Me llamo Valentina y tengo veinte años. Nunca imaginé que terminaría escribiendo algo así, pero hay cosas que uno guarda tanto tiempo que un día simplemente necesitan salir. No busco que me entiendan ni que me juzguen. Solo necesito contarlo. Mi madre se llama Alejandra y tiene cuarenta y un años. Es una mujer alta, de estatura promedio tirando a más, con el cabello castaño claro que le llega hasta los hombros y unos ojos verdes que parecen cambiar de color según la luz. Tiene la piel blanca, clara, de esas que se sonrojan con facilidad, y una figura que siempre ha llamado la atención sin que ella haga nada para lograrlo. No es delgada ni mucho menos; tiene curvas suaves, caderas anchas, piernas largas y firmes, y una cintura que muchas mujeres de su edad envidiarían. Es atractiva de una forma natural, sin esfuerzo, de esas que caminan por la calle y los hombres voltean a mirar sin disimulo. Yo heredé su altura y su piel clara, pero no sus curvas. Soy más delgada, más recta, con el cabello oscuro y los ojos color miel. La gente dice que me parezco a ella, pero yo no lo veo. Lo que sí sé es que mi madre y yo hemos vivido solas desde que tengo memoria. Mi padre nunca estuvo, y no lo menciono con rencor porque simplemente no hace falta. Somos ella y yo, dos mujeres compartiendo un apartamento, una rutina y un silencio que a veces se vuelve cómplice. Ella trabaja en una firma de arquitectura, se levanta temprano, vuelve tarde, y casi siempre termina el día en el sofá con una manta sobre las piernas y una taza de té en las manos. Es una mujer seria, discreta, de pocas palabras. O eso creía yo. Porque hace unos meses descubrí algo que cambió por completo la imagen que tenía de ella, y desde entonces no he podido dejar de pensar en lo que vi, en lo que sospecho y en lo que eso despertó dentro de mí.
Decidí narrar esto porque necesito entenderlo. Necesito poner en palabras lo que sentí, lo que siento todavía, y quizás así encontrar alguna forma de reconciliarme conmigo misma. No voy a contar esto para exponer a mi madre ni para hacerle daño. Al contrario. La quiero. La respeto. Pero hay algo que se rompió dentro de mí el día que me di cuenta de que ella no era la mujer que yo creía, y ese algo no ha dejado de crecer. No sé si lo que descubrí fue un accidente o si en realidad siempre estuvo ahí, esperando a que yo lo viera. No sé si mi madre sospecha algo. No sé si algún día se lo diré. Lo único que sé es que desde aquel día la miro distinto, la escucho distinto, y la quiero distinto. Y eso, aunque no lo parezca, es lo que más me asusta.
Desde que tengo memoria, siempre he sido cosquilluda. No de una forma exagerada, no de esas personas que no pueden ni que les rocen el brazo, pero sí lo suficiente como para que cualquier caricia inesperada me haga encogerme y soltar una risa nerviosa. De niña, mis amigas lo sabían y lo usaban en mi contra cuando querían ganar una discusión o simplemente cuando querían verme suplicar. Con los años aprendí a controlarlo, a respirar profundo, a tensar los músculos para que las cosquillas no me dominaran. Pero hay zonas donde no hay control que valga. El cuello, por ejemplo. Si alguien me roza el cuello con la punta de los dedos, aunque sea un segundo, siento un escalofrío que me recorre la columna y me obliga a encogerme de inmediato. Las costillas también. No soporto que me toquen las costillas, sobre todo las de los costados, esas que quedan justo debajo del brazo. Ahí me desarmo. Ahí no puedo fingir que no siento nada. Y luego está el ombligo. Mi ombligo. Esa parte de mi cuerpo que durante años me pareció insignificante, un simple pliegue en el centro del abdomen, se convirtió en el epicentro de todo. No soporto que me lo toquen. No soporto que me lo miren. No soporto saber que está ahí, expuesto, cuando uso ropa que deja ver la piel. Un dedo que se hunda suavemente en él me hace arqueé la espalda y soltar una risa que no es risa, sino una súplica disfrazada. Y si insisten, si dibujan círculos alrededor, si bajan hacia la cadera y vuelven a subir, pierdo la capacidad de pensar. Pierdo la capacidad de resistir. Pierdo, en definitiva, la capacidad de decir que no. Pero si hay una parte de mi cuerpo que me vuelve completamente indefensa, esa son los pies. Las plantas de mis pies. No sé por qué. No sé si es herencia, si es casualidad o si es una maldición. Pero desde que tengo uso de razón, las plantas de mis pies han sido mi punto más débil. Un roce, apenas un roce, me hace gritar. Un cepillo de cerdas suaves deslizándose por el arco me hace llorar de risa. Unas uñas recorriendo la base de los dedos me hacen suplicar en cuestión de segundos. He intentado endurecerlas. He intentado exponerlas al frío, al calor, a texturas ásperas. Nada funciona. Mis plantas son hipersensibles, y por más que me avergüence admitirlo, hay noches en que me toco los pies a mí misma solo para comprobar que sigo siendo igual de débil. Y lo soy. Siempre lo soy.
Mi madre, en cambio, es otra historia. O eso creía yo antes de descubrir lo que descubrí. Porque si yo soy cosquilluda, mi madre es un caso aparte. No lo digo por exagerar. Lo digo porque lo he visto, lo he leído y lo he sentido en la forma en que se retuerce cuando alguien la roza sin querer. Sus zonas son distintas a las mías, pero igual de letales. El cuello no le hace nada. Las costillas la hacen reír, pero no la doblegan. El ombligo, en cambio, es su perdición. Su ombligo es pequeño, redondo, perfectamente formado, y desde que tengo memoria he visto cómo se encoge cuando alguien se acerca demasiado. No soporta que se lo toquen. No soporta que se lo miren. No soporta que se lo mencionen siquiera. Una vez, cuando era niña, la vi discutir con una amiga suya y la amiga, en broma, le puso un dedo en el ombligo. Mi madre se dobló como si le hubieran dado un golpe en el estómago, soltó una risa aguda y le suplicó que parara. Su amiga se rio, pero mi madre no. Mi madre se quedó seria, con las mejillas rojas y la respiración agitada, como si la hubieran pillado en falta. Nunca olvidé esa escena. Nunca olvidé la forma en que se encogió, la forma en que suplicó, la forma en que después evitó mirarme a los ojos durante el resto de la tarde. Y luego están sus pies. Los pies de mi madre. No sé cómo decirlo sin que suene extraño, pero los pies de mi madre son hermosos. Tiene los dedos largos, el arco pronunciado, la piel suave y blanca, y unas plantas que, según lo que descubrí después, son su verdadero punto débil. Más que el ombligo. Más que cualquier otra parte. Sus plantas son su perdición absoluta. Lo supe por casualidad, mucho antes de saber todo lo demás. Una vez, mientras veíamos televisión, le hice cosquillas en los pies sin pensar. Solo un roce, un juego tonto. Mi madre pegó un grito, retiró los pies como si le hubieran quemado y se quedó mirándome con una expresión que no supe interpretar. No era rabia. No era sorpresa. Era algo más profundo, algo que se parecía al miedo y al placer al mismo tiempo. Esa noche no dormí pensando en esa expresión. Años después, cuando descubrí lo que descubrí, entendí que esa expresión era la misma que yo pongo cuando alguien me toca las plantas de los pies. La misma que pongo cuando alguien me hace cosquillas en el ombligo y no pienso parar. La misma que pongo cuando estoy a punto de suplicar y no me importa hacerlo.
No sé si mi madre sabe que yo soy cosquilluda. Nunca hemos hablado del tema. Es una de esas cosas que flotan en el aire pero que ninguna de las dos se atreve a nombrar. A veces, cuando estamos en el sofá, ella estira las piernas y sus pies quedan cerca de mis manos. Yo los miro. Ella los mira. Ninguna dice nada. A veces, cuando me estiro en la cocina, mi ombligo queda expuesto y siento su mirada sobre mí, aunque no la vea. Es una tensión discreta, casi invisible, pero está ahí. Como si ambas supiéramos algo que no deberíamos saber. Como si ambas estuviéramos esperando que la otra diera el primer paso. Y yo no sé si quiero darlo. No sé si quiero saber hasta dónde llega la sensibilidad de mi madre, ni hasta dónde llega la mía. Pero hay noches en que me quedo despierta, con las manos sobre el vientre, tocándome el ombligo con la yema de los dedos, y pienso en ella. Pienso en sus pies. Pienso en su ombligo. Pienso en la forma en que suplicaría si alguien la atara y le hiciera cosquillas sin piedad. Y me excito. Me excito de una forma que no debería, de una forma que me avergüenza y me consume. Pero no puedo parar. No quiero parar. Porque en el fondo, muy en el fondo, sé que algún día esa tensión va a romperse. Y no sé si estoy lista para lo que pase después.
Esa noche, después de cerrar la puerta de mi habitación y asegurarme de que mi madre ya estaba dormida, encendí el computador con el corazón acelerado y me senté frente a la pantalla con una mezcla de curiosidad y vergüenza que no sabía cómo nombrar. No sabía qué buscar. No sabía si lo que sentía tenía un nombre o si era la única persona en el mundo a la que le pasaba algo así. Escribí palabras sueltas en el buscador: cosquillas, fetiche, plantas de los pies, ombligo, cosquillas en los pies, cosquillas en el ombligo, cosquillas y placer. Los resultados eran dispersos, mezclados con chistes, videos infantiles y páginas de salud que hablaban de la sensibilidad cutánea como si fuera un síntoma médico. Pero entre todo eso, poco a poco, fui encontrando cosas. Foros. Blogs. Comunidades. Gente que hablaba de lo mismo que yo sentía, pero con un lenguaje que nunca había escuchado: tickling, tickle fetish, lee, ler, cosquillas eróticas, dominación por cosquillas. Palabras que al principio me parecieron extrañas, casi ridículas, pero que a medida que las leía se iban acomodando dentro de mí como piezas de un rompecabezas que llevaba años armando sin saberlo.
Me quedé despierta hasta las tres de la mañana. Leí testimonios de personas que decían sentirse excitadas al recibir cosquillas, pero también de personas que se excitaban haciéndolas. Leí relatos de sesiones donde alguien quedaba atado, con los ojos vendados, mientras otra persona lo torturaba con plumas, cepillos, uñas, dedos, hasta hacerlo suplicar. Leí descripciones detalladas de zonas del cuerpo: las costillas, el cuello, las axilas, la cintura, la parte interna de los muslos, el ombligo, los pies. Los pies. Siempre los pies. En casi todos los foros, en casi todos los blogs, los pies aparecían como la zona más mencionada, la más temida, la más deseada. Plantas hipersensibles, arcos que se estremecen con un simple roce, dedos que se encogen cuando alguien los acaricia. Leí a una mujer que decía que no podía soportar que le tocaran los pies ni por accidente, que una vez su pareja le pasó un cepillo de cerdas suaves por el arco y ella lloró de risa durante diez minutos sin poder parar. Leí a un hombre que contaba que su mayor fantasía era tener a alguien atado de los tobillos mientras le hacía cosquillas en las plantas hasta que la persona le rogara que parara. Leí a otra mujer que describía su ombligo como su punto débil absoluto, que decía que si se lo tocaban el tiempo suficiente era capaz de confesar cualquier cosa, de prometer cualquier cosa, de entregarse por completo. Y mientras leía todo eso, sentía que el cuerpo me ardía. Sentía que mi ombligo palpitaba bajo la camiseta. Sentía que las plantas de mis pies se estremecían contra las sábanas solo con imaginar que alguien las tocaba.
Abrí un blog que se llamaba algo así como «Diario de una cosquillosa» y me quedé leyendo durante casi una hora. La autora escribía con una honestidad que me dejaba sin aliento. Contaba que había descubierto su fetiche a los quince años, que al principio se sentía culpable y avergonzada, que pensaba que era la única persona en el mundo a la que le pasaba algo así. Contaba que había conocido a su pareja en un foro, que habían hablado durante meses antes de verse, que la primera vez que se dejó atar tenía tanto miedo que casi se arrepiente. Pero también contaba que después de esa primera vez ya no pudo parar. Contaba que su pareja le hacía cosquillas en los pies con un cepillo de cerdas naturales, muy despacio, empezando por el talón y subiendo hasta los dedos, y que ella gritaba y se retorcía y suplicaba, pero que en el fondo no quería que parara. Contaba que después de cada sesión quedaba agotada, con los músculos doloridos de tanto reír, pero con una sensación de placer que no había experimentado de ninguna otra forma. Leí ese blog entero. Leí cada entrada, cada comentario, cada respuesta. Y cuando terminé, me quedé mirando la pantalla en blanco, con el corazón latiéndome tan fuerte que podía escucharlo en los oídos.
Cerré el computador y me quedé acostada en la oscuridad, mirando el techo. Pensé en mi madre. Pensé en sus pies, en su ombligo, en la forma en que se retorcía cuando alguien la tocaba sin querer. Pensé en la expresión que había puesto aquella vez que le hice cosquillas en los pies mientras veíamos televisión. Esa expresión que ahora, después de todo lo que había leído, entendía perfectamente. Era la misma expresión que yo ponía cuando alguien me tocaba las plantas. Era la misma expresión que ponía cuando me tocaba el ombligo a escondidas. Era la expresión de alguien que sabe que está a punto de perder el control y no está segura de querer evitarlo. Me toqué el ombligo con la yema de los dedos, muy despacio, dibujando círculos alrededor, y sentí ese cosquilleo familiar que me subía por el pecho y me hacía arquear la espalda. Luego bajé la mano hasta los pies y me acaricié la planta del pie derecho con la punta de los dedos. Un solo roce y tuve que morder la almohada para no gritar. Mis pies eran mi perdición. Siempre lo habían sido. Y ahora sabía que no era la única. Ahora sabía que había un mundo entero de personas que sentían lo mismo, que buscaban lo mismo, que disfrutaban de lo mismo. Y saber eso, lejos de calmarme, me excitó más. Me hizo sentir que lo que sentía no era una aberración, sino una parte de mí que apenas empezaba a descubrir. Me quedé dormida con la mano sobre el vientre, pensando en cepillos, en plumas, en cuerdas, en suplicas, y en la mirada de mi madre aquella tarde, cuando le toqué los pies sin saber que estaba tocando su punto más débil.
Los días siguientes no pude dejar de investigar. Cada noche, después de que mi madre se acostaba, me sentaba frente al computador y navegaba por foros, blogs, comunidades, videos, relatos. Aprendí vocabulario nuevo: ler (la persona que hace las cosquillas), lee (la persona que las recibe), sesión, límites, safeword, aftercare. Aprendí que había reglas, que había consentimiento, que había cuidado. Aprendí que no se trataba solo de hacer reír a alguien, sino de construir una dinámica de poder y confianza donde una persona se entregaba y la otra la cuidaba. Aprendí que muchas personas combinaban las cosquillas con otras prácticas: ataduras, vendas en los ojos, plumas, hielo, aceites, cepillos de diferentes texturas. Aprendí que los pies eran la zona más popular, seguida del ombligo, las costillas y las axilas. Aprendí que había personas que preferían dar y personas que preferían recibir, y personas que disfrutaban de ambas cosas. Y aprendí, sobre todo, que lo que yo sentía tenía un nombre. No era una rareza. No era una vergüenza. Era un fetiche, y era mío.
Una noche, mientras leía un foro sobre cosquillas en los pies, encontré un hilo que me dejó sin aliento. Se titulaba algo así como «Mi novia tiene los pies más cosquilludos del mundo» y el autor describía con todo detalle cómo su novia no podía soportar que le tocaran las plantas, que un simple roce la hacía gritar, que un cepillo de cerdas suaves la hacía llorar de risa en menos de un minuto, que a veces la ataba de los tobillos y le hacía cosquillas durante media hora seguida hasta que ella le suplicaba que parara. Leí ese hilo completo. Leí cada respuesta, cada comentario, cada anécdota. Y mientras leía, me di cuenta de que ya no estaba pensando en mi madre. Estaba pensando en mí. Estaba pensando en cómo sería estar atada de los tobillos, con los pies expuestos, mientras alguien me pasaba un cepillo por el arco hasta hacerme suplicar. Estaba pensando en cómo sería tener el ombligo al descubierto, con las manos sujetas por encima de la cabeza, mientras alguien dibujaba círculos alrededor con la yema de los dedos. Estaba pensando en cómo sería entregarme por completo, confiar en alguien lo suficiente como para dejarlo hacer lo que quisiera, sabiendo que no me haría daño, sabiendo que solo buscaba verme reír y suplicar y perder el control. Esa noche, después de cerrar el computador, me quedé acostada en la cama, con las manos sobre el vientre, y me prometí que algún día lo probaría. No sabía cuándo. No sabía con quién. Pero sabía que lo haría. Y esa certeza, lejos de asustarme, me dio una tranquilidad extraña, como si por fin hubiera encontrado una parte de mí que llevaba años buscando sin saberlo.
Una noche, mientras navegaba por un foro que ya visitaba casi a diario, vi un mensaje que me llamó la atención. Estaba en la sección de encuentros, esa que casi nunca abría porque me daba miedo, porque sentía que ahí era donde la fantasía se volvía real y yo todavía no estaba segura de querer eso. El mensaje decía algo así: «Busco mujeres cosquilludas en la ciudad. No busco sexo. Busco cosquillas. Sin piedad. Sin límite de tiempo. Si te gusta suplicar, escríbeme.» No tenía foto. No tenía nombre completo. Solo un apodo: TickleMaster_86. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda de arriba abajo. No era miedo. Era otra cosa. Era esa mezcla de curiosidad y excitación que ya empezaba a reconocer en mí. Leí el mensaje tres veces. Luego leí los comentarios. Había respuestas de otras mujeres, algunas burlonas, otras curiosas, otras que decían que les interesaba. El chico respondía a todas con la misma calma, con la misma seguridad, con una especie de paciencia que me resultaba inquietante y atractiva al mismo tiempo. No insistía. No rogaba. Solo decía: «Si te animas, escríbeme. Si no, no pasa nada. Pero si escribes, prepárate.»
Me quedé mirando la pantalla durante casi una hora. No sabía qué hacer. Una parte de mí quería cerrar el foro y no volver a abrirlo nunca. Otra parte, la parte que llevaba semanas despertándose cada noche con las manos sobre el vientre y los pies estremeciéndose bajo las sábanas, quería escribirle. Quería saber más. Quería saber si era real. Quería saber si alguien como él existía de verdad en mi ciudad, a pocos kilómetros de mi casa, dispuesto a hacer exactamente lo que yo llevaba meses imaginando. Al final, casi sin pensarlo, le envié un mensaje privado. Solo dos palabras: «Hola. Cuéntame.» No esperaba respuesta inmediata. No esperaba que me contestara esa misma noche. Pero lo hizo. A los pocos minutos, mi celular vibró con una notificación. Era él. «Hola. Me alegra que escribieras. ¿Eres cosquilluda?» Así de directo. Así de simple. Me quedé mirando la pantalla, con el corazón golpeándome en el pecho, y sentí que me sonrojaba aunque nadie me estaba viendo. Le respondí que sí. Que era cosquilluda. Que siempre lo había sido. Y él, sin rodeos, sin preámbulos, me preguntó dónde. «¿Dónde tienes más cosquillas? ¿Cuál es tu punto débil?» Nunca nadie me había preguntado eso. Nunca nadie había querido saberlo. Y el hecho de que él lo preguntara así, con esa naturalidad, con esa seguridad, me excitó más de lo que debería.
Esa noche hablamos durante casi tres horas. Primero por el foro, luego por WhatsApp, porque me pidió mi número y yo se lo di sin pensar. Me preguntó por mis cosquillas. Me preguntó por mis pies. Me preguntó si podía soportar que me tocaran las plantas, si podía soportar un cepillo, si podía soportar que me pasaran las uñas por el arco. Me preguntó por mi ombligo. Me preguntó si era sensible, si me gustaba que me lo tocaran, si alguna vez me habían hecho cosquillas ahí hasta hacerme suplicar. Yo le respondí todo. Le conté que mis pies eran mi perdición, que no soportaba ni un roce, que una vez me hice pedicure y casi pateo a la esteticista porque no podía controlarme. Le conté que mi ombligo era mi segundo punto débil, que me gustaba tocármelo a escondidas, que me excitaba saber que estaba ahí expuesto cuando usaba ropa que dejaba ver la piel. Le conté cosas que nunca le había contado a nadie. Cosas que ni siquiera yo sabía que tenía ganas de contar. Y él escuchaba. O mejor dicho, leía. Pero leía de una forma que yo sentía como si estuviera ahí, a mi lado, mirándome, tomando nota, disfrutando. Cada vez que yo escribía algo, él respondía con una pregunta más. ¿Y las costillas? ¿Y el cuello? ¿Y la parte interna de los muslos? ¿Y las axilas? ¿Y si te ato de los tobillos y te hago cosquillas en los pies durante una hora seguida? ¿Y si te vendo los ojos y no sabes de dónde viene el siguiente toque? ¿Y si te hago suplicar y no paro hasta que me digas lo que quiero oír? Yo le respondía. Le respondía todo. Y cada respuesta me dejaba más caliente, más confundida, más consciente de que estaba entrando en algo de lo que quizás no podría salir.
Los días siguientes hablamos casi todo el tiempo. Por la mañana, antes de que mi madre se levantara, le escribía. Por la tarde, mientras estudiaba, le escribía. Por la noche, después de que mi madre se acostaba, le escribía hasta que el sueño me vencía. Hablábamos de cosquillas, de sesiones, de ataduras, de plumas, de cepillos, de aceites, de vendas. Hablábamos de límites, de palabras de seguridad, de cuidado posterior. Hablábamos de lo que él había hecho con otras mujeres, de lo que ellas le habían dicho, de lo que él había aprendido. Me contó que llevaba años en esto, que había conocido a muchas mujeres cosquilludas, que algunas no aguantaban más de diez minutos y que otras, las mejores, aguantaban horas enteras. Me contó que lo que más le gustaba no era hacer reír, sino hacer suplicar. Le gustaba ver a una mujer retorcerse, jalando las cuerdas, con los ojos vendados, sin saber cuándo iba a llegar el siguiente toque. Le gustaba oírla pedir, negociar, ofrecer cosas a cambio de que parara. Le gustaba, sobre todo, saber que tenía el control absoluto, que la otra persona se entregaba por completo, que confiaba en él lo suficiente como para dejarlo hacer lo que quisiera. Y a mí, leer eso, me ponía de una forma que no había experimentado nunca. Me ponía imaginar que era yo la que estaba atada, la que suplicaba, la que ofrecía cosas a cambio de que parara. Me ponía imaginar que era yo la que le enviaba fotos de sus pies, de sus plantas, de su ombligo, para que él las mirara y supiera exactamente dónde atacar.
Una noche, después de varios días de mensajes, me pidió fotos. No de mi cara. No de mi cuerpo desnudo. Fotos de mis pies. Fotos de mis plantas. Fotos de mi ombligo. Me dijo que quería verlos. Que quería saber cómo eran. Que quería imaginar cómo se verían atados, expuestos, vulnerables. Me quedé mirando el mensaje durante varios minutos, con el celular en las manos, sintiendo que el corazón me latía en la garganta. Nunca le había enviado fotos así a nadie. Nunca le había enviado fotos de mis pies a nadie. Ni siquiera a mis amigas. Pero algo en su forma de pedirlo, en la seguridad con la que escribía, en la naturalidad con la que asumía que yo iba a obedecer, me hizo querer hacerlo. Me levanté de la cama, cerré la puerta de mi habitación con llave, encendí la luz de la mesa de noche y me senté en el borde de la cama. Me quité las medias. Miré mis pies bajo la luz cálida de la lámpara. Eran pies normales. Pies de mujer joven, con los dedos largos, el arco pronunciado, la piel blanca. No eran pies de modelo. No eran pies perfectos. Pero eran míos. Y eran hipersensibles. Y él quería verlos. Tomé el celular con manos temblorosas y les tomé una foto. Luego otra. Desde un ángulo, desde otro. Una de las plantas, con los dedos ligeramente encogidos, como si supieran que estaban siendo observados. Otra de los pies juntos, con los arcos expuestos, la piel suave y pálida bajo la luz. Otra de mi ombligo, con la camiseta levantada hasta las costillas, la piel erizada, el pequeño pliegue en el centro del abdomen que tantas noches me había hecho perder el sueño. Le envié las fotos sin pensar. Sin escribir nada. Solo las fotos. Y esperé.
Su respuesta llegó casi de inmediato. «Eres hermosa. Tus pies son hermosos. Tu ombligo es hermoso. No sabes lo que me haces sentir.» Leí esas palabras varias veces. Sentí que me derretía. Sentí que algo dentro de mí se soltaba, se rendía, se entregaba. Le respondí con un gracias que ni yo misma me creí. Y él siguió escribiendo. Me dijo que quería tocarlos. Que quería tenerlos cerca. Que quería atarme de los tobillos, vendarme los ojos, y hacerme cosquillas en las plantas hasta que yo le suplicara que parara. Me dijo que quería dibujar círculos en mi ombligo con la yema de los dedos, muy despacio, hasta que yo le ofreciera lo que fuera con tal de que parara. Me dijo que quería oírme reír, oírme suplicar, oírme pedir. Me dijo que quería verme retorcerme bajo él, indefensa, entregada, sin poder hacer nada más que reír y rogar. Y yo, leyendo todo eso, sentí que ya no podía esperar más. Sentí que necesitaba verlo. Necesitaba saber si era real. Necesitaba saber si todo lo que me había contado era verdad o si solo era un juego de palabras. Le escribí que quería conocerlo. Le escribí que estaba dispuesta a verme con él. Le escribí que no sabía cuándo ni dónde, pero que quería. Y él me respondió con una sola frase: «Cuando estés lista, me avisas. Yo tengo todo lo que necesitas.»
Pasaron casi dos semanas desde la última vez que hablamos antes de que yo me decidiera. Dos semanas en las que seguimos escribiéndonos todos los días, en las que él me preguntaba por mis cosquillas, por mis pies, por mi ombligo, en las que yo le enviaba más fotos, más detalles, más confesiones que nunca le había hecho a nadie. Dos semanas en las que cada noche me acostaba pensando en él, en sus mensajes, en la forma en que describía lo que quería hacerme, y me despertaba con el cuerpo ardiente y la certeza de que ya no podía seguir postergándolo. Así que una tarde, mientras mi madre estaba en el trabajo y yo miraba el techo de mi habitación sin poder concentrarme en nada, le escribí. Solo tres palabras: «Estoy lista. ¿Cuándo?» Su respuesta llegó en menos de un minuto. «Mañana. Te paso la dirección. Ven cómoda. Ven con ropa que no te importe. Y ven con ganas de suplicar.» Leí el mensaje y sentí un escalofrío que me recorrió la espalda entera. No era miedo. Era otra cosa. Era esa mezcla de nervios y excitación que ya empezaba a reconocer como parte de mí.
Al día siguiente, le mentí a mi madre. Le dije que iba a pasar la tarde en casa de una amiga, que quizás me quedara a dormir, que no se preocupara. Ella me miró con esa mirada suya que a veces parece que lo sabe todo, pero no dijo nada. Solo me deseó que lo pasara bien y volvió a su computadora. Salí de casa con el corazón en la garganta y tomé un taxi hasta la dirección que él me había dado. Era un apartamento en un edificio de ladrillo, en un barrio tranquilo, de esos donde nadie se mete con nadie. Subí las escaleras con las manos sudadas y el pulso acelerado. Toqué la puerta. Esperé. Y cuando la abrió, lo que vi me dejó sin aire. Era más alto de lo que imaginaba, de hombros anchos y brazos fuertes, con el cabello oscuro y los ojos claros, una sonrisa tranquila y una mirada que parecía leerlo todo. Llevaba una camiseta negra ajustada y unos jeans oscuros. No dijo nada al principio. Solo me miró de arriba abajo, con una calma que me hizo sentir completamente expuesta, y luego se apartó para dejarme pasar.
El apartamento era sencillo, ordenado, con una sala pequeña y un pasillo que llevaba a una habitación. Cerró la puerta detrás de mí y me pidió que me sentara en el sofá. Me senté. Él se sentó frente a mí, en una silla, y me miró durante un buen rato sin decir nada. Yo sentía que el corazón me iba a salir por la boca. Finalmente habló. «¿Estás segura?» Le dije que sí. «¿Sabes cuál es tu palabra de seguridad?» Le dije que sí, que la habíamos acordado por mensaje. «Bien. Entonces vamos a empezar. Levántate.» Me levanté. «Quítate la ropa. Toda. Déjate solo la ropa interior.» Sentí que me sonrojaba hasta las orejas. Nunca me había desvestido frente a nadie así, con esa calma, con esa autoridad. Pero lo hice. Me quité la blusa, los jeans, los zapatos, las medias. Me quedé de pie frente a él, en ropa interior, con los brazos cruzados sobre el pecho por pura vergüenza. Él me miró sin prisa. Recorrió mi cuerpo con la mirada, deteniéndose en mis pies, en mi ombligo, en mis costillas. Luego se levantó, tomó algo de una mesa que yo no había visto y me pidió que lo siguiera. Caminé detrás de él hasta la habitación. Era una habitación pequeña, con una cama grande en el centro, sin sábanas, solo un cobertor oscuro. En las esquinas de la cama había cuatro correas de cuero, sujetas a los barrotes. En una mesa al lado había plumas, cepillos de diferentes tamaños, un frasco de aceite, y una venda negra. Me quedé mirando todo aquello con el corazón latiéndome tan fuerte que podía escucharlo en los oídos. Él se acercó a mí y me habló al oído. «Acuéstate en la cama. Boca arriba. Brazos y piernas abiertos.» Lo hice. Me acosté. Él me sujetó las muñecas a los barrotes con las correas, primero la derecha, luego la izquierda. Luego los tobillos. Apretó lo suficiente para que no pudiera moverme, pero no tanto como para lastimarme. Cuando terminó, me quedé ahí, extendida sobre la cama, con el cuerpo expuesto, la piel erizada y la respiración agitada. Él se paró al lado de la cama y me miró. «Voy a vendarte los ojos. No voy a hacer nada que no hayamos hablado. Pero no voy a parar hasta que yo quiera. ¿Entendido?» Le dije que sí. Me puso la venda negra sobre los ojos y el mundo se volvió oscuro. Solo podía oír, sentir, imaginar. Y entonces empezó.
Primero sentí sus dedos en el cuello. Un roce apenas, la yema del índice deslizándose desde la oreja hasta la clavícula. Me encogí de inmediato, soltando una risa nerviosa. Él no dijo nada. Siguió ahí, con ese mismo roce suave, subiendo y bajando por el cuello, por debajo de la mandíbula, por la nuca. Yo ya estaba riendo, tratando de mover la cabeza para escapar, pero él no me dejaba. «Quédate quieta», me dijo. «Esto apenas empieza.» Bajó hacia las axilas. Ahí sí que no pude controlarme. Un dedo en cada axila, dibujando círculos, hundiéndose suavemente en el hueco, y yo rompí a reír de una forma que no reconocía. JAJAJAJAJAJAJAJA. «No, no, no, por favor, ahí no», le dije, pero él hizo caso omiso. Siguió ahí durante un rato, alternando entre una axila y la otra, hasta que sentí que los brazos me temblaban de tanto reír. Luego bajó a las costillas. Empezó por las de abajo, las que quedan justo encima de la cintura, y fue subiendo una por una, con una lentitud que me hacía anticipar cada toque. Cuando llegó a las de los costados, esas que quedan debajo del brazo, sentí que me moría de risa. JAJAJAJAJAJAJAJA. «Por favor, por favor, para», le dije, pero él siguió. «¿Para? ¿Ya? Si apenas llevamos diez minutos.» Y siguió. Me recorrió las costillas enteras, una y otra vez, hasta que las lágrimas empezaron a correrme por debajo de la venda. Luego bajó a la cintura. Ahí se detuvo. Sentí sus dedos en la piel de mi abdomen, justo por encima del ombligo, y supe lo que venía. «No», dije. «Ahí no.» Él se rio, una risa baja, casi cruel. «¿Ahí no? ¿Y por qué no?» Y antes de que pudiera responder, hundió un dedo en mi ombligo. JAJAJAJAJAJAJAJAJA. Grité. Me retorcí. Jalé las correas con todas mis fuerzas, pero no cedieron. Él no paró. Dibujó círculos alrededor de mi ombligo, muy despacio, hundiendo la yema en el centro y luego retirándola, bajando hacia la cadera, subiendo hacia las costillas, y volviendo siempre al ombligo. Yo reía, reía, reía sin poder parar. JAJAJAJAJAJAJAJA. «Por favor», le dije. «Por favor, para. Te lo pido. Haré lo que quieras.» Él se detuvo un segundo. «¿Lo que yo quiera?» Le dije que sí. «¿Me vas a dejar hacer lo que quiera con tus pies?» Sentí que el corazón me daba un vuelco. Mis pies. Mis plantas. Mi punto más débil. Le dije que sí. Que sí, que hiciera lo que quisiera. Él se rio otra vez. «Eso mismo quería oír.»
Sentí que se movía hacia el final de la cama. Sentí sus manos en mis tobillos, ajustando las correas, asegurándose de que no pudiera moverlos. Luego sentí algo frío en la planta del pie derecho. Aceite. Lo extendió con los dedos, muy despacio, desde el talón hasta los dedos, pasando por el arco, por la base de los dedos, por el hueco entre ellos. Yo ya estaba riendo antes de que empezara. JAJAJAJAJAJAJAJA. «No, no, no, por favor, ahí no, ahí no.» Pero él no paró. Tomó un cepillo de cerdas suaves y lo pasó por la planta de mi pie derecho, desde el talón hasta los dedos, muy despacio, con una presión perfecta. Sentí que me salía de mí misma. JAJAJAJAJAJAJAJAJA. Grité. Me retorcí. Jalé las correas de los tobillos con una fuerza que no sabía que tenía. Pero él siguió. Pasó el cepillo por el arco, por la base de los dedos, por el hueco entre el dedo gordo y el segundo. Yo reía, reía, reía sin poder parar. JAJAJAJAJAJAJAJA. «Por favor, por favor, por favor», repetía, pero no sabía ni lo que decía. Él no paró. Siguió con el pie derecho durante lo que me pareció una eternidad. Luego pasó al izquierdo. Misma técnica. Aceite primero, con los dedos, muy despacio. Luego el cepillo, de arriba abajo, de abajo arriba, por el arco, por los dedos, por el talón. Yo ya no podía ni hablar. Solo reía. JAJAJAJAJAJAJAJAJA. Las lágrimas me corrían por las mejillas, empapando la venda. El abdomen me dolía de tanto reír. Los brazos me temblaban de tanto jalar las correas. Pero él no paraba. «¿Sabes cuánto tiempo llevamos?», me preguntó. No podía responder. «Veinte minutos. Y esto es solo el principio.» Sentí que me moría. Pero no de miedo. De risa. De placer. De esa sensación de estar completamente indefensa, entregada, sin poder hacer nada más que reír y suplicar. Luego dejó el cepillo y sentí sus uñas. Sus uñas recorriendo la planta de mi pie derecho, desde el talón hasta los dedos, muy despacio, con una precisión que me hacía estremecer. JAJAJAJAJAJAJAJAJA. «No, no, no, por favor, las uñas no, las uñas no.» Pero él siguió. Recorrió cada centímetro de mi planta con las uñas, una y otra vez, hasta que sentí que ya no podía más. «Por favor», le dije. «Por favor, para. Haré lo que quieras. Lo que quieras.» Él se detuvo. Sentí que se acercaba a mi oído. «¿Lo que yo quiera?» Le dije que sí. «¿Me vas a dejar hacer esto otra vez?» Le dije que sí. «¿Y me vas a enviar más fotos de tus pies?» Le dije que sí. «¿Y me vas a contar todo lo que sientes cuando te toco el ombligo?» Le dije que sí. «Bien», dijo. «Entonces vamos a seguir.»
Y siguió. Volvió al ombligo, con los dedos, con la pluma, con el cepillo pequeño. Volvió a las costillas, a las axilas, al cuello. Volvió a los pies, con el cepillo grande, con las uñas, con la pluma. Yo reía, reía, reía sin parar. JAJAJAJAJAJAJAJAJA. En algún momento perdí la noción del tiempo. No sabía cuánto llevábamos. No sabía si era una hora o tres. Solo sabía que estaba atada, vendada, expuesta, y que él no paraba. Y que yo no quería que parara. Cuando finalmente se detuvo, sentí que el cuerpo me temblaba entero. Me quitó la venda. La luz me lastimó los ojos. Él estaba de pie al lado de la cama, mirándome con esa misma calma del principio. «¿Cómo te sientes?», me preguntó. No podía hablar. Solo podía reír, todavía, con una risa residual que me salía del pecho sin control. Él me desató las correas, una por una, con cuidado. Me ayudó a sentarme. Me pasó una botella de agua. Me quedé ahí, sentada en el borde de la cama, con el cuerpo sudoroso, el cabello pegado a la cara, los pies aún estremeciéndose sobre el cobertor. Él se sentó a mi lado y me miró. «¿Lo repetirías?» Lo miré. Sentí que las mejillas me ardían. Sentí que el ombligo me palpitaba. Sentí que las plantas de los pies me hormigueaban. Y le dije que sí. Que sí, que lo repetiría. Que sí, que quería más. Él sonrió. «Entonces esto no ha terminado.»
Me vestí despacio, todavía temblando, con la piel erizada y el cuerpo entero palpitando como si acabara de correr una maratón. Él me miraba desde la silla, con esa calma suya que ya empezaba a reconocer, esa calma que no era indiferencia sino paciencia, la paciencia de alguien que sabe que tiene todo el tiempo del mundo y que no necesita apurarse. Me puse la blusa, los jeans, las medias, los zapatos. Sentía cada prenda sobre la piel como si fuera nueva, como si mi cuerpo hubiera cambiado de alguna forma en las últimas horas. Cuando terminé, me senté en el borde de la cama y lo miré. Él seguía ahí, con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos claros fijos en mí, una sonrisa leve en los labios que no terminaba de ser burlona ni de ser amable. Era una sonrisa que lo sabía todo. «¿Lo disfrutaste?», me preguntó. Su voz era baja, tranquila, sin ningún dejo de duda. Como si ya supiera la respuesta. Como si solo quisiera oírme decirlo. Lo miré. Sentí que las mejillas me ardían. Sentí que el ombligo me palpitaba bajo la blusa, todavía sensible, todavía consciente de cada roce. Y le dije que sí. Que sí, que lo había disfrutado. Que nunca había sentido nada igual. Él asintió, despacio, como si acabara de confirmar algo que ya sabía. «Bien», dijo. «Porque yo también. Y quiero que esto se repita.»
Salí de su apartamento esa tarde con una sensación extraña, una mezcla de agotamiento y plenitud que no sabía cómo nombrar. Caminé hasta la estación del bus con las piernas todavía temblorosas, con el cuerpo entero aún hormigueando, y durante todo el trayecto no pude dejar de repasar lo que había pasado. Las correas en mis muñecas. La venda en los ojos. Sus dedos en mi ombligo. El cepillo en las plantas de mis pies. Las carcajadas que se me escapaban sin control. Las súplicas que le hice sin pensarlas. La forma en que él no paró hasta que quiso, hasta que yo le dije lo que él quería oír. Llegué a casa y mi madre todavía no había vuelto del trabajo. Me metí a la ducha y me quedé bajo el agua caliente durante casi media hora, sintiendo cómo el vapor me relajaba los músculos y cómo el agua me recorría la piel todavía sensible. Esa noche, cuando mi madre llegó, cenamos juntas como siempre, hablamos de cosas triviales, vimos televisión, y yo fingí que todo era normal. Pero no lo era. Nada era normal. Porque yo ya no era la misma que se había ido esa tarde.
Los días siguientes hablamos más que nunca. Él me escribía por la mañana, por la tarde, por la noche. Me preguntaba cómo estaba, cómo me sentía, si me dolía algo, si había dormido bien. Me preguntaba si había pensado en lo que habíamos hecho, si me había tocado el ombligo a escondidas, si me había acariciado los pies bajo las sábanas. Yo le respondía todo. Le contaba que sí, que me tocaba el ombligo cada noche antes de dormir, que me acariciaba las plantas de los pies con la punta de los dedos y me estremecía, que pensaba en él, en sus manos, en su voz, en la forma en que me había hecho suplicar. Él me respondía con mensajes que me dejaban sin aliento. Me decía que quería volver a atarme, que quería vendarme los ojos otra vez, que quería hacerme cosquillas hasta que le suplicara de nuevo. Me decía que pensaba en mis pies, en mis plantas hipersensibles, en la forma en que se encogían cuando él los tocaba. Me decía que pensaba en mi ombligo, en esa pequeña depresión en el centro de mi abdomen que tanto poder tenía sobre mí. Y yo, leyendo todo eso, sentía que me enamoraba. No solo de lo que él me hacía, sino de él. De su calma. De su seguridad. De la forma en que me hablaba, sin prisas, sin exigencias, como si yo fuera lo único que le importaba en ese momento.
Una semana después volvimos a vernos. Esta vez no fue solo una sesión. Fue una tarde entera. Llegué a su apartamento a las tres y me fui a las nueve de la noche. Hicimos una sesión, sí, pero también hablamos. Hablamos de nosotros, de lo que éramos, de lo que queríamos ser. Él me contó que llevaba años buscando a alguien como yo, alguien que no solo disfrutara de las cosquillas sino que las necesitara, que se entregara por completo, que confiara en él lo suficiente como para dejarlo hacer lo que quisiera. Me contó que había tenido otras ticklees, otras mujeres que habían pasado por su apartamento, pero que ninguna había sido como yo. Ninguna había reído como yo. Ninguna había suplicado como yo. Ninguna había vuelto a buscarlo como yo. Yo le conté que nunca había sentido nada igual, que nunca había confiado en nadie de esa forma, que nunca había dejado que alguien me viera tan vulnerable. Le conté que mis pies siempre habían sido mi secreto mejor guardado, que nunca dejaba que nadie los tocara, que ni siquiera mis amigas más cercanas sabían lo sensibles que eran. Le conté que mi ombligo era mi segunda perdición, que me excitaba saber que estaba ahí expuesto, que me gustaba que alguien lo mirara, lo tocara, jugara con él. Y él me escuchó. Me escuchó con esa misma calma, con esa misma paciencia, sin interrumpir, sin juzgar, sin apurar. Y cuando terminé de hablar, me besó. Fue un beso lento, suave, profundo. Un beso que no tenía nada que ver con las cosquillas, con las correas, con las vendas. Un beso que era solo nosotros, él y yo, sin juegos, sin roles, sin nada más que lo que sentíamos.
Desde esa tarde, nuestra relación cambió. Ya no éramos solo un tickler y una ticklee. Éramos novios. Él me presentó a sus amigos, yo le conté a mi madre que estaba saliendo con alguien, aunque no le dije quién era ni cómo nos habíamos conocido. Empezamos a vernos casi todos los días. A veces solo para estar juntos, para ver una película, para cenar, para dormir abrazados. Y otras veces para las sesiones. Porque las sesiones nunca pararon. Al contrario. Con el tiempo se volvieron más frecuentes, más intensas, más elaboradas. Él compró más cepillos, más plumas, más cuerdas, más aceites. Aprendió a leer mi cuerpo, a saber cuándo estaba a punto de suplicar, cuándo necesitaba un descanso, cuándo quería que siguiera aunque yo dijera que no. Aprendió a hacerme cosquillas en los pies durante horas, alternando el cepillo con las uñas, con la pluma, con sus dedos, hasta que yo perdía la voz de tanto reír. Aprendió a jugar con mi ombligo de formas que nunca había imaginado, a hundir el dedo suavemente, a dibujar círculos, a bajar hacia la cadera y volver a subir, a hacerlo durante tanto tiempo que yo terminaba suplicando, ofreciendo cosas, prometiendo lo que fuera con tal de que parara. Y yo aprendí a entregarme. A confiar en él completamente. A dejar que me atara, que me vendara los ojos, que hiciera lo que quisiera conmigo, sabiendo que nunca me haría daño, que siempre respetaría mis límites, que siempre estaría ahí para mí después, para abrazarme, para secarme las lágrimas, para decirme que había sido valiente, que había sido hermosa, que había sido suya.
Con el tiempo, nuestra relación se volvió algo más que cosquillas y sexo. Se volvió complicidad. Se volvió confianza. Se volvió amor. Él me cuidaba. Me escribía todos los días para saber cómo estaba. Me traía flores cuando menos lo esperaba. Me cocinaba cuando estaba cansada. Me abrazaba cuando tenía un mal día. Y yo lo cuidaba a él. Lo escuchaba cuando tenía problemas en el trabajo. Lo acompañaba cuando necesitaba despejarse. Le cocinaba sus comidas favoritas. Me aseguraba de que supiera que lo quería, no solo por lo que me hacía en la cama, sino por quién era. Porque él no era solo un tickler. Era un hombre. Un hombre que me había visto en mi momento más vulnerable y no se había burlado. Un hombre que me había hecho reír hasta llorar y luego me había abrazado hasta que me calmé. Un hombre que me había dado permiso para ser yo misma, para disfrutar de lo que disfrutaba, para no avergonzarme de mis fetiches. Y eso, más que las cosquillas, más que las correas, más que las vendas, era lo que me tenía enamorada.
A veces, cuando estábamos acostados en su cama después de una sesión, con mi cabeza sobre su pecho y sus dedos jugando distraídamente con mi ombligo, yo pensaba en mi madre. Pensaba en lo que había descubierto, en lo que había leído, en lo que había visto.
Sebastián entró al apartamento con esa calma suya que ya conocía tan bien, esa calma que no era indiferencia sino seguridad, la seguridad de alguien que sabe estar en cualquier lugar sin sentirse fuera de lugar. Cerré la puerta detrás de él y lo guié hacia la sala, donde mi madre nos esperaba de pie, con una sonrisa leve en los labios y esa mirada suya que parecía medirlo todo sin esfuerzo. Ella llevaba un vestido negro sencillo, de esos que no gritan pero que se ajustan perfectamente al cuerpo, y unos tacones altos que la hacían ver aún más imponente de lo que ya era. Su cabello castaño claro estaba recogido en un moño bajo, y sus ojos verdes brillaban bajo la luz cálida de la lámpara del comedor. Sebastián se detuvo un segundo al verla. No fue un gesto evidente, no fue algo que mi madre pudiera notar, pero yo lo vi. Lo vi porque lo conocía. Lo vi porque sabía cómo miraba cuando algo le llamaba la atención. Y supe, en ese instante, que mi madre le había llamado la atención.
«Sebastián, ella es mi madre, Alejandra», dije, tratando de sonar natural, tratando de que mi voz no delatara los nervios que me recorrían por dentro. Él extendió la mano con una sonrisa tranquila. «Mucho gusto. Valentina me ha hablado mucho de usted.» Mi madre le tendió la mano y le sostuvo la mirada. «El gusto es mío, Sebastián. Valentina también me ha hablado de ti. Aunque no lo suficiente, para ser honesta.» Yo sentí que me sonrojaba. Sebastián soltó una risa baja, sin soltarle la mano. «Eso me temo que es culpa mía. No soy muy fácil de describir.» Mi madre sonrió, una sonrisa que no era del todo amable, una sonrisa que era más bien una evaluación. «Ya lo veremos», dijo. Y luego soltó su mano y nos invitó a pasar al comedor.
Pensaba en la expresión que había puesto aquella vez que le toqué los pies sin querer. Y me preguntaba si algún día podría contarle todo esto. Si algún día podría decirle que yo también era cosquilluda, que yo también tenía un tickler, que yo también había descubierto ese mundo que ella creía secreto. No sabía si algún día lo haría. No sabía si ella estaría lista para oírlo. Pero sabía que, por primera vez en mi vida, no me sentía sola. Tenía a alguien que me entendía. Alguien que me quería. Alguien que me hacía reír hasta que ya no podía más y luego me abrazaba hasta que me dormía. Y eso, después de todo, era lo único que importaba.
Nos sentamos los tres a la mesa. Mi madre había preparado un estofado de res con verduras, una ensalada fresca y pan casero. Sebastián había traído una botella de vino tinto que mi madre descorchó con una destreza que me sorprendió. Sirvió tres copas, se sentó en el extremo de la mesa, y por un momento los tres nos quedamos en silencio, mirándonos, como si ninguno supiera cómo empezar. Luego Sebastián levantó su copa. «Por esta cena. Gracias por invitarme, Alejandra. Es un placer estar aquí.» Mi madre levantó su copa también. «Gracias por venir. Valentina casi nunca trae a nadie a casa. Así que esto es un acontecimiento.» Yo levanté mi copa y bebí, sintiendo que el vino me bajaba por la garganta y me calmaba un poco los nervios. Empezamos a comer. La conversación fluyó con más naturalidad de la que esperaba. Sebastián le preguntó a mi madre por su trabajo, y ella le contó que era arquitecta, que trabajaba en una firma reconocida, que era gerente de proyectos. Le contó que pasaba más tiempo en la oficina que en casa, que a veces llegaba tan tarde que apenas tenía tiempo de cenar conmigo, que se arrepentía de eso pero que amaba lo que hacía. Sebastián la escuchó con atención, sin interrumpir, asintiendo de vez en cuando, haciendo preguntas que demostraban que de verdad le interesaba lo que ella decía. Le preguntó por los proyectos que había dirigido, por los edificios que había diseñado, por los desafíos de trabajar en un campo dominado por hombres. Mi madre respondió con una franqueza que no le había visto antes. Le contó sobre un proyecto en el que había trabajado durante dos años, un edificio de apartamentos en el centro de la ciudad, y cómo había tenido que pelear con contratistas y proveedores para que respetaran su visión. Le contó sobre un jefe que le había dicho que las mujeres no servían para dirigir obras, y cómo ella lo había callado con resultados. Sebastián se rio con eso, una risa genuina, y mi madre también se rio, una risa que yo no le escuchaba desde hacía mucho tiempo.
Luego mi madre le preguntó a él a qué se dedicaba. Sebastián se recostó en la silla y le dijo que era bloguero y que diseñaba y desarrollaba páginas web. Yo sabía que eso era falso. Lo habíamos acordado. Era la fachada que habíamos construido para que mi madre no sospechara nada. Sebastián no era bloguero ni desarrollador web. Trabajaba en una empresa de tecnología, sí, pero no en eso. Sin embargo, lo dijo con una naturalidad que casi me hizo dudar a mí misma. Le contó que tenía varios blogs, uno de ellos sobre viajes, otro sobre tecnología, y que también hacía páginas web para pequeñas empresas. Le contó que le gustaba la libertad de trabajar desde casa, que podía organizar su tiempo como quisiera, que a veces trabajaba de noche y dormía de día. Mi madre asintió, interesada. «Suena a una vida muy libre», dijo. «¿Y no te aburres? ¿No extrañas la rutina de una oficina?» Sebastián se rio. «A veces. Pero prefiero aburrirme en pijama que en un cubículo.» Mi madre se rio otra vez. Y yo, sentada entre los dos, sentí que algo se relajaba dentro de mí. La cena estaba saliendo mejor de lo que esperaba. Mi madre parecía cómoda. Sebastián parecía cómodo. Y yo, por primera vez en meses, sentí que podía respirar.
En un momento, mi madre se levantó para traer más vino de la cocina. Yo me quedé sentada, hablando con Sebastián sobre algo trivial, sobre el postre que había traído, sobre lo mucho que le gustaba el estofado. Pero cuando mi madre salió del comedor, Sebastián giró la cabeza y la siguió con la mirada. No fue un gesto largo. No fue un gesto evidente. Fue solo un segundo, un instante en que sus ojos se desviaron hacia la puerta por la que ella acababa de salir. Pero yo lo vi. Lo vi porque lo conocía. Lo vi porque sabía cómo miraba cuando algo le llamaba la atención. Y sentí un pinchazo en el pecho, una mezcla de celos y curiosidad que no supe cómo interpretar. Mi madre volvió con la botella de vino y se sentó de nuevo. Sirvió más para los tres. Sebastián volvió a mirarla, esta vez directamente, y le sonrió. «Gracias, Alejandra. De verdad, la cena está espectacular.» Mi madre le devolvió la sonrisa. «Me alegra que te guste. Valentina dice que casi nunca cocinas.» Sebastián se rio. «Es verdad. Soy un desastre en la cocina. Valentina es la que cocina cuando estamos en mi apartamento.» Mi madre lo miró con una ceja levantada. «¿Y eso? ¿No te da vergüenza que tu novia cocine por ti?» Sebastián se encogió de hombros. «Un poco. Pero ella lo hace mejor que yo. Y a ella le gusta.» Mi madre me miró a mí, con una sonrisa que no supe interpretar. «¿Te gusta cocinar para él?» Yo me sonrojé. «A veces», dije. «No es que sea una chef, pero me defiendo.» Mi madre asintió, satisfecha. «Bien. Al menos alguien en esta familia cocina.»
Después de la cena, mi madre se levantó para abrir la puerta del balcón. Dijo que quería aire, que el apartamento estaba caliente, que por qué no nos sentábamos afuera un rato. Caminó hacia la puerta del balcón, y mientras lo hacía, Sebastián la siguió con la mirada otra vez. Esta vez no fue un segundo. Fue más tiempo. La vio caminar de espaldas, con ese vestido negro que se le ajustaba a las caderas, con esos tacones altos que la hacían ver más alta, más imponente, más atractiva. La vio abrir la puerta corrediza, inclinarse para recoger una silla que estaba en el balcón, y llevar otra silla hacia la mesa pequeña que tenía afuera. La vio moverse con esa elegancia suya, con esa seguridad de mujer que sabe que está siendo observada y no le importa. Y yo, sentada en la mesa, con la copa de vino a medio terminar, vi cómo Sebastián la miraba. Vi cómo sus ojos recorrían su espalda, sus caderas, sus piernas. Vi cómo se quedaba un segundo más de lo necesario en sus pies, en esos tacones altos que la hacían ver aún más imponente. Y supe, con una certeza que me heló la sangre, lo que estaba pensando. No podía saberlo con exactitud, por supuesto. No podía leerle la mente. Pero lo conocía lo suficiente como para imaginar lo que pasaba por su cabeza. Estaba pensando en si mi madre sería igual de cosquilluda que yo. Estaba pensando en si sus pies serían igual de sensibles, en si su ombligo sería igual de débil, en si suplicaría igual, en si reiría igual. Estaba pensando en si mi madre, esa mujer alta, elegante, de tacones y vestido negro, sería tan vulnerable como yo cuando alguien la atara y le hiciera cosquillas. Y yo, sentada ahí, con la copa en la mano y el corazón latiéndome fuerte, no supe si sentirme celosa, avergonzada o excitada. Porque una parte de mí, una parte que no quería reconocer, también se estaba preguntando lo mismo.
Mi madre volvió a entrar y nos dijo que el balcón estaba listo, que lleváramos las copas y el vino. Sebastián se levantó, tomó la botella y las copas, y la siguió hacia afuera. Yo me quedé un segundo más en la mesa, mirando la puerta por la que habían salido. Luego me levanté, respiré profundo y fui tras ellos. La noche era cálida, el cielo estaba despejado, y los tres nos sentamos en el balcón a seguir conversando. Hablamos de todo. De música, de películas, de viajes, de libros. Sebastián le contó a mi madre sobre un viaje que había hecho a la costa, sobre un hostel en el que se había quedado, sobre una tormenta que lo había sorprendido en la playa. Mi madre le contó sobre un viaje que había hecho a Europa cuando era joven, antes de tenerme, sobre las ciudades que había visitado, sobre los edificios que había visto y que habían inspirado su vocación. Yo los escuchaba a los dos, intercalando comentarios, riéndome de sus anécdotas, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo mi madre y yo compartíamos algo que no era silencio ni rutina. Sebastián la hacía reír. Eso era lo que más me sorprendía. La hacía reír con esas historias suyas, con esa forma suya de contar las cosas, con esa calma que no era indiferencia sino seguridad. Y mi madre reía. Reía de una forma que yo no le había visto en años. Reía con la cabeza hacia atrás, con los ojos entrecerrados, con la mano en el pecho. Y yo, mirándola, sentí una mezcla de alegría y de algo más, algo que no quería nombrar, algo que se parecía demasiado a lo que sentía cuando Sebastián me hacía cosquillas.
La noche avanzó sin que ninguno de los tres quisiera terminarla. Mi madre se levantó una vez más para traer más vino, y Sebastián aprovechó para mirarla otra vez. Esta vez no disimuló tanto. La vio caminar hacia la cocina, con esos tacones que hacían eco en el piso de madera, y se quedó mirando la puerta por la que había desaparecido. Yo lo miré a él. Él me miró a mí. Y por un segundo, solo un segundo, algo pasó entre nosotros. Algo que no era celos, ni vergüenza, ni excitación. Era complicidad. Era el reconocimiento de que ambos estábamos pensando lo mismo. Mi madre volvió con la botella, sirvió más vino, y seguimos hablando hasta pasada la medianoche. Cuando Sebastián finalmente se levantó para irse, mi madre le dio la mano otra vez y le dijo que había sido un placer conocerlo, que esperaba verlo pronto, que la próxima vez él tenía que traer el postre. Sebastián se rio y le dijo que aceptaba el reto. Luego me miró a mí, me dio un beso en la mejilla y me dijo que me escribiría cuando llegara a su apartamento. Lo acompañé a la puerta. Antes de salir, se inclinó hacia mí y me susurró al oído: «Tu madre es increíble.» Yo lo miré. Él me sostuvo la mirada. Y yo supe, con una certeza que me recorrió la espalda entera, que esa noche no había sido el final de nada. Era el principio de algo.
Pasaron dos semanas desde la cena. Dos semanas en las que Sebastián y yo seguimos viéndonos casi todos los días, en las que las sesiones continuaron con la misma intensidad de siempre, en las que todo parecía normal, como si esa noche en el balcón no hubiera cambiado nada. Pero yo sabía que algo había cambiado. Lo sabía porque lo había visto. Lo sabía porque lo había sentido. Lo sabía porque, aunque ninguno de los dos lo mencionaba, la imagen de mi madre caminando hacia el balcón con esos tacones y ese vestido negro seguía flotando entre nosotros como una sombra que no terminaba de desaparecer. Yo no decía nada. Él tampoco. Pero estaba ahí. Y una noche, después de una sesión particularmente intensa, mientras yo me vestía y él se quedaba sentado en la cama mirándome, la sombra se materializó en palabras.
«¿Tu mamá tiene cosquillas?», me preguntó. Su voz era tranquila, casi casual, como si estuviera preguntando por el clima. Yo me quedé helada con la blusa a medio poner. Me giré hacia él y lo miré. No podía creer lo que acababa de oír. «¿Qué?», le dije. «¿Qué dijiste?» Él me sostuvo la mirada sin inmutarse. «Que si tu mamá tiene cosquillas. Solo quería saber. Nada más.» Sentí que la sangre me hervía. Sentí que las mejillas me ardían. Sentí que algo dentro de mí se rompía, algo que no sabía que estaba tan frágil. «¿Por qué quieres saber eso?», le pregunté. Mi voz sonaba más dura de lo que esperaba. «¿Para qué? ¿Qué te importa?» Él levantó las manos en un gesto de calma. «No te molestes. Solo era curiosidad. Ya no lo pregunto más.» Pero yo no me calmé. No podía calmarme. «No, no es solo curiosidad. Te vi. La noche de la cena. Te vi mirándola. Te vi mirando sus pies, sus piernas, su espalda. Te vi. Y ahora me preguntas si tiene cosquillas. ¿Qué se supone que piense?» Él se quedó callado un momento. No apartó la mirada. No se disculpó de inmediato. Solo me miró, con esa calma suya que a veces me desarmaba y a veces me sacaba de quicio. «Tienes razón», dijo finalmente. «La miré. Es una mujer atractiva. No voy a negarlo. Pero eso no significa nada. No significa que quiera hacerle nada. Solo fue una mirada. Y la pregunta fue solo eso, una pregunta. No voy a hacer nada con tu mamá. No es algo que me interese. A menos que tú quieras.» Yo lo miré con el ceño fruncido. «¿Que yo quiera? ¿Estás loco? Jamás. Jamás se te ocurra hacerle cosquillas a mi mamá. ¿Me entiendes? Jamás.» Él asintió despacio. «Está bien. Lo entiendo. No lo haré. Te lo prometo.» Pero yo no me conformé con eso. «Júralo», le dije. «Júrame que nunca le vas a hacer cosquillas a mi mamá. Júrame que nunca vas a tocarla, ni a mirarla de esa forma, ni a insinuarte, ni nada. Júramelo.» Él me miró a los ojos. Sin dudar. Sin titubear. «Te lo juro», dijo. «Nunca le haré cosquillas a tu mamá. Nunca la tocaré. Nunca me insinuaré. Nunca nada. Te lo juro por lo que quieras.» Yo sentí que algo dentro de mí se soltaba. No del todo, pero un poco. Lo suficiente para respirar. Me senté en el borde de la cama, con la blusa todavía a medio poner, y me quedé mirando el piso. Él se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. «Oye», dijo. «Ya te lo juré. No va a pasar nada. Pero hay algo que sí quiero pedirte.» Lo miré. «¿Qué?» Él se sentó a mi lado, sin quitarme la mano del hombro. «Ya que me hiciste jurar que no le voy a hacer nada, al menos dime si tiene cosquillas. Dime dónde. Solo para saber. Solo para entender. No voy a hacer nada con esa información. Te lo prometo. Pero necesito saberlo. Necesito entender por qué tú eres como eres. Necesito entender de dónde viene eso que tanto me gusta de ti.» Yo lo miré durante un buen rato. No sabía qué responder. Una parte de mí quería mandarlo al diablo, decirle que no tenía derecho a preguntar eso, que mi madre no era un tema de conversación. Pero otra parte, una parte que no quería reconocer, entendía lo que decía. Entendía que quería saber. Entendía que necesitaba entender. Y entendía también que, si no le decía nada, él iba a seguir imaginando, y lo que él imaginara podía ser peor que la verdad. Así que respiré profundo y hablé.
«Mi mamá es muy cosquilluda», le dije. «Más que yo. Mucho más.» Él no dijo nada. Solo me miró, esperando. «Tiene cosquillas en el cuello, en las costillas, en las axilas. Pero sus puntos débiles son dos. El primero es el ombligo. No soporta que se lo toquen. Una vez, cuando yo era niña, una amiga suya le puso un dedo en el ombligo en broma y mi mamá se dobló como si le hubieran dado un golpe. Se rio, suplicó, se retorció. Fue la primera vez que la vi así. Nunca lo olvidé.» Hice una pausa. Él seguía callado, escuchando. «Pero su punto más débil, el que la vuelve completamente indefensa, son los pies. Las plantas de los pies. No soporta que se los toquen. Ni un roce. Ni un dedo. Ni una pluma. Ni nada. Una vez le hice cosquillas en los pies sin querer, solo un roce tonto mientras veíamos televisión, y pegó un grito, retiró los pies como si le hubieran quemado y se quedó mirándome con una expresión que nunca le había visto. No era rabia. No era sorpresa. Era otra cosa. Algo que entendí años después, cuando entendí lo que sentía yo.» Terminé de hablar. Sebastián seguía mirándome. No sonreía. No hacía ningún gesto de triunfo. Solo me miraba, con esa calma suya, con esa atención suya, como si acabara de contarle un secreto sagrado. «Gracias», dijo finalmente. «Por confiar en mí. No voy a hacer nada con esto. Te lo prometo. Solo quería saber.» Yo asentí. Me levanté. Terminé de vestirme. Y esa noche, cuando salí de su apartamento y caminé hacia la estación del bus, sentí que algo había cambiado entre nosotros. Algo que no sabía si era bueno o malo. Pero algo. Y mientras esperaba el bus, con el viento frío de la noche en la cara, no pude dejar de pensar en mi madre. En sus pies. En su ombligo. En la expresión que había puesto aquella vez que le toqué los pies sin querer. Y en la forma en que Sebastián me había mirado cuando le conté todo eso. Como si acabara de darle la llave de algo. Como si acabara de abrir una puerta que yo no sabía que estaba cerrada.
Continuará…
Original de Tickling Stories
