Lo peor de tener cosquillas en los pies – Parte 4

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Mira, yo creo que hay secretos que te llevas a la tumba. O al menos, eso intentas. Pero hay secretos que, por más que los escondas, siempre terminan descubriéndose. Y el mío, lamentablemente, vive en mis pies.

Soy Valeria, tengo 25 años, soy universitaria y trabajo como modelo acompañante vip. No es lo que muchos piensan. No es nada de eso. Mi trabajo consiste en acompañar a clientes adinerados a eventos, cenas de negocios, galas, fiestas exclusivas. Soy la mujer que va de su brazo, que sonríe, que conversa, que hace que todo parezca perfecto. Es un trabajo de imagen, de presencia, de saber estar.

Mido 1,72 metros, peso 57 kilos, tengo el cabello rubio, los ojos azules, la piel blanca bronceada. Voy al gimnasio tres veces por semana, cuido mi alimentación, mi cuerpo es mi herramienta de trabajo. Visto con elegancia, maquillaje impecable, tacones altos. Y cuando entro a una sala, todas las miradas se vuelven hacia mí.

Parece que lo tengo todo, ¿verdad?

Pero hay algo que no ven. Algo que escondo con cuidado. Algo que me ha hecho pasar vergüenzas delante de personas importantes, que ha puesto en riesgo mi trabajo más de una vez.

Tengo cosquillas. Muchas. Demasiadas. En todo el cuerpo, sí. Pero el problema, el verdadero problema, está en mis pies. Sobre todo en los arcos. Esa zona que, cuando alguien la roza, me desmonta por completo. Mi cuerpo se olvida de que soy una modelo elegante y segura. Mi cuerpo solo sabe reírse, retorcerse y perder el control.

Calzo talla 39, tengo los pies bien cuidados, bonitos. Pero son mi perdición. Y en mi trabajo, donde la compostura lo es todo, tener los pies tan sensibles es un riesgo constante.

Porque nunca sabes cuándo, en medio de una cena elegante o en el asiento trasero de un coche lujoso, alguien va a rozar tus pies sin querer. Y entonces, todo tu control se desvanece.

Esta es la historia de cómo mis pies me traicionaron en el momento más inoportuno.

Una parte de mi trabajo, que muchos no conocen, es la que ocurre antes de cualquier evento. Antes de vestirme elegantemente, antes de sonreír en una cena, antes de caminar de la mano de un cliente importante, está el proceso de conseguir esos clientes.

Publico mi anuncio en portales especializados en internet. Son páginas discretas, profesionales, donde modelos como yo ofrecemos nuestros servicios de acompañamiento. Ahí piden mi número de teléfono, mi WhatsApp. Es parte del trabajo. Es la única manera de que los clientes potenciales se pongan en contacto.

Y créanme cuando digo que no faltan las llamadas ni los mensajes.

La mayoría son serios, profesionales. Hombres de negocios que necesitan una acompañante para una cena, una gala, un viaje. Preguntan por mi disponibilidad, mis tarifas, mi experiencia. Son conversaciones cortas, directas, sin rodeos. Esos son los clientes que realmente valen la pena.

Pero también están los otros.

Los que, en lugar de preguntar por mi disponibilidad, preguntan por mis cosquillas.

—Hola Valeria, soy Carlos. Antes de contratarte, quiero hacerte una pregunta: ¿tienes cosquillas?

Al principio, cuando empecé en esto, esas preguntas me tomaban por sorpresa. Me quedaba en silencio, sin saber qué responder. Pensaba que era una broma, una confusión, alguien que se había equivocado de número. Pero no. Era real.

—¿Tienes cosquillas? ¿Dónde tienes más cosquillas? ¿En los pies? ¿En las costillas? ¿Estarías dispuesta a dejarte hacer cosquillas?

Y si esas preguntas llegaban por mensaje, eran peores. Podía ver el texto en la pantalla, leerlo una y otra vez, confirmar que no estaba alucinando.

—Valeria, ¿tienes cosquillas en los pies? ¿Qué tan cosquilluda eres del 1 al 10?

Y yo, a pesar de todo, respondía. Porque soy educada, profesional. Porque aunque la pregunta sea extraña, no puedo permitirme ser grosera con alguien que podría ser un cliente potencial. Nunca se sabe. Y además, siempre me ha costado mentir sobre mis cosquillas. Es una parte de mí que, por más que intente ocultarla, siempre termina saliendo a la luz.

—Sí, tengo cosquillas en los pies —respondo, con calma—. Sobre todo en los arcos. Y si me pregunta qué tan cosquilluda soy del 1 al 10, le diría que un 11.

Porque es la verdad. Mis arcos son hipercosquilludos. No hay forma de negarlo.

Y ellos, al escuchar mi respuesta, se emocionan.

—¿Un 11? Eso es mucho. ¿Y te dejarías hacer cosquillas? Solo cosquillas, nada más. ¿Cuánto cobrarías por una sesión de cosquillas?

Ahí es cuando la conversación termina.

—Lo siento —digo, con mi tono más profesional—. No ofrezco ese tipo de servicios. Que tenga buena noche.

Y cuelgo.

O en WhatsApp, simplemente dejo de responder. A veces bloqueo directamente. La lista de bloqueados en mi teléfono es larga. Muy larga.

No es que tenga nada en contra de ellos. Cada quien tiene sus gustos, sus preferencias. Pero yo no estoy en esto para eso. Mi trabajo es acompañar, conversar, sonreír. No es dejar que desconocidos hagan cosquillas en mis pies.

Pero no puedo evitar pensar, cada vez que recibo uno de esos mensajes, que mi secreto está ahí, expuesto. Que cualquiera que busque mi nombre en esos portales puede saber que tengo cosquillas. Que hay hombres que me contactan solo para confirmarlo.

Y aunque los bloqueo, aunque cuelgo, siempre queda esa sensación de que mis pies, esos arcos hipercosquilludos que tanto intento proteger, están siempre al acecho. Esperando ser descubiertos por la persona equivocada.

Sin embargo, hubo una situación en la que todo cambió. Una llamada que llegó una tarde, cuando menos lo esperaba.

Era un tipo extranjero. Se notaba en su acento inglés marcado, en la forma en que enredaba las palabras en español. Me llamó por mi nombre, como si ya me conociera.

—¿Valeria? Habla Michael. He visto tu perfil en el portal. Quiero contratarte para todo un fin de semana completo. ¿Cuánto cobras?

Yo ya estaba acostumbrada a ese tipo de preguntas. Hombres de negocios que buscan acompañante para eventos largos. Así que respondí con mi tono profesional.

—Por hora, mi tarifa es de 350 mil pesos. Si quieres que esté todo un fin de semana, serían aproximadamente 4.200.000 pesos por día. Teniendo en cuenta que iniciaría el viernes y terminaría el domingo en la noche o el lunes en la mañana, estaríamos hablando de 3 noches y 4 días.

Esperaba que dijera que no, que era demasiado, que buscaría otra opción. Pero no. Michael no dudó ni un segundo.

—Está bien —dijo, con ese acento extranjero tan particular—. Envíame tu email a través de WhatsApp. Te voy a enviar los tiquetes de avión. Vas a viajar a Cartagena.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Cartagena. No era un cliente cualquiera. Era alguien con dinero, con poder.

—¿Cartagena? —pregunté, confirmando.

—Sí. Cartagena. Tengo un yate. Vas a estar conmigo allí todo el fin de semana. Alista tu equipaje. Ropa para estar en el yate. Y si tienes ropa de baño para tomar el sol, también. Va a hacer calor.

Mi mente comenzó a trabajar rápido. Cartagena. Un yate. Un fin de semana completo. Era una oportunidad enorme.

—Entendido —respondí, tratando de mantener la calma—. Te espero los datos.

Michael me dio las indicaciones y colgamos. Yo me quedé allí, con el teléfono en la mano, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo. Cartagena. Un yate. Todo un fin de semana. Era el trabajo más importante que me habían ofrecido hasta ahora.

Y también, en el fondo, sabía que era el que más riesgos implicaba. Porque en un yate, con ese calor, mis pies estarían expuestos.

Llegué a mi apartamento después del spa. El cuerpo aún relajado por el masaje, los pies suaves y las uñas impecables. Dejé las llaves en la entrada y revisé mi teléfono. Tenía un mensaje de Michael confirmando los detalles del viaje y otro del chico que me cuida a mi perrito cuando salgo de la ciudad.

Le escribí rápidamente: «Puedes pasar a recogerlo ahora. Lo tendré listo».

El chico llegó media hora después. Mi perrito, un pequeño maltés llamado Coco, saltó feliz al verlo. Le di sus instrucciones, la comida, la correa, todo lo necesario para el fin de semana. Le di las gracias y cerré la puerta.

Ahora sí. Estaba sola. La noche se avecinaba y tenía que alistar el equipaje.

Abrí mi maleta grande y comencé a organizar la ropa. Michael había sido claro: ropa para estar en el yate, ropa cómoda y traje de baño para tomar el sol. Elegí unos shorts blancos, camisetas ligeras de colores vivos, un vestido largo para las cenas, un par de sandalias planas y, por supuesto, mi bikini rojo. También incluí un vestido de noche elegante, por si acaso. No sabía qué esperar, pero quería estar preparada.

Cerré la maleta y la dejé junto a la puerta. Ajusté el despertador para las 3 de la mañana. Me acosté temprano, pero el sueño no llegaba fácil. Mi mente no paraba de dar vueltas. Cartagena. Un yate. Un cliente extranjero. Era una oportunidad enorme, pero también un riesgo.

Finalmente, me dormí.

A las 3 de la mañana, el despertador sonó. Abrí los ojos y me senté en la cama. La habitación estaba a oscuras, el silencio absoluto. Me levanté lentamente y fui al baño. Me duché con agua fría para despertar completamente. Luego, como todas las mañanas, hice yoga y meditación. Respiración profunda, estiramientos, concentración. Necesitaba estar enfocada para el día que me esperaba.

Me sequé y me vestí con cuidado. Pantalón de seda negro, pegado al cuerpo, que marcaba mis piernas. Zapatos de tacones altos color rojo. Camisa blanca de manga corta, también de seda. Un cinturón rojo que ajustaba mi cintura. Tomé mi chaqueta de cuero roja, mis gafas oscuras, mi bolso y mi maleta. Miré mi reflejo en el espejo: elegante, segura, lista para cualquier cosa.

Bajé a la recepción del edificio. El taxi ya estaba esperando, tal como lo había solicitado por la aplicación minutos antes. El conductor me ayudó con la maleta y subí al vehículo.

—Al aeropuerto, por favor —dije.

Eran las 4 de la mañana. Las calles de Bogotá estaban casi desiertas. El taxi avanzaba rápido por las avenidas vacías, dejando atrás los edificios iluminados de la ciudad. En menos de veinte minutos, ya estábamos en el aeropuerto.

El aeropuerto estaba tranquilo a esa hora. Hice el check-in rápido, pasé por seguridad y esperé en la sala de embarque. El vuelo salió puntual: 5:30 de la mañana. Me senté junto a la ventana, mirando cómo la ciudad se desvanecía bajo las nubes mientras despegábamos.

El vuelo fue corto, apenas una hora y media. Cuando el avión empezó a descender, vi el mar desde la ventana. El azul intenso del Caribe, las islas pequeñas, las embarcaciones ancladas cerca de la costa. Cartagena. Estaba allí.

Aterrizamos a las 7 de la mañana. El calor húmedo me golpeó en cuanto salí del avión. Bajé las escaleras y caminé hacia la terminal, sintiendo la brisa cálida en mi rostro. Recogí mi equipaje y salí de la zona de llegadas.

Y ahí estaba. Un hombre, de pie junto a un vehículo de vidrios oscuros, sosteniendo un cartel con mi nombre: «Valeria».

Me acerqué y me identifiqué. El hombre sonrió y me ayudó con el equipaje, colocándolo en el maletero del coche. Abrió la puerta trasera y me subí al vehículo.

El aire acondicionado era un alivio después del calor de la calle. El coche arrancó y comenzó a avanzar por las calles de Cartagena. Yo miraba por la ventana, viendo los edificios coloniales, las palmeras, el cielo despejado. El yate me esperaba en la marina. Y Michael, el cliente extranjero, también.

Mis pies, dentro de los tacones rojos, ya empezaban a sentir el calor de la ciudad. Pronto estarían descalzos sobre la cubierta del yate. Pronto, todo podría cambiar.

Llegamos a la marina. El vehículo se detuvo junto al muelle y el conductor me ayudó con el equipaje. Bajé del coche y el calor húmedo de Cartagena me envolvió por completo. El sol ya empezaba a calentar, y el cielo estaba despejado, de un azul intenso.

Caminé unos metros hasta donde estaba anclado el yate. Era imponente. Blanco, brillante, con varias cubiertas y un diseño elegante que llamaba la atención. En la cubierta principal, vi a varias personas moviéndose, preparando todo para la salida. La tripulación.

Cuando llegué al costado del yate, un hombre salió a recibirme. Era alto, de piel bronceada, con el cabello castaño claro y una sonrisa amplia. Vestía una camisa blanca abierta y pantalones cortos de lino.

—Valeria —dijo, con su acento inglés marcado—. Soy Michael. Bienvenida a mi yate.

—Muchas gracias —respondí, estrechando su mano.

Michael me presentó a la tripulación. Eran seis personas: dos hombres y cuatro mujeres, todos uniformados con ropa blanca. Me sonrieron y me saludaron con educación.

—Ellos van a estar pendientes de ti durante todo el fin de semana —dijo Michael—. Si necesitas algo, solo pídselo a cualquiera de ellos.

—Gracias —dije, asintiendo.

Luego, Michael se dirigió a una de las chicas de la tripulación.

—Lleva a Valeria a su habitación —le pidió—. Que se instale y se ponga ropa cómoda. En unos 20 minutos empezamos el recorrido.

La chica, una mujer joven de cabello negro recogido, me sonrió y me indicó que la siguiera. Caminé detrás de ella por la cubierta, bajamos unas escaleras y llegamos a un pasillo con varias puertas. Abrió una y me dejó pasar.

—Esta es su habitación, señorita. Si necesita algo, solo llámenos.

—Gracias —respondí, entrando.

La habitación era amplia y elegante. Una cama grande en el centro, una ventana que daba al mar, un armario y un baño privado. Dejé mi maleta en el suelo y cerré la puerta con llave. Quería un momento de privacidad antes de salir.

Abrí la maleta y saqué mi ropa cómoda: un shorts blanco, una camiseta ligera y mis sandalias planas. Me cambié rápidamente, dejando la ropa de viaje doblada sobre la cama.

En ese momento, sentí el yate moverse. Un movimiento suave, como un balanceo que me tomó por sorpresa. Me apoyé en la pared un momento, sintiendo el mareo pasajero.

—El movimiento del agua —pensé—. Es normal.

El yate comenzaba a alejarse del muelle. A través de la ventana, vi cómo la ciudad de Cartagena se alejaba lentamente. La brisa del mar entraba por la ventana abierta, trayendo el olor a sal. Respiré hondo, sintiendo la emoción del viaje.

Todo estaba saliendo bien. Hasta ahora.

A eso de las 9:30 de la mañana, salí a cubierta. Llevaba mis gafas oscuras, el short blanco que dejaba ver mis piernas bronceadas, y las chanclas de tiritas que dejaban ver al detalle mis pies y mis dedos con el pedicure color rojo, el mismo color que lucían mis uñas de las manos. También llevaba un chal de tela de seda tejido y el top del traje de baño. Soy talla 36b, tengo buen pecho y buen trasero, y la ropa me quedaba bien. No podía negarlo: me sentía hermosa.

El sol calentaba suavemente. La brisa del mar movía mi cabello rubio mientras caminaba por la cubierta. Vi a Michael en el jacuzzi, con los brazos extendidos apoyados en el borde, relajado, disfrutando del agua caliente.

—Valeria —dijo, con su acento inglés—. ¿Por qué no entras al jacuzzi conmigo? El agua está perfecta.

Sonreí, pero negué con la cabeza.

—Primero quiero tomar un poco de sol —respondí—. Luego entro.

Michael sonrió, pero sus ojos se desviaron hacia mis pies. Los miró un momento, luego volvió a mi rostro.

—Como quieras —dijo—. Pero no tardes mucho.

Me senté en una silla reclinable, cerca del borde de la cubierta. Apoyé mi cabeza en el respaldo y observé el horizonte. La costa de Cartagena ya se veía muy lejos. Todo se veía pequeño desde allí, las edificaciones, los cerros, la ciudad que se desvanecía en la distancia. Solo el mar, el cielo y el sol.

Una de las chicas de la tripulación se acercó con una bandeja. Sobre ella, un vaso con una margarita, decorada con sal y una rodaja de limón.

—Para usted, señorita —dijo, dejando el vaso en la mesita junto a mí.

—Gracias —respondí, tomando el vaso.

Tomé un sorbo. El sabor era perfecto: dulce, ácido, fresco. Dejé el vaso y me recosté de nuevo, sintiendo el calor del sol en mi piel. Cerré los ojos un momento, disfrutando del silencio, solo el sonido de las olas y el viento.

Pero podía sentir su mirada. Michael no apartaba los ojos de mí. Y no solo de mi rostro, sino de mis pies. Los miraba de una manera que no podía ignorar.

—¿Vas a quedarte todo el día allí? —preguntó desde el jacuzzi—. O vas a entrar conmigo al agua.

Abrí los ojos y lo miré. Sonreí, tranquila, segura de mí misma.

—Voy a entrar —respondí—. Pero a su debido tiempo. No tengo prisa.

Michael sonrió y se recostó en el borde del jacuzzi, sin dejar de mirarme. Yo volví a cerrar los ojos, sintiendo el sol en mi piel y la brisa en mi rostro. Pero en el fondo, sabía que no podría evitarlo por mucho tiempo. Pronto, mis pies estarían en el agua.

Terminé mi margarita y me levanté de la silla. El sol ya calentaba lo suficiente como para querer broncearme bien. Me quité el short y quedé completamente en bikini. El rojo del traje contrastaba con mi piel bronceada. Me sentía bien, segura, lista para disfrutar del día.

Una de las chicas de la tripulación se acercó a mí. Llevaba una botella de bronceador y bloqueador solar en la mano.

—Señorita —dijo, con un suave acento inglés—. ¿Quiere que le aplique bronceador y bloqueador? Es importante protegerse del sol aquí.

—Sí, por favor —respondí, sonriendo—. Te lo agradezco.

Me acosté boca abajo en la toalla extendida sobre la cubierta. Apoyé la cabeza en mis brazos y cerré los ojos, sintiendo el calor del sol en mi espalda. La chica se arrodilló a mi lado y comenzó a aplicar el bronceador.

Sus manos eran suaves, profesionales. Comenzó por mi espalda, extendiendo la crema con movimientos firmes. Luego bajó a mis brazos, mis piernas. Todo iba bien.

Pero cuando llegó a mis costados, sentí el cosquilleo. Sus dedos se deslizaron por esa zona sensible y no pude evitarlo. Solté una risa y moví el cuerpo.

La chica se detuvo y me miró con una sonrisa.

—¿Ticklish? —preguntó, en inglés.

—Very —respondí, riéndome—. Very ticklish.

Ella sonrió y continuó. Pasó a mis piernas, mis muslos. Todo bien. Luego, mis pantorrillas. También bien.

Pero entonces, llegó a mis pies.

Sentí sus manos frías y suaves envolviendo mi pie izquierdo. Comenzó a extender el bloqueador en el empeine, en los dedos. Hasta ahí, controlable. Pero luego, sus dedos se deslizaron hacia la planta. Hacia el arco.

El cosquilleo fue inmediato. Mi pie se movió solo, intentando escapar. Solté una carcajada y levanté la cabeza.

—Please —dije, entre risas, en inglés—. Not my feet! I’m extremely ticklish!

Ella sonrió, sin detenerse del todo. Sus dedos continuaron moviéndose por mi planta, aplicando el bronceador con cuidado pero sin piedad.

—I’m sorry —dijo, con una sonrisa juguetona—. But the sun is very strong. Your feet need protection.

Y siguió. Sus dedos recorriendo el arco, el centro de la planta, el talón. Yo reía sin control, enterrando la cara en mis brazos, intentando contener la risa.

—¡Please! —grité entre carcajadas—. ¡Stop!

Finalmente, retiró sus manos. Mi pie quedó libre, pero aún tembloroso por el cosquilleo. Respiré hondo, recuperando el aliento.

—All done —dijo ella, con una sonrisa amplia—. Your feet are protected now.

Me reí, todavía agitada, y le di las gracias. Ella se levantó y se fue, dejándome allí, boca abajo en la toalla, con el corazón latiendo rápido y mis pies aún sintiendo el cosquilleo.

Michael, desde el jacuzzi, me observaba con una sonrisa. Había visto todo. Y su mirada me decía que no había sido una casualidad. Mis pies estaban expuestos. Y él lo sabía.

Finalmente llegó la hora del almuerzo. Michael y yo nos sentamos en la mesa de la cubierta principal, bajo un toldo que nos protegía del sol. La tripulación sirvió una comida ligera: pescado fresco, ensalada, frutas tropicales. Conversamos de cosas banales, del paisaje, del clima. Él era un hombre encantador, educado, con esa seguridad que dan el dinero y el poder. Pero en sus ojos seguía viendo esa mirada, esa fijación en mis pies que no podía ignorar.

Después del almuerzo, le dije que iría a mi habitación a descansar un rato. Él asintió y yo me retiré. Me recosté en la cama un par de horas, escuchando el sonido del mar y sintiendo el balanceo del yate. Cerré los ojos y traté de relajarme.

Sobre las 5 de la tarde, salí nuevamente a cubierta. El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados. El mar estaba en calma. Michael estaba sentado en el borde del jacuzzi, con una copa de champán en la mano.

—Pensé que no ibas a volver —dijo, sonriendo.

—Solo necesitaba descansar —respondí, acercándome.

—¿Te animas a entrar? El agua está perfecta.

Esta vez, no puse excusas. Me quité la ropa y entré al jacuzzi. El agua caliente me envolvió, relajando cada músculo de mi cuerpo. Michael me ofreció una copa y brindamos. El champán burbujeaba en mi garganta mientras el sol se ocultaba en el horizonte.

Conversamos durante un rato. Michael me habló de sus negocios, de cómo había comprado el yate hacía un par de años, de sus viajes por el mundo. Era un hombre exitoso, seguro de sí mismo. La tripulación se había retirado; estábamos solos en la cubierta. Solo el mar, el cielo y nosotros.

—¿Te gustan los masajes? —preguntó de repente, acercándose a mí.

—Sí —respondí, con cautela.

—¿Te doy un masaje en la espalda?

No tenía razón para negarme. Al fin y al cabo, estaba pagando. Así que asentí y me di la vuelta, apoyando mis brazos en el borde del jacuzzi. Michael comenzó a masajear mis hombros, mis brazos, mi espalda. Era bueno, sus manos firmes y seguras. Pero cuando se acercó a los costados, sentí el cosquilleo y me moví.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, sí —dije, riéndome—. Es solo que tengo cosquillas.

Él sonrió. Pero no se detuvo. Y entonces, sin previo aviso, se giró, me tomó una pierna y levantó mi pie fuera del agua.

—¿Qué haces? —pregunté, sorprendida.

Él no respondió. Llevó mi pie a sus labios y comenzó a besarlo. Sentí el cosquilleo inmediato. Intenté controlarme, apretar los dedos, contener la risa. No quería darle una patada. No quería arruinar todo.

Pero cuando comenzó a chupar mis dedos del pie, no pude evitarlo. Solté una risa nerviosa.

—Michael —dije, riéndome—. No hagas eso.

Pero él siguió. Y entonces, lo peor. Comenzó a lamer la planta de mi pie. Su lengua recorrió el arco, el centro de la planta, el talón. El cosquilleo era insoportable. Mi cuerpo se retorcía. Las carcajadas salían de mi pecho sin control.

—¡Michael! —grité entre risas—. ¡No! ¡Para, por favor!

Pero él no paraba. Su lengua seguía moviéndose en mi planta hipercosquilluda, y yo perdía el control por completo. Mi cuerpo se movía solo, intentando escapar. Y en un reflejo instintivo, sin poder evitarlo, solté una patada.

Mi pie golpeó su rostro. Sentí un crujido. Michael soltó mi pie y se llevó las manos a la nariz. La sangre comenzó a salir. Le había roto la nariz.

—¡Oh, Dios mío! —grité, horrorizada—. ¡Michael, lo siento mucho! ¡No fue mi intención!

Él no dijo nada. Su rostro estaba pálido, la sangre corría por su labio superior. Se levantó del jacuzzi y salió, caminando rápidamente hacia el interior del yate, dejando un rastro de sangre en la cubierta.

Yo me quedé sola en el jacuzzi, con el agua caliente rodeándome, la copa de champán aún en mi mano, el corazón latiendo a mil por hora. La vergüenza me invadió. No sabía qué hacer. Estaba en medio del mar, en un yate, con un cliente herido y una situación que se había ido de las manos.

Pasaron unos diez minutos. Quizás quince. No estoy segura. El tiempo se había detenido. Yo seguía en el jacuzzi, con el agua caliente rodeándome, la copa de champán aún en mi mano, la vergüenza quemándome por dentro. No sabía qué hacer. No sabía si ir a buscarlo, si disculparme de nuevo, si encerrarme en mi habitación y esperar a que todo pasara.

Entonces, escuché pasos en la cubierta. Levanté la mirada y vi a la chica que me había aplicado el bronceador. Se acercó con paso rápido y se arrodilló junto al borde del jacuzzi, con expresión de preocupación.

—Señorita —dijo en inglés, con su acento suave—. ¿Qué pasó? Vi a Michael salir con la nariz sangrando. ¿Está usted bien?

—Sí, sí —respondí, sintiendo cómo la vergüenza subía a mi rostro—. Estoy bien, pero Michael… no sé cómo explicarlo.

Ella me miró, esperando una respuesta.

—Le di una patada —confesé, con la voz baja—. Sin querer. Fue un reflejo.

La chica frunció el ceño, confundida.

—¿Un reflejo? ¿Por qué?

Respiré hondo. No tenía sentido ocultarlo. Ella ya había visto lo cosquilluda que era.

—Estábamos en el jacuzzi —expliqué—. Él me estaba besando los pies y en un momento… pasó la lengua por la planta. Me dio mucha cosquilla. No pude controlarme. Mi pie se movió solo y le di una patada en la nariz.

La chica abrió los ojos, procesando lo que acababa de escuchar. Luego, una sonrisa se formó en sus labios.

—¿De verdad eres tan cosquilluda? —preguntó en inglés, con un tono entre sorprendido y divertido.

—Sí —respondí, también en inglés—. Soy muy cosquillosa en todo mi cuerpo. Pero definitivamente en los pies… es lo peor.

Ella negó con la cabeza, sonriendo.

—Pobre Michael —dijo—. No sabía lo que le esperaba.

Yo solté una risa nerviosa, sintiendo que el peso en mi pecho se aliviaba un poco. Al menos alguien entendía lo que había pasado.

Finalmente, después de lo ocurrido, me fui a dormir. La vergüenza aún quemaba en mi pecho, pero el cansancio y el balanceo del yate me ayudaron a conciliar el sueño. No soñé con nada. O quizás sí, pero no lo recuerdo. Solo sé que desperté con el sonido del mar y la luz del sol entrando por la ventana de mi habitación.

Me levanté, me vestí y salí a cubierta. El yate estaba anclado nuevamente en la marina de Cartagena. La ciudad se veía hermosa bajo el sol matutino. Pero el ambiente era diferente. No había música, no había risas. La tripulación se movía en silencio, con miradas que evitaban las mías.

La chica que me había aplicado el bronceador, la misma con la que había hablado la noche anterior, se acercó a mí. Llevaba un sobre blanco en la mano.

—Señorita —dijo, en inglés—. Esto es para usted.

Lo tomé y lo abrí. Dentro había un fajo de billetes de dólares. Conté rápidamente: cerca de cuatro mil dólares. Exactamente lo que habíamos pactado por el fin de semana completo.

—Pero esto es por el fin de semana completo —dije, confundida—. Apenas han pasado 24 horas.

La chica me miró con compasión.

—Michael ya no va a estar más tiempo disponible —explicó—. Me pidió que le entregara esto y que le dijera que puede retirarse cuando quiera. Debe empacar sus cosas.

Entendí. No hacía falta que me lo dijera directamente. Michael no quería verme más. La patada, la sangre, la vergüenza. Todo había sido demasiado. Y aunque él había sido el que cruzó la línea con sus labios en mis pies, yo era la que había terminado rompiéndole la nariz.

—Entendido —dije, guardando el sobre en mi bolso.

Regresé a mi habitación y empacé mis cosas en silencio. La ropa, los zapatos, el bikini. Todo volvió a la maleta en cuestión de minutos. Cuando terminé, salí a cubierta y me despedí de la tripulación con un breve movimiento de cabeza. Ellos asintieron, sin decir palabra.

Bajé del yate y caminé por el muelle, sintiendo el peso de la maleta en mi mano y el peso de la vergüenza en mi pecho. El sol de Cartagena calentaba mi rostro, pero no podía sentir más que el frío de la incomodidad.

Pedí un taxi y me dirigí al aeropuerto. Durante el camino, miré por la ventana, viendo cómo la ciudad colonial se desvanecía detrás de mí. El vuelo de regreso a Bogotá fue tranquilo. El silencio de la cabina me acompañó durante toda la travesía.

Al llegar a mi apartamento, dejé la maleta en la entrada y me senté en el sofá. El silencio de la casa me envolvió. Mi perrito aún no había regresado, estaba con el chico que lo cuidaba. Estaba sola.

Y en el fondo, sabía la verdad. La causa de todo esto habían sido mis pies. Esos pies hipercosquilludos que no podían soportar el roce de una lengua en sus plantas. Esos pies que, por más que intentara controlarlos, siempre terminaban traicionándome.

Pero es algo que no puedo evitar. No importa cuánto lo intente, no importa cuánto me prepare. Cuando alguien toca mis plantas, pierdo el control. Es más fuerte que yo.

Y aunque hoy me haya costado un cliente, aunque me haya ido de Cartagena antes de tiempo, sé que esto volverá a pasar. Porque las cosquillas en mis pies son parte de mí. Y por más que quiera esconderlas, siempre, siempre, terminan encontrándome.

Original de Tickling Stories

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