Lo peor de tener cosquillas en los pies – Parte 3

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Mira, yo creo que hay cosas en la vida que no eliges. No elegiste tu nombre, no elegiste tu familia, y desde luego yo no elegí tener estas cosquillas que me persiguen a todas partes.

Soy Maritza, tengo 23 años y soy profesora de jardín infantil. Me encanta mi trabajo, de verdad. Ver a los niños aprender, jugar, reírse… es lo que más me gusta en el mundo. Pero hay un pequeño problema: mis pies.

Tengo cosquillas en todo el cuerpo, eso sí. Si alguien me toca las costillas, me encogió. Si me rozan el cuello, me pongo nerviosa. Pero mis pies… mis pies son mi perdición. Desde que tengo uso de razón, siempre he tenido unas plantas de los pies terriblemente sensibles. Cualquier roce, cualquier dedo, cualquier cosquilleo me desmonta por completo.

Y trabajar con niños de 4 y 5 años no ayuda.

Porque los niños pequeños son curiosos. Son exploradores. Y cuando descubren algo que les parece divertido, no paran hasta experimentarlo una y otra vez. Y en un jardín infantil, con 25 a 40 niños, siempre hay alguno que encuentra mi punto débil.

Ese día, mi compañera no fue a trabajar. Estaba sola. Solo yo con todos los niños. Y lo que empezó como una mañana tranquila, terminó siendo una de las experiencias más caóticas de mi vida profesional.

Ese día, precisamente, teníamos planeada una clase sobre las partes del cuerpo. Era una actividad que había preparado con mi compañera, pero ella no estaba, así que me tocó hacerla sola. Cuarenta niños de entre 4 y 5 años, sentados en el suelo del aula, esperando la lección.

—Buenos días, niños —dije, tratando de sonar entusiasta—. Hoy vamos a aprender sobre las partes de nuestro cuerpo. Pero para eso, necesito que todos nos quitemos los zapatos y las medias y nos quedemos descalzos. ¿Listos?

Los niños se miraron entre ellos, emocionados. Para ellos, quitarse los zapatos en clase era una aventura. Empezaron a desabrocharse los zapatos, a quitarse las medias, a reírse mientras sus pequeños pies quedaban al descubierto.

Yo, sin pensarlo demasiado, me senté en el suelo con ellos y también me quité mis zapatos y mis medias. Mis pies descalzos, expuestos, apoyados en el suelo de la sala. No le di importancia. Era una clase normal, los niños estaban concentrados en lo que hacían.

—Muy bien —dije—. Ahora vamos a nombrar cada parte. Empecemos por los dedos de los pies. ¿Quién sabe cómo se llaman?

Los niños empezaron a levantar la mano, emocionados. Uno dijo «dedos», otro dijo «uñas», otro dijo «pies». La clase avanzaba normal. Señalábamos los tobillos, los talones, las plantas.

—Ahora, vamos a tocarnos las plantas de los pies —dije, sin medir las consecuencias—. Todos toquen sus plantas.

Los niños comenzaron a tocarse las plantas, riéndose porque les hacía cosquillas. Yo, para dar el ejemplo, también toqué mis plantas. Y sentí ese cosquilleo que conozco tan bien. Pero aguanté. Era una clase.

—¿Sienten cosquillas? —pregunté.

—¡Sí! —respondieron todos al unísono, riéndose.

—Eso es normal —dije, sonriendo—. Las plantas de los pies son muy sensibles. Por eso cuando alguien las toca, sentimos cosquillas.

—Bueno, ahora vamos a subir —dije, animándolos—. Después de los pies, tenemos las piernas. Todos tóquense las piernas.

Los niños comenzaron a tocarse las piernas, riéndose y señalando sus rodillas, sus muslos, sus pantorrillas. Yo también me toqué las piernas, sintiendo el cosquilleo que recorría mi piel.

—Muy bien —dije—. Ahora, la cintura. ¿Quién sabe dónde está la cintura?

Los niños se tocaron la cintura, riéndose porque algunos eran más cosquilludos que otros. Yo, para dar el ejemplo, también me toqué la cintura. Y sentí ese cosquilleo que me recorrió el cuerpo.

—Y ahora, la barriga —dije, señalando la mía—. Tóquense la barriga.

Los niños se tocaron la barriga, riéndose a carcajadas. Algunos se retorcían porque les hacía cosquillas. Yo también me toqué la barriga, y sentí ese cosquilleo que me recorrió el estómago. Pero aguanté. Era una clase.

—Sigan subiendo —dije, sonriendo—. Ahora, las costillas. Todos tóquense las costillas.

Los niños comenzaron a tocarse las costillas, riéndose sin control. Algunos se encogían, otros saltaban, todos disfrutaban del juego. Yo también me toqué las costillas, y sentí ese cosquilleo que me recorrió el pecho. Pero aguanté.

—Muy bien —dije—. Ahora, los brazos y las manos. Tóquense los brazos y las manos.

Los niños se tocaron los brazos y las manos, riéndose y señalando sus dedos, sus palmas, sus antebrazos. Yo también me toqué los brazos y las manos, sintiendo el cosquilleo que recorría mi piel.

—Y ahora —dije, con una sonrisa—, las axilas. ¿Quién sabe dónde están las axilas?

Los niños rieron y comenzaron a tocarse las axilas, algunos más sensibles que otros, retorciéndose y riendo a carcajadas. Yo también me toqué las axilas, y sentí ese cosquilleo que me recorrió el cuerpo. Pero aguanté.

—Sigan subiendo —dije—. Ahora, el cuello. Tóquense el cuello.

Los niños se tocaron el cuello, riéndose y haciéndose cosquillas entre ellos. Yo también me toqué el cuello, sintiendo ese cosquilleo que me recorrió la nuca. Pero aguanté.

—Y ahora —dije, señalando mi cabeza—, la cabeza. Tóquense la cabeza.

Los niños se tocaron la cabeza, riendo y señalando su pelo, su frente, sus orejas. Yo también me toqué la cabeza, sintiendo el cosquilleo que recorría mi cuero cabelludo.

—Muy bien —dije—. Ahora, los ojos. Tóquense los ojos con mucho cuidado.

Los niños se tocaron los ojos suavemente, riéndose y parpadeando. Yo también me toqué los ojos, sintiendo el cosquilleo que recorría mis párpados.

—Y ahora —dije—, la nariz. Tóquense la nariz.

Los niños se tocaron la nariz, riéndose y haciendo muecas. Yo también me toqué la nariz, sintiendo el cosquilleo que recorría mi cara.

—Y finalmente —dije, sonriendo—, la boca. Tóquense la boca.

Los niños se tocaron la boca, riéndose y haciendo gestos divertidos. Yo también me toqué la boca, sintiendo el cosquilleo que recorría mis labios.

—Muy bien, niños —dije, aplaudiendo—. Han hecho un excelente trabajo. Ahora sabemos todas las partes de nuestro cuerpo.

Los niños aplaudieron emocionados, contentos con la actividad. Yo los miré, orgullosa de haber logrado mantener el control de la clase a pesar de estar descalza y de haber sentido cosquillas en cada parte de mi cuerpo.

Pero en mi mente, sabía que lo peor había pasado. Que la clase había sido un éxito. Que había logrado mantener mi compostura a pesar de todo.

Los niños estaban contentos, riendo y señalándose las partes del cuerpo que habíamos aprendido. Yo los miraba, orgullosa de haberles enseñado algo nuevo, de haber mantenido el control de la clase a pesar de estar descalza y de haber sentido cosquillas en cada parte de mi cuerpo.

Fue entonces cuando sentí mi teléfono vibrar. Alguien me había enviado un mensaje. Yo nunca dejo el celular con sonido, siempre lo pongo en silencio para que no interrumpa la clase, pero esa vez había olvidado silenciarlo completamente y el timbre sonó.

Me giré para revisarlo. Estaba sentada en el suelo, así que giré mi cuerpo, dándole la espalda a los niños, casi sentándome de lado. Solo iba a ser un segundo, solo quería ver quién me había escrito. No le di importancia.

Pero no vi lo que venía.

Escuché un murmullo, luego risas contenidas, y antes de que pudiera reaccionar, sentí un peso sobre mi espalda. Una avalancha de cuerpos pequeños se había tirado encima de mí.

—¡Cosquillas a la profe! —gritaron todos al unísono, riéndose.

Y entonces, comenzaron a hacer cosquillas en todo mi cuerpo.

Manitas pequeñas recorriendo mi espalda, mis costillas, mis brazos. Yo empecé a reír, intentando defenderme, pero era imposible. Estaba rodeada por todos lados.

—¡Cosquillas! ¡Cosquillas! ¡Cosquillas! —coreaban mientras sus dedos no dejaban de moverse.

Yo reía a carcajadas, sin poder controlarme. Mis manos intentaban apartarlos, pero eran demasiados. Mi cuerpo se retorcía en el suelo, pero ellos seguían.

—¡Cosquillas! ¡Cosquillas! ¡Cosquillas!

Y entonces, sentí que varias manitas llegaban a mis pies. Pequeños dedos comenzaron a moverse por mis plantas. Y ahí fue donde perdí el control por completo.

—¡En los pies noooo! —grité entre carcajadas—. ¡En los pies noooo!

Pero ellos no paraban. Al contrario, se reían más y más fuerte.

—¡Cosquillas en los pies de la profe! —gritó Mateo.

Y más manitas se unieron al ataque. Deditos recorriendo mis plantas, el arco, el talón, los dedos. Una y otra vez. Sin piedad.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —reía sin parar.

—¡Cosquillas! ¡Cosquillas! ¡Cosquillas! —seguían coreando.

Yo quería decirles que pararan, quería pedirles clemencia, pero las palabras no salían. Solo risa. Risa continua, incontrolable, infinita.

—¡En los pies nooooo! —alcancé a gritar entre carcajadas.

Pero era inútil. Ellos seguían. Sus deditos moviéndose por mis plantas, recorriendo cada centímetro de mi piel. Y yo, sin poder hacer nada, solo podía reír.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!

Mis pies intentaban escapar, pero los sujetaban con fuerza. Mis manos intentaban apartarlos, pero eran muchos. Mi cuerpo se retorcía sin control.

Y en medio de todo ese caos, yo solo podía pensar: ‘¿Cómo es posible que 40 niños de 4 años me hayan dejado así?’

—¡Cosquillas a la profe! —gritaron una vez más, mientras sus dedos no dejaban de moverse por mis plantas.

Yo seguía riendo. Riendo sin control. Mientras ellos, los pequeños traviesos, disfrutaban de ver a su profe tan vulnerable.

Y entonces, de repente, se detuvieron. Se soltaron y se quedaron mirándome, riéndose de verme así, sin aliento, con la cara colorada y los pies temblorosos.

Yo me incorporé lentamente, todavía recuperando el aliento. Mi cuerpo aún temblaba, mis pies seguían sintiendo el cosquilleo de sus deditos. Pero sabía que tenía que aprovechar ese momento para enseñarles algo importante.

Me puse de pie, arreglé mi ropa y los miré a todos. Ellos seguían riéndose, pero al ver mi cara seria, poco a poco fueron callándose.

—Niños —dije, con voz calmada pero firme—. Eso que hicieron estuvo muy mal.

Los niños se quedaron en silencio, mirándome con sus ojos grandes y curiosos.

—Yo entiendo que estaban jugando —continué—. Entiendo que se divirtieron. Pero cuando yo les decía que pararan, que no me hicieran cosquillas, ustedes no pararon. Y eso no está bien.

Mateo bajó la mirada. Los demás niños también.

—Cuando alguien dice «no más», aunque sea riéndose, hay que respetarlo —dije—. Porque si una persona dice que no quiere que le hagan cosquillas, aunque se esté riendo, hay que parar. ¿Entendieron?

Todos asintieron lentamente.

—Si profesora —respondieron en coro, con sus voces pequeñas y arrepentidas.

—Muy bien —dije, suavizando mi tono—. Ahora, quiero que todos se pongan sus medias y sus zapatos. Como cuando llegamos. ¿Listos?

Los niños comenzaron a moverse, buscando sus medias y zapatos entre el desorden del suelo. Yo también me senté y me puse mis medias y mis zapatos. Sentir mis pies cubiertos nuevamente me dio una sensación de alivio. Mis plantas ya estaban a salvo. Por ahora.

—Profe —dijo Mateo, acercándose—. ¿Está enojada con nosotros?

Lo miré y sonreí.

—No, Mateo —respondí—. No estoy enojada. Solo quiero que aprendan a respetar cuando alguien dice «no más». ¿Entendido?

Él asintió y me dio un abrazo.

—Entendido, profe.

El resto del día transcurrió con normalidad. Hicimos otras actividades, dibujamos, cantamos canciones, jugamos en el patio. Los niños estaban tranquilos, y yo, aunque todavía sentía el cosquilleo en mis pies, logré recuperar la compostura.

Llegó la hora de la salida. Los padres comenzaron a llegar, uno por uno, buscando a sus hijos. Yo los despedía a todos con una sonrisa, dándoles un beso en la frente o un abrazo.

—¡Chao, profe! —decían mientras se iban.

—¡Chao, niños! —respondía yo, agitando la mano—. ¡Nos vemos mañana!

Mateo fue el último en irse. Su mamá llegó un poco tarde, y él se quedó sentado en la entrada, esperándola. Se acercó a mí y me dijo:

—Profe, ¿mañana vamos a tener otra clase de las partes del cuerpo?

Yo sonreí y negué con la cabeza.

—No, Mateo. Mañana vamos a hacer otra cosa.

—¿Y no vamos a estar descalzos? —preguntó, con esa sonrisa pícara que ya conocía.

—No, Mateo —dije, riéndome—. Mañana no.

Él se rió y me dio un abrazo.

—Está bien, profe. Te quiero mucho.

—Yo también te quiero, Mateo —respondí, abrazándolo.

Su mamá llegó, lo recogió y se fueron. Yo me quedé sola en el jardín, mirando cómo se alejaban.

Cerré la puerta con llave, asegurándome de que todo estuviera en orden. El silencio del jardín vacío era un contraste enorme con el caos de la mañana. Caminé lentamente hacia mi auto, sintiendo mis pies aún adoloridos por el cosquilleo de horas antes.

Me subí al auto, encendí el motor y manejé hacia mi casa. El viaje fue tranquilo, en silencio, pensando en lo que había pasado. En cómo 40 niños de 4 y 5 años me habían vuelto loca con sus cosquillas. En cómo Mateo había sido el primero en descubrir mi punto débil. En cómo, a pesar del caos, había logrado enseñarles algo importante.

Llegué a mi casa, abrí la puerta y entré. Me quité los zapatos, dejando mis pies descalzos nuevamente, pero esta vez en la tranquilidad de mi hogar. Me senté en el sofá, cerré los ojos y respiré profundamente.

Mis pies aún recordaban las cosquillas. Pero también recordaban los abrazos, las risas, el cariño de esos niños.

Y aunque sabía que mañana, o pasado, o la próxima semana, Mateo y sus compañeros volverían a intentarlo, también sabía que había aprendido algo valioso.

Que las cosquillas en los pies son parte de quien soy. Y que, aunque a veces me vuelvan loca, siempre hay algo bueno en ellas.

Las risas de los niños. La conexión con ellos. El amor que compartimos.

Y eso, para mí, vale más que cualquier cosquilla.

Además de trabajar en el jardín infantil, a veces hago horas extras como niñera. No es algo que haga siempre, pero de vez en cuando alguna familia necesita ayuda y yo acepto. El dinero extra siempre viene bien, y además, me encantan los niños. Aunque a veces, como en esta historia, los niños me encantan demasiado.

Todo empezó un viernes por la tarde. Una amiga de una amiga me llamó para preguntarme si podía cuidar a su hijo, Tomás, de seis años. Sus padres tenían una cena importante y necesitaban a alguien de confianza que se quedara con él hasta que ellos volvieran. Yo acepté sin pensarlo mucho. ¿Cómo iba a ser difícil? Era un niño de seis años, solo una noche. Podía manejarlo.

Llegué a su casa a las seis de la tarde. Era un apartamento amplio, bien decorado, con juguetes por todas partes. La mamá de Tomás me recibió con una sonrisa.

—Maritza, muchísimas gracias por venir. Tomás es un niño muy activo, pero es bueno. Solo necesita un poco de atención.

—No se preocupe —dije yo, con mi mejor sonrisa de maestra—. Estoy acostumbrada a los niños. Va a estar bien.

La mamá me dio instrucciones rápidas: la cena estaba preparada, la hora del baño era a las ocho, y la hora de dormir a las nueve. Tomás ya estaba en su habitación, jugando con sus juguetes. Yo asentí con confianza.

—No se preocupe —repetí—. Disfrute su cena.

La mamá se fue, y yo me quedé sola en el apartamento con Tomás. Me acerqué a la habitación y lo vi: un niño de seis años, pelo castaño, ojos grandes y traviesos, jugando con unos coches de carreras en el suelo.

—Hola, Tomás —dije, agachándome a su altura—. Soy Maritza. Voy a quedarme contigo esta noche.

Tomás me miró, evaluándome. Había algo en sus ojos que me hizo pensar que no sería tan fácil como creía.

—¿Sabes jugar con rompecabezas? —preguntó, señalando una esquina de la habitación.

Seguí su mirada y vi un tapete de goma en el suelo. Era de esos tapetes que vienen como fichas de rompecabezas gigantes, de colores brillantes, que encajan entre sí. Al lado, había una caja con piezas de un rompecabezas de animales.

—Claro que sé —respondí, sonriendo—. No tengo problemas con eso. ¿Me enseñas cuál estás armando?

Tomás asintió y se levantó del suelo. Caminó hasta el tapete y se sentó en el centro. Yo lo seguí. En la entrada de la habitación, me agaché y me quité los tenis. Los dejé ordenados en un rincón, junto a la puerta. Me quedé con mis medias tobilleras blancas, que apenas cubrían mis pies. No le di importancia. Estaba en la casa de alguien, jugando con un niño. No había nada que temer.

Me senté en el tapete, frente a Tomás. El tapete era suave y acolchado, perfecto para estar sentada en el suelo. Las fichas de goma encajaban perfectamente formando una superficie cómoda. Tomás ya había separado algunas piezas del rompecabezas y estaba revisando los dibujos.

—Este es de animales de la selva —dijo, mostrándome una pieza con un león—. Mi mamá me lo compró la semana pasada.

—Qué bonito —dije, tomando una pieza—. ¿Me ayudas a armarlo?

Tomás asintió con entusiasmo. Empezamos a encajar las piezas sobre el tapete. Él me explicaba dónde iba cada animal, yo seguía sus instrucciones. De vez en cuando, me movía sobre el tapete para alcanzar una pieza. Mis medias resbalaban un poco sobre la goma, pero no le presté atención.

—La jirafa va aquí —decía Tomás, señalando un espacio en el borde.

—¿Aquí? —pregunté, colocando la pieza.

—¡Sí! —gritó, emocionado—. ¡Eres buena!

Me reí. Era un niño encantador, tan concentrado en su rompecabezas. Su mamá tenía razón: solo necesitaba atención. Y yo estaba feliz de dársela.

Seguimos armando el rompecabezas. Las piezas iban encajando poco a poco. Yo me movía sobre el tapete para alcanzar las piezas que estaban lejos. Mis pies, con las medias tobilleras, rozaban el tapete de goma. A veces mis piernas se estiraban, otras se recogían. No pensaba en nada más que en el juego.

—¿Dónde va el elefante? —pregunté, sosteniendo una pieza.

Tomás pensó un momento.

—Va al lado del león —dijo, señalando un espacio vacío.

Coloqué la pieza y encajó perfectamente. Sonreí, satisfecha.

—Está quedando muy bonito —dije.

—Sí —respondió él, concentrado—. Mi mamá dice que soy muy bueno para los rompecabezas.

—Y tiene razón —dije, pasándole otra pieza—. Eres muy bueno.

Seguimos jugando. Las piezas se iban colocando una tras otra. El león, la jirafa, el elefante, el mono. Todo en su lugar. Yo estaba tan concentrada en el juego que no pensaba en otra cosa. Era una tarde tranquila, con un niño simpático, armando un rompecabezas en el suelo de su habitación.

De repente, Tomás se levantó.

—Ya vuelvo, seño —dijo, y salió de la habitación.

—Está bien —respondí, sin levantar la vista del rompecabezas—. No tardes, que casi terminamos.

Pasaron unos minutos. Seguí colocando piezas, pensando que volvería en cualquier momento. Pero no volvía.

Pasaron cinco minutos. Luego diez. El silencio en la casa empezó a incomodarme.

—¿Tomás? —llamé desde la habitación—. ¿Estás en el baño?

No hubo respuesta.

Me levanté del tapete. Mis pies, con las medias tobilleras blancas, pisaron el suelo frío de la habitación. Salí al pasillo y llamé de nuevo.

—¡Tomás!

Silencio.

El pasillo estaba vacío. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas. El silencio era absoluto. Demasiado absoluto para una casa con un niño de seis años.

—¡Tomás! —grité un poco más fuerte, caminando hacia la sala.

Nada. Solo el eco de mi propia voz.

Mi corazón comenzó a latir más rápido. No podía haber salido. Yo no había escuchado la puerta. Pero los niños son rápidos, sigilosos. A veces desaparecen en segundos.

Revisé el baño. Vacío. Revisé la cocina. Vacía. Revisé el cuarto de sus padres. Vacío.

—¡Tomás! —grité, con la voz ya temblorosa—. ¡No es gracioso! ¡Sal de donde estés!

Nada. Solo silencio.

Entonces, lo que más temía cruzó mi mente: ¿y si se había salido de la casa? Corrí a la puerta principal. Estaba cerrada con llave. Suspiré aliviada. No podía haber salido. Pero entonces, ¿dónde estaba?

Abrí la puerta y asomé la cabeza al exterior. La calle estaba tranquila, oscura. No había niños jugando. No había rastro de Tomás.

—¡Tomás! —grité hacia la calle, desesperada.

Nadie respondió.

Cerré la puerta y entré de nuevo. El pánico comenzaba a apoderarse de mí. Revisé cada rincón de la sala, detrás de los muebles, debajo de la mesa. Nada.

Y entonces, en el peor momento, las luces parpadearon. Y se apagaron.

La casa quedó completamente a oscuras. La oscuridad era total, densa. No se veía nada. Mis manos buscaron la pared, intentando orientarme. Recordé que la mamá de Tomás me había dicho que a veces se iba la luz en el sector, que era común, pero no me había dado mayor importancia.

Y ahora, en medio de la oscuridad, con un niño desaparecido, mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. No sabía dónde estaba Tomás. No sabía si estaba bien. No sabía si se había escondido en algún lugar de la casa o si, de alguna manera, había logrado salir sin que yo lo viera.

—¡Tomás! —grité, con la voz quebrada—. ¡Por favor, contéstame! ¡No es gracioso!

La oscuridad me envolvía. Mis pies descalzos, solo con las medias, sentían el frío del suelo. Caminé lentamente, con las manos extendidas, tocando las paredes, los muebles. Intentando encontrar un interruptor, una linterna, cualquier cosa que me diera luz.

Nada. Solo oscuridad y silencio.

Y yo, en medio de esa casa desconocida, con un niño perdido y sin electricidad, sintiéndome completamente desesperada.

Y entonces, en medio de la oscuridad, mientras caminaba con las manos extendidas tocando las paredes, escuché algo. Pisadas. Corriendo. Dentro de la casa.

Mi corazón dio un vuelco. Tomás estaba dentro. No había salido. Estaba en alguna habitación, corriendo, escondiéndose.

—¡Tomás! —grité, girando hacia el sonido—. ¡Ya te escuché! ¡Sal de donde estés!

Las pisadas se detuvieron. Silencio. Luego, nuevamente, el sonido de pasos rápidos.

Caminé hacia la dirección del sonido. Llegué a una puerta y la abrí. Pensé que era la habitación de Tomás, pero la oscuridad me jugó una mala pasada. No era su habitación. Era el estudio.

Di un paso en falso y algo golpeó mi pie. Tropecé. Intenté sostenerme de algo, pero no encontré apoyo. Caí hacia adelante y sentí como varias cosas se me vinieron encima. Algo pesado, como rollos, rodaron sobre mí. Intenté levantarme, pero no podía. Mi cuerpo estaba atrapado entre lo que parecía una biblioteca y un escritorio pesado.

Me moví, tratando de liberarme. Empujé con los brazos, con las piernas, pero algo había trancado el movimiento. La biblioteca estaba demasiado cerca del escritorio, y yo estaba en medio, inmovilizada.

—¡No puede ser! —dije en voz alta, sintiendo el pánico crecer.

Intenté otra vez. Nada. Estaba completamente atrapada. Mi pie izquierdo quedó apoyado en el suelo, y el derecho, atrapado en una posición incómoda, un poco levantado. Lo único que podía mover era la cabeza y los brazos, pero no lo suficiente para liberarme.

La oscuridad era total. Los rollos que me habían caído encima eran de tela, quizás tapetes o alfombras. Estaban sobre mi espalda y mis piernas, haciendo aún más difícil el movimiento.

No me quedó más remedio que aceptar mi situación. Estaba atrapada. Y Tomás seguía perdido en la casa.

—¡Tomás! —grité, con la voz desesperada—. ¡Tomás, ayúdame! ¡No sé dónde estás!

El silencio. Luego, una vocecita desde algún lugar cercano.

—¿Maritza? ¿Dónde estás?

—¡Tomás! —respondí, aliviada—. Estoy en el estudio. Me quedé atrapada entre la biblioteca y el escritorio. No puedo salir. ¿Puedes ayudarme?

Se escucharon sus pasos acercándose. Luego, su voz desde la puerta.

—¿Te pasó algo? ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien, pero no puedo moverme. Hay cosas encima de mí. Necesito que me ayudes a quitarlas.

—Espérame —dijo—. Voy a buscar una linterna.

Escuché sus pasos alejarse. Pasaron unos minutos que se sintieron eternos. Mi cuerpo empezaba a doler por la posición forzada. El frío del suelo se sentía a través de la ropa. Mi pie derecho, el que quedó levantado, comenzaba a dormirse.

Finalmente, escuché pasos que regresaban. Una luz débil apareció en la puerta. Tomás había encontrado una linterna. Se acercó y me encandiló directamente en el rostro.

—¡Tomás! —dije, entrecerrando los ojos—. ¡Baja eso! Me estás encandilando.

Bajó la linterna y me iluminó el cuerpo. Sus ojos se abrieron al verme atrapada entre los muebles.

—Te cayó encima los tapetes de mi mamá —dijo, señalando los rollos sobre mí—. Voy a intentar quitarlos.

Colocó la linterna en el suelo, apuntando hacia mí. Yo, convencida de que me iba a comenzar a ayudar, respiré aliviada. Por fin iba a salir de ese aprieto.

Pero Tomás no se movió hacia los rollos. En cambio, se sentó en el suelo, cruzando las piernas, y se quedó mirándome con esa sonrisa que ya empezaba a conocer.

—Tomás —dije, con un tono de advertencia—. ¿Qué haces? Ayúdame a quitarme esto de encima.

Él no respondió. En lugar de eso, alargó la mano y comenzó a mover sus pequeños dedos en mi pie derecho, el que quedó levantado y apenas cubierto por la media.

Sentí el cosquilleo inmediato. Moví el pie instintivamente, intentando apartarlo, pero él lo siguió con sus dedos.

—¡Tomás! —dije, riéndome sin poder evitarlo—. Eso no es divertido. Ayúdame a salir.

Pero él no paró. Sus dedos seguían moviéndose, recorriendo la planta de mi pie a través de la media. El cosquilleo aumentaba y mi risa se hacía más fuerte.

—¡No, Tomás! —protesté, mientras reía a carcajadas—. Así no se vale.

Él sonrió, con esa picardía que ya conocía, y me preguntó:

—¿Tienes cosquillas?

Yo solo podía reír. No podía responderle. Las palabras no salían, solo carcajadas que llenaban la habitación oscura. Mi pie se movía intentando escapar, pero él, sentado en el suelo, los seguía con sus dedos sin descanso.

—¡Ja, ja, ja, ja! —era lo único que salía de mi boca.

Y él, con sus deditos pequeños, seguía moviéndose por mi planta. Disfrutando cada segundo de mi reacción.

De repente, se detuvo. Sus dedos dejaron de moverse. Respiré aliviada y algo agitada, sintiendo el cosquilleo aún recorriendo mi pie.

—Bien —dije, intentando recuperar el aliento—. Ya está bueno. Ayúdame a salir, por favor.

Pero Tomás no se movió. En lugar de ayudarme, sentí nuevamente sus manitas en el borde de mi media. Estaba tirando suavemente, deslizándola hacia abajo.

—Tomás, ¿qué haces? —pregunté, con un tono de advertencia.

Él no respondió. Siguió tirando de la media hasta que la sintí deslizarse por mi pie y caer. Mi pie derecho quedó completamente desnudo. Desnudo y vulnerable en medio de esa habitación oscura.

—¿Y así tiene más cosquillas? —preguntó, con su voz inocente.

Y antes de que pudiera responder, sus pequeños dedos comenzaron a moverse en mi planta desnuda.

No alcancé a decir nada. No pude responderle. Las palabras no salían. Solo la risa. Una risa fuerte, profunda, que llenaba la habitación mientras sus dedos recorrían mi piel.

—¡JAJAJAJAJA! —era lo único que salía de mi boca.

Sus deditos se movían por el arco, por el centro de la planta, por el talón. Todo lo que había sentido a través de la media ahora era diez veces más intenso. Diez veces más cosquilludo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Yo me retorcía como podía, pero estaba atrapada. No podía escapar. Mis pies intentaban moverse, pero él tenía el control. Sus dedos seguían, sin piedad, mientras mi risa se hacía más fuerte, más descontrolada.

—¡Tomás! —alcancé a decir entre carcajadas—. ¡Ya… no puedo… más!

Pero él seguía. Con su inocencia y su picardía, moviendo sus dedos por mi planta desnuda, mientras yo reía sin control, atrapada, vulnerable, completamente a merced de un niño de seis años.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y en el fondo, sabía que ya no había vuelta atrás. Había descubierto mi punto débil.

Mientras Tomás continuaba haciendo cosquillas en mi pie derecho, yo seguía riendo sin control, soportando ese ataque en mi planta desnuda. Sus deditos pequeños no paraban, recorrían cada centímetro de mi pie, y yo, atrapada entre los muebles, no podía hacer nada más que reír.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —era todo lo que salía de mi boca.

Y entonces, en medio de mi risa, escuché un ruido. Un zumbido. Las luces parpadearon. El suministro de energía se había restablecido. La lámpara del estudio se encendió de repente, iluminando toda la escena.

Y ahí estaba yo. Atrapada entre la biblioteca y el escritorio. Los rollos de tapetes encima de mí. Mi pie derecho desnudo, levantado, y Tomás sentado en el suelo, con sus dedos aún moviéndose en mi planta.

En la puerta, una figura. Era la mamá de Tomás. Me miró a mí, miró a su hijo, y luego a mi pie desnudo.

—¿Tomás? —dijo ella, con un tono de confusión—. ¿Qué haces?

Tomás levantó la mirada, con esa sonrisa inocente que ya conocía.

—Mira, mamá —dijo, señalando mi pie—. Maritza tiene cosquillas.

Yo seguía riendo. No podía parar. Mi cuerpo aún temblaba por el cosquilleo, y la risa no se detenía.

—Ya es suficiente —dijo su mamá, con un tono firme pero sin enfadarse.

Tomás retiró sus manos de mi pie. Se levantó del suelo y, con esa misma sonrisa, salió del estudio como si nada.

Me quedé allí, atrapada, respirando con dificultad, mi pie derecho aún desnudo y tembloroso. La luz de la lámpara me encandilaba después de tanto tiempo en la oscuridad. Y en la puerta, su mamá me miraba con una mezcla de sorpresa y diversión.

Finalmente, Erika dejó de hacer cosquillas en mi pie. Sus uñas se apartaron de mi planta y yo respiré aliviada, aunque mi cuerpo aún temblaba por el cosquilleo.

—Bueno —dijo, con un tono normal, como si nada hubiera pasado—. Eres muy cosquilluda.

Me incorporé un poco, todavía sin aliento, sintiendo el calor en mi rostro.

—Sí —respondí, con algo de vergüenza—. Tengo muchas cosquillas en los pies. Siempre ha sido así.

Erika sonrió, con una calidez que me sorprendió.

—Pues yo soy igual —dijo, encogiendo los hombros—. Tengo demasiadas cosquillas en las plantas. Y Tomás lo sabe. Le encanta hacerme cosquillas en los pies cuando menos lo espero.

Me reí, sintiéndome un poco más tranquila. No era la única. Había encontrado una aliada.

—Entonces entiendo por qué tu hijo es tan… hábil —dije, sonriendo.

—Ha tenido mucha práctica —respondió Erika, riéndose.

Luego, con un movimiento firme, comenzó a retirar los rollos de tapetes que estaban sobre mí. Me extendió la mano y me ayudó a levantarme. Mis piernas estaban un poco adormecidas por la posición forzada, pero logré ponerme de pie.

—Gracias —dije, estirando las piernas.

—De nada —respondió Erika—. Perdón por lo de las cosquillas. No pude evitarlo. Tomás me había contado y tenía que comprobarlo.

—No se preocupe —dije, riéndome—. Ya estoy acostumbrada.

Me agaché y recogí la media que Tomás me había quitado. Me la puse. Luego mis tenis. Los ajusté bien. Me sentía más segura con los pies cubiertos.

Erika me acompañó a la entrada. Me pagó por la noche y me dio las gracias.

—Gracias por cuidar a Tomás —dijo—. Sé que no fue una noche fácil. Pero lo hiciste bien.

—Gracias a usted —respondí, ya con la puerta abierta—. Y perdón por el desorden en el estudio.

—No te preocupes —dijo, sonriendo—. Mañana lo arreglo.

Salí de la casa y caminé hacia la calle. La noche estaba tranquila, el aire fresco. Mi pie derecho aún recordaba el cosquilleo de las uñas de Erika y los deditos de Tomás. Pero no podía evitar sonreír.

Había sido una noche larga, caótica, llena de apagones y cosquillas. Pero al final, todo había terminado bien. Y además, había descubierto que no era la única. Erika también tenía cosquillas en los pies. Y Tomás, ese pequeño diablillo, tenía dos víctimas en casa.

Caminé hacia mi coche, sintiendo el frío de la noche en mi rostro. Y pensé que, aunque mis pies fueran mi punto débil, al menos siempre me regalaban historias como esta. Historias que, con el tiempo, se convertirían en anécdotas para recordar y sonreír.

Y así fue como una noche de niñera se convirtió en una historia de cosquillas, apagones y complicidad. Tomás, ese pequeño diablillo de seis años, descubrió mi punto débil. Y su mamá, Erika, no solo lo confirmó, sino que compartió conmigo su propio secreto.

A veces, las cosquillas en los pies no son solo un punto débil. Son una conexión. Una forma de reír juntos, de compartir momentos inesperados. Y aunque a veces me saquen de quicio, no cambiaría esas historias por nada.

Porque al final, las cosquillas son eso: risa. Y yo, Maritza, he aprendido a disfrutarlas. Incluso cuando un niño de seis años me descubre en medio de un apagón.

Origina de Tickling Stories

 

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