Roommate

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Me llamo Vivian, tengo 28 años, mido 1,72 metros, peso 57 kg, calzo talla 39, soy de piel blanca, ojos color miel y cabello negro. Trabajo en una empresa de diseño de oficinas como diseñadora industrial. Hace unos meses, decidí mudarme y compartir apartamento para reducir gastos, así que encontré un anuncio en internet de un chico que buscaba roommate. Él se llamaba Mateo, tenía 22 años, medía 1,80 metros y era estudiante universitario. Parecía un buen chico y nos llevamos bien desde el principio. Sin embargo, con el tiempo descubrí algo peculiar sobre él: tenía una gran obsesión con las cosquillas.

Mateo pasaba mucho tiempo en su computadora viendo videos de mujeres recibiendo cosquillas, en especial en los pies. No estaba segura de si él sabía que yo me había dado cuenta, o si lo hacía a propósito. Lo cierto es que, aunque al principio no le di mucha importancia, un día las cosas cambiaron.

Un día, mientras estábamos en la sala conversando, Mateo me preguntó casualmente si tenía cosquillas. Le respondí sin pensarlo mucho que sí, pero que odiaba que me las hicieran porque era extremadamente sensible y desesperante para mí. En lugar de dejarlo ahí, siguió preguntándome con una sonrisa en el rostro si era realmente muy cosquillosa y en qué partes del cuerpo. Intenté evadir la pregunta, pero él insistió. Cuando no le respondí, me dijo: «Si no me lo dices, tendré que averiguarlo yo mismo».

Lo miré con cara de susto y le dije que no se atreviera, pero en cuanto me descuidé, se lanzó sobre mí para hacerme cosquillas. Salí corriendo por el apartamento tratando de escapar, pero él me persiguió hasta mi habitación. Intenté cerrar la puerta, pero la empujó antes de que pudiera hacerlo y caí sobre la cama. Antes de que pudiera reaccionar, Mateo se lanzó sobre mí y comenzó a hacerme cosquillas sin piedad en la cintura, costillas, caderas, barriga, axilas y cuello. Me retorcía como loca en la cama, riendo y gritando mientras intentaba zafarme, pero él era más fuerte y no me dejaba escapar.

Le suplicaba que parara, pero él solo sonreía y me decía que mi risa decía lo contrario. Me hacía cosquillas con una habilidad impresionante, sabía perfectamente dónde atacar para hacerme perder el control. En medio de la tortura, mis chanclas salieron volando por el aire, dejando mis pies completamente expuestos. Mateo no perdió la oportunidad y me agarró los tobillos con fuerza.

«A ver qué tal son de sensibles tus pies», dijo con una sonrisa traviesa antes de empezar a rascarme las plantas con sus dedos. En ese momento, mis risas se convirtieron en gritos y carcajadas aún más desesperadas. Intenté mover los pies, sacudirlos, patear, hacer cualquier cosa para liberarme, pero él los sujetaba con firmeza. «Parece que descubrí tu punto débil», dijo divertido mientras seguía haciéndome cosquillas sin piedad.

La desesperación se apoderó de mí. Apretaba los dedos de los pies con todas mis fuerzas, arrugando las plantas en un intento inútil de reducir las cosquillas, pero Mateo simplemente los rascaba con más intensidad y me decía que no los apretara. Pero era imposible controlar mi reacción, y cada vez que sentía más cosquillas, instintivamente los estiraba de nuevo, dándole aún más acceso a mis puntos más sensibles. Era una locura.

Mis risas y gritos eran incontrolables. Me retorcía con todas mis fuerzas, pero él seguía atormentando mis pies sin descanso, pasaba sus uñas por los arcos, los talones, la base de los dedos, y de vez en cuando metía sus dedos entre ellos, lo que me hacía gritar aún más fuerte. Era una tortura total, mi estómago me dolía de tanto reír, sentía que me faltaba el aire, mis lágrimas caían por mi rostro de tanto reír sin parar, y aún así, Mateo no mostraba signos de querer detenerse.

Así como comenzó, de repente se detuvo y me miró con una sonrisa satisfecha. «Me divertí mucho», dijo, mientras yo yacía en la cama, completamente agotada, con el cuerpo adolorido de tanto luchar y el estómago dolido de tanta risa forzada. Fue una verdadera tortura para mí.

Desde ese día, Mateo ha aprovechado cualquier descuido para hacerme cosquillas, ya sea en la cintura, costillas, axilas o pies. A veces me toma por sorpresa y otras veces lo hace cuando estoy desprevenida en el sofá o la cama. Parece estar obsesionado con las cosquillas y, al parecer, yo me he convertido en su «presa» favorita. Aunque me da risa cuando lo hace, no es algo que realmente disfrute… especialmente cuando me ataca sin piedad.

Vivian

Original de Tickling Stories

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