se dejó llevar por la idea.
—Está bien, hagámoslo. Pero prométeme que será suave, ¿de acuerdo? —dijo Luisa, buscando asegurarse de que todo fuera en un tono de juego y diversión.
Carla asintió, con una expresión llena de entusiasmo.
—Por supuesto, Luisa. ¡Vamos a divertirnos un poco! —exclamó, levantándose de la cama para comenzar los preparativos.
Con una sonrisa nerviosa pero emocionada, Luisa se preparó para lo que sería una mañana llena de risas y complicidad con su mejor amiga.
Carla fue a buscar algunas bufandas y cintas que pudieran servir para atar a Luisa de manera segura y cómoda. Mientras lo hacía, Luisa se recostó en la cama, tratando de relajarse y prepararse mentalmente para lo que venía.
—Aquí estamos —dijo Carla al regresar con las bufandas en la mano—. Prometo ser muy cuidadosa.
Luisa asintió y dejó que Carla comenzara a atarle las muñecas a los postes de la cama. La sensación de estar atada era extraña, pero Luisa confiaba en Carla.
—¿Todo bien hasta aquí? —preguntó Carla, asegurándose de que Luisa estuviera cómoda.
—Sí, todo bien —respondió Luisa con una sonrisa.
Carla continuó y ató los tobillos de Luisa, asegurándolos firmemente pero con cuidado para no causar molestias. Una vez que terminó, se sentó en el borde de la cama y miró a su amiga con una expresión de diversión y ternura.
—Muy bien, señorita Luisa, ¿lista para algunas cosquillas? —preguntó Carla con una sonrisa traviesa.
Luisa rió nerviosamente.
—Supongo que sí —dijo, tratando de mantener la calma.
Carla comenzó suavemente, deslizando las yemas de sus dedos por las plantas de los pies de Luisa, que ya estaban vulnerables y sin protección. La reacción de Luisa fue inmediata: empezó a retorcerse y a soltar pequeñas risitas.
—¡Ja ja ja, Carla, eso hace cosquillas! —exclamó Luisa, tratando de no moverse demasiado.
Carla continuó, disfrutando de las risas de su amiga. Con movimientos lentos y cuidadosos, exploró las áreas más sensibles de los pies de Luisa, haciendo que estallara en carcajadas cada vez más fuertes.
—¡Ja ja ja, Carla, ja ja ja, para! ¡Ja ja ja, no puedo más! —dijo Luisa entre risas.
—Aún no hemos terminado —dijo Carla con una sonrisa, moviendo sus dedos hacia las rodillas y muslos de Luisa, buscando nuevos puntos sensibles.
La risa de Luisa se intensificó mientras Carla continuaba con las cosquillas. Las uñas de Carla se movían con destreza, tocando suavemente cada área vulnerable de Luisa, quien no podía dejar de reír y retorcerse en la cama.
—¡Ja ja ja, Carla, por favor, ja ja ja, es suficiente! —suplicó Luisa, sintiendo que la risa la dejaba sin aliento.
Carla paró de inmediato, dejándole un respiro a Luisa. Se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente.
—¿Estás bien? —preguntó Carla, mirándola con preocupación.
Luisa asintió, todavía riendo suavemente.
—Sí, estoy bien. Solo necesitaba un respiro —dijo con una sonrisa.
Carla paró de inmediato, dejando que Luisa recuperara el aliento. Ambas se miraron y comenzaron a reír juntas, sintiendo un alivio compartido.
—Gracias, Carla. Realmente necesitaba esto —dijo Luisa con una sonrisa.
Carla, viendo la oportunidad de continuar, sonrió con un destello travieso en los ojos.
—De nada, Luisa. Pero ¿quién dijo que hemos terminado? Apenas estamos empezando —dijo Carla, sin intención de desatar a su amiga.
Luisa abrió los ojos con sorpresa y algo de pánico, pero antes de que pudiera protestar, Carla comenzó a deslizar sus uñas nuevamente por las plantas de sus pies, esta vez con más intensidad.
—¡AAAAAAAHHHHH! —gritó Luisa al sentir la repentina oleada de cosquillas, seguida de una explosión de carcajadas—. ¡JAJAJAJAJAA HAHAHAHAJAJAJAJAJ AJJAJAA!
Carla se deleitaba con las reacciones de Luisa, moviendo sus dedos hábilmente sobre las hipersensibles plantas de sus pies. La mezcla de risas y gritos de Luisa llenaba la habitación, mientras ella se retorcía en la cama, intentando en vano escapar de las cosquillas implacables.
—Vamos, Luisa, ¿dónde quedó tu resistencia? —dijo Carla con una sonrisa, disfrutando del momento.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Carla, no puedo más! ¡JAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa entre carcajadas, tratando de recuperar el control de su respiración.
Carla, viendo lo vulnerables que eran las plantas de los pies de Luisa, decidió intensificar aún más las cosquillas. Agarró el cepillo de peinar que había usado anteriormente y comenzó a deslizarlo por las plantas de los pies de Luisa, las cerdas del cepillo haciendo contacto con la piel hipersensible.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHAHAHA! —Luisa gritaba y reía desesperadamente, su cuerpo retorciéndose de un lado a otro mientras trataba de soportar la intensa sensación de cosquilleo.
—¿Ves? Esto sí que es divertido —dijo Carla con una sonrisa sádica, mientras continuaba moviendo el cepillo y sus dedos sobre las plantas de los pies de Luisa, alternando entre suaves caricias y movimientos más firmes.
Luisa, sumida en el caos de la desesperación y las carcajadas, sentía que no podía soportar más. Cada segundo se sentía interminable, pero también liberador de alguna manera.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Por favor, Carla, JAJAJAJAJAJA! ¡Para, no puedo más, JAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, su voz entrecortada por la risa y la falta de aliento.
Carla, decidida a explorar otras zonas vulnerables, dejó por un momento las plantas de los pies y se movió hacia la cintura de Luisa, donde comenzó a hacerle cosquillas con sus dedos ágiles.
—¡NOOO! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡CARLA, JAJAJAJAJAJAJA! —Luisa gritaba, su risa ahora mezclada con desesperación y sorpresa.
Carla siguió subiendo, haciendo cosquillas en las costillas y luego en las axilas de Luisa, que ya estaba completamente sumida en el caos y la risa incontrolable.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡No más, por favor, JAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, su cuerpo moviéndose frenéticamente en la cama, tratando de escapar de las sensaciones abrumadoras.
Carla, sin mostrar piedad, continuó alternando entre diferentes partes del cuerpo de Luisa, asegurándose de no dejar ninguna zona sin cosquillas. Las piernas y muslos también recibieron su atención, provocando nuevas explosiones de risa.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHAHA! ¡NOOOOO, JAJAJAJAJAJAJA! —Luisa apenas podía respirar, cada parte de su cuerpo reaccionando a las hábiles manos de Carla.
Carla, viendo que Luisa aún estaba sumida en una mezcla de risa y desesperación, decidió intensificar la tortura de cosquillas. Sin mostrar piedad, continuó alternando entre diferentes partes del cuerpo de Luisa, asegurándose de no dejar ninguna zona sin atención. Con una sonrisa traviesa, Carla se inclinó nuevamente hacia los pies de Luisa.
—¿Estás lista para más? —preguntó Carla con una voz juguetona.
—¡No, Carla, por favor! ¡JAJAJAJAJA! —Luisa intentó suplicar, pero la risa la venció.
Carla empezó a deslizar sus dedos por las plantas de los pies de Luisa con más intensidad, sus uñas largas y ágiles encontrando todos los puntos sensibles. Luisa estalló en una mezcla de risas y gritos, su cuerpo se convulsionaba en la cama tratando de escapar de la sensación implacable.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, NOOO! ¡JAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, sus piernas temblando con cada cosquilleo.
Carla decidió alternar, subiendo sus manos hacia las rodillas de Luisa, donde aplicó suaves pero firmes apretones que enviaron nuevas oleadas de risa por el cuerpo de su amiga.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO, JAJAJAJAJAJA! —Luisa seguía riendo sin control, sus súplicas mezcladas con carcajadas.
Sin detenerse, Carla movió sus manos hacia las caderas y la cintura de Luisa, aplicando cosquillas en esas áreas con la misma intensidad. Luisa se retorcía de un lado a otro, sus carcajadas llenando la habitación mientras Carla se deleitaba con cada reacción.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO PUEDO, JAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, aunque una parte de ella sabía que Carla no iba a detenerse pronto.
Carla, con una sonrisa traviesa, continuó su viaje hacia arriba, dirigiéndose a las costillas y luego a las axilas de Luisa. Con movimientos rápidos y precisos, aplicó cosquillas en esas zonas extremadamente sensibles, provocando que Luisa soltara gritos de risa aún más fuertes.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, POR FAVOR, JAJAJAJAJAJAJA! —Luisa apenas podía respirar entre risas, su cuerpo reaccionando frenéticamente a cada toque.
Carla se detuvo por un momento, permitiendo que Luisa recuperara un poco el aliento. Luego, sin previo aviso, volvió a concentrarse en los pies de Luisa, esta vez utilizando el cepillo para el cabello. Las cerdas del cepillo se deslizaron sobre las plantas de los pies de Luisa, arrancando nuevas olas de risa.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡AAAAAHHHHHH, JAJAJAJAJAJA! —Luisa gritaba y reía, la mezcla de sensaciones en sus pies la llevaban al borde de la locura.
Carla, viendo que Luisa estaba completamente atrapada en el caos de las cosquillas, decidió darle un toque final. Inclinándose hacia adelante, comenzó a chupar y lamer los dedos de los pies de Luisa, mientras sus dedos seguían deslizándose por las plantas hipersensibles. Pequeños y breves mordiscos en la piel suave de las plantas hacían que Luisa soltara carcajadas aún más intensas.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO, NO, NO, JAJAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, su cuerpo convulsionándose con cada nueva ola de sensaciones.
Carla, disfrutando cada momento, decidió explorar una vez más todas las zonas sensibles de Luisa. Subió sus manos nuevamente a las costillas, las axilas, la cintura y los muslos, asegurándose de que cada parte recibiera la misma atención.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, POR FAVOR, NO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, su voz entrecortada por la risa y la falta de aliento.
La tortura continuó sin piedad. Carla se deleitaba en la risa incontrolable de Luisa, en su cuerpo convulsionándose y en sus súplicas desesperadas. Cada movimiento de sus dedos, cada desliz de las uñas, cada mordisco y cada lamida mantenían a Luisa en un estado constante de risa y desesperación.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO PUEDO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, sintiendo que su resistencia estaba al límite.
Carla no se detuvo. Sabía que Luisa necesitaba esto, una liberación completa, una catarsis total. Continuó con las cosquillas, intensificándolas, asegurándose de que Luisa sintiera cada momento, cada sensación, cada risa y cada grito.
El caos y la desesperación llenaban la habitación. El reloj avanzaba lentamente, pero en esos momentos, el tiempo parecía haberse detenido. Luisa, atrapada en un torbellino de sensaciones y risas, sabía que aunque era una tortura, también era una forma de liberación. Y Carla, con una sonrisa satisfecha, se aseguró de que su amiga experimentara cada momento al máximo.
Carla se inclinó sobre Luisa, susurrándole al oído con una voz sádica y llena de determinación:
—Te voy a llevar al punto máximo de la desesperación.
Luisa soltó una carcajada incontrolable, su cuerpo temblando de risa y ansiedad. Carla comenzó nuevamente con las cosquillas, esta vez más intensas, moviendo sus dedos rápidamente por las costillas, la cintura y las axilas de Luisa. La reacción fue inmediata.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO, POR FAVOR, JAJAJAJAJAJA! ¡AAAAAAHHHHHH! —gritaba Luisa, sintiendo que su resistencia se desmoronaba.
Carla no mostró piedad. Sus dedos se movían con precisión, encontrando cada punto vulnerable y explotándolo sin descanso. Luisa se retorcía en la cama, su cuerpo convulsionándose con cada nueva ola de cosquillas.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, NO PUEDO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, su voz entrecortada por la risa y el esfuerzo.
Carla sonrió, deleitándose con las reacciones de Luisa. Decidió intensificar la tortura, moviéndose hacia los muslos y las rodillas, aplicando cosquillas con sus uñas largas y afiladas. Luisa gritó, su cuerpo saltando en la cama con cada toque.
—¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO, AHÍ NO, JAJAJAJAJAJA! ¡AAAAAAHHHHHH! —Luisa no podía contenerse, sus risas y gritos resonando en la habitación.
Las manos de Carla se movieron nuevamente hacia los pies de Luisa, utilizando el cepillo para el cabello con movimientos rápidos y precisos. Las cerdas se deslizaron por las plantas de los pies, provocando carcajadas aún más intensas.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO, NO MÁS, JAJAJAJAJAJAJA! —Luisa estaba al borde de la histeria, su cuerpo sacudiéndose sin control.
Carla continuó, sin mostrar señales de detenerse. Sus dedos se movieron hacia las axilas de Luisa, alternando entre movimientos suaves y rápidos, provocando una risa continua e incontrolable.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, POR FAVOR, JAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, su voz casi ahogada por la risa.
Decidida a explorar cada rincón del cuerpo de Luisa, Carla movió sus manos hacia la cintura y las costillas, aplicando cosquillas con una intensidad renovada. Luisa se retorció en la cama, riendo y gritando, su cuerpo incapaz de escapar de las sensaciones abrumadoras.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO PUEDO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, su risa llenando la habitación.
Carla, disfrutando cada momento, bajó nuevamente hacia los pies de Luisa, esta vez usando su lengua para lamer y chupar los dedos de los pies mientras sus manos seguían deslizándose por las plantas hipersensibles.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO, NO, NO, JAJAJAJAJAJAJA! —Luisa gritaba, su cuerpo convulsionándose con cada nueva ola de sensaciones.
Las cosquillas continuaron sin piedad. Carla se aseguró de que cada parte del cuerpo de Luisa recibiera la misma atención, intensificando la tortura y llevando a su amiga al límite de la desesperación.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡POR FAVOR, CARLA, NO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, su voz casi un susurro entre las carcajadas.
El tiempo parecía haberse detenido mientras Carla continuaba, decidida a llevar a Luisa al punto máximo de la desesperación. Cada movimiento, cada toque, cada risa resonaba en la habitación, creando un ambiente de caos y liberación.
Carla no se detuvo, sus manos y lengua moviéndose con precisión y determinación. Luisa, atrapada en un torbellino de sensaciones, sabía que aunque era una tortura, también era una forma de liberación. Y en ese momento, ambas amigas compartían una experiencia única y profundamente intensa.
Con todos esos movimientos que Luisa hacía en su cama, prácticamente lo que logró fue que los nudos de las bufandas sobre sus muñecas y tobillos se apretaran más, dejándola aún más vulnerable a la tortura que le estaba propinando Carla. Cada retorcimiento y sacudida solo servía para afianzar su inmovilidad, haciéndola presa fácil de las cosquillas implacables.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO, POR FAVOR, CARLA, JAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, su voz resonando en la habitación.
Carla, viendo la situación, aprovechó al máximo. Sus manos se movían sin descanso, explorando cada rincón del cuerpo de Luisa. Primero, sus dedos recorrieron nuevamente las costillas, acariciando cada espacio entre ellas, lo que provocó una ola de carcajadas incontrolables.
—¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, POR FAVOR, NO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, su cuerpo convulsionándose con cada toque.
Carla no mostraba señales de detenerse. Decidida a intensificar la tortura, movió sus manos hacia la cintura de Luisa, utilizando movimientos rápidos y precisos que hicieron que su amiga se arquease y retorciera aún más.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO, NO PUEDO, JAJAJAJAJAJA! —Luisa seguía suplicando, pero sus palabras se perdían en medio de las carcajadas.
La determinación de Carla la llevó a explorar otras áreas igualmente vulnerables. Sus dedos se deslizaron por las piernas de Luisa, encontrando puntos hipersensibles en los muslos y rodillas. Luisa gritaba y reía, incapaz de contener las sensaciones que inundaban su cuerpo.
—¡HAHAHAHAHAHA! ¡AAAAHHHHHH, CARLA, NOOO, JAJAJAJAJAJA! —Luisa se encontraba en un estado de completa desesperación.
Carla, disfrutando cada momento, decidió volver a los pies de Luisa, deslizándose sus uñas por las plantas y entre los dedos. Las cerdas del cepillo volvieron a hacer su aparición, rascando suavemente las plantas hipersensibles, haciendo que Luisa estallara en carcajadas aún más intensas.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡POR FAVOR, NO MÁS, JAJAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, su risa resonando por toda la habitación.
Carla, viendo que los nudos estaban más apretados que nunca, continuó sin piedad. Sus dedos, rápidos y precisos, se movieron nuevamente hacia las axilas de Luisa, aplicando una presión justa para maximizar las cosquillas.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡AAAAAAHHHHHH, CARLA, NO PUEDO, JAJAJAJAJAJA! —Luisa seguía riendo y gritando, su cuerpo agotado pero aún incapaz de resistir.
El reloj avanzaba lentamente, pero en esos momentos, el tiempo parecía haberse detenido. El caos, las risas y las súplicas llenaban la habitación, creando una atmósfera de tortura y liberación. Carla, disfrutando de cada reacción de su amiga, se aseguró de que Luisa sintiera cada momento al máximo, llevándola al borde de la desesperación una y otra vez.
Las manos de Carla volvieron a los pies de Luisa, esta vez utilizando su lengua para lamer y chupar los dedos mientras sus uñas seguían recorriendo las plantas hipersensibles. Luisa no podía contener las carcajadas, su cuerpo convulsionándose con cada nuevo toque.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, NO, NO MÁS, JAJAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, su voz casi un susurro entre las carcajadas.
Carla, sin mostrar señales de detenerse, continuó explorando cada rincón del cuerpo de Luisa, asegurándose de que cada área recibiera la misma atención intensa. Las costillas, la cintura, las piernas y los pies de Luisa eran blanco constante de las cosquillas, cada toque provocando una nueva ola de risas y gritos.
El caos y la desesperación llenaban la habitación. Luisa, atrapada en un torbellino de sensaciones, sabía que aunque era una tortura, también era una forma de liberación. Y en ese momento, ambas amigas compartían una experiencia única y profundamente intensa, cada una disfrutando del momento a su manera, sabiendo que, al final, siempre podrían contar la una con la otra.
Carla se sentó en las piernas de Luisa, inmovilizándola aún más. La mirada de Carla se encontró con la de Luisa, quien tenía los ojos llenos de lágrimas de tanto reír. Carla, con una sonrisa traviesa, decidió intensificar aún más la tortura.
—Ahora sí, Luisa, prepárate para el caos total —dijo Carla con una voz suave pero decidida.
Carla empezó su ataque sin piedad en la cintura de Luisa, sus dedos moviéndose rápida y hábilmente, buscando cada punto hipersensible.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, POR FAVOR, JAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, tratando de moverse, pero Carla la tenía bien sujeta.
Los dedos de Carla se desplazaron hacia las caderas de Luisa, encontrando puntos aún más sensibles. Luisa se arqueaba y retorcía, su risa aumentando en intensidad.
—¡AAAAHHHHHH! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO MÁS, NO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —suplicaba Luisa, pero Carla no mostraba señales de detenerse.
Las manos de Carla subieron a las costillas, donde sus dedos se movieron entre cada espacio, provocando nuevas olas de risa.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡CARLA, NO PUEDO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —Luisa estaba al borde del agotamiento, pero las cosquillas continuaban.
Carla luego atacó las axilas de Luisa, moviendo sus dedos de manera rápida y precisa, intensificando aún más la tortura.
—¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, POR FAVOR, JAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, su cuerpo convulsionándose.
Finalmente, Carla se movió hacia los pechos de Luisa, rozando y acariciando con suavidad pero con una eficacia que hacía que Luisa se retorciera y riera sin parar.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO, NO MÁS, JAJAJAJAJAJAJA! —Luisa estaba completamente sumida en un caos de desesperación, cada parte de su cuerpo hipersensible sometida a la tortura de Carla.
El caos y la desesperación llenaban la habitación. Luisa, atrapada en un torbellino de sensaciones, sabía que aunque era una tortura, también era una forma de liberación. Y en ese momento, ambas amigas compartían una experiencia única y profundamente intensa, cada una disfrutando del momento a su manera, sabiendo que, al final, siempre podrían contar la una con la otra.
Carla, viendo la reacción de Luisa, disfrutaba de cada segundo, sus manos moviéndose sin cesar, explorando cada rincón del cuerpo de Luisa con una precisión que solo una amiga íntima podría tener. Los gritos, las risas y las súplicas de Luisa llenaban la habitación, creando una atmósfera de caos y liberación.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, POR FAVOR, JAJAJAJAJAJA! —Luisa seguía suplicando, su voz un eco de desesperación.
Carla no mostró piedad alguna. Cada movimiento, cada toque estaba diseñado para maximizar las cosquillas, llevándola al borde de la desesperación una y otra vez. Los gritos y las risas de Luisa resonaban por toda la habitación, su cuerpo agotado pero aún incapaz de resistir.
Carla no mostró piedad alguna. Cada movimiento, cada toque estaba diseñado para maximizar las cosquillas, llevándola al borde de la desesperación una y otra vez. Los gritos y las risas de Luisa resonaban por toda la habitación, su cuerpo agotado pero aún incapaz de resistir.
Carla se inclinó hacia las piernas de Luisa, mirándola con una sonrisa traviesa.
—Creo que tus piesitos están algo tristes —dijo Carla con una voz juguetona y sádica al mismo tiempo.
Luisa, apenas recuperándose de la última oleada de cosquillas, abrió los ojos con terror.
—¡No, Carla, por favor! ¡No más en los pies! —suplicó Luisa, pero su amiga no tenía intención de detenerse.
Carla se acomodó sobre las piernas de Luisa, inmovilizándola aún más, y comenzó a torturar sin piedad las hipercosquillosas plantas de Luisa. Sus dedos se deslizaron rápidamente por las plantas, explorando cada rincón sensible, mientras Luisa estallaba nuevamente en carcajadas y gritos.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, NOOOOO! ¡POR FAVOR, JAJAJAJAJAJA! —gritaba Luisa, sus súplicas ahogadas por la risa incontrolable.
Carla se deleitaba con cada reacción, observando cómo los pies de Luisa se movían desesperadamente en todas las direcciones, tratando en vano de escapar del implacable ataque. Sus dedos se movían con precisión, encontrando los puntos más sensibles y explotándolos al máximo.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! ¡NO PUEDO MÁS, CARLA, JAJAJAJAJAJA! —Luisa se retorcía en la cama, su cuerpo completamente sometido a la tortura.
Carla, disfrutando cada momento, intensificó su ataque, utilizando no solo sus dedos, sino también sus uñas largas para rascar suavemente las plantas de Luisa, provocando un cosquilleo aún más intenso.
—¡AAAAAHHHHH! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡HAHAHAHAHAHA! —Los gritos de Luisa resonaban en la habitación, llenos de desesperación y risa incontrolable.
Carla se inclinó aún más, acercándose a los pies de Luisa y comenzó a chupar y lamer sus dedos, mezclando las sensaciones de cosquillas con un toque inesperado de placer.
—¡HAHAHAHAHAHA! ¡CARLA, NO, JAJAJAJAJAJA! —Luisa seguía gritando y riendo, su mente un torbellino de sensaciones contradictorias.
El caos en la habitación se intensificaba, y Luisa, atrapada en ese torbellino de sensaciones, sabía que aunque era una tortura, también era una liberación. Carla continuaba su implacable ataque, asegurándose de que Luisa experimentara cada momento al máximo.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO MÁS, NO MÁS, JAJAJAJAJAJA! —Las súplicas de Luisa se perdían en el aire, mientras Carla seguía adelante, implacable y divertida.
La habitación estaba llena de risas, gritos y súplicas, creando una atmósfera de caos y liberación total. Carla, disfrutando de la intensidad del momento, sabía que Luisa estaba viviendo una experiencia única, una mezcla de desesperación y liberación que nunca olvidaría.
Finalmente, después de un rato más de intensa tortura de cosquillas, Carla decidió que ya era suficiente. Dejó de hacerle cosquillas y le permitió a Luisa recuperar el aliento, viendo cómo su amiga sudaba y respiraba con dificultad. Le dio un momento para calmarse antes de inclinarse y desatarle las muñecas y tobillos.
—Eso fue… intenso —dijo Luisa, todavía recuperándose.
—Sí, lo fue. Pero ahora puedes descansar tranquila, sabiendo que siempre estaré aquí para hacerte reír —dijo Carla con una sonrisa, ayudando a Luisa a sentarse.
Luisa abrazó a Carla, sintiendo un alivio inmenso y agradecida por tener a una amiga tan incondicional a su lado. Sabía que, sin importar lo que viniera, siempre podrían enfrentar cualquier cosa juntas.
Carla observó a Luisa con preocupación, notando el brillo de agotamiento en sus ojos. Se inclinó hacia ella con ternura.
—¿Estás bien, Luisa? ¿Necesitas algo? —preguntó Carla con sinceridad.
Luisa tomó una respiración profunda, sintiendo el alivio de que la tortura hubiera llegado a su fin.
—Estoy bien, Carla, gracias. Solo necesito un momento para recuperarme —respondió Luisa con una sonrisa débil.
Carla asintió, entendiendo la necesidad de Luisa de descansar después de la intensa sesión de cosquillas. Se levantó de la cama y le ofreció un vaso de agua a su amiga.
—Toma esto. Te ayudará a recuperarte un poco —dijo Carla, extendiendo el vaso hacia Luisa.
Luisa aceptó el agua con gratitud y tomó un sorbo, sintiendo cómo el líquido fresco calmaba su garganta. Después de un momento de silencio, Luisa miró a Carla con determinación.
—Carla, creo que ha llegado el momento de mi revancha —dijo Luisa con una sonrisa traviesa.
Carla la miró con sorpresa, antes de romper en una risa divertida.
—¡Oh, eso suena a desafío! Estoy lista cuando tú lo estés, amiga —respondió Carla, con una chispa traviesa en sus ojos.
Las dos amigas compartieron una risa cómplice, sabiendo que esta batalla de cosquillas estaba lejos de terminar.
Continuará…
Original de Tickling Stories
