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Mi nombre es Jennifer, tengo 19 años y estoy iniciando mi primer semestre en la facultad de Psicología. Me mudé a una ciudad diferente a la que crecí y, para solventar mis gastos, comencé a trabajar como niñera. Actualmente cuido a un par de gemelos de seis años llamados Jack y Joe. Son muy traviesos, pero Jack es definitivamente el más inquieto de los dos.
Soy una chica delgada, mido 1,65 metros, peso 52 kg, calzo talla 36, tengo el cabello castaño oscuro, ojos color café y piel blanca. Siempre he sido muy cosquilluda, especialmente en las axilas y las costillas, pero hasta hace poco pensaba que mis pies no eran sensibles a las cosquillas… hasta que Jack y Joe me hicieron descubrir lo contrario de la manera más caótica posible.
Todo comenzó una tarde mientras estaba en la casa de los gemelos. Sus padres son bastante estrictos con la higiene, así que siempre que entro debo quitarme los zapatos. Ese día llevaba tenis sin medias. Mientras ellos jugaban con sus juguetes en la sala, yo me senté en el comedor a estudiar en mi laptop, con las piernas cruzadas y los pies colgando de la silla alta. En mi mente, todo estaba en calma.
No me di cuenta en qué momento los gemelos se metieron debajo de la mesa y comenzaron a jugar cerca de mis pies. Pensé que solo estaban entretenidos con sus juguetes y no les presté mucha atención. Pero, de repente, sentí el roce de sus dedos moviéndose suavemente bajo mis plantas. Fue un shock total. Solté un «uh oh ah» seguido de una risa involuntaria, y enseguida escuché a los gemelos gritar en coro: «¡Tiene cosquillas, jajaja!».
Me asomé bajo la mesa y vi sus caras de picardía y curiosidad. Con firmeza les dije que no hicieran eso nuevamente, pero ellos solo sonrieron y se quedaron callados. Volví a concentrarme en mi laptop, pensando que me harían caso, ya que generalmente obedecen cuando les digo que no hagan algo. Pero ese día fue distinto…
Cuando menos lo esperaba, uno de ellos me abrazó las piernas con fuerza mientras el otro empezó a hacerme cosquillas en las plantas de los pies. ¡Fue un caos total! Solté una carcajada desesperada y empecé a retorcerme en la silla, intentando liberarme. Pero los gemelos se turnaban, atacando ambos pies sin piedad. Sentí unas cosquillas tan intensas que no podía creerlo. Me reía sin control, rogando que se detuvieran, pero para ellos era un juego demasiado divertido como para parar.
Finalmente, después de unos minutos eternos, los gemelos salieron corriendo de debajo de la mesa, dejando tras de sí a una Jennifer completamente agotada y sin aliento. Levanté los pies y miré mis plantas: estaban marcadas por sus pequeñas manos traviesas. En mi mente, solo podía preguntarme: «¿Cómo es posible que de repente mis pies sean tan sensibles? Siempre pensé que no tenía cosquillas allí… pero ahora sé que es mi peor punto».
Más tarde, cuando sus padres regresaron, los gemelos ya estaban dormidos en sus camas. Como de costumbre, su mamá me pagó por el día antes de irme. Mientras me ponía los tenis, me preguntó si los niños habían hecho alguna travesura. Entre risas, le conté lo que había pasado y cómo había descubierto que mis pies eran increíblemente cosquilludos gracias a sus hijos. Para mi sorpresa, su mamá también se rio y me dijo que a ella le hacían lo mismo. «No te preocupes por eso», me dijo con tranquilidad. «Ellos solo lo hacen por jugar, pero eventualmente se aburren».
Me despedí y salí rumbo a mi apartamento, aún con la sensación de las cosquillas en mis pies. Algo me decía que los gemelos no se aburrirían tan fácil… y que esta no sería la última vez que intentarían hacerme cosquillas.
Definitivamente, ese día marcó un antes y un después en mi relación con las cosquillas.
Jennifer
Original de Tickling Stories
