Modelo fitness – Parte 3

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Salió del edificio sin mirar atrás. El sol de Medellín le pegó en la cara como una bofetada, pero no sintió nada. Caminó hasta su carro con la vista fija en el pavimento, contando los pasos sin darse cuenta. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Once. Doce. Trece. Catorce. Quince. Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho. Diecinueve. Veinte. Veintiuno. Veintidós. Veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco. Veintiséis. Veintisiete. Veintiocho. Veintinueve. Treinta. Treinta y uno. Treinta y dos.

Se sentó al volante. Cerró la puerta. Las manos le temblaban. Las puso sobre el timón y las apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El cuerpo le palpitaba. El abdomen le ardía bajo la ropa. Las plantas de los pies, todavía descalzas dentro de las sandalias, latían con una sensibilidad que no se iba. Cada latido era una punzada. Cada punzada era un recordatorio.

Arrancó. Manejó sin música. Sin aire. Sin pensar. Las calles pasaban a los lados como si no existieran. Los semáforos, las personas, los carros, todo era un borrón. Solo existía el camino. Solo existía llegar.

Llegó. Parqueó. Apagó el carro. Se quedó sentada en el asiento durante varios minutos, con la mirada perdida en la pared del parqueadero. Luego abrió la puerta. Se bajó. Caminó hasta el ascensor. Subió. Abrió la puerta de su apartamento. Cerró con llave.

El silencio la recibió como un golpe.

Se quitó las sandalias. Las dejó tiradas en la entrada. Caminó descalza hasta el baño. Se metió a la ducha sin quitarse la ropa. Abrió el agua fría. El chorro le golpeó la cabeza, los hombros, la espalda. Se quedó ahí, de pie, con el agua cayéndole encima. No lloraba. No pensaba. Solo existía.

Salió. Dejó un charco por todo el apartamento. Se quitó la ropa mojada y la dejó en el suelo del baño. Se puso una bata. Se sentó en el sofá. El teléfono vibraba sobre la mesa. No lo miró. Lo dejó vibrar hasta que se apagó. Luego vibró otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Hasta que se quedó en silencio.

Se quedó sentada ahí, en el sofá, mirando la pared. El reloj avanzaba. Las horas pasaban. El sol se fue. La noche llegó. Y ella seguía ahí. Inmóvil. Con las manos sobre el regazo. Con los pies descalzos sobre el piso frío. Con el cuerpo todavía palpitando.

Se tocó el abdomen. Sentía los músculos contraídos, como si todavía estuvieran reaccionando. Se tocó las costillas. La piel estaba sensible, casi dolorida. Se tocó los pies. Las plantas ardían. El simple roce de sus propios dedos le producía una descarga que la hacía encogerse. Era como si sus nervios hubieran quedado atrapados en un estado de alerta permanente. Como si su cuerpo hubiera aprendido a no apagarse nunca.

Se levantó. Fue a la cocina. Abrió la nevera. La miró. La cerró. No tenía hambre. Fue al baño. Se miró al espejo. Vio su rostro. Los ojos rojos. La piel pálida. El cabello desordenado. No se reconoció. Esa no era ella. Esa era una mujer que había cruzado una línea y no sabía cómo volver.

Se fue a la cama. Se acostó. Cerró los ojos. Pero no durmió. Cada vez que cerraba los ojos, sentía los dedos. Los dedos de Alejandro. Los dedos de Martha. Sobre su piel. En sus costillas. En su abdomen. En sus pies. El cosquilleo fantasma le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica. Se tocaba los pies y sentía una descarga. Se tocaba el abdomen y sentía una descarga. Se tocaba las costillas y sentía una descarga. Era como si su cuerpo hubiera quedado atrapado en un bucle infinito de sensaciones que no podía apagar.

Se levantó. Fue a la sala. Encendió la luz. Se sentó en el sofá. Se quedó mirando la pared. El reloj marcaba las tres de la mañana. Las cuatro. Las cinco. Las seis. El sol empezó a entrar por la ventana. Y ella seguía ahí. Sentada. Inmóvil. Con los pies descalzos sobre el piso frío. Con el cuerpo todavía palpitando.

No sabía cuánto tiempo había pasado. No sabía qué día era. No sabía qué iba a hacer. Solo sabía que estaba ahí. En su apartamento. Sola. Con su cuerpo. Con sus pensamientos. Con el eco de su propia risa resonando en su cabeza. Y con una pregunta que no se atrevía a formular: ¿y ahora qué?

Pasaron dos días. O tres. No sabía con certeza. El tiempo se había vuelto una masa densa y pegajosa que se arrastraba sin forma. Había dormido a ratos, comido poco, y hablado con nadie. El teléfono seguía vibrando, pero ella lo había silenciado. Solo quería que el mundo se detuviera. Pero no se detenía. Seguía girando, indiferente a lo que ella sentía.

La mañana del tercer día, se levantó del sofá. Le dolía todo. La espalda, el cuello, los hombros. El cuerpo le pesaba como si estuviera hecho de plomo. Se miró al espejo. La misma mujer de siempre. Pero no. Era otra. Una que había cruzado una línea y no sabía cómo volver.

Agarró el teléfono. Tenía decenas de mensajes sin leer. Los ignoró todos. Buscó un contacto. Diego. Su mejor amigo. El único que sabía su secreto antes de que lo hiciera público. El único que sabía cómo hacerla reír hasta que le doliera el abdomen. El único que conocía cada punto débil de su cuerpo y sabía exactamente cómo explotarlo.

Le escribió un mensaje corto: «Necesito una sesión. Fuerte. Lo antes posible.»

La respuesta llegó en minutos: «¿Estás bien? ¿Qué pasó?»

«No quiero hablar. Solo necesito que me des un masaje. Fuerte. Como nunca.»

Hubo una pausa. Luego: «¿Mañana a las 4? ¿En mi estudio?»

«Sí.»

No hubo más preguntas. Diego sabía cuándo no insistir. Sabía cuándo ella necesitaba espacio. Sabía cuándo necesitaba silencio. Y sabía, sobre todo, cuándo necesitaba desesperadamente que alguien le recordara que su cuerpo todavía le pertenecía. Aunque fuera a través del dolor. Aunque fuera a través de las cosquillas.

Al día siguiente, Natalia llegó al estudio de Diego puntual. Como siempre. A las 4:00 p.m. en punto. Se había puesto ropa cómoda. Un short de yoga. Una camiseta sin mangas. El cabello recogido en una coleta alta. Nada de maquillaje. Nada de sonrisas. Solo ella. Con su cuerpo. Con sus pensamientos. Con su silencio.

Diego abrió la puerta. La miró. No dijo nada. Solo la miró. Luego abrió la puerta por completo y la dejó entrar. El estudio estaba en penumbra. Luz tenue. Aroma a lavanda y aceite de masaje. La camilla en el centro. Impecable. Como siempre.

Natalia se quedó de pie junto a la camilla. Diego cerró la puerta. Se acercó a ella. La miró a los ojos.

—¿Qué pasó? —preguntó, en voz baja.

—No quiero hablar —respondió Natalia, con la voz ronca—. Solo quiero que me des un masaje. Fuerte. Muy fuerte. Que me duela. Que me haga olvidar.

Diego la estudió. Sus ojos, siempre cálidos, ahora eran serios. Analíticos. Como si estuviera leyendo algo en su rostro que ella no quería mostrar.

—Está bien —dijo, finalmente—. Pero si en algún momento quieres parar, me lo dices. ¿Entendido?

—Entendido.

Natalia se desvistió hasta quedar en ropa interior. Diego le pasó una sábana para que se cubriera. Se recostó en la camilla, boca abajo. Diego empezó a trabajar. Sus manos, firmes y expertas, encontraron los nudos en su espalda. Los presionaron. Los deshicieron. Natalia cerró los ojos. Sintió el dolor. Un dolor bueno. Un dolor que la anclaba al presente. Un dolor que la sacaba de su cabeza y la devolvía a su cuerpo.

Diego trabajó en silencio. Sin preguntas. Sin comentarios. Solo sus manos. Recorriendo su espalda. Sus hombros. Su cuello. Bajando por sus brazos. Subiendo por su nuca. Encontrando cada tensión. Cada nudo. Cada punto donde el estrés se había acumulado.

Natalia sentía cómo sus músculos se iban soltando. Uno por uno. Como si Diego estuviera desarmando una armadura que ella ni siquiera sabía que llevaba puesta. El dolor se mezclaba con alivio. La tensión con relajación. Y por primera vez en días, sintió que su cuerpo empezaba a ser suyo de nuevo.

Pero luego, Diego llegó a sus pies.

Sabía lo que venía. Lo sabía desde el momento en que le escribió el mensaje. Lo sabía desde el momento en que entró al estudio. Lo sabía desde el momento en que se recostó en la camilla. Diego iba a llegar a sus pies. Y Diego sabía exactamente qué hacer con ellos.

Diego tomó su pie izquierdo con firmeza. Su pulgar encontró el arco. Empezó a presionar. Fuerte. Metódico. Profundo. Natalia sintió la presión. Sintió el dolor. Pero también sintió algo más. Algo que empezaba a despertarse. Algo que estaba debajo de la superficie. Algo que no podía controlar.

Diego lo sintió también. Lo sabía. Conocía su cuerpo mejor que nadie. Conocía cada punto. Cada zona. Cada lugar donde las cosquillas se volvían insoportables. Y sabía, en ese momento, que Natalia no había venido solo por el masaje. Había venido por esto. Por lo que venía después. Por lo que sabía que Diego le podía dar. Aunque no lo dijera. Aunque no lo admitiera.

Diego siguió trabajando el arco. La presión era fuerte. Pero luego, sin previo aviso, cambió el ritmo. La presión se volvió más ligera. Más rápida. Más deliberada. Sus dedos empezaron a moverse en círculos pequeños. Rápidos. Precisos. Justo en el centro del arco. Justo donde sabía que ella no podía resistir.

Natalia contuvo la respiración. Apretó los dedos de los pies. Trató de no reír. Pero no pudo. Un primer «jeje» escapó de sus labios. Ahogado. Involuntario. Diego no dijo nada. Solo siguió. Sus dedos ahora se movían con más velocidad. Más intención. Recorriendo el arco. La base de los dedos. El talón. Cada centímetro de piel. Cada terminación nerviosa.

—Diego… —dijo Natalia, con la voz entrecortada—. Diego, para…

—¿Parar? —preguntó Diego, con un tono que pretendía ser inocente—. Pero si apenas estoy empezando.

Y no paró. Al contrario. Intensificó. Sus dedos se volvieron más rápidos. Más ligeros. Más insidiosos. Empezó a usar las uñas. A hacer «caminatas» de araña por toda la planta. A presionar con los pulgares en el punto exacto donde ella era más débil. Natalia estalló.

—¡JAJAJAJA! ¡DIEGO, NO! ¡PARA, POR FAVOR!

Pero Diego no paró. Sabía que ella no quería que parara. Sabía que había venido por esto. Sabía que necesitaba esto. Necesitaba reír hasta que le doliera el abdomen. Necesitaba retorcerse hasta que se olvidara de todo lo demás. Necesitaba perder el control para poder recuperarlo. Y Diego, su mejor amigo, su confidente, el único que sabía cómo hacerla reír hasta las lágrimas, estaba dispuesto a dárselo.

Natalia se retorcía en la camilla. Las carcajadas le sacudían el cuerpo. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Diego seguía. Implacable. Sus dedos encontraron el otro pie. Ahora los dos. Simultáneamente. Cosquilleando. Torturando. Haciéndola reír hasta que le faltaba el aire.

—¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJA! ¡DIEGO, EN SERIO, PARA!

—¿En serio? —preguntó Diego, deteniéndose un segundo—. ¿O en serio en serio?

Natalia jadeó. Recuperó el aliento. Lo miró. Y en sus ojos, Diego vio algo que no esperaba. Vio gratitud. Vio alivio. Vio a su amiga. La de siempre. La que se reía hasta que le dolía el abdomen. La que se retorcía hasta que se le olvidaba todo. La que, por unos minutos, dejaba de ser la entrenadora fitness de mirada segura y se convertía en la niña cosquilluda que todavía vivía dentro de ella.

—En serio en serio —dijo Natalia, con una sonrisa débil—. Pero no pares.

Diego sonrió. Y siguió.

Diego no se detuvo. Al contrario. Aprovechó que Natalia estaba boca abajo, con el rostro hundido en la almohadilla de la camilla, los brazos extendidos a los costados, y la espalda completamente expuesta. La sábana que la cubría se había deslizado hacia un lado, dejando al descubierto la piel bronceada de sus hombros y la parte superior de su espalda. No llevaba nada más que la sábana y su ropa interior. Y Diego, su mejor amigo, el hombre gay que conocía cada centímetro de su cuerpo, que sabía exactamente dónde estaban sus puntos más vulnerables, no iba a desaprovechar la oportunidad.

Tomó ambos pies con firmeza. Uno en cada mano. Sus dedos se cerraron alrededor de los tobillos como una tenaza. Natalia sintió el agarre. Sintió la firmeza. Sintió que no podría escapar aunque quisiera. Y una parte de ella, la parte que había ido a ese estudio buscando algo, no quería escapar. Quería quedarse. Quería sentir. Quería reír hasta que se le olvidara todo lo demás.

Diego levantó ligeramente sus piernas, solo unos centímetros, lo suficiente para que las plantas quedaran completamente expuestas, completamente accesibles, completamente indefensas. Natalia sintió el aire fresco del estudio rozando la piel hypersensible de sus arcos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Un escalofrío que no era de frío. Era de anticipación. De saber lo que venía. De saber que Diego no tendría piedad.

Y no la tuvo.

Sus dedos comenzaron a moverse. Al principio, lentos. Deliberados. Recorriendo el arco de su pie izquierdo con las yemas, trazando círculos pequeños, precisos, justo en el centro. Natalia contuvo la respiración. Apretó los puños. Trató de no reír. Pero Diego conocía ese punto. Sabía exactamente cuánta presión aplicar. Sabía exactamente qué ritmo usar. Sabía exactamente cómo hacerla quebrar.

Un primer «jeje» escapó de sus labios. Ahogado contra la almohadilla. Luego otro. Luego una risa corta. Luego una carcajada. Y luego, el diluvio.

Diego sonrió. No una sonrisa amable. Una sonrisa cruel. Una sonrisa que decía «te lo advertí». Porque se lo había advertido. Mucho tiempo atrás. Le había dicho, con total honestidad, que le fascinaba hacerle cosquillas en los pies. Que sus plantas hipercosquilludas eran su juguete favorito. Que no había nada que le gustara más que verla retorcerse, reír, suplicar, perder el control. Y Natalia, en su momento, se había reído. Había pensado que era una broma. Pero no lo era. Diego lo decía en serio. Y ahora lo estaba demostrando.

Sus dedos se movieron más rápido. Ahora los dos pies al mismo tiempo. Cosquilleando. Torturando. Sin piedad. Sin tregua. Sin descanso. Natalia estalló en carcajadas. Altas. Estridentes. Descontroladas. Su cuerpo se convulsionó sobre la camilla. Los puños golpearon el acolchado. Una y otra vez. Como si quisiera romper algo. Como si quisiera escapar. Pero no podía. Diego la tenía bien sujeta. Los tobillos atrapados en sus manos. Las piernas inmovilizadas. El cuerpo entero a su merced.

—¡JAJAJAJAJA! ¡DIEGO, NO! ¡PARA, POR FAVOR! ¡NO PUEDO MÁS!

Diego no paró. Al contrario. Intensificó. Sus dedos se volvieron más rápidos. Más ligeros. Más insidiosos. Empezó a usar las uñas. A hacer «caminatas» de araña por toda la planta. Desde el talón hasta la base de los dedos. Desde el arco hasta el borde exterior. Cada centímetro de piel. Cada terminación nerviosa. Cada punto donde sabía que ella era más débil.

Natalia se retorcía. Las lágrimas le corrían por las mejillas. El abdomen le dolía de tanto reír. Los músculos se contraían en espasmos involuntarios. Los puños golpeaban la camilla. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Pero Diego no cedía. Seguía. Implacable. Sadico. Cruel.

—¡DIEGO, EN SERIO, PARA! ¡ME VOY A DESMAYAR!

—¿En serio? —preguntó Diego, con una calma que contrastaba brutalmente con el caos que tenía bajo sus manos—. ¿O en serio en serio?

—¡EN SERIO EN SERIO! ¡JAJAJAJA! ¡PARA!

Diego se detuvo. Un segundo. Solo un segundo. Lo suficiente para que Natalia recuperara el aliento. Lo suficiente para que el silencio volviera al estudio. Lo suficiente para que ella lo mirara por encima del hombro, con los ojos llenos de lágrimas, el rostro enrojecido, el cabello pegado a la frente.

—¿Ya? —preguntó Diego, con una sonrisa.

—No —dijo Natalia, con la voz ronca—. Todavía no.

Y Diego siguió. Porque sabía que ella no había terminado. Sabía que necesitaba más. Sabía que, a veces, la única forma de recuperar el control era perderlo por completo. Y él, su mejor amigo, el hombre gay que la conocía mejor que nadie, estaba dispuesto a darle exactamente eso. Sin límites. Sin piedad. Sin tregua.

Sus dedos volvieron a moverse. Más rápido. Más fuerte. Más cruel. Natalia volvió a estallar en carcajadas. Su cuerpo se retorció. Sus puños golpearon la camilla. Las lágrimas volvieron a correr. Y Diego, con una sonrisa cruel en los labios, siguió torturando sus plantas hipercosquilludas sin piedad alguna. Porque le encantaba. Se lo había dicho. Y ahora lo estaba demostrando.

Diego se detuvo. Esta vez de verdad. Soltó sus tobillos con cuidado, bajó sus piernas lentamente hasta que quedaron apoyadas sobre la camilla, y dio un paso atrás. Natalia se quedó ahí, boca abajo, jadeando, con el rostro hundido en la almohadilla, el cuerpo todavía sacudiéndose con espasmos residuales. Las lágrimas le habían dejado surcos brillantes en las mejillas. El cabello, antes recogido en una coleta alta, estaba deshecho, pegado a su cuello sudoroso. Los puños, que habían golpeado la camilla una y otra vez, estaban enrojecidos.

Diego la observó en silencio. No dijo nada. Solo esperó. Sabía que necesitaba tiempo. Sabía que su cuerpo tardaba en volver a la normalidad después de una sesión así. Sabía que las cosquillas, cuando eran tan intensas, dejaban una especie de resaca sensorial que tardaba en disiparse.

Después de un par de minutos, Natalia movió la cabeza. Giró el rostro hacia un lado, apoyando la mejilla en la almohadilla. Abrió los ojos. Vio a Diego de pie, a un metro de distancia, con los brazos cruzados y una expresión que ya no era cruel, sino serena. Casi maternal. La expresión que ponía cuando sabía que había llegado el momento de parar.

—¿Estás bien? —preguntó Diego.

—Sí —respondió Natalia, con la voz ronca—. Creo que sí.

—¿Puedes levantarte?

—Dame un minuto.

Diego esperó. Natalia respiró hondo. Luego, con un esfuerzo visible, se incorporó. Se sentó en el borde de la camilla. La sábana se deslizó y cayó al suelo. Se quedó ahí, sentada, con el torso descubierto, la piel enrojecida por el esfuerzo, el abdomen todavía contrayéndose en espasmos leves. No sentía vergüenza. Diego la había visto así mil veces. Era su mejor amigo. No había secretos entre ellos. Bueno, casi ninguno.

Diego tomó su top del respaldo de una silla y se lo alcanzó. Natalia lo tomó. Se lo puso. Se ajustó las tiras. Se pasó los dedos por el cabello, tratando de ordenarlo. No lo logró. Se quedó ahí, sentada en la camilla, con el cabello revuelto, el rostro todavía húmedo, y una expresión que Diego no le había visto antes. Una expresión de cansancio profundo. De algo más que agotamiento físico.

—Ven —dijo Diego, tendiéndole la mano—. Vamos al balcón.

Natalia tomó su mano. Se levantó. Sintió las piernas temblorosas. Pero pudo caminar. Diego la guió por un pasillo corto hasta una puerta de vidrio que daba a un balcón pequeño. Afuera, el sol de la tarde empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Había dos sillas de mimbre y una mesa baja. Diego la invitó a sentarse. Ella lo hizo. Él fue a la cocina, volvió con una botella de vino tinto y dos copas. Sirvió. Le entregó una a Natalia.

—Toma —dijo—. Te va a ayudar a relajarte.

Natalia tomó la copa. Bebió un sorbo. El vino le calentó la garganta. Le supo bien. Mejor de lo que esperaba. Se recostó en la silla. Miró el cielo. Diego se sentó a su lado. Bebió de su copa. Se quedaron en silencio un rato. Un silencio cómodo. Un silencio que no necesitaba palabras.

Luego, Diego habló.

—¿Qué pasó, Nat?

Natalia no respondió de inmediato. Siguió mirando el cielo. Bebió otro sorbo. Luego dejó la copa sobre la mesa. Se abrazó a sí misma. Como si tuviera frío. Pero no tenía frío.

—Me contactaron —dijo, finalmente—. De un estudio. De contenido para adultos. De cosquillas. Me ofrecieron una sesión. Al principio era solo una evaluación. Pero luego me propusieron algo más. Una sesión completa. Profesional. Grabada.

Diego la miró. No dijo nada. Solo escuchó.

—Acepté —continuó Natalia—. Pensé que podía manejarlo. Pensé que era una oportunidad. Pensé que podía controlarlo. Pero no pude. La sesión fue… intensa. Muy intensa. Me llevaron al límite. Y ahora… ahora quieren más. Quieren hacer un video. Extremadamente sádico. Me ofrecieron una cantidad de dinero que no puedo ignorar. Es más de lo que ganaría en un año como entrenadora personal. Mucho más. Pero no sé si puedo hacerlo. No sé si quiero. No sé si debería.

Diego se quedó en silencio. Bebió de su copa. La dejó sobre la mesa. Se recostó en la silla. Miró el cielo. El sol ya casi se había puesto. Las primeras estrellas empezaban a aparecer.

—¿Y qué es lo que te detiene? —preguntó, finalmente.

—El miedo —respondió Natalia, sin dudar—. Miedo de lo que van a hacerme. Miedo de lo que voy a sentir. Miedo de que no pueda controlarlo. Miedo de que, una vez que lo haga, no haya vuelta atrás.

—¿Y el dinero?

—El dinero es… mucho. Es la solución a muchos problemas. Podría dejar de preocuparme por el alquiler. Podría dejar de aceptar clientes que no quiero. Podría tomarme un tiempo. Podría… respirar.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Natalia la miró. Diego la miró también. Sus ojos, siempre cálidos, ahora eran serios. Analíticos. Pero no juzgaban. Solo esperaban.

—El problema es que no sé si voy a poder mirarme al espejo después —dijo Natalia, con la voz quebrada—. No sé si voy a poder seguir siendo yo. No sé si voy a poder seguir siendo la Natalia que conoces. La que entrena. La que ríe. La que tiene el control. No sé si esto me va a romper. Y no sé si voy a poder arreglarme después.

Diego asintió lentamente. No dijo nada. Solo la miró. Luego, extendió la mano y tomó la de ella. Se la apretó. No con fuerza. Solo lo suficiente para que ella supiera que estaba ahí.

—Nat —dijo, en voz baja—. No puedo decirte qué hacer. No puedo decirte si es una buena idea o una mala idea. Pero sí puedo decirte algo. Lo que decidas, lo que hagas, lo que pase… aquí voy a estar. No importa lo que hagas. No importa lo que te hagan. No importa cuánto dinero ganes o dejes de ganar. Aquí voy a estar. Siempre.

Natalia lo miró. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No las derramó. Solo las dejó ahí, brillando en la luz del crepúsculo. Luego, apretó la mano de Diego. Y sonrió. Una sonrisa pequeña. Una sonrisa de agradecimiento. Una sonrisa de alguien que, a pesar de todo, no está sola.

—Gracias —dijo.

—No hay nada que agradecer —respondió Diego—. Es lo que hacen los amigos.

Se quedaron ahí, en el balcón, tomados de la mano, mientras el sol terminaba de ponerse y la noche caía sobre Medellín. El vino se acabó. Las estrellas salieron. Y por primera vez en días, Natalia sintió que podía respirar.

Natalia se despidió de Diego con un abrazo. Un abrazo largo. De esos que no necesitan palabras. Luego caminó hasta su carro, se sentó al volante, y manejó hasta su apartamento. El camino le resultó familiar. Las calles, los semáforos, los edificios. Todo igual. Todo distinto. Llegó, parqueó, subió. Abrió la puerta. El silencio ya no le pesó tanto. Se duchó. Se puso ropa cómoda. Cenó algo ligero. Y durmió. Durmió de verdad.

Los días siguientes recuperó su rutina. Se levantó temprano. Entrenó. Desayunó. Atendió a sus clientes. Entrenadora personal. Fisioterapeuta. Creadora de contenido. Volvió a grabar videos para TikTok. Volvió a publicar en Instagram. Volvió a responder mensajes de marcas y seguidores. Su comunidad la recibió con cariño. Nadie mencionó nada raro. Nadie pareció notar nada diferente. Natalia sonreía en los videos. Explicaba rutinas de ejercicios. Mostraba recetas saludables. Daba consejos de recuperación. Promocionaba leggings, proteínas, bandas de resistencia. Era la misma Natalia de siempre. La entrenadora fitness de mirada segura. La que imponía respeto y admiración.

Pero algo había cambiado. No en su apariencia. No en su rutina. En su interior. Una pregunta que seguía ahí. Una decisión que seguía pendiente. Tres semanas después, llegó el mensaje.

Era de Alejandro. Corto. Directo.

«Natalia, ha pasado mucho tiempo. Necesitamos saber si vas a participar o no. El proyecto sigue en pie. La oferta sigue en pie. Esperamos tu respuesta.»

Natalia leyó el mensaje. Lo leyó dos veces. Tres veces. Luego dejó el teléfono sobre la mesa. Se quedó mirando la pantalla. No sintió pánico. No sintió ansiedad. Solo una calma extraña. Una calma fría. Como si ya supiera lo que iba a hacer, pero necesitara confirmarlo.

Escribió de vuelta: «Necesito un día más. Mañana les respondo.»

La respuesta llegó en segundos: «Tienes un día. Mañana a esta hora esperamos tu respuesta.»

Natalia dejó el teléfono. Se levantó. Fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua. Se sentó en el sofá. Y se quedó ahí. Con la cabeza fría. Sin emociones. Sin ruido. Solo ella. Y la decisión.

Esa noche, se sentó frente a la ventana. La ciudad brillaba abajo. Las luces, los carros, la gente. Todo seguía. Todo indiferente. Natalia miró sus pies. Descalzos sobre el piso frío. Los movió. Los flexionó. Los sintió. Eran sus pies. Los mismos que la habían llevado a tantos lugares. Los mismos que habían soportado tantas sesiones. Los mismos que eran su punto más vulnerable.

Pensó en el dinero. La cifra que le habían ofrecido. Era más de lo que ganaría en un año como entrenadora personal. Mucho más. Podría pagar el arriendo sin preocuparse. Podría dejar de aceptar clientes que no quería. Podría tomarme un tiempo. Podría respirar.

Pensó en la sesión. La que ya había tenido. La evaluación. Recordó lo que sintió. La pérdida de control. La intensidad. La sobrecarga. Recordó cómo su cuerpo había reaccionado. Cómo se había retorcido. Cómo había suplicado. Cómo había reído hasta que le dolió el abdomen. Y recordó cómo, al final, después de todo, había salido del estudio por su propio pie. Había vuelto a casa. Había sobrevivido. No había sido tan terrible. Había sido… intenso.

Pensó en el video. El que le habían propuesto. Extremadamente sádico. Eso fue lo que le dijeron. Extremadamente sádico. ¿Qué significaba eso? ¿Más cosquillas? ¿Más tiempo? ¿Más herramientas? ¿Más personas? No lo sabía. Pero podía imaginarlo. Y lo que imaginaba no la asustaba. La intrigaba. La desafiaba.

Pensó en Diego. En lo que le había dicho. «Aquí voy a estar. No importa lo que hagas.» Eso le daba tranquilidad. Sabía que no estaba sola. Sabía que, pasara lo que pasara, tenía un lugar donde volver. Un amigo. Un refugio. Una persona que la conocía y la aceptaba.

Pensó en su madre. En lo que pensaría si supiera. En lo que pensaría de ella. En lo que pensaría de su hija, la entrenadora fitness, la fisioterapeuta, la creadora de contenido, la mujer que había aceptado grabar un video de tortura de cosquillas por dinero. Su madre no lo entendería. Pero su madre no tenía que saberlo. Nadie tenía que saberlo. Solo ella. Y Diego. Y Alejandro. Y Martha. Y quienquiera que viera el video. Pero el video no tenía su nombre. No tenía su rostro. No tenía su identidad. Era solo un cuerpo. Un cuerpo que reía. Un cuerpo que se retorcía. Un cuerpo que suplicaba. No era ella. Era una actuación. Una performance. Una transacción comercial.

Pensó en el futuro. En lo que haría con el dinero. En cómo cambiaría su vida. En cómo podría usar esa experiencia. Podría escribir sobre ello. Podría hablar de ello. Podría convertirlo en parte de su marca. La mujer que exploró sus límites. La mujer que no tuvo miedo. La mujer que se atrevió. O podría no hablar de ello nunca. Podría guardarlo en un cajón. Podría hacerlo, cobrar, y seguir adelante. Como si nada. Como si nunca hubiera pasado.

Pensó en el dolor. En la incomodidad. En la humillación. En todo lo que había sentido en la sesión. No quería sentirlo otra vez. Pero también sabía que el dolor era temporal. La incomodidad también. La humillación también. Todo era temporal. Todo pasaba. Y lo que quedaba, al final, era el dinero. La libertad. La posibilidad de respirar.

Pensó en su cuerpo. En lo que había soportado. En lo que podía soportar. Era fuerte. Era resistente. Era flexible. Era un cuerpo entrenado. Un cuerpo que había sido llevado al límite muchas veces. Un cuerpo que siempre había vuelto. Un cuerpo que siempre había sobrevivido. ¿Por qué esta vez sería diferente? ¿Por qué esta vez no podría soportarlo? No había razón. No había razón para pensar que no podría. Había soportado la evaluación. Había soportado la sesión completa. Había soportado todo lo que le habían hecho. ¿Qué era un video más? ¿Qué era una sesión más?

Pensó en el control. En lo que significaba. Controlar no era evitar la vulnerabilidad. Controlar era decidir cómo ser vulnerable. Decidir cuándo. Decidir dónde. Decidir con quién. Ella había decidido ir al estudio. Había decidido aceptar la evaluación. Había decidido aceptar la sesión completa. Y ahora, podía decidir aceptar el video. O no. Era su decisión. Su cuerpo. Su vida. Su dinero. Su futuro. Nadie podía decidir por ella. Solo ella.

Pensó en el miedo. En lo que le decía. «No lo hagas. Es peligroso. Es humillante. Es degradante.» Pero el miedo siempre decía eso. El miedo siempre quería protegerla. El miedo siempre quería mantenerla a salvo. Pero a veces, el miedo se equivocaba. A veces, el miedo impedía crecer. Impedía explorar. Impedía vivir. Y Natalia no quería vivir con miedo. Quería vivir con curiosidad. Con valentía. Con decisión.

Pensó en la oferta. En lo que significaba. Alguien había visto algo en ella. Alguien había visto su potencial. Alguien había pensado que valía la pena. Que su reacción era valiosa. Que su vulnerabilidad era un producto. Y eso, de alguna manera, era halagador. Era un reconocimiento. Era una validación. No de su cuerpo. No de su belleza. Sino de su autenticidad. De su capacidad de reaccionar. De su humanidad.

Pensó en lo que diría la gente. En lo que pensarían. En lo que murmurarían. Pero luego pensó que no importaba. La gente siempre habla. La gente siempre juzga. La gente siempre tiene opiniones. Pero la gente no vive su vida. La gente no paga su arriendo. La gente no sabe lo que es estar en su lugar. La gente no importa. Solo ella importa. Solo su vida importa. Solo su decisión importa.

Pensó en el mañana. En el momento en que tendría que responder. En el momento en que tendría que decir sí o no. Y se dio cuenta de que ya sabía la respuesta. Lo supo desde el momento en que leyó el mensaje. Lo supo desde el momento en que pidió un día más. Lo supo desde el momento en que se sentó frente a la ventana. La respuesta era sí. No por el dinero. Aunque el dinero era importante. No por la fama. Aunque la fama era un efecto secundario. No por la validación. Aunque la validación era agradable. La respuesta era sí porque ella quería. Porque quería saber. Porque quería explorar. Porque quería vivir. Porque quería sentir. Porque quería reír. Porque quería llorar. Porque quería retorcerse. Porque quería suplicar. Porque quería perder el control. Porque quería recuperarlo. Porque quería, al final, poder decir que lo había hecho. Que había cruzado la línea. Que había sobrevivido. Que había vivido.

Se levantó. Fue a la cama. Se acostó. Miró el techo. Y sonrió. Una sonrisa pequeña. Una sonrisa de alguien que ha tomado una decisión. Una decisión que no será fácil. Una decisión que tendrá consecuencias. Pero una decisión que es suya. Solo suya. Y eso, por ahora, era suficiente.

Cerró los ojos. Y durmió. Durmió profundamente. Sin sueños. Sin pesadillas. Solo el descanso de alguien que, después de mucho tiempo, ha encontrado un poco de claridad.

Al día siguiente, se levantó. Se vistió. Se preparó un café. Y se sentó frente a la ventana. El teléfono estaba sobre la mesa. La respuesta estaba en su cabeza. Solo tenía que escribirla. Solo tenía que enviarla. Solo tenía que decir sí.

Pero todavía no. Todavía no. Primero, un café. Primero, un momento de calma. Primero, respirar. Luego, la respuesta. Luego, el resto de su vida.

A la mañana siguiente, Natalia se sentó frente a la ventana con el café en la mano. El teléfono seguía sobre la mesa. La respuesta seguía en su cabeza. Solo tenía que escribirla. Solo tenía que enviarla. Y lo hizo.

Escribió un mensaje corto a Alejandro: «Acepto. ¿Cuáles son las condiciones y dónde sería la grabación?»

La respuesta llegó en minutos. Alejandro le envió un documento adjunto. Un contrato. Extenso. Detallado. Natalia lo abrió. Lo leyó. De principio a fin. Sin saltarse nada. Sin buscar excusas. Sin hacerse la tonta. Cada cláusula. Cada párrafo. Cada palabra.

El documento decía lo siguiente:

1. Vestimenta: La modelo deberá presentarse en bikini. La sesión se grabará en su totalidad con esta vestimenta. No se permitirá ropa adicional. No se permitirá modificación alguna.

2. Inmovilización: La modelo será atada de pies y manos. Se utilizarán cepos acolchados para tobillos y muñecas. Se utilizarán correas de sujeción adicionales para cintura, torso y frente. La modelo estará completamente inmovilizada. No podrá moverse. No podrá escapar. No podrá cubrirse.

3. Bondage: Se aplicarán técnicas de bondage estético y funcional. Cuerdas suaves. Nudos seguros. Ataduras que no dejarán marcas permanentes pero que garantizarán la inmovilidad total. La modelo será expuesta en diferentes posiciones. Boca arriba. Boca abajo. De lado. Con los pies elevados. Con el torso arqueado. Cada posición será mantenida durante el tiempo que el director considere necesario.

4. Tortura con elementos: Se utilizarán múltiples elementos para la estimulación. Cepillos de cerdas naturales. Cepillos de cerdas duras. Peines de metal. Plumas de aves. Pinceles de maquillaje. Uñas postizas. Guantes de texturas variadas. Vibradores de baja y alta frecuencia. Aceites aromáticos. Cremas de masaje. Lociones. Polvos. Todo lo que el director considere necesario para maximizar la reacción.

5. Tortura con animales: Se utilizarán animales entrenados para la estimulación. Gatos. Perros. Cabras. Terneros. Los animales serán introducidos en la sesión para lamer, rozar, y estimular las zonas más sensibles del cuerpo de la modelo. Los animales estarán bajo supervisión de un entrenador profesional. La modelo será informada de los animales que participarán en cada fase.

6. Duración: La sesión tendrá una duración mínima de seis horas. Podrá extenderse si el director lo considera necesario. No habrá pausas programadas. Las pausas serán a discreción del director.

7. Derechos: La modelo cede todos los derechos de imagen, audio y video. El material podrá ser editado, distribuido y vendido sin aprobación de la modelo. La modelo no recibirá regalías adicionales. La modelo no podrá reclamar derechos sobre el material.

8. Confidencialidad: La modelo se compromete a no divulgar los detalles de la sesión. La modelo se compromete a no hablar públicamente del contenido. La modelo se compromete a no revelar su identidad en relación con el material.

9. Compensación: La modelo recibirá la suma acordada. La suma será pagada en su totalidad al finalizar la sesión. No habrá pagos parciales. No habrá adelantos.

10. Cancelación: Si la modelo cancela después de firmar el contrato, deberá pagar una penalización equivalente al 50% de la suma acordada. Si la modelo abandona la sesión antes de su finalización, no recibirá pago alguno.

Natalia leyó el contrato. Lo leyó dos veces. Tres veces. Luego dejó el teléfono sobre la mesa. Se quedó mirando la pantalla. No sintió pánico. No sintió ansiedad. Solo una calma extraña. Una calma fría. Como si ya supiera lo que iba a hacer, pero necesitara confirmarlo.

Las condiciones eran extremas. Bikini. Ataduras. Cepos. Bondage. Animales. Seis horas. Sin pausas. Sin control. Sin derechos. Sin escape. Era todo lo que había temido. Todo lo que había imaginado. Todo lo que había soñado. Y el dinero. El dinero era más de lo que ganaría en un año. Mucho más. Podría pagar el arriendo sin preocuparse. Podría dejar de aceptar clientes que no quería. Podría tomarme un tiempo. Podría respirar.

Pensó en el bikini. En su cuerpo expuesto. En cada curva. En cada músculo. En cada punto débil. Todos a la vista. Todos accesibles. Todos vulnerables. Nadie podría verla y no saber exactamente dónde estaba su punto más sensible. Su cuerpo sería un mapa. Un mapa que cualquiera podría leer.

Pensó en las ataduras. En los cepos. En el bondage. En la inmovilidad total. No podría moverse. No podría escapar. No podría cubrirse. Estaría completamente a merced de quienes la torturaran. Sin control. Sin defensa. Sin salida. Solo podría reír. Solo podría llorar. Solo podría suplicar. Y nadie tendría por qué escucharla.

Pensó en los animales. En los gatos. En los perros. En las cabras. En los terneros. En sus lenguas ásperas. En sus hocicos húmedos. En sus patas inquietas. En sus cuerpos grandes y cálidos. Estimulando su piel. Sus plantas. Su abdomen. Sus costillas. Cada zona. Cada punto. Cada terminación nerviosa. Los animales no entenderían. No sabrían que le hacían daño. Solo sabrían que lamían. Que rozaban. Que exploraban. Y ella no podría hacer nada. Solo reír. Solo llorar. Solo suplicar.

Pensó en la duración. Seis horas. Sin pausas. Sin descanso. Sin agua. Sin comida. Seis horas de tortura. Seis horas de cosquillas. Seis horas de risa. Seis horas de lágrimas. Seis horas de suplicas. Seis horas de descontrol. Seis horas que se sentirían como una eternidad.

Pensó en los derechos. En la cesión total. En la edición. En la distribución. En la venta. Sin su aprobación. Sin su control. Sin su consentimiento. Su cuerpo. Su risa. Su vulnerabilidad. Todo sería propiedad de otros. Todo sería un producto. Todo sería vendido. Todo sería consumido.

Pensó en la confidencialidad. En el silencio. En el secreto. En la imposibilidad de hablar. De contar. De compartir. De denunciar. Todo quedaría entre ella y el estudio. Nadie más sabría. Nadie más entendería. Nadie más podría ayudarla.

Pensó en la penalización. En la cancelación. En el 50%. En la pérdida. En el compromiso. Una vez firmado, no habría vuelta atrás. Una vez firmado, sería suyo. Una vez firmado, sería real.

Y aun así, no se echó atrás.

Escribió de vuelta a Alejandro: «Entendido. ¿Dónde sería la grabación y cuándo?»

La respuesta llegó en segundos: «La grabación será en nuestro estudio principal. Dirección exacta te la enviaremos al confirmar. La fecha tentativa es el próximo sábado. Si aceptas, te enviaremos el contrato para firma digital. Una vez firmado, recibirás todos los detalles.»

Natalia leyó el mensaje. Dejó el teléfono sobre la mesa. Se quedó mirando la pantalla. Luego se levantó. Fue a la cocina. Se sirvió otro café. Se sentó en el sofá. Y se quedó ahí. Con la cabeza fría. Sin emociones. Sin ruido. Solo ella. Y la decisión.

La decisión ya estaba tomada. No había vuelta atrás. El dinero era demasiado. La oportunidad era demasiada. La curiosidad era demasiada. Todo era demasiado. Pero no podía decir que no. No quería decir que no. Quería decir que sí. Quería saber. Quería sentir. Quería vivir.

Esa noche, se sentó frente a la ventana. La ciudad brillaba abajo. Las luces, los carros, la gente. Todo seguía. Todo indiferente. Natalia miró sus pies. Descalzos sobre el piso frío. Los movió. Los flexionó. Los sintió. Eran sus pies. Los mismos que la habían llevado a tantos lugares. Los mismos que habían soportado tantas sesiones. Los mismos que eran su punto más vulnerable.

Pensó en lo que venía. En el bikini. En las ataduras. En los cepos. En el bondage. En los animales. En las seis horas. En la cesión de derechos. En la confidencialidad. En la penalización. Todo era extremo. Todo era cruel. Todo era sádico. Y aun así, no se echó atrás.

Se levantó. Fue a la cama. Se acostó. Miró el techo. Y sonrió. Una sonrisa pequeña. Una sonrisa de alguien que ha tomado una decisión. Una decisión que no será fácil. Una decisión que tendrá consecuencias. Pero una decisión que es suya. Solo suya. Y eso, por ahora, era suficiente.

Cerró los ojos. Y durmió. Durmió profundamente. Sin sueños. Sin pesadillas. Solo el descanso de alguien que, después de mucho tiempo, ha encontrado un poco de claridad.

Al día siguiente, se levantó. Se vistió. Se preparó un café. Y se sentó frente a la ventana. El teléfono estaba sobre la mesa. La respuesta estaba en su cabeza. Solo tenía que escribirla. Solo tenía que enviarla. Solo tenía que decir sí.

Y lo hizo.

Pasaron dos días. Natalia siguió con su rutina. Entrenó. Atendió clientes. Grabó videos. Publicó contenido. Sonrió para las cámaras. Respondió mensajes de marcas. Promocionó leggings, proteínas, bandas de resistencia. Era la misma Natalia de siempre. La entrenadora fitness de mirada segura. La que imponía respeto y admiración. Pero por dentro, había una cuenta regresiva. Un reloj que avanzaba. Un sábado que se acercaba.

La tarde del jueves, recibió el mensaje. No era de Alejandro. Era de una cuenta genérica. Sin nombre. Sin foto. Solo el texto:

«Cambio de planes. La grabación se hará en una finca a las afueras de Medellín, vía Rionegro. Te esperamos el sábado a las 10:00 a.m. Dirección exacta: [dirección]. No llegues tarde.»

Natalia leyó el mensaje. Lo leyó dos veces. Tres veces. Luego dejó el teléfono sobre la mesa. La finca. Las afueras. Vía Rionegro. Un lugar apartado. Un lugar sin vecinos. Un lugar donde nadie podría escucharla. Un lugar donde nadie podría ayudarla. Un lugar donde estaría completamente sola. Bueno, no sola. Con ellos. Con Alejandro. Con Martha. Con los animales. Con las herramientas. Con las seis horas. Con la tortura.

Pensó en responder. En preguntar. En pedir más detalles. Pero luego pensó que no importaba. Ya había aceptado. Ya había firmado. Ya había cedido todos los derechos. Ya no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar. Solo quedaba prepararse. Solo quedaba ir.

El viernes lo dedicó a prepararse. No entrenó. No atendió clientes. No grabó videos. Se quedó en su apartamento. Descansó. Comió bien. Se hidrató. Durmió una siesta larga. Quería estar fuerte. Quería estar lista. Quería estar preparada para lo que viniera.

El sábado por la mañana, se levantó temprano. Se duchó. Se puso ropa cómoda. Unos leggins negros de tejido suave que se moldeaban a sus piernas como una segunda piel. Una camiseta deportiva de manga corta, también negra, que ceñía su torso y dejaba al descubierto sus brazos y la parte superior del pecho. Unas medias tobilleras grises. Unos tenis blancos. Sencillo. Práctico. Nada llamativo. Nada que atrajera atención. Solo lo necesario.

Preparó un morral. Pequeño. Ligero. Metió lo esencial. Una botella de agua. Una toalla. Un cepillo de dientes. Pasta dental. Desodorante. Una crema hidratante. Un poco de maquillaje. Por si acaso. No sabía si lo necesitaría. No sabía si la grabarían con maquillaje o sin él. No sabía nada. Solo sabía que estaba preparada. Para lo que fuera.

Se miró al espejo. La misma mujer de siempre. Los mismos ojos café avellana. El mismo cabello oscuro y lacio. La misma piel blanca con bronceado saludable. La misma contextura atlética y definida. Pero algo había cambiado. No en su apariencia. No en su rostro. En sus ojos. Había una determinación nueva. Una calma nueva. Una aceptación nueva.

Agarró las llaves. Agarró el morral. Salió del apartamento. Cerró la puerta con llave. Caminó hasta el parqueadero. Abrió el carro. Se sentó al volante. Puso el morral en el asiento del copiloto. Cerró la puerta. Ajustó el espejo retrovisor. Se puso el cinturón. Respiró hondo. Y arrancó.

El carro salió del parqueadero. Tomó la avenida. Pasó por el centro de Medellín. Las calles estaban tranquilas. Era sábado. La gente dormía. La gente descansaba. La gente no sabía lo que ella estaba a punto de hacer. La gente no sabía adónde iba. La gente no sabía lo que le esperaba. Solo ella lo sabía. Y aun así, seguía adelante.

Tomó la autopista. La vía a Rionegro. Los árboles pasaban a los lados. Las montañas se alzaban en el horizonte. El cielo estaba despejado. El sol brillaba. Hacía calor. Un calor húmedo. Un calor de montaña. Un calor que se pegaba a la piel.

Natalia manejó sin música. Sin aire acondicionado. Sin distracciones. Solo el sonido del motor. Solo el sonido de sus pensamientos. Pensó en lo que venía. En el bikini. En las ataduras. En los cepos. En el bondage. En los animales. En las seis horas. En la tortura. En la risa. En las lágrimas. En las súplicas. En el descontrol. En la pérdida. En la entrega. En todo lo que había aceptado. En todo lo que estaba a punto de vivir.

No sintió miedo. No sintió ansiedad. Solo una calma extraña. Una calma fría. Como si ya supiera lo que iba a pasar. Como si ya lo hubiera vivido. Como si fuera inevitable. Como si fuera su destino.

El carro siguió avanzando. Las afueras de Medellín quedaron atrás. Los edificios se convirtieron en casas. Las casas se convirtieron en fincas. Las fincas se convirtieron en montañas. El paisaje se volvió verde. Se volvió amplio. Se volvió solitario. Cada vez menos gente. Cada vez menos carros. Cada vez menos ruido. Solo el motor. Solo el viento. Solo ella.

Natalia miró el reloj. Las 9:30 a.m. Faltaban treinta minutos. Treinta minutos para llegar. Treinta minutos para que empezara todo. Treinta minutos para que su vida cambiara. O no. Quizás no cambiaría. Quizás solo sería una experiencia más. Una anécdota. Una historia para contar. O no contar. Dependía de ella. Dependía de lo que pasara. Dependía de lo que decidiera después.

Siguió manejando. La carretera se volvió más estrecha. Más sinuosa. Más solitaria. Los árboles se cerraron sobre el camino. La sombra cubrió el carro. El sol quedó atrás. El aire se volvió más fresco. Más húmedo. Más denso. Natalia bajó la ventana. Dejó que el aire le golpeara el rostro. Cerró los ojos un segundo. Solo un segundo. Y luego los abrió. Y siguió adelante.

El carro avanzó por un camino de tierra. Las llantas crujieron sobre la grava. La finca apareció al final del camino. Una casona antigua. De paredes blancas. De tejas rojas. De ventanas grandes. De árboles frutales. De jardines amplios. De silencio. De soledad. De secretos.

Natalia detuvo el carro. Apagó el motor. Se quedó sentada al volante. Miró la finca. Miró la puerta. Miró las ventanas. No vio a nadie. No escuchó nada. Solo el viento. Solo los pájaros. Solo su propio corazón latiendo en sus oídos.

Respiró hondo. Tomó el morral. Abrió la puerta. Se bajó. Cerró el carro con llave. Y caminó hacia la entrada.

Marta se acercó a Natalia. Su rostro ya no tenía la amabilidad de la primera vez. Ahora era serio. Profesional. Distante.

—Acompáñame —dijo—. Te vas a cambiar.

Natalia la siguió. Caminaron juntas hacia lo que parecía un camerino improvisado. Una habitación pequeña, con una cama de metal y un baño diminuto. Una ventana con cortinas cerradas. Una luz tenue. Un espejo. Nada más.

—Aquí tienes —dijo Marta, dejando una bolsa sobre la cama—. El bikini. Te espero afuera.

Salió. Cerró la puerta. Natalia se quedó sola. Miró la bolsa. La abrió. Sacó el bikini. Dos piezas. Negras. Pequeñas. Mínimas. No era un bikini de playa. Era un bikini de trabajo. Un uniforme.

Se quitó la ropa. La camiseta. Los leggins. Las medias. Los tenis. La ropa interior. Quedó desnuda frente al espejo. Se miró. Su cuerpo. Su contextura atlética. Sus músculos definidos. Su piel bronceada. Sus cicatrices. Sus marcas. Todo ahí. Todo expuesto. Todo visible.

Se puso el bikini. La parte de abajo. La parte de arriba. Ajustó las tiras. Se miró de nuevo. El bikini apenas cubría lo esencial. Dejaba al descubierto su abdomen. Sus costillas. Sus piernas. Sus brazos. Su espalda. Todo lo que importaba. Todo lo que iban a torturar.

Luego, descalza, se puso unas pantuflas de peluche. Blancas. Suaves. Absurdas. Un contraste grotesco con lo que estaba a punto de pasar. Se puso una bata encima. De algodón. Ligera. Y salió de la habitación.

Marta la esperaba afuera. Con los brazos cruzados. Sin expresión.

—Vamos —dijo.

Caminaron juntas de vuelta al set. En silencio. Solo el sonido de las pantuflas de Natalia sobre la grava. Solo el viento. Solo los pájaros. Solo el ladrido lejano de un perro.

Al llegar al set, Alejandro estaba de pie junto a la camilla. Carlos revisaba las correas. Sofía acomodaba las herramientas. Martha verificaba la cámara. Todo listo. Todo en su lugar.

Alejandro la vio llegar. La miró de arriba abajo. Sin disimulo. Sin sonrisa. Solo una evaluación. Un cálculo. Un inventario.

—Bien —dijo—. Vamos a iniciar con la sesión en la camilla. Quítate la bata. Te sientas en la camilla. Te quitas las pantuflas. Y te acuestas boca abajo. Carlos asegurará las correas y los cepos.

Natalia lo miró. No dijo nada. No protestó. No preguntó. Solo obedeció.

Se quitó la bata. La dejó caer al suelo. Quedó en bikini. Frente a todos. Frente a las cámaras. Frente a los desconocidos. Su cuerpo expuesto. Su vulnerabilidad expuesta. Sus puntos débiles expuestos. Todo a la vista. Todo accesible. Todo listo para ser torturado.

Caminó hasta la camilla. Se sentó en el borde. Se quitó las pantuflas. Las dejó a un lado. Sintió el aire fresco del campo en sus pies descalzos. Sintió la piel de sus plantas. Sintió el latido de su corazón en cada terminación nerviosa. Luego, se acostó boca abajo.

La camilla estaba fría. El acolchado era firme. Su cuerpo se hundió ligeramente. Su abdomen presionó contra la superficie. Sus pechos también. Sus mejillas también. No podía ver nada. Solo la almohadilla. Solo la oscuridad. Solo el sonido de sus propios pensamientos.

Carlos se acercó. Sin decir palabra. Sus manos grandes y ásperas tomaron su tobillo derecho. Lo colocó en el cepo. Cerró. El metal frío contra su piel. Luego el izquierdo. Mismo proceso. Luego sus muñecas. Las llevó a los lados. Las aseguró. Luego una correa ancha sobre su cintura. Luego otra sobre sus hombros. Luego otra sobre su frente. Su cabeza quedó fija. No podía girarla. No podía levantarla. Solo podía mirar hacia abajo. Solo podía esperar.

Carlos revisó cada cierre. Cada correa. Cada cepo. Apretó. Ajustó. Verificó. Luego se alejó. Sin decir nada. Sin mirarla. Solo un técnico haciendo su trabajo.

Alejandro se acercó. Se quedó de pie junto a la camilla. La miró. Ella no podía verlo. Pero sentía su presencia. Su sombra. Su respiración.

—Bien —dijo Alejandro—. Empezamos.

Natalia cerró los ojos. Y esperó.

—Bien —dijo Alejandro—. Iniciamos. Acción.

No hubo cuenta regresiva. No hubo advertencia. No hubo nada.

Natalia sintió el ataque antes de poder procesarlo. Uñas. Diez uñas. Dos pares de manos. Marta y Sofía. Coordinadas. Precisas. Sin piedad.

Las uñas de Marta encontraron sus costillas. Las de Sofía, sus piernas. Sus muslos internos. Sus pantorrillas. Sus rodillas. Sus tobillos. Cada zona que había mencionado en la evaluación. Cada punto que había descrito como vulnerable. Cada lugar donde sabía que no podría resistir.

El ataque fue inmediato. Simultáneo. Brutal.

Natalia estalló. Una carcajada alta. Estridente. Involuntaria. Salió de su garganta antes de que pudiera siquiera pensar en contenerla. Su cuerpo se convulsionó sobre la camilla. Los cepos crujieron. Las correas tiraron. No podía moverse. No podía escapar. No podía hacer nada más que reír.

—¡NOOOOO! —gritó, entre carcajadas—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO!

Pero no suplicó. No dijo «por favor». No dijo «paren». No dijo «basta». Solo dijo «no». Una y otra vez. «No». «No». «No». Mientras reía. Mientras se retorcía. Mientras las uñas de Marta y Sofía recorrían cada centímetro de su piel.

Las uñas de Marta subían y bajaban por sus costillas. Trazaban líneas rápidas. Círculos pequeños. Espirales. Se detenían en los espacios entre cada costilla. Presionaban. Vibraban. Luego seguían. Luego bajaban. Luego subían. Sin tregua. Sin descanso. Sin piedad.

Las uñas de Sofía hacían lo mismo en sus piernas. Recorrían sus muslos internos. Sus pantorrillas. Sus rodillas. Sus tobillos. Se detenían en los puntos más sensibles. Justo detrás de la rodilla. Justo en el hueco del tobillo. Justo donde la piel es más fina. Más delicada. Más vulnerable. Luego seguían. Luego volvían. Luego subían. Luego bajaban.

Natalia reía. Reía sin parar. Reía hasta que le dolía el abdomen. Reía hasta que le faltaba el aire. Reía hasta que las lágrimas le corrían por las mejillas y le mojaban la almohadilla. Sus puños, atrapados en los cepos, se cerraban y se abrían. Sus pies, también atrapados, se estiraban y se encogían. Su cuerpo entero era un espasmo. Un espasmo de risa. Un espasmo de descontrol. Un espasmo de pura vulnerabilidad.

—¡NOOOOO! ¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO!

No suplicaba. No pedía clemencia. Solo negaba. Como si negar pudiera hacer que parara. Como si negar pudiera hacer que las uñas desaparecieran. Como si negar pudiera devolverle el control. Pero no lo hacía. Las uñas seguían ahí. Las manos seguían ahí. La risa seguía ahí. Y ella seguía ahí. Atrapada. Expuesta. Torturada.

Marta y Sofía no hablaban. No se miraban. Solo trabajaban. Sus uñas se movían en perfecta sincronía. Como si hubieran hecho esto cientos de veces. Como si Natalia no fuera la primera. Como si Natalia no fuera la última. Solo un cuerpo más. Solo una reacción más. Solo una grabación más.

Alejandro observaba. De pie. Con los brazos cruzados. Sin expresión. Solo mirando. Solo evaluando. Solo esperando. Esperando a que Natalia se quebrara. Esperando a que suplicara. Esperando a que hiciera algo más que decir «no».

Pero Natalia no suplicó. No esa vez. Solo rio. Solo negó. Solo se retorció. Y las uñas siguieron. Y la risa siguió. Y el tiempo siguió. Y nadie paró.

Natalia estaba acostada boca abajo. Los brazos estirados hacia arriba, por encima de la cabeza, con las muñecas atrapadas en los cepos. Las axilas completamente expuestas. Los pies estirados hacia abajo, con los tobillos sujetos, las plantas desnudas, vulnerables, accesibles. Sus dos puntos más sensibles. Sus dos mayores debilidades. Expuestos. Sin protección. Sin defensa.

Sofía y Marta trabajaban siguiendo un guion. Lo sabían de memoria. Lo habían hecho antes. Muchas veces. Con otras modelos. Con otros cuerpos. Con otras risas. Pero cada cuerpo era diferente. Cada reacción era diferente. Y el de Natalia era excepcional. Lo sabían. Lo habían visto en la evaluación. Lo estaban comprobando ahora.

Marta se concentró en las costillas. Sus uñas recorrían cada espacio intercostal. Subían. Bajaban. Se detenían. Presionaban. Vibraban. Luego seguían. Luego volvían. Sin prisa. Sin pausa. Metódica. Precisa. Cruel.

Las costillas de Natalia respondían. Cada roce era una descarga. Cada descarga era una carcajada. Cada carcajada era un espasmo. Su torso se arqueaba contra la camilla. Sus músculos se contraían. Su respiración se entrecortaba. Pero no podía moverse. No podía escapar. Solo podía reír.

Sofía se concentró en la cintura. Luego en las caderas. Luego en las nalgas. Sus uñas trazaban líneas lentas. Círculos. Espirales. Se detenían en los puntos más sensibles. Justo donde la piel se une con el muslo. Justo donde el nervio está más expuesto. Justo donde la sensación es más eléctrica. Luego seguía. Luego bajaba. Luego subía.

Las nalgas de Natalia, firmes y tonificadas por años de sentadillas y peso muerto, eran un territorio nuevo. Un territorio que no había sido evaluado. Un territorio que no había sido mapeado. Y Sofía lo estaba explorando. Con sus uñas. Con sus dedos. Con una precisión que hacía que Natalia saltara con cada contacto. No podía moverse mucho. Los cepos la sujetaban. Pero podía temblar. Podía contraerse. Podía reír.

—¡NOOOOO! ¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO!

Natalia no suplicaba. Solo negaba. Una y otra vez. Como si negar pudiera hacer que parara. Como si negar pudiera cambiar algo. Pero no cambiaba nada. Las uñas seguían. La risa seguía. El descontrol seguía.

Los muslos. Sofía llegó a los muslos. La parte interna. La parte más suave. La parte más sensible. Sus uñas recorrieron cada centímetro. Desde la rodilla hasta la ingle. Desde la ingle hasta la rodilla. Sin tregua. Sin descanso. Sin piedad.

Los muslos de Natalia se contraían. Se estiraban. Se encogían. Sus piernas tiraban de los cepos. Los cepos no cedían. No podía cerrar las piernas. No podía proteger la zona. Solo podía recibir. Solo podía reír. Solo podía negar.

Marta seguía con las costillas. Sofía seguía con los muslos. Y luego, sin previo aviso, cambiaron. Marta bajó a la cintura. Sofía subió a las caderas. Luego Marta a las nalgas. Sofía a la espalda baja. Luego Marta a los muslos. Sofía a las costillas. Un intercambio. Una rotación. Una nueva configuración de cosquillas.

Natalia ya no podía seguir el ritmo. No sabía dónde venía el próximo ataque. No sabía qué parte de su cuerpo sería la siguiente. No sabía nada. Solo sabía que las uñas estaban ahí. En todas partes. En cada punto. En cada terminación nerviosa. Y que no paraban. No paraban. No paraban.

—¡NOOOOO! ¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO!

Su voz se quebraba. Su risa se volvía más ronca. Sus lágrimas mojaban la almohadilla. Su cabello, suelto, se pegaba a su rostro sudoroso. Su cuerpo entero era un espasmo continuo. Un espasmo de risa. Un espasmo de descontrol. Un espasmo de pura vulnerabilidad.

Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la risa, Natalia sintió algo. No placer. No dolor. Algo diferente. Algo que no podía nombrar. Algo que estaba debajo de la superficie. Algo que la hacía reír y llorar al mismo tiempo. Algo que la hacía negar y aceptar al mismo tiempo. Algo que la hacía querer que parara y querer que siguiera al mismo tiempo.

Pero no dijo nada. Solo rio. Solo negó. Solo esperó. Esperó a que las uñas se detuvieran. Esperó a que el guion siguiera. Esperó a que llegara el siguiente punto. El siguiente ataque. La siguiente zona.

Y mientras esperaba, las uñas seguían. Las manos seguían. La risa seguía. Y Natalia seguía ahí. Atrapada. Expuesta. Torturada. Sin poder hacer nada más que reír.

—¡Corten! —ordenó Alejandro.

Marta y Sofía se detuvieron al instante. Sus manos se retiraron. Natalia se quedó ahí, jadeando, con el cuerpo todavía sacudiéndose, el rostro húmedo de lágrimas y sudor, el cabello pegado a las mejillas. La camilla crujía con cada respiración convulsiva. Sus dedos de los pies, todavía atrapados en los cepos, se abrían y cerraban sin control.

Alejandro se acercó. La miró. Sin expresión.

—Bien —dijo—. Ahora vamos a utilizar los elementos.

Natalia no dijo nada. Solo respiró. Solo esperó. Solo cerró los ojos. Sabía que lo peor estaba por venir. Lo había leído en el contrato. Lo había imaginado. Pero imaginarlo no era lo mismo que sentirlo.

Sofía se acercó a la mesa. Tomó el vibrador de punta redonda. El más grande. Diseñado para satisfacer mujeres. Lo sostuvo en la mano. Lo encendió. Un zumbido suave. Constante. Amenazante. Natalia no podía verlo. Solo podía oírlo. Solo podía imaginar lo que venía.

Sofía se colocó detrás de ella. Entre sus piernas. Natalia estaba boca abajo. Los tobillos atrapados. Las piernas ligeramente separadas. Suficiente. Suficiente para que Sofía tuviera acceso. Suficiente para que pudiera hacer lo que quería. Sin obstáculos. Sin resistencia.

Sofía posó el vibrador primero en medio de las nalgas. Sobre el bikini. La tela era fina. El vibrador era potente. La sensación fue inmediata. Natalia sintió el zumbido. Un zumbido profundo. Un zumbido que se filtraba a través de la tela. Un zumbido que no era cosquillas. No exactamente. Era algo más. Algo diferente. Algo que la hizo gemir.

—Mmmhhhh… —escapó de sus labios. Un sonido ahogado. Involuntario.

Sofía no dijo nada. Solo movió el vibrador. Lento. Deliberado. Bajando. Deslizándose sobre la tela del bikini. Desde las nalgas. Hacia abajo. Hacia el centro. Hacia la vajina. El vibrador llegó a su destino. Se posó justo ahí. Sobre la tela. Vibrando. Zumbando. Enviando descargas que no eran de risa. Que no eran de cosquillas. Que eran de otra cosa. Algo que Natalia no quería sentir. Algo que su cuerpo sentía de todas formas.

—Mmmhhh… ahhh… —gimió. Más fuerte esta vez. Su cuerpo se arqueó ligeramente. Sus dedos de los pies se estiraron. Sus manos se cerraron en puños.

Marta, mientras tanto, había tomado dos vibradores pequeños. De punta fina. Que se movían como pinceles. Vibraciones rápidas. Precisas. Eléctricas. Se colocó a un lado de Natalia. Luego al otro. Y comenzó.

Posó el primer vibrador en el costado derecho. Justo debajo de las costillas. La punta fina vibró contra su piel. Un cosquilleo agudo. Eléctrico. Insoportable. Natalia gritó. Una carcajada. Alta. Ronca. Desesperada.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO AHÍ!

Marta no hizo caso. Movió el vibrador. Lento. Circular. Recorriendo el costado. Luego el segundo vibrador. En el costado izquierdo. Misma técnica. Misma intensidad. Misma crueldad.

Natalia estalló. Las cosquillas en los costados. Los vibradores en la vajina. Todo al mismo tiempo. Todo junto. Su cuerpo no sabía qué sentir. No sabía si reír o gemir. No sabía si era placer o tortura. No sabía nada. Solo sabía que estaba atrapada. Solo sabía que no podía escapar. Solo sabía que los sonidos que salían de su boca no eran ni de risa ni de placer. Eran de ambas cosas. Eran de descontrol absoluto.

—¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… ahhh… JAJAJAJA! ¡NO PUEDO… Mmmhhh… NO PUEDO MÁS!

Sofía movía el vibrador grande. Arriba. Abajo. En círculos. Sobre la tela del bikini. La tela se humedecía. Natalia lo sentía. Lo sentía todo. El zumbido. La presión. La vibración. Las cosquillas en los costados. Los vibradores de Marta. Todo. Todo al mismo tiempo. Todo sin pausa. Todo sin tregua.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Mmmhhh… por favor… JAJAJAJA! ¡No sé… Mmmhhh… no sé qué… JAJAJAJA!

Marta subió los vibradores. De los costados a las axilas. Las axilas expuestas. Las axilas vulnerables. Las axilas que no podía proteger. Los vibradores de punta fina se posaron justo en el hueco. Vibrando. Zumbando. Cosquilleando. Natalia gritó. Un grito que se quebró en una carcajada. Una carcajada que se quebró en un gemido.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Mmmhhh… ahhh… JAJAJAJA! ¡NO, NO, NO!

Sofía bajó el vibrador grande. De la vajina a los muslos internos. La parte más suave. La parte más sensible. El vibrador se deslizó sobre la piel. Sobre la tela. Sobre todo. Natalia sintió que su cuerpo se contraía. Que sus piernas temblaban. Que su abdomen se apretaba. Que algo estaba creciendo dentro de ella. Algo que no quería. Algo que no podía controlar. Algo que era más fuerte que las cosquillas. Más fuerte que la risa. Más fuerte que todo.

—¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… no… JAJAJAJA… no puedo… Mmmhhh… ahhh!

Marta cambió los vibradores. De las axilas a las costillas. De las costillas a la cintura. De la cintura a las caderas. De las caderas a las nalgas. Los vibradores de punta fina recorrían cada zona. Vibraban. Zumbaban. Cosquilleaban. Natalia ya no podía distinguir entre una zona y otra. Todo era una sola masa de sensaciones. Cosquillas. Vibraciones. Placer. Tortura. Todo junto. Todo mezclado. Todo sin fin.

Sofía seguía con el vibrador grande. Los muslos. La vajina. Las nalgas. Los muslos otra vez. La vajina otra vez. Sin pausa. Sin descanso. Sin piedad.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Mmmhhh… ahhh… JAJAJAJA! ¡No puedo… Mmmhhh… no puedo… JAJAJAJA!

Los sonidos que salían de su boca ya no eran humanos. Eran animales. Eran primitivos. Eran la expresión pura de un cuerpo llevado al límite. Un cuerpo que no sabía si reír o gemir. Un cuerpo que no sabía si resistir o rendirse. Un cuerpo que solo sabía sentir. Sentir todo. Sentir nada. Sentir demasiado.

Alejandro observaba. Sin expresión. Sin movimiento. Solo mirando. Solo evaluando. Solo esperando. Esperando a que Natalia se quebrara. Esperando a que suplicara. Esperando a que hiciera algo más que reír y gemir. Pero Natalia no suplicaba. Solo reía. Solo gemía. Solo se retorcía. Y los vibradores seguían. Y la risa seguía. Y los gemidos seguían. Y nadie paró.

Alejandro levantó la mano. Una seña. Marta lo vio. Detuvo los dos vibradores pequeños. Los apagó. Los dejó sobre la mesa. Natalia jadeó. El alivio en sus costados fue inmediato. Pero solo en sus costados. Porque Sofía no paró.

Sofía siguió con el vibrador grande. El de punta redonda. El más potente. Lo movía lento. Deliberado. Alternando. Un minuto en el trasero. Un minuto en la vajina. La tela del bikini ya estaba empapada. Natalia lo sentía. Lo sentía todo. El zumbido profundo. La presión constante. La vibración que no cesaba. Su cuerpo ya no luchaba. Ya no se retorcía. Solo temblaba. Solo gemía.

—Mmmhhh… ahhh… mmmhhh…

Gemidos suaves. Rítmicos. Involuntarios. Su respiración se acompasaba con el vibrador. Su abdomen se contraía y se relajaba. Sus dedos de los pies, todavía atrapados, se estiraban y se encogían. Ya no había cosquillas. Solo placer. Un placer que no había pedido. Un placer que no quería. Un placer que su cuerpo sentía de todas formas.

Alejandro observó. Esperó. Dejó que el placer creciera. Dejó que Natalia se hundiera en él. Dejó que su cuerpo se relajara. Que su mente se nublara. Que su resistencia se debilitara.

Luego, hizo otra seña. Esta vez a Marta. Marta asintió. Tomó los dos vibradores pequeños. Los encendió. Caminó hacia los pies de Natalia. Hacia las plantas expuestas. Las plantas desnudas. Las plantas que eran su punto más vulnerable. Su «10 catastrófico». Su epicentro.

Natalia no podía verla. Estaba boca abajo. Los tobillos atrapados. Las plantas hacia arriba. Expuestas. Indefensas. Sintió el aire moverse. Sintió una presencia cerca de sus pies. Y luego, el contacto.

Los dos vibradores de punta fina se posaron simultáneamente en el centro de cada planta. Justo en el arco. Justo en el punto exacto que ella misma había descrito como «insoportable». La reacción fue instantánea.

Un grito ahogado. Desesperado. Salió de su garganta. No fue una carcajada. No fue un gemido. Fue un grito. Un grito de sorpresa. Un grito de shock. Un grito que se quebró en una carcajada. Una carcajada que se mezcló con un gemido. Un gemido que se mezcló con otro grito.

—¡AAAAHHH! ¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… NO! ¡JAJAJAJA! ¡NO, NO, NO!

Los vibradores en las plantas. El vibrador en la vajina. El vibrador en el trasero. Todo al mismo tiempo. Todo junto. Las cosquillas en los pies. El placer en el centro. La mezcla. La confusión. El caos.

Marta movía los vibradores pequeños. Lento. Circular. Recorriendo el arco. Desde el talón hasta la base de los dedos. Desde la base de los dedos hasta el talón. Sin pausa. Sin tregua. Sin piedad.

Sofía seguía con el vibrador grande. Alternando. El trasero. La vajina. El trasero. La vajina. Sin cambiar el ritmo. Sin cambiar la presión. Sin cambiar nada.

Natalia ya no sabía qué sentir. Las cosquillas en los pies eran insoportables. El placer en el centro era abrumador. Los dos juntos eran demasiado. Su cuerpo no podía procesarlo. Su mente no podía procesarlo. Solo podía reír. Solo podía gemir. Solo podía gritar.

—¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… ahhh… JAJAJAJA! ¡NO PUEDO… Mmmhhh… NO PUEDO… JAJAJAJA!

Marta subió los vibradores. De las plantas a los tobillos. De los tobillos a las pantorrillas. De las pantorrillas a las corvas. Las corvas. Justo detrás de las rodillas. La piel más fina. La más sensible. Los vibradores vibraron ahí. Zumbaron ahí. Cosquillearon ahí. Natalia gritó. Un grito que se quebró en una carcajada. Una carcajada que se quebró en un gemido.

—¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… ahhh… JAJAJAJA! ¡NO, NO AHÍ! ¡JAJAJAJA!

Marta no hizo caso. Siguió. Las corvas. Luego los muslos internos. Luego las ingles. Luego de vuelta a las plantas. Los vibradores pequeños recorrían cada zona. Vibraban. Zumbaban. Cosquilleaban. Sin descanso. Sin pausa. Sin piedad.

Sofía seguía con el vibrador grande. El ritmo era constante. El placer era constante. La presión era constante. Natalia sentía que algo crecía dentro de ella. Algo que no podía controlar. Algo que no quería. Algo que estaba a punto de estallar.

—¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… ahhh… JAJAJAJA! ¡NO PUEDO… Mmmhhh… NO PUEDO MÁS… JAJAJAJA!

Marta cambió los vibradores de las plantas a las axilas. Las axilas expuestas. Las axilas vulnerables. Los vibradores de punta fina se posaron justo en el hueco. Vibrando. Zumbando. Cosquilleando. Natalia se retorció. Los cepos la sujetaban. No podía moverse. Solo podía reír. Solo podía gemir.

—¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… ahhh… JAJAJAJA! ¡NO, NO, NO!

Sofía subió el vibrador grande. De la vajina al clítoris. La tela del bikini era fina. El vibrador era potente. La sensación fue inmediata. Natalia sintió que su cuerpo se contraía. Que sus piernas temblaban. Que su abdomen se apretaba. Que algo estaba a punto de romperse dentro de ella.

—¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… AHHTTT… JAJAJAJA! ¡NO PUEDO… Mmmhhh… NO PUEDO… JAJAJAJA!

Marta seguía con los vibradores en las axilas. Sofía seguía con el vibrador grande en el clítoris. Natalia ya no sabía qué sentir. Las cosquillas en las axilas. El placer en el centro. Todo junto. Todo mezclado. Todo sin fin.

—¡JAJAJAJA! ¡Mmmhhh… ahhh… JAJAJAJA! ¡NO PUEDO… Mmmhhh… NO PUEDO MÁS… JAJAJAJA!

Alejandro observaba. Sin expresión. Sin movimiento. Solo mirando. Solo esperando. Esperando a que Natalia se quebrara. Esperando a que suplicara. Esperando a que hiciera algo más que reír y gemir. Pero Natalia no suplicaba. Solo reía. Solo gemía. Solo se retorcía. Y los vibradores seguían. Y la risa seguía. Y los gemidos seguían. Y nadie paró.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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